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En esta obra se presenta resumidamente la información necesaria para los requisitos de Historia de la Iglesia, exigidos en las clases del Ministerio Joven, y otras curiosidades sobre los pioneros del Movimiento Adventista. Además, es un excelente material para conocer mejor la historia, la organización y los departamentos de la IASD. En síntesis, "Nuestra herencia" es un compendio histórico de la vida de los pioneros adventistas, y de algunos acontecimientos que muestran la dirección y la providencia de Dios al establecer el movimiento.
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Seitenzahl: 261
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Historia de la Iglesia Adventista
Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Nuestra herencia
Título del original en inglés: Church Heritage. A Course in Church History. Youth Area of Ministries of the Church Department of SDA, 1985.
Dirección: Aldo D. Orrego
Traductor: Roberto Gullón
Diseño de tapa: Nelson Espinoza
Diseño del interior: Marcelo Benítez
Ilustración de tapa: Centro White – UNASP y Nelson Espinoza
Es propiedad. © Depto. de Ministerios de la Iglesia de la AG de la IASD, 1985. © ACES, 1993.
IMPRESO EN LA ARGENTINA
Printed in Argentina
Primera edición, e - Book
MMXXI
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-385-2
Departamento de Jóvenes de la Asociación General. Iglesia Adventista del 7º Día.
Nuestra herencia : Historia de la Iglesia Adventista / Dirigido por Aldo Dante Orrego / Ilustrado por Nelson Espinoza. - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo digital: Online
Traducción de: Roberto Gullón.
ISBN 978-987-798-385-2
1. Iglesia Adventista. 2. Historia. I. Orrego, Aldo Dante, dir. II. Espinoza, Nelson, ilus. III. Gullón, Roberto, trad. IV. Título.
CDD 286.7
Publicado el 26 de marzo de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)
E-mail: [email protected]
Website: editorialaces.com
Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permis
Esta obra contiene las informaciones necesarias para los requisitos de Historia de la Iglesia exigidos en las clases de Ministerio Joven. También puede ser una buena fuente de ayuda para los que deseen conocer mejor la organización y los departamentos de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Además, será útil para que los jóvenes vean los senderos maravillosos por los cuales el Señor ha guiado a su pueblo, y viéndolos, se inspiren para estudiar y se preparen para servir.
En relación con esto, la Sra. Elena de White, ya avanzada en edad, al mirar retrospectivamente el progreso del movimiento, exclamó: “Como he participado en todo paso de avance hasta nuestra condición presente, al repasar la historia pasada, puedo decir: ¡Alabado sea Dios!’Al ver lo que el Señor ha hecho, me lleno de admiración y de confianza en Cristo como Director. No tenemos nada que temer del futuro, a menos que olvidemos la manera en que el Señor nos ha conducido, y lo que nos ha enseñado en nuestra historia pasada” (Notas biográficas de Elena de White, p. 216; Joyas de los testimonios, t. 3, p. 443).
Aunque este manual contiene todos los datos necesarios, los jóvenes pueden profundizar los conocimientos de nuestra historia denominacional al recurrir a los siguientes libros de referencia:
El gran movimiento adventista - Emma E. Howell (ACES: s.f.)
El movimiento adventista - Marcelo I. Fayard (ACES: 1922)
Fundadores del mensaje - Everett Dick (ACES: 1949 y 1995)
La historia de nuestra iglesia - Archa O. Dart y otros (ACES: 1963)
La mano de Dios al timón - Enoch de Oliveira (ACES: 1986)
En las huellas de la Providencia - Héctor J. Peverini (ACES: 1988)
Dilo al mundo - C. Mervyn Maxwell (APIA: 1990)
¡En marcha! - C. Mervyn Maxwell (ACES: 1990 y 2004)
Portadores de luz - Richard W. Schwarz y Floyd Greenleaf (ACES: 2002)
Our Story of Missions - William A. Spicer (PPPA: 1921)
Footprints of the Pioneers - Arthur W. Spalding (RHPA: 1947)
Origin and History of SDA - Arthur W. Spalding
(RHPA: 1961-1962; 4 tomos)
Movement of Destiny - LeRoy Edwin Froom (RHPA: 1971)
A Brief History of SDA - George R. Knight (RHPA: 1999)
Es necesario aclarar que este libro, por haber sido escrito originalmente hace más de una década, contiene información no actualizada, tanto en relación con el último presidente de la Asociación General como en cuanto a las distintas divisiones mundiales de la Asociación General y las uniones de la División Sudamericana. No obstante, es un excelente manual para conocer la historia de nuestra iglesia.
NOTA: Los párrafos señalados con asterisco [*] son de particular importancia.
La historia de la iglesia de Dios se extiende de Edén a Edén. Con el transcurso de los siglos, las personas que obedecieron a Dios fueron llamadas con distintos nombres, tales como: “hijos de Dios” (Gén. 6:2-4); “linaje de Abraham” (Juan 8:33); “hijos de Israel” (Gén. 45:21); “cristianos” (Hech. 11:26), etc., pero lo importante es que todos sostuvieron las mismas creencias fundamentales.
La iglesia de los tiempos del Antiguo Testamento aceptó los enunciados de la Ley de Dios como su regla y estilo de vida. Es imposible cambiar la Ley de los Diez Mandamientos porque, en sí misma, es una expresión del carácter de Dios, el cual es universal, eterno e inmutable. Es cierto que los Mandamientos fueron dados por primera vez, en forma escrita, a Moisés en el Sinaí, pero la Biblia demuestra que existían desde el principio y que el pueblo de Dios los guardaba antes del Sinaí. Por ejemplo, Dios dijo: “Oyó Abraham mi voz, y guardó mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes” (Gén. 26:5).
Dios ha tenido un solo método de salvación, una sola norma de justicia, a través de todas las edades. En Salmo 105:8 al 11, descubrimos que Dios hizo un convenio, o “pacto sempiterno”, con Abraham, Isaac, Jacob y los hijos de Israel. Dios declara que ese pacto fue hecho para siempre: “la palabra que mandó para mil generaciones”. No es correcto decir que en tiempos del Antiguo Testamento la gente estaba bajo la Ley, y que en los del Nuevo Testamento está bajo la gracia. Dios siempre mantuvo una armonía o equilibrio entre la Ley y la gracia. Somos salvados a través de la fe en el Señor Jesucristo. Y al experimentar esta salvación y mantener una relación salvadora con él, nos deleitamos en hacer su voluntad.
Los miembros de iglesia del Antiguo Testamento mostraban su fe en el plan de salvación a través de los sacrificios. Aceptaron por fe el plan de Dios porque los sacrificios eran un símbolo del Cordero de Dios, que vendría y quitaría los pecados del mundo. Llegaron, así, a ser hombres y mujeres libres, nuevas criaturas, por medio de la fe en el Mesías que vendría. La esperanza de todos los tiempos ha sido siempre la prometida venida del Señor.
Dios guió a los miembros de iglesia del Antiguo Testamento enviándoles instrucciones por medio de los profetas. Moisés fue el primer escritor a quien Dios usó a fin de dejar instrucciones permanentes para su iglesia, y para registrar por escrito las experiencias del pueblo en beneficio de las generaciones futuras. Esos escritos inspirados se leían a las congregaciones en los días sábados y en otras ocasiones especiales. Los escritos de esos profetas son conocidos hoy con el nombre de Antiguo Testamento.
La iglesia del Nuevo Testamento recibió, o heredó, sus creencias fundamentales de la iglesia del Antiguo Testamento. Aceptó la Ley de Dios como regla y estilo de vida. Como Jesús sabía que algunos pensarían que había venido para reemplazar, anular o cambiar las enseñanzas del Antiguo Testamento y la Ley, dijo: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir” (Mat. 5:17).
Al igual que la iglesia del Antiguo Testamento, la iglesia del Nuevo Testamento amaba y reverenciaba la Ley de Dios. Pablo declaró: “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios” (Rom. 7:22).
La iglesia del Nuevo Testamento tuvo el privilegio de tener entre ella, en forma humana, al Señor de la gloria. Desafortunadamente, muchos de los miembros de iglesia del Nuevo Testamento, aunque estudiaban las Escrituras, estaban tan rodeados de paredes de tradición que erraron, al no aceptar a Jesús como el Salvador del mundo. Los apóstoles continuaron predicando el mensaje de que “en ningún otro hay salvación: porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hech. 4:12).
La iglesia apostólica fue organizada luego de la ascensión de Cristo, y el apóstol Santiago llegó a ser el primer presidente general. La iglesia tenía un fuerte programa de evangelización. Además de los Doce, encontramos a Pablo, quizás el más grande evangelista de todos los tiempos, y a Bernabé, Silas, Juan Marcos, Apolos, Timoteo, Tito, etc. También los diáconos fueron elegidos como oficiales (dirigentes o funcionarios ejecutivos) de la iglesia apostólica.
Parece que la sede central u oficinas de la iglesia primitiva estaban ubicadas en Jerusalén, pero los apóstoles y los maestros (quienes enseñaban la doctrina) habían recibido la orden de ir “por todo el mundo” y predicar “el evangelio a toda criatura” (Mar. 16:15).
Esos oficiales de la iglesia primitiva escribieron por inspiración divina los Evangelios y las Epístolas, no solamente para beneficio de la iglesia de sus días, sino también para la iglesia cristiana de los siglos venideros.
Pocas semanas después de haber ascendido el Señor a los cielos, los miembros de iglesia del Nuevo Testamento comenzaron a sufrir persecuciones. Los discípulos fueron encarcelados por predicar; Esteban fue el primer mártir. A medida que el cristianismo se difundía por el Imperio Romano, la iglesia entraba en contacto con el paganismo, y los seguidores de Jesús eran muchas veces encarcelados, torturados y muertos. La época más oscura de la persecución se extendió entre el año 100 y el 300 de nuestra era. Pero como la espada no logró exterminar a la iglesia cristiana, el enemigo de las almas utilizó otro método de ataque: intentó unir a la Iglesia con el Estado, haciéndola popular e introduciendo en aquella ceremonias y ritos paganos.
Así se fueron infiltrando, poco a poco, falsas enseñanzas. Y a medida que los cristianos se iban haciendo ricos y poderosos, tanto en el mundo de los negocios como en el Gobierno, la fe primitiva, pura y sencilla, se fue perdiendo. En el año 476, las tribus bárbaras del norte derribaron al Imperio Romano, y en la lucha que siguió, la cabeza de la iglesia que estaba en Roma, conocida como el “obispo de Roma”, se engrandeció y se convirtió en cabeza de toda la iglesia.
La Biblia no fue colocada en las manos de los miembros de iglesia, en parte porque en esos tiempos solo existían copias manuscritas; pero principalmente porque aquellos que dirigían la iglesia tenían temor de que la gente estudiara las Sagradas Escrituras y descubriera que algunas doctrinas de la iglesia –tales como la de la inmortalidad del alma, la adoración de los santos, la existencia del purgatorio y la observancia del domingo– no habían sido enseñadas por el Señor Jesucristo.
La Iglesia Católica Romana sostiene que fue ella que cambió el día de adoración del sábado, séptimo día de la semana, al domingo, primer día de la semana. La historia y la Biblia muestran que la observancia del domingo, como institución cristiana, provino del paganismo introducido en la iglesia.
A pesar del compromiso con el error y la apostasía que se introdujeron en la iglesia, siempre hubo un grupo, o remanente, fiel que tenía la fe de Jesús y guardaba los Mandamientos de Dios.
En el siglo VI, los obispos de Roma ya ejercían el poder sobre la mayoría de las iglesias cristianas. Ese fuerte sistema de jefatura llegó a conocerse con el nombre de papado, con el Papa como su jefe. En el año 538, el poder del Papa llegó a ser supremo y gobernó durante 1.260 años, tal como había sido predicho por Daniel y Juan en sus libros proféticos. Este período de supremacía papal terminó en 1798, cuando el Papa fue tomado prisionero.
Utilizando la fuerza de la autoridad secular, la iglesia obligó a los seguidores de Jesús a escoger entre aceptar las falsas doctrinas y las ceremonias paganas del catolicismo o sufrir el encarcelamiento, y quizá la muerte, a manos de la espada o de la hoguera. A este largo período de la historia se lo conoce con el nombre de Edad Media, o Edad Oscura. Como dijo un historiador, “el mediodía del papado fue la medianoche del mundo” (J. A. Wylie, citado en El conflicto de los siglos, p. 64).
“Aunque sumida la Tierra en tinieblas durante el largo período de la supremacía papal, la luz de la verdad no pudo apagarse por completo. En todas las edades hubo testigos de Dios, hombres que conservaron su fe en Cristo como único mediador entre Dios y los hombres, que reconocían la Biblia como única regla de su vida y santificaban el verdadero día de reposo. Nunca sabrá la posteridad cuánto debe el mundo a esos hombres. Se los marcaba como herejes, los móviles que los inspiraban eran impugnados, su carácter difamado y sus escritos prohibidos, adulterados o mutilados. Sin embargo, permanecieron firmes, y de siglo en siglo conservaron pura su fe, como herencia sagrada para las generaciones futuras” (El conflicto de los siglos, p. 66).
“En los países que estaban fuera de la jurisdicción de Roma, existieron por muchos siglos grupos de cristianos que permanecieron casi enteramente libres de la corrupción papal... Creían estos cristianos en el carácter perpetuo de la Ley de Dios, y observaban el sábado del cuarto Mandamiento. Hubo en el África Central y entre los armenios del Asia iglesias que mantuvieron esta fe y esta observancia.
“Mas entre los que resistieron las intrusiones del poder papal, los valdenses fueron los que más sobresalieron. En el mismo país donde el papado asentara sus reales fue donde encontraron mayor oposición su falsedad y corrupción...
“Los valdenses se contaron entre los primeros de todos los pueblos de Europa que poseyeron una traducción de las Santas Escrituras...Tras los elevados baluartes de sus montañas, refugio de los perseguidos y oprimidos en todas las edades, hallaron los valdenses seguro escondite. Allí se mantuvo encendida la luz de la verdad en medio de la oscuridad de la Edad Media. Allí, los testigos de la verdad conservaron por mil años la antigua fe” (ibíd., pp. 68-71).
Juan Wiclef “fue el heraldo de la Reforma no solo para Inglaterra, sino para toda la cristiandad. La gran protesta que contra Roma le fue dado lanzar, no iba a ser nunca acallada...
“Cuando la atención de Wiclef fue dirigida a las Sagradas Escrituras, se consagró a escudriñarlas con el mismo empeño que había desplegado para adueñarse por completo de la instrucción que se impartía en los colegios...
“Dios le había señalado a Wiclef su obra. Puso en su boca la palabra de verdad y colocó una custodia en derredor suyo, para que esa palabra llegase a oídos del pueblo. Su vida fue protegida, y su obra continuó hasta que hubo echado los cimientos para la grandiosa obra de la Reforma.
“Wiclef fue uno de los mayores reformadores” (ibíd., pp. 85-100).
Juan Huss fue uno de los miembros de la iglesia de la Reforma que leyó y creyó en los escritos de Juan Wiclef. Al ordenarse como sacerdote, denunció las enseñanzas de la iglesia que no tenían base bíblica y su predicación despertó el interés de cientos de estudiantes de toda Bohemia y Alemania. Huss terminó siendo condenado a la hoguera, tal como lo fuera Jerónimo, que había sido su compañero y apoyo.
Pero el empuje mayor de la iglesia del período de la Reforma surgió como resultado del valor y la fe de Martín Lutero. A los 21 años, ya era un erudito consumado. Leyó la Biblia en latín, la primera que había visto, y memorizó porciones de ella. A través de una experiencia dramática, llegó a la comprensión de que el “justo vivirá por la fe”.
El 31 de octubre de 1517 clavó en la pesada puerta de madera de la iglesia del castillo de Wittenberg una lista con 95 tesis, o declaraciones doctrinarias. Más tarde, esas tesis fueron impresas y esparcidas por toda Europa. Cuando se le pidió que se retractara, respondió: “Yo no puedo ni quiero retractar nada, por no ser digno de un cristiano hablar contra su conciencia. Heme aquí; no me es dable hacerlo de otro modo. ¡Que Dios me ayude! ¡Amén!” (ibíd., pp. 170, 171).
La iglesia de la Reforma se expandió gracias a la traducción de la Biblia al alemán, realizada por Martín Lutero.
Felipe Melanchton era un amigo íntimo de Lutero, y profesor también en la Universidad de Witenberg. Ayudó a redactar la Confesión de Augsburgo, que marcó un punto culminante de la Reforma protestante.
Juan Calvino, francés, apoyó a los hugonotes. Desde Ginebra, en Suiza, donde vivía, salieron muchos estudiantes que fueron luego a España, Inglaterra y otros países, donde apoyaron la Reforma. Uno de sus más entusiastas alumnos fue Juan Knox, cuya prédica conmovió los cimientos de la apostasía en Escocia.
Ulrico Zuinglio fue el reformador en Suiza en la época de Lutero. Era pastor de la catedral de Zurich. Suiza llegó a ser un modelo de paz y de orden como nación y centro protestante.
En Escandinavia también prosperó la Reforma. Los hermanos Petri tradujeron la Biblia al sueco, y Suecia se convirtió en un país protestante. Juan Tausen predicó el mensaje de la Reforma en Dinamarca, y como resultado de su obra y de la traducción de la Biblia al danés, hecha por Pedersen, Dinamarca se volvió protestante.
La iglesia de la Reforma fue ayudada por medio de posteriores traducciones de la Biblia a otros idiomas. Guillermo Tyndale y la invención de la prensa dieron a la gente común de Inglaterra la Biblia en su propio idioma. La Biblia libertó a hombres y a mujeres en numerosos países. La Palabra de Dios disipó la oscuridad; la ignorancia fue reemplazada por las Escrituras. Más tarde, reformadores como Juan Wesley llevarían las verdades evangélicas a alturas más prominentes.
El 16 de septiembre de 1620, unos cien peregrinos, hombres y mujeres de fuerte voluntad y profundo fervor religioso, e impulsados por el intenso deseo de disfrutar de libertad religiosa, se embarcaron en un navío llamado Myflower y se dirigieron a lo que hoy se conoce como los Estados Unidos de Norteamérica. Su osadía abrió el camino para otros amantes de la libertad, como Roger Williams. Williams llegó a ser fundador de la colonia de Rhode Island, el primer grupo que se estableció en aquellos parajes con una forma de gobierno republicana y libertad religiosa total.
Al inglés Guillermo Carey (1761-1834) se lo conoce como el padre de las misiones modernas. En su juventud trabajaba como zapatero, y en la pared de su taller tenía un gran mapamundi. Este zapatero se sintió, un día, inspirado a viajar a tierras extranjeras, inducido por los relatos de viajes del capitán Cook.
Como resultado de un sermón que predicó a un grupo de ministros, se formó la primera sociedad misionera, y él mismo se embarcó, yendo a la India como primer misionero a tierras extranjeras. A pesar de las dificultades y las frustraciones que tuvo que soportar, encontró tiempo para traducir porciones de las Escrituras y colocar los cimientos de las misiones modernas.
A principios del siglo XIX, las iglesias protestantes llegaron a tener una conciencia misionera. Como resultado, empezaron a surgir en muchos países sociedades dedicadas a sostener las misiones extranjeras. En Inglaterra y los Estados Unidos se establecieron no menos de siete sociedades durante el cuarto de siglo que siguió al establecimiento de la primera sociedad misionera de la iglesia en 1799. Había empezado la era de las misiones modernas. Entre los que sufrieron privaciones y pérdidas por su afán de extender el evangelio, se cuentan los siguientes nombres:
Guillermo Carey –Primer misionero a la India.
Robert Morrison –Preparó un diccionario Inglés-Chino y publicó la Biblia.
Adoniram Judson –Tradujo la Biblia al birmano y también trabajó en la India.
David Livingstone –Abrió el continente africano al cristianismo.
Robert Moffat –Fue pionero en el África.
John Williams –El primero en trabajar en el Pacífico, con el barco “El mensajero de paz”.
John G. Paton–Trabajó en las islas del sur del Pacífico y su vida fue amenazada 53 veces por los caníbales.
La extraordinaria doctrina apostólica de la segunda venida de Cristo, el reavivamiento del interés en este evento producido por la predicación de los reformadores, y las señales que se iban cumpliendo y que indicaban la proximidad del retorno del Señor, constituyeron el trasfondo que dio ímpetu a la predicación de la doctrina de la Segunda Venida a principios del siglo XIX. La obra de Guillermo Miller fue importantísima en este movimiento. Pero también hubo otros hombres, en diversos países, a quienes Dios suscitó para que se levantaran y predicaran con vigor y entusiasmo la verdad de la inminente venida del Señor Jesús.
Su venida a la Tierra por segunda vez como Rey de reyes y Señor de señores, fue anunciada por los profetas del Antiguo Testamento y se repite insistentemente, en forma recurrente, en todo el Nuevo Testamento. La esperanza del regreso de Cristo fortaleció y sostuvo a los cristianos durante la época de iglesia de la Edad Oscura, a través de siglos de persecución y martirio. Los reformadores creían en las profecías que hablan de este evento, y expresaron su certidumbre de que no pasaría mucho tiempo antes de que Jesús volviera a esta Tierra. Pero, al llegar al siglo XIX descubrimos que el tema de la Segunda Venida se convierte en un tema dominante en muchos sectores de la iglesia, y que dicho tema fue responsable de un gran despertar religioso: el despertar adventista. Este aspecto emocionante de la historia de la iglesia será presentado en detalle en el próximo capítulo.
El término remanente es una palabra bíblica que describe, denomina, apellida y designa a la iglesia de Cristo en el último período de la historia de esta Tierra. Al igual que un retazo de tela es el último pedazo de una pieza de tela, así la iglesia remanente es la última parte de la iglesia a través de las edades. Y así como el último pedazo, o retazo, de una pieza de tela es idéntico a la tela del principio de la pieza, así también la iglesia remanente es la misma verdadera iglesia que Dios ha tenido en el mundo desde el comienzo de los tiempos.
En el libro del Apocalipsis, el apóstol Juan menciona las siguientes características de la iglesia remanente (memorizar los textos y sus referencias):
a. Guarda los Mandamientos de Dios (Apoc. 12:17).
b. Tiene el testimonio de Jesús, es decir, el Espíritu de Profecía (Apoc. 12:17; 19:10).
c. Proclama el mensaje de los tres ángeles a cada nación, tribu, lengua y pueblo (Apoc. 14:6-11).
d. Llama la atención de la gente a la hora del juicio de Dios (Apoc. 14:7).
e. Anuncia que la Babilonia espiritual ha caído (Apoc. 14:8).
f. Previene, alerta, a hombres y a mujeres sobre los resultados de recibir la marca de la bestia (Apoc. 14:9-11).
g. Tiene la paciencia, o perseverancia, de los santos (Apoc. 14:12).
h. Tiene la fe de Jesús (Apoc. 14:12).
La iglesia remanente debe defender, contender y luchar “ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 3). O, como dice la Biblia de Jerusalén, “combatir por la fe que ha sido transmitida a los santos de una vez y para siempre”. El apóstol nos exhorta “a defender con firmeza la verdad que Dios, una vez y por todas, dio a su pueblo para que la guardara inmutable a través de los años” (versión La Biblia al día). En otras palabras, la iglesia remanente debe continuar la obra de restauración iniciada por la Reforma protestante. Debe iniciar de nuevo la “Protesta”, aun entre los mismos protestantes, conduciendo a hombres y a mujeres a protestar en contra de la sustitución de la verdad bíblica por la tradición de los hombres. Debe proclamar la reforma anunciada y bosquejada en la Palabra de Dios, para que la gente pueda caminar a la luz de la Palabra de Dios, en vez de hacerlo a la luz de las enseñanzas de los hombres.
Dios, en su designio, ordenó, o suscitó, un movimiento que precisamente antes de la segunda venida de Jesús predicaría el evangelio eterno y el mensaje de los tres ángeles en todo el mundo. Así como Juan el Bautista fue el heraldo, o precursor, del primer advenimiento de Cristo, así la iglesia remanente debía ser, según planes trazados por Dios, el heraldo de su Segundo Advenimiento. Las Escrituras dicen que “hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan” (Juan 1:6), a quien Dios envió como testigo de que Jesús era la luz verdadera. La Biblia además dice que habría una iglesia remanente enviada también por Dios.
Las enseñanzas de la Iglesia Adventista armonizan con las de la iglesia cristiana a través de los siglos. A medida que estudies la Biblia, descubrirás que verdades tales como la salvación por la gracia a través de la fe, el Juicio, la santidad del sábado, o séptimo día de la semana, el bautismo por inmersión, el diezmo, el don de profecía, el Segundo Advenimiento, el estado inconsciente del hombre durante la muerte, la separación del mundo, por mencionar solo algunas, fueron todas ellas enseñanzas sostenidas por la iglesia en otras épocas. El mismo Señor Jesús, que es nuestro ejemplo supremo, fue bautizado por inmersión, guardó el sábado como día de reposo, enseñó la santidad del matrimonio y la responsabilidad de devolver el diezmo, y alertó a los hombres acerca del Juicio venidero. Todas estas son enseñanzas de la Iglesia Adventista en nuestros días.
El Señor tiene ovejas en todas las religiones. Esas ovejas son aquellas personas que caminan y viven a la luz de su Palabra, a medida que la comprenden. Cuando el corazón honesto comprenda el mensaje de los tres ángeles de Apocalipsis 14, lo obedecerá. Juan dice que llegará el día cuando aquellas ovejas que están todavía dentro de la Babilonia espiritual saldrán de ella (Apoc. 18:4). Dios quiere que sus ovejas se unan a la iglesia remanente, para que puedan llegar a ser testigos de la verdad y que estén listos y esperando la venida de Jesús.
Tú tienes el privilegio de ser miembro de la iglesia remanente. Tienes mucha luz, y por eso Dios te ha dado la responsabilidad de vivir bajo esa luz. En los siguientes capítulos, presentaremos un bosquejo de la historia de la iglesia remanente. A medida que avancemos, sentirás que Dios ha estado guiando a la organización y las actividades de la iglesia remanente. Decídete hoy a ser, por la gracia de Dios, un verdadero representante de esta iglesia, un representante que honestamente pueda cantar: “Dame la fe de mi Jesús, / es mi oración, oh buen Señor, / la fe que al alma da la paz, / la fe que salva del temor; / fe de los santos galardón, / gloriosa fe de salvación” (Himnario Adventista, Nº 371).
Tres señales naturales, ocurridas en el mundo natural en 1755, 1780 y 1833, indicaron, señalaron y apuntaron dramáticamente hacia la segunda venida del Señor.
La primera se conoce como el sorprendente “terremoto de Lisboa”, por haber tenido allí su epicentro, aunque afectó grandes zonas de Europa y África. Se sintió tan al norte como Suecia y Noruega, y tan al oeste como Groenlandia, América del Norte y las Antillas. En total, abarcó una región de casi 7 millones de kilómetros cuadrados. Muchas personas corrían de un lado para el otro, gritando: “¡Llegó el fin del mundo! ¡Llegó el fin del mundo!” El terremoto del 1º de noviembre de 1755 cumplió la profecía de la apertura del sexto sello, registrada en Apocalipsis 6:12 y 13.Veinticinco años después de este terremoto, se oscureció el sol, como cumplimiento de otra extraordinaria señal. Jesús había predicho este suceso en el Monte de las Olivas, cuando prenunció a sus discípulos: “Pero en aquellos días, después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor” (Mar. 13:24). El período profético de 1.260 años, al que Jesús hizo referencia al decir “en aquellos días”, terminó en 1798; pero la persecución, tal como la profecía lo predijo, fue acortada como resultado de la Reforma protestante. Esto sucedió por medio de un decreto de la emperatriz María Teresa, y las Actas de Tolerancia de 1773 a 1776. Por tanto, de acuerdo con la profecía, el oscurecimiento del sol tendría que suceder después de estas fechas y antes de que terminaran los 1.260 años en 1798. Y, efectivamente, ese fenómeno ocurrió el 19 de mayo de 1780, y quedó registrado en la historia como “el día oscuro”.Los periódicos de ese día relatan las circunstancias extrañas del evento, que ocurrió en los Estados del nordeste de Norteamérica. Un año más tarde, Noé Webster escribiría: “Jamás se dio una razón satisfactoria para explicar la causa de ese oscurecimiento”. Quienes describen la oscuridad de la noche de ese día, noche de luna llena, dijeron que “si cada cuerpo luminoso del universo hubiese sido eliminado de su existencia, ni aun así la oscuridad podría haber sido tan completa”. Un médico que visitaba a sus pacientes cuando ocurrió el fenómeno, dijo que no podía ver el pañuelo blanco colocado ante sus ojos. La oscuridad era tan densa que parecía poder palparse.
Este fenómeno tuvo un efecto solemne sobre los hombres, las mujeres y los niños. Las iglesias abrieron sus puertas para realizar reuniones de oración, ya que la gente creía que había llegado el día del Juicio final. Luego de la medianoche, la oscuridad desapareció, y apareció la luna llena con apariencia de sangre.
Jesús predijo, también, una gran caída de las estrellas. Esa fue otra de las señales en el reino atmosférico, o cielos, para que todos pudieran observarla. De acuerdo con lo que dice Juan en el Apocalipsis, las estrellas caerían del cielo en todas direcciones, “como la higuera deja caer sus higos” (Apoc. 6:13). Este suceso tuvo lugar el 13 de noviembre de 1833 (en el hemisferio occidental, y se repitió pocos días después, el 25 de noviembre, sobre Europa), apenas dos años después de que Guillermo Miller comenzara a predicar la inminencia de la segunda venida del Señor Jesús.