2,99 €
Llevaron su rivalidad… ¡de la sala de juntas al dormitorio! Hennessy Wade, a quien acababan de nombrar codirectora de la empresa de su padre, estaba haciendo lo posible por quitarse de encima su reputación de problemática. Aún no podía creer que su compañero en el cargo fuera a ser nada más y nada menos que el odioso y arrogante multimillonario Renzo Valetti. La cara le ardía cada vez que se acordaba de que lo había besado en Las Vegas, de que había besado al mismísimo diablo. Para Renzo, Hennessy era la viva imagen de la insensatez que había costado la vida a sus padres. Era impulsiva, espontánea… una tentación que estaba más que decidido a rechazar. Pero, tras viajar a Italia por un asunto de negocios, se empezó a cuestionar todo lo que pensaba sobre el escandaloso pasado de Hennessy, y a reconsiderar la fina línea que había entre el desdén y el deseo.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 191
Veröffentlichungsjahr: 2026
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Avenida de Burgos, 8B - Planta 18
28036 Madrid
www.harlequiniberica.com
© 2025 Louise Fuller
© 2026 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Negocios entre rivales, n.º 3219 - marzo 2026
Título original: Business Between Enemies
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
Sin limitar los derechos exclusivos del autor, editor y colaboradores de esta publicación, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizado de esta publicación para entrenar tecnologías de inteligencia artificial (IA).
HarperCollins Ibérica S.A. puede ejercer sus derechos bajo el Artículo 4 (3) de la Directiva (UE) 2019/790 sobre los derechos de autor en el mercado único digital y prohíbe expresamente el uso de esta publicación para actividades de minería de textos y datos.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 9791370172459
Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Portadilla
Créditos
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
Hennessy
Los golpes suenan dentro de mi cabeza. Estoy en la oficina de la empresa de publicidad de mi familia. Sé que es Wade and Walters por las estanterías de las paredes, llenas de revistas que se empiezan a inclinar; primero, levemente, y luego con más vigor, hasta que las revistas se empiezan a caer al suelo, una tras otra, haciendo cada vez más ruido.
Mis ojos se abren. Los golpes no suenan dentro de mi cabeza. Alguien está aporreando la puerta de mi piso. Seguramente, será la señora Godfrey, mi vecina, que estará buscando a su gato.
Alcanzo el teléfono y suspiro. Hoy es mi cumpleaños; cumplo veinticinco. Mi amigo Antony me ha enviado un mensaje. No hay ninguno de mi madre, Jade, pero no me sorprende porque nunca se acuerda de mi cumpleaños. Lo raro es que mi padre no me haya escrito. No le darían el premio al mejor padre, pero es sentimental con los cumpleaños. Aunque, siendo fin de semana, tampoco es de extrañar.
Me levanto de la cama con el teléfono en la mano. Estoy temblando, y tengo la sensación de que mi cabeza se va a partir en dos, como si estuviera borracha. Pero ya no me emborracho. Hace tres años que dejé de medicarme con drogas o alcohol. Sin embargo, mi cumpleaños siempre me produce ese efecto; y es lógico, teniendo en cuenta que mi madre me abandonó el día que cumplí tres años.
Ahora vive en Río de Janeiro, con su nuevo amante. No lo conozco, y tampoco conocí al anterior. Pero, por otra parte, no he visto a mi madre desde hace tres años, cuando coincidimos en Las Vegas.
Decir que pensaba en ella cuando me abandonó sería decir poco. Al principio, yo estaba triste. Durante una temporada, me dedicaba a fantasear con la idea de que volvía conmigo; pero el tiempo fue pasando y no volvió, así que mi tristeza se convirtió en furia.
Diecinueve años después, cuando por fin nos volvimos a encontrar, la situación fue muy distinta a la que yo había imaginado. Jade estaba enfadada conmigo, lo cual me dejó asombrado, paralizado, sin palabras. Desde luego, fue una noche de lo más particular. No solo me dijo que yo era el peor error que había cometido en su vida, sino que yo cometí una estupidez con el amor de mi infancia, Renzo Valetti.
El simple hecho de recordar su nombre basta para ruborizarme. De niña, soñaba con ser su novia. Ni él lo sabía ni, por supuesto, sentía lo mismo que yo. Por la diferencia de edad, y por el hecho de que Renzo es hermano de Antony, me trataba como se trata a una niña irritante. Pero, aquella noche, yo ya no era una niña; tenía veintidós años y no pensaba con claridad; o quizá sí, porque necesitaba besarlo con toda mi alma, y el me besó del mismo modo.
Los golpes de la puerta me devuelven a la realidad. Las persianas están echadas, pero la luz que se cuela entre los listones me permite llegar a la entrada, donde echo un vistazo por la mirilla.
Son un hombre y una mujer. Los dos, de traje oscuro y los dos, de aspecto extranjero. Durante un instante, pienso que quizá se trate de uno de esos telegramas cantados de felicitación de cumpleaños. Es la típica tontería que haría Antony. Pero, a pesar de que no me he puesto las lentillas, no parece que hayan venido a felicitarme.
Uno de ellos alza un brazo y acerca una tarjeta del FBI a la mirilla. Cuando la veo, siento el deseo de cerrar los ojos como una niña, fingir que no los he visto y huir. Pero ¿adónde? Estoy en el piso cincuenta y dos del edificio, y no me puedo quedar aquí para siempre, así que respiro hondo y entreabro la puerta.
La mujer da un paso adelante.
–¿Señorita Wade? Soy la agente Carson. Mi compañero es el agente Merrick.
–¿Es algún tipo de broma? Porque, si lo es, no me parece…
–No es una broma –me interrumpe–. Estamos buscando a su padre, Charles Winthrop Wade.
–Ya sé quién es mi padre –dijo alzando la barbilla–. Y no está aquí.
–¿Sabe dónde está, señorita Wade?
–No. ¿A qué viene esto?
Estoy intentando imaginar qué puede haber hecho Charlie para que el FBI se presente en mi puerta un sábado por la mañana. Pero no lo quiero pensar. No quiero tener que enfrentarme a otro de sus líos. Sobre todo, porque solo llevo trabajando tres meses en Wade and Walters, e intento demostrar que estoy en la empresa por méritos propios.
–Su padre está bajo investigación por fraude, evasión de impuestos y obstrucción a la justicia. Además, no se ha presentado en el tribunal en la fecha requerida.
–Que no se ha presentado en…
–Se le dejó en libertad porque no parecía que hubiera riesgo de fuga. Pero, por lo visto, se ha escondido.
–Pues ni está aquí ni sé dónde puede estar.
Intento cerrar la puerta, pero el agente Merrick mete un pie como un detective de una película en blanco y negro y me lo impide.
–Lo siento, señorita Wade, pero tenemos una orden judicial para registrar su casa.
El agente no parece sentirlo en absoluto. Solo parece aburrido.
Los dos entran en mi casa y, mientras yo me estoy preguntando cómo es posible que mi padre no me haya avisado de lo que iba a pasar, suena el teléfono. Contesto al instante, sin mirar el nombre que aparece en la pantalla.
–¿Charlie?
–Veo que tú tampoco has hablado con él.
Es David Walters, el socio de mi padre en la empresa. Es la tranquilidad personificada, y el simple hecho de que se muestre nervioso contribuye a desbocar mi nerviosismo.
–No, pero el FBI está en mi casa.
–Comprendo. En fin, lo hecho, hecho está. Es evidente que tenemos que hablar sobre lo que vamos a hacer. Se lo he notificado a la junta, y nos reuniremos mañana, a las ocho. Pero me gustaría verte antes de la reunión. ¿Podrías llegar quince minutos antes? Necesito que nos pongamos de acuerdo, Hennessy.
–¿Por qué me necesitas? Solo soy la jefa de marketing.
–No, ya no. Tu padre y yo acordamos que, si nos pasaba algo a alguno de los dos, nos sustituiría la persona que eligiéramos para esa eventualidad, y tu padre te eligió a ti. A partir de este momento, tú y yo compartimos la dirección general de la empresa.
Cuando David se despide y cuelga, yo me apoyo en la puerta y me quedo mirando a los agentes, que ya están registrando el piso.
No puedo creer lo que está pasando. No puedo ser codirectora general. Pero, aparentemente, lo soy.
Menudo cumpleaños.
Hennessy
Veinticuatro horas después.
Temblando, y con una chaqueta de Charlie sobre los hombros, entro en Wade and Walters con un café para David y un té para mi. James, el portero del edificio, me saluda.
Ayer, tras la visita del FBI, llamé a mi padre; pero, como no contestó al teléfono, decidí llamar a Antony. Estaba muerta de miedo, y siempre me tranquilizo cuando hablo con mi mejor amigo. Pero, naturalmente, Charlie tuvo que llamar mientras yo estaba hablando con Antony y, por supuesto, a pesar de la gravedad de la situación, no me volvió a llamar. Se limitó a dejarme un mensaje en el contestador, diciendo que no me preocupara, que el asunto no me salpicaría a mí y que, en cualquier caso, intentara pasar desapercibida y me hiciera la tonta.
Hacerse el tonto es uno de los mantras preferidos de Charlie. También le encanta decir que nunca se debe mirar atrás y, sobre todo, que hay que seguir el ejemplo del jefe.
Dicen que la sangre es más espesa que el agua, pero el whisky sabe mejor; y el exceso de whisky y los niños no se llevan bien. Charlie se limita a tolerarme. Es posible que, a su modo, me quiera de verdad; pero siempre a su modo, en sus términos. Fundamentalmente porque, cuando mi abuela falleció, la única persona que podía cuidar de mí era él.
De todas formas, no estoy preocupada por mi padre. Charlie es una anguila, capaz de huir por cualquier agujero. Y a mí no me pasará nada, porque nunca he permitido que nadie se me acerque. La gente solo conoce a la Hennessy Wade que sale en los medios; pero, si se acercaran lo suficiente, verían quién soy de verdad, y yo no soportaría el brillo de decepción en sus ojos cuando se dieran cuenta de que no merezco la pena.
Sin embargo, este no es el momento adecuado para dejarse llevar por pensamientos autodestructivos. De hecho, hasta podría ser una oportunidad perfecta para demostrar a la junta directiva que no estoy en la empresa solo por mi apellido. Soy buena en mi trabajo. Y aunque la gente crea que, como niña rica que soy, mi vida ha sido muy fácil, no lo ha sido en absoluto. La ficha que llevo en el bolsillo lo demuestra. Indica que llevo casi tres años sin beber.
Mientras camino, me miro las piernas. Llevo unos zapatos de tacón alto. Tenía intención de ir a casa para cambiarme de ropa, pero habría llegado tarde a la oficina, y quiero que David sepa que puede confiar en mí. Si pregunta por qué voy vestida así, le diré la verdad: que anoche tenía intención de ir a una fiesta a distraerme un rato, y que al final cambié de opinión, me vine a la oficina y me quedé aquí.
Abro el bolso y saco el ordenador portátil. Como sabía que la desaparición de Charlie será un golpe para la empresa, he estado trabajando casi toda la noche, intentando tranquilizar a los clientes y accionistas. Y, por primera vez, me he sentido codirectora general de verdad.
Las puertas del ascensor se abren en el piso dieciocho. Callie, mi secretaria, se acerca a mí. Está ruborizada y algo aturdida, como si hubiera estado tomando el sol; lo cual sería posible si fuera un día soleado e hiciera calor, pero es una lluviosa mañana de otoño.
–Está en su despacho –anuncia con nerviosismo, y yo supongo que se refiere a David.
A diferencia de Charlie, David siempre es puntual. Es un hombre fiable, y yo me siento aliviada al saber que lo tendré a mi lado.
–Excelente –digo con una sonrisa, intentando calmarla–. Hablaré con David, por si quiere que tomes notas y…
No termino la frase. Callie me está mirando de un modo extraño.
–Oh, pensaba que lo sabías. Te he dejado varios mensajes –dice–. El señor Walters no está aquí. Está en el hospital. Anoche sufrió un infarto.
La noticia me deja atónita.
–¿Se encuentra bien?
–Sí, está bien. Le darán el alta en algún momento del día, aunque tendrá que hacerse pruebas, y es posible que lo tengan que operar.
–Debería ir a verlo…
–Solo dejan entrar a la familia. Por supuesto, le hemos enviado flores –dice Callie–. Lo siento mucho, señorita Wade. He intentado ponerme en contacto con usted, pero…
La culpa de que Callie no haya podido localizarme ha sido enteramente mía. Anoche, cuando estaba en el taxi, apagué el teléfono para que nadie me molestara y no lo volví a encender.
–No te preocupes, Callie –le digo–. ¿Quién está entonces en el despacho de David?
–Su sustituto –contesta ruborizándose de nuevo–. El señor Walters ha decidido jubilarse y ha dejado el cargo a su sucesor, que acaba de llegar de Australia.
–En ese caso, será mejor que lo salude y me presente.
Ni siquiera soy capaz de atar cabos. Horas después, me preguntaré cómo es posible que no supiera sumar dos y dos. Pero, en ese momento, sigo tan desconcertada con lo de David que entro en su despacho tan tranquilamente. Y cuando veo al hombre que está junto a la ventana, de espaldas a mí, se me encoge el corazón.
El pánico se apodera de mí. El pánico, y una cálida e intensa sensación en la que no quiero pensar.
–¿Qué está haciendo aquí? –preguntó a Callie, desconcertada.
–El señor Valetti es el nuevo codirector general –responde la secretaria en voz baja.
–No, eso es imposible –digo yo rápidamente–. Tiene que haber un error. No es posible que sea…
–Vaya, lo mismo que he dicho yo al saberlo –me interrumpe él.
Su profunda y varonil voz me deja sin aliento. Las piernas se me doblan. Aquello es un verdadero terremoto, y no lo es por cuestiones profesionales, sino intensamente personales. Recuerdo el sabor de su boca, recuerdo sus besos, recuerdo su forma de hacer el amor; una forma carnal, devastadora, posesiva. Y también recuerdo lo que dijo después: que había sido algo de una sola noche, que no se volvería a repetir.
–¿Dónde te habías metido? –pregunta él–. Te he estado intentando localizar toda la noche. Hasta te he enviado varios mensajes.
No puedo creer que sea tan atractivo. Es innecesaria, injusta y lujuriosamente guapo. De pómulos marcados, mandíbula fuerte y ojos azules. No unos ojos como los de Paul Newman, sino oscuros, casi de color añil.
–Tenía apagado el teléfono –respondo.
–¿Apagado? ¿En estas circunstancias?
–Se supone que mi generación es adicta a los teléfonos móviles, pero ya me conoces… me gusta crear tendencias nuevas.
–Las tendencias no me interesan, Hennessy. Pero poder comunicarme con mi compañera en el cargo, sí –replica él.
–Si tanto te interesa la comunicación, deberías empezar por tener buenos modales. Ni me has saludado ni me has preguntado qué tal estoy, que es lo que habría hecho cualquiera. Al fin y al cabo, no nos veíamos desde hace cinco años.
Yo estoy en la entrada del despacho de David. No he llegado a pasar. Y, justo entonces, veo que han cambiado el letrero de la puerta y han puesto uno con el nombre entero de Renzo.
–Te has dado mucha prisa –digo con sorna.
–¿Por qué no? Esto es un negocio, Hennessy. Y, en los negocios, el tiempo es dinero.
Miro a Renzo en silencio. Se ha pasado toda la noche en un avión y, aunque haya viajado en un reactor privado, el vuelo desde Australia es brutal. Si yo acabara de hacer ese viaje, tendría que ponerme unas gafas de sol y una capucha para ocultar el daño a los paparazzi; pero Renzo parece recién salido de una sesión fotográfica para una revista de modas.
Eso también es injusto. ¿Cómo es posible que tenga un aspecto tan fresco en tales circunstancias?
Sin embargo, cometería un error quien se dejara engañar por su cara perfecta y el elegante y oscuro traje que enfatiza sus anchos hombros y su cuerpo perfectamente tonificado. Injusto o no, Renzo es un hombre calculador, implacable, de sangre fría. Es lógico que David lo haya nombrado su sucesor, y estoy segura de que la junta directiva estará encantada con él.
–Los negocios no son solo un asunto de dinero, Renzo. También están las personas.
–Hablas como una verdadera hija de papá –dice él, mirándome con desdén–. Lo importante en los negocios son los beneficios, y son esos beneficios los que pagan los salarios de la gente. Puede que ahora lo empieces a entender, porque no te limitarás a disfrutar de tus dividendos. Tendrás que trabajar.
Renzo deja de hablar durante unos instantes, mira mi pelo revuelto y mis desnudas piernas y añade:
–Obviamente, no cuento como trabajo que lleves la chaqueta de tu nuevo novio por haber estado de juerga por ahí.
–La chaqueta es de Charlie –puntualizó yo–. Y no he estado divirtiéndome. De hecho, he estado toda la noche en la oficina, preparando la reunión de hoy.
–¿Y te vistes así para preparar reuniones?
Yo siento el deseo de estrangularlo; pero, en lugar de eso, lo miro fijamente a los ojos.
–No, tenía intención de ir a la fiesta de cumpleaños de Garrison Cutler, pero…
No termino la frase. De repente, me doy cuenta de que no quiero terminarla, porque no siento el menor deseo de darle explicaciones sobre mi vida privada.
–Jugando mientras arde Roma –dice él, sacudiendo la cabeza–. Seguro que eso es lo que estabas haciendo.
–Vaya, felicidades. No has tardado ni cinco minutos en echarme en cara mi supuesta vida de privilegiada. Creo que has batido un récord.
–Si lo he batido, será porque te rodeas de sanguijuelas y haraganes que no tienen ningún interés por criticar tus defectos.
La tensión que se ha estado acumulando en mí durante horas amenaza con estallar. Aprieto los puños y lo fulmino con la mirada.
–Me aseguraré de compartir esa valoración tan halagadora con mi equipo, Renzo. Salvo que prefieras hacerlo tú, claro –le digo–. Aunque tienes la posibilidad de tragarte tus prejuicios y afrontar la realidad durante unos momentos. Y esa realidad consiste en que ayer era jefa de marketing y hoy comparto contigo la dirección ejecutiva… Mi anterior despacho estaba al final del corredor.
–¿Y cómo conseguiste ese puesto? ¿Por méritos propios? Me pregunto quién te entrevistó en su día.
Me gustaría poder decirle que soy buena en lo hago, y que tengo el respeto de muchas personas que no tienen nada que ver con mi familia. Pero es cierto que no me hicieron ninguna entrevista para entrar en la empresa y, teniendo en cuenta mi escasa experiencia anterior y mi limitado currículum académico, es dudoso que me hubieran dado el puesto en otro sitio.
–Mira, no tengo tiempo para tus opiniones sobre protocolo laboral o mi vida profesional. Me tengo que preparar para la reunión de la junta.
Sus ojos me exploran, oscuros e insondables. Me siento como si me estuviera ahogando, y me quiero agarrar al marco de la puerta para mantener el equilibrio; pero no puedo, porque se daría cuenta de que estoy nerviosa.
–Y la prepararemos –dice él–, pero antes quiero dejar clara una cosa.
No sé a qué se refiere. ¿Al beso que nos dimos aquella vez? El corazón se me acelera al recordar su coche, sus labios, su deseo, mis manos en su pecho. Y ahora está ahí, delante de mí, a menos de un metro de distancia, mirándome con intensidad, como si mi cráneo fuera de cristal y pudiera ver mis pensamientos. Casi puedo sentir el calor que emite su cuerpo. Estamos tan cerca que casi nos tocamos.
–¿Qué cosa? –me atrevo a preguntar.
Él da un paso adelante y contesta:
–Que la fiesta ha terminado para ti.
Renzo
Hennessy alza la barbilla con brusquedad, y yo me pregunto qué estoy haciendo. No es la primera vez que me lo pregunto.
Estaba en Australia de viaje de negocios, intentando convencer a Noah Barker de que me vendiera su red de medios de comunicación, cuando David me llamó por teléfono. David es un gran empresario. Por eso compré acciones de Wade and Walters. Pero nunca me ha gustado su socio, Charlie.
Por supuesto, no me llevo ninguna sorpresa cuando me entero de que Charlie se las ha arreglado para convertir una venerable institución en una telenovela. Es un ejemplo de todo lo que me disgusta en el mundo empresarial. Carece de moral, se cree con derecho a todo y, si su padre no le hubiera dejado el cargo que ocupa, dudo que nuestros caminos se hubieran cruzado jamás.
En cuanto a su vida privada, es casi peor. Para empezar, no es privada y, para continuar, tampoco se puede decir que sea una vida, sino una sucesión de actos aleatorios sin ningún tipo de planificación. Es un caos, y el caos suele tener consecuencias dolorosas.
Mi infancia me lo demostró. Tras la muerte de mis padres, Antony y yo pasamos por ocho casas de acogida distintas, porque solo teníamos unos cuantos familiares distantes que no se podían hacer cargo de nosotros. Y cada vez que nos cambiábamos de casa, me sentía completamente impotente.
Pero eso no era lo único malo. Aunque nos trataban relativamente bien y no nos faltaba comida en la mesa, el afecto físico era casi inexistente. La única persona que me abrazaba era Antony, y yo sabía que, cuando me marchara, nadie le abrazaría a él.
Como no soportaba esa idea, lo primero que hice cuando me fui y conseguí un empleo y un apartamento fue llevarme a Antony conmigo. Y, desde entonces, no hecho otra cosa que trabajar, intentando alejar el caos de nuestras vidas.
Esa fue la razón de que me disgustara que Hennessy se hiciera amiga de Antony y que Charlie se las arreglara para conseguirle una plaza en el colegio de mi hermano. Tendría que haberlo sacado de allí de inmediato. Sin embargo, era un buen colegio y, por otra parte, yo quería que tuviera un poco de estabilidad. Pero, por supuesto, Hennessy consiguió cuatro años después que los expulsaran a los dos.
–¿Crees que mi vida es una fiesta? Cómo se nota que no sabes nada de mí.
Hennessy está muy equivocada. Sé mucho de ella. Sé que la llamaron así por el brandy que más le gusta a su padre; sé que es rubia natural y sé que su gusto en materia de hombres es deprimentemente previsible, porque siempre está con tipos que no merecen la pena.
–Sé que el padre de Garrison Cutler lo ha repudiado. ¿Por eso se dedica a perseguirte por ahí? –le pregunto.
–No me persigue. Y tampoco se puede decir que nuestra relación sea muy estrecha.
