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Un estremecedor thriller psicológico que cautivará a los fans de " El resplandor ". Para Sarah y Patrick, la vida familiar siempre ha sido fácil, pero, tras la muerte de su madre, Sarah empieza a deprimirse y Patrick, viendo que necesitan un cambio de aires, decide trasladar a toda la familia a la casa de la playa en la que se crio. Solo hay un problema: aunque a Patrick su nuevo domicilio le trae recuerdos felices, para los demás es «la casa de los crímenes», por la familia que fue asesinada en ella. Patrick está empeñado en que la vivienda vuelva a ser perfecta, pero Sarah no lo tiene tan claro: sus hijos sufren pesadillas constantes y se sienten vigilados a todas horas, y cuanto más tiempo pasan en «la casa ideal», más raro se vuelve su marido... Reseñas: «Un libro que no vas a poder cerrar». Laura Marshall, autora de Maria quiere ser tu amiga «Un vívido retrato de tensiones ocultas». Daily Mail «Una intensa historia sobre el engaño, la traición y la pérdida». The Sun «Savage va aumentando la tensión con gran pericia hasta el giro final. Hará las delicias de los aficionados a la novela psicológica». Publishers Weekly «Una ambientación escalofriante. Combina la intriga de thrillers como La esposa entre nosotros y Al cerrar la puerta con la deliciosa trama de terror de una casa encantada». Booklist «Te mantendrá enganchadísimo y muerto de miedo». Heat
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Seitenzahl: 563
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Primera parte. Antes
Segunda parte. La casa maldita
Tercera parte. El despertar
Cuarta parte. El dragón disfrazado de hombre
Créditos
Titular de The Western Mail, mayo de 2017:
OTROS DOS CADÁVERES ENCONTRADOS EN LA CASA MALDITA
Hace mucho que viviste aquí y en este pueblo ha cambiado todo y no ha cambiado nada. Las pintadas están más sucias, más oscuras; la podredumbre, más arraigada: un hedor que perdura, un vendaje manchado de pus, una veta roja de infección que se aleja serpentina de su núcleo en descomposición.
Esta casa siempre ha sido esa herida de entrada que, al cicatrizar, retiene la infección y hace que esta se propague bajo la superficie, oculta, insidiosa, inflamándose y devorando la carne sana que encuentra a su paso. Y tú, tú en el centro: la aguja sucia, el cuchillo oxidado; la causa y el resultado.
En mi sueño, el que te he contado, ese sueño en el que la casa aún es solo una casa y no la casa maldita, todas las habitaciones del pasillo tienen puerta y todas las puertas están cerradas. Siempre cerradas. Pero esta noche el sueño ha cambiado. Esta vez el pasillo era más largo y había una puerta nueva al fondo. Y en vez de huir, como siempre, del dragón disfrazado de hombre, dando bandazos de esos que se dan en los sueños, como si el mundo se ladeara, y pensando que jamás llegaría al final, esta vez sabía que llegaría.
Pero ya no quiero. Hay una puerta al fondo que no debería estar ahí. Hay otra puerta y esa está abierta.
Sarah
Enero de 2017
—¡Feliz aniversario, Sarah!
Cuando abro los ojos, me encuentro a Patrick junto a la cama con una caja envuelta en papel de regalo. Ya está vestido y echo un vistazo al reloj: las ocho. ¡Madre mía, los niños! ¡El desayuno de Patrick! ¡Tendría que haberme levantado hace una hora!
—¡Relájate! —me dice, y se sienta. Me aparta el pelo de la cara y se agacha a darme un beso en la frente, sonriéndome a los ojos mientras lo hace—. Mia y Joe ya se han ido al colegio. Quédate en la cama —añade, luego me tiende la caja y yo me incorporo y tiro del edredón para taparme.
Miro el regalo. El papel es plateado y brillante, los pliegues precisos y perfectos en los bordes, y lleva una cinta plateada atada en la parte superior con un sofisticado lazo.
—Pero hoy no es…
—No es nuestro aniversario de verdad, no. Este es más importante.
Me coge la mano y la besa. Le da la vuelta, me besa la palma, después hasta la muñeca.
Me angustio intentando recordar la fecha, pero entonces me viene a la memoria y me relajo. Hoy es 21 de enero, el día en que nos conocimos.
—¡Ábrela! —dice, y me pone la caja en la mano.
Manoseo torpemente la cinta y él ríe y me ayuda, y arranca el papel y levanta la tapa de la caja.
Es un cedé. Lo saco, extrañada, entonces veo lo que es y mi extrañeza se esfuma: aquel viejo álbum de The Verve que tanto me gustaba. En la lista de temas, Bitter Sweet Symphony es la primera de todas.
—¿Te acuerdas?
Pues claro que me acuerdo. Cierro los ojos y estoy de nuevo en la fiesta de estudiantes: la habitación oscura y llena de humo, la alfombra pegajosa de alcohol barato derramado, todos borrachos, una maraña de adolescentes tirados por el suelo, pasándonos botellas… Entonces suena Bitter Sweet Symphony y ese hombre, ese hombre trajeado y tan fuera de lugar se me acerca y me pregunta que si quiero bailar. Todo ese ruido y toda esa gente, nadie más bailando, y él me hace dar vueltas como si estuviéramos en un espléndido salón de baile.
—He pensado que la podíamos bailar hoy —dice—. Tú podrías desempolvar tus Dr. Martens y yo empapar la alfombra de ron barato.
Me vuelve a besar y esta vez el beso es más largo. Huelo su loción para después del afeitado, ese mismo aroma intenso y embriagador que siempre ha llevado. Sus labios me saben a café y noto el roce de su mejilla en la mía. Estoy medio dormida y atontada y no me acuerdo de cuánto tiempo ha pasado, ¿semanas, meses incluso? ¿Cuánto hace de la última vez que hicimos el amor a primera hora de la mañana, despacio y en silencio por los niños? Alargo el brazo para arrimármelo, pero él se aparta y deja que el frío se cuele entre los dos.
—Quédate —le susurro.
—Tengo que irme a trabajar. Pero esta noche…, esta noche salimos a cenar a algún sitio especial, los dos solos —dice, de nuevo el Patrick maduro, trajeado, no el que se tumbó en aquella alfombra empapada de alcohol, ni el que reía mientras yo bailaba a su alrededor. Pero todo eso sigue ahí, ¿no? ¿Ese Patrick, esa Sarah? En la forma de su sonrisa, en su risa suave, en el modo en que me mira cuando el edredón se desliza. Sigue todo ahí, solo que sofocado por el día a día.
—Quédate —le vuelvo a decir, acercándomelo y empezando a quitarle la chaqueta. Él ríe y comienza a besuquearme el cuello—. Eres malvada, señora Walker…
Me derrumbo sobre las almohadas cuando sale del dormitorio y cierro los ojos con una sonrisa en la cara. Podría dormir, remolonear otra hora antes de empezar el día, pero Patrick me llama desde la planta de abajo. Me levanto y agarro la bata raída colgada detrás de la puerta. Patrick siempre me toma el pelo con esta bata vieja y deshilachada; me compró una nueva, gruesa, de lujo, que no me pongo nunca porque la otra me la regaló mi madre hace un millón de años, cuando me fui de casa. La he llevado desde entonces y seguiré poniéndomela hasta que se caiga a pedazos porque me quedan muy pocas cosas con las que recordarla.
Patrick está en el vestíbulo, con un sobre en la mano.
—¿Cuándo ha llegado esto?
Me siento un poco culpable; recuerdo la carta. Llegó hace unos días, manuscrita, dirigida a él. La recogí del felpudo, pero en lugar de dársela la metí en el cajón… Porque estaba escrita a mano, porque la letra era de mujer.
—Lo siento —digo—, debí de meterla en el cajón en vez de dejarla ahí encima.
Se queda mirando la carta. Bajo las escaleras y voy a disculparme otra vez, pero, al verle la cara, cambio de opinión. No está enfadado. Sé cuándo lo está, y ahora no. No sé bien qué es.
—¿Qué pasa…? —pregunto, y cuando me mira le veo los ojos irritados y empañados, como si fuera a llorar, y las mejillas coloradas. Mira la carta una vez más, luego se la guarda en el bolsillo del abrigo.
—Nada. Nada importante.
Pero es algo. Nunca lo he visto poner esa cara, una mezcla de miedo, euforia y algo más. ¿O sí? Sí se la he visto, creo. Una vez.
Caroline me escribe a la media hora de irse Patrick y, diez minutos después, llama a la puerta, con dos vasos de cartón humeantes en sendas manos y un montón de folletos de viaje bajo el brazo.
—¡Reparto de capuchinos!
—Te veo asquerosamente despejada —digo, abriendo más la puerta y repeinándome con la mano la melena enredada.
Aunque no son más que las nueve y media, parece que Caroline lleve horas levantada, maquillada, con el pelo limpísimo y resplandeciente.
—Hace un día precioso, frío pero precioso —responde mientras me sigue a la cocina—. Nos vamos a dar una vuelta en cuanto me meta un chute de azúcar y cafeína.
Dejo el café en la mesa y echo un vistazo a los folletos.
—Gracias por traerlos. No se me habían ocurrido las islas Caimán —digo, deteniéndome en una foto de aguas turquesas y playas de arena blanca.
—¿Habéis decidido ya adónde vais? —pregunta Caroline, y yo suspiro.
—No tienes por qué seguir haciéndolo, ¿vale?
—¿El qué? ¿Traerte café?
—Todo: plantarte aquí por las mañanas aparentando normalidad. Hasta hace unos meses, dudo que abrieras los ojos antes de mediodía. Pero ahora es como si Patrick y tú os dierais el relevo: él se va y llegas tú.
Se esfuma su sonrisa.
—Sí, bueno, hasta hace unos meses no me preocupaba que estuvieras sola en casa, ¿no?
—Tampoco tiene que preocuparte ahora.
—¿No? —pregunta, acercándose al armario a coger unas galletas. Rechazo la que me ofrece y me siento a tomarme el café.
Tengo que acordarme de tirar los vasos antes de que vuelva Patrick. No sabe, ni debe saber, que Caroline lo releva.
Cuando mi mejor amiga se mudó a una casa más grande y mejor muy cerca de la nuestra, nos enteramos porque se plantó en nuestra puerta con una botella de Prosecco en la mano diciendo «¡Sorpresa!». Patrick piensa que lo hizo por fastidiarlo y, aunque yo le digo que no, sé que a Caroline le produjo una satisfacción adicional saber que su traslado lo molestaría. Lo conoce desde hace tanto como yo y, teniendo en cuenta su empeño conjunto en procurar que no volviera a desmoronarme, en que me mantuviera centrada en el futuro, tendrían que ser amiguísimos. Sin embargo, siempre se están atacando.
Pero sé que su preocupación es fruto del cariño, incluso sus nimias disputas, y aunque ahora mismo me produce algo de claustrofobia que me tengan entre algodones, jamás olvidaré que gracias a eso pude superar los momentos difíciles.
—¿Vas al club de lectura de Helen esta noche?
—No puedo… Patrick me va a llevar a cenar por ahí.
Enarca las cejas y coge otra galleta del frasco.
—¿Con motivo de…?
Sonrío.
—Una tontería. El aniversario del día en que nos conocimos. Siempre dice que ese es nuestro verdadero aniversario, porque supo enseguida que me quería.
Caroline menea la cabeza y ríe, pero yo no. «¿Te acuerdas?», me ha dicho Patrick, y sus palabras me lo han recordado todo. Yo también me enamoré en cuanto empezamos a bailar. Últimamente se me olvida. Patrick hace bien queriendo celebrarlo, para que recordemos quiénes éramos.
—¿Esto es de Joe? —pregunta Caroline, acercándose a un pequeño dibujo a lápiz enmarcado que he dejado en la encimera para colgarlo después en la pared. A sus diecisiete años, tiene mucho más talento del que tenía yo con su edad. Ha sabido captar la esencia de Mia en unos cuantos trazos rápidos, contornos limpios y suaves y curvas difuminadas. Hay que retirarse un poco, acercarse despacio, mirarlo de reojo para reconocerla, pero, en cuanto lo haces, te queda claro que no podría ser nadie más. Es como si lo hubiera hecho a propósito, como si hubiera ocultado a su hermanita querida en la lámina en una especie de escondite infinito. Tendría que haberlo hecho como autorretrato.
—¡Qué curioso!, ¿no? —dice Caroline, golpeteando el cristal con sus uñas postizas—, que al final Joe haya resultado ser el artista.
—¿Curioso?
—Ya sabes a qué me refiero.
Me acerco al dibujo, repaso el contorno del rostro de Mia.
—No es una cuestión de ADN. Mia es mi hija biológica y no podríamos ser más distintas.
—¿Crear y criar?
Joe cogió un pincel por voluntad propia, yo nunca se lo puse en la mano, pero lo animo a que explote su talento, claro que sí. Para eso no hace falta que lo haya parido. Doy un paso a un lado y el boceto de Mia parece que me sigue. Me pregunto cómo me dibujaría a mí. O a Patrick.
—¿Por qué no se lo has dicho aún, lo de…? —titubea—. ¿Lo de que no es tuyo? —El marido de Caroline es trabajador social y, desde que Joe entró en la adolescencia, no para de aconsejarme sobre la mejor forma de decírselo y yo no paro de hacerme la loca—. ¿Por qué no se lo cuentas sin más, Sarah? A él no le va a importar, de verdad. Tú eres la única mamá que ha conocido. Y Patrick sigue siendo su padre. Lo entendería.
Se me revuelve el estómago y miro alrededor como hago siempre, para asegurarme de que Joe no anda por ahí y ha oído esas palabras prohibidas.
Caroline suspira.
—No sé cómo has podido ocultárselo tanto tiempo.
Ni yo. Me angustio aún más. ¿Y si de pronto me pide la partida de nacimiento? ¿A eso estoy esperando? ¿A que no me quede otro remedio que contárselo?
Acaricio el cristal del dibujo enmarcado. Joe siempre ha sido mi niño. Mia y yo chocamos constantemente; ella siempre ha sido la princesita de Patrick, pero Joe y yo… Caroline me está diciendo las mismas cosas que me atormentan por las noches. Más aún desde que murió mi madre y me convertí en esa nueva Sarah, rota y con una herida abierta que no termina de cicatrizar. Si le cuento la verdad a Joe, lo obligaré a perder a dos madres: a mí y a Eve, fallecida hace tiempo. Si a mí me ha destrozado la pérdida de la mía, ¿qué sería de Joe?
—Lo sé, sé que tenemos que decírselo, que ya tendría que habérselo contado, pero no me pareció oportuno cuando empezó a meterse en tantos líos en secundaria —digo—. Todas esas peleas, el acoso escolar…, todas esas puñeteras reuniones con los profesores en las que me sugerían que lo llevase al psicólogo. Patrick se cabreó muchísimo. A nuestro pequeño lo acosaban y querían convencernos de que era problema suyo… No podía cargarlo con eso también. Así que seguí mintiéndole hasta que me resultó imposible contarle la verdad. Además, no es solo Joe, ¿no? ¿Cómo se lo explico a Mia?
—Por favor, Sarah…
Su voz de preocupación, que ya conozco bien, me hace un nudo en la garganta y tengo que tragar saliva para deshacerlo.
—Mira, su madre biológica está muerta. No va a venir a vernos. Se lo contaremos. Pero ahora no. Después del accidente y todo eso… No está preparado.
—Le puedo pedir a Sean que compruebe si hay datos de algún pariente de Eve —dice—, para que tengas la información cuando se lo cuentes por si quiere ponerse en contacto con ellos.
—No. No lo hagas. Por favor. Seguro que Patrick me puede facilitar datos de ella si algún día los necesito.
—Siempre me has dicho que es Patrick quien no quiere menear el asunto, pero muchas veces me pregunto si no serás tú la que en realidad no quiere. Porque te da miedo perder a tu niño.
—Pues claro que me da miedo. Sí, los dos hemos mentido, pero, en el fondo, Patrick sigue siendo su padre. Yo no soy más que la puñetera madrastra malvada.
—De malvada nada —dice, cubriendo mi mano con la suya y sonriendo. Yo aprieto el puño y la miro ceñuda.
—Pero ¿Joe sabrá verlo?
—¿Aún va a esa psicóloga? —pregunta.
Niego con la cabeza. Patrick canceló las sesiones. Le parecían una pérdida de tiempo. Yo se lo rebatí, hasta que Joe dijo que estaba de acuerdo con él, pero conservo el número.
—¿Se lleva mejor con su padre ahora?
Suspiro.
—La verdad es que no. Menos aún desde que estrelló el coche.
Caroline asiente, luego vuelve a acariciar el dibujo.
—Es bueno.
—Quiere estudiar Bellas Artes.
Me mira.
—¿Lo sabe Patrick?
—Aún no.
—Recuérdame que no esté presente cuando lo habléis.
Vamos al parque a dar un paseo, con los abrigos abotonados hasta el cuello, las gafas para protegernos del sol invernal y Caroline acribillándome a preguntas sobre cuál va a ser el destino de nuestra estupenda aventura familiar. Le respondo que no sé. Tengo demasiados frentes abiertos y me cuesta centrarme. Creo que por eso no para de preguntarme, para que me ilusione con algo.
El parque está lleno de personas paseando a sus perros y de mamás empujando carritos, todos pálidos después de semanas encerrados en casa por la lluvia.
—A Patrick le ha llegado una carta —le digo a Caroline cuando paramos a descansar junto al lago.
Nuestro aliento forma nubecillas de vaho, y yo me aprieto la bufanda alrededor del cuello. No era consciente de que aún le daba vueltas a lo de la carta hasta que lo he mencionado, pero es que no consigo quitarme de la cabeza la cara que ha puesto.
—¿Y…?
—Se ha asustado —contesto—. No sé de quién era, pero se ha asustado. Asustado y algo más…
—¿Se ha asustado?
Me mira extrañada y veo que piensa lo mismo que he pensado yo. A Patrick no lo asusta nada. Por eso mi inquietud es cada vez mayor.
Caroline se recuesta en el banco.
—¿No has visto lo que era?
Meneo la cabeza.
—Solo he visto que el sobre estaba escrito a mano, nada más. —La miro—. Se me ha ocurrido que a lo mejor está enfermo. O ha recibido una mala noticia…
—¿Era de una mujer?
—Hice una tontería. Llegó hace días y la escondí. No sé por qué, porque no creo que me esté poniendo los cuernos.
—¿No?
—No seas boba.
Patrick no me haría algo así. ¡Qué va!
Caroline se me queda mirando con una cara rara y yo me veo reflejada en sus gafas de sol, pálida y preocupada.
—Mira, seguro que no es nada, pero igual deberías averiguar lo que dice la carta. No haces daño a nadie, ¿no?
Patrick llega a casa nervioso. Joe y Mia se han ido; al saber que sus padres salían por la noche, han huido. Yo ya me he cambiado: llevo su falda favorita, la que me regaló por mi último cumpleaños. Me ha mandado unas flores que han perfumado la casa entera, así que me he puesto guapa para él.
—Estás preciosa —dice, se inclina y me besa—, pero ¿y los Dr. Martens?
Río y lo sigo a la cocina. Mientras me sirve vino y se sirve agua, lo noto tenso, como envuelto en un no sé qué eléctrico que no logro descifrar.
—Un brindis —propone—, ¡por James Tucker!
Choco mi copa con la suya.
—¡Por James Tucker!
James Tucker, el chico que me dejó plantada hace un millón de años. Si hubiera acudido a nuestra cita, yo no habría ido a aquella fiesta, ni habría conocido a Patrick. Hasta lo mencionó en nuestra boda y consiguió que todos los invitados se levantasen y brindaran por James Tucker, un tipo al que ni siquiera conocía.
Se quita la chaqueta, pasa al salón y descorre la cortina para contemplar la calle. No es tarde. Los niños de los Sawyer, los vecinos de enfrente, aún están fuera con las bicis, subiendo y bajando la calle. No hace tanto que Joe y Mia tenían su edad, pero dudo que Patrick esté observando a esos niños con el mismo anhelo que yo.
—¿Te encuentras bien?
—¿Nunca sientes… claustrofobia? —me pregunta en voz baja.
—¿Qué?
—Esta casa, esta calle, todo tan soso y constreñido. Falta espacio, falta aire.
No sé qué decir. Esa extraña energía sigue ahí, zumbando en el aire, y me inquieta. Soy yo, no Patrick, la que suele decir esas cosas, la que anhela la aventura. Él nunca es el culo de mal asiento al que le falta el aire.
—¿Seguro que aún quieres salir? —pregunto—. Te noto… ¿Estás bien?
Aparta la mirada de la ventana, se vuelve y me sonríe, y eso me tranquiliza.
—Estoy bien, cansado pero bien —contesta—. Claro que salimos. Vamos a ir a cenar y luego buscaremos algún garito donde aún pongan esas canciones que solías escuchar. —Me estrecha en sus brazos—. Dame veinte minutos para que me duche y me cambie.
La última vez que vi a mi madre la encontré más delgada, más pálida. Estaba callada, distraída, como Patrick. «¿Te encuentras bien? ¿Estás enferma?», le dije, pero ni me miró. «Estoy bien, cansada pero bien», me contestó. Di media vuelta y no volví a preguntarle. Al poco de que falleciera, encontré las cartas del hospital. Un puñado, sin abrir, escondidas. A lo mejor pensó que si las escondía, el cáncer no sería real.
¿Eso pretendía yo al ocultarle esa carta a Patrick: esconderme de la realidad encerrada en ese sobre? Pero eso no funciona, ¿verdad? El cáncer se extiende y crece, por mucho que te escondas.
Vuelvo al vestíbulo y lo oigo abrir la ducha. Su abrigo está allí mismo, colgado; veo la esquina del sobre asomando por el bolsillo superior. Está abierto; los bordes, rasgados. Me acerco a cogerlo, deteniéndome para comprobar que la puerta del baño está cerrada, que la ducha sigue abierta.
Despacio, con el corazón desbocado, saco el sobre del bolsillo y procuro extraer la carta sin rasgarlo más.
—¿Qué haces?
Me vuelvo de pronto e intento guardar torpemente la carta en el abrigo, a mi espalda, pero sin mirar no encuentro el bolsillo, así que me la meto por la cinturilla de la falda y me suelto la blusa para taparla. ¿Me habrá visto? Está de pie en lo alto de la escalera, en penumbra, aún mojado de la ducha y con una toalla por la cintura.
—Nada… Iba a…
—Sube.
Me noto el sobre pegado a la espalda. ¿Por qué no le he preguntado sin más? La culpa es de Caroline, que me ha hecho sospechar, insinuándome que Patrick trama algo cuando sé bien que no. Me agarro con fuerza a la barandilla mientras subo las escaleras. Cuando llego arriba, me abraza y entierra la cara en mi pelo. Desliza la mano por mi cintura hasta la zona lumbar. Con los dedos, palpa el sobre a través de la blusa de seda.
—Lo siento —susurro—. Estaba preocupada y…
—Chist…
Mete la mano por debajo de mi blusa, saca el sobre, me roza la piel con los dedos mojados y me estremezco.
—Te he visto la cara. Te he notado asustado y me he preocupado…
Parloteo, pero no puedo parar.
Se esfuma su recelo y entonces ríe.
—¿Asustado? ¡Madre mía, Sarah! No estaba asustado, sino emocionado. Entusiasmado.
No, no ha sido entusiasmo lo que yo he visto.
—¿De qué se trata? —le pregunto de nuevo. Esta vez abre el sobre y me entrega la carta doblada que hay dentro.
—A veces paso por allí —dice atropelladamente mientras leo la carta—. Si voy a ver a un cliente, doy un rodeo para pasar por allí.
Al principio, lo único que siento es alivio. No son malas noticias, no es una carta de amor de otra mujer. Pero entonces me centro en el contenido y se me acelera de nuevo el corazón. Patrick coge la ficha de la inmobiliaria que acompaña a la carta y mira fijamente la fotografía de la casa que viene en primer plano.
«Estimado señor Walker. Como nos pidió que lo avisáramos si este inmueble se ponía a la venta…» Se me eriza el cuero cabelludo. ¿Cuántas veces se habrá desviado para ver la casa?
—¿Cuándo te pusiste en contacto con ellos? —pregunto, sosteniendo en alto el documento.
Titubea.
—Hace unos años.
Hace unos años. Me trago la bilis que me quema la garganta. ¿Cuántos años? ¿Dos? ¿Diez? ¿Quince? Hace quince años fue cuando un loco mató a puñaladas a la familia que vivía en esa casa. Fue entonces cuando Patrick empezó a tener aquellas pesadillas que lo hacían despertarse gritando en plena noche.
—¿Llamaste y…?
—A todas. A todas las inmobiliarias de la zona. Les pedí que me avisaran si alguna vez se ponía a la venta. —Vuelve a mirar la foto y veo que le tiembla la mano—. No pensé que eso fuera a ocurrir jamás.
Guarda la carta en el sobre y me mira otra vez con una mezcla de miedo y euforia en los ojos.
—Debería seguir siendo mía. Tendría que haber sido mía siempre. —Tiemblo y me abrazo—. He quedado en ir a verla el miércoles. ¿Vendrás conmigo?
Madre mía, lo dice tan esperanzado… No quiero poner un pie en esa casa, pero Patrick no ve lo que veo yo cuando miro las fotos. Él ve la hermosa casa victoriana en la que se crio, con su tejado a dos aguas, una casa de ensueño antes de convertirse en la casa del terror del condado. Él ve recuerdos felices de una infancia vivida junto al mar. No imagina sangre en las paredes ni el susurro de unos fantasmas. No ve la casa maldita, pero yo sí.
Mia está viendo en YouTube algo que, a juzgar por la retahíla de palabrotas, es del todo inadecuado para la hora de la cena. También Joe está absorto en su teléfono, pero lo veo sonreír cuando Mia le enseña la pantalla de su móvil y se parte de risa. Tarareo una canción mientras termino de hacer el puré de patata y llevo a la mesa el plato de servir. Hace semanas que no los veo tan relajados.
—Fuera móviles —dice Patrick al entrar, y se detiene a acariciarme el pelo antes de quitarse los gemelos y remangarse la camisa. Joe se guarda enseguida el móvil en el bolsillo, pero Mia protesta, deja el suyo en la mesa y sigue leyendo los mensajes de texto sin apartar la vista de la pantalla—. ¡Fuera móviles! —repite, y le acerca el suyo a Mia, que se levanta y lo deja en la encimera. La veo titubear cuando el aparato vibra otra vez—. Siéntate, Mia —dice Patrick al tiempo que trincha el pollo y nos sirve una pechuga a mí y un muslo a Mia y otro a Joe—. No se va a acabar el mundo porque te separes del móvil media hora.
Mia suspira y vuelve de mala gana a la mesa; Patrick menea la cabeza.
—Tamara y Charlie se han liado —le dice Mia a Joe mientras se sienta.
Joe se encoge de hombros y no levanta la vista del plato, pero eso no impide que su hermana le relate una historia retorcida de traición y desengaño amoroso.
—Mia, por favor, déjalo ya. Es un culebrón —dice Patrick.
—Madre mía, papá, no sabes ni la mitad.
—Genial. Y quiero seguir sin saberlo. —Me mira—. Nosotros nunca hemos sido así, ¿verdad, Sarah?
Enarco las cejas al recordar las emociones tan intensas de nuestras primeras citas y lo embobados que estábamos los dos.
Damos todos un respingo cuando vibra el móvil de Mia y empieza a sonar.
Se dispone a cogerlo, pero Patrick la agarra del brazo y ella murmura algo en voz baja y le da la espalda.
—Os juro que no sé cómo hacíais para vivir sin móviles cuando erais jóvenes.
Patrick sigue comiendo, sin picar el anzuelo. Soy yo la que contesta.
—Los móviles se inventaron hace veinte años, ¿sabes? Solo que a nosotros no nos tenían esclavizados como a vosotros.
—Pero ¿cómo os comunicabais con la gente?
—Pues pasaba algo muy raro que te va a costar entender: solíamos hablar con la gente cuando la teníamos delante.
—Ah, ja, ja, muy graciosa.
—Era genial —dice Patrick soltando el tenedor—. Maravilloso. De pequeño, yo vivía en un pueblo, pero nos conocíamos todos. Nos conocíamos de verdad. Me refiero a que yo podía bajar a la playa en verano con la certeza de que me encontraría allí a mis amigos. O nos veíamos en la feria. Pero sobre todo en la playa. Llevábamos leña y comida, pasábamos horas allí, hasta que se hacía de noche, al calor del fuego.
—A propósito del pueblo en el que se crio vuestro padre… —digo, pero me callo al ver que Patrick me mira y niega con la cabeza.
No hemos hablado de lo que íbamos a decirles sobre la visita de mañana a la casa, pero cuando veo que a Patrick se le ponen los nudillos blancos de apretar el vaso de agua, entiendo que no quiere que siga por ahí.
Joe y Mia se encierran en su cuarto en cuanto terminan de comer, pero Patrick y yo nos quedamos.
—¿Café? —me pregunta, se levanta y saca dos tazas del armarito—. ¿O prefieres una copa de vino?
Titubeo. Lo prefiero, pero si digo que sí, verá lo poco que queda en la botella que me abrió ayer. Es complicado ocultarle a alguien que te has tomado una copa de más cuando la única que bebe eres tú.
—No, gracias —contesto—. Un café me parece genial.
Me levanto para recoger la mesa, pero me lo impide.
—No, ya lo hago yo, que tú has hecho la cena.
—¿Por qué no quieres que los niños sepan adónde vamos mañana? Había pensado que podíamos dejarlo para el fin de semana y que vengan con nosotros, disfrutar de un día en la playa como solíamos hacer.
Se encoge de hombros y agarra mi plato.
—No es ningún secreto, pero quiero que la veas tú primero. —Hace una pausa—. No tendrá el mismo aspecto que cuando yo vivía allí, ¿verdad? Ha pasado mucho tiempo desde que fuera el hogar de una familia feliz y no querría que los niños la vieran así.
—Me habría gustado conocerte en aquella época de meriendas familiares felices en la playa —le digo a su espalda mientras se agacha a cargar el lavaplatos.
Se vuelve a mirarme.
—¿En serio?
—Cuando hablas de ello, me lo imagino. Mi adolescencia fue un auténtico muermo. No había adónde ir ni nada que hacer.
Cierra el lavaplatos y se vuelve a mirarme. No soy capaz de descifrar la expresión de su rostro.
—No siempre hacía tiempo para meriendas al aire libre —replica.
—No, pero al menos tenías la libertad de salir con tus amigos. A mí a duras penas me dejaban salir de día, menos aún después de que anocheciera.
—A tu madre no le habría venido mal una patada en el culo.
Me deja de piedra. Desde que murió mi madre, no soporto que me la mienten.
En sus últimos días, la tenían encerrada en casa sus propios miedos, pero, cuando íbamos a verla, yo cruzaba los dedos para que estuviera mejor, más fuerte, para que esa vez no se negara a salir a comer conmigo o a pasar unos días con nosotros en casa. Y siempre me decepcionaba. Sentados en el salón del adosado de protección oficial, que no había cambiado en absoluto desde que yo vivía allí, Joe y Mia tonteaban, Patrick se aburría como una ostra y a mí se me encendía la cara de la típica mezcla de frustración y vergüenza. Me debatía entre zarandearla y gritarle que despertara de una puñetera vez o abalanzarme sobre ella porque la niña que llevaba dentro anhelaba el consuelo y el alivio de sus brazos. Y entonces nos levantábamos para irnos y me fastidiaba el desahogo que me producía que nos marcháramos. Por un lado me daban ganas de pedirle a Patrick que acelerara, pero por otro quería pedirle que volviera para intentar, una vez más, devolverla al mundo aunque fuese por la fuerza, a gritos y a patadas. Ahora ya era demasiado tarde para eso.
Patrick me ve levantarme muy tiesa y recoger los restos de la cena.
—Perdona —dice con voz suave—, no debería haber dicho eso. Quiero que dejes de sentirte culpable, nada más. No habrías podido hacer nada por ella aunque hubieras estado allí.
Me traquetean los platos y los cubiertos en las manos cuando los llevo a la encimera.
—Creo que al final me voy a tomar ese vino. —Noto que me observa mientras bajo una copa, la lleno hasta arriba de vino tinto y vacío la botella—. No todos hemos disfrutado de una infancia como la tuya —digo después del primer sorbo embriagador—. Algunos tenemos que beber para olvidar. ¡Salud! —Choco mi copa con su taza de café, pero él no me devuelve la sonrisa.
Me han dicho que esta vez podemos verla por nuestra cuenta porque está vacía.
—¿«Esta vez»?
Ríe.
—Me has pillado. No podía esperar y fui a verla el lunes, cuando vi la carta. Hace tanto tiempo que quería volver a verla. Luego iremos a comer por ahí y lo celebraremos en condiciones.
—¿Pescado con patatas en el muelle? ¿Un helado de vainilla con una barrita de chocolate Flake?
Me mira y sonríe.
—Bueno, yo estaba pensando más bien en un restaurante calentito y agradable, pero si te apetece comer patatas fritas y helado en el muelle en enero…
Se ha quitado la chaqueta y la corbata, lleva la camisa suelta por detrás y las mangas enrolladas hasta los codos. Vamos en coche por la carretera de la costa y nada de esto parece real.
Estudio la ficha de la inmobiliaria que Patrick me ha dado. Quiero compartir su felicidad, su emoción. «La casa de mi infancia, la casa de mis sueños», dice, pero yo no puedo olvidar la otra fotografía de esa casa, la que salió en las portadas de los periódicos hace quince años. Alguien hizo una pintada con espray en la puerta de la calle y esa fue la foto que usaron todos: una casa, el precinto policial colgando aún alrededor, una ventana rota sellada con tablas de madera, BIENVENIDOS A LA CASA MALDITA pintado en rojo en la puerta de entrada.
Si los padres de Patrick hubieran podido seguir pagando la casa y no se la hubieran embargado, jamás se habría convertido en la casa maldita. Él y yo podríamos haber criado a Mia y a Joe allí: meriendas en la playa, excursiones a la feria, pescado con patatas en el paseo marítimo, todas las estanterías y los alféizares repletos de conchitas, de madera de deriva y de vidrio marino pulido por las olas… Todas esas cosas que Patrick recuerda con tanto cariño y que tanto contrastan con mis propios recuerdos: calles y calles de adosados, jardincitos diminutos; el olor a comida filtrándose por las paredes medianeras, impregnando visillos y moquetas; ir por casa descalzos, y los cojines siempre en su sitio; mi madre con sus brazos amorosos y estranguladores, reteniéndome en casa, encerrándome detrás de aquella puerta con doble cerradura. La agorafobia que ella solo sufría aún por empeñarse en tenernos a las dos prisioneras allí.
Paramos a la entrada y yo parpadeo para librarme de la versión periodística de la casa. Ya hace tiempo que taparon la pintada en rojo y cambiaron la ventana rota. Me sorprende lo agradable que resulta a la vista, con la cancela abierta, una maceta colgante de pensamientos meciéndose junto a la puerta y los cristales limpios y resplandecientes.
—¿Ha vivido alguien más aquí?
—¿Desde que a aquella familia…?
—La asesinaron, sí.
Niega con la cabeza.
—Es la primera vez que se pone en venta. Espera, que voy a por las llaves.
Bajo del coche y cruzo la calle para apoyarme en el rompeolas. La primera vez que Patrick me llevó a ver a sus padres, luego me trajo aquí, a su antigua casa, y la amargura que le producía el contraste se le notaba en la voz. Tras el embargo, sus padres se habían mudado a un espantoso chalé alquilado de dos dormitorios a ocho kilómetros de su antigua casa, sin vistas ni jardín. Habitaciones diminutas y estrechas atestadas de muebles demasiado grandes de maderas nobles. Caluroso y mal ventilado, impoluto, con la tele a todo volumen porque su padre era duro de oído. Su madre nos seguía a todas partes limpiando cualquier rastro de nuestra presencia incluso antes de que nos fuéramos. Llevarnos a Joe allí era una pesadilla: siempre vomitaba el biberón o se hacía caca en cuanto llegábamos y el olor impregnaba el aire de forma casi permanente. Nunca fui capaz de imaginarlos cuidando de Patrick cuando era un bebé: miraban a Joe, que entonces tenía seis meses, como si fuese un extraterrestre y le hablaban como a un adulto.
Los padres de Patrick perdieron la casa cuando él tenía veintipocos años, no mucho antes de que nos conociéramos; se endeudaron tanto que se la embargaron. Todos los fines de semana desde que empezamos a salir y durante años, mientras los niños eran pequeños, nos llevaba en coche por la franja costera declarada patrimonio nacional y parábamos en distintos pueblos, comíamos en distintas playas, encogidos por el viento y con los sándwiches llenos de arena. Se plantaba a la entrada de viviendas costeras que no habríamos podido permitirnos ni en un millón de años y se ponía furioso. La felicidad relajada de las comidas al aire libre se desvanecía, y él se encorvaba y apretaba los puños y los dientes, y yo veía su frustración reflejada en mí, aunque a otro nivel: él lo quería todo ¡ya!, quería recuperar lo que había perdido; en mi caso era un anhelo de algo que nunca había tenido.
Cuando fuimos al banco a pedir nuestra primera hipoteca y cayó en la cuenta de que un adosado de obra nueva en las afueras era lo único que podíamos pagar, se encogió un poco y la derrota lo hundió.
«Esto debería ser mío», me dijo la primera vez que me enseñó la casa en la que se había criado, antes de que asesinaran allí a aquella pobre familia. Los enormes ventanales ofrecían vistas panorámicas del mar y Patrick me describió el manzano del jardín trasero al que solía trepar. ¿Quién vivía allí entonces? ¿Eran ellos, una pareja joven como nosotros con niños pequeños que ya no eran bebés, ajenos a lo breve que sería su futuro?
Anoche cuando estábamos en la cama le pregunté qué buscaba en esa casa y por qué estaba tan desesperado por verla.
«Solo quiero recuperarla —me dijo—. No solo la casa, sino el pueblo, toda la vida que tenía allí. La vida que debería haber tenido.» Le vi algo en la mirada, una fiereza y una vulnerabilidad a las que no estoy acostumbrada.
Y aquí estamos. No sé bien lo que hacemos, la verdad, aparte de satisfacer un capricho. ¿Es por nostalgia? Nuestra situación económica no es muy distinta de cuando compramos la casa en la que vivimos ahora, con lo que dudo mucho que pudiéramos mudarnos a una de sus casas playeras de ensueño. Creo que Patrick necesita echar un vistazo, disfrutar de un momento de esperanza. Y es lo mínimo que puedo hacer por él después de todo lo que le he hecho pasar, aunque no comparta su sueño.
Contemplo el pueblo de la costa galesa que él adora y recuerdo los cafés destartalados, las tiendas del paseo marítimo donde venden cubos y palas, el lúgubre pub y, a lo lejos, la feria, antiquísima y desvencijada cuando yo tenía diecinueve años. A saber cómo estará ahora. Vuelvo a mirar la casa y, por más que lo intento, no veo lo que ve él.
Me encuentra en la playa y se acerca corriendo con un sobre de llaves en la mano.
—Tenemos una hora —dice.
Las gaviotas planean en círculos sobre nosotros y sus graznidos desolados se suman al rugido de las olas.
—Yo nací en esta casa —dice mientras se pelea con la llave que abre la puerta de la calle—. Mi madre esperó demasiado y no le dio tiempo a ir al hospital. —Patrick nació en invierno y yo me imagino una noche oscura, una tormenta invernal, la casa azotada por el viento y a su madre gritando dentro—. No debería haber dejado de ser de la familia —añade.
Gira la llave y abre la puerta de un empujón.
El vestíbulo es alargado, oscuro y frío, y todas las puertas que hay en él están cerradas. Ilumina las escaleras una luz tenue procedente de una ventana de la planta superior que no se ve, pero yo solo distingo rincones ocultos, puntos en penumbra perfectos para que acechen en ellos los fantasmas. Pulso el interruptor de la luz, pero la electricidad está cortada. Me estremezco cuando Patrick cierra la puerta al entrar y quedamos atrapados en el interior de la casa maldita.
Voy a abrir la primera puerta de la derecha, pero Patrick me agarra la mano y me lo impide.
—Eso es el sótano —dice—. No quiero que lo primero que veas sea el sótano.
En su lugar, abre la puerta de la cocina y yo lo sigo dentro. Es el doble de grande que la nuestra. Hay una ventana pequeña con la pintura desconchada que da a un jardín posterior alargado repleto de malas hierbas, unos muebles de pino disparejos y el hueco polvoriento de algunos electrodomésticos. La luz de la ventana es inadecuada para una estancia tan grande y fría. El suelo está forrado de linóleo sucio, combado y levantado por los bordes.
Aun así, giro lentamente, obligándome a ignorar los olores y el polvo, y echo un vistazo a la estancia. Procuro imaginar a Patrick viviendo feliz allí. Imagino todo lo que siempre he envidiado de las páginas de la revista Good Homes y más. Qué maravilla sería tener una cocina donde una familia de cuatro cupiera sin apreturas. Al levantar una esquina del linóleo, veo que debajo hay baldosas de cerámica blancas y negras. Algunas están picadas o agrietadas, pero puedo imaginar las rotas reemplazadas por otras nuevas y cómo debió de ser el suelo en su día, hermoso y resplandeciente.
—No es así como estaba —dice, alicaído—. Yo la recuerdo cálida, luminosa, acogedora… Ojalá hubieras podido verla entonces. —Se frota los ojos—. ¡La tenían tan bonita! —añade con cierta melancolía—. Todo en su sitio, todo impecable.
Intento no ver en su comentario una crítica a mi costumbre de decir que la casa está recogida cuando los armarios y armaritos están desordenados.
—Seguro que no siempre estaban tan ordenados —digo—. Te imagino llenándolos con tus Lego y tus queridas figuritas de Star Wars.
Ríe.
—¡Uy, qué va! ¡Que ni se me ocurriera dejarme un juguete por ahí! Ya sabes cómo era mi madre: todo debía estar impoluto.
—Hace mucho tiempo de eso —digo, y me acerco a abrazarlo—. Sigue siendo la casa que adorabas, solo que no ha recibido la atención merecida en estos años.
Procuro no mentar los asesinatos.
Me besa la coronilla y sonríe.
—Tienes razón… —dice—. Imagínatelo: una cocina moderna con horno y muchos fogones y una mesa de madera allí. Cambiaremos las baldosas del suelo y la ventana. —Se acerca a la ventana y mira afuera—. El jardín de atrás es enorme, recuerdo que era muy profundo. Podríamos pedir que nos hicieran una ampliación al fondo y poner puertas plegables de esas que se abren del todo.
Habla en serio. Miro la información de la inmobiliaria que llevo en la mano. Según Patrick, la casa se ha devaluado muchísimo: la han publicitado barata para que los posibles compradores no se fijen solo en su historia, pero, aun devaluada, está muy por encima de nuestro presupuesto, incluso en semejante estado y con todas sus características originales ocultas por paneles de aglomerado y contrachapado. Patrick habla de electrodomésticos nuevos y de ampliaciones como si nos hubiera tocado la lotería, cuando, con su sueldo, nos costaría hasta pagar la hipoteca.
Recorre así toda la casa, planificando armarios empotrados en la ventana voladiza del salón, un asiento junto a la ventana para contemplar el mar. Debajo de la moqueta podrida del salón está el parqué original y me hace gracia que piense en acuchillarlo, en abrir la chimenea y que un fuego chisporroteante ilumine la madera pulida. ¡Ay, tener una casa así! La idea me emociona y me angustia. Me sumo al juego e imagino que reformamos los baños, que cambiamos la moqueta de la planta superior, que redecoramos la casa entera, y consigo ignorar la madera podrida de los marcos de las ventanas, el viento gélido que se cuela por las rendijas, las manchas negras de moho de los rincones, las irregularidades de suelos y paredes, los crujidos y los chasquidos.
Hasta que entramos en el más pequeño de los tres dormitorios.
—Este era mi cuarto —dice.
Da al jardín trasero y un árbol alto tapa casi toda la luz y hace que la estancia sea más oscura y más fría que el resto de la casa. También el olor a humedad es mayor aquí, un hedor a cerrado que se me adhiere a la garganta.
—Espero que entonces estuviera mejor caldeada —digo, y me froto los brazos para quitarme la carne de gallina mientras una ráfaga de viento hace que las ramas de los árboles golpeteen el cristal. ¿Haría eso el árbol cuando Patrick era niño? En plena noche, con las cortinas corridas, algo golpeteando así la ventana…
—La verdad es que no: la calefacción nunca llegó a funcionar… —Se acerca a la ventana y mira afuera—. Pero podía salir por la ventana y descolgarme por el árbol.
—¿Te escapabas para quedar con chicas?
Me dedica una sonrisa torcida.
—Puede. ¿Celosa?
Me pongo a su lado junto a la ventana e intento imaginar a un Patrick adolescente escapándose por la ventana para dar un paseo por la playa a la luz de la luna con alguna de sus novias.
—Ven a ver esta habitación —dice, tendiéndome la mano.
Observo que cierra la puerta de su cuarto cuando salimos. Todas las demás las ha dejado abiertas de par en par, pero esa la ha cerrado.
Nos quedamos juntos mirando por la ventana en uno de los dormitorios que dan a la fachada principal. Ha salido el sol y el reflejo del cielo en el mar hace que parezca azul en lugar de su habitual verde grisáceo. Es como si Patrick hubiera encargado ese tiempo a propósito.
—¿Te lo imaginas, Sarah? —dice, y vuelve a buscarme la mano—. Todo lo que has pasado este último año, todo lo que hemos pasado, todo desaparecería de un plumazo si nos mudáramos aquí. Sin recordatorios, empezar de cero.
—¿Empezar de cero? ¿En esta casa? Ya sé que este fue tu hogar y veo que podría ser precioso, pero… ¿cómo puedes obviar lo que ocurrió aquí? ¿Cómo olvidar que esas personas…, esa familia…? —Me trago mis palabras.
Se me queda mirando fijamente un buen rato, luego vuelve a sonreír.
—Fue una tragedia, lo sé. Una tragedia terrible, terrible. Pero fue hace muchísimo tiempo. La casa no es más que una casa, Sarah. ¿Qué piensas, que el asesino va a volver después de quince años? —Ríe y echa un vistazo alrededor—. ¿Piensas que se esconde en algún armario?
Sonrío también, pero sin ganas, a regañadientes. Tiene razón, desde luego, pero aun así…
—Piensa que esta sería nuestra habitación, esta sería la vista con la que despertaríamos todos los días. Podría ser como tu casa de muñecas, ¿te acuerdas?
Claro que me acuerdo. Cuando cumplí ocho años, mi padre me regaló una casa de muñecas de segunda mano, una casa antigua, de madera, preciosa, pero al abrirla vi que su anterior propietaria había pintarrajeado las paredes y no había muebles ni una familia de muñecas que la ocupara.
«Tranquila —me dijo mi padre—. Podemos dejarla tan bonita por dentro como por fuera.» Y eso hicimos. Papá pintó todas las paredes de colores suaves y cálidos. Barnizó los suelos para que pareciesen de madera pulida. Yo hice alfombritas y cortinitas con retales que me dio mi madre. Esas Navidades, apareció bajo el árbol una pequeña familia de madera: una mamá, un papá y dos niños. Y cada vez que mi padre venía de uno de sus viajes de trabajo, me traía algún mueble nuevo.
Dejé de jugar con ella a los doce años, cuando mi padre nos abandonó. Sin embargo, en los años horrendos que vinieron después, en que arañábamos lo que podíamos de la beneficencia y mamá apenas estaba operativa, yo me sentaba delante de la casa de muñecas y contemplaba aquellas habitaciones perfectas y la familia de madera perfecta y anhelaba que aquella fuese mi vida de verdad.
Y ahora Patrick me dice que es posible, que podríamos pintar esas paredes y arreglar esos suelos, llenar la casa de muebles bonitos traídos de uno en uno, deshacernos de los malos recuerdos y regalarnos y regalar a esa casa un nuevo comienzo. Que podríamos ser la familia de madera perfecta.
Cierro los ojos y, por un segundo, lo imagino. Oigo el leve sonido de un carrillón de viento. Me veo despertándome en una habitación como esta, con el sol entrando a raudales, sentada en ese asiento que Patrick va a construir junto a la ventana. Acurrucada, viendo el mar, viendo pasar las estaciones, con un fuego en invierno y velas ardiendo en la repisa de la chimenea, y las ventanas abiertas, el olor del mar y los graznidos de las gaviotas colándose en casa en verano. Si viviéramos en un sitio así, los niños perderían su palidez suburbana, tendrían las mejillas más sonrosadas. Por un instante, esta casa me parece la casa de Patrick, la casa en la que nació, la casa que siempre ha adorado.
Cuando Joe aún era muy chiquitín y vivíamos en el antiguo piso de Patrick, solía reírse de mi obsesión por revistas como Good Homes y House Beautiful. Me pasaba el día babeando con fotografías de casas victorianas como esta, llenas de madera pulida y chimeneas abiertas; hornacinas con estanterías y paredes de colores clásicos. Patrick solía contarme historias de su infancia y aquel anhelo se convertía en un dolor casi físico. ¿Cuándo dejé de comprar esas revistas? ¿Fue cuando nos mudamos a nuestra casa de ahora, tan sosa y tan cuadrada?
—He echado de menos esto —digo, abriendo los ojos.
—¿El qué?
—A ti. Así. Tan entusiasta y apasionado, me recuerda a cuando nos conocimos.
—¿Te refieres a antes de que nos ataran nuestros trabajos, las hipotecas y los niños? —dice, enarcando las cejas.
—No, no me refiero a eso… Lo digo por mí también, no solo por ti. Echo de menos esa libertad que teníamos juntos, esos momentos en que decíamos «¡A la mierda! ¡Vamos a hacerlo de todas formas!».
Lo miro.
Él me rehúye la mirada y mira el mar. Ese anhelo está ahí mismo, en su rostro, y, como la otra mañana cuando se agachó a besarme, vuelvo a preguntarme cuánto tardará esa mirada en hacer que me lo lleve a la cama más próxima.
—¡A la mierda! —masculla, y me aprieta la mano.
—¿Qué?
—Tienes razón. Hagámoslo. Digamos a la mierda y hagámoslo de todas formas. ¿Qué te parece, Sarah? ¿Otra aventura?
Lo miro extrañada. Un momento, yo no me refería a eso. La casa maldita no es la aventura que yo persigo. No sería una montaña rusa, sino el pasaje del terror. Niego con la cabeza.
—No podríamos. No nos la podríamos permitir.
Él sigue contemplando la vista, pero aun de perfil veo como le cambia la cara.
—Tenemos el dinero de tu madre.
No. En ese momento, ese lapso, todas las aventuras que he soñado quedan suspendidas en el aire. Mi madre no tenía una gran suma de dinero que dejarme. La casa donde vivía no era suya, pero ahorró pequeñas cantidades durante años y años Dios sabe para qué, porque nunca fue a ninguna parte ni hizo nada. Cuando a su muerte me encontré la puñetera cartilla de ahorro, estuve horas llorando. ¿Para qué era todo ese dinero? Cien libras al mes, todos los meses, durante casi veinte años. Algo más de veinte de los grandes de los que jamás tocó ni un céntimo. Me partió el corazón, y me entristecí y me enfurecí tanto conmigo misma por no haberlo sabido, por no haber estado ahí lo suficiente para comprender su anhelo, que me dieron ganas de hacer pedazos aquella condenada cartilla. Patrick tuvo que arrebatármela de las manos mientras yo lloraba y pataleaba. ¿Para qué demonios era?
Yo no voy a hacer lo mismo. No voy a dejar que el dinero de mi madre se pudra en una cuenta de ahorro a un interés insignificante. Voy a emprender una aventura. Me gusta pensar que mi madre lo quería para eso. Llevo meses estudiando los folletos de viajes que Caroline me trae, leyendo itinerarios de safaris, de cruceros para ver la aurora boreal, de playas desiertas y cálidas, de ciudades atestadas. Quiero hacerlo todo. Con Patrick, Joe y Mia. Iremos todos y viviremos aventuras de esas que nunca se olvidan, juntos, en familia.
Lo único que me retiene, aparte de los avatares de la vida cotidiana, es… ¿cómo elegir? De todos esos lugares, de todo el mundo, ¿cómo eliges algo cuando nunca has ido a ninguna parte? Quiero hundir los pies en la arena blanca de una playa desierta, nadar desnuda en el mar, abrirme paso a empujones entre los puestos, los sonidos, los sabores de un mercado, sudorosa, claustrofóbica, alborotada e impetuosa. Seis meses después, el dinero sigue ahí, sin tocar. A lo mejor eso fue lo que le pasó a mi madre. Mi padre nos dejó cuando yo tenía doce años, se largó sin decir una palabra y nunca volvió. ¿Fue entonces cuando mamá empezó a ahorrar con la esperanza de iniciar una aventura extraordinaria, de llegar al centro de la más frondosa de las selvas tropicales y encontrárselo allí, a mi padre, a su marido desaparecido, esperando?
Aún no sé cuál va a ser nuestra aventura, pero sí que no será esta casa. Por muchos sueños que se vuelquen en ella, sigue siendo la casa maldita. ¿Cómo íbamos a superar eso? ¿Cómo íbamos a poder olvidarlo? Han muerto personas en esta habitación; no solo han muerto, las han asesinado. A una familia entera. Masacradas, despedazadas, con su sangre por las paredes. Yo sabría lo que hay debajo de cada pared repintada, lo que esconde.
—No puedo vivir aquí —le digo.
Los ojos azules de Patrick dejan de brillar.
—¿Mamá?
El cardenal se ha oscurecido de la noche a la mañana, ha pasado de rojo a azul claro y luego a púrpura intenso. Es como un cuadro de la aurora boreal que pinté una vez, la Aurora Borealis bajo mi piel. Lo observo, esperando a que titile y, tras un destello, cambie de color delante de mis ojos.
—¿Mamá?
Mia me agarra del hombro y doy un respingo. La miro y trato de acostumbrarme a la súbita luz.
Va vestida con el uniforme del colegio, la camisa medio metida por la cinturilla, los puños apretados a los lados y el ceño fruncido como de costumbre.
—¿Dónde está mi equipo de gimnasia?
—¿Tu equipo de gimnasia?
—Por Dios, mamá, me dijiste que lo ibas a lavar. Me van a poner un puñetero negativo si no lo llevo.
Da media vuelta para salir disparada, airada, pero para y me mira el brazo. ¿Ha vuelto a cambiar de color el cardenal?
—¿Cómo te has hecho eso? —me pregunta en un tono muy distinto.
—Me he dado un golpe con el picaporte de la puerta —contesto.
Esta noche me he levantado, he tropezado y me he tragado la puerta en la oscuridad. Discutimos, Patrick y yo. Paró en la gasolinera al volver de la casa de la playa y compró un ejemplar de Good Homes. Fue pasando páginas, señalando todas esas viviendas perfectas de época, contándome sus planes e ideas y entonces yo la llamé «la casa maldita», para provocarlo, con ganas de fastidiar después de tres copas de vino y cabreada aún por que hubiera querido usar el dinero de mi madre.
—Igual deberías dejar de darle al puñetero vino —me dice mi hija, medio dentro, medio fuera de la habitación, y noto su desprecio, una frialdad que antes no estaba ahí.
—Mia, ¿quieres dejarlo ya…? —le digo con sequedad.
—¿Dejar el qué? —pregunta desafiante.
Me está haciendo lo que yo le hice a Patrick: provocarme. Quiere que le grite para poder desatar el resentimiento que ha estado reprimiendo desde que murió mi madre y yo me derrumbé. A sus quince años, crece muy deprisa, y aunque yo intento aferrarme al vínculo madre-hija, parece que ella quiere acabar con él de la forma más sangrienta posible. Aprieto los puños. Lo está pasando mal, me digo. Por mi culpa. Me ataca porque está asustada. Que yo le grite no va a ayudar.
—Nada, olvídalo —digo, y ella agacha los hombros y da media vuelta—. ¿Mia? —la llamo, buscando a la niñita que se esconde bajo la torpeza desgarbada de un brote que crece demasiado rápido—. ¿Quieres que vayamos de compras el sábado?
—¿El sábado? No puedo. Es el cumpleaños de Lara. Papá me ha prometido que me llevará a comer y luego voy al cine con mis amigas antes de la fiesta.
—Vale. No pasa nada. Hace tiempo que no vamos, solo eso. Otro día.
Titubea en el umbral de la puerta. Veo el conflicto en su rostro, que se debate entre montarme una bronca y aceptar mi tentadora oferta de paz yendo de compras conmigo.
—Aunque no me vendría mal algo nuevo para la fiesta de Lara. —Sonríe—. Papá dijo que me compraría algo, pero seguro que me lleva a Laura Ashley.
La sonrisa es por Patrick, no por mí, pero yo se la devuelvo. Tiene razón: Patrick quiere que siga teniendo siete años y que vaya a las fiestas vestida de princesita de cuento.
—Seguro.
Se mordisquea las puntas del pelo y yo espero.
—¿Y hoy?
—¿Hoy? —repito.
—¿Después de clase? Podría venir derecha a casa y estaríamos en el centro hacia las cuatro.
—Genial. Y nos podemos tomar un café, o pillar algo de comida para llevar.
—¿Podemos ir a Starbucks? Papá no me deja, lo odia.
—Si no queda otro remedio…
Me dedica una de esas sonrisas de oreja a oreja que hacen que me estalle el pecho de amor. Vuelve a entrar en la habitación, se agacha, me da un beso en la mejilla y un abrazo con un solo brazo.
—Gracias, mamá.
Joe pasa por delante de mi puerta cuando Mia se marcha, tan silencioso como bulliciosa ella.
—¿Todo bien? —pregunto.
No encuentro en su rostro la rabia del de Mia, pero tampoco su sonrisa, y lo que veo en él es, en realidad, peor. Le he preguntado si todo bien o algo por el estilo casi todos los días durante los últimos seis meses, porque le veo en la cara lo mismo que veo cuando me miro en el espejo: lo atormenta alguna pena honda, alguna herida abierta que se propaga y, si saliera al exterior, lo consumiría.
Se queda junto al umbral de la puerta un momento y noto que todas las preguntas que estoy desesperada por hacerle se encuentran suspendidas en el aire. Quiero envolverlo en un abrazo y no volver a soltarlo hasta que sea de nuevo mi pequeño sonriente. «Dejad que sea él quien acuda a vosotros», nos dijo la psicóloga, pero no lo ha hecho y me temo que jamás lo hará. Antes podíamos hablar, antes de que muriera mi madre, antes de que él tuviera el accidente, pero luego dejó de hacerlo y a mí me daba demasiado miedo preguntarle qué pasaba, por temor a destapar la herida y que se enconara.
Creo que estoy incubando algo: me duele todo, tiemblo y tengo los ojos vidriosos de cansancio. Pensaba que la brisa del mar era buena para la salud. Pero es el olor a muerto del interior de esa casa lo que se me adhiere a la garganta y a los pulmones. A pesar del agotamiento, anoche no pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía esa casa horrenda y volvía a abrirlos de golpe.
Salgo a regañadientes de la cama; la casa está en silencio y creo que se han ido todos, pero al llegar abajo descubro que Patrick sigue en la cocina. Ha abierto y revuelto todos los cajones. Cuando voy a por el hervidor, veo lo que lleva en la mano.
—¿Qué haces con mi libreta de ahorros?
Ni se inmuta, pero la aprieta más fuerte.
—Nada. La he encontrado al fondo del cajón y te la iba a devolver —dice, alargándomela. La cojo y me la guardo en el bolsillo de la bata—. ¿Sarah? —me llama cuando estoy a punto de salir—. ¿Has vuelto a pensar en…?
Me agarro al marco de la puerta. ¡Cómo me fastidia esto! Ya vi cuando estábamos en aquella casa que ese es su sueño. Con el dinero de mi madre, podría hacer realidad el sueño de mi marido. Pero al hacerlo aniquilaría los míos.
—¿Y qué pasa con los planes que habíamos hecho? —digo—. Nunca hemos tenido tanto dinero para gastar. Podríamos hacer algo increíble, algo que recordáramos siempre. Todo lo que mi madre no hizo nunca: ir a esos sitios con los que siempre he soñado. Hay dinero de sobra para unas vacaciones familiares y para que tú y yo vayamos a algún sitio…
