Nuestro reto climático - José Miguel Viñas - E-Book

Nuestro reto climático E-Book

José Miguel Viñas

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Beschreibung

A mitad de camino entre el ensayo y el libro de divulgación científica, Nuestro reto climático ofrece al lector de forma amena y comprensible todas las claves del mayor desafío al que jamás se ha enfrentado la humanidad: un rápido calentamiento global que lleva nuestra firma y al que resultará difícil adaptarse si no cambiamos profundamente nuestro modelo de sociedad. Estamos obligados a actuar con urgencia, en la década actual, para lograr la descarbonización en 2050 y esquivar los peores escenarios que plantean las proyecciones climáticas dadas a conocer por el Sexto informe del IPCC, publicado en el 2022, cuyos datos y conclusiones principales también se encuentran recogidos en estas páginas.

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Seitenzahl: 299

Veröffentlichungsjahr: 2022

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José Miguel Viñas

NUESTRO RETO CLIMÁTICO

Todavía estamos a tiempo de saldar nuestra deuda con el mundo y construir un futuro mejor

Primera edición en esta colección: septiembre de 2022

© José Miguel Viñas, 2022

© del prólogo, Javier Martín Vide, 2022

© de la presente edición: Editorial Alfabeto, 2022

Editorial Alfabeto S.L.

Madrid

www.editorialalfabeto.com

ISBN: 978-84-17951-31-3

Ilustración de portada: Alba Ibarz

Diseño de colección y de cubierta: Ariadna Oliver

Diseño de interiores y fotocomposición: Grafime Digital S. L.

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

ÍNDICE

PRÓLOGO, de Javier Martín VidePREFACIOI. EL CAMBIANTE CLIMA TERRESTREEl calentamiento global primigenioAlternancia de frío y calorBolas de nieveClimatología forenseHijos del climaII. LA SINGULARIDAD DEL CAMBIO CLIMÁTICO ACTUALRapidez y vulnerabilidadCuestión de confianzaCO2 hasta en la sopa (caliente)Instalados en la zona rojaLa nueva normalidadIII. CONEXIONES CLIMÁTICASDel clima al sistema climáticoAcción-reacción en la atmósferaAlgo pasa en el ÁrticoGroenlandia y la Antártida bajo lupaOlas de calor marinasIV. UN FENÓMENO GLOBAL CADA VEZ MÁS LOCALLa nueva conversación de ascensorLa globalización del calor extremoMás energía disponibleFilomena y LuciferCalores mortales y adversidades variasV. PROYECCIONES Y ESCENARIOS DEL CLIMA FUTUROUna emergencia emergentePase de modelosCinco caminos a elegirDescarbonizar el mundoUn profundo cambio socialLas migraciones climáticasEl negacionismoVI. SORPRESAS CLIMÁTICASTerritorios ignotosEmisiones de metanoClaves oceánicasEPÍLOGO. UN RETO SIN PARANGÓN EN LA HISTORIA HUMANALA BIBLIOTECA DEL CLIMAAGRADECIMIENTOS

A mi querido suegro, José Antonio González, allá donde esté.

PRÓLOGO

El mundo actual se caracteriza, a cualquier escala de análisis (desde la global a la local), por su complejidad, por la aceleración de los cambios que en él se producen y por la incertidumbre sobre el futuro, incluso el próximo. Se dibuja así un planeta acelerado y cambiante que, además, se nos ha hecho pequeño. Los aproximadamente 40.000 kilómetros de la circunferencia terrestre son hoy los que acumulan, en apenas unos años, los cuentakilómetros de nuestros automóviles, pues tal es nuestra movilidad y capacidad de desplazamiento en un contexto de globalidad. En este planeta pequeño vivimos ya cerca de ocho mil millones de humanos (que serán prácticamente diez mil millones en 2050), y cada día consumimos una cantidad ingente de recursos y producimos un volumen enorme de residuos. En 2021 necesitábamos 1,7 planetas Tierra para cubrir las necesidades anuales de recursos y servicios ecosistémicos, lo que significa que estábamos produciendo, y ya desde hace tiempo, una deuda ecológica, que tendrán que afrontar las generaciones futuras. Desde las últimas dos décadas del siglo XX, nuestro impacto en el medio tiene una escala de afección global, y la primera manifestación de ello, ya claramente visible, es el calentamiento global, una nueva realidad que, muy pronto, dejará de tener el carácter de novedad.

El calentamiento global actual es la principal manifestación del cambio climático antrópico, pero no la única. Es un fenómeno rotundo y general, aunque desigual y del que ya puede afirmarse que es inequívoco en su causa. El aumento de la temperatura del aire en superficie es de prácticamente 1,2 °C con respecto al valor de referencia, el de la temperatura media de la segunda mitad del siglo XIX. En particular, la cuenca del Mediterráneo y sus tierras circundantes son particularmente sensibles al fenómeno. Han experimentado un aumento de la temperatura paralelo al planetario, pero con una tasa algo mayor, de prácticamente un grado y medio (de hot spot [punto caliente] se califica a esta región).

El cambio climático no es una novedad en la larga historia geológica de la Tierra. Como es sabido, en los 4.500 millones de años de existencia del planeta ha habido muchos cambios climáticos, algunos de gran magnitud. La novedad del actual es su causa, por primera vez antrópica. Puede afirmarse que nuestro sistema socioeconómico, consumista y dependiente de los combustibles fósiles, se ha convertido en el sexto componente del sistema climático, constituido por la atmósfera, el océano, la superficie emergida, la biosfera y la criosfera. Los humanos somos ya capaces de alterar las componentes naturales del sistema climático a una escala global. Dejamos huella visible en el conjunto del planeta. Por tanto, el clima futuro dependerá no solo de la actividad solar y de la volcánica, y de otras causas naturales (como ocurrió en el pasado y lo seguirá haciendo en el devenir de los tiempos), sino también de cómo actuemos nosotros. Tenemos, pues, una gran responsabilidad para nuestros congéneres y los demás seres vivos.

Cada uno de nosotros ha de asumir éticamente, aun sabiendo que no resolverá por sí solo el problema, las pautas de sostenibilidad y los buenos hábitos de contención en el consumo, de movilidad activa, de implicación responsable en las opciones que rebajen nuestra huella en el medio, etc. Y algunas personas, dotadas para la comunicación y con el conocimiento profundo de la problemática, añaden a su responsabilidad personal la labor impagable de la comunicación y la divulgación rigurosa para que podamos comprender lo que está ocurriendo y a lo que nos enfrentamos. Este es el caso del autor del presente libro.

José Miguel Viñas es, sin duda, un extraordinario comunicador, que une a su sólida formación científica, como físico, una gran capacidad de transmisión del conocimiento y de empatía con el destinatario, sea el oyente radiofónico, el seguidor de sus vídeos o el lector de sus libros y artículos. Nos ha regalado magníficos libros —ya nueve—, donde aprende el gran público, el estudiante y hasta el especialista. Baste recordar su reciente Conocer la Meteorología. Diccionario ilustrado del tiempo y el clima (2019), soberbio diccionario, difícilmente superable en español, de términos de las ciencias de la atmósfera o vinculados a ellas.

Desde hace un cuarto de siglo divulga el conocimiento de la atmósfera y, en conjunto, del sistema climático en todo tipo de medios y plataformas. Ahora, en la obra que tengo el honor de prologar, aborda directamente el cambio climático con un enfoque reflexivo, a modo de ensayo sobre la problemática, dirigido a un lector interesado en el tema o atento a la actualidad y la evolución del mundo. Encuadra la realidad de un planeta siempre en cambio físico retrotrayéndose a la Tierra primigenia y a la atmósfera en formación o explicando el impacto climático de las grandes erupciones volcánicas. Nos recuerda el clima del pasado remoto en un ejercicio de «climatología forense» y la forzosa adaptación de nuestros antepasados homínidos a los ciclos glaciales del Cuaternario.

La problemática del CO2 y de los otros gases de efecto invernadero está perfectamente resumida. El papel del hielo, especialmente el de la cuenca del Ártico, la región más crítica del planeta en cuanto al calentamiento, ocupa destacadas páginas de la obra. De un modo fácilmente comprensible, describe las diferentes vertientes del cambio climático actual con información referencial, lo que permite apreciar sus diferentes facetas, no exclusivamente físicas o ambientales. Selecciona objetiva y adecuadamente los datos y las informaciones para evitar que el lector se pierda en el bosque del exceso informativo, que conduce a menudo a la desinformación o a la desconexión.

En Nuestro reto climático José Miguel Viñas quiere captar la atención del lector en lo esencial de los procesos y sus efectos, por lo que sobran las figuras tan llamativas de otros de sus libros. Y lo hace con un lenguaje claro y preciso. La claridad expositiva es una de las cortesías hacia sus lectores y seguidores, cualidad que se une a su talante amable y solícito ante cualquier requerimiento para participar en foros y conferencias de meteorología y climatología. Se percibe con nitidez, además, tanto en sus escritos como en sus intervenciones públicas, la pasión por lo que hace. Es, sin duda, un profesional de la comunicación de los asuntos vinculados a las ciencias de la atmósfera auténticamente vocacional.

Los extremos climáticos, cada vez más intensos y frecuentes en el conjunto del planeta, constituyen otro de los focos de atención del libro. ¿Quién no recuerda en España los temporales, diferentes, pero muy extremos, como Filomena o Gloria? Naturalmente, se tratan también las proyecciones climáticas, con las cinco posibles sendas que nos ofrece el Sexto Informe del IPCC, de las cuales solo una, la de la neutralidad de carbono en 2050, nos conduciría a un final de siglo con un aumento térmico limitado a un poco menos de 1,5 °C.

El lector de Nuestro reto climático bebe en buenas fuentes, en conocimiento contrastado, en información veraz, lejos de los excesos catastrofistas, que, al final, conducen a la inacción, cuando es tiempo de actuar urgentemente. ¿O no han declarado las instituciones públicas y otros actores que estamos en emergencia climática? Incluso el conocimiento procede, en algún caso, de la experiencia vivencial del autor; por ejemplo, de su participación en 2018 en la XXXI Campaña Antártica Española y de su estancia en la base científica española de la isla Livingston. Viñas no nos oculta la gravedad del problema y la magnitud del reto de descarbonizar la economía para conseguir que el calentamiento global no supere ciertos umbrales, y aporta las reflexiones necesarias para valorarlo de forma adecuada. Nos dibuja con la máxima nitidez posible, a la luz de las proyecciones climáticas, el horizonte de mediados de siglo y el finisecular. Y, al final, se desprende, sin moralinas hacia el lector, la necesidad urgente de actuar en la buena dirección de la sostenibilidad, del cambio de modelo energético, del fin del derroche y la esquilmación de los recursos; en suma, un profundo cambio de modelo socioeconómico.

No podemos dejar de destacar la singularidad del libro en cuanto a la inclusión de textos breves de muy reconocidos profesionales, investigadores de diferentes ramas científicas y hasta artistas, que enriquecen su contenido, aportan reflexión de alto nivel y contribuyen a lograr una obra redonda en su objetivo de explicar en este tercer decenio del siglo XXI la dimensión de la realidad climática actual y futura.

La apuesta editorial por la publicación de este libro ha sido un acierto, y usted, lector o lectora, tiene en sus manos una apuesta ganadora para comprender de un modo riguroso e inteligible uno de los principales retos, si no el primero, al que nos enfrentamos los humanos en este siglo XXI. Le auguro una lectura provechosa.

JAVIER MARTÍN VIDE

Catedrático de Geografía Física de la Universidad de Barcelona

PREFACIO

Hace diecisiete años publiqué mi primer libro, titulado ¿Estamos cambiando el clima? (Equipo Sirius, 2005) y lo dediqué al cambio climático. Ya por aquel entonces era un asunto mediático del que se hablaba bastante, pero se veía todavía como algo lejano, que nos afectaba solo de forma tangencial. La imagen del oso polar en un Ártico que empezaba a hacer aguas se convirtió en icónica, pero el Polo Norte quedaba a miles de kilómetros de casa y, a pesar de las advertencias de los científicos, el ciudadano de a pie no percibía aún el calentamiento global como algo que le pudiera empezar a complicar las cosas y a ponerle piedras en el camino.

Las proyecciones climáticas que circulaban en aquel momento (las del Tercer Informe del IPCC, publicado en 2001) no invitaban precisamente al optimismo, pero imperaba la prudencia y la moderación en el discurso de los investigadores del clima, conscientes de las incertidumbres que todavía en aquel momento se tenían sobre algunas de las cuestiones clave del comportamiento climático. Eso es lo que me llevó a incluir los signos de interrogación en el título de mi ópera prima; no porque tuviera dudas de que el cambio climático tenía un fuerte componente antropogénico, sino para dejar abierta la pequeña posibilidad (desestimada pocos años después) de que nuestra influencia en el clima terrestre no fuera el principal elemento modulador de los cambios observados en él.

En 2022, la visión del cambio climático por parte de la sociedad ha cambiado sustancialmente. Comenzamos a notar su aliento, lo percibimos ya como una amenaza real, cercana, que puede complicarnos mucho la existencia, al margen de todos los demás problemas que se abaten sobre nosotros y que no parecen tener fin. Desde mediados de la década de 1990 (en la que comencé mi andadura profesional), las estanterías de mi despacho se han ido poblando de libros dedicados al cambio climático; un centenar largo de ellos, reunidos sin afán de coleccionismo por mi parte. En la bibliografía que encontrará al final, bajo el epígrafe «La biblioteca del clima», incluyo una selección de esos títulos, cuya lectura le recomiendo, aunque antes le invito a dedicar unas horas de su tiempo a leer lo que quiero contarle.

El cambio en la percepción que empezamos a tener sobre el cambio climático se ha trasladado también a la manera en que nos referimos a él. La propia forma de denominar al fenómeno ha ido sufriendo una transformación, que es sintomática de la manera en que ha ido evolucionando y manifestándose. En 1975, apareció un artículo publicado en la revista Science titulado «Cambio climático: ¿Estamos al borde de un calentamiento global pronunciado?». Lo firmaba el geofísico Wallace S. Broecker (1931-2019) y, a partir de ese momento, ambas expresiones empezaron a popularizarse gracias a la prensa. Como la principal evidencia del cambio en el clima era el aumento de las temperaturas, se fue imponiendo el «calentamiento global», aunque, posteriormente, a raíz de la fundación del IPCC en 1988, empezó a hablarse cada vez más del «cambio climático».

El impulso definitivo para esa denominación se produjo durante el mandato presidencial de George W. Bush en EE. UU., entre los años 2001 y 2009. Al no ser partidario de la descarbonización sugerida por la comunidad científica, Bush forzó a distintas instituciones internacionales, como Naciones Unidas, a utilizar el término «cambio climático» en sus informes y documentos, en lugar de «calentamiento global» (cuyo principal responsable era por aquel entonces EE. UU., al ser el país que más gases de efecto invernadero emitía a la atmósfera). Quedaba así camuflada la responsabilidad humana del fenómeno, al tratarse de uno más de los cambios climáticos que han sucedido en la Tierra. Este golpe de efecto, a nivel de comunicación, logró diluir un poco el hecho —inequívoco a los ojos de la ciencia— de que el cambio climático actual es, en gran medida, antropogénico y, por tanto, podemos, sobre el papel, frenarlo.

En los últimos años, los impactos cada vez más evidentes y de mayor magnitud del calentamiento global, y su mayor componente social, impulsado por el movimiento estudiantil liderado por Greta Thunberg, han hecho que pasemos a hablar de la emergencia o crisis climática. Soy más partidario de esta última denominación que de la primera, ya que una emergencia exige que nos mantengamos permanentemente en alerta; algo que no resulta fácil y que termina llevándonos a una relajación que culmina con una desconexión de la realidad. Pienso que es más apropiada la idea de que estamos en una crisis climática a escala global, al margen de otras crisis que nos están tocando vivir en los últimos tiempos, como la provocada por la pandemia de la covid-19, o la que se está gestando aceleradamente mientras escribo estas líneas, como consecuencia de la invasión rusa de Ucrania.

A diferencia de lo que viene siendo habitual en mis escritos, este libro no lo he concebido estrictamente como una obra de divulgación científica, sino como un ensayo, en el que quiero compartir con usted, querido lector, algunas de las cuestiones que considero más relevantes en relación con el calentamiento global, con la vista puesta en su evolución futura y en las consecuencias que ello puede acarrear.

Llevamos tanto tiempo hablando del tema, hay tanto escrito sobre él, que en esta ocasión no invertiré más líneas de las necesarias en explicar conceptos, asumiendo que ya sabe de qué le hablo si me refiero al IPCC, al efecto invernadero o al permafrost, por citar tres de ellos a vuelapluma. He preferido incidir en aspectos claves del asunto, en reflexionar sobre ellos y, también, en compartir reflexiones de distintas personas que han tenido a bien colaborar en el libro.

Con independencia del lugar donde residamos y de la actividad a la que nos dediquemos, todos estamos empezando a vernos afectados, en mayor o menor medida, por el cambio climático (en cualquiera de sus denominaciones) y nuestro porvenir estará condicionado por la manera en que evolucione el clima durante las próximas décadas. Cuando concebí el proyecto editorial pensé que sería una buena idea incluir en él las aportaciones de un nutrido grupo de personas, no solo de mi ámbito profesional, que de alguna manera representaran a nuestra sociedad y ofrecieran distintas visiones sobre nuestro porvenir climático. Intercaladas a lo largo del texto, tendrá ocasión de leer lo que han escrito.

Confío en que el libro le haga reflexionar sobre muchos de los aspectos que, a buen seguro, habrá leído o escuchado con anterioridad. Hay mucho publicado sobre el tema, quizás demasiado, aunque el reto climático al que nos enfrentamos es tan mayúsculo que está justificado que sigan apareciendo libros dedicados al asunto y que se hable, y mucho, de ello. El libro que tiene entre sus manos es el resultado de mi labor divulgadora en el campo de las ciencias atmosféricas durante los últimos veinticinco años. En todo ese tiempo, he tratado de estar bien informado de lo que hemos ido conociendo sobre el complejo comportamiento del clima terrestre, su evolución futura y sus impactos. En ello sigo. Espero que le resulte interesante, entretenida y provechosa la lectura.

I.EL CAMBIANTE CLIMA TERRESTRE

El clima de la Tierra es cambiante por naturaleza. La historia geológica del planeta ha venido acompañada de una sucesión continua de cambios climáticos de distinto signo y magnitud, siendo bastante más extenso el tiempo en que el clima terrestre ha sido significativamente más cálido que el actual, que lo contrario. Dicha circunstancia pone en un contexto adecuado al cambio climático actual, lo que no debe llevarnos a pensar que el de ahora es solo uno más de la larga lista de cambios climáticos, ya que es el primero de todos ellos que no se puede explicar sin tener en cuenta nuestra influencia en el mismo, lo que marca su principal singularidad.

En este primer capítulo, comentaremos cómo han influido a lo largo de la historia de la Tierra distintos factores naturales en el clima, produciéndose en diferentes momentos grandes cataclismos que provocaron giros bruscos e inesperados en la evolución climática. También es interesante saber cómo son capaces los científicos de conocer detalles del clima terrestre de épocas muy antiguas, que se remontan hasta varios centenares de millones de años atrás. Sin irnos tan lejos, comentaremos también algunos ejemplos que ayudan a entender hasta qué punto somos hijos del clima. La evolución humana no se entiende bien sin tener en cuenta el factor climático. A veces pienso que actúa como el monolito que concibió Arthur C. Clarke (1917-2008) en su famosa saga de novelas de ciencia ficción Una odisea espacial.

EL CALENTAMIENTO GLOBAL PRIMIGENIO

Remontarnos a los orígenes de nuestro planeta es un viaje a un mundo desconocido. Todo lo que podamos contar sobre él es necesariamente especulativo, aunque de una cosa sí que estamos seguros: era un mundo mucho más cálido que el actual. Aunque la Tierra fue enfriándose progresivamente —en un proceso que llega hasta nuestros días—, durante un vasto período de su larga historia la atmósfera tuvo una temperatura mucho mayor que la que tiene ahora; el calentamiento global del presente es una anécdota si lo comparamos con el primigenio, lo que no significa que debamos minusvalorarlo. Aunque los seres humanos tenemos una gran capacidad de adaptación a diferentes ambientes, la rapidez con la que está subiendo la temperatura y los impactos cada vez más evidentes de la celeridad del calentamiento nos está empezando a poner las cosas un poco más difíciles.

Volvamos hacia atrás en el tiempo, al momento en que nació la Tierra como resultado de la acreción de una miríada de objetos rocosos que orbitaban alrededor del Sol y que formaron un protoplaneta, hace unos 4.600 millones de años (Ma), que se dice pronto. No está claro en qué momento exacto se formó la atmósfera primitiva, pero sí que era muy distinta a la actual.

Hasta que no surgió la envoltura gaseosa no se puede empezar a hablar del clima terrestre. Se especula que lo primero que se formó fue un océano de magma. La actividad en aquella Tierra primigenia era frenética. Su tamaño no era aún como el actual, ya que el bombardeo continuo de grandes meteoritos y cometas seguía añadiendo masa al cuerpo inicial. La liberación de calor era tan bestial que parte de esos materiales se fundieron y dieron lugar al citado océano magmático. En el proceso de enfriamiento del mismo se empezaron a liberar gases y se fue formando la atmósfera en varias etapas. Esto se cree que pudo haber comenzado transcurridos varios centenares de millones años después del origen del protoplaneta.

Aquel mundo ardiente, hostil e inerte recibía el violento impacto de multitud de objetos extraterrestres y empezaba a tener una importante y creciente actividad volcánica. Los cataclismos estaban a la orden del día. Su primera atmósfera estaba formada por hidrógeno, sulfuro de hidrógeno, amoníaco y metano, sin apenas nitrógeno y nada de oxígeno. Con el paso del tiempo fue aumentando la proporción de nitrógeno molecular (N2), pero el gas que dominaba en la atmósfera hace unos 4.000 Ma era el dióxido de carbono (CO2). La composición de aquella atmósfera primitiva se parecía mucho a la de las atmósferas de Venus y Marte. El oxígeno molecular (O2) no comenzó a tener una presencia significativa en la atmósfera hasta hace unos 2.000 Ma, cuando la vida (y los procesos biológicos que acarrea) ya había aparecido en el planeta. Las cianobacterias presentes en los océanos primitivos —gracias a su actividad fotosintética— fueron aportando oxígeno a la atmósfera, hasta alcanzarse una situación de equilibrio, en la que la proporción N2/O2 se mantuvo constante (78/21) y así ha seguido hasta nuestros días.

Nos ha llevado muchos años aceptar la existencia del cambio climático, así como los impactos que ello está ocasionando en nuestras vidas, y se ha perdido tiempo en la instauración de las medidas de corrección eficaces y adecuadas. Con la vista puesta en 2050, estoy seguro de que, aunque con un poco de tardanza, la humanidad será capaz de equilibrar una evolución del planeta que presenta graves riesgos para nuestra civilización e incluso para la propia supervivencia.

ÁNGEL RIVERA Meteorólogo

Es interesante y revelador quedarnos con un dato: durante prácticamente la primera mitad de la larga historia de la Tierra (no menos de dos mil millones de años), la temperatura media planetaria era mucho más alta que la actual, debido al potente efecto invernadero reinante durante aquel vasto período de tiempo. Ese fue el principal impedimento para que la vida pudiera progresar. Aun así, lo consiguió en el medio oceánico y con formas muy elementales, poco complejas. La sucesión de cambios climáticos, de distinto signo y magnitud, que se produjeron desde entonces (alguno de ellos provocado bruscamente por causas externas, como el impacto de un asteroide de gran tamaño) casi lograron extinguir la vida en cinco ocasiones, pero en ninguna de ellas lo consiguieron del todo; los seres vivos volvieron a resurgir como el ave fénix, colonizando nuevos hábitats y ganando en complejidad. El calentamiento global actual es de mucha menor magnitud que el primigenio, pero si evoluciona por alguna de las sendas que plantean las proyecciones climáticas, comprometerá, sin duda, nuestro actual modo de vida y quizás nuestra supervivencia y la de muchas otras especies que conviven con nosotros.

ALTERNANCIA DE FRÍO Y CALOR

Una vez transcurrida esa larga etapa cálida inicial en la Tierra, el clima comenzó a presentar grandes oscilaciones térmicas, entrando en escena cada cierto tiempo períodos fríos de diferente extensión y magnitud.

A escala geológica hay distintos mecanismos que modulan el clima. Tenemos, por un lado, los ligados a la propia dinámica del planeta, como los cambios en la distribución de los continentes y océanos (dictados por la tectónica de placas), la elevación de las cadenas montañosas (clave en la configuración que adoptan a escala global las corrientes atmosféricas) y la actividad volcánica y, por otro, los factores astronómicos, tanto los cambios a largo plazo en los parámetros orbitales terrestres, como el impacto de asteroides.

Cuando pensamos en un planeta mucho más frío que el actual nos vienen a la cabeza las glaciaciones. Una glaciación es un período particularmente frío en la Tierra, cuya duración puede variar entre cuarenta mil y cien mil años, durante el cual las grandes masas de hielo y nieve no quedan confinadas a las regiones polares, sino que se extienden por latitudes más bajas, cubriendo una porción significativamente mayor de la superficie terrestre. La última ocurrida en la Tierra finalizó hace unos doce mil años, por lo que estamos ahora en un período interglacial, a la espera de que se produzca en el planeta una nueva glaciación. Algunos climatólogos especulan que, si el calentamiento global sigue evolucionando, tal y como apuntan algunas proyecciones climáticas, podría impedir su entrada en escena.

El término «glaciación» se usa con ligereza. Si bien es correcto identificarlo con un período glacial o una edad de hielo —expresión que da nombre a la famosa serie de películas de animación Ice Age—, no es lo mismo que una era glacial, ya que, en este caso, el período de tiempo que abarca es mucho mayor; no unas cuantas decenas de miles de años, sino decenas o centenares de millones de años.

A lo largo de la historia geológica del planeta se contabilizan siete eras glaciales. Ahora mismo, aunque resulte poco intuitivo, estamos en una de ellas: la séptima. En la Tierra hay casquetes polares (el del hemisferio norte en fase menguante, como la luna), cosa que no siempre ha ocurrido en la larga historia geológica del planeta. De hecho, gana por goleada el tiempo en el que en nuestro planeta no ha habido hielo.

La actividad geodinámica de la Tierra conlleva que los geólogos —y cualquier otro científico interesado en las Ciencias de la Tierra que quiera abordar la evolución de los procesos planetarios a escala global— nos movamos en escalas de tiempo de decenas e incluso cientos de millones de años. Por ello, resulta casi paradójico y osado pretender hacer un pronóstico riguroso de lo que pueda ocurrir en nuestro planeta a una distancia temporal de menos de treinta años en el futuro. No puedo asegurar qué ocurrirá en 2050, pero sí manifestar mi seria preocupación por las actividades que la humanidad está desarrollando en cuanto a nuestra sutil atmósfera y que pueden ser muy negativas para nuestro futuro, para el futuro de nuestros descendientes. Éticamente, creo que debemos intentar que ello no ocurra.

JESÚS MARTÍNEZ FRÍAS Geólogo. Experto en Meteoritos, Geociencias planetarias y Astrobiología. IGEO (CSIC-UCM).

En este libro hablaremos más de calor que de frío. Es lo que toca. El calentamiento global está empezando a escribir un nuevo capítulo en la larga serie de avatares climáticos que ha vivido la Tierra. Afortunadamente para nuestros intereses, de momento el clima terrestre no es muy diferente al que les tocó vivir a nuestros padres, abuelos y bisabuelos, a pesar de los impactos negativos cada vez más evidentes que está provocando la subida de la temperatura. Aunque las proyecciones climáticas apuntan a más calor, nada impide, a priori, que entre en escena un factor natural —interno o externo— o una concatenación de ellos y se ponga freno de forma transitoria al calentamiento global. Un ejemplo de ello sería un aumento significativo de la actividad volcánica. Tenemos varios ejemplos bien documentados de grandes erupciones ocurridas a lo largo de la historia.

Cualquier erupción volcánica tiene un impacto en la atmósfera, bien sea a escala local, regional o global. De los aproximadamente mil quinientos volcanes activos que hay en la Tierra, alrededor de medio centenar entran cada año en erupción, aunque afortunadamente solo una vez cada siglo (en promedio y sin reglas fijas) ocurre una erupción lo suficientemente grande para influir de forma notable en el clima terrestre, provocando un importante descenso de la temperatura global y alterando los patrones meteorológicos en extensas franjas terrestres, lo que conlleva consecuencias devastadoras.

El principal efecto que provoca una gran erupción volcánica es un enfriamiento a escala planetaria, no muy duradero, mayor o menor en función de su magnitud; y de la cantidad de aerosoles que incorpore a la atmósfera. En los casos más extremos se suele hablar de inviernos volcánicos, ya que el proceso eruptivo provoca un tiempo invernal en muchas regiones del mundo. La formación de un velo de minúsculos piroclastos y gotitas con una elevada concentración de ácido sulfúrico en la alta atmósfera, alrededor de toda la Tierra, impide que una fracción de la radiación solar incidente alcance la superficie terrestre.

Los inviernos volcánicos no solo dan lugar a la bajada global de la temperatura, también alteran significativamente la dinámica atmosférica e inciden en la biodiversidad. Las grandes erupciones volcánicas ocurridas en distintos momentos de la historia de la humanidad han generado impactos muy negativos, dando lugar, por ejemplo, a grandes hambrunas, debido a su incidencia muy negativa en la agricultura. Seguro que les suenan estos tres nombres: Krakatoa, Tambora y Laki. Quizás algo menos Toba. A estos cuatro volcanes (más concretamente a sus megaerupciones) vamos a dedicar unas líneas. Creo que merece la pena conocer cómo puede cambiar el clima terrestre de forma repentina, ya que es una posibilidad no contemplada por el IPCC en sus informes, al ser imposible hacer cualquier predicción en ese sentido.

De todas las grandes erupciones volcánicas que tenemos referencias históricas, la del Laki en Islandia, ocurrida entre el verano de 1783 y la primavera de 1784, ocupa el primer puesto por su magnitud y por los impactos que tuvo. En su último libro (Desastres. Cómo las grandes catástrofes moldean nuestra historia, Capitán Swing, 2021), la sismóloga Lucy Jones dedica uno de los capítulos a esa megaerupción, que califica como «el desastre natural más mortífero de la historia de la humanidad». Se estima que seis millones de personas murieron a causa de la larga erupción, principalmente por las terribles hambrunas que desencadenó.

Miles de ellas perecieron al inhalar los gases tóxicos (dióxido de azufre y fluoruro de hidrógeno, entre otros) que vomitó el Laki de sus entrañas. Islandia estuvo a punto de quedar despoblada. Allí murieron algo más de diez mil personas, lo que representa algo más de la quinta parte de la población de la época en la isla. Las cenizas y los gases volcánicos cubrieron durante meses los cielos de gran parte de Europa, volviéndose neblinosos y parduzcos. Dicha circunstancia y las noticias que fueron llegando de Islandia y de otros lugares fueron las que llevaron a postular a Benjamin Franklin —que en aquella época ejercía como diplomático en París— que las erupciones volcánicas influyen en el clima, provocando grandes alteraciones atmosféricas a larga distancia.

En otro pasaje de su libro, Lucy Jones apunta que «los volcanes son el único riesgo natural que puede causar un impacto global por su capacidad para afectar a la composición de la estratosfera», lo que con la erupción del Laki se cumplió con creces. Los volcanes también emiten CO2 y podríamos pensar —equivocadamente— que superan ampliamente a las emisiones procedentes de nuestras actividades, pero salvo que entre en escena una megaerupción, cada año el CO2 volcánico emitido a la atmósfera se mueve en una horquilla (en números redondos) de entre 80 y 300 millones de toneladas, frente a las 40.000 millones de toneladas antropogénicas de 2019.

El siglo XIX cuenta en su haber con dos grandes erupciones volcánicas: la del Tambora y la del Krakatoa, ocurridas en 1815 y 1883 respectivamente. De ambas disponemos de abundante información y conocemos muchos detalles sobre los impactos que provocaron tanto en el ámbito tropical, donde ocurrieron, como en Europa y en otras zonas del planeta. La del Krakatoa fue la primera gran erupción de la historia que tuvo cobertura mediática. Varios periódicos de la época mandaron corresponsales a la zona y sus crónicas permitieron a la población conocer detalles sobre la explosiva erupción. Los libros, escritos por naturalistas o historiadores, dejaban de ser la única fuente de información sobre erupciones volcánicas.

La erupción del Tambora, situado en la isla de Sumbawa, en Indonesia, se considera la mayor erupción volcánica ocurrida en la Tierra en los últimos diez mil años. El proceso eruptivo tuvo lugar entre los días cinco y diez de abril de 1815. La explosividad fue extrema, estimándose que la columna de materiales que generó pudo haber ascendido hasta algo más de 30 km de altitud. Del orden de 150 km3 de materiales volcánicos se dispersaron por la atmósfera. En el entorno del volcán (decenas de kilómetros a la redonda) la vida fue aniquilada. Murieron por el impacto directo unas doce mil personas. Las distintas explosiones se escucharon hasta a 2.000 km de distancia y llegaron a acumularse varios centímetros de cenizas en lugares situados a 500 km del cráter.

El oscurecimiento debido a la inyección de esas grandes cantidades de materiales a la atmósfera provocó un marcado descenso de la temperatura global en 1816, con importantes anomalías meteorológicas, dando lugar a lo que se bautizó como «el año sin verano». Existe una amplia bibliografía al respecto, en la que se describen los numerosos impactos que provocó esa megaerupción, así como su influencia a todos los niveles en la sociedad de la época. Una de las historias más conocidas es la que relaciona la novela Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley con el inexistente verano del año posterior a la erupción.

La erupción del Krakatoa tampoco se queda muy atrás. En este caso, los materiales lanzados a la atmósfera por el volcán fueron significativamente menores que los que lanzó el Tambora, pero la violencia del proceso eruptivo fue aún más extraordinaria. Seguramente provocó el sonido más intenso generado en la Tierra desde los orígenes de la humanidad. La montaña donde se localizaba el Krakatoa, también en Indonesia, voló literalmente por los aires entre los días 26 y 27 de agosto de 1883. Se estima que algunos materiales llegaron a alcanzar hasta los 80 km de altitud. Al igual que pasó con el Tambora, la megaerupción provocó un enfriamiento global, aunque de menor magnitud y duración. Durante meses se pudieron ver en muchos lugares del mundo espectaculares crepúsculos, de intensos colores, que quedaron plasmados en numerosos cuadros de paisajes.

Casi con total seguridad, a lo largo del presente siglo se producirá al menos una gran erupción volcánica en la Tierra, que tendrá un fuerte impacto en el clima. El enfriamiento que provoque quebrará la tendencia al alza de las temperaturas, pero será algo temporal, de unos pocos años a lo sumo. Pensando en una erupción volcánica tropical similar a las del Tambora o el Krakatoa, los impactos en una sociedad globalizada e interconectada como la actual son imprevisibles, pero seguramente tendrán una gran magnitud. Aunque tanto esa amenaza como la de cualquier otro gran desastre natural siempre está presente, Lucy Jones fue explícita en una de las entrevistas promocionales de su libro al afirmar que ni siquiera la más potente de esas hecatombes se acerca en peligrosidad al cambio climático.

Termino este repaso a los inviernos volcánicos y a las catástrofes asociadas a las megaerupciones con unos breves apuntes del volcán Toba, situado en el norte de la isla de Sumatra, donde hoy en día se localiza un gran lago con una isla en su parte central. A diferencia de lo que sabemos de las erupciones de los volcanes que hemos comentado, y de otras ocurridas también en épocas históricas más recientes (como la de la isla mediterránea de Santorini, en el siglo XVII