Nube negra - Miguel Ángel Rapela - E-Book

Nube negra E-Book

Miguel Angel Rapela

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Beschreibung

Nube negra emerge de las sombras de la historia, entrelazando realidad y ficción para desafiar nuestra visión del pasado y reimaginar el futuro. En esta cautivadora novela ucrónica, Miguel Rapela nos lleva al corazón de la Guerra de Malvinas, un conflicto emblemático y doloroso para la Argentina. A través de una narrativa vibrante que captura la esencia de este enfrentamiento, la obra se adentra en escenarios alternativos que inquietan y mantienen al lector en suspenso hasta el último momento. Sin embargo, este no es un libro sobre la guerra, sino un profundo viaje a través del honor, el sacrificio, la redención, la locura, el poder y las ambiciones personales, que destaca la fragilidad de la historia frente al poder de la imaginación.Nube negra nos invita a cuestionar los hechos, borrando la línea entre lo real y lo posible, animándonos a explorar los límites de la historia y lo que significa realmente confrontar nuestro pasado. Es una puerta abierta a un mundo donde la única verdad es que nada es lo que parece.

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Seitenzahl: 375

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Miguel Ángel Rapela

NUBE NEGRA

Una novela

Rapela, Miguel Ángel

Nube negra. Una novela / Miguel Ángel Rapela - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Austral Infinita, 2024.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-631-90179-3-9

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Históricas. 3. Guerra de Malvinas. I. Título.

CDD A863

© 2024 Miguel Ángel Rapela

© Austral Infinita

Cerrito 1250, C1010AAZ, CABA.

Primera edición: abril 2024

ISBN: 978-631-90179-3-9

Queda hecho el depósito que establece la Ley 11.723

Director de la editorial: Miguel Ángel Rapela

Coordinador editorial: Javier F. Luna

Corrección: Silvia Focanti y Javier F. Luna - Estudio melHibe

Maquetación: Javier F. Luna - Estudio melHibe

Diseño de tapa: Melina Bevilacqua - Estudio melHibe

La imagen de Buenos Aires en ruinas de la portada fue generada con IA (Copilot).

Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin permiso previo por escrito de la editorial.

AUTOR

• Miguel Ángel Rapela es un reconocido experto internacional en propiedad intelectual de materia viva, biotecnología y variedades vegetales, con varios libros y más de un centenar de publicaciones sobre estas temáticas. En Nube negra, su primera novela, se adentra en la ficción histórica tratando un tema altamente sensible para los argentinos, como fue y es la Guerra de Malvinas. La historia no puede ser cambiada, pero sí podemos plantearnos “Qué hubiera pasado si...”.

A Beatriz

A Elizabet, Laura y Florencia

A Valentina, Simón, Ignacio, Alfonso y Delfina

A Carlos W. y Carmen

A mamá y papá

1.

Evaristo López presentía algo que no llegaba identificar. Lo ignoraba, pero su “mundo”, al igual que el de millones de otras personas, estaba a punto de sucumbir.

La calle de tierra que señalaba el rumbo inequívoco hacia la frontera dormía desde hacía cien años. Sin embargo, en algún momento, pensó Evaristo, seguramente la asfaltarán y todo será diferente. Miró la senda polvorienta y las veredas, que casi no diferenciaban sus límites de los de aquella, y alzó los ojos hacia la costa fronteriza. El río Bermejo, doscientos metros más adelante y ligeramente hacia abajo, reflejaba los primeros rayos de un nuevo día abrasador que lo aguardaba.

Era el 1 de abril. Por suerte, se dijo Evaristo, el calor va a bajar un poco si se nubla.

Como siempre, desde siempre, todo estaba tranquilo aquí, bajo la casi única sombra de los bananeros y los naranjales que rodeaban el olvidado pueblo. Solo se oía el chillido intermitente de los loros y algún aullido de perros en celo. Evaristo le había tomado un gran cariño a la infranqueable selva y no faltaba atardecer en el que no detuviese su vista por eternos minutos, tratando de ver más allá de la espesura. Le daba mucha pena contemplar a esos escasos turistas ávidos de cruzar la frontera para comprar un televisor importado o unas botellas de whisky a precios irrisorios y que jamás se detenían a admirar su selva.

Unos pasos más abajo, al final de la calle principal, el puesto de gendarmería simulaba controlar el paso fronterizo. El día apenas había comenzado, y una pequeña bruma ocultaba parte de la superficie del río. Los gendarmes miraban cada tanto hacia el río, buscando a algún despistado contrabandista falto de información. Evaristo a menudo se preguntaba, riendo entre dientes, si alguna vez habían atrapado a alguien en el paso custodiado.

La niebla y el surrealista paisaje le hicieron pensar, como casi todos los días durante los últimos diez meses, en Ismael y en aquella mañana lluviosa de junio de 1981. El tiempo transcurrido no le había hecho olvidar su figura recortada contra la montaña mientras esperaba el único transporte que lo llevaría hacia Orán, para después entrar al servicio militar. Todavía podía ver los aindiados ojos negros y la cara lampiña de Ismael mientras se abrazaban y se separaban en el olvidado pueblo de Aguas Blancas. Había sido una separación triste y silenciosa que simbolizaba una parte de la historia cíclica de Argentina y sus desventuras eternas. Ismael había aceptado con tranquilidad el destino que le mandaba la ley, mientras que varios de sus amigos decidían en cambio cruzar el río a la espera de una prescripción que siempre llegaba. Evaristo creía que Ismael estaba equivocado, pero ahora, solía pensar, orgulloso, en su hijo uniformado.

Durante muchas semanas que luego se hicieron meses, creyó que Ismael había desaparecido. Después recibió algunas cartas; por último, una postal con la foto del equipo de Boca que, para no escapar de la lógica que enmaraña el destino de esas provincias norteñas, había llegado a mediados de enero, y en la que mandaba un lejano saludo y besos para fin de año desde un lugar que Evaristo nunca había oído nombrar, pero que imaginó al sur, muy al sur de donde él estaba.

—Don Evaristo —había comenzado a decir el gendarme de la guardia, mostrando su fila diezmada de dientes marrones maltratados por el tabaco y el descuido—, parece que la cosa con Chile se está poniendo otra vez jodida. Es un secreto que me dijo el capitán y que no se lo puedo decir a nadie, pero están movilizando a algunos regimientos. —El gendarme se detuvo como para darle más importancia a su trascendente confidencia—. ¿Tiene alguna noticia del pibe? No sabemos lo que está pasando, pero nos han prohibido todos los francos hasta nueva orden de arriba.

No sabía ni una palabra, pensó, y no contestó, Evaristo. Seguro que no pasa nada, siempre es lo mismo.

—¿Sabe, Evaristo, lo que nos han mandado? —había preguntado el gendarme sin esperar, francamente, que a Evaristo le interesara, en realidad, una respuesta.

El gendarme le había mostrado al ahora un poco más sorprendido Evaristo unas hojas con los nombres y direcciones de todos los habitantes de Aguas Blancas, incluyendo, en dos apartados especiales, a los de nacionalidad boliviana y a todos los que tuvieran algún familiar en el servicio militar. Allí, encabezando una página que no tenía más de dos nombres, estaba el suyo: Evaristo López.

—Cuando tenga cualquier noticia del pibe me avisa —dijo el gendarme—. Acá en la guardia todos nos acordamos de Isma, como le decían desde chico, y nos gustaría saber cómo anda. De paso —bajó la voz de forma innecesaria ya que estaban los dos solos—, téngame informado de cualquier cosa rara que hagan los bolitas. Sé que esto no le gusta, Don Evaristo, pero haga lo posible.

—Los bolitas son más mansos que los bagres —respondió Evaristo—. No son inteligentes, ni rápidos, ni vivos, ni nada. Solo tienen una paciencia que dura hasta la puta madre. La única contra es que ellos saben todo de nosotros, y nosotros no sabemos casi nada de ellos. Pero me parece, de cualquier forma, que esto es al pedo.

Evaristo no había querido ofender al pobre gendarme, pero durante unos segundos algo así como una pared invisible los había separado. En esas tardes en que el calor no dejaba ni respirar, Evaristo había hecho cuentas de que, si contrabandeaba un televisor por semana, en dos años, descontando las coimas a los gendarmes y a las coyitas buchonas, podría comprarse un autito viejo para ir hasta Orán a llevar sus cosas y no depender de otros. ¡Y ahora quieren que les haga de milico! —se dijo a sí mismo, con rabia y sin mirar a los ojos al gendarme.

¡Los bolitas junto a los chilenos! ¡Están locos!, pensó Evaristo, pero calló, con esa sapiencia natural que dan los años. Los bolivianos y los chilenos no se pueden ni ver, pero, quién sabe, se imaginó, a lo mejor los dos contra Argentina nos pasan por arriba.

2.

El sol, que ya había abandonado Aguas Blancas, brillaba aún en las paredes calientes de las casas cuando Evaristo López se alejó lentamente de la costa y emprendió su regreso a las poco más de cuatro paredes que formaban su única propiedad.

—¿Muy duro el día, patrón? —le preguntó burlonamente Teresa cuando lo vio acercarse dando la vuelta por el baldío de la esquina—. Va a tener que arremangarse porque se tapó el baño otra vez, y el perro anda chapoteando en medio de la mierda.

—El problema no es el baño, sino las porquerías que le tirás dentro —sentenció Evaristo con más resignación que enojo—. Aunque te lo arregle inmediatamente, dentro de una semana va a pasar lo mismo, y el mes que viene igual, y así hasta que se venga de nuevo la Navidad.

—No se preocupe, patrón —le contestó Teresa con una sonrisa que delataba que nada la molestaba menos que los malos humores de su esposo—, siempre hay algún árbol cerca a disposición.

Evaristo se quedó pensando si sería cierto o si, como se imaginaba, el problema estaba exagerado y era cosa de tirar unos baldazos de agua para que el asunto se arreglara.

A la noche todo estaba en su lugar y Evaristo miraba las estrellas sentado en el fondo de tierra de su casa, en una de las tres únicas sillas de la casa, como quien busca explicaciones en la nada. No estaba bien de ánimo, pero no podía encontrarle una razón. Teresa lo había visto muchas veces en ese estado y sabía que nada lo sacaba de su silencio.

Prendió la radio más para escuchar algún ruido que apagara el silencio de sus respiraciones que para oír alguna noticia. De cualquier manera, pensó Evaristo, nada parecía haber cambiado ni en los últimos días, ni en los últimos años, ni en toda su vida. Una sola cosa era distinta: el presentimiento de algo indefinible, pero inquietante, lo seguía acompañando como esa mañana.

Rodeado de estrellas, Evaristo recordó a Ismael como una ausencia verdadera. En realidad, era la primera vez que le pasaba, pero no logró entender si su angustia era por el hijo alejado o por otra razón que se le escapaba. De cualquier manera, reflexionó, el servicio militar ya debe estar por terminar y cualquier día de estos, lo tenemos aquí dando vueltas sin nada que hacer, como siempre.

3.

La primera claridad de la mañana lo encontró a Evaristo con el mismo sabor amargo de la noche anterior. Salió al fondo mientras su perro le hacía las fiestas de rigor y de paso prendió nuevamente la radio.

Hoy va a hacer más calor que ayer, se dijo, mientras presionaba la vieja bomba de agua para refrescarse. Recién en ese momento, prestó atención a que el comentarista radial estaba más excitado que de costumbre: “los argentinos hemos recuperado nuestras islas perdidas”, repetía una y otra vez de mil formas diferentes y con un tono cada vez más alto.

Apenas se convenció de que era verdad lo que estaba escuchando, Evaristo giró sobre los talones y entró a la casa para contarle a su esposa la noticia. Sin embargo, algo lo detuvo. Volvió sobre sus pasos y hasta el perro se sorprendió por su actitud. Pensó en Ismael, en su largo silencio de los últimos meses y en la charla del día anterior con los gendarmes. Después entró y se vistió sin que Teresa lo notara. Salió a la calle y emprendió el trayecto de todos sus días.

Era el 2 de abril de 1982. Ese día cumplía cincuenta años y ahora entendía el porqué de sus malos presentimientos.

4.

Jonás Rodríguez de Gomerá, el canoso secretario general de las Naciones Unidas, de pie y frente a su escritorio, buscaba la pequeña franela para limpiar sus anteojos mientras meditaba en la mala suerte que le había tocado. Ni siquiera había llegado a cumplir cinco meses en su codiciado puesto y ya estaba envuelto en un problema internacional de una envergadura del tipo que lo hacía de imprevisible final. Argentinos de mierda, pensó, pero con una rabiosa amargura por el gran cariño que tenía hacia este pueblo desde muy chico. ¡Se quieren enfrentar a los ingleses, a Estados Unidos y a la OTAN!

Muchas veces —y más en las últimas horas—, se había preguntado si un hombre de su nacionalidad estaría a la altura de las circunstancias. Que fuera venezolano les era indiferente a casi todos los que lo rodeaban, pero ahora bajo las nuevas circunstancias podría ser molesto para algunos. ¿O solo estaba tratando de justificar ese sentimiento de invitado al banquete por la puerta de atrás, miedo injustificado de quien tenía todos los merecimientos para esa posición?

Oyó que el indicador electrónico de llamada avisaba que alguien deseaba verlo y oprimió el botón verde sobre el marco de su escritorio. Laura, su secretaria desde hacía muchos más años de los que deseaba recordar, entró a la oficina. La mirada de Laura era casi de condolencia hacia su jefe, quien se veía envuelto o, mejor dicho, abrazado por un conflicto insignificante para casi todos los países del mundo, menos, justamente, para los dos en pugna, aunque por distintas razones.

—¿Hay alguna novedad, Laura? —preguntó. Rodríguez de Gomerá sabía de memoria que ninguna novedad, seguramente, sería de su agrado.

—Acaba de llegar un télex de Argentina. Según parece, se están reuniendo multitudes en la Plaza de Mayo, en apoyo del general Thileri. Algunas estimaciones dicen que para la tarde habrá entre un millón y un millón y medio de personas a la espera de la palabra del presidente—. Laura se detuvo para luego agregar tímidamente —Hay otras noticias, pero no son mejores que esta. Todo indica que Thileri les va a decir que enfrentará a los ingleses y que no les va a importar a él, ni al gobierno, ni al pueblo todos los muertos que, por cierto, habrá hasta derrotarlos. Pero —agregó ya casi inaudible—, seguramente, los términos en que va a decir esto serán bastante más duros.

—Era previsible la bravuconada y, de cualquier manera, ya era tarde para arrepentirse. Esto es como una locomotora lanzada a toda velocidad por un camino en pendiente. ¿Quién la va a detener? Todos suponíamos que el problema de las Falk..., de las Malvinas, digo —ya vería en el futuro cómo se las arreglaba cuando participase en conversaciones con personas neutrales, como Laura—, se tenía que resolver, aunque no pensaba que esta debía ser la forma de encontrar una salida.

Rodríguez de Gomerá se había acercado a una de las paredes de pulcro y exquisito empapelado y miraba una foto lejana de él y su familia en una calle de Caracas. No estaba nervioso y mucho menos aparentaba estarlo. La nostalgia por la época en que cualquier problema parecía estar totalmente alejado lo rozó como una leve brisa costera del barrio de Chacao. Hasta se sonrió pensando que en aquellos años soñaba con el puesto que ahora había alcanzado y se imaginaba arreglando un conflicto internacional de consecuencias catastróficas. Su intervención —justa, apropiada y con todos los condimentos de aquellas hazañas “churchilianas” de la Segunda Guerra Mundial— salvaba al mundo del desastre. La siguiente imagen era de sí mismo al recibir el premio Nobel por sus servicios a la humanidad.

—El canciller argentino debe estar por llegar —le disparó Laura, como para hacer volver al secretario general de un profundo sueño—. Todos los papeles que solicitó se los dejo sobre su escritorio.

Rodríguez de Gomerá se sentó y hojeó la primera carilla del informe. Se imaginó a un grupo de soldados argentinos que, a miles de kilómetros de distancia, tiritaba de frío a la espera de volver cuanto antes a casa. Los vio con claridad, vestidos en sus uniformes de fajina aptos para hacer un servicio militar de rutina en los alrededores de Buenos Aires, pero inservibles en la turba siempre húmeda y congelada de Malvinas. Adivinó sus pensamientos y hasta pudo escuchar sus conversaciones. Elevándose por encima del ensordecedor ruido de los transportes Hércules, los escuchó hablar de sus novias, de sus padres y del campeonato mundial de fútbol que ya estaba por comenzar.

5.

Rodríguez de Gomerá creyó oír ruidos provenientes de la calle a unas cuantas docenas de pisos debajo de su oficina, pero sabía que era imposible. Sin embargo, efectivamente la limusina que transportaba al flemático canciller argentino acababa de estacionar rodeada de una multitud de periodistas de todo el mundo. El cielo de Nueva York estaba plomizo y no mostraba ni una sola señal de la incipiente primavera. Va a nevar, pensó Orlando Coscia Amengol mientras apoyaba su bastón con lentitud y ensayaba su media sonrisa de circunstancia para enfrentar la andanada de cientos de flashes disparando al unísono. En el corto trayecto entre el hotel donde se hospedaba la delegación argentina y el edificio de las Naciones Unidas, Coscia Amengol tuvo un instante para reconsiderar también sus últimos cuatro meses.

Si Eduardo estuviese en mi lugar, pensó Coscia Amengol sin que un solo rasgo mostrase la angustia que lo invadía al recordar que su amigo de tantos años, Eduardo Recca —sentado a su lado en la limusina— había batallado para conseguir el puesto que ahora él ocupaba. Más de una vez, sobre todo en las últimas tres semanas, se había sorprendido a sí mismo rememorando el almuerzo con Recca en el Plaza Hotel de Buenos Aires mientras los periodistas porteños se deshacían tratando de adivinar quién ganaría la carrera hacia el palacio San Martín, sin saber que los supuestos adversarios habían arreglado el resultado final.

Rodríguez de Gomerá me debe estar viendo por la televisión, fue lo último que imaginó Coscia Amengol antes de abandonar su perfecto castellano por su más refinado inglés y entregarse a las preguntas de los periodistas. Diez minutos después, el canciller argentino y el secretario general de las Naciones Unidas se encontraban por primera vez tras la llegada de las tropas a Malvinas. Rodríguez de Gomerá ya no se preguntaba si eso sería prudente. Los planes que podían tener los argentinos, si es que tenían alguno, lo ponían más nervioso que cualquier puntillosidad que molestara a los ingleses. Por lo menos, suponía que la reunión no podía hacer mal alguno. Si se hubiese rehusado a ver a Coscia Amengol, era muy probable que el gobierno argentino agitase la bandera de una presión por parte de los norteamericanos.

Coscia Amengol estaba muy tranquilo, o eso aparentaba. Su seguridad no solo provenía de su experiencia, sino también de sus antecedentes personales, que lo acercaban de alguna manera a la actitud asumida por su gobierno. Siempre había sido un hombre muy consultado por los altos círculos militares argentinos en épocas de crisis que, paradójicamente, eran casi cotidianas. De las fuerzas armadas que constituían la trilogía del poder que casi sin interrupciones había gobernado Argentina en los últimos cuarenta años, la Fuerza Aérea estaba muy cercana a los sentimientos de Coscia Amengol. Ya en 1978, cuando habían transcurrido dos años desde la irrupción del denominado “Proceso de Reorganización Nacional”, que derrocó al gobierno peronista, Coscia Amengol se había destacado en la redacción de parte del documento del programa político de las Fuerzas Armadas.

Rodríguez de Gomerá no quiso perder un instante desde el mismo momento en que su secretaria Laura permitió el acceso del canciller argentino.

—Supongo —empezó a decir luego de un saludo de rigor demasiado helado— que el objeto principal de esta visita es tratar de que el Consejo de Seguridad posponga su decisión. ¿No es verdad, canciller?

Coscia Amengol miró la punta de su bastón y, sin esperar a que el anfitrión lo invitara, se sentó despacio en un sillón que le hizo recordar a los de su casa en Buenos Aires.

—Esa es, precisamente, la intención de nuestro gobierno, señor secretario —le contestó, en un tono tan firme como frío y a la espera de que Rodríguez de Gomerá tomara asiento a su lado—. Como usted sin dudas sabe, todos los gobiernos de Argentina han hecho esfuerzos hasta el límite de la paciencia durante más de un siglo para que Gran Bretaña reviera su actitud colonialista sobre las Islas Malvinas. Ha sido una tarea difícil, agotadora y sin pausas, que jamás dio ningún fruto. La actitud asumida ayer por el gobierno argentino tiene el consenso de todos los ciudadanos dentro y fuera de nuestras fronteras. Es más, casi toda América Latina nos respalda, con las excepciones que son fáciles de interpretar. No estamos hablando de dos o tres locos mesiánicos.

—No creo que el meridiano del problema pase por averiguar sin son muchos o pocos los que piensan que lo hecho por su gobierno en el tema Malvinas fue adecuado —replicó Rodríguez de Gomerá, aunque lo de los dos o tres locos mesiánicos le pareció una figura cercana a la verdad.

—No estoy hablando únicamente de cuestiones cuantitativas. El tema de fondo es cualitativo, y usted conoce, señor secretario, las razones históricas que asisten a la posición argentina.

—¿Quién conoce las razones de Argentina? Usted está cargando la evidencia en un solo plato de la balanza. Gran Bretaña también tiene razones para estar asentada allá en esas islas y también creo que esas razones no las conoce nadie. Aquí estamos hablando de una decisión unilateral de invadir un territorio ajeno.

—¡Aquí no hay ningún territorio ajeno! —contestó Coscia Amengol en un tono tan solo un decibel por encima de lo habitual, pero que era casi un exabrupto para quien lo conociera, y el secretario general lo conocía—. Las Malvinas son una continuidad geográfica del continente y no hemos sido nosotros los invasores, sino ellos cuando nos expulsaron de las islas. Esa es la diferencia.

—Al Consejo de Seguridad —replicó Rodríguez de Gomerá mirando casi condescendiente al canciller argentino— no le servirá ninguno de esos argumentos. El único hecho que analizarán será la invasión del 2 de abril y no lo que haya podido suceder hace un año, diez, cien o lo que usted quiera en el pasado. El punto de vista del Consejo es muy diferente del suyo.

—Usted está muy seguro del resultado de la votación, señor secretario; no debe olvidar el poder de veto que tiene la Unión Soviética.

—De ninguna manera le estoy adelantando el resultado, pero sí le estoy explicando modos de razonamiento que usted debería conocer y que sé efectivamente que conoce. En cuanto a los rusos, ellos harán lo que le convenga al Kremlin en este momento. Pueden vetar o pueden no vetar. Es impredecible. Lo que usted debería analizar en este punto es que los rusos deben estar festejando esta invasión con vodka y seguramente pondrán al 2 de abril como fecha de aniversario privada del Politburó. Imagínese lo que estarán pensando: un país sudamericano poniendo a prueba el potencial armamentista de una fuerza de la OTAN a miles de kilómetros de Europa y sin el apoyo logístico del resto de los países aliados. ¡Una verdadera invitación a la mejor fiesta!

—¿Quién está hablando de que sobrevendrá una guerra? —dijo Coscia Amengol mirando fijamente a los ojos del secretario—. Todos nuestros indicios y la información proporcionada hasta por la misma embajadora Kirkpatrick apuntan a que los ingleses harán un gran escándalo, se moverán en todos los foros internacionales, pedirán cuanta sanción comercial y económica esté a su disposición para ahogarnos, pero jamás saldrán en tren de guerra para recuperar un pedazo de tierra al otro lado del mundo.

—Lamentablemente, Orlando —por un momento, la ingenuidad del canciller argentino lo llevó a traicionar su compostura habitual y le habló como un padre a un hijo descarriado—, me parece que tú y tu gobierno están muy equivocados.

6.

Rodríguez de Gomerá suspiró. Casi se había imaginado palabra por palabra lo que el canciller argentino le iba a decir y los argumentos que iba a exponer. La historia señalaba que, en muchas oportunidades, las guerras comenzaban porque uno de los bandos suponía que el otro no reaccionaría ante una agresión. Todo estaba en manos del Consejo de Seguridad, al menos pensaba en ese momento. La orden que imaginaba de parte del Consejo sería tan terminante que Argentina solo le quedaría una salida: dar vuelta cualquier plan en marcha, regresar al continente y empezar nuevas conversaciones. Suponía —aunque la información que le había pasado su secretaria Laura lo ponía un tanto nervioso— que el gobierno argentino se iba a quedar satisfecho con una pequeña agitación de las aguas. Al fin al cabo, ya habían logrado uno de sus objetivos: todo el mundo estaba al tanto de dónde quedaban las Islas Malvinas.

Sin embargo, la firmeza y al mismo tiempo el grado de equivocación conceptual que veía en el canciller argentino le preocupaba: Coscia Amengol no era un improvisado. Era hijo de una de las familias más tradicionales de Buenos Aires, había estudiado en las mejores universidades del mundo, hablaba un inglés de Oxford como el mejor de sus profesores y su relación con los círculos de poder se extendía a lo largo de varias décadas. Si, efectivamente, lo que intuía en las palabras de Coscia Amengol significaba que los argentinos habían llegado a Malvinas y no tenían ningún interés en retirarse, el tacto y la persuasión no iban a ser suficientes.

—Permítame preguntarle algo —dijo Rodríguez de Gomerá—. ¿Tienen ustedes algún plan eventual para resistir una respuesta armada de proporciones por parte de Gran Bretaña? ¿Han considerado la cantidad de argentinos que van a morir si esto se produce?

—Le repito, señor secretario, que la evaluación que nosotros hemos realizado indica que las probabilidades de una respuesta armada por parte de Gran Bretaña son inexistentes. De cualquier manera —se ufanó Coscia Amengol—, no crea que si esto llegase a ocurrir, las cosas van a ser fáciles para los ingleses. ¡Nosotros jugamos de locales! —dijo, usando una jerga futbolera muy argentina.

—Un país miembro de la OTAN juega de local hasta en la luna —le espetó el secretario, casi suplicando que su interlocutor pusiese los pies sobre la tierra y dejase las nubes soñadoras de Buenos Aires por un momento—. El hecho de que su gobierno no tenga que dar explicaciones a ningún órgano parlamentario no lo inhibe de respetar el derecho internacional.

—La situación de Marian Thomson es muy débil. Nunca podrá convencer a sus legisladores de que le permitan enviar tropas en la magnitud que se requeriría para retomar las Malvinas.

—Lamento repetirte, Orlando, que no creo que eso ocurra si el conflicto se prolonga y Argentina no se retira inmediatamente de las islas. Los ingleses siempre han reaccionado cerrando filas ante una agresión externa y es probable que esto vuelva a suceder. Thomson no se va a debilitar por lo que ustedes hicieron. Ella es muy hábil y si hace lo que yo supongo que va a hacer, usará esta crisis para salir fortalecida sea cual sea el plazo o la forma del desenlace.

—De cualquier forma, primero, tienen que lograr un voto favorable en el Consejo de Seguridad y dudo que lo puedan conseguir. En minutos más voy a exponer frente al Consejo, que ha pospuesto su voto hasta escuchar nuestro punto de vista. Me inclinaré por la tradicional tercera posición y por colocar a Argentina como país agredido y no como país agresor.

Rodríguez de Gomerá calló. Todo parecía una conversación entre sordos que ni siquiera compartían un idioma gesticular. Pensó que durante la sesión del Consejo ocurriría lo mismo, pero de cualquier manera, le deseó éxito a Coscia Amengol.

7.

Fue, por supuesto, un autogolpe de Estado dentro de otro golpe de Estado, que figuró en la primera plana de los diarios internacionales tan solo como una anécdota más proveniente de un país que pudo ser una potencia mundial pero que jamás se había podido recuperar de su tendencia cíclica —mantenida con reiterada firmeza por medio siglo— a elegir pésimamente a sus gobernantes. Y como los gobernantes elegidos eran malos, tenían que venir los no elegidos para componer la fórmula. El resultado era el conocido por todos, menos por los argentinos y muchos de sus colegas subcontinentales; indefectiblemente, el remedio siempre infligía más daño que la propia enfermedad. La única variante se introducía en este punto: a veces se volvía por un breve período de gobierno democrático para reiniciar el ciclo o, como en este caso, un golpe de Estado colocaba en el poder a autoridades que reemplazaban a las que dejaba un anterior golpe de Estado.

Tras décadas de desatinos democráticos y no democráticos, el 24 de marzo de 1976, una junta militar tomó, por la fuerza, el poder en Argentina. Sin embargo, a pesar de que para los observadores externos poco informados esto no pasaba de ser un golpe de Estado convencional, la realidad era que una gran parte de los habitantes apoyó silenciosa o activamente la usurpación. El gobierno peronista que abandonaba el poder a la fuerza había sido un viacrucis intolerable para muchos argentinos. La muerte temprana del general Perón, único elemento de cohesión de un movimiento político que sin solución de continuidad abarcaba desde la más extrema izquierda armada hasta la más desenfrenada derecha fascista e igualmente armada, pasando por todos los intermedios inimaginables, desató una lucha por el poder ausente cuyos aspirantes no eran precisamente candidatos de lujo.

El gobierno militar de 1976 propuso un modelo económico neoliberal junto con una aplastante y casi total eliminación de todas las garantías de seguridad para los habitantes. Esto sí fue noticia de casi todos los diarios internacionales; Argentina figuraba siempre al tope en cuanto a cualquier atropello a los derechos humanos que pudiese existir.

En 1981, los desgastantes cinco años de ejercicio indiscriminado de poder dieron lugar a la transición a una segunda junta militar. De escasas ambiciones y con un margen de acción limitado, muy pronto se reveló que la capacidad de liderazgo de la nueva Junta sobre una explosiva situación militar y civil estaba ausente. Ya a mediados de 1981, los círculos cercanos al poder intuyeron que el período iniciado no tendría ni de lejos la misma duración que el anterior. Por si fuera poco, un candidato apareció prontamente en escena.

De carácter expansivo y con una voz forjada en crudas madrugadas cuartelarias, cigarrillos y whisky escocés, Leónidas Fernando Thileri era la antítesis de su antecesor en el máximo cargo de la Junta Militar. Alto, rubio y de ojos celestes, parecía la reencarnación misma del general norteamericano héroe de la Segunda Guerra Mundial, George Patton, aunque no tanto del verdadero, sino más bien, del personificado por George Scott para el cine.

Antes de 1981, sus ambiciones políticas eran casi nulas. Sin embargo, con el empuje y la disuasión del almirante Javier Ismael Amparo, su perfil se fue lenta, pero ininterrumpidamente, modificando. Ambos, Thileri y Amparo, formarían la dupla de hierro del triunvirato militar que completaba el brigadier Alonso Benito Ladizo.

El futuro del gobierno militar argentino por ese entonces era tambaleante. Una situación económica y social que empeoraba día a día solo llevaba a pensar que la meta de un traspaso a un gobierno civil, dispuesta para 1990, era casi imposible de alcanzar. La única manera de cohesionar los sentimientos civiles y militares —que como el agua y el aceite pueden estar juntos, pero nunca mezclados— era encontrando un proyecto de intereses mutuos. En este sentido, el almirante Amparo ya había encontrado hacía años la fórmula mágica.

Uno de los miembros de la Junta Militar original, que había tomado el poder en Argentina en 1976, era el entonces almirante Eugenio Mallera. Dotado de una personalidad exuberante y natural, resaltaba muy por encima de sus dos compañeros de Junta. Con ambos mantendría históricas disputas de poder, algunas de las cuales serían zanjadas por demostraciones de ferocidad exorbitantes en la represión armada de los grupos subversivos.

En ese año, Mallera ya había propuesto a la Junta Militar la idea de recuperar militarmente las Islas Malvinas. Por diversas causas que derivaban de la conflictiva lucha por el poder interno, Mallera no pudo hacerse cargo personalmente del proyecto y, en 1977, decidió ordenar a Raimundo Aráoz, quien ocupaba el cargo de jefe de la Flota de Mar, la elaboración de un minucioso plan para la ocupación militar de las islas. En definitiva, la idea sería lentamente olvidada por otras urgencias del momento, entre ellas, la disputa del Mundial de fútbol en Argentina, en 1978. El plan elaborado por Aráoz sería archivado y juntaría polvo por cuatro años en alguna oscura oficina de la Armada. En 1981, sin embargo, vería la luz nuevamente y se convertiría en el eje del nuevo plan de desembarco en Malvinas.

Ya como jefe de la Armada en 1981, Raimundo Aráoz sería la figura escondida de la idea del proyecto Malvinas. Solo una cosa separaba al sueño de la realidad, y era la necesidad de convocar al general Thileri a sumarse a su desmesurada empresa. Esto, sin embargo, sería finalmente lo más sencillo. El almirante Aráoz se movería con una gran independencia en la toma de decisiones críticas. Para gran parte de los argentinos, el nuevo cambio forzado de gobierno era una operación sin importancia; para la historia del país, el nuevo gobierno encerraba una sorpresa sin precedentes.

El 15 de diciembre de 1981, días antes de que el general Thileri asumiera el gobierno, Aráoz citó en Buenos Aires al comandante de operaciones navales, vicealmirante José María Lopetegui. Este marino contaba con buenos antecedentes relacionados con el problema de Malvinas: en 1976, había sido el autor intelectual del proyecto de instalar una base supuestamente científica, pero que en realidad escondía un puesto de observación militar en la isla de Thule, de las Sándwich del Sur, también bajo control británico al igual que las Georgias y las Malvinas. El proyecto se puso en práctica y culminó exitosamente.

Lopetegui llegó a Buenos Aires sin tener la más lejana sospecha de que, en pocas horas, se convertiría en depositario del más importante secreto militar del último siglo de historia argentina; el almirante Aráoz le ordenaría preparar un plan de desembarco en Malvinas. Lopetegui, atribulado, pero sabiendo que oportunidades de ese tipo se dan muy pocas veces en la vida de un militar de cualquier país, formó en cuestión de horas un equipo de trabajo junto con los jefes de la Aviación Naval, de la Flota de Mar, y de la Infantería de Marina. Cinco días más tarde y nuevamente en Buenos Aires, Lopetegui le acercó al almirante Aráoz un detallado plan de desembarco en Malvinas: para que no quedaran dudas del secreto con el que había sido elaborado, estaba manuscrito en su totalidad. Los dos pilares en los que se basaba el plan de Lopetegui eran la sorpresa táctica y el secreto estratégico.

Mientras esto sucedía, en tan solo esos cinco días que mediaron entre la orden y la respuesta de Lopetegui, ocurrieron otros hechos trascendentes. El mismo 15 de diciembre, asumió la secretaría general de la Organización de las Naciones Unidas el venezolano Jonás Rodríguez de Gomerá y, un día después, el empresario de origen griego, Constancio Pappas, partió de Buenos Aires hacia las islas Georgias a bordo del rompehielos Almirante Irízar. El objetivo declarado, y por ello autorizado, de su viaje era la inspección de unas instalaciones balleneras ubicadas en Leith, las cuales debía desmontar. Los dos, Rodríguez de Gomerá y Constancio Pappas, serían figuras centrales de los acontecimientos que iban a ocurrir.

El 22 de diciembre, asumió la presidencia de la Nación el general Thileri y el 29 del mismo mes, en una reunión motivada por la entrega de insignias a los nuevos brigadieres en el microcine del edificio Cóndor, sede del comando de aviación de Argentina, los tres miembros de la Junta Militar sellarían su pacto con el destino. Thileri conocía el proyecto de Aráoz, pero no los pasos que este ya había dado; menos aún sabía de la existencia de Constancio Pappas. El único que aún estaba fuera del proyecto era el brigadier Alonso Benito Ladizo. Aráoz sería muy directo: “En unos meses —les dijo— se cumplirá el sesquicentenario de la ocupación de las Malvinas por los británicos. Esto es algo que no podemos ni debemos permitir que suceda”. Ladizo, con muchas dudas que no se animaría a exponer, aceptó el desafío: la maquinaria se había puesto en marcha.

Orlando Coscia Amengol, el flamante canciller argentino elegido por la nueva Junta Militar, pasaría todo el mes de enero sin ser notificado de una sola palabra del proyecto de los comandantes. El general Thileri, por su parte, asumiendo su rol de futuro nuevo líder carismático que —estaba seguro— todo el pueblo argentino le reconocería, organizó un descomunal asado en un pueblo casi desconocido en la provincia de La Pampa, el cual fue interpretado por los observadores como el lanzamiento de su plataforma política.

Durante la primera semana de 1982, los tres comandantes definieron los aspectos más importantes del proyecto. Un autodenominado “Equipo Compatibilizador Interfuerzas”, integrado por el mismo Lopetegui y dos integrantes de cada una de las otras fuerzas, elaboró la “Directiva Estratégica Militar” que fijaba, entre otras cosas, el día “D” del desembarco para el 9 de julio. Posteriormente, reducirían esa fecha y la ubicarían el 15 de mayo. En la segunda reunión del equipo, Lopetegui sugirió a sus pares el nombre de un joven marino, quien lo había impresionado durante uno de los cursos tradicionales de maniobras, para que se les uniera. Lopetegui argumentó que el capitán de corbeta Augusto Linares —de él se trataba— dominaba no solo un perfecto inglés —algo de lo que ninguno de ellos podía dar muchas muestras—, sino que, además, tenía un gran conocimiento de las costumbres y los modos de pensar ingleses. Linares había vivido parte de su adolescencia en Plymouth por asuntos familiares. Dado de quién provenía la sugerencia, el equipo dio su aprobación sin dar una gran trascendencia al hecho. Linares vivía en ese entonces en Mar del Plata, donde se desempeñaba en la base de submarinos.

Nunca habría podido imaginar el dramático cambio que su vida iba a tener.

8.

Linares se unió al grupo el 10 de enero. Tal como acostumbraba desde siempre la estrategia militar argentina, nada le fue informado hasta el mismo inicio de la reunión.

—Linares —le dijo Lopetegui en tono castrense y decididamente directo—, usted ha sido elegido por este equipo interfuerzas para ser parte de la estrategia militar más importante de la historia de nuestra patria. Retomaremos las Islas Malvinas.

Linares no recordaría mucho todo lo ocurrido en el resto de la reunión, pero jamás olvidaría ese primer momento. Su mente cabalgó por todos los mares y continentes que conoció en su vida, tratando de encontrar alguna señal que explicara cómo alguien tan común como él estaba en un lugar como ese y para tomar semejantes decisiones. Durante aquella reunión, casi no hablaría, pero esto cambiaría —y mucho— más adelante.

Alto, flaco, simpático y con una forma de ser que invariablemente llamaba a protegerlo, Linares había sido un devorador de la historia bélica de la Segunda Guerra durante su juventud y en los años de estudio en el Liceo Naval. En mapas que él dibujaba con esmero, trazaba líneas de frentes, retaguardias y flancos de toda batalla sobre la que encontraba suficiente información. Aunque era un incondicional admirador del general Patton, nada lo deslumbraba tanto como todo lo relacionado con el mariscal de campo alemán Erwin Romell. La elección de ambas figuras era, por cierto, extraña: ninguno de los dos era marino. Sin embargo, las historias de las batallas navales eran más sobre buques que sobre nombres, al contrario que las del Ejército, donde la voz de mando del comandante hasta superaba a veces el rugir de los cañones. Linares gozaba leyendo las estrategias de Patton y Romell cuando confundían a sus enemigos haciéndoles creer que disponían de fuerzas muy superiores a las reales. Por aquellos días, soñaba con parecerse a ellos llevando al enemigo a suponer que se enfrentaban a una fuerza de diez mil hombres, y que él, al frente de un puñado de héroes, ganaba la batalla. Adicto desenfrenado a la pesca, siempre se jactó de que sus mejores amigos eran pescadores como él. El apodo de “Fishy” lo traía consigo desde sus años de permanencia en Inglaterra.

De regreso a Mar del Plata, Linares no podía ver la hora de ir a la playa para caminar en soledad y pensar en todos estos acontecimientos. Al fin lo pudo hacer, pero debió esperar hasta bien entrada la noche cuando los miles de turistas que atestaban la ciudad se replegaron hacia las calles.

Fue curioso lo que pasó. Sobre el horizonte del mar, un pequeño buque pesquero había empezado a arder en llamas.

La fuerte luna daba una claridad casi diurna al espectáculo. De repente, una explosión en el barco —casi con seguridad, del depósito de combustible— aumentó el fuego. Una gran nube sobre las llamas se recortó en forma nítida y provocó en Linares una sensación de déjà vu inquietante. Como si fuera un destello de luz, una idea audaz cruzó su mente. No podía haber algo más insensato, ni tan loco ni descabellado. Ya contaba con un plan, pero distaba mucho de ser un mero plan de desembarco; era algo mucho más osado y extraordinario.

9.

Linares no solo sabía que disponía de bastante tiempo para perfeccionar los detalles del plan, sino que además su utilidad dependía de lo que hicieran los ingleses luego de que Argentina recuperara las islas. Por eso, no tenía pensado presentarlo al equipo interfuerzas sino hasta pasadas varias reuniones más y según lo que pasara. Sin duda alguna, antes se lo iba a explicar a Lopetegui para que este le diera su visto bueno. Sin su aprobación jamás nada sería aceptado. Sin embargo, los acontecimientos se precipitaban de forma vertiginosa.

El general Thileri prácticamente no dormía. El manejo de un país que a diario era menos proclive a soportar a los militares en el poder y una situación económica cada vez más difícil ya estaban provocando los primeros indicios claros de que el régimen debía empezar a hablar de plazos y no solo de objetivos. Cuando terminaba su día de problemas, Thileri volvía a su proyecto bélico. El secreto le provocaba un insomnio creciente.

El círculo de personas enteradas de los planes de invasión se mantenía, por ese entonces, controlado, aunque en permanente aumento. Era absolutamente imposible concebir una operación de tal magnitud sin tener que informar a los subalternos o, en todo caso, sin que estos sospecharan que algo grande se estaba tramando. La cortina de humo más simple que se podía aplicar fue la que se usó: un simple comentario trasnochado a un periodista ávido de noticias en el sentido de que el conflicto con Chile se podía agravar en cualquier momento bastó, para muchos, para identificar el falso objetivo.

Uno de los pocos que fueron informados de la verdad por el propio Thileri fue el canciller Coscia Amengol. Coscia Amengol casi no pudo dar crédito a lo que estaba escuchando, pero no porque creyera que el proyecto era delirante. Desde el primer momento se había convertido en un ferviente admirador y sostenedor del plan, aunque luego se arrepentiría mil veces de lo hecho. En un rápido estudio a través de preguntas disimuladas, en cuestión de horas le respondería a Thileri su pregunta principal.

—Los americanos van a hacer hands off —le dijo a Thileri, quien lo tomó como si le hubiesen comunicado que había ganado la lotería.

El segundo problema de Thileri era elegir a quién pondría al frente del operativo en las islas una vez que fueran retomadas. En realidad, su deseo personal no disponía de muchas alternativas, considerando que el perfil ideal del candidato que buscaba Thileri no solo tenía que demostrar capacidad de mando y adaptación a una realidad por cierto inédita y difícil, sino que además debía tener una personalidad lo suficientemente anodina como para que nadie pudiese suponer que le correspondería algún laurel del premio que —estaba seguro— él y nada más que él debía recibir. Pero esto era imposible.

Luego de barajar un interminable juego de posibilidades, finalmente, dejó de considerar a los generales Ibérico Saint-Jean y Cristino Nicolaides, que estaban en los dos escalones de la cadena de mando del Ejército. Se decidió por el cuarto de la lista, que poseía el interesante hándicap de ser una figura prácticamente desconocida: el general Ángel Ludock.

Ludock provenía de una familia de fuerte raigambre nacional por parte materna y de abuelo británico por el lado paterno. Alto, de pelo rubio, ojos celestes, y absolutamente comprometido con el proceso militar, sus pares le reconocían su completa frialdad frente a los excesos de la represión de la guerrilla subversiva.

—¿Cómo anda su inglés? —le preguntó Thileri con una sonrisa amplia y palmeándolo en la espalda, luego de citarlo para una reunión que Ludock suponía de antemano absolutamente intrascendente.

Sin salir de su asombro, la respuesta a Thileri fue de compromiso, ya que su inglés era muy bueno:

—Bueno, no va a necesitar repasarlo, pero le va a hacer bastante falta.

En dos o tres frases, que Thileri supuso más que suficientes para el ahora asombrado interlocutor, Ludock se enteró del plan para recuperar las islas y de que él estaría al frente de la gobernación militar en Malvinas.