Pacomio y sus discípulos - San Pacomio - E-Book

Pacomio y sus discípulos E-Book

San Pacomio

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Esta antología, luego de una breve introducción, reúne dos obras atribuidas a san Pacomio: las Reglas y una Catequesis; a continuación, el relato de una de las Vidas, la así llamada Primera Vida Griega; a la que se añade un Complemento de la misma; para concluir con dos textos pertenecientes al ámbito de los discípulos del fundador: el Testamento de Orsisio, segundo sucesor de Pacomio; y la Carta de un obispo, que nos ha transmitido las noticias que recogió sobre la vida de san Teodoro, durante el tiempo en que vivió en uno de los monasterios de la Congregación pacomiana.

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Veröffentlichungsjahr: 2021

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San Pacomio

Pacomio y sus discípulos / San Pacomio. - 1a ed. - Munro : Surco Digital, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-47923-2-7

1. Religión Católica. 2. Monasterios. 3. Espiritualidad Cristiana. I. Título.

CDD 271.0092

 

© 2021 SURCO Digital

Munro – Prov. Buenos Aires – Argentina

www.surco.org

Primera edición digital, febrero 2021

ISBN 978-987-47923-2-7

© Diseño de tapa: SURCO digital

Imagen de tapa: San Pacomio recibe la Regla de manos del Ángel.

 

Hecho el depósito que prevé la ley 11.723

Todos los derechos reservados.

Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin la previa autorización escrita de los titulares del “Copyright”, la reproducción total o parcial de esta obra, incluido el diseño de tapa e imágenes interiores, por ningún medio o procedimiento de grabación electrónica o impresión física, bajo las sanciones establecidas por la ley.

Índice

PRESENTACIÓN

ABREVIATURAS

INTRODUCCIÓN

REGLA DE SAN PACOMIO

Introducción

Texto

CATEQUESIS A PROPÓSITO DE UN MONJE RENCOROSO

Introducción

Texto

PRIMERA VIDA GRIEGA DE SAN PACOMIO

Introducción

Texto

UN COMPLEMENTO A LA VIDA DE PACOMIO: LOS PARALIPÓMENA

Introducción

Texto

LIBRO DE NUESTRO PADRE SAN ORSISIO

Introducción

Texto

CARTA DE AMMÓN, OBISPO

Introducción

Texto

Notas

PRESENTACIÓN

A lo largo de sus más de cincuenta años de existencia, Cuadernos Monásticos1, en su sección Fuentes, ha publicado, y lo sigue haciendo, gran cantidad de textos principalmente referidos al seguimiento de Cristo en la vida monástica. Y la mayoría de ellos corresponden a los primeros siglos del monacato cristiano, lo cual explica el título asignado a esa sección desde los inicios mismos de los Cuadernos.

Esta recopilación, luego de una breve introducción, reúne dos obras atribuidas a san Pacomio: las Reglas y una Catequesis; a continuación, el relato de una de las Vidas, la así llamada Primera Vida Griega; a la que se añade un Complemento de la misma; para concluir con dos textos pertenecientes al ámbito de los discípulos del fundador: el Testamento de Orsisio, segundo sucesor de Pacomio; y la Carta de un obispo, que nos ha transmitido las noticias que recogió sobre la vida de san Teodoro, durante el tiempo en que vivió en uno de los monasterios de la Congregación pacomiana.

Son seis textos importantes que nos permiten adentrarnos en el conocimiento del monacato cenobítico organizado por san Pacomio. Dos de ellos (las Reglas y el Libro de Orsisio) ya han sido objeto de publicaciones impresas en, al menos, dos libros diversos2. En tanto que los otros cuatro, salvo error u omisión de mi parte, hasta el presente no han tenido igual suerte.

Es innegable que una antología de esta naturaleza tiene sus limitaciones. Ya en sí misma toda traducción conlleva sus dificultades y debilidades, por así decirlo. A ello se agrega que estas versiones y sus respectivas introducciones fueron realizadas en épocas diversas y por diferentes personas.

Con todo, finalmente son más las ventajas que los inconvenientes, tanto más si se tiene en cuenta la gran posibilidad de contribuir a un mayor conocimiento y divulgación de las riquezas que nos han legado nuestros padres en la vida monástica.

Enrique Contreras, osb

ABREVIATURAS3

art. cit.

artículo citado

BAC

Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1954 ss.

bib.

bibliografía

cap. (o caps.)

capítulo (o capítulos)

cf.

confrontar

cit.

citada (o citado)

col. (o cols.)

columna (o columnas)

CuadMon

Cuadernos Monásticos

CSCO

Corpus Scriptorum Christianorum Orientalium, Louvain 1903 ss.

DPAC

Dizionario Patristico e di Antichità Cristiane, 3 vols.,

Casale Monferrato-Genova, 1983-1988.

[Trad. castellana de los dos primeros vols.: Diccionario Patrístico

y de la Antigüedad Cristiana, Salamanca, Eds. Sígueme, 1991-1992]

DSp

Dictionnaire de spiritualité ascétique et mystique, Paris, 1933 ss.

ed. (eds.)

edición (ediciones)

HL

Paladio de Helenópolis, Historia Lausíaca; trad. de L. E. Sansegundo Valls en: Paladio. El mundo de los padres del desierto (La Historia Lausíaca), Madrid, Ed. Studium, 1970.

LXX

La Setenta (versión griega de la Biblia hebrea)

op. cit.

obra citada

p. (o pp.)

página (o páginas)

PG

Patrologia Graeca (Ed. J. P. Migne), vols. 1-161, Paris 1857-1866

PL

Patrologia Latina (Ed. J. P. Migne), vols. 1-221, Paris 1844-1864

PO

Patrologia Orientalis, Paris, 1903 ss.

RB

Regla de san Benito

s.

siglo

SCh

Sources Chrétiennes, Paris, 1941 ss.

ss.

siguientes

T. (o t.)

Tomo (o tomo)

trad.

traducción

vol.

volumen

... o (...)

se ha omitido un pasaje del texto

+

murió

§

párrafo

INTRODUCCIÓN

1. Vida de Pacomio4

La sensibilidad espiritual pareciera ser un elemento fundamental de la personalidad de Pacomio5; y el estudio de su vida muestra que ese don, casi intuitivo, no fue algo simplemente adquirido con el paso del tiempo.

Pacomio nació hacia el año 292, en Sneh o Snê (Latópolis en griego)6, en la región del sur de Tebas, a la orilla del Nilo. Sus padres eran paganos, probablemente campesinos de buena posición.

Cuando los acontecimientos de la historia le presentaron la primera exigencia de su vida, al ser obligado a incorporarse al ejército imperial (años 312-313), su sensibilidad espiritual le permitió reconocer en un grupo de cristianos caritativos, que auxiliaba a los pobres reclutas, algo más que un ejemplo digno de admiración. Para Pacomio aquel testimonio cristiano de caridad adquirió la fuerza de una inspiración divina, que lo impulsó a consagrarse al servicio de los hombres.

Al ser liberados los reclutas del servicio militar, en Antinóe (= Antinópolis), Pacomio dio el primer paso en “el nuevo camino”, haciéndose bautizar en la población de Senesêt (Chenoboskeîon, en griego: “corral de los gansos”). Debía tener en ese momento alrededor de 21 años.

La motivación de la conversión será la característica principal de su vida y el principio fundamental de la Koinonía pacomiana: una constante actitud de servicio, enriquecida por esa sensibilidad espiritual intuitiva que le permitió superar su fuerte personalidad, tanto en el trato con la comunidad como en el discernimiento de la voluntad de Dios para cada uno de sus futuros discípulos.

Durante los tres años siguientes a su bautismo, Pacomio vivió como laico, sirviendo a una comunidad. Pareciera que estos años fueron un período de maduración de su conversión, realizada de manera tan repentina. Le surgió, entonces, una nueva inquietud. La vida de “laico consagrado” al servicio del prójimo ya no llenaba sus aspiraciones. Sentía que no podía transmitir el mensaje de Dios a los hombres sin una profunda comunión con Dios. Y pensaba que para ello necesitaba una honda experiencia de soledad. En esta etapa de su vida ya se pueden señalar los “elementos” que van, poco a poco, plasmando al monje Pacomio: necesidad de soledad y exigencia de una oración más intensa, unidas al servicio en favor de la comunidad. Este servicio comunitario fue algo peculiar de Pacomio, pero él intuía que no podría ejercerlo en plenitud si antes no se capacitaba para ello en una solitaria y de silenciosa intimidad con el Señor.

Con Palamón

No lejos de donde moraba Pacomio tenía su celda abba Palamón: un hombre rudo, de “lenguaje conciso”, con aquel rigor propio de los anacoretas que, guiados por el Espíritu de Dios y por la asidua meditación de las Santas Escrituras, tenían como una autoridad carismática para discernir las vocaciones y exigir una obediencia total. Pacomio, quizás transparentando el entusiasmo de su reciente conversión, golpeó la puerta de Palamón. El venerable se asomó por encima de la puerta y ambos entablaron el siguiente diálogo:

«El anciano le dijo: “¿Qué quieres?”, pues era rudo en su forma de hablar. Pacomio le respondió: “Te ruego, padre, haz de mí un monje”. Le dijo Palamón: “No puedes: porque no es un asunto sencillo el servicio de Dios. Muchos que vinieron no lo soportaron”. Pacomio le dijo: “Pruébame en ese servicio y ve”. El anciano habló de nuevo: “Primero experimenta tú mismo por un tiempo, y después vuelve de nuevo aquí. Porque yo tengo una ascesis rigurosa: en verano ayuno cada día, en invierno como cada dos días. Por la gracia de Dios, como solo pan y sal. No tengo costumbre de usar aceite y vino. Paso en vela, como me lo enseñaron, la mitad de la noche en oración y meditación de la Palabra de Dios, y a menudo incluso toda la noche”. Habiendo escuchado estas palabras del anciano, el joven se sintió todavía más fortalecido en su espíritu para soportar todo esfuerzo con Palamón, y le dijo: “Creo que, con el auxilio de Dios y tus oraciones, soportaré todo cuanto me has dicho”. Entonces, abriendo la puerta, Palamón le hizo entrar y le vistió con el hábito de los monjes»7.

Palamón, fiel a la tradición monástica no se mostró muy acogedor; más bien, prefirió presentarle a Pacomio un cuadro real de las exigencias de la vida solitaria. Pero al final terminó por convencerse de la vocación del nuevo discípulo, quien en su respuesta resumió la disponibilidad de un corazón abierto a las orientaciones del padre espiritual. Juntos practicaron la vida monástica durante siete años (316-323).

Las inquietudes que llevaron a Pacomio a buscar la guía de Palamón -soledad y oración-, las vivió junto al “anciano” de modo intenso, completadas y enriquecidas con el trabajo manual cotidiano y la meditación de las Sagradas Escrituras8. La vida de oración de Pacomio puede ser medida, por así decirlo, gracias a una exigencia de Palamón que aquél aceptó como “norma”: sesenta oraciones durante el día y cincuenta por la noche, sin contar las jaculatorias que hacemos para no ser unos mentirosos, puesto que se nos ha ordenado orar sin cesar9.

Cierto día al internarse en el desierto, Pacomio se alejó bastante de la celda del anciano Palamón y llegó hasta Tabennesi, un pueblo abandonado. En el silencio de la despoblada aldea, mientras rezaba, escuchó una voz: “Pacomio, Pacomio, lucha, instálate aquí y construye una morada; porque una multitud de hombres vendrán hacia ti, se harán monjes junto a ti y hallarán provecho para sus almas”10.

En anteriores ocasiones las decisiones fundamentales de su vida Pacomio las había tomado al impulso de esa sensibilidad espiritual intuitiva, que lo capacitaba para ver más allá de los hechos inmediatos. Pero ahora era distinto. Pacomio estaba “abandonado” en manos de su padre espiritual y, por ende, la última palabra sería la de Palamón; a éste le tocaba discernir si aquella era realmente la voluntad de Dios.

Al tomar conocimiento del hecho, Palamón le dijo: «“Puesto que creo que todo esto te viene de Dios, hagamos un pacto entre nosotros, de modo de no separarnos el uno del otro en el futuro, para visitarnos mutuamente, tú una vez y yo una vez”. Y así lo hicieron por todos los días que vivió el verdadero atleta de Cristo, Palamón»11.

La separación de los dos monjes implicaba el reconocimiento, por parte de Palamón, de que Pacomio ya poseía las virtudes que lo capacitaban para dirigir almas y engendrar hijos espirituales. Sin embargo, como lo señala el trozo citado, la autonomía de Pacomio no significó una ruptura de relaciones con su anciano maestro.

En Tabennesi

Después de la muerte de Palamón, Pacomio prosiguió con la práctica de la vida solitaria, hasta que un día recibió la visita de su hermano “según la carne”: Juan. Éste deseaba compartir con él la vida monástica. Habitaron, pues, juntos en extrema pobreza, siguiendo una norma rigurosa: lo poco que les sobraba de su trabajo lo distribuían entre los más necesitados12.

Sin embargo, otra vez intuyó Pacomio que esta fase era nada más que una etapa en la búsqueda del plan de Dios para él. En efecto, la vida solitaria con su hermano no reflejaba suficientemente los signos que Dios había ido colocando en su camino. ¿Cómo aceptar un estilo de vida en el que no se vislumbraba la realización de aquel mensaje que había escuchado: servir a los hombres y conducirlos a la salvación?

En este estado de inquietud espiritual lo hallamos, en cierta ocasión, cortando juncos en una isla del Nilo. Mientras oraba, «para conocer la voluntad perfecta de Dios13, se le apareció un ángel del Señor -como a Manoé y a su mujer se les apareció por el nacimiento de Sansón-, y le dijo: “La voluntad de Dios es que sirvas a la estirpe de los hombres, a fin de reconciliarlos totalmente con Él”; repitiendo esto tres veces, el ángel desapareció»14.

Reflexionando sobre lo sucedido, Pacomio se convenció que realmente aquella era la voluntad de Dios y decidió ampliar su celda, a fin de poder recibir a los que deseasen compartir con él y Juan la vida monástica.

Si el Señor le había regalado a Pacomio una sensibilidad espiritual y una intuición que le permitían ir discerniendo la voluntad divina, contemporáneamente le había dotado de un temperamento fuerte, que necesitaba ser superado, como condición indispensable para el ejercicio de la paternidad espiritual.

Cuando, junto con su hermano Juan, trató de ampliar la celda en que habitaban, se produjo un altercado entre ambos, a causa de las dimensiones que debía tener la nueva edificación. Pacomio “se conmovió violentamente” al extremo de dejarse arrastrar por la cólera. Apenado por el hecho, a la noche bajó a una caverna y empezó a llorar con gran aflicción. Y orando decía: “Dios, todavía el deseo de la carne está en mí, todavía vivo según la carne, ¡pobre de mí!”15. El hecho le hizo ver a Pacomio que no debía volver a irritarse de esa forma, sino que debía aprender a seguir el camino de los santos16.

Esa humildad, que es grata a los ojos de Dios, y que ciertamente enriquece al hombre para la vida comunitaria, será, junto a su intuición carismática, otro elemento característico de la personalidad de Pacomio.

Parece cierto que nuestro Dios modela, perfecciona y purifica a los hombres que ha elegido por medio de los fracasos que deben experimentar en sus vidas. Pacomio, tal vez demasiado “humilde y complaciente”, tuvo que ver cómo su primer intento de formar una comunidad se evaporaba, porque todos “le trataban con desdén y gran irreverencia”. Todavía esperó un poco, intensificó sus oraciones, pero cuando comprobó “su endurecimiento y su orgullo” no tuvo más alternativa que echarlos17.

Aleccionado por este primer fracaso, cuando nuevos candidatos le solicitaron su guía, Pacomio procedió con mayor precaución. Inspirándose en las Santas Escrituras los formó y estableció una organización, que preveía la renuncia a los bienes, a la propia familia, el compromiso a vivir en comunidad, la igualdad en el vestido, el alimento y el sueño18. Esto ocurría hacia el año 324/25.

La expansión de la «Koinonía» pacomiana. Los últimos años de Pacomio

Con la llegada del joven Teodoro, en torno al año 328, se inicia la etapa de difusión del monacato pacomiano. En efecto, el nuevo discípulo de Pacomio devino su “vicario” en la ardua tarea de dirigir espiritualmente a los hermanos, que aumentaban de día en día. De modo que entre, aproximadamente, los años 329 y 340, en dos “campañas”, se fundaron o se incorporaron a la Koinonía los siguientes monasterios: Pbow (varones y mujeres), Senesêt (donde probablemente ya había una comunidad), Tmuschons (también existía una comunidad), Tsê, Smin o Shmin, Tbêvê (incorporación), Tesmîne o Tsmine (varones y mujeres), Phnum o Phnoum. Sumando a esta lista la “casa madre”-Tabennesi- tenemos nueve cenobios de monjes y tres de monjas, pues en éste último sitio, Pacomio había edificado un monasterio para su hermana María.

Los últimos años de su vida, los pasó el santo fundador de la Koinonía, en el monasterio de Pbow (su residencia desde 336/37), mientras Teodoro quedaba como superior de Tabennesi. Pacomio se preocupaba sobre todo de la instrucción de los hermanos, pero sin descuidar la organización de los monasterios.

La salud de Pacomio comenzó a resentirse en torno al año 344. Fue entonces cuando algunos de los superiores le rogaron a Teodoro que prometiera hacerse cargo de la Koinonía si algo le sucedía a Pacomio. Teodoro aceptó, pero cuando éste se enteró del hecho lo destituyó de sus funciones y le impuso una penitencia, que se prolongó por espacio de dos años19.

Todavía pasó Pacomio por otro trago amargo, antes de dejar la vida presente. Algunos lo acusaron por causa de sus visiones, y fue citado ante un sínodo reunido en Latópolis (año 345), “para defenderse sobre el particular”. En su alegato, Pacomio nos ha dejado un maravilloso relato de la acción de Dios en su peregrinación terrena, que es, al mismo tiempo, un buen ejemplo de esa sensibilidad espiritual intuitiva a la que nos referimos antes:

«¿No me han escuchado decir muchas veces que, de niño pequeño, nacido de padres paganos, no sabía quién era Dios? ¿Quién, entonces, me ha concedido convertirme en cristiano? ¿No ha sido el mismo Dios, que ama a los hombres? A continuación, como había pocos monjes, apenas se encontraban grupos separados de dos, cinco o, a lo sumo, diez, y con gran dificultad se conducían mutuamente en el temor de Dios; mientras tanto, nosotros somos una gran multitud, nueve monasterios, en los que nos apresuramos día y noche, por la misericordia divina, a conservar nuestras almas sin reproche. También ustedes confiesan que saben discernir lo concerniente a los espíritus impuros; por otra parte, el Señor nos ha concedido reconocer, cuando Él lo quiere, quién de los monjes anda correctamente y quién es monje sólo en apariencia. Pero dejemos allí el carisma divino. Los sabios y prudentes del mundo, si pasan algunos días en un medio humano, ¿no saben discernir y reconocer el carácter de cada uno? Y Aquél que ha derramado su sangre por nosotros, Sabiduría del Padre, si quiere que alguien tiemble por la pérdida de su prójimo, sobre todo de un gran número de hermanos, ¿no le dará el medio de salvarlos en modo irreprochable, sea por el discernimiento del Espíritu Santo, sea por una visión, cuando el Señor lo quiera? No crean, en efecto, que yo tengo esas visiones de salvación todas las veces que lo quiero: ocurren sólo cuando Aquél que dirige todo me da su confianza. El hombre, por sí mismo, se asemeja a una imagen vana (Sal 143 [144],4); pero cuando verdaderamente se ha sometido a Dios, ya no es más vanidad sino templo de Dios, como lo dice el mismo Dios: “Habitaré en ellos (2 Co 6,16)”. No dice “en todos” sino sólo en los santos: y no solamente en ustedes y en todos los hermanos, sino también en Pacomio si cumple la voluntad de Dios»20.

Cuando Pacomio terminó de hablar, un exaltado se abalanzó sobre él e intentó acuchillarlo, pero el Señor lo salvó por medio de los hermanos que lo acompañaban, mientras el tumulto reinaba en la iglesia (donde se había reunido el sínodo)21.

Al año siguiente (346), la peste asoló la región. En los monasterios de la Koinonía murieron muchos de los monjes. Pacomio también se enfermó, y entregó su santa alma el catorce del mes de Pachón (9 de mayo del 346)22.

Antes de morir, Pacomio designó como sucesor suyo a Petronio, quien falleció, víctima también de la peste, el 21 de julio del mismo año 346. Le sucedió Orsisio (u Horsiesio), un hombre de buen corazón, pero incapaz de conducir a la Koinonía en ese momento. En el año 350, Orsisio renunció para permitir que Teodoro ocupase su lugar. Éste, a su vez, entregó su alma el 27 de abril del 368, muy preocupado por el enorme crecimiento de las riquezas de la Koinonía. Volvió a tomar la dirección Orsisio, quien murió después del año 387. Su sucesor fue Besarion, bajo cuya conducción la herencia pacomiana entró en un período de decadencia. Los monasterios fueron en gran parte destruidos durante la ocupación árabe, en el siglo X. Casi no han quedado restos arqueológicos de las doce casas fundadas o reformadas por san Pacomio.

2. Obras de Pacomio

La Clavis Patrum Graecorum (= CPG) de M. Geerard23 le asigna a san Pacomio tres tipos de obras:

1) Regla (Regula). Que se compone de cuatro partes: Preceptos (Praecepta), Preceptos e Instituciones (Praecepta et Instituta), Preceptos y Juicios (Pracepta atque Iudicia), Preceptos y Leyes (Praecepta ac Leges). El texto se conserva íntegro en la versión latina de san Jerónimo (año 404), y ha sido editado por A. Boon, Pachomiana Latina, Louvain 1932, pp. 13-74 (Bibliothèque de la Revue d’histoire ecclésiastique, 7). Existen también dos versiones etíopes, y quedan algunos fragmentos coptos y griegos (ver CPG 2353). En su estado actual la Regla difícilmente puede considerarse salida de la mano de Pacomio, aunque, al menos en parte, ciertamente se inspira en sus enseñanzas.

2) Catequesis (Catecheses). Tenemos tres de ellas, todas en copto. Han sido editadas por L. Th. Lefort, Oeuvres de S. Pachôme et de ses disciples, Louvain 1956 (CSCO 159 [texto] y 160 [trad. francesa]). Sólo la primera se conserva completa. Ver CPG 2354.

3) Epístolas (Epistulae). Se conservan once de ellas. El texto griego y los fragmentos coptos han sido editados por H. Quecke, Die Briefe Pachoms, Regensburg 1975 (Textus Patristici et Liturgici, 11). Existe asimismo una versión latina de estas epístolas, debida a san Jerónimo y editada por A. Boon, op. cit., pp. 77-101. Ver CPG 2355. La traducción de todo el epistolario puede verse en Pachomian Koinonia, vol. 3, pp. 51-83 (inglés); y en: Pacomio e i suoi discepoli, Magnano, 1988, pp. 241-266 (italiano).

Traducciones castellanas

a) L. HERRERA, ocso, en la obra de Plácido DESEILLE, El espíritu del monacato pacomiano, Burgos, Monasterio de las Huelgas, 1986, tradujo de “Pacomiana Latina”:

Reglas de san PacomioCartas (I y II) de san PacomioCarta de san TeodoroEnseñanzas o Libro de Orsisio.

b) Ramón ÁLVAREZ VELASCO, osb, ha publicado las traducciones castellanas de las siguientes obras:

Reglas monásticas, Abadía de Silos, Abadía de Santo Domingo de Silos, 2004 (Col. “ScriptoriumSilense”, 6).Catequesis, Abadía de Silos, Abadía de Santo Domingo de Silos, 2006 (Col. “ScriptoriumSilense”, 9); que también incluye la trad. de un texto fragmentario: Catequesis sobre los seis días de Pascua (pp. 129-131).Escritos diversos, Abadía de Silos, Abadía de Santo Domingo de Silos, 2007 (Col. “ScriptoriumSilense”,11); cinco fragmentos, “Avisos espirituales” (Monita Sancti Pachomii) y once Cartas.

REGLA DE SAN PACOMIO24

Introducción

Por su carácter eminentemente práctico estamos tentados de llamarla: “costumbrero”. Los temas se suceden desordenadamente, sin nexo lógico, y muy difícilmente llegaríamos a apreciarlas en todo su valor si no las leyéramos en el contexto de los escritos de sus sucesores Teodoro y Orsiesio (u Orsisio) y en el de sus propias cartas, en que se expresa esa doctrina ricamente escriturística que el maestro iba volcando en el corazón de los discípulos semanalmente. Leyendo las reglas de san Pacomio nos viene a la memoria la bienaventuranza del Salmo 1: “¡Feliz el hombre... cuyo gozo es la ley del Señor y medita su ley día y noche!”. Cuántas veces repite la misma enseñanza: “meditarán, meditarán”..., es decir, recitarán, tendrán en sus labios y en sus corazones la Palabra. Meditará el que ocupa el primer lugar en la synaxis cuando dé por terminada la oración (Regla 6), y los hermanos meditarán camino al refectorio (Regla 28), y al dar la señal de reunión (Regla 36), y al distribuir el postre (Regla 37), y al hacer el pan (Regla 116), y durante cualquier trabajo (Regla 60)...; por eso aprenderán de memoria, como mínimo el Nuevo Testamento y el Salterio (Regla 139;140); repetirán entre sí la Palabra aprendida (Regla 122;138) y serán, ante quien les enseña la Escritura, atentos y agradecidos discípulos (Regla 139).

San Benito nos hablará más tarde del “bien de la obediencia”, y como tal lo propone san Pacomio en cada una de sus prescripciones: con tanta insistencia que nos lleva a pensar la obediencia monástica como una imitación de la obediencia del Hijo de Dios, una participación, por gracia, de ese misterio.

Las prescripciones rigen para todos, para el que se inicia y para el anciano, y su obediencia tiene ciertamente gran valor de cohesión en el ensamblamiento de los miembros de la comunidad, aunque la meta final esté más alta y sea el “humiliavit semet ipsum factus obœdiens” de Flp 2,8.

“El que es fiel en lo poco lo será también en lo mucho”. La obediencia a las normas no es todo. Dios es soberanamente libre, y si bien hay un mínimo que a todos se pide, el Señor es libre de fijar otra medida para algunos y Pacomio acepta este “pluralismo”. Habrá quien sea llamado a mayores ayunos o a una vigilancia más prolongada en la oración. Por eso su regla atiende a tales posibilidades con amplitud y se muestra extraña a una uniformidad que sólo pondría en evidencia una triste ineptitud para discernir el Espíritu.

La obediencia a lo poco mantiene alerta ante la posibilidad de una llamada a obedecer en lo mucho, y el primero que se somete a ella es el mismo legislador.

Es indudable que san Pacomio cree firmemente en la necesidad de la obediencia prestada a un “mayor”; pero, en su pensamiento este “mayor” no es un señor dominador sino un Padre espiritual.

Toda su organización tiende a procurar la dirección de un padre espiritual, y sus prepósitos y segundos no hacen más que extender su radio de acción.

Pacomio no fue sacerdote como tampoco lo fueron tantísimos Padres monásticos; la capacidad de ser padre en el Espíritu no le venía por línea jerárquica, sino por un carisma otorgado en provecho de la Iglesia según los planes de la Providencia. Pacomio querrá que su “santa Koinonía” sea presidida por el “pater monasterii”, un hombre a quien el Espíritu haya dado la gracia de saber engendrarla para Dios, y así será llamado él mismo por sus monjes: “nuestro padre Pacomio”.

La vida de los monjes pacomianos se desarrollaba en un amplio recinto en el cual tenían todo lo necesario (cf. RB 66,6-7) para sus trabajos y su vida. Tenían una iglesia, un refectorio, una cocina, una hospedería, una huerta y oficinas y talleres en los que se ejercían múltiples oficios.

Es notable la laboriosidad y generosidad de estos monjes. Paladio cuenta en su “Historia Lausíaca” (cap. 32) que “unos trabajan en el cultivo y labores de la tierra, otros en la puerta, en la fragua, en la panadería; quien en la carpintería, quien en la batanería; unos tejiendo cestos otros curtiendo pieles, éstos en la zapatería, aquellos en la caligrafía y labor de copistas, y, en fin, algunos confeccionando canastos”, y también que “conocen todas las profesiones y oficios y con lo que les sobra de su producto alcanzan a sustentar a los monasterios femeninos y a los presos de las cárceles”. Y el P. García Colombás nos recuerda que “las barcazas cargadas de víveres enviados a los pobres por la Koinonía de san Pacomio, surcaban el Nilo desde la Tebaida hasta Alejandría u otras regiones”25.

Dom Adalberto de Vogüé, osb, señalaba la influencia ejercida por la Regla de Pacomio sobre la RB. Por ejemplo: a) sobre el silencio que los monjes que salen de viaje deben guardar acerca de lo que han visto u oído fuera del monasterio (Regla dePacomio 86; 143 - RB 76,8-10); b) sobre el derecho que corresponde solo al abad de defender o corregir a otro hermano (Regla dePacomio 147; 16 [176] - RB 69 y 70)26.

Subraya asimismo Dom de Vogüé, en la misma obra, otras semejanzas al decir que “el paralelo del cenobio pacomiano así como el del benedictino hay que buscarlo en la Iglesia y no en tal o cual tipo de sociedad profana pues carecen de otro modelo deliberadamente imitado que no sea la comunidad religiosa descrita en la Escritura. El AT es el inspirador de la organización decanal; el abad y sus jefes de casa desempeñan el papel de Moisés-Josué y de los ancianos de Israel. Esta referencia al Éxodo... partiendo de los mismos datos bíblicos, entendidos en un mismo contexto de Iglesia, llevan a un mismo tipo de abad: pastor, doctor, educador de sus discípulos en nombre de Dios, en vistas a la vida eterna”27.

Esta traducción tiene como base la versión francesa de los monjes de Solesmes28, hecha sobre el texto crítico de Dom Armand Boon29. Agradecemos vivamente a los monjes de Solesmes y a la Abadía de Bellefontaine el habernos otorgado los permisos correspondientes.

Texto

PREFACIO DE SAN JERÓNIMO

1. Por afilada y centelleante que sea una espada, terminará por cubrirse de herrumbre y perder el esplendor de su belleza si permanece durante mucho tiempo en la vaina. Es por esto que, cuando me encontraba afligido por la muerte de la santa y venerable Paula30 (en esto no obraba yo en contraposición con el precepto del Apóstol, antes bien, aspiraba ardientemente que fuera consolado el gran número de aquellos a quienes su muerte había privado de sostén), acepté recibir los libros que me enviaba el hombre de Dios, el sacerdote Silvano. El mismo los había recibido de Alejandría con el fin de dármelos para traducir. Ya que, según me dijo, en los monasterios de la Tebaida31 y en el monasterio de Métanoia (este es el monasterio de Canope32, cuyo nombre ha sido felizmente reemplazado por un término que significa “conversión”), viven muchos latinos que ignoran el copto y el griego, lenguas en las que han sido escritas las reglas de Pacomio, Teodoro y Orsisio. Estos hombres son los que pusieron los cimientos de los “Coenobia”33 en la Tebaida Y en Egipto, según la orden de Dios y de un ángel34 enviado por Él con este designio.

Después de haber guardado un largo silencio durante el cual tascaba mi dolor, fui urgido a ponerme a trabajar por el sacerdote Leoncio y otros hermanos enviados a mí para eso. Así, después de hacer venir un secretario, dicté en nuestra lengua las reglas que habían sido traducidas del copto al griego. Hice esto por obedecer no diré a las súplicas sino a las órdenes de estos grandes hombres, como también para romper mi prolongado silencio bajo auspicios favorables; como decían ellos: yo volvía a mis antiguos trabajos y también procuraba una satisfacción al alma de esta santa mujer que no había cesado de arder en el amor por la vida monástica y de meditar sobre la tierra lo que debía contemplar en el cielo; además, la venerable virgen de Cristo, su hija Eustoquia, tendría de dónde suministrar reglas de conducta a sus hermanas, y nuestros hermanos seguirían los ejemplos de los monjes egipcios, quiero decir de Tabennesis35.

2. Estos monjes tienen en cada monasterio padres, ecónomos, hebdomadarios36, oficiales subalternos y jefes de familia, que son los prepósitos37. Cada casa reúne alrededor de cuarenta hermanos que deben obedecer a su prepósito. Según el número de hermanos, un monasterio cuenta con treinta o cuarenta casas que están unidas en tribus o grupos de tres o cuatro. Los que viven en estos grupos van juntos al trabajo y se suceden por rotación en el servicio semanal.

3. El que entró primero al monasterio, ocupa también el primer lugar al sentarse, caminar, salmodiar38, comer y recibir la comunión en la iglesia. No es la edad de los hermanos la que se tiene en cuenta sino la fecha de su profesión.

4. En sus celdas no tienen más que una estera y los objetos siguientes: dos túnicas (especie de vestido egipcio sin mangas) y una tercera ya usada que usan para dormir o trabajar, un manto de lino, una piel de cabra a la que llaman melota39, dos cogullas40, un pequeño cinto de lino, calzado y un bastón como compañero de viaje.

5. Los enfermos son restablecidos gracias a cuidados admirables y comidas copiosas. Los que se hallan en buena salud se benefician41 de una abstinencia más severa; ayunan dos veces por semana, los miércoles y viernes, salvo durante el tiempo que va de Pascua a Pentecostés. Los demás días, los que lo desean comen después de la hora sexta42, y a la tarde se vuelve a poner la mesa a causa de los que trabajan, de los ancianos, de los niños y del intensísimo calor. Algunos comen poco la segunda vez, otros se contentan con una sola comida: el almuerzo o la cena. Algunos toman sólo un poco de pan y salen del refectorio43. Todos comen al mismo tiempo. Cuando alguno no quiere ir a la mesa, recibe en su celda solamente pan, agua y sal, todos los días o día por medio según lo desee.

6. Los hermanos que practican un mismo arte son congregados en una casa bajo la autoridad de un prepósito. Por ejemplo: los que tejen el lino son reunidos en un grupo, los que hacen las esteras constituyen una sola familia. Lo mismo pasa con los sastres, los que fabrican las carretas, los obreros, los zapateros; estos grupos están gobernados cada uno por su prepósito, y cada semana dan cuenta de sus trabajos al padre del monasterio.

7. Los padres de todos los monasterios tienen un solo jefe que habita en el monasterio de Pbow44. En Pascua, todos, excepto aquellos cuya presencia es indispensable en sus monasterios, se reúnen en torno a él, de modo que casi cincuenta mil hombres celebran juntos la fiesta de la Pasión del Señor.

8. En el mes de Mesorí45, es decir, en agosto, a ejemplo de la remisión del año jubilar (cf. Lv 25) hay días en que a todos les son perdonados los pecados y en los que se reconcilian los que han tenido cualquier altercado. Luego se designan los jefes, los ecónomos, los prepósitos, los oficiales subalternos de los diferentes monasterios según sus necesidades.

9. Los de la Tebaida dicen todavía que Pacomio, Cornelio y Syro (este último vive aún y según cuentan tiene más de 110 años), aprendieron de boca de un ángel un lenguaje misterioso que les permite escribirse y comunicarse con la ayuda de un alfabeto espiritual, insinuando bajo ciertos signos y símbolos, sentidos escondidos. Hemos traducido a nuestra lengua estas cartas, que también han sido leídas entre los monjes coptos y griegos, y cuando encontramos esos mismos signos (del alfabeto místico) los hemos copiado.

Hemos imitado la simplicidad de la lengua copta movidos por el cuidado de dar una interpretación fiel, no fuera que una traducción pedante hiciera concebir una idea falsa de esos hombres apostólicos, completamente impregnados de la gracia del Espíritu. En cuanto a las otras cosas que están contenidas en sus tratados, no he querido exponerlas para que aquellos a los que deleite el amor de la santa “Koinonía”46 las aprendan en sus autores y beban en la fuente misma en lugar de hacerlo en los arroyos que de ella nacen.

I PRESCRIPCIONES DE NUESTRO PADRE PACOMIO, HOMBRE DE DIOS, QUE FUNDÓ LA VIDA CENOBÍTICA EN SUS ORÍGENES POR ORDEN DE DIOS

Aquí comienzan los preceptos

1. El que viene por primera vez a la synaxis47 de los santos48, será introducido por el portero como se acostumbra, el cual lo acompañará desde la puerta del monasterio y lo hará tomar asiento en la asamblea de los hermanos49; no le será permitido cambiar de lugar, ni modificar su rango; esperará que el oikiakos, es decir el prepósito de la casa, lo instale en el puesto que le conviene ocupar.

2. Se sentará con todo decoro y modestia, poniendo debajo suyo la parte inferior de su piel de cabra que se ata sobre el hombro, y cerrando cuidadosamente su vestido, es decir la túnica de lino sin mangas, de manera que tenga las rodillas cubiertas.

3. Cuando se oiga la voz de la trompeta que llama a la synaxis, en el mismo momento saldrán de la celda, meditando un pasaje de las Escrituras hasta llegar a la puerta del lugar de la synaxis.

4. Cuando vayan a la iglesia para tomar el lugar en el que deben estar sentados o de pie, tendrán cuidado de no aplastar los juncos remojados y preparados para el tejido de las cuerdas, no sea que la negligencia de uno ocasione algún daño, aunque fuera mínimo, al monasterio.

5. A la noche, cuando se haga oír la señal, no te demores junto al fuego que se enciende habitualmente para calentar el cuerpo y defenderse del frío.

No permanezcas sentado sin hacer nada durante la synaxis, por el contrario: prepara con mano vigilante los juncos que servirán para trenzar las cuerdas de las esteras. Sin embargo, evita que llegue al agotamiento el que tiene un cuerpo débil; a ese tal se le otorgará el permiso de interrumpir de tiempo en tiempo su tarea.

6. Cuando aquél que ocupa el primer lugar haya golpeado las manos, recitando de memoria algún pasaje de las Escrituras, para dar la señal del fin de la oración, ninguno tardará en levantarse, por el contrario, todos se levantarán al mismo tiempo.

7. Nadie observe a otro hermano que estuviere trenzando una cuerda o rezando; que sus ojos estén atentamente puestos sobre su propio trabajo.

8. He aquí los preceptos de vida que los ancianos nos han transmitido. Si ocurre que, durante la salmodia, las oraciones o las lecturas, alguno habla o se ríe, desatará al instante su faja e irá a ponerse delante del altar con la cabeza inclinada y los brazos caídos. Después que el padre del monasterio lo haya reprendido allí, repetirá esta misma penitencia en el refectorio, cuando estén reunidos todos los hermanos.

9. Cuando durante el día haya resonado la trompeta para la synaxis, el que llegase después de la primera oración será corregido por el superior con una reprimenda y permanecerá de pie en el refectorio.

10. Pero, durante la noche, ya que (a esas horas) se concede más a la debilidad del cuerpo, el que llegase después de las tres primeras oraciones, será corregido de la misma manera en la iglesia y en el refectorio.

11. Cuando los hermanos estén orando durante la synaxis, nadie saldrá sin orden de los ancianos, o sin haber pedido y obtenido el permiso de salir para las necesidades naturales.

12. Nadie distribuirá los juncos que sirven para trenzar las cuerdas, a no ser el que está de servicio durante la semana. Si estuviera impedido de hacerlo por causa de un trabajo justificado, se esperarán las órdenes del superior.

13. Para el servicio de la semana en cada casa, no se escogerá a los que tienen los primeros lugares y recitan pasajes de la Escritura en la asamblea de todos los hermanos. Se elegirá por orden a los hermanos que están sentados y se ponen de pie, los que fueren capaces de repetir de memoria lo que se les haya encomendado.

14. Si un hebdomadario se olvida o vacila al recitar algo, recibirá la corrección que merecen la negligencia y el olvido.

15. Ningún hebdomadario estará ausente el domingo, y cuando se hace la oblación, porque debe ocupar el lugar del cantor para responder al que salmodia. Esto concierne al menos a los que pertenecen a la casa que está de servicio de gran semana50. Porque hay en cada casa un servicio de pequeña semana asegurado por un número menor de hermanos. Si este número debiera aumentarse, el jefe de la casa de gran semana llamará a otros hermanos del mismo grupo al que pertenece su casa. Pero sin orden suya nadie que pertenezca a otra casa del mismo grupo salmodiará. Y le estará absolutamente vedado a un hermano de una casa el participar en el servicio de semana de otra casa, a menos que pertenezca al mismo grupo, o tribu, que la suya. Se llama tribu al grupo de tres o cuatro casas (este número varía) según el número de hermanos y la importancia del monasterio, lo que podríamos llamar familias o clanes de una misma nación.

16. Ninguno recibirá el permiso de salmodiar los domingos o durante la synaxis en que debe ofrecerse la oblación, excepto el jefe de la casa y los ancianos del monasterio a quienes por alguna causa les competa esta función.

17. Si un anciano se equivoca cuando salmodia, es decir cuando lee el salterio, se someterá al punto, delante del altar, al rito de la penitencia y de la reprimenda.

18. El que sin permiso del superior saliera de la synaxis,en que se ofrece la oblación, será reprendido al instante.

19. Por la mañana, en cada casa, después de concluida la oración, no volverán los hermanos inmediatamente a sus celdas. Primero tendrán un coloquio sobre lo que les fue expuesto por los prepósitos en las conferencias y luego retornarán a sus habitaciones.

20. Los que gobiernan las casas darán tres conferencias por semana; en estas conferencias los hermanos al sentarse o pararse, ocuparán sus respectivos lugares, según el orden de las casas y de los individuos.

21. Si alguno que está sentado se duerme en el transcurso de la conferencia del prepósito de la casa o del padre del monasterio, se le obligará a levantarse inmediatamente y permanecerá de pie hasta que haya recibido la orden de volver a tomar asiento.

22. Cuando haya sonado la señal de reunirse para escuchar los preceptos de los ancianos, nadie permanecerá (donde se hallaba) y no atizarán más el fuego, hasta el fin de la conferencia. El que omitiera uno de estos preceptos será sometido a la corrección ya mencionada.

23. El que está de servicio durante la semana no podrá dar a nadie las cuerdas o cualquier otro objeto sin que medie la orden del padre del monasterio. Sin ella ni siquiera podrá dar la señal de reunirse para la synaxis del mediodía o la de las seis oraciones de la tarde.

24. Después de la oración de la mañana, el oficial de semana a quien se le ha confiado el trabajo, preguntará al padre del monasterio sobre todas las cosas que juzgue necesario y sobre el momento en que los hermanos deberán ir a trabajar a los campos; y, según la orden que haya recibido, recorrerá cada casa y enseñará a cada uno lo que debe hacer.

25. Si alguien pide un libro para leer, lo recibirá. Pero a fin de semana lo devolverá a su lugar por causa de los hermanos que se suceden en el servicio.

26. Si trenzan esteras, el hebdomadario preguntará a la tarde a los jefes de cada casa cuál es la cantidad de juncos necesarios en su casa; según la respuesta remojará la cantidad de juncos necesaria, para distribuirlos a la mañana siguiente a cada uno por su orden. Si en el transcurso de la mañana se da cuenta que van a necesitar más, los remojará y los llevará a cada casa, hasta que suene la señal de la comida.

27. El jefe de la casa que termina la semana y el que lo releva, como también el padre del monasterio, tendrán cuidado de fijarse en lo que se haya omitido o descuidado del trabajo. También harán sacudir las esteras que se extienden de ordinario sobre el piso de la iglesia y contarán las cuerdas que cada semana se trencen. Escribirán el resultado sobre tablillas que conservarán hasta el momento de la reunión anual, en el curso de la cual hay rendición de cuentas y donde se da la absolución general de las faltas.

28. Al volver de la synaxis, los hermanos, que van saliendo de a uno, para ir a sus celdas o al refectorio, meditarán cualquier pasaje de las Escrituras y nadie tendrá la cabeza cubierta cuando medite.

29. Y cuando hayan llegado al refectorio, se sentarán por orden en los lugares que les han sido fijados y se cubrirán la cabeza.

30. Cuando un anciano te mande cambiarte de mesa, no le resistirás en lo más mínimo. No tendrás la osadía de servirte antes que tu jefe de casa. No observarás a los que comen.

31. Cada uno de los prepósitos enseñará a los miembros de su casa cómo deben tomar sus alimentos, con disciplina y modestia. Si alguno habla o se ríe durante las comidas, hará penitencia y será reprendido al instante en su mismo lugar. Se pondrá de pie y permanecerá parado hasta que se levante alguno de los otros hermanos que están comiendo.

32. Si alguien llegara tarde a la mesa, fuera del caso en que una orden del superior hubiera motivado tal retraso, hará la misma penitencia o volverá a su casa sin probar bocado.

33. Si en la mesa se tiene necesidad de alguna cosa, nadie tendrá el atrevimiento de hablar; antes bien, mediante un sonido hará señal a los que sirven.

34. Si te levantas de la mesa, no hablarás al regresar, hasta que hayas vuelto a tu lugar51.

35. Los que sirven no comerán ninguna otra cosa que lo que haya sido preparado para todos los hermanos en general y no se permitirá que se aderecen platos diferentes.

36. El que toca para llamar a los hermanos al refectorio, meditará mientras lo hace.

37. Aquél que, a las puertas del refectorio, distribuye el postre a los hermanos que salen de la mesa, meditará cualquier pasaje de la Escritura mientras cumple su oficio.

38. El que recibe el postre que se da, no lo pondrá en su cogulla sino en su piel (de cabra) y no lo comerá antes de haber llegado a su casa. El que distribuye el postre a los hermanos recibirá su porción de manos de su prepósito, lo que harán también los otros servidores, quienes lo recibirán de otro sin nada arrogarse por propia voluntad. Lo que hayan recibido deberá bastarle para tres días. Si al cabo de estos tres días les sobrara algún alimento, lo llevarán de vuelta al jefe de la casa que lo reintegrará a la despensa, donde quedará hasta que, mezclado con otros, sea distribuido a todos los hermanos.

39. Nadie dará a uno más que a otro.

40. Si se trata de los débiles, el prepósito irá a ver a los servidores de los enfermos y recibirá de ellos lo que les sea necesario.

41. Si el enfermo es uno de los servidores de mesa, no tendrá permiso para entrar en la cocina o en la despensa con el fin de retirar cualquier cosa. Serán los otros servidores los que le darán lo que vean que necesita. No le estará permitido a él cocinar para sí lo que desee, sino que los prepósitos de las casas recibirán de los otros sirvientes lo que ellos juzguen que le es necesario.

42. Nadie entrará en la enfermería sin estar enfermo. El que cayere enfermo será conducido por el prepósito de su casa a la enfermería. Si necesita un manto o una túnica u otras cosas como vestidos o comida, será el prepósito quien las recibirá de manos de los servidores y las dará de inmediato al enfermo.

43. Un enfermo no podrá entrar en el lugar de los que comen, ni consumir lo que desee, sin haber sido conducido allí para comer por el servidor encargado de este oficio. No le estará permitido llevar a su celda nada de lo que haya recibido en la enfermería, ni siquiera una fruta.

44. Los que cocinan servirán cada uno por turno a los que están a la mesa.

45. Ninguno recibirá vino o caldo fuera de la enfermería.

46. Si alguno de los que son enviados de viaje cae enfermo en el camino o sobre un barco y tiene necesidad o desea tomar caldo de pescado u otras cosas que se comen habitualmente en el monasterio, no comerá con los otros hermanos sino aparte, y los que sirven le darán con abundancia, para que ese hermano enfermo no sea contristado en nada.

47. Nadie osará visitar a un enfermo sin permiso del superior. Ni siquiera alguno de sus parientes o de sus hermanos podrá servirlo sin orden del prepósito.

48. Si alguno transgrede o descuida alguna de estas prescripciones, será corregido con la reprimenda habitual.

49. Si alguno se presenta a la puerta del monasterio con la voluntad de renunciar al mundo y de ser contado entre los hermanos, no tendrá la libertad de entrar. Se comenzará por informar al padre del monasterio. El candidato permanecerá algunos días en el exterior, delante de la puerta. Se le enseñará el Padrenuestro y los salmos que pueda aprender. Él suministrará cuidadosamente las pruebas de lo que motiva su voluntad (de ingresar). No sea que haya cometido alguna mala acción y que, turbado por el miedo, haya huido sin demora hacia el monasterio; o que sea esclavo de alguien. Esto permitirá discernir si será capaz de renunciar a sus parientes y menospreciar las riquezas. Si da satisfacción a todas estas exigencias, se le enseñarán entonces todas las otras disciplinas del monasterio, lo que deberá cumplir y aquello que deberá aceptar, ya sea en la synaxis que reúne a todos los hermanos, en la casa o dónde fuera enviado o en el refectorio. Así instruido y consumado en toda obra buena, podrá estar con los hermanos. Entonces será despojado de sus vestidos del siglo y revestido con el hábito de los monjes. Después será confiado al portero que, en el momento de la oración, lo llevará a la presencia de todos los hermanos y lo hará tomar asiento en el lugar que se le haya asignado. Los vestidos que trajo consigo serán recibidos por los encargados de este oficio, guardados en la ropería y a disposición del padre del monasterio.

50. Nadie que viva en el monasterio podrá recibir a alguien en el refectorio; pero le enviará al portero de la hospedería para que sea recibido por los que están encargados de ese oficio.

51. Cuando lleguen personas a la puerta del monasterio, si se trata de clérigos o de monjes, serán recibidos con muestras del mayor honor. Se les lavarán los pies, según el precepto evangélico (cf. Jn 13) y se los conducirá a la hospedería donde se les suministrará todo lo que conviene al uso de los monjes. Si, en el momento de la oración o de la synaxis, desearan participar en la reunión de los hermanos, si pertenecen a la misma fe, el portero o el servidor de la hospedería lo advertirá al padre del monasterio; seguidamente podrán ser conducidos a la oración.

52. Si son seglares, enfermos o personas más frágiles (1 P 3,17), nos referimos a las mujeres, los que se presentan a la puerta, se los recibirá en lugares diferentes, según su sexo y las directivas del prepósito. Sobre todo, las mujeres serán tratadas con mayor respeto, atención y temor de Dios. Se les dará un alojamiento totalmente separado de los hombres, a fin de no suscitar malos propósitos. Y aun si llegaran por la tarde, estaría mal el despedirlas. En este caso se las recibirá en el alojamiento separado y cerrado de que hemos hablado, con toda la disciplina y todas las precauciones requeridas para que la multitud de los hermanos52 se puedan ocupar libremente en sus trabajos y no se dé motivo para que nadie sea denigrado.

53. Si alguno se presenta a la puerta del monasterio, pidiendo ver a su hermano o a un pariente, el portero avisará al padre del monasterio, éste llamará al jefe de la casa y le preguntará si el hermano pertenece a ella, y, con su permiso, el hermano recibirá para esta circunstancia un compañero seguro y lo enviará a ver a su hermano o pariente. Si por casualidad éste le ha llevado algunos alimentos de los que está permitido comer en el monasterio, no podrá recibirlos directamente, sino que llamará al portero que recibirá el regalo. Si se trata de cosas para comer con pan, no se darán a aquél a quien son ofrecidas, sino que serán para la enfermería. Pero si se tratara de golosinas o frutas, se las dará el portero para que pueda comerlas y el resto lo llevará a la enfermería. El portero no podrá comer nada de lo que se ha recibido. Retribuirá al donante con coles, panes o un poco de legumbres.

Aquél a quien se hayan regalado los alimentos de que hemos hablado, los que son traídos por parientes o allegados y que se comen con pan, será llevado por su prepósito a la enfermería y allí comerá de ellos una sola vez. Lo que quede estará a disposición del servidor de los enfermos, pero no para sus necesidades personales.

54. Cuando avisen que está enfermo uno de los parientes o allegados de los hermanos que allí viven, el portero avisará primero al padre del monasterio. Este llamará al prepósito de la casa a que pertenece el hermano, lo interrogará, y juntos pensarán en un hombre de confianza y observancia a toda prueba y lo enviarán con el hermano a visitar al enfermo. (Para el viaje) llevarán la cantidad de víveres que haya dispuesto el jefe de la casa. Si la necesidad los obliga a permanecer más tiempo (de lo previsto) fuera del monasterio y a comer con sus padres y parientes, no consentirán en ello, antes bien, irán a una iglesia o monasterio de la misma fe. Si los parientes o conocidos les preparan u ofrecen alimentos, no los aceptarán o comerán a menos que sean los mismos que se comen habitualmente en el monasterio. No probarán salmuera, ni vino, ni otra cosa fuera de las que están habituados a comer en el monasterio. Cuando hayan aceptado alguna cosa de sus parientes, comerán sólo lo suficiente para el viaje, el resto lo darán a su jefe de casa que lo llevará a la enfermería.

55. Si muere el padre o el hermano de alguno, este no podrá asistir a las exequias a menos que el padre del monasterio se lo permita.

56. Nadie será enviado solo para tratar un asunto fuera del monasterio, sino que se le dará un compañero.

57. Y al regresar al monasterio, si encuentran delante de la puerta a alguno que pide ver a alguien del monasterio conocido suyo, no se permitirán ir en su busca, comunicárselo o llamarlo. Y no podrán contar nada en el monasterio de lo que hayan hecho o visto en el exterior.

58. Cuando se dé la señal de salir a trabajar, el jefe de la casa marchará delante de los hermanos y ninguno se quedará en el monasterio sin que el padre del monasterio se lo haya prescripto. Los que salen para el trabajo no preguntarán a dónde van.

59. Cuando se reúnan todas las casas, el jefe de la primera marchará delante de todos y los demás según el orden de las casas y de los individuos. No hablarán, sino que cada uno meditará luego algún pasaje de la Escritura. Si ocurre que alguien, al encontrarse con los hermanos desea hablar a uno, se adelantará el portero del monasterio que está encargado de ese oficio y le responderá. De él se servirán como intermediario. Si no estuviera allí el portero, el jefe de la casa o algún otro que haya recibido orden para ello, responderá a los que se encuentren con los hermanos.

60. Durante el trabajo los hermanos no proferirán ninguna palabra mundana; meditarán en las cosas santas o, al menos, guardarán silencio.

61. Que nadie tome consigo su manto de lino para ir al trabajo, a menos que el superior se lo haya permitido. En principio, nadie vestirá su manto cuando anda por el monasterio después de la synaxis.

62. Nadie se sentará durante el trabajo sin orden del superior.

63. Si los que guían a los hermanos por el camino tienen necesidad de enviar a alguien para un negocio cualquiera, no lo podrán hacer sin orden del prepósito. Y si el mismo que conduce a los hermanos se ve constreñido a ir a algún sitio, confiará sus obligaciones al que, según el orden, viene después de él.

64. Si los hermanos enviados a trabajar en el exterior del monasterio deben comer fuera de él, un semanero los acompañará para darles los alimentos que no necesitan cocción y para distribuirles el agua, como se hace en el monasterio. Nadie podrá levantarse para sacar y beber agua.

65. Al volver al monasterio (de sus trabajos) lo harán en el orden que les corresponde a cada uno por su rango. Y al retornar a sus casas, los hermanos devolverán los útiles, y su calzado al segundo después del jefe de la casa. Por la tarde éste los llevará a una celda separada donde los guardará.

66. Al terminar la semana, todos los útiles serán llevados y ordenados en una sola casa para que los que toman su turno de semana sepan lo que suministrarán a cada casa.

67. Ningún monje lavará las túnicas y todo lo que compone su ajuar en otro día que no sea el domingo, excepto los marinos53 y los panaderos.

68. No se irá a lavar la ropa si no ha sido dada la orden para todos; seguirán a su prepósito; el lavado se realizará en silencio y ordenadamente.

69. Al lavar la ropa, nadie remangará sus vestidos más de lo permitido. Terminado el lavado, todos regresarán al mismo tiempo. Si alguno está ausente o en el monasterio, dará aviso a su prepósito que enviará con él a otro hermano; una vez que haya lavado sus vestidos, volverá a su casa.

70. Los hermanos recogerán las túnicas a la tarde cuando ya estén secas, y las darán al segundo (es decir, al que sigue en orden al prepósito), quien las remitirá a la ropería. Pero si no están secas, se las tenderá al sol al día siguiente hasta que lo estén. No se las dejará expuestas al rayo del sol más tarde de la tercera hora. Después de haberlas recogido se las ablandará54 ligeramente. No serán guardadas por los hermanos en sus celdas, las entregarán para que estén ordenadas en la ropería hasta el sábado.

71. Nadie tomará legumbres del jardín; las recibirán de manos del jardinero.

72. Nadie recogerá por propia iniciativa las hojas de palmera que sirven para trenzar las cestas; salvo el encargado de las palmeras.

73. Que nadie coma uvas o espigas que no estén todavía maduras, esto por el cuidado de conservar el buen orden en todas las cosas. Y en general, que nadie coma en privado lo que encuentra en los campos o en los huertos, antes de que los productos sean presentados a todos los hermanos juntos.

74. El que cocina no comerá antes que los hermanos.

75. El que tiene a su cuidado las palmeras, no comerá de sus frutos antes que los hayan gustado los hermanos.

76. Los que hayan recibido la orden de cosechar los frutos de las palmeras, recibirán, cada uno de su prepósito, en el lugar mismo del trabajo, algunos frutos para comer, y cuando hayan vuelto al monasterio, recibirán su parte como los demás.

77. Si encuentran frutos caídos de los árboles no tendrán el descaro de comerlos, y los que encuentren en el camino los colocarán al pie de los árboles. El que distribuye los frutos a los trabajadores no podrá comer de ellos. Los llevará al ecónomo que le dará su parte en el momento de la distribución a los demás hermanos.

78. Nadie almacenará comida en su celda, salvo lo que haya recibido del ecónomo.

79. Con respecto a los panecillos que los jefes de casa reciben para darlos a los que no quieren comer en el refectorio común con los hermanos, porque se entregan a una abstinencia más austera, cuidarán los prepósitos de dárselos sin hacer acepción de persona, ni aún con los que parten de viaje. No los colocarán en un lugar común porque entonces cada uno podría servirse cuanto quisiere. Los darán a cada hermano en su celda, respetando el orden y la periodicidad con que quieren comer. Con estos panes, los hermanos no comerán otra cosa que sal.

80. Los alimentos se cocinarán solamente en el monasterio y en la cocina. Si los hermanos salen al exterior, es decir, si van a trabajar en los campos, recibirán legumbres sazonadas con sal y vinagre. En verano estas legumbres serán preparadas en cantidad abundante para que sea suficiente (alimento) en los prolongados trabajos.

81. Nadie tendrá en su casa o en su celda otra cosa que lo que prescribe en general la regla del monasterio. Por lo tanto, los hermanos no tendrán ni túnica de lana, ni manto, ni una piel más suave -la de un cordero que todavía no haya sido esquilado-, ni dinero, ni almohadas de pluma para la cabeza, ni otros efectos. No tendrán sino lo que el padre del monasterio distribuye a los jefes de casa, es decir, dos túnicas, más otra gastada por el uso, un manto suficientemente amplio como para envolver el cuello y la espalda, una piel de cabra que se prenda al costado, calzado, dos cogullas, y un bastón. Todo lo que encuentren además de esto lo suprimirán sin protestar.

82. Nadie tendrá a su uso particular una pincita para quitar de sus pies las espinas que se clave al caminar. Ella está reservada a los jefes de casa y a sus segundos; se la enganchará en la ventana sobre la que se colocan los libros.

83. Si alguno pasa de una casa a otra, no podrá llevar consigo sino lo que más arriba dijimos.

84. Nadie podrá ir a los campos, circular por el monasterio o pasearse fuera de su recinto sin haber pedido y obtenido el permiso del jefe de la casa.

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