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Úrsula López sabe que en Montevideo nadie está del todo a salvo. Astuta, impredecible y peligrosamente inteligente, ha logrado escapar con el botín de un asalto sangriento. Pero su libertad tiene precio: la comisaria Leonilda Lima no se da por vencida, el doctor Antinucci no olvida, y el inspector Clemen guarda secretos que podrían destruirlos a todos. Mientras tanto, una red siniestra de poder, corrupción y violencia se extiende bajo la superficie de la ciudad, conectando a políticos, policías, mafiosos y depredadores que viven al amparo de la impunidad. En este laberinto de traiciones, fugas espectaculares, chantajes y ajustes de cuentas, la única regla es sobrevivir. Con su característico humor negro, su mirada feroz sobre la sociedad y un pulso narrativo implacable, Mercedes Rosende construye una novela coral en la que nadie es inocente, nadie está a salvo… y de la que, como advierte su título, nadie saldrá intacto.
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Seitenzahl: 375
Veröffentlichungsjahr: 2026
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«No sé si soy escritora, me parece que soy una impostora que escribe para ser otras personas. Siempre quise ser otros, y la manera más fácil de ser un ladrón o una asesina o un policía corrupto, sin el peligro de ir a la cárcel o de que me maten, es la literatura. Así nace la vocación de escritora, ligada a esa curiosidad por la vida del otro, a las ganas de meterme en el pellejo de los demás.»
Mercedes Rosende nació en Montevideo y actualmente vive en España. Es escritora, columnista en medios escritos y Magíster en Derecho.
Sus obras publicadas son Demasiados blues (2005, Uruguay), que fue premio en el concurso de la Intendencia Municipal de Montevideo; La muerte tendrá tus ojos (2008 y 2022, Uruguay), con el que obtuvo el primer premio del Premio Anual de Literatura del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay; Mujer equivocada (2011), publicada en Uruguay, Argentina, Francia, Italia, España, Alemania y Bulgaria; El miserere de los cocodrilos (2016), en España Lágrimas de cocodrilo y editada igualmente en Uruguay, Alemania, Gran Bretaña, Francia e Italia; Qué ganas de no verte nunca más (2019), en Uruguay, Alemania, Reino Unido y Gran Bretaña, Historia de mujeres feas (2020, Uruguay) y Nunca saldrás de aquí (2024), editada en Uruguay y Alemania.
Fue ganadora del premio LiBeraturpreis edición 2019, otorgado por Litprom de Frankfurt.
Úrsula López sabe que en Montevideo nadie está del todo a salvo. Astuta, impredecible y peligrosamente inteligente, ha logrado escapar con el botín de un asalto sangriento. Pero su libertad tiene precio: la comisaria Leonilda Lima no se da por vencida, el doctor Antinucci no olvida, y el inspector Clemen guarda secretos que podrían destruirlos a todos.
Mientras tanto, una red siniestra de poder, corrupción y violencia se extiende bajo la superficie de la ciudad, conectando a políticos, policías, mafiosos y depredadores que viven al amparo de la impunidad. En este laberinto de traiciones, fugas espectaculares, chantajes y ajustes de cuentas, la única regla es sobrevivir.
Con su característico humor negro, su mirada feroz sobre la sociedad y un pulso narrativo implacable, Mercedes Rosende construye una novela coral en la que nadie es inocente, nadie está a salvo… y de la que, como advierte su título, nadie saldrá intacto.
MERCEDES ROSENDE
Para Josep Forment, siempre con nosotros
Publicado por:
EDITORIAL ALREVÉS, S.L.
C/ de la Perla, 22
08012 Barcelona
www.alreveseditorial.com
Título original: Nunca saldrás de aquí
© 2023, Mercedes Rosende
© de la presente edición, 2026, Editorial Alrevés, S.L.
Esta edición de Nunca saldrás de aquí se publica en acuerdo con Ampi Margini Literary Agency y la autorización de Mercedes Rosende
ISBN: 978-84-10455-42-9
Producción del ePub: booqlab
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización por escrito de los titulares del «Copyright», la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro, comprendiendo la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamo públicos. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Puede contactar con CEDRO a través de la web www.conlicencia.com o por teléfono en el 91 702 19 70 / 93 272 04 47.
Así, tan miserable, deseo que lo sepas.Tu oficio de crueldad y los abusos,la candidez ahogada por tu envidia,tu fábrica de lágrimas ajenas,y ese fácil valor ante los débileshan gravado con fuego tu destinocomo un sello en el lomo de un ternero.Nunca saldrás de aquí, es para siempre.Quiero que la palabra Siemprese encadene a tu cuellocomo una arteria negrahinchada de veneno.
Juan Manuel Villalba
Otra vez sucede.
La víbora de la adrenalina le muerde el cuello. Úrsula corre y atraviesa la puerta principal del Cementerio del Buceo, cruza la avenida, entra al mercado y se pierde entre los puestos de flores que empiezan a desarmar a esta hora, por los pasillos estrechos, entre los exhibidores que van quedando vacíos, se apresura entre los furgones que los comerciantes cargan con la mercadería sobrante, entre latas con agua sucia llenas de margaritas y crisantemos y follaje, tropieza con baldosas sueltas y piedras reales o imaginarias, pisa los desperdicios vegetales, desechos de claveles mustios que ya no adornarán ninguna tumba.
¿Qué hace una mujer cerca de la cincuentena, pasada de peso, sin el menor entrenamiento físico y corriendo por una feria de flores, ramos y coronas funerarias frente a un cementerio?
Para saberlo tendremos que rebobinar la cinta de esta historia.
No hace diez minutos que dejó atrás a su hermana Luz, de pie frente al panteón familiar. Úrsula se alejó por la avenida bordeada de cipreses rígidos, de tumbas de piedra y de cemento, apuró el paso entre cruces y ángeles, entre monumentos dedicados al recuerdo y a la muerte. En un momento sonrió para sí, suspiró casi aliviada como si viniera de sacarse un peso de encima. Había empezado a oscurecer y los funcionarios de la necrópolis se apresuraban por las calles interiores, buscaban a los rezagados, avisaban que las puertas cerrarían en minutos. Todos obedecían y convergían hacia las salidas porque es bien sabido que, salvo en las películas de terror, nadie quiere quedarse encerrado en un cementerio.
Úrsula pensó en su hermana de pie frente al sepulcro de la familia, imaginó que miraría la hora o el movimiento de la gente hacia las puertas, vería las sombras que avanzaban y se apuraría a dejar ese sitio. Luz no es de las que quedan atrapadas en un cementerio ni en ninguna parte, pensó, y volvió a sonreír. Fue un gesto de complicidad, de ternura.
Es invierno y las nubes y las tinieblas devoraban el cielo a mordiscones.
Un viento helado se le metió entre el abrigo y el cuerpo sin que lo notara, sin que sintiera el frío que venía de la playa ni la humedad con olor a pescado podrido y a cosas muertas. Al llegar al pórtico principal del cementerio se detuvo, vaciló unos momentos, pensó que no iba a ser fácil sacarse de encima a la comisaria Leonilda Lima. Esa mujer la había obligado a venir hasta aquí, la forzó a abrir el sepulcro de la familia López porque creía que allí iba a encontrar el botín del asalto al transporte de caudales. Pobre comisaria, pensó Úrsula, tan segura de que iba a hallar la plata del robo oculta entre las paredes del panteón, entre los ataúdes y su carga de podredumbre. Pobre comisaria, tan atada a una moral pueblerina que ya nadie respeta, ella y su perseverancia cargada de decepciones apagadas y de futuros rencores. Pero en vano fue el viaje hasta el Buceo, la caminata por la necrópolis, la apertura de un cerrojo oxidado y de una puerta chirriante, porque en la tumba no había más que muertos y abandono, descomposición y olvido. Lo único que encontró Leonilda Lima fue la historia inevitable de todas las familias.
Después, Úrsula la vio marcharse y tuvo la seguridad de que no abandonaría tan fácilmente a su presa, de que la vigilaría desde algún sitio cercano a la espera de una imposible orden judicial de detención o, al menos, para verla salir y seguir empecinadamente sus pasos. Pobre mujer, repitió para sí, qué candidez, qué sencilla ingenuidad detrás de su insistencia en hacer justicia en un mundo arbitrario e inicuo.
Parada bajo el arco de la puerta del cementerio sintió el temor y la duda, la incertidumbre se le enquistó en alguna parte entre el estómago y el esófago, y Úrsula tragó saliva, intentó alejar el desasosiego. ¿O era miedo? Sacudió la cabeza, debía organizar sus ideas, localizar el sitio donde estaba Leonilda y ejecutar su escape. Volvió a pensar que la comisaria la seguía para tenerla vigilada, saber adónde iba, pero precisamente ahora ella no podía permitírselo.
Miró a derecha e izquierda, paseó la vista por la muralla exterior que da a la avenida, por el mercado de flores de enfrente. Sobre la misma calle y a más de ciento cincuenta metros empezaban las edificaciones, clavó la vista en el ventanal de un bar en la otra esquina, hacia el oeste. No podía ver a través del vidrio y a tanta distancia, pero era casi la única posibilidad, y estuvo segura de que la comisaria solo podía estar ahí. El punto de vigilancia era bueno, pensó, pero la distancia excesiva, casi doscientos metros que le darían a ella la ventaja, el tiempo que necesitaba para cruzar la avenida Rivera y perderse en el mercado, entre los puestos, en medio de la gente. Porque necesitaba gente, eso sí, una pequeña multitud que disimulara su presencia, que cubriera sus desplazamientos, y las cinco de la tarde era el momento ideal para perderse en las aglomeraciones. A esa hora la turba sale del cementerio, los trabajadores bajan de los ómnibus, la muchedumbre corre enloquecida para llegar a sus casas y encender el televisor, sacar de las bolsas la comida chatarra y cuidar a sus mascotas y a sus hijos y a sus plantas de plástico, en ese orden.
La decisión era difícil, nada le aseguraba que conseguiría burlar a la Policía.
Pero la víbora de la adrenalina le muerde el cuello y Úrsula corre, atraviesa el pórtico y cruza la calle, pasa por delante de los coches y los ómnibus, se mete entre los puestos de flores que a esa hora están cerrando, se pierde entre exhibidores de metal, entre los desechos de claveles mustios, entre latas de margaritas que ya no adornarán ninguna tumba. Se detiene un instante y mira sobre su hombro: ve a Leonilda que, tal como pensó, se acerca a toda carrera por la avenida, todavía a más de cien metros. La ve venir y acelera el paso, ¿de dónde sacará fuerza Úrsula, que tiene sobrepeso, que suda hasta cuando sube las escaleras del edificio en donde vive? No lo sabemos, y la teoría de la adrenalina no es del todo mala.
O será que cuando sospecha que se va a estrellar pisa el acelerador.
Úrsula cruza como un bólido la explanada del mercado amparada por el gentío que se desplaza en todos los sentidos, llega a un grupo de viviendas populares que hierve de actividad y de alboroto de madres y padres afanosos, de oficinistas exhaustos.
Se detiene detrás de un árbol que la municipalidad plantó para ella hace más de cincuenta años y, sin la incomodidad del peligro inminente, observa de lejos a la comisaria que deambula perdida entre los puestos, desorientada y confundida entre los toldos, que mira a lo lejos tratando de decidir por dónde continuar la búsqueda.
Úrsula, ya sin apuro, camina hasta el portal abierto de un edificio de apartamentos modesto, entra y se sienta en la escalera mirando hacia el exterior, se instala a esperar que llegue el momento preciso.
Saca un chocolate y lo mordisquea, una botellita y traga un par de sorbos de agua. Las personas pasan a su lado sin dirigirle la mirada; cargan bolsas con las coca-colas y las papafritas que darán a sus retoños para mantenerlos frente a las pantallas y en silencio, acarrean el vino barato que los sumirá en el olvido, conversan y discuten y pelean; se los ve cansados, consumidas las fuerzas por sus trabajos de mierda y por la falta de esperanzas; pasan a su lado sin reparar en ella ni en nada como no sean sus propias vidas mediocres y su afán de olvido. Supone, con rabia y sin resignación, que en instantes se encenderán las cumbias y el reguetón y la plena, los programas de preguntas y respuestas, los reality shows de cocina o de supervivencia, primero en un piso y luego en el otro hasta que aquello empiece a parecerse al infierno. Sobre el escalón cada vez más helado, Úrsula termina su chocolate y empieza a odiar a Leonilda, la odia por obligarla a refugiarse en ese lugar frío y escandaloso, primero con un odio prudente y sosegado, consecuencia del primer alboroto acústico que se va encendiendo piso a piso, apartamento por apartamento; después la odia sin recato, la detesta sin medida por obligarla a permanecer sentada en un escalón sucio y transitado, por hacerla escuchar la cumbia y sentir el olor a guiso que empieza a flotar en el ambiente.
Una muchedumbre desciende de varios ómnibus que acaban de detenerse en la puerta.
Decide que es ahora.
Sale del edificio y se apresura, se pierde en lo más abigarrado de la multitud, se entrevera entre los cuerpos exhaustos y sudorosos, sortea las baldosas rotas por las raíces de los árboles, milagrosamente llega hasta un taxi libre y se sube, se inclina sobre el chofer y le indica una dirección en el Centro.
El auto arranca.
Úrsula gira la cabeza y, por el vidrio trasero, ve a la comisaria que corre hacia ella, que se acerca a toda velocidad al coche ahora detenido frente a la luz roja de un semáforo inoportuno. Su corazón late desaforado, piensa que en segundos la mujer habrá llegado hasta ella, detendrá el auto y abrirá la puerta. Úrsula mira el color rojo y transpira, las manos tiemblan, otra vez gira el torso y ve a Leonilda cada vez más cerca, distingue los rasgos de su cara contraída por el esfuerzo de la carrera, las gotas de sudor en su frente, ve cada detalle de su crispación. Se aferra a la manija de la puerta para bajarse, para saltar del coche y correr también, para escapar no sabe adónde. Tira y la puerta se abre unos centímetros, siente el viento helado en su rostro y, justo antes de salir, ve el cambio de luces que anuncia que ya es tarde para la pobre comisaria Leonilda Lima. El color verde de la luz llega como el sonido largo y final del silbato que da por terminado el partido.
—¡Arranque! —grita, y el taxi acelera a fondo sobre la avenida.
Úrsula gira la cabeza y ve a Leonilda que agita los brazos, abre y cierra la boca, atrás van quedando su gesto, sus rasgos, ya no distingue el sudor de su frente ni la crispación. La ve buscar a su vez un taxi, parar un coche y otro sin éxito. ¿Acaso hubo un instante en el que tuvo miedo? Se acomoda en el asiento, sabe que no puede volver a casa, que estará vigilada. Buscará un hotel donde pasar la noche.
Suspira y se distiende. Piensa que Luz ya debe de estar en camino al escondite donde dejó el dinero del botín del blindado. Su hermana se va a ocupar.
Ella no puede, tiene dos visitas en agenda.
Y un escape.
Es domingo, es invierno. Estamos en la Jefatura de Policía de Montevideo, sede de la llamada Cárcel Central, un edificio de dos mil quinientos metros cuadrados, un presidio «de privilegio» en el colapsado y esperpéntico sistema de reclusión uruguayo. Si abriéramos la puerta de alguna de las celdas, veríamos por el suelo colchones con el forro desgarrado, prendas de vestir sucias y abandonadas, artilugios ilegales para calentar el agua, los inevitables termos y mates y bombillas que cada uruguayo arrastra por la vida, en las buenas y en las malas.
La sensación general en este lugar, si no fuera por el frío cruel que recorre los pasillos y se instala en los calabozos, es la de estar en la peor prisión de la más cruel dictadura centroamericana.
Pero situémonos en la planta baja, donde no hay suciedad ni celdas ni prisioneros, donde solo hay oficinas ordenadas y funcionarios uniformados, gente limpia y amable que ocupa los despachos, escritorios y mostradores de atención al público.
La escena que el cabo Fagúndez está a punto de presenciar podría remitirlo a Edmundo Dantès y al castillo de If, pero cuando vea venir a los presos caminando por el corredor nada de eso cruzará por su cabeza, porque el cabo Fagúndez nunca oyó hablar de Alejandro Dumas. Y su asombro, el estupor que experimentará ante la irrupción de los cuatro presidiarios que se acercarán por el pasillo con claras intenciones de salir por la puerta, frente a la pasividad de los funcionarios policiales, se limitará a exteriorizarse en una risa nerviosa, sin el menor ánimo de buscar analogías históricas o paralelismos literarios. Los prisioneros se desplazarán ante las narices de todos, apurados aunque no corriendo, delante de los policías presentes que darán vuelta la cara o se concentrarán en sus teléfonos o desviarán los ojos al techo, atravesarán el corredor hasta la puerta principal y saldrán a la calle Yí donde detendrán un taxi que, por obra del azar o porque alguien lo llamó, acertará a pasar en ese preciso momento.
Subirán al coche y desaparecerán.
Fagúndez, que ayer mismo fue trasladado desde una comisaría de barrio a este puesto en el archivo del sótano de Cárcel Central, no debería haberse movido de su escritorio hasta la hora de comer, según las instrucciones precisas que recibió de su jefe. Sin embargo, está aquí, donde no debería haber estado, de pie en el pasillo. Lleva un expediente entre las manos y siente que sus piernas se han paralizado, que sus cuerdas vocales ya no le pertenecen, ha quedado inmovilizado y mudo después de la risita extemporánea que no pudo reprimir y que nadie festejó ni comentó. Como la mujer de Lot, experimenta la sensación de haberse convertido en estatua de sal por mirar lo que no debería haber mirado. De más está decir que hasta este momento el cabo no ha comprendido que acaba de presenciar la fuga de los cuatro presos, y que no tiene la menor idea de quién es Lot.
Los cuatro hombres se esfumaron sin que sonaran las alarmas, sin que nadie gritara ni advirtiera de la fuga, sin que se dispararan los protocolos de escape, sin más asombro que el del cabo Fagúndez, y después de eso la calle Yí volvió a quedar desierta como cualquier domingo, como si nada de lo que sucedió hubiera sucedido, y no parece que nada vaya a pasar en lo que queda del día en Cárcel Central.
El cabo sigue sin encontrarle una explicación a lo que viene de presenciar, todavía de pie y con el expediente en la mano piensa en una confusión o en un error, en una alucinación o espejismo, mira a su alrededor buscando respuestas en los rostros o actitudes de sus compañeros, pero no ve ninguna señal de inquietud ni sobresalto. Lo confunde el hecho de no percibir el menor desasosiego en sus colegas. Ve a Nancy, que pasa con un vaso de café en cada mano, la mira y ella esquiva sus ojos, aprieta la mandíbula y las arrugas del entrecejo se potencian con la tensión, la ve alejarse por el mismo corredor por el que acaban de pasar los cuatro detenidos no hace ni medio minuto. En el cubículo de la guardia, Dorrego está sentado en la única silla y tiene los auriculares puestos, seguramente escucha música porque su cuerpo se mueve como siguiendo un ritmo. Un poco más acá, Miguel o Armando (todavía no los conoce bien ni se aprendió los nombres) se desplaza frente al viejo mostrador de roble, acomoda o trasiega o busca papeles, los cambia de lugar, desplaza con brío las montañas de hojas, se esfuerza, pone empeño y despliega una concentración inusual en su anodina tarea.
El cabo Fagúndez permanece de pie y callado, aferra el expediente contra su pecho, no se anima a romper este silencio que más se parece a un pacto que a una actitud casual o espontánea. ¿Cuánto tiempo pasó desde que tomó el legajo del estante, salió de su oficina en el sótano pensando en hacer una consulta, y subió la escalera hasta el corredor que conduce a la salida del edificio? Tal vez haga un minuto, pero un instante puede contener infinidad de instantes. Lo piensa, suspira y cierra los párpados, aprieta el expediente más fuerte, apoya la espalda en la pared y empieza a jadear, primero mansito y suave, después descontroladamente, y en ese instante simple y lúcido en que su sangre se llena de oxígeno y el oxígeno llega a su cerebro, descubre que él es el único funcionario de Cárcel Central que no sabía lo que iba a suceder.
—Vi que llegó el correo, Pedro. ¿Hay algo para mí?
—Buenos tardes, señora Vanessa. ¿Cómo está? ¿Qué tal lo está pasando?
—Bien, bien.
—El invierno en la Barra es muy cambiante, pero parece que tendremos algunos días soleados. Sí, vino el correo y me dejó algo para usted, ya se lo iba a alcanzar. Por acá tengo su sobre.
—Gracias.
—¿Tiene todo en la cabaña? ¿Necesita algo más?
—No necesito nada. Gracias.
—Cualquier cosa, ya sabe.
—Sí, ya sé.
—A las órdenes, señora Vanessa.
Qué tipo pesado, ¿por qué no se lo entrega sin más, sin tanta palabrería? El halago o la seducción, cuando el halagado o seducido no participa ni da señales, está entre lo más ridículo de las relaciones humanas. Le cae mal Pedro, no puede decidirse si es debido al tímido coqueteo, a la actitud servil con la que la trata o a la discreta calvicie que empieza a insinuarse en su cabeza. No es un hombre feliz, se le nota en la nuez pronunciada que sube y baja por su garganta.
Atraviesa el jardín hasta su cabaña, la tarde es agradable y se sienta en el exterior, frente a la mesa de plástico del deck. Abre el sobre que Pedro acaba de entregarle y saca el contenido, unas veinte fotografías con sus copias impresas en tamaño grande. Sonríe satisfecha, más cantidad de material de lo habitual.
Mira la primera y rápidamente la deja aparte, a un costado; luego pasa una tras otra casi sin detenerse, hasta que llega a la octava, y también la deja aparte; mira hasta el final y recomienza. Entonces sí las pasa lentamente, se detiene en cada imagen, estudia los detalles. Se concentra en el nacimiento del pelo, en el dibujo de las cejas, en la forma de las piernas, aunque lo que importa, ella bien lo sabe, es una armonía general, la impresión de equilibrio estético al primer golpe de vista. Ni que hablar si es bonita, porque la belleza allana el camino y hace innecesario el estudio de los detalles, del nacimiento del pelo, el dibujo de las cejas, de la forma de las piernas. El atractivo de un aspecto hermoso impacta desde el comienzo, salta desde el papel hasta las retinas, y hace que la mano de Vanessa se mueva y aparte la foto seleccionada, la deje en la pila de las que pasarán a la segunda instancia.
Hace un alto y se sirve el primer campari, mira el mar y piensa que con Adriana forman un buen equipo. Utilizan este método desde que empezaron el negocio: nada de correos electrónicos ni adjuntos con imágenes, nada que implique dejar rastros virtuales, tan difíciles de borrar. Las memorias de los archivos de las fotos, esas pequeñas y peligrosas entidades físicas que llevan las cámaras, se destruyen una vez agotado el negocio.
Adriana organiza las sesiones en lugares que alquila a través de una plataforma con sede legal en Indonesia o Irlanda y, antes de llevar a las fotografiadas, saca los adornos y tapa los muebles, corre las cortinas o persianas, hace desaparecer cualquier rasgo identificatorio. Un fondo irreconocible y banal.
Más adelante, cuando el trabajo está hecho, imprime con una conexión de cable físico y hace el envío por correo común, sin remitente y a una casilla o al hotel donde ella se encuentre. Vanessa recoge los sobres, examina y estudia el contenido, analiza el potencial de cada una y finalmente selecciona, nunca más de tres o cuatro entre diez o doce o, como hoy, entre veinte. Las fotos de las elegidas las enviará a sus clientes, también por correo y con un remitente inventado, siempre a direcciones previamente convenidas de las que guarda cuidadoso registro en una agenda, generalmente oficinas o lugares de trabajo, casi nunca domicilios particulares.
Y espera la reacción del destinatario.
Esta vez ha marcado cuatro. Adriana hizo un gran trabajo de selección y fotografía, ellas se ven hermosas y distendidas, naturales y espontáneas. Porque en este negocio no hay nada peor que lo artificioso, los rostros pintarrajeados, las bocas haciendo trompita dibujadas con labiales de colores fuertes, los cuerpos en poses pretendidamente sensuales o francamente provocativas que, ella lo sabe, no funcionan con esta clase de clientes. También se encarga de comprarles la ropa para las sesiones, elige prendas en texturas suaves y colores pasteles de acuerdo al tono de piel de cada una: a las morenas las viste en celeste cielo y verde agua; a las rubias con azul lavanda o rosa viejo, a veces con algún tono beis que imita el sepia de los daguerrotipos. Las hace sentar o tenderse en sofás que cubre con terciopelo oscuro, bordó o azul o negro, las ilumina discretamente, apenas un toque de rubor en las mejillas, les da galletitas, refrescos, libritos, algunos juguetes. Trabaja sin apuro, deja pasar el tiempo para que olviden que su ojo está ahí, detrás de la luz y tomándoles fotos.
Después de unos momentos iniciales de timidez empiezan a aburrirse porque no hay televisión y no está permitido llevar sus teléfonos; miran alrededor y ven una casa desconocida, paredes sin adornos y un mobiliario insulso, nada en qué fijar la vista; toman los libritos y los hojean, mordisquean una galleta y unos snacks, estiran los brazos y acercan un muñeco, se ponen cómodas y se olvidan de Adriana. A medida que comen y beben y juegan se van sintiendo a gusto, los músculos del cuerpo se distienden, el rostro luce relajado, brillante, limpio, a veces apoyan las piernas en los posabrazos, y las manos y los pies cuelgan con cierto desmayo.
Adriana dispara sin flash y da pocas o ninguna indicación, a veces se acerca y descubre ligeramente un muslo o abre una blusa apenas, justo donde el año que viene habrá un pecho, separa la tela para mostrar un pequeño pezón que empieza a verse turgente a pesar de la edad temprana. Otras veces, cuando caen dormidas o se distraen, ellas mismas abren las piernas y exhiben los genitales, muestran una vulva en proceso de desarrollo o lo que se parece a una encantadora alcancía de piel. Esas fotos valen oro, ella y Adriana lo saben, y hoy recibió uno de esos tesoros.
Más que fotógrafa, Adriana es una artista integral.
La conoció en el casamiento de una amiga en Montevideo, una de esas fiestas en chacras decoradas en blanco sobre un césped muy verde, tules y flores y follaje en hermoso contraste, esas celebraciones en que la bebida dura demasiado y los invitados se van desmadejando, las mujeres terminan con sus pailletes vomitadas y los hombres con sus alpacas mojadas con lamparones de sudor, todos luciendo collares de flores de plástico y convertidos en la peor versión de sí mismos en aras de una alegría artificiosa y breve, de la que mañana solo quedará el dolor de cabeza.
Y las cosas pasaron como pasan siempre, por pura casualidad. Unos días más tarde, la novia le envió archivos con registros de la boda, ella los abrió sin interés y sin pensar en nada, e inmediatamente supo que esa calidad de trabajo era justo la que ella necesitaba para el negocio que planeaba.
Deja el vaso a un costado, pone cuatro imágenes formando una cuadrícula y las mira con atención, evalúa las condiciones de cada una. Las dos de arriba son bellas sin discusión y, a simple vista, las de abajo tienen algún rasgo hermoso como el nacimiento del pelo, el dibujo de las cejas o la forma de las piernas. Hay que tener un catálogo variado porque los gustos también son diversos y, si bien la belleza y cierto desarrollo púber siempre cotizan, una nariz perfecta, un cuello elegante o la inocencia de una pequeña cavidad debajo de la boca pueden resultar mucho más redituables que unos labios vaginales en su primera faz de eclosión. Un catálogo diversificado, pero no al extremo de otros negocios como el suyo. Vanessa es una mujer de principios.
Sonríe, mañana las despachará en la oficina de correos.
La mayoría de las direcciones de su agenda son de Montevideo y Punta del Este, de San Pablo y Buenos Aires, clientes que pagan muy bien y que no hacen cuestión con los precios sino con la calidad.
El día se extingue y empieza a sentir frío. Ha sido una tarde espléndida, entra en la cabaña y toma un maletín con candado de triple combinación, compone la clave y saca dos pequeños cuadernos, hace anotaciones. Su seguro de vida, piensa. En la primera agenda hay datos de los consumidores, algunos personajes públicos que son o han sido sus clientes, información que vale oro y que, por cierto, no piensa utilizar más que en un hipotético caso de peligro. En la segunda empieza a escribir la información de las fotografiadas. Siente hambre, el día se le fue volando. Guarda la primera de las libretas y el sobre, cierra e ingresa la combinación. Todavía tiene que hacer anotaciones en la segunda agenda y le da pereza pensar en volver a abrir el portafolio, la acomoda bien escondida en el fondo de la maleta.
Mira por el ventanal que da a la terraza, el último hilo de luz que entra por la ventana. En unos momentos saldrá a cenar, alejará su atención del trabajo, beberá otra copa y contemplará el mar en calma. La próxima será una buena primavera.
—Espero que no le importe que me siente con usted.
—Perdón, ¿me hablaba a mí?
—Sí.
—Creo que no tengo el gusto.
—Me dijeron que usted es el inspector Clemen.
—Sí, soy yo.
—Tampoco tengo el gusto. Me presento, soy Úrsula López.
—Ajá.
—Parecería que mi nombre no le dice nada.
—La verdad que no.
—No importa, es cuestión de tiempo, ya se va a acordar.
—No sé si entiendo de qué…
—Vea, lo que tengo que hablar con usted no es algo que se pueda hacer parada. Mucho menos en un bar de mala muer…
—Señora, ignoro qué asunto la trae, pero le explico: para mí es una noche difícil, tengo que volver al trabajo y no estoy para charlas. Y seguramente usted tendrá que volver a su casa.
—¿A lavar los platos, agregaría?
—No dije eso. Ustedes las feministas…
—A mí no me conviene estar de pie tanto tiempo, por las cervicales, ¿sabe? Tengo artrosis y después me duelen toda la noche.
—¿Y yo qué…?
—Creo que a usted tampoco le conviene que yo esté así, de pie y tan incómoda.
—Mire, como le decía, no tengo tiempo para…
—Le voy a decir dos palabras para que vaya viendo de qué va el asunto. La primera: Antinucci. La segunda: robo.
—Entonces, usted es la mujer que…
—Veo que entiende de qué tema voy a hablarle.
—Siéntese, por favor, señora.
—López. Úrsula.
—Señora López.
—Mucho mejor así, gracias. No sabe lo que me hace sufrir esta maldita columna.
—Sí, sí. Ahora sé quién es.
—Era hora. Pensé que iba a tener que contarle el robo al blindado con lujo de detalles.
—Preferiría que me contara la huida con el botín.
—Eso ya lo veremos. A su tiempo.
—Soy todo oídos.
—Veo que lo interrumpí cuando estaba por atacar un capuchino con medialunas. Me inspiró, voy a pedir lo mismo.
—Adelante, póngase cómoda. ¿Necesita algo más?
—Tanto como cómoda… No se puede decir que este sea un lugar agradable. Y para colmo la televisión prendida, el ruido ambiente, la pantalla en ese color verdoso, ¿no le molesta?
—No. En absoluto.
—¿Y el olor que viene del baño?
—No huelo nada en particular.
—Bien, allá usted. Hablemos de negocios.
—La escucho.
—Estoy acá porque necesito su ayuda.
—A ver si la entiendo. ¿Usted roba un transporte de caudales y viene a pedirle ayuda a la Policía?
—Error: yo no robé ningún transporte de caudales. El Roto fue la mano ejecutora, y el doctor Antinucci, el cerebro. Usted lo sabe, no necesita que yo se lo diga, Clemen.
—Está bien, no lo robó, es cierto. Pero aprovechó la confusión para subirse a la camioneta y mandarse a mudar con el botín.
—¿Cómo explicárselo? Tampoco fue así como dice, no fue tan sencillo. Cuando entré en escena, aquello era un pandemónium.
—¿Un qué?
—Un escándalo, un lío. Los delincuentes habían hecho explotar el vehículo, el suelo estaba regado de sangre y cadáveres. No se imagina lo que era aquello, la escena de una película de guerra. Y ese tipo, el delincuente, Ricardo Prieto, alias el Roto, le disparaba a todo lo que veía. Dicho sea de paso, un asesino peligroso que no debía estar en otro lugar que en la cárcel. ¿Me puede decir qué hacía Prieto, libre y en la calle?
—¿Me lo pregunta a mí?
—Claro que se lo pregunto, ¿acaso no representa la ley y el orden? Y si no se lo pregunto a un inspector de Policía, ¿a quién?
—Creo que…
—Yo sé muy bien que ese hombre estaba preso y con una condena importante por homicidio. No pudo haber sido liberado de buenas a primeras. ¿Qué hacía allí, en libertad y asaltando un transporte de caudales?
—En el momento del robo, el Roto acababa de fugarse de una salida a declarar al juzgado. ¿No se enteró? Apareció en todos los medios.
—No leo los diarios ni veo la televisión, aunque tampoco ignoro el desastre en el que se ha convertido el sistema carcelario uruguayo. Los ciudadanos honestos estamos a merced de la delincuencia. ¿Qué perfume usa?
—¿Yo?
—Claro, usted. ¿Quién más?
—Qué pregunta rara. Uso el que me compra mi mujer, tiene un envase rojo, es todo lo que puedo decirle.
—Verbena, piña y limón.
—¿Cómo?
—Nada, no me haga caso.
—Volvamos a lo nuestro, ¿usted ya conocía a Prieto?
—Menos averigua Dios y perdona.
—No me venga con refranes y dígame de qué forma una señora como la que tengo frente a mí conoce a un sujeto como el Roto y, lo que es más llamativo, sabe su situación procesal y los años de condena que le sentenciaron. Aunque confiesa no leer los diarios ni ver la televisión.
—Sigamos con los asuntos que hoy nos ocupan, señor Clemen, por su bien y por el mío.
—No sé a qué se refiere. Porque, hasta ahora, su bien y el mío no han coincidido.
—Le decía que entré en la escena del asalto después de que ese tal Ricardo Prieto, el Roto, le disparara a todo lo que se movía y cargara el dinero en una camioneta. ¿Quiere saber por qué salí del escondite desde donde había observado todo el robo?
—Espere, no se apresure. Este es el momento en el que yo, como policía, le podría preguntar qué estaba haciendo en ese lugar y a esa hora.
—Voy a ser honesta: fui solo para hacerle un favor a Germán. ¿Cómo decirlo sin que suene melodramático? Él estaba muy asustado, es un hombre frágil, depresivo. Lo habían obligado a participar del asalto y me pidió que fuera como apoyo moral.
—A ver si entiendo: usted fue para darle tranquilidad en medio de un asalto.
—Trate de evitar el cinismo. Hay gente fallecida de por medio, inspector Clemen.
—Discúlpeme. Y prosiga.
—Yo los miraba de lejos, de atrás de un camión estacionado a unos cien metros.
—O sea, usted y su socio tenían todo planeado.
—Se equivoca, en realidad no teníamos nada planeado. Es la pura verdad.
—Para ser una improvisación, no les salió tan mal.
—Voy volver a pasar por alto su ironía.
—Gracias por la indulgencia.
—Yo estaba escondida atrás de ese camión, le decía, cuando las cosas empezaron a salirse de control.
—El… ¿pandemónium?
—Digamos que se había desatado el caos, para que usted entienda mejor. Fue entonces que pensé que debía intervenir. Pero le aseguro que no tenía nada previsto, como no fuera un .38 que llevé por mera precaución, bien guardado en mi bolso.
—Usted no sale desprotegida, señora López.
—Nunca se sabe, inspector, en este mundo tan violento no se puede…
—Sí, sí, el mundo violento. Pero continúe con el caos y el pandemónium, por favor.
—Ya había explotado la granada o el misil o lo que fuera que hizo estallar el vehículo blindado, que todavía ardía. Prieto estaba como loco metiéndose cocaína, y ya había matado a no sé cuántas personas, porque perdí la cuenta. Él y Germán habían cargado las bolsas de dinero en la camioneta. Entonces sucede algo que me obliga a salir de mi escondite atrás del camión.
—¿Qué es lo que la hace intervenir? ¿Por qué sale de su escondite, Úrsula?
—Vi que el Roto le apuntaba a Germán con obvias intenciones de disparar.
—Le vio las intenciones pintadas en el rostro.
—Vamos, no tendría que explicárselo. ¿Un policía no conoce el modus operandi del mundo del hampa? Terminado el trabajo, en este caso el asalto, si no les sirve más, lo eliminan. Así de fácil.
—Le agradezco sus aclaraciones que echan luz sobre el mundo del hampa, señora López.
—La cosa es así: el asalto había terminado, habían cargado el dinero en la camioneta. Y a esa altura de los hechos, ¿el Roto para qué precisaba a Germán?
—Dígamelo usted.
—Para nada. Germán también se dio cuenta, y estaba ahí parado, muerto de miedo. Yo tuve un mal presentimiento, aunque recién salí del escondite cuando vi que el Roto le apuntaba con un arma en la frente. Supe que, si no lo detenía, mi amigo estaría muerto en cuestión de segundos.
—Y lo detuvo. Sin vacilar.
—Claro. ¿Qué otra posibilidad tenía? ¿Pedirle que reflexionara y desistiera, intentar persuadirlo de lo sagrado de la vida humana?
—Ahora es usted la que ironiza.
—Le hubiera visto la cara, aquel hombre estaba fuera de sí: cocaína hasta en las cejas. Permítame un momento, me pongo el saquito, porque aquí hace frío. Pido un par de medialunas y ya seguimos con lo nuestro.
—¿Y entonces?
—Ya le dije, tenía que detener a ese hombre. Hice lo que tenía que hacer.
—En buen romance, le disparó.
—Fue un acto de defensa, no de agresión.
—Por supuesto. ¿Qué pasó después?
—En el momento en que cae el Roto, alguien, situado fuera del lugar del robo, vuelve a disparar con mortero hacia la escena del robo. O sea, precisamente a donde estábamos. ¿Desde dónde? Nunca lo supe, pero venía de lejos, los proyectiles impactaron en lo que queda-ba del blindado, en la vereda, en los edificios. La esce-na del asalto comenzó a incendiarse otra vez, un foco acá y otro allá.
—Otro pandemónium.
—Me pregunto de dónde sacan esa munición. Estoy segura de que son armas de guerra que no se compran en la feria de Piedras Blancas. ¿Investigó de dónde venían esos disparos? ¿Origen, procedencia, calibre?
—Anoto su inquietud en el libro de sugerencias policiales.
—Y, en medio de todo, a Germán le da por desmayarse. ¿Puede creerlo? Después de detener al Roto, no tuve más remedio que arrastrar a Germán hasta el único vehículo que se había salvado del incendio que provocaban los proyectiles.
—La camioneta Toyota con el dinero.
—La camioneta Toyota con el dinero.
—Y escapan.
—Lo primero que pensé fue en poner distancia con las explosiones de mortero.
—¿Cómo sabe que era mortero?
—No leo los diarios, pero veo películas. ¿Qué habría hecho usted, inspector? ¿Quedarse o huir? Lo primero era salvar nuestras vidas.
—Usted lo dijo hace un momento: lo sagrado de la vida humana.
—Traté de escapar de ese infierno de violencia, fuego y muerte; intenté salvar a Germán y salvarme a mí misma, y correr hacia un lugar seguro.
—Y de paso, con los millones en la parte trasera y a buen recaudo.
—No iba a tirarlos por la ventanilla.
—No, no iba a tirarlos, así que escapó, y mientras huía pensó dónde y cómo esconder el botín que llevaba en la parte trasera.
—Véalo desde otro ángulo: si yo no me la hubiera llevado, la plata se habría quemado con esos proyectiles incendiarios. O la hubiera robado el primero que pasara. Por ejemplo, los vecinos del barrio, que ya habían visto flotar billetes quemados y estaban a la espera.
—Una mujer prudente.
—Dicho sea de paso, también tuve que escapar de sus hombres, Clemen, que me seguían con aparente disimulo, que me pisaban los talones. No fue fácil, inspector.
—Una persecución poco exitosa, si mal no recuerdo, que usted pudo burlar sin problema. Al punto de hacer desaparecer las bolsas con el dinero en nuestras propias narices. Qué talento, señora.
—Pude, es cierto, aunque no fue tan fácil como usted lo pinta. Si todo requiere su esfuerzo, imagínese lo que fue esconder esas grandes bolsas de dinero. No fue coser y cantar, créame.
—Cambiando de tema, ¿confiesa que le disparó al Roto?
—No vine acá a admitir un delito ni a confesar un pecado.
—¿A qué vino, exactamente, Úrsula? ¿Por qué me cuenta todo esto?
—Seré clara: vine a pedirle que me saque de encima a dos personas que comienzan a molestarme. Al doctor Antinucci y a la comisaria Lima.
—¿Y por qué tendría que ayudarla?
—Porque yo sé que usted fue un colaborador estrecho y necesario en ese robo, le mintió a la prensa cuando dijo que el dinero se había quemado, supongo que con la idea de recuperar la plata para su provecho. También dijo que no hay delincuentes ni testigos vivos. ¿Se olvidó del Roto?, ¿de Germán?, ¿de un tercero que huyó antes de que el robo empezara? Sin contarme a mí misma.
—¿Ahora lee la prensa, Úrsula?
—Solo a veces, y lo indispensable. La vida es un suspiro y no quiero amargarme.
—¿Y cómo puede estar segura de que yo soy cómplice? Me imagino que tiene pruebas.
—No habría podido desplegarse semejante operativo encubierto en torno a mi escape y al dinero sin la complicidad y la logística de las autoridades policiales. Sé que usted está hasta las manos, inspector Clemen. Los hechos lo señalan con una flecha roja.
—¿Y entonces? Sigo sin entender por qué iba yo a ayudar a la persona que me robó el dinero.
—Veamos, la versión oficial del robo dice que los delincuentes murieron en el tiroteo y que la plata se quemó en la explosión. Entonces puede aparecer Germán, uno de los ladrones, que sabe cómo y quiénes organizaron el golpe al blindado, cómo sucedieron los hechos. Y una testigo que acertó a pasar por la escena: yo.
—¿No le parece peligroso amenazarme, señora López?
—Sí, es peligroso, y lo pensé bien antes de venir. Para mi seguridad dejé todo por escrito, mi declaración y la de Germán, con copias a personas de mi confianza para ser distribuidas a la prensa y autoridades en caso de necesidad. Vamos, Clemen, puede arrancarme las uñas, puede cortarme en pedacitos, pero eso no le garantizará la impunidad.
—Se cree muy astuta.
—Sospecho que sus superiores, desde el ministro del Interior para abajo, deben de estar alarmados por este extraño desenlace del asalto, preocupados por la verosimilitud de esta historia en la que se queman todos los billetes y mueren todos los involucrados. Quizá otra versión de los hechos movería la curiosidad pública y, de más está decirle, no le haría bien a su reputación.
—Usted piensa que todos somos corruptos.
—Inspector, el realismo mágico latinoamericano ya no es un género literario, sino político.
—A ver si la entiendo. Quiere que yo garantice su seguridad a pesar de que huyó con los millones.
—Sí.
—Me sobrevalora: ni un jefe de Policía puede tanto.
—Ya se lo dije. Si a mí me pasa algo, saldrán a la luz todas sus mentiras sobre el asalto. Entonces, no lo olvide: sáqueme de encima a la comisaria y a Antinucci… ¿Dónde está el mozo?… Señor, señor, ¿podrá atenderme? Tráigame dos medialunas de jamón y queso para llevar y un massini. Que las medialunas sean tres, mejor… Cuídeme, inspector, cuídeme, por su bien y por el mío. ¿Ve? Su interés y mi interés coinciden, después de todo.
—Úrsula, ¿y qué pasa con el dinero?
—Inspector Clemen, yo guardo su secreto, garantizo su impunidad.
—¿Y la plata?
—La plata es mía.
