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Nueva York, años treinta. Tras su fiesta de presentación en sociedad, el cuerpo de la joven Kitty Jocelyn aparece enterrado bajo la nieve, a unas cuantas manzanas de la mansión de los Jocelyn. La autopsia revela que la muerte se debió a una sobredosis de Sveltis, unas píldoras adelgazantes que Kitty publicitaba, pero que supuestamente nunca tomó. Tras las primeras pesquisas, el inspector Foyle y el doctor Basil Willing, sagaz asesor psiquiátrico del fiscal de Nueva York, creen que la víctima fue envenenada con un cóctel Bronx la tarde antes de la fiesta, y cualquiera de los allí presentes pudo ser el culpable: Rhoda Jocelyn, su elegante y arruinada madrastra; la señora Jowett, popular secretaria social encargada de la fiesta; Philip Leach, el apuesto periodista de cotilleos del momento o incluso Ann Jocelyn, prima de Kitty de asombroso parecido con ella, que enseguida confiesa haber sido forzada a suplantar a su prima la noche del baile.
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Seitenzahl: 350
Veröffentlichungsjahr: 2023
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BAJO LA NIEVE
HELEN MCCLOY
BAJO LA NIEVE
UN CASO DEL Doctor BASIL WILLING
TRADUCCIÓN DE RAQUEL GARCÍA ROJAS
SENSIBLES A LAS LETRAS, 95
Título original: Dance of Death
Primera edición en Hoja de Lata: noviembre del 2023
© The Estate of Helen McCloy, 1938
© de la traducción: Raquel García Rojas, 2023
© de la ilustración de la portada: Juan Gregorio Hauciartz, 2023
© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2023
Hoja de Lata Editorial S. L.
Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212 Xixón, Asturies [España]
[email protected] / www.hojadelata.net
Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu
Corrección: Tania Galán Álvarez
ISBN: 978-84-18918-78-0
Producción del ePub: booqlab
La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ACE Traductores.
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Para mi madre.
PERSONAJES relevantes en esta historia…
OBJETOS relevantes en esta historia…
NOTA de la autora
1. Frontispicio
2. Grotesco
3. Desnudo
4. Ilustración para un anuncio
5. Estudio para un retrato familiar
6. Máscara
7. Detalle
8. Estudio bajo luz engañosa
9. Pintura costumbrista
10. Naturaleza muerta con botella
11. Tríptico
12. Caricatura
13. Abstracción
14. Desarrollo de una botella en el espacio
15. Retrato de una dama
16. Composición en amarillo
17. Vista en perspectiva oriental
18. Grabados a punta seca
19. Dibujo para enamorados
20. Viñetas
21. Boceto
22. Retratos familiares
23. Manuscrito iluminado (circa 1930-1940)
24. Montaje
25. Página de guarda
KATHERINE JOCELYN
Debutante esbelta, de ojos oscuros, hijastra de la señora de Gerald Jocelyn, que se ha pasado la vida preparándose para su presentación en sociedad: cuidándose el cutis y la figura, aprendiendo lo imprescindible de francés, baile y música para convertirse en una joven refinada sin la mácula del intelecto.
RHODA JOCELYN
Madrastra de Katherine, atractiva, de aspecto joven, muy bien vestida, con una voz suave y melodiosa y el cabello castaño rizado jaspeado de canas, cuya apariencia general de bondad se echa a perder cuando vuelve el rostro y deja ver la obstinada línea de una boca malsana y unos labios informes.
ANN JOCELYN CLAUDE
Sobrina de Edgar Jocelyn, de ojos grises y mejillas hundidas, ahora secretaria de Rhoda Jocelyn (la madre de Ann era una Jocelyn, pero la desheredaron cuando se casó en contra de los deseos de la familia).
EDGAR JOCELYN
Tío de Katherine Jocelyn y su pariente más cercano, alto y de pelo canoso, que tiene los ojos claros de los Jocelyn y cejas negras.
LUIS PASQUALE
Artista sudamericano que parece un fauno de mediana edad que hubiera renunciado a la Arcadia por un salón climatizado y ganado lustre y barriga en el proceso.
SEÑORA JOWETT
… popular secretaria social para fiestas de presentación en sociedad. No parece inteligente, pero sí muy capaz y recuerda a una de esas mujeres maternales que habitan las soleadas cocinas de las granjas y ofrecen rebanadas de pan recién horneado.
NICHOLAS DANINE
El acaudalado director de una empresa alemana de explosivos. Es de ascendencia rusa o prusiana, pero tiene un aspecto y una forma de hablar propios de un inglés.
PHILIP LEACH
Autor de una columna de sociedad que firma con el nombre de Lowell Cabot. Pasó un tiempo en Europa y regresó a Estados Unidos en el mismo barco que las Jocelyn.
DOCTOR BASIL WILLING
Psiquiatra adscrito a la oficina del fiscal, tiene un temperamento susceptible, es extraordinariamente comprensivo y la prueba viviente de que un «médico de los locos» debe estar algo loco él mismo para entender a sus pacientes.
INSPECTOR FOYLE
Un hombre menudo, compacto y resistente que observa el universo entero con el atento escepticismo de un terrier de pelo duro.
Un ABRIGO negro de París.
Dos tarjetas de MENÚ grabadas.
Un CUADRO a la sanguina.
Un ANILLO de diamantes.
Una AMPOLLA de sales aromáticas.
Un viejo IMPERMEABLE de color caqui.
Un ANUNCIO de un remedio adelgazante.
Una PITILLERA tachonada de zafiros.
Un CHEQUE firmado.
Un CÓCTEL Bronx.
Todos los personajes humanos de este libro son ficticios. Sin embargo, el personaje más importante, el thermol (o 2,4-dinitrofenol), existe en la vida real. No hacen falta conocimientos científicos para resolver el crimen, más allá de los que se facilitan en el transcurso de la narración antes de llegar al desenlace.
ELSIE: ¡Cómo oscurece! ¿Qué son esas pinturas de las paredes?
PRíNCIPE ENRIQUE: La danza de la Muerte. Todo el que pasa debe contemplarla.
La leyenda dorada
La nieve empezó a caer el martes, sobre la hora del cóctel: enormes copos que se arremolinaban en espiral con el viento del norte. A las seis de la mañana siguiente, en la calzada, ya se había compactado y estaba grabada con rodadas de neumáticos que se entrelazaban. En las aceras era aún un polvo fino, apilada en suaves montones por el viento. En los tejados y sobre los coches se había endurecido hasta formar un glaseado blanco y crujiente. Y seguía cayendo.
Era lógico que Butch y Buddy estuvieran en la lista de hombres «disponibles para retirar la nieve». Habían estado trabajando en un proyecto de reparación de vías públicas interrumpido por la tormenta.
Algo más temprano, esa misma mañana, una quitanieves había empujado la mayor parte hacia las cunetas, pero el viento había arrastrado sobre estos montones la nieve que seguía cayendo hasta hacer que se elevaran como terraplenes. El trabajo de los operarios era recogerla con las palas y echarla al camión, pues no había suficientes excavadoras. El viento del norte cortaba como un cuchillo. Buddy dio un tiritón y se detuvo un momento. Cuando empezó de nuevo, la pala dio contra algo sólido. Frunció el ceño y lo intentó en otro sitio. De nuevo, la pala se atascó. No raspaba ni chirriaba, no podía ser asfalto. Era algo caliente, además de duro. Apartó la nieve con un pie… y parpadeó.
No había más luz que el tenue resplandor del amanecer que hacía que todo pareciese irreal. ¿Estaba viendo aquello? Se agachó y tocó algo con los dedos desnudos, algo rígido como una tabla. Entonces gritó.
Butch acudió corriendo.
—¡Hay un fiambre en la nieve! —sollozó Buddy.
—¡No alborotes tanto! Normal que uno acabe carámbano en una noche así.
—Pero… ¡no está congelado! —Buddy se atragantó—. Está… ¡caliente!
El doctor Basil Willing, psiquiatra adscrito a la oficina del fiscal, vivía en un edificio anticuado de la zona pasada de moda de Park Avenue, al sur de la estación Grand Central. Después de cenar, la noche siguiente, se había acomodado en el salón junto con el general Archer, el comisario principal de policía.
La luz del fuego hacía brillar las puertas de cristal de las librerías y daba un pálido tono rosáceo a los paneles blancos. Juniper, un hombre de voz suave oriundo de Baltimore que llevaba al servicio de Basil Willing desde los tiempos de Johns Hopkins, le ofrecía al comisario café y brandi mientras murmuraba con hospitalidad: «Sírvase, señor, sírvase».
Cuando se hubo marchado, no se oía más que el susurro del fuego y los distantes bocinazos de los coches. El general Archer daba vueltas a su gran copa de balón, frunció el ceño y retomó una discusión que se había recrudecido durante la cena.
—No sé a qué te refieres… No hay sitio para la psicología en la investigación. El trabajo policial tiene que ver con realidades físicas: realidades desagradables como manchas de sangre resecas, huellas dactilares grasientas y restos microscópicos de mugre bajo las uñas de un cadáver. En la mitad de los casos de asesinato no tenemos forma de identificar el cuerpo al principio. No es como en las novelas de detectives, donde matan a un hombre en su propia biblioteca mientras hay una docena de sospechosos idóneos en la casa.
»Cuando empezamos, apenas sabemos quién es nadie, ni el asesino ni los sospechosos ni la víctima. Necesitamos que nos ponga sobre la pista un biólogo o un químico, no un psicólogo… Fíjate, esta misma mañana… ¿Acaso los periódicos vespertinos dicen algo sobre el cuerpo de una joven hallado en la nieve en la calle 78?
Con lentitud deliberada, Basil se levantó y ojeó el periódico que había sobre la mesa. Alto y delgado, se movía a un ritmo comedido que era la antítesis de la «prisa». Su madre había sido una mujer rusa y eso explicaba muchas cosas, entre otras su carácter susceptible, más comprensivo, irascible e intuitivo que el de aquellas nacionalidades en las cuales la coraza de la civilización había tenido tiempo de endurecerse. Era una prueba viviente de la teoría de que un «médico de los locos» eficaz debe de estar un poco loco él mismo para entender a sus pacientes.
—Veamos… —Como la mayoría de la gente que habla varios idiomas, su forma de expresarse era nítida y sin balbuceos—. Tres casos de muerte por congelación anoche. Un hombre sin empleo. Un vagabundo. Y el cuerpo sin identificar de una muchacha. No hay detalles.
—Esa es. La chica. Solo que ella no murió por congelación. Hemos ocultado los detalles a la prensa a propósito. —Archer apuró su copa de brandi—. No tenemos ni una sola pista sobre su identidad y me gustaría saber qué puede hacer la psicología por…
—¿Cómo murió?
Archer se estaba encendiendo uno de los cigarrillos de Basil. Le dio una profunda calada antes de contestar:
—De un golpe de calor.
—Pero… ¡Es imposible!
—Eso es lo malo del trabajo policial. No hacen más que suceder cosas imposibles. El cuerpo se encontró sobre las seis de esta mañana, cuando unos operarios estaban retirando la nieve de la calzada. ¿Recuerdas qué frío hacía? El cadáver estaba cubierto por la nieve y no había huellas de pisadas, por lo que debía de llevar ahí un tiempo. Sin embargo, esos hombres juran que estaba caliente cuando lo encontraron. No templado, caliente como si tuviera fiebre. Cuando llegaron los muchachos de la comisaría, aún desprendía calor. Lo llaman «el caso de la muñequita ardiente».
—Cómo no.
—El inspector Foyle hizo que un ayudante del forense le practicara la autopsia de inmediato. Justo antes de irme del despacho esta tarde, Foyle me ha traído el informe preliminar, un galimatías técnico para decir que no son capaces de determinar la causa exacta de la muerte, pero pone: «El estado de los órganos internos, sobre todo de los pulmones, el corazón y el hígado, se parece sorprendentemente al que se encuentra en casos de muerte por golpe de calor». —Archer resopló—. ¡Un golpe de calor! ¡Pero si anoche estábamos a doce grados bajo cero! Es grotesco.
—Yo no estoy tan seguro. —Basil cogió el atizador, sin prisas, y observó los troncos con el ceño fruncido mientras los separaba—. ¿Dices que estaba debajo de la nieve? Un montón de nieve considerable conserva el calor. La capa de hielo que se forma sobre un lago protegido por la nieve es más fina de lo habitual porque la nieve mantiene el agua caliente. Algunos inuit construyen refugios de nieve para mantener el calor. Si el cadáver ya estaba más caliente de lo normal al principio, la nieve podría haber retrasado su enfriamiento.
—Pero ¿cómo ha llegado a estar tan caliente en un principio? —preguntó Archer—. ¡A nadie le da un golpe de calor una noche de invierno!
—No creo que el forense quisiera decir que la chica haya muerto de un golpe de calor. Solo ha usado ese término para describir su estado. ¿Qué hay de los análisis químicos?
—Sin resultados por ahora. —Archer suspiró—. Los del laboratorio siempre pueden decirte lo que no es algo, pero no siempre pueden decirte lo que es.
—Entonces tendrás que recurrir a la psicología.
—¡La psicología no sirve de nada si ni siquiera sabemos quién es la chica! Esa es la cuestión.
—¿No hay ninguna pista?
—Muy pocas. Tenía unos veinte años, según los médicos, y era virgen. Una cara poco común: ojos grises, pelo y pestañas oscuros. No hay nadie en la lista de personas desaparecidas que encaje con esta descripción. Sus huellas no están en el sistema. Nunca le han hecho un empaste. Tiene las uñas inmaculadas salvo por una traza de jabón, que podría ser cualquier jabón. Llevaba ropa barata, de la que se fabrica en serie. La producción en serie es el mayor obstáculo para el investigador moderno. El abrigo también es de mala calidad, pero tiene una etiqueta francesa: Bazar no se qué. Sin marcas de lavandería. Lástima que tantos reporteros de sucesos hayan contado al mundo entero que tenemos un registro de seis mil marcas de lavandería.
—¿No hay señales de violencia?
—Ninguna, salvo por dos golpes post mortem. El hombre que la encontró le dio con la pala mientras quitaba la nieve.
Basil dejó el atizador con cuidado.
—Me gustaría hablar con quien ha hecho la autopsia.
Los ojos de Archer centellearon a la luz de la lumbre.
—Creía que tus obligaciones oficiales consistían en responder a una sola pregunta: «Dígame, doctor, ¿este tipo está chalado?».
Basil sonrió.
—Tal vez debería visitar al forense de modo extraoficial.
—De acuerdo, pero recuerda: una huella dactilar viable vale por toda la psicología del mundo.
—Todos los delincuentes dejan «huellas psíquicas». —Basil seguía sonriendo—. Y no pueden ponerse guantes para evitarlo.
—¡Eres incorregible! —Archer se levantó para irse, pero se detuvo junto a la puerta—. He olvidado mencionar algo, si es que te interesa de verdad. Cuando el forense le quitó el maquillaje a la muchacha, descubrió que tenía el cutis amarillo. No bronceado, sino de un amarillo canario. Extraño, ¿verdad?
—¿El doctor Willing? ¿De la oficina del fiscal? El comisario llamó para decir que vendría usted esta mañana. Soy Dalton, ayudante del forense. Yo hice la autopsia.
El enérgico y pragmático joven médico estaba mascando chicle. Se alejó casi al trote por un pasillo y Basil lo siguió con paso sosegado. La habitación a la que llegaron estaba desprovista de muebles, fría y olía a desinfectante.
—¡El diecisiete, Sam! —gritó el doctor Dalton.
—De acuerdo —contestó el celador.
—Está todo salvo las vísceras y el cerebro. —Las mandíbulas de Dalton se movían rítmicamente.
Lo primero que advirtió Basil fue la extrema delgadez de la muchacha desnuda. El rostro sin vida estaba limpio de maquillaje y una intensa coloración amarilla lo cubría hasta la garganta, donde desaparecía en una línea irregular. El resto de la piel era de un cálido tono marfil. Los ojos, ausentes, eran grises, pálidos en comparación con las gráciles pestañas negras y las cejas oscuras depiladas en forma de diagonal como las de una muñeca javanesa. Tenía el abdomen cubierto con vendas de gasa allí donde se le habían practicado las incisiones para la autopsia.
Basil empezó a analizar aquel rostro según el método ideado por Bertillon, mediante el cual los policías franceses aprenden a reconocer una cara que nunca han visto a partir de una descripción oral.
—Contorno general: ovalado. Perfil: rectilíneo. Nariz: raíz corta; punta afilada; orificios dilatados; tabique bien definido…
De pronto se detuvo. En vida, ese rostro había sido hermoso. Los ojos grises y apagados habían brillado. Los labios secos y abiertos se habían curvado de un modo delicioso cuando sonreían.
¿Por qué estaba tan seguro? Poco a poco se formó en su mente la convicción de que ya había visto esa cara antes. Pero ¿dónde? La chica era demasiado joven para ser alguien a quien hubiera conocido hace mucho tiempo y, si hubiera sido hace poco, ¿por qué no se acordaba de ella?
Levantó una de esas flácidas manos. Dedos largos, estrechos en los nudillos, suaves y bien cuidadas. Cutículas intactas. Uñas ovaladas. No era la mano de una mujer que se lavara su propia ropa. Y, aun así, no había marcas de lavandería en la que llevaba puesta cuando la encontraron.
—Oiga —intervino Sam—, ¿y esa mancha amarilla no podría ser una especie de disfraz?
Dalton negó con la cabeza.
—Es interno. Las conjuntivas y todas las secreciones internas están amarillas. Al principio pensé que podría ser ictericia, pero algunos de los otros síntomas no encajaban. Presentaba todos los indicios de un golpe de calor: congestión y edema pulmonar, equimosis diseminada en varios órganos, separación de lóbulos hepáticos, degeneración tubular renal y marcada fragmentación del miocardio.
—Doloroso —apuntó Basil. Estudió las mandíbulas—. Sin empastes. Sin caries. Solo los ricos se cuidan así los dientes.
—¡Pero llevaba ropa barata! —protestó Dalton.
—Esa es la cuestión. ¿Aún la tienen aquí?
—Sí, señor —dijo Sam—. ¿Se la traigo?
—Por favor.
Basil examinó el andrajoso vestido negro con detalles verdes en el cuello y en los puños, los apergaminados zapatos de tacón alto y los endebles paños menores de rayón. Nada era de mal gusto, pero todo estaba hecho a máquina y con telas de mala calidad.
—No parece una joven que suela vestir así. —Se volvió entonces hacia el abrigo, de un paño negro burdo y sin pieles. En el forro había una etiqueta: Bazar de l’Hôtel de Ville—. Son los grandes almacenes más baratos de París —observó—. Me gustaría ver el informe completo.
El doctor Dalton se pasó el chicle al otro carrillo.
—Le enviaré una copia si quiere.
—Gracias. Supongo que estará analizando las vísceras en busca de algún veneno.
—Yo no. Lambert, el toxicólogo municipal, es el que se encarga de eso.
Basil alzó la vista.
—No será «Piggy» Lambert, ¿verdad?
—Lo llaman Piggy, sí. ¿Lo conoce?
—Sí… Si es el Piggy al que yo me refiero. ¿Dónde está su laboratorio?
—En el Bellevue.
Fuera, un sol pálido iluminaba sin calentar más de medio metro de nieve apilada en las cunetas. Basil arrostró el viento del norte mientras cubría caminando la escasa distancia entre el depósito de cadáveres y el hospital. Hasta ahora no había tenido que tratar con el toxicólogo municipal. Su trabajo para el fiscal del distrito consistía sobre todo en valorar la cordura de los acusados y la fiabilidad de los testigos. Sin embargo, recordaba vagamente haber visto el nombre de un «doctor Lambert» en los artículos de prensa relativos a casos de asesinato. ¿Sería el mismo Piggy Lambert que había conocido en el Johns Hopkins? Años de estudios en París y Viena habían hecho que Basil perdiera el contacto con sus amigos de la época universitaria.
—Trabajo para la oficina del fiscal. ¿Dónde puedo encontrar al doctor Lambert?
—Cuarta planta.
El laboratorio no era ni muy grande ni muy nuevo. Las paredes estaban salpicadas de ácido. Las sillas y las mesas estaban manchadas y rayadas. Los únicos objetos limpios y brillantes allí eran los microscopios, las balanzas, los separadores y otros instrumentos.
Entonces, un hombre que estaba en la otra punta del laboratorio alzó la vista.
—¡Basil Willing! Vaya, que me…
Era Piggy, sin duda, con más aspecto de cochinillo pálido y sonrosado que nunca. Lambert quitó un libro que había sobre una silla de cocina, lo tiró al suelo y le acercó la silla a Basil.
—He leído ese maldito libro tuyo —le informó—. Bien podrías ser astrólogo o curandero. ¿Cuánto tiempo estuviste en Viena, seis semanas?
—Estuve en París, Londres y Viena casi ocho años.
—Expatriado, ¿eh? Bueno, pues deja que te diga que los profesionales médicos de este país rechazan de plano las teorías freudianas. ¡Y no fumes! Muy propio de un psicólogo sacar las cerillas en cuanto entra en un laboratorio.
—El mismo Piggy de siempre, con los mismos encantadores modales. —Basil se guardó la pitillera—. No hace tanto, los profesionales médicos rechazaban la teoría de los gérmenes.
—¡Eso es distinto!
—¿Ah, sí? —replicó Basil, demostrando que no era ningún expatriado—. No he venido a hablar de psicología, sino a por información sobre uno de tus casos.
—¿Cuál?
—La chica cuyo cadáver han encontrado en la nieve… aún caliente.
—Ah, el caso de la muñequita ardiente. ¿Qué quieres saber?
—La causa de la muerte.
—Si te soy sincero, no tengo ni la más remota idea… Todavía. —Lambert hojeó a toda prisa una pila de informes mecanografiados que había sobre la mesa—. La mayoría de los envenenadores son muy tradicionales. Se atienen a los viejos métodos: arsénico, morfina, estricnina, cianuro o escopolamina. Por eso nos metemos en una rutina y, cuando llega algo nuevo, nos quedamos perplejos. Aquí tienes una copia del informe de Dalton tras la autopsia. A ver qué sacas de él.
Basil echó un vistazo a la primera página y suspiró.
—Los informes de autopsia siempre me recuerdan a ese médico que dijo: «¡Qué úlcera tan hermosa!». Escucha: «Sección biopsiada del pulmón izquierdo, rojo amoratado… superficie del riñón lisa, marrón rojizo medio… hígado verde hierba… bazo de un morado oscuro e intenso… bilis pálida, amarillo dorado…». ¿Quién iba a sospechar tal entusiasmo estético en Dalton? ¿Podría ser algún veneno hepático? ¿Cloroformo? ¿O fósforo?
—Ya lo había pensado, pero faltan algunos detalles como la acusada destrucción de glóbulos sanguíneos. La anemia, la delgadez y la esplenomegalia sugieren más bien una malaria crónica. Sin embargo, aunque la malaria vuelve la piel más cetrina y oscura, nunca he oído que deje la cara amarillo canario y el resto del cuerpo con su color normal.
—Y aunque la malaria provoca fiebre, apenas podría justificar la extraordinaria temperatura del cuerpo después de la muerte —añadió Basil.
—No se me ocurre nada, así a bote pronto, que explique eso —admitió Lambert—. ¡Un golpe de calor en diciembre! Es un disparate.
Basil estaba observando la fotografía de la chica muerta anexa al informe.
—Es raro, pero tengo la sensación de haber visto a esta joven en algún sitio.
Lambert lo miró de hito en hito.
—Eso sí que es rarísimo, porque yo tengo el mismo pálpito. Me hace pensar en el surf, no sé por qué. Llevo años sin ir a la costa.
Mientras cenaba a solas, las reflexiones de Basil derivaron hacia el rostro de la chica muerta, con sus grandes ojos grises y sus largas pestañas negras. Normalmente era capaz de moverse con la agilidad de un mono por la jungla de la asociación de ideas para encontrar el rastro de un pensamiento o un recuerdo y seguirlo hasta su origen, pero esa noche estaba cansado. La evocación de aquel semblante tentador parecía estar siempre al alcance de su mano y, cuando se abalanzaba sobre ella, se le escurría de entre los dedos de la mente como arrebatada por una fuerza física con voluntad propia y opuesta a la suya. Una vez más se dio cuenta de que el inconsciente no es solo una palabra o una convención, sino algo vivo y humano.
Después de cenar, se fue al salón y se sentó en una butaca orejera. Cerró los ojos e intentó concentrarse. Por fin, la palabra «revista» acudió a su mente. Leía decenas de revistas todas las semanas, sobre todo publicaciones científicas que poco tenían que ver con jovencitas. Ni con el surf.
—¡Juniper! ¿Dónde está esa vieja revista que estabas leyendo el domingo? La de la chica subida a una tabla de surf en la portada.
Juniper lo miró asombrado.
—Pues en la cocina, señor.
Era el número de mayo de una revista literaria de ficción sensacionalista. La surfista llevaba un traje de baño de color escarlata y era tan rubia como un narciso. No se parecía en absoluto a la muchacha muerta.
Basil echó un vistazo a las ilustraciones del interior. Luego, a los anuncios. ¿Por qué relacionaba el rostro de aquella joven con esa revista? La cerró y miró el anuncio de la contraportada. Ahí estaba… una fotografía en color que la mostraba tal y como él se la había imaginado en vida. Los grandes ojos grises con pestañas negras. Las oscuras cejas en diagonal. Las mejillas hundidas. Las suaves ondas de pelo oscuro. Y la piel de un cálido tono marfil sin rastro de manchas amarillas.
Por supuesto, era difícil estar seguro. Estaba comparando un rostro muerto con la fotografía de uno vivo. Sin embargo, la imagen lo mostraba en un ángulo de cuarenta y cinco grados, el mejor para la identificación.
Como todas las mujeres que salían en los anuncios, era de una esbeltez y finura inhumanas. La habían fotografiado en vestido de noche, uno de color crema intenso que parecía de satén. El único adorno que llevaba era un largo collar de perlas, magníficas de haber sido reales. Pero, por supuesto, en un anuncio no podían serlo.
¡Pobre muchacha! Qué vida tan horrenda debía haber sido la de vender su rostro y su figura y verlos expuestos en todas las revistas y vallas publicitarias. Seguramente no tuvo otra alternativa. Al fin, Basil leyó el texto impreso debajo de la fotografía:
La señorita Catharine Jocelyn, encantadora debutante hija de la señora de Gerald Jocelyn, de Nueva York y París, cuya fiesta de presentación en sociedad este invierno promete ser uno de los acontecimientos más espléndidos de la temporada. La señorita Jocelyn —Kitty para los más íntimos— es famosa por su esbelta y grácil figura. Lea lo que dice sobre SVELTIS:
«Me gusta SVELTIS porque es DEL TODO SEGURO. Ahora que he empezado a adelgazar con el MÉTODO SVELTIS, puedo comer tantos bombones y malvaviscos como quiera sin contar calorías. Además, nunca había tenido una piel tan suave y luminosa, puesto que SVELTIS no solo es inofensivo, ¡también es un tónico y un cosmético! (firmado) Catharine Jocelyn».
Basil continuó, fascinado por la anodina e hipnótica reiteración del estilo del publicista:
¿Por qué no ser moderna y mantenerse delgada con SVELTIS, el remedio adelgazante de las mujeres sofisticadas? ¡Sin dietas! ¡Sin friegas! ¡Sin tediosos ejercicios! Basta con una pastilla de SVELTIS en su cóctel vespertino y jamás tendrá «michelines» ni «cartucheras». SVELTIS viene en una lujosa botellita modernista. Tamaño tocador: 10 dólares. Tamaño bolsillo: 7,50 dólares.
A pie de página estaba la marca comercial: un joven sonriente pero desconocido cuya bata blanca de cuello alto junto con un microscopio binocular demostraba que era un científico. Y el lema:
¡La ciencia afirma que SVELTIS es la manera sensata de adelgazar!¡Basado en un antiguo secreto de belleza persa!
El comisario principal de policía estaba echando un vistazo a la correspondencia, con las mejillas aún sonrosadas después de afeitarse esa mañana.
—Bueno, ¿y qué ha dicho Dalton?
Basil se acomodó en un sillón.
—¿Has visto el cadáver?
—He visto las fotografías.
Basil sacó el anuncio de Sveltis de su maletín.
—¡Santo Dios! —exclamó el general Archer—. ¡Cómo se parecen, no me había dado cuenta!
—¿Parecerse? Es la misma chica.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque la señorita Jocelyn sigue viva.
El comisario pulsó un botón y habló por el interfono.
—Evarts, ¿tenemos el Times del miércoles?
Cuando le llevaron el periódico, Archer lo abrió por la página de Sociedad, lo dobló y se lo pasó a Basil por encima del escritorio. Había otra fotografía, esta vez en blanco y negro:
La señorita Katherine Jocelyn, que fue presentada en sociedad anoche en un baile ofrecido por su madrastra, la señora de Gerald Jocelyn… La fiesta más espléndida del año… nada comparable desde 1929… terciopelo blanco con las perlas de los Jocelyn… suntuosa decoración con una original combinación de tonos rosas y malvas que incluía rosas, guisantes de olor, violetas y ramilletes de lilas… dos famosas orquestas de baile… tres comedores y una barra de bebidas…
Luego seguía una larga lista de invitados.
Basil le devolvió el diario al general.
—Entonces, ¿la fiesta de esta joven fue la misma noche en la que encontraron el cuerpo?
—Exacto. El cadáver se halló justo antes del amanecer del miércoles mientras Kitty Jocelyn bailaba en su fiesta de presentación en sociedad. Lo sé porque mi propia sobrina estaba allí. Mira, Willing… —la indulgencia de Archer era casi condescendiente—, has trabajado mucho desde que volviste a Estados Unidos y has vivido como un ermitaño. Supongo que nunca leerás revistas de moda ni las columnas de sociedad, ¿verdad?
Basil sonrió levemente.
—Me temo que no.
—Si lo hicieras, lo sabrías todo sobre Kitty Jocelyn.
El comisario se relajó como un conferenciante que conoce bien la materia de su discurso.
—Rhoda Jocelyn —prosiguió—, su madrastra, es viuda. Hasta hace muy poco vivían en el extranjero. París, Roma, Cannes y demás. Pero en primavera empezaron a aparecer fotos suyas en los periódicos y revistas locales: «La señorita Jocelyn luce un sombrero de Tal y Tal… La señorita Jocelyn lleva un vestido de Cual y Cual». No podías mirar a ningún sitio sin verla. Era como una epidemia.
—¡No me extraña que a Lambert le resultara familiar esa cara! ¿Cuándo regresó al país?
—Ah, su madrastra y ella llegaron en otoño, hace solo unas semanas, y abrieron de nuevo la vieja casa de los Jocelyn en la calle Sesenta y tantos, donde se dio la fiesta. Era su primera aparición pública y mi sobrina Isobel asegura que es una joven hermosísima. Por supuesto, no puede haber ninguna relación entre ese pobre hierbajo que encontraron bajo la nieve y una delicada flor de invernadero como Kitty Jocelyn.
—¿Por qué no?
—¡Amigo mío! —Archer estaba perplejo—. Sabes tan bien como yo que la gente de… bueno… de buena posición, en fin, pudiente y educada, ¡no se mezcla en casos de asesinato!
—¿Ah, no? —Basil esbozó una lenta sonrisa cargada de intención—. ¿Has oído hablar del príncipe Yusúpov, de madame Caillaux, del conde de Bocarmé, de lord Ferrers o de la marquesa de Brinvilliers?
—Todos extranjeros —murmuró el otro.
—¿Y qué me dices entonces del profesor Webster, de Harvard? ¿Y de Harry Thaw? O de Edward S.Stokes. El asesinato es un intruso bastante incontenible.
—¡Pero la señorita Jocelyn sigue viva! —repitió Archer.
—Entonces, ¿por qué no la interrogáis? La chica muerta podría ser pariente suya.
El comisario tamborileó con los dedos sobre su escritorio. Movía la cabeza de un lado a otro.
—Willing, no podemos interrogar a una muchacha protegida con tanto celo basándonos solo en un parecido casual.
—¿Protegida con celo? Por lo que dices, parece más bien un producto anunciado a bombo y platillo.
—Además, si la chica muerta fuese pariente de los Jocelyn, ya habrían venido a denunciar su desaparición. No puedo molestar a gente así a menos que tenga algo más tangible para continuar.
Basil se levantó con un suspiro.
—Hay un nombre curioso en esa lista de invitados a la fiesta. Nicholas Danine.
—Llegó en el Queen Mary hace tres semanas.
—¿Por negocios?
—¡No, no! Su secretario dijo a la prensa del puerto que se trataba de una visita al país estrictamente personal y que no tenía nada que ver con negocios ni política.
—Y los reporteros, como buenos chicos, se creyeron todo lo que les dijo el secretario.
—Bueno… —Archer se revolvió inquieto bajo la atenta mirada de Basil—. Ahora que lo pienso, corre el absurdo rumor de que va a casarse con Kitty Jocelyn. No creo que sea cierto, pero… Estaba en el baile y ya es un poco mayor para fiestas de debutantes. Andará por los cuarenta y tantos, diría yo.
—¿Mayor? —Basil se echó a reír—. Yo también tengo cuarenta y tantos, Archer. Los viejos chochos nos encaprichamos a veces de alguna jovencita. Y si hay una madre maquinando por detrás, o una madrastra… —Terminó la frase encogiéndose de hombros.
—¡Mira, yo no tengo nada que ver en esto! —exclamó Archer impaciente—. Si quieres, puedes buscar al inspector Foyle y enseñarle ese anuncio de Sveltis. Pero te lo advierto, no podemos hacer nada sin tener más pruebas.
—¿Y cómo vais a conseguir más pruebas si no hacéis nada? —le preguntó Basil en tono complaciente.
El subinspector jefe Patrick Foyle era el oficial al mando de la Unidad de Investigación en ese momento. Un hombre menudo, compacto y resistente que observaba el universo entero con el atento escepticismo de un terrier de pelo duro. Aunque Basil y él discrepaban en muchos asuntos, eran amigos.
—¡Vaya! —exclamó Foyle al ver el anuncio de Sveltis—. He visto muchas cosas raras en la vida, pero hasta hoy esta es la más extraña.
—¿Y qué vas a hacer al respecto?
—¿Qué puedo hacer si el comisario principal dice «no se toca»? No se puede interrogar a gente como los Jocelyn a menos que tengas un caso sólido, y un parecido no es ninguna prueba. Por supuesto, si la tal señorita Jocelyn hubiera desaparecido, sería distinto. Tal y como están las cosas, solo podemos esperar a ver qué averiguan los que intentan determinar de dónde salió el cadáver.
—¿Habéis preguntado por la zona donde se encontró el cuerpo?
Foyle explayó una mueca burlona.
—Puede que no seamos psicólogos aquí, en Centre Street, Doc, ¡pero también se nos había ocurrido! Un vigilante privado del vecindario vio un Buick sedán de 1936 aparcado en la 79 con la Quinta sobre las tres y media de la madrugada, pero… En fin, ¿cuántos Buick sedán de 1936 crees que hay en este país? El sargento Samson interrogó al vigilante. Por supuesto, no tenía la matrícula. Dijo que no pudo verla porque nevaba mucho. Solo reparó en el coche porque estaba allí con las luces apagadas y no entendía que nadie aparcase en la calle a las tres de la mañana con esa ventisca. Al principio creyó que estaba vacío. Luego vio que alguien se movía en el interior. Supuso que sería alguna parejita besuqueándose. Al no ser policía, lo dejó estar y, unos minutos después, el coche arrancó y se alejó.
Basil hizo un intento más.
En el edificio anejo a los juzgados encontró a Morris Sobel, el fiscal del distrito, entregado a una rueda de prensa. La enorme y desvencijada sala estaba llena de jóvenes irreverentes que llevaban el sombrero hacia atrás. Algunos iban pertrechados con cámaras de fotos y se arrodillaban en el suelo para captar el perfil de Sobel desde el ángulo más efectivo. A cierta distancia, la escena parecía un ritual religioso. Y aunque no era religioso, sí era un ritual. Cada pocos meses, Sobel recibía a la prensa y les decía que el crimen organizado era ya agua pasada. Una semana después, más o menos, los periódicos publicaban que la mafia había entrado en un nuevo sector. Sobel siempre estaba de buen humor después de esos encuentros con los periodistas, pero le cambió la cara al escuchar la historia de Basil.
—Mi querido Willing, dedícate a lo tuyo y deja la investigación a la policía. ¡No pienso acosar a una encantadora heredera solo porque dé la casualidad de que se parezca a una pobre chiquilla desamparada que está en la mesa de la morgue!
Basil tenía un despachito propio en las dependencias de la fiscalía. Se sentó a su escritorio e intentó concentrarse en el análisis de una prueba de asociación que había hecho pocos días antes para otro caso. Aquel pálido rostro, sin embargo, con sus grandes ojos grises y sus pestañas negras, se interponía en los cálculos que trataba de hacer.
Soltó la pluma y se quedó mirando sin verlas las monótonas paredes que había más allá de su ventana. Un vago recuerdo se revolvía en su mente. Descolgó el teléfono y dio el número del hospital donde era jefe de Psiquiatría.
—Con el doctor Bartlett, por favor… Hola, ¿Fred? ¿Cuál era ese nuevo medicamento que mencionaste como posible cura para la esquizofrenia? El que incrementa el ritmo del metabolismo basal. Dijiste que a veces se usaba como base para remedios adelgazantes… De acuerdo. Y supongo que es letal en grandes dosis… Gracias.
Colgó el auricular un instante y luego llamó a Lambert.
—Piggy, tengo una idea sobre el caso del que hablamos ayer. Ahora no puedo explicártelo, pero busca el número de 1932 de Anales de Fisiología y Quimiofísica biológica y lo entenderás. Volumen 8, página 117.
El viernes por la noche, una representación de Sadkó hizo caer a Basil en la extravagancia de reservar una butaca en platea preferente, pues admiraba la música de la patria de su madre. Solo tres filas por delante de él se sentaba el general Archer con su esposa y su sobrina. El general tenía aspecto de haber preferido quedarse dormitando sobre su periódico vespertino; la señora Archer, de lamentar no estar jugando al bridge, e Isobel Archer, delgada y nerviosa, parecía tener más ganas de visitar un club nocturno en Harlem. Sin embargo, la señora Archer estaba ese invierno «presentando» a su sobrina, que era de Boston, en Nueva York, y la ópera era parte del proceso de «presentación». Aguantaron sentados como aguantarían el sermón de los domingos: el general medio dormido, la señora Archer planeando su nuevo vestuario de invierno e Isobel… Bueno, ni siquiera un psiquiatra puede estar del todo seguro de lo que piensa una muchacha de la edad y la naturaleza de Isobel. A pesar de ello, y sin ser en exceso freudiano, Basil estaba dispuesto a aventurar que sus pensamientos no estarían muy alejados del sexo opuesto.
Durante el primer entreacto, ocupó una butaca temporalmente vacía junto a Isobel y habló con ellos.
—Podríais llevarme a Harlem cuando esto acabe —dijo enseguida la joven, y Basil sonrió al corroborar al menos una de sus suposiciones—. ¡Esos de allí son más listos! —continuó—. Ya se van. ¿Quiénes son? En el cuarto palco desde este extremo. ¡Vaya, creo que es Kitty Jocelyn!
—¿Dónde?
Basil se dio la vuelta con una celeridad poco común en él, pero el palco ya estaba vacío.
—El doctor Willing me ha preguntado una cosa rarísima —comentó Isobel cuando los Archer ya volvían a casa—. Quería saber si había pasado algo extraordinario en el baile de Kitty Jocelyn la otra noche. ¡Como si pudiera pasar algo extraordinario en una fiesta de presentación en sociedad!
Cuando Basil entró en su despacho el sábado por la mañana, se encontró al fiscal preguntando por él. Había como una sombra de vergüenza en la actitud de Morris Sobel.
—¡Hola! —Esbozó una tímida sonrisa—. ¡Tú ganas! ¿Te acuerdas del cadáver que encontraron en la nieve? Pues sí tiene relación con la señorita Jocelyn después de todo. Me gustaría que vinieras a mi despacho. Hay una… una joven que nos espera allí. Una amiga de la sobrina del comisario principal. No sé qué pensar de su historia, es algo fantástica. Y escandalosa, si resulta cierta. Espero que sea una perturbada y quiero que hagas lo tuyo.
—¿Esperas?
—Bueno, no exactamente, pero me ahorraría muchas antipatías en las altas esferas si estuviera sufriendo una «crisis nerviosa». Así es como se llama cuando son ricos, ¿no?
Basil siguió a Sobel por un pasillo hasta llegar a su despacho privado. El general Archer ya estaba allí y, con él, el inspector Foyle. Junto al ventanal había una jovencita, de espaldas a la habitación. Estaba delgadísima e iba vestida de negro, salvo por las medias de color perla y una estola de chinchilla sobre los hombros.
Un pequeño spaniel pequinés de pelo leonado gruñía hacia donde estaba Basil.
—¡Kai Lung, ven aquí!
La chica hablaba con un leve acento extranjero. El perro no le hacía ningún caso. Cuando se dio la vuelta, Basil se sobresaltó.
Era asombroso. Las mejillas hundidas, las cejas sesgadas, los ojos grises como cristal ahumado y de una palidez sorprendente bajo las pestañas negras… Hacía solo dos días que había visto esa cara en el depósito de cadáveres, en su descanso eterno y desfigurada por una intensa mancha amarilla. Ahora estaba viva, tenía el cutis de un claro y saludable color marfil y los labios pintados de rojo.
—Le presento al doctor Willing, señorita Jocelyn —dijo Sobel.
La joven hizo un mohín.
—¡Jocelyn no! Claude. Les he dicho por lo menos veinte veces que me llamo Ann Jocelyn Claude.
—¡No puede haber tres iguales! —exclamó Basil.
—¿Tres? —La chica lo miró sorprendida—. ¿Tres qué?
—Tres muchachas que se parezcan tanto.
—¿Quién ha dicho nada de una tercera chica?
El perro miraba a la puerta como si esperase a alguien más, pero no entró nadie. Empezó a gimotear.
—¡Cállate, Kai Lung! —Pero el perro siguió lloriqueando—. Solo hay dos chicas que nos parezcamos. Mi prima, Kitty Jocelyn, y yo.
—¿Y dónde está ahora Kitty Jocelyn? —quiso saber Basil.
—Eso es lo que he venido a preguntar.
Sobel encendió el interfono y dio instrucciones a un estenógrafo que había en la sala de al lado para que tomase notas de la conversación.
—Bien, señorita… esto… Claude, por favor, cuéntenoslo todo desde el principio y no omita ningún detalle. Por irrelevante que parezca, podría tener interés para el caso.
—Creo que este asiento es el más cómodo.
Basil acercó un sillón de cuero al escritorio del fiscal, de modo que la joven tuvo que cruzar la habitación para sentarse. Se lo agradeció con una sonrisa, sin darse cuenta de que lo había hecho para estudiar sus gestos y su forma de andar.
—¿Se puede fumar aquí?
Sin esperar respuesta, sacó una pitillera llena de cigarrillos gruesos y ovalados. Cuando inclinó la cabeza hacia la cerilla encendida que le tendía Basil, este observó la reacción de sus pupilas a la luz de la llama.
—Gracias. —Al recostarse, su mirada se posó en el perro—. Espero que no les importe que haya traído a Kai Lung. No podía dejarlo con la tía Rhoda. Es el perro de Kitty y ahora que ella ha desaparecido…
—¡Desaparecido! —la interrumpió Basil—. ¿Y por qué no lo han denunciado?
Ann bajó las largas pestañas y las subió de nuevo.
—Las circunstancias han sido… peculiares.
—Por favor, ¡empiece por el principio! —le suplicó Sobel.
