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Antología de artículos críticos, estudios y conversaciones literarias de Enrique Díez-Canedo, uno de los mejores críticos literarios en lengua española y gran traductor, cuya obra constituye un referente imprescindible a la hora de estudiar la literatura de la primera mitad del siglo xx. Realizada por Alberto Sánchez Álvarez-Insúa, científico titular de Filosofía del CSIC, la selección consta de un conjunto de artículos de crítica teatral que profundizan en el teatro poético, cómico y de renovación, desde Jacinto Benavente a Max Aub, pasando por los grandes dramaturgos españoles como Galdós, los hermanos Quintero, Marquina, Arniches o Lorca. Entre sus estudios destacan los dedicados al Modernismo y al 98, con trabajos sobre Rosalía de Castro, Salvador Rueda, Antonio Machado, Pérez de Ayala, Unamuno y Valle-Inclán, así como los dedicados a los nuevos poetas como León Felipe, Bacarisse, Salinas, Dámaso Alonso, Gerardo Diego o Alberti. La edición comprende también algunas de las mejores conversaciones literarias publicadas en diarios sobre Azorín, Echegaray, Góngora, Apollinaire, Rubén Darío, Gabriel Miró o Baroja.
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Seitenzahl: 756
Veröffentlichungsjahr: 2022
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ENRIQUE DÍEZ-CANEDO
OBRA CRÍTICA
Introducción y selección de
Alberto Sánchez Álvarez-Insúa
COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTAL
© Herederos de Enrique Díez-Canedo
© Fundación Banco Santander, 2004
© De la introducción, Alberto Sánchez Álvarez-Insúa
© De la bibliografía, Julia M.ª Labrador Ben
Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.
ISBN: 978-84-16950-19-5
ALBERTO SÁNCHEZ ÁLVAREZ-INSÚA
Aquella sencillez que me enseñaba / toda la luz que te encendía dentro / tenía no sé qué de milagroso, / de cristalino afán, de transparencia. […] / Saber y corazón entrelazados, / fundidos al calor de esa armonía / que te bañaba todo de igual luz / para entregarte en ademán sereno.
FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS «A Enrique Díez-Canedo», Jornada hecha. Poesía: 1934-1952
POETA, ENSAYISTA, profesor de arte y de lengua y literatura francesas, traductor y articulista, Enrique Díez-Canedo fue ante todo un gran crítico literario. Ejerció como nadie, desde la sabiduría y desde la honradez bondadosa, el difícil arte de la crítica, esa actividad que en otros es proclive a dar rienda suelta a la envidia y a las frustraciones. En Díez-Canedo no. Cuando la sabiduría se alía con la bondad, cuando saber y corazón caminan entrelazados, como dijo de él Francisco Giner de los Ríos, la crítica se convierte en un ejercicio imprescindible para construir primero y poder estudiar después la literatura de un período determinado.
Crítico de sí mismo y de los demás, así definía Díez-Canedo a Juan Ramón y añadía: «A los demás los ha criticado, los ha saboreado Juan Ramón Jiménez como a sí propio». Y es cierto que nuestro gran poeta es uno de los mejores críticos que ha tenido España. ¡Con qué justeza, con qué respeto nos habla Juan Ramón de antecesores suyos en el mundo de la poesía como Salvador Rueda! «Su ley —nos decía Díez-Canedo—, no sus principios críticos, sino su conducta crítica, la ha formulado y repetido muchas veces de esta manera: alentar a los jóvenes; exigir, castigar a los maduros; tolerar a los viejos». ¡Qué sabiduría, qué grandeza de alma! En estas sus dos vidas, un tiempo paralelas y más tarde truncadas por la muerte de Enrique, Juan Ramón y Díez-Canedo marchan juntos. Sólo un aspecto les separa. Si para Juan Ramón Jiménez la poesía lo es todo, «yo tengo escondida en mi casa, por su gusto y por el mío, a la Poesía, como una mujer hermosa», Enrique Díez-Canedo se plantea el universo de una literatura total, poética, narrativa, dramática, española, hispánica, europea. Ésa es precisamente su importancia, su gran modernidad. Antes de que el término se acuñara nuestro crítico ya entendía que la literatura es un polisistema del que forman parte los literatos del momento y aquellos que les precedieron, la tradición clásica, las traducciones y las lecturas en sus idiomas originales. O mejor aún, un polisistema de polisistemas, donde están presentes las artes, las ciencias, la política, la religión, las costumbres. Hay quien se empeña en estudiar la literatura encerrando a cada autor, como hacía Linneo con las especies zoológicas y botánicas en su Sistema Naturae, en pequeños receptáculos estancos. El resultado es una literatura pequeña, minimalista, devota de un canon más o menos artificioso que el tiempo se encarga de demoler. Muy otras fueron las concepciones literarias de Canedo. Unidad y diversidad de las letras hispanas es el título de su discurso de ingreso en 1935 en la Academia Española. Ninguno de los términos definitorios de dicho discurso es caprichoso. Unidad porque la literatura es un continuo idiomático, territorial y temporal. Diversidad porque, pese a la unidad antes definida, la literatura se abre en un abanico de posibilidades, autor a autor y territorio a territorio. Aunque el nexo común idiomático y tradicional exista, la separación geográfica, las diferencias generadas en la trayectoria histórico-política y en las formas de entender la vida diversifican el quehacer literario. Dice Canedo:
«¡Diversidad de América, pareja en su ser físico y en su expresión literaria! Diversidad que es, por encima de todo, aspiración a la personalidad propia y distinta, nunca lograda a expensas de la profunda unidad».
Hemos de volver sobre el profundo conocimiento de Díez-Canedo de la literatura americana, uno más entre sus múltiples saberes, pero antes hacer un brevísimo apunte de lo que fue su vida, y decimos brevísimo porque tanto José María Fernández Gutiérrez, en el primer capítulo de su estudio Enrique Díez-Canedo: su tiempo y su obra, como Andrés Trapiello, en el prólogo a la edición de sus Poesías, nos han dado un magnífico «retrato» de Díez-Canedo. Ambos han elegido muy certera e inteligentemente trazar una biografía literaria a caballo de los avatares que la vida fue deparando a Enrique Díez-Canedo y que desgraciadamente no fueron siempre gratos.
Enrique Díez-Canedo (Badajoz, 7 de enero de 1879–Ciudad de México, 6 de junio de 1944) nace en el seno de una familia de clase media. Fue el mayor de los cinco hijos de Enrique y Joaquina que sobrevivieron en unos tiempos en los que la mortalidad infantil era terrible. Vivió su infancia en varias ciudades de la geografía española por mor de la profesión paterna: técnico de aduanas. Badajoz, Valencia, Vigo, Port Bou y Barcelona se suceden y es en estas localidades catalanas donde Díez-Canedo aprende a la perfección la lengua francesa, lo que le sería luego de una enorme utilidad como docente y como traductor. La temprana pérdida de su padre y las estrecheces económicas subsiguientes obligan a la familia a trasladarse a Madrid, donde Enrique concluye la carrera de Derecho, profesión que al igual que otros compañeros suyos del quehacer literario no ejerció jamás. En 1903, fecha de su licenciatura, los acontecimientos se suceden. Empieza su carrera docente como profesor de Historia del Arte y de Lengua y Literatura francesas en la Escuela de Artes y Oficios y en la Central de Idiomas respectivamente. Es también el año de su inicio como poeta: Díez-Canedo obtiene el premio de poesía convocado por El Liberal y a partir de ese momento ya no cejará en dicha actividad de poeta durante toda su vida. Entre 1906 y 1907 publica dos poemarios: Versos de las horas y La visita del sol. Pero hay algo más, ese mismo año Enrique Díez-Canedo da rienda suelta a su preocupación por la literatura europea y universal. La editorial de Manuel Pérez de Villavicencio, dirigida por Alberto Insúa, mi bisabuelo y mi abuelo, edita Del cercado ajeno. Versiones poéticas. Canedo da comienzo así a otra de sus grandes actividades, la de traductor, poniendo en lengua castellana lo más granado de la poesía francesa, encabezada por Verlaine y acompañada también por poetas italianos y portugueses. Su doble actividad como poeta y traductor no ha de interrumpirse, ya lo hemos dicho, a lo largo de toda su vida, pero se irá desgranando en el tiempo con mayor o menor profusión en la medida en que sus otras actividades se lo permiten. La sombra del ensueño (1910), Algunos versos (1924) y Epigramas americanos (1928) son los títulos de los poemarios que publica antes de tener que dejar España para beber el vino amargo del exilio. Traduce de nuevo a otros poetas en Imágenes (1910), a Whitman, Hojas de hierba (1924), y a autores como Claudel, Heine, Baudelaire, Giraudoux, Björnson, Esquilo y Pushkin; y comenzará a regalarnos con sus extraordinarias antologías: La poesía francesa moderna (1913), ordenada y anotada por Enrique Díez-Canedo y Fernando Fortún, joven poeta que moriría un año después, conoce una segunda edición, editada en Buenos Aires en 1945 pero fechada en su prólogo por Enrique Díez-Canedo en 1942 —en la fecha de su publicación nuestro autor ya había muerto—, que amplía su horizonte en una doble dirección temporal, pues comienza incluyendo a los grandes románticos: Lamartine, Vigny, Hugo y Musset, y se prolonga hasta llegar a las vanguardias: Apollinaire, Eluard, Tzara, Breton y Aragon.
Canedo se ha casado en 1909 con Teresa Manteca y ha vivido en París, empapándose de la literatura francesa durante dos años. La capital de Francia es también el crisol donde se funde toda la cultura occidental. Díez-Canedo, que nada deja en el tintero, va a traducir a nuestros vecinos lusitanos en un pequeño volumen de bonita factura, Pequeña antología de poetas portugueses, que publicará en París.
Nuestro poeta ha vuelto a España con la maleta cargada de libros y de ilusiones, de obra que irá poco a poco, porque la prisa es todo lo contrario a la sabiduría, traduciendo. Hombre universal, Canedo no se ocupa únicamente de la literatura. Profesor de arte, la pintura y la música requieren la atención de alguien al que nada de lo humano le es ajeno. Los dioses en el Prado y la traducción del clásico de Walter Armstrong El arte en la Gran Bretaña e Irlanda bien lo demuestran. A estos libros hay que añadir diversos artículos publicados en ese período sobre pintura y sobre música.
Pero la etapa intelectualmente más fructífera de su vida se inicia cuando el 2 de diciembre de 1917 comienza su andadura como crítico literario de El Sol. Escribirá en la sección titulada «Hoja de literatura y arte» acompañado por Unamuno, Cavia, Pérez de Ayala, la condesa de Pardo Bazán y Enrique de Mesa. Otra sección, «Revista de libros», le cederá también sus páginas.
Varios fueron los periódicos en que escribió Canedo. En España, en concreto, tres. El primero fue El Globo, a partir de 1908. Fue un diario cambiante que pasó de representar las posiciones de Castelar a las de Romanones y José Francos Rodríguez, quienes lo cederán en 1902 a Emilio Riu, que lleva aparejado a Pío Baroja como redactor jefe y a Azorín como figura estrella de la redacción. Baroja, que ejercía la crítica teatral, publicó en el diario en forma de folletón La busca, Mala hierba y Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox. Luego marchará a África y desde allí enviará mensajes en clave para burlar la censura. Anécdotas aparte, Canedo se incorpora en 1908 como crítico teatral y, pese a las vicisitudes del periódico, su colaboración fue larga, perseverante y leal.
Pero, como ya se ha dicho, donde Canedo va a ejercer su más importante labor de crítico será en El Sol, el gran periódico de Urgoiti, Ortega y Cavia, el diario de la renovación, de la burguesía liberal y progresista. Pero no vamos a hacer aquí historia de la prensa sino de Enrique Díez-Canedo, que en El Sol irá día a día desarrollando sus ideas sobre el teatro y la literatura, proyectándolas sobre sus lectores, sobre, como diría Salaverría, «los españoles del porvenir», «los españoles tal como se desearía que fuesen». ¡Qué gran verdad! No sólo en Canedo, sino en los escritores de toda su generación, mejores y peores, progresistas o reaccionarios, vanguardistas o filisteos, palpitaba la idea de crear una nueva España y unos nuevos españoles, de llenar el vacío de las señas de identidad perdidas en el desastre del 98. Nunca como en aquel inicio de siglo y el posterior período de entreguerras se hizo más evidente la propuesta de Sartre: el hombre como creador de valores, como artífice de una propuesta moral, artística, literaria, política y social.
Pero El Sol corre el peligro de convertirse en una propuesta periodística excesivamente intelectual. Se lo tilda incluso de elitista. Sus mentores lanzarán, en 1920, un nuevo diario, La Voz, polémico, ligero, popular, atento a la noticia. Será éste el tercer periódico de Enrique Díez-Canedo.
Pero si los diarios son sólo tres, la relación de «sus» revistas literarias es tremendamente dilatada: La Lectura (1901), Revista Latina (1907), Renacimiento, creada en ese año por Gregorio Martínez Sierra; Prometeo, dirigida desde 1908 a 1912 por Javier Gómez de la Serna; España, creada y dirigida por José Ortega y Gasset en 1915, de la que Canedo fue secretario de redacción y que se prolongaría hasta 1924; Cervantes. Revista Mensual Iberoamericana, codirigida por Villaespesa (España), Luis G. Urbina (México) y José Ingenieros (Argentina), que se publicó entre 1916 y 1919; Cosmópolis (1919-1922), dirigida primero por Enrique Gómez Carrillo y en su final por Alfonso Hernández Catá; La Pluma, la revista de Azaña; Índice (1921-1922), bajo los auspicios de Juan Ramón. Interrumpimos aquí nuestra relación porque las colaboraciones de Canedo tendrán lugar en años posteriores antes, durante y después de la guerra civil.
Son quince años, los que van de 1917 a 1932, de intensa labor crítica, hasta que la recién estrenada República le envía en ese último año de embajador a Montevideo. No será la primera vez que Canedo pise América. Lo hizo en 1927, cuando ya habían nacido sus cuatro hijos, Enrique, María Teresa, María Luisa y Joaquín, llevando a cabo un largo periplo: Chile, Argentina, Uruguay, Brasil, Ecuador, Panamá y Puerto Rico. Esta aventura americana, como todas las suyas, va a ser fundamentalmente cultural y literaria. Dos periódicos le abren sus páginas, La Nación de Buenos Aires y El Mercurio de Chile.
En su etapa de diplomático, Canedo servirá fielmente los intereses de España y de la República, pero por encima de su gestión política será el abanderado de esa gran «unidad y diversidad de las letras hispánicas». En sus viajes va a sentar las bases de esa maravilla intercontinental en forma de libro que es Letras de América. Estudios sobre las literaturas continentales, aparecido varios años después en México, en 1944, el año de su muerte, y en el que nos habla de sor Juana Inés de la Cruz, Rubén Darío, Amado Nervo, Santos Chocano, Blanco-Fombona, Ricardo Palma, José Martí, Alfonso Reyes, Gabriela Mistral, Lugones, Güiraldes, Alfonsina Storni, Mariano Azuela, Alfonso Hernández Catá y muchos otros. Toda América desde Argentina a Chile, desde Perú a México y Cuba vibrando al unísono, escribiendo todos y cada uno obras diversas e incluso opuestas, pero cuyo conjunto representa ese polisistema americano tan interpenetrado con el español.
Enrique Díez-Canedo no fue un hombre político pero sí un abanderado de la libertad y de la democracia. Desde su incorporación a la Liga de Educación Política su apuesta fue siempre por el diálogo y la tolerancia, ese valor máximo de la ciudadanía sobre el cual pivota la adecuada ordenación de la convivencia. Defendió el mismo sistema de valores que aquellos que fueron sus amigos: Azaña, Ortega, Urgoiti, Juan Ramón y tantos otros.
El «bienio negro», CEDA-Lerroux, le cesa como embajador y le retira su confianza. Canedo vuelve a España, a su vieja tarea de profesor de la Escuela de Idiomas y a sus libros y críticas teatrales. Volverá también a sus revistas literarias. Dirige Tierra Firme (1935-1936) y colabora en Tiempo Presente (1935). Pero algunas de sus tristezas se transformarán en alegrías. El 1 de diciembre de 1935 toma posesión de un sillón de la Academia con su ya mencionado discurso Unidad y diversidad de las letras hispánicas. La réplica correrá a cargo del gran filólogo Tomás Navarro Tomás. Cansinos, en La novela de un literato, cuenta —lo cual no es en modo alguno garantía de verdad y sí todo lo contrario— lo que sigue:
«UN RASGO DELICADO
Enrique Díez-Canedo, el fino poeta, ha tenido un rasgo que prueba su delicadeza de espíritu, al retirar su candidatura para académico ante la de Unamuno.
Ceder el paso es siempre prueba de finura. ¡Pero cederlo para la Academia!…».
Al leerle, uno no tiene muy claro qué quería decir Cansinos: ¿que él no se hubiera retirado?, ¿que Canedo hizo bien?, ¿o que por el contrario hizo mal? Cuando alguien es tan sibilino y tan dado a injuriar es difícil seguir sus razonamientos. Pero lo anterior se refiere a una oportunidad pretérita; la que llevó a Canedo al sillón de la Española parece ser que tuvo un desarrollo diferente. La propuesta inicial de Marañón fue a favor de Juan Ramón Jiménez que declinó el ofrecimiento y propuso a Canedo. En cualquier caso no es menos cierto que académicos con menos méritos que Díez-Canedo los había en buen número en aquel momento. Nuestro poeta investido ya académico apenas tiene tiempo de un viaje exótico a tierras asiáticas. Habrá de cambiar de barco y marchar a Buenos Aires para ocupar el cargo de embajador en la Argentina.
En seguida la guerra estalla y Enrique Díez-Canedo no se encuentra a gusto. Representar al gobierno legal de la República en una sociedad dividida como la porteña no era precisamente grato. Piensa que su lugar está en España, con el gobierno al que representa y con los que luchan por la libertad. Vuelve a Valencia y como muchos intelectuales enfrenta la pluma a la metralla desde Hora de España y también desde aquella efímera publicación que fue Madrid, cuyos dos primeros números habría de dirigir; del tercero se ocupó María Zambrano.
Pero tanto dolor hace trizas el corazón de un poeta. Canedo marcha al exilio, se «transtierra», se incorpora a esa «España peregrina» que sufre y trabaja en una sociedad que no es la suya. Hay generosidad, qué duda cabe, en el México que le acoge, en el presidente Cárdenas, en Alfonso Reyes, con el que va a construir el Colegio de México, pero también existe la incomprensión de aquellos que miran con recelo a los recién llegados aun a sabiendas de que iban a dar mucho más de lo que recibieron.
Canedo ha llegado a México a finales de 1938 y en 1940 publica esa pequeña entrega de poemas que llevan el elocuente título de El desterrado. Hay mucho dolor en sus versos, pero también hay mucho amor por América, por esas tierras y esos hombres que asistirán a sus últimos momentos y que él había conocido también:
Nadie podrá desterrartede estos continentesque son carne y tierra tuya:don sin trueque,conquista sin despojo,prenda de vida sin muerte.
Antes de concluir hay algo que es necesario comentar. Todo escritor, todo ensayista, poeta o crítico tienen su forma personal de entender la literatura. La de Canedo fue, sin duda, mejor que otras. De él dijo Ramón en Pombo: «Ha sido el precursor anterior a los precursores porque ha tenido la visión crítica del arte de después y ha sido un precursor siempre en plena madurez». Gran agudeza la de Gómez de la Serna, uno de los hombres que mejor ha entendido en España la literatura, cuando nos habla en su prólogo a Total de greguerías.
Precursor de precursores, así fue Enrique Díez-Canedo. Pudo serlo porque confluyeron en él múltiples saberes, porque entendió la literatura como un todo, no como un pináculo caído del cielo. Inútil estudiar un árbol sin conocer el bosque. Nuestro autor podía hablar de teatro porque lo había visto todo, el bueno y el malo, el español y el foráneo, el clásico y el moderno. En su obra El teatro y sus enemigos, editada en México en 1939, Canedo hace un recorrido por el interior del teatro que tiene, claro está, enemigos externos, el cine, por ejemplo, pero cuyos males son interiores y en cierta manera irresolubles. El teatro, como la literatura, es y ha sido búsqueda de valores literarios y culturales, pero también de notoriedad y éxito económico. Mala disyuntiva, porque si se levanta el telón sin pensar en el público éste lo hace bajar en seguida; y un teatro que no se ha visto apenas es teatro; pero si se habla en necio para dar gusto al respetable, la historia se encargará de mandarnos al pudridero. De todos es sabido que las vanguardias se encanallan en el éxito y así el autor teatral no sabe muy bien si decantarse por el presente o por el futuro. Su única solución será hacer literatura dramática, cruzar los dedos y esperar los resultados. Para Canedo la disyuntiva se resuelve con la creatividad: «Vivirá el teatro de la limitación de sus elementos, capaces sin embargo de variar hasta el infinito el sabor de las grandes creaciones —ahora sí, creaciones— del espíritu en la poesía dramática; y seguirán suscitándose éstas mientras la inventiva de la mente no se agote». Y así ha sido. Tras una época de decadencia el público ha vuelto a ir al teatro.
Enrique Díez-Canedo, que escribió libros muy bellos, volcó todo su saber en una serie de conferencias impartidas en 1940 en la Universidad de Primavera Vasco de Quiroga, que luego se publicaron con el título La nueva poesía. Es difícil encontrar una belleza mayor. En el libro se mezclan dos aspectos: un recorrido histórico por la poesía universal y un interrogarse, como haría Hölderlin y estudiaría en uno de sus mejores ensayos Heidegger, Sobre la esencia de la poesía. Recurre para ello «al cercado ajeno» y en primera instancia a León Felipe:
Deshaced ese verso,quitadle los caireles de la rima,el metro, la cadenciay hasta la idea misma.Aventad las palabras,y si después queda algo todavía,esoserá la poesía.
Es decir, la poesía desnuda, la poesía pura, sin tramposos fuegos de artificio; y quien dice poesía dice prosa.
En el capítulo de su libro «Desnudez» dice Canedo:
«Un gran poeta español, Juan Ramón Jiménez, dice en su Poesía, dice de su poesía:
Vino, primero pura,vestida de inocencia,y la amé como un niño.Luego se fue vistiendode no sé qué ropajes;y la fui odiando, sin saberlo.Llegó a ser una reinafastuosa de tesoros…¡Qué iracunda de yel y sin sentido!… Mas se fue desnudandoy yo le sonreía.Se quedó con la túnicade su inocencia antigua.Creí de nuevo en ella.Y se quitó la túnica,y apareció desnuda toda…¡Oh pasión de mi vida, poesía,desnuda, mía para siempre!».
Ésa fue también la concepción de Canedo, su arte poética. Poeta puro, poeta de la pureza, espíritu y alma puros.
El 6 de junio de 1944 la vida de Enrique Díez-Canedo se extingue en Ciudad de México. Muere —como dijo Juan Ramón en 1908 al dedicarle sus Elegías puras— un poeta sin mancha.
Elena Montoya de Burundarena, en su prólogo a la edición argentina de El teatro y sus enemigos, nos recuerda las palabras que dijo a Canedo: «Ud. partió a bordo del Southern Cross y no lo vimos más». Era 1937 y Canedo volvía a la España en guerra acompañado, entre otros, por Xavier Bóveda, Eduardo Blanco Amor y Maruja Mallo. Al despedirse, las palabras de Elena Montoya fueron proféticas: «Quizás perderemos la guerra, pero con hombres como Ud. ganamos la Historia».
Enrique Díez-Canedo perdió la guerra y murió lejos de su patria, pero entró en la Historia con el paso firme de los elegidos.
A. S. Á.-I.
Madrid, septiembre 2004
En cada uno de los apartados las obras se ofrecen ordenadas cronológicamente; en el caso de aquellas que tuvieron ediciones posteriores, se incluyen a continuación de la primera; las que carecen de fecha aparecen al final de cada apartado ordenadas alfabéticamente. Esta bibliografía pretende ser exhaustiva. No obstante, por cuestiones de espacio nos resulta imposible reseñar todas las colaboraciones de Enrique Díez-Canedo, por ello nos hemos visto obligados a omitir sus colaboraciones en prensa y sus poemas sueltos o incluidos en antologías; asimismo ofrecemos sólo una selección de los artículos más importantes y actualmente accesibles que se han escrito sobre él. Existe una bibliografía muy completa recogida en la tesis doctoral de Elda Pérez Zorrilla: La poesía y la crítica poética de Enrique Díez-Canedo (1999). A ella remitimos para completar nuestra bibliografía; en concreto recomendamos la consulta de los siguientes apartados:
-«La poesía dispersa de Díez-Canedo»: tanto «en publicaciones periódicas y recogidas en libros posteriormente», como «sin recoger en sus libros de poesía» (págs. 615-639).
-«La poesía de Díez-Canedo en Antologías» (págs. 640-641).
-«Artículos de crítica poética» (págs. 643-668).
-«Traducciones de obras poéticas», en especial el apartado de las aparecidas en revistas (págs. 670-672).
-«Bibliografía sobre Díez-Canedo», que incluye tanto libros como artículos (págs. 674-679).
Hemos dado preferencia a las traducciones sobre los prólogos e introducciones; por ello, en esta relación se indican con un asterisco aquellas obras traducidas por Enrique Díez-Canedo que incluyen también un prólogo suyo.
Traducción de: D'ORS, Eugenio: La muerte de Isidro Nonell, seguida de otras arbitrariedades y de la oración a Madona Blanca María, traducción de Enrique Díez-Canedo, dibujos de Isidro Nonell, Joaquín Mir, Santiago Rusiñol, Ignacio Zuloaga, Ricardo Marín, Luis Bonnín y Octavio Romeu (Madrid: «El Banquete» – Librería General de Victoriano Suárez, 1905). 118 págs.Del cercado ajeno: versiones poéticas (Madrid: M. Pérez Villavicencio, 1907). 159 págs. Versiones de grandes poetas ingleses, italianos, franceses, portugueses, belgas, norteamericanos, etc.Traducción de: ARMSTRONG, Walter: El arte en la Gran Bretaña e Irlanda, traducción de E. Díez-Canedo. Ars Una. Species Mille. Historia General del Arte (Madrid: Librería Gutenberg de José Ruiz, 1909). 376 págs.Versión de: FRANCO, Juan José (S. I.): Tigranate: relato histórico de los tiempos de Juliano el apóstata, nueva versión castellana de E. Díez-Canedo. Lecturas recreativas del Apostolado de la Prensa (Madrid: Apostolado de la Prensa, 1909), 2 vols.Traducción de: JAMMES, Francis: Manzana de anís, traducción de Enrique Díez-Canedo (Barcelona: E. Domenech, 1909). 280 págs.Versión de: BAZIN, René: La barrera, versión de E. Díez-Canedo. Biblioteca de Autores Modernos y Contemporáneos (París: Sociedad de Ediciones Literarias y Artísticas – Librería de Paul Ollendorf, [1910]). 272 págs.Traducción de: D'ESPARBÈS, Georges: El tumulto. Canto republicano, traducción de E. Díez-Canedo. Biblioteca de Autores Modernos y Contemporáneos (París: Sociedad de Ediciones Literarias y Artísticas – Librería de Paul Ollendorf, [1911]). 272 págs. Traducción de: RICCI, Corrado: El arte en el norte de Italia, traducción de Enrique Díez-Canedo. Ars Una. Species Mille. Historia General del Arte (Madrid: Librería Gutenberg de José Ruiz, 1914). 482 págs.Traducción de: MASPERO, G.: El arte en Egipto, traducción de E. Díez-Canedo. Ars Una. Species Mille. Historia General del Arte (Madrid: Librería Gutenberg de José Ruiz. Ruiz Hermanos, sucesores, 1915). 344 págs.Traducción de: DESBORDES VALMORE, M.: Las rosas de Saadi, música de Adolfo Salazar (Madrid: Ildefonso Alier, 1916).Traducción de: MONTAIGNE: Páginas escogidas, selección y comentario de Pierre Villey, traducción de Enrique Díez-Canedo. Biblioteca Calleja. Segunda serie (Madrid: Calleja, 1917), 364 págs.Traducción de: MONTAIGNE: Páginas escogidas, selección y comentario le Pierre Villey, traducción de Enrique Díez-Canedo, edición de Manuel Neila. Biblioteca de Traductores, 14 (Madrid: Júcar, 1990). 277 págs.Traducción de: RENARD, Jules: Zanahoria (Poil de carotte), traducción de E. Díez-Canedo. Biblioteca Calleja. Segunda serie (Madrid: Calleja, 1917). 355 págs.*Traducción de: HEINE, Enrique: Páginas escogidas, traducción e introducción de Enrique Díez-Canedo (Madrid: Calleja, 1918).Traducción de: LA FONTAINE, Jean de: Las fábulas de La Fontaine, escogidas y traducidas en verso por Enrique Díez-Canedo (Madrid: Calleja, 1918).Traducción de: CLAUDEL, Paul: Las nueve musas, traducción de Enrique Díez-Canedo, en Cosmópolis, 22 (Madrid, octubre 1920), págs. 227-240.Traducción de: JAMMES, Francis: Del toque de alba al toque de oración, traducción del francés por Enrique Díez-Canedo. Los poetas (Madrid: Calpe, 1920). 245 págs.Versión de: JAMMES, Francis: Del Ángelus de la mañana al Ángelus de la tarde o del toque del alba al toque de oración, versión de Enrique Díez-Canedo. La Veleta, 19 (Granada: Comares, 1992). 213 págs.Traducción de: WEBSTER, John: La duquesa de Malfi. Tragedia, traducción del inglés por Enrique Díez-Canedo. Colección universal, 212-213 (Madrid-Barcelona: Calpe, 1920).*Traducción de: LARBAUD, Valery: Fermina Márquez; traducción del francés y prólogo de Enrique Díez-Canedo. Colección Contemporánea (Madrid: Calpe, 1921). 255 págs.*Traducción de: LARBAUD, Valery: Fermina Márquez; traducción del francés y prólogo de Enrique Díez-Canedo. Colección Austral, 40 (Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1938 y 19433). 164 págs.*Traducción de: LARBAUD, Valery: Fermina Márquez; traducción del francés de Enrique Díez-Canedo, prólogo de Adolfo García Ortega. Colección Austral, 386 (Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1996). 143 págs. Reproduce el prólogo de Díez-Canedo en págs. 25-26.Traducción de: GIDE, André: La puerta estrecha, traducción de Enrique Díez-Canedo (Madrid: Saturnino Calleja, 1922). 250 págs.Traducción de: VERLAINE, Paul: Cordura, traducción en verso de Enrique Díez-Canedo (Madrid: Mundo Latino, 1922). 200 págs.Traducción de: THARAUD, J. y J.: Servidumbre de amor (La maîtresse servante), traducción de E. Díez-Canedo (Madrid: Biblioteca Nueva, 1923). 215 págs.Traducción de: VERLAINE, Paul: La buena canción, traducción en verso de E. Díez-Canedo, dibujos de E. de Riquer. Obras completas de Paul Verlaine, 10 (Madrid: Mundo Latino, [1924]). 159 págs.Traducción de: WHITMAN, Walt: Hojas de hierba, traducción de Enrique Díez-Canedo. Colección Universal (Madrid: Calpe, 1924).Traducción de: WELLS, H. G.: Esquema de la historia: historia sencilla de la vida y de la humanidad. I, traducción de Enrique Díez-Canedo. II, traducción de Ricardo Baeza (Madrid: Atenea, [1925]). 2 tomos, 378 págs.Traducción de: JALABERT, Denise: La escultura románica, traducción de E. Díez-Canedo. La Cultura Moderna (Madrid: Hernando, 1926). 124 págs.*Traducción de: ISTRATI, Panait: Mijail. Mocedades de Adrian Zograffi, introducción y traducción de E. Díez-Canedo. Prosistas extranjeros y contemporáneos (Madrid: Zenit, 1930). 222 págs.Versión de: GIRAUDOUX, Jean: Siegfried. Pieza en cuatro actos, versión de Enrique Díez-Canedo, dibujos de Merlo. «La Farsa», 167 (Madrid, Rivadeneyra, 30-XI-1930). 69 págs.Traducción de: BAUDELAIRE, Carlos: Pequeños poemas en prosa. Críticas de arte, traducción del francés por Enrique Díez-Canedo y Manuel Granell (respectivamente). Colección Universal. 358 y 359 (Madrid: Espasa-Calpe, 1935). 150 págs.*Traducción de: BAUDELAIRE, Carlos: Pequeños poemas en prosa. Críticas de arte, introducción de Enrique Díez-Canedo, traducción del francés por Enrique Díez-Canedo y Manuel Granell (respectivamente). Colección Austral, 885 (Madrid: Espasa-Calpe, 1948, 19492, 19683). 150 págs.*Traducción de: BAUDELAIRE, Carlos: Pequeños poemas en prosa. Críticas de arte, introducción de Enrique Díez-Canedo, traducción del francés por Enrique Díez-Canedo y Manuel Granell (respectivamente). Colección Centenario, II (Madrid: Espasa-Calpe, 1999). 150 págs.Traducción de: BAUDELAIRE, Carlos: Pequeños poemas en prosa, traducción de Enrique Díez-Canedo. Biblioteca Clásica (Madrid: Espasa-Calpe, 2000). 109 págs.Versión de: GORKI, Máximo: La madre. Seguida de una conversación con Ana Zalómova heroína de esta novela por S. Orlov, versión de Enrique Díez-Canedo (Madrid – Barcelona: Nuestro Pueblo, 1938).408 págs.Versión de: CROCE, Benedetto: La historia como hazaña de la libertad, versión de Enrique Díez-Canedo. Colección Obras Históricas (México: Fondo de Cultura Económica, 1942). 369 págs.Versión de: CROCE, Benedetto: La historia como hazaña de la libertad, versión de Enrique Díez-Canedo. Colección Popular, 16 (México: Fondo de Cultura Económica, 1942). 294 págs.Traducción de: DUMAS, Alejandro (hijo): La dama de las camelias, traducción de Enrique Díez-Canedo, ilustraciones de Manuela Ballester. Obras maestras de la Literatura amorosa (México: Leyenda, 1944). 228 págs. Edición numerada.Traducción de: PUSHKIN, Alejandro: El barón avariento. Pieza en un acto, en Hijo Pródigo (México), volumen V, núm. 16 (15-VII-1944), págs. 42-48.Traducción de: HARRINGTON. James: La República de Océana, traducción de Enrique Díez-Canedo (México: Fondo de Cultura Económica, 1987). 299 págs.Traducción de: VILLEY, Pierre: Páginas escogidas, selección y comentario de Pierre Villey, traducción de Enrique Díez-Canedo, edición de Manuel Neila. Biblioteca de traductores, 14 (Madrid: Júcar, 1990). 277 págs.Traducción (junto con Concha Rodríguez) de: ESQUILO: Siete contra Tebas, traducción de Enrique Díez-Canedo y Concha Rodríguez, versión de Jesús Alviz. Colección Festival de Mérida (Madrid: Clásicas, 1992). 75 págs.Traducción de: A. E.: Irlanda por dentro y por fuera, traducción de Enrique Díez-Canedo (Madrid: Delegación de la República Irlandesa en Madrid, [s. a.]).Traducción de: A. E.: Irlanda y el Imperio Británico ante el tribunal de la conciencia, traducción de Enrique Díez-Canedo (Madrid: Editorial Ibérica, [s. a.]).Traducción de: BJOERNSON, Bjoernstjerne: Laboremus, traducción y prólogo de E. Díez-Canedo. Teatro Selecto Contemporáneo (Madrid: Biblioteca Nueva, [s. a.]). 116 págs.Traducción de: ESQUILO: Tragedias, traducción nueva del griego por Leconte de Lisle, puesta en castellano por E. Díez-Canedo. Libros célebres españoles y extranjeros (Valencia: Prometeo, [s. a.]). 269 págs.Traducción en colaboración con otros, de varios volúmenes de: Las mejores poesías (líricas) de los mejores poetas, traducción de Enrique Díez-Canedo et al. (Barcelona: Cervantes, [s.a.]). Esos volúmenes son: núm. 3: Shelley; núm. 5: Víctor Hugo; núm. 18: Maragall; núm. 25: Gabriel d'Annunzio; núm. 26: Antonio Duarte Gomes Leal; núm. 27: Petöfi; núm. 28: Vicente W. Querol; núm. 29: Anthero de Quental; núm. 30: Hölderlin; núm. 36: Paul Fort, y núm. 53: Alicia Larde de Venturino.Traducción de: STENDHAL: Vittoria Accoramboni, traducción de Enrique Díez-Canedo. Nouvelle Collection de Romans en Deux Langues / Nueva Colección de Novelas Bilingües, 14 (Madrid: Revista de Educación Familiar, [s. a.]). 31 págs.Traducción de: THARAUD, Jérôme y Jean: Dingley, el ilustre escritor. Novela, traducción de E. Díez-Canedo (Madrid: Biblioteca Nueva, [s. a.]). 213 págs.Traducción de: THARAUD, Jéróme y Jean: Dingley, el ilustre escritor, traducción de E. Díez-Canedo. El libro de bolsillo de Doncel, 60 (Madrid: Doncel, 1975). 147 págs.Los artículos de Díez-Canedo sobre literatura, poesía y crítica teatral aparecieron en:
—Enrique Díez-Canedo: «Los laureles reales de Cuernavaca» (poema), págs. 4-6 (incluye reproducción del texto autógrafo).
—Arturo Souto: «Laureles y pájaros» (dibujo), pág. 5.
—Manuel Altolaguirre: «Homenaje» (poema), pág. 8.
—Max Aub: «Nuestro amigo», pág. 9.
—Josep Carner: «Transit d'Enric Díez-Canedo» (poema), pág. 11.
—Luis Enrique Délano: «Don Enrique Díez-Canedo y los chilenos», págs. 12-13.
—Juan José Domenchina: «In memoriam», págs. 14-17.
—Francisco Giner de los Ríos: «Estás aquí» (poema), págs. 18-19. Este poema se incluyó también en Francisco Giner de los Ríos: Jornada hecha. Poesía 1934-1952 (México: Tezontle, 1953), págs. 178-180.
—Enrique González Martínez: «Enrique Díez-Canedo», págs. 20-21.
—Juan Ramón Jiménez: «En la última pared de Enrique Díez Canedo», págs. 22-23.
—León Felipe: «Encuentro», págs. 24-25.
—Paulino Masip: «El soneto de La Voz», págs. 26-27.
—Concha Méndez: «Sombras» (poema), pág. 28.
—José Moreno Villa: «El Nombre hecho Hombre», pág. 29.
—José Moreno Villa: Enrique Díez Canedo, retrato al óleo (reproducción), pág. 30.
—Mariano Picón-Salas: «Recuerdo», págs. 31-32.
—Emilio Prados: «Laurel» (poema), pág. 33.
—Miguel Prieto: «Homenaje a Enrique Díez-Canedo» (dibujo), pág. 34.
—Juan Rejano: «Canción en tiempo de elegía» (poema), págs. 35-36.
—Alfonso Reyes: «Ausencia y presencia del amigo», págs. 37-39.
—Daniel Tapia: «Díez Canedo», págs. 40-41.
—Benjamín Jarnés: «Las Dos Sabidurías», pág. 42.
El facsímil incluye también con paginación adicional (págs. 1-4) el texto: «Díez-Canedo y el primer Litoral»: Enrique Díez-Canedo: «La luz del mediodía».
JULIA MARÍA LABRADOR BEN
