Oskar y yo. Lo más importante - Maria Parr - E-Book

Oskar y yo. Lo más importante E-Book

Maria Parr

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Beschreibung

Nació en Polonia en 1982. Pasó su infancia inventando y construyendo objetos, edificios y maquetas con todo lo que encontraba, viendo a su padre esculpir y rodeada del aroma de los óleos y la esencia de trementina. Fascinada por el mecanismo del cuerpo humano, quiso ser cirujana cardíaca, pero al final se decidió por las Bellas Artes, que estudió en Barcelona. Probó con el grabado, la fotografía y otras artes plásticas hasta darse cuenta de que cuando verdaderamente se sentía realizada era ilustrando, inventando y construyendo personajes y mundos con sus lápices, y contando sus historias sobre el papel. Para ello, estudió en la Escuela Superior de Ilustración Llotja durante cuatro años más. Todo ese trabajo se ha materializado en su obra gráfica y más de cuarenta libros editados en Europa y Estados Unidos. Ha publicado en esta colección Corazones de Gofre y Tania Val de Lumbre.

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Seitenzahl: 171

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Maria Parr

OSKAR Y YO Lo más importante

Ilustraciones de

Zuzanna Celej

Traducción de

Cristina Gómez-Baggethun

Todas las cosas que tenemos

El peluche de clase o Vagabundo en el SPA

Mi hermano Oskar tiene seis años y yo tengo nueve. Vivimos en una casa roja al final de una cuesta y la gente que pasa por delante nunca se pregunta si estará habitada porque siempre sale ruido por las ventanas.

—O estás gritando o estás roncando —suele decirle mi padre a Oskar.

La verdad es que los demás también hacemos ruido, pero Oskar juega en otra liga. Y este viernes de finales de febrero, sabía que mi hermano iba a pegar un grito de alegría en cuanto volviéramos a casa del colegio porque resulta que llevaba una sorpresa para él en la mochila.

En mi clase tenemos un peluche, es un elefante muy suave que se llamaba Vagabundo. Todos los viernes, nuestro profe, Ole-Jakob, saca un papelito de la caja de Vagabundo. En el papelito pone el nombre del alumno que se llevará a Vagabundo a casa ese fin de semana. Y luego nos da un cuaderno para que escribamos lo que ha hecho Vagabundo y hagamos dibujos. El lunes devolvemos a Vagabundo a su estante y luego leemos en voz alta lo que pone en el cuaderno para que lo oiga todo el mundo.

Cuando íbamos a primero, queríamos todos tanto a Vagabundo que había incluso quien lloraba cuando no salía su nombre en el papel. Ahora que somos más mayores y nos hemos llevado a Vagabundo a casa muchas veces, es más como «vale» cuando nos toca. Aunque yo siempre sigo queriendo que me toque, y es por mi hermano. En su clase no tienen un peluche, así que Oskar se pone como loco de alegría cada vez que traigo a Vagabundo a casa. Enseguida empieza a dar la lata con que vayamos al parque acuático, al café, al teleférico, al rocódromo, a los bolos o al acuario. Una vez propuso incluso que hiciéramos un viaje al sur de Europa para que Vagabundo viera el extranjero y eso que nosotros mismos nunca hemos estado.

Mis padres no se alegran tanto cuando me toca. «Ah, ya tenemos a Vagabundo aquí otra vez», suele decir mi padre, y es como si se le hundieran un poco los hombros. Le agobia tener una cosa más de la que ocuparse en medio del desorden generalizado de nuestra familia. Sería un desastre que le pasara algo a Vagabundo porque, al fin y al cabo, es propiedad de toda la clase y está cargadito de recuerdos.

Al menos eso creía yo.

Pero este viernes pasó algo. Justo en el momento en que Ole-Jakob iba a sortear a Vagabundo, Zadie suspiró bien fuerte y dijo:

—¡Ay! Estoy harta de ese peluche. Siempre acabas haciendo más deberes porque tienes que escribir en el cuaderno de Vagabundo.

La clase entera se quedó unos segundos en silencio y luego Naia-Maj también suspiró.

—Sí —dijo, poniendo los ojos en blanco—. Vagabundo es un rooollo.

Me entraron ganas de ir corriendo a taparle las orejas a Vagabundo, pero en vez de eso, me apoltroné un poco en la silla y bostecé. Solo que, en medio del bostezo, Ole-Jakob sacó mi nombre de la caja.

—¡Ida! —dijo—. Pues este fin de semana te toca Vagabundo.

Estuve a punto de sonreír, pero opté por poner los ojos en blanco, como habían hecho Zadie y Naia-Maj. Y cuando Ole-Jakob me trajo a Vagabundo, lo metí boca abajo en la mochila y me puse a mirar por la ventana.

—¿Me invitas a tu casa? —me preguntó Naia-Maj cuando nos montamos en las bicis al salir del colegio.

Yo llevaba la mochila atiborrada de Vagabundo.

—Bueno, no me viene muy bien porque… —empecé.

—Anda, solo un ratito —dijo Naia-Maj—. A mi casa no llega nadie hasta las cuatro y es un rollo esperar.

¡Ay! ¡Yo no quería visita!

En mi casa tampoco había nadie. Mi madre se había ido a una reunión y me había dejado una nota sobre la mesa de la cocina en la que ponía: «Vuelvo pronto. Puedes dejar que Oskar vea la tele». Junto a la nota, había dos barritas energéticas cubiertas de chocolate. ¡Y casi nunca nos dan esas cosas! Pero tuve que compartir la mía con Naia-Maj, claro, así que me molestó aún más que estuviera allí. Nos sentamos a la mesa. Pobre Vagabundo, pensé, seguro que acababa con agujetas por todo el cuerpo de pasar tanto rato en la mochila.

—Me aburro —dijo Naia-Maj.

Lo dijo como si fuera asunto mío, aunque yo solo quería que se fuera para poder sacar a Vagabundo y enseñárselo a Oskar.

—¿Quieres que veamos la tele nosotras también? —le pregunté por fin.

Naia-Maj negó con la cabeza. La tele era un rooollo.

—¿No vas a sacar a Vagabundo? —preguntó de pronto.

—¿Vagabundo? —dije.

¿Por qué me preguntaba eso Naia-Maj?

Vagabundo estaba tan arrugado como me había temido. Sentí ganas de abrazarlo, pero en su lugar lo tiré sobre la mesa de la cocina.

—Eso es porque se está haciendo mayor —dijo Naia-Maj, alisando las arrugas—. Mira, mira qué mancha tiene aquí en la espalda. Qué asco, ¿qué será?

Me encogí de hombros, mientras por dentro pensaba: «¡Vete a casa!».

—Igual podríamos bañarlo —propuso Naia-Maj, mientras seguía rascando la mancha.

—No sé… —dije indecisa.

—¡Ya sé! —gritó Naia-Maj—. ¡Vamos a hacer un spa! Con barro y pepino. ¡Y jacuzzi!

—¿Cómo? —dije.

Naia-Maj se había puesto resplandeciente de alegría. Me contó que su madre solía ir al spa de los hoteles a los que iba y allí se bañaba en agua fría y agua caliente, y luego le daban masajes y la untaban de barro, y eso era buenísimo para la piel.

—¿Cómo? —dije otra vez.

—Sí —dijo Naia-Maj—. El barro es saludable. Y luego te lo quitan con unas duchas de agua deliciosas. Y te da tanto gusto que sales como nuevo. Y luego te echan unas cremas que huelen de maravilla… ¡En casa tenemos unas cuantas! —añadió casi a gritos—. Puedo ir a buscarlas.

Miré a Vagabundo. Nosotros habíamos tenido que lavarlo muchas veces. Una vez, Oskar le tiró masa de gofres por todo el cuerpo y, otra vez, en la urbanización, se nos cayó sobre una caca de perro. Seguro que Vagabundo aguantaba un poco de spa.

—Vale —dije.

Justo en ese momento entró Oskar en la cocina.

—¡VAGABUNDO! —chilló y casi se desmaya de la alegría.

—Vamos a hacerle un spa —dije, antes de que alcanzara a proponer otra cosa.

Oskar nunca había oído hablar de los spas, pero cuando Naia-Maj terminó de explicárselo todo, estuvo encantado.

—Yo me encargo del barro —exclamó y salió corriendo.

—Echa agua en la bañera —me dijo Naia-Maj—. Agua caliente. Y en el lavabo echas agua fría.

Y luego cogió la bici y se fue a toda prisa a su casa para recoger las cosas del spa.

Apenas había terminado de llenar la bañera cuando Naia-Maj ya estaba de vuelta con una mochila llena de cosas. Traía champús, mascarillas faciales, esponjas y una bomba de baño rosa que era enorme.

—¿Te dejan coger todo esto? —pregunté.

—La bola de baño es mía —dijo Naia-Maj.

—¡El barro está listo! —gritó Oskar, que en ese momento entró en la casa con un barreño lleno de una masa líquida gris.

Había cogido barro en la orilla del río y lo había mezclado con agua.

—Un momento —dije y subí corriendo a mi cuarto.

De pronto me había acordado de la cajita de brillantina dorada que habíamos usado para hacer los adornos de Navidad y sabía que aún quedaba un montón.

Al volver, eché toda la brillantina al barro, y Oskar metió la mano y lo mezcló todo bien. El barro gris brillaba como si tuviera miles de estrellas diminutas.

—¡Oh! Qué bonito —dijo Naia-Maj—. Ahora hay que llevar el barreño al baño.

—Marchando —dijo Oskar.

Mi hermano es más fuerte que un cortacésped. Así que levantó el pesado barreño y se adentró con él en la casa, pero al llegar al baño, se le enganchó el pie en una de las zapatillas de mi padre y perdió el equilibrio. Por suerte no se cayó, pero el barreño se llevó una sacudida y la mitad del suelo quedó cubierta de barro.

—Uy —dijo Oskar.

—Luego lo limpiamos —dije y lo empujé para que siguiera.

—¡Tenemos que sacar fotos! —dijo Naia-Maj, saltando por encima del charco de barro—. ¡De todo!

Yo estaba completamente de acuerdo. Mis padres prefieren que dibuje en el cuaderno de Vagabundo, pero esta vez realmente había que sacar fotos. Fui a coger la tablet, que estaba en el salón.

Primero bañamos a Vagabundo en agua caliente con un aceite que olía casi a dentífrico, luego le dimos una ducha fría en el lavabo y, al final, Naia-Maj lo volvió a meter en la bañera y lo enjabonó con un champú que hacía mucha espuma.

—¿Toca ya pronto el barro? —preguntó Oskar.

—Sí. ¡Ahora mismo! —dijo Naia-Maj.

Cualquiera pensaría que no era la primera vez que Oskar hacía esto. Rebozó a Vagabundo en el barro con brillantina como si estuviera haciendo croquetas o algo así, y acabaron los dos perdidos, tanto Oskar como Vagabundo.

—¿De verdad que tu madre hace estas cosas? —pregunté.

Naia-Maj asintió con la cabeza, pero yo no era capaz de imaginármelo. La madre de Naia-Maj parece una famosa.

—¿Crees que conseguiremos quitárselo todo?

—Claro que sí —dijo Naia-Maj.

Cuando se pone, Naia-Maj es concienzuda y aplicada. Vagabundo fue pasando de una sección a otra del spa a toda velocidad. Primero le dimos una ducha templada en el baño del sótano, luego pasó por el agua fría del lavabo del cuarto de baño y, al final, lo metimos de nuevo en la bañera y lo restregamos bien.

—Y ahora, querido Vagabundo, te toca la bomba de baño —dijo Naia-Maj con solemnidad.

Llenamos la bañera con agua limpia y echamos dentro la bola de color rosa chicle.

—¡Hala! —exclamó Oskar.

La bomba de baño empezó a burbujear y un chorro de brillantina de todos los colores del arcoíris salió disparado del centro.

—Mira qué a gusto está —dijo Naia-Maj entre risas y sacó una foto.

Luego tocaba el masaje. Así conseguimos sacarle un montón de agua, pero no se secó del todo, a pesar de que el suelo del baño acabó lleno de charcos rosas. Así que Oskar puso el secador de mi madre a todo trapo y no paró hasta que la piel del elefante empezó a oler a quemado.

Con una toalla, le hicimos un turbante a Vagabundo y luego lo llevamos a la cocina. Ahora tenía que beber mucho líquido y relajarse, nos explicó Naia-Maj. Luego cortó un par de rodajas de pepino y se las puso sobre los ojos. Esto es para las arrugas, nos dijo. Al final, arrancó una flor de una de las orquídeas de mi madre del salón y la enganchó en el turbante de Vagabundo.

—Perfecto —dijo muy satisfecha, antes de hacer la última foto.

—Vagabundo está rosa —dijo Oskar, ladeando un poco la cabeza—. ¿Tu madre también se puso rosa?

Naia-Maj suspiró. Oskar decía muchas tonterías, pero la verdad es que, esta vez, tanto ella como yo vimos que tenía razón. Vagabundo se había puesto rosa.

—Tiene que haber sido la bomba de baño —dije.

De pronto oímos un grito procedente de la entrada. Mi madre había vuelto de su reunión y ahora tenía los dos pies plantados en el charco de barro con brillantina y miraba a su alrededor con los ojos como platos.

—¿Qué ha pasado aquí?

Hasta ese momento no nos fijamos en cómo habíamos dejado la casa. Había agua y barro en la entrada, en las escaleras, en la ducha y en el lavabo. Donde no había barro, había toallas mojadas o enormes charcos de agua rosa. En el cuarto de baño, se había mezclado todo en una salsa formada por el barro con brillantina, el agua rosa y las toallas.

—Es un spa —le explicó Oskar a mi madre—. Para Vagabundo —añadió.

También Oskar brillaba de la cabeza a los pies por la brillantina. Por suerte, se estaba comiendo una rodaja de pepino y mi madre siempre se alegra mucho cuando Oskar come verduras.

—Mira —dijo Naia-Maj.

Y con elegantes movimientos, fue mostrando una foto tras otra de Vagabundo en el spa, al mismo tiempo que se lo iba explicando todo a mi madre, casi como si fuera una adulta. Mi madre sacó los pies del barro para ver mejor.

—Yo creía que se iba a enfadar —me susurró más tarde Naia-Maj.

Miré a mi madre. Con frecuencia le tengo envidia a Naia-Maj porque tienen una casa muy bonita y ordenada, mientras que la mía está casi siempre hecha un desastre. Pero luego mi madre no se enfada por tonterías como que haya un poco de barro con brillantina por aquí o por allá.

—Se tiene que notar que aquí viven niños —suele decir mi madre.

—No estaría mal que se notara que también viven aquí algunos adultos —suele responder mi padre.

Mi padre es el que más recoge de la familia.

* * *

El domingo por la tarde me senté en el desván a mirar las fotos de Vagabundo. Al propio Vagabundo lo habíamos tendido en el sótano para que se secara. Había pasado dos veces por la lavadora, pero seguía rosa.

—¿Estás contenta con las fotos? —me preguntómi padre, asomando la cabeza por la puerta.

Asentí con la cabeza. Naia-Maj había sacado la mayoría de las fotos y ella lo hace bien casi todo. Tenía que sujetarme los dedos para contener las ganas que tenía de pegar las fotos en el cuaderno, solo que una extraña inquietud se me había agarrado en el estómago.

Naia-Maj no salía en ninguna de las fotos, así que daba la impresión de que Oskar y yo habíamos estado jugando solos con Vagabundo. ¿Y si, al llegar al colegio, Naia-Maj fingía no haber estado con nosotros? Al fin y al cabo, el viernes había dicho que Vagabundo era un rollo. ¡Y luego estaba Zadie! Seguro que me consideraba muy infantil por dedicarme a bañar a un peluche con mi hermano.

—Mejor hago unos dibujos —dije sin mirar a mi padre.

—¿Cómo? —respondió mi padre—. No, Ida, ya he impreso las fotos y…

—¡No quiero usarlas! —dije con enfado—. Es ridículo.

—¿Qué es ridículo? —preguntó mi padre.

—¡Todo! —exclamé.

A mi padre no se le pueden explicar estas cosas. En realidad, no se le pueden explicar a nadie. Nadie entiende lo difícil que es ser infantil cuando todos los demás han dejado de serlo. Yo todavía hablo con mis juguetes, comparto cuarto con mi hermano pequeño y me encantan los juegos, los dibujos animados y los peluches de clase. Y lo peor, lo peor de todo, es que no consigo enterarme de qué es ridículo y qué es chulo. Por eso hablo mucho menos en el colegio que en casa, así no meto la pata.

Y ahora estaba ahí, ante el cuaderno de Vagabundo, a punto de echarme a llorar porque sabía que podía hacer una presentación muy chula, pero no tenía claro si sería infantil o no. ¡Imagínate que los demás ponían los ojos en blanco!

Al final escribí cuatro frases a toda velocidad sobre cosas completamente corrientes. Y no dibujé nada bonito, solo una cara sonriente con patas. Las fotos, que eran tan bonitas, las tiré a la caja de Lego. ¡Y deseé que nunca nunca más me tocara llevarme al tonto del elefante a casa!

* * *

—¿Quieres leernos lo que has escrito en el cuaderno, Ida? —preguntó Ole-Jakob el lunes por la mañana.

Negué con la cabeza.

Así que tuvo que leerlo Ole-Jakob. Acabó en un periquete, claro, y ni siquiera mostró el dibujo. Naia-Maj estaba pasmada.

—¿Por qué no te has traído las fotos? —me susurró en el recreo—. ¿Y por qué no has escrito nadasobre el spa?

—Porque es ridículo —dije.

—¿Ridículo? —preguntó Naia-Maj y la mirada se le había puesto realmente triste.

—¡Fuiste tú la que dijo que Vagabundo es un rollo! —le susurré con enfado.

—¿Cómo? —dijo Naia-Maj.

—El viernes. Zadie y tú.

Naia-Maj no respondió, pero vi que entendía de lo que le hablaba.

Y entonces nos quedamos un buen rato paradas, mirando el patio, mientras pensábamos cosas por dentro.

—¿Nos acercamos a trepar en la pirámide? —dijo por fin Naia-Maj.

Asentí.

* * *

Aun así, todo el colegio se enteró de la historia de Vagabundo en el spa, porque Oskar encontró las fotos en la caja de Lego y, a escondidas, cargó su pistola de pegamento, pegó las fotos en su cuaderno de Lengua y lo adornó todo muchísimo con plumas de pájaros y macarrones coloreados con rotuladores.

Luego se llevó el cuaderno y medio pepino al colegio. Allí le explicó a Therese, su profe, que iba a hacer una «prestación» a la clase. Y ni corto ni perezoso, les habló del barro con brillantina y de la bomba de baño, mientras les iba enseñando las fotos de Vagabundo en el spa. Dejó a todos los niños de primero boquiabiertos. Luego Therese, muy obediente, fue cortando rodajas de pepino con su navaja y todo el que quiso pudo probar a ponérselas sobre los ojos.

—Es bueno para las arrugas —les explicó Oskar.

Después de aquella presentación, Therese comprendió que tenían que agenciarse un peluche de clase en primero. Y como Ole-Jakob había dicho en la sala de profesores que el interés por Vagabundo estaba decayendo mucho entre los niños de cuarto, Therese sencillamente preguntó si podían heredarlo. Al fin y al cabo, y gracias a Oskar, Vagabundo ya era casi famoso en primero.

Y así acabó la cosa. Vagabundo se mudó a la clase de primero para gran alegría de los niños de allí. Puede que los de cuarto nos quedáramos un poco chafados, pero nadie dijo nada.

—¿Lo vas a echar de menos? —susurré.

—No sé —dijo Naia-Maj, siguiendo a Vagabundo con la mirada—. Al fin y al cabo, podré verlo cuando Oskar se lo lleve a casa, ¿no crees?

El diplodocus o el dinosaurio que desapareció y el hermano que desapareció aún más

AOskar le encantan los dinosaurios. Tiene una caja de plástico enorme llena de todo tipo de dinosaurios con los que juega a diario. De vez en cuando, juega tranquilamente debajo de la mesa del salón, pero por lo general los dinosaurios tienen que salir huyendo de meteoritos y explosiones, y no pueden quedarse debajo de la mesa, sino que se desparraman por todo el salón. Y cuando hay erupciones de volcán y escasez de alimentos, tienen que refugiarse en las demás plantas de la casa para salvarse del exterminio. El problema es que a Oskar se le da fatal volver a guardar los dinosaurios en la caja de plástico, así que siempre le falta alguno.

Este día, había desaparecido el diplodocus.

—Tiene el cuello largo —nos explicó Oskar.

Mis padres acababan de sentarse en el sofá con un café y sobre la mesa había un plato de galletas, solo que Oskar no podía coger ninguna porque se había zampado la mitad del paquete antes de que mi madre alcanzara a sacarlo. Y a mí me quedaban todavía veinte minutos de juego, así que nadie miró a Oskar.

—¡Oye! —dijo Oskar—. ¡Que no encuentro el diplodocus!

—¿Has mirado en el cuarto de baño? —preguntó mi madre.

Oskar suspiró y se fue a mirar al baño. Al momento estaba de vuelta en el salón, sin el diplodocus.

—No estaba en el baño —dijo.

—¿Es este? —preguntó mi padre, sacando un dinosaurio rosa con cuerno del sofá en el que estaba sentado.

—Eso es un triceratops —dijo Oskar resoplando.

—¿Y no puedes jugar con este? —preguntó mi madre.

Por como lo dijo, parecería que un triceratops y un diplodocus son más o menos lo mismo. ¡Y no lo son!

—¡El diplodocus tiene el cuello largo! —exclamó Oskar enfadado—. Y es naranja. ¿Lo has cogido tú, Ida?

—¿Cómo? Yo ni siquiera sé lo que es un diplodocus.

—Es un… ¡Uuuh! —dijo Oskar, pateando el suelo—. ¿Por qué nadie me ayuda?

—Luego te ayudamos —dijo mi padre—. Ahora nos estamos tomando un café. Acabamos de sentarnos.

—¡Pues yo también quiero galletas! —dijo Oskar.

—Tú ya has comido —dijo mi madre tajante—. Y ahora puedes