Papa Francisco - José Maria da Silva - E-Book

Papa Francisco E-Book

José Maria da Silva

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Beschreibung

Papa Francisco. Perspectivas y expectativas de un papado quiere mostrar al lector un panorama del primer año de gobierno eclesial del papa Francisco. Es una obra colectiva y coral que nace con el propósito de identificar y analizar los cambios en la Iglesia, los ya realizados y los que están en curso, para poder dar fundamento y justificación a las expectativas generadas en relación con el papado de Francisco y el futuro de la Iglesia. Integran el libro catorce áreas temáticas, abordadas por autores de distintas nacionalidades, perspectivas y disciplinas, que analizan las medidas adoptadas por el papa en cada una de dichas áreas. Se abordan temáticas como el perfil pastoral de la Iglesia que sueña el papa Francisco, sus perspectivas teológicas, la vuelta a las raíces del cristianismo y la refundación de la Iglesia, la apertura de nuevos horizontes en cuestiones morales y sobre el papel de las mujeres, su mensaje para los jóvenes, y las expectativas que todo ello genera para el diálogo interreligioso, el sueño ecuménico y el futuro de la Iglesia católica mundial. Autores: Agenor Brighenti (Brasil) Andrés Torres Queiruga (España) Antônio Moser (Brasil) Eva Aparecida Resende de Moraes (Brasil) Evaristo Eduardo de Miranda (Brasil) Faustino Teixeira (Brasil) Fernando Altemeyer Junior (Brasil) Francesc Torralba (España) Jesús Bastante (España) José Manuel Vidal (España) José Maria Castillo (España) Leonardo Boff (Brasil) Leonardo Ulrich Steiner (Brasil) Maria Clara Bingemer (Brasil) Medoro de Oliveira Souza Neto (Brasil) Volney José Berkenbrock (Brasil)

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Seitenzahl: 374

Veröffentlichungsjahr: 2015

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JOSÉ MARIA DA SILVA (Editor)

PAPA FRANCISCOPERSPECTIVAS Y EXPECTATIVASDE UN PAPADO

Traducción de

Título original: Papa Francisco. Perspectivas e expectativas de um papado

Traducción: Emilia Robles

Diseño de la cubierta: Ana Yael Zareceansky

© 2014, Editora Vozes, Petrópolis

© 2015, Herder Editorial, S. L., Barcelona

1a edición digital, 2015

Depósito Legal:  B-12550-2015

ISBN:  978-84-254-3395-5

La reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento expreso de los titulares del Copyright está prohibida al amparo de la legislación vigente.

Herder

www.herdereditorial.com

Índice

Cubierta

Portada

Créditos

Presentación. José Maria da Silva

1. Perfil pastoral de la Iglesia que sueña el papa Francisco. Agenor Brighenti

2. Vuelta a las raíces: renovarse desde la experiencia originaria. Andrés Torres Queiruga

3. El papa Francisco abre nuevos horizontes para la moral. Antonio Môser

4. ¿Cómo vivir, o de qué vivir? El mensaje del papa Francisco a los jóvenes. Evaristo Eduardo de Miranda

5. Perspectivas para el diálogo interreligioso. Faustino Teixeira

6. El papa Francisco y las perspectivas teológicas. Fernando Altemeyer Júnior

7. La salida de sí mismo. El movimiento irrenunciable. Francesc Torralba

8. Los cambios (presentes y futuros) de la primavera de Francisco. José Manuel Vidal y Jesús Bastante

9. El papa Francisco y el futuro de la Iglesia católica mundial. José M. Castillo

10. El papa Francisco y la refundación de la Iglesia. Leonardo Boff

11. Perspectivas de la Iglesia católica en Brasil. Leonardo Ulrich Steiner

12. Francisco y las mujeres. De la «abuela Rosa» a una nueva reflexión sobre la mujer. Maria Clara Bingemer

13. Papa Francisco: perspectivas eclesiales y eclesiológicas. Medoro de Oliveira Souza Neto y Eva Aparecida Resende de Moraes

14. Renovando el sueño ecuménico. Volney José Berkenbrock

Notas

Más información

PRESENTACIÓN

Prof.-Dr. José Maria da Silva[1]

La Iglesia católica está viviendo un momento sin parangón en su historia. Y en esto están de acuerdo los autores de este libro. La renuncia de Benedicto XVI, anunciada sin alarde, a pesar de que causó asombro en todo el mundo católico, y aunque no ha sido inédita en la historia de la Iglesia, se ha mostrado, posteriormente, revolucionaria. Esa constatación puede ser corroborada en la serie de acontecimientos que sucedieron a la renuncia del papa y también porque el acto en sí dio inicio a un proceso de desmitificación de la figura del papado, mostrando cuán humana es.

Surge, entonces, Francisco, el «obispo de Roma», como le gusta ser llamado, el papa elegido con la clara misión, otorgada por sus electores cardenales, de cambiar la deteriorada imagen de la Iglesia. Escándalos sexuales y financieros que se habían vuelto insoportables, además de una feroz lucha por el poder, eran problemas que Benedicto XVI no pudo —probablemente porque se vio sin fuerzas físicas y también psicológicas— afrontar satisfactoriamente. De ahí la grandeza de su gesto de renuncia, que está permitiendo un cambio en la vida de la Iglesia.

El papa Francisco ha dado claras muestras de fidelidad a la solicitud de los cardenales que lo eligieron, implementando también otros cambios en los que él cree, con un estilo propio de gobierno, desde su presentación en la plaza de San Pedro, cuando pidió humildemente a la multitud que le esperaba oraciones para él mismo, o incluso un poco antes, cuando prescindió de las tradicionales vestiduras papales y eligió el nombre pontificio, pasando por la elección de la residencia oficial y por la exitosa Jornada Mundial de la Juventud en Brasil, hasta la actual reforma de la curia romana, en curso avanzado.

Francisco viene sorprendiendo al mundo con sus homilías, discursos, documentos, iniciativas y gestos. Sorpresas más o menos esperadas, pero siempre relacionadas con la estructura pastoral y administrativa de la Iglesia, no con su doctrina, es bueno decirlo. Las lecturas que se hacen hasta el momento apuntan a un nuevo modo de ser Iglesia, administrativa y pastoralmente hablando.

Es en ese contexto en el que se inserta la iniciativa de este libro. Papa Francisco. Perspectivas y expectativas de un papado quiere mostrar al lector un panoramadel primer año de gobierno eclesial del papa Francisco, quien fue encontrado en el «fin del mundo»,en Argentina. Integran el libro catorce áreas temáticas, abordadas por autores de diversas nacionalidades, destinadas a analizar las medidas adoptadas por el papa, en cada una de dichas áreas, con el objeto de identificar los cambios eclesiales ya realizados y los que están en curso, relacionados con el futuro de la Iglesia. Las expectativas producidas por tal análisis deben estar justificadas y fundamentadas en las perspectivas evaluadas. Este libro, sin caer en la tentación de la papolatría, pretende pues mostrar y explicar al lector el vínculo intrínseco entre perspectivas y expectativas en relación con el papado de Francisco.

Con el propósito de alcanzar ese objetivo, los autores de esta obra colectiva han analizado distintas temáticas eclesiales desde diferentes perspectivas. Y aunque muchas otras pudieron haber sido abordadas, las que se presentan aquí se acercan a la expresión del nuevo ambiente eclesial instaurado por el nuevo papa.

Pastoralmente (en el análisis de Agenor Brighenti), la preferencia del papa por ser llamado «obispo de Roma» es una muestra clara de que él quiere ser solo un primus inter pares, un obispo de una diócesis local entre otros de otras diócesis, todos trabajando por un fin común. Se presenta otro perfil del clero, ya no una Iglesia autorreferencial, como la eclesiocéntrica cristiandad, de prestigio y poder, sino otra concentrada en las periferias existenciales; una Iglesia pobre y para los pobres, eminentemente profética y descentralizada. Para ello, tenemos que volver a las raíces eclesiales (como refleja Andrés Torres Queiruga), sin apartar la vista del momento presente, buscando un equilibrio, evitando la repetición artificial y un voluntarismo sin fundamento.Jesús y las primeras comunidades son nuestras raíces, pero no se trata de querer copiarlos, el equilibrio está en hacer hoy en nuestro mundo lo que ellos hicieron entonces en el suyo. La Evangelii Nuntiandi ya nos alertaba del drama de nuestro tiempo: el riesgo de ruptura entre el Evangelio y la cultura. Además, es necesaria una salida de sí mismo —una de las ideas claves del magisterio del papa Francisco—, que posibilita la cultura del encuentro, abrirse al otro y ser significativo en las periferias de la existencia (como recuerda Francesc Torralba).

La cultura de nuestro tiempo presenta aspectos importantes y delicados ante los que no se puede cerrar los ojos, entre los cuales están: el aborto, la sexualidad, el matrimonio homosexual, el divorcio. Instado a hablar de estos temas, el papa se maneja con soltura y sin reprimendas (como evalúa Antonio Moser), hablando fuerte a través de algunos silencios muy significativos. Su concepción de la moral está profundamente marcada por el sentido pastoral, alejándose de la concepción casuística y enriqueciendo de alguna manera los logros alcanzados por la moral renovada y de la liberación. Una concepción de lo que podría llamarse «moral de Jesús Cristo», con una pedagogía de la fascinación, no del miedo, y con la bandera de lo divino que se hace humano y de lo humano que puede llegar a ser divino.

Los jóvenes constituyen otro aspecto importante de la cultura actual, de manera que el papa Francisco parece haber optado por asumir una actitud de preferencia hacia ellos (como refleja Evaristo Eduardo de Miranda). Opción que privilegia el aspecto religioso y espiritual en el diálogo necesario frente a la ética o la moral. El papa no dice a los jóvenes cómo deben vivir, sino de lo que pueden vivir: con la libertad de los hijos de Dios, en el contexto de su vida, sin lamentaciones, inmovilismo, pesimismo o miedo. Una centralidad absoluta también en los pobres (en palabras de Leonardo Boff). No deben quedar dudas o explicaciones que debiliten este claro mensaje: «Hoy y siempre, “los pobres son destinatarios privilegiados del Evangelio”».[2]

¿Y las mujeres? Respecto a la situación de la mujer en el mundo actual, el papa Francisco se ha pronunciado a favor de una mayor valoración de las mujeres en la Iglesia (en la línea de la reflexión de Maria Clara Bingemer). Sin la adecuada valoración e importancia de la mujer, la Iglesia no será lo que debe ser, es decir, fallará en su vocación, perderá su identidad. Frente a esto, el papa propone una teología de la mujer, rescatándola como sujeto y tema teológico.

En esa pluralidad y diversidad cultural, el resto de interlocutores presentan las religiones del mundo. Francisco, sensible y abierto al diálogo, revigoriza (según Faustino Teixeira), con sus constantes referencias a la narrativa del Evangelio, en la propia vida y la práctica de Jesús de Nazaret, el sendero dialogal del cristianismo. Un diálogo verdadero, de amigos, con respeto mutuo. Este contacto religioso también se produce internamente en el cristianismo, en el nivel ecuménico. En ese sentido surge la pregunta (hecha por Volney Berkenbrock): ¿Qué podemos pensar a partir de la forma de ser del papa Francisco de cara a la relación entre los cristianos? Algunos gestos del papa Francisco dejan ver cuatro impulsos para el sueño ecuménico: a) vivimos hoy la pluralidad, también eclesial; b) la capacidad de convivencia precede y es la base para la búsqueda de la unidad; c) la base de la identidad cristiana es el discipulado, no la pertenencia a una confesionalidad; d) un ecumenismo no dependiente de encuentros y organizaciones ecuménicas, sino integrado en el modo de ser cristiano.

¿Qué consecuencias se producirían en el seno de una nueva Iglesia así soñada y vivida? En cuanto a sí misma, en algunos aspectos, ¿qué reconfiguraciones en el modo de ser Iglesia pueden devenir de esos cambios? En la teología, la invitación del nuevo obispo de Roma es para que sea viva, peregrina, «de salida», siempre lista para actuar, para tocar a las personas y dejarse tocar por los sufrimientos y dramas personales, vividos como amor visceral. La tarea teológica tiene que ver entonces (como nos lo recuerda Fernando Altemeyer) con la búsqueda, a la luz de la revelación, de soluciones de los dramas y angustias humanos. En una situación así, la realidad es superior a la idea y la teología es la palabra encarnada.

El papa Francisco también trae consigo una nueva experiencia eclesial, mostrando nuevas perspectivas para una nueva eclesiología (en la percepción de Medoro de Oliveira Souza Neto y Eva Aparecida Resende de Moraes). La historia de la propia vida del papa ofrece la premisa eclesiológica fundamental de los seguidores de Jesús y de su comunidad: una Iglesia pobre (kénosis), en la calle (encarnación) y para los pobres (servicio), con el consiguiente rescate de la primacía de la Iglesia local y del pueblo de Dios sobre la autoridad pastoral.

El camino para la Iglesia católica en Brasil (en la evaluación de Leonardo Ulrich Steiner), percibido en las palabras y gestos de Francisco, es leer y descubrir, a la luz del Evangelio, la misión de llevar la buena noticia como agua de manantial, con el desafío de ser presencia materna y samaritana, practicando una teología de la relación y del encuentro. ¿Y con respecto a la Iglesia católica en todo el mundo? ¿Qué proyecto se puede vislumbrar a partir de la conducta y las palabras del papa? Una Iglesia al servicio de los pobres, los enfermos, los ancianos, los excluidos y los desamparados en general, cuyo objetivo es un mundo más humano; una Iglesia otra, fiel al proyecto de Jesús, humanitaria, de la bondad y la misericordia (en el análisis de José M. Castillo). Una Iglesia que viva lo sagrado en los seres humanos, con énfasis en el ser humano, no en lo religioso.

El papa Francisco parece estar inaugurando una nueva primavera eclesial. Las perspectivas evaluadas muestran esa posibilidad. El jesuita Juan Masiá afirma que «Francisco despertó y puso de nuevo en marcha el adormecido paquidermo eclesiástico». Para que esta marcha continúe, hay reformas estructurales que están siendo y aún deben ser realizadas (en la evaluación de José Manuel Vidal y de Jesús Bastante).

El nuevo estilo de ser papa y de ejercer el papado tiene que ir acompañado de reformas y acciones concretas que lo sostengan, entre ellas: reformar la curia; poner a laicos y a mujeres en puestos de máxima responsabilidad eclesial; fortalecer la transparencia comunicativa y financiera; fomentar decididamente la consulta a las comunidades sobre temas relevantes relacionados con la familia y que se discutirán en el Sínodo de los Obispos sobre la familia; mejorar las relaciones interreligiosas y ecuménicas; cultivar aún más el carácter universal del liderazgo de Francisco, puesto positivamente a prueba en el caso del cuasi ataque estadounidense y de aliados a Siria.

Que el papa Francisco consiga llevar adelante el proyecto de una Iglesia más humana y vuelta hacia a las periferias existenciales.

¡Feliz lectura!

1. PERFIL PASTORAL DE LA IGLESIA QUE SUEÑA EL PAPA FRANCISCO

Agenor Brighenti[1]

Introducción

La renuncia de Benedicto XVI representa mucho más que un gesto personal y un hecho puntual que ha llevado a la elección de un nuevo papa. Por un lado, y consecuente con la inherente fragilidad humana del ministro de todo y de cualquier oficio eclesiástico, el gesto ha desmitificado la figura del papado y ha señalado el imperativo de otro perfil de primado —esencialmente como obispo de Roma, con la función de ser un primus inter pares—, con una labor más pastoral que jurídica, dentro del Colegio Apostólico, que está al frente de las iglesias locales. Por otro lado, el hecho expone a luz del día los oscuros sótanos de la curia romana, envuelta en luchas de poder, corrupción y otros escándalos, organismo que ha sido el principal responsable del estancamiento de la renovación conciliar y del proceso gradual de involución eclesial en las últimas tres décadas.

Incluso para Benedicto XVI había llegado el tiempo urgente y notable de cambios, tal vez no tantos y tan profundos como los que están siendo señalados por el nuevo papa: cambio de perspectiva y de rumbo; reformas institucionales, empezando por la curia romana; «conversión pastoral» del conjunto de la Iglesia, retomando la renovación del Concilio Vaticano II y de la tradición de la Iglesia en América Latina; por último, un perfil diferente del clero, especialmente del papa y de los obispos. Este clamor se hizo oír ya en las sesiones de trabajo de la Congregación de los Cardenales, que antecedieron al cónclave que eligió al nuevo papa. Y no por casualidad fue elegido el entonces cardenal Bergoglio, que catalizó estas aspiraciones en un pronunciamiento rotundo, más tarde revelado por el cardenal cubano Jaime Ortega. Proféticamente señalaba la miseria de una Iglesia cerrada sobre sí misma, «autorreferencial», y la necesidad de «salir a las calles». También presentaba el perfil del nuevo papa:

Un hombre que, desde la contemplación y la adoración de Jesucristo, ayude a la Iglesia a salir de sí misma hacia las periferias existenciales; que ayude a que la Iglesia se convierta en una madre fecunda, viviendo la dulce y reconfortante alegría de evangelizar.

Estas intuiciones básicas constituyen los elementos esenciales del perfil pastoral de la Iglesia con la que sueña el papa Francisco. Un sueño que viene siendo compartido con todo el pueblo de Dios, pues de todos dependen los profundos cambios necesarios en el presente. Así, más que tomar decisiones, el papa Francisco está continuamente señalando, con gestos, actitudes y palabras, el contenido de los cambios y creando las condiciones para que las reformas se produzcan, con la corresponsabilidad del Colegio Episcopal y de todo el pueblo de Dios. Las declaraciones en el primer año de su pontificado han sido muchas: homilías, discursos, entrevistas, y recientemente la publicación de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, el primer documento verdaderamente personal de su pontificado, una mezcla de la Gaudium et Spes y la Evangelii Nuntiandi, los dos documentos de mayor trascendencia en el contexto de la renovación conciliar: el primero abrió la Iglesia al mundo, en una actitud de diálogo y de servicio; el segundo, envió a la Iglesia a una sociedad emancipada de la tutela eclesiástica para testimoniar y luego explicar la Buena Nueva, en gratuidad, en una relación propositiva, de interlocutores.

Para caracterizar el perfil pastoral de la Iglesia que sueña el papa Francisco, vamos a atenernos a sus pronunciamientos, en particular en los discursos pronunciados durante la visita a Brasil con ocasión de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud y a la exhortación apostólica Evangelii Gaudium. Del análisis de todo este rico material emergen, con bastante claridad, ocho preocupaciones pastorales de la Iglesia que sueña el papa Francisco.

De una Iglesia autorreferencial a una Iglesia en las periferias existenciales

Un tema recurrente en las declaraciones del papa Francisco es la «Iglesia autorreferencial», la Iglesia del período de la cristiandad, guiada por el eclesiocentrismo de una institución que se cree a sí misma como el único camino a la salvación, regida por principios ideales e integrada por fieles que encuadran en los innumerables requisitos preestablecidos por las leyes canónicas. Son muchos de los que se aleja: de los irregulares en situaciones que contradicen los códigos legales; de los que están en las «periferias del pecado», considerados perdidos debido al acceso negado a los sacramentos; de los que están «en las periferias existenciales (...) de la ignorancia y prescindencia religiosa» excluidos como interlocutores digno de ser tomados en serio; de los que están «en las periferias existenciales (...) del pensamiento», desafío a los sistemas teológicos de contornos delimitados y certezas innegables; por último, aquellos que están «en las periferias existenciales (...) del dolor, las de la injusticia, (...) las de toda miseria», clamando no por el juicio de un juez, sino por el regazo de una madre. Aquí se encuentran los pobres y analfabetos, los habitantes de la calle, la población penitenciaria, los drogadictos, los homosexuales, las familias monoparentales, las parejas en segundo matrimonio, los lacerados por relaciones rotas de diversos tipos, los no creyentes, los sacerdotes casados, etcétera.

Estas «ovejas sin pastor» no vendrán al encuentro de una Iglesia con el perfil del hermano mayor de la parábola del Hijo Pródigo. En ese sentido, el documento de Aparecida, que tiene mucho del papa Francisco, porque él era el coordinador del equipo de redacción, luego censurado por el CELAM y por Roma, habla de la necesidad de pasar de una espera eterna a una constante búsqueda. Para el papa Francisco, «la posición del discípulo misionero no es una posición de centro sino de periferias». Todavía como obispo en Buenos Aires, criticaba «las pastorales distantes», pastorales disciplinarias que privilegian los principios, las conductas, los procedimientos organizacionales, sin cercanía, sin ternura ni cariño.

Se ignora, decía, la «revolución de la ternura», que causó la encarnación del Verbo. Tiene razón, porque Jesús no vino para los sanos, sino sobre todo para los dolientes, los excluidos de las instituciones rígidas, para rescatar lo que estaba perdido, para redimir, y no para juzgar y condenar. En la visita a Brasil, en el discurso ante los obispos del CELAM, el papa Francisco habla de la necesidad «de una Iglesia que no tenga miedo de entrar en la noche de ellos (...) capaz de encontrarlos en su camino», como Jesús con los discípulos de Emaús; «de una Iglesia capaz de entrar en su conversación».

Necesitamos una Iglesia que sepa dialogar con aquellos discípulos que, huyendo de Jerusalén, vagan sin una meta, solos, con su propio desencanto, con la decepción de un cristianismo considerado ya estéril, infecundo, impotente para generar sentido. (...) [Hoy] hace falta una Iglesia capaz de acompañar, de ir más allá del mero escuchar.

Desde esta perspectiva, Aparecida habla de una Iglesia «ajena a los grandes sufrimientos que vive la mayoría de nuestra gente».[2]

De una Iglesia aduana a una Iglesia samaritana

Francisco es más que el nombre de un nuevo papa. Es un programa de vida, que el papa tomó para sí mismo, además de una referencia evangélica para todos los miembros del pueblo de Dios. Entre otros, Francisco de Asís, Francisco de Roma asume explícitamente, hasta demostrando con gestos emocionantes, la «revolución de la Ternura». Él insiste: «Abrazar, abrazar. Todos hemos de aprender a abrazar a los necesitados, como san Francisco». En comunión con Pablo VI, en una entrevista con la revista Civiltà Cattolica, aboga por una «Iglesia samaritana»:

Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas... Y hay que comenzar por lo más elemental.

En las declaraciones a los obispos del CELAM, con ocasión de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud en Brasil, desde la perspectiva de Juan XXIII, el papa Francisco habla de la necesidad de una Iglesia-madre, condición para una Iglesia maestra, que solo se legitima cuando es apoyada por el testimonio. La vocación y misión de la Iglesia comienzan por el ejercicio de la misericordia. Según el papa:

La Iglesia da a luz, amamanta, hace crecer, corrige, alimenta, lleva de la mano... Se requiere, pues, una Iglesia capaz de redescubrir las entrañas maternas de la misericordia. Sin la misericordia, poco se puede hacer hoy para insertarse en un mundo de «heridos», que necesitan comprensión, perdón y amor.

Esto supone a la Iglesia descentrarse de sí misma, lo que no significa necesariamente salir de su espacio y precipitarse hacia los demás. En la Evangelii Gaudium el papa Francisco afirma que «la Iglesia “en salida”» significa, en primer lugar,

una Iglesia con las puertas abiertas. Salir hacia los demás para llegar a las periferias humanas no implica correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido. Muchas veces es más bien detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino. A veces es como el padre del hijo pródigo, que se queda con las puertas abiertas para que, cuando regrese, pueda entrar sin dificultad.[3]

Francisco invita a una pastoral de acogida, al consejo pastoral, a espacios y tiempos de atención; esto implica una esmerada formación humana de nuestros agentes de pastoral, quienes a veces carecen de las habilidades suficientes para llegar a las personas, especialmente a quienes se encuentran en situaciones especiales.

De una Iglesia de prestigio y poder a una Iglesia pobre y para los pobres

En la inauguración de su pontificado, inspirado en Juan XXIII y conectado con el testimonio de los mártires de las causas sociales de la Iglesia en América Latina, el papa Francisco expresó su sueño: «¡Ah, cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres!», y comenzó por sí mismo: pagando sus facturas al día siguiente de ser elegido, simplificando sus trajes, cambiando el trono por una silla, conservando su cruz pectoral y sus zapatos negros, usando un coche modesto... Es la expresión de la acogida de la famosa admonición de san Bernardo a su hermano cisterciense, elegido como Eugenio III: «No te olvides [de] que eres el sucesor de un pescador y no del emperador Constantino». En entrevista con un periodista italiano, Francisco dijo: «Los jefes de la Iglesia, en general, han sido narcisistas, halagados y exaltados por sus cortesanos. La corte es la lepra del papado».

En Brasil, Francisco ha repetido en varias ocasiones: «La Iglesia siempre debe recordar que no puede apartarse de la sencillez». El prestigio y el poder son clasificados por él como «mundanidad», pues apartan a la Iglesia de la propuesta evangélica del reino de Dios, inaugurado y mostrado por Jesús de Nazaret. En la Evangelii Gaudium afirma:

Esta oscura mundanidad se manifiesta en muchas actitudes aparentemente opuestas pero con la misma pretensión de «dominar el espacio de la Iglesia». En algunos hay un cuidado ostentoso de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, pero sin preocuparles que el Evangelio tenga una real inserción en el pueblo fiel de Dios y en las necesidades concretas de la historia. Así, la vida de la Iglesia se convierte en una pieza de museo o en una posesión de pocos.[4]

En consonancia con el espíritu de la «opción por los pobres», tan bien explicada y tematizada por la teología latinoamericana, el papa Francisco hace de los pobres un asunto central y de primer orden en la vida de la Iglesia y de su pontificado. Como dice Pedro Casaldáliga, «solo hay dos absolutos: Dios y el hambre». La preocupación primera del papa Francisco no es su autoridad o su imagen pública, tampoco la doctrina de la iglesia o discursos bien estructurados, sino el sufrimiento y la causa de los pobres en el mundo, que son la causa de Dios. Como Jesús vino «para que [todos] tengan vida, una vida plena» (Jn 10,10), la prioridad no es la religión, sino la vida mermada y amenazada de dos tercios de la humanidad. De hecho, esta es la verdadera religión porque, salvo las consecuencias del dogma de la Encarnación del Verbo, el cristianismo no propone otra cosa a la humanidad que ser plenamente humanos (Fernando Bastos de Ávila). Según la Gaudium et Spes, Jesús es el punto de llegada de la misión de la Iglesia; su punto de partida es el ser humano. O como dice Juan Pablo II, con Ireneo de Lyon: «El hombre es el camino de la Iglesia». En esto radica la esencia del Evangelio, que recoge el modo en que Jesús se relaciona con el sufrimiento de los enfermos, los pobres, los despreciados, sean pecadores o publicanos, niños silenciados o mujeres despreciadas.

Para el papa Francisco urge «una Iglesia pobre para los pobres» reales, no una opción espiritualista por los pobres. Lo dijo en una obra social en Roma y lo repitió en Brasil: «Vosotros, los pobres, sois la carne de Cristo». Ellos prolongan la pasión de Cristo, la pasión del mundo (Leonardo Boff). Por tanto, para el papa, «es en las “favelas”, en los “cantegriles”, en las “villas miseria”, donde hay que ir a buscar y servir a Cristo». En el Centro Astalli, respondiendo a algunas preguntas acerca de las «periferias existenciales», el papa animó a los institutos religiosos con poca vocación a no vender sus edificios, sino a abrirlos a los necesitados. Y agregó: «La realidad se entiende mejor desde la periferia que desde el centro, que corre el riesgo de atrofia».

En la Evangelii Gaudium, ante tantas espiritualidades alienantes, el papa Francisco nos pide un cristianismo encarnado:

Más que el ateísmo, hoy se nos plantea el desafío de responder adecuadamente a la sed de Dios de mucha gente, para que no busquen apagarla en propuestas alienantes o en un Jesucristo sin carne y sin compromiso con el otro. Si no encuentran en la Iglesia una espiritualidad que los sane, los libere, los llene de vida y de paz al mismo tiempo que los convoque a la comunión solidaria y a la fecundidad misionera, terminarán engañados por propuestas que no humanizan ni dan gloria a Dios.[5]

De una Iglesia milagrera y providencialista a una Iglesia profética

En la mejor tradición franciscana, el papa Francisco insiste en que «el cristianismo combina trascendencia y encarnación». Son los dos componentes de la cruz que caracteriza a los cristianos, destacando la verticalidad y la horizontalidad de la fe cristiana. Es la relación intrínseca entre «Padre nuestro que estás en los cielos» y «El pan nuestro de cada día». Por eso dice a los jóvenes en Rio de Janeiro: «Nadie puede permanecer indiferente ante las desigualdades que aún existen en el mundo». Es preciso tomar partido, ir a la acción: «Quiero que la Iglesia salga a las calles, defendiéndose de todo lo que es mundanidad, instalación, comodidad, clericalismo, estar cerrada en sí misma». No hace falta preguntarse demasiado sobre qué hacer: «Con las bienaventuranzas y Mateo 25 [se tiene un programa de acción]». Para el papa, el gran desafío para los cristianos consecuentes con el Evangelio de la vida es no dejar entrar en nuestro corazón la cultura del descarte, porque somos hermanos. No hay que descartar a nadie». Así que hay que tener «el valor de ir contracorriente de esta cultura eficientista, de esta cultura del descarte».

En nuestra sociedad actual, detrás de la exclusión de los jóvenes y de las personas mayores hay «una eutanasia oculta». Esto no se resuelve simplemente apelando a los milagros, curaciones, acciones paternalistas o salidas providencialistas. La opción por los pobres no es hacer de ellos un objeto de caridad. Como dice Caritas in Veritate, el asistencialismo humilla al pobre. Es preciso ir a las causas de la exclusión, que se remiten al modelo económico, social, político, cultural. En la Evangelii Gaudium, el papa Francisco hace hincapié en que

(...) nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos.

Y continúa:

Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa.

(...)

Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión. Cuando la sociedad —local, nacional o mundial— abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad.[6]

El papa Francisco llama la atención, en esta exhortación apostólica, acerca de que lo anterior

no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz.

Parafraseando a Juan Pablo II, que afirmó la vigencia de una sociedad que genera «ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres», el nuevo papa dice:

Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas.[7]

Este es un campo de acción complejo para los cristianos, aunque sea tarea de todos los ciudadanos. No hay otra salida: «El futuro exige hoy la tarea de rehabilitar la política, (...) que es una de las formas más altas de la caridad», dijo el papa en su discurso a la clase dirigente de Brasil con ocasión de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud de 2013 celebrada en Rio de Janeiro.

De una Iglesia encerrada en la sacristía a una Iglesia accidentada por salir a las calles

En más de una ocasión, y también en su visita a Brasil, el papa Francisco desafía a la Iglesia a salir de sí misma, de su centro, e ir a las calles, a las fronteras. Su pensamiento recurrente e insistente destaca que

Una Iglesia que no sale, a la corta o a la larga se enferma en la atmósfera viciada de su encierro. Es verdad también que a una Iglesia que sale le puede pasar lo que a cualquier persona que sale a la calle: tener un accidente. Ante esta alternativa, les quiero decir francamente que prefiero mil veces una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma. La enfermedad típica de la Iglesia encerrada es la autorreferencial; mirarse a sí misma, estar encorvada sobre sí misma como aquella mujer del Evangelio. Es una especie de narcisismo que nos conduce a la mundanidad espiritual y al clericalismo sofisticado, y luego nos impide experimentar «la dulce y confortadora alegría de evangelizar».

En la Evangelii Gaudium, el papa dice:

Si la Iglesia entera asume este dinamismo misionero, debe llegar a todos, sin excepciones. Pero ¿a quiénes debería privilegiar? Cuando uno lee el Evangelio, se encuentra con una orientación contundente: no tanto a los amigos y vecinos ricos sino sobre todo a los pobres y enfermos, a esos que suelen ser despreciados y olvidados, a aquellos que «no tienen con qué recompensarte» (Lc 14,14).[8]

Para alcanzar una Iglesia misionera, capaz de llegar a todos, especialmente a los pobres y a los olvidados, es preciso una reforma de sus estructuras: se trata de hacer que todas las estructuras de la Iglesia se vuelvan más misioneras, «que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida (...)».

El criterio específico para la reforma de las estructuras de la Iglesia es la misión y no la sofisticación administrativa. Para el papa:

El «cambio de estructuras» (de caducas a nuevas) no es fruto de un estudio de organización de la planta funcional eclesiástica (...). Lo que hace caer las estructuras caducas, lo que lleva a cambiar los corazones de los cristianos, es precisamente la misionariedad.

En una entrevista para la revista Civiltà Cattolica el papa Francisco insta a que, al salir a las calles, hay que tener cuidado de no caer en la «tentación de domesticar las fronteras, se debe ir hacia las fronteras y no llevar las fronteras a casa para barnizarlas un poco y domesticarlas». Es el respeto por la alteridad, la acogida a los diferentes, estar dispuestos a dejarse sorprender y aprender con las diferencias, pues en la evangelización no tenemos destinatarios, sino interlocutores. En lugar de una misión entendida como la búsqueda de conversos sumisos e ignorantes, un proceso de evangelización guiado por el testimonio y el diálogo es condición para la proclamación del kerigma.

Desde esta perspectiva, se presenta la tarea del ecumenismo y el diálogo interreligioso. La verdadera Iglesia de Jesús es una, pero está dividida, lo cual es un escándalo frente a la misión de promover la unidad del género humano. A su vez, y siguiendo lo expresado por el Concilio Vaticano II, las religiones son depositarias de rayos de la misma luz que brillaba en toda su plenitud en Jesús. El cristianismo posee la plenitud de la Revelación, pero eso no significa tener la exclusividad, ni haber entendido todo. En el diálogo con otras religiones los cristianos podemos testimoniar y señalar esa plenitud y también aprender de lo que ya tenemos, pero que aún no hemos descubierto.

De una Iglesia centralista a una «Iglesia de iglesias locales»

Desde el inicio de su pontificado el papa Francisco se ha autodenominado «obispo de Roma». En realidad es el título que mejor expresa su función de presidir la unidad de una «Iglesia de iglesias locales» teniendo en cuenta que él es también un miembro del Colegio Episcopal. Para W. Kasper no existe una supuesta «Iglesia universal», exterior y anterior a las iglesias locales, que haría del papa el obispo de los obispos. Como dice la Lumen Gentium, cada diócesis es una «porción» del pueblo de Dios, no una «parte». La porción contiene el todo; la parte, no. En la apostolicidad de la Iglesia, en cada iglesia local está «la Iglesia toda» aunque no sea «toda la Iglesia». El papa es, ante todo, obispo de Roma, por formar parte del Colegio de los Obispos, y por haber sido Roma la Iglesia de Pedro, también tiene la función de presidir la unidad de las iglesias, como un primus inter pares. Así lo afirma el papa Francisco en la Evangelii Gaudium:

Tampoco creo que deba esperarse del magisterio papal una palabra definitiva o completa sobre todas las cuestiones que afectan a la Iglesia y al mundo. No es conveniente que el papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido, percibo la necesidad de avanzar en una saludable «descentralización».[9]

En Brasil, el papa dijo a los obispos del CELAM que la Iglesia, cuando se erige en centro,

deja de ser Esposa para terminar siendo Administradora; de Servidora se transforma en «Controladora». Aparecida quiere una Iglesia Esposa, Madre, Servidora, facilitadora de la fe y no tanto controladora de la fe.

Desde esta perspectiva, el papa considera las conferencias episcopales como «un ámbito vital». Por eso hace falta una «valorización creciente del elemento local y regional. No es suficiente una burocracia central, sino que es preciso hacer crecer la colegialidad y la solidaridad: será una verdadera riqueza para todos».

La descentralización de la Iglesia se refiere principalmente a la curia romana, precisamente por donde el papa Francisco comenzó la reforma de la Iglesia. En una entrevista a la revista Civiltà Cattolica, expresa:

Los dicasterios romanos están al servicio del papa y de los obispos: tienen que ayudar a las iglesias particulares y a las conferencias episcopales. Son instancias de ayuda. Pero, en algunos casos, cuando no son bien entendidos, corren peligro de convertirse en organismos de censura. Impresiona ver las denuncias de falta de ortodoxia que llegan a Roma. Pienso que quien debe estudiar los casos son las conferencias episcopales locales, a las que Roma puede servir de valiosa ayuda. La verdad es que los casos se tratan mejor sobre el terreno. Los dicasterios romanos son mediadores, no intermediarios ni gestores.

La necesidad de superar un modelo de Iglesia centralista, además de a la curia romana, también se aplica a cierto episcopalismo presente en muchas diócesis, así como al parroquialismo, ya sea en relación con la Iglesia local o de la Iglesia-matriz con las demás comunidades de la parroquia.

De una Iglesia clerical a una Iglesia toda ella ministerial

El clericalismo en la Iglesia es otro tema recurrente en los pronunciamientos del papa Francisco. En una entrevista con un periodista italiano, afirma que «el clericalismo no tiene nada que ver con el cristianismo. Cuando tengo frente a mí a un clerical, instintivamente me transformo en un anticlerical». Y advierte que, «en la mayoría de los casos, [el clericalismo] se trata de una complicidad pecadora: el cura clericaliza y el laico le pide por favor que lo clericalice, porque en el fondo le resulta más cómodo». Para el papa, «el fenómeno del clericalismo explica, en gran parte, la falta de adultez y de cristiana libertad en parte del laicado».

En Brasil, en su discurso a los obispos del CELAM, el papa Francisco pregunta:

Los pastores, obispos y presbíteros, ¿tenemos conciencia y convicción de la misión de los fieles y les damos la libertad para que vayan discerniendo, conforme a su proceso de discípulos, la misión que el Señor les confía? ¿Los apoyamos y acompañamos, superando cualquier tentación de manipulación o sometimiento indebido? ¿Estamos siempre abiertos para dejarnos interpelar en la búsqueda del bien de la Iglesia y su Misión en el mundo?

Como espacio real de ejercicio de corresponsabilidad de todos los bautizados en la Iglesia, el papa recuerda a los obispos la importancia de los consejos diocesanos:

Estos consejos y los parroquiales de pastoral y de asuntos económicos ¿son espacios reales para la participación laical en la consulta, organización y planificación pastoral? El buen funcionamiento de los Consejos es determinante. Creo que estamos muy atrasados en eso.

Para la superación del clericalismo, en vista de una Iglesia toda ella ministerial, el papa alude al lugar y al papel de las mujeres en ella. Dirigiéndose a los obispos del CELAM en Rio de Janeiro, advierte: «No reduzcamos el compromiso de las mujeres en la Iglesia, sino que promovamos su participación activa en la comunidad eclesial. Si la Iglesia pierde a las mujeres en su total y real dimensión, la Iglesia se expone a la esterilidad». En la exhortación Evangelii Gaudium reconoce

Con gusto cómo muchas mujeres comparten responsabilidades pastorales junto con los sacerdotes, contribuyen al acompañamiento de personas, de familias o de grupos y brindan nuevos aportes a la reflexión teológica. Pero todavía es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia.[10]

Superar el clericalismo en relación con las mujeres equivale a despatriarcalizar la Iglesia, para que hombres y mujeres sean actores paritarios, en una efectiva corresponsabilidad de todos los bautizados.

De una Iglesia gobernada por obispos-príncipes a una Iglesia de pastores con el olor de las ovejas

Otro tema recurrente del papa Francisco es el perfil de la gran mayoría de los obispos de la Iglesia de hoy, alejados del estilo del episcopado del «pacto de las catacumbas», sellado por un grupo de obispos en la clausura del Concilio Vaticano II. El clericalismo de los presbíteros parece agravado en el modelo de obispo que prevaleció en las últimas décadas. Ahora, al ordenar nuevos obispos en Roma, el papa Francisco les hace tres recomendaciones. En primer lugar:

Sed pastores con el olor de las ovejas, presentes en medio de vuestro pueblo como Jesús Buen Pastor. Vuestra presencia no es secundaria, es indispensable. ¡La presencia! La pide el pueblo mismo, que quiere ver al propio obispo caminar con él, estar cerca de él. Lo necesita para vivir y para respirar. No os cerréis. Bajad en medio de vuestros fieles, también en las periferias de vuestras diócesis y en todas esas «periferias existenciales» donde hay sufrimiento, soledad, degradación humana. Presencia pastoral significa caminar con el pueblo de Dios: caminar delante, indicando el camino, indicando la vía; caminar en medio, para reforzarlo en la unidad; caminar detrás, para que ninguno se quede rezagado, pero, sobre todo, para seguir el olfato que tiene el Pueblo de Dios para hallar nuevos caminos.

En segundo lugar, los obispos deben ser pastores, caminar «con y en su rebaño», cerca de la gente, «compartiendo sus alegrías y esperanzas, dificultades y sufrimientos, como hermanos y amigos, pero más aún como padres, que son capaces de escuchar, comprender, ayudar, orientar». Hombres que amen la pobreza, tanto la pobreza interior como la libertad ante el Señor, como la simplicidad y la austeridad de vida. Hombres que no tengan «“psicología de príncipes”, (...)hombres [que no sean] ambiciosos, que son esposos de esta Iglesia en espera de otra más bella o más rica»;hombres «¡bien atentos en no caer en el espíritu del carrerismo [pues] eso es un cáncer!».

En tercer lugar, el obispo debe

permanecer con el rebaño. Me refiero a la estabilidad, que tiene dos aspectos precisos: «permanecer» en la diócesis y permanecer en «esta» diócesis, (...) sin buscar cambios o promociones. (...) No se puede conocer verdaderamente como pastores, al propio rebaño, caminar delante, en medio o detrás de él, cuidarlo con la enseñanza, la administración de los sacramentos y el testimonio de vida, si no permanecemos en la diócesis. (...) Os pido, por favor, que permanezcáis en medio de vuestro pueblo. (...) Evitad el escándalo de ser «obispos de aeropuerto».

Conclusión

El perfil pastoral de la Iglesia que sueña el papa Francisco ¿es una quimera o es otra Iglesia posible? Parafraseando a Helder Camara, si la Iglesia que sueña el papa Francisco fuera solo un ideal suyo, solo sería un sueño; pero si su sueño fuera también nuestro sueño, sería el comienzo de la realidad.

2. VUELTA A LAS RAÍCES: RENOVARSE DESDE LA EXPERIENCIA ORIGINARIA

Andrés Torres Queiruga[1]

Introducción

A primera vista no parece muy apropiado mirar al pasado cuando se trata del futuro y de la renovación de la Iglesia. Sin embargo, es muy importante hacerlo. El pasado, cuando es un pasado fundante, no se queda atrás, sino que permanece siempre, como tierra fecunda que alimenta el presente y orienta los caminos hacia el porvenir. Aclarar un poco por qué es así es lo que intentan estas reflexiones.

Del carisma a la institución

La Iglesia está hecha de seres humanos que, como tales, están sometidos a las leyes que rigen la convivencia e influyen en el curso de la historia. Para ella vale también una de las leyes, si así queremos llamarla, que el gran sociólogo alemán Max Weber analizó y expuso acerca del nacimiento y desarrollo de todos los movimientos colectivos.