4,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 4,99 €
Imágenes, símbolos, leyendas, sagas,cuentos…constituyen un recurso del hombre para entenderse a sí mismo y comprender el mundo que lo rodea. Los celtas fueron una sociedad de héroes donde la guerra compartía mesa con el amor y la magia. La leyenda artúrica o la historia de Tristán e Isolda constituyen dos buenos ejemplos de ese paseo donde se mezclan lo sobrenatural con lo histórico. Al igual que los celtas, el resto de pueblos del norte de Europa poseen personajes y relatos mitológicos fascinantes que han llegado hasta nuestros días. • El legado de los druidas. • Dioses de múltiples caras. • El panteón germánico. • Las Valquirias. • El Kalevala, la epopeya finlandesa. • Los mitos eslavos. Conozca la fuerza de la intuición de los mitos y creencias célticas. ¿Qué dioses habitaban el Valhalla bajo el reinado de Odín?
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2017
INTRODUCCIÓN
Símbolos y mitos
DIOSES Y MITOS CELTAS
Un pueblo en movimientoLa espiritualidad en la tradición celtaLas fuentesJulio César y el declive celtaHéroes de carne y huesosDumnórixLa ambivalencia druídicaAmbiórixVercingetórix, el adversario del finHiperbóreos: los del otro ladoEl legado de los druidasLa religión druídicaLa influencia de una vida eternaLos dioses que todo lo venDioses sin estatuaCosmogoníaEl círculo divinoEl poder de los árbolesLa energía de las piedras
DIOSES DE MÚLTIPLES CARASDagdaTeutatesCernunnosEponaOgmiosLug
RELATOS MITOLÓGICOSLibro de la Ocupación de Irlanda (Lebor Gábala Erenn)Los tuatha Dé DanannLa batalla de Mag TuiredEl cortejo de EtanLa historia de Mac OcLa historia de EtanEl alma inmortal del Otro MundoLa leyenda irlandesa de Cû ChulainnLas sagas de los FianFinnOssianUn cuento de Gales: el Mabinogion galésLas aventuras de Pwyll el Sabio
DIOSES Y MITOS NÓRDICOS
Condiciones de vida de las poblaciones nórdicasLa religión de los pueblos escandinavosLas incursiones: desde Lindisfarne a Constantinopla¿Una religiosidad interesada?Las fuentesCrónicas y anales
NÓRDICOS Y GERMANOSEl origen del mundo. El caos primordialEl fuego y el hieloDos razas antagonistasLa muerte del gigante cósmico.Entre dioses y gigantes, los hombres.El orden del mundoUn palacio digno de los diosesYggdrasil y los nueve mundos
EL PANTEÓN GERMÁNICOAesir y VanirLos grandes diosesOdín y TyrThorLokiBaldurLas diosasFriggFreyjaIdunHelLas ValquiriasLa guerra perpetua y la guerra final
MITOS UGROFINESESLa creación del mundoEl Kalevala, la epopeya finlandesaMagia y los magos
MITOS ESLAVOSPanteón eslavoDel paganismo al cristianismo en la Rusia kievinaLos bilini o narraciones del pasadoSviatogor
DICCIONARIO BÁSICO DE PERSONAJES
BIBLIOGRAFÍA
Créditos
Explicar el destino del hombre es sin duda imposible. El destino humano es demasiado corto y demasiado débiles nuestros medios para comprenderlo. Por ello, los hombres se forjaron un destino más grande, más duradero, poniendo en escena un panteón de seres que los sobrepasara. Haciendo esto, se autoimpusieron al mismo tiempo unos deberes hacia estos seres intocables emergidos de su imaginación.
Lo más sorprendente, lo más emotivo en el estudio de los mitos de las distintas civilizaciones, es justamente la similitud existente de esta motivación inicial —que se modificará escasamente en las grandes religiones monoteistas— y la de las respuestas a los interrogantes primordiales aportadas por los mitos, de una civilización a otra, de un extremo del planeta a otro, debido al tránsito migratorio de hombres y leyendas o bien —y esto es lo más emotivo— por puro azar combinado a la condición humana.
Los ritos y los cultos de los pueblos de la Antigüedad nos son más conocidos que su mitología, ya que nos han dejado su rastro en las piedras de los templos, en las estatuas y en los numerosos objetos descubiertos en las tumbas. Pocas civilizaciones han dejado relatos mitológicos completos y coherentes.
De la civilización escandinava, contamos con los Eddas, relatos bastante completos de la creación y del panteón nórdico. Pero estos textos, reescritos entre los siglos XII y XIII, época en la que los pueblos del norte fueron cristianizados después de mucho tiempo, reflejan con suposiciones —más que con una exposición exacta de las antiguas creencias—, el deseo de fijar, según los criterios de la época, los mitos más antiguos antes que sean erradicados por la nueva religión.
La cuestión de las fuentes de la mitología céltica supone un problema desde el principio. El peso de la religión céltica es proporcional a la cantidad de sus fábulas que con el tiempo se integraron a la cultura cristiana, retomada después de la ocupación romana. La leyenda artúrica o incluso la historia de Tristán e Ysolda constituyen dos buenos ejemplos de ese largo paseo donde se mezclan elementos sobrenaturales con los históricos.
Imágenes y símbolos de leyendas, mitos, sagas y cuentos —entre otras manifestaciones del folclore con una raíz profunda en la naturaleza humana— constituyen un recurso del hombre para entenderse a sí mismo y al mundo que lo rodea, y —aletargando una parte inferior de conciencia— predisponen al individuo para situarlo en un estado superior de conciencia común a cualquier mitología.
Todas estas narraciones utilizan intensamente el simbolismo, igual que ocurre en los sueños. Los cuentos narrados en la mitología, como en los cuentos de hadas, pretenden despertar algún tipo de sentimiento en el oyente o lector, y la razón no parece ser bienvenida, más que en la moraleja. Al intervenir lo sobrenatural, nos adentramos en el inconsciente —que siempre quiere expresarse y alcanzar la conciencia, superando los impedimentos que esta le interpone— que «disimula» el contenido de los sueños para poder burlar la censura de la conciencia transformándolos en ininteligibles.
Las moralejas que casi siempre plantean los mitos y cuentos de hadas irlandeses nos dicen que, para poder superar las pruebas peligrosas, sigamos ciega y confiadamente nuestras inconscientes fuerzas intuitivas, que creamos en ellas y que las cultivemos sin negarlas con desconfianza y críticas intelectuales —La sabiduría muchas veces demanda sacrificios y obediencia, aunque en algunas excepciones como en el caso del héroe irlandés Finn, precisamente es la desobediencia la que premia—, permitiendo que nos legitimen y nos hagan avanzar. No nos identificamos con el héroe bueno por su bondad sino porque la condición misma de héroe nos atrae profundamente y positivamente. Decidimos a quién queremos parecernos al proyectarnos a nosotros mismos en uno de los protagonistas. Si este personaje fantástico resulta tener cierta actitud, entonces podemos llegar a decidir actuar de forma similar. Algunos de los relatos mitológicos tienen una gran similitud con los cuentos de hadas, y al igual que los cuentos folclóricos que se han alimentado y retroalimentado unos de los otros, también tienen diferencias.
La cruz celta combina una cruz cristiana con un círculo rodeando su intersección. Se remonta a los primeros tiempos del cristianismo en Irlanda.
La diferencia entre cuentos y mitos reside en la cualidad del mensaje que se divulga a través de los distintos relatos. Si los cuentos de hadas siempre cuentan con un final feliz, en pocos se impone la muerte, los conflictos sociales no se resuelven, el mito no solo no evita la tragedia, sino que la promociona para imaginar lo inevitable. Si bien en los relatos mitológicos no hay voluntad de ocultar el carácter ambivalente de los personajes, en los relatos de hadas, en cambio, los personajes son presentados sin dobleces. Unos son todo bondad, otros todo maldad, sin confusiones. El bien y el mal no cohabita en estos cuentos, sus personajes no son ambivalentes, no son buenos y malos al mismo tiempo, como somos todos en la vida real. Si no contempláramos el residuo ético-moral de comportamiento que albergan los héroes míticos —de dimensiones y naturaleza sobrenaturales— resultaría casi imposible identificarse con ellos, a razón de su lejanía espacio-temporal.
La historia de los pueblos celtas resulta, a primera vista, confusa y complicada. Cuando nos referimos a ellos, abordamos un grupo de tribus y clanes que dominaron la mayor parte del oeste del centro de Europa en el primer milenio a. C. Hablamos pues de unas gentes llegadas del norte, compuestas por una multiculturalidad notable.
Debemos dejar a un lado la mitología fácil y, por supuesto, todo tipo de ilusiones extrañas cuando hablamos de los celtas. Según parece se ha creado un arquetipo, casi cinematográfico, tanto del hombre como de la mujer celta. A ellos podemos verlos corpulentos y sucios, con el pelo revuelto y escupiéndose las manos antes de coger la espada, mientras se nos plantifica una mujer celta con medidas de top model, ceñidas túnicas que exageran sus voluptuosas formas y, por supuesto, largos y cuidados cabellos rubios cayendo en bucles hasta la altura de la cintura. Ni ellos eran trogloditas portadores de cachiporras en la mano, ni desde luego ellas eran la chica diez, claro que tampoco debemos creernos ciertas afirmaciones de Estrabón quien dice que una mujer celta enfadada puede partir avellanas con el chasquido de sus dedos.
En general cabe decir que los celtas realmente eran extraordinariamente corpulentos. La mayoria de ellos musculados, aspecto que no debe extrañarnos ya que estamos hablando mayoritariamente no de gente que asisten al relajo de la terma ni a la orgía romana en el diván, sino personas en continua lucha, acostumbrados a vivir al aire libre y con unos quehaceres cotidianos en los que intervenía el esfuerzo físico.
Nos acercaremos al origen y a las leyendas de un pueblo que sin duda es especial, y cuya presencia en Europa está asociada a la edad del hierro, más tardía en el viejo continente que en Oriente. A los primeros asentamientos celtas o de las tribus que dieron origen a los que luego llevarian este nombre. La expansión migratoria de este pueblo en busca de nuevas tierras, pastos y mejores climas, era inevitable. Y finalmente, llegó el declive, el ocaso de la historia de lo celta. Claro que, en este caso, no fue un fin sino un hasta luego, puesto que su influencia pervive aún en nuestros días.
¿Cómo fue aquel mundo ya extinguido? Una sociedad de héroes donde la guerra compartía mesa con el amor y la magia. Un mundo perfectamente clasificado en lo que a estratos sociales se refiere y con leyes tan variopintas como culturas lo formaban. Intentaremos conocer y comprender mucho mejor a los druidas y con ellos todo un sistema político, médico, religioso y mágico que, en definitiva, sirvió para regir la vida de aquellos pueblos.
Al parecer existieron dos culturas migratorias. La primera, era básicamente agrícola, practicaba la ganadería, labraba las tierras y cuidaba de los campos en los que se establecían. Esta primera categoría celta vivía en un entorno familiar y se mezclaba, por lo general de forma pacífica, con los pueblos megalíticos ya existentes en la zona que ocupaban y practicaban un sincretismo tanto religioso como cultural y mágico con los oriundos del lugar. Migraban poco, salvo si el aumento de población o la búsqueda de nuevos pastos y tierras de cultivo así lo exigía.
La otra clase de celtas, seguramente mucho más identificada con el dibujo que nos ofrecen los datos grecorromanos, era de por sí guerrera y sanguinaria. Se estima que pudo aparecer algo después que los celtas agricultores. Procedían generalmente de los Balcanes y los Cárpatos, eran conquistadores y se gobernaban por un estricto sistema de clases sociales. Dominaban a los pueblos y acabaron mezclándose con los celtas del primer grupo. Pese a su tosquedad, las leyes, las leyendas y tradiciones orales nos dicen de ellos que amaban la música, la poesía y la filosofía. A diferencia de los primeros, que elaboraban grandes piras funerarias para realizar la cremación de sus difuntos, este segundo grupo de celtas, además de enterrar a sus muertos, efectuaba ceremonias y rituales religiosos invocando al dios del Sol, a quien llamaban Lug.
Se unieron y mezclaron entre ellos agrupando sus dos naturalezas, la que piensa y la que actúa, para expandirse por encima de las culturas que ya habitaban las que en el futuro serían sus nuevas tierras.
La unión se estaba formando. Siglos después, los celtas invadirían el mundo grecorromano, arrasarían el norte de Italia, saquearían Roma en el año 390, destrozarían Delfos en el 279, todo ello antes de nuestra era y alcanzarían incluso Turquía. El «imperio celta» se extendería progresivamente de España (Celtíberos) a Asia Menor (Gálatas) pasando por las Galias (transalpina y cisalpina), Alemania, los Balcanes, Bretaña e Irlanda; en torno al s. II a. C. se sitúa el declive-retirada de esta expansión y su reducción progresiva al territorio continental, la Galia, y en los territorios insulares: Armórica, Bretaña, país de Gales, el oeste de Escocia, Irlanda, en suma todo el arco «insular» extremo occidental.
Escultura de piedra de un héroe celta.
Las migraciones celtas, lentas o más o menos pacíficas, arrancan de Hallstatt, pero se producirá un desplazamiento hacia el oeste que nos conducirá a La Tene —período que abarca desde el 450 hasta el 58 antes de nuestra era, en el que se produce un desarrollo social, cultural y tecnológico— y a lo que actualmente es Francia, y serán estas las zonas geográficas desde las que se realizarán las auténticas expansiones que debemos diferenciar en dos clases. Por una parte irán al sur, llegando a la Península Ibérica, convivirán y lucharán con los pueblos allí asentados y bordeando la costa alcanzarán Galicia y más tarde Portugal. Por otra, penetrarán en el centro de Europa.
Las tribus celtas pueblan toda la zona que posteriormente conoceremos como Galia y también Galia Romana, esta última formada por las provincias de aquitania, Galla y Belga. El nombre de Galia surge de una tribu que se denominará Gala o Galos, formada por varias tribus más pequeñas como los helvéticos, ubicados en la actual Suiza, los sequani y lingones en la zona oeste, así como otros clanes denominados avernos, eduos, bitúrigos, etc. Parte de estas tribus cruzarán el Canal de la Mancha y se establecerán en Irlanda hacia el año 500 a. C.
Desde las primeras expansiones hasta aquellas que finalizarían en Turquía, debemos contemplar una evolución muy profunda en todas y cada una de las tribus. Y, desde luego, será el conocimiento y el desarrollo tecnológico lo que permita el movimiento y la conquista de los celtas.
Si bien es cierto que robaban el ganado de los pueblos que encontraban a su paso, también lograron evolucionar como prósperos ganaderos. Si por una parte adoraban a los dioses moradores de los bosques y las montañas que consideraban sagradas, ofreciéndoles muchas veces sacrificios humanos, por otro lado, aprendían y estudiaban, no sin falta de admiración, aquello que veían en las tribus que sometían.
Los celtas no se encontraban solos en una Europa árida y despoblada. Compartieron tierras con los germanos y con las tribus teutónicas y góticas, además de aquellas asentadas en cada una de las tierras por las que pasaron. Aportaron nuevas técnicas a la agricultura y su conocimiento del hierro permitió introducir arados y guadañas, lo que facilitaba una agricultura intensiva. Su dominio del hierro les condujo hasta la rueda y se deslizaban en carretas de cuatro a dos ruedas que construían sobre la base de madera de una sola pieza y a la que luego aplicaban un aro de hierro. Su necesidad expansiva les llevó al trazado de los primitivos caminos y carreteras europeos.
El acomodo y enriquecimiento de los pueblos celtas llevará a sus clases sociales, artesanos, agricultores y comerciantes a preferir la estabilidad por encima de la lucha, aunque mantengan su carácter feroz y conquistador, hecho que provocará un cambio total de su estilo de vida, un cambio que los arqueólogos han coincidido en denominar La Tene. La evolución no es inmediata y aunque las nuevas tendencias inspiraban a la mayoría de culturas celtas, especialmente a las relacionadas con los centros comerciales del Mediterráneo, siguió habiendo otras tribus en el sur de Francia como en los Balcanes, que pervivieron en la cultura de Hallstatt hasta más allá del año 50 a. C. En esta época, los celtas pasaron por Roma, pactaron con Alejandro Magno y se expandieron hasta la actual Ankara. La mayoría de los celtas preferían el trueque, pero en esta nueva época copiaron de griegos y romanos y de otros pueblos del sur el uso de monedas, sobretodo en sus relaciones comerciales con mercaderes extranjeros.
La mitología celta se reconoce tanto por el carácter oscuro de su organización religiosa como por la multiplicidad de sus divinidades que componen su panteón. Para el estudio de los mitos, es preferible considerar por separado los celtas continentales, conocidos con el nombre de galos, y los celtas insulares, de los que forman parte los pueblos de Gran Bretaña e Irlanda.
Los celtas forman un mosaico étnico que pertenece a la rama occidental del grupo lingüístico indoeuropeo que apareció en Europa en el segundo milenio antes de nuestra era. Así, para facilitar nuestra orientación histórica y geográfica, podemos dividirlos en dos grandes familias: los celtas continentales y los celtas insulares.
Dentro de la tradición insular es donde encontramos la mayoría de leyendas que tienen por bandera las hazañas de los dioses. De la tradición céltica continental nos ha llegado menos información sobre los relatos mitológicos. En compensación, el testimonio de los romanos ha permitido la reconstrucción de una infinidad de divinidades continentales propias de la cultura céltica tanto como asociadas a las divinidades romanas.
Los druidas eran una clase social elevada en la sociedad celta.
La religión céltica se apoya en gran mesura sobre los druídas, sacerdotes que encarnan el saber absoluto y verdadero, guardianes de la memoria de su pueblo. El papel de los druídas en la transmisión de las creencias célticas es fundamental en cuanto a los principales vectores de una tradición esencialmente oral. Perseguidos por los romanos, los druídas se refugiaron en Irlanda, donde terminarían por desaparecer hacia el siglo VI en favor de los clérigos cristianos.
La religión gálica se aposenta esencialmente sobre una práctica animista, de la que su carácter particular es la multiplicidad de divinidades locales. Esta carencia de dioses «nacionales» se añade a la oralidad de la transmisión de sus creencias religiosas.
Por su parte, la tradición céltica insular abunda en leyendas míticas que —aunque en su mayoría se originan en la Edad Media— perpetúan tradiciones mucho más antiguas. Los dos grandes grupos de celtas insulares son los irlandeses o goidels y los britones (antiguos bretones) —término que designa tanto a los habitantes del país de Gales como a los de la Bretaña armoricana (de Aquitania). De cualquier modo, en la mitología céltica se puede constatar el paso de un animismo local de tipo naturalista a la representación atropomórfica de la divinidad, reforzado después por la influencia romana.
La arqueología es la ciencia encargada de orientarnos sobre el origen de este desarrollo tecnológico que, desde luego, no fue ciencia infusa. El período de Hallstatt significó la existencia de una comunidad de miembros comerciantes y herreros que estuvo relacionada con los escandinavos, etruscos y griegos. Se dice de ellos que montaban a caballo y que poseían guerreros que los acompañaban. Las tumbas halladas en las zonas que marcan este período nos muestran herrajes profusamente adornados y todo tipo de enterramientos mortuorios donde los caballos cobran gran importancia.
Debemos remontamos hacia el año 1200 a. C. para encontrar las primeras pruebas y restos arqueológicos que puedan damos pistas de los celtas. Estos vestigios aparecen principalmente en lo que actualmente es Francia y Alemania. Faltaban todavía unos setecientos años para que Herodoto denominase a los «keltoi” como el conjunto de pueblos que hoy conocemos como celtas.
La arqueología oficial data el asentamiento de los celtas en la edad de hierro, vinculándolos con la cultura de Hallstatt, entre el siglo VIII y la primera mitad del siglo V a. C. El término Hallstatt procede de una ciudad austríaca situada en la región de Salzkammergut, muy conocida por sus famosas minas de sal prehistórica.
Pasar de la edad de bronce a la del hierro supuso una evolución cuantitativa en la historia de la humanidad, que si bien fue tardía en Europa, no por ello significó también un desarrollo tecnológico. El hierro y con el tiempo los maestro herreros, llegarían a ser elementos y personajes de culto. El hierro reemplazó las armas y elementos de uso doméstico, permitió nuevos diseños y la creación de nuevas formas y útiles.
Se supone que la metalurgia del hierro arranca con los hititas en la meseta de Anatolia, entre el 1900 y el 1500 a. C. Al tiempo, en el lejano Oriente, en China, también se trabajaba el hierro, con la diferencia que allí se llegaron a altas cotas de perfección en su manejo al disponer de hornos de fuelle que, curiosamente, no llegarían a Europa hasta la Edad Media.
Fue Grecia la pionera, allá por el siglo VII, en la producción tanto de artículos militares como de joyería que se basaban en el hierro.
A unos doscientos veinticinco kilómetros de Viena, entre los años 1846 y 1849, se descubrieron los restos de una antigua comunidad que al parecer vivió en torno a unas minas de sal que penetraban en la tierra a unos cuatrocientos metros de profundidad. Las excavaciones facilitaron el hallazgo de más de dos mil tumbas en las que el rito funerario se hallaba latente.
La cultura que vivió en Hallstatt dio un gran valor a la vida y a la muerte. La disposición de los cadáveres, los ajuares funerarios, así como la colocación de herrajes, cerámicas y joyas, situadas con orden y de cuidado diseño para decorar las tumbas, demostraba que hubo una cultura «civilizada» más allá del mundo grecorromano allá por el año 700 antes de nuestra era.
Los hallazgos de Hallstatt permitieron descubrir espadas, protectores pectorales, coronas, espadas de hierro en vainas de bronce y oro, vasos de metal batido y hasta guanteletes de bronce. Estos restos, y las posteriores investigaciones, son los responsables de la denominación «cultura de Hallstatt» que se considera llegó a extenderse más allá de Austria alcanzando Suiza, Francia e Inglaterra. Pero la versión no oficial, o en este caso no arqueológica, nos conduce mucho más allá tanto en el espacio como en el tiempo. Tanto es así, que podríamos hablar de la presencia de protoceltas hace 4.000 años, es decir, unos 1.300 antes de Hallstatt.
Los artesanos representan figuras de la naturaleza en escudos, tocados, cascos y carromatos, pasajes de sus leyendas más ancestrales e imágenes humanas sintéticas, formadas por cuadrados, círculos o triángulos, y dibujan especialmente cisnes y otros elementos considerados como sagrados. En muchos de los motivos que adornaban su artesanía aparecen figuras copiadas o inspiradas en los recipientes de la cultura gracorromana —durante esta época los celtas ya mantenían relaciones comerciales con griegos y romanos—, aunque manifiestan un estilo propio en el que la figura geométrica predomina sobre la representativa de lo humano o lo animal.
El dominio del hierro para los de Hallstatt permitió la expansión y una mejor calidad en la lucha. El hierro conducía a la espada y a la rueda, y estas se encaminaban a la invasión y a la batalla. Podemos imaginar feroces escenas protagonizadas por musculados y rubios guerreros celtas, quienes a lomos de sus caballos blandiendo la espada en el aire y apoyados logísticamente por carros, invaden nuevas tierras que desde luego no conocen ni las armas, ni las técnicas de lucha celta. Salvo en algunos casos aislados, en la ausencia de tradición escrita la historia de los celtas solo podrá elaborarse a partir de fuentes indirectas. Por una parte disponemos de las crónicas de los escritores, críticos y observadores de la época —especialmente romanos— y, por otra parte, documentos vernaculares—mucho más tardíos, relatados en irlandés y galés—.
Los autores romanos que se interesaron por las creencias de los celtas hicieron acopio de sus grandes dotes de inventiva a la hora de describir el panteón celta. Son numerosas las aproximacioines poco profundas y las confusiones sobre la identidad de cada divinidad. A todo ello debe añadírsele la bipartición de la tradición céltica entre continentales e insulares.
De los celtas continentales (esencialmente los galos), no tenemos ningún texto original, sino solamente algunos testimonios romanos (Tito Livio y sobre todo Julio César). Estos textos nos permiten conocer algo de la vida de los galos, pero no aprehender la especificidad de su visión mitológica, pues el autor romano interpreta a los dioses celtas a la luz de su propia mitología y establece equivalencias que reducen la especificidad celta.
En efecto, basándose en atributos funcionales aparentes, es cómodo asimilar, por ejemplo, el dios celta Lug con Mercurio. Pero esta interpretación romana no es necesariamente exacta, debido a la articulación global de cada una de las dos visiones del mundo. Sin entrar en detalles, es cierto que el sistema politeísta romano no concuerda con el sistema «monopoliteísta» abstracto celta.
Un último punto muy significativo: no hay ídolos celtas, representaciones pictóricas de los dioses. En cierto modo los dioses celtas son simbólicos y abstractos, emblemáticos. En este imaginario, sin duda, hay «imagen» y a menudo incluso «maravillosa», pero esta imagen es mental, verbal, de ningún modo estatuida, «fetichizada».
Afortunadamente, la cosecha informativa sobre los celtas insulares es mucho más rica, simplemente porque Irlanda nunca fue romanizada y solo fue cristianizada en el siglo V. Sin embargo, los textos que poseemos, los más antiguos del siglo XII, no son verdaderas narraciones mitológicas paganas conservadas devotamente como tales, sino narraciones «históricas» fundacionales: El libro de la Ocupación de Irlanda (Lebor GábalaErenn), La batalla de Mag Tuired (Cath Maighe Tuireadh) y El cortejo de Etan .
Sea cual sea la compatibilidad de estas narraciones con el cristianismo de los monjes (lejanos descendientes de la clase sacerdotal de los druidas y poetas-videntes) que las transcribieron, nos ofrecen la ocasión de tener una imagen relativamente fiel de la mitología y del imaginario celta. Una mitología extremadamente rica que, so pena de falsear su naturaleza altamente simbólica, conviene no reducir a su aspecto meramente maravilloso, por muy desconcertante que sea este.
Los celtas tuvieron que abandonar Roma con celeridad y todo, amén de las dolencias, por una falta de previsión. Por una parte eran tan buenos como jinetes que incluso aquellas tribus a las que sometían los contrataban como mercenarios. Guerreros en definitiva que incluso colaboraron con el ejército romano, sus teóricos enemigos. Pero ni las finanzas, ni el orden ni la intendencia eran lo suyo. Esa fue uno de los motivos de su partida de Roma y esa fue también la causa de la pérdida de otros territorios.
Los guerreros de las tribus celtas buscaban ante todo la rapidez y efectividad en sus victorias. Las culturas celtas perseguían hallar nuevos lugares en los que extenderse y perpetuarse. Sin embargo, la desorganización y los muchos frentes a los que debían atender provocó que todo comenzara a fallar. Claro que hubo un segundo aspecto que también fue bastante significativo: la participación religiosa en las actividades de conquista y en la política.
Situándonos en el tiempo podemos decir que el declive celta comenzará aproximadamente en el último cuarto del siglo III. Los celtas, a partir de su incursión en Ankara comenzaron a cambiar como por arte de magia en casi todas las latitudes. Tenían que mantener sus posesiones y el Imperio Romano extendía cada vez con más fuerza sus fronteras. En Italia en el 225 a. C. los celtas son derrotados en la costa de Etruria. A partir de ese momento, una tras otra las tribus celtas serán sometidas a la dominación romana. Los romanos comenzaron a extender sus fronteras en todo el norte de Italia, después, tomaron parte de Francia, y en este momento fue cuando hizo aparición en escena Julio César. Pero alguien se encargó de allanarle el terreno: doscientos cincuenta kilómetros de vía transitable permitieron una intervención rápida en los territorios célticos densamente poblados y situados en el norte de Italia.
A los romanos les importaban muy poco los celtas. Sabian de sus defectos y creaban las necesidades imprescindibles para que aquellos pueblos estuvieran contentos. Podemos decir que la ofensiva era lenta, pero con una trama muy bien urdida. Las tribus celtas estaban peleadas entre ellas, cada una queria ostentar el poder en las diferentes zonas de influencia, y los romanos eran el poder. Claro que ellos no se manifestaban como invasores, lo hacían bajo la figura de aliados. Ofrecían servicios y protección, permitían la libertad de culto y no entraban en luchas, al menos inicialmente, sobre aquello que manifestaban los druidas que eran, en definitiva, los responsables finales de la política celta.
En el año 125 a. C. se crea lo que se llamará la Provincia. Su gobernador será Julio César. Cuando César se instala en la Provincia —que actualmente conocemos como Provenza— recaba información y se da cuenta de que los celtas están desunidos, que todos ellos quieren ser independientes, pero que, en un momento determinado, su sociedad, cada vez más acomodada, prefiere ser celtorromana o galorromana antes que simplemente celta. La Galia de César es un gran país dividido por cientos de tribus. Ninguna de ellas tiene fronteras fijas, lo que crea todavía mayor confusión. La mayoría de las aldeas están superpobladas y las tríbus necesitan más espacio. César, se encargará de ir convenciendo a pequeños corpúsculos para que luchen unos contra otros.
El problema celta no fue exclusivamente romano. Por el norte, los pueblos germánicos también presentan batalla. La tribu celta parece aguantar, pero finalmente lo único que harán será posponer el fatal destino que dará como resultado que la expansión de los pueblos germánicos se manifieste en numerosas zonas de la Galia.
Las hostilidades entre galos y romanos se producían a diario en multitud de lugares y las rencillas con los germanos también estaban a la orden del día. Algunas tribus celtas intentaron unirse en la protesta, pero fracasaron frente a otras muchas que, temiendo el poder de Roma, se unieron dirigiéndose a César con todo tipo de presentes y señales de amistad. Sin tener que hacer gran cosa, César había comenzado con buen pie. Su expansión ya no tendría límites.
Julio César aprovechó la desunión entre las tribus galas para someter toda la Galia al Imperio Romano.
En el norte prosiguen las luchas con los germanos, al sur, los celtas pierden y malgastan sus energías con incursiones en tierras cada vez más lejanas y de las que no siempre salen victoriosos. En el centro de su mundo, está César que además tiene establecidas numerosas rutas seguras por el mediterráneo y se dispone a expandirse por toda la Galia con la ayuda de la incompetencia desorganizada para la lucha de los celtas. Todo ello sin olvidar que los romanos siguen presionando a los pueblos de los territorios más cercanos de Italia. Desde luego las cosas no están nada bien para los celtas.
Pero la auténtica división fue entre partidarios y detractores de César. César dejaba hacer, no se inmiscuía, al menos directa y abiertamente, en la vida de los celtas, aunque instigaba por uno y otro lado fomentando la división. Por lo que se refiere a los detractores, sólo se tiene constancia de la presencia activa de Dumnóríx —un noble de la tribu de los adeui que perseguía unificar a varias tribus para llegar a ser rey—. Su objetivo era ayudar a los helvetii, cosa que hizo con sus ejércitos mientras se produjo la migración, para de esta forma obtener un agradecimiento de las aldeas y erigirse como mandatario. Pero los esfuerzos de este celta para agrupar a otros de su cultura contra César fracasaron.
