Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Este libro pretende ser, modestamente, una guía actual para la lectura del Nuevo Testamento, una guía que no presupone conocimientos previos y que se dirige tanto al creyente como al no creyente, a aquel que quiere leer solo y al que quiere leer en grupo, al que quiere proseguir la lectura y al que quiere comenzarla.Cada «etapa» de esta guía está dividida en dos:1. Una presentación general de un libro o de un grupo de libros.2. Una serie de «itinerarios» que permiten libar en el seno del libro o de los libros.Según los gustos o los deseos, cada lector puede recorrer el conjunto del Nuevo Testamento o bien detenerse en un libro y estudiarlo de un modo más preciso. Pero, sobre todo, el lector tiene el derecho, e incluso el deber, de ir más allá. Para utilizar bien esta guía, es preciso superarla, discutirla, interrogarla, no aceptar nada de lo que dice sin haberlo verificado en el texto. Una guía está hecha para ser manoseada, anotada, subrayada y, finalmente, abandonada.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 374
Veröffentlichungsjahr: 2014
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Abreviaturas de los libros del Nuevo Testamento
Leer el Nuevo Testamento
Iª PARTE. Generalidades
El mundo del Nuevo Testamento
La Pascua, acontecimiento fundador del Nuevo Testamento
La redacción y la transmisión del Nuevo Testamento
2ª PARTE. Evangelios y Hechos
El género «evangelio»
El evangelio de Marcos
El evangelio de Mateo
La obra de Lucas: evangelio y hechos
El evangelio de Juan
3ª PARTE. Las cartas del Nuevo Testamento
Las cartas de Pablo
Los sucesores de Pablo
Las cartas apostólicas
4ª PARTE. Los itinerarios
Itinerarios a través del Nuevo Testamento
Itinerarios a través de los e1vangelios
Itinerarios a través de las cartas
5ª PARTE. El Apocalipsis
El Apocalipsis
6ª PARTE. Consejos para abordar un texto
Análisis de un relato
Análisis de un discurso
7ª PARTE. Para ir más allá...
Los apócrifos del Nuevo Testamento
Bibliografía
Mapa
Créditos
(presentados en el orden tradicional)
Evangelios y Hechos
Mt
Evangelio según Mateo
Mc
Evangelio según Marcos
Lc
Evangelio según Lucas
Jn
Evangelio según Juan
Hch
Hechos de los Apóstoles
Las cartas del Nuevo Testamento
Corpus paulino
Rom
Carta a los Romanos
1 Cor
Primera carta a los Corintios
2 Cor
Segunda carta a los Corintios
Gál
Carta a los Gálatas
Ef
Carta a los Efesios
Flp
Carta a los Filipenses
Col
Carta a los Colosenses
1 Tes
Primera carta a los Tesalonicenses
2 Tes
Segunda carta a los Tesalonicenses
1 Tim
Primera carta a Timoteo
2 Tim
Segunda carta a Timoteo
Tit
Carta a Tito
Flm
Carta a Filemón
Heb
Carta a los Hebreos
Las cartas católicas
Sant
Carta de Santiago
1 Pe
Primera carta de Pedro
2 Pe
Segunda carta de Pedro
1 Jn
Primera carta de Juan
2 Jn
Segunda carta de Juan
3 Jn
Tercera carta de Juan
Jud
Carta de Judas
El Apocalipsis
Ap
Apocalipsis
Un camino árido entre Jerusalén y Gaza, en pleno mediodía. Dos hombres conversan: uno, ricamente vestido, está sentado en una litera que le protege del agobiante calor. Tiene un rollo de papiro en la mano; el otro, más modestamente está de pie y se dirige a él: «¿Entiendes lo que estás leyendo?». El primero menea la cabeza con desaliento: «¿Cómo voy a entenderlo, si nadie me lo explica?».
El que acaba de hablar es un hombre importante, un alto funcionario del reino de Etiopía, y, sin embargo, confiesa su impotencia a un pobre desgraciado cubierto de polvo al que invita –insigne honor– a subir a su litera. Pronto, el caminante habla con autoridad: conoce bien el texto que lee el extranjero, es un pasaje del profeta Isaías, y es capaz de ofrecer de él apreciaciones sorprendentes. Hablando con convicción, pasa con facilidad de Isaías a Jesús, y logra evangelizar al gran hombre que, subyugado, solicita el bautismo.
Este pequeño relato tomado de los Hechos de los Apóstoles (cap. 8, vv. 5-40), que narra la conversación entre el apóstol Felipe y el eunuco de la reina de Etiopía, muestra un principio fundamental de lectura: para comprender la Biblia, nada mejor que la discusión con alguien que ya ha tenido una primera experiencia de estos textos de aspecto muchas veces extraño. Sin las explicaciones de Felipe, el texto que lee el eunuco corre el riesgo de convertirse en letra muerta. Y este último se da cuenta perfectamente de que no ha dejado de reclamar una guía.
Nada es mejor que la presencia viva y el contacto directo: el resplandor de la comprensión que afecta al eunuco procede tanto de lo que le dice Felipe como de sus gestos, sus entonaciones, su mirada, su entusiasmo, en resumen, de su vida. En una perspectiva cristiana, nada es mejor que el diálogo con un miembro de la Iglesia que, como Felipe, es guardián de la memoria y la interpretación de las Escrituras, reflejo de la historia de la comunidad.
Pero no siempre existe la posibilidad de encontrarse con cristianos. E incluso se pueden tener ganas de comenzar completamente solos. Sobre todo, uno tiene el derecho de leer la Biblia sin ser cristiano.
Por tanto, este libro quiere ser, modestamente, una guía para la lectura del Nuevo Testamento. No presupone conocimientos previos y se dirige tanto al creyente como al no creyente, tanto a aquel que quiere leer solo como al que lee en grupo, al que quiere retomar la lectura como al que la comienza.
Con una interesante costumbre del lenguaje, frecuentemente se compara el acto de lectura a un desplazamiento: se habla de «recorrer un libro» o de «itinerarios de lectura». Leer se identifica a menudo con hacer turismo.
Esta guía está concebida al modo de una guía turística. Igual que ella, trata de hacer ver, de hacer comprender. Lo mismo que ella, trata de conducir a lo esencial intentando hacerse olvidar, pues sólo cuenta el monumento. Como ella, propone un recorrido en varios niveles, según uno tenga mucha prisa, o quiera detenerse, o se busque un detalle preciso, o, perezosamente, quiera dejarse guiar.
Lo propio de una guía turística es ser arbitraria, y a veces injusta: ¿por qué destacar antes este museo que aquella otra fuente, tal iglesia que tal castillo? Algunos adjudican incluso estrellas, como si fueran «puntos»… Esta guía, sin llegar a conceder buenas notas a los textos, manifiesta el mismo carácter parcial (en todas sus acepciones): ¡son tan pocas 200 páginas para hablar de la Biblia!
También el lector tiene derecho, incluso el deber, de ir más lejos: detenerse en las orillas del Jordán con Jesús, sentarse con los corintios en las predicaciones de Pablo, temblar ante las salvajes imágenes del Apocalipsis. Para utilizar bien esta guía es preciso superarla, discutirla, interrogarla, no aceptar nada de lo que dice sin haberlo verificado en el texto. Una guía está hecha para ser manoseada, anotada, subrayada y, finalmente, abandonada.
En un museo se ofrecen varios recorridos a los visitantes: o bien seguir el orden de las salas escrupulosamente, partiendo del objeto más antiguo para ir al más reciente, deteniéndose ante cada cuadro, ante cada vitrina; o bien caminar en todos los sentidos siguiendo la inspiración y los felices encuentros que proporciona el azar de los paseos. En el Nuevo Testamento son posibles las dos actitudes, y la guía favorece ambas.
Cada etapa se compone de dos partes:
1. Una presentación general de un libro o de un grupo de libros.
2. Una serie de «itinerarios» que permiten libar en el seno del libro o de los libros.
Según sus gustos o sus deseos, cada lector puede recorrer así el Nuevo Testamento por grandes etapas o bien detenerse en un libro y estudiarlo de un modo más preciso. Para facilitarle la tarea, se ha elegido una señalización sencilla con ayuda de iconos:
– señala un itinerario a través de varios textos o varios capítulos,
– invita a detenerse en un texto para estudiarlo en lectura guiada,
– invita a la lectura continua de un texto.
– propone una actividad en torno a un texto.
Esta guía puede ser utilizada con cualquiera de las ediciones de la Biblia que incluyan el Antiguo y el Nuevo Testamento. Si ya poseéis una Biblia, podéis serviros muy bien de ella.
Si no la tenéis, podéis elegir entre las siguientes, según vuestras preferencias y vuestros intereses:
Nueva Biblia Española. Madrid, Cristiandad, 1975. Hermosa traducción, sobre todo del Antiguo Testamento (dirigida por Luis Alonso Schökel), que fue la primera que introdujo el principio de «equivalencia dinámica».La Biblia, de La Casa de la Biblia. Madrid-Salamanca-Estella, Atenas-PPC-Sígueme-Verbo Divino, 1992. Traducida por un grupo de más de treinta biblistas españoles, consigue un excelente equilibrio entre traducción, introducciones y notas.Biblia de Jerusalén. Bilbao, Desclée de Brouwer, 1998. Inspirada en la Bible de Jérusalem francesa, contiene extensas notas e introducciones, así como exhaustivas referencias cruzadas.Biblia del Peregrino. Bilbao, Ega-Mensajero, 1995. Es una versión actualizada de la Nueva Biblia Española. Existe una «edición de estudio» (en coedición con Verbo Divino, 1996) con notas-comentario del P. Alonso Schökel en tres volúmenes.Sagrada Biblia. Madrid, La Editorial Católica (BAC), 1975. Traducción muy literalista de F. Cantera y M. Iglesias, ideal para el estudio, aunque por eso mismo con un lenguaje algo rígido y alejado del habla corriente.a Sagrada Biblia. Pamplona, Eunsa, 2003. Traducción en cinco tomos elaborada por profesores de la Universidad de Navarra. Contiene comentarios y notas de tipo espiritual.La Biblia Latinoamérica. Madrid-Estella, San Pablo-Verbo Divino, 1972, versión de los padres Ricciardi y Hurault. Edición muy apreciada por el público de América por su lenguaje cercano al pueblo latinoamericano, sus interesantes introducciones y su gran riqueza de notas de carácter pastoral.La Biblia de América, de La Casa de la Biblia. Madrid-Salamanca-Estella, PPC-Sígueme-Verbo Divino, 1994, es una adaptación hecha teniendo en cuenta cuatro áreas lingüísticas de América.Biblia Católica para Jóvenes, Estella, Verbo Divino, 2005. El texto bíblico de la Biblia de América de La Casa de la Biblia se ve complementado con numerosos recursos pedagógicos y atractivas ilustraciones. Especialmente dirigida a los jóvenes de América.La primera versión original en francés de esta guía data de 1982, y la traducción al español fue publicada ese mismo año: es la obra póstuma del biblista Étienne Charpentier, muerto trágicamente en 1981 en un accidente de tráfico. Incansable divulgador de los estudios bíblicos, dirigió el Service Biblique (católico) «Évangile et Vie» y fundó los Cahiers Évangile (Cuadernos Bíblicos).
Más de veinte años después de su publicación, Para leer el Nuevo Testamento estaba un tanto anticuado: incluso aunque llegara a otro público, Étienne Charpentier lo destinaba sobre todo a grupos de lectura católicos creados tras el Concilio Vaticano II (1962-1965), que había insistido en la importancia de los estudios bíblicos en la Iglesia católica.
Hoy los lectores de la Biblia han cambiado. En primer lugar, porque los lectores no cristianos son cada vez más numerosos; éstos quieren conocer el libro que ha forjado más profundamente la cultura de Occidente y comprender las grandezas, aunque también las debilidades, del cristianismo. Después, porque, cristianos o no, poseen cada vez menos una cultura religiosa (inculcada frecuentemente por una catequesis anterior al Vaticano II) que sustentaba a los grupos bíblicos animados por Charpentier. Finalmente, porque en sus referencias, sus ejemplos ilustrativos o su voluntad de actualizar, éste apelaba a un mundo que ha cambiado.
Adaptar no quiere decir renegar: aunque muchos elementos han sido cambiados, reformulados, la arquitectura general de la obra y, sobre todo, su objetivo no han sido cuestionados. La sencillez de expresión, el respeto por la pluralidad bíblica y la voluntad de transmitir sin traicionar han sido respetados; en resumen, el espíritu permanece.
EL MUNDO DEL NUEVO TESTAMENTO
El Imperio romano
Judea y Galilea
Judíos y cristianos
LA PASCUA, ACONTECIMIENTO FUNDADOR DEL NUEVO TESTAMENTO
La Pascua
La afirmación de fe: el kerigma
Narrar la resurrección: los relatos
Apertura
LA REDACCIÓN Y LA TRANSMISIÓN DEL NUEVO TESTAMENTO
Etapas de la redacción del Nuevo Testamento
La transmisión del texto del Nuevo Testamento
Retomemos la metáfora de la guía turística: antes de visitar los diferentes monumentos de una ciudad uno tras otro, siempre es útil tener una visión de conjunto, saber cómo se disponen los barrios, cuándo fueron construidos, por qué decidieron construir en un terreno y no en otro.
Sucede lo mismo con el Nuevo Testamento: para comprender bien cómo se articulan los diferentes libros unos junto a otros, hay que tener una visión de conjunto:
I. ¿En qué ambiente fue escrito?
II. ¿Por qué se escribió?
III. ¿Qué géneros literarios se eligieron?
IV. ¿Cuándo se escribió?
A cada una de estas preguntas responde un capítulo de esta primera parte.
Recordemos algunas evidencias:
1. El Nuevo Testamento no es un libro, sino una biblioteca. El Nuevo Testamento no es la obra de un autor único que lo habría escrito de una sola vez, sino una serie de libros yuxtapuestos escritos en épocas diferentes (entre el 50/51 y alrededor del 120 d. C.) por autores diferentes. No sólo fueron escritos en ambientes distintos, sino también para públicos distintos. Además, contiene escritos con formas diversas: relatos teológicos centrados en torno a la persona de Jesús (los evangelios) o de los apóstoles (los Hechos), cartas y un único ejemplar de un género literario conocido en el judaísmo de después del exilio (el Apocalipsis).
2. La biblioteca del Nuevo Testamento se divide tradicionalmente en varios grupos: 1) los cuatro evangelios, designados por el nombre del autor que la tradición les ha adjudicado (Mateo, Marcos, Lucas y Juan); 2) los Hechos de los Apóstoles; 3) las cartas del apóstol Pablo, designadas por sus destinatarios (comunidades o individuos); 4) las cartas católicas, designadas por sus supuestos autores; 5) el Apocalipsis.
Según los ambientes y las épocas, las costumbres han variado.
Actualmente se privilegia el sistema siguiente: Jn 15,12-14
Jn: nombre del libro en abreviatura: Juan
15: nº del capítulo: capítulo 15
12-14: nº de los versículos: pasaje que abarca los versículos 12 a 14, incluidos (12, 13, 14).
Cuando se quiere citar un pasaje más largo que abarca varios capítulos, se suele utiliza un guión largo: Jn 15,12–16,1.
Para citar varios versículos del mismo capítulo, se utiliza un punto: Jn 15,1.3.6.
Cuando se abre una Biblia moderna estamos acostumbrados a ver el texto dividido en capítulos y versículos. Y, en algunas ediciones, los capítulos están divididos en párrafos y en partes a las que se le da un título. Destinados a ayudar a la lectura, capítulos, versículos, párrafos y encabezamientos no forman parte del texto bíblico.
En efecto, las primeras Biblias conservadas son mucho más austeras: el texto es continuo, presentado sin divisiones. Más aún, el final de las frases no está indicado por un punto, e incluso las palabras no están separadas por un espacio, según el uso antiguo.
La división en capítulos data del siglo XIII (la idea se remonta a Lanfranc, consejero de Guillermo el Conquistador en el siglo XII) y la división en versículos, más tardía, data del siglo XVI. La leyenda cuenta que Henri Estienne estableció esta partición en versículos en el curso de una cabalgada entre Lyon y París.
Los párrafos y los encabezamientos se han propagado en las ediciones modernas a partir del siglo XX.
La Judea de Jesús y de los apóstoles no es más que una pequeña provincia alejada, perdida en el vasto Imperio romano que se extendía alrededor del Mediterráneo. Conquistada en el 63 a. C. por el general Pompeyo, había perdido desde hacía mucho tiempo su independencia, ya que había pasado sucesivamente bajo la dominación de los babilonios, los persas y después los griegos. A partir del reinado de Augusto (30 a. C. -14 d. C.), la pax romana augusta –la dominación romana en la paz– se extiende por el Imperio, fundado sobre una organización centralizada del poder y, por tanto, por Judea.
Para entender cómo los textos hacen alusión al contexto del siglo I, he aquí algunos textos extraídos de los Hechos de los Apóstoles que evocan la vida del Imperio romano:
13,6-13 (los magos itinerantes)
14,12-13 (los cultos paganos)
16,16-40 (los adivinos)
17,6 (los magistrados)
He aquí algunos otros:
18,1-4 y 26-28; 19,9 y 24
21,31; 22,25-28; 23,23 y 35
24,22-23; 25,12; 27,1-44; 28,16
¿Qué enseñanzas podéis sacar de ellos?
1. La lengua. Contrariamente a lo que se cree, poca gente hablaba el latín: el Imperio romano es ampliamente bilingüe. Aunque la lengua de la administración, la lengua del poder, es el latín (hablado únicamente en Italia, en la Galia y en Hispania), la mayoría de los súbditos del emperador habla una forma estandarizada de griego, el llamado griego de la koiné («la [lengua] común»). El griego ocupa más o menos el lugar del inglés en nuestra civilización: lengua de los negocios y de la cultura, sirve de lengua de relación entre los pueblos. Coexiste la mayoría de las veces con las lenguas locales, como el arameo, hablado en Israel, una lengua semita próxima al hebreo.
2. La administración. El Imperio está dividido en provincias gobernadas por altos funcionarios romanos: según su importancia, los prefectos (como en Cerdeña o en Egipto), los procónsules (como en Grecia: cf. Sergio Paulo [Hch 13,7] o Galión [Hch 18,12-17]) y los legados (cf. Quirino [Lc 2,2]). Conviene observar que, en Judea, el delegado del emperador tuvo primeramente rango de prefecto (Poncio Pilato) antes de convertirse en procurador (cf. Félix, Festo [Hch 24,27]).
3. Las vías de comunicación. Las vías romanas, numerosas y bien mantenidas (en su origen están destinadas al ejército y a los correos imperiales), siguen siendo, con justicia, famosas: permiten un intenso tráfico. El propio Pablo, como todos los comerciantes judíos, las recorren regularmente (así la vía Egnatia para ir a Filipos). Las vías marítimas son igualmente numerosas, y Pablo, gran viajero, recurrió a ellas más de una vez. Dos imperativos vinculados a la técnica náutica restringían un tanto su extensión: no se viajaba por mar más que de marzo a noviembre, y sólo excepcionalmente se perdían de vista las costas (cabotaje). Esta relativa facilidad de comunicación explica ampliamente lo extensa de la dispersión de los judíos, los numerosos viajes de los apóstoles –no sólo Pablo, sino también Pedro, que va a Antioquía, a Corinto y a Roma– y, finalmente, la rápida extensión del cristianismo.
4. La justicia. Fieles a su tradición, los romanos mantienen frecuentemente el derecho local: el derecho latino no se aplica más que a los pocos ciudadanos romanos. Esto explica varios episodios del Nuevo Testamento: el hecho de que el sanedrín de los judíos tenga un cierto poder legal sobre Jesús (Mt 26,59; Mc 15,1; Lc 22,66) o Pablo (Hch 23), y el derecho que posee Pablo, en tanto que ciudadano romano, para apelar al emperador (Hch 22,25-29; 23,27).
5. El régimen tributario. Aunque existe pluralidad de derechos, los impuestos afectan a todo el mundo. El emperador percibe no solamente impuestos directos cobrados sobre sus propiedades (bienes raíces, pero también por los animales, los asnos, el aceite, etc.) y las personas, sino igualmente impuestos indirectos (aduanas, concesiones, transacciones). Para conocer a los contribuyentes, el emperador hace que se organicen regularmente censos, a semejanza del que narra el evangelio de Lucas (Lc 2). Muchos impuestos son cobrados por perceptores, generalmente poco queridos, llamados publicanos (del latín publicum, «bien común»).
He aquí los pasajes en los que se habla de los publicanos:
Mt 5,46; Mt 9,10-11; Mt 11,19
Mt 21,31-32; Mc 2,15-16;
Lc 3,12; Lc 5,29-30; Lc 7,29-34;
Lc 15,1; Lc 19,2.
¿Qué lugar les concede Jesús?
Es difícil cifrar la población del Imperio romano. Con frecuencia se menciona la cifra de 50 millones. Para las grandes ciudades se avanzan cifras como de un millón y más para Roma y Alejandría, medio millón para Antioquía, Tarso, Corinto y Éfeso. Jerusalén podría superar los 30.000 habitantes (aunque su población se triplicaba considerablemente durante las grandes fiestas). No todos los hombres tenían el mismo estatus.
1. Los ciudadanos romanos. Gozaban de un estatus particular, y son relativamente poco numerosos fuera de Italia. En esta época, la ciudadanía es un privilegio envidiado concedido por el emperador como recompensa por servicios excepcionales.
2. Los hombres libres. Son bastante numerosos en Judea.
3. Los esclavos. La suerte de numerosos esclavos (dos habitantes de cada tres en algunas grandes ciudades) es muy variable según su dueño o su estado: muy duro en el campo o en las minas de sal, esta situación es más soportable en la ciudad, sobre todo para los esclavos especializados, artesanos, médicos, secretarios, cocineros… Pueden ser liberados, bien por sus dueños, bien mediante un rescate. En Judea y en Galilea, sin embargo, la situación es muy diferente. Se parecen más a siervos por un tiempo determinado (no más de siete años) que a los esclavos conocidos entre los romanos.
Para describir realidades teológicas complejas, los autores del Nuevo Testamento utilizan con frecuencia la comparación con la esclavitud. Hallamos varios sentidos:
El pecado es como una esclavitud.Rom 6,17-20; 2 Pe 2,19;
Jn 8,33-36; Tit 3,3.
El cristiano debe ser humilde como un esclavo, a imagen de Cristo, convertido en esclavo.Mt 20,27-28; Mc 10,44;
1 Cor 9,19; Flp 2,7.
La acción de Cristo, que salva a los hombres, es comparable a un rescate, es decir, al precio de una liberación.Jn 8,36; Gál 4,1-7; 1 Cor 7,23.
Pablo es el primero en emplear el término técnico de «redención», que designa el rescate de un prisionero de guerra:
Gál 3,13; Rom 3,24; Rom 8,23;
1 Cor 1,30; Ef 1,7; Ef 1,14; Ef 4,30;
Col 1,14; Heb 9,12.
El estatuto de la religión en el Imperio romano es muy extraño para nosotros. Por una parte, hay una religión oficial (los dioses de la mitología romana, el culto al emperador y a Roma) que se practica en las ceremonias públicas y en la que no se cree más que de manera abstracta o puramente formal, un poco como se puede creer en Mariana según el ritual republicano francés. Por otra parte está la religión privada, frecuentemente hecha de sincretismo (mezcla de religiones), de creencias locales.
Los cultos llegados de Oriente (Asia Menor, Persia y Egipto) y las religiones mistéricas (Eleusis, orfismo) tienen una gran importancia, pues aportan una respuesta a las preguntas a las que no responde la religión oficial: ¿cuál es el sentido de la vida?, ¿qué sucede después de la muerte?, ¿los malvados serán castigados y los buenos recompensados? Éstas proponen a sus adeptos convertirse, individualmente, en objeto del favor del dios sanador o salvador.
1. Jerusalén. El judaísmo se centra en torno a Jerusalén y, sobre todo, a su Templo, cuya influencia se extiende sobre toda Judea, un territorio tan grande como Bretaña o Bélgica que cuenta con medio millón de judíos o un poco más.
2. La Diáspora. La mayoría de los judíos viven en la Diáspora, es decir, en la «dispersión». Algunos quedaron en Babilonia después del Exilio (586-538 a. C.), muchos se instalaron en Alejandría, donde constituyen un quinto de la población, otros habitan en Asia Menor, Grecia, Siria y Roma. Se estima que alrededor del 8% de la población del Imperio era judía, es decir, de 7 a 8 millones de personas. Los judíos se benefician en el Imperio de un estatuto especial: exención del servicio militar, respeto al sábado o posibilidad de pagar un impuesto anual al Templo. Así, dependen de dos jurisdicciones: oficialmente, de la del emperador, después de la del Sanedrín de Jerusalén.
A lo largo de sus viajes misioneros, Pablo entra en las sinagogas de numerosas comunidades judías alejadas de Judea:
en Antioquía de Pisidia (Hch 13,14),
en Iconio (Hch 14,1),
en Tesalónica (Hch 17,1),
en Berea (Hch 17,10),
en Corinto (Hch 18,4),
en Éfeso (Hch 18,19).
El mapa físico permite situar las llanuras fértiles (Yezreel, Sarón, Sefelá), las mesetas de Galilea y Samaría-Judea, donde se cultiva, a veces en terrazas, un suelo pedregoso, y el valle del Jordán, con su islote de frescor que es Jericó. Las lluvias, bastante abundantes, no caen más que entre octubre y marzo, y el agua debe ser cuidadosamente conservada en cisternas.
1. La agricultura. Constituye el principal recurso. Por todas partes se cultiva el trigo, base de la alimentación, y la cebada. La siembra empieza tras las primeras lluvias. La cosecha de la cebada se hace antes de Pascua; la del trigo, entre Pascua y Pentecostés.
Los olivos producen un abundante aceite que se exporta a Egipto y Siria. También se exportan higos a Roma. Las viñas se cultivan sobre todo en Judea. En los viñedos suele haber un lagar y también una torre desde donde se vigila a los ladrones y las zorras.
Junto a las frutas, verduras y legumbres ordinarias, como lentejas, garbanzos y lechugas, se encuentran otros productos más refinados que llegan hasta la mesa del emperador, como las granadas y los dátiles de Jericó o de Galilea, las trufas de Judea, las rosas, con las que se hace una esencia perfumada, y, sobre todo, el bálsamo de Judea, en Jericó sobre todo, que es un producto muy caro y es objeto de un gran comercio. El país estaba entonces muy poblado de árboles… antes de que pasaran las cabras.
Había ganado en abundancia: ovejas y cabras que producían carne, leche, cuero y lana. El templo, con sus numerosos sacrificios, obligaba a un gran consumo de bovinos. También había robustos asnos que servían para las labores agrícolas y para los desplazamientos. Para los transportes más pesados se usaba el camello. El caballo estaba reservado a los militares.
2. La industria. Contaba con algunos sectores prósperos.
La pesca se practicaba en los ríos, pero sobre todo en el lago de Tiberíades, donde se comercializaba el pescado seco o ahumado para todo el país.
La construcción marchaba bien. Del 20 a. C. hasta el 64 d. C. se realizaron grandes obras de embellecimiento en el Templo, donde llegaron a trabajar hasta 18.000 obreros. Herodes Antipas, el hijo de Herodes el Grande, construye la ciudad de Tiberíades y fortifica Séforis y Julias. El rey Agripa construye una muralla al norte de Jerusalén, y Poncio Pilato un nuevo acueducto.
La artesanía responde a las necesidades de la vida diaria: fabricación de vestidos (tejido, hilado, teñido, bataneo), de vajilla (alfarería) y de joyas.
El Templo constituye una especie de «gran complejo industrial». Los sacerdotes y los levitas hacen su negocio en él; los canteros y albañiles lo mantienen; se sacrifican en él millares de corderos y terneros cada año: las pieles (propiedad de los sacerdotes) son curtidas y después transformadas y exportadas. Se utilizan en él maderas preciosas y perfumes. La afluencia de peregrinos favorece los comercios de alimentación, pero también los de «recuerdos», pues los peregrinos deben gastar allí el importe del segundo diezmo. El primer diezmo, o décima parte de los ingresos, retorna a los sacerdotes del Templo.
3. El comercio. El comercio interior consiste sobre todo en el intercambio de mercancías. En el comercio exterior se importan sobre todo productos de lujo: cedros del Líbano, incienso, aromas, oro, hierro y cobre de Arabia, especias y tejidos de la India… Se exportan alimentos (frutas, aceite, vino, pescado), perfumes, pieles y betún del mar Muerto. Este comercio está en manos de grandes mercaderes.
Todo esto hace que Palestina pudiera ser perfectamente un país «que mana leche y miel», si no fuera por los impuestos y por la desigual distribución de las riquezas.
Hay una minoría que lleva una vida fastuosa. Entre ellos se encuentra el soberano y su corte, pero también la aristocracia sacerdotal de Jerusalén, los grandes comerciantes, los jefes de los recaudadores de impuestos o publicanos y los propietarios de grandes fincas (sobre todo en Galilea). En un escalón más bajo encontramos a los artesanos y los sacerdotes de los pueblos; los pequeños campesinos, frecuentemente endeudados, están más cerca de los pobres. Los más desvalidos son los obreros y los jornaleros, los que no encuentran trabajo, a los cuales frecuentemente no les queda más remedio que el recurso a la mendicidad, y, por supuesto, los esclavos. Los enfermos (parecen ser frecuentes las enfermedades de la piel, muchas veces agrupadas bajo el nombre de «lepra») y los lisiados viven de la mendicidad. La limosna constituye un importante deber religioso. Hay que dejar aparte a los ladrones, muy numerosos, y más aún a los «bandoleros», es decir, los sediciosos, como Barrabás.
Presentamos sucesivamente los grupos sociales, religiosos y políticos. De hecho, es imposible distinguirlos con tanta claridad, pues se solapan. Junto a los ricos, las clases medias y los pobres se pueden señalar algunas categorías particulares.
Leed: Hch 4,1-17; 5,17-42.
Observad los grupos sociales citados: ¿qué representan?
1. El clero. Hay una gran diferencia entre la aristocracia sacerdotal de Jerusalén y el resto del clero. En la cima de la jerarquía está el sumo sacerdote. Responsable de la Ley y del Templo, presidente del Sanedrín, el gran consejo judío, el único que puede entrar una vez al año en el Santo de los Santos (la parte más secreta y más sagrada del Templo), es el jefe religioso del pueblo. En otra época eran nombrados de por vida. En realidad, primero los reyes judíos y después los romanos lo nombran y lo destituyen a su gusto: por tanto, el sumo sacerdote vigente trataba de complacer a las autoridades civiles. Por otra parte, este cargo estaba bien remunerado: se lleva parte de las ofrendas, beneficios sobre las ventas de animales… Y como estos sumos sacerdotes pertenecían a cuatro familias, es fácil adivinar su poder político y económico.
Los responsables del Templo, encargados de la policía o del tesoro, tienen también derecho al título de «sumo sacerdote». Frecuentemente son saduceos (cf. p. 19).
Los sacerdotes rurales son alrededor de 7.000. Muy cercanos al pueblo pobre, comparten su vida, sus oficios y su pobreza. Distribuidos en 24 secciones o clases, ejercen sus funciones en el Templo, por turno, durante una semana por semestre, así como en las tres fiestas de peregrinación. Se saca a suerte el encargado de ofrecer el incienso, y este acontecimiento único es vivido por el sacerdote como la oportunidad de su vida (Lc 1,5-9). Algunos, más instruidos, son escribas. Muchos son fariseos (cf. p. 19).
Los levitas, especie de bajo clero que había perdido todo poder, son los parientes pobres del clero. Cerca de 10.000, distribuidos también en 24 secciones, ejercen en el Templo una semana dos veces al año funciones subalternas: preparación de los sacrificios, percepción de los diezmos, música o policía del Templo.
2. Los ancianos. Los ancianos son laicos notables que poseen la tierra, de tradición conservadora en materia religiosa y social. Incluso en ellos, existe una gran diferencia entre los jefes del pueblo y el pequeño grupo de ricos comerciantes o granjeros que ocupan un lugar en el Sanedrín de Jerusalén. Se aferran a su poder y están unidos tanto a los ocupantes romanos como a los sumos sacerdotes. Frecuentemente son saduceos (cf. p. 19).
3. Los escribas o doctores de la Ley. Son esencialmente los especialistas en la Torá, es decir, en la Ley de Moisés. Tienen una gran influencia en tanto que intérpretes oficiales de las Escrituras, tanto en la vida corriente como ante los tribunales. Algunos son sacerdotes, pero la mayor parte son laicos y fariseos. Verdaderos maestros del pueblo, comparten muchas veces con él la pobreza. Los más célebres en esta época son Hillel y Sammai (antes de nuestra era), Gamaliel, maestro de Pablo (Hch 5,34; 22,3), Yohanán ben Zakay, el jefe de la escuela de Yabne después del año 70, y Rabí Aqiba, ejecutado por los romanos en el 135. Algunos escribas podían recibir el título honorífico de rabí (de ahí el «rabino» de nuestros días).
4. Los publicanos. Estos perceptores o cobradores de peaje, organizados en sociedad cerrada, se sitúan frecuentemente en las fronteras (Cafarnaún, Jericó). Aunque judíos, cobran los impuestos por cuenta del ocupante romano; por esta razón y porque tienen tendencia a incrementar los impuestos por su propia cuenta, están mal vistos y considerados como pecadores públicos (cf. p. 14).
Habitualmente se designa a estos grupos con el nombre de sectas: evidentemente, esta palabra no tiene ningún carácter peyorativo, ya que designa en griego a los «partidos». Las tres principales nacieron en la época de los Macabeos (siglos III-II a. C.).
Leed: Hch 4,1-17; 5,17-42; 18,24-48; 22,2; 23,6-9.
¿Qué sectas aparecen?
¿Cuál es su doctrina?
1. Los fariseos. Tienen frecuentemente mala prensa, aunque se trata, sin embargo, de una elite intelectual y religiosa. En sus inicios, son los separados (es el sentido de la palabra) de los reyes asmoneos de mitad del siglo II antes de nuestra era, considerados como infieles. Después se separan del pecado. Están preocupados ante todo por la santidad de Dios, cuya Ley meditan asiduamente. Porque saben que es difícil vivir sin cesar en presencia del Dios santo, se rodean de toda una red de prácticas. Sin embargo no son hipócritas: cuando el fariseo de la parábola (Lc 18,9-13) dice que ayuna dos veces por semana, que da el 10% de sus bienes a los pobres… lo hace.
Son hombres de fe, y Jesús se siente próximo a ellos. Su error, según los evangelios, es pensar que pueden apoyarse en su santidad para acercarse a Dios, que se han ganado el cielo con sus méritos. Si Jesús se opone tan duramente a ellos, es quizá porque quedó decepcionado al verlos pervertir así su santidad y porque tienen una gran influencia sobre el pueblo sencillo, que les admira. Esta influencia se debe más a su santidad que a su número: apenas eran 6.000. Algunos de ellos adoptaron hacia Jesús y sus discípulos una actitud abierta (Jn 3; Lc 7,36; 13,31; Hch 5,34; 15,5; 23,9). Sobre todo son ellos los que salvaron el judaísmo después del año 70.
2. Los saduceos. Casta de notables, en parte sacerdotal, su doctrina es mal conocida. Parecen no reconocer como Ley más que el Pentateuco (y no los Profetas); no creen ni en la resurrección ni en los ángeles (Hch 23,8). Oportunistas en política, colaboran gustosamente con el ocupante romano para mantener su poder. Serán muy duros con Jesús y con el naciente cristianismo. Apenas tenían vitalidad religiosa para sobrevivir al desastre del 70, y desaparecieron entonces de la historia.
¿Qué imagen presenta de los saduceos el Nuevo Testamento?
Mt 3,7; 16,1-6.11-12; 22,23-33;
Hch 4,1-3; 5,17-18; 23,6-10.
3. Los esenios. Especie de monjes que vivían en comunidad, su doctrina es mejor conocida desde el descubrimiento en 1947 de los manuscritos de Qumrán. Bajo la dirección de un sacerdote al que llaman Maestro de Justicia, se separaron de los demás judíos, a los que consideran poco fervorosos. Viven en la oración y la meditación de las Escrituras, preparando activamente la llegada del Reino de Dios.
4. Los movimientos bautistas. Entre el 150 a. C. y el 300 d. C. hubo en Palestina y fuera de ella numerosos movimientos bautistas. Se caracterizan por la importancia que dada al bautismo como rito de iniciación o de perdón y por una actitud hostil frente al Templo y los sacrificios. Los nazareanos (diferentes de los nazarenos o nazoreos) rechazan todo sacrificio cruento. El movimiento de Juan Bautista se inscribe en esta corriente, pero no tiene nada de sectario: está abierto a todos y no rechaza nada de la fe tradicional. Parece que este movimiento sobrevivirá a su muerte, y la práctica de un bautismo de conversión según Juan Bautista es todavía conocido en Éfeso hacia el 54 (Hch 19,1-7).
5. El «pueblo de la tierra». Con esta expresión despectiva es como los fariseos designan a veces al pueblo sencillo que ignora la Ley y, por tanto, es incapaz de respetar las múltiples prescripciones, y por eso mismo es impuro (cf. Jn 7,49; Hch 4,13).
6. Los nazarenos (o nazoreos). En una ocasión, en los Hechos de los Apóstoles, los judíos designan así a los cristianos (Hch 24,5). Se discute el origen de la palabra. En cualquier caso, el apelativo señala perfectamente un hecho incontestable: durante mucho tiempo, los discípulos de Jesús aparecían simplemente como una secta nueva en el seno del judaísmo.
7. Los samaritanos. Éstos no forman una secta propiamente dicha. De origen muy dispar, los samaritanos se separaron del judaísmo oficial a lo largo de la historia, y en particular después de la toma de Samaría en el 722 a. C. Tienen el Pentateuco en común con los judíos, pero construyeron su templo en el monte Garizín. Mantienen relaciones muy tensas con los judíos (cf. Lc 9,52-53; Jn 4,9; 8,48). La benevolencia de Jesús respecto a ellos escandalizará a sus contemporáneos (Jn 4,5-40; Lc 10,13; 17,10-17). La misión cristiana se desarrollará primero entre ellos (Hch 1,8; 8,5-25; 9,31; 15,3).
8. Paganos vinculados al judaísmo. Para el judaísmo, el mundo se divide en dos: los judíos (los circuncidados) y los paganos (o naciones, o incircuncisos, o gentiles, palabra que procede del latín gentes, «naciones»). Pero, incluso aunque el judaísmo no parece haber sido misionero, estos últimos pueden agregarse a los primeros. Los prosélitos (de un verbo griego que significa «acercarse») son los paganos que aceptan todo de la Ley judía, la fe, pero también la circuncisión y las demás prácticas (Hch 2,11; 6,5; 13,43; cf. Mt 23,15).
Los «temerosos de Dios» aceptan la fe monoteísta, siguen el Decálogo (los diez mandamientos) y algunas reglas alimentarias, sin llegar hasta la circuncisión; por tanto, siguen siendo paganos (Hch 10,2.22; 13,16.26.43.50; 16,14; 17,4.17; 18,7).
Frente al ocupante romano, los judíos se dividen entre los que colaboran y los que se rebelan. Para conservar su poder, los ricos y el alto clero colaboran gustosamente con los romanos.
1. Los herodianos. Mal conocidos, los herodianos son sin duda los partidarios de la dinastía herodiana, frecuentemente cercanos a los romanos. Serán hostiles a Jesús (Mt 22,16; Mc 3,6; 12,13).
2. Los zelotas. El «celo» por la Ley lleva a los más religiosos a una resistencia, pacífica por parte de los fariseos, violenta por parte de aquellos a los que, a partir del 66, se llamará zelotas, y con anterioridad, desde los años 40, sicarios (por el nombre de su corta espada, sica, fácilmente disimulable bajo sus vestidos). Son éstos los principales responsables de la revuelta que desembocará en el desastre del 70. Antes de este periodo se conocieron varias revueltas abortadas, conducidas por personas que pretendían ser «mesías» (Hch 5,36; 21,38).
Es importante recordar este contexto para comprender las diferentes actitudes que se tomarán ante Jesús como mesías (por ejemplo, Jn 6,15).
Leed algunos textos de los Hechos de los Apóstoles: 3,1-2; 6,1-15; 9,1-2; 13,13-15.44-52; 16,11-15.
1. El Templo. Magníficamente restaurado por Herodes, el Santuario se levanta en medio de una explanada de entre 300 y 500 metros. Es el lugar santo de la presencia de Dios, con unos accesos estrictamente reglamentados. En el Santo de los Santos, habitación vacía cerrada por la cortina del Templo, donde se encontraba antiguamente el arca, sólo podía penetrar el sumo sacerdote, una vez al año, el día del kippur o perdón. Luego, alrededor del altar, situado justo ante el santuario, se encuentra un pequeño atrio reservado a los sacerdotes. Viene después el patio de Israel (los hombres) y el patio de las mujeres, separado del patio de los gentiles (no judíos) por una balaustrada que ningún pagano podía franquear bajo pena de muerte.
El templo de Jerusalén. A. Santo de los Santos. B. Santuario propiamente dicho. C. Porche. D. Patio de los Sacerdotes. E. Fuente de Guijón. F. Altar de los holocaustos. G. Patio de los israelitas. H. Puerta de Nicanor. I. Patio de las mujeres.
Sobre el inmenso altar de 25 metros de lado y 7,50 metros de alto se inmolaban, por la mañana y por la tarde, un cordero como «sacrificio perpetuo», así como numerosos animales ofrecidos como sacrificio privado. En los días de fiesta, los sacrificios se multiplicaban; sacerdotes y levitas se encargaban de ellos, la gente se agolpaba…
El cordero pascual debía ser inmolado antes de ser consumido en familia. Por eso, desde la destrucción del Templo en el 70, la pascua judía se celebra sin cordero.
Centro de la religión, el Templo es también un importante espacio para la política (es la sede del sanedrín), un polo intelectual (con lectura y discursos bajo las columnatas del Templo) y, finalmente, un centro económico de la nación, por toda la actividad que genera.
2. La sinagoga. La palabra sinagoga designa, en primer lugar, la reunión de los creyentes. Igual que nuestra palabra «iglesia», ha llegado a designar el edificio donde se reúne la comunidad. Más aún que el Templo, lejano para muchos y adonde sólo se subía (teóricamente) durante las fiestas, es el lugar donde se forjan la fe y la piedad del pueblo.
3. Las fiestas. Las tres fiestas de peregrinación son particularmente importantes: al reunir al pueblo en torno al Templo, refuerzan la fe común.
– La fiesta de Pascua celebra la liberación durante el Éxodo. Para esta ocasión llegan a Jerusalén cerca de 200.000 peregrinos. La tarde del 14 de Nisán se inmolan en el patio del Templo los corderos que serán consumidos en familia después de que el sol se ponga. La fiesta se prolonga durante ocho días. La agitación es tan grande entonces que la autoridad romana teme los motines y el prefecto o el procurador, que reside habitualmente en Cesarea, sube también a Jerusalén.
– Pentecostés, cincuenta días más tarde, y primitivamente fiesta de la cosecha o de las semanas (Ex 23,16; 34,22), se había convertido, desde el comienzo de nuestra era, en la celebración del don de la Alianza, conmemorando también el don de la Ley en el Sinaí y de la renovación de la Alianza (de forma parecida a como el cristiano «renueva» su bautismo en la noche pascual).
– La fiesta de las Tiendas o de las chozas es la más espectacular. Para recordar la estancia en el desierto, cada familia se construye una choza con ramas en los alrededores de la ciudad (actualmente, en la terraza o en la sala de estar). Había algunos ritos muy populares, como la procesión de los sacerdotes a la fuente de Siloé, acompañados del pueblo, que llevaba palmas (cf. Jn 7,37s y quizá los «ramos» de la entrada de Jesús en Jerusalén), y también la iluminación de los cuatro candelabros que alumbraban la ciudad entera.
– El Yom Kippur o Día del Perdón es una fiesta de penitencia. Es la única vez en el año en que el sumo sacerdote entra en el Santo de los Santos para ofrecer como expiación la sangre de los sacrificios. Esta fiesta está preparada por Ros ha-saná o Añonuevo, a comienzos del mes lunar que cae en septiembre-octubre. La fiesta de la Dedicación o Janukká celebra la purificación del Templo en el 164 a. C. por Judas Macabeo (cf. Jn 10,22). Los Purim o las Suertes conmemoran la salvación del pueblo obtenida gracias a Ester; esta fiesta se ha convertido en el equivalente al carnaval.
4. El sábado. El sábado es, junto con la circuncisión, la práctica más sagrada. El descanso estricto, junto con las escasas actividades permitidas, minuciosamente reglamentadas, debía permitir al hombre descansar y alabar a Dios. Algunos judíos lo critican como un yugo insoportable (cf. Mc 2,27, que cita una máxima en uso en la época).
En la mañana del sábado se escuchaba la enseñanza: una lectura de la Ley (el Pentateuco), iluminada por el texto de un profeta, seguido de la homilía. Cualquier fiel puede hacerla (cf. Lc 4,16s), pero, de hecho, está reservada a los escribas y a aquellos que saben leer y comentar las Escrituras. La oración, además de la recitación de los salmos, consiste esencialmente en grandes bendiciones que enmarcan la recitación del Semá, resumen de la fe de Israel. Comprende también otras bendiciones que celebran las maravillas de Dios hacia su pueblo, reunidas posteriormente en las Dieciocho Bendiciones (Semoné Esré).
5. El Sanedrín. El gran Sanedrín de Jerusalén (de una palabra griega que significa «sentarse juntos») está compuesto por 71 miembros: ancianos y sumos sacerdotes (sobre todo saduceos) y algunos escribas (fariseos). Lo preside el sumo sacerdote. Instituido sin duda en el siglo I a. C., se reúne en las inmediaciones del Templo dos veces por semana. Tiene un poder político (vota las leyes), una policía propia, puede condenar los delitos de derecho común, pero en tiempos de Cristo no podía condenar a muerte. Es la corte suprema religiosa que fija las prácticas religiosas, establece el calendario de los meses y las fiestas, y regula la vida religiosa. Dejó de existir en el año 70 como poder político. En cuanto poder religioso, renació en Yabne. Por todo el país había pequeños sanedrines compuestos por 23 miembros.
Para comprender la historia de la Iglesia primitiva, hay que recordar que el primer cristianismo nace en un ambiente judío y, para una parte de sus miembros, sigue siendo judío durante mucho tiempo.
Al principio, y durante mucho tiempo, los discípulos de Jesús –que no serán llamados cristianos hasta muchos años más tarde, en Antioquía (Hch 11,26)– aparecen como una tendencia particular del judaísmo, a semejanza de los esenios o de los fariseos. Pedro y Juan van a orar al Templo, Pablo predica en las sinagogas y se apoya en el medio judío para extender su predicación a los paganos… Algunos acontecimientos que parecen hacer surgir la Iglesia del judaísmo no son decisivos: sin duda, los helenistas –los cristianos surgidos de la Diáspora que hablan griego– se enfrentan a la institución del Templo y son expulsados de Jerusalén (Hch 6–7), pero no son más que una minoría. Sin duda se ha acogido a paganos en la Iglesia (Hch 15,1-29), pero algunas sinagogas de la Diáspora hacen lo mismo.
En nuestros días se distingue con claridad a los cristianos de los judíos. Si se es judío, no se es cristiano, y viceversa.
Ahora bien, no sucedía lo mismo en los comienzos de la Iglesia. Por ejemplo, el apóstol Pablo distingue solamente entre los judíos, por un lado, y, por otro, las gentes de las naciones; es decir, los no judíos. Pero entre los judíos se cuentan aquellos que confiesan el nombre de Jesús, el Mesías, y otros, una mayoría, que no le reconocen o que le rechazan.
