Padre Pío - Fernando Antón - E-Book

Padre Pío E-Book

Fernando Antón

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Beschreibung

El Padre Pío continua actuando en la vida de miles de personas. Su misión es acompañarnos y ayudarnos en nuestra vida para llevarnos a Dios. En este libro descubrirás experiencias fascinantes de personas que han tenido el regalo de conocer el poder intercesor del Padre Pío para acercarse a Dios. Después del encuentro, las personas han fortalecido su Fe o han comenzado a tenerla. El Padre Pío puede cambiarte la vida.

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Seitenzahl: 116

Veröffentlichungsjahr: 2022

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«A mis seres queridos. A las personas que se encontraron con Dios y a las que se encontrarán con Él»

Nano

Índice

PRÓLOGO

«Hasta el final de los tiempos

»

(José María Zavala

)

TESTIMONIOS

1. «Fue en medio del sufrimiento cuando conocí al Padre Pío» (María

)

2. «Sentí un olor extraordinario que no había olido antes» (Clemente

)

3. «Mi aventura con el Padre Pío» (Matteo

)

4. «El Padre Pío me salvó la vida» (Sara

)

5. «He presenciado muchas veces la intercesión del Padre Pío en mi vida» (Anabel

)

6. «Le dije al Padre Pío que me regalara una rosa blanca, y me la regaló» (Emily

)

7. «La confesión me abrió las puertas del Paraíso» (Isaac

)

8. «Padre Pío me parece un hombre extraordinario, Más allá de los estigmas» (Adriana

)

9. «Le pedí al Padre Pío que me dejara oler su fragancia y me escuchó» (Verónica

)

10. «Que todo este dolor sirva para la conversión de mi marido» (Un alma anónima

)

11. «Es el Padre Pío quien te encuentra a ti, no tu a él» (Pilar

)

12. «Decidí refugiarme en oraciones al Padre Pío y en el rezo del Santo Rosario» (Marcos

)

13. «Si alguna vez he levantado un alma, ya puede estar bien tranquila que no la dejaré caer de nuevo» (Patricia

)

14. «Sentí la presencia del Padre Pío» (Cecilia

)

15. «Padre Pío siempre ayuda y contesta, pero se hace de rogar» (Chiti

)

16. «Me arrodillé frente a él y perdí la noción del tiempo. ¡Cuánta paz!» Purificación

)

17.«Cuando uno se encuentra con el Señor ya nada vuelve a ser igual» (Natalia

)

18. «Un día vi la foto del Padre Pío y su mirada me cautivó» (Vianney

)

19. «El Padre Pío me regaló lo que yo le había pedido» (Cristina

)

20. «El Padre Pío me conoce muy bien y sabía que necesitaba un momento de soledad» (Inés

)

21. «Tengo una relación muy estrecha con el Padre Pío, somos muy amigos» (María Clara

)

PADRE PÍO Y CARLO ACUTIS

«Estar siempre unido a Jesús, ese es mi proyecto de vida» (Mari Clemen Ibarra

)

ENTREVISTA CON EL AUTOR

«El Padre Pío es el santo de mi conversión» (Ramón Antonio Pérez

)

Conclusión (J.A. -Un cura rural-

)

Referencias Bibliográficas

Agradecimientos

Oraciones al Padre Pío

Prólogo

«HASTA EL FINAL DE LOS TIEMPOS»

En cierta ocasión, mientras el Papa Pío XII recibía a un grupo de peregrinos en Castel Gandolfo, escuchó a un capuchino arrodillado decirle al pasar:

-Santo Padre, le ruego una oración por el Padre Pío.

El pontífice se giró de inmediato y le dijo:

-De todo corazón.

Animado por estas palabras, el capuchino añadió:

-El Padre Pío se encomienda a sus oraciones.

-Soy yo –replicó Su Santidad- quien se encomienda a las suyas.

La Madre Pasqualina, que vivió al servicio de Pío XII durante todo su pontificado, insistió en que el Padre Pío era calificado con frecuencia por el Papa como el “salvador de Italia”.

Por no hablar del testimonio del padre Carmelo de Sessano, guardián del convento de San Giovanni Rotondo en aquella época, quien ponía de manifiesto que en vísperas de elecciones o de acontecimientos importantes en la vida política italiana, Pío XII pedía oraciones al Padre Pío; igual que haría, años después, el futuro Juan Pablo II.

Con mayor motivo aún debería encomendarse hoy todo el mundo a la intercesión de uno de los más grandes santos en la Historia de la Iglesia, quien, poco más de medio siglo después de su muerte, sigue obrando milagros en las almas con el poder conferido por el mismo Cristo, haciendo honor así a su palabra dada.

El libro que el lector tiene ahora en sus manos es una prueba fehaciente de ello. Su autor Fernando Antón de Pazos, Nano, conoce la gran fuerza del testimonio vivo porque él lo ha experimentado y sigue haciéndolo cada día en su propia alma. Fernando no es un devoto de boquilla. Frecuenta los sacramentos, esgrime a diario la misma arma que el Padre Pío, el Santo Rosario, y desarrolla una importante labor con su página web y en las redes sociales para dar a conocer y amar al santo de los estigmas como gran intercesor de hoy. Predica con el ejemplo.

Sabe él muy bien, con veintiún años cumplidos, que el capuchino italiano es capaz de conducir de la mano al ser humano más reticente hasta el único protagonista de la Historia y de la historia personal de cada uno: Jesucristo, la piedra angular, el Salvador.

Ahora, Fernando ha dado otra zancada en su misión apostólica con la publicación de esta obra que servirá a buen seguro para tocar muchos corazones endurecidos al verse reflejados en alguno de los testimonios que brinda, como en un espejo esmerilado de tenues aristas y contornos.

Resulta muy acertada, una vez más, la frase escogida por el autor como subtítulo de su libro, al parecer pronunciada por el Padre Pío como respuesta al comentario jocoso de un capuchino de su Fraternidad: “Padre Pío, ¡cuánto ruido hace usted!”. La contestación tiene, sin duda, un sentido profético y alude ante todo al Señor.

Recuerdo, a este propósito, las certeras palabras de mi antiguo padre espiritual fray Elías Cabodevilla, el mayor enamorado y difusor de la figura del Padre Pío que he conocido, quien me facilitó el acceso en su día al proceso de canonización del fraile, animándome a que compusiera mi primer libro sobre él:

“Si el Padre Pío atrae hacia Cristo –escribía fray Elías en el prólogo a Padre Pío. Los milagros desconocidos del fraile de los estigmas- a muchos más después de su muerte que en vida, es porque tiene que cumplir la misión grandísima que Dios le encomendó para bien de los hombres hasta el final de los tiempos”.

Dios quiera que las historias tan distintas y esperanzadoras de Patricia, Marcos, Natalia o Clemente, por quienes el Padre Pío sigue intercediendo desde Arriba, se multipliquen ahora en las almas de todos y cada uno de los lectores para mayor Gloria del Todopoderoso siempre.

JOSÉ MARÍA ZAVALA

Madrid, 23 de marzo de 2022.

«No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído»

Hch 4,20

TESTIMONIOS

1. Testimonio de María

«Fue en medio del sufrimiento cuando conocí al Padre Pío»

Me llamo María, estoy casada y tengo cuatro hijos. El primer recuerdo que tengo, relacionado con mi conversión es de febrero de 2012, cuando fui a la iglesia a pedir el bautismo para los, entonces, tres niños. Antes de eso yo había vivido de espaldas a Dios, consciente de su existencia, pero incapaz de reconocerlo en la iglesia católica. Me habían inculcado cierto desprecio, casi odio, por la iglesia. Además, la veía como un ente humano que se beneficiaba de la buena fe de las personas.

Siendo niña recibí una magnífica formación religiosa en mis primeros años de E.G.B. Tenía una maestra muy religiosa que se esforzaba por enseñarnos las verdades de la fe y cada día nos leía el Evangelio y nos lo explicaba. Yo era pequeña, pero aquello quedó grabado en mi subconsciente y reconozco que siempre sentí cierta admiración, no sé si envidia, por las personas que vivían coherentemente su vida con la fe que profesaban. Sin embargo, abandoné toda práctica religiosa después de hacer la Primera Comunión. Fui a un colegio de monjas en mis años de B.U.P. y C.O.U. pero la religión católica no tenía que ver con mi vida.

Viví una juventud intensa, por decirlo suavemente, e incluso estuve a punto de pagar con mi vida los excesos cometidos entonces. Ahora, cuando miro hacia atrás, sé que mi ángel de la guarda se empleó a tope. Dios tenía planes para mí.

Pasaron los años, me casé por lo civil y nacieron mis hijos. Mi vida era perfecta, teníamos todas las comodidades y aquello que se puede desear cuando sólo se piensa en lo material. Sin embargo, yo estaba vacía. Cada vez me sentía más vacía. Me disgustaban las personas, la hipocresía, el postureo y el egoísmo. No encontraba un lugar en el que me sintiera a gusto, ni grupo de amigos que me llenara. Pero el problema no estaba en ellos, el problema era yo. Fueron pasando los años y yo vivía entre narcóticos mundanos: ropa nueva, cuidados estéticos, viajes, vida social, etc. Y, cada vez, más llena de rabia. ¿Por qué?...

Todo estalló cuando las víctimas de la mundanidad en la que nos movíamos fueron mis hijos. En el entorno escolar de entonces fue donde comprendí que les estábamos dando un sucedáneo de algo mejor y más grande que tenía que existir, pero que yo no encontraba. Entonces me acordé de mi maestra de la infancia, de aquella que cantaba a la Virgen en el mes de mayo. Recordé a cada persona con fe que había pasado por mi vida y de la que, seguro, yo me había burlado en su momento. Y sentí envidia. Pensé que, en lo que ellos vivían, debía haber algo diferente que los hacía más felices de lo que yo era. Algo me estaba perdiendo…

Entonces, mi marido y yo, tomamos la decisión de llevar a nuestros hijos a un colegio católico. Decidimos bautizarlos y acercarlos a la iglesia. Porque vi que, al fin y al cabo, todas aquellas personas que tanta envidia me daban eran personas de iglesia.

Llegado este punto, me cuesta explicar con palabras lo que viví…

Fue acercarme a la iglesia y tener la absoluta certeza de que Jesucristo era real, que estaba vivo y que me llevaba a casa. Esto lo sentí así desde el principio y decidí recuperar el tiempo perdido. De repente, todo me interesaba, no había grupo, catequesis o peregrinación a la que no me apuntara, ni Misa a la que no fuera. Pero ¡tenía un problema!, seguía casada por lo civil y no por la iglesia, lo que me impedía recibir los sacramentos. Era una situación irregular que habíamos elegido mi marido y yo, y que ahora estaba teniendo sus consecuencias. Mi marido me dejaba hacer lo que yo quisiera, pero él tenía claro que ya se había casado una vez y no lo iba a hacer dos; y mi fe le daba igual. Esto me provocó una angustia horrible, porque era consciente de mi vida llena de pecados y pensé que si me moría sin confesarlos iría directa al infierno.

Lo cierto es que jamás se me ocurrió desobedecer a la Iglesia y buscar los sacramentos con engaños en alguna otra parroquia. Fue una gracia que el Señor me concedió, poder obedecer a pesar del dolor. Pero yo ya había puesto mi confianza en Él y tuve que sostener una lucha de dos años, con tentaciones de todo tipo. Espiritualmente, era agotador. Sufría mucho, sobre todo cuando en las Misas (a las que asistía a diario) todos se levantaban a comulgar y yo tenía que quedarme sentada, mirando. El demonio me decía entonces: “¿ves?, te invitan a la fiesta, pero para que te quedes mirando en la puerta”. Menos mal que estuve muy bien acompañada por mi párroco en todo ese tiempo. Fue un tiempo de sufrimiento purificador. Y fue en medio de este sufrimiento, cuando conocí al Padre Pío. Había oído hablar de este fraile capuchino y decidí buscar más información sobre él en internet, para conocerlo mejor. Entonces me apareció una carta suya, que estaba dirigida a una hija espiritual. La carta comenzaba así: «Disculpe que la escriba sin haberla conocido nunca personalmente. Jesús quiere que le diga que deje sus angustias, usted se salvará» (escribo la frase de memoria, no sé si eran exactas las palabras, pero la idea era ésta). Al leerla me quedé petrificada.

Enseguida empecé a leer más cosas del Padre Pío, a través del cual llegó a mi alma el abrazo de Cristo. Recuperé la paz y se acrecentó mi confianza en Dios. Comprendí entonces el sentido del sufrimiento que estaba viviendo y que era un don de Dios. Y di gracias por lo que, hasta entonces, vivía como algo horrible (que realmente no era horrible, era un lujo). Comprendí también lo que era expiar, lo que significaba reparar y entendí el valor del sufrimiento ofrecido a Dios.

Poco a poco, el Señor fue arreglando las cosas y llegó el momento de mi matrimonio católico, así como la conversión de mi esposo. Y, por supuesto, llegó nuestra consagración como Siervos del Sufrimiento, para continuar la misión del Padre Pío: cooperar con Cristo en la salvación de las almas. Ahora sí, cada día, ofrecemos nuestro sufrimiento y gracias al Padre Pío he experimentado la felicidad en medio del dolor. He vivido situaciones muy duras que, en manos del Señor, se han transformado en milagros espirituales a mi alrededor.

Nuestra vida, ahora, es una vida auténticamente transformada. Sabemos que la cruz estará siempre presente y damos gracias a Dios por ello, porque como dice el Padre Pío: “el sufrimiento nos pone a los pies de la Cruz y la Cruz a las puertas del cielo”. Deo Gratias.

2. Testimonio de Clemente

«Sentí un olor extraordinario que no había olido antes»

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