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Nochebuena es uno de los relatos más célebres de Nikolái Gógol, una narración donde el folclore ucraniano, lo fantástico y el humor popular se entrelazan en una noche cargada de magia y prodigios. En un pueblo cubierto de nieve, la víspera de Navidad se convierte en escenario de brujas, demonios y sucesos extraordinarios que alteran la vida cotidiana de sus habitantes. A través de personajes inolvidables como el herrero Vakula y la astuta Solokha, Gógol combina lo sobrenatural con la sátira social y el retrato costumbrista, creando un relato tan inquietante como divertido. Nochebuena ofrece una mirada fascinante al mundo rural eslavo, donde la tradición, la superstición y el deseo conviven bajo la luz de la luna invernal.
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Seitenzahl: 85
Veröffentlichungsjahr: 2026
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La Colección Clásicos Libres está destinada a la difusión de traducciones inéditas de grandes títulos de la literatura universal, con libros que han marcado la historia del pensamiento, el arte y la narrativa.
Entre sus publicaciones más recientes destacan: Meditaciones, de Marco Aurelio; La ciudad de las damas, de Christine de Pizan; Fouché: el genio tenebroso, de Stefan Zweig; El Gatopardo, de Giuseppe di Lampedusa; El diario de Ana Frank; El arte de amar, de Ovidio; Analectas, de Confucio; El Gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald; El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, entre otras...
Nikolái Gógol
NOCHEBUENA
© Del texto: Nikolái Gógol
© De la traducción: Alexis Padrón Alfonso
© Ed. Perelló, SL, 2026
Carrer de les Amèriques, 27
46420 - Sueca, Valencia, España
Tlf. (+34) 644 79 79 83
http://edperello.es
I.S.B.N.: 979-13-70194-61-1
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Nochebuena
El día previo a la Navidad había pasado. Llegó la noche, una clara noche de invierno. Lucían las estrellas. La luna se elevaba majestuosamente en el cielo, iluminando a las gentes de bien y al universo entero, para que todos pudieran glorificar a Cristo y cantar alegres koliadki. El frío era más intenso que por la mañana, pero el silencio era tan acabado que el crujido del hielo bajo la bota se oía a medio kilómetro. Ni un solo grupo de muchachos había aparecido bajo las ventanas de las jatas; sólo la luna dirigía sobre ellas alguna mirada fugitiva, como invitando a las jóvenes a salir más deprisa a la crujiente nieve. En ese momento, por la chimenea de una jata, salieron unas volutas de humo que se elevaron por el cielo como nubes, y entre ellas apareció una bruja montada en una escoba.
Si en ese instante hubiera acertado a pasar por allí en su troika el asesor de Soróchintsi, con su gorro ribeteado de piel de cordero, cortado al estilo de los ulanos, su pelliza azul con forro de astracán y su látigo trenzado de manera diabólica, con el que tenía la costumbre de azotar a su cochero para que condujera más deprisa, seguramente habría reparado en la bruja, pues no había persona en la aldea que pudiera escapar a su mirada. Sabía a la perfección cuántos lechones tenía el cerdo de cada campesina, cuánta tela guardaba cada una de ellas en su cofre y qué prenda de vestir o del ajuar empeñaría el domingo cada hombre de bien en la taberna. Pero el asesor de Soróchintsi no se encontraba por allí: ¿qué iba a estar haciendo en un distrito ajeno, cuando tenía el suyo? Entre tanto, la bruja alcanzó tal altura que parecía una simple mancha negra en el cielo. A medida que esa pequeña mancha avanzaba por el firmamento, las estrellas iban desapareciendo. La bruja pronto se llenó de ellas la manga. Aún brillaban tres o cuatro. De pronto, por el otro lado del cielo, apareció una segunda mancha que aumentó de tamaño y se extendió hasta perder esa primera apariencia. Un miope, aunque llevara puestas sobre la nariz, a modo de gafas, las ruedas de la calesa del comisario, no hubiera reconocido lo que era aquello. Por su parte delantera el objeto guardaba una semejanza completa con un alemán: un hocico afilado, que no paraba de moverse y lo olisqueaba todo, y terminaba, como en los cerdos, en un pequeño apéndice redondo; unas piernas tan finas que si el alcalde de Yaréskov las hubiera tenido semejantes, se las hubiera roto en el primer baile cosaco. En cambio, visto de espaldas parecía todo un funcionario provincial vestido de uniforme, porque tenía un rabo tan largo y afilado como los faldones de los uniformes actuales; sólo la barba de chivo que lucía sobre el mentón, los pequeños cuernos que despuntaban en su cabeza y el hecho de que toda su figura no fuera más blanca que la de un deshollinador permitían adivinar que no era un alemán ni un funcionario provincial, sino simplemente el diablo, al que sólo le quedaba una noche para deambular por este mundo e inducir a pecar a los hombres de bien. Al día siguiente, en cuanto tañeran las campanas llamando a maitines, tendría que correr sin volver la vista, con el rabo entre las piernas, hasta su guarida.
Entretanto el diablo se aproximó a hurtadillas a la luna y ya se disponía a alargar la mano para cogerla, cuando de pronto la retiró, como si se hubiese quemado, se chupó los dedos, sacudió la pierna y lo intentó de nuevo por el otro lado, pero también esta vez tuvo que apartarse y retirar la mano. No obstante, a pesar de esos fracasos repetidos, el astuto diablo no renunció a su aviesa intención. Se acercó de nuevo, agarró la luna con ambas manos, soplando y haciendo gestos de dolor, y se la pasó de una mano a otra, como hace el campesino cuando coge un tizón con su mano desnuda para encender su pipa; finalmente la ocultó con premura en el bolsillo y siguió su camino como si tal cosa. En Dikanka nadie advirtió que el diablo había robado la luna. A decir verdad, el escribano del distrito, cuando salía a cuatro patas de la taberna, vio cómo la luna bailaba en el cielo y lo aseguró ante el pueblo entero, poniendo a Dios por testigo; pero los vecinos movieron la cabeza y hasta se burlaron de él. No obstante, ¿qué razón había impulsado al diablo a cometer un acto tan contrario a la ley? Pues la siguiente: sabía que el sacristán había invitado a comer kutiá al rico cosaco Chub, al alcalde, a un familiar del sacristán, chantre en el arzobispado, que llevaba una levita azul y sabía dar las notas más bajas, al cosaco Sverbiguz y a algún otro; allí, además de kutiá, se servirían toda suerte de manjares y vodka de azafrán. Mientras tanto, la hija de Chub, la joven más bella de la aldea, se quedaría sola en la casa, y probablemente recibiría la visita del herrero, un muchacho fuerte y apuesto, por el que el diablo sentía aún más repugnancia que por los sermones del padre Kondrat. En sus ratos libres el herrero se entretenía pintando y estaba considerado el mejor pintor de toda la región. El capitán de cosacos L… ko, entonces con vida, lo llamó expresamente a Poltava para que pintara la valla de madera que rodeaba su casa. Todas las escudillas en las que los cosacos de Dikanka tomaban el borsch [sopa ucraniana a base de remolacha] habían sido decoradas por el herrero, que era una persona temerosa de Dios y solía pintar la imagen de los santos: todavía puede verse en la iglesia de T. su retrato del evangelista San Lucas. Pero la cumbre de su arte era un cuadro que había pintado en la pared de la iglesia, a la derecha de la entrada, en el que se representaba a San Pedro el día del Juicio Final, con las llaves en la mano, expulsando al espíritu maligno a los infiernos; el asustado diablo corría de un lado para otro, presintiendo su derrota, y los pecadores, hasta entonces prisioneros suyos, le perseguían y le golpeaban con látigos, palos y todo lo que caía en sus manos. Durante todo el tiempo que el pintor empleó en su cuadro, ejecutado sobre una gran tabla de madera, el diablo había hecho todo lo posible por molestarle: le movía la mano a escondidas, levantaba las cenizas de la fragua y las lanzaba sobre el cuadro; no obstante, a pesar de todo, el herrero terminó el trabajo, la tabla fue transportada a la iglesia e incrustada en la pared, cerca de la entrada; desde entonces, el diablo había jurado vengarse del herrero.
Sólo le quedaba una noche para deambular por el mundo y el diablo la ocupaba en buscar la manera de descargar su odio sobre el herrero. Por eso había decidido robar la luna, juzgando que el viejo Chub era un hombre perezoso e indolente y que su isba quedaba lejos de la casa del diácono; además, el camino discurría por detrás de la aldea, pasaba junto a los molinos y el cementerio y bordeaba el barranco. Si hubiera brillado la luna, el licor de especias y el vodka de azafrán habrían podido decidir a Chub. Pero en una noche tan oscura, no habría manera de que bajara de la estufa y saliera de su casa. Y el herrero, a pesar de su fuerza, nunca se atrevería a visitar a la hija en presencia de su padre, con el que no mantenía buenas relaciones desde hacía tiempo.
De ese modo, en cuanto el diablo se guardó la luna en el bolsillo, el mundo entero quedó sumido en una oscuridad tan absoluta que difícilmente habría encontrado alguien no ya el camino que conducía a casa del sacristán, sino incluso el que llevaba a la taberna. La bruja, al verse de pronto envuelta en esas tinieblas, dio un grito. En ese momento el diablo se acercó a ella haciéndole cumplidos, la cogió del brazo y empezó a susurrarle al oído las palabras que suelen decirse a las mujeres. ¡Es extraño cómo está construido este mundo nuestro! Todas las criaturas que viven en él se esfuerzan por imitarse y copiarse unas a otras. Hace tiempo, en Mírgorod, el juez y el alcalde eran los únicos que llevaban en invierno pellizas forradas de paño, mientras que los pequeños funcionarios usaban las corrientes. Ahora, en cambio, el asesor y el secretario rural se mandan hacer pellizas nuevas de piel de cordero forradas de paño. Hace dos años, el oficinista y el escribano compraron una tela azul a ochenta y cinco kopeks el metro. Y el sacristán se ha hecho este verano unos pantalones bombachos de nanquín y un chaleco de lana a rayas. En una palabra, todo es apariencia. ¡Cuándo dejarán los hombres de ser vanidosos! Apuesto a que muchos quedarán sorprendidos al saber que el diablo seguía el mismo camino. Lo más irritante es que seguramente se creía muy apuesto, cuando en realidad tenía una cara que daba miedo. ¡Con una jeta como la suya —que, como dice Fomá Grigórievich, es lo más repugnante que hay en el mundo—, y se pone a hacer la corte! No obstante, tanto en el cielo como en la tierra reinaba una oscuridad tan espesa que nada alcanzó a verse de lo que pasó entre ellos.
—Entonces, compadre, ¿todavía no has estado en la nueva jata
