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Sin duda alguna la teología, la historia y la identidad suelen ser temas bastante intimidantes, especialmente si se tratan de una ajena a la nuestra. En Nuevo inicio, mi diario de conversión al judaísmo, por medio de sus experiencias, sentimientos y aprendizajes, la autora presenta esos tres temas en primera persona. Este libro está dirigido a todo aquél que deseé comprender y conocer el judaísmo desde los ojos y la mente de alguien que lo vivió todo por primera vez.
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Seitenzahl: 348
Veröffentlichungsjahr: 2021
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Por Lizeth Navarro Caldera
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1386-956-8
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
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A Isai y la familia que estamos por formar.
Agradecimientos
A D’os, por la vida y lo que he decidido hacer de ella.
A mi esposo Isai, por ser el mejor amigo y compañero de aprendizaje que podría pedir. No me alcanzan nunca las palabras para agradecer tu apoyo incondicional.
Al Rabino Gabriel Frydman y su esposa Graciela Brandenburg. Son y serán siempre mis maestros y ejemplos de vida judía ¡Los quiero y los admiro!
A mi familia, por creer siempre en mí y enseñarme a no rendirme.
A mi familia política, por su calidez, por aceptarme desde el inicio.
Prólogo
Los diarios personales son un género literario muy particular. Son recorridos por la vida de alguien, sus vivencias, sus historias, sus relaciones con otros y los sentimientos que alberga su alma. Contienen anécdotas que nos pasean por risas o lágrimas, que nos sorprenden o nos convocan, pero todas nos permiten espiar a través de la cerradura de una puerta que abre un sinfín de caminos.
Los libros que nos hablan de las características de una religión suelen tener información y detalles ilustrativos, descripción y explicación de rituales y tipos de ceremonias, enunciación de valores y reglas; en fin, un panorama que nos ayude a comprender cómo se vive esa religión en el día a día a lo largo del año.
Y entonces nos encontramos con este entretejido de estilos que nos permitirá descubrir los aspectos más relevantes del judaísmo desde la mirada reflexiva e impregnada de impresiones y afectos de Lizeth, valiente protagonista de este viaje.
Así, avanzando en el tiempo, podremos ir descubriendo el judaísmo junto con ella, entendiendo reglas, encontrándoles sentido a rituales, conociendo costumbres y clarificando valores. Y en ese trayecto, nos emocionaremos con sus historias, nos sentiremos identificados con sus sentimientos y aprenderemos a través de su deseo de compartir sus propios aprendizajes.
Solo nos resta adentrarnos en la aventura de leer este maravilloso ensamble de información y emociones, en un intento muy logrado de compartir con el lector el proceso personal y profundo de la conversión.
Graciela Brandenburg
Introducción
Definitivamente tengo algo con los diarios, leerlos o escribirlos. Lo primero es porque desde siempre me ha resultado fascinante el conocer las vivencias «en bruto» de una persona. Es casi como experimentarlas por uno mismo. Mientras que lo segundo, es decir, el escribir un diario, lo considero como un ejercicio de autoconocimiento, pero también una especie de terapia de desahogo que al final (al menos a mí) me sirve para terminar de comprenderme y, sobre todo, para no olvidar.
Por eso, lo que escribí en este diario es la mezcla de mis aprendizajes y sentimientos a lo largo de dos años, en los que sucedieron muchas cosas que me marcaron para siempre: una boda, una despedida, una mudanza a otro país, la conclusión de mi maestría y, por supuesto, mi proceso de conversión.
Debo aclarar que no soy ninguna experta en halajá (ley judía) ni en la historia del pueblo judío. Con este libro no pretendo sino compartir mis experiencias de conversión y quizá ayudar a otros a entender el judaísmo desde los ojos y la mente de alguien que lo vivió todo por primera vez.
Agosto, 2020/ Av, 5780
Redmond, WA
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PARTE UNO
Guadalajara, México
10 de marzo de 2016
El hecho de empezar este documento (que pretende ser un diario) es más que nada un ejercicio para retomar la escritura no académica aunque sea de a poco. Hace tanto tiempo que no escribo de manera creativa, que cada vez tengo más miedo de perder esa habilidad.
—Estás desperdiciando tu talento.
Esas palabras de mi amiga Janet hace seis años a veces resuenan en mi cabeza cuando tengo una idea para redactar y sencillamente no lo hago, se pierde entre los pendientes diarios y la procrastinación creativa. Me duele, es cierto, pero si soy honesta, el miedo a la crítica es mucho más grande que ese dolor que atenta contra mi ego.
No sé si eventualmente perderé ese miedo a la crítica externa (siendo franca, la crítica hacia mí misma ya es de por sí severa) pero soy optimista de clóset y me gusta creer que lo terminaré logrando; sin embargo, si no lo intento, si no vuelvo a escribir estoy consciente de que tardaré aún más en vencer esa inseguridad.
Por otra parte, mi mente o mi entorno (seguramente una combinación de ambos) me han estado arañando la conciencia últimamente al ver a tantos otros amigos y amigas que escriben por diversión. Son personas sumamente talentosas a quienes admiro y respeto. Pero quizás lo único que me permito envidiarles es el valor que tienen al mostrar su trabajo, ignoro si sienten esa ansiedad por el qué dirán. Misma que a veces me llega a aterrar, pero el simple hecho de atreverse es algo que quisiera comprender.
De un tiempo para acá tuve la sensación que el día que llevara el diario de mi proceso de conversión al judaísmo sería mi regreso oficial a la escritura, eso es algo que no se mueve, en especial con la fecha de nuestra boda civil tan cercana.
Tal vez eso es todo lo que me hace falta, un empujón, un nuevo inicio, algo fuerte para motivarme, pero quiero practicar desde ahora, he decidido que ganaré la confianza escrita de la misma forma que gané la confianza para hablar y actuar: intentando, teniendo un hábito.
De funcionar, gradualmente perderé el miedo; al igual que lo perdí a decir tonterías en público, mi política es: «Si digo alguna tontería será una tontería bien pensada», una que saque una sonrisa sincera y no por los motivos equivocados, ¡hasta para tontear hay que tener clase!
Me voy sintiendo en confianza conforme voy escribiendo, quizá porque este texto sea solo para mí, quizá porque voy tentando con la punta de los dedos ese recuerdo de la sensación de comunión con tus ideas y sentimientos, posteriormente de la manera en que decides plasmarlos, de las palabras que eliges para expresarlos y hasta la conjugación verbal que puede que solo suene bien en tu cabeza. Es la danza de las imágenes mentales y su transmutación en enunciados. ¡Bailemos, pues!
Es como cuando bailo conmigo misma, siguiendo una música imaginaria tan solo dejándome llevar por mi intuición, inventando el siguiente paso o copiándolo de alguno que vi recientemente, pero es diferente cuando yo lo hago, sencillamente porque yo soy diferente, más torpe o ágil, no importa, se siente bien moverte con libertad, así me voy sintiendo ahora mismo.
La música va parando y el ritmo se vuelve lento, es el pesar en mis párpados, mi cuerpo y mi cabeza en especial, que reclaman descanso. Mi reloj biológico dice que ya es hora de dormir, que mañana hay clase en el CUCSH1 viejo y deberé levantarme más temprano a bañarme.
Gracias por esta pieza, no fue un mal comienzo, ojalá lo hagamos más seguido.
Última llamada: «La batería se está agotando. 10% restante».
Hasta luego.
21 de marzo de 2016
«Y navegar en el mar boscoso de sus ojos».
Esa fue una línea cursi que escribí para drenar los recuerdos de nuestros inicios, no me lo tomes a mal, amo recordar el comienzo de nuestra historia, pero nuestro presente me inspira, lo que vamos construyendo juntos es más grande que nosotros mismos en esa época, inclusive que el día de ayer. La transformación es un proceso lento, fuerte como el descenso de la lava por las faldas de un volcán.
Más que transformación, cada vez que somos conscientes de que nuestros pensamientos están tan sincronizados me llego a asustar. Sin embargo esto es tan familiar que procede con naturalidad, es lo que queremos ser para siempre, armonía, cambio más allá de nosotros mismos, de nuestro propio entorno.
Esta es la historia de dos personas que entre mejor se conocían, más se encontraban consigo mismas. Iban realizando la verdad que siempre había residido en su interior: eran dos caras de la misma moneda, el reflejo del otro.
Somos dos seres que deciden ser cada día una mejor versión de sí mismos por medio de la cooperación e impulso de ambas partes, es un ciclo de aprendizaje incansable, como dictan los preceptos antiguos. Esto es lo que a la larga garantiza el avance, la evolución y la trascendencia a través del tiempo. El camino es largo y lleno de retos, algunas tristezas y frustraciones que, al final, son parte de la propia experiencia de aprender y mejorar.
Desde ahora y para siempre.
26 de mayo de 2016
«Porque eres una transformación constante».
Hace apenas un momento estaba visualizando el día de la boda (ya en tres días), las posibles preguntas que hará el juez (basándome en otra boda civil a la que asistimos una vez) y, por supuesto, que tendremos que contestar frente a los invitados. Una de las preguntas que recuerdo era por qué habías elegido a la otra persona como tu compañera de vida.
No quisiera que me tomaran desprevenida así que preparé un pequeño borrador mental, que finalizaba con la frase con la que comencé a escribir el día de hoy:
«Isai, antes que nada, porque eres mi mejor amigo, una persona a la que, además de todo, admiro profundamente por ser noble, generoso, amable contigo mismo y todos los que te rodeamos ¡Somos afortunados de tenerte en nuestras vidas! Me inspiras a convertirme de a poco en una mejor versión de mí misma, me inspiras y me motivas. Tengo siempre mucho que aprender de ti, de tu perseverancia, paciencia, compasión y trabajo duro. Eres creativo, trabajador y amas el estudio. En ti me encuentro a mí misma, sencillamente, porque eres una transformación constante».
Me emociono mucho escribiendo esto, es un proceso reflexivo y fascinante, hace que me sienta orgullosa de lo que estamos creando y en lo que nos convertiremos. Eso me conduce a otra pregunta que quizá deba contestar: ¿Qué te ofrezco yo a ti? Comparto:
«Te ofrezco una vida de estudio, retos y mejoras. Te garantizo que en mí siempre encontrarás confianza, valor, motivación y apoyo ante cualquier situación. Mi amistad, cariño y comprensión. Te seguiré brindando sinceridad, honestidad en mis actos, respeto y todo lo que sea necesario para construir y crear.
Hoy te elijo a ti, nos elijo a nosotros, ser valiente y proactiva.
Por la vida que ahora más que nunca, es nuestra».
27 de julio de 2016
Hace casi dos meses de la boda y sonará raro, pero últimamente he comenzado a sentir el tiempo de una forma diferente. Antes, el transcurso del tiempo era impreciso, más bien irregular: algunas veces (generalmente cuando todo iba bien) transcurría exageradamente rápido, tanto que ni podía disfrutar, o bien, absurdamente lento, lo cual ocurría cuando me sentía atrapada o carcomida por obligaciones y deberes, es decir, por todo aquello que hacía porque «debía» y no porque estuviera convencida de ello.
Hoy por primera vez (y espero que no sea simplemente porque aún no terminan las vacaciones) cada cosa que hago es porque quiero y deseo hacer con toda mi conciencia, inclusive la tarea y las correcciones de mi trabajo de tesis que se tornan cada vez más interesantes.
Otra cosa que me parece increíble es la rapidez con la que voy aprendiendo a leer y a escribir en hebreo. Hace poco comenzamos las clases impartidas por Daniela, mi cuñada, que ha decidido probar suerte como maestra de este idioma. Pese a que somos su primer grupo, es dedicada y entusiasta. Mi esposo y su hermana pareciera que comparten la habilidad (y el gusto) de enseñar a otros.
—Ish, ¿cuándo se considera que una persona inicia su proceso de conversión al judaísmo? —pregunté ayer a mi esposo.
—Eso es algo muy difícil de responder —dijo él—. Porque en el judaísmo tienes que estudiar durante toda tu vida. Para nosotros la conversión es el ritual de la mikvé2 cuando el pueblo de Israel te adopta oficialmente, mientras que el proceso de estudio es algo completamente tuyo.
O de ambos. En este caso, cuando uno de los cónyuges se prepara para convertirse, el proceso implica a las dos personas. Deben aprender del otro y estudiar juntos.
En mi caso, no puedo pedir mejores explicaciones, ni un mejor compañero.
Nuestro estudio (por ahora) funciona de esta manera:
Tomo una clase de judaísmo con Daniela siguiendo las lecturas del libro El ser judío. Ella me va explicando conceptos, ideas y preceptos que debo saber. No obstante, las dudas surgidas, tanto del libro como de la clase, se las planteo a Isai, quien tiene una maravillosa habilidad para explicar y analizar de una forma concreta y sencilla.
—Si no eres capaz de explicarlo de una manera simple, significa que no lo has entendido bien. — Es uno de los lemas de mi esposo.
A partir de ahora pienso escribir una pequeña reseña de lo que vea capítulo a capítulo, con explicaciones de Isai incluidas, pienso que esto me ayudará a poner mis ideas en orden y a aprender mejor; y ¿quién sabe?, tal vez en el futuro sirva como referencia a quienes deseen saber sobre el judaísmo.
9 de agosto de 2016
Hace ya más de un año que comencé mi «kasherización», por llamar de algún modo a la modificación gradual de mis hábitos alimenticios hasta seguir los principios de las Leyes de Kashrut.
Esa fue la primera idea que me vino a la mente para comenzar a hablar del capítulo de «El Ser Judío», que trata sobre las Leyes de Kashrut o, en otras palabras: las reglas alimenticias del judaísmo. Para comenzar, el Kashrut no es solamente una serie de normas de higiene o un estilo de preparación de los alimentos, como muchos pudieran pensar, sino que son las prácticas alimenticias que tienen como fin la disciplina y el crecimiento espiritual del judío.
Creo que si otra persona leyera lo que acabo de escribir pensaría: ¿Qué tiene que ver el crecimiento espiritual con lo que comes? A simple vista nada. Pero comencemos con la primera razón de la existencia de estas leyes:
Disciplinarnos, no solo físicamente al renunciar a ciertos alimentos (o combinaciones de ellos), sino también tiene que ver con una disciplina ética y moral que, más tarde en la vida nos enseñará a apartarnos de actitudes, personas y decisiones nocivas, lo cual lleva consecuentemente a una elevación espiritual. Es decir, al saber lo que es bueno o no para nuestro cuerpo y mente, ascendemos a un estado de concientización sobre nuestro propio ser, pero también sobre quienes nos rodean.
Las Leyes de Kashrut más conocidas son la prohibición de cierto tipo de animales:
En mamíferos, para que sean kasher3 (adecuado o permitido en hebreo) deben cumplir la doble característica de tener pezuña partida y ser rumiantes, como la vaca, la oveja o la cabra. Por lo tanto, animales como el cerdo, el camello o la liebre están prohibidos.
Los peces, para ser kasher, deben tener escamas y aletas. Es por ello que los mariscos como el cangrejo, el camarón, el pulpo, las ostras, las almejas, etcétera, no pueden ser consumidos.
Por supuesto, ningún animal que se alimente de desperdicios o de rapiña puede ser kasher. Además, sobra decir que los productos derivados de un animal taref (no adecuado) también serán taref.
Por ello, las aves permitidas son la gallina, el pavo, el ganso, el pato y la paloma.
Otros animales taref siempre serán los que hayan muerto de enfermedad o muerte natural, así como los que reptan o se arrastran (incluye reptiles, anfibios e insectos).
Las Leyes de Kashrut son también de suma importancia en la creación de una identidad judía fuerte. Es decir, si no eres capaz de cumplir con mizvot (preceptos) «simples» o cotidianos, menos lo serás de hacer frente a la responsabilidad que representa ser parte del pueblo de Israel.
Siguiendo con las prohibiciones, está la de la sangre: está prohibido consumirla porque, según la Torá, ahí reside el alma de la criatura. Hoy en día, además, sabemos la gran cantidad de infecciones que contiene, por eso la carne que se consuma no deberá tener sangre, para ello debe salarse, drenarse o asarse bien.
Por otra parte, la dignidad de los animales sacrificados es de suma importancia en el judaísmo, y por eso se practica un ritual de sacrificio (realizado por una persona especializada en ese campo) llamado shejitá, el cual consiste en un solo corte en el cuello del animal (o uno de ida y otro de vuelta, si fuera un animal grande), que asegura una muerte indolora e instantánea así como un derrame total de sangre.
Otras prohibiciones para recordar: tendón o nervio ciático y el vino idolátrico4.
El último grupo de alimentos es llamado parve, es decir, aquellos que no son ni carne ni leche como los vegetales, semillas, frutas (frescas y secas), huevo y especias, los cuales pueden combinarse con cualquier carne o lácteo sin problemas.
Es aquí donde no debemos olvidar que la carne y los lácteos no se mezclan, siguiendo la especificación mencionada en el libro de Levítico de «no cocerás el cabrito del cabrito en la leche de su madre». Si se ha ingerido carne, se debe esperar algunas horas para consumir lácteo.
Con esto finalizo mi capítulo sobre la alimentación y las Leyes de Kashrut.
Por si es de interés, en mi caso, inicié mi «kasherización» dejando de comer mariscos, después carne de cerdo y para octubre del año pasado sería la última vez que consumí carne y lácteo combinado. Desde entonces sigo aprendiendo las reglas particulares sobre almacenamiento y limpieza de alimentos, pero ese será un tema para otra ocasión.
24 de septiembre de 2016
Ha pasado un buen tiempo desde que escribí por última vez. Muchas cosas han pasado, en su mayoría buenas, pero han implicado mucho trabajo y esfuerzo mental.
Hace una semana que Isai está en San Francisco por cuestiones de trabajo. Me hace falta y lo extraño, extraño hablar con él y comentarle lo que me sucede o pasa por mi cabeza. No seamos ingenuos, la tecnología ayuda, pero no compensará jamás la presencia física de una persona.
Pese a que el día de hoy tenía pensado hablar sobre las festividades en el calendario judío, me gustaría dejar plasmado en este espacio una situación que aconteció a principios de semana:
Cuando una persona se convierte al judaísmo adquiere un nuevo nombre con el cual será reconocido como miembro del Am Segulá (pueblo de Israel), por supuesto se trata de un nombre hebreo. Hace unos meses Dani y una conocida de ella me preguntaron si ya había pensado en ello. Mi respuesta fue simple, ya que no había mucho que pensar:
—Elisheba.
No obstante, noté que mi respuesta no fue satisfactoria. Me preguntaron la razón y volví a responder:
—Simplemente porque es la raíz de mi nombre, Lizeth es la variación francesa de Elizabeth, que tiene su raíz hebrea en el nombre de Elisheba.
El escepticismo seguía reinando en sus expresiones, pero no le di importancia.
Creo que no les gusta el nombre pero, pues así me llamo, ¿qué le puedo hacer?
Dejando eso de lado escribiré sobre las festividades judías, parte uno:
El calendario judío comienza por supuesto con Rosh Hashaná (año nuevo o, literalmente, cabeza de año), normalmente cae entre septiembre y octubre del calendario gregoriano (este año corresponde al día 3 de octubre) dando inicio a Tishrei, el primer mes del calendario hebreo.
Rosh Hashaná es considerada una de las fiestas altas del judaísmo. El carácter de esta celebración es alegre, se asiste a la sinagoga para rezar por un año lleno de alegría y oportunidades, dulce como las manzanas con miel, aperitivo propio de esta festividad.
Es en Rosh Hashaná cuando también inicia Yamim Noraim (días terribles), es decir, el periodo de diez días hasta Yom Kipur (día del perdón). Durante esos días se debe reflexionar y meditar sobre todas las faltas o trasgresiones que pudimos haber cometido durante el año, así como tratar de enmendar esos daños.
Para cuando llega Yom Kipur debemos estar listos para hacer un ayuno de veinticinco horas. Las personas enfermas, mujeres embarazadas, niños menores de nueve años y ancianos están excentos de hacerlo. Es un día dedicado al rezo y la reflexión, todo para comenzar el año más conscientes de nosotros mismos y quienes nos rodean. El ayuno termina con la puesta del sol y una cena para recuperarnos después de este larguísimo día.
El mes de Tishrei es particularmente festivo, ya que no solo se celebran fiestas altas como Rosh Hashaná y Yom Kipur, sino que también encontramos festividades como Sucot, o la fiesta de las cabañas, en la cual se conmemora durante siete días las andanzas y la vida de los israelitas durante los cuarenta años posteriores al éxodo de Egipto.
Es muy característico de Sucot construir una sucá o cabaña similar a las descritas en la Torá5, es decir, tres muros y un tercero abierto con un techo de ramas o palmas. Los hombres están obligados a comer al menos una comida dentro de la sucá, también es común que se inviten a personas a pasar a la cabaña.
La enseñanza de Sucot, aparte de no olvidar lo que los israelitas pasaron antes de llegar a la tierra prometida, es que D’os siempre provee de alguna manera ante las necesidades. También que está en nosotros mismos el reconocer tales oportunidades y decidir tomarlas, la ayuda de la energía divina siempre está ahí para cuando quiera tomarse, pero siempre se hará presente por medio de nuestra fuerza de voluntad.
Esto me recuerda a algo que Isai me comentó alguna vez y no olvido nunca:
—Lo que sucede es que tienes que rezar como si todo dependiera de D’os y trabajar como si todo dependiera de ti.
A D’os orando y con el mazo dando, dirían otras personas.
Finalmente, al término de los siete días de Sucot viene Simjat Torá, o la alegría de la Torá, una festividad en la que se celebra que se ha terminado de leer la Torá ese año, por ello se leen la última y la primera parashá (porción bíblica semanal) de la Torá. Al término de las lecturas se baila y se regocija bailando con la Torá.
Apenas la siguiente semana terminará el año 5776 y vendrá Rosh Hashaná. Después del servicio en la sinagoga, continuaremos la celebración en casa de mis suegros solo con la familia. Estoy muy emocionada de que así sea, el año siguiente será nuestro año y aprenderé todo lo necesario. Además este mes de Tishrei estaré observando de cerca cómo celebrar y vivir las fiestas altas por primera vez.
Extraño mucho a Isai, muero por hablar con él para comentarle todo lo que he aprendido esta semana, espero sorprenderlo. ¡Ya quiero que llegue!
18 de octubre de 2016
Hace exactamente una semana que fue Yom Kipur, Isai se cobró los días que le debían de vacaciones durante esa semana de fiestas altas, por lo que durante todo ese día estuvimos juntos, explicándome de cerca cada parte del rezo que parecía interminable.
Iniciando el martes en la noche, todos en la kehilá (comunidad) sabían que debían estar listos para las próximas veinticinco horas de ayuno, cosa que, por supuesto, nosotros no hicimos, la presión y el azúcar baja nos lo impide.
Todo el rezo (dividido en tres partes: el nocturno, el matutino y el vespertino, en ese orden) se realizó al compás de las melodías interpretadas por el señor Jacobo, el pianista de la comunidad, lo cual, siempre he pensado, le da un toque muy especial, no te aburres e incluso lo vuelve fácil de seguir.
Algo importante de ese día fue que por primera vez pude leer el sidur (libro de oraciones) para seguir el rezo de la jazanít (cantante litúrgica) y el oficiante en turno. ¡Me motiva muchísimo! Creo que más de alguno lo notó. Isai me lo confirmó después cuando me dijo que su madre estaba contenta de verme rezar y cantar, lo mismo que los ancianos y dirigentes de la comunidad, quienes, según él, se sorprendieron bastante.
No quiero sonar presuntuosa, pero me alegro de que haya sido así. No obstante, cuando rezaban rápido, me perdía fácilmente y tenía que mirar hacia el libro de Isai, donde su dedo siempre seguía el renglón en el que estábamos.
Para el rezo de shajarit (rezo matutino) me vestí según el código luctuoso: con el conjunto de blusa y falda blancas que mis suegros me regalaron por mi cumpleaños.
No hay que olvidar que en Yom Kipur hay que hacer mucha instospección, es decir, no se trabaja ese día, no calzamos cuero ni se cortan las uñas, no debes afeitarte o maquillarte, por supuesto las relaciones sexuales están prohibidas ese día e incluso vestimos de blanco, color de pureza (jamás me ha gustado).
El rezo duró más de tres horas sin pausas. Nosotros, que habíamos desayunado, escuchábamos nuestros intestinos pidiendo de comer, pero la gente que realizó el ayuno completo tendría que esperar hasta las siete de la noche, al final del último rezo.
Fue un día sumamente largo y cansado, pero al final, como es costumbre, se realiza una gran cena. En nuestro caso, fuimos a casa de mis suegros, donde nos esperaba una deliciosa lasaña vegetariana.
Al volver a casa, Isai y yo hablamos un poco sobre lo que planeamos para este año. Él quiere terminar la maestría en ingeniería electrónica y aplicar formalmente a alguna de las propuestas de trabajo que tiene en Estados Unidos.
De mi parte espero este año terminar de manera satisfactoria mi tesis de maestría, irnos a vivir a Seattle y seguir aprendiendo para poder realizar mi conversión. Será sin duda un año de muchos retos, pero también de muchos logros.
8 de noviembre de 2016
Desde las fiestas altas que no escribo sobre mi avance en las clases de Daniela, por lo que en esta ocasión haré una síntesis de las últimas clases.
El libro que estamos utilizando ahora (ya he terminado El Ser Judío) se llama Las Puertas de la Ley, en el cual se explica de manera detallada y puntual cada aspecto del tema abordado, sea la oración, el orden del día, etcétera. Por lo que aprendo mucho más que antes, aunque puede llegar a ser muy denso por tanta información que contiene.
Sin embargo, la semana pasada, Daniela decidió abordar el tema del shabat. Recordemos que para el pueblo judío, es el día más sagrado de la semana ya que, según la Torá, fue en shabat que terminó la creación del mundo y D’os mismo descansó declarándolo un día dedicado al reposo, la oración y el estudio de la Torá.
El hecho de tener un día a la semana dedicado al descanso y la oración fortalece la tradición y la identidad, puesto que no solo que durante esas veinticuatro horas se cumplen varias mitzvot (preceptos) sino que el hacerlo dentro del seno familiar y comunitario fortalece el vínculo personal con el pueblo de Israel.
El solo pensar que compartes algo tan íntimo con cada judío que existe en el mundo ya es de por sí un lazo extremadamente fuerte. En ese lapso de tiempo, en comunidades de todas latitudes se canta, reza y estudian los mismos versículos incluso bajo una misma lengua. Es algo único en la historia.
Cuando eres consciente de que eso, junto con tu conocimiento, es lo único que posees, te das cuenta del porqué de la fortaleza de este pueblo y por qué ha trascendido el tiempo, el espacio e incluso las tragedias que abundan en su trayectoria.
Así, para un acontecimiento tan importante y sagrado es necesario, como dije, realizar varias actividades:
Encender las velas: justo al inicio de shabat, cuando se oculta el sol en viernes y aparece la primera estrella en el cielo (por supuesto, la hora varía según el lugar del mundo en el que te encuentres). Se deben encender las dos velas (esto es generalmente hecho por una mujer), después se dice la bendición:Baruj atá Adonai eloheinu Melej haolam, asher kidishanu b’mizvotav b’tzivanu, lejatlik ner shel shabat.
Traducción:
Bendito eres Tú, D’os rey del universo, que nos santificaste con tus preceptos y nos ordenaste encender las velas de shabat.
Recitar Kidush, la bendición del vino:Baruj atá Adonai eloheinu Melej haolam, bore peri agafen.
Traducción:
Bendito eres tú, D’os rey del universo, que creaste el fruto de la vid.
Estudiar Torá.Comer tres seudot: es decir, hacer tres comidas buenas y abundantes durante el día.Rezar.Al final del shabat (el sábado por la tarde) se realiza una ceremonia corta conocida como Havdalá, en la cual se hace oficial el término del día de descanso y tiene su propio procedimiento:
Se bendice una copa de vino (kidush).Se enciende la vela trenzada.Se huelen y bendicen las especias y se dice:Baruj atá Adonai eloheinu Melej haolam, bore minei besamim.
Traducción:
Bendito eres tú, D’os rey del universo, que crea especies de aroma.
Se ve la luz de la vela trenzada en el reflejo de las uñas y se dice:Baruj atá Adonai eloheinu Melej haolam, boré meor haesh.
Traducción:
Bendito eres tú, D’os rey del universo, que creas las lumbreras del fuego.
Se leen las bendiciones para ese momento y se desea una buena semana.Por cada actividad especificada para hacer en shabat hay bastantes melajot, es decir, prohibiciones específicas para ese día, las cuales pueden pasarse por alto cuando peligra la vida o por cuestiones de salud. A continuación, enumero las melajot vistas hasta ahora:
Arar (Joresh): Preparar el suelo para la siembra, barrer el jardín.Sembrar (Zorea): Regar las plantas, podar, arrojar semillas.Cosechar (Kotzer): Arrancar cualquier planta o fruto, romper ramas, subir a un árbol y montar a caballo.Engavillar (Meamer): Reunir objetos dispersos para formar una sola unidad, juntar fruta, leños, hacer ramos de flores y machacar frutos.Trillar (Dash): Desmembrar o separar una cosa de otra a la que está naturalmente unida. Ejemplo, sacar legumbres de sus vainas, exprimir fruta, ordeñar.Aventar (Zoré): Separar objetos en diversas clases.Seleccionar (Borer): Clasificar objetos.Tamizar (Meraked): Separar los elementos de un alimento por medio de un tamiz (colador).Moler (Tojen): Desmigajar alimentos, moler café, pulir metales, cortar fruta.Amasar (Lash): Mezclar objetos sólidos o líquidos.Hornerar y cocinar (Ofé): Transformar alimentos por medio de fuego o calor (incluye, freír, asar, hornear).Esquilar (Gozez): Extracción de cualquier cosa de su lugar original. Ejemplo, cortar pelo, uñas, depilar o rasurar.Lavar (Melaven).Cardar (Menafetz): Separar las fibras de un material sólido o enmarañado. Ejemplo, peinar lana o juntar fibras de algodón.Teñir (Tzovén).Hilar (Tové): Fabricar hilos a partir de materia prima.Mésej: Actividad preparatoria para el proceso del tejido.Éstas son apenas las primeras diecisiete de treinta y nueve melajot, seguramente veremos el resto en la siguiente sesión.
3 de diciembre de 2016
Pese a que el día de hoy debería continuar escribiendo el resto de las melajot, usaré este espacio para descargar algunos aprendizajes y desconsuelos de las últimas semanas.
En estos días no puedo decir que la suerte ha estado de nuestro lado, en más de una ocasión he sentido que me voltea la cara por completo y no sé ni a quién culpar.
Quise gritar, llorar, maldecir e incluso desaparecer. Afortunadamente, solo sacié mis primeros tres deseos. Honestamente, no siento demasiadas ganas de llenar estas páginas con vibras malas. Me he quejado lo suficiente y hasta de más con Isai, es lo último que él merece y necesita.
Por ello he decidido escribir algunos aprendizajes más amables, de esos momentos que son como luciérnagas en una noche húmeda, una especie de recordatorio de que la luz volverá en cualquier momento, pero si no estuviera obscuro no apreciaríamos del todo. Me gusta pensar eso.
Debo decir que la semana pasada estuvo llena de compromisos, como una especie de presagio del mes de diciembre. El martes, Isai y yo quedamos de ver en un café de Chapultepec a Daniela R, una chica a quien nunca había visto, pero por medio de un contacto en común tuvo el valor de escribirme y contarme su historia en busca de consejo.
En realidad, ignoro qué tanto pudimos ayudar a esa chica, de apariencia pequeña y frágil como una galleta, pero con mirada intensa, cuyo interés de conversión es rescatar el legado judío de su bisabuela y continuar el suyo propio.
Me agradó desde que la vi, tenía una voz agradable y aguda, sin duda muy femenina. Considero muy importantes las voces y manos de la gente, el sonido me habla de su personalidad e intenciones, una voz desagradable y demasiado ronca me causa aversión. Por otro lado las manos conllevan tacto, cuando saludo a alguien puedo llegar a sentir su pulso, pero más que ello, la energía que emana. De sus manos finas y delgadas colgaban varias pulseras con adornos de maguen David6 y en ese momento se apoyaron con interés en la mesa.
La cité en el café porque manifesté que un tema tan dedicado, prefería tratarlo de frente. Creo que eso la hizo sentir bastante confianza hacia nosotros, tanto así que llegó varios minutos antes de la hora acordada.
Hablamos y fuimos sinceros, yo aún me encuentro estudiando para la conversión que llevaremos a cabo en Estados Unidos, pero pude proporcionarle algunos títulos de libros para estudiar judaísmo y el contacto de la presidenta de la comunidad, el cual utilizará una vez que hable con sus rabinos conocidos en Israel, quienes vigilarán su proceso personal. Realmente, fue todo lo que pudimos hacer por ella.
Al final se veía satisfecha y emocionada, pero sobre todo agradecida. Fue una experiencia gratificante, tanto ayudarla como hablarle de mi situación, una persona sin vínculos comprobables con el pueblo de Israel (pese a que para algunos mi segundo apellido cuenta como prueba) que está haciendo todo lo que está a su alcance para realizar una conversión. Pero a diferencia de ella y para mi fortuna, no estoy sola, tengo la asesoría y el total apoyo de mi esposo.
Somos dos casos diferentes, pero con muchas cosas que compartir y complementar. Ella, por ejemplo, habla un nivel básico de hebreo, mientras que yo apenas leo y aprendo nuevas palabras y frases mediante una app en mi celular. Me hizo sentir útil y comprendida.
—No son cosas que le cuentas a todo mundo —dijo Daniela R a manera de conclusión.
Yo asentí y compartimos una mirada de complicidad, entendemos del rechazo, críticas e incluso odio que esta decisión trae consigo.
1 de febrero de 2017
En verdad quisiera poder decir el día de hoy que continuaré escribiendo sobre las clases con Daniela. Sin embargo, tengo algo mucho más importante y doloroso que plasmar: hoy hace justo una semana y un día falleció Coli, la madre de mi suegra y, por consecuente, la abuela de Isai.
La noche anterior (al igual que las anteriores a esa) me había estado preparando para presentar mis avances de tesis en la maestría, que en medio de un sinfín de irregularidades y molestias, tendría que llevarlo a cabo para el martes a mediodía. No obstante, estaba obligada a presenciar los coloquios de mis compañeros desde las nueve de la mañana.
Apenas mi amigo Jonathan había terminado la contrarréplica de su presentación, Isai me marcó para darme la terrible noticia. Lloré desde el primer instante, aun cuando mi esposo no terminaba de hablar. Te niegas a creerlo aunque la verdad sea irrefutable. Caminé por todo el pasillo sonándome la nariz y así hablé con mi coordinadora, quien se mostró totalmente empática y comprensiva conmigo. Me dijo que no me preocupara y que podía dejar mis avances para otro momento.
Después de hablar con mi lector y hacer un par de llamadas, salí rumbo a casa de Coli, donde ya todos estaban reunidos. Al llegar, vi a mi suegra y a su hermano haciendo las llamadas necesarias entre lágrimas. Abracé a mi suegra y le di el pésame, ella me dio las gracias en voz muy baja.
Finalmente encontré a Isai para quedarme con él por el resto de ese largo e infinitamente triste día.
—¿Cómo ocurrió? —le pregunté en un momento de calma a mi esposo.
—Se fue en sus términos. Se levantó en la mañana, se lavó y se perfumó en el baño, se sentó en la taza y ahí se quedó.
Cuando Niki, hermano mayor de mi suegra, notó que su madre estaba tardando mucho en el baño y que su alarma no dejaba de sonar, entró y la encontró inerte, sin más signos vitales que una expresión de paz en el rostro. Procedió a recostarla en su cama y cubrirla con una cobija hasta el cuello.
Aunque nunca antes había visto a una persona muerta, no puedo decir que me impactara ver el cadáver. Al contrario, era tan bella como la última vez que la vimos, su piel blanca seguía suave y tibia, pero lo más doloroso era pensar que sus hermosos ojos azules, capaces de ver arte en cualquier escena, no volverían a abrirse.
Una vez que volteamos el cuerpo para que los pies quedaran en dirección a la puerta, como dicta la tradición judía, Daniela y mi suegra nos pidieron que no la dejáramos sola, que estuviéramos acompañándola.
En el tiempo que pasé acompañando el cuerpo de Coli, no pude dejar de pensar lo que llegó a ser para mí.
Coli me aceptó desde que Isai nos presentó apenas una semana después de que me pidiera ser su novia. Hermosa, jovial, creativa y muy graciosa, esa fue mi primera impresión, la cual no hizo sino reforzarse con el tiempo. Nos invitaba seguido a salir con ella al cine o a comer, siempre tenía algo que contarnos y, por supuesto, adoraba escuchar las novedades en la vida de su nieto. No se cansaba de presumirlo a sus amigas diciendo lo orgullosa que la hacía sentir.
Cuando cinco años después le anunciamos nuestro compromiso no podía estar más feliz y, de inmediato, se ofreció a comprarnos el traje y el vestido que usaríamos en la boda. También dijo en voz muy alta:
—Y desde ahorita les digo: ¡Quiero bisnietos!
Meses después, me llevó a las Fábricas de Francia a ver vestidos para el gran día:
—Estamos buscando un vestido para mi nieta que se va a casar —le dijo a la señorita encargada del área.
Yo me quedé perpleja y halagada. Como diría mi esposo, ese día gané una abuelita judía, de esas que no te sueltan, que siempre te ven demasiado flaca y llevan comida a tu casa en cada oportunidad.
De Coli tuvimos mucho más que cantidades industriales de comida, también la mayoría de los cuadros que adornan nuestro departamento son de su autoría, ella muy gustosa nos invitó un día a su casa a escoger cuantos quisiéramos.
A partir de ahora sé que algo mucho más grande de ella se quedó con nosotros, el amor y emoción que plasmó en cada una de sus creaciones. Eso que me transmite al ver los detalles que plasmó en el lienzo, en especial el elefante que pintó especialmente para nosotros, sus nietos, como nos decía ella.
Volví a mirar el apacible rostro de Coli, recordando cuando alguna tarde nos dijo entre risas:
—Yo no me volvería a casar. Ya estuve casada, me tocó un esposo excelente al que quise mucho, pero en esta etapa de mi vida me toca disfrutar a mis hijos y a mis nietos. También pinto, salgo con mis amigas...
Por Isai y su madre sé que Nissim, el esposo de Coli, si bien era un hombre estricto y exigente, adoraba a su esposa y fue una figura paterna para Isai cuando era niño. Basta con mirar cualquier foto del señor Nissim para notarlo: tenía expresión seria en casi todas las fotografías que le tomaron, salvo en las que aparecía con Coli o con Isai. En ellas siempre muestra una sonrisa amplia y sincera, propia de quien no tiene nada más que pedirle a la vida.
Isai llegó a sentarse a mi lado para seguir llorando en silencio, juntos. Acaricié despacio su espalda y le dije al oído:
—Creo que también ya era justo para tu abuelo, eran muchos años sin ella.
Él asintió porque lo sabe, sabe lo mucho que Nissim quería a Coli, pero sabe también lo mucho que ambos lo amaron desde el día que él llegó a sus vidas, convirtiéndose, más que en el primer nieto, en otro hijo para ellos.
Mi esposo fue en gran medida criado por sus abuelos maternos. Él me ha contado que, como sus padres lo tuvieron siendo muy jóvenes, mientras trabajaban y estudiaban todo el día, solían dejarlo al cuidado de Coli, Nissim y los padres de Coli, que entonces vivían con ellos. Isai sentía que esa casa habitada por adultos en Chapalita era la suya. Siempre estaba con sus abuelos, eran quienes lo llevaban y recogían de la escuela. Incluso admite que en ellos veía una mamá y un papá.
Fue por ello que con la muerte de Coli pude ver en cada momento cuánto le dolía. Lo cual, por supuesto, me hacía sufrir también, sin poder hacer mucho más que seguir pasando mi mano por su espalda.
La conjunción de una buena dosis de suerte y la organización de la kehilá7 hebrea permitió que al día siguiente enterraran a Coli en el panteón israelita de Guadalajara, mismo lugar donde descansan sus suegros y cuñado.
Tuve el privilegio, al igual que el resto de los miembros de la kehilá hebrea y la familia, de echar tres paleadas de tierra sobre el cajón. Al terminar pusimos piedras sobre su tumba en señal de visita y recordación, hasta el siguiente año. En la tradición judía, cuando se entierra a un familiar, se deja la tumba sin lápida hasta que el difunto cumple un año de haber fallecido. Durante algún tiempo los avelim8 no pueden visitar el panteón.
Sin embargo, el entierro marca el inicio de la shiva, un periodo de siete días (exceptuando shabat, día en el que la shiva es suspendida para que los avelim puedan disfrutar del día de descanso) durante el cual los avelim no pueden trabajar (si es posible), bañarse por placer, usar maquillaje, cortarse el cabello o las uñas, sentarse en sillas y realizar actividades placenteras (como tener relaciones sexuales). Además, al ser un periodo de duelo, los avelim deben usar una prenda rasgada.
Cabe mencionar que los avelim, es decir, las personas obligadas a hacer shiva, son los familiares cercanos del fallecido (cónyuge, padres, hijos, hermanos y hermanas), por lo cual estuvimos acompañando a mi suegra todos los días de su shiva para comer, y en la noche, para recitar el kadish (oración de duelo) en la comunidad.
Al finalizar esos siete días de duelo, los avelim deben volver a sus actividades cotidianas, pero es al término de la shiva cuando comienza sloshim9, el segundo periodo del duelo, que dura treinta días (comenzando a contar desde el día del entierro), en los cuales se prohíbe ir a fiestas y cortarse el pelo.
