Muerte en escena - Helen McCloy - E-Book

Muerte en escena E-Book

Helen McCloy

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Beschreibung

Primavera de los años cuarenta. En un avión de Washington a Nueva York, el doctor Basil Willing lee una curiosa noticia en el Times: un ladrón irrumpió el día anterior en una tienducha de afilar cuchillos de la 44 Oeste, en pleno Manhattan, y liberó al canario del propietario, un tal Marcus Lazarus, de su jaula. Nada más. Comentándolo después en comisaría con su colega, el inspector Foyle, resulta que la tienducha en cuestión está junto a la entrada de artistas del Royalty Theatre, un imponente edificio un tanto demodé, estilo «pastel con glaseado», donde esa misma noche se estrena por todo lo alto una nueva adaptación de Fedora, el nuevo espectáculo de la famosa actriz Wanda Morley. ¿Podría tratarse de un truco publicitario de la compañía para promocionar la obra? El sagaz doctor Willing tiene ya la mosca detrás de la oreja, y no piensa perderse el gran estreno.

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Seitenzahl: 393

Veröffentlichungsjahr: 2026

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MUERTE EN ESCENA

HELEN MCCLOY

MUERTE ENESCENA

UN CASO DEL DOCTORBASIL WILLING

TRADUCCIÓN DE RAQUEL GARCÍA ROJAS

SENSIBLES A LAS LETRAS, 116

Título original: Cue for Murder

Primera edición en Hoja de Lata: febrero del 2026

© The Estate of Helen McCloy, 1942

© de la traducción: Raquel García Rojas, 2025

© de la ilustración de la portada: Juan Gregorio Hauciartz, 2025

© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2026

Hoja de Lata Editorial S. L.

Camino del Lucero, 15, bajo izquierda, 33212 Xixón, Asturies [España]

[email protected] / www.hojadelata.net

Diseño de la colección: Trabayadores Culturales Glayíu/Iván Cuervo Berango

Corrección de pruebas: Tania Galán Álvarez

ISBN: 979-13-87554-37-8

Producción del ePub: booqlab

La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ACE Traductores.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Hoja de Lata emplea tipos de papel que garantizan el manejo ambientalmente apropiado, socialmente benéfico y económicamente viable de los bosques del mundo.

 

 

Para A. D.

ÍNDICE

Cubierta

Título

Créditos

Índice

Personajes

relevantes en esta historia…

Objetos

relevantes en esta historia…

1. Prólogo

2. Personajes de la obra

3. Entra el asesino

4. Ad Lib.

5. Galán joven

6. Primera dama

7. Papel de carácter

8. Entra el rumor, todo pintado de lenguas

9. Aparte

10. Ensayo

11. Entre bastidores

12. Bis

13. Alarmas e incursiones

14. Scène-à-faire

Guide

Cover

Índice

Start

Personajes relevantes en esta historia…

Wanda Morley

… una actriz (o tal vez solo una mujer fascinante) de cabello oscuro, labios finos, sin caderas ni pecho, que desafía los estándares de belleza de Hollywood; también es una persona con tendencia crónica al autoengaño y alérgica a la verdad.

Pauline

… diseñadora de vestuario escénico y amiga del doctor Basil Willing, procedente de una familia acomodada, cordial y generosa de Baltimore; de tez clara y rasgos delicados, últimamente se la ve pálida y un poco anémica.

Margaret Ingelow

… también conocida como Margot (cuando está delante) y la Urraca (a sus espaldas), vive en Filadelfia, pero tiene un piso en Nueva York; está casada (aunque al parecer se han separado) con John Ingelow (heredero de una empresa de ingeniería) y es hija de un cirujano de Washington; además, es una buena amazona.

Rodney Tait

… un hombre de piernas largas y aspecto ágil, mirada intensa y fosas nasales dilatadas; un actor que solo sabe interpretarse a sí mismo: el joven apuesto y elegante sin la más mínima preocupación.

Leonard Martin

… un consumado actor de frente alta y estrecha, nariz colgante, ojos apagados y una delgadez extrema cercana a la demacración; bajo esa apariencia, este original artista tiene una actitud apacible, casi de disculpa.

Derek Adeane

… nacido como Daniel Adelaar, es un dramaturgo de cabeza aerodinámica en forma de bala, demasiado pequeña para su cuello carnoso, sus muñecas gruesas y sus musculosos antebrazos; se aburre cada vez que la conversación se aleja de temas tan interesantes como él mismo, su carrera o su obra.

Seymour Hutchins

… un actor versátil que habría triunfado en casi cualquier profesión; de ojos oscuros e inteligencia brillante, en su día solía hacer papeles protagonistas.

Sam Milhau

… un productor de Broadway encarnado en un hombrecillo moreno y regordete al que parece que han enguatado y barnizado.

Doctor Basil Willing

… un psiquiatra adscrito a la oficina del fiscal que, como la mayoría de los psiquiatras modernos, cree que ningún ser humano hace nada sin un motivo, consciente o inconsciente.

Subinspector jefe Foyle

… un hombre menudo, compacto y resistente que a veces puede ser despiadado; tiene un sano respeto por la prensa.

Objetos relevantes en esta historia…

Un CANARIO.

Una MOSCA común.

Un viejo BISTURÍ.

Un LIBRETO mecanografiado.

1. Prólogo

EL misterio del asesinato en el Royalty Theatre se resolvió gracias a una mosca común y un canario.

La mosca hizo patentes las pruebas químicas que tanto impresionaron al jurado durante el juicio, pero el canario proporcionó una pista de carácter psicológico sobre la identidad del asesino antes de que se cometiera el crimen. Basil Willing sigue contrariado por la idea de que podría haberse evitado si hubiera descifrado antes el enigma del canario.

Todo empezó con el canario. Aunque las aves no tienen la fortuna de contar con asesores de relaciones públicas, esta consiguió aparecer en primera plana del Times una mañana de primavera cuando un agotado compaginador cogió al azar una nota de relleno del archivo de galeradas para tapar un hueco al final de la tercera columna.

UN LADRÓN LIBERA A UN PÁJARO

Nueva York, 28 de abril

La policía está desconcertada por el extraño comportamiento de un ladrón que irrumpió en el taller de afilado de cuchillos de Marcus Lazarus, junto a la 44 Oeste, poco antes del amanecer de ayer. No robaron nada, pero el intruso abrió la jaula del canario de Lazarus y dejó libre al pájaro. El taller es poco más que una caseta en un callejón que da a la entrada de artistas del Royalty Theatre.

El 28 de abril, a las once de la mañana, el doctor Basil Willing desplegó un ejemplar del Times mientras desayunaba en un avión que iba de Washington a Nueva York. Leyó los titulares sobre la guerra con la sensación de insignificancia individual que debe de tener una hormiga durante un terremoto. Fue un alivio encontrarse con una noticia tan humana como «UN LADRÓN LIBERA A UN PÁJARO». Eso era un comportamiento delictivo a una escala concebible, de una agradable trivialidad después del asesinato de pueblos enteros, el robo de continentes y la perversión de culturas. Aquel pequeño rompecabezas estimuló su imaginación tanto como un problema de ajedrez o de matemáticas.

¿Por qué arriesgarse a afrontar las severas penas por robo entrando a la fuerza en un taller para no robar nada? ¿Por qué prolongar el riesgo entreteniéndose en el local para liberar a un canario de su jaula? ¿Era ese errático ladrón un sentimental que irrumpió en la tienda únicamente para liberar al pájaro de esa jaula porque era estrecha, oscura o estaba sucia? Una llamada de teléfono a la Sociedad Americana para la Prevención de la Crueldad hacia los Animales habría sido algo mucho menos arriesgado y con efectos más duraderos. No obstante, si liberar al pájaro fue una ocurrencia del momento, ¿qué clase de ladrón se distraería de la seria tarea de robar por un impulso tan frívolo?

Entonces Basil creía que su conocimiento sobre aquel «delito» se limitaría a los escasos datos que contenía la noticia. La elaboración de una hipótesis plausible dentro de unos parámetros tan estrechos era un ejercicio mental tan teórico y, por lo tanto, tan estimulante como la composición de un soneto. Sin embargo, cuanto más jugaba con esos pocos datos, más claro veía que ninguna hipótesis que pudiera idear los abarcaba todos de forma adecuada. Si se tratara de un anagrama, faltarían letras. Las letras que tenía solo formaban palabras sin sentido y sílabas sueltas, ininteligibles y sugerentes como un mensaje en un código desconocido.

Esa misma tarde, Basil se pasó por la Jefatura de Policía para hablar de un caso de sabotaje con el subinspector jefe Foyle.

—¡Vaya, vaya! —Por una vez, el astuto y escéptico semblante del inspector se veía despreocupado, relajado y amistoso—. ¡Creía que te habían dejado abandonado en Washington para siempre!

—De momento estoy trabajando con la oficina del FBI en Nueva York.

—¿Como psiquiatra o como investigador?

—Un poco de ambas cosas. Algo parecido a lo que solía hacer para la Fiscalía. Si no fuera por ti, ahora iría de uniforme.

—¿Y yo qué tengo que ver con eso?

—Tú me diste la primera oportunidad de aplicar la psicología para atrapar delincuentes. Ahora se supone que la aplico para atrapar espías y saboteadores. Pero debería estar en alguna unidad médica. Tengo menos de cuarenta y cuatro años, no tengo esposa ni hijos y estoy en el Cuerpo Médico de Reserva desde la última guerra. Pasé directamente de la Johns Hopkins a un hospital de campaña y fue por los casos de neurosis de guerra por lo que empecé a interesarme en la psiquiatría.

—Tranquilo, Doc —dijo lacónico Foyle—. Te llamarán enseguida si te necesitan. Pensarán que alguien que habla alemán como un nativo y lee las mentes más retorcidas como si fueran un libro abierto es más útil haciendo lo que haces ahora. El otro día me pasó algo curioso. Iba andando por Whitehall Street, a buen paso, como hago siempre cuando voy pensando, y un sargento de reclutamiento me ve y se acerca corriendo con una gran sonrisa. Entonces, de repente, se para y la sonrisa se le apaga como una bombilla, reniega con la cabeza y se da la vuelta. A primera vista, pensaría que podía servirle porque aún estoy flaco y fuerte y me muevo rápido, pero cuando se acercó lo suficiente para verme el pelo gris y las arrugas en la cara, dejé de interesarle. Supongo que debería haberme alegrado, en cierto modo, pero no fue así. Me sentí como la primera vez que un camionero me llamó «abuelo» en lugar de «amigo».

Hablar sobre la guerra hizo que Basil se acordara del periódico de esa mañana y eso, a su vez, le hizo acordarse del canario.

—Sí, ha sido algo curioso —admitió Foyle—. Esta mañana me ha llegado el informe de la comisaría. Creí que sería un truco publicitario.

—¿De quién?

—Wanda Morley. Su nuevo espectáculo se estrena en breve en el Royalty y el taller del afilador está justo al lado. Pero su agente de prensa jura que no sabe nada al respecto y su nombre no se menciona en relación con el suceso. Si hubiera algún tipo de conexión, a estas alturas ya se sabría.

—¿Había algo de valor en el taller?

Foyle se rio.

—¡Tendrías que verlo! No hay más que una muela de afilar y un montón de cuchillos y tijeras viejos y oxidados.

—¿Tiene Lazarus algún enemigo que pudiera hacer algo así solo para molestarlo?

—Él dice que no. Si alguien quisiera molestarlo, ¿no habrían robado algo? ¿O herido al pájaro? Estaba perfectamente, fuera de la jaula y volando por la estancia cuando Lazarus llegó a trabajar ayer por la mañana. Entonces se dio cuenta de que la puerta de la jaula estaba abierta y el pestillo de la ventana roto. Eran los únicos indicios de que alguien había estado allí.

—Pero ¿por qué? —insistió Basil.

—Ese rompecabezas es cosa tuya, Doc. Mi trabajo es atrapar a los que hacen el mal, ¡no preocuparme de por qué lo hacen! Tal vez tú puedas decirme por qué siempre se acercan al fuego cuando les decimos que se mantengan alejados. —El inspector sopesó sus siguientes palabras—. Ojalá no hubiera sido el taller de un afilador.

El interés de Basil se avivó como si alguien le hubiera dado una de las vocales que faltaban en su anagrama.

—¿Así que es eso?

—Eso parece. Nos hemos asegurado de que no han robado nada. Y eso solo puede significar una cosa: alguien quería afilar un cuchillo… sin testigos.

—¿Un asesinato?

—Exacto. Y premeditado. Pero no podemos hacer nada al respecto. No hay huellas dactilares. No hay pistas…

Fuera, en Centre Street, el viento del este atravesó el abrigo de primavera de Basil con una ráfaga repentina y cortante. Alguien quería afilar un cuchillo… Vio en su mente una figura oscura y sin rostro, bajo la luz gris y onírica que precede al amanecer, deslizando un pulgar húmedo por esa hoja afilada en secreto hasta convertirla en un acerado filo. La piedra de afilar emitiría un profundo zumbido y habría una lluvia de chispas de un azul gélido, pero no era probable que nadie viera ni oyera nada a esas horas en una caseta perdida en un oscuro callejón en mitad del barrio de los teatros. ¿Por qué tanta cautela, a menos que el propósito fuera el asesinato en su forma más inhumana, con la premeditación de un cirujano y la desalmada sangría de un carnicero? Eso tenía sentido desde la lógica policial, pero…

Con un clic casi audible, los datos nuevos y los antiguos se yuxtapusieron. El anagrama se había vuelto menos inteligible que nunca. Si se trataba de un asesinato inhumano, ¿por qué liberar al canario?

Como la mayoría de los psiquiatras modernos, Basil Willing creía que ningún ser humano hace nada sin un motivo, consciente o inconsciente. El acto inmotivado era un mito, como el unicornio o la serpiente marina. Incluso los deslices y los errores tenían su origen en las necesidades de la naturaleza emocional. Había utilizado su conocimiento de ese hecho para resolver su primer caso de asesinato. Pero ¿cuál era el motivo en esta ocasión? ¿Qué sentimiento había impulsado la mano que abrió la puerta de la jaula del canario ayer por la mañana?

Por muy lastimosa que pueda resultar una criatura alada en una jaula, un asesino que planea usar un cuchillo contra un ser humano no parece susceptible de sentir lástima…

2. Personajes de la obra

L a galería de arte moderno estaba ubicada en un ático de lujo al sur de Central Park. El arquitecto se preciaba de ser «funcional», pero había olvidado que la función principal de un edificio moderno es resistir los bombardeos aéreos. Había convertido la pared norte de la galería en un gran ventanal transparente. Después de Pearl Harbor, la gerencia había reforzado el cristal con tiras de cinta adhesiva de cinco centímetros de ancho, entrecruzadas para formar una serie de enormes equis y selladas con una plancha eléctrica.

Fuera, el invierno se demoraba en el parque como un huésped insensible que ya ha abusado de la hospitalidad de sus anfitriones. El césped estaba pelado, reseco y marrón. Los esqueléticos árboles formaban una red negra contra una tórrida franja de color azafrán en el extremo oeste del cielo blanco. Los niños y sus niñeras, que se apresuraban hacia el este para volver a casa y cenar, inclinaban la cabeza hacia delante, adoptando sin ser conscientes de ello una postura aerodinámica para surcar el viento de abril. No había ni un atisbo de verde en el paisaje, pero sí una nueva frescura en el aire que insinuaba todo el verdor que llegaría pocas semanas después.

En el interior, una multitud de invitados —en su mayoría mujeres, con abrigos de piel, perfumadas y locuaces— fingían que no existían las guerras ni los vientos de levante. Las paredes insonorizadas los aislaban del ruido del tráfico. Un termostato mantenía la temperatura tan suave y uniforme como la de un embrión. La brillante luz artificial procedente de fuentes ocultas se refractaba en todas direcciones gracias a las tres paredes de pino encerado en un tono pajizo. No había sombras. La galería era un cubo liso de luz, un medio en el que las personas se movían y seguían con su existencia como peces en un acuario iluminado.

De vez en cuando, alguno de los invitados se acordaba de echar un vistazo a los cuadros que colgaban de las paredes y le decía al artista exiliado, en un francés propio de colegialas, que su œuvre era épatante y vraie parisienne. La mayoría se dedicaba a beber cócteles, a picotear macaroons, admiraban piezas de cerámica Tang en las repisas gemelas de la chimenea o se sentaban a cotillear en sofás tapizados de un cuero tenso y resbaladizo de color verde jade.

Un joven y una chica estaban sentados en uno de esos sofás, el que daba la espalda a la pared de cristal. La chica era guapa, pero no había nada extraordinario en su belleza. Cientos de chicas tienen rizos castaños que brillan con tonos rojizos cuando les da la luz y ojos grises que parecen azules bajo un sombrero azul. Las pecas de la nariz, respingona, se le habían difuminado, como si en los últimos años hubiera cambiado la vida al aire libre por la luz artificial. Las mujeres ataviadas con pieles de zorro rojo y terciopelo de rayón y con sombreros de flores observaron la bella sobriedad de su traje de tweed y decidieron que iba mal vestida. Las que llevaban pieles de zorro plateado y vestidos de terciopelo rizado Bagheera y elegantes sombreros negros se fijaron en el mismo traje y se preguntaron si ellas iban demasiado arregladas. Algo en el leve mohín de su labio superior y en su forma de inclinar la fina y obstinada barbilla sugería que le importaban poco aquellas opiniones. Mostraba una actitud serena y distante, más bien profesional. Sobre la rodilla tenía un cuaderno de dibujo; en la mano derecha, un lápiz negro de punta blanda. De vez en cuando, bosquejaba algo de aquella multitud que le gustaba o le hacía gracia: un perfil sugerente, un sombrero imposible o una silueta desgarbada.

El joven se había desplomado en el asiento junto a ella con las manos en los bolsillos del pantalón. Era un poco más rubio que la chica y más o menos de su edad, veintitantos. Tenía los ojos demasiado redondos, la boca demasiado ancha y las piernas demasiado largas; aun así, su aspecto en general causaba un efecto agradable, ya que tenía un aire juvenil, saludable y alegre y un temperamento cordial. En ese momento, no obstante, no estaba siendo cordial. Tampoco la chica.

—No entiendo por qué tenemos que esperar más.

—¿No? —La mirada del joven seguía los trazos de su lápiz.

—Quizá sea mejor que lo cancelemos todo.

—Vamos, Pauline… —empezó a decir él.

Ella lo interrumpió.

—No me gustan los secretos, y menos aún los compromisos secretos. Y no veo ninguna razón para ello. Nuestros padres estaban encantados. Aunque no pareces darte cuenta, hay otros hombres en el mundo. Algunos me invitan a cenar y cosas por el estilo. Si supieran que estoy comprometida contigo… Bueno, lo haría todo más fácil. Así, no estoy ni comprometida ni no comprometida. Estoy suspendida en un vacío. Es difícil actuar como una chica comprometida cuando nadie sabe que lo estás. No importaría si fuera poco tiempo, pero ya llevamos varios meses así. La verdad, Rod, estoy cansada de guardar el anillo en un cajón del tocador y sentirme incómoda cada vez que se menciona tu nombre. Entiendo que esperemos hasta que termines con la obra para casarnos, pero ¿por qué no podemos decirle a la gente que estamos comprometidos?

—Porque no podemos.

—¿Por qué?

—Es que… Mira, no lo entenderías. Tendrás que aceptar sin más que no podemos hacerlo.

—¿Cómo vamos a llevarnos bien después de casarnos si no confías lo suficiente en mi entendimiento como para contarme cosas que son tan importantes para los dos?

—¿Y cómo vamos a llevarnos bien si tú no confías en mí en absoluto?

Pauline cerró el cuaderno de dibujo y guardó el lápiz en una ranura de la tapa.

—Rod, no podemos seguir así. Habrá que cancelarlo.

—¡De acuerdo, pues hazlo! —Rod fingió una indiferencia exagerada—. ¿Quieres que te traiga un cóctel?

—Si eres tan amable.

Qué cosa tan horrible era la cortesía: siempre máscara de la hostilidad entre sexos o clases; nunca el medio de la verdadera amistad o el verdadero amor. Pauline observó a Rod mientras este se levantaba y desaparecía entre la multitud. Sus labios se entreabrieron como si fuera a llamarlo, pero se cerraron de nuevo sin emitir sonido alguno. ¡Y pensar que tanto podía irse al traste por tan poco! Unas pocas palabras ásperas pronunciadas al amparo de una multitud bulliciosa y todo había acabado.

Mecánicamente, volvió a sacar el lápiz y reabrió el cuaderno de dibujo. Pero el trazo vaciló. Le temblaba la mano. Se notaba la garganta hinchada y dolorida. No debo llorar. Hay cientos de personas mirándome. Su mirada captó la silueta de una mujer bajita y gorda con un grueso abrigo corto de piel que se abría paso entre la multitud como un remolcador en aguas agitadas. Su lápiz ágil e inquieto plasmó el fugaz dislate en el papel con solo tres trazos. Notó que el asiento cedía bajo un peso en el otro extremo. Alguien se había sentado a su lado. Aún tenía la mirada fija en el cuaderno de dibujo cuando una voz masculina le habló.

—No podrías parecer menos interesada ni aunque estuvieras dibujando monos en el zoológico.

La chica se sobresaltó y se giró con una arrogante falta de expresión en dirección a la voz. Entonces se le iluminaron los ojos.

—¡Basil! ¿Qué haces aquí?

—Para mí, la pintura surrealista no es más que otra forma de psicoanálisis. ¿Qué haces tú aquí?

—Creí que podría sacar algunas ideas.

El lápiz esbozó el frívolo sombrero de plumas propio de una jovencita sobre un rostro solemne y anciano.

—¿Para el retrato de una oveja vieja disfrazada de cordero?

—No, trajes. Ya sabes que diseño vestuario. Para el teatro. O quizá no lo sabías.

—No, no lo sabía. La última vez que te vi, tu mayor interés en la vida era… A ver… ¿La rumba? ¿O la caza con perros?

—La caza con perros. Pero hace siglos de aquello.

—Unos quince años. Tú tenías trece o catorce.

—Y tú eras un anciano, de treinta y dos o treinta y tres. Pero ahora tienes más o menos mi edad. ¡Creo que Einstein llevaba razón!

Él se rio.

—Cuando te vi por primera vez, medías treinta y ocho centímetros y pesabas tres kilos y medio. Eso fue durante la última guerra.

Ella asintió.

—Tenía tres años cuando se firmó el armisticio. Mi familia nunca me deja olvidar que dije: «¿No sería divertido que nunca volviera a haber otra guerra?».

La joven estudió el delgado rostro del psiquiatra, sin edad, moreno; sus ojos oscuros y penetrantes. Bajo aquella intensa luz, vio dos únicas hebras grises en su espeso cabello castaño. Le habría echado treinta y cinco años, treinta y ocho como mucho. Pero ya debía de tener alguno más de cuarenta, porque sabía que había estado en la clase de su padre en la Johns Hopkins en 1916 y que la había dejado para incorporarse al Cuerpo Médico en 1917.

—Basil, tienes la edad suficiente para ser sincero conmigo. ¿Me responderás con franqueza a una pregunta personal?

—Depende de la pregunta.

—¡Menos mal que tú no eres cortés! —La chica suspiró—. ¿Cómo me ves: guapa o fea?

—Creía que los bolsos de las mujeres llevaban espejo.

—Yo creía que los psicólogos enseñaban que uno nunca ve en el espejo la misma cara que muestra a los demás.

—Mi querida Pauline, eres una jovencita de Baltimore y todas las chicas de Baltimore son guapas. —Se fijó en la mano izquierda sin anillo que sostenía el cuaderno de dibujo—. ¿Alguna razón en particular para dudarlo?

Pauline tenía la mirada fija en la multitud que rodeaba el bufé.

—Solo me preguntaba si tal vez soy… Bueno, más corriente de lo que creía. Te acostumbras tanto a tu propia cara que no puedes verla de manera objetiva y siempre te parece joven porque la confundes con tus recuerdos de juventud. Por eso las mujeres mayores llevan sombreros tan juveniles.

Basil sonrió.

—Tú aún puedes llevar sombreros juveniles, Pauline. Pero sí que estás un poco pálida… Anémica, quizá. —La observó con mirada clínica—. ¿Has estado a dieta?

—No, solo trabajando. Acabo de terminar el nuevo espectáculo de Wanda Morley. Se estrena esta noche en el Royalty.

—¿El Royalty? —La voz de Basil cambió de tono—. ¿Te refieres al Royalty Theatre de la 44 Oeste?

—Sí, claro. Sam Milhau monta todos los espectáculos de Wanda en el Royalty. Ha sido un trabajo complicado. Adaptaciones de diseños victorianos. Es una reposición de Fedora.

—¿La Fedora de Sardou? ¿No es una obra un poco antigua, bastante rancia y pomposa?

Pauline sonrió.

—A los dramaturgos modernos no les interesan los melodramas. Y ese es el fuerte de Wanda, así que tiene que hacer reposiciones. La temporada pasada fueron Cándida y La señora Tanqueray. La próxima será Lady Windermere o Madame X. Wanda quiere hacer todo lo que hicieron Bernhardt, Ellen Terry y Fanny Davenport. Incluso imita sus manías. ¡Con lo moderna que parece fuera del escenario!

La mirada de Basil siguió a la de Pauline por una repentina brecha en la multitud hasta una mujer que acababa de entrar en la galería. Habría llamado la atención en cualquier lugar. Era delgada y flexible como un látigo, con una destellante elegancia felina que convertía cada gesto en una obra de arte. Llevaba el cabello negro peinado con la raya en medio, con ondas impecables y acomodado en dos pequeños bucles sobre cada oreja. Su rostro era un óvalo de color crema surcado por una boca larga y fina pintada de escarlata. Tenía los ojos oblicuos y leonados, y su brillo dorado se veía realzado por unos pendientes de oro y topacio. Vestía de negro, con un gorro de piel de leopardo echado hacia atrás en la oscura cabeza y un manguito de piel de leopardo en un brazo.

—¿Wanda Morley? —preguntó Basil.

—Sí. Fascinante, ¿verdad? —Había cierta acritud en su voz—. Y, sin embargo, uno no acaba de saber por qué — continuó Pauline—. Es una especie de milagro. Hollywood establece una fórmula para el atractivo femenino: cabello decolorado, labios carnosos, caderas marcadas y enormes ubres que te hacen preguntarte por el contenido graso de la leche humana. Entonces llega Wanda y rompe todas las reglas: cabello oscuro, labios finos, sin caderas y sin pecho, y aun así hace que todos los productos de las fábricas de belleza de Hollywood parezcan tan artificiales como son. No se la puede reducir a una fórmula. Tiene los ojos demasiado oblicuos, la boca demasiado ancha y toda ella es demasiado flaca. Debería ser francamente fea, y lo sería si no fuera tan extraordinariamente hermosa. Basil, ¿tú crees que la belleza es algo puramente psicológico después de todo? Sobre el papel, Wanda es horrorosa. Es más fácil de caricaturizar que cualquier otra actriz de teatro. Pero hay algo en su carácter que une todos esos rasgos y sugiere la idea de belleza de forma casi hipnótica. ¿Por qué los psicólogos no descubrís qué es lo que hace que las mujeres como ella causen ese efecto?

—Puede que sea una especie de sugestión —convino Basil—, basada en la autosugestión. Algunos psicólogos franceses sostienen la teoría de que la suerte es producto de la autosugestión. Quizá una mujer solo es hermosa cuando cree de verdad en su propia belleza, sin ningún esfuerzo consciente.

—¡Entonces, la belleza es en realidad vanidad!

Basil captó el subtexto.

—No la aprecias demasiado, ¿verdad?

—La odio.

Pauline hablaba con un tono tan desapasionado como si estuviera diciendo «Va a llover».

—¿Por alguna razón en particular?

—Es un fraude intelectual y no sabe actuar.

—Eso podría explicar que no te guste, pero ¿odio?

—Era una forma de hablar. Pero no me gusta. Dice cosas…

—¿Qué tipo de cosas?

—Bueno, lo que supongo que uno llamaría comentarios maliciosos. En casa solía leer novelas en las que las mujeres hablaban de esa manera y siempre pensé que el autor solo las utilizaba como portavoces de su propio rencor, porque nunca había conocido a ninguna mujer que hablara así en la vida real. Sin embargo, en cuanto conocí a Wanda, pensé: «Pues sí que las hay, ¡y esta es una de ellas!».

El pensamiento de Basil se retrotrajo al entorno familiar de Pauline: seguro, afable, generoso. Jamás había oído ni a su madre ni a sus hermanas decir nada malintencionado ni envidioso, ni siquiera un chismorreo. Para una chica procedente de ese entorno, sería muy chocante encontrarse con una de esas arribistas simplonas que no conocen otra forma de relación social que no sea la guerra.

—Y ahora soy tan mala como ella —estaba diciendo Pauline—. Hay que defenderse.

Wanda Morley había llegado al bufé. La gente se volvía para mirarla. Algunos sonreían y le hablaban, pero sus respuestas eran breves. Se detuvo a charlar con un hombre. Rod se unió a ellos. Wanda rechazó un cóctel con un gesto, sacó un cigarrillo del bolso y se lo llevó a los labios. Los dos hombres sacaron cerillas. Ella sonrió a ambos por igual, dudó un momento y luego se inclinó hacia Rod.

El lápiz de Pauline esbozó un perfil de Wanda, exagerando su elocuente flexibilidad para que pareciera una especie de serpiente sin huesos. El trazo flaqueó. La mano de Pauline estaba temblando. Emborronó aquel boceto imperfecto a base de tachones.

—Pelo negro y ojos dorados —observó Basil—. Más bien parece un puma. Esos tres harían una buena composición. Podrías llamarla Puma con ciervo y oveja.

Rod era el ciervo: piernas largas y aspecto ágil, con los ojos redondos e intensos y las fosas nasales dilatadas. El otro hombre era la oveja: frente alta y estrecha, nariz colgante, ojos apagados y muy juntos.

La sonrisa que Pauline esbozó como respuesta era triste.

—Los pumas cazan ciervos y ovejas, ¿no?

—Esa es la gracia. ¿Por casualidad conoces a las víctimas?

—La oveja es Leonard Martin. El ciervo es Rodney Tait. Los dos están en la compañía de Wanda. Rod la ha traído aquí esta tarde. Se suponía que iba a pedirme un cóctel, pero parece que se le ha olvidado por completo.

—¿Quieres…?

—No, creo que ya no me apetece. —Se oyó un chasquido al romperse la punta del lápiz—. ¡Solo lo hace para molestar, porque sabe que provoca!

—¿Qué hace?

—Lo que está haciendo ahora. Rapiñar.

Había cierta avidez en la sonrisa de labios rojos y los brillantes ojos amarillos que resaltaban sobre el semblante pálido y la ropa negra. La combinación de colores estaba planeada con cuidado, vívida como en un naipe, y los rasgos parecían un poco más grandes que al natural. Ese rostro habría sido atrayente en una valla publicitaria o en un escenario, pero de cerca resultaba un poco abrumador. Wanda era un cartel, decidió Basil, y Pauline una miniatura. La belleza de Wanda florecería bajo los mismos focos que diluirían la tez más suave y los rasgos más delicados de Pauline.

Wanda hablaba animadamente con los dos hombres. La fina boca se le retorcía en el rostro como una culebrilla roja. Cambiaba de expresión de un modo extraordinario: orgullosa, melancólica, irónica, seductora, en una sucesión desconcertante. El humo que salía del cigarrillo que tenía en la mano trazaba la elegante línea de cada gesto de forma tan nítida como si estuviera escribiendo en el aire. A Basil le parecía que Wanda estaba interpretando el papel de actriz adorable y triunfadora, consciente de que muchos ojos la observaban, pero menos sensible a su impacto que una persona que no está acostumbrada a vivir de cara al público. Al igual que un objeto que se manosea sin cesar adquiere cierta pátina —desgastada, dura, pulida, brillante y un poco sucia—, la superficie de la personalidad de Wanda parecía haber quedado vidriada y empañada por las miradas curiosas que no dejaban de deslizarse sobre su rostro y su figura dondequiera que iba.

—¡Vaya, ahí viene! —murmuró Pauline.

Wanda había dejado el cigarrillo en un cenicero. Llevaba el lánguido manguito sujeto bajo un codo mientras se ponía unos largos guantes de color beis. Avanzaba despacio, sin dejar de hablar con Rod y Leonard, con la cabecita morena inclinada sobre la larga y flexible columna blanca de su cuello. Los atraía a su paso como un imán atrae las limaduras de acero.

—¡Pero, Pauline, cariño! ¡Qué sorpresa verte aquí! No sé por qué una nunca piensa que una diseñadora de vestuario escénico pueda estar interesada en el arte de verdad.

Pauline sonrió.

—Si alguna vez te encuentras con alguno de tus amigos en el cielo, Wanda, estoy segura de que dirás: «¡Cariño, qué sorpresa verte aquí!».

Wanda no la estaba escuchando. Sus ojos se habían vuelto hacia Basil. Tenían una mirada tan íntima como una caricia.

—¿No nos vas a presentar?

Pauline fue concisa:

—Doctor Willing, la señorita Morley. El señor Tait y el señor Martin.

—¡No será Basil Willing, el famoso psiquiatra!

Aunque Basil se decía a sí mismo que aquello era una tontería, su ego empezó a ronronear.

—¡Y pensar que le estoy conociendo de verdad! Pauline, cielo, debes traerlo a mi estreno esta noche. Tienes una entrada de sobra, ¿no? Doctor Willing, ¡significaría mucho para mí saber que está usted entre el público! Después iremos todos a cenar al Capri mientras esperamos las críticas en los periódicos de la mañana. Nos acompañará, ¿verdad que sí?

Lo repentino de la invitación hizo que Basil dudara.

—Bueno…

—¡Por supuesto que vendrá! —insistió Wanda en tono imperioso.

Entonces él entendió que en realidad no le importaba si iba o no. Dicho en el lenguaje del teatro, solo lo estaba utilizando como pie para los parlamentos del papel que había elegido, el de la Feminidad Fascinante. Al mismo tiempo, se dio cuenta de que algunos hombres caerían en ese tipo de cosas. Sin duda, Rod y Leonard parecían estar cayendo en la trampa.

—Ojalá pudiera quedarme a charlar —prosiguió Wanda—, pero tengo una entrevista con un reportero del Sun a las seis y media, un fotógrafo de Vogue vendrá a las siete y necesito descansar al menos una hora antes de ir al teatro. ¡No se imagina cómo detesto todo este jaleo de la publicidad! Es tan falso… ¡Ojalá pudiera vivir una vida auténtica en algún tranquilo barrio residencial, dedicándome a las tareas domésticas y cuidando de mi marido y de mis hijos!

—¿Y por qué no lo haces? —dijo Pauline en voz baja y áspera—. Es un país libre.

—¡Ay, cariño!

Una leve estridencia alteró la tersa superficie de la voz entrenada de Wanda. Un leve rubor le oscureció las mejillas. Basil había visto síntomas similares en pacientes neuróticos que se enfrentaban a la causa de una neurosis que no querían admitir. Decidió que Wanda era una de esas personas con tendencia crónica al autoengaño que se vuelven alérgicas a la verdad. Al menos, la verdad tenía un efecto muy similar al de una alergia química en su sistema vasomotor. No obstante, pronto se recuperó con su ingenio habitual.

—Los talentos especiales imponen responsabilidades especiales. No puedo pensar solo en mí misma como si no fuera nadie. Tengo un deber para con mi público y mi arte. Piensa en todas las personas que se quedarían sin trabajo si disolviese la compañía. No solo los actores, también tramoyistas, acomodadores y… ¡gente así!

Pauline se rio.

—«Epulón se daba banquetes a diario y vestía con gran boato: no porque le gustara, sino porque era bueno para el trabajo».

—De veras, Pauline, a mí eso me suena casi comunista. —Wanda dirigió la vista a una fina correa de oro que llevaba en la muñeca. El relojito de pulsera tenía la esfera cubierta por un topacio cortado en cabujón en lugar del cristal habitual—. ¡Cielos, son casi las cinco y media! ¡Tengo que irme volando! ¡Adiós, cariño! Doctor Willing, cuento con usted esta noche. Adiós, Leonard…

Rod hizo ademán de ir a acompañarla, pero ella lo detuvo poniéndole una mano en el brazo.

—No te molestes en venir, Rod. Sam Milhau me llevará a casa. Tenemos que hablar de algunas cosas antes de esta noche. El chico que iba a interpretar a Desiré se ha puesto enfermo y tendremos que eliminar sus intervenciones. ¡Por suerte son pocas!

Rod pareció un poco molesto por aquel rechazo. Pauline se estaba divirtiendo. Los ojos pensativos de Leonard siguieron a Wanda mientras ella se abría paso entre la multitud como una brisa a través de un campo de amapolas, dejando tras de sí una estela de miradas.

Un camarero pasó con una bandeja de pastelitos franceses. Pauline cogió una tartaleta de fresas. Basil y Rod hicieron lo mismo. Leonard miró con desagrado el resto de las tartaletas y savarins y negó con la cabeza.

—¡Pobre Wanda! —exclamó Pauline—. ¡Está empezando a sobreactuar tanto fuera del escenario como dentro!

El oblongo rostro de Leonard se iluminó con una sonrisa irónica de complicidad, pero Rod estaba disgustado.

—Eso no es propio de ti, Pauline. Los grandes artistas tienen que ser vanidosos. ¿No recuerdas lo que dijo Huneker sobre Rodin? Su inmensa reserva de vanidad lo mantuvo en pie durante los años que el público lo ignoró.

—El público no ignora a Wanda —repuso Pauline—. No con dos agentes de prensa trabajando día y noche para que salga en todas las secciones de teatro de la ciudad. Y no es su vanidad lo que me molesta, es su hipocresía. Lleva la clase de vida que la mayoría de las amas de casa de los barrios residenciales darían un brazo por tener, pero las adula fingiendo que son ellas las afortunadas y que ella es la mártir que merece la compasión de todos. Nunca envía su foto a los periódicos sin una carta adjunta en la que explica que «detesta» la publicidad. Nunca lleva una orquídea sin decir a todos los presentes que lo que «de verdad» quería era un simple ramo de violetas. Nunca se sabe muy bien si se está disculpando por tener éxito o si te lo está restregando. Supongo que esa es su idea de ser «democrática». Yo prefiero el esnobismo abierto.

—¡Pauline! —protestó Rod—. Eso no es justo.

—¿No? —Pauline alzó la barbilla y lo miró—. ¡Me parece que estás medio enamorado de ella!

Era la verdad dicha en broma. Rod decidió no darle importancia.

—¡No seas tonta! —exclamó—. Solo somos buenos amigos.

—¡Eso suena a pareja de viejos divorciados! —Pauline cerró su cuaderno de un golpe y se levantó—. ¿Alguien quiere que lo lleve al centro?

—Sí —dijo Rod—. Si eso me incluye a mí.

—Por supuesto. —Pauline sacó un sobre estrecho de su bolso y se volvió hacia Basil—. Aquí tienes tu entrada para esta noche. —Le puso el sobre en la mano—. ¡Ven si puedes! Y arréglate. A Wanda le gusta que los estrenos sean elegantes. ¡Adiós!

Pauline se perdió entre la multitud. Rodney Tait la siguió.

Había un leve destello de diversión en los ojos de Leonard Martin. Visto de cerca, parecía enfermizo y escuálido; estaba flaco hasta el límite de la demacración. La piel, flácida, le colgaba formando pliegues y arrugas en el rostro alargado, como si hubiera perdido mucho peso en poco tiempo. Tenía la tez oscura, de un tono más cercano al bronce que al moreno, que contrastaba vivamente con sus ojos azul pálido y el pelo rubio que se le veía por encima de las orejas. La frente alta y calva le brillaba como la cera en aquella habitación tan iluminada. Su actitud era apacible, casi de disculpa. Basil se preguntó qué papel podría interpretar un hombrecillo tan consumido, desalentado y tranquilo en un melodrama tan intenso como Fedora. Entonces habló con una voz tan mansa como sus ojos.

—Supongo que habremos confirmado su idea de que todo el que se dedica al teatro es un loco.

—«Estimulante» es la palabra que yo habría utilizado.

—Wanda es sin duda estimulante. —Leonard exhaló un profundo suspiro. Tenía el aliento pesado, como si hubiera estado comiendo fruta demasiado madura—. Es como los rayos X —reflexionó—. Cuando te expones a ella por primera vez, crees que no hay ningún peligro. ¡Tan obvia es su técnica! Pero semanas o incluso meses después, descubres que tienes quemaduras graves.

—¿Es eso lo que le ha pasado al joven Tait?

—No lo sé. Pero Wanda debería dejar a Rod en paz. Es solo un muchacho y ella… Bueno, no le gustaría que dijera cuánto tiempo lleva en los escenarios… Tengo que irme. ¿Le veré esta noche?

—Supongo que sí. —Basil miró el sobre de la entrada que tenía en la mano. Estaba impreso con letra pequeña, pero dos palabras destacaban en un cuerpo algo mayor: Royalty Theatre—. ¿Ha visto los cuadros? —preguntó de pronto—. Hay un estudio de animales bastante curioso.

Se escurrieron entre la multitud hasta la primera fila de un grupo que formaba un semicírculo frente a un pequeño cuadro al óleo. A cierta distancia, parecía una cuadrícula turquesa. Había una llanura marrón abierta a un cielo azul turquesa salpicado de nubes tostadas. La ingeniosa perspectiva daba al espectador una sensación de distancia infinita, diáfana y soleada. En primer término, dibujadas a pequeña escala, había una fila de columnas dóricas en ruinas. Un diminuto simio marrón estaba sentado en una de ellas, con las piernas cruzadas, sosteniendo un pájaro amarillo. Acababa de arrancarle un ala. Tres gotas de oscura sangre roja en forma de pera caían al suelo, iluminadas como rubíes.

Leonard observó el cuadro y Basil observó a Leonard. Su única reacción parecía ser el mismo divertimento comedido y curioso que había mostrado cuando hablaban de Wanda.

—La técnica de dibujo es sólida, pero he de decir que el tema me supera un poco. ¿Se supone que debe inspirar compasión o crueldad? Mi sensación principal es de repugnancia. Supongo que es porque no me gustan los monos. ¡Y eso que sí me gustan los canarios!

3. Entra el asesino

C uando Basil salió hacia el teatro aún era pronto y decidió ir andando. Enfiló la calle 44 desde la Quinta Avenida con el viento del este a la espalda empujándolo con una fuerza sorprendente. Con la reticencia de un hombre ocupado, había obedecido el requerimiento de Pauline de «arreglarse». Ahora el suelo le parecía duro, bajo las finas suelas de sus zapatos de charol, y los guantes blancos de gamuza entorpecieron su intento por sacar unas cuantas monedas sueltas que llevaba en el bolsillo lateral cuando se detuvo en un quiosco para comprar el periódico vespertino. Le hizo gracia pensar que esa pompa a la que no estaba acostumbrado era casi tan buena como un disfraz. Era poco probable que alguien reconociera al doctor Willing, miembro activo del equipo del fiscal del distrito, o al doctor Willing, el erudito psiquiatra, con ese atuendo de zángano.

Al llegar al Royalty Theatre, retrocedió hasta el bordillo de la acera y miró hacia arriba con cierta curiosidad. Era uno de los teatros más antiguos de Nueva York. Su oscura fachada de piedra color ciruela con molduras blancas recordaba a una porción de tarta de frutas con glaseado de vainilla. La marquesina resplandecía con bombillas eléctricas:

Sam Milhau presenta a

WANDA MORLEY

en

FEDORA

con Rodney Tait y Leonard Martin

La luz inundaba dos grandes carteles a ambos lados de la puerta de la taquilla: fugaces impresiones de Wanda plasmadas sobre el papel con unas cuantas pinceladas deslumbrantes en sepia y rojo. La cabeza era un pequeño óvalo oscuro en equilibrio sobre la larga y sinuosa columna blanca del cuello. Los ojos oblicuos estaban entrecerrados en una provocativa mirada de reojo por encima de un hombro algo levantado. La boca ancha, con sus finos labios de color escarlata, se curvaba en una sonrisa socarrona. Tal vez no fuese arte, pero era Wanda. Uno de los dibujos la mostraba recortada contra un horizonte moscovita de cúpulas en forma de cebolla; el otro, contra un fondo veraniego de adelfas y mimosas. Nada en ninguno de los dos sugería que apareciese alguien más en la obra. Pero, al parecer, Wanda era lo que el público quería. Una larga cola ya asediaba la taquilla y un policía de tráfico de refuerzo estaba diciendo a un par de cazadores de autógrafos que se apartasen.

Basil echó un vistazo a su reloj. Solo eran las ocho y el telón no se levantaría hasta las nueve menos veinte. Miró a su alrededor buscando un sitio donde poder leer el periódico de la tarde.

A la izquierda del teatro se erguía un ostentoso hotel de Broadway; a la derecha, uno de esos edificios bajos llamados «cubretasas» porque el alquiler apenas cubre los impuestos que debe pagar el propietario. Este albergaba una hilera de tiendecitas y restaurantes y el primero de los negocios era una coctelería.

En cuanto Basil entró en el local, supo que era un sitio caro. Parece haber una ley no escrita en Nueva York según la cual cuanto más caro es un bar de copas, más tenue es la luz; y este era tan oscuro que apenas podía ver el otro extremo de la sala. La noche que se iba cerrando en la calle convertía el ventanal en un enorme espejo. Detrás de la barra, otro espejo duplicaba el reflejo de las botellas de color ámbar con destellos dorados. Allí donde no había una ventana ni un espejo, había una superficie muy pulida de madera o de metal, por lo que el establecimiento entero brillaba como una joya tallada en medio de la penumbra. El ambiente estaba cargado y saturado de un penetrante olor a combinados. Una música suave salía de una radio a bajo volumen. El único camarero que había le preparó su bebida y le preguntó si había alguna noticia en el periódico sobre el estreno de ahí al lado.

Basil buscó la sección de teatro.

ESTRENOS DE ESTA NOCHE

Esta noche, en el Royalty Theatre, Sam Milhau reestrena la Fedora de Sardou protagonizada por Wanda Morley. Según la oficina del señor Milhau, Fedora, considerada habitualmente un melodrama romántico, se representará esta noche con el más estricto realismo. La acción y los diálogos se han actualizado. La Revolución rusa de 1917 sustituye a la trama nihilista de la versión original y los actores aparecerán con vestuario moderno. La señorita Morley, por supuesto, interpreta el papel principal en su día encarnado por Bernhardt. Rodney Tait, su coprotagonista, hace su primera aparición en Broadway tras cosechar éxitos en la costa oeste y el distinguido reparto secundario incluye a Leonard Martin, que regresa a los escenarios de Nueva York tras un año de enfermedad.

—¿Nada más? —El camarero estaba decepcionado.

—Hay algo en «Breves de la escena».

Lo leyeron juntos.

Puede que en algunas compañías teatrales haya celos y disputas, pero según Sam Milhau, la compañía que estrena esta noche en el Royalty su versión de Fedora es una gran familia feliz. Y ningún miembro de esa familia es más querido que la estrella, Wanda Morley. Incluso los tramoyistas han caído bajo el hechizo de la señorita Morley. Todos se han unido para enviarle un ramo de flores la noche del estreno. «Pues porque es una persona muy normal —nos explicó uno de los eléctricos—. ¡Y queremos que sepa que todos la apoyamos!».

El camarero sonrió.

—¡Qué cosas se les ocurren a los agentes de prensa!