De repente tú - Jessica Joyce - E-Book

De repente tú E-Book

Jessica Joyce

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Beschreibung

Una carta. Un montón de fotos. Un vídeo de TikTok. Un reencuentro. Un mapa de carreteras. Bienvenidos al viaje de luna de miel que tenía que haber hecho mi abuela y que, cincuenta años después, estoy haciendo yo. Con el hombre del que ella estuvo enamorada. Y con su nieto# mi némesis del instituto.

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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Abuela, recibí todas las señales de que estabas conmigo mientras escribía esto.

UNO

ME DESPIERTO CON DOS MILLONES DE VISITAS.

Al principio no me doy cuenta. Con los ojos cerrados, recorro con la mano la carrera de obstáculos formada por tazas, envoltorios de comida y barras de cacao para los labios de mi mesita de noche hasta encontrar el móvil. Lo único que quiero es saber la hora.

O quizás no. Por la luz del sol que me atraviesa los párpados cerrados a cal y canto, es vergonzosamente tarde.

Agarro el cable del cargador y arrastro el teléfono por la mesita de noche, tirando las barras de cacao como si fueran bolos.

No pasa nada. La Noelle del futuro puede ocuparse de ese desorden.

Al fin coloco una mano en mi premio e ilumino la pantalla. Pero en lugar de en la hora, mis ojos adormilados se quedan pillados en la avalancha de notificaciones de TikTok. Aunque parpadeo ante la astronómica cifra, sigue subiendo, aumentando de cinco en cinco, de diecisiete en diecisiete, de cuarenta y dos en cuarenta y dos.

–Qué coño... –grazno.

Entonces lo recuerdo: mi vídeo.

Mi agarre, ya débil por el sueño, me falla y el teléfono se me cae en la cara.

La puerta se abre de golpe al oír mi aullido de dolor. Con los ojos llorosos, veo la silueta de mi madre.

–Noelle, ¿qué narices pasa?

Si esto fuera una serie de comedia, aquí es donde se congelaría la imagen: en mí, con veintiocho años, rodando sobre mi cama de la infancia, cegada por un extraño accidente con un iPhone después de hacerme viral en una aplicación de una red social dirigida a adolescentes.

Lo único que no me da ganas de morirme por dentro es cuánta gente ha visto este vídeo. El corazón me da un vuelco. Puede que incluso lo haya visto la persona adecuada.

Me siento y aprieto los dedos contra el hueso orbital dolorido mientras busco a tientas el teléfono. Desde la puerta, mi madre me observa desconcertada, ataviada con ropa de spinning en lugar del traje que se pone para trabajar. Debe de ser sábado.

–¿Estás bien? –Unos ojos marrones iguales que los míos se deslizan hacia la bicicleta de la esquina de la habitación. En la pared, un letrero de neón proclama: «Sé increíble».

Sé que se muere por encenderlo. Ojalá pudiera destruirlo. No hay nada como despertarse con un positivismo agresivo cada mañana cuando eres una adulta que ha tenido que volver a casa de sus padres después de que la hayan despedido de un trabajo que ni siquiera le gustaba.

–Sí, mamá, estoy bien. –Suspiro, con un incipiente dolor de cabeza–. Se me acaba de caer el móvil en la cara.

–Lo siento, cariño. ¡Eh! Ya que estás levantada, voy a hacer una sesión rápida.

Todo esto lo dice de un tirón, ya en la bici con sus zapatos especiales y extrarruidosos en la mano. Me faltan dedos para contar el número de veces que me ha despertado haciendo ruido metálico sobre la madera dura en los últimos cuatro meses. Aunque no es culpa suya haber convertido el dormitorio de mi infancia en un santuario para su bicicleta de casi dos mil pavos. He de decir que ninguna de las dos previó que yo volvería a estar aquí.

–Tú a lo tuyo. –Vuelvo a esconderme debajo del edredón y abro mi cuenta de TikTok, con el corazón palpitante.

Justo ahí, en mi último vídeo, publicado hace poco más de una semana, está el número de visitas: 2,3 millones. Hay más de cuatrocientos mil «me gusta» y mil seiscientos comentarios.

Madre mía.

¿Qué narices ha pasado? Anoche, cuando me dormí a las nueve, solo tenía ochenta «me gusta». Y, lo más aplastante, ningún comentario.

Mis expectativas eran bajas, pero deberían haber sido más bajas aún. Creé la cuenta en septiembre porque estaba aburrida, y luego comencé a publicar mis fotografías al ver que otras cuentas de fotografía despegaban, aunque a nadie le importaba una mierda la mía.

Pero la esperanza empieza con una chispa, ¿no? Al menos, eso es lo que mi abuela solía decirme con un guiño.

Atesoro todos los consejos que me dio para cuando los necesito, que era algo frecuente antes de su muerte y casi constante ahora que ya no está. Fue un elemento fijo en mi vida desde el principio, la persona a la que recurría cuando pasaba algo, bueno o malo. Es poco convencional llamar a una abuela tu mejor amiga, pero la mía lo fue desde que entendí el concepto de «mejores amigos».

Pasaron dos meses después de su muerte antes de que pudiera ver fotos de ella sin llorar al instante. Tengo un mensaje de voz de ella cantando Cumpleaños feliz que no puedo escuchar, ni siquiera seis meses después.

Pero este vídeo –el que ahora tiene millones de visitas– es tanto una carta de amor a ella como una pregunta al universo. O una plegaria.

Cuando descubres que tu abuela tuvo un novio secreto a los veinte años, quieres saber más. ¿Y cuando ella no está para responder a la avalancha de preguntas que surgen en cuanto sacas esas fotos de un sobre desgastado por el tiempo y metido en una caja de un rincón polvoriento de su garaje? Pues tienes que buscar medios alternativos.

Mi padre fue mi primera parada. Le pregunté si sabía algo del historial amoroso de la abuela, pero no le di muchos detalles. Tenía que andarme con pies de plomo: si no sabía nada de la relación, podría disgustarlo. Su dolor seguía tan vivo como el mío.

–Para ella solo existía mi padre, y para él, mi madre. Ella siempre hablaba de que él era su gran amor –me dijo.

La relación de sus padres siempre ha sido un motivo de orgullo. Su historia de amor puso sus propias expectativas por las nubes, convirtiéndolo en un romántico empedernido, y esas expectativas fueron calando. Era un chiste muy antiguo en nuestra familia: «Si no es como la abuela y el abuelo Joe, no lo queremos».

Mi padre había entrecerrado los ojos con curiosidad, tal vez sospecha, ante mi silencio subsiguiente.

–¿A qué viene esa pregunta?

–Ah, por nada –respondí mientras una foto de ella y de otro hombre me quemaba en el bolsillo trasero de los vaqueros.

Así que mi padre quedaba descartado. Y si él estaba descartado, todos los demás de la familia también. Podrían ir corriendo a decírselo.

Había pasado suficiente tiempo en TikTok para saber que era inútil y transformador a partes iguales: rutinas de baile sosísimas mezcladas con vídeos de reencuentros que me hacían sollozar sobre la almohada a las dos de la madrugada. Si publicaba la información que había encontrado y lo hacía de una forma lo bastante atractiva, existía la posibilidad de que alguien la viera. Existía la posibilidad de que alguien tuviera algo de información.

Quizás supiera algo de la colección de fotos y de la carta que la abuela había guardado durante más de sesenta años. Tal vez supiera que el hombre guapo de las fotos, con el pelo oscuro ondulado y un hoyuelo profundo, se llamaba Paul. Sé su nombre porque estaba escrito en el reverso de las fotos con una versión más firme de la alegre letra de la abuela, junto con los años: 1956 y 1957.

Se casó con el abuelo Joe en 1959 tras un romance relámpago. Me sé su historia de memoria; a la abuela le encantaba contármela. Pero nunca pronunció el nombre de Paul, ni una sola vez, y eso es extraño. Jugábamos constantemente a un juego que llamábamos con cariño «cuéntame un secreto». Yo siempre le contaba el mío, y ella a mí el suyo.

O eso creía.

Antes de armarme de valor para mirar los comentarios y confirmar si mi respuesta está ahí, decido volver a ver el vídeo.

Presiono la pantalla con el pulgar y se pone en marcha, reproduciendo la canción de Lord Huron que elegí para llegar a la gente. El texto que he añadido se superpone a cada foto que sostengo en el fotograma; el esmalte de uñas desconchado de color menta que llevo en el pulgar contrasta con las impresiones en blanco y negro.

Hay un atisbo de pena al mirar su cara, que en su juventud se parecía mucho a la mía. La arquitectura de nuestros rasgos es la misma; la gente siempre nos lo ha dicho. Gemelas separadas por unos cincuenta años. Almas gemelas nacidas en décadas distintas.

En la primera imagen aparecen la abuela y Paul delante de una casa que no reconozco. El texto en la pantalla dice: «Mi abuela falleció hace poco. Encontré estas fotos de ella y de un hombre que nunca conocí».

Luego están en la playa, ella mirando a Paul con una sonrisa coqueta en la cara: «La única información que tengo es que su nombre es Paul y que se conocieron en Glenlake, California, alrededor de 1956».

A continuación, hay una foto de ellos abrazados, con la mejilla de ella apoyada en el pecho de él y los ojos cerrados: «Mi abuela se llama Kathleen, y creo que tenía veinte años en estas fotos».

La última es de Paul sentado en una mesa de pícnic, con la barbilla apoyada en la mano, mirando a la cámara de una manera que revela quién estaba detrás de ella: «Es un plano largo, pero si lo reconoces, por favor, contacta conmigo. Mi abuela nunca lo mencionó, pero parece importante. De verdad que necesito escuchar su historia».

Todas las fotos tienen algo en común: siempre se miraban y sonreían. A menudo, abrazados. En muchas de ellas, la abuela contemplaba a Paul con corazones en los ojos.

Y estaba claro que el corazón de él le pertenecía a ella. Si no lo hubiera sabido por la forma en la que la miraba, la carta que escribió lo gritaba a los cuatro vientos.

Retiro el edredón para asegurarme de que mi madre sigue ocupada. El sudor le resbala por la cara y su atención se centra en la pantalla que tiene delante. Es como si yo no estuviera aquí.

Perfecto. Saco la carta que guardé debajo de la almohada y aliso una arruga con el pulgar.

1 de julio de 1957

Queridísima Kat:

Entiendo por qué no podemos fugarnos. De verdad. Solo quiero que estés bien.

El fin de nuestra relación no me impedirá amarte el resto de mi vida. No sé si eso ayuda o solo hace más daño. Lo único que te pido es que recuerdes lo que nos prometimos: nunca olvides el tiempo que hemos pasado juntos y piensa en él con felicidad.

Te prometí que todo iría bien, ¿recuerdas? Y así será.

Siempre tuyo,

Paul

Puedo decir con certeza que nadie me ha querido así jamás. Entonces, ¿por qué se separaron?

Nunca he puesto mi cara ni mi voz en nada de lo que he subido. Incluso mi nombre de usuario es anónimo, solo «usuario» y una mezcla aleatoria de números. Pero ahora las caras de mi abuela y de Paul están ahí y 2,3 millones de personas las han visto, y no me siento mal. Mi abuela amaba a este hombre, pero no puedo preguntarle nada. Ella no puede contarme este secreto.

Así que, si Paul sigue vivo, espero que él me lo cuente por ella.

Vuelvo a guardar la carta en su escondite, me doy la vuelta y cojo el móvil para leer los comentarios.

Pero antes de que pueda empezar, tiran de mi edredón, quitándomelo por completo. Por segunda vez en el día, se me cae el móvil en la cara.

–¡Joder! –grito, cubriéndome la cara con las manos. Al agitar las piernas, me topo con un cuerpo.

–¡Eso digo yo! ¡Joder! –gime una voz familiar–. ¡Me has dado en los huevos!

–¡No puedo oír las instrucciones de Cody! –Mi madre resopla por encima de los gritos del instructor y su patrón de respiración empieza a parecerse al de una embarazada de parto.

Me descubro la cara y encuentro a mi hermano pequeño, Thomas, doblado sobre sí mismo, con la frente apoyada en mi cama y las manos metidas entre las piernas. Su respiración también se parece a la de una embarazada de parto.

En medio de todo el jaleo, mi padre asoma su cabeza rubia por el umbral de la puerta, con una sonrisa radiante en la cara.

–¿Alguien quiere huevos benedictinos? He pensado que podríamos comer juntos, ya que Thomas está aquí.

Arranco el edredón arrugado de debajo de la cabeza de Thomas y me lo vuelvo a poner sobre las piernas.

–Me encantaría que todos salierais de mi habitación. ¿Recordáis mi regla de no estar aquí cuando no tengo los pantalones puestos?

–Ya casi termino –contesta mi madre–. Estoy a punto de batir mi récord personal.

Thomas gime.

Dios, yo también. Mi ojo bueno se desvía de nuevo hacia el móvil cuando un montón de notificaciones aparecen en la pantalla. Estoy desesperada por comprobarlo, pero no me atrevo a hacerlo en una habitación llena de Shepard que no saben nada de esto.

Thomas se gira, sus ojos verde mar se vuelven ávidos de curiosidad al ver mi pantalla encendida. Mirarlo es como hacerlo en un espejo, pero sin los once meses que nos separan; compartimos el mismo pelo rubio miel y las mismas cejas oscuras, pero yo tengo los ojos del color de los posos del café.

Mueve la barbilla hacia mi móvil.

–¿Qué está pasando?

Le doy la vuelta.

–Nada.

–¿Tu Tinder está echando humo, florecilla? –Sonríe–. Qué partidazo.

Mi padre ha desaparecido para empezar a hacer los huevos benedictinos y mi madre está ocupada celebrando el final de su sesión, junto con su récord. Me arriesgo y le pongo los dos dedos corazón en la cara a Thomas.

–Dejadlo ya, los dos –dice mi madre, sin aliento.

Thomas se ríe y sale por la puerta. Si no tuviera dolor de espalda crónico, juraría que vuelvo a tener quince años. Estar en esta casa nos hace retroceder en el tiempo a los dos.

Mi madre se baja de la bici de un salto con una sonrisa de alegría en la cara. Se vuelve hacia el cartel «Sé increíble» que tiene detrás y tira de la cuerda. Solo se ilumina si ella cree que lo merece. Se enciende y la luz rosa enrojece aún más su cara.

Tiene el pelo oscuro húmedo en los bordes de la coleta y sus ojos se enternecen cuando se cruzan con los míos. Como siempre últimamente.

–¿Estás bien? –pregunta, y no lo hace a la ligera exactamente, pero ambas sabemos que no lo estoy.

Aun así, respondo con facilidad:

–Sí.

Su suspiro tranquilo indica que no me cree. Me parece justo. Yo tampoco.

–Bueno, son las once. ¿Quieres salir de la cama?

Sé increíble, por supuesto.

Los comentarios sin leer susurran con urgencia durante el almuerzo. Me meto en la boca los huevos benedictinos que ha preparado mi padre y casi me ahogo.

Justo lo que necesito: muerte por culpa del beicon.

Tengo la tentación de sacar el móvil más de un millón de veces, pero eso conllevaría preguntas que no estoy preparada para responder. Mi familia suele ser entrometida. Desde que tuve que mudarme a casa, se han convertido en moscardones, claramente preocupados porque esté a un correo electrónico de rechazo de otro trabajo de perder la cabeza.

Termino mi desayuno en tiempo récord, bajando el tenedor como si fuera la ganadora de un concurso de comer huevos benedictinos al que nadie más se ha presentado.

–He acabado. Me voy.

–¿Por qué? ¿Tienes planes? –pregunta Thomas por encima del chirrido de mi silla y con la boca llena.

–¿Por qué? ¿Qué te importa? –le respondo.

Levanta una ceja.

–¿Acabo de llegar y ya me estás abandonando?

–Mas, te escabulles del centro cada vez que Sadie tiene planes que no tienen nada que ver contigo. Estoy segura de que te veré en unos días.

–Yo no me escabullo –refunfuña, aunque se le suaviza la expresión al mencionar a su novia de toda la vida y mi mejor amiga. La suavidad es reemplazada por picardía cuando saca una revista de su regazo, abierta por una página específica–. No hemos tenido tiempo de hablar de esto.

–¿De qué? ¿De que la revista Maxim todavía existe, o de que aún estás suscrito...?

Me doy cuenta de lo que estoy viendo y le arrebato la revista de la mano a Thomas con un grito ahogado.

Se echa hacia atrás en su asiento, sonriendo.

–Tu chico, Theo Spencer, aparece en la lista 30 Under 30 de Forbes.

Resoplo.

–¿Mi chico? Tú eres el que estuvo colado por él durante todo el instituto. Para mí era un incordio. De los gordos.

–Sigue diciéndote eso –replica con suficiencia.

Lo ignoro a él y a los dos hombres que rodean a Theo en la foto y me quedo mirando la cara que me ha irritado durante años. Ese pelo oscuro ondulado, el hoyuelo apenas visible que resalta cuando sonríe. Esos profundos ojos azules sombreados por unas cejas severas que se curvan hacia una mirada de chulito con exasperante regularidad. Al menos, así fue la última vez que lo vi, hace años.

Puede que en el instituto nos votaran como los que más probabilidades tenían de triunfar, pero nuestros caminos se separaron de manera radical cuando fuimos a la universidad.

Por supuesto. El tío sale en Forbes y yo llevo pantalones cortos de pijama de Bob Esponja. No estoy segura de lo que me molesta más: si su último reconocimiento o el hecho de que todavía está buenísimo.

–Bien por él –comento en un tono que transmite claramente «que le den a ese tío» si las cejas arqueadas de mi madre sirven de indicación. Le tiro la revista a Thomas y sonrío triunfante cuando le da en la cara.

El bufido de Thomas resuena mientras dejo caer un beso en la mejilla de mi padre para darle las gracias por la comida.

Salgo pitando de allí, aprovechando los humos de mi enfado para salir a toda velocidad al patio trasero. En concreto, a la hamaca del rincón más alejado, donde puedo sumergirme en los comentarios sin interrupciones.

Olvidando a Theo, su cara perfecta y su existencia de Midas, abro la aplicación.

En el gran esquema de las cosas, nada de esto importa. He tenido una infancia perfecta. He tenido padres y abuelos que me han querido, que han acudido a mis millones de actividades extraescolares, que han pensado que el sol salía y se ponía por mi existencia y la de Thomas, junto con la de nuestros primos. El abuelo Joe era un hombre dulce con una risa estruendosa que me tiraba del labio inferior cuando hacía pucheros para que volviera a sonreír. Que la abuela estuviera enamorada de otro hombre cuando era joven no cambia nada de mi vida.

Pero ahora que se ha ido, estoy desesperada por conocer esta historia. Está claro que ella encontró su camino a la felicidad definitiva. ¿Cómo lo hizo?

No sé cómo es mi felicidad definitiva ni cómo conseguirla. Si es que existe. Sin la abuela aquí para decirme que todo irá bien, y después de los pasos en falso que me han alejado del camino en el que tenía más probabilidades de triunfar, no estoy segura de que vaya a encontrarla nunca. Ojalá pudiera decirme algo.

Hay casi dos mil comentarios, pero los más populares están arriba. Mis ojos escudriñan los cinco primeros, casi con desesperación, como si buscara el resultado de una prueba de vida o muerte.

Ocurren dos cosas.

La primera, se me corta la respiración al ver un comentario de cuatro palabras.

Y la segunda, Thomas aparece de la nada gritando:

–¡Te pillé!

Me sacudo con violencia y grito cuando la hamaca se balancea y me arroja sobre el césped.

Pero he visto el comentario antes de volcar y mi estómago se ha desplomado con más fuerza que yo.

Usuario34035872

Ese es mi abuelo.

DOS

–¿DE VERDAD HAS HECHO ESO?

Me siento en el borde de la cama, al lado de Thomas. Después de nuestro lío fuera, exigió saber qué pasaba. Nos fuimos arriba para que pudiera contárselo todo en privado. Ahora tengo las fotos en la mano y la carta de Paul desdoblada sobre el edredón.

–Sí, por quinta vez, lo he hecho.

Thomas levanta la vista de mi teléfono, con las cejas muy arqueadas.

–Para empezar, la producción es increíble.

Suspiro.

Se acerca para colocarme bien los guisantes congelados que estoy sosteniendo contra la cabeza.

–En serio, esto es genial, florecilla. Esa empresa te hizo un favor despidiéndote. –Inclina la cabeza y da golpecitos en la pantalla del móvil–. Pero ya sabemos que no estás utilizando tus verdaderos talentos.

Le aparto la mano de un manotazo, ignorando sus buenas intenciones. La fotografía pasa a un segundo plano hasta nuevo aviso.

–Pocas personas tienen un verdadero talento para dar datos básicos. Y si mi talento estuviera ahí, te pediría que retrocedieras en el tiempo hasta cuando casi me ahogas en la piscina de la abuela, y así me rematas.

–Tenía siete años –responde a la defensiva–. Fue sin querer.

–Cualquier cosa puede ser a propósito si te esfuerzas lo suficiente.

–Vale, volvamos a este tema. –Juguetea distraído con el fino aro de oro de su nariz–. ¿De verdad la abuela tenía un amante?

–No era un amante. Debió de salir con él antes que con el abuelo, y está claro que era muy importante para ella. Iban a fugarse, por el amor de Dios. ¡En esta carta parece que ella era el amor de su vida!

Thomas me coge la carta, la lee por encima y luego pasa los dedos por las fotos. Observo cómo le cambia la expresión de la curiosidad a la sorpresa, pasando por algo más pesado. Desliza el pulgar sobre la cara sonriente de la abuela, traga saliva, aparta la mano y vuelve a coger la carta.

–¿Dónde has encontrado todo esto?

–Estaba en una de las cajas del garaje de la abuela. Papá trajo un montón, ¿te acuerdas?

–Ah, es verdad... Las cajas en las que has estado rebuscando.

Le doy un codazo fuerte. Él me da un codazo todavía más fuerte, haciendo que los guisantes salgan volando de mi mano.

Aunque no anda muy equivocado. Me he pasado los dos últimos meses examinando las cajas que mi padre trajo a casa cuando él y mis tres tíos vaciaron la casa de la abuela. Volvió de hacerlo con los ojos rojos y en silencio, puso las cajas en el garaje y no las ha tocado desde entonces.

Aparte de su afirmación de que el abuelo Joe fue el único amor de la abuela, así es como sé que nunca ha visto nada de esto. La carta y las fotos estaban metidas en el fondo de una caja en un gran sobre de manila. Un sobre sellado. A ver, ¿hola?, claro que era sospechoso. Y tuve que saciar mi curiosidad.

Quizás los dos la heredamos de la abuela.

Nuestro juego de «cuéntame un secreto» comenzó cuando tuve edad para tenerlos. Intercambiábamos secretos como moneda, siempre a partes iguales. Los míos empezaron siendo pequeños e intrascendentes y fueron creciendo a medida que yo también crecía. Hablaba con ella de relaciones, ansiedad, problemas escolares y, más tarde, de mi lucha por adaptarme a la tremenda decepción de la edad adulta. Acabó sabiéndolo todo: era la guardiana de mis secretos, mi diario viviente.

Como nuestro juego se profundizó una vez que fui adulta, Paul debió de haber salido en la conversación. Sigo siendo la única que sabe que ella y el abuelo Joe pasaron por una mala racha en los ochenta, que los «recados» por los que a veces se escabullían eran, en realidad, una excusa para marcharse en el coche. Ella conocía todos los detalles jugosos de mis relaciones. ¿Por qué yo no sabía que este hombre existía? ¿No quería decírmelo expresamente, o había algo en la historia en sí que la hizo mantener el silencio? En cualquier caso, duele. Es una pequeña traición a las reglas de nuestro juego.

Si hay una razón por la que se contuvo, necesito saberlo.

Le quito el teléfono a Thomas y me desplazo hasta el comentario que todavía me acelera el corazón como las alas de un colibrí.

Ese es mi abuelo.

Decenas de respuestas caen en cascada. Una catarata de «OMG» y «HOSTIA, ESTÁ PASANDO».

La pregunta del millón es qué está pasando exactamente. Esta persona podría estar mintiendo. Podría estar diciendo la verdad, pero Paul podría negarse a hablar conmigo. Podría no recordar nada. El usuario34035872 podría tener dificultades para distinguir entre tiempo pasado y presente, y Paul podría estar muerto en realidad.

Thomas apoya la barbilla en mi hombro.

–¿Qué vas a hacer?

Noto en su voz que lo sabe porque me conoce. Es lo que él también haría. Somos casi idénticos, salvo por sus ojos irritantemente bonitos y su propensión a ser un imbécil. Tenemos una vena impulsiva kilométrica, un espíritu competitivo que roza lo homicida y un optimismo entregado que nos ayuda a salir adelante cuando las decisiones precipitadas se tuercen.

Toco el nombre de usuario, que me lleva a un perfil vacío. No hay mensajes, no hay seguidores.

–Es un poco sospechoso –murmura Thomas.

De todos modos, abro la opción de enviar mensajes, sintiendo que tengo un propósito por primera vez en meses.

Y le escribo un mensaje al supuesto nieto de Paul.

Sadie se sienta en la silla de enfrente y me pasa la ensalada que había pedido mientras yo cogía una mesa fuera del restaurante. Sobre nosotras, el pálido sol de mediodía reluce en el cielo primaveral.

Retiro la tapa del recipiente con un suspiro de felicidad.

–Eres un ángel, Sadie Choi. Te haré un bízum.

Pronunciar su nombre completo con cariño no ofrece la distracción que esperaba. Frunce el ceño.

–¿Qué te he dicho de tus tácticas furtivas de pagarme con bízums? Deja de devolverme el dinero de cosas que quiero pagar.

Le lanzo un poco de lechuga y pollo, con la cara colorada.

–No puedo tener una triste ensalada de veinte dólares en mi conciencia, ¿vale?

Aunque lleva gafas de sol blancas con forma de corazón, sé que tiene una mirada suave detrás de las lentes.

–Somos mejores amigas, que no te dé apuro. Me encanta agasajarte y he sido yo la que te ha invitado hoy esperando buenas noticias de tu entrevista. Así que, para que lo sepas, voy a rechazar tu pago.

–Para que lo sepas tú, la entrevista ha sido un fracaso.

Le dedico una sonrisa despreocupada que oculta mi pánico. Sentada en esa sofocante sala de conferencias mientras el responsable de recursos humanos enumeraba tareas lo bastante aburridas como para que se me encogiera el alma, me pregunté por cuadragésima vez por qué coño no consigo averiguar cómo ser una adulta con éxito.

Sadie se mete un mechón de pelo negro liso y largo hasta la barbilla detrás de su muy adornada oreja.

–Razón de más para agasajarte.

–Si quieres agasajarme, dame grandes cantidades de alcohol gratis.

Su respuesta se ve interrumpida por el sonido de mi móvil. Miro hacia abajo, inhalo fuerte y la expectación se apodera de mis venas. Es una notificación de un mensaje de TikTok.

–¿Salvada por la campana?

–Literalmente.

Tras varios días de idas y venidas con quien he confirmado que es el nieto de Paul, cada notificación viene acompañada de una reacción de hiperexcitación. Además de intercambiar mensajes, me ha enviado varias fotos de un hombre que coincide con el Paul de las fotos de la abuela.

Ayer le pregunté si su abuelo estaría dispuesto a hablar conmigo. Estuve a punto de acobardarme, y el silencio que obtuve a cambio me hizo cuestionarme mi audacia. Aunque no diría que el nieto de Paul es un amigo por correspondencia prolífico –sus respuestas son breves, carentes de personalidad, muy al estilo de los bots–, su tiempo de respuesta ha sido rápido.

Hasta ahora. Veintiséis horas ha dejado mi petición en espera. Casi me da miedo abrir su respuesta.

–Contrólate, Noelle –murmuro cuando Thomas se une a nosotras, con una bolsa de plástico colgando de la punta de los dedos.

Sadie y él trabajan en el centro de San Francisco, aunque Thomas trabaja desde casa dos días a la semana. Cuando yo vivía –y trabajaba– en el centro, quedábamos a menudo para comer y tomar algo en la hora feliz.

Thomas se sienta y se aparta el pelo de la frente. Es una causa perdida; lo tiene grueso y cada vez más largo, así que la gravedad siempre deja que se caiga de nuevo.

–Hola, chicas. Esta comida es, oficialmente, la mejor parte de mi día, gracias. –Le dedica una sonrisa brillante a Sadie y después se vuelve hacia mí–. Ah, tú también estás aquí.

Pongo los ojos en blanco. Técnicamente, Sadie fue primero de Thomas; se conocieron en la universidad y de inmediato se enamoraron el uno del otro. Pero en cuanto ella y yo nos conocimos, quedó claro que estábamos hechas la una para la otra. Thomas y yo nos hemos pasado los últimos cinco años compitiendo por ver a quién quiere más Sadie. Estoy segura de que pierdo, pero eso no me impide intentarlo, aunque solo sea para fastidiar a mi hermano.

Después de inclinarse para aceptar el beso de Thomas, vuelve a centrar su atención en mí. Blande su tenedor hacia mi teléfono.

–¡Abre el mensaje!

Thomas revuelve en la bolsa de plástico y saca un sándwich y una bolsa de patatas fritas.

–¿Qué mensaje?

–El nieto de Paul le ha contestado.

–¿Teddy? –De alguna manera, ya tiene la boca llena de patatas fritas, y salen rociadas en un arco repugnante.

–¿Teddy? –Sadie levanta una ceja.

Le he contado a Sadie toda la historia, con actualizaciones por mensaje a medida que sucedían, pero no supe su nombre hasta ayer. El hecho de saberlo, de comprender que estaba mucho más cerca de descubrir un nuevo secreto sobre la abuela, me provocó una borrachera emocional.

Así que me fui a tomar por saco, literalmente. Es lo que hago siempre que el dolor amenaza con rodearme el cuello y asfixiarme. Voy a cualquier sendero que me haga pensar más en ella –los que recorrimos juntas religiosamente– y camino hasta la extenuación. Luego lloro en la cima para que mi padre no pueda verme. Observar cómo sus ojos se llenaban de su propia tristeza y de empatía por la mía se volvió insoportable al instante.

Las largas caminatas son mi vía de escape y de recuperar la cordura.

Después de regresar de mi recorrido de diez kilómetros por el monte Tam, caí en la cama, agotada de demasiadas maneras distintas para contarlas, y me olvidé de poner al día a Sadie.

Aun así, saber cada detalle le importa. Está obsesionada con esta historia desde que se la conté.

Thomas interviene antes de que pueda arrastrarme como es debido.

–En teoría, ese es su nombre. Podría ser falso. Noelle le dio un nombre falso.

–¡Eso es mentira! –Me arrepiento de haberle contado nada de esto a mi hermano–. Le dije que mi nombre era Elle. Es un nombre medio verdadero.

–Teddy es para bebés regordetes y ancianitos –responde Thomas–. Si este tío se supone que es el nieto de Paul, puede que tenga nuestra edad. Te ha dado cien por cien un nombre falso.

Sadie le pone la mano en el brazo a Thomas para tranquilizarlo.

–Abre el mensaje.

Entrecierro los ojos y miro a Thomas cuando suelta una mueca de burla. A continuación, abro la aplicación.

Mi mensaje de ayer está ahí:

Me alegro de que Paul haya visto el vídeo y le haya gustado. Significa mucho. ¿Has dicho que estaba dispuesto a hablar conmigo? Me encantaría hablar con él lo antes posible. Vivo en Bay Area, en San Francisco, pero no sé dónde estáis vosotros. Podríamos hablar por teléfono, videollamada o lo que él quiera.

Y debajo, la respuesta de Teddy:

Nosotros también vivimos en Bay Area. Mi abuelo quiere conocerte en persona. ¿Estás dispuesta/disponible para quedar en el centro? Dime a qué hora te vendría bien si es así.

–Madre mía.

No me doy cuenta de que lo he gritado hasta que todos los de las mesas cercanas nos miran.

–¿Qué pasa? –grita Sadie a su vez.

–Viven aquí. Bueno, Paul, el nieto me da igual. –Pongo el teléfono boca abajo sobre la mesa, abrumada–. Quiere que quedemos.

–Tienes que hacerlo. –Sadie se inclina hacia delante. Al lado de los hombros de nadador de Thomas, parece poca cosa, pero su excitación añade unos buenos ocho centímetros a su metro y medio.

–Esto es una trama de asesinatos –dice Thomas, con afirmación y desinterés a partes iguales.

–O no. –Sadie le levanta un dedo en la cara–. Podría conocer al amor de su vida.

–¿A Paul?

–A su nieto. –Exasperada, se echa hacia atrás–. Vamos, chico. ¿No has prestado atención a ninguna de las comedias románticas que hemos visto?

Thomas le dirige una mirada significativa, desviando los ojos hacia mí y viceversa.

–¿En serio me estás preguntando eso?

Sadie se sonroja y yo le tiro una servilleta hecha un ovillo a mi hermano a la cabeza.

–Venga ya. Qué asco.

Empiezan a discutir cariñosamente, así que desvío mi atención.

Se me hace un nudo en el estómago al releer el mensaje. Paul quiere conocerme. Es justo lo que yo quería, aunque nunca pensé que fuera a ocurrir. Es como jugar a la lotería una vez y que te toque el gordo; parece imposible y, sin embargo, juegas porque sabes que hay una posibilidad, ¿no?

–Voy a decir que sí. Voy a quedar con Paul.

Cuando nadie responde, levanto la vista del teléfono. Sadie tiene una mano cargada de anillos sobre la boca, su sonrisa de éxtasis asoma detrás de ella. Thomas me mira dubitativo.

Mis pulgares vuelan sobre la pantalla del móvil mientras respondo:

¡Qué pequeño es el mundo! Me encantaría quedar con Paul. Estoy disponible...

Hago una pausa, mordiéndome el labio. Estoy disponible a cualquier hora, pero eso suena patético, así que me saco tres horas de la nada.

Este viernes a las 10 de la mañana, el domingo a las 2 de la tarde o el lunes a las 10 de la mañana. Elegid vosotros el lugar más apropiado.

Mantengo un ojo en el teléfono durante los siguientes veinte minutos. Sadie y Thomas llevan la conversación, pero se callan cuando recibo otra notificación.

Viernes a las 10. Quedamos los tres en Réveille Coffee en Columbus en una de las mesas de afuera.

–El viernes es el día. –Exhalo un profundo suspiro, con el corazón acelerado–. Y parece que Teddy también estará allí.

Sadie se desploma en su asiento.

–Dios, ojalá pudiera ir contigo.

–Yo iría si no tuviera que trabajar. –Thomas, claramente decepcionado, se frota la barba desaliñada con una mano–. Asegúrate de estar rodeada de gente todo el tiempo, ¿vale?

Le hago un saludo militar antes de volver a mirar el mensaje de Teddy.

«Cuéntame un secreto», oigo que me susurra la abuela, y se me encoge el corazón por el recuerdo.

Parpadeo hacia el cielo, preguntándome dónde estará.

Alguien va a contarme uno de los tuyos.

La semana avanza a un ritmo glacial. Mi madre me convence de probar el spinning y aguanto una clase entera de treinta minutos; después me paso las siguientes tres horas determinando si tengo que ir al hospital.

También intento, con poca esperanza, buscar trabajo. Los puestos para los que estoy cualificada no me entusiasman, y no me atrevo a tocar ninguno relacionado con la fotografía ni con un palo de tres metros. No pago alquiler, pero contribuyo a los gastos de la casa y, sin ingresos, mis escasos ahorros se están agotando con rapidez. Tengo la herencia de la abuela en mi cuenta de ahorros, pero ella estipuló en su testamento que solo podía utilizar el dinero para algo que me inspirara. Ni que decir tiene que está sin tocar.

La que también está intacta es mi cámara. Me mira fijamente desde la cómoda. Hace seis meses que no la cojo.

Necesito hacer algo, pero estoy congelada por mi indecisión y mi miedo, y eso empieza a corroerme.

El jueves por la noche, Thomas viene a cenar y nos quedamos en la mesa del patio trasero mucho después de que nuestros padres entren, hablando de lo que nos espera al día siguiente. Me levanto con un gemido cuando la conversación decae y mis ojos irritados me avisan de que es hora de dormir.

–Oye, escúchame –dice Thomas–. No te hagas ilusiones, ¿vale?

Hago una pausa a medio estirar antes de preguntar:

–¿Qué quieres decir?

–Sé que echas de menos a la abuela. –Su tono es cuidadoso. A él también se le rompió el corazón cuando ella murió, pero nuestro dolor no es el mismo, y él lo sabe–. Pero no esperes que esto te lo quite.

–No espero eso. –Mi tono a la defensiva me delata, pero él no me llama la atención.

Se pasa una mano por el pelo con un suspiro.

–Cuéntame cómo te va mañana, ¿vale? Llámanos.

–Vale –respondo, todavía molesta por su gran observación–. Buenas noches.

La seriedad de nuestra conversación debió de asquearlo. El viernes por la mañana, me despierto con la foto de Forbes de Theo mirándome fijamente pegada a la almohada.

Argh. Qué asco, dice mi cerebro racional. Y que lo digas, contesta mi cerebro reptiliano.

Me visto con ese irritante pensamiento. Cierro la silenciosa casa y conduzco hacia el centro con mi monólogo interior moviéndose tan rápido y fuerte que suena como estática reproducida a todo volumen.

No es hasta que aparco y camino por Columbus Avenue, en el corazón de North Beach, que mi mente se queda en silencio. Es como apagar un interruptor cuando veo Réveille, un edificio de ladrillo negro que se acerca cada vez más.

Puede que deba pedir un café antes, darme un minuto para tranquilizarme, pero me tiemblan las manos dentro de los bolsillos de la chaqueta vaquera. La cafeína me disparará a la estratosfera. Quizás cuando vea a Paul se me pase la ansiedad anticipatoria.

Al llegar al café, me pregunto si a la abuela le temblaron las manos cuando conoció a Paul, o cuando se dio cuenta de que estaba enamorada de él. Cuando se despidió. Si alguna vez sintió tanta expectación que pensó que se ahogaría.

Mi mente va tan rápido de un pensamiento a otro mientras doblo la esquina en dirección a la terraza que casi no los veo. Pero el que está sentado en la mesa más alejada es Paul, sin duda, con el pelo blanco y las manos manchadas por la edad alrededor de una taza de café. Sus ojos se deslizan más allá de la persona con la que está hablando al otro lado de la mesa –la espalda ancha y la cabeza morena de espaldas a mí– y pasan junto a los míos. Luego vuelven. Se agrandan.

Mi corazón se detiene junto con mis piernas. Levanto la mano, tímida, sorprendida por su sobresalto, pero me distraigo con el hombre sentado frente a él.

Los hombros que se extienden a lo largo de esa amplia espalda se tensan, y el nieto de Paul se gira en su asiento, agarrando con la mano el respaldo de la silla de metal turquesa.

Y entonces se me para el corazón de verdad. Theo Spencer, la hermosa y exasperante página central de la revista Forbes, me está mirando fijamente.

TRES

–¿ESTÁS DE BROMA?

Lo decimos al mismo tiempo. Eso también tiene que ser una broma.

Theo se levanta y yo le doy un repaso antes de poder procesar lo que siento: los Levi’s desgastados con la bragueta abotonada, el muy puñetero; el pelo ondulado que se agita poéticamente con la brisa; su jersey azul marino de aspecto caro, con las mangas subidas hasta los antebrazos. El material parece tan suave que me dan ganas de frotar la mejilla.

No, no es cierto. Qué coño.

–¿Qué haces aquí? –pregunto mientras su expresión cambia hacia una más fría tras su impresión inicial.

Los ojos de Theo también me dan un repaso de arriba abajo, pero no de un modo sexi. Como si hubiera pedido un filete de wagyu y en su lugar le hubieran traído un McDonald’s. Me arrepiento de la falda corta de pana que llevo y, sobre todo, de las Dr. Martens. Son del instituto.

Cuando su mirada vuelve a girar hacia mis pies, se le forma una pequeña sonrisa y sé que se acuerda de las puñeteras botas.

–Todavía llevas esas pisamierdas, ¿eh, Shep?

Esa voz. La odio. Es como terciopelo frotado de la manera equivocada. Tiene una textura que me sube por la espalda y una profundidad que me pone la carne de gallina. Aún recuerdo cuando estaba sentada en el escenario de la graduación y le lanzaba puñales a la espalda con la mirada mientras su voz pronunciaba el discurso de despedida en lugar de hacerlo yo.

–¿Qué haces aquí? –repito.

Alza una ceja, severa como siempre.

–Creo que es obvio, ¿no?

No quiero que sea cierto, pero la verdad me está mirando fijamente, con total indiferencia: mi adversario del instituto es el nieto de Paul, y hemos estado hablando toda la semana sin darnos cuenta.

¿Qué fuerza lo ha traído de nuevo a mi vida? ¿Satanás? No, eso no tiene sentido porque la misma fuerza ha traído a Paul a mi vida también.

Desplazo la mirada hacia el cielo. ¿Qué estás haciendo ahí arriba, abuela?

Un carraspeo y Theo y yo nos giramos al oírlo. Paul se levanta de la mesa y sus ojos, de un azul intenso como los de Theo, nos miran a los dos.

–Supongo que os conocéis, ¿no? –pregunta.

–Por desgracia. –Levanto las manos, horrorizada. Aunque sea verdad, acabo de insultar a su nieto–. Lo siento mucho, no quería decir eso.

–Sí, sí que quería –replica Theo.

Le lanzo una mirada, y es tan eficaz como si hubiéramos retrocedido en el tiempo. Solíamos intercambiar un sinfín de pullas en clase, en la pista de tenis donde ambos jugábamos en el equipo universitario, en las fiestas... Por una cuestión de mala suerte, nos caía bien la misma gente, así que nuestros caminos se cruzaban sin parar. Asesinarlo con la mirada es memoria muscular. Su sonrisa en respuesta también lo es. Le encantaba picarme.

No voy a darle esa satisfacción. Soy adulta, a pesar de que mis circunstancias demuestren lo contrario, y él no va a sacarme de mis casillas. Aunque el hoyuelo que aparece en su mejilla –y el calor que florece en la mía– digan lo contrario.

–Hacía tiempo que no veía esa sonrisa, Teddy –dice Paul con una sonrisa igual que la de Theo, con hoyuelo y todo.

Así, toda expresión desaparece de la cara de Theo.

–Voy a por otro café. –Alza la barbilla hacia mí–. ¿Tú qué quieres?

–Nada. –Lo último que necesito es cafeína. O deberle algo a Theo Spencer.

Se encoge de hombros y se marcha. Paul y yo lo miramos irse antes de volvernos el uno hacia el otro.

–Lo siento. Tenemos un... pasado.

–Ya me he dado cuenta –responde, con tono divertido y pensativo.

Le tiendo la mano. Firme ahora.

–Soy Noelle, la nieta de Kathleen.

Me coge la mano. Su piel es frágil, pero su agarre es fuerte.

–Lo sé, tesoro. Te pareces a ella.

Se me hace un nudo en la garganta.

–Gracias.

–Lo sentí mucho cuando me enteré de que había fallecido.

Tartamudea con la última palabra, como si fuera un idioma que no conoce. Yo también la siento extraña cuando la pronuncio. Y así se establece la conexión entre nosotros. Un hilo sutil de su corazón al mío.

Tiene un pañuelo en la mano antes de que me dé cuenta de que me lloran los ojos. Lo cojo y me lo aprieto contra la cara. El pañuelo está gastado y huele a suavizante. Algo en él me hace sentir como si me hubieran dado un puñetazo en el esternón. Echo tanto de menos a la abuela que no puedo respirar.

Una suave mano me agarra del codo y me guía hasta una silla, donde me dejo caer sin elegancia.

Me doy golpecitos en las mejillas, soltando la mochila de lona sobre el regazo.

–La verdad es que no sé por dónde empezar.

Paul se pasa una mano por la camisa de vestir a cuadros. Tiene un anillo de oro en el dedo anular. Parece que también ha encontrado la felicidad.

–¿Qué te gustaría saber?

–Todo –digo con un suspiro.

Se pasa una mano por la mejilla, evaluándome.

–Eso es complicado, Noelle.

–¿Lo es? No sé nada. No sé cuánto tiempo estuvisteis saliendo. O cómo os conocisteis. O dónde os conocisteis.

Rebusco en la mochila y saco las fotos que guardaba la abuela, junto con la carta. Cuando la deslizo por la mesa hacia él, presiona la palma de la mano sobre ella. Casi puedo ver cómo se transporta a aquella época cuando la coge y la despliega con cuidado.

Me mira con las cejas levantadas.

–¿Guardó esto?

–Sí, lo encontré en un sobre cerrado. Las fotos estaban dentro.

–¿Encontraste otras?

Sacudo la cabeza y me inclino hacia delante cuando deja la carta.

–¿Había más?

Suspira, mirando una foto que ha cogido.

–Oh, sí. Nos encantaba escribirnos cartas durante el tiempo que pasamos juntos. Le envié varias una vez que volvió a casa, aunque no me sorprende en absoluto que no las guardara. Me sorprende mucho más que conservara esta.

–¿Una vez que volvió a casa?

Me enseña otra foto con una risita. Están apoyados en el borde de un muro de piedra, la abuela está inclinada hacia él con una amplia sonrisa y mira hacia el suelo con timidez.

–Nos conocimos en la universidad. Esta foto fue tomada allí, en la UCLA.

Frunzo el ceño.

–Mi abuela no fue a la UCLA. No fue a la universidad hasta que sus hijos fueron mayores.

La expresión de Paul vuelve a su tristeza anterior.

–Sí que fue. Pero la dejó.

Me recuesto en el asiento y lo asimilo mientras Paul sigue revolviendo las fotos. Es otro secreto revelado, una pequeña pieza de un rompecabezas mucho más grande de lo que esperaba.

Una botella de agua con gas con pinta de cara se deposita sin ceremonias sobre la mesa, interrumpiendo mis pensamientos. Parpadeo y me vuelvo hacia Theo, que se sienta en su sitio. Su rodilla cubierta con unos vaqueros choca contra la mía desnuda antes de que se acomode para dejar más espacio entre nosotros.

–¿Qué es esto?

Se acerca con complicidad. Huele tan bien que quiero gritar; como a leña y un toque de algo dulce.

–No me digas que tengo que explicarte lo que es el agua, Shepard.

Desvío la mirada hacia Paul, que nos observa divertido. Aprieto los labios, tragándome las catorce burradas que esperan a salir de mi boca.

–Gracias –resuelvo–. Deja que te pague.

–Sobreviviré –dice Theo con la boca torcida.

Sí. Es el director financiero de «Adónde vamos ahora», una aplicación de viajes que se encarga de buscarte cualquier cosa, desde paquetes de viajes a la carta hasta servicios completos. Vuelos, alojamiento, experiencias, lo que se te ocurra. Dios sabe que he utilizado la aplicación para reservar una de sus increíbles ofertas fuera de temporada. Una vez, Sadie, Thomas y yo nos alojamos en una cabaña gigantesca en Tahoe por prácticamente nada. Theo también es cofundador (empezaron él y dos de sus amigos de la universidad), y debe de tener un montón de dinero. Una vez cometí el error de buscarlo en LinkedIn, sin darme cuenta de que él podía ver que yo había visto su perfil, y leí un montón de artículos aduladores en los que estaba etiquetado. Todavía recuerdo el mensaje privado que me envió al día siguiente:

¿Buscas algo en concreto, o es solo un acoso común y corriente?

Me costó mucho no borrarme el perfil. Que siga recibiendo notificaciones de cualquier mención suya en las noticias se irá a la tumba conmigo.

Saco un billete de cinco dólares de la mochila y lo deslizo hacia él. Luego empujo la botella de agua a un lado y vuelvo a centrarme en Paul.

–No tenía ni idea de que hubiera ido a la UCLA. Entonces, ¿no os conocisteis en Glenlake?

Sacude la cabeza, observando los recuerdos que se extienden sobre la mesa.

–Tuvimos una clase de Historia del Arte en nuestro segundo año. Me odió desde el principio. Pensaba que era un capullo engreído. Y lo era. –Me guiña un ojo y yo sonrío, encantada–. Al principio no la tenía en mucha estima, aunque era la chica más guapa que había visto nunca. Era muy lista y no tenía miedo de demostrarlo. Me intimidaba, así que la picaba mucho.

–¿La picabas?

–Intentaba provocarla –explica Paul, sonriendo–. Eso a ella no le gustaba mucho.

Me río, imaginándomelo.

–Era peleona.

–Eso me suena –comenta Theo mientras se toma su capuchino.

Me retuerzo en el asiento y enarco una ceja sin interés.

–¿Peleona es la palabra que usarías para describirme?

Parpadea con inocencia, y me distraigo un momento con sus largas pestañas rizadas y el pequeño lunar debajo de su ceja izquierda.

–Puedo confirmar que empieza por «p».

Soltando un suspiro impaciente, me vuelvo hacia Paul.

–Lo siento, sigue.

–Tuvimos un comienzo difícil hasta que una de sus mejores amigas empezó a salir con un chico de mi fraternidad. Cuando se vio obligada a relacionarse conmigo, descubrimos que los dos éramos de Bay Area. Yo crecí aquí, en la ciudad. –Pasa el dedo sobre una de las fotos–. Fue una forma sencilla de conectar, pero nos llevó a entablar una amistad que se convirtió en cariño enseguida. Comenzamos a salir no mucho después.

Se le mueve el pelo con la brisa, y me fijo en que sus manos están llenas de arrugas y manchas al pasarlas sobre otra foto. A pesar de los signos evidentes de su edad, parece fuerte, al menos una década más joven de lo que es.

La abuela también parecía fuerte. Era fuerte, conducía como una polvorilla hasta el día antes de morir, cuando fuimos de excursión a Tennessee Valley. También jugaba al tenis conmigo a menudo y me daba una paliza, aunque yo hubiera seguido con esa afición después del instituto.

Y, aun así, murió mientras dormía tres días antes de Acción de Gracias. Tenía los ingredientes de su famosa tarta de calabaza apilados en la encimera. No estaba preparada. Yo tampoco lo estaba.

Una racha de celos me recorre como electricidad. Como veneno. Envidio a Theo por poder tomarse un café con su abuelo cuando yo nunca volveré a ver a la mía. Me dan ganas de agarrarme a la mano de Paul, de secuestrarlo como rehén hasta que me cuente todos los detalles de su historia. Todas las anécdotas sobre ella: su energía, la forma en la que aplaudía cuando algo le gustaba. Su risa ruidosa y bulliciosa que podía hacer que te zumbaran los oídos si lo hacía en una habitación pequeña. Las otras cosas que parece ser que desconozco.

Quiero retorcer las manos alrededor de sus recuerdos como si estuviera escurriendo una toalla para poder cogerlo todo de una sola vez.

–¿Qué ocurrió? –pregunto. No puedo evitarlo–. A ver, las fotos..., esa carta..., estabais claramente enamorados. ¿Por qué os separasteis? Dijiste que dejó la universidad. ¿Por qué?

Paul inclina la barbilla, clavándome una mirada severa y amable a partes iguales.

–Estás impaciente por saberlo todo ahora mismo.

–No, para nada. –Echo el freno como si mi vida dependiera de ello. No quiero que deje de hablar porque yo haya ido demasiado lejos.

Solo cuando Theo presiona el dedo contra mi rodilla me doy cuenta de que no se está quieta.

–No paras de moverte.

Aparto su mano, froto la piel que ha tocado y luego la cubro con la palma para que no note la piel de gallina.

–Me gustaría contarte la historia, Noelle, pero no va a ser en un solo día –dice Paul.

–Abuelo... –comienza Theo, sentándose erguido.

Paul mira a Theo y después vuelve a mirarme. Una ligera sonrisa se dibuja en sus labios, una sonrisa secreta.

–Quieres saberlo todo, y yo responderé a cualquier pregunta que tengas. Pero me gustaría pedirte más tiempo para hacerlo.

–Por supuesto. Tengo todo el tiempo del mundo. –Mierda. Eso no suena como algo que diría una persona de éxito–. Quiero decir, sí, por supuesto que sacaré tiempo. Solo dime cuándo y dónde.

–Déjame que compruebe mi agenda cuando llegue a casa –responde Paul–. Tengo algunas cosas planeadas para la semana que viene, y no quiero que se me solapen contigo.

–Dios te libre de perderte una tarde de póquer con tus colegas de la fraternidad –murmura Theo, pero su voz es afectuosa. Da a la textura de su voz un toque más suave.

–Pronto estarán todos muertos. Tengo que pasar tiempo con ellos mientras pueda –contesta Paul con jovialidad. Se vuelve hacia mí–. ¿Por qué no intercambiamos números y charlamos?

–Me parece estupendo. –Introduzco el número que me dice Paul en mi teléfono y lo llamo para que también tenga el mío.

Theo se inclina hacia delante para captar mi atención.

–¿No es más fácil si yo te mando un mensaje con las cosas de logística?

Me ahorro una mirada asesina.

–No. Paul y yo podemos encargarnos a partir de ahora.

–Vale. –El móvil de Theo empieza a vibrar con una llamada entrante. Capto el nombre del contacto –Papá– antes de que lo ponga boca abajo, con la mandíbula tensa. Las cejas de Paul se arquean y su mirada se detiene en el teléfono de su nieto, mientras Theo suelta un suspiro–. ¿Terminamos por hoy? Tengo que volver al trabajo y antes debo dejar a este aprovechado en casa.

Contengo mi decepción, recordándome que esto es el principio, no el final.

–Muchas cosas de los 30 Under 30 de Forbes que hacer hoy, ¿eh?

En cuanto las palabras salen de mi boca, quiero hacerme el harakiri. Es como el incidente de LinkedIn, pero multiplicado por diez.

No obstante, la reacción de Theo no es nada de lo que espero. No sonríe ni dice nada arrogante. Es como ver cómo se apaga el interruptor de alguien. Simplemente... se apaga.

–Adiós, Shepard –dice con la mirada perdida, y retira el teléfono de la mesa. La silla chirría contra el cemento cuando se levanta y se aleja unos pasos.

No tengo mucho tiempo para preguntarme cómo me las he arreglado para salir de esta o qué se le ha metido a Theo por el culo. Paul me entrega las fotos y la carta y me toma la mano entre las suyas después de que haya guardado nuestros tesoros en la mochila.

–Me alegro mucho de que me hayas encontrado, Noelle –dice con expresión seria, una mezcla de placer y melancolía–. Espero que consigas lo que necesitas de esta nueva amistad.

La emoción me hace un nudo en la garganta.

–Yo también. Estamos en contacto.

Paul se acerca a Theo, con las manos en los bolsillos de sus pantalones caqui perfectamente planchados. Los ojos de Theo pasan de su abuelo a mí y, durante un largo instante, nos quedamos mirándonos. Él es quien rompe primero el contacto, deslizando la mano hasta la espalda de Paul para ayudarlo a bajar la sutil pendiente de la acera.

Dejo escapar un suspiro, agotada de repente. Exultante. Asustada por lo que pueda descubrir y por cómo pueda cambiar la imagen que tengo de la abuela.

Aparto esa última emoción y me coloco la mochila en el hombro, preparándome para emprender el camino de vuelta al coche.

Pero agarro la botella de agua con gas con pinta de cara de la mesa antes de irme.

CUATRO

DECIDO QUE VOY A DEJAR QUE PAUL HAGA EL PRImer movimiento con nuestro próximo encuentro. No obstante, se me da fatal esperar, así que para cuando termina el fin de semana, ya estoy que me subo por las paredes.

Es la única excusa que me permito para desenterrar mi anuario del último año del instituto Glenlake: aburrimiento. Inquietud. Una excusa para no mirar el móvil. No tiene ninguna relación con ver a Theo, en el que todavía estoy pensando.

De todas las personas del mundo, ¿tenía que ser él el nieto de Paul? Más allá de algunos encuentros accidentales a lo largo de los años, no lo he visto en mucho tiempo, ¿y así es como vuelve a entrar en mi vida? Parece que es cosa del destino, pero no del tipo bueno, sino del tipo de Destino final.

Con un suspiro, me dejo caer en la cama y abro el anuario.

Suelo reprimir mis recuerdos del instituto. No porque fueran terribles, sino porque fue la última vez que tuve las cosas claras.

Theo y yo estamos muy presentes en el anuario. No es de extrañar. No solo éramos los mejores de la promoción, sino que practicamos tenis los cuatro años de instituto y él también jugó al fútbol en el equipo universitario. Yo era la reina de las actividades extraescolares, aunque mi favorita, con diferencia, era la fotografía.

Me dejé la piel y entré en la Universidad de Santa Bárbara, pero cuando llegué allí, estaba claro que era un pez minúsculo en un estanque enorme. Los profesores no se sabían mi nombre, y tampoco les interesaba. A nadie le importaba una mierda que yo fuera inteligente; ellos también lo eran, y hablaban por encima de mí en clase para demostrarlo. Tenía una compañera de piso de mierda, me sentía sola y mi nota media del primer año me mermó la confianza.

Mientras me abría camino a duras penas en la universidad, luchaba por encontrar mi lugar. Incluso la fotografía, que siempre había sido una vía de escape para mí, se me hacía cuesta arriba. En mis asignaturas optativas de fotografía había al menos diez personas que eran mejores que yo. Con lo perfeccionista que yo era, me rechinaban todos los huesos del cuerpo. Llegué a la meta arrastrándome, pero estaba maltrecha, magullada y desilusionadísima. Todas las etiquetas que me había puesto yo misma eran mentira. La universidad y mi posterior lucha por labrarme una carrera profesional significativa no hicieron más que confirmarlo.

Mientras tanto, Theo había prosperado en la Universidad de Berkeley, donde sus padres eran antiguos alumnos. A nuestros amigos comunes les encantaba ponerme al día sobre él: sus prácticas, el semestre que había pasado en Hong Kong, el cómodo trabajo que había conseguido en Goldman Sachs... Seguro que ganaba dinero a espuertas. Y allí estaba yo, recién salida de la universidad, decidida a encontrar la manera de hacer de la fotografía mi principal fuente de ingresos. Comencé a ayudar a un fotógrafo de retratos, que era brillante pero un auténtico cabrón, con la esperanza de acabar abandonando mi trabajo de oficina. Después de un año de sacrificar los fines de semana por Enzo, que oscilaba entre los elogios y las amonestaciones, me despidió cuando no conseguí cierta foto en una boda. Sin duda, el personal del catering