Mitología egipcia - Pedro Pablo G. May - E-Book

Mitología egipcia E-Book

Pedro Pablo G. May

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El país del Nilo nos deslumbra hoy de la misma manera que lo hiciera con nuestros antepasados. La antigüedad y la longevidad de su civilización han generado un sinfín de ideas y conceptos que han influido poderosamente en las sucesivas culturas históricas, incluyendo el imaginario popular contemporáneo. Este libro reproduce y explica con sumo rigor algunos de los misterios que rodean todavía al llamado «país de las pirámides». Además de un completo diccionario con los dioses más importantes, el libro recoge las historias de algunos de sus inolvidables personajes. * El enigma de los hicsos. * Diez plagas y un solo origen. * La planta del papiro del Nilo, fundamental para dejar memoria escrita de sus mitos y su Historia. * Seth contra Osiris, Horus contra Seth. * ¿Cuándo se construyó la Gran Esfinge de Guiza? * La influencia de Ptolomeo, el hombre que reorganizó el país del Nilo con una administración coherente. * El jeroglífico, uno de los sistemas de escritura más antiguos que se conocen.

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Seitenzahl: 319

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© 2022, Pedro Pablo García May

© 2022, Redbook Ediciones, s. l., Barcelona

Diseño de cubierta y interior: Regina Richling

Fotografías de cubierta: Shutterstock

Imágenes de interior: Wikimedia Commons

ISBN: 978-84-9917-720-5

Producción del ePub: booqlab

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.»

 

 

Para Mari Ángeles, que me salvó de ser aniquilado por Seth.

 

 

 

¡Que mi nombre no sea corrompido ni repugne a los Señores todopoderosos que rigen los destinos de los hombres! ¡Que la oreja de los dioses se alegre y estén plenos sus corazones cuando mis palabras sean pesadas en la balanza del juicio!

Conjuro XXX del Libro de los muertos.

 

 

La Divinidad desea el descubrimiento de la verdad.

Plutarco

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

BREVE HISTORIA DEL ANTIGUO EGIPTO

Del Período Predinástico al Período Arcaico o Tinita

El Imperio Antiguo

Del Primer Período Intermedio al Imperio Medio

Del Segundo Período Intermedio al Imperio Nuevo

El Tercer Período Intermedio y el Período Tardío

El Período Grecorromano

Anexo: los nomos

TEOLOGÍAS Y LEYENDAS

La teología de Heliópolis

La ira de Ra

En el nombre del dios del Sol

Seth contra Osiris, Horus contra Seth

El ojo perdido

El pesaje del alma

La teología de Menfis

La teología de Hermópolis

El disco lunar de Thot

La teología de Tebas

La teología de Amarna

CLAVES MITOLÓGICAS Y RELIGIOSAS

Los amuletos

Los animales sagrados

El Anj

El Ba y el Ka…, y los demás

El Benben

El cetro Uas

La corona

El Djed

La esfinge

El faraón

Los jeroglíficos

El Libro de los muertos

El collar Menat

El Nilo

El Ojo de Horus

Las pirámides

Sirio

EGIPTO MISTERIOSO

La herencia egipcia

La presencia de Isis

Historias perdidas

Hermes Trismegisto y el Hermetismo

Estudios técnicos

¿Una leyenda blanqueada?

Las maldiciones

Un amargo final y una restauración

DICCIONARIO DE MITOLOGÍA EGIPCIA

BIBLIOGRAFÍA

INTRODUCCIÓN

Egipto no se llama Egipto, ni Keops se llama Keops. Ni siquiera Isis y Osiris se llaman Isis y Osiris. Estos nombres y también las visiones que evocan en nuestro inconsciente, por lo general teñidas con las fantasías con las que la industria del entretenimiento y los prejuicios históricos y religiosos han velado la antigua civilización de los faraones, son de origen griego.

Nuestra percepción de los tiempos de la antigüedad, y de la egipcia en particular, se la debemos, en efecto, a los antiguos viajeros y filósofos griegos, cuya curiosidad, espíritu aventurero y prospecciones comerciales, políticas, militares e incluso espirituales les impulsaron a recorrer todo el Mediterráneo y aún mucho más allá (desde el marsellés Piteas, que llegó a la isla de Thule –fuera ésta una de las islas Feroe, o tierra noruega o incluso Islandia–, hasta el macedonio Alejandro Magno, que sólo se detuvo en el valle del Indo porque su ejército se negó a seguirle después de largos años de expedición).

En sus viajes de exploración, los griegos recogieron noticias de todos aquellos territorios que encontraron y a menudo las modificaron a propósito o accidentalmente, bien por falta de información, bien por intereses concretos. No pocas comenzaron siendo testimonios fiables que la imaginación, la exageración y las ansias de protagonismo y gloria personal transformaron en medias verdades que, como es bien sabido, son las peores mentiras. Todo aquel conglomerado de datos se confundió con el paso de los años en una enciclopedia de información donde nunca estuvo demasiado claro dónde pisaba uno tierra sólida y dónde podía ser tragado por las arenas movedizas.

No obstante, los griegos tuvieron una gran virtud respecto a sus sucesores los romanos: aunque se apoderaron de numerosas ideas, conceptos culturales y dioses de aquellos países que visitaron (desde Iberia hasta Egipto) y adaptaron todo ello a su forma de ver la vida, no se arrogaron su autoría como harían más tarde los césares, empeñados en arrasar no sólo los ejércitos sino la memoria de todos los países que unieron a su imperio manu militari (numerosas aportaciones romanas en realidad no lo son, desde su famosa gladio que en realidad era una espada hispana hasta los pantalones que copiaron a los galos). De todas formas, los romanos también sucumbirían, como los griegos, a la fascinación de lo egipcio: la historia de amor de Cleopatra primero con Julio César, al que dio un hijo, Cesarión, de corta vida, y después con Marco Antonio es sólo el ejemplo más conocido.

El a menudo denominado «país de las pirámides» ha deslumbrado a propios y extraños a lo largo de todos los tiempos por varias razones. Entre ellas, por lo duradero de su civilización, la más extensa de las que conocemos en tiempos históricos, así como por la magnificencia y el tamaño de sus monumentos (la gran pirámide de Keops es la única de las siete maravillas reconocidas del mundo antiguo que sigue en pie a día de hoy), su asociación con la magia y los secretos o la influencia de su cultura incluso en nuestra época contemporánea, ya que sigue muy presente entre nosotros. Veremos algunos ejemplos sorprendentes a lo largo de este libro.

Los griegos llamaron Aegyptos a esta tierra para ellos especialmente atractiva a tenor de los testimonios escritos de sus viajeros que se conservan todavía. La explicación formal asegura que esta palabra deriva de la egipcia Hakuphtah o Hout ka Ptah, la Ciudad o Fortaleza de Ptah, nombre de uno de sus principales dioses, con el que también se conocía a Menfis, la capital del Imperio Antiguo.

No obstante, los propios egipcios no hablaban de un solo país sino de las Dos Tierras. Dos reinos diferentes e independientes que, a lo largo de la Historia habían logrado unificarse pero que ocasionalmente habían seguido su propio camino. Estos eran el Bajo Egipto, en el norte en torno al delta y la desembocadura del Nilo, un mundo asociado a la cultura del mediterráneo oriental, y el Alto Egipto, de carácter más sobrio, desconocido y misterioso, abrazado a lo largo del río y con la mira puesta en sus remotas fuentes hacia el sur.

De igual forma, diferenciaban Kemet o Kemt, que significa literalmente Tierra Negra, en referencia al suelo fertilizado anualmente por las crecidas del Nilo junto al cual se levantaban sus pueblos y ciudades, de Deshret, que significa Tierra Roja, para describir las despobladas y desérticas arenas no regadas por el agua dulce.

De hecho, sin la existencia de este colosal cauce de agua es inconcebible no ya el desarrollo sino siquiera el nacimiento de cultura alguna, por primitiva que ella fuera, en un país que en su mayor parte es desierto. Heródoto, el historiador griego iniciado en los templos egipcios, definió el país con uno de sus apodos más conocidos: el don del Nilo.

Si viajamos mañana a Egipto, nos sorprenderá descubrir que sus actuales pobladores no se refieren a su propio país por estos nombres sino por el de Misr, una palabra árabe que significa Tierra y también Fortaleza. Hemos pasado de la fortaleza espiritual a la puramente física: buena metáfora de la decadencia de la antigua civilización.

Otro tanto sucede con los nombres de los dioses. Osiris es un nombre griego, pero aquéllos que le adoraron hace miles de años le llamaban Asar o Usir. No está muy clara la pronunciación porque se desconoce las vocales exactas que utilizaban los egipcios. De la misma forma, Isis era Asat o Eset, Neftis era Nebet het, Horus era Hor, Thot era Djehuty, Apofis era Apep, Min era Menulo…

Puede parecer algo irrelevante pero en los textos sagrados la correcta pronunciación de dioses y demonios, igual que la del resto de las palabras de la oración o el conjuro correspondiente, es la única manera de relacionarse con estas fuerzas sobrenaturales con ciertas garantías, tanto para invocar su protección como para lanzarlos contra los enemigos.

Como relata el Génesis, «En principio era el Verbo» y nuestros ancestros reconocían el poder de la palabra con costumbres tan peculiares como no revelar su verdadero nombre más que a las personas más próximas, en las que confiaban absolutamente. Por ello se hacían llamar por apodos, muchos de los cuales han devenido con el tiempo en nuestros actuales apellidos, pues conocer el nombre real de algo o de alguien equivale a adquirir poder sobre ello. Por esta razón, el dios de los judíos tiene 72 nombres diferentes, expresiones cada uno de ellos de sus distintas capacidades. Incluso en el cristianismo, mencionar al mismo Jesucristo fuera de los rituales eclesiásticos supuso durante mucho tiempo una blasfemia y por eso se convirtió en lugar común referirse a él como el Salvador…, que terminó siendo otro nombre de pila.

Para comprender este concepto con más facilidad, pensemos en una oración católica muy simple en la que cambiaremos el nombre de Jesús por el de José: ”Joseíto de mi vida, eres niño como yo: por eso te quiero tanto y te doy mi corazón”. ¿Qué niño católico creería que está rezando realmente a Jesús con esta pequeña alteración de un par de vocales que convierte Jesusito en Joseíto?

En Egipto sucedía exactamente igual. La mayoría de los dioses tampoco eran nombrados durante los rituales y ceremonias, si no era por sus títulos, sus talentos o sus privilegios y sólo los sacerdotes conocían los nombres exactos de cada una de las divinidades. De hecho conservamos una fórmula egipcia para referirse a distintas deidades en sus respectivos santuarios: «Aquél cuyo nombre permanece oculto».

Aún más, en sus mitos de la creación, la vida surge del caos primordial representado por el abismo de Nun cuando ella toma conciencia de sí misma y establece precisamente un diálogo con el propio Nun. Es este primer intercambio de palabras el que pone en marcha el proceso de la construcción del universo.

En otra de sus leyendas, es la diosa Neith quien crea el mundo con siete flechas que son, en realidad, siete palabras.

Al cambiarles el nombre a los dioses egipcios y rebautizarlos con su idioma, los griegos conseguían, pues, dos cosas desde el punto de vista metafísico. En primer lugar, despojarles de parte de su poder tanto a ellos como a los lugares donde vivían –ciudades, templos e incluso el país entero- al privarles de su existencia independiente original y, por tanto, aumentar así su influencia sobre ellos. Y en segundo y más importante lugar, adquirir dominio sobre las fuerzas que encarnaban al dotarles de una especie de «identidad espiritual griega» para ponerlas a su propia disposición. El ejemplo más obvio de esto es el dios de la Sabiduría, Djehuty, transformado con el tiempo en Thot y luego en Hermes.

La estrategia debió darles resultado, puesto que las circunstancias terminaron siéndoles tan propicias que, a partir de Ptolomeo, se impusieron como dueños y señores del país del Nilo.

¿Son entonces todos los nombres egipcios que conocemos traducciones griegas? No todos. Algunos, menos populares entre los griegos, lograron mantener sus denominaciones originales. Otros, los vieron alterados de nuevo, esta vez en tiempos más recientes y por culpa del inglés. Las expediciones europeas que redescubrieron el Antiguo Egipto a nivel popular a partir del siglo XIX fueron, en su mayor parte, protagonizadas por británicos. Eso significa que tanto los nombres griegos como sus originales egipcios fueron traducidos una vez más y, posteriormente, retraducidos a otros idiomas a partir del inglés. En cada paso, el poder de los dioses se deterioraba sucesivamente hasta desvanecerse como la gloria y la independencia del país...

Véase como ejemplo el de uno de los faraones más famosos de la Historia, no por los hechos de su corta vida, sino por los tesoros hallados en su tumba. Su nombre egipcio era Nebjeperu Ra Tut anj Amon. Los ingleses lo rebautizaron como Tutankhamon y los españoles, a los que en general siempre se les ha dado mal el idioma de Albión, lo convirtieron en Tutankamón, una palabra aguda –en lugar de la llana original– con k en lugar de j y obviando directamente la h –cuando el dígrafo kh empleado por ingleses y franceses es un sustituto para el sonido j que no existe en su idioma–.

Por tanto nosotros deberíamos hablar de Tutanjamon, no de Tutankamón. Y así será, al menos en este libro, con este nombre y con todos aquellos que incluyan una kh británica, que será sistemáticamente sustituida por j, como en anj –en lugar de ankh–, Ajenaton –en lugar de Akhenaton– o Jepri –en lugar de Khepri–, entre otras.

Las palabras son importantes, especialmente en un libro y sobre todo en uno como éste, en el que intentaremos evocar las fuerzas mitológicas del Antiguo Egipto para tratar de comprenderlas o, al menos, acercarnos a ellas.

Esta obra está compuesta de varios capítulos, el principal de los cuales es el diccionario propiamente dicho pero, antes de llegar al mismo, hemos incluido varios artículos previos que nos ayudarán a completar la aproximación hacia el pensamiento, la filosofía y la religión del Antiguo Egipto. El lector es muy libre de leerlos todos o ninguno, en el orden que prefiera, aunque como es obvio recomendamos seguir la estructura publicada.

Comenzamos con una historia muy resumida de los varios milenios de la historia egipcia antigua, con objeto de situar a los personajes históricos en su momento. A continuación se explican las distintas teologías que dominaron momentos diferentes de la religión egipcia, así como las principales claves y conceptos de su mitología y su ceremonial. Completaremos el cuadro con unas pinceladas del Egipto más misterioso, antes de pasar al diccionario.

Que Amón nos guíe, Isis nos proteja, Thot nos inspire y Horus nos ilumine.

La paleta de Narmer fue descubierta en el templo de Horus y actualmente se puede ver en el Museo Egipcio de El Cairo.

CAPÍTULO 1

BREVE HISTORIA DEL ANTIGUO EGIPTO

Cuenta una leyenda grecoegipcia que Busiris fue el fundador de la gran ciudad de Tebas, la capital de Egipto durante el Imperio Medio y también el Nuevo. Pero Busiris era un faraón tiránico, hijo bastardo del dios Poseidón, y abusaba del poder como si fuera digno de él.

Tal vez para castigarle levantando al pueblo contra su persona, los dioses enviaron una hambruna que duró nueve de los años de su reinado. Consciente de que no podría seguir ejerciendo su despotismo mucho más tiempo si el pueblo se rebelaba por falta de alimento, recurrió a Frasius, un famoso adivino chipriota. Éste le aconsejó que cada año sacrificara a un extranjero: complacidos por la ofrenda de sangre, los dioses le perdonarían y levantarían el castigo.

Busiris no lo pensó dos veces y las buenas cosechas regresaron. A partir de entonces procedió a ejecutar a un forastero regularmente y el pueblo egipcio no volvió a padecer hambre.

Hasta que un día el elegido para sucumbir fue el mismísimo Herakles o Hércules. El semidiós griego había sido capturado cuando llegaba desde Libia, pero no se dejó conducir a la muerte como un borrego. Cuando se enteró de cuál sería su destino, se liberó de sus ataduras y terminó matando a sus verdugos, al propio faraón, a dos de sus hijos y a varios miembros de su corte.

No se puede decir que Busiris fuera, desde luego, un personaje popular entre los griegos, que le acusaban entre otras cosas de haber intentado secuestrar a las Hespérides y de haber expulsado a Proteo, el pastor encargado de las focas de Poseidón y del que, según algunos, era hijo. Proteo poseía los dones de metamorfosearse y de adivinar el futuro y había llegado a ser rey en Egipto pero Busiris le había destronado y expulsado.

El historiador romano Diodoro Sículo relacionó esta historia con el ritual real que durante determinada época exigía sacrificar anualmente a un hombre que se pareciera al dios Seth. A menudo, bastaba con que el infortunado fuera pelirrojo, como esta deidad. La sanguinaria ceremonia era una advertencia de los hombres a este dios para que no intentara volver a alterar la armonía cósmica como había hecho con el asesinato de Osiris, como veremos en un capítulo posterior.

Con el tiempo, Busiris acabó dando nombre a la ciudad capital del noveno nomo o región, ubicado en el Bajo Egipto en pleno delta del Nilo. Su nombre en este caso se traduce como Morada de Osiris y fue tan importante durante el período de la dinastía ptolemaica que los griegos la conocieron como Taposiris Magna. Los árabes la rebautizaron como Abusir.

La leyenda de Busiris habla de la fundación de Tebas. En realidad, de Uaset, pues éste es su nombre egipcio, siendo el de origen griego el más popular a día de hoy. Uaset significa Ciudad de los uas y el uas era el cetro de los dioses y los faraones: una vara de buen tamaño coronada con la cabeza de un animal no identificado –los estudiosos han propuesto varias opciones: desde un asno hasta un lebrel, pasando por un animal mítico- y una base bifurcada. Con el tiempo, Tebas recibiría el apelativo de Ciudad de Amón, uno de los principales dioses egipcios y cabeza de la llamada trinidad tebana, junto a las también divinidades Mut y Jonsu.

Las ruinas de la antigua ciudad han sido parcialmente desenterradas bajo las calles de la urbe moderna, llamada Luxor, y hoy constituyen uno de los destinos más destacados del turismo internacional. Se sabe que estaba habitada hace más de cinco mil años y que, en algún momento probablemente hacia el 1500 antes de Cristo, podría haber llegado a ser la población más grande del mundo con un censo de unos 75.000 habitantes, una distinción que se estima mantuvo al menos unos 600 años. De hecho, la Ilíada de Homero sugiere su esplendor al referirse a ella como Tebas la de las cien puertas, con lo que además la diferenciaba de Tebas la de las siete puertas, mucho más pequeña y pobre, ubicada en Beocia, en la Grecia central.

Luxor fue construida sobre la antigua Tebas, capital de Egipto en varios períodos de su historia.

Tebas es un buen punto de referencia para acercarse a la filosofía y la religión del Antiguo Egipto, pues lo primero que hemos de comprender es que estamos hablando de una civilización que, aunque a lo largo de sucesivos y diferentes períodos, disfrutó de miles de años de continuidad histórica ininterrumpida como ninguna otra que conozcamos haya dispuesto jamás.

Sus hechos, sus mitos, sus aspiraciones, sus ideas…, impregnan nuestro mundo contemporáneo por más que parezcan muy lejanos. Aunque hay aspectos concretos que no terminamos de entender acerca de su cultura, los antiguos griegos –sus hijos y también sus intérpretes, los que conservaron para nosotros mucho de la riqueza original de la civilización egipcia y a su vez la legaron a los pueblos que les sucedieron a ellos, empezando por los romanos- supieron conservarla, aun a menudo tergiversada.

Antes de profundizar en la mitología de los egipcios, conviene echar un breve vistazo a la larga historia de este país para ayudarnos a entender su evolución.

Del Período Predinástico al Período Arcaico o Tinita

Sin entrar en el debate acerca de los orígenes míticos de los egipcios o al menos de algunas de sus obras, cuya verdadera antigüedad plantea serias dudas, los historiadores están de acuerdo en que existen huellas de presencia humana en el valle del Nilo desde al menos el año 12000 antes de Cristo: cazadores nómadas con herramientas de piedra que, además de buenos pescadores, mariscadores y tramperos de aves, eran capaces de cazar desde antílopes hasta hipopótamos.

Hacia el 5200 antes de Cristo una nueva oleada de pobladores más avanzados que llegaron desde el oeste se estableció alrededor del oasis de El Fayum de manera pacífica. Traían consigo el conocimiento para construir granjas, en las que no sólo cultivaban cebada, trigo y lino sino que además cuidaban de ganado: vacas, ovejas, cabras y cerdos. Poco a poco, los occidentales fueron compartiendo sus habilidades entre sus vecinos y éstas fueron extendiéndose hacia el sur, a lo largo de las riberas del Nilo.

Vasijas del Período Arcaico o Tinita.

Sobre el año 4000 antes de Cristo, aparecen las primeras muestras de cerámica y de casas permanentes. Es la cultura llamada de Naqada o Nagada, nombre de una ciudad próxima a Tebas, que más tarde fue conocida como Nubt o Ciudad de oro, debido a la proximidad de las minas del metal dorado ubicadas en el desierto oriental. Los griegos la rebautizaron Ombo y nosotros la conocemos hoy como Kom Ombo. En esta época, la creencia en la vida después de la muerte ya era corriente pues los arqueólogos han desenterrado restos humanos que fueron sepultados junto con comida y utensilios para afrontar la vida en el Más Allá.

Hacia el 3600 antes de Cristo surge la denominada cultura de Nagada II, una evolución de la primera. Con ella, se alzan las primeras ciudades Estado y los signos precursores de lo que será la escritura jeroglífica. Las jerarquías sociales son impuestas con claridad, se intensifica el comercio, se construye los primeros templos y las crecidas del Nilo son aprovechadas adecuadamente con canales de irrigación para mejorar las cosechas. Los egipcios abandonan definitivamente la organización tribal y las comunidades empiezan a agruparse en territorios administrativos que pronto serán conocidos con el nombre de nomos.

EL NACIMIENTO DE LAS DOS TIERRAS

En cierto momento, el delta del Nilo, el lugar más poblado, se convierte en escenario de una guerra entre el llamado reino del Junco, cuya capital era la ciudad de Buto, y el denominado reino de la Abeja, con capital en Busiris (he aquí el nombre del faraón malévolo, pero en este caso es el de una ciudad). La victoria del reino de la Abeja supuso la unificación del territorio del delta y el embrión de lo que más tarde constituiría el Bajo Egipto, que llegó a contar con 20 nomos.

Los vencidos que no quisieron someterse huyeron hacia el sur. Allí establecieron nuevas ciudades, que también prosperaron y cuya unión terminaría conformando el Alto Egipto, con otros 22 nomos.

Todo este tiempo es conocido como el Período Predinástico. La I dinastía del Antiguo Egipto surge más o menos hacia el año 3100 antes de Cristo con la unificación definitiva del país a manos del primero de los faraones, conocido según las fuentes como Menes o como Narmer, aunque hay diversas teorías sobre si fueron o no la misma persona.

En cualquier caso, este primer faraón fue el rey de la ciudad de Tis, que los griegos llamaron Tinis y de donde viene la denominación del Período Tinita. La ubicación exacta de esta población se desconoce aunque se sabe que estaba cerca de Abidos, en el Alto Egipto, así que en cierto modo este monarca protagonizó la revancha del reino del Junco al someter bajo su poder a todo el país.

El Período Tinita abarca sólo dos dinastías, pero supuso un avance importante para el país ya unificado: comenzaron los grandes trabajos arquitectónicos, el papel de papiro se manufacturó por vez primera y empezó a utilizarse para escribir jeroglíficos, se conquistó Nubia, las artes se desarrollaron como nunca antes incluyendo la joyería y la ebanistería…

El Imperio Antiguo

El Imperio o Reino Antiguo arranca hacia el 2686 antes de Cristo e incluye de la III a la VI dinastías. Su primer faraón popular es Djser, que significa Sublime y que, por un error de transcripción, es conocido en diversos textos actuales como Zoser.

Representación del sabio Imhotep al que se le atribuye el diseño de la pirámide de Sakkara.

Djeser trasladó la capital de Egipto desde Tis hasta Menfis, que se convertiría así en la ciudad más importante de aquella época. Gran parte de la fama que adquirió como rey la debe al buen hacer de su tiati –primer funcionario del Estado tras el faraón, una especie de visir– Imutes o, en griego, Imhotep, cuyo nombre significa El que viene en paz. Imhotep fue muy alabado por su sabiduría en diversos campos, desde la medicina hasta las matemáticas o la ingeniería y a él se atribuye el diseño de la celebérrima pirámide escalonada de Sakkara, que luce el título de primer gran complejo monumental en piedra de Egipto.

En la IV dinastía nos encontramos con los tres faraones famosos por sus respectivas pirámides ubicadas en la explanada de Guiza, aunque distintos estudios han puesto en tela de juicio que estas inmensas moles de piedra fueran levantadas en su época y bajo su dirección y, desde luego, simplemente a base de cuerdas, trineos de madera y latigazos, técnicas completamente ineficaces para esta monumental labor. Se trata de Keops, Kefren y Mikerinos…, aunque todos ellos son también nombres griegos. En realidad se llamaban Jufu, Jafra y Menkaura, respectivamente y fueron abuelo, padre y nieto.

En la V dinastía, el dios del Sol, Ra, se convirtió en el más importante del panteón egipcio, por lo que los sacerdotes de su ciudad, Heliópolis –Iunu, en egipcio– adquirieron notable influencia. De hecho, el faraón Userkaf ascendió al trono con su apoyo y, en agradecimiento, les recompensó con tierras y bienes pero también con una decisión crucial que cambiaría el estatus del rey egipcio para siempre. Hasta su reinado, el faraón era una encarnación viviente de Ra, un dios él mismo. A partir de él, sería un Hijo de Ra. De esta manera, el rey dejó de figurar en solitario en lo más alto de la pirámide del poder ya que empezó a compartirlo con la casta sacerdotal, que gradualmente ganaría más y más influencia hasta superar de facto la del monarca.

A pesar de la importancia del factor religioso en la sociedad egipcia, ésta no estaba dividida entre un faraón despótico y agresivo al mando de unos guerreros despiadados por un lado y una gran masa de esclavos hebreos por otro lado, como muestran tantas veces las películas de Hollywood, tan desnortadas en este período histórico como en casi todos los demás cuando pretenden describir la vida en épocas pasadas.

En realidad, el poder del monarca estaba atemperado por una clase funcionarial en general eficaz y unas leyes que conferían estabilidad social y, entre otras cosas, garantizaban la propiedad privada al pueblo llano. Además, cualquier egipcio con aspiraciones y formación podía ascender socialmente e incluso, si accedía a un cargo de importancia, convertirlo en hereditario para su descendencia. Y no sólo ellos. La historia bíblica de José, el hijo de Jacob, y de sus hermanos (que por envidia le vendieron como esclavo a los egipcios, pese a lo cual José logró alcanzar la categoría de tiati gracias a su interpretación del sueño de las siete vacas gordas y las siete vacas flacas así como a su habilidad como administrador, lo que salvó de la hambruna a Egipto) simboliza, más allá de su veracidad, cómo los faraones buscaron siempre rodearse de gentes competentes para cuidar de su reino, con independencia de dónde exactamente hubieran nacido sus súbditos.

Ya entonces las ciudades habían asumido el papel de centros culturales, comerciales y religiosos del país, aunque la base de la economía seguían siendo las actividades primarias de agricultura y ganadería, organizadas en las zonas rurales.

Este período histórico terminó por una acumulación de catástrofes: a una gestión negligente de los recursos del Estado y una serie de agrias disputas entre los ambiciosos nomarcas y caciques locales se sumó una creciente vulnerabilidad ante los enemigos exteriores, con invasiones de pueblos asiáticos incluidas, y una fuerte y larga sequía en las fuentes del Nilo que redujo las necesarias inundaciones anuales, con la consiguiente disminución de alimentos. Tras varios decenios de disturbios, Egipto colapsó.

Del Primer Período Intermedio al Imperio Medio

El llamado Primer Período Intermedio abarca las dinastías VII, VIII, IX, X y XI, a partir del 2190 después de Cristo. Pepy II fue el último de los faraones de la VI dinastía y su gobierno, de casi 90 años según los cronicones, fue uno de los más longevos pero también de los más desastrosos a tenor del caos en el que estaba sumido Egipto al fallecer el faraón. Ello provocó lo que ha sido descrito como la primera revolución social documentada históricamente.

El desorden y la anarquía produjo una rápida sucesión de faraones en el trono de Menfis: el historiador grecoegipcio Manetón llegó a escribir que en un período de 70 días se sucedieron 70 reyes diferentes. El dato parece muy exagerado pero es un resumen explícito de la confusión del momento. Los gobernantes llegaban a veces al poder mediante un golpe de Estado, aunque luego eran incapaces de ejercerlo por la fragmentación del país, la insuficiencia de tropas y las constantes disputas y desavenencias entre las distintas administraciones de los reyezuelos locales que deshacían la coherencia y el orden.

La desorganización de estos años generó también algunas transformaciones sociales, incluyendo un cambio de mentalidad importante. Durante los siglos anteriores, el faraón había sido considerado un verdadero dios, el único en Egipto, y por tanto sólo él tenía el derecho a vivir eternamente. Ahora, los nomarcas se consideraban a su altura y por tanto con derecho a reclamar también la existencia después de la muerte. Y si los nomarcas podían, ¿por qué no otros funcionarios, empezando por los propios sacerdotes, que tan cerca estaban de los dioses a diario? ¿Por qué no, al fin y al cabo, el resto de la sociedad?

De pronto, la inmortalidad estaba al alcance de todos: ricos y pobres. Es en este momento cuando Osiris comienza a adquirir una enorme popularidad. Antes había sido un dios funerario exclusivo para la realeza y ahora cualquiera podía, tras su muerte, pedir ser llevado a juicio ante él para tener opción de acceder a la vida eterna.

A mediados de la dinastía XI, hacia el 2060 antes de Cristo, el faraón Mentuhotep II –cuyo nombre significa Montu está satisfecho y deja claro cuál era su dios favorito- logró reunificar por la fuerza todo Egipto. Con su ejército, redujo a los nomarcas rebeldes, expulsó a los invasores asiáticos que se aposentaban en el delta del Nilo, restableció y protegió las fronteras y las rutas comerciales e impuso la paz, que trajo consigo la prosperidad económica y el desahogo social.

Osiris comienza a adquirir popularidad al comienzo del Imperio Medio.

Mentuhotep reinaba en Tebas, así que trasladó allí por primera vez la capital. Desde su ciudad, impuso una política centralizadora y organizada que, entre otras cosas, incluía la recuperación de la figura política del tiati así como la de los inspectores reales. También creó otros cargos de confianza para reforzar la administración, como el de Gobernador del Norte, el del Sur y el de los Desiertos del Este.

Así nacía la época del Imperio Medio.

Durante estos años, las Dos Tierras volvieron a ser una sola y Egipto se recuperó de tal manera que se permitió organizar sus propias expediciones de invasión, en este caso hacia el sur. Así, los faraones reforzaron las campañas contra los nubios, con objeto de acceder a las minas de oro, cobre y piedras preciosas en el reino de Kush. Allí se construyeron fortalezas y colonias para asegurar la presencia egipcia.

También de esta época es el considerado como uno de los textos más importantes de la antigua literatura egipcia: El relato de Sinuhé, en el que mucho tiempo después se inspiraría el escritor finlandés Mika Waltari para escribir, en 1945, su novela Sinuhé el egipcio, que traslada la historia original a la época del faraón Ajenaton.

Desde el punto de vista religioso, la deidad más beneficiada en este momento es Amón, el dios tutelar de Tebas, cuyo poder, y el de sus sacerdotes, crece en paralelo con el de la nueva capital.

Del Segundo Período Intermedio al Imperio Nuevo

Esta etapa incluye las dinastías XII, XIII, XIV, XV, XVI y XVII y se caracteriza por las invasiones de pueblos foráneos a partir del 1640 antes de Cristo.

De nuevo el poder se fragmentó, con una realeza debilitada y nuevas guerras civiles entre los nomos. El desorden fue aprovechado especialmente por un pueblo belicoso al que los egipcios llamaron Heqa Jasut, literalmente Soberanos de tierras extranjeras, y al que los griegos rebautizaron como hicsos.

EL ENIGMA DE LOS HICSOS

El origen de los hicsos es un tanto confuso, aunque se sabe que eran semitas y procedían de la zona de Siria y Canaán. Habían ido emigrando poco a poco atraídos por las fértiles riberas egipcias y, al constatar la debilidad del poder político local, decidieron tomar el país por la fuerza. Usaban armas nuevas: espadas y dagas de bronce, arcos compuestos, armaduras, caballos y carros de guerra. Poco pudo hacer contra ellas el desmotivado ejército egipcio, integrado sólo por infantes armados de lanzas y hachas.

Finalmente, impusieron como rey a su caudillo Salitis, que volvió a fijar la capital en Menfis, alrededor de la cual disponía del grueso de su ejército. Desde allí exigió tributos tanto al Bajo como al Alto Egipto.

Los hicsos gobernaron durante más de cien años, sobre todo en el norte y el centro del país, tiempo durante el cual importaron su cultura y sus intereses. Así, popularizaron instrumentos musicales nuevos como el laúd y la lira, promovieron el uso del telar vertical y militarizaron la sociedad: Egipto se volvió más agresivo hacia sus vecinos, manteniendo un ejército regular permanente que impulsaba los intereses imperiales de los nuevos faraones asiáticos.

Es de nuevo en Tebas, la gran ciudad del Alto Egipto, donde comienza la reacción contra los reyes extranjeros gracias a los integrantes de la dinastía XVII, que mezclaron nacionalismo con religión para conspirar y finalmente motivar a los rebeldes a la lucha. La «guerra de liberación» fue liderada sobre todo por los últimos dos faraones de esta dinastía: Seqenenra y Kamose.

Seqenenra la inició tras la exigencia del rey hicso de sacrificar a los hipopótamos sagrados pues decía que hacían demasiado ruido y no le dejaban dormir. Se hizo coronar faraón, organizó un ejército importante y consiguió varias victorias, antes de ser derrotado y muerto en batalla. Elevado a la categoría de héroe, momificado y enterrado en la necrópolis real, su cadáver inspiró mayor determinación a los sublevados. Su hermano menor –o quizá su hijo primogénito, este dato no está confirmado– Kamose continuó la guerra y logró recuperar numerosas ciudades, incluyendo la propia Menfis. Los hicsos, retrocediendo, pidieron ayuda a los nubios, que se habían independizado en el sur, con la idea de atrapar a Tebas entre dos fuegos. Pese a ello, los egipcios siguieron llevando la iniciativa.

Amosis I, el faraón que expulsó a los hicsos para reunificar Egipto y dar así comienzo al Imperio Nuevo.

Kamose falleció durante el asedio de la ciudad de Avaris, en el este del delta, que los hicsos habían establecido como su nueva capital. Con sólo diez años de edad, le sucedió su sobrino –o su hermano menor, si ambos fueron hijos de Seqenenra– Ahmose o Amosis I. Bien aconsejado y guiado por su madre, la regente Ahhotep y su círculo de confianza, durante su reinado terminó de expulsar a los hicsos y llegó a perseguirlos hasta Palestina.

Amosis I reunificó Egipto restaurando el gobierno de Tebas sobre todo el territorio. También recuperó Nubia y Canaán, conquistas que se habían perdido por la debilidad de los faraones de dinastías precedentes. Reorganizó la administración, reabrió minas y rutas de comercio y puso en marcha grandes obras para reconstruir el país devastado por la guerra. Por todo ello, con él comienza la XVIII dinastía y, con ella, el Imperio Nuevo, formalmente a partir del 1550 antes de Cristo.

El dios Amón adquiere aquí de nuevo preeminencia pues, al ser la principal divinidad de Tebas, fue identificado con el patriotismo y el orgullo egipcios. El complejo de templos de Karnak eclipsó en magnificencia y riqueza a la menguada influencia de Heliópolis.

Existe una hipótesis muy interesante sobre Amosis y los hicsos y es la que identifica a este faraón con aquél que según la Biblia se enfrentó a Moisés. Ampliaremos este dato en un capítulo posterior.

El Imperio Nuevo está compuesto por las dinastías XVIII, XIX y XX, que en un principio continuaron la senda militar marcada por Amosis, con un ejército de veteranos bien organizado y equipado. Su hijo Amenhotep o Amenofis extendió las fronteras aún más allá y su sucesor Tutmose o Tutmosis llegó hasta el río Éufrates.

Estas campañas bélicas generaron abundantes tributos y permitieron una expansión de la economía egipcia nunca vista hasta entonces, a la cual ayudó la explotación de minas de oro, diorita, turquesa, cobre, pórfido, alabastro y otros materiales. Egipto se convirtió en la potencia más importante y rica del Mediterráneo oriental.

En esta época surgen faraones muy conocidos…, y faraonas, como Hathshepsut, la mujer que más tiempo se sentó en el trono. Hija única de Tutmosis I, se alzó con el poder apoyada por el sacerdocio de Amón y su gobierno incluyó, entre otras políticas, media docena de incursiones militares y una expedición al legendario país de Punt, de incierta ubicación aunque se cree que pudiera estar en la actual Somalia, en busca de incienso y mirra.

Éste es también el momento de Amenthotep IV, que cambió su nombre por Ajenaton y protagonizó una de las mayores revoluciones religiosas de la antigüedad tras enfrentarse con el por entonces corrupto sacerdocio de Amón y consagrarse públicamente a un solo dios: Atón, el espíritu del Sol. En su honor construyó una nueva capital en muy pocos años, Ajetaton, en lo que hoy es Tell el Amarna, a donde llevó la corte y desde donde impuso y condujo nuevos rituales en compañía de su bella esposa Nefertiti.

Es éste uno de los períodos más originales e interesantes del Antiguo Egipto pero no duró mucho: Ajenaton estaba más interesado en el amor, la religión, la filosofía y el arte que en la administración del Estado, que dejó sobre todo en manos de su visir Ay y su general Horemheb. El resultado fue de nuevo el caos interior y la pérdida de influencia exterior con la amenaza de nuevas invasiones extranjeras.

A su muerte, en circunstancias no aclaradas, Ajenaton fue sucedido por el enigmático Semenejkara, del que poco o nada se sabe, aunque una de las teorías más defendidas a día de hoy es que éste no fuera el nombre de un faraón sino un título empleado por la misma Nefertiti, que mantuvo así el poder hasta que finalmente pasó a su hijo Tutanjaton. Éste ascendió al trono pero tuvo una vida corta, en el curso de la cual no sólo se vio forzado a volver a instalar la capital en Tebas sino a cambiar su nombre por el de Tutanjamon volviendo así al redil de la religión de Amón. Tras su desaparición, se instaló en el trono la dinastía de los Ramésidas.

Mientras tanto, se consolidaba la nueva amenaza sobre el país del Nilo: el ascenso de Hatti, el reino de los hititas instalados en Anatolia, cuyos avances y conquistas hacia el sur terminaron por hacerles entrechocar sus armas con las egipcias. La batalla más conocida entre ambos imperios fue la de Kadesh, en la que el faraón Ramsés II se enfrentó al rey hitita Muwatalli II. Cada parte interpretó el resultado de la misma como una victoria, por lo que los historiadores tienden a pensar que terminó con un empate o, si acaso, con la victoria pírrica de alguno de los dos bandos, lo que a la postre no provocó cambios en la situación geopolítica. Más tarde se sellaría la paz, a la que los hititas se vieron forzados para enfrentar otro peligro: la expansión del reino de Asiria, un nuevo actor en el tablero internacional.

El incierto resultado de la batalla de Kadesh ayudó a que egipcios e hititas optaran por firmar la paz en lugar de continuar guerreando.