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Este es el relato de las desventuras de los primeros españoles que exploraron el sur de los actuales Estados Unidos y el norte de México. Aquí no se leerán conquistas ni hallazgos de riquezas, sino la tenaz resistencia, a lo largo de ocho años, contra los huracanes, las hambrunas, las enfermedades y los combates con los nativos. Cuando el temporal arrojó la barca de Cabeza de Vaca a la isla texana de Mal Hado (hoy, Galveston), se enteró del canibalismo entre españoles y, al poco tiempo, una tribu los esclavizó a él y a sus tres compañeros: Castillo, Dorantes y Estebanico. Se trata de un viaje real. Los cuatro españoles vagaron, tras huir de los indios esclavistas, desde la costa texana hasta la del Pacífico mexicano, en una caminata de más de tres mil kilómetros. Los seguía una multitud de indígenas que los veneraban como sanadores, hombres veraces y generosos.
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Seitenzahl: 295
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Álvar Núñez Cabeza de Vaca
Naufragios
Edición de Eloísa Gómez-Lucena y Rubén Caba
INTRODUCCIÓN
Mapa del itinerario de Álvar Núñez Cabeza de Vaca y sus tres compañeros
Cronología: Desde Sanlúcar (Cádiz) en 1527 hasta el regreso a la Península en 1537
Un viaje real: Por el sur de Estados Unidos y el norte de México
La posteridad: Tergiversaciones de su personalidad
Periplo vital (1490-1560)
Tras la esquiva gloria
Al servicio del duque de Medina Sidonia
Por La Florida, en busca de fama y fortuna
Rebelión en el Río de la Plata
Memorias de sus desventuras: Naufragios y Comentarios
ESTA EDICIÓN
BIBLIOGRAFÍA
NAUFRAGIOS
Mapa de La Florida, Theodor de Bry
Privilegio
Proemio
Capítulo I. En que cuenta cuándo partió la armada, y los oficiales y gente que en ella iba
Capítulo II. Cómo el gobernador vino al puerto de Xagua y trajo consigo a un piloto
Capítulo III. Cómo llegamos a La Florida
Capítulo IV. Cómo entramos por la tierra
Capítulo V. Cómo dejó los navíos el Gobernador
Capítulo VI. Cómo llegamos a Apalache
Capítulo VII. De la manera que es la tierra
Capítulo VIII. Cómo partimos de Aute
Capítulo IX. Cómo partimos de bahía de Caballos
Capítulo X. De la refriega que nos dieron los indios
Capítulo XI. De lo que acaeció a Lope de Oviedo con unos indios
Capítulo XII. Cómo los indios nos trajeron de comer
Capítulo XIII. Cómo supimos de otros cristianos
Capítulo XIV. Cómo se partieron cuatro cristianos
Capítulo XV. De lo que nos acaeció en la villa de Mal Hado
Capítulo XVI. Cómo se partieron los cristianos de la isla de Mal Hado
Capítulo XVII. Cómo vinieron los indios y trajeron a Andrés Dorantes y a Castillo y a Estebanico
Capítulo XVIII. De la relación que dio de Esquivel
Capítulo XIX. De cómo nos apartaron los indios
Capítulo XX. De cómo nos huimos
Capítulo XXI. De cómo curamos aquí unos dolientes
Capítulo XXII. Cómo otro día nos trajeron otros enfermos
Capítulo XXIII. Cómo nos partimos después de haber comido los perros
Capítulo XXIV. De las costumbres de los indios de aquella tierra
Capítulo XXV. Cómo los indios son prestos a un arma
Capítulo XXVI. De las naciones y lenguas
Capítulo XXVII. De cómo nos mudamos y fuimos bien recibidos
Capítulo XXVIII. De otra nueva costumbre
Capítulo XXIX. De cómo se robaban los unos a los otros
Capítulo XXX. De cómo se mudó la costumbre de recibirnos
Capítulo XXXI. De cómo seguimos el camino del maíz
Capítulo XXXII. De cómo nos dieron los corazones de los venados
Capítulo XXXIII. Cómo vimos rastro de cristianos
Capítulo XXXIV. De cómo envié por los cristianos
Capítulo XXXV. De cómo el alcalde mayor nos recibió bien la noche que llegamos
Capítulo XXXVI. De cómo hicimos hacer iglesias en aquella tierra
Capítulo XXXVII. De lo que aconteció cuando me quise venir
Capítulo XXXVIII. De lo que sucedió a los demás que entraron en las Indias
CRÉDITOS
Mapa del itinerario de Álvar Núñez Cabeza de Vaca y sus tres compañeros (miembros de la expedición de Narváez a La Florida).
Parten de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz, 17 de junio de 1527) → En Xagua (Cuba, desde noviembre de 1527 hasta febrero de 1528) → Costean hacia La Habana → Llegan a la actual bahía de Port Charlotte en La Florida (14 de abril, Jueves Santo) → Cabeza de Vaca y un grupo de hombres exploran a pie la bahía de la Cruz (Tampa) → Fondean las naves al norte de Tampa (18 de abril) → 300 hombres al mando de Narváez caminan hacia el territorio del actual estado de Georgia y llegan a Apalache (Apalachee, 20-25 de mayo) → Durante 25 días buscan el oro de los apalaches → Los indios los conducen al sur y entran en Aute (el actual Wakulla, cerca de Tallahassee, 29 de julio) → Exploran la bahía de los Caballos (St. Marks) y no encuentran sus naves → Construyen 5 barcas → 243 hombres se distribuyen en las 5 barcas (22 de septiembre de 1528) para costear hacia Pánuco, en México → Enfrentamiento con los indios mobilas (hacia el 30 de octubre) → Pasan la fuerte corriente de la desembocadura del Misisipi → La barca de Narváez con sus hombres desaparece en alta mar (cerca de la isla de Marsh, 4-5 de noviembre) → El oleaje arroja la barca de Cabeza de Vaca a Mal Hado («Mala Fortuna», la actual isla de Galveston, 6 de noviembre de 1528) → Se reúnen en Mal Hado los escasos supervivientes de las barcas → Sólo Cabeza de Vaca, Castillo, Dorantes y Estebanico deciden caminar en busca de los españoles de Pánuco → Los karankawas separan a los españoles y los esclavizan → Cabeza de Vaca escapa (fines de 1529) y ejerce de mercader durante casi 5 años en tierras próximas a San Antonio, donde encuentra bisontes por primera vez → Cabeza de Vaca ayuda a sus tres compañeros a huir de los indios (2.ª quincena de septiembre de 1534) → Llegan al río Grande/Bravo (primavera de 1535) → Por miedo a los indios esclavistas van río arriba → Pasan por el territorio de la actual Reynosa → Cerca de la confluencia con el río Conchos, los acogen en el pueblo de las Vacas («de los Bisontes», diciembre de 1535) → Ya les acompaña una multitud de indios → Al sur de El Paso/Ciudad Juárez, los indios los conducen por valles en dirección al Pacífico → En el pueblo de los Corazones (enero de 1536), los yaquis alimentan a los cuatro supervivientes y a todos sus acompañantes con corazones desecados de venado → Los yaquis y, luego, los mayos los conducen al sur por tierras cercanas al Pacífico → Llegan a Culiacán (abril de 1536) → Tras unas semanas de descanso (hasta el 15 de mayo), entran en Compostela (1.º de junio) antes de seguir hacia la ciudad de México → Una multitud los recibe en México (23 de julio de 1536) → Mientras Castillo y Estebanico se quedan en la ciudad de México y Dorantes en Veracruz, Cabeza de Vaca se embarca en Veracruz (10 de abril de 1537) rumbo a La Habana → Después de una breve estancia en Cuba, parte de La Habana (2 de junio) y arriba al puerto de Lisboa (9 de agosto de 1537) → A los pocos días, llega a Valladolid (sede de la Corte española) para informar a las autoridades del desastre de la expedición de Narváez.
En el siglo pasado, investigadores de una y otra orilla del Atlántico debatieron sobre el itinerario que Cabeza de Vaca, Dorantes, Castillo y Estebanico, supervivientes de la expedición a La Florida, debieron de seguir tras escapar de los indios esclavistas de la costa texana hasta que, en abril de 1536, llegaron al asentamiento español de San Miguel de Culiacán (Sinaloa), cerca del Pacífico mexicano. Cuestión legítima susceptible de controversia si no fuera porque algunos comentaristas, con más amor a su patria que a la verdad, imaginaron a los cuatro españoles por rutas inverosímiles, obligándolos a subir hasta el norte del río Grande o Bravo para cruzar montañas y desiertos con tal de que fueran los primeros europeos en pisar tierras incógnitas que, más tarde, se llamarían Texas, Nuevo México y Arizona. Frente a estas arbitrarias suposiciones, el historiador Morris Bishop publicó en los años 30 del siglo pasado sus argumentos —los más acertados según nuestras investigaciones— sobre el itinerario de aquellos primeros exploradores de Norteamérica, fundados argumentos que, con frecuencia, han sido ignorados o desdeñados.
Como miembros de la expedición de Narváez, Cabeza de Vaca y sus tres compañeros habían desembarcado en abril de 1528 cerca de la bahía de la Cruz, hoy Tampa, en la península que los españoles llamaban La Florida desde que Juan Ponce de León había arribado al litoral nordeste el día de Pascua Florida de 1513.
Junto con un grupo de expedicionarios, los cuatro españoles exploraron parte del actual territorio de Georgia en busca de las ilusorias riquezas de los indios apalaches y, al regresar a la bahía de los Caballos, actual St. Marks, construyeron cinco barcas para costear el golfo de México en dirección oeste hacia el asentamiento español de Pánuco que, por un cálculo erróneo, creían próximo. Poco después que Narváez y sus hombres se perdieran en el mar nada más pasar el Misisipi, la barca de Cabeza de Vaca naufragó en la isla de Mal Hado («Mala Fortuna»), hoy Galveston, donde se reencontró con Castillo, Dorantes y Estebanico.
Y cuando en la costa de Texas huyeron de los indios que los habían esclavizado, anduvieron unos 3.000 kilómetros, guiados por indios amigos y venerados como chamanes, desde la desembocadura del río Grande (Bravo para los mexicanos) hasta la villa de San Miguel de Culiacán. Habían atravesado los estados mexicanos de Tamaulipas, Nuevo León y Chihuahua con alguna incursión por la orilla texana del río Grande. Cerca de las actuales Ciudad Juárez/El Paso, se dirigieron hacia el oeste en busca del Pacífico, cuyo litoral ya habían explorado otros españoles.
Aquellos cuatro viajeros recorrieron en total, convertidas las leguas terrestres y marítimas en kilómetros, unos 10.000 desde que desembarcaron en Tampa, bahía de la Cruz para ellos, hasta que, tras ocho años de infortunios, llegaron descalzos y casi desnudos a San Miguel de Culiacán.
Algún comentarista poco avisado se ha permitido cuestionar no sólo el itinerario del viaje, sino también ciertos sucesos relatados en Naufragios. Según él, las hazañas que vivieron los cuatro españoles del siglo XVI pertenecen al territorio de lo fantástico porque, en su opinión, el texto tiene más elementos literarios que históricos. Pero en nuestra Introducción queda patente que Cabeza de Vaca y sus tres compañeros padecieron un exceso de crudelísima realidad: combates con los indios, hambrunas y enfermedades, además de bajas temperaturas a causa de la llamada Pequeña Glaciación que azotó el hemisferio norte, cuyas oleadas de frío polar alcanzaron su intensidad máxima precisamente a mediados del siglo XVI. También conocieron por boca del superviviente el canibalismo que cometieron unos españoles con otros.
Y entre fines del 1529 y septiembre de 1534, Cabeza de Vaca ejerció de mercader cerca de San Antonio mientras sus tres compañeros seguían esclavizados por varios clanes karankawas de la costa texana, en cuyos poblados pasaron tanta hambre que comían el polvo de los cueros que les daban a roer1. Este era el modo de curtir las pieles de venados que cazaban aquellos indios, tribus cazadoras-recolectoras recién salidas del Paleolítico y que desconocían la agricultura y la metalurgia.
Gonzalo Fernández de Oviedo, cronista oficial de Indias, relató las vicisitudes de los cuatro supervivientes en el proemio y en los primeros seis capítulos del libro 35 de su Historia general y natural de las Indias. Y en el colofón del último capítulo anota:
Esta relación sacó el cronista de la carta que estos hidalgos enviaron a la Real Audiencia que reside en esta cibdad de Sancto Domingo desta isla Española, dende el puerto de La Habana, donde tocaron el año pasado de mill e quinientos e treinta y nueve años [era junio de 1537], yendo de camino para Castilla a dar relación de lo que es dicho al Emperador Rey, nuestro señor, e a su Real Consejo de Indias.
Fernández de Oviedo reelaboró su crónica con el informe conjunto que Cabeza de Vaca, Andrés Dorantes y Alonso del Castillo escribieron para la Audiencia de Santo Domingo sobre el desastre de la armada de Narváez cuando fue a conquistar y gobernar La Florida. Y Baltasar Dorantes, hijo de Andrés, también dejó por escrito en México los hechos más significativos que relata Cabeza de Vaca. En ocasiones, discrepa con Cabeza de Vaca sobre quién fue el protagonista de las mágicas curaciones de los españoles sobre los indígenas. Es natural que el hijo de Andrés Dorantes se las atribuya a su padre. Y también refiere la impresión que produjo en los habitantes de México-Tenochtitlan ver a los cuatro famosos supervivientes entrar en la ciudad con el sucinto atavío que traían del largo peregrinar: «su entrada maravillosa, que lo fue en cueros vivos, sólo cubiertas las partes verendas con unos cueros de venado»2.
La autenticidad de los hechos narrados en Naufragios también queda patente en el testimonio del franciscano Antonio Tello:
Los peregrinos venían con el cabello largo hasta la cinta y la barba a los pechos, desmelenados, con unos sombreros de palma, vestidos de unas esclavinas de pieles de venado adobado y con pelo, descalzos, llenos de grietas, el rostro y manos tostadas del sol y frío, y los calzones de palma hilada3.
Las investigaciones antropológicas y arqueológicas modernas han confirmado las descripciones y los comentarios de Cabeza de Vaca sobre tribus y territorios, como reflejan nuestras notas al texto.
En las excavaciones realizadas cerca de la bahía de St. Marks, al sur de Tallahassee (capital de Florida), se han encontrado vestigios de la estancia de los hombres de Narváez: restos de una fragua, carbón y toscos pesebres. Por si quedaran dudas, en el mapa de 1591 que reproducimos de Theodor de Bry se lee justo en esa bahía: «Hic descendit Pamphilus Narvaez». Y en una lápida colocada el 15 de abril de 1928, la Universidad de Tampa conmemoró el 400 aniversario de la llegada de Pánfilo de Narváez: «intrepid spanish explorer and his four hundred brave companions, the first white men to set foot upon the shores of Tampa bay».
Tiempo atrás se puso en duda que hubiera perros en Norteamérica. Investigaciones sobre el ADN mitocondrial de las razas americanas confirman el origen precolombino de los perros nativos americanos. El caso más evidente es el chihuahua o xoloitzcuintle, perro sin pelo de tres mil años de antigüedad, muy frecuente en la cultura náhuatl, que mencionó Hernán Cortés como: «unos pequeños perrillos que se crían para alimento».
Cabeza de Vaca aportó en su relato testimonios de la existencia de estos canes. En el verano de 1535, tras haber huido el año anterior de los indios esclavistas del sur de Texas, aplacaron el hambre con dos perros domesticados que habían comprado a trueque de unas redes y un cuero con que se cubría Cabeza de Vaca. Y al compendiar los usos y creencias de los mareames y los iguaces que habitaban las costas texanas, refiere en el capítulo XVIII la brutal práctica de echar sus hijas recién nacidas a los perros para evitar que, en el futuro, procrearan con sus enemigos.
Por su relato sabemos también que, en algunas tribus, los hombres podían repudiar a sus mujeres si no tenían prole; en otras, las madres solían amamantar a sus hijos hasta los doce años por la escasez de alimentos; y en muchas ocasiones, las mujeres concertaban casamientos se interponían entre los hombres cuando se peleaban y mediaban para restablecer la concordia entre los clanes.
Resueltos a disipar las sospechas de algunos comentaristas de Naufragios, en el verano de 2004 nos dispusimos a seguir los pasos de Cabeza de Vaca, Dorantes, Castillo y Estebanico por el sur de Estados Unidos y el norte de México, a fin de precisar el recorrido por las tierras donde malvivieron.
Volamos desde Madrid a Tampa (Florida), al norte de cuya bahía —la mejor del mundo, según Cabeza de Vaca— anclaron las naves de la expedición de Narváez. En un coche de alquiler, recorrimos el litoral de los estados de Florida, Alabama, Misisipi y Texas hasta la ciudad fronteriza de McAllen. Allí cruzamos el río Grande o Bravo para llegar a la ciudad mexicana de Reynosa. En autobús, atravesamos el norte de México por los estados de Tamaulipas, Nuevo León y Chihuahua, en cuya ciudad las tropas realistas españolas fusilaron al cura Miguel Hidalgo (1753-1811), Padre de la Patria, y donde también se venera al caudillo revolucionario Pancho Villa (1878-1923). Y al fin, el Chepe (Ch de Chihuahua y P de Pacífico), tren de increíble trayecto con tramos casi aéreos por la sierra Madre Occidental, nos llevó con parsimonia contemplativa hasta la ciudad de Los Mochis, a orillas del océano Pacífico. Por comarcas cercanas a la costa bajaron los cuatro caminantes del siglo XVI en busca del asentamiento español de San Miguel de Culiacán, hoy Culiacán de Rosales, meta de nuestro viaje y arranque de la fama de Cabeza de Vaca y sus tres compañeros. Habíamos seguido sus huellas sin hambrunas ni esclavitud, pero asediados por los voraces mosquitos que nos recordaron a los «muy malos y enojosos», de los que el narrador de Naufragios describe tres clases.
Durante nuestro viaje, para fijar el itinerario de las desdichas de los cuatro andariegos, buscamos información en archivos y universidades, conversamos con cronistas y estudiosos de Estados Unidos y México sobre los primeros exploradores, así suelen llamarlos, y comprobamos que aquella hazaña había quedado plasmada en monolitos, esculturas, murales, libros y en la memoria histórica de ambos países.
Por increíble que parezca a las gentes de nuestro siglo, Cabeza de Vaca, Castillo, Dorantes y Estebanico vagaron, a lo largo de ocho años, desde la costa texana hasta la del Pacífico mexicano. En gran parte del recorrido los seguían miles de indígenas que los veneraban como sanadores, hombres veraces y generosos, a diferencia de los soldados del capitán Alcaraz que merodeaban por las aldeas del norte de Culiacán en busca de indios para esclavizar. En el capítulo XXXIV de Naufragios, el narrador reseña las tres clases de seres humanos que distinguían los nativos: «Personas», los propios indígenas; «cristianos», los soldados que los esclavizaban; y «nosotros», Cabeza de Vaca y sus tres compañeros, que venían de donde sale el sol, sanaban a los enfermos, estaban desnudos y no tenían codicia.
Del texto de Naufragios se deduce que Álvar Núñez Cabeza de Vaca no era de complexión fuerte y que su edad frisaba los 46 años cuando propone a sus compañeros Castillo y Dorantes que fueran en busca de unos hombres a caballo, cuyo rastro habían descubierto en abril de 1536, cerca de Culiacán, porque «cada uno de ellos (Castillo y Dorantes) lo pudiera hacer mejor que yo, por ser más recios y más mozos»4.
El historiador Enrique de Gandía, pese a dedicar ponderados estudios a Cabeza de Vaca, lo transfiguró en un caballero que, «después de enamorar a las bellas de los castillos, llamaba a las puertas de los conventos a esconder en los claustros ensimismados el recuerdo de sus amores»5. Fantasía inspirada, sin duda, en el retrato de Álvar Núñez que un coetáneo suyo, el maestre Juan de Ocampo, esboza al final de La Gran Florida —obra injustamente olvidada, apostilla Gandía— antes de transcribirlo:
Animoso, noble, arrogante, los cabellos rubios y los ojos azules y vivos, barba larga y crespa, mozo de treinta y seis años, agudo de ingenio, era Álvar un caballero y un capitán a todo lucir; las mozas del Duero enamorábanse de él y los hombres temían su acero.
Tan sugestivo retrato confundió a algunos historiadores con poco olfato literario, quienes aún lo siguen citando en sus ediciones críticas de Naufragios sin advertir que la prosa pastiche del maestre Juan de Ocampo brotó de la pluma del venezolano Rafael Bolívar Coronado (1884-1924), falsario tan minucioso que en el preliminar de La Gran Florida aclara, por boca del editor, que «el texto original se conserva manuscrito en la Biblioteca Nacional, códice 2.999, forro de piel cruda». Precisión propia de un trilero literario convencido de que nadie iba a tomarse la molestia de comprobar la inexistencia de ese códice. Este Tostado de los falsificadores llegó a emplear un sinfín de seudónimos para firmar obras apócrifas de varios géneros literarios, a pesar de haber muerto poco antes de cumplir los 40 años. Quizá la causa de su grafomanía mimética radicara en que tenía «el alma primorosa del cristal», como cantó en el inspirado joropo venezolano Alma llanera, uno de los raros textos firmados con su nombre6.
El novelista y académico argentino Abel Posse hizo nacer a Cabeza de Vaca en Extremadura y lo describió como un hombre «alto, de músculos correosos, con barba valleinclanesca y aquijotado». O sea, un clon de su paisano el actor Federico Luppi en su mediana edad. En plena inspiración fabuladora, Posse le inventó una divisa inexistente en el texto de Naufragios: «sólo la fe cura, sólo la bondad conquista»7.
El hispanista Enrique Pupo-Walker, en su meritoria edición de Naufragios, reproduce por cortesía de McGraw-Hill un busto de Cabeza de Vaca. El mismo grabado ya apareció en dos sellos (1 peseta y 5 pesetas) de los ocho que Correos emitió en 1960 cuando los dignatarios franquistas decidieron conmemorar, sin venir a cuento, el IV centenario del descubrimiento de La Florida. El año no rimaba con ninguna de las exploraciones que siguieron a la de Juan Ponce de León en 1513: Alonso Álvarez de Pineda en 1519, Ponce de León de nuevo en 1521, Pánfilo de Narváez con Cabeza de Vaca en 1528 y Hernando de Soto en 1539. La única fecha que se aproxima a ese imaginario 1560 sería la de la fundación de San Agustín en 1565 por Pedro Menéndez de Avilés.
Puestos a ser creativos, aquellos dignatarios eligieron como rostro de Cabeza de Vaca un grabado del que se ignora el origen y la identidad del retratado. Tampoco en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre conocen la paternidad de esta efigie inclusera. Sólo pudieron indicarnos que el diseñador de aquel tiempo debió de componerla con el atuendo y los rasgos espigados en varios personajes de la época.
Ediciones críticas actuales se ilustran con el retrato de un caballero del siglo XVI del que ni siquiera se menciona este dato. En nuestra Biblioteca Nacional nos aclararon que la efigie, grabada por Johannis Wieriecx en 1586, corresponde a un médico español, profesor en la Universidad de Lovaina, que sólo compartía con Cabeza de Vaca el nombre de Alvarius Nonius (Álvar Núñez).
Como era de esperar, la aventura norteamericana de Álvar Núñez Cabeza de Vaca ha inspirado obras de creación literaria, cinematográfica, pictórica, escultórica y musical de desigual calidad y, a veces, esperpéntica.
El estadounidense George Antheil (1900-1959) compuso una cantata para tenor, barítono y soprano con libreto de A. Dowling titulada Cabeza de Vaca que, en 1959, fue orquestada por E. Gold.
José Sanchis Sinisterra ha titulado Naufragios de Álvar Núñez o La herida del otro la primera de las obras dramáticas que componen su Trilogía americana. El autor avisa que «se trata de manipulaciones más o menos perversas del propio relato de Álvar Núñez, que es tratado como testimonio altamente sospechoso»8. La obra, dividida en dos actos, mantiene un pulso narrativo entre dos planos espacio-temporales. Desde la modernidad, Álvar Núñez evoca algunos de los acontecimientos de Naufragios. En la escena aparecen sus compañeros de expedición y Shila, su imaginaria mujer indígena, a la que abandona al final del segundo acto para instalarse en un dormitorio moderno con Mariana, su esposa española. A Sanchis Sinisterra no le interesan tanto las desventuras de Cabeza de Vaca «como el desguace de sus coordenadas culturales, de sus esquemas ideológicos y espirituales, de sus estructuras psíquicas». Al llegar «el final sin conclusión», el espectador puede quedar totalmente desguazado cuando «Esteban ha sacado de un bolsillo la bolsa de plástico»9 y Álvar Núñez y su mujer española encienden un cigarrillo antes de caer el telón.
También sobresale por la exuberancia de sus disparates la película Cabeza de Vaca, dirigida por el mexicano Nicolás Echevarría en 1990. Ni siquiera Juan Diego se cree el Álvar Núñez histriónico que interpreta. El guion de Guillermo Sheridan, hilvanado con algunos pasajes de Naufragios y no pocos fabulados, comienza en Culiacán, adonde han llegado Cabeza de Vaca y sus tres compañeros. Mediante un flash-back, la acción retrocede al año en que desembarcaron en Florida. Desde allí se ensartan truculencias con lo más anecdótico de las calamidades que vivieron los cuatro españoles. La película culmina en una escena digna del laureado dramaturgo don José Echegaray: Cabeza de Vaca llora abrazado al cadáver del joven cacique a quien había extraído una flecha tiempo atrás. Se comprende que los espectadores mexicanos creyeran, como nos dijo en Culiacán un funcionario cultural, que Álvar Núñez y el apuesto cacique habían vivido un romance.
En 1986, el Gobierno Español erigió en un parque de Houston (Texas) un busto de bronce de un altivo Cabeza de Vaca, con casco y coraza que ya quisiera haber tenido cuando mercadeaba descalzo y desnudo por el territorio cercano a San Antonio. En un pedestal de granito se ha inscrito, además del lugar y de las fechas de su nacimiento y muerte, que «la historia moderna de Texas comienza con este explorador español que aquí vivió entre 1528 y 1536».
El domingo 12 de septiembre de 2004, recién llegados a Reynosa (Tamaulipas) desde McAllen (Texas), encontramos la confirmación pictórica del itinerario que debieron de seguir Cabeza de Vaca y sus compañeros al escapar de los indígenas del sur de Texas. En el frontispicio de una farmacia, el pintor tlaxcalteca Desiderio Hernández Xochitiozin ha trasladado a imágenes la «semblanza histórica de Reynosa y sus contornos», desde las primeras tribus que habitaron la región hasta la Revolución Mexicana. En la segunda escena, un barbudo Álvar Núñez con una piel de venado sobre los hombros hace ademán de curar a un niño. Estebanico señala con el índice el cielo y, detrás, aparecen Dorantes y Castillo sobre un fondo de bohíos y campos de maíz.
Días más tarde, admiramos los murales que ilustran el Palacio de Gobierno de Chihuahua, capital del estado más extenso de México. En ellos el pintor Aarón Piña Mora resume la historia del estado de Chihuahua desde el siglo XVI hasta el fin de la Revolución Mexicana. En el primer mural, un adusto y canoso Álvar Núñez que sostiene una gran cruz, impone la mano en la cabeza de un indígena arrodillado mientras Estebanico, a la izquierda de la escena, toma del brazo a otro nativo, atemorizado ante la presencia del español.
Y en Jerez de la Frontera, la Ítaca andaluza de Álvar Núñez, el Ayuntamiento erigió en abril de 1991 un monumento conmemorativo de su odisea norteamericana, obra de Eladio Gil, escultor sevillano afincado en Colombia. Sobre el pedestal se alza un desnudo Álvar Núñez de bronce tan sólo cubierto por un casco que, abrazado a un árbol, mantiene un hacha en una mano y unas panojas en la otra. Detrás, como grupo escultórico independiente, dos hileras de indios flecheros sugieren, puestos de hinojos, la figura de una canoa en plena navegación.
Con la mención de los cuatro supervivientes finaliza el texto de los Naufragios:
Y pues he dado relación de los navíos, será bien que diga quién[es] son y de qué lugar[es] destos reynos, los que nuestro Señor fue servido de escapar destos trabaxos. El primero es Alonso de Castillo Maldonado, natural de Salamanca, hijo del dotor Castillo y de doña Aldonça Maldonado. El segundo es Andrés Dorantes, hijo de Pablo Dorantes, natural de Béjar y vezino de Gibraleón. El tercero es Alvar Núñez Cabeça de Vaca, hijo de Francisco de Vera y nieto de Pedro de Vera el que ganó a Canaria, y su madre se llamaba doña Teresa Cabeça de Vaca, natural de Xerez de la Frontera. El quarto se llama Estevanico; es negro alárabe, natural de Azamor.
Datos que zanjan la cuestión sobre el lugar de nacimiento de Cabeza de Vaca, a pesar de que algunos comentaristas especularon sobre si pudo haber nacido en Sevilla o en Zafra (Badajoz). Este empeño en naturalizarlo sevillano o extremeño se forjó en contra de lo escrito por sus contemporáneos. Alonso de Santa Cruz, cosmógrafo mayor del Emperador, refiere en el capítulo XLI de la quinta parte de su Crónica del Emperador Carlos V cómo llegó «a la corte de Su Majestad, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, natural de Jerez de la Frontera». Y Fernández de Oviedo, al iniciar el capítulo sobre la gobernación de Álvar Núñez Cabeza de Vaca en el Río de la Plata (1541-1545), lo llama «buen caballero y natural de Jerez de la Frontera». De hecho, fue enterrado en la capilla familiar del Real Convento de Santo Domingo en Jerez de la Frontera.
Tras nuestras investigaciones en archivos y bibliotecas, también concluimos que hacia 1490 nació en Jerez de la Frontera (Cádiz) Álvar Núñez Vera Cabeza de Vaca. Lo bautizaron como Álvar Núñez en recuerdo de un tatarabuelo materno, también jerezano, razón por la que sostenemos que Núñez formaba parte de su nombre y no era apellido, como se empeñan en alfabetizar en casi todas las bibliotecas y diccionarios biográficos.
La familia paterna tenía una situación económica desahogada sin llegar a la opulencia, pues su padre y su abuelo habían hecho la carrera de las armas y ostentaban cargos públicos. Su abuelo Pedro de Vera, además de ejercer de capitán en Canarias, había destacado en las luchas contra los moriscos granadinos, había sido aprovisionador real en las guerras de Granada y, durante casi treinta años, fue Veinticuatro (regidor) del concejo de Jerez. La madre de Álvar Núñez, Teresa Cabeza de Vaca y Zurita, nació en Sevilla, procedía de familia ilustre y con representación en la vida pública, pues el padre de ella, Pedro Fernández Cabeza de Vaca, también ostentaba una veinticuatría en el concejo sevillano.
Que Álvar Núñez no llevara el apellido paterno, a pesar de la admiración que sintió siempre por las hazañas de su abuelo Pedro de Vera, se explica por la costumbre de la época: cualquiera podía elegir entre los apellidos de los ancestros el que le acomodase o le significara alguna ventaja social o económica. Las tres hermanas y los dos hermanos de Álvar Núñez prefirieron apellidarse Vera.
El apellido Cabeza de Vaca tiene un origen legendario. La más sugerente y la que suscita más consenso entre los investigadores de lo linajudo se remonta al pastor Martín Alhaja. Además de progenitor de los Cabeza de Vaca que pueblan el mundo, Martín Alhaja ha sido honrado como el vaquero que propició, el 16 de julio de 1212 en las Navas de Tolosa, la victoria sobre los almohades del rey de Castilla Alfonso VIII y sus aliados los reyes de Aragón y Navarra.
Cuando las huestes cristianas subían por el puerto de Muradal, cerca del desfiladero de Despeñaperros, se encontraron con el ejército almohade fuertemente atrincherado en un collado. Al rey Alfonso VIII le pareció tan deshonroso retroceder como temerario atacar desde una posición desfavorable. Entonces, el pastor Martín Alhaja le reveló al Rey castellano que, en una cumbre próxima, había un paso desde el que podrían sorprender a los almohades. En la entrada de una angostura verían la calavera de una vaca que indicaba el camino de bajada hacia la retaguardia del ejército enemigo.
Con esta victoria en las Navas de La Losa (luego, Navas de Tolosa), los cristianos recibieron el impulso definitivo en su lucha contra el poder musulmán en la Península. El rey Alfonso VIII le concedió a Martín Alhaja la merced de un escudo jaquelado de oro y gules con seis cabezas de vaca. Desde entonces fue conocido como Martín «El de la Cabeza de Vaca». Tan sólo veintitrés años más tarde, Fernán Ruiz Cabeza de Vaca, caballero de Fernando III El Santo, lo usó por primera vez como apellido en los documentos oficiales.
Huérfano en los años de su primera juventud, Álvar Núñez vivió con estrechez económica en la casa de su tía materna Beatriz junto con sus hermanos pequeños y sus primos. Esta penuria cotidiana contrastaba con el afán de reconocimiento social y ansia de gloria y fortuna, anhelos que pocos miembros de la extensa familia vieron cumplidos. Se marchó de la casa de su tía Beatriz para entrar como camarero del duque de Medina Sidonia y, poco después, se alistó en el ejército que el Duque enviaba como apoyo a las tropas españolas en las guerras de Italia.
A las órdenes del capitán Bartolomé de la Sierra, Cabeza de Vaca combatió en la batalla de Rávena (11 de abril de 1512) frente a las tropas francesas de Gastón de Foix, sobrino de Luis XII. Con 23 años, si aceptamos 1490 como fecha probable de su nacimiento, regresó a Sevilla fogueado en batallas y con el título de alférez que le habían concedido por la defensa de la plaza fuerte de Gaeta. El duro batallar en sus años mozos marcó el carácter de Álvar Núñez. Ya cuarentón y esclavo de los karankawas en el sur de Texas, recordaría los ardides guerreros por tierras italianas: «Toda es gente de guerra y tienen tanta astucia para guardarse de sus enemigos como tendrían si fuesen criados en Italia y en continua guerra»10.
En cuanto regresó a Sevilla en 1513, Álvar Núñez entró al servicio del quinto duque de Medina Sidonia, Alonso Pérez de Guzmán, un disminuido físico y mental que no sabía ni firmar. Pedro Mártir de Anglería, en una carta de su Epistolario, lo califica de «uno de los necios más esclarecidos»11 de la aristocracia española de aquel tiempo. Y en el penúltimo capítulo de sus Ilustraciones de la Casa de Niebla, el cronista Pedro Barrantes escribe que el Duque «no era para casar por ser mentecapto, fuera de juicio e seso natural, e sobre esto impotente».
No es de extrañar que el matrimonio entre Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia, y Ana de Aragón, nieta de Fernando El Católico, acabara en una sentencia de nulidad. El proceso se encuentra en el legajo 937 del Archivo de la Fundación Casa Medina Sidonia. Este legajo, parte del cual transcribimos en grafía actual, contiene algunos de los testimonios de mayor interés sobre el comportamiento sexual del discapacitado Duque.
Declaraciones de Francisco Estopiñán, primo de Cabeza de Vaca:
Álvar Núñez que era camarero le dijo a este testigo que le había visto al señor Duque sus partes vergonzosas y que no hallaba en el señor Duque que hubiese tenido parte con su mujer y que se le había hallado su miembro tan cerrado y sucio que no le parecía que había tenido parte con mujer. Había pasado el tiempo que tiene dicho y cree que es muerto Álvar Núñez12.
Mientras el orgulloso Álvar Núñez soñaba con hazañas y glorias, la flaca economía familiar lo situaba de ayudante de un duque cretino. Oficio entonces de prestigio social, pero detestable por el individuo al que servía. Desde luego, no era el mejor desempeño para quien había hecho la guerra en Italia y lucía el grado de alférez por su gesta en Gaeta. Pero rechazamos que un glosador malicioso de Naufragios moteje a Cabeza de Vaca de «voyerista» porque contó lo que sucedía en la cámara del duque mentecato, pues hay que entender las funciones de un camarero al servicio de la aristocracia de entonces. Coincidimos con los historiadores Adorno y Pautz en la necesidad de valorar los documentos del proceso y los comentarios que suscitaron en cronistas de entonces como Pedro de Medina y Pedro Mártir de Anglería, quienes califican de estulto pueril al Duque que conocieron personalmente.
Quien desee rastrear las glorias escabrosas de esta familia no debe perderse la Crónica de los muy excelentes señores duques de Medina Sidonia, del sevillano Pedro de Medina, cosmógrafo e historiador conocido mundialmente por su obra El arte de navegar, un superventas de aquella época. Como Pedro de Medina estuvo durante cincuenta años al servicio de la Casa de Medina Sidonia en Sanlúcar de Barrameda, testificaría en la Probanza a favor de Cabeza de Vaca13, a quien habían depuesto en 1545 como Gobernador del Río de la Plata. Pedro de Medina certifica que el acusado sirvió siempre con lealtad a los Duques: durante los años de 1503 a 1511 hasta que salió para las campañas italianas y, a su regreso, con el sexto duque en las guerras de las Comunidades.
El alférez Cabeza de Vaca dejó atrás las intrigas palaciegas y recobró sus sueños de gloria cuando el nuevo duque de la Casa Medina Sidonia le ordenó que, junto a un grupo de caballeros y soldados, reconquistara el Alcázar de Sevilla en poder del duque de Arcos, paladín andaluz de los comuneros. También Cabeza de Vaca presenció en Villalar (Valladolid) el ajusticiamiento de los jefes comuneros en abril de 1521, antes de cabalgar hasta Navarra para hacer frente a un poderoso ejército francés. Beneficiados por las sublevaciones comuneras que asolaban Castilla, los franceses no perdieron ocasión de asestar un zarpazo a los territorios pirenaicos. Cabeza de Vaca los combatió en Puente la Reina, por el que hoy siguen transitando los peregrinos del Camino de Santiago.
Algunos biógrafos de Cabeza de Vaca han supuesto que en 1520 salió de la Casa Medina Sidonia para contraer matrimonio con María Marmolejo. Pero el legajo 2438 del Archivo Ducal prueba que Cabeza de Vaca, ya casado, siguió vinculado a la Casa hasta unos meses antes de junio de 1527, cuando partió en la expedición a La Florida con el cargo de tesorero y alguacil mayor.
