Pedro, el primero de los Apóstoles - Michel Berder - E-Book

Pedro, el primero de los Apóstoles E-Book

Michel Berder

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Beschreibung

Se llamaba Simón, era pescador en el lago de Galilea. Llegó a convertirse en Pedro, roca sobre la que Cristo establece su Iglesia. Primer llamado, primero en la lista de los apóstoles, es también, quizá, el más frágil de todos; en todo caso, es aquel del que los evangelios no borran sus debilidades ni sus extravíos. Una relectura atenta de cada evangelio permite acercarse, por una parte, al "misterio" de este hombre con un destino singular, y, por otra, a los elementos del "ministerio de Pedro", ejercido actualmente por el papa Francisco y que es uno de los grandes desafíos para la comunión entre las Iglesias.

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Seitenzahl: 140

Veröffentlichungsjahr: 2014

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Contenido

Portada

Prólogo

I – Pedro en el evangelio de Marcos

¿Marcos contra Pedro?

Jesús caracteriza a Pedro

La negación de Pedro: ¿fracaso absoluto?

El encuentro en Galilea

II – Pedro en el evangelio de Mateo

El itinerario caótico del primero de los apóstoles

Comentarios sobre tres secuencias particulares

Balance

III – Pedro en la obra de Lucas

De Simón a Pedro: el itinerario de una vocación

¿«Otro» Pedro?

A la escucha de Dios: la «conversión» de Pedro

Configuración con Cristo: el servidor de la Iglesia

IV – Pedro en el evangelio de Juan

La llamada de los primeros discípulos

La confesión de fe en nombre de los Doce

El lavatorio de pies

La hora de la cruz

El relato pascual

Conclusión

V – Pedro y sus cartas

La voz de grandes autores

Los datos internos

VI – Pedro, desde el siglo I hasta el siglo IV: de visionario extático a héroe cristiano

Una primera recepción siria

El santo patrón de Roma

VII – El ministerio de Pedro: perspectiva ecuménica

El ministerio del papa y la división de las Iglesias

El enfoque católico

Las Iglesias de la Reforma y el primado de la Iglesia universal

Las Iglesias ortodoxas

Conclusiones

Lista de recuadros

Para saber más

Estudios generales

Estudios particulares

Continuar el estudio con los Cuadernos Bíblicos y sus Suplementos

Créditos

CB 165

Michel Berder, Yves-Marie Blanchard, Régis Burnet, Jean-Philippe Fabre, Odile Flichy, Jacques Schlosser, Laurent Villemin

Pedro, el primero de los apóstoles

Se llama Simón. Es el primero en ser llamado, al menos según los evangelios sinópticos. Pero no es el único: con él se encuentran Andrés, Santiago y Juan. En la lista de los apóstoles es el primer de los Doce. Según Mt 16,14-20, el reconocimiento de Jesús como Cristo, Mesías de Israel, le hace merecedor del nombre de Pedro, roca sobre la que se cimienta la asamblea, la «iglesia», de este Cristo desconcertante.

Es el primero, es decir, debe, paradójicamente, hacerse servidor y esclavo (Mc 10,43 y par.), según el modelo de Jesús Servidor. Los evangelios sinópticos nos hacen seguir su itinerario desde las orillas del mar de Tiberíades hasta Jerusalén. Según Jn 21,15-22, es en la orilla del mar, después de la resurrección, donde Jesús le confía, a él que se ha mostrado tan frágil, el cargo de «pastor», a imagen del buen Pastor que da la vida por sus ovejas.

Los Hechos de los Apóstoles insisten en la función desarrollada en Jerusalén, pero no nos dicen nada sobre su llegada a Roma ni sobre su martirio –en el que se le une Pablo, otro gran per­sonaje de los tiempos apostólicos–. Los escritos cristianos toman el relevo en este tema; se trata de cartas de los Padres de la Iglesias y de leyendas apócrifas, a las que se unen la veneración de su tumba.

Actualmente, el obispo de Roma se reconoce sucesor de Pedro, y asume una función singular en la Iglesia universal: él «preside en la caridad» (Ignacio de Antioquía). Ahora bien, no en todas partes se comprende esta primacía de la misma manera, y para algunos es un obstáculo para la comunión entre las Iglesias.

Puesto que el papa Francisco se presenta humildemente como el obispo de Roma, queremos presentar un estudio específico de los textos bíblicos pertinentes. El panorama neotestamentario hace aparecer la gran diversidad de perspectivas sobre aquel que es reconocido por todos como el «primero de los apóstoles». Las cartas que se le atribuyen, pero sobre todo los escritos cristianos del siglo II, atestiguan una autoridad cada vez mayor. Sin embargo, el regreso a los escritos fundacionales no basta para comprender el «ministerio de la primacía» del sucesor de Pedro. Se impone la necesidad de un reflexión histórica y ecuménica. Por esta razón, excepcionalmente, el último capítulo será de índole teológica.

GÉRARDBILLON

Pedro, el primero de los apóstoles

No se encontrará aquí una biografía, ni siquiera breve, del apóstol Pedro (¿fue de verdad el primero a quien llamó Jesús?, cf. pp. 30-31). Los siguientes artículos están dedicados, más bien, a la construcción literaria y teológica, y también histórica, de su autoridad. Estudiamos escrupulosamente el episodio de Mt 16,18-19 –que las diversas Iglesias leen de forma diferente–, y tenemos en cuenta las variaciones de su nombre («Simón», «Pedro»). Desde Marcos hasta las cartas «de Pedro» o hasta el apócrifo Quo Vadis, se revela el dato esencial de su vinculación con la pasión de Cristo.

Michel Berder, Yves-Marie Blanchard, Régis Burnet, Jean-Philippe Fabre, Odile Flichy, Jacques Schlosser, Laurent Villemin

I – Pedro en el evangelio de Marcos

En el relato de Marcos se trata de forma sorprendente al personaje de Pedro. Si tenemos en cuenta la afirmación de Papías, obispo de Hierápolis en el 120, retomada por Eusebio de Cesarea (265-339), según la cual Marcos no hizo más que transcribir las memorias de Pedro (véase recuadro «Eusebio de Cesarea y el testimonio de Papías»), ¿cómo podemos entender que el narrador construya una imagen tan negativa del personaje? A esta pregunta queremos responder con este estudio, retomando, para ello, el itinerario de Pedro en el segundo evangelio.

Eusebio de Cesarea y el testimonio de Papías

En su Historia Eclesiástica, Eusebio de Cesarea, a comienzos del siglo IV, evoca las tradiciones cristianas de los orígenes. En nuestro caso, remite al testimonio de Papías, obispo de Hierápolis (Asia Menor), aproximadamente en el 120, que fue formado por miembros de la generación posapostólica, concretamente por un tal Aristión y por «Juan el presbítero» (que no debe confundirse con el evangelista).

Eusebio comienza recordando una estancia de Pedro en Roma y añade: «De Marcos hace mención Pedro en su primera carta; dicen que esta la compuso en la misma Roma y que él mismo lo da a entender en ella al llamar a dicha ciudad, metafóricamente, Babilonia, con estas palabras: “Os saluda la que está en Babilonia, elegida con vosotros, y mi hijo Marcos”» (Libro II, 15,1).

«De Pedro está admitida una sola carta, la llamada 1 de Pedro. Los mismos presbíteros antiguos la utilizaron como algo indiscutible en sus propios escritos. En cambio, de la llamada segunda carta, la tradición nos dice que no es testamentaria; sin embargo, por parecer provechosa a muchos, se la ha tomado en consideración con las otras Escrituras» (Libro III,3,1).

«[Según Papías] el presbítero Juan decía esto: “Marcos, intérprete que fue de Pedro, puso cuidadosamente por escrito, aunque no con orden, cuanto recordaba de lo que el Señor había dicho y hecho. Porque él no había oído al Señor ni lo había seguido, sino, como dije, a Pedro más tarde, el cual impartía sus enseñanzas según las necesidades y no como quien se hace una composición de las sentencias del Señor, pero de suerte que Marcos en nada se equivocó al escribir algunas cosas tal como las recordaba [...]”. Esto es lo que cuenta Papías acerca de Marcos [...]. El mismo Papías utiliza testimonios tomados de la carta primera de Juan, e igualmente de la de primera de Pedro» (Libro III,39,15-17).

EUSEBIO DE CESAREA, Historia Eclesiástica, texto, versión española, introducción y notas por Argimiro Velasco- Delgado, BAC, Madrid 1997.

¿Marcos contra Pedro?

Necesitamos echar un breve vistazo al arduo itinerario recorrido por Pedro en el evangelio de Marcos. En el comienzo del relato aparece bajo una luz favorable. Llamado desde el principio (1,16-20), Pedro emerge como el primero entre sus iguales por la iniciativa misma de Jesús, que lo distingue durante la institución de los Doce (3,13-19). Con ocasión de la profesión de fe en Cesarea, su itinerario cambia. Aun siendo el primero en reconocer que Jesús es el Cristo, se le opone cuando este le hace partícipe de su concepción del Mesías sufriente (8,27-33).

A partir de este momento, no obstante la confianza renovada de Jesús, su autoridad comienza a mermar gravemente por sus reacciones inesperadas con respecto a su maestro, durante la transfiguración («Él no sabía que decir.», 9,6), a lo largo de la cena («¡No! ¡Nunca te negaré!», 14,31), y, después, en Getsemaní («¡Simón, te has dormido! ¡No tienes la fuerza de velar una hora!», 14,37). Pero es sobre todo al final del relato cuando vemos a Pedro totalmente derrotado. Es el último discípulo presente en el relato y su última frase suena a deserción: «¡Yo no conozco al hombre del que me habláis!» (14,71). Posteriormente, durante la condenación por Pilato y la crucifixión (15,1-47), brilla por su ausencia, aun a pesar de las buenas intenciones que se había propuesto.

El derrumbamiento de Pedro parece alcanzar su clímax incluso después de la resurrección. Si tenemos en cuenta la conclusión breve del relato (16,1-8)1, él no va al sepulcro, no se encuentra con Jesús y solo se entera de la gran noticia por otros. Pero, sobre todo, en el anuncio del joven a las mujeres su nombre se menciona después del de los demás discípulos: «¡Id y decid a los discípulos y a Pedro!» (16,7). Por primera vez en el relato Pedro es mencionado después de los demás por parte del último mensajero divino que remite a cada uno a su estatus futuro en la comunidad. ¿Se le habría quitado su primacía debido a su negación?

¿Cómo podemos explicar un tratamiento tan desfavorable de Pedro, especialmente en un autor que le está muy cercano? Lo que está en juego es importante, puesto que concierne nada más y nada menos que a los fundamentos bíblicos de la cuestión de la primacía de Pedro.

Varios exégetas, desde una perspectiva histórico-crítica, ven en esta disposición del texto las huellas de una polémica histórica de Marcos contra los apóstoles, y en particular contra Pedro. Un análisis narrativo minucioso del personaje en el relato marcano muestra que no se mantiene esa hipótesis. Este estudio se propone retomar los elementos esenciales del itinerario narrativo de Pedro para mostrar cómo él recibe de Jesús un estatus sin ambigüedad.

Jesús caracteriza a Pedro

Una particularidad del segundo evangelio se encuentra en la forma en que construye a los personajes. Habitualmente, el narrador se hace cargo de caracterizar a los diferentes actores del relato. Omnipotente sobre su texto, Marcos decide, sin embargo, dejar a su protagonista la tarea de definir, directa o indirectamente, el itinerario de otros personajes. Veamos cuatro casos relacionados con la caracterización de Pedro.

En primer lugar, Marcos cede, con regularidad, la caracterización directa de Pedro a Jesús. Por ejemplo, en 3,16, Jesús cambia el nombre de «Simón» por el de «Pedro». Así pues, es el Señor quien, con este nuevo título, cambia la caracterización del líder de los apóstoles. Ahora bien, en el relato, a partir de este episodio, el narrador se somete a este nombre nuevo y lo utiliza de forma exclusiva. El narrador se despoja, así, de su prerrogativa de caracterizar a sus personajes, y se la da a Jesús, que se mostrará mucho más libre en sus formas de llamar a Pedro («Satanás» en 8,33, «Simón» en 14,37).

En segundo lugar, es Jesús y no Marcos quien define lo que espera de Pedro y de los Doce. En el marco de la caracterización de Pedro y de los discípulos, Marcos continúa en un segundo plano con respecto a Jesús, sobre todo durante toda la sección del camino hacia Jerusalén (8,27–10,52). En 10,41-45, Jesús establece los criterios que deben aplicarse los futuros responsables de la comunidad: «Si alguno quiere ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor. Y si alguno quiere ser el primero entre vosotros, que sea el esclavo de todos» (10,43-44). Aun cuando se trate de una respuesta a Santiago y a Juan, la observación sobre el «primero» se dirige ante todo a Pedro, a quien le ha conferido el primer lugar.

En tercer lugar, Jesús no duda en presentarse con referencia a Pedro, construyendo a este en una relación estricta con él mismo. Al comentario de Pedro: «Nosotros lo hemos dejado todo para seguirte» (10,28), Jesús se presenta a sí mismo como motivo de la actitud que debe mostrarse: «... por causa de mí y por causa del Evangelio» (10,29).

Finalmente, cuando Marcos se hace cargo de la construcción de Pedro, lo hace con referencia a Jesús. Esto se verifica particularmente en el momento del proceso ante el Sanedrín. La sutil disposición en paralelo del interrogatorio de Jesús por los sumos sacerdotes (14,53.55-65) y del interrogatorio de Pedro por la criada y los asistentes (14,54.66-72), los pone en contraste: mientras que Jesús dice la verdad con respecto a dos falsos testimonios ante una autoridad competente, Pedro responde falsamente a las acusaciones fundadas de subalternos sin poder alguno.

Así pues, no puede prescindirse de Jesús a la hora de caracterizar a Pedro. Este dato constituye un punto de apoyo esencial para comprender el estatus definitivo de Pedro al final del relato.

La negación de Pedro: ¿fracaso absoluto?

El itinerario de Pedro en el evangelio de Marcos culmina en el momento en que niega a Jesús. Con su salida del relato llorando amargamente (14,72), ¿queda totalmente deconstruido?

Una intensidad dramática

Es importante que reconsideremos en primer lugar el episodio (14,66-72). El suspense está en su clímax desde las palabras de Pedro: «Aunque sea necesario morir contigo, no te negaré» (14,31). En esta única escena del evangelio en la que un discípulo se presenta como protagonista, se orquesta magistralmente el fracaso de Pedro.

El interrogatorio se va haciendo cada vez más fuerte. Por una parte, los acusadores aumentan en número (la criada en 14,67; la criada ante los asistentes en 14,69; los asistentes en 14,70). Por otra parte, las preguntas aumentan en intensidad (el vínculo con Jesús en 14,67; el vínculo con todo el grupo en 14,69; la prueba de que él es galileo en 14,70). Ante este interrogatorio que lo desborda, Pedro se hunde en una negación cada vez más categórica (finge ignorancia en 14,68; niega simplemente en 14,70; suelta fuertes imprecaciones en 14,71). Niega su vínculo con Jesús («Tú también, ¡tú estabas con el Nazareno, con Jesús!», 14,67), vínculo para el que había sido precisamente instituido (Jesús «constituyó a doce para que estuvieran con él»,3,14). Asimismo, niega su vínculo con los Doce («“Este es uno de ellos”. Pedro lo negó otra vez»,14,69). Su fracaso es total cuando afirma que no conoce al hombre del que hablan (14,71), él, que había sido enviado a hablar del hombre que conoce (3,14). En su hundimiento ni siquiera ha escuchado cantar al gallo una primera vez. Nunca había estado tan lejos de Jesús.

El poder del recuerdo

Sin embargo, si bien Jesús está ausente, ¿está Pedro totalmente abandonado? Al final de este desastre, un elemento permite entreabrir la puerta. Cuando el gallo canta una segunda vez, Pedro puede acordarse de las palabras de Jesús. Al repetir exactamente las palabras de Jesús: «antes de que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres veces», el narrador permite al lector comprender lo que ocurre en el espíritu de Pedro. Con la señal del gallo, Jesús le había dado a Pedro por adelantado los medios para que se acordara de lo que le había dicho. Hasta entonces, no se había acordado.

Se puede entonces comenzar a comprender que son las palabras de Jesús en su predicción sobre la negación (14,26-31) las que dan su estatus último a este episodio y, por consiguiente, al futuro de Pedro. Sin embargo, Pedro no parece poseer aún la clave de lectura de su caída. Sale para llorar. Está encerrado en su fracaso, como si las palabras de Jesús le hundieran un poco más. Abandona el relato con este derrumbamiento. ¿No habrá solución?

El encuentro en Galilea

Las palabras del joven

Pedro no volverá a aparecer más en el relato, salvo en los labios del joven misterioso que aparece en la tumba. No tenemos más remedio que retomar las palabras de este para establecer el estatus definitivo de Pedro.

Cuando el joven anuncia la resurrección de Jesús a las mujeres que se han acercado a la tumba, añade: «Id y decid a sus discípulos y a Pedro: “Él va delante de vosotros a Galilea; allí lo veréis, como os dijo”» (16,7). Son las únicas palabras de las que disponemos para fijar la condición última de Pedro. El joven hace referencia a unas palabras anteriores de Jesús. Mediante esta «analepsis», formulada con la frase «como os dijo», el joven renuncia a la primicia del anuncio de este encuentro en Galilea en favor de Jesús, que lo había predicho antes que él. Por consiguiente, son las palabras de Jesús y no las del joven las que permiten comprender el estatus del encuentro galileo y, en consecuencia, del fracaso de Pedro.

La referencia a la predicción de Jesús