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Cuando abrió los ojos y lo vio, no lo podía creer… Así comienza la segunda parte de esta terrorífica historia que inició con cinco amigos que se juntaron a celebrar la Nochebuena y terminaron de una horrible manera. La desesperación de Julián por seguir siendo el sostén de su familia lo llevan a cometer uno de los peores errores de su vida al aceptar un trabajo en un cementerio. Lo que comienza como una nueva aventura en su vida, poco a poco se va tornando en una agonía. ¿Sentiste alguna vez que tus pesadillas podían volverse realidad? Eso mismo se preguntan los personajes de esta novela cuando la tranquilidad que reinaba en sus vidas empieza a verse truncada. El verdadero terror está por comenzar…
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Seitenzahl: 385
Veröffentlichungsjahr: 2025
Producción editorial Tinta Libre Ediciones
Coordinación editorial Gastón Barrionuevo
Diseño de interior Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Diseño de tapa Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Lassalle, Tómas
Nochebuena II : ¿feliz navidad? / Tómas Lassalle. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2025. 314 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-631-306-915-6
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Policiales. I. Título.CDD A860
Prohibida su reproducción, almacenamiento y distribución por cualquier medio, total o parcial, sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723 Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2025. © 2025. Tinta Libre Ediciones
Dedico este libro a mi hermana Melina. A quien debí haber dedicado el primero.Gracias por estar siempre.
Feliz Navidad
Tomás Lassalle
Cuando abrió los ojos y lo vio, no lo podía creer… Me estoy adelantando mucho. Mejor comencemos desde el principio…
¿Cómo debe comenzar una historia? ¿Acaso se supone que esto que debo contarle se puede considerar una historia? ¿Será que debo esperar que se dé por naturaleza, quizás ella me lo pregunte primero y me termine dando el pie? Estas son algunas de las preguntas que le rondaban en la mente. Antes de que ella se acercara a la cocina y quisiera saber qué hacía él ahí. Qué estaba haciendo Julián Zalazar, cuando eran las 00:13 h de un sábado 5 de noviembre del 2033 que recién iniciaba.
Un sábado que comenzaba con él sentado en la mesa de su casa, una mesa redonda de color crema, bastante grande para el resto del espacio que había en la casa (hecho que había sido de discusión entre él y su esposa Bárbara desde que la trajeron). La mesa era un obsequio que la madre de Julián les había hecho el día de su boda, pero aun esa madrugada de sábado cuando ya estaban cerca de cumplir los 17 años desde su casamiento, lograba generar una mueca de disconformidad notoria en el rostro de Barbie, se debía a que la mesa ocupaba más de un tercio del espacio disponible en la limitada cocina-comedor donde se hallaba, espacio al que le seguía un estrecho aunque bastante largo baño, dos pequeñas habitaciones de 3x3 y un cuartito donde apenas entraba una persona de pie junto al lavarropas automático en ese cuartito que servía de lavadero. Las paredes de todos los cuartos eran de durlock marrón oscuro, con manchas producto de la humedad, algunas más notorias que otras y todas las esquinas invadidas por telarañas que día a día se hacían más grandes.
Ahí, sentado en la mesa redonda de su casa mirando fijamente un vaso con agua que goteaba lentamente por las altas temperaturas de esa noche, sintiendo su estómago crujir por el hambre, pero seguro de que al acercarse a la heladera no encontraría más que un bidón de agua de 5 litros por la mitad, medio limón en la puerta de la heladera y dos huevos de los cuales era probable que uno estuviese podrido por dentro, por eso decidido ni siquiera acercarse, sabía que las compras para las semanas las hacía Barbie junto a su hija mayor Mariana, dado que él cobraba por semana en su trabajo, el viernes le entregaban sus escasos $200.000 (su sueldo había quedado resignado a los montos del 2025 y con el correr de los años no lo modificaban) de los cuales él dividía lo correspondiente para pagar la (cada vez más abultada) cuenta de luz, la cuenta de agua, el internet y el abono de los teléfonos celulares (4 abonos es mucho, pensaba cada semana), pero era algo imposible el considerar que alguno no tuviese celular, bajaba la cabeza como si se resignara ante ello y colocaba el dinero de los abonos en una cuarta montaña, justo después de la montaña que correspondía a el internet del hogar. El resto del dinero que quedaba tras dividir las montañas de gastos a pagar se lo entregaba en mano a Barbie para que se encargara de organizar las compras semanales con las que a duras penas llegaban hasta el miércoles–jueves, eso dependiendo del hambre que tuviesen semana a semana, de la temperatura, del ánimo. Al final de cuentas eran varios los factores a tener en cuenta para saber si iban a tener una buena semana o una muy difícil de afrontar.
Esa madrugada de sábado mientras contemplaba el vaso de agua por la mitad, su estómago les pedía a gritos que le diera algún alimento, lo que fuese (incluso llegando al punto de pensar en morder desesperadamente aquel medio limón para así saciar de alguna manera su incontrolable hambre). La desesperación se apoderaba de él, faltaban solo horas para tener que hacer la división de dinero y lo que era peor para entregarle la parte de su sueldo que quedaba a su esposa, parte de su sueldo con el que no contaba y no sabía aún cómo y si sería capaz de contárselo, esas horas donde su hija se encontraba durmiendo en casa de una de sus mejores amigas y su hijo había salido a una fiesta que se encontraba a unos cuarenta minutos de su casa en auto (otra preocupación con un dolor de cabeza insoportable comenzaba a generarse). ¿Y si toma alcohol de más y luego sale a conducir? ¿Y si choca y algo le pasa? ¿Y si choca, aunque salga ileso, cómo vamos a reparar el auto? (Preguntabas que circulaban ahora, siendo las 01:27 a. m. por su cabeza y se sumaban a las dudas que tenía con respecto a la falta de dinero y al cómo contárselo a su esposa). Una vez más y no sería la última, su estómago rugía de un apetito voraz y su mirada se fijaba en las gotas de agua que caían por los costados del vaso y sentía cómo al caer sobre sus dedos iban sintiéndose cada vez más calientes. Finalmente se tomó el contenido del vaso y lo apoyó casi golpeándolo sobre la mesa, como si hubiese hecho un fondo blanco de whisky en lugar de agua y comenzó a llorar desconsoladamente, apoyando los brazos en forma de almohada sobre la mesa y la cabeza sobre estos. No le gustaba llorar, desde que era chico siempre intentó evitarlo, de hecho en sus recuerdos ni siquiera había llorado el día que sus padres murieron, ambos habían tomado la decisión de viajar por primera vez en sus vidas en avión, algo que soñaban con hacer desde que se pusieron de novios en octubre del 84. Julián, junto a su hermano menor Timoteo Zalazar, tomó sus ahorros de varios años de trabajos en negro y changas que habían realizado con el correr de los años y para agosto del 2012 habían juntado lo suficiente como para enviarlos en un paquete completo con vuelo, alojamiento y actividades programadas hacia Glasgow, Escocia. La pareja salió desde el aeropuerto internacional de Ezeiza en Buenos Aires un lunes 13 de agosto del 2012 y debía volver hacia el mismo destino el martes 21 del mismo mes, cosa que jamás ocurrió. El vuelo 1322 con destino a Ezeiza perdió contacto con la torre de control, sobre el océano tres horas antes del horario en que debían haber aterrizado en Buenos Aires y los periódicos y medios de comunicación televisivos anunciaron durante la madrugada del martes que se registraban 175 heridos de gravedad, y 19 muertos que según los registros murieron inmediatamente tras el impacto del avión que colisionó en el océano por falta de combustible. De los 175 heridos más de la mitad fallecieron por congelamiento debido a las bajas temperaturas del agua. Al final del informe se mencionaba detalladamente a los 57 sobrevivientes de aquella tragedia, donde los padres de Julián perdieron la vida, su madre había muerto tras el impacto y al leer la noticia donde se informaba los nombres de los 19 muertos hasta entonces, ni una lágrima salió de su rostro, la tristeza que sentía por dentro era indescriptible, pero no brotaba hacia afuera. Su padre Eustasio Zalazar había sido trasladado de urgencia junto con otros cuatro pacientes de riesgo hacia la clínica donde tras más de cinco horas y media en el quirófano, la doctora Yazmín García salió a contarles a los hermanos que su padre había fallecido. Nuevamente no hubo lágrimas, optó por abrazar a su hermano, quien sí parecía haber abierto una incontrolable e insaciable fuente de agua que salía por sus ojos acompañada de desgarradores gritos de dolor, mientras se arrodillaba en el suelo e intentaba sacarse de encima los brazos de su hermano que lo contenían en ese fatídico momento para ambos.
Ese hombre que no podía llorar en lo que había sido uno (o quizás el peor) momento de su vida, ese sábado no podía contener las lágrimas. Desde su punto de vista lo de sus padres era horrible, trágico, algo que nadie quería que ocurriera, pero él siempre había visto la muerte con otros ojos, mientras las demás personas incluido su hermano, con quien más conversaciones había tenido acerca de la vida y la muerte a medida que iban creciendo, que jugaban en las calles de su barrio y de repente terminaban con raspones cada vez más serios, algunas veces uno de los dos terminaba en el hospital con puntos en las rodillas, los brazos o incluso en la cabeza y él se detenía a ver a los demás niños ahí, observaba cómo todos lloraban, pero no por dolor, sino por miedo, como si el ver sangre saliendo de sus cuerpos significara que quizás serían sus últimos momentos de vida y la desesperación y ese inmanejable miedo a la muerte que las personas sin importar la edad tienen cuando sienten que la tuvieron cerca de alguna manera. Para él era distinto, lo veía de otra forma, lo mismo le pasaba con ese claro ejemplo del ahogamiento, quien no ha estado un domingo comiendo en familia y ha visto cómo algún chico o adulto en la mesa de pronto suelta los cubiertos y abre los ojos de una manera exagerada como si fuese una caricatura y ahí comienza la reacción propia de cada individuo, ninguno busca pedir ayuda o introducirse sus propios dedos por la boca buscando empujar el trozo de carne atorado en la garganta, está quien se levanta y comienza a correr, esta quien se queda quieto e intenta no llamar la atención esperando que se resuelva solo, aunque al final de cuenta siempre es el otro quien termina ayudando al ahogado, siempre está ese que tiene reacción rápida como para colocarse detrás de ti y oprimirte el estómago o para tomar al niño y llevarlo hacia el vómito, esperando que todo quede en un mal recuerdo. En esos momentos lo que atrapa a la persona que siente la carencia de oxígeno es la pura desesperación que culmina en unos ojos rojos e irritados que comienzan a derramar poco a poco lágrimas por el miedo o la angustia de lo que fuese un “encontronazo con la muerte”.
A Julián no le ocurría de esa manera, él podía estar tranquilo de que alguien lo iba a ayudar y lo que más tranquilo tenía era su forma de ver a la muerte, para él era como un eterno descanso, como si al cerrar los ojos definitivamente la vida solo fuese como si apagaras la luz para irte a dormir o si bajaras el telón al final de una obra de teatro. Para él la muerte se traducían simplemente en “el show terminó”.
Quizás es debido a eso que no lloró cuando sus padres murieron, que no lloró cuando sus hijos nacieron, porque una vida que termina simplemente pasa a descansar por siempre y una vida que comienza tiene todo por delante y quizás es por eso también que en aquella mesa lloraba desconsoladamente, porque esto no era una cuestión de vida o muerte, era más bien una cuestión de incertidumbre, que era quizás el concepto más odiado por todos los seres vivos, el no saber qué hacer, cómo continuar, el no saber conllevaba las infinitas preguntas sin respuesta y las primeras que se le cruzaban eran: ¿cómo se lo voy a decir? ¿Cómo vamos a pagar las cuentas? ¿Qué vamos a hacer?
A las 02:14 a. m. se oyeron los pasos que se acercaban desde una de las habitaciones hacia la cocina y rápidamente se incorporó secándose los ojos con las palmas de sus manos, cuando las volvió a bajar vio a Barbie de pie frente a él.
—¿Qué haces despierto? —preguntó ella.
—Tenía sed… y calor, no podía dormir. Sentate —dijo corriendo la silla a su izquierda con la mano.
—Tenés los ojos rojos, ¿te sentís bien?
—Jamás te mentí, lo sabés, ¿cierto? Ni a vos ni a Mariana ni a Ezequiel. Jamás lo hice y jamás lo haría. Somos una familia y entre nosotros debe haber confianza siempre.
—Lo sé —dijo tomando sus manos con las suyas—. Pero me estás asustando, ¿hay algo que quieras decirme?
—Me despidieron, no tengo trabajo desde el lunes.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—No quería asustarte, pensé que iba a encontrar otro trabajo como administrativo en estos días, pero ninguna empresa quiere tomar a un hombre de 45 años, al parecer a la experiencia le ganan los contactos; cuando un puesto se abre, un amigo de un primo o un sobrino lejano tiene más chances de conseguirlo que un hombre con necesidad de trabajo, una familia en sus espaldas y un curriculum con más de dos décadas haciendo papelerío administrativo.
—Pero ¿fue algo repentino? ¿Te dieron alguna explicación?
—Un chico nuevo, Lucio, un muchacho alto de unos veinte años con cabello rizado y con bermudas en lugar de pantalón, dijeron que venía a cubrir unas vacaciones en nuestro sector y me pidieron que le enseñara cómo hacer nuestro trabajo. Primero un par de tareas sencillas, luego otras, al final del jueves anterior ya sabía hacer todo nuestro trabajo y el viernes me dieron la orden de que lo dejara trabajar solo, como si yo no estuviese, nunca había tenido tanto tiempo libre en años, las horas se me hicieron eternas y una hora antes de irnos, el jefe me llamó a su oficina, me dio las gracias por 22 años de trabajo y me mandó a casa.
—No te pueden sacar así sin más, debe haber algo que podamos hacer para que te compensen por tus años.
—No, no podemos porque lo arruiné. —Nuevas lágrimas caían lentamente intentando detenerse—. Cuando me acerqué a él, en el momento que me tendió su mano, miré a su escritorio y vi un cuadro, una foto de él, su hijo y ese mismo chico al que yo le estaba enseñando. Mi reemplazo, los tres juntos en la cancha, gritando, los tres como una familia. El odio subió por mi cuerpo y no pude detenerlo, cerré mi puño y lo golpeé en la mandíbula, cuando cayó al piso, me fui de ahí corriendo.
—No importa, es tu palabra contra la suya.
—No. También están las cámaras. No hay nada que hacer. Lo arruiné todo.
—Vamos a salir adelante. Solo debemos ser más realistas y buscar un trabajo que resulte simple para los dos. Yo solía ser mesera, puedo volver a serlo.
—Lo sé, por eso hoy fui a una “entrevista” si se le puede llamar así, a lo que en realidad fue una charla con un hombre que no debía superar el metro cincuenta, pero sí superaba las dos o tres semanas sin bañarse, una musculosa que en algún momento debió ser blanca y unos jeans que estaban rotos, pero dudo que los haya comprado así. Pero las alpargatas sí estaban impecables —dijo soltando una risita.
—Solo debemos ajustarnos un poco —dijo acercándose a él y dándole un beso—. Y contame de qué se trata tu nuevo trabajo.
—A partir de mañana voy a ser funebrero, en el cementerio municipal.
Un silencio crudo se percibió en ambos, mientras ella lo tomó de las manos nuevamente, ahora con más pasión y se abrazaron fuertemente, caminaron juntos hacia la habitación y se acostaron abrazados sobre la cama, cayendo a los pocos segundos en un profundo sueño, eran las 03:12 de la mañana del sábado y como si fuese una obra o película los ojos de ambos se fueron cerrando lentamente en simultáneo, dando un efecto como si la luz se apagara lentamente. Todo se puso oscuro y en su cabeza Julián sabía que sus problemas recién estaban por comenzar.
Sábado 5, 06:30 de la mañana, habiendo juntado con mucha suerte y redondeando los números hacia arriba, una hora u hora y veinte de sueño real y profundo, entre largos e interminables minutos con ambos ojos abiertos hasta el punto de casi estallar y la mirada puesta fija en alguna mancha superficial que hubiese en el techo, pero la mente… La mente sí que volaba lejos y no podía parar de pensar. Pensar en todo, casi que veía cómo se formaban y volaban sobre el rostro apoyado en la almohada las incontables preguntas sin respuesta. La alarma nunca sonó, fue el rayo de luz que entraba por un pequeño hueco de la cortina en aquella ventana que se encontraba frente a él, miro el celular en la cómoda a su lado y marcaba las 06:13 a. m., por un segundo se disgustó por no haber oído el sonido o por haberse olvidado de activarla, a los pocos segundos lo recordó y la pesadumbre se hacía notar en su cara, era sábado y él no estaba acostumbrado a trabajar en esos días, era su día especial para levantarse más tarde y poder disfrutar de ver alguna serie o película recostado en la cama, lo disfrutaba mucho más que los domingos. Ese día su rutina cambió por primera vez en más de veinte años, salió de la cama a las 06:20 directo al baño, intentó abrir la llave izquierda, no soportaba el agua fría por la mañana sin importar la temperatura del ambiente. Dos movimientos y la llave no giraba, intentó con un poco más de fuerza y comenzó a girar en falso para ambos sentidos, sin dejar salir una gota de agua caliente. Otra cosa rota en la casa que se sumaba a la lista donde ya se encontraba el botiquín del baño, sujeto con un trozo de madera improvisado para no caer al suelo, las cortinas rotas del otro cuarto donde sus hijos dormían con la luz del sol iluminando sus rostros por entre medio de los siete u ocho agujeros, por lo menos los visibles y finalmente en esa lista estaba la heladera, no solo enfriaba cada día menos, sino que el freezer se había convertido en un espacio inútil que bien podrían utilizar de alacena, si había algo que no hacía era enfriar en absoluto. A esa lista de “objetos a cambiar o arreglar” se le sumaba ahora la llave del agua caliente en la ducha y por la mente de Julián pasaba el pensamiento de «otra cosa más que va a quedar así por siempre» lanzando una pequeña carcajada y ofreciendo un rostro resignado ante su situación actual.
A las 06:30 a. m. estaba nuevamente en la cocina, parado frente a la pava en la hornalla, vigilando que el agua no hierva y poder tomar uno o dos mates antes de salir de su casa. Tomó el mate de la alacena de abajo y buscó por todas las puertas algún paquete de yerba, encontrando dos casi vacíos: «¿Por qué abren un paquete antes de terminar el otro?», pensó, mientras los vaciaba dentro del mate, alcanzó justo para llenarlo, aún le faltaba encontrar la bombilla, perdida entre todos los objetos dentro del cajón de los cubiertos, sabía muy bien que no iba a aparecer hasta que no vaciara el cajón por completo, después de todo, siempre pasaba lo mismo, no hallaba tampoco el repasador y la pava sobre el fuego comenzaba a largar un poco de humo, con la ansiedad apoderándose de él. Decidió tomar la pava por el mango sin cubrirlo con su mano izquierda y un chorro de agua caliente de esa pava que rebalsaba le cayó sobre la mano derecha, apoyó la pava sobre la hornalla nuevamente, giró la perilla del gas mientras largaba un insulto al aire y tomó el mate que había preparado sobre la mesa, arrojándolo con fuerza hacia el otro lado de la habitación. La yerba fue cayendo sobre la mesa y dejando rastro por todo el camino hasta oír el impacto del mate en el suelo. Respirando fuerte por la nariz, exhaló una gran bocanada de aire y se sentó nuevamente resignado.
—¿Qué haces despierto a esta hora un sábado? —preguntó Barbie.
—Tengo… que ir a trabajar.
—Pensé que ibas a comenzar el lunes.
—Cuando fui a “la entrevista” con aquel hombre, me dijo que las personas duraban poco en ese trabajo porque nadie quería trabajar de lunes a domingo desde la mañana hasta la noche, yo le respondí que eso no me importaba, que si debía hacerlo para alimentar a mi familia lo haría. Entonces él me preguntó si estaba dispuesto a ir ese mismo sábado así me mostraba el trabajo. ¿Qué se supone que debía responder yo? Le dije que sí y quedamos en que debía estar ahí a las 07:15.
—Lo siento —dijo sentándose junto a él y abrazándolo—. Pero te aseguro que todo va a mejorar muy pronto.
—Eso espero —dijo con la vista hacia el suelo.
—¿Te puedo ayudar en algo?
—Solo quería tomar unos mates antes de sacar el auto, pero creo que no hay más yerba.
—Lo siento… Y el auto tampoco está, Ezequiel me dijo que iba a quedarse a dormir en lo de su amigo esta noche, que no volvía. Pero puedo llamarlo de inmediato, quizás hasta sigan despiertos y pedirle que te lo traiga.
—No. Prestame tu SUBE y me voy en colectivo, mientras menos sepan ellos, mejor.
Se dieron un beso y Julián salió hacia la habitación, donde miró colgados en el armario, su camisa y pantalón de vestir, los corrió hacia un costado y metió mano entre el manojo de ropa que había en el suelo, esa ropa que usaba como mucho 2 o 3 veces en el año, tomó un pantalón de jean negro bastante desgastado y con unos parches muy bien cocidos en la entrepierna derecha, una remera con el logo de los Ramones a la que ya no se le leía el nombre Joe, luego se arrodilló en el suelo y metiendo la mano debajo de la cama sacó un par de zapatillas viejas, con cordones de colores distintos y un manojo de telarañas encima, colocó una en cada mano y las golpeó entre ellas para quitarles el polvo y las telarañas. Ya cambiado con lo que luego llamaría su nuevo y mejorado outfit de trabajo, «la ropa ideal para un entierro», pensó. Le dio otro beso a su esposa y salió de la casa con la tarjeta SUBE en la mano, caminando lentamente la cuadra y media que había desde su casa hacia la parada del colectivo que luego de cuarenta minutos de viaje lo dejaría en su nuevo trabajo.
06:37 a. m. pasó el primer colectivo, divisado desde lejos por los cansados ojos de Julián, estaba lleno, pero no tanto como para que el conductor decidiera seguir de largo sin frenar. Así fue, no solo se conformó con seguir de largo, sino que también optó por pasar rápidamente y cerca del borde, obligando a toda el agua de la calle a levantarse y volar directo hacia el rostro de Julián. 06:48 a. m. llegó el siguiente colectivo, casi tan lleno como el anterior, con un chofer aparentemente más bondadoso que el anterior.
—Permiso… Permiso… —dijo empujando el brazo hasta poder llegar a pagar el boleto—. Uno hasta el cementerio, por favor.
—…
Parado a la altura de la segunda ventanilla luego de la puerta, esperando por la oportunidad de que alguno de los dos chicos que no debían superar los 17 años, vestidos como si hubiesen salido del boliche y teletransportado mágicamente en esos dos asientos que tan cómodos se veían desde los ojos de Julián a las 06:52 a. m. de un caluroso sábado de diciembre como ese, cuando la temperatura subía segundo a segundo notoriamente. 07:07 a. m. uno de los dos jóvenes se acercó al otro, amagando a saludarlo con un beso en la mejilla, que terminó siendo un beso al aire seguido de un largo bostezo con un fuerte olor a vodka. El chico con el inmenso tatuaje que parecía una trompa de elefante, la cual comenzaba en la nuca y no sabía uno dónde podía llegar a terminar, se puso de pie tambaleándose y bajó en la siguiente cuadra, cuando Julián vio su ventaja y comenzó a mover su pie derecho, otro joven, este no mayor a los 15 años pasó por debajo de su brazo, empujándolo en el camino y arrebató el asiento vacío. Esa imagen que se le formó a Julián, nunca más pudo olvidar. Una imagen donde él mismo tomaba al joven de 15 años del cuello con su mano derecha y con la izquierda le tomaba el cabello hasta sentir cómo el cuero cabelludo se estiraba y luego comenzaba a empujar su cabeza de ida y vuelta contra la ventanilla del colectivo, observando con una sonrisa en su rostro cómo entre cada viaje la cabeza volvía con más y más vidrios clavados, en su pera, en sus ojos, en su nariz y el rostro bronceado del chico se volvía rojo sangre. Veía específicamente cómo su globo ocular izquierdo explotaba largando un líquido entre rojo y amarillo por doquier. 07:22 a. m. El colectivo frenó repentina y bruscamente obligándolo a volver a la realidad y ver el aún impoluto rostro de aquel chico de 15 y lo que fue peor, ver cómo su cabeza bajaba hasta chocar contra el duro borde del asiento donde este se encontraba.
—Se pinchó una rueda. Me va a tomar un rato cambiarla, les pido si por favor pueden bajar del colectivo.
—¡¿A cuánto queda el cementerio?! —gritó Julián.
La mayoría de las personas dieron vuelta y se lo quedaron mirando fijamente luego de aquel grito, pero sin esbozar respuesta.
—¿Ninguno sabe?
—Unas veinte o veinticinco cuadras serán —dijo el hombre del fondo, aún sentado con las manos en los bolsillos, el overol azul oscuro manchado y agotamiento en su rostro.
—Gracias —le contestó Julián antes de bajar del colectivo y comenzar su caminata hasta el cementerio.
El hombre de baja estatura, con el cuerpo bastante grueso, ese con la cara redondeada y grasosa, estaba esperándolo allí, parado en la reja trasera del cementerio con la misma aunque más sucia musculosa blanca, dentro de poco ya no se podría distinguir qué parte de ese cuerpo era carne y qué parte era ropa, debajo llevaba un pantalón oscuro, difícil de identificar de qué material estaba hecho debajo de las capas y capas de barro seco que tenía entre los agujeros que ostentaba, el hombre tomó con una sola mano la vieja reja, alta y bastante pesada y la abrió de par en par invitando a Julián a pasar por ella. «Lo que tiene de sucio, también lo tiene de fuerte, no caben dudas», pensó Julián, mientras caminaba junto a él y le tendía la mano, sin recibir un saludo de su parte.
—Señor…
—Enrique… Enrique Valerdi, te lo había dicho la última vez.
—Lo siento, no lo voy a olvidar.
—Como tampoco vas a volver a llegar tarde, ¿no es así?
—También lo siento, intenté llegar temprano, pero no me creería si le dijera todo lo que me pasó, primero…
—Te interrumpo, hermano. No me interesan las excusas, ni lo que te pasó, de ahora en más tenés que llegar a tiempo y listo. El horario era a las 07:15 a. m., son las 08:16 a. m. Acá los pagos se realizan por cantidad de horas trabajadas, la hora tiene un valor de $1000 y te voy a descontar dos horas de lo que hagamos hoy.
—Disculpe si lo interrumpo, Enrique, de 7 a 8 es solo una hora.
—La otra es de castigo, no me gusta que lleguen tarde, como te decía antes de que me interrumpas. Lo cual te aclaro que tampoco me gusta que hagan. Vas a rezar por tener horas de trabajo, como ya te había dicho van a existir esos días en que entramos a las 07:00 y no nos vamos hasta alrededor de las doce, incluso he llegado a estar aquí hasta las dos o tres de la mañana trabajando varios fines de semana, pero te aseguro una cosa, con el tiempo vas a odiar eso de los crematorios, te lo aseguro, como me ocurrió a mí, vas a estar en una cena familiar y de pronto te vas a dar cuenta de que te levantaste en medio de la comida a expresar tu opinión sobre cómo las personas deberían despedir a sus muertos como corresponde y darles una cristiana sepultura. Al final de cuentas te aseguro que en algún momento nos hacemos uno con la tierra y tarde o temprano nos ocurre a todos.
—…
—Sin palabras, ¿no? Seguro estás pensando por dentro, estás seguro de que eso no te va a ocurrir a vos y apuesto también a que estás pensando en que soy un viejo loco que habla sin sentido, ¿verdad? Lo sé, porque a mí me pasaba exactamente lo mismo, llegué por una necesidad, por la desesperación de tener una familia que mantener y de un día para otro quedar en la calle, te comprendo y entiendo que pienses que vas a estar poco tiempo aquí, hasta que algún trabajo mejor salga, no esperes mucho que eso suceda. Te voy a dar un consejo —se alejó unos pocos metros y volvió arrastrando una pala ancha que le entregó—. Andá acostumbrándote a ella.
Enrique dio media vuelta e hizo el ademán con su mano derecha indicándole que lo siguiera, como si fuese un recorrido turístico, caminaron por la calle de tierra, repleta de pozos, algunos llenos de agua en los que no se sabía qué tanta profundidad podría haber debajo de ella. Doblaron en la esquina de esa larga y ancha calle trasera que debía tener unos veinte metros de largo y otras siete u ocho de ancho, al doblar en la esquina se encontraron con una especie de laberinto rodeado por callejones donde se exhibían inmensas lápidas y se encontraban todos los nichos que había en el amplio cementerio municipal Strauss. Pasando los incontables metros de longitud en todos sentidos que tenía esa área del cementerio, se encontraban las tumbas, esa zona en la que tanto tiempo iba a tener que pasar Julián desde ese día en adelante. Perdió la cuenta de la cantidad de pozos a medio hacer que había cuando llegó a los quince, lo mismo le ocurrió con las lápidas gastadas y torcidas ubicadas en la punta de aquellos cuadrados de tierra removida. «Qué paradoja, debe ser el trabajo más solitario y a la vez con más gente en el que he estado», pensó Julián.
—Muy bien, sabés usar una pala, ¿cierto?
—Sí.
—Ok, hombre de muchas palabras, ¿ves ese poste que está allá? —dijo señalando hacia un alto y grueso poste antiguo, de color verde que llevaba un gran faro de luz en su punta—. Ese poste marca la mitad del terreno. Me explico mejor, si bien no está en el medio geográficamente, lo que marca es la mitad buena y mala de la tierra, desde el poste hacia la derecha la tierra es blanda, suave, aunque lo suficientemente firme. Créeme cuando te digo que después de algún tiempo haciendo este trabajo, tus músculos te van a agradecer cuando tengas que cavar del lado derecho. A la izquierda, por otra parte, es todo lo contrario, la tierra es dura y amarga, se siente casi como si intentaras cavar en asfalto, claro que con tu juventud y tus músculos no te va a ser difícil. —El teléfono de Enrique comenzó a sonar—. Discúlpame, ahora vuelvo.
Julián se sentó en uno de los largos bancos de madera que tenía detrás, apoyando la pala sobre sus piernas y contemplando su nuevo trabajo.
—No voy a durar mucho tiempo —dijo en voz alta y bajó la vista hacia el suelo.
—¡Muy bien! —gritó Enrique—, llegaste en un día movido, tomá —dijo colocándole una pequeña ficha metálica en la palma de la mano.
—¿Esto?
—Fichas, para la máquina de café, tomate uno y espérame acá. A las diez comienza tu jornada laboral de hoy.
«Era obvio que eso iba a pasar», pensó Julián luego de ingresar la ficha en la máquina por un café y oír cómo caía hacia el fondo sin accionar ningún sistema. Ahí estaba parado frente a la máquina, sin fichas ni tampoco café, así como tampoco pudo tomar su mate antes de salir de esa casa en ese detestable día que recién comenzaba, al que aún le quedaba mucha amargura por ofrecer, se dejó caer el cuerpo hacia delante apoyándose contra la máquina y miró levemente al cielo, diciendo en voz alta:
—¿Hay algo más que me quieras hacer hoy?
Si hubiese recibido una respuesta, seguramente habría terminado en uno de los grandes pozos que él debía cavar, porque después de todo siempre que uno tiene un mal día comienza en cierto punto a recriminar hablando al cielo, como si Dios fuese el causante de todo lo malo que ocurre, pero ninguno jamás espera que alguna respuesta vaya a bajar del cielo como diciendo: “¿Qué esperas de mí? Son tus malas decisiones las que te conducen”. Claro que no, siempre es más fácil buscar algún culpable para nuestros males, así era tan bien para Julián.
Volvió sin café caminando lentamente, como si marcara cada paso detalladamente, arrastrando detrás de él la larga y bastante pesada pala que le había dado Enrique y se sentó nuevamente en el no muy cómodo y bastante astillado banco de madera con la pala colocado sobre sus piernas, mirando fijamente la hora en el celular, pensando por dentro, como en algunas situaciones como a la hora de hacer ejercicio, de hacer la plancha específicamente, cada segundo es una eternidad y en otros momentos, es como si el mundo se detuviese completamente y cuando crees que han pasado cerca de dos horas, apenas si transcurrieron cinco minutos. El aburrimiento era tan alto que incluso comenzó a contar del uno al sesenta y repitiendo así cada minuto desde las 09:16 hasta las 09:27, cuando los ojos se le empezaron a cerrar y el sueño se hacía presente. A las 09:35 a. m. se quedó completamente dormido sentado en el banco de madera, con la pala tambaleándose sobre las piernas.
—¡Ey! —gritó Enrique, mientras chasqueaba sus dedos, para despertarlo.
—E… M… ¿Qué?
—Primero llegas tarde, después te olvidas de mi nombre y ahora te quedas dormido. Es como si quisieras que tu primer día también sea el último.
—Lo…
—Sí, “lo siento”. Eso ibas a decir, ¿no? Creo que es la frase que más te escuché decir, aparte de ser un hombre de pocas palabras, también sos bastante repetitivo. Agarrá tu pala y seguime.
Caminaron todo el trayecto de los mausoleos y panteones nuevamente hasta llegar a la calle de tierra por la que ingresaron, donde se encontraba la reja trasera, una vez más el hombre de la musculosa blanca sucia y la piel grasosa abrió la pesada y dura reja con una sola mano. «No me conviene tenerlo como enemigo», pensó Julián. Fuera del cementerio, frenaron mirando a ambos lados de la avenida Valverde, una de las más grandes y transitadas de la zona a cualquier hora del día.
—Bien, no te voy a mentir, va a ser difícil cruzar la calle, en especial porque tenés que frenar en el medio de la avenida. ¿Ves eso de ahí color rojo? —dijo mientras señalaba al perro muerto que había tirado en medio de la avenida—. Por mes, debo recoger fácil unos cuatro o cinco animales, que intentan cruzar está condenada calle y se encuentran con estos infelices que se creen los dueños del mundo, andando por la vida con esas porquerías de autos a los que ni siquiera se pueden subir de lo cerca que están del piso. En fin, ya debo estar viejo, me doy cuenta de que hay cada vez más y más cosas que me molestan. Sigamos con lo que tenés que hacer, señor parlanchín.
—Entonces, lo recojo con la pala. ¿Y después?
—¡No! No es solo recoger, recoger se recoge un vaso de vidrio roto del suelo, vos tenés que colocar delicadamente a todo el animal sobre la pala y traerlo con cuidado hacia aquí, después ya te digo yo cómo seguimos. Y que quede claro que cuando digo todo es ¡todo! Debés seguir su rastro de sangre, que debería terminar a unos dos o tres metros desde donde está su cuerpo y fijarte que no haya ninguna otra parte él. Tenés que seguir el camino de sangre, yo te espero aquí, al otro lado de la reja.
Los autos pasaban de un lado a otro sin disminuir la marcha como si fuese una fuente de agua abierta hasta el fondo. Constante y veloz sin dejar pasar a ningún peatón, aunque la única persona con la loca idea de cruzar por ese lugar fuese él. Luego de tres amagues por cruzar la calle pudo acercarse lo suficiente como para ver de cerca la pata derecha del pequeño cachorro, tirada a unos centímetros de su rostro como si hubiese sido amputada, pegada a ella se veía lo que podía llegar a ser uno de sus ojos, pero no lo pudo ver lo suficiente antes de vomitar sobre el gran charco de sangre que había debajo de los restos, todos rodeados por infinita cantidad de moscas, zumbando intensamente.
—Te podrían dar una escobilla para estos trabajos —se quejó en voz alta Julián, después de limpiarse el vómito de la mitad de la boca con la mano izquierda, dos segundos después se vio obligado a empujar con su mano derecha la pata del cachorro y el vómito escaló de nuevo por su garganta. Ya con todos los restos terrenales colocados lo más prolijo posible sobre la pala, dio la media vuelta y largó un pequeño quejido recordando que había que pasar por la misma incertidumbre y paciencia para tener un hueco en el cual correr por entre medio de los autos que circulaban a gran velocidad sin ser arrollado por alguno de ellos, y ahora con el agregado de tener que practicar equilibrio sosteniendo una larga pala lo más alto y derecho posible, evitando cualquier tipo de movimiento hacia los costados. La vuelta comparada con la ida, para sorpresa de Julián fue lo que se diría pan comido, su rostro ahora emitía una ligera sonrisa cuando eran las 10:18 a. m. y se encontraba parado frente a frente con Enrique.
—Nada mal. ¿Te aseguraste de que no quedara nada más en la calle?
—Recorrí la sangre, tres veces.
—Está bien. Seguime, te voy a mostrar “el segundo cementerio”.
Cruzaron por una pequeña puerta improvisada en un trozo de madera, atado en ambas puntas con pequeñas sogas que se estiraban hasta dos árboles que debían estar allí desde hacía más de cincuenta años.
—¿Qué es esto? —preguntó Julián mientras observaba el espacioso fondo que había tras la puerta rodeado de flores de diversos colores y varias cruces colocadas por lo largo y ancho del terreno.
—Debe ser la primera vez que iniciás la conversación vos. Ya vas mejorando —dijo soltando una carcajada—. Esto es el “segundo cementerio” o cementerio de mascotas se podría llamar también, aunque no sea legalmente un cementerio.
—¿La gente sabe de este lugar?
—Te prefería más callado que preguntón. A la gente no le importa lo que se haga en los cementerios, después de todo la mayoría de los de por aquí no están vivos. Ahora, respondiendo a tu pregunta, no. No lo saben, los únicos que sabemos de este lugar somos Eduardo y yo, y bueno ahora te sumaste vos en este selecto grupo. ¿Y querés saber por qué la gente no sabe de este lugar? Por la misma razón por la cual no se detienen a levantar a esos animales cuando los atropellan, todos siguen de largo. Cada tumba en este lugar es de algún animal que murió en esa porquería de avenida y en lo que a mí concierne, todos los animales merecen tener un entierro digno y un lugar donde descansar eternamente, incluso más que nosotros.
—No te veía como un tan alusivo defensor de la vida animal.
—¿Por qué no habría de serlo? ¿Tenés una idea de cuántas personas me han visto raro y han hablado cualquier calumnia acerca de mí a mis espaldas? Como vos, por ejemplo, ni bien cruzaste hoy por esa reja. ¿Y sabés cuántos animales han hecho eso mismo? Ninguno. Ellos simplemente te dan su cariño incondicional sin importar cómo luzcas, no juzgan antes de conocerte como las personas.
—… —Julián lanzó la mirada hacia abajo y se quedó unos segundos sin saber qué decir.
—¿Lo siento?
—¿Muy predecible?
—Un poco, pero está bien, al menos vas mejorando.
—¿Hay algún lugar específico o solo debo enterrarlo en donde sea?
—¿Un lugar específico? Me parece que leíste muchos libros del maestro del terror. No, quedate tranquilo, no tenés que hacer nada más, solo déjalo ahí sobre la pequeña manta azul que puse allí en el fondo y yo me encargo del resto, vos andá de nuevo para la parte principal, ya debe haber llegado tu primer trabajo.
Otra caminata con la pesada pala arrastrando detrás suyo, con el movimiento que generaba los pozos a lo largo de las calles de tierra mal cuidadas y el ruido de la punta metálica de la para golpeando contra todas las piedras de distintos tamaños que se encontraba, paso a paso pensando en cuánto había caminado en el día de hoy desde que tuvo que bajarse del colectivo hasta llegar al cementerio y las tres caminatas de ida y vuelta por lo largo de todo el terreno y en lo decaído que se encontraba su estado físico, en los últimos años había salido de su casa al trabajo en el auto y vuelto de la misma forma, sentándose frente a una computadora durante más de siete horas diarias. Sin darse cuenta, comenzaba a verle ciertos lados positivos a este nuevo trabajo.
—Flaco… flaco… ¡Eh, flaco, vos! —gritó el hombre de camisa y pantalón de vestir negro que ingresaba caminando a su derecha, desde el lado de la tierra amarga y dura según lo que marcaba el poste.
—¿Sí?
—Estoy buscando a Enrique. ¿Sabés dónde está?
—Está en el fondo, puedo ir a buscarlo si querés.
—¿Vos sos el nuevo?
—Sí.
—Entonces no hace falta. ¿Te explicó más o menos lo que tenés que hacer?
—Algo. Me dijo que a las 10:00 a. m. iba a llegar mi primer trabajo y si no me equivoco deben ser cerca de las 12:00.
—Primero, perdón por la demora, para ser exactos son las 11:55 y segundo para el trabajo de hoy, necesitamos tener todo preparado para esta noche, el hombre tenía una familia chica, solo su mujer y su hija, ambas quieren que todo termine lo más pronto, fue una tragedia.
—¿Qué fue lo que pasó?
—Santiago Benavidez era chofer de colectivo para la línea 235, justo la que termina acá en el cementerio, tuvo que frenar para cambiar una rueda descompuesta hace solo un par de horas, el resto de los pasajeros se bajó a esperar el colectivo siguiente, pero uno se quedó sentado arriba, un hombre alto con un overol azul oscuro con varias manchas, aguardó hasta que cambiara el neumático y se acercó hacia él por detrás, sacó una pequeña navaja suiza de su bolsillo y la clavó en el cuello del chofer, oprimiéndola por unos cuantos minutos. Lo asesinó a sangre fría.
La pala cayó al piso golpeando el pie izquierdo de Julián que no se inmutó con ello, luego de eso su cuerpo se tambaleó un poco y cayó apoyándose con una rodilla en el suelo
—¿Estás bien? —preguntó el hombre de traje sin obtener respuesta, Julián se puso de pie y tomó la pala firmemente con sus dos manos, empujando al hombre al pasar, se acercó hacia el lugar establecido donde debía ir el próximo ataúd y comenzó a cavar, sin decir una sola palabra, solo cavando lo más fuerte y profundo que le fuera posible.
