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Un viñedo en Napa. Nueve días. Un reencuentro. Un pacto. Mi mejor amigo está convencido de que su boda está gafada, y yo estoy dispuesta a hacer todo lo posible para que salga bien. Pero claro, también va a estar él, Eli Mora, mi ex, ese que destrozó mi corazón y en quien no puedo dejar de pensar después de cinco años. Sobrevivir a esta boda va a ser un reto, pero tengo que hacerlo como sea.
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Seitenzahl: 560
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Para mi yo pasado, por no rendirse, y para mi yo futuro, para que se sienta orgullosa cuando eche la vista atrás.
No me gusta pensar en cómo terminaron lascosas, pero a veces pienso en cómo empezaron: conmigo entrando en casa de otra persona sin llamar. Algo muy típico de mí, porque de pequeña nunca quería volver a mi casa después del cole para no estar sola, ya que mi padre estaba siempre trabajando. Pero, aparte de eso, el comienzo fue un día atípico.
Cuando me permito pensar en ello, veo todo en mi mente como si fuera una película. Lo siento igual que si estuviera sucediendo ahora y no hace trece años, cuando en realidad ocurrió. Mi yo de quince girando el pomo de una casa en la que he estado cientos de veces. Entro sin problema porque, cuando tiene lugar la escena, ya estoy en segundo curso del instituto y entro y salgo de la casa de los Cooper-Kim como si fuera la mía.
Mi mejor amigo, Adam Kim, está en alguna parte, seguramente apestando a sudor después de correr en clase de educación física. Yo me he preocupado de ducharme antes de venir, al menos.
Saludo a Gravy, Pop-Tart y Dave, los tres perros adoptados de Adam, y aguzo el oído al percibir la musiquilla de un videojuego a todo volumen y, por debajo, la voz de dos personas. Los perros me siguen hasta la salita donde Adam tiene la consola. El tintineo de las chapas que cuelgan de sus collares es un sonido tan familiar para mí como el latido de mi corazón.
La casa de Adam es cálida y soleada, ruidosa la mayor parte del tiempo, y siempre huele ligeramente a limón. La primera vez que entré, sentí que algo me golpeaba por dentro. Comprendí lo que era un hogar: algo más que un lugar habitado por dos personas cuyas vidas se cruzan de vez en cuando. Mi casa es silenciosa y no suele haber nadie. No ha cambiado nada desde el día que mi madre se fue, cuando yo tenía tres años, y ahora.
Cuando mi padre y yo logramos coincidir es genial. Me pregunta un montón de cosas y me dice lo buena hija que soy, lo fácil que ha sido todo conmigo, lo orgulloso que está de mis notas y de las extraescolares que hago. Escucha todo lo que digo, sin levantar el móvil que reposa bocabajo en la mesa del comedor y que no deja de vibrar por las notificaciones. Pero, al final, gana el teléfono y me quedo otra vez sola, deseando poder disfrutar de más tiempo con él.
Por eso me he acostumbrado a hacer de la casa de los demás mi hogar, y mi favorita es la de los Cooper-Kim.
Vuelvo al recuerdo. Casi he llegado a la salita de juegos, pero aún no sé quién está con Adam. Espero sinceramente que no sea Jared. Le he dicho mil veces a Adam que ese tío es gilipollas.
Con la intensidad que da ver las cosas en retrospectiva, sé lo que va a ocurrir segundos antes de que pase, de modo que siempre contengo el aliento cuando llego a esta parte... La parte en que doblo la esquina y me doy de morros con un torso ancho. No lleva capas de ropa suficientes que suavicen el golpe.
–Cuidado –susurra alguien por encima de mí. Unas manos cálidas y fuertes me sujetan por los brazos para que no me caiga.
Levanto la cabeza (bastante) hasta llegar al rostro de un chico que mi yo de quince años no conoce de nada.
Y es guapísimo. Alto (obvio) y ancho de hombros, aunque aún no ha desarrollado del todo los músculos de las extremidades. En ese momento no soy consciente del cuerpazo que va a echar, ni de que su fuerte pecho será la almohada perfecta para mí. Se le ensancharán los muslos, marcándosele de tal forma que se me caerá la baba al verlos, y convirtiéndose la base perfecta para sentarme encima.
Pero sus ojos no cambiarán. Seguirán teniendo esa mezcla hipnótica de caramelo y oro rodeado de café intenso, enmarcados por unas pestañas y unas cejas negras a juego con su pelo. Y seguirán cruzándose con los míos igual que en este momento de película: como si saltara un resorte que nos deja enganchados.
–¡Hola! –digo alegremente.
Las comisuras de sus labios tiran hacia arriba y exhiben una boca grande, ideal para albergar las sonrisas de oreja a oreja que no concede así porque sí, como más adelante descubriré. Es propenso a las sonrisas enigmáticas o tímidas y suaves, como la de ahora.
–Ey.
Retrocedo un paso con el corazón acelerado tras el encontronazo, notando el calor que sus manos me han dejado en la piel.
–Perdona, no sabía que Adam tuviera visita –digo.
–¡Eso nunca ha sido un problema para ti, Woodward! –grita Adam sin despegar los ojos de la pantalla.
Pongo los míos en blanco y me giro hacia el desconocido.
–Soy Georgia, la mejor amiga de este imbécil.
–Anda, Georgia, como el estado famoso por sus melocotones –contesta él, levantando un poco el tono al final de la frase.
No es una pregunta, sino una especie de chiste. Me han hecho el mismo comentario un millón de veces y lo odio; pero me gusta la forma en que lo dice él, como si supiera que es una chorrada y quisiera indicarme que no lo dice en serio.
Sonrío. Cuando revivo ese momento, pienso en lo franca, esperanzada y radiante que es la expresión de mi cara.
–Muy bueno. Es la primera vez que me lo dicen.
Entorna los ojos como intentando saber de qué voy. Luego se echa a reír, y tomo nota de lo poco que tarda en hacerlo. Es como si se hubiera creado una especie de complicidad entre los dos.
–No lo dices en serio.
–No –contesto, y me río yo también.
–Entonces, ¿no he sido el primero? –pregunta, fingiendo que está decepcionado.
–Ha habido noventa y ocho antes que tú... Pero tranquilo, que el noventa y nueve es el número de la buena suerte –respondo sin dudar, y él sonríe de oreja a oreja–. ¿Quieres que te llame por el número, o tienes nombre?
–Se llama Eli... Cabronazo –grita Adam.
Aparto la vista del desconocido, que después descubriré que se llama Eli Joseph Mora, y miro a mi amigo, que me saca la lengua sin dejar de sobar el mando de la consola. A su lado hay otro mando y una bolsa de Doritos vacía.
Cuando vuelvo a mirar a Eli, nuestros ojos se encuentran. Lo noto en el pecho, tanto en el momento del recuerdo como ahora. Cada vez que me permito repasar aquel primer día, siento deseos de escapar de allí y de quedarme a vivir en él a partes iguales.
Mi yo de quince años sonríe al Eli de quince años.
–Eh, Eli, espero que no seas tú el cabronazo.
–No que yo sepa –dice él.
Una chispa de diversión y algo más le ilumina los ojos, me traspasa y se cuela en mi interior. Permanecerá allí dentro durante años, mientras superamos la fase de «conocidos» para atravesar las de «amigos» y «mejores amigos», y no prenderá hasta nuestro primer año en la Universidad Politécnica Estatal de California, después de dos años en otro centro preparando el acceso.
–¿Y quién eres? Aparte de un desconocido hasta... –miro el reloj, uno de la marca Fossil que me he comprado con el dinero que me dio mi padre en Navidad porque no quería equivocarse de modelo– hace tres minutos.
–Supongo que soy el chico nuevo. –Frunce la nariz y me doy cuenta de que se le ha quemado con el sol–. Acabo de llegar desde Denver. Empecé en Glenlake hace dos días.
No me lo dice en ese momento, pero después me contará que sus padres lo mandaron junto a sus dos hermanas pequeñas a casa de su tía en Glenlake, una ciudad pequeña del condado de Marin, al norte de San Francisco. Su padre, agente hipotecario, se quedó en paro cuando estalló la crisis, y su situación económica se deterioró tanto que perdieron su casa. Así que, a los quince, Eli dormía en un sofá cama en la sala de estar de su tía. Años después, cuando nos compramos nuestra primera cama, insistí hasta convencerle de que eligiera una digna de un rey.
Por primera vez, me fijo en la forma en que levanta los hombros, como si esperase que yo le pregunte algo. Ese día no me revela ninguno de sus secretos más íntimos, pero terminará confiándome muchos de ellos antes de que empecemos a ocultarnos el uno del otro.
–¿Y ya has caído ya en las garras de Adam? –pregunto–. No veas si te das prisa, Kim.
Adam sonríe, pero no nos mira siquiera.
Eli se gira para mirar por encima del hombro a su nuevo amigo y luego se vuelve hacia mí, frotándose la nuca.
–Sí, creo que me ha adoptado un poco.
–Así es Adam –contesto yo, recordando el día que nos conocimos Adam y yo, nada más empezar la secundaria.
Fue justo un mes después de que mis mejores amigas de los tres años anteriores, Heather Russo y Mya Brogan, pasaran de mí olímpicamente. A mitad de curso, las que creía que serían mis amigas para toda la vida decidieron de pronto que yo era demasiado dependiente. Se cansaron de oírme proponer todo el rato que fuéramos a casa de alguna de ellas y les dio por decir que los arrebatos emocionales que me daban de vez en cuando eran un rollo.
Al final, Adam me salvó de la soledad. No me extraña nada que también haya salvado a Eli, aunque todavía no soy consciente de lo solo que se siente él también, ni de que la casa de Adam se convertirá en un hogar para él, igual que lo es para mí.
–Muy bien, Eli –continúo mientras lo miro de arriba abajo. Lleva unas Nike gastadas, pantalones cortos de deporte y una camiseta rota por el cuello. Atisbo una pizca de la piel dorada que le recubre la clavícula, el brillo de una fina cadena de oro–. Entonces, yo también te adopto un poco.
Me recorre el rostro con la mirada.
–Me parece bien, en vista de que ya tengo un apodo para ti, y eso.
–¿También tienes apodo para Adam?
–Slim Kim –responde automáticamente. Me río mientras el aludido resopla. A sus quince años, está muy flaco; solo se le ven los codos y las rodillas–. Aunque todavía está en periodo de prueba.
El apodo sufrirá modificaciones con los años: Slim Kim, SK, Kiz o Kizzy. También seré testigo de cómo Eli ensaya distintas versiones de apodo para otros amigos, pero el mío será siempre Melocotón. Cuando le pregunte por qué, me dirá que porque supo desde el principio lo que era para él: dulce y suave como un melocotón.
Echo un vistazo a Adam.
–No puedo creer lo que estoy a punto de decir... Pero me da que en esto del apodo he ganado yo.
Me alegra ver la gran sonrisa de Eli. La sensación de que estoy empezando a conocer a una persona a la que me aferraré con el tiempo me resulta tan agradable que es casi adictiva.
Adam me sonríe por encima del hombro de Eli, y sé que él también lo siente: los tres vamos a ser amigos. Algo especial.
Años después, Eli me dirá que se enamoró de mí en ese momento, y siempre lo veo en este recuerdo de película: veo la insistencia con la que nuestros ojos se buscan, lo roja que se le pone la oreja cuando me siento a su lado en el sofá minutos después, la forma en que posa la mirada en mí cuando Adam y yo nos peleamos por el mando de la tele, el rebote constante de su rodilla, la preciosa y tímida sonrisa que me dirige mientras cenamos pizza ese mismo día...
Eli guardará esa chispa en su interior durante años, hasta que escape y se convierta en un incendio.
Que nos consumirá a los dos.
Trece años después
Esta boda está gafada
–Ya estamos otra vez –murmuro.
Para alguien que no lo conozca, este mensaje puede parecer una broma o el comienzo de una de esas cadenas de correos electrónicos con las que engañaban a nuestros padres para que enviaran un correo a veinte de sus contactos más cercanos si no querían que la mala suerte se cebara con ellos y las generaciones venideras.
En realidad, es la cantinela que lleva repitiendo Adam ocho meses. Adam es el hermano que nunca tuve, y es un verdadero honor estar a su lado en la organización de su boda. Pero, si en el primer curso de secundaria hubiera sabido que tendría que sortear cuarenta y siete mensajes diarios de mi mejor –y cada vez más histérico– amigo, me lo habría pensado dos veces antes de decirle que me gustaba la camiseta de Hannah Montana que llevaba puesta el día que nos conocimos.
Mi sentido arácnido me advierte de la gravedad de este mensaje. No está escrito con mayúsculas, ni va acompañado de una serie de GIF caóticos (mi reino por alguno en el que no aparezca Michael Scott). No sé qué habrá sucedido ahora, pero puede que sea una emergencia de verdad.
Claro que faltan solo diez días para la boda. A estas alturas, cualquier cosa que no sea objetivamente estupenda es un desastre.
Agarro el móvil que tengo sobre el escritorio y escribo:
Cuánto va a costar?
Al segundo emerge un bocadillo, desaparece, vuelve a aparecer y desaparece de nuevo.
Buena señal.
Son casi las cuatro de la tarde del miércoles, el día antes de que empiece la semana de vacaciones que me he cogido para ayudar con los preparativos de la boda, y aún tengo media página de asuntos sin tachar en la lista de pendientes, además de un email para mi jefa con la explicación detallada de cómo dejo las cosas por si necesita algo los días que voy a estar fuera. Pero no puedo dejar colgado a Adam cuando más me necesita. ¿Qué clase de madrina sería?
No mucho mejor que el padrino, al que prácticamente no hemos visto el pelo, se apresura a soltar alguien en mi cabeza. Aplasto el pensamiento. No me ha importado hacer la mayoría de las cosas que hacen los padrinos; ha sido un regalo llovido del cielo por muchos motivos. Qué típico de él...
Encuentro mi mirada en la pantalla del ordenador, y distingo el mensaje que me deja la inclinación de mis cejas: Cierra. La. Boca. Prefiero pensar en males de ojo que en algo que pueda tener mínimamente que ver con Eli Mora.
Que no es yo crea en el mal de ojo. Para nada.
Solo que... en lo más hondo de mi ser, me preocupa que un aura maligna esté envolviendo a Adam desde que le pidió en Nochevieja a su novia, Grace Song, que se casara con él. La planificación se ha convertido en una comedia de enredo que había ido escalando desde el nivel «cagada» al nivel «me cago en la puta»: la tienda de vestidos de novia se equivocó al encargar el modelo, la imprenta escribió mal los nombres en las invitaciones no una, sino dos veces... Y lo que casi me hizo creer en las maldiciones: el organizador de la boda los dejó colgados hace tres meses porque su perra bernedoodle ha alcanzado tantos seguidores que gana el triple haciendo de community manager canino.
Para Adam, una persona hiperactiva en condiciones normales, la situación es una prueba de fuego constante para su cordura. De hecho, es angustiosa incluso para Grace, una chica tranquila hasta decir basta, el complemento emocional perfecto para Adam.
Claro que a ella le habría parecido bien fugarse y casarse sin decir nada a nadie. Es probable que cada nuevo desastre esté sirviendo para reafirmar sus ganas de largarse a Las Vegas.
Los mensajes de Adam llegan en cascada:
Georgia
El puto DJ
SE HA ROTO LA CADERA
BAILANDO EN LÍNEA EN UNA DESPEDIDA DE SOLTERA
EN NASHVILLE
Qué he hecho yo en mis 28 años en este puto mundo para que me pase esto
Empiezo a escribir, pero se me adelanta.
Era una pregunta retórica, Woodward.
NO CONTESTES
Claramente Adam está modo pánico, así que me pongo en modo solucionador. Es precisamente la razón por la que me ha elegido: sabe que me haré cargo de la situación sin dudarlo.
Escribo rápidamente:
Respira hondo. Aún no está todo perdido, no? Es un problema, pero no es irremediable. Haremos una lista nueva.
Nuevos puntitos catastrofistas brotan en la pantalla. Espero. Otra vez.
Ojalá pudiera decir que me he metido de cabeza en este follón por puro altruismo; pero, en los tres meses que llevo de vuelta aquí, después de pasarme seis trabajando en Seattle, puedo contar con los dedos de una mano las veces que he visto a Adam. Y todas por algo relacionado con la boda. Esta ha sido la única manera de mantener el contacto con él.
De momento, al menos.
He de decir que me gusta hacer listas. Comprendí la magia que escondían hace mucho tiempo: su capacidad para racionalizar tareas y expectativas, necesidades y emociones. Su capacidad para transformar algo caótico y descontrolado en algo manejable. Las listas me han servido para hacer frente a todo desde que era pequeña. Me relajan la mente y ordenan mis sentimientos, y me ayudan a poner las cosas en su sitio. Lo que impide que pierda los papeles.
Lo único que me descoloca es que no haya una lista capaz de ayudarme a digerir la triste realidad: que, desde hace algún tiempo, mis amigos más cercanos avanzan por la vida a toda velocidad, atravesando fases en las que yo aún no estoy. Enamorarse, vivir en pareja, construir círculos sociales con otras parejas felices... Lo cual me convierte en la sujetavelas del resto, algo de lo que huyo tanto como de ir a Ikea un sábado por la tarde. La cosa se ha acentuado después del tiempo que he pasado en Seattle, y no hay lista que valga para esto.
No es que esperase un fiestón de bienvenida ni nada, pero sí que, a mi vuelta, mis personas favoritas siguieran viviendo en la misma ciudad. Y, en vez de eso, me he encontrado un paisaje totalmente distinto: Adam y Grace han dejado su apartamento en Inner Richmond, a seis manzanas del mío, para mudarse a Glenlake. Jamie Rothenberg, mi otra mejor amiga y compañera de piso desde hace cinco años, se enamoró mientras yo estaba fuera y se fue a vivir con su novia a un bungaló en Oakland justo antes de mi vuelta.
Pero no pasa nada, en serio.
Vale, sí, llevo fatal lo de estar sola, una sensación que me ha acompañado desde que tuve edad suficiente para saber lo que era (en la guardería, antes de las vacaciones, cuando mi padre no llegó a tiempo a mi concierto y le canté mi solo a nuestro vecino, que fue en su lugar). Y sí, noto cómo la soledad se acurruca a mi lado por la noche en el apartamento donde antes resonaban las carcajadas ruidosas de Jamie, en vez de las reposiciones de New Girl que me pongo con temporizador para quedarme dormida. Ver a dos de mis mejores amigos encontrar la clase de amor que yo creí haber encontrado hace tiempo es deprimente, de acuerdo. Igual que estar metida hasta el cuello en los preparativos de la boda de mi mejor amigo, sabiendo que dentro de diez días tendré que estar al lado de...
Vibra el móvil. Me pego un susto y aparto de un manotazo ese inoportuno pensamiento para concentrarme en el mensaje de Adam.
Puedes ayudarme a hacer una lista de música que no sea una mierda?
Eso se merece un audio: «¿Que si puedo hacer una lista? ¿En serio me lo dices?».
Siento un chute de serotonina que espanta la soledad, como todas las otras veces que Adam me ha llamado en busca de apoyo.
Y qué vas a hacer después de la boda, ¿eh?, dice una vocecilla en mi cabeza. Pero la silencio sin contemplaciones, igual que hago con todas las ideas que me dan dolor de cabeza.
El siguiente mensaje de Adam llega al mismo tiempo que suena una notificación de Teams en el ordenador. Giro la cabeza instintivamente y la coleta me da en la mejilla.
Nia Osman: Tienes 5 minutos?
Adam y mi jefa quieren que juegue al tira y afloja con mi tendencia a agradar a todo el mundo..., pero la que me paga todos los meses es ella. Así que escribo a Adam:
Nia me llama. Inspira hondo, ponte la app para relajarte. Ahora mismo seguimos con el tema del DJ cojo.
Mi teléfono lanza dos pitiditos, pero no hago caso y pido disculpas mentalmente a Adam mientras salgo al pasillo de un blanco resplandeciente y recorro la breve distancia que me separa del despacho de Nia.
–¡Georgia! –me llama alguien cuando estoy casi en la puerta.
Al girarme, veo que se dirige hacia mí Shay, la ingeniera que le hemos robado hace poco a nuestro mayor competidor.
–¡Hola! –respondo mientras me fijo en su amplia sonrisa. Una estrella de oro aparece de repente en mi diagrama mental; en alguna parte, un ángel de los recursos humanos recibe sus alas–. ¿Qué tal?
–Genial. Estoy encantada con mi equipo y con mi jefa y... –Se ríe con timidez mientras se sujeta un mechón rubio detrás de la oreja–. La verdad es que sería más rápido decir lo que no me gusta. –Abre mucho los ojos verdes–. ¡Porque no hay nada!
Sonrío sintiendo el familiar chute de endorfinas que me da comprobar que hemos contratado a la persona ideal para el puesto. Me encanta mi trabajo. Llevo aquí casi cinco años, y nada más hacer la entrevista con Nia, supe que había encontrado mi sitio. Ahora, yo hago lo mismo con las personas que contratamos.
–Y a mí me encanta oírlo –contesto y, señalando el despacho de Nia, añado–: Tengo un poco de prisa, pero podemos comer un día cuando estés más familiarizada con esto, ¿te parece?
–Perfecto –dice Shay mientras se aleja.
Nia está sentada en su elegante mesa blanca cuando entro, la barbilla apoyada en la mano. Detrás de ella, unos amplios ventanales dejan ver Chinatown y North Beach, y detrás, el Golden Gate atraviesa la bahía bañada por el sol.
–¿Otra empleada satisfecha? –pregunta, enarcando una ceja negra por encima de sus gafas de gruesa montura roja.
Me dejo caer en la silla acrílica que hay delante de su mesa y me froto las uñas en el hombro.
–Georgia Woodward sigue en racha.
Nia sonríe, pero el gesto desaparece mientras se quita las gafas.
–Oye...
Siento un vacío en el estómago. ¿He hecho algo mal? Si bien no puedo decir lo mismo de mi vida personal, la vuelta a mi puesto ha ido de maravilla. Soy buena en mi trabajo. Casi nunca me equivoco y, cuando lo hago, lo admito. No vuelvo a repetir el error, me aseguro de ello, porque tengo una lista de Errores Que No Hay Que Repetir que consulto con frecuencia.
Veo mentalmente el primer elemento de la lista: aquellos quince meses que pasé en Nueva York nada más terminar la universidad, el contrato de alquiler con dos firmas temblorosas por la emoción. Aquellos cálidos ojos castaños que se cruzaron con los míos para tranquilizarme, llenos de felicidad y amor...
No. No, no, no.
Dirijo la atención hacia Nia y no veo su cara de «la has cagado». No es una buena cara, pero me parece que no es por algo que haya hecho yo.
–Ay, Dios. ¿Te vas? –pregunto sin poder controlarme. No es solo mi jefa, sino también mi mentora, la clase de jefaza de recursos humanos en la que aspiro a convertirme algún día.
–No, no me voy. Y antes de que lo preguntes, no has hecho nada mal. Quiero que... –Hace una breve pausa y separa los brazos. Las gruesas pulseras de oro que lleva en cada muñeca tintinean alegremente cuando retoma la frase–. Que entiendas bien lo que voy a decirte.
Me seco las palmas sudorosas en el pantalón.
–Ajá.
–La oficina de Seattle está creciendo muchísimo. Sé que te consta, dado que has sido la responsable de contratar, por lo menos, a la mitad de la plantilla.
Asiento con la cabeza, notando que la garganta se me cierra por la ansiedad.
–Arjun, nuestro CEO, quiere que Seattle pase a ser la central y convertir la de San Francisco en una oficina satélite. Esto tiene implicaciones financieras en el nivel estatal con las que no quiero aburrirte, pero la compañía está llevando a cabo una reestructuración estratégica de la plantilla –se reclina en el sillón y tuerce la boca–. Tú has dirigido la creación del equipo de Seattle de maravilla, y antes ya lo hiciste de miedo durante mi baja de maternidad.
– Ajá –repito a duras penas.
–El director de contratación de la oficina de Seattle dejó el trabajo hace un par de semanas –continúa, y esta vez clava sus ojos oscuros y penetrantes en mí–. Quieren cubrir el puesto internamente y eliminar la gerencia de recursos humanos de esta oficina.
Me siento como si me pusiera delante un puzle de mil piezas y me diera cinco segundos para hacerlo.
–La geren... Ese es mi puesto.
–Al parecer, lo has hecho tan bien que te apartan de mí, Georgia. Es un ascenso. Liderarás tu propio equipo. –Hace una pausa–. Pero el ascenso es en Seattle.
Me quedo de piedra.
Seattle no es San Francisco. Seattle está en Washington, a mil trescientos kilómetros de aquí. El área de la Bahía de San Francisco y yo somos almas gemelas: nací y me crie aquí. Mi apartamento está aquí, mis amigos están aquí, y también mi padre, aunque apenas lo veo gracias a su dedicación, desde hace más de treinta años, por su trabajo de abogado de oficio. Pero me gusta estar cerca cuando me necesita; desde el día que mi madre decidió que la maternidad le quedaba grande, siempre hemos sido los dos. Cuenta conmigo, a su manera.
La cuestión es que todos mis puntos de contacto están en esta ciudad. Mi vida está aquí... Una vida para la que los seis meses que pasé en Seattle han supuesto un duro golpe. ¿Qué sucederá si me mudo de forma permanente? ¿Volveré a ver a Adam y a Jamie, o los perderé con el tiempo, la distancia y la felicidad conyugal, como les ocurre a tantas amistades adultas?
–¿Y si no acepto?
La mirada de mi jefa se suaviza en un gesto de disculpa.
–No va a crearse ningún puesto aquí. No podría mantenerte.
Mi relación con Nia es lo bastante cercana para poder hablarle con sinceridad, al menos sobre mis preocupaciones con el tema laboral.
–¿De verdad crees que puedo dirigir a mi propio equipo?
Me echa una mirada asesina.
–Georgia, ya lo has hecho.
Sabe que me refiero a hacerlo indefinidamente, no de manera temporal. Pero dejo que la idea cale en mí de todos modos, recordando la ansiedad que sentí cuando la sustituí durante su baja de maternidad, y que se desvaneció cuando, al cabo de unas semanas, Arjun me felicitó por el trabajo que estaba haciendo; la oportunidad que supuso para mí dirigir el proceso de selección para la oficina de Seattle, y la sensación del trabajo bien hecho que me invadió cuando abandoné la oficina, dejando un equipo con un brillante futuro; la inquietud que siento desde que volví, después de pasarme más de un año dándolo todo y disfrutando de cada momento... Los últimos tres meses han sido como reducir la velocidad a noventa por hora después de un buen rato yendo a ciento sesenta.
Nia debe de notarlo en mi cara, porque se inclina hacia delante para darme la puntilla y apoya los codos en la mesa.
–Llevo trabajando contigo casi cinco años. Eres la mejor empleada que he tenido nunca, y no exagero.
–Antes muerta que exagerar.
–Exacto –responde, curvando los labios pintados de color vino–. Este traslado es la recompensa de tu esfuerzo. Te lo mereces, Georgia. Ahora solo te queda decidir si lo quieres o no.
El pánico y la angustia desaparecen y en su lugar brota un sentimiento adictivo: el placer. Mi reacción a las alabanzas es pavloviana; cuando recibo un estímulo, quiero más. Nia me lo está sirviendo en bandeja de plata.
Quieren que vuelva a Seattle de forma permanente. Pero lo hacen porque soy la leche de buena. Porque lo he hecho que te cagas. Porque me necesitan.
Me cuesta tragar el nudo de ansiedad y orgullo que se me ha formado en la garganta.
–Eso es mucho, viniendo de ti.
Me sonríe con calidez, pero a continuación se endereza y adopta una actitud profesional.
–Sé que vas a tomarte unos días libres para ayudar a tu mejor amigo a organizar su boda, y siento mucho haber tenido que soltarte esta bomba el mismo día que te vas. Pero necesitan saber si aceptas a principios de septiembre; por eso he tenido que decírtelo.
–Eso es... dentro de tres semanas –digo casi sin voz.
Ella asiente con la cabeza.
–Piénsalo mientras estés fuera. Haz una de tus listas para sopesar los pros y los contras y luego vete de boda y pásatelo bien. Ya me dirás a tu vuelta lo que has decidido.
Genial, sí. ¿Pero quién me va a decir a mí lo que tengo que decidir?
Durante el tiempo que estuve viviendo en Seattle, desarrollé una costumbre al llegar a casa, y jamás se me pasó por la cabeza que tuviera que mantenerla a mi vuelta a San Francisco. Pero ahora que Jamie no está, lo hago todas las noches: enciendo la luz del pasillo nada más entrar, y después la de la cocina y las del salón. También enciendo la tele antes de quitarme los auriculares en los que voy escuchando música a toda caña.
Fue Grace quien me presentó a Jamie hace cinco años, cuando volví de Nueva York, y nunca se lo podré agradecer lo suficiente. Jamie me hizo el infinito favor de alquilarme una habitación de su apartamento sin pensárselo y de convertirse en mi mejor amiga, algo que necesitaba más que nada. Echo de menos verla salir de su habitación dando tumbos, después de todo el día trabajando (es diseñadora gráfica freelance), para recibirme a la puerta con la energía de un golden retriever.
La casa está muy vacía sin ella. Ojalá se encontrara aquí esta noche... Pero está al otro lado de la bahía, en una cena organizada por el despacho de abogados de Blake. Repaso mis otras opciones de compañía: lo más probable es que Adam siga dentro de su espiral catastrofista, y no quiero acudir a mis amistades más superficiales para que me ayuden a digerir la bomba que me ha soltado Nia.
A veces, siento que ser adulta consiste en repasar los contactos del móvil para ver cuál de tus amigos tiene tiempo para hacerte caso en un momento de crisis, y darte cuenta de que no hay ninguno.
Menos mal que estoy acostumbrada a lidiar yo sola con mis desastres. Me tiro en el sofá gris que dejó Jamie (con la forma de su culo en el asiento del centro) y abro la app de notas para empezar a hacer la lista de pros y contras.
Al cabo de diez minutos tengo esto:
1. Vuelvo a Seattle (pro/contra ¿?)2. Para quedarme allí (contra)3. Si no me voy, me quedo en paro (CONTRA)4. Si me voy, lo más seguro es que mis amigos se olviden de mí (no hace falta decirlo siquiera)
Joder, no puedo irme a Seattle.
Sin embargo, según lo pienso, me acuerdo de mi estancia allí. Mi miedo inicial a que las primeras semanas se convirtieran en un pozo de soledad dio paso a una sucesión de salidas a bares y excursiones de fin de semana con compañeros que llegaron a ser mis amigos. Todo era tan verde, tan calmado en comparación con San Francisco o con el zumbido constante de Nueva York... Durante ese tiempo, se apaciguó la vibración que siempre he sentido en mi interior. Seattle me gustó tanto que les dije a Adam y a Jamie que tenían que ir a verme, aunque nunca llegaron a hacerlo.
Creo que estaba tan entusiasmada con la ciudad porque sabía que, al cabo de un tiempo, volvería a casa. Pero ahora que San Francisco ya no me parece mi casa, ¿cómo puedo saber dónde está mi sitio?
Empiezo a notar la angustia en la garganta, una especie de eco que me retumba por dentro como...
Espera, no. Es el móvil, que vibra debajo de mi culo. Lo saco y veo que Adam me está llamando a través de FaceTime.
Cierto, tenemos pendiente la cagada del DJ... O, lo que es lo mismo, un problema que sí puedo solucionar.
La determinación de ayudar sustituye al pánico. Con todo lo que me está pasando, no puedo concentrarme en tomar una decisión que me va a cambiar la vida, lo que significa que puedo dejar lo de Seattle a un lado hasta después de la boda. Ahora mismo, Adam me necesita.
Me incorporo en el sofá, enciendo la lámpara y me limpio debajo de los ojos antes de aceptar la llamada.
–¡Hola! –saludo alegremente.
El pelo revuelto de Adam es el preludio de la crisis inminente. Tiene ojeras bajo los ojos color avellana, pero veo el alivio que relaja su rostro moreno y pecoso cuando nuestros ojos se encuentran.
–¡Hola! ¿Estás ocupada?
–Para nada –respondo, y mi voz hace eco en el apartamento vacío–. ¿Cómo vamos?
Adam se frota la mandíbula.
–Fatal, pero un poquito mejor que hace un rato.
Grace aparece en la pantalla, apoya la barbilla en el hombro de Adam y se aparta de la cara exhausta un mechón de pelo negro, tan brillante como un anuncio de Pantene.
–Hola, Gracie –digo con cariño–. Esta noche me pongo a hacer una lista para solucionar el tema DJ. Ya verás como encontramos alguien que pinche cañonazos.
–Muchas gracias –responde con los ojos llorosos, algo inusual en ella, mientras Adam la estrecha–. Vale, vale, no pienso llorar por culpa de un DJ, lo juro.
–Puedes llorar por culpa de un DJ. Yo ya he llorado lo mío, créeme.
Eso le arranca una risa llorosa. Adam me mira con agradecimiento y dice:
–Si alguien debería llorar por culpa de un DJ, soy yo. Sabéis que tardé meses en encontrar a Stevie.
–Lo sé –respondo, comprensiva. Mi amigo es supermeticuloso con las listas de Spotify. La música de su boda tiene que ser buena, y no es negociable–. ¿Cómo van las cosas?
Adam suspira.
–Un amigo del hermano de Grace conoce a un DJ que a lo mejor puede venir. Tenemos una llamada por Zoom con él mañana al mediodía, pero tú haz la lista por si acaso.
–Estoy con ella, mira –toco la pantalla del móvil con el dedo como le tocaría en el pecho si estuviéramos en la misma habitación–. Esto está solucionado.
Se pasa la mano por la mandíbula de nuevo.
–Lo otro que queríamos decirte es que necesitamos que nos hagas dos favores.
–Lo que sea –respondo.
–Mis abuelos llegan mañana en avión desde Dallas y se suponía que iba a ir a buscarlos. ¿Crees que podrías...?
Levanto la mano.
–Yo me ocupo. Adoro a tus abuelos, así que en realidad el favor me lo haces tú a mí.
–Vale –contesta, y me mira con expresión cautelosa–. Y antes de pedirte el otro favor, quiero que hablemos de Eli.
Tardo unos segundos en digerir el cambio de tema.
–Ajá –digo, con una calma que he ido perfeccionando en estos últimos cinco años.
Lo entiendo, como es lógico. Tenemos que hablar de Eli porque es el otro mejor amigo de Adam desde nuestro segundo año de instituto y también va a ser su padrino en la boda, acontecimiento que está cada vez más cerca. Llevo semanas mirando en el calendario la entrada que dice «Llega E» con una sensación de fatalidad.
Ya solo me queda un día. Eli llega de Nueva York mañana.
Pero, como en cualquier asunto en el que tenga algo que ver Eli, el sentido común salta por la ventana haciéndome una peineta. Es la última persona de la que quiero hablar. Vale que es el mejor amigo de Adam, pero también lo ha sido todo para mí: un desconocido el día que llegó a nuestras vidas hace trece años. Un amigo. Mi mejor amigo. Mi novio en la universidad y la pareja con quien estuve viviendo cuando me pidió que me mudara con él a Nueva York. Y de pronto, quince meses después, un absoluto desconocido de nuevo.
Tengo una lista sobre Eli Mora de varias páginas, pero Adam no lo sabe porque él cree que Eli y yo hemos encontrado la manera de volver a ser amigos después de la ruptura más cataclísmica de nuestra vida.
Es lo que le hemos hecho creer.
Eli y yo no lo hemos hablado de forma explícita, pero nuestra prioridad siempre ha sido proteger a Adam. Alcanzamos un acuerdo tácito sobre cómo serían las cosas entre nosotros con el fin de conservar la amistad de los tres, y la primera vez que nos vimos, al año de haberlo dejado, nos comportamos como si hubiéramos establecido una lista de normas de mutuo acuerdo.
En momentos de debilidad, se me ocurre que es una mierda que nos conociéramos tan bien, hasta la médula, antes de ser pareja. Y pienso en lo desgarrador que es utilizar esa conexión que en tiempos nos permitía hablar sin pronunciar una palabra, estando cada uno en una punta de la habitación, para comportarnos de una manera tan aséptica ahora. Como dos extraños tratando de olvidar que se han visto desnudos en todas las facetas importantes de la vida, en todas las situaciones que te pueden destrozar por dentro.
Pero después de cinco años y un montón de práctica, mis momentos de debilidad son cada vez más escasos. La lejanía de Eli lo hace más fácil, claro.
Ayuda también que Adam siempre se haya cuidado de no tomar parte en la pelea. Solo una vez, cuando me ayudó a mudarme al piso de Jamie, me preguntó con cara seria si estaba bien y, después, si estábamos bien los dos. Por un segundo, sentí que se me cortaba la respiración. Cuando Eli y yo nos hicimos pareja, resultó fácil decirle a Adam que nada se interpondría entre los tres; cualquier otra cosa que no fuera «juntos para siempre» era inconcebible, algo que jamás nos pasaría.
Me dolió mucho verlo tan preocupado porque hubiéramos roto nuestra promesa, y me aterró pensar en lo que ocurriría si dejaba que se notara por fuera lo destrozada que estaba por dentro. Adam jamás había dado señales de que pensara distanciarse de mí; pero, tras la desaparición de mi madre y las amistades efímeras de mi niñez, yo sabía que esas cosas podían pasar en cualquier momento y por motivos mucho menos importantes.
Le aseguré que estábamos bien y, después, cada vez que rozaba mínimamente el asunto, siempre le repetía lo mismo: «No pasa nada».
Y es verdad. Pero no quiero hablar de Eli. Ya es bastante malo tener que verlo.
Carraspeo antes de hablar.
–Muy bien. ¿Piensas dejarme con la intriga, o...?
–Escucha... –empieza a hablar. Pero no tiene la voz de aquella vez en el apartamento de Jamie, y tampoco es su tono neutro. Mierda, pienso.
Grace se levanta.
–Me han entrado muchas ganas de ver otra vez la escena de la mano en Orgullo y Prejuicio. Os dejo. Mañana nos vemos, Georgia.
Le lanzo un beso y vuelvo a Adam, que se gira a mirar a su prometida con ojitos llenos de corazones.
–Se va a dormir.
Me encanta que esté enamorado, pero a veces ver a Adam tan blandito es como observar a un alien de tamaño natural.
–Sí, adorable, pero centrémonos.
–Ah, sí, es verdad. –Suspira–. Es solo que... a veces me pregunto si de verdad estáis bien Eli y tú.
Mi ansiedad llega al nivel máximo en el silencio que se produce a continuación.
–Como no te expliques un poco mejor...
–¿Te acuerdas del año pasado, cuando Nick y Miriam se casaron?
El corazón me da un vuelco al oírle mencionar la boda que celebraron aquellos amigos del instituto en el lago Tahoe. Puede que esté hecha polvo por dentro, pero se me da de perlas ocultarlo.
Menos cuando no me sale.
La verdad es que me sorprendió mucho que apareciera Eli, porque en estos cinco años han sido más las cosas que se ha perdido que a las que ha acudido. Y aún me sorprendió más enterarme de que iba a ir con alguien... Que por mí bien, no había ningún problema, porque yo también iba a ir con un tío con el que llevaba saliendo la maratoniana temporada de tres meses. Acababa de mudarse a Los Ángeles, pero iba a volver para el puente.
Solo que resultó que mi supuesto novio no tenía muy desarrollado el concepto de la permanencia. Volvió con su ex a las dos semanas de mudarse y se le olvidó que yo estaba en San Francisco. De modo que fui sola a Tahoe.
La deserción de mi acompañante arruinó mi plan a prueba de bombas para sobrevivir a aquel fin de semana. Sabía que Eli y yo mantendríamos las distancias, pero, hasta ese momento, ni él ni yo habíamos ido acompañados a ningún evento en el que fuéramos a coincidir. Ya antes de estar juntos, yo no solía incluir a ningún ligue en nuestro grupito de tres. Nadie merecía tanto la pena como para alterar nuestra dinámica, y siempre que yo llevaba a algún chico pasaba lo mismo: Adam se volvía tan amable que casi era pesado, y Eli se quedaba callado todo el rato. Me daba la sensación de que a él le ocurría algo parecido, porque, aunque a veces me enteraba de que se había enrollado con alguien, nunca traía a ninguna chica al grupo. A lo largo de toda nuestra relación –aquella amistad que desembocó en amor y luego se disolvió en la nada–, jamás habíamos dejado entrar a nadie en nuestra burbuja.
La boda de Nick y Miriam reventó definitivamente esa burbuja, y yo no tenía a nadie que me ayudara a amortiguar el golpe.
Ninguna barricada humana podría haberme protegido de la experiencia de coexistir con Eli mientras él estaba con otra mujer; pero la guinda del pastel fue su expresión de sorpresa al darse cuenta de que yo no estaba acompañada. Aparté la mirada para no ver su lástima y me pasé toda la noche infringiendo mis propias normas. Conseguí disimular delante de la gente, pero me pasé el resto del tiempo bebiendo para olvidar y llorando en el cuarto de baño.
A Eli le sentó mal la comida y se marchó antes de que terminara la fiesta. Apenas nos dirigimos la palabra en toda la noche delante de los demás. Otra regla que incumplimos, esta de manera flagrante.
No vi a Eli al día siguiente. Adam me contó que había salido temprano para no perder su vuelo, y unas semanas después dejó caer que ya no estaba con la chica que había llevado a la boda. Por lo visto, su trabajo se había interpuesto entre ellos. Me costó lo mío no reírme o gritar. El trabajo se había interpuesto en todas las relaciones de Eli, en la nuestra más que en ninguna.
–Fue una noche muy rara –dice Adam, irrumpiendo en mis pensamientos–. Las otras veces que nos hemos visto todos, Eli y tú os habéis llevado bien, pero ese día... no fue así. Me pregunto si no habríais exagerado lo bien que estabais, y esa noche os comportasteis como os sentís en realidad.
–Adam, a Eli le sentó mal el salmón y yo me emborraché, eso es todo.
–Grace te vio llorando.
El corazón me da un vuelco.
–Lloraba porque... me habían engañado.
–Nunca me creí del todo que te gustara aquel gilipollas. Además, se llamaba Julian. Ya sabes mi teoría sobre los nombres que empiezan por jota.
Me froto la sien en un intento de calmar el dolor de cabeza que se me está formando.
–Sí, sí, sé que la gente cuyo nombre empieza por jota nunca es de fiar. Y sí que me gustaba –replico.
Más o menos.
Nos quedamos callados hasta que Adam rompe el silencio.
–Dejé de preguntaros a los dos por los detalles de vuestra ruptura porque, cada vez que sacaba el tema, le quitabais importancia y decíais que no pasaba nada, que estabais bien, y yo lo respeté. Lo respeto. –Veo las arruguitas en las comisuras de sus ojos; parece preocupado y escéptico–. ¿Estáis bien de verdad? ¿O habéis estado fingiendo?
Dirijo la mirada hacia el cuadrito de FaceTime en el que aparece mi cara para comprobar mi expresión. Es falsa, y necesito que siga siendo así. Lo que me pasó con Eli es lo peor que me ha pasado nunca, emocionalmente hablando. Nunca he querido cargar a Adam con ello. Dejarle vislumbrar lo que siento a una semana de su boda, cuando ya está que se sube por las paredes, sería una putada nivel extremo.
–No hemos fingido nada –consigo decir con calma–. ¿Por qué sacas ahora el tema? La boda de Nick y Miriam fue hace trece meses.
–Ya, y la mía es el fin de semana que viene, y Eli y tú vais a tener que pasar juntos nueve días, no uno o dos como en otras ocasiones.
Nunca he sido tan consciente de algo como de esto.
–La organización de la boda está siendo un desastre –continúa Adam–. La ansiedad me está comiendo vivo, solo que, al mismo tiempo, siento una inmensa alegría y un montón de sentimientos raros. Y Grace...
Se detiene sobresaltado y me mira en actitud suplicante.
–Necesito que mis padrinos estén bien, principalmente porque os quiero mucho a los dos, pero también porque yo no lo estoy. Así que este es el momento de «Habla ahora o calla para siempre». Si quieres retirarte, dímelo y haré lo que me pidas. Te ayudaré a buscar la manera de que podáis hacer vuestras tareas de padrinos por separado, o se las encargaré a otra persona... Lo que sea.
Dice eso, pero lo que oigo yo es: «Si te pones pesada, ahí está la puerta». Un miedo antiguo que revive en un ciclo infinito.
Suelto aire, tratando de calmar mis pensamientos y los latidos de mi corazón, y al final me inclino hacia el móvil. Me encantaría poder hablar con mi amigo sin pantalla de por medio, sin distancia física ni de ningún otro tipo.
–Las cosas no están saliendo como tú querías, y estás predispuesto a creer que van a surgir más problemas. Te entiendo, Adam, pero no será con Eli y conmigo.
Tendrían que darme un maldito Oscar por mi interpretación: voz firme, ojos abiertos y francos, del color del cielo despejado. Soy testigo de cómo la expresión de Adam cambia de «Posible problema en el horizonte» a «Sin problemas a la vista».
Y justo por esto es por lo que tengo una lista de normas acerca de Eli Mora. No puedo derrumbarme ahora, justo cuando Adam ha empezado a olerse lo que ocurre: no he superado lo mío con Eli. Ni por asomo.
–¿Seguro? –dice, inspeccionándome tan de cerca que me encojo un poco.
Levanto las manos con las palmas hacia él.
–Estamos mejor que nunca.
Es exagerar mucho las cosas, pero confío en que la dinámica que hemos creado Eli y yo nos ayudará a superar estos nueve días como hemos hecho en otras ocasiones. Sin contar con lo de la boda de Nick y Miriam, claro.
Esto es lo que va a pasar: nos saludaremos de buen rollo con un «Hola, ¿qué tal?» cuando llegue. Nos sostendremos la mirada el tiempo suficiente para que parezca que mantenemos una relación cordial, pero no tanto como para que salte el resorte que nos conecta, como ocurría antes. Haremos bromas de amigos y solo nos tocaremos si es necesario para dar credibilidad a la historia. Rememoraremos anécdotas del pasado que incluyan a otras personas, nada más. Seremos la Georgia y el Eli que Adam conoció antes de que nos destrozáramos mutuamente. Y repetiremos esa dinámica todos los días hasta que llegue el momento de acompañar a Adam mientras él se casa con Grace y repite los votos que una vez pensé que yo pronunciaría ante Eli. Nos mostraremos alegres y despreocupados. Seremos lo que Adam necesite.
Después, soltaré el aire que habré estado conteniendo y me despediré de Eli con la mano cuando suba a su avión hacia Nueva York para volver a sumirse en su trabajo.
Poco antes de que yo me suba a otro avión rumbo a Seattle... si decido hacerlo.
–De acuerdo –dice Adam, ajeno a mi doble torbellino mental–. Si los dos decís que no pasa nada, es que no pasa nada.
Lo miro entornando los ojos.
–¿Cómo que «si los dos lo decimos»?
–He hablado también con él –contesta, y arquea una ceja cuando lo miro boquiabierta–. Venga ya, no iba a preguntárselo solo a uno.
Que ambos hayamos dicho lo mismo es buena señal, pero no puedo evitar quejarme.
–Estás fatal.
–Una cosa menos de la que ocuparnos –responde con una gran sonrisa, haciendo que el alivio me recorra la columna–. Y ahora, el segundo favor.
–Lo que sea.
–Eli llega mañana al mediodía, más o menos a la misma hora que mis abuelos...
No, no, no, se niega mi cerebro. Miro fijamente mi rostro en la pantalla y me obligo a no mover ni un músculo. Por un momento, parece que me he pinchado un kilo de bótox.
–¿Te importa recogerlo a él también?
–No puede ser.
–Lo siento, no te he...
–¡No! –grito.
–... entendido.
–¡Siri, cállate! –le grito a mi móvil, que está en el asiento del copiloto, escuchando a escondidas las gilipolleces que digo.
Retomo lo que estaba haciendo: intentar que la máquina del parking del aeropuerto de San Francisco haga lo que yo quiero. Por más que aprieto el botón, se niega a darme el tique, y se está formando una cola de conductores impacientes.
–No puedes hacerme esto –le gruño a la máquina.
–Por favor, recoja su tique –responde la muy impertinente.
–¡Eso intento!
De repente, aparece una trabajadora del aparcamiento.
–¿Necesita ayuda?
–No lo sabe usted bien –murmuro para mí, pero compenso el mal humor con una sonrisa de agradecimiento–. Parece que no quiere darme el tique.
–Vamos a ver... –La mujer aprieta el botón y el papelito sale haciéndome una peineta.
Tengo que reunir todo el autocontrol del mundo para no pegarle un grito cuando lo cojo.
–Muchas gracias.
–Que tenga buen día –dice ella, y se aleja tan campante.
Le agradezco el buen deseo, pero va a ser que no. Llego veinte minutos tarde, sudando de nervios debajo de un jersey poco apropiado para el tiempo que hace y deseando no haberle dicho «Claro, no hay problema» a Adam cuando me pidió el favor. En cuestión de minutos veré a Eli por primera vez desde la boda de Nick y Miriam.
–Aunque tampoco podía negarme –resoplo mientras acelero para subir la rampa.
Echarme la bronca a mí misma en voz alta es mala señal, pero estoy bien. Después de la interpretación de ayer, ¿qué excusa podría haberle puesto a Adam? Me he reservado la semana entera para cumplir todos los caprichos de Grace y él. Y, lo que es más importante, en lo que a Adam se refiere, todo está bien entre Eli y yo.
Pero, ahora, mi plan de superar los próximos nueve días sin que nadie se dé cuenta de que estoy sobreviviendo y no viviendo se ha ido a la mierda. Esperaba que la primera vez que viera a Eli fuera en la cena de esta noche en casa de Adam, con testigos. Nos saludaríamos como los viejos amigos que no somos, y quizá le tirase alguna pulla sobre su pelo y su ropa en perfecto estado después de un vuelo transcontinental, o sobre la comida basura que sin duda llevará en la mochila. Siempre come tan sano que da asco..., menos cuando vuela. Solía decirme, con la boca llena de chocolate, que, en la anarquía de los viajes aéreos, las calorías sin valor nutricional no contaban.
Luego, con todo lo que tendré que hacer durante la semana, no me quedaría tiempo para estar mucho con él antes de viajar el viernes a Napa para la celebración.
Pero resulta que he terminado haciendo de Uber incómodo. El vuelo de Eli llega exactamente a la misma hora que el de los abuelos de Adam, pero, con la costumbre que adoptó en Nueva York de ir dando zancadas para optimizar la caminata que se da a las seis de la mañana hasta la oficina, seguro que habrá recogido el equipaje de la cinta mucho antes que cualquiera, lo que significa que vamos a estar un rato a solas.
Una de las reglas de oro de mi lista de Eli Mora es no quedarme a solas con él.
–Mierda.
Cierro la puerta del coche de golpe y me dirijo a toda prisa a los ascensores. Pienso de nuevo en la lista que saqué esta noche de la caja escondida debajo de mi cama y la recito mientras entro en el ascensor, para salir un minuto más tarde en el hall de recogida de equipajes.
–No le mires a los ojos mucho rato. Diez segundos máximo. No te quedes muy cerca de él. No le toques. Obvio.
Resoplo ante lo absurdo de la idea. En los últimos cinco años, solo nos hemos tocado para fingir que nos llevamos bien.
Cuando atravieso las puertas automáticas, la zona de recogida de equipajes aparece ante mí como un baile caótico perfectamente coreografiado. Me seco las manos en los vaqueros, y su tacto áspero me devuelve a la realidad. El corazón me late al ritmo de mis pasos acelerados mientras busco con la mirada entre el gentío. Sería genial que les hubieran entrado las prisas a los abuelos de Adam y aparecieran antes que Eli.
–No digas nada significativo –mascullo–. No hables de nada más profundo que el buen tiempo que hace. ¿Hay nubes de tormenta? Pues ya no. Hace un sol radiante, el cielo es azul, maravilloso todo.
Lo repito como un mantra hasta que la cadencia me resulta tan natural como respirar, hasta que memorizo cada elemento. Una cosa es ser consciente de que me descontrolé en la boda de Nick y Miriam, y otra muy distinta es saber que Adam y Grace se dieron cuenta. Para que todo vaya bien esta semana, tengo que grabarme esa lista en la mente y cumplir todo al pie de la letra.
Igual que Eli.
Zigzagueo entre la multitud, pendiente de los abuelos de Adam. Eli puede apañárselas solo. Noto que se me eriza el vello de la nuca cuando doy la segunda vuelta y sigo sin verlos. ¿Habrán pensado que me he olvidado de venir a recogerlos al no verme? ¿Se habrán subido a un taxi? ¿Saben cómo se hace siquiera?
¿Y si se han perdido por mi culpa?
Por lo menos, esta nueva espiral de angustia me quita a Eli de la cabeza. Pero estoy entrando en un bucle de desesperación, mientras busco a una pareja de septuagenarios que lo más probable es que se hayan largado...
La multitud se dispersa. Parece ridículo, pero es justo lo que sucede. Parece una de esas escenas de baile de las películas musicales, en las que todos se apartan para dejar sitio al protagonista.
Y el protagonista es Eli, que acaba de bajar de las escaleras mecánicas y se dirige hacia mí con esas zancadas exageradamente largas.
Lo primero en lo que me fijo es en lo guapísimo que es. Le saca una cabeza a la mayoría de la gente; tiene la espalda ancha, el pelo moreno, un poco demasiado largo y revuelto, y debe de llevar un par de días sin afeitarse, porque el vello le nace con tanta fuerza que roza ya la categoría de barba. Pese a que los vaqueros y la camiseta parecen muy felices de cubrir su cuerpo, presentan el mismo aspecto descuidado que su pelo.
Algo no va bien. Eli se corta el pelo cada seis semanas. A Eli no se le arruga nunca la ropa, y siempre va perfectamente afeitado porque una vez el director general de su empresa se quedó mirando su barba de dos días y le soltó con desprecio: «Vamos, hombre». A partir de ese momento, empecé a referirme a ese tipo como Luci, diminutivo de Lucifer.
Pensar en su jefe me lleva a pensar en su trabajo, lo que a su vez me hace darme cuenta de otra cosa: un portatrajes le cuelga de un brazo, pero no lleva más equipaje.
Eli es el ejemplo perfecto de joven ejecutivo dedicado en cuerpo y alma a su trabajo: el niño bonito de Phillips Preston & Co., un banco de inversión donde es director de Tecnología, Medios y Telecomunicaciones (o TMT, en la jerga de la empresa). El móvil es como un apéndice de su cuerpo. O, mejor dicho, como un tercer pulmón, porque le cuesta respirar cuando no lo tiene cerca. No me explico que no lo lleve en la mano ahora mismo; debería estar respondiendo a algún mensaje de Luci de «Arregla esto, por favor» o enviando un correo electrónico urgente (todos lo son). Tendría que mirarme de pasada para ver dónde estoy y apartar la vista rápidamente. Es la regla de los diez segundos.
Lo que me lleva a fijarme en una cosa más, que hace que el estómago se me suba a la garganta como si quisiera escaparse por mi boca.
La mirada de Eli me taladra como si fuera un rayo láser. Y no se aparta.
Jamás olvidaré lo que era sentir toda su atención centrada en mí. Pero ahora que lo tengo a quince metros... a doce... a seis, percibo su intensidad por primera vez desde hace años.
Meses antes de que lo dejáramos, habíamos empezado a apagarnos. El amor, tan intenso en otro tiempo que lo notaba en todo mi cuerpo, se iba diluyendo. Dejamos de hablar; rara vez estábamos los dos solos (gracias a Luci), y al final intentábamos no tocarnos siquiera. Tal vez pensáramos que resultaría más fácil romper una relación que estaba muerta para los dos.
Ahora, por cada segundo que sobrepasa el límite establecido para nuestras miradas, siento esa vieja conexión que me brota del vientre, el hilo secreto que no he sido capaz de cortar por completo.
Pestañeo para liberarme y mi mirada tropieza con la fina cadena de oro pegada a su piel. Fue un regalo de su padre, Marcus, que a su vez la había recibido de su padre tras una visita a unos parientes lejanos en España. Marcus solía decir en broma que era lo más español que tenía su familia, por eso Eli siempre la lleva encima. La cadena desaparece bajo el cuello de la camiseta, y sé que la lleva sin la medallita de san Cristóbal porque solo se la pone cuando está con sus padres. No tiene valor para decirles que es agnóstico desde los diecisiete años.
Bajo los ojos al suelo cuando se detiene ante mí y me quedo mirando la puntera de sus viejas Converse negras, que están a punto de besar mis Veja. La última vez que las vi fue al fondo del armario que compartíamos.
No te quedes muy cerca de él. La norma, escrita a mano en un trozo de papel, brilla como un rótulo de neón en mi cerebro. A su lado están las iniciales de Eli, en una aceptación tácita que ya tiene cinco años de antigüedad.
Pero acaba de tacharlas de un plumazo.
Siento que algo me atenaza las costillas: pánico, confusión, una ira que debo controlar. Inspiro mientras sujeto con fuerza las riendas de mis emociones.
–Ey.
