Pasión Nails - Rosario Izquierdo - E-Book

Pasión Nails E-Book

Rosario Izquierdo

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Beschreibung

Una mujer. Un barrio «al que no va nadie». Una revolución de colores. A Pepa se le cae la casa encima estos días: ha pasado los cincuenta, le ronda una menopausia incómoda, la sensación de invisibilidad que da estar en paro y mandar CVs sin respuesta, un marido al que llama el santo Job y una hija que cada día la necesita menos. Así que se echa a la calle a pasear donde nadie la conozca, a darse pena a sí misma, a no pensar. Y en uno de estos itinerarios se topa con el rótulo fluorescente de un salón de manicura, el tipo de sitio al que una mujer como Pepa no ha entrado en su vida. Las uñas de colores cambian en muchos sentidos la vida de Pepa y la de las mujeres que atienden ese salón, Pasión Nails, donde se forjan unos vínculos inesperados que nos hablan de privilegio, de clase, de género y de generación. Una historia sencilla en el mejor sentido, que sucede aquí y ahora, y que nos descubre un mundo en el barrio de al lado.

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Seitenzahl: 276

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Rosario Izquierdo

Pasión Nails

Índice

Primera cita

Autoficción

Barrio

Centro

Desmesura

Interdependencia

Lectoescritura

Impostura

Job

Lunes

El armario

Keli

Alberto

La noche

La boda

Créditos

This is my letter to the World That never wrote to Me.

Emily Dickinson

Para José Manuel, compañero de vida.

Primera cita

En la mañana de viernes, el salón de manicura luce como un pastel de fresa a los pies de los bloques. Es de los pocos negocios que sobreviven en los comerciales, como llaman en el barrio a estos locales bajos. Solo quedan una tienda minúscula, abarrotada de comestibles y bebidas, y un bar en la parte posterior, frecuentado por hombres. La fachada rosa fucsia, recién pintada y flanqueada por dos naranjos amargos, parece desafiar el abandono del resto de locales, plantando cara a la crisis y resaltando alegremente, a ras del suelo, entre torres de pisos de doce alturas que van del verde grisáceo al amarillo claro. Colores desvaídos de protección oficial.

Junto a la puerta abierta de par en par hay dos mujeres jóvenes fumando. Sus sombras se proyectan sobre los bajos del cartel que ocupa gran parte de la fachada. Las dos manos de ese cartel, extendidas al cielo sus uñas gigantescas labradas con pedrería, superan la altura de las chicas. Por encima de sus cabezas, justo donde terminan las uñas imposibles, se lee en grandes letras fucsia: PASIÓN NAILS. El humo del tabaco se eleva todavía más allá, hacia el rótulo que se extiende de lado a lado de la parte superior y donde se repite el mismo nombre, bajo letras gigantescas que especifican SALÓN DE BELLEZA, en negro. Algunos corazones suspendidos, de diversos tamaños y grados de color malva, rosados, flotan por la atmósfera de la cartelería.

Las chicas terminan de fumar, lanzan con fuerza las colillas hacia el aparcamiento de coches, entre el salón de belleza y el kiosco de chucherías, y vuelven al salón por la puerta que sigue abierta de par en par, invitando a adentrarse.

Pasión, rosa, negro, fucsia y pedrería brillante, uñas, amor, nails, belleza. Quién querría resistirse a tanta promesa tóxica. Desde la media distancia no se percibe el toque amoniacal de la pasión: esos naranjos sobrecargados de azahar son bombas aromáticas de racimo que expanden su aroma del suelo al cielo y de dentro afuera, colándose por las ventanas abiertas de los pisos, subiendo de las narices a los cerebros con un golpe seco. Al acercarse, justo delante de la puerta, se aprecia otro efluvio que va ganando la batalla al de los naranjos en flor.

Dentro del salón de manicura, más amplio de lo que parecía desde la calle, predomina la luz fluorescente. El azahar pierde aquí toda su influencia. Bajo la única ventana, grande, situada a la derecha, se extiende un sofá negro de escay. Una adolescente de rabillo en el ojo, melena espesa y pestañas telescópicas está sentada en él, sin despegar la vista de su teléfono móvil salvo para mirar de vez en cuando dentro del cochecito de bebé, que a veces mueve con la mano que no sujeta el teléfono. Otras dos esperan de pie, hablando entre ellas. A la izquierda, dos muchachas con batas rosas atienden a sus clientas. Se afanan con las uñas mientras sujetan con delicadeza las manos de las otras, apoyadas en unas almohadillas de plástico celeste para ofrecer desde allí sus dedos convenientemente estirados, sin excesiva rigidez ni excesiva laxitud. Más allá hay dos sillones para la pedicura, con taburetes pequeños de plástico morado a sus pies. Resuena el reguetón de una cadena de radio en el local. Por todas partes, estanterías repletas de botes de colores, salpicadas de cartelitos escritos a mano que anuncian los productos en oferta de la semana. Despacito. Quiero desnudarte a besos despacito. Firmo en las paredes de tu laberinto. Y hacer de tu cuerpo todo un manuscrito. Al fondo, mirando de frente a la puerta, una mujer con mechas rubias y uniforme rosa, detrás de un mostrador, le cobra a una clienta. Doy los buenos días, un poco insegura, balbuciente. No es hasta que ella me mira y responde al saludo cuando las demás parecen reparar en mí y se hace un silencio corto. Me dirijo al mostrador y digo mi nombre, que ella comprueba anotado en su libreta. Ah, usted es la nueva que habló conmigo por teléfono el otro día. Ya le dije que no damos masajes: manicura a secas, como le dije. El tono que ha empleado al dirigirse a mí oscila entre el intento de simpatía ante una clienta nueva y la ligera hostilidad al decir «ya le dije». Me esfuerzo por retirar la mirada de sus uñas hipnóticas, necesariamente postizas, pienso al observar cómo salen disparadas mucho más allá de las yemas de los dedos, extendiendo sobre cualquier cosa que tocan sus dibujos de fantasía, festival de colores pastel que resplandece bajo la luz fluorescente. Sí, me lo dijo, no hay problema, le respondo.

Cuando me advirtió por teléfono de que no daban masajes en las manos, deduje que en el resto de salones de uñas se suelen dar masajes en las manos. Salvo aquí, en Pasión Nails. Pregunté el precio. Diez euros. Asumible, pensé, ahora que estoy dejando de fumar. Cambiar de hábito tóxico podría venirme bien.

Ha llegado usted media hora antes, todavía va a tener que esperar un rato. Y señala el sofá de escay por si me quiero sentar allí, mirando de reojo mis vaqueros desgastados que tienen más de diez años, las zapatillas deportivas muy usadas, la camiseta gris y la riñonera de tela que me pareció lo más discreto para entrar en el barrio sin bolso. Esperaré mi turno sentada en el sofá, dudando si podré conseguir, con la misma naturalidad que ellas, facilitar el lijado, pintado y sellado de mis primeras uñas rabiosamente artificiales. Siento ya el cosquilleo de lo desconocido. Las clientas están hablando de una boda que se celebra al día siguiente. Dentro de un rato va a venir la Vanessa, la novia, a ponerse las uñas de no sé qué con pedrería dorada. Me cuesta retener de golpe tanta técnica desconocida. Por el aire, cargado de vapores disolventes, flotan familias de palabras que alternan entre los entresijos de esa boda y la actividad que se despliega aquí. ¿Ves? Le da su honra a su padre, le da su honra a su madre, la Vanessa sí que lo ha hecho bien, no como la Tamara, que no le guardó el luto a su abuela y se casó con una prisa que no era normal. Uñas… Cutículas… Gel… Pedrería… Ya se podéis imaginar por qué tenía la Tamara tanta prisa, y si no lo sabéis os lo digo yo: para joder. ¡Y encima con la poca vergüenza de usar un traje de novia, con la abuela que se acababa de morir no hacía ni tres meses! Esmalte permanente… Porcelana… Pellejitos… Se han olvidado de mí en cuanto me he sentado y he cogido del revistero de mimbre un ejemplar del ¡Hola! para hacer como que leo, disimulando la enorme curiosidad que me despierta el salón de manicura, por donde querría vagar, ir y venir mirando de cerca a las mujeres y conversando con ellas de forma natural, como quien no quiere la cosa. ¡Seis meses de luto le guardé yo a mi abuela! Y luego sí, luego ya me puse mi traje de novia y le di la honra a mi padre con toda la tranquilidad del mundo, dice la mujer de mediana edad a quien le están haciendo la manicura, visiblemente enfadada. Tiene una mano metida en un secador de uñas de diseño futurista que hay sobre la mesa, mientras la otra sigue extendida, dejándose hacer. ¡Como tiene que ser!, afirma la del mostrador, que parece ser la dueña del negocio. Al principio imaginé que se trataba de una cooperativa de mujeres, pero su autoridad parece desmentirlo. Es la jefa, sin duda.

En mi vida había visto secadores de uñas, ni me había planteado que existieran. Parecen pequeñas naves espaciales dispuestas a emitir su luz led para que lo que sea que hayan echado sobre las uñas quede bien fijado, recocido y sellado. Luego pude yo disfrutar mi noche de bodas como Dios manda, pero la Tamara... La chica sentada a mi lado no participa en la conversación ni ha respondido a mi débil saludo, afanándose con sus largas uñas desconchadas en hacerse selfis, escoger luego el mejor para enviarlo a alguna parte y atender la actividad de su teléfono móvil, que no para de emitir señales sonoras de las diversas aplicaciones, mientras imprime un vaivén desganado al cochecito, del que de vez en cuando salen murmullos de bebé.

¡Ella sabrá, coño, dejad en paz a la Tamara! ¡Fue con diecisiete, ni pronto ni tarde!, grita una de las estilistas mientras el secador galáctico termina de hacer su trabajo en la mano de su clienta, quien mira con satisfacción en la otra mano el nuevo dibujo de fantasías rojizas y verdes. ¡Pues que hubiera esperado dos meses más y todos tan contentos!, responde la otra mujer, enardecida.

Quisiera verlo todo más de cerca, levantarme, preguntar, pero supongo que no es el momento. Frénate, frénate, intenta ser natural, no se puede llegar y querer saberlo todo, y menos cuando no parece que vengas dispuesta a que estas mujeres sepan mucho de ti. Fue con diecisiete, han dicho…Ir al matrimonio como a un lugar, llegar pronto o tarde a ese lugar que ya no deberá abandonarse nunca.

Tú también fuiste temprano y ahí sigues, atrincherada. Respira aquí profundo los efluvios proletarios de la belleza de bote y observa cómo desde las páginas lujosas del ¡Hola! las familias de la nobleza europea exponen ante ti sus mundos coloridos, adonde no llegan noticias de sitios como este. Llevas días trotando como una desequilibrada por los barrios de la ciudad, buscando qué. Ni tú misma lo sabes. Así lo diría tu abuela, trotar, trotar, andar con una rapidez que no lleva a ningún sitio y sin embargo está animada por la energía incontenible que imprime el desempleo no deseado cuando tienes poco dinero, capaz de hacerte deambular, desorientada, entre bloques de pisos de barrios incógnitos. Todo por no estar en casa ocupada en labores domésticas y en una domesticada búsqueda de empleo por internet, que es lo que tendrías que estar haciendo sin descanso, por no seguir pensando en bucle cosas que ni te atreves a convocar aquí con el pensamiento, por alejarte de un marido y de una hija adolescente que en los días peores te parecen extraños con quienes no recuerdas ya por qué convives. Te da miedo eso, ¿verdad? Mirarlos y no saber qué haces allí. Sin darte cuenta dejas de escucharlas, intentando recordar cómo surgió la idea de estar aquí hoy. ¿Era lunes o martes de hace dos semanas el día que te viste adentrándote y caminando deprisa por estas calles? Empujada por algunos meses en desempleo, hastiada del trabajo doméstico y de no ver salidas, tras ese tiempo haciendo envíos masivos a diversas entidades, cartas de presentación, currículums y proyectos varios que ni siquiera eran respondidos con un sencillo acuse de recibo. Metida en el mismo saco que toda la gente desempleada del país y por tanto casi acostumbrada ya a esos malos tratos institucionales o empresariales de los que, en vuestra ceguera nerviosa e inmediata, culpáis a la crisis. La crisis tiene la culpa de todo, así lo indica el discurso oficial, como si fuera un ente caprichoso que aparece por sorpresa, como si no hubiera responsables con nombres y apellidos, psicópatas financieros, instituciones y corporaciones que se escriben con mayúsculas. En eso piensas mientras vas trotando. La idea te imprime velocidad. Se trata de la crisis, una mala madre que en realidad siempre ha estado ahí —¿o acaso recuerdas tu vida sin crisis?—, pero que, por tratarse de la más reciente, golpea las memorias débiles y parece como si fuera la primera vez que viene a traicionar tantas expectativas. Después de educaros en la idea de que trabajar os permitiría conseguir una vida digna, las sucesivas crisis os habían vapuleado hasta quitaros el trabajo y las certezas y ahora, tras esta última —la penúltima, habría que decir de todas—, os dejan abandonadas a vuestra suerte.

Aquel día: desayunar apenas nada y salir a la calle con una camiseta, unas mallas viejas, zapatillas deportivas más viejas todavía, con la goma exterior de una suela medio despegada, y con ese atuendo favorable a la autocompasión ponerte a andar muy rápido, sin darte cuenta de que se te escapaban lágrimas que habrías de terminar limpiando con la misma camiseta, porque no tenías ni un maldito pañuelo que llevarte a los mocos. Caminar, caminar sin haber elegido conscientemente un itinerario y más tarde, a través de las gafas de sol empañadas, verte aquí, en este barrio descolorido y descubrir justo entonces, esa mañana, el pastel de fresa.

No estaba abierto, pero te embelesó. Desde la acera de enfrente, su visión fue un deslumbramiento capaz de cortar en seco el ataque de llanto, como una niña mimosa a la que ofrecen chucherías en medio de una rabieta injustificada. Junto a las uñas gigantescas e intimidantes del cartel, estaban los horarios —jueves y viernes desde la mañana, el resto de los días por la tarde— y un teléfono móvil al que llamar para pedir cita.

Las clientas han mirado antes tus canas cada vez más abundantes con la misma cara que pones tú al mirar a tu familia en los días peores, la de estar pensando: Y ésta de dónde sale… ¿Nos conocemos de algo?

Era uno de esos días, cada vez más frecuentes, en que no le encuentras sentido a la vida que llevas, te dan ganas de marcharte lejos y, sin saber por qué, terminas escapando a un sitio como éste. Nunca se te ha ocurrido cambiar el curso natural del color de tus cabellos, y esta será la primera vez que cambies el color de tus uñas, siempre desnudas, cortas. Como si el salón de belleza de un barrio periférico fuera la lejanía más contundente posible. Si no te tiñes el pelo qué haces en Pasión Nails. ¿Es una muestra de escapismo cobarde tu presencia aquí? Tal vez esa paradoja estética sea la que ha hecho que te miren con desconcierto las mujeres, incapaces de clasificarte, como si tus canas y tu ropa muy usada te hicieran parecer sospechosa de algo, como si pensaran qué viene a buscar aquí esta perroflauta.

Callarse, que viene por ahí la madre de la Vanessa, dice una que había salido a fumar a la calle, y se apacigua la conversación.

Te gustaría saber el nombre exacto de las sustancias que lleva el aire que ahora respiras. No estás segura de querer someter a ellas tus manos, que siguen pasando páginas del ¡Hola! poco antes de perder su virginidad y entrar en el círculo temporal al que la manicura permanente las compromete. Las dos chicas que atienden a la clientela apenas paran salvo para contestar al teléfono o salir a la puerta, turnándose, a fumar. Casi un mes te ha dicho tu hija que suele durar la coraza de color sobre las uñas. Y luego no te la puedes quitar en casa, añadió, tal vez intentando disuadirte y después de haber asegurado, como le pediste, que todavía no comentaría esto con su padre ni con su hermano. Secretismos absurdos que estás alegremente dispuesta a olvidar cuando te toca el turno. Ocupas la silla todavía caliente, dispuesta a extender tus dedos imitando la indolencia de las otras y atenta a la cuestión inmediata que te plantea la estilista: si quieres las uñas permanentes o de gel, acrílicas o de porcelana, con dibujo o sin dibujo, con o sin pedrería. Ante la cara que pongo de no tener ni idea, la chica pasa a explicarme las diferentes técnicas, sugiere sin mucha convicción que también puede hacerme una manicura francesa, como la que ella tiene, y me enseña sus uñas pintadas de un rosa natural y rematadas por una línea blanca. Pienso que no están mal pero, ya que me he atrevido a venir, quisiera algo un poco rompedor. Hazme las más sencillas, largas no las quiero, sino así, cortas, con algún color y ya está. Entonces, lo que quiere usted son las permanentes… Vale.

Sí. Háblame de tú.

Eliges al final un rosa chicle y, al imaginarte con uñas gigantescas y empedradas de brillos como las del cartel de la fachada, empiezas a fantasear y aceleradamente olvidas el olor a cocina de tu casa, inmersa en este universo paralelo, dentro del líquido amniótico amoniacal que te aleja de la costumbre y te mantiene suspendida en el corazón mismo del pastel de fresa.

Autoficción

Diecisiete, diecisiete. No era un barrio sino un pueblo, y eran otras las familias de palabras que empezaban a dar vueltas todo el rato en mi cabeza, desentendida aún de cualquier pintura que pudiera extenderse sobre el cuerpo. Uñas, labios, tetas y cabellos, libres de cualquier elemento corrector, avanzaban por la calle en libertad mientras el sistema educativo y los impulsos adolescentes me empujaban a tomar decisiones, qué carrera elegir, a quién ofrecer el cuerpo libre entonces de tóxicos, a qué universidad dentro de un año. La memoria va dando tumbos mientras me interno otra vez por las calles en cuadrícula. Ya ha caído el azahar de todos los naranjos y por la familia se ha ido extendiendo como noticia sorprendente mi decisión de seguir acudiendo a este salón de manicura.

Para qué quieres meterte otra vez en los barrios si no es por trabajo, dice mi marido. ¿En serio hace falta correr ese riesgo, mamá?, dicen mis hijos, a quienes no les agrada que me meta en esos barrios ni siquiera por trabajo. Y yo todavía sin saber bien cuándo ni dónde comienzan y terminan los trabajos.

Qué rara me has salido, dice mi madre, y con la edad vas a más.

Apenas me cuestiono la necesidad de acudir a mi cita. Tengo ya las uñas desconchadas, proyección perfecta del desconchado interior que me hacen sentir el paro, la maternidad y el matrimonio de larga duración, tres bombas de relojería cuando se dan juntas. La obsolescencia de las uñas permanentes está bien programada, duran algo menos de un ciclo lunar, casi como mis pasadas menstruaciones siempre exactas, regulares. He dejado atrás sin miedo la autovía grande y entro al barrio por la calle del kiosco de chucherías. Montoncitos de cáscaras de pipas a los pies del banco que hay al lado. En vez de niñas veo a hombres jóvenes que esperan allí su turno para comprar, a media mañana. No tienen pinta de querer bolsas de gusanitos, nubes de colores ni regaliz. De las ventanas abiertas bajan olores tempraneros de guisos y potajes. Se trata de un kiosco envuelto en emanaciones de hachís que se elevan junto al humo de los guisos, por encima de los bloques, al cielo soleado y limpio de la mañana de mayo. Es normal que mi madre no pueda comprenderlo, pienso con todo el peso de la famosa normalidad encima de mi cabeza, insoportable. A mis criaturas tampoco les gusta que venga sola. Te llevo yo en el coche a eso de las uñas y cuando termines voy a recogerte, me dijo ayer Mario, mi hijo, que vino a comer a casa después de más de un mes sin vernos. Cuando me negué, añadiendo que prefería venir andando, me miró con extrañeza, como si de verdad me estuviera volviendo loca y él me viera desde lejos, igual que me había mirado aquella vez después de ver un documental donde hablaban de la menopausia y del cáncer de mama. Fue un antes y un después, aquel documental. Cada vez que me hacen una mamografía y da negativo se alegra demasiado, con una alegría que indica preocupaciones ocultas que nunca manifiesta en alta voz. Cada vez que me ve malhumorada, triste o decaída, les dice a los demás: no os preocupéis, es la menopausia. O me lo dice a mí. No te preocupes, mamá, eso es la menopausia, me dijo ayer cuando entró y me vio en la cocina friendo pescado y llorando, pero salió disparado de allí, por si acaso mi respuesta introducía alguna complejidad más incómoda que la simpleza de la menopausia. Sus diagnósticos son tranquilizadores, sobre todo para él.

Ser madre temprana y después menopáusica temprana para que ahora tu acelerada vida haya devenido en pura menopausia, en explicaciones tranquilizadoras para los demás. A lo mejor por eso estoy entrando como una fugitiva en el territorio donde la juventud y la vejez alcanzan significados nuevos. Avanzo junto a los soportales de los bloques abriéndome camino, entre asfalto seco y coches tuneados, hacia el lago de acetona. Yo también vengo a tunearme un poco, pienso alegremente mientras los tíos que hay fumando al lado del kiosco me miran como a una desconocida fuera de lugar. Estudiar era toda la honra que esperaba mi familia de mí. Los trajes de novia y las noches de bodas nos eran tan ajenos, a mis diecisiete años, como estas aceras por las que caminan mujeres de pelo largo, suelto o recogido en moños y coletas, mujeres con bolsas de plástico donde llevan la compra escasa del día, que a veces se paran para hablar entre ellas o se sientan en sillas como si trasladaran sus saloncitos a la calle, escapando de toda privacidad. Mujer de pelo corto, igual a tortillera. Era lo que decían las mujeres gitanas con las que años más tarde, después de la universidad, la maternidad y la crianza, trabajé en barrios parecidos a este, donde la ciudad adquiere volúmenes e identidades que toman cuerpo entre las geometrías de los bloques. Creo que fue a los dieciocho cuando decidí cortarme el pelo, y desde entonces no lo he dejado crecer mucho más allá de los hombros.

El otro día me miraron las uñas en casa con ojos muy abiertos y leves sonrisas de extrañeza, observándome como si esta vez la desconocida fuera yo. Había salido del salón modificada, como si el rosa chicle añadido a mis uñas hubiera sido capaz de limpiarme algo interior, aclarar zonas oscuras. Creo que incluso empecé a dormir mejor gracias a mi novísima manicura permanente. Honras que entregar a los padres. Luto que guardar por las abuelas. Terminaron conmigo antes de que llegara Vanessa, la futura novia. Salí de allí con ganas de haberla conocido, memorizando los nombres de las trabajadoras de Pasión Nails mientras el barrio se cerraba a mis espaldas e iba quedando cada vez más lejos, delimitado por la autovía que lo mantenía sellado en su lugar, como el color rosa chicle del nuevo catálogo de primavera-verano había quedado sellado y bien sellado a mis uñas. Conso, Hortensia y Fani. La Fani me había tuneado mientras a nuestro lado la Conso restauraba con precisión las uñas descascarilladas de la chica del teléfono móvil y el carrito de bebé. Casi podían verse los efluvios dirigiéndose hacia el carrito como si fuera el humo espeso de una hoguera callejera, adormeciendo al niño o a la niña que respiraba dentro.

Hortensia, que parecía ser la mayor de todas, unos treinta y cinco años quizá, y por lo que había oído tenía una hija, dos hijos y una nieta, me había cobrado detrás del mostrador los diez euros previamente acordados por teléfono, a los que añadí uno más que fue metido con alegría en una hucha fucsia con forma de cerdita, mientras ella me dirigía la sonrisa primera y me apuntaba la cita para hoy. Salí zarandeada por las emanaciones virulentas y por el nuevo contacto con mujeres diferentes a mí, después de un tiempo trabajando con mujeres parecidas, fuera del hogar mitad prisión y mitad refugio que habíamos levantado a lo largo de décadas en distintas ciudades, casas, pisos, este último todavía pendiente de un hilo hipotecario. Salí intuyendo ya que escribiría sobre aquello.

Segunda cita, pues. Espero mi turno sentada en el sofá, dispuesta a sumergirme esta vez en la revista Pronto, la más leída y comprada en Pasión Nails. Los ¡Hola! son muy caros y se los llevan, le oí decir a Hortensia el primer día, y mi cabeza comenzó a fantasear con el tráfico de revistas del corazón lujosas superpuesto a los otros tráficos del barrio. Dos chicas que aparentan unos veinte años se mueven por el salón acompañadas de sus bebés. Una de ellas, Yola, ha venido con su madre y con su hijo Jonatan, de unos tres años. La madre parece su hermana mayor, se llama Puri y quiere hacerse la manicura por primera vez, porque dice que le mira las uñas a su hija y le da envidia. Todas se ríen. En la mesa de al lado toma asiento la otra joven, vestida con pantalón y chaqueta de chándal abierta, que deja ver el top mínimo plateado y el piercing también plateado del ombligo. Se llama Yasmina. Ojos extrañamente azules en su piel morena. Suelta la mano de una niña de piel clara y ojos negros que podría ser su hermana pero es su hija. ¡Yaiza, te vas a la puerta a jugar con el Jonatan o te sientas ahí en un taburete, pero calladita te quiero ver!, le grita a la niña, y después habla con la Conso bajando la voz. Qué pesada se ha puesto hoy, chiquilla: quería dejarla con mi suegra pero me la he tenido que traer porque se le metió en la cabeza que quería ver cómo me hacéis las uñas de porcelana.

Yola, Yasmina, Yaiza… Conforme las escuchaba hablar, la y griega se asentaba en mi imaginación como elemento exótico del barrio. A ver qué me hacéis a mí, dice la madre de Yola mientras Fani le va cortando los pellejitos de las cutículas con su herramienta de cortar pellejitos de cutículas. Debo de ser la única menopaúsica en el salón de belleza, rebosante de hormonas femeninas. No traigo ningún plan, sigue diciendo. Ahora algo sencillito, pero para verano vuelvo y me hacéis ya otra cosa con más colores, como los de la Yola en Navidad, que le quedó muy bien.

Más tarde Fani me aplicará sustancias contundentes que borrarán el rosa chicle de la vez anterior, ya descascarillado. Cuando llega mi turno me siento frente a ella, olvidando sin esfuerzo las separaciones sentimentales de toreros y cantantes de las que acaba de informarme la revista Pronto. Relajo mis muñecas, le ofrezco mis dedos regordetes y ella pregunta si me ha gustado el color que me puso el otro día. Recuerdo las miradas familiares clavadas en mis uñas. Pero hoy quiero otro más rompedor, le digo, dispuesta a desafiar futuras miradas con algo provocativo que introduzca un mayor desconcierto en la monotonía, y ella se anima, ofreciéndome el muestrario de filas de uñitas de colores tamaño natural, sujetas por una argolla. Mire, estos que acaban de llegar son muy monos y se llevan mucho.

Se refiere a colores muy veraniegos: naranja, amarillo fuerte, verde bético. ¿Por qué no? Después de todo estamos a finales de mayo y mi marido ha encontrado trabajo en una empresa de sonido antes de su cercana jubilación, después de unos años oscilando entre trabajos muy precarios y desempleo. Además, el sábado pasado salió una reseña de mi única novela en Babelia, el famoso suplemento cultural. Decido celebrarlo por todo lo alto con un baño furioso de color, eligiendo sin miedo el azul eléctrico que ella me ha sugerido apasionadamente, porque dice que le pega para mí.

Subyugada por esa asociación insólita que me une al color azul eléctrico, me dejo hacer. Límame más las uñas, le digo a Fani, sin miedo, las quiero cortas, como las traje el primer día. Ella, visiblemente satisfecha con mi elección azul, me mira cuando meto confiada la mano izquierda en un cacharro redondo y cerrado de plástico negro, que tiene un orificio para cada dedo y contiene un líquido que se va calentando hasta que sus vapores ardientes reblandezcan el rosa chicle con sustancias tan agresivas que serían capaces de borrar incluso mi huella dactilar. Entonces lanza en voz baja una pregunta: ¿cómo se enteró usted de este sitio? El primer día no conseguí que me tutearan. Cómo me enteré de este sitio. Pregunta perfectamente lógica, que supongo se hicieron todas cuando llegué el primer día. Le pido que me hable de tú. Bueno, pues eso, que cómo te enteraste. Paseando por aquí, contesto desenfadada, recordando mi paseo crispado y furibundo en la mañana de aquel lunes o martes. Fani se ríe. ¿Y se viene usted a pasear por aquí sin conocer a nadie del barrio? Claro, por qué no, yo paseo por muchos sitios, y éste es un sitio como otro cualquiera para pasear. Ella me mira con ojos muy abiertos, como si fuera la primera vez que repara en mí. Hombre, un sitio como otro cualquiera para pasear... ¡Eso no se lo cree mucha gente!, exclama cuando ya siento sobre la superficie de mis uñas los efluvios fortísimos, que conseguirán borrar los restos de rosa chicle y las capas transparentes que pusieron antes, dejando el campo libre al flamante azul eléctrico con el que voy a salir disparada del barrio.

Ayer recibí el email de una ONG diciendo que ya habían cubierto el puesto para el que me había presentado, pero que mi currículum les había interesado y me tendrían en cuenta para futuras ocasiones. En vez de llorar, casi me alegré, no por la débil promesa de trabajo en un futuro incierto, sino por el hecho de que hubieran respondido a la carta de presentación, con currículum adjunto, que les había enviado por email dos semanas antes. Se trataba de una oferta para cubrir un puesto de socióloga e investigar en el área de empleo con mujeres y jóvenes, en un barrio parecido a este. La respuesta negativa seguía siendo demoledora pero era, al menos, una respuesta después de tantos currículums lanzados y perdidos en el vacío cibernético. Me hubiera gustado mucho conseguir ese trabajo para el que tenía experiencia, después de este último tiempo trabajando en asuntos más estadísticos y rutinarios, alejados de la investigación. Siempre a salto de mata.

A mi edad ya no voy a conseguir nada en condiciones. ¡Que estoy en los cincuenta, joder!, le dije a mi marido, al que a veces llamo Job, como lo llamaban al principio mi abuela y mi madre —el santo Job, decían, sin añadir más—, y él me abrazó fuerte, con ese cariño sincero que a veces no soporto pero ayer agradecí, repitiendo eso de que soy casi una niña todavía, que no estuviera triste porque seguro que encontraría trabajo, y recordándome la reseña del sábado en Babelia, para rematar el panorama optimista que pretendía ofrecerme. Y a mí qué me importa la reseña de Babelia, yo lo que quiero es una nómina, seguir activa y cotizando, susurré, esta vez sin soltarme de su abrazo como suelo hacer siempre que me dice que soy casi una niña. ¡Que no te importa, dices! Claro que te importa y lo sabes, todos lo sabemos, a todos nos importa, afirmó él, acariciando mi cabeza de niña menopáusica, fatigosamente convencido siempre de mi supuesta juventud, por ser quince años mayor que yo.

Pasión Nails. Santo Job. En mi casa no había cultura bíblica, y yo tenía apenas veinte años cuando me casé por lo civil. Así que durante un tiempo creí que Job era un tipo de la Biblia que simbolizaba la paciencia infinita, y que ellas utilizaban ese nombre llevadas por su convicción de que los hombres suelen ser pacientes con sus mujeres y él tendría que serlo mucho conmigo, teniendo en cuenta mis rarezas, lo difícil de aguantar que yo era, como decían. Mi flamante marido, ateo anticlerical, conocía sin embargo muy bien la Biblia, pero no me explicaba nada sobre Job: se limitaba a reírse y a decir que, si yo quería saber, leyera esos pasajes furiosos sobre el poder de Dios en el ejemplar que teníamos en casa de cuando él era un niño que estudiaba con curas. Al principio no hice intentos por abrirla, hasta que un día decidí asomarme al Antiguo Testamento y leer el libro de Job. Era algo más que paciencia lo que se planteaba allí. Job, el varón recto y justo, asediado por desgracias que Dios le había enviado por medio de Satán, solamente por su capricho divino de ponerlo a prueba, venía a decirle a Dios algo así como: ¿qué he hecho yo para merecer esto? Tenía Job tres amigos, bastante cabrones en realidad, que, al ir a consolarlo, venían a decirle: algo malo habrás hecho, pues Dios no envía desgracias a los justos. Ese fue mi primer resumen bíblico, apresurado.

Planteaba ese libro la razón del sufrimiento de los justos en esta vida terrenal, y la demostración de que no hay conexión necesaria entre pecado y sufrimiento. Quién era yo, entonces, a ojos de mi abuela y de mi madre: ¿ese dios cabrón y antojadizo que enviaba, sin venir a cuento, desgracias inmerecidas al inocente? ¿Era yo para ellas la desgracia misma que dios enviaba a Job? ¿O tal vez era la mujer del propio Job, que había llegado a desearle la muerte cuando empezó a irle mal en la vida?

Siempre que busco un job le quito lo de santo y lo llamo Job, con acento inglés. A veces quiero a Job. Ahora lo que más quiero es un buen job. Pensar en todo eso mientras me hacen la manicura y al volver a casa sacar de nuevo la Biblia y regresar al libro de Job. Escribir mientras me hacen la manicura, rodeada por estas mujeres, ocupada en observarlas y organizarlas narrativamente. La voz omnisciente que había barajado para contar se me va quedando corta y puede que alcance, una vez que hayan sucedido más cosas en torno a este salón y me ponga a escribir mientras la familia duerme, el estatus de voz narradora protagonista. Entonces, desde ese lugar, escribir la vida. ¿Qué vida? ¿La mía? Mi vida junto a este Job zarandeado por crisis de los siglos XX y XXI