Obediencia fácil - Kay Kuzma - E-Book

Obediencia fácil E-Book

Kay Kuzma

0,0

Beschreibung

¿Es la obediencia fácil alguna vez? Agunos podrían argumentar que eso es imposible. Pero yo no estoy de acuerdo. La paternidad siempre tendrá sus desafíos, pero con la base de la comprensión y el amor, y con la disposición para satisfacer las necesidades básicas de tu hijo, puedes aplicar las técnicas de "Obediencia fácil" y vivir el placer de criar a un niño que generalmente estará dispuesto a obedecer. Este es realmente un libro acerca de la importancia de la autodisciplina. Muchos padres piensan que la paternidad es hacer que los niños obedezcan. En lugar de eso, nuestra tarea debería ser animar a los niños a ser autodisciplinados. Disciplinar significa enseñar. He sido docente de niños pequeños, así como también de estudiantes universitarios durante muchos años, y las mismas técnicas que son exitosas en el aula pueden revolucionar tu hogar. Así que te ofrezco un método de disciplina basado en los fundamentos de la teoría y la práctica educacional, unidos a la experiencia práctica de criar tres hijos, ahora adultos, con mi esposo Jan. Es un método que ha superado la prueba del tiempo. ¡Feliz paternidad!

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 408

Veröffentlichungsjahr: 2020

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Obediencia fácil

Enseñar a los niños autodisciplina con amor

Kay Kuzma

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.

Índice de contenido
Tapa
Prólogo
Introducción
1 - Lecciones que aprendí de los niños
2 - Metas para la obediencia fácil
3 - Estilos de paternidad para una obediencia fácil
4 - La atención y el Principio de la Copa del Amor
5 - El poder y la Estrategia de la Cuerda
6 - La venganza y la Psicología del Témpano de Hielo
7 - Preparación para los enfrentamientos
8 - Enseñando la obediencia fácil
9 - Cómo establecer límites que se puedan obedecer
10 - El poder de ser positivo
11 - Deja que tus hijos asuman las consecuencias
12 - “Tiempo fuera” para modificar la conducta
13 - Terapia de choque
14 - Resolución de problemas por medio de la negociación
15 - Libertad a cambio de responsabilidad
16 - Cómo alejar los problemas por medio del juego
17 - Comienza temprano a enseñar valores
18 - Problemas de los niños pequeños, propios de la edad
19 - Los años de los desafíos con los niños mayores
20 - Cómo ser padres de hijos pródigos
21 - Cuando no tienes una respuesta, entrégalo a Dios

Obediencia fácil

Kay Kuzma

Título del original: Easy Obedience, Review and Herald Publishing Association, Hagerstown, MD, Estados Unidos, 1997.

Dirección: Pablo M. Claverie

Traducción: Adriana Itin de Femopase

Diseño de tapa: Nancy Reinhardt

Diseño del interior: Marcelo Benítez

Ilustración de tapa: Shutterstock

Libro de edición argentina

IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición. e - Book

MMXX

Es propiedad. © 1997 Review and Herald Publ. Assn.

© 2004 ACES.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-180-3

Kuzma, Kay

Obediencia fácil / Kay Kuzma / Dirigido por Pablo M. Claverie. - 1ª ed. - Florida: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo digital: Online

Traducción de: Adriana Itin de Femopase.

ISBN 978-987-798-180-3

1. Vida cristiana. I. Claverie, Pablo M., dir, II. Itin de Femopase, Adriana, trad. III. Título.

CDD 248.4

Publicado el 20 de mayo de 2020 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)

E-mail: [email protected]

Web site: editorialaces.com

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.

Prólogo

¡Nunca antes enseñar a los niños a obedecer ha sido presentado de manera tan fácil y divertida como en este libro! Con una visión penetrante, que penetra a través de las muchas máscaras que usan tanto los padres como los niños, Kay Kuzma llega a la raíz de una amplia variedad de problemas de la paternidad: la búsqueda de atención, de poder o de venganza, por nombrar unos pocos. Con ejemplos fascinantes y fáciles de seguir, Kay muestra cómo amar a los niños para lograr una obediencia voluntaria y gozosa. Los padres frustrados, exasperados y agotados descubrirán su propio sentido del humor, dado por Dios, mientras guían a sus hijos de manera fascinante hacia la obediencia.

Si sabes que naciste para ser un dictador, disfrutarás aprendiendo cómo ser uno bueno, según el perfil que Kay elabora del “dictador benevolente”.

Si estás siempre zambulléndote en enfrentamientos con tus hijos, te encantarán sus instrucciones acerca de cómo prepararte para ellos.

Si estás cansado de siempre decirle no a tus hijos, descubrirás cómo lograr no hacerlo nunca más, ¡y a ti y a tus hijos les encantará!

Si sabes que has estado poniendo demasiadas reglas “imposibles” para tus hijos, te alegrarás de tener una sección que habla de cómo establecer límites que se pueden obedecer.

Si has descubierto que tus castigos no funcionan, encontrarás algunos nuevos que sí lo hacen.

Si te has preguntado acerca de “escatimar la vara y malcriar al niño”, no te lo preguntarás más después de su capítulo titulado “Terapia de choque”.

En su libro, Kay Kuzma aborda algunos de los ejemplos más difíciles en cuanto a las actitudes de desafío, rebeldía, obstinación, indiferencia, rechazo, soledad, depresión, excitabilidad y distracción, y provee ejemplos de la vida real singulares y creativos de cómo tratar con ellos.

Este libro, difícil de dejar de lado, es un libro obligatorio para todos los padres y para los profesionales en vida familiar que están buscando soluciones creativas y prácticas para sus clientes. Es fácil de leer y, al mismo tiempo, exacto científica y bíblicamente, y cubre de manera abarcante los temas conflictivos de la paternidad efectiva.

–Elden M. Chalmers, Ph.D.

Introducción

Benjamín Franklin dijo una vez: “Que la primera lección de tu hijo sea la obediencia, y la segunda será la que tú quieras”. Éste es un consejo sabio. Pero, ¿es la obediencia alguna vez realmente fácil? Algunos podrían argumentar que es imposible. Pero yo no estoy de acuerdo.

La paternidad siempre tendrá sus desafíos, pero con el cimiento de un amor comprensivo y la disposición a satisfacer las necesidades básicas de tu hijo, puedes aplicar las técnicas presentadas en este libro y vivir el placer de criar a un niño que generalmente esté dispuesto a obedecer.

Esto no significa que el niño no tendrá fallas; todos cometemos errores. Pero los niños que saben sin lugar a dudas que son amados en forma irracional –por ninguna otra razón, excepto que existen– rara vez tienen una dimensión oculta de rebelión. Y la rebelión es el elemento fundamental que hace que sea tan difícil lograr que los niños obedezcan.

Éste es realmente un libro acerca de la importancia de la autodisciplina. Porque siempre es difícil tratar de disciplinar a otros; de hecho, “hacer” que otra persona obedezca es probablemente el trabajo más difícil en todo el mundo, especialmente si hay poco o nada de respeto. Desafortunadamente, demasiados padres piensan que el hacer obedecer a sus hijos es de lo que se trata la paternidad. Me gustaría cambiar el concepto. En lugar de eso, nuestro trabajo debería ser estimular a nuestros hijos a llegar a ser autodisciplinados.

La Amplified Bible [Biblia amplificada] lo expresa de esta manera: “Instruye al niño en el camino que debería seguir [y de acuerdo con sus dones o inclinaciones individuales], y cuando sea viejo no se apartará de él” (Prov. 22:6). La obediencia fácil se basa en este concepto bíblico de instruir al niño o a la niña en el camino que debería seguir. Cada niño tiene necesidades y deseos singulares, así como una personalidad peculiar. Cuando respetas a un niño de acuerdo con la persona única que es y la instruyes dentro de esos parámetros, teniendo en cuenta el factor de la edad, se puede enseñar más fácilmente la lección de la obediencia. Nuestra tarea, como padres, es establecer un ambiente que sea conducente al crecimiento. Nuestras acciones y palabras, nuestras amonestaciones y límites, deberían proveer una atmósfera cálida y segura en la que a los niños les resultará fácil respetar y obedecer los deseos de quienes están en posición de autoridad.

Disciplinar realmente significa enseñar. De hecho, las mismas técnicas que son exitosas en el aula de clases pueden revolucionar tu hogar. Entonces, basados en los fundamentos de la teoría y la práctica de la educación, unidos a la experiencia práctica que mi esposo Jan y yo hemos tenido al criar a tres niños que ahora son adultos amantes y responsables, les ofrezco un método de disciplina que ha superado la prueba del tiempo. Muchos se me han acercado ahora que sus hijos son grandes, y me han dicho: “Crié a mis hijos con el método Kuzma, y me gustaría que los conociera. ¡Son personas con las que es agradable estar!”

Espero que en los años venideros tú seas uno de esos padres.

–Kay Kuzma

Cleveland, Tennessee EE.UU

Capítulo 1

Lecciones que aprendí de los niños

Los niños tienen más necesidad de modelos que de críticos.

–Joseph Joubert.

Muchos padres han parafraseado al poeta inglés del siglo XVII John Wilmot, conde de Rochester, cuando dijo: “Antes de casarme, tenía seis teorías acerca de cómo criar a los hijos; ahora tengo seis hijos y ninguna teoría”.

Sonreímos ante esas palabras –los que tenemos hijos–, porque nosotros también hemos entrado a los tropezones en la tarea de criar hijos, con algunas ideas definidas de cómo hacerlo, sólo para que sean destrozadas por nuestros hijos. Pero al final, no es como si quedáramos en el vacío: hemos aprendido algo. Quizá no sobrevivimos con nuestras teorías originales intactas, pero es válido lo que aprendimos, aun si la lección consiste meramente en saber que hay muchas maneras de criar niños.

Y eso también me ha pasado a mí. Quizá no sobreviví a la maternidad con todas mis teorías en relación con la crianza de los niños intactas, pero los niños me han enseñado algunas lecciones valiosas, cuatro de las cuales darán comienzo a este libro. Si utilizas las cuatro lecciones fundamentales que aprendí para dar forma a tus teorías acerca de la crianza de los niños, te garantizo que aumentarás significativamente tus probabilidades de alcanzar la meta de la obediencia fácil con tus hijos.

Lección 1: El respeto es la base de la obediencia fácil

Yo tuve lo que algunos considerarían una ventaja a la hora de criar hijos. Enseñé a niños antes de tener los míos propios. Ésa fue una experiencia valiosa. Y fue en la escuela universitaria elemental en UCLA, donde era una de cinco docentes en un programa experimental integrado con sesenta niños preescolares, donde aprendí mi primera lección acerca de la obediencia. ¿El maestro? El niño de 4 años más provocativo que he encontrado alguna vez.

Lo llamaré Brad. Me producía pesadillas, literalmente. Brad era incontrolable y desafiante, actuaba como si tuviera la misión secreta de destruir mi bisoña experiencia docente. ¿Su método de ataque? ¡La desobediencia! No importara lo que yo dijera o hiciera, él arrojaba cosas cuando estaba enojado y luego salía corriendo para que no lo pudiera atrapar, haciéndome quedar como tonta e incompetente. Probé todo lo que sabía para detener esta conducta: observaba su creciente nivel de frustración y me acercaba a él para impedir una explosión; le imponía consecuencias; hablé con su madre; lo aislé; traté de no hacerlo enojar... y finalmente me di por vencida. Nada funcionaba.

Fue entonces cuando mi equipo docente hizo una observación valiosa. Brad no actuaba de esa manera con ellos. Obviamente estaba desafiando mi autoridad, y yo estaba fracasando. Puesto que podía salirse con la suya de hacer lo contrario a lo que yo decía, no me respetaba.

Poniendo nuestras mentes a trabajar juntas, nuestro equipo formuló un plan. La siguiente vez que Brad comenzara a tirar cosas, yo le diría firmemente: “Déjalo”. Si arrojaba el objeto y comenzaba a correr, yo le ordenaría: “Ven acá”. Si seguía corriendo, debía gritarle: “¡Detente!”, para estar segura de que Brad me había oído, y al mismo tiempo alertar a mi equipo respecto del hecho de que iba a dejar mi puesto de trabajo y que ellos debían cubrirme. Entonces debía correr hasta donde fuera necesario, atrapar al niño y tomar todo el tiempo que fuera necesario para asegurarme de que supiera que quería decir lo que había dicho.

Unos pocos días más tarde, sucedió algo que hizo enojar a Brad, y entonces tomó un bloque. Le advertí: “Brad, deja ese bloque en el suelo”. Él me dio una mirada y arrojó el bloque, que pasó a un centímetro de la cara de otro niño, y se echó a correr. Cuando le grité: “¡Brad, detente!”, me miró como diciendo “Te desafío”, y salió por la puerta hacia el patio de juegos. Debo de haberlo sorprendido al correr detrás de él. Corrió hacia un pequeño arroyito que separaba nuestro patio de las otras aulas. Finalmente, lo atrapé en el patio de los grados superiores, lo sujeté fuertemente por los brazos y la cintura, y me senté sobre una piedra con una masa rebelde que se retorcía, gritaba y maldecía, sobre mi falda.

Sólo tenía un objetivo ahora: enseñarle a este niño a respetar mi autoridad. Me sentí tentada a enojarme. Me sentí tentada a sacudirlo hasta introducirle algo de cordura. Me sentí tentada a apretarlo hasta que le doliera. Me sentí tentada a insultarlo. Pero no lo hice. ¿Cómo podía esperar que me respetara si yo no lo trataba con respeto? Así que sólo lo sostuve muy firme y le repetí suavemente: “Brad, eres especial. Eres un niño especial”. Después de lo que me pareció una eternidad, su cuerpo se relajó. Finalmente, me preguntó:

–¿Qué vas a hacer conmigo?

–¿Qué te parece que debería hacer? –le pregunté.

Se encogió de hombros y dijo:

–Pegarme.

–Pero yo no creo en pegar a los niños.

–¿No? –pareció asombrado.

Aflojé mi apretón.

–No, especialmente a alguien especial. Pero tienes que aprender a obedecerme; tienes que aprender que quiero decir lo que digo. No puedes arrojar cosas en la escuela. ¿Entiendes? Cuando te enojas, puedes hablar, puedes arrojar palabras, pero no cosas. Y si comienzas a correr y yo te digo que te detengas, ¿qué se supone que debes hacer?

–Detenerme.

–Y si me desobedeces, ¿qué pasará?

–¡Me atraparás!

–Correcto. Y la próxima vez habrá una consecuencia terrible. ¿Entiendes?

–¿Qué vas a hacer?

–Los niños en esta escuela obedecen a sus maestros. Si no puedes obedecer, no podrás venir más a esta escuela. Entonces, tus padres se enojarán y todos tus compañeros te extrañarán, y no podrás jugar con los juguetes que hay en la escuela. No te gustaría que eso ocurriera, ¿verdad?

–No.

–Entonces, ¿significa eso que me vas a obedecer?

–¡Sí!

–Bien. Ése es mi niño especial –le dije mientras le daba un abrazo y caminábamos juntos nuevamente a la clase.

Brad nunca más desafió mi autoridad. Aprobé. Y la lección que aprendí me ha servido durante tres décadas: el respeto mutuo es un prerrequisito para la obediencia fácil. Es verdad que uno puede obtener obediencia sin respeto, pero la obediencia se basará en el temor al castigo. Quiten el temor al castigo, y la obediencia se derrumba como una vasija de arcilla antes de ser quemada. ¡Cuánto mejor es tener obediencia basada en el respeto mutuo y encendida con el amor!

Lección 2: El ejemplo es un poderoso maestro.

Kim, nuestra hija mayor, me enseñó una poderosa lección cuando tenía alrededor de un año. Tenía concertada una cita para sacarle fotos, y había pasado como una hora bañándola y vistiéndola con un trajecito verde menta muy adornado, con una bombachita y un sombrero haciendo juego; con zoquetes blancos con puntillas y zapatos negros de charol.

La dejé sentada sobre una manta en el patio de atrás por un momento, y corrí de vuelta a la casa a pasarme un peine por el cabello y a buscar mi cartera. Nunca se me ocurrió que Kim se saldría de la manta, pero eso es lo que hizo. Gateó a través del patio de cemento, pelándose los zapatos nuevos de charol (todavía no caminaba). Y luego descubrió el plato medio lleno de comida blanda del perro. Metió las manos en él y la apretó entre sus dedos; la probó. Cuando finalmente la vi, Kim estaba comenzando a desparramar comida de perro en la puerta del patio. ¡Uack! ¡Qué lío! ¡Comida de perro por todas partes!

Una mirada, y me olvidé de todas mis anteriores resoluciones en cuanto a la crianza de los niños de no enojarme y dar palizas. Le grité:

–Kimi, ¿qué hiciste?

Luego, la levanté como ningún niño de 12 meses debería ser levantado, la arrojé sobre mi hombro y comencé a pegarle sobre su parte trasera llena de pañales.

En lugar de llorar, como en realidad no le había hecho daño, Kim simplemente retrocedió hacia mis brazos, levantó su pequeña manita y me pegó en la cara.

Dos cosas importantes que había aprendido en mis estudios de posgrado pasaron repentinamente por mi mente: primera, a los niños no se les pega; y segunda, nunca debieras permitir que un niño te trate en forma irrespetuosa. Acababa de violar la primera regla, y Kim, la segunda. El problema era que yo sabía mejor; Kim no. Ella estaba simplemente copiando mi conducta. Yo le había pegado, así que ella me pegó.

Y entonces pensé en una caricatura en la que un padre estaba diciendo, mientras le daba una paliza a su hijo: “Tengo la esperanza de que esto te enseñará a nunca pegarle a alguien más pequeño que tú”.

Obviamente, la peor forma de enseñarle a los niños a no pegar es pegándoles. Los niños son imitadores, especialmente durante los primeros tres o cuatro años, y uno debe ser especialmente cuidadoso con lo que dice y hace en su presencia, si no quiere que lo repitan.

No le pegué más a Kim, porque si lo hubiera hecho, ella probablemente me hubiera pegado de vuelta, hasta que finalmente le hubiera pegado tan fuerte que ella finalmente habría aprendido que los niños no deben pegarle a los adultos... aunque los adultos les peguen. No quería hacer eso. Era yo quien se había equivocado. No sólo le había pegado, no debería haberla dejado sola. ¡Ella no sabía que no debía jugar con la comida del perro!

En ese momento, me di cuenta de que decirles a los padres que nunca debieran disciplinar con ira es más fácil decirlo que hacerlo. Me impactó que algo tan pequeño me hubiera enojado tanto, que literalmente olvidé toda mi educación en desarrollo infantil y todas las resoluciones que había tomado en cuanto a la manera en que quería disciplinar a mis hijos. También comprendí que si los padres realmente quieren tratar a sus hijos con respeto, es vital y esencial que controlen su ira. Pegarle a un niño de doce meses es un flagrante acto de falta de respeto, y el enojo era la causa fundamental. Había muchas mejores maneras de enseñar la lección de no tocar la comida del perro.

La reacción de Kim a mis golpes, y la lección que aprendí de ello, siempre estarán grabadas en mi memoria, y espero que tú la recuerdes también: trata a tus hijos de la manera en que quieres que tus hijos te traten a ti –y a otros–, porque terminarán imitándote. Los niños son como cemento fresco. Cuánto más pequeños son, más fácil es hacer una impresión sobre ellos; una impresión que puede durar toda la vida. El ejemplo es un maestro poderoso.

Lección 3: El estímulo hace más fácil obedecer.

Rudolf Dreikurs, psiquiatra infantil, dijo una vez: “El estímulo es más importante que cualquier otro aspecto de la crianza de los niños. Es tan importante, que la falta de ello puede ser considerado la causa básica de la inconducta. Un niño que se comporta mal es un niño desanimado. Cada niño necesita estímulo constante, así como una planta necesita agua. Sin estímulo, no puede crecer, ni desarrollarse ni adquirir un sentido de pertenencia”.

Para mí, era tan sólo una declaración teórica hasta un día en que Kari, nuestra segunda hija, tenía tres años. Era una niña intensa: ¡intensamente feliz e intensamente triste, intensamente buena e intensamente mala! Hacía ya varias semanas que notábamos que la alegría y la risa había desaparecido de la pequeña Kari, y su actitud negativa era difícil de soportar. Siempre parecía estar haciendo cosas que nos obligaban a corregirla. “Kari, detén eso”. “Kari, cuidado”. “Kari, tienes que escuchar”.

Entonces, temprano una mañana, Jan leyó la declaración de Dreikurs. “¿Podría ser, se preguntó, que la forma negativa y crítica en que hemos estado tratando a Kari esté causando más inconductas en lugar de menos?”

Para probar la teoría, decidimos que, sin importar lo que hiciera Kari, encontraríamos algo positivo que decir. La apoyaríamos y la alentaríamos, y veríamos si esto hacía una diferencia.

Cuando Jan la despertó esa mañana, le susurró en el oído lo especial que era. Le preguntó si quería que la ayudara a vestirse, para que lo acompañara y lo ayudara a alimentar los caballos. (¡Kari amaba los caballos!) Durante la siguiente media hora, le dio atención y elogios extras. Para cuando Kari y su papá volvieron del galpón, Kari era una niña diferente. “Papi, te quiero”. “Papi, ¿puedo sentarme contigo?” “Papi, ¿puedo ayudarte a hacer las tostadas?”

Después del desayuno, mientras Kari corría, feliz, al baño a cepillarse los dientes –una tarea que se había negado a hacer anteriormente– Jan y yo nos miramos y sonreímos con una sonrisa tipo “¡Ajá!”, reconociendo que una vez más Dreikurs tenía razón. Continuamos nuestro experimento durante una semana, y nunca más vimos la conducta negativa al grado que había alcanzado antes de comenzar a alentarla. La pequeña gruñona había desaparecido, y una vez más éramos bendecidos con la calidez de su risa.

¿Qué marcó la diferencia? Nuestras críticas la habían desanimado, y terminamos con una niña que se comportaba mal. Nuestro aliento y aceptación le dieron un nuevo sentido de esperanza y suficiente fortaleza a su yo para disciplinarse hacia una conducta más apropiada.

No puedo decirles cuánto cambió ese experimento la tendencia básica de nuestro modo de crianza. Es fácil para los padres caer en la rutina de criticar a un hijo por sus errores y corregir constantemente la inconducta, pensando que eso le enseñará al niño cómo comportarse en forma apropiada.

Pero, cuánto mejor es concentrarse en alentar a tu hijo con la esperanza de evitar en primer lugar la inconducta. Los niños tienden a vivir de acuerdo con las expectativas que tenemos de ellos. El estímulo dice: “¡Puedes hacerlo!” “¡Eres especial!” “Confío en que harás lo mejor que puedes”. La crítica dice: “No sirves para nada”. “Eres un fracaso”.

Si quieres que tu hijo esté dispuesto a obedecer, ansioso por agradarte y, en general, sumiso en lugar de desafiante, comienza con una fuerte dosis de aliento. Pienso que descubrirás, como lo hicimos nosotros, que el estímulo da lugar a un ambiente positivo en el que los niños prosperan.

Lección 4: Enseñar obediencia puede ser divertido.

Kevin, nuestro tercer hijo, requirió toda la energía creativa de la paternidad que pudimos conseguir, para enseñarle la lección de la obediencia. Pero, en el proceso, él nos enseñó algo también: que enseñar obediencia puede ser divertido. He aquí cómo aprendí por primera vez esa lección.

–Kevin, necesito tu ayuda –le dije una mañana muy atareada–. Tenemos 15 minutos antes de tener que salir para la escuela, y no puedo hacer todo yo sola.

–Pero yo no quiero ayudar.

–Bien, ¿qué se requiere para hacerte cambiar de idea?

–¿Qué me darás? –respondió Kevin, de 9 años, con los ojos relucientes por la oportunidad de negociar por algo especial.

No queriendo ser sobornada y tener que prometer la luna, le dije que le daría un abrazo.

–Eso no es suficiente –respondió Kevin, con visiones de dulces y monedas danzando delante de sus ojos.

–Bueno –le dije, dispuesta a negociar–. Tendré que darte algo más.

–¿Qué? –respondió Kevin, ansiosamente.

–Por todo lo que hagas para mí, te daré ¡no sólo un abrazo sino también un beso!

Esto no era lo que Kevin quería, o esperaba.

–No es suficiente –dijo nuevamente, sacudiendo la cabeza.

Bueno, ¡ya basta de tanta dulzura! –pensé–. Terminaré negociando durante los 15 minutos.

–Está bien –dije–. Por todo lo que hagas para mí, te daré un abrazo y un beso, y un puntapié en los pantalones.

–¿Un qué? –preguntó, asombrado.

–Un puntapié en los pantalones –repetí.

–No –se rió mientras sacudía la cabeza–. Eso todavía no es suficiente–.

Pero me di cuenta que ya se resistía menos.

–Está bien, te daré algo más, si realmente lo quieres.

–¿Qué? –preguntó nuevamente.

–Bien –dudé–, te daré un abrazo y un beso... y un puntapié en los pantalones... y... un mordisco en la oreja.

Dudó por un momento, como si no pudiera creer que esto provenía de su madre, y luego gritó:

–¡Lo tomo!

Ansioso por ver si cumpliría con el trato, me preguntó:

–¿Qué quieres que haga?

–Haz tu cama –le dije.

Corrió a su dormitorio, estiró las cobijas, puso la almohada y estiró todo.

–¡Listo! –gritó mientras corría hacia mí, para recibir su recompensa. Me incliné y lo besé. Luego, mientras lo abrazaba apretadamente, estiré mi pie rodeando su cuerpo y lo toqué por atrás, y luego traté de morderle la oreja.

–¡Basta! –se rió–. ¿Qué más?

–Hay que llevar la ropa sucia al lavadero.

Allá se fue corriendo, apareciendo momentos después para una repetición de la actuación.

¡Cómo trabajó Kevin! Quince minutos de doble tiempo, mientras yo me mantenía ocupada abrazando, besando, pateando y mordiendo.

Ahora bien, nunca sugeriría que un puntapié en los pantalones es la respuesta para un padre que se queja de que su hijo elude el trabajo en la casa. Ni tampoco mencionaría abrazar, besar y mordisquear para hacer que un niño obedezca. Probablemente, no funcionaría con tu hijo. Probablemente, no hubiera funcionado nuevamente con Kevin. Pero la pasamos muy bien con el juego mientras duró, y por cierto fue efectivo para lograr que Kevin hiciera lo que tenía que hacer.

–Eso es un montón de estupideces –dices tú–. Uno debería decirlo una vez al niño, y será mejor que lo haga, o si no... Los padres no deberían tener que jugar juegos para hacer que sus hijos obedezcan.

Quizá no. Pero la vida es mucho más agradable si ocasionalmente la conviertes en un juego.

Éste es sólo un ejemplo de cómo la creatividad ganó el día. Sí, es cierto que la mayoría de los padres amenaza y grita cuando un niño duda en obedecer. Pero eso sólo hace que la tarea de disciplinar sea desagradable tanto para los menores como para los mayores. Si la misma lección de obediencia puede enseñarse de manera original y divertida, ¿por qué no hacerlo?

Te desafío a ser significativamente diferente, a ser un disciplinador creativo y a ver cuán fácil puede ser la obediencia.

Capítulo 2

Metas para la obediencia fácil

Los padres deben decidir qué calidad de vida familiar tendrán, y luego usar la disciplina necesaria para lograrlo. De otra manera, la vida empujará a la familia en distintas direcciones y serán víctimas en lugar de discípulos.

–Gladys Junt, Honey for a Child´s Heart [Miel para el corazón de un niño].

La obediencia fácil utiliza un acercamiento preventivo a la disciplina. En lugar de estar tratando constantemente con la desobediencia, con las inconductas y con la rebelión, necesitas concentrarte en prevenir tantos problemas como sea posible. Para poder establecer un currículum de enseñanza de la obediencia fácil y prevenir los problemas de conducta, debes tener claramente en mente tus variables de resultados. ¿Qué quieres lograr? ¡Entonces puedes resolver cómo llegar allá!

¿Quieres sumisión incondicional, con tus hijos que salten ante cada capricho y antojo tuyo, hijos sin voluntad propia? Lo dudo. Quieres hijos que estén dispuestos a obedecer, pero que puedan razonar de causa a efecto, que puedan pensar por sí mismos, que sepan tomar buenas decisiones, que tengan la fortaleza de carácter para enfrentar la presión de los pares o decir no a las relaciones abusivas.

Si éste es tu objetivo final, entonces hay tres metas que debes tener para monitorear cada una de tus decisiones en relación con la paternidad. He aquí lo que debes preguntarte:

1. ¿Qué haré para ayudar a mis hijos a llegar a ser autodisciplinados?

2. ¿Qué haré para evitar o resolver los conflictos?

3. ¿Qué haré para preservar o aumentar en mis hijos los sentimientos de su propio valor?

La importancia de la autodisciplina

Una vez se me acercó una madre, abrió su cartera y sacó una cuchara de madera, y la sacudió delante de mí.

–¿Cuánto tiempo debería llevar esta cuchara en mi cartera?

–¿Para qué la usa? –le pregunté.

–¡Para hacer que mis hijos obedezcan! –contestó.

Me asustó.

–Guárdela inmediatamente –dije–, y enseñe a sus hijos dominio propio.

Cuando los niños tienen dominio propio en lugar de ser controlados por sus padres, eso libera tiempo para interacciones familiares más creativas, agradables y felices. La obediencia deja de ser fácil en el momento en que debes forzarla. Es mucho trabajo tener que estar atento a tu hijo cada minuto, por temor a que tu pequeño se salga del camino. Un estilo de paternidad supercontrolador resta energía, y destruye el sentimiento de deleite y gozo que debería ser el resultado de las horas, días y años pasados en una relación intensiva de enseñanza con tus hijos.

Además, les roba a tus hijos la oportunidad de practicar la toma de decisiones. Los buenos tomadores de decisiones no nacen; los niños aprenden cómo tomar buenas decisiones tomando decisiones. La práctica produce la perfección... o por lo menos ayuda significativamente.

Debes, sin embargo, adaptar tus métodos de enseñanza a la etapa evolutiva de tus hijos. No puedes alcanzar la meta de la autodisciplina permitiendo que los niños practiquen el autocontrol en una etapa de la vida en la que son demasiado pequeños para tomar buenas decisiones. Así que debes comenzar tu enseñanza como un “dictador benevolente”. Tomas buenas decisiones por tus hijos, y luego les permites cosechar las recompensas de esas decisiones positivas. Con el tiempo, los niños comenzarán a imitar la forma en que tú tomas decisiones. Cuando cuestionen la sabiduría de tu decisión, debes tomarte el tiempo de explicarles por qué hiciste esa elección. Enseñas constantemente y, a medida que tus hijos demuestren su habilidad para pensar racionalmente en lugar de actuar impulsivamente, comienzas a permitirles que tomen decisiones apropiadas a su edad. Cuando toman buenas decisiones, les permites que cosechen las consecuencias positivas; cuando toman malas decisiones, serán sumamente instructivas las consecuencias naturales o las consecuencias impuestas por ti, como padre. La mayoría de los adultos admitirá que muchas de las lecciones importantes que aprendieron en la vida, las aprendieron por medio del método de ensayo y error al vivir sus consecuencias.

Aunque comiences tu carrera de padre como un dictador benevolente, tu meta es avanzar hacia una forma más democrática de gobierno familiar tan pronto como sea posible. Tan sólo recuerda que, como padre, eres el “presidente” del gobierno de tu familia. Tienes el poder de vetar, pero cuanto más estimules la buena toma de decisiones, menos tendrás que ejercerlo y más fácil será la obediencia.

La importancia de prevenir o resolver los conflictos

Deberías haberlo previsto. Había sido un día miserable para Ricky, de cuatro años. Había mojado nuevamente la cama, y tú suspiraste: “Oh, Ricky, hoy no”, porque sabías que tendrías que encontrar un momento en tu ya ocupada agenda para lavar toda una carga de lavarropas de ropa de cama.

Luego, Rodrigo vino tan temprano de la casa vecina, que Ricky sólo comió la mitad de su desayuno, aunque protestaste. Una hora más tarde, los niños estaban peleando por quién iba a manejar el camión nuevo a través del camino de bloques que Ricky se había esforzado tanto en hacer. Al final, patearon el camino por toda la habitación y Rodrigo se fue gritando:

–¡Mi papá te va a pegar!

En ese momento entraste, y te desquitaste con Ricky.

–¡Esta pieza es un desastre! Levanta esos bloques inmediatamente.

Él trató de protestar, diciendo que Rodrigo había ayudado a hacer el lío, pero no lo escuchaste, y le dijiste que si su habitación no estaba limpia en 30 minutos, no habría hora de historias a la tarde. Él no logró terminar a tiempo.

Preparaste una rica comida para el almuerzo. Ricky probó un bocado y lo escupió por toda la mesa, gritando: “¡Puaj!” Lo levantaste de la mesa y lo enviaste a su dormitorio. Él te advirtió que habría problemas, al gritar: “¡Lo vas a lamentar!”, pero el bebé estaba llorando, y (deberías haberlo anticipado) una hora más tarde la habitación de Ricky parecía haber sido azotada por un tornado. Había tirado al piso todo lo que había en los estantes, había dado vuelta el cesto de la basura, y había arrancado las sábanas limpias y las frazadas de la cama. ¡Sí, deberías haberlo visto venir!

Los padres podrían desviar muchos desastres si tan sólo anticiparan los conflictos. Los niños pueden soportar determinada cantidad de presión antes de explotar. Si puedes ver que las cosas no están bien, adviérteselo. “Parecería que estás listo para golpear a alguien. Esa, probablemente, no es una buena idea”. Tu intervención en momentos críticos puede ayudar a los niños a recuperar el control de sí mismos.

Muchas de las cosas que hacen los niños, que los padres sienten que deben ser corregidas, nunca ocurrirían si los padres fueran más observadores y ayudaran a los niños a re-canalizar sus energías antes de que ocurra la inconducta. He aquí algunas técnicas efectivas para prevenir los problemas de conducta.

1. Control por medio del toque. Los bebés que son tocados por sus padres cada 10 ó 15 minutos mientras están despiertos son menos exigentes. Pero no les hables, porque los distrae de sus actividades; tócalos solamente. El toque es una herramienta poderosa para prevenir problemas de conducta.

Si observas que aumenta el nivel de frustración, a veces una palmada suave, un abrazo o simplemente colocar una mano sobre el hombro del niño antes de que las cosas exploten servirá de recordativo de que estás cerca y que ayudarás al niño si lo necesita. Realizado en el momento apropiado, tu toque evitará que los niños se vuelvan agresivos de una manera inmanejable.

2. Distracción. Cuando tu hijo se siente frustrado y no puede manejar la situación ni siquiera con ayuda adulta, puede ser útil distraerlo hacia otra actividad íntimamente relacionada con la primera. Al comienzo de mi carrera como madre, encontré estas palabras de consejo en un libro llamado La conducción del niño: “Mientras son demasiado jóvenes para razonar, distraigan su mente lo mejor que puedan” (pág. 228). Era reconfortante saber que no tenía que solucionar cada problema, sino que simplemente podía distraer su atención para evitar el conflicto. Por ejemplo: tu hijo quiere un juguete que tiene otro niño. Antes de que comience la pelea, encuentra un juguete similar y haz mucha alharaca acerca de lo maravilloso que es.

3. Señala la realidad. Los padres, a menudo, se sorprenden de cuán tempranamente es posible razonar con un niño. Aun un pequeñito de 2 años puede entender un razonamiento sencillo, si uno se toma el tiempo y están con una disposición receptiva. Muchos niños se sienten frustrados porque quieren hacer algo, pero no hay suficiente tiempo o espacio, o no tienen disponibles las herramientas correctas. Se enojan y se vuelven agresivos porque no entienden estas limitaciones. Los padres deberían tomarse el tiempo extra necesario para explicar la realidad de la situación y señalar lo que puede hacerse dentro de estas limitaciones. Por ejemplo: “No tengo jugo de manzana. Busquemos en la despensa a ver qué otra cosa podemos encontrar”. Cuando estás razonando con un niño, es importante que la explicación sea corta y sencilla.

Una apelación directa pidiendo la cooperación del niño es a menudo efectiva con los niños mayores. A ellos les gusta agradar y ayudar, y generalmente prestarán atención a este señalamiento directo de la realidad. Por ejemplo: “Tienes que prestar atención a la historia, porque los demás quieren oírla”.

4. Involúcrate. Para prevenir los problemas de manera efectiva, tienes que ser un padre comprometido. Tus niños deberían creer que tienes ojos en la parte de atrás de tu cabeza. No necesitas revelar siempre tus fuentes de información. No es malo tener a un niño tratando de adivinar durante cierto tiempo: “¿Cómo supo papá que me escapé por la ventana y me fui a ver esa película?” “¿Cómo se enteró mamá del vidrio roto?” Deberías involucrarte lo suficiente en la vida de tus hijos como para darte cuenta cuando han hecho algo malo, o están preocupados o están escondiendo algo. Una madre creativa ayudó a evitar que sus muchachos probaran el alcohol y el tabaco estableciendo la regla de que cada uno de ellos debía darle un beso de buenas noches, no importa la hora a la que llegaran a casa. ¡Mamá podía oler el alcohol o el tabaco a una cuadra de distancia!

Cuando ves que se está armando una tormenta potencial, está dispuesto a dar una mano, si fuera necesario, con un poco más de apoyo moral o alguna táctica creativa de distracción. Quizá puedas evitar algunas dificultades mayores. Desviar los desastres es mucho mejor que tener que pensar qué clase de disciplina creativa le enseñará a tu hijo la lección de que la inconducta no vale la pena.

Todos los padres quieren establecer relaciones gozosas, amantes y de buena calidad con sus hijos. Obviamente, las peleas, las discusiones, el rebajarlos, los gritos, la ridiculización, los insultos, los golpes y las amenazas no son conducentes hacia ese objetivo. Tales conductas sólo llevan al conflicto. Después de la batalla, puedes besar y arreglar las cosas, pero los golpes y los moretones –tanto los físicos como los psicológicos– no se olvidan fácilmente. Es mucho mejor prevenir el conflicto, si fuera posible.

Sin embargo, para evitar el conflicto en el futuro, los conflictos actuales deben ser tratados y resueltos. Los conflictos no resueltos generalmente se intensifican, resultando en una explosión futura. ¡Cuánto mejor resolverlo en sus primeras etapas!

Los miembros de la familia pueden no estar de acuerdo, deben defender sus derechos y tienen que expresar sus puntos de vista. El crecimiento familiar es posible sólo si se estimula la individualidad de pensamiento, así como también de comportamiento. Pero es importante arreglar las diferencias antes de fijar las líneas de batalla, y antes de que se apunte y se dispare con armas que destruyen la autoestima del niño. Los padres no deberían malgastar un tiempo potencial familiar de alta calidad en conflictos. Tampoco deberían actuar de tal manera que provoquen la ira de sus hijos. (Recuerden la amonestación bíblica de Colosenses 3:21.)

La conducta inapropiada de los niños varía desde la irresponsabilidad infantil (como, por ejemplo, olvidar alimentar al perro o derramar la leche accidentalmente) hasta desafiar premeditadamente la autoridad de los padres. Entre estos dos extremos hay un amplio espectro de inconductas “normales” de niños que desafían persistentemente los límites impuestos por los adultos. La tarea de la disciplina preventiva es enseñar responsabilidad al niño y enfrentar con éxito los desafíos infantiles, de manera que se prevenga el desarrollo de una actitud de desafío premeditado. El desafío premeditado del niño trae como resultado un conflicto que puede destruir la relación padre-hijo. El siguiente modelo muestra el continuo de una conducta inapropiada:

Cuanto más temprana pueda darse la intervención (disciplina efectiva) en este continuo de la conducta inapropiada, menos conflicto experimentará la familia y más fácil será la obediencia.

Para evitar conflictos innecesarios, los padres deben entender la diferencia entre disciplina y castigo. El castigo es una pena impuesta sobre el niño por hacer algo equivocado. El castigo involucra la experiencia de dolor, de pérdida o de sufrimiento por un error que el niño ha cometido. Los padres generalmente castigan con la intención de lastimar al niño (física o emocionalmente), de manera que el niño aprenda que es doloroso hacer lo malo y, por lo tanto, elija (o se lo obligue a elegir) hacer lo correcto. Los padres a menudo castigan a sus hijos para satisfacer su propia ira. En otros momentos, los padres castigan por un sentido incorrecto de justicia que exige que los niños paguen una pena por sus “crímenes”.

Demasiadas personas confunden castigo con disciplina. Creen que un padre debe usar el castigo para producir un niño bien-disciplinado, una actitud literal de “escatima la vara y arruinarás al niño”. En realidad, cuando los padres castigan para erradicar la irresponsabilidad infantil y el desafío persistente, están armando el escenario para un conflicto familiar. Se puede desarrollar un conflicto externo, porque el niño puede decidir pelear contra lo que considera un tratamiento injusto. El conflicto interior puede surgir porque el castigo arbitrario puede generar sentimientos de rechazo y maltrato, y los niños pueden contener un intenso resentimiento contra sus padres.

La disciplina, por el otro lado, es un proceso de enseñanza. Lleva a la prevención o resolución de los conflictos. La disciplina ayuda a los niños a mejorar; los ayuda a aprender lecciones que los harán mejores personas. La meta fundamental de la disciplina es resolver el conflicto inminente y enseñarles autodisciplina a los niños.

El castigo es impuesto en forma arbitraria; la disciplina se relaciona directamente con la conducta inapropiada del niño. Por ejemplo, Tomás llegó tarde de la escuela y no había avisado a su mamá. Si ella elige castigarlo, podría quitarle la bicicleta por dos semanas y pegarle una paliza por su irresponsabilidad. Si, por otro lado, elige una acción disciplinaria, no le permitirá ver su programa preferido de televisión esa noche, para que tenga tiempo de terminar las tareas y sus trabajos asignados en el hogar, que descuidó por llegar tarde. Ella también podría establecer algunos límites cuidadosos para las conductas futuras: “A menos que llames a casa y recibas permiso para alguna variación, debes estar en casa 30 minutos después de la escuela todos los días, o no habrá televisión esa noche”. Cuando la disciplina es efectiva, evita los conflictos innecesarios y aumenta las posibilidades de pasar tiempo de mayor calidad en familia.

Si realmente quieres practicar disciplina preventiva con la meta de alentar a tu hijo para que sea autodisciplinado y para resolver o prevenir conflictos, entonces tus métodos se basarán en principios y metas en lugar de hacerlo en experiencias pasadas o sentimientos presentes. Debes resistir la fuerte tendencia a decir irreflexivamente: “Los métodos de mis padres funcionaron conmigo, así que ¿por qué no funcionarían con mis hijos?” o “Rechazo la manera en que mis padres me manejaron; nunca le haré eso a mi hijo”.

Es igualmente dañino permitir que los sentimientos controlen tus acciones y asumir una actitud del tipo laissez-faire, o volverse severo y punitivo en un esfuerzo por ganar las luchas de poder.

La importancia de preservar y edificar la autoestima de tu hijo

Tus hijos llegarán a ser las personas que ellos creen ser. Si sienten que no son valiosos, ni deseables ni competentes, estos sentimientos son como un guión profético que tienden a seguir en la vida. Pero cuando los niños sienten que son especiales, cuando se sienten deseables y competentes, no hay límite para lo que pueden lograr. Su potencial es grande.

La forma en que disciplinas sumará o restará al sentimiento de valor personal de un niño. Para monitorear el efecto de tu disciplina sobre el autoconcepto de tu hijo, piensa en las palabras que dices. Las palabras irreflexivas lastiman. Pueden destruir. Antes de hablar, piensa en cómo te sentirías si las palabras fueran dirigidas a ti. Si te hiciesen sentir sin valor y estúpido, entonces no las digas a tus hijos; si lo haces, eres un abusador de niños.

Antes de que digas impulsivamente: “Nunca abusaría de mis hijos”, por favor continúa leyendo. Todo padre es, en potencia, un abusador de niños. Odio admitirlo, pero aun con todos mis títulos en desarrollo infantil, he sido abusiva ocasionalmente. Nunca olvidaré una tarde en la que dejé que mis emociones se salieran completamente de control. Tenía mil cosas que hacer, y nada parecía estar saliendo bien. La casa estaba en ruinas, y mis tres hijos preescolares estaban corriendo como una manada de hienas. Cuanto más fuerte gritaban, más se contraían mis nervios.

Había pedido a una adolescente que viniera a ayudarme a limpiar la casa, para ayudarme a salir del lío que tenía. Luego, me dirigí a mis hijas:

–Chicas –dije–, Molly va a pasar la aspiradora en su dormitorio enseguida. Por favor, recojan la ropa que está en el piso.

Parecieron haberme escuchado. Pero como tantas órdenes parentales a las que los padres no hacen un seguimiento, las palabras entraron por una oreja y salieron por la otra. La ropa siguió en el piso. Sin embargo, este pequeño dato no detuvo a Molly de hacer su trabajo. Comenzó a aspirar abriéndose paso por los lados de la ropa tirada. Nadie le había dicho a ella que la recogiera, así que la dejó en el piso; pero no había contado con la fuerte succión de la aspiradora, y antes de que se diera cuenta había aspirado un hermoso camisón de nailon con bordes de encaje.

El motor se detuvo cuando el camisón se enredó en el cepillo y se alojó en el mecanismo interno de la aspiradora. El intenso calor derritió el nailon, dejando mazacotes de material duro como la piedra pegados a las partes metálicas de la aspiradora.

Ésta fue la última gota. No podía creer el lío. Lo que realmente me molestó fue cómo una adolescente podría ser tan descuidada de no levantar la ropa de los chicos antes de pasar la aspiradora. Pero no podía decírselo a ella. En lugar de eso, ventilé mi frustración reprimida con mis hijas. Les grité:

–Niñas, miren lo que han hecho ahora. ¿Por qué no recogieron su ropa? Si me hubieran escuchado, nada de esto hubiera sucedido.

Comencé a llorar mientras desarmaba la aspiradora y tomaba conciencia de la magnitud del problema.

–Miren este lío. Tu camisón, que salió muy caro, está arruinado, y este mazacote de nailon negro está pegado por todas partes. Probablemente costará una fortuna arreglar la aspiradora. ¿Cómo pudieron ser tan descuidadas?

Desgarré verbalmente a esas niñas de arriba para abajo, sin decirle una palabra a la adolescente que fue la causa inmediata del problema. Las niñas trataron de decirme que no era culpa de ellas, pero yo no escuchaba. Finalmente, se alejaron, vencidas por el abuso verbal.

Al quedarme sola, despegando los mazacotes de nailon, comencé a pensar en la manera terrible en que las había tratado. Yo sabía que había estado mal. Había escrito artículos acerca del abuso verbal y cuán cuidadosos debemos ser para no lastimar a nuestros hijos con palabras que los rebajen. Sabía que esas palabras descuidadas podían lastimar el sentido de autoestima de un niño. Aun había llamado a tal abuso asesinato psicológico. ¡Y ahora yo era culpable de ello!

Después de llevar a la adolescente a su casa, me di cuenta de que tenía que pedirles perdón a mis hijos. Llamé a mis hijas, las senté sobre mi falda, y les dije cuánto lamentaba la forma en que había actuado y las cosas terribles que había dicho.

Por supuesto que me perdonaron. Pero necesitaba hacer algo más. Necesitaba asegurarme de que nunca más volviera a ocurrir esto. Así que les di permiso a mis hijos para que me detuvieran si alguna vez volvía a abusar verbalmente de ellos. Les dije que me dijeran: “Mami, estás descontrolada, y nos dijiste que te detengamos”.

La mayoría de las personas piensa acerca del abuso infantil como un trato áspero, irracional y violento que deja a los niños físicamente lastimados y marcados de por vida. El abuso infantil evoca en nuestras mentes imágenes bizarras de niños con ojos morados y huesos rotos, quemaduras de primer grado con cigarrillos y con agua hirviente, cicatrices de latigazos en la espalda y en las nalgas, o daño cerebral por haberse golpeado la cabeza contra la pared.

Este tipo de abuso infantil es un crimen espantoso; y la mayoría de los padres ni siquiera imagina tratar alguna vez a su hijo de esa manera. Pero hay tipos más leves de abuso infantil de los que probablemente somos culpables. El dato sorprendente es que si tu hijo tiene más de dos años de edad, probablemente ya haya ocurrido abuso infantil dentro de tu hogar, teniéndote a ti como abusador y a tu hijo como víctima.

El abuso infantil es más que un trato que da como resultado un niño maltratado físicamente; es cualquier trato que destruya el sentido de ser persona del niño, o sus sentimientos de autoestima. Es el maltrato físico, verbal, o psicológico de un niño. La conducta abusiva no siempre deja cicatrices visibles. Puede dejar cicatrices internas, del tipo que, con el tiempo, deja sus marcas sobre el pensamiento y la personalidad del niño. Éstas son las cicatrices que destruyen la autoestima.

Si aceptas esta definición amplia de abuso infantil, entonces las siguientes conductas pueden ser consideradas abusivas:

1. Cualquier castigo físico que el niño sienta como injusto o irracional, aunque resulte en un cambio de conducta.

2. Cualquier castigo impulsivo, irracional, que se inflige solamente para apaciguar la ira parental.

3. Cualquier trato para con los niños que los haga sentir avergonzados o rebajados, especialmente cuando ocurre en público.

4. Cualquier palabra que disminuya el autorrespeto del niño o disminuya sus sentimientos positivos en relación consigo mismo.

5. Cualquier conducta que haga que los niños se sientan alienados de sus familias o de Dios.

Para este momento, probablemente el dedo acusador probablemente esté señalando en dirección a ti. Pero la culpa no va a ayudar. Lo que se necesita es la firme resolución de discontinuar estas acciones abusivas, de discontinuar el castigo destructivo que sólo crea resentimiento y rebelión en el corazón de tu hijo.

Tus acciones también son importantes; de hecho, tu lenguaje corporal puede hablar más fuerte que tus palabras. Aun una mirada de desilusión puede ser suficiente para aniquilar a un niño sensible que necesita desesperadamente tu aprobación. Si eres rígido, apresurado y áspero, tus hijos supondrán que no valen mucho. Y los niños que no se sienten bien con ellos mismos a menudo son compelidos a conductas destructivas, en un intento por obtener algo de atención, haciendo que les sea casi imposible obedecer.

El castigo irracional puede producir buena conducta, pero puede destruir la autoestima de un niño. Éste puede tener muchas cualidades excelentes, pero si carece de un sentido sano de autoestima, esa persona se encontrará en desventaja a lo largo de su vida. Cuando los niños se sienten bien consigo mismos, pueden elegir llegar a ser la clase de personas que quieren ser. Pueden elegir evitar o resolver los conflictos. Pueden elegir ser autodisciplinados.

La única manera de evitar la disciplina que es irracional y fortuita es que los padres adopten un abordaje disciplinario basado en principios y metas que prevengan o resuelvan los conflictos. Este abordaje hará posible criar a un niño que tenga la confianza propia necesaria para tomar buenas decisiones y que sea autodisciplinado.