Contenido
portada
Prólogo
CORALINE
Capítulo 1
ROCO
Capítulo 2
ROCO
Capítulo 3
CORALINE
Capítulo 4
CORALINE
Capítulo 5
ROCO
Capítulo 6
CORALINE
Capítulo 7
CORALINE
Capítulo 8
CORALINE
Capítulo 9
CORALINE
Capítulo 10
ROCO
Capítulo 11
CORALINE
Capítulo 12
CORALINE
—Me gustas, tienes carácter, mamma[4].
Capítulo 13
CORALINE
Capítulo 14
ROCO
Capítulo 15
CORALINE
Capítulo 16
ROCO
Capítulo 17
CORALINE
Capítulo 18
ROCO
Capítulo 19
CORALINE
Capítulo 20
CORALINE
Capítulo 21
ROCO
Capítulo 22
CORALINE
Capítulo 23
ROCO
Capítulo 24
CORALINE
Capítulo 25
Capítulo 26
CORALINE
Capítulo 27
CORALINE
Capítulo 28
ROCO
Capítulo 29
CORALINE
Capítulo 30
ROCO
Capítulo 31
ROCO
Capítulo 32
ROCO
Capítulo 33
ROCO
Capítulo 34
CORALINE
Capítulo 35
ROCO
Capítulo 36
ROCO
Capítulo 37
CORALINE
Capítulo 38
ROCO
Capítulo 39
CORALINE
Capítulo 40
CORALINE
Capítulo 41
CORALINE
Capítulo 42
ROCO
Capítulo 43
CORALINE
Capítulo 44
ROCO
Capítulo 45
CORALINE
Capítulo 46
CORALINE
EPÍLOGO
ROCO
EPÍLOGO EXTRA
El día que se casaron…
EL CORAZÓN
Kris.
Prólogo
Molly
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Molly
Capítulo 4
Paolo
Capítulo 5
Molly
Capítulo 6
Molly
Capítulo 7
Tenía dieciséis años la primera vez que lo vi.
Capítulo 8
Molly
Capítulo 9
Paolo
Capítulo 10
Molly
Capítulo 11
Paolo
Capítulo 12
Molly
Capítulo 13
Paolo
Capítulo 14
Molly
Capítulo 15
Molly
Capítulo 16
Capítulo 17
Molly
Capítulo 18
Molly
Capítulo 19
Paolo
Capítulo 20
Molly
Capítulo 21
Molly
Capítulo 22
Capítulo 23
Molly
Capítulo 24
Molly
Capítulo 25
Molly
Capítulo 26
Paolo
Capítulo 27
Molly
Capítulo 28
Paolo
Capítulo 29
Molly
Capítulo 30
Molly
Capítulo 31
Molly
Capítulo 32
Paolo
Capítulo 33
Molly
Capítulo 34
Molly
Capítulo 35
Paolo
Capítulo 36
Paolo
Capítulo 37
Paolo
Capítulo 38
Molly
Capítulo 39
Molly
Capítulo 40
Paolo
Capítulo 41
Molly
Capítulo 42
Molly
Capítulo 43
Han pasado tres semanas desde la explosión.
Capítulo 44
Molly
Capítulo 45
Paolo
Capítulo 46
Molly
Epílogo extra
Paolo
FIN
Escena extra
LA DEVOCIÓN
Capítulo 1
portada
Derechos de autor
Copyright © 2026 Kris Buendia.
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida o transmitida de cualquier forma o por cualquier medio, electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación, o por cualquier sistema de almacenamiento y recuperación, sin permiso escrito del propietario del copyright.
Esta es una obra de ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Todos los personajes, nombres, hechos, organizaciones y diálogos en esta novela son o bien producto de la imaginación del autor o han sido utilizados en esta obra de manera ficticia.
1ra Edición
ENERO 2026
Pétalos (Libro 5 y 6)
Serie Pétalos de Sangre.
Diseño y Portada: Kaos Studio 28.
Maquetación y Corrección: Kaos Studio 28.
ISBN DIGITAL: 979-8-90243-583-9
LA SANGREDE MI DIABLO
LIBRO 5
SERIE PÉTALOS DE SANGRE
KRIS BUENDIA
Nota de autor
Querido lector, No sé si sabes, pero escribo libros que son bastante oscuros y algunos temas pueden ser muy sensibles para ti. Sabes que intento que te la pases bien leyendo mis historias, pero quiero que sepas que esta no es una novela común de romance oscuro. En ella encontrarás temas fuertes como: Matrimonio forzado, acecho, proximidad forzosa, torturas muy explícitas con objetos, mutilación, asesinatos a sangre fría, escenas eróticas muy detalladas, estrés post guerra, traición dolorosa, entre otros.
Por favor, si este no es tu libro, no lo leas.
Así que lee bajo tu propio riesgo de perderte en cada una de las líneas y enamorarte de MI DIABLO.
Este es el quinto libro de la serie PÉTALOS DE SANGRE. El cual se puede leer de forma independiente, pero para disfrutar la serie mejor, te aconsejo leas en orden en un futuro los libros que siguen.
Palabras que pueden encontrar y que quizás no sepas su significado.
Sole mio – Mi Sol.
Amore– Amor en italiano.
Cosa Nostra – nombre que se le da a una organización de mafia italiana.
Bratva – nombre que se le da a una organización de mafia rusa.
Otras palabras en italiano y francés.
—En otra vida, estaría muerto, Sole mio. En esta, me tocó adorarte. así que sigue…
buena chica…
ahora te tengo donde quería.
PLAY LIST
sos – indila
demons on the side of my bed – teflon sega
yours truly – sadbois, twin lights, undy
is it love – orchestral version
never let her go – project vela
o sole mio – il volo
rush – dutch melrose
rain – teflon sega
i`m in it with you – loreen
go to war – nothing more
forbidden love – madonna
devil – lowborn
breathe – lo spirit
witness the masterpiece – ganvos
coraline – maneskin
devil devil – milck
mummy dust – ghost
desert rain – edward maya
amen – ritual
impossible - shontelle
Prólogo
CORALINE
Normandía, Francia.
Mis manos tiemblan mientras permanezco sentada. El teatro de la ópera está en penumbras, apenas iluminado por el suave brillo de las lámparas antiguas que cuelgan del techo abovedado. Estoy en Normandía, en un pequeño pueblo costero, y aquí, en el Opéra de Rouen, me siento diminuta, atrapada entre el peso de la música y el eco de mis decisiones. La soprano canta "Voilà", y cada palabra, cada nota, se clava en mi pecho como una daga, removiendo todo lo que intenté dejar atrás.
Háblenle de mí a tus amores, a tus amigos.
Voilà, voilà, voilà, voilà qui je suis.[1]
Acabo de desertar. He dejado atrás la milicia italiana, renunciado a una vida que ya no podía soportar. Vine aquí sólo por un instante, una pausa antes de enfrentar lo inevitable, a este rincón de Francia, mi otra mitad. En el fondo, siempre he sabido que la ópera me conmueve, que el arte tiene una forma extraña de revelarnos lo que no queremos ver. Pero no esperaba que me destrozara así, como ahora. Las lágrimas ruedan por mis mejillas, casi sin darme cuenta, mientras la música continúa, y yo me pierdo en ella.
Mírenme, o al menos para lo que se queda de mí.
En mi mano sostengo una fotografía. La he apretado todo el tiempo, el papel desgastado de tanto doblarla, tanto mirarla en secreto. Miro esos ojos que me han perseguido, esa barba que solía acariciar. El recuerdo de sus besos se instala en mi mente, demasiado nítido.
Mírenme antes de que me odie.
Me prometí que lo olvidaría, que seguiría adelante. Pero, ¿cómo hacerlo cuando cada acorde, cada maldito verso de esta canción me trae de vuelta a él?
Le pedí que no lo hiciera.
—No lo hagas— le supliqué.
Pero lo hizo, y con eso selló su destino. Las notas finales de la ópera se desvanecen.
Todo lo que tengo está aquí, es mi cara, es mi grito. Aquí estoy, Voilà.
El teatro queda en un silencio abrumador. Mi corazón sigue hecho pedazos, pero ya no puedo quedarme quieta. Miro la foto una última vez. Es hora de buscarlo. Roco Barone, el hombre que amé con locura hasta que prefirió el poder antes del deber y de mí. Ya no hay vuelta atrás. Tengo que ir por su cabeza. Le dije que iría por él.
Le dije que lo mataría.
Capítulo 1
ROCO
Dos años atrás
La operación ha sido intensa. La lluvia de balas, el sonido ensordecedor de las explosiones, y el rugido de los helicópteros llenan el aire. Estoy al mando, liderando a mis hombres con precisión y determinación. A mi lado, Coraline Chevalier, una belleza mitad italiana mitad francesa, la teniente con la que he compartido tantas batallas como también mi cama, lucha con igual ferocidad. La tensión entre nosotros ha estado creciendo, cada mirada y cada gesto cargado de un significado no dicho.
Hemos estado juntos el último año. Algo no permitido, pero soy el jodido jefe aquí. Y ella es mía.
El helicóptero finalmente llega, descendiendo en medio de la polvareda levantada por las hélices. Corro hacia él, asegurándome de que todos mis hombres suban a bordo. Coraline se queda atrás, cubriéndonos hasta el último momento. Juro que mi polla se pone dura cuando la veo sostener su arma, pero no me gusta verla que se ponga en peligro, ese es mi jodido trabajo.
Una vez todos están a bordo, nos elevamos hacia la seguridad de la base.
—No vuelva a quedarse atrás, teniente—le gruño, ella sabe perfectamente cuanto odio que me cuide la espalda.
—Es mi trabajo, coronel.
Ladeo la cabeza, mis hombres se quedan en silencio. Estoy seguro que hay muchos rumores sobre nosotros dos, pero nadie se atreve a preguntármelo de frente, pero sí me entero de que la acosan, van a rodar muchas cabezas.
—Tendremos una conversación sobre su falta de respeto, Chevalier.
Ella traga, sabe lo que significa.
Al aterrizar, el caos de la batalla queda atrás, pero el torbellino dentro de mí no se calma. Coraline y yo caminamos rápidamente hacia el edificio principal, sin intercambiar palabras. La urgencia y la tensión son palpables.
Cuando llegamos a la base, la adrenalina sigue corriendo por mis venas. Sin pensarlo dos veces, tomo la mano de Coraline y la guío al baño de mujeres, cerrando la puerta tras nosotros. La sorpresa en sus ojos se transforma rápidamente en deseo cuando la atraigo hacia mí y la beso con toda la pasión acumulada de estos meses de tensión no resuelta.
Ella responde con igual fervor, sus manos recorriendo mi espalda, aferrándose a mí como si fuera nuestra última oportunidad. Rompo el beso solo lo suficiente para hablar.
—Fue en serio lo de desobedecer—la tomo del cuello, lo suficiente fuerte para que me vea, estoy furioso.
—Y fue en serio de que solo hago mi trabajo—riñe.
—¿Es así? —acerco mi boca a la suya—repítelo, teniente. Y te ahogarás con mi polla.
Se suelta de mi agarre y la dejo por un momento, no quiero discutir con ella.
—Estás distraído, ¿Qué sucede?
—Tengo que irme de Italia —digo, mi voz ronca por la emoción.
Coraline me mira, sus ojos llenos de preguntas.
—¿Dónde?
—Chicago
—¿Por tu padre? ¿Se metió en problemas?
Niego con la cabeza, acariciando su mejilla suavemente.
—No. Tengo que encargarme de algo.
Sus ojos se oscurecen con una mezcla de celos y preocupación.
—¿Y luego qué? ¿Vas a regresar aquí?
—No. Me quedaré en Chicago. Me necesitan.
—No lo hagas, Roco. No te unas a la mafia.
Ella sabe todo de mí, o casi todo. Le he permitido a mi pequeña provocadora saber un poco, pero ella no es tonta, ha hecho sus propias averiguaciones. Sabe que pertenezco a la Cosa Nostra, es por eso que estoy aquí, la milicia les pertenece. Pero no yo, yo me he movido solo todo este tiempo gracias a mi tío el Don de la Cosa Nostra de Chicago.
Hasta ahora. Me necesitan, después de la traición y muerte de mi padre, me necesitan y no puedo negarme, no después de saber que seré el próximo que tomará el lugar de mi tío.
Tomo una respiración profunda, sabiendo que esto sería difícil de explicar.
—Es lo que soy.
Coraline me empuja ligeramente, su expresión se endurece.
—Si te unes a la mafia, te encontraré y te mataré, Roco.
—No lo dices en serio.
Sus ojos brillan con lágrimas no derramadas. Ella es fuerte, tan jodidamente fuerte. La he corrompido lo suficiente para que se preocupe por mí. No lo valgo, se supone que solo follaríamos. Un romance casual, pero mi pequeño sol se ha enamorado tanto como yo.
—No. No me obligues a buscarte y tener que matarte, sabes que es mi deber.
Acaricio su rostro, sintiendo su dolor y su amor.
No lo merezco.
—No lo harás.
—¿Por qué estás tan seguro? —su voz es casi un susurro.
Ella cierra los ojos, una lágrima solitaria deslizándose por su mejilla. La beso de nuevo, con una mezcla de desesperación y amor, sabiendo que este podría ser nuestro último momento juntos. Odio cada maldito segundo que escucho la poca cordura dentro de mí romperse por lo que haré.
La perderé. Estoy cambiando a una maravillosa mujer por La Cosa Nostra.
El deber me llama, y aunque me duele dejarla, sé que debo seguir mi camino. Pero en su corazón, sé que siempre habrá un lugar para mí, así como ella tendrá siempre un lugar en el mío.
O quizás no. Quizás haya algo más por hacer.
Volveré por ella.
Aunque ahora me odie. Y sé que habla en serio cuando dice que irá por mí, espero que lo haga. Porque si no yo vendré por ella cuando todo en Chicago esté solucionado. Ella es mi calma.
La miro con una intensidad que solo ella puede entender.
—Porque me amas, Sole mio.
Capítulo 2
ROCO
En el presente
Chicago
El almacén está sumido en sombras, apenas iluminado por la tenue luz de las bombillas colgantes que parpadean con un zumbido molesto. Las paredes de ladrillo resplandecen con manchas de sangre fresca y sudor. Frente a mí, los cuerpos caídos de traidores y miserables que habían osado cruzar la línea. Un leve gemido rompe el silencio, un último rastro de vida en uno de ellos, pero pronto se apaga con un giro sutil de mi muñeca. No es la primera vez que lo hago, no en la semana, ni este año ni los últimos treinta y siete años de mi vida, y no será la última. Este es mi mundo, donde el miedo y el poder se entrelazan como un veneno dulce.
A mi lado, el jefe de la mafia de Londres, Theron Sterling "El fantasma", se inclina ligeramente, observando la carnicería con ojos grises y calculadores. Su rostro no muestra ninguna emoción, sólo ese vacío constante, como si la violencia fuera una trivialidad para él. Para nosotros. Él da una calada lenta a su cigarro, exhalando humo denso que se mezcla con el hedor de la muerte.
—Deberíamos haberlo sabido —murmura, su acento británico cortante—. El soplón tenía los días contados desde el primer momento. Me sorprende que haya durado tanto.
No le respondo de inmediato. Mis ojos están fijos en el último de los hombres, que respira con dificultad, con la cabeza inclinada hacia el suelo, esperando su sentencia. Levanto una mano para detener la próxima bala. Hay algo en ese silencio, una tensión evidente. No es sólo la sangre derramada. Es algo más. Algo que viene.
El sonido de pasos se acerca desde la entrada. Mi primero al mando, Soren, se mueve con la agilidad de un cazador, sus botas resonando en el suelo de cemento. Él siempre ha sido eficiente, frío, alguien en quien puedo confiar. En su mano derecha sostiene un sobre amarillo, algo grueso. Lo sé antes de abrirlo. Hay algo en su rostro que me lo dice.
—Jefe —solo me llama jefe cuando se trata de algo demasiado importante, su voz es baja, respetuosa, pero en el fondo hay algo que se retuerce—. Llegó esto hace una hora. Pensé que querrías verlo personalmente.
Ignoro a los tipos frente a mi agonizando. Tomo el sobre, rompiendo el sello con cuidado, mis ojos atrapados en la fotografía que cae de él. No necesito mirarla dos veces para saber de quién se trata.
Su rostro está ahí, exactamente como la recordaba: esos ojos profundos, llenos de secretos y de cosas que nunca pudimos decirnos. Su cabello ahora de un color diferente, azul, me hace sonreír para mis adentros, enmarcando un rostro que alguna vez fue el confort de mis dedos, y sus labios que aún puedo sentir en mi piel y escucharla pronunciar lo último que me dijo. Una mezcla de emociones se agita en mi pecho, pero me esfuerzo en mantener mi expresión controlada. Sonrío. No puedo evitarlo. Algo en mí despierta, una chispa que creía apagada.
—Está aquí —Soren continúa—. En Chicago.
Mis dedos acarician la esquina de la fotografía, como si al tocarla pudiera sentirla a través del tiempo y la distancia. Coraline. La mujer que dejé atrás por el juramento de sangre. La mujer que una vez significó todo para mí, pero que ahora, en esta vida, se ha convertido en algo más que un simple recuerdo. Un lazo suelto. Un lazo que debo atar.
A mí. Siempre a mí.
—Bien —digo, mi voz más firme de lo que esperaba—. Haz que la sigan.
Soren asiente con un gesto rápido y se retira sin hacer más preguntas. Sabe lo que debe hacer, y yo confío en que lo hará sin errores. Mis hombres son eficientes, precisos. El error no es algo que se permite en nuestra organización.
El fantasma de Londres, que ha estado observando en silencio, deja escapar una leve carcajada. Da una última calada a su cigarro y lo aplasta contra el suelo, sin apartar la vista de mí.
—¿Problemas en el paraíso, Roco? —su tono está cargado de burla, pero también de curiosidad. Él sabe que no soy el tipo de hombre que deja cabos sueltos. No sin razón.
Mis ojos aún están fijos en la fotografía mientras dejo escapar una risa baja, oscura.
—Nunca estuvimos en un paraíso, Theron —digo suavemente, devolviendo la foto al sobre—. Nos gustaba el infierno. Ahí nos conocimos. Ahí pertenecíamos.
Theron sonríe, pero es una sonrisa vacía, carente de verdadero humor.
—Un día de estos me contarás la historia —murmura, ajustándose el abrigo de piel mientras se gira hacia la puerta—. Pero por ahora, tengo negocios que atender en Londres.
—No será una historia bonita —le advierto, mientras me doy la vuelta, desenvainando mi cuchillo lentamente. Los gemidos de los hombres restantes parecen volverse más agudos al verlo.
—No me gustan las historias bonitas —responde, saliendo con un gesto de despedida.
La puerta se cierra detrás de él, y el almacén vuelve a ser una caja de ecos de muerte y desesperación. Me acerco al último hombre que queda vivo, quien tiembla bajo mi sombra, sus ojos suplicantes llenos de lágrimas.
—Hubo un tiempo en el que creía en finales felices —le digo, mientras me agacho a su lado—. Pero hoy... hoy simplemente no tengo paciencia para cuentos de hadas.
La hoja entra suave, limpia, y los gritos desaparecen, dejándonos en un silencio absoluto.
Antes de irme, saco de nuevo la foto de Coraline. La observo bajo la luz tenue, acariciando su rostro con la yema de mis dedos, recordando cada momento, cada beso, cada susurro entre las sombras. Pero todo eso se fue. No más ilusiones, no más paraísos rotos.
—Sole mio —susurro con una sonrisa en los labios.
Y con eso, salgo del almacén, dejando atrás los cuerpos, los errores, y el pasado que no me ha dejado nunca. Ahora es momento de cerrar otro capítulo. Coraline me espera, aunque aún no lo sepa.
Es momento de cumplir mi promesa de recuperarla. Aunque nunca le dije cómo.
Capítulo 3
CORALINE
Meses después
Los últimos días han sido un caos completo. Mi paranoia está al tope y la constante sensación de alguien siguiéndome sigue latente. La sala de juntas está oscura, iluminada únicamente por las imágenes proyectadas en la pared. El aire es denso, cargado de tensión lo que antes llamaba aburrimiento, y el sonido rítmico del ventilador en el techo apenas disimula el silencio incómodo entre nosotros. Estoy sentada al final de la mesa, observando cada detalle de las fotos que muestran los cadáveres hallados en un almacén.
Fueron encontrados hace unos meses.
Tortura.
Una tortura limpia. Debo decir.
Cortes limpios, sin señales de lucha, sin salpicaduras de sangre caótica. Esto no es obra de cualquier criminal, es un trabajo casi quirúrgico, eficiente. Y sé exactamente quién tiene esa precisión. Pero mantengo la boca cerrada. No es el momento.
Al lado, mi compañero, el agente Marshall, hace anotaciones mientras mi superior, el jefe Kingsley, sigue explicando los detalles de la escena. Maya, la agente Flores, con su rostro inmutable, cruza los brazos mientras estudia las mismas fotos. Nadie parece notar mi incomodidad, el leve temblor en mis manos. La última imagen aparece en la pantalla, y mi estómago se revuelve.
Roco Barone.
Su rostro aparece en una fotografía de perfil, con una expresión neutral, pero algo en sus ojos me estremece. Esa barba. Cuando la sentía entre mis dedos. Esos labios. Los que me gustaba besar.
Y sé que debajo de ese traje de tres piezas caro está el hombre que me envolvía con pasión y lujuria necesitada. No lo había visto en dos años y meses. Sabía que volvería a cruzarme con su nombre algún día, pero no de esta forma. No así.
No en la sala de juntas del FBI. Es lo que soy ahora después de que todo se fue al carajo. Me di de baja y me marché. Hace ocho meses que entré al FBI y por fin estoy dentro de la sala de juntas y no haciendo el papeleo de otros.
—Vigilaremos a este hombre. Roco Barone —dice Kingsley sin levantar la vista de su carpeta—. Parece limpio. Sirvió en las fuerzas armadas de Italia. Creo que lo conoce, agente Chevalier.
Por supuesto.
Mi mirada se clava en la pantalla un segundo más, antes de que sus palabras me saquen de mis pensamientos. Me esfuerzo por mantener mi rostro sereno. No puedo permitir que vean nada en mí. Nada que indique lo que realmente estoy pensando.
—Quiero que usted esté a cargo —continúa Kingsley con ese tono seco y autoritario. Los ojos de mis nuevos amigos se clavan en mí. No les he dicho nada sobre mi vida pasada, pero saben que hubo alguien. Fue una jodida noche de copas donde revelé más de alguna cosa estúpida y solté su nombre. Pero no dije quién era, tampoco me imaginé ver su fotografía aquí hoy.
Y aunque no lo parezca, no pensé que estuviera en chicago todavía. No me molesté en investigarlo, porque no quería cumplir mi última promesa. Encontrarlo para matarlo.
Esto es una mierda.
—¿Es sospechoso? —pregunto, manteniendo la voz controlada, aunque mi mente ya corre más rápido de lo que quisiera.
—No lo es —responde Kingsley, con una ligera pausa, como si considerara sus palabras cuidadosamente —Pero se le ha visto reunido con gente de dudosa reputación. Sólo lo tomaremos en cuenta si las cosas se complican.
La fotografía sigue ahí, proyectada sobre la pared. Maldito Roco. El mismo hombre que conocí cuando éramos diferentes, cuando todavía había una línea entre el bien y el mal que parecía clara. El jefe sigue hablando, pero su voz suena distante, como si fuera un eco.
—Su padre pertenecía a la mafia italiana. Operaba en Chicago. No es un secreto. No me sorprendería que haya tomado las riendas. Aunque ahora sea un hombre importante en la ciudad, tiene muchos enemigos.
Mis labios están secos, pero mi respuesta sale automática, casi como si no fuera yo quien hablara.
—El coronel Barone ha sido un hombre intachable. Lo fue cuando estuve bajo su mando, señor.
El silencio que sigue es breve, pero pesado. Kingsley me mira fijamente, buscando algo en mis palabras, alguna fisura. Mi jodida boca. Tenía que defenderlo, no se lo merece el muy cabrón.
—Y es por eso que está aquí, agente. Para que nos lleve a él. ¿Siguen en contacto?
—No, señor. —es verdad. No he sabido de él desde hace dos años, desde que nuestras vidas tomaron caminos diferentes, por razones que no me he atrevido a decir en voz alta y he obligado a mí misma que no lo piense, pero la verdad es esta.
Eligió el poder en vez de a mí.
Mi jefe asiente lentamente, sus ojos nunca dejan los míos.
—Entonces es momento de saludar a un viejo amigo, ¿qué le parece?
Mi corazón late con fuerza, pero mi rostro no lo muestra. Miro de nuevo la foto de Roco. El hombre que una vez conocí, o al menos, creí conocer. Ahora, todo ha cambiado. Esto es trabajo, me repito.
—Lo intentaré —respondo finalmente, con una calma que no siento.
Kingsley sonríe levemente, satisfecho, mientras apaga el proyector. La sala queda en penumbra de nuevo, pero esa imagen de Roco, con su expresión enigmática, se queda grabada en mi mente. La reunión termina y mis compañeros se levantan. Pero yo me quedo quieta por un momento más, mirando el lugar donde estuvo su rostro proyectado, pensando en lo que vendrá. Y en cómo será cuando lo vuelva a ver.
Cuando lo vuelva a ver.
—¿Estás bien? —siento la mano de Maya sobre mi hombro y me sobresalto. No me gusta el contacto físico, aun si no muestra peligro, pero no es su culpa. Es culpa de lo que sucedió en Italia, cuando todavía servía a las fuerzas especiales. Nadie sospecharía de mí. Nadie me creería si les contara todo lo que hice, lo que vi, lo que me hicieron.
Una chica patética, echa polvo después de cargar con un arma a cuestas ahora no deja que nadie la toque gracias a sus últimos agresores, pero, sobre todo, gracias a Roco.
Sacudo la ironía de mi cabeza y veo a mi amiga.
—Estoy bien, solamente no esperaba ver la foto de mi ex jefe aquí.
—Si de algo te sirve, el jefe ha puesto hasta la foto del príncipe Carlos y no es porque sea sospechoso, le gusta jugar con su computadora.
Ambas nos reímos.
—Vamos, te invito a almorzar y así me cuentas más sobre lo que hiciste en Italia —dice Maya, mientras nos dirigimos hacia la salida de la oficina. Sus palabras son despreocupadas, su tono ligero, como si la última hora de ver fotos de cadáveres no hubiera pasado. Pero en mi mente, el nombre de Roco Barone sigue retumbando, inmutable, como una alarma sorda que no puedo ignorar.
Oh, no por favor.
—De acuerdo. —murmuro, intentando restarle importancia, pero mi mente está en otra parte. Y no en el restaurante a dos calles donde nos dirigimos, sino en la imagen de Roco, en lo que podría significar que él estuviera en el radar del FBI.
Llegamos al restaurante, y la sensación que he estado ignorando desde la oficina se hace más fuerte. Es como si algo en el aire cambiara. Como si alguien estuviera detrás de mí, observando cada uno de mis movimientos. Al principio lo ignoro, tratando de mantener una conversación casual con Maya, pero mis sentidos están alerta. No puedo relajarme.
Ahí está de nuevo esa sensación que me ha acompañado durante meses.
A medida que avanzamos hacia nuestra mesa, me doy cuenta de que el peso de esa mirada no se disipa. Está ahí. Se siente pesada, insidiosa. Trato de ocultar mi incomodidad, pero la verdad es que algo no está bien. Respiro hondo y sonrío a Maya, quien parece ajena a mi incomodidad, charlando sobre algo relacionado con un caso anterior.
Esos hombres dijeron que me buscarían, dudo mucho que me haya encontrado ya ¿Verdad? He estado en Chicago por meses y Roco ya debe saber que estoy aquí desde el día uno, y aun así no se ha atrevido a buscarme.
No es que lo quisiera, lo mataré en cuanto se me ponga delante. Se lo advertí.
—¿Voy al baño? —digo de repente, interrumpiéndola mientras estamos a mitad de la comida. Me levanto casi sin esperar su respuesta.
Una vez en el baño, me miro en el espejo. Mi reflejo me devuelve una mirada que no me gusta. Mi piel está pálida, mis ojos azules como el nuevo color de mi cabello, inquietos. Me acerco al lavabo y me lavo la cara, tratando de despejarme. Pero esa sensación… esa maldita sensación no desaparece. Sigo sintiendo esa presencia, esa amenaza invisible.
Me quedo ahí, mis manos apoyadas en el mármol frío del lavabo, intentando calmar mi respiración. ¿Es paranoia? ¿O realmente alguien me sigue? No puedo permitirme el lujo de equivocarme. No con esto. No si Roco está involucrado. Finalmente, después de unos segundos, decido volver. La sensación no desaparece, pero tampoco puedo seguir aquí, atrapada en el baño. Camino de regreso a la mesa con el corazón acelerado.
Maya está hablando con el mesero, aparentemente pidiendo la cuenta. Me mira en cuanto me acerco, frunciendo el ceño.
—¿Te encuentras bien? —me pregunta—. Estás pálida. Terminaremos de comer en la oficina, claramente no te sientes bien.
—¿Tanto se nota? —me rio cubriendo mis mejillas con ambas manos. Mi cara está caliente.
—¿Esto es por el nuevo caso?
—No, no es eso. —intento disimular. En realidad, no es eso solamente, he tenido esta paranoia desde que llegué a este lugar. La sensación de encontrarme a Roco sigue creciendo en mis venas. No estoy preparada para verlo de nuevo, aunque el jefe así lo quiera.
No lo haré.
Ni siquiera sé dónde encontrarlo, no es que ande dejando por ahí su tarjeta como nuevo jefe de la Cosa Nostra. Porque sé que el maldito lo es ahora. El jefe de la Cosa Nostra.
Intento esbozar una sonrisa, pero mis labios apenas responden.
—Estoy bien. Solo… cansancio. ¿Nos vamos?
Maya, aunque me mira de reojo, claramente preocupada. Pagamos y salimos del restaurante. Pero esa sensación, no se disipa. Si algo está por venir, no será nada bueno.
Maya es una buena amiga, es hermosa y tiene el cabello rapado blanco. Es ruda y valiente, nacida y criada en Chicago de padres policías, siempre miró el peligro como un juego, por eso es buena con lo que hace, el trabajo de campo es lo suyo, pero también en un águila en la investigación, no es tonta, ella sabe cuánto me afectó la fotografía.
—Ese hombre, Roco Barone. ¿era tu ex jefe no?
—Sí—caminamos a paso lento, pasando un grupo de personas, a esta hora pico todas las cafeterías y restaurantes están a tope, incluso hay gente comiendo en la acera de los locales como algo cotidiano.
—También el que te abandonó—no ha sido una pregunta. —Dijiste su apellido el otro día en el bar. Por la forma en como estás puedo entenderlo.
—Maya, no…
—Cora, somos amigas, si este tipo fue el que jodió tu corazón lo entiendo. Pero tienes que concentrarte en el caso. Si no quieres contactarlo, yo misma hablaré con Kingsley, le diré que no quiere recibirnos o una mierda así.
—Te lo agradezco. Pero no es necesario, aunque quisiera verlo, no tengo idea de donde está. Además, ya lo dijo Kingsley, no es sospechoso.
No es un maldito sospechoso.
Pero sí un mafioso.
—Entonces que se joda.
—Sí, que se joda.
Capítulo 4
CORALINE
Esa misma noche, estoy en mi apartamento, sentada en el sofá con mi laptop apoyada en mis piernas. El silencio es casi absoluto, roto solo por el suave sonido de la respiración de mi pequeña chihuahua Lucy color crema, que duerme a mi lado, acurrucada en un rincón.
Mi apartamento es pequeño, pero acogedor. Está en una de esas viejas construcciones de ladrillo que, aunque no tienen el lujo moderno, tienen carácter. Las ventanas son amplias, permitiendo que la luz del día inunde el espacio, aunque por la noche las persianas gruesas siempre están bien cerradas, protegiéndome del mundo exterior.
El salón principal es un espacio abierto que combina la sala de estar y una pequeña cocina. Las paredes están pintadas en tonos claros, un suave gris que refleja la luz cálida de las lámparas que tengo repartidas por el lugar. En una esquina del salón, mi sofá color crema está ligeramente desgastado, un lugar donde paso demasiadas noches como esta, con mi chihuahua siempre a mi lado, acurrucada bajo una manta suave que tiene el mismo tono que ella. Frente al sofá, una mesita de madera oscura que encontré en un mercadillo, con marcas del tiempo que me parecieron encantadoras en su momento.
La cocina es modesta pero funcional, con una pequeña isla que separa los espacios. Encima de la encimera de mármol blanco siempre hay algo, ya sea una taza de café a medio terminar o una pila de papeles que debería haber organizado hace días. Tengo pocas cosas, pero todo está en su lugar. Lo justo y necesario para una vida que no deja mucho espacio para el caos.
Tengo dinero suficiente para vivir en un lugar mucho mejor que este, pero no era necesario, la mayoría del dinero lo dono en diferentes organizaciones de forma anónima. No tengo familia, solo una madre tóxica y ausente que viene y va. Si tengo tíos o primos, no lo sé. Me uní al ejército bastante joven cuando mi padre acababa de morir.
Él también fue militar.
De nuevo me concentro en la nada. Las paredes están decoradas con algunas fotografías en blanco y negro que compré en un mercadillo de arte local. Son imágenes de calles antiguas de París, un guiño a mis raíces por parte de mi padre francés, una parte de mí que trato de mantener presente, aunque la vida aquí, en este lado del mundo, siempre parece arrastrarme en otra dirección.
Mi dormitorio es más sencillo aún, con una cama grande y cómoda, cubierta de sábanas blancas y una manta gris oscura que combina con el resto del apartamento. Al lado de la cama, una mesita de noche con un par de libros que nunca tengo tiempo de leer, y una lámpara de luz cálida. A veces, me acuesto allí, mirando el techo, sintiendo cómo las paredes me protegen de lo que sucede afuera.
Todo en este apartamento es sencillo, casi minimalista, pero es mío. Es mi refugio. Un espacio donde puedo desconectar, aunque hoy no pueda sacudirme la sensación de que algo está a punto de cambiar. Este lugar ha sido mi santuario, pero la presencia de Roco en mis pensamientos empieza a invadir hasta este espacio que siempre ha sido mío, y solo mío.
Solo tengo veintisiete años. Nunca celebro cumpleaños, pero su recuerdo viene a mí. Él desnudo sosteniendo un cupcake en su mano tatuada y una vela verde sobre ella. Me cantó feliz cumpleaños en francés al amanecer.
Demonios. Como quisiera olvidar.
Mi padre era francés y mi madre italiana y de mis dos padres, yo era más unida a mi padre que a mi madre, ella siempre me odió, pero mi padre me enseñó que al menos un padre, puede quererte. Son recuerdos agridulces, pero ahora me atormentan. Roco fue un gran militar, un gran jefe y un buen amante. Todo lo que hacía lo hacía bien, de manera calculada, y sé que eso no ha cambiado ahora él como jefe de la mafia italiana.
El brillo de la pantalla ilumina tenuemente la sala, mientras mis dedos se mueven con rapidez por el teclado, escribiendo un nombre que nunca pensé volver a escribir: Roco Barone.
La búsqueda en Google arroja varios resultados. Fotografías de eventos públicos, pero Roco siempre aparece solo. Se ve distinto ahora, más frío, más distante. Siempre hablando con otros hombres, ninguno de ellos fácilmente identificable. Pero hay algo en su mirada, algo que no ha cambiado desde aquellos días en Italia. Esa mezcla de seguridad y peligro que siempre lo rodeaba.
Es cuando veo su mano derecha en su estómago, tocando su traje para una fotografía y mi mundo se paraliza.
Un nuevo tatuaje. Debe serlo. Un trébol de cuatro hojas tatuado en el dorso de su mano.
—Eres mi trébol de la suerte, Sole mio.
—Hijo de puta. —digo en voz alta.
Se lo tuvo que haber hecho cuando estaba borracho y como una jodida broma. Porque de ninguna manera yo signifiqué algo para este hombre.
Lo que me sorprende es su nuevo rol en el mundo. Roco Security. Una gran empresa de seguridad que ha ganado notoriedad en poco tiempo. "Protección de alto nivel", dicen los artículos. “Servicios de élite para personas influyentes”. Claro, es solo una fachada. Lo sé con certeza. No importa cuántas veces intente cambiar su nombre o sus negocios, Roco sigue siendo un Barone. Y en el mundo donde él creció, los Barone no desaparecen. No renuncian a su legado, y mucho menos a su poder.
Sigo mirando las imágenes y los titulares. Algo me inquieta profundamente. ¿Por qué no usar su apellido en el nombre de sus negocios? Barone es un nombre que carga peso, un apellido que provoca miedo y respeto. Pero él eligió no usarlo, decidió esconderlo bajo esa fachada de negocios legales. Quizás no quiere ser vinculado con su padre o su tío. O tal vez, está jugando un juego más largo, más cuidadoso.
Su cede está cerca de la oficina. Puedo ir ahí y concertar una cita requiriendo sus servicios, todo con el pretexto de tenerlo de frente. Es algo demasiado fácil. No creo que Roco esté sentado detrás de un escritorio ocupándose del papeleo. No, él es mejor que eso. Pero qué sé yo.
A pesar de su intento de borrar ese rastro, yo sé la verdad. Es el jefe ahora y no será fácil contactarlo. Todo en su historia lo señala. Todo en esas fotos lo confirma. No importa cuántas veces lo intente negar, no importa cuántas capas de legalidad ponga entre él y su verdadera naturaleza, sigue siendo un Barone, sigue siendo parte de ese mundo.
Mis dedos se detienen sobre el teclado, y miro a mi perra que suspira en sueños, ajena a mi agitación. La presencia de Roco en mi vida siempre fue como una sombra, incluso cuando él ya no estaba cerca. Ahora, está más cerca de lo que hubiera imaginado. Y sé que esto no ha terminado.
El jefe tiene razón: es momento de saludar a un viejo amigo. Pero mientras cierro la laptop y me acuesto, sé que este reencuentro no será una simple charla amistosa. Roco está jugando un juego peligroso, y de alguna manera, yo estoy en medio de todo otra vez.
Capítulo 5
ROCO
La pantalla delante de mí parpadea, proyectando la imagen del apartamento donde ella está ahora, ajena a la realidad. Es curioso cómo el destino juega con las personas, cómo la tecnología, algo tan frío e impersonal, puede otorgar un poder tan íntimo sobre alguien. Llevo meses observándola. Cada noche, cada movimiento, cada suspiro. Y aun así, ella no sabe nada. No sabe que su vida está en mis manos.
Ahí está, en el sofá. Esa maldita rutina que he visto repetirse tantas veces que ya podría anticiparla. La pequeña chihuahua duerme plácidamente a su lado, ignorante del peligro que acecha. Ella acaricia distraídamente a la perra mientras busca algo en su laptop. Entonces lo veo, justo cuando su mirada se enfoca, cuando sus dedos teclean con más rapidez.
Mi nombre. Está buscándome.
Sonrío para mí mismo. Es casi demasiado fácil. He visto cada uno de sus movimientos en estos ocho meses, cada mirada, cada duda. He visto cómo va al trabajo, cómo vuelve a casa. He observado sus conversaciones con esos dos amigos, como si ellos pudieran llenar el vacío que dejé. Salen a un bar de vez en cuando, toman una copa, se ríen, pero siempre regresa a lo mismo: una vida aburrida, monótona. Pero algo ha cambiado en ella. Lo noto.
No solo porque está en mi territorio y ella lo sabe. Me pregunto si espera a que aparezca. Duerme desnuda cada noche y más de una vez me he tentado a entrar en ese pequeño lugar que llama hogar y enterrarme muy profundo dentro de ella como solía hacerlo, como le gustaba, como me gustaba. He estado a punto de hacerlo, tengo una copia de su llave, desde luego. Pero no lo he hecho.
Me pregunto por qué.
Conozco la respuesta ante mi propia pregunta. Sé que ella merece algo mejor que yo. Y no me importa, lo que me hace un mal hombre, siempre he sido un mal hombre para ella, lo sé, pero aquí estoy, observándola. Creándonos otro plan.
Mi dedo traza el contorno de su rostro en la pantalla. Parece tan cerca y, a la vez, tan inalcanzable. No ha tenido a nadie más en su vida desde que me fui. Al principio me pregunté si alguien aparecería en su puerta. Si algún hombre tendría el valor de intentar ocupar mi lugar. Pero no. Ninguno. Porque, aunque ella no lo sepa, sigue siendo mía. No hay espacio para otro.
Y aunque lo hubiera, ya no estaría en este mundo.
Tengo una lista de preguntas para hacerle, lo que las pantallas no pueden decirme. Y ante sus preguntas solo tengo una respuesta: Ella es mía.
Cada búsqueda que hace en esa laptop, cada momento que dedica a pensar en mí, es como una confirmación de lo que ya sé: Aún me pertenece. Aunque intente negarlo. Aunque trate de fingir que se ha alejado, que ha dejado atrás lo que teníamos. No lo ha hecho. No puede. He presenciado cada pesadilla, antes no las tenía. Cuando dormía en mi cama, siempre la mantuve caliente y satisfecha, ahora tiembla mientras duerme, se despierta con lágrimas en los ojos no derramadas.
Quiero tocarla. Quiero decirle que está a salvo, siempre lo ha estado. Aunque sé que no lo estuvo cuando me marché y tomé las riendas de este lugar. Ella desapareció por un par de meses, la busqué y solamente desapareció, dándose de baja en el trabajo que tanto amaba y apasionaba para aparecer luego aquí.
Nadie tenía permitido tocarla. Me encargué de eso y espero se haya mantenido, aun en esa brecha que aún no logro llegar a fondo y está oscuro donde no supe nada de ella.
Veo cómo su expresión cambia ligeramente. Una pequeña arruga en su frente. Algo en lo que ha leído la pone nerviosa. Cierra los ojos por un momento, suspira. ¿Qué es lo que siente, mi sol? ¿Duda? ¿Miedo?
Toco el dorso de mi mano, siempre lo hago desde que me hice el tatuaje de hoja de trébol en honor a ella, a mi suerte, a lo mejor que me ha pasado en la vida. Ella.
Casi me hace reír. Es fascinante cómo una pantalla puede revelar tanto sobre alguien. He visto cómo se mueve por su apartamento, cómo sale al balcón cuando está sola, cómo camina de un lado a otro cuando algo la inquieta. Yo lo sé todo. Incluso cosas que ella misma ignora. Como la forma en que me busca, sin saberlo.
Sé que ella sabe que la vigilo, mis hombres, aunque halcones, ella es mejor que ellos y puede darse cuenta cuando alguien la vigila. Lo hago a propósito, quiero que me sienta cerca. Cada vez que su mente vuelve a mí, cada vez que mi nombre cruza por sus pensamientos, yo lo siento. Y ahora que lo veo en su búsqueda, lo sé con certeza: está pensando en mí más de lo que debería.
Mis ojos se deslizan por las otras cámaras. La sala, la cocina, el dormitorio. Todo está tranquilo, como siempre. Pero algo es distinto en ella. No es solo la rutina rota por la búsqueda en Google. Es algo más profundo. Algo la ha cambiado. Meses observándola, convencido de que la ruptura fue solo un juego del destino, un movimiento temporal. Ella no lo sabe, pero nunca fue un adiós definitivo. Ella es mía. Siempre lo ha sido. Desde el momento en que nuestras vidas se cruzaron, su destino quedó sellado. La ruptura fue un espejismo, algo que tuvo que suceder para que ambos entendiéramos lo que realmente somos. Ella es parte de mí, lo he llamado obsesión, amor, capricho, todo me lleva siempre a ella.
Mi chica se mueve con más cautela, como si algo en su interior estuviera despertando. Quizá ha empezado a sospechar, o tal vez ha sentido mi presencia de alguna manera. La tecnología puede ser perfecta, pero el instinto humano es poderoso. Ella siempre fue más astuta de lo que aparenta.
Me inclino hacia la pantalla, la sonrisa se agranda en mis labios.
—¿Qué te inquieta, Coraline? ¿Qué es lo que te tiene tan tensa esta noche?
Se levanta del sofá de repente, dejando la laptop de lado. La pequeña perra ni siquiera reacciona. La veo caminar hacia el baño, sus movimientos tensos, mecánicos.
—¿Intentas escapar de esa sensación, verdad? Esa sensación de que algo no está bien. Pero no puedes huir de mí. No puedes huir de lo que somos.
La cámara del baño me muestra cómo se lava la cara, cómo respira hondo, tratando de calmarse. Pero no lo consigue. La tensión en su cuerpo es visible, incluso a través de la pantalla. Casi puedo sentir su miedo. Sabes que algo está mal, aunque no puedas ponerle nombre.
Y entonces, mientras la observo con una calma letal, me pregunto por qué está diferente. No fue nuestra ruptura. Eso nunca la rompió. De hecho, ella ni siquiera entiende que nunca nos despedimos realmente. Pero la rompí. Lo sé.
Pero hay algo más en juego ahora. Algo que la está cambiando, algo que la está empujando a buscarme. Mi sonrisa se desvanece un poco, mis ojos se afilan. Tengo que saber qué es. ¿Qué la ha traído de vuelta a mi mundo, después de tanto tiempo?
El FBI es una excusa barata, de todos los lugares, ella sabía que Chicago es mi territorio.
—Demasiado fácil, bebé.
Mientras ella vuelve al sofá, aún nerviosa, mi mente ya está trabajando. Voy a averiguarlo. Y cuando lo haga, no habrá marcha atrás. Voy a volver a tenerla.
Y averiguaré a que le teme tanto, y cuál es la causa de sus pesadillas, porque sé que no soy yo.
Capítulo 6
CORALINE
El edificio es ridículamente espeluznante por lo lujoso que es, es el único edifico grande de paneles oscuros, calculo que son como treinta pisos, con paredes de cristal oscuro que reflejan el cielo gris de la mañana. Me detengo frente a las puertas, tomando aire profundamente antes de entrar a Roco Security que pone el logo en la entrada en letras plateadas que brillan con un toque casi intimidante. El lugar es elegante, frío, y está claramente diseñado para inspirar respeto… o miedo.
Entro en el vestíbulo, el eco de mis tacones resonando en el mármol mientras camino hacia la recepción. Una mujer de rostro serio, perfectamente vestida, levanta la vista al verme acercarme. Su sonrisa es educada, pero impersonal, como si ya hubiera atendido a demasiados como yo hoy.
—Bienvenida a Roco Security ¿En qué puedo ayudarla? —pregunta con una voz suave, pero controlada.
Trago saliva y fuerzo una sonrisa antes de hablar.
—Buenos días. Estoy aquí para ver al señor Barone. ¿Cree que pueda hablar con él?
La recepcionista me mira por un segundo, como si estuviera evaluando cada aspecto de mi presencia. Su mirada se desliza por mi atuendo, mis manos, el bolso que llevo colgando del brazo. No sé si me reconoce o si solo está acostumbrada a este tipo de solicitudes.
Llevo una falda lisa que envuelve mis curvas, una camisa de seda blanca y una chaqueta a juego, es mi ropa de trabajo y que me servirá para no verme un poco fuera de lugar, ella no sabe que no necesito una cámara ni siquiera para la puerta principal de mi apartamento.
—Lo siento mucho —responde finalmente—, el señor Barone no atiende a nadie en persona sin una cita previa. —Hace una pausa mientras revisa algo en su computadora—. Y su agenda está completamente llena con los próximos seis meses.
Lo dice sin una pizca de emoción, como si cada palabra ya estuviera ensayada mil veces. Seis jodidos meses. Suena a una eternidad en mi cabeza. Jodido Roco y su culo importante. Asiento, manteniendo mi expresión neutral, aunque por dentro siento una mezcla de frustración y alivio. No esperaba que fuera fácil.
—Claro. Entiendo. Gracias de todos modos —respondo, intentando que mi voz suene tranquila.
Doy media vuelta, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda mientras camino hacia la salida. Mi mente está a mil por hora, pensando en qué hacer ahora, en cómo acercarme a él sin levantar sospechas.
Roco no atiende a nadie sin cita, claro. Porque Roco no es un simple empresario. Roco es un Barone, y un Barone nunca deja que nadie se acerque sin controlarlo primero.
Cuando llego a la puerta del edificio, el aire fresco me golpea, despejando mis pensamientos por un segundo. Sé que esto solo es el comienzo, pero una cosa es segura: Voy a encontrar la forma de llegar a él. Lo he hecho antes.
La diferencia ahora es que el juego ha cambiado. Y él tiene todas las piezas.
…
El sonido de la lluvia golpeando contra la ventana del taxi llena el silencio dentro del coche. El día, ya gris, se ha vuelto una tormenta. Observo cómo las gotas se deslizan rápidamente por el vidrio, tratando de distraerme de lo que acaba de suceder en las oficinas de Roco. No logré verlo, pero lo importante es que ahora sé dónde está. Tendré que intentar otra cosa, otra forma de acercarme.
El día ha sido largo, asi que tomé un taxi directo a casa.
—Aquí a la izquierda, por favor —le digo al conductor, indicándole la dirección de mi apartamento.
Pero no gira.
Frunzo el ceño y me inclino ligeramente hacia adelante.
—Señor, esta no es la dirección. Debía girar aquí.
Silencio. El taxista no responde, ni siquiera me mira a través del espejo retrovisor. Mi corazón se acelera lentamente, un frío repentino me invade mientras miro por la ventana. Las calles se ven extrañamente vacías, como si la tormenta hubiera alejado a todo el mundo.
Me enderezo en el asiento, mi cuerpo en alerta.
—¿Qué está haciendo? —pregunto, esta vez con más firmeza.
Nada. Ni una palabra. El taxi sigue avanzando a través de un camino que no reconozco. Ahora las luces de la ciudad han desaparecido por completo y todo a mi alrededor parece más oscuro, más desolado. La ansiedad se convierte en una espiral que me aprieta el pecho. No tengo mi teléfono a mano; está en el bolso, y cada segundo cuenta. Asi que saco mi arma y la meto detrás de mi cintura por si acaso.
El coche se detiene abruptamente frente a un almacén abandonado. No sé dónde estoy. El aire se siente más pesado. El hombre sale del coche y se dirige a mi puerta, abriéndola de golpe antes de que pueda reaccionar. Instinto.
El miedo se convierte en adrenalina. Pero yo ya tengo de sobra y no es miedo el que siento. Es ira por hombres como este.
—¡Alto! —grito, empujándolo hacia atrás con todas mis fuerzas, pero él es más fuerte, y me agarra del brazo, arrastrándome hacia el interior del almacén.
Mi mente trabaja a mil por hora, los latidos de mi corazón como tambores en mis oídos. Busco mi arma y le disparo en una pierna sin pensarlo dos veces, lo empujo y el hombre cae al suelo con un grito que no olvidaré jamás como tantos otros.
El hombre se retuerce de dolor, su grito desgarrando el aire. Pero antes de que pueda correr, una sombra aparece a mi lado, bloqueando mi salida.
Él está aquí.
—¿Estabas buscándome, sole mio? —la voz de Roco me atraviesa, helándome hasta los huesos. —Sabes que no tienes permitido hacerlo.
Mi cuerpo se tensa, la adrenalina aún bombeando. Me giro, apuntándole directamente con el arma que acaba de ser disparada hace un momento. Lo que veo me deja paralizada. Roco. Su sonrisa arrogante, sus ojos oscuros brillando bajo la tenue luz del almacén.
Tan hermoso, y a la vez tan diablo como una pesadilla que se apodera de cada vibra de tu ser.
—¡No te acerques! —grito, el arma temblando ligeramente en mis manos.
Pero él no parece preocupado en absoluto. De hecho, sonríe aún más.
—¿De verdad vas a dispararme, Coraline? —pregunta, dando un paso hacia mí.
Mi corazón late con fuerza, y todo en mí quiere apretar el gatillo, pero no puedo. Maldita sea, no puedo hacerlo. No después de todo lo que compartimos. No después de lo que él fue para mí. Pero eso no significa que voy a dejar que me controle.
—¡Lo haré! —insisto, mi voz casi quebrándose, pero más firme de lo que me siento en este momento.
Roco se ríe, una risa baja, casi burlona, y avanza otro paso. El arma sigue apuntada a su pecho, pero él se mueve con calma, como si fuera inmune al peligro que representa.
Y siento su aroma como una droga que se instala en todo mi sistema.
—Adelante —me desafía—. Dispara.
Mis manos tiemblan más, pero no disparo. En lugar de eso, bajo el arma bruscamente y me lanzo hacia él, la rabia llenándome, mi miedo convirtiéndose en pura desesperación. Golpeo su rostro con todas mis fuerzas, una y otra vez, mientras lágrimas de frustración se deslizan por mi rostro.
—¡Eres un maldito! —grito, mi voz llena de ira—. ¡Te odio!
Mis golpes no le hacen nada. Él simplemente se queda allí, observándome, dejandome que le haga daño, con una calma que solo me enfurece más. Pero no se defiende, no intenta detenerme. Deja que lo golpee, como si fuera insignificante para él.
Tiene ya una marca en la mejilla izquierda y no me importa, ahora ataco su pecho.
—Sigue, amore —susurra, su tono bajo y tentador—. Desahógate.
Le golpeo una última vez, mis puños perdiendo fuerza, hasta que finalmente me detengo, jadeando, agotada tanto física como emocionalmente. Roco me mira con esa maldita sonrisa suya, acercándose aún más.
—Estás enfadada conmigo —dice suavemente, como si todo esto fuera un juego—. Lo sé. Pero también sé que no puedes escapar de mí, Coraline. Sabes que me perteneces.
—No soy tuya —susurro, aunque mis palabras suenan débiles incluso para mí misma.
—Sí, lo eres. Siempre lo has sido —me agarra de las muñecas suavemente, tirando del arma que he vuelto a sostener, haciéndola caer al suelo con un simple movimiento—. Y lo sabes.
Intento apartarme de su agarre, pero es como si todo mi cuerpo hubiera perdido la voluntad de luchar. Estoy agotada. Mentalmente agotada. Y él lo sabe.
—¿Qué demonios te hicieron? —susurra, sus dedos rozando mi mejilla, su mirada más intensa de lo que recuerdo—. Esto no es por nuestra ruptura, Coraline. Algo ha cambiado en ti.
Intento apartar la cara, pero su mano me sostiene firme, obligándome a mirarlo a los ojos.
Sus hermosos ojos. Su hermoso rostro. Por Dios, si ha envejecido, no lo parece. Da más miedo que antes.
—Déjame ir —le ruego, mi voz quebrándose.
—No. No hasta que me digas por qué estás buscándome.
Su agarre manda el mensaje equivocado a mi cabeza y me odio por ello. No quiero que lo descubra, pero es tarde cuando mi mente me abandona y me lleva a ese lugar donde cada noche cobra vida en mis pesadillas.
No, no, no puede verme así.
—¡Suéltame! ¡Suéltame! —grito, mi voz casi quebrándose.
—Te soltaré si te calmas —su voz sigue siendo tan tranquila, tan jodidamente controlada, como si nada de esto le afectara.
—Roco, no… por favor… suéltame… te lo ruego.
Lo que veo en su rostro me quiebra. Es como si pudiera verlo. Joder, no. No puede verlo.
—¿Qué mierda te hicieron, Coraline?
Las palabras me golpean como una descarga eléctrica. Lo siento más cerca, su aliento en mi oído, su cuerpo bloqueando cualquier intento de escapar. Me conoce demasiado bien. Pero entonces, algo cambia. Mi cuerpo, sobrepasado por el miedo y el pánico, comienza a temblar incontrolablemente.
Muchas manos golpeandome, mientras estaba en el suelo bajo un charco de sangre. Mi propia sangre.
—Habla, teniente Chevalier. —decían una y otra vez—eras su favorita, tienes que saber algo.
Golpe en la cara.
Golpe en mi estomago.
Quemaduras en las palmas de mis manos.
El mundo a mi alrededor se desmorona.
—Respira, Coraline. Respira conmigo —su voz me trae a la realidad, como si estuviera… preocupado.
—No… no puedo —balbuceo entre jadeos, mi visión comenzando a oscurecerse.
—Joder —gruñe Roco, su tono más urgente ahora, más humano—. Respira, Coraline.
Pero es demasiado tarde. Mi cuerpo ya no responde. Mi cabeza se siente liviana, como si estuviera flotando fuera de mi control, y el mundo entero se vuelve negro. Lo último que siento es el calor de su cuerpo, sus manos firmes sujetándome, mientras mi mente se apaga, atrapada en un abismo que solo él podría haber creado… y del que quizás, solo él pueda sacarme.
Lo miro con desesperación, y por un segundo, pienso que podría soltarme. Pero Roco nunca suelta a nadie que haya decidido que le pertenece. La risa ha desaparecido de sus labios, y en su lugar veo algo mucho más oscuro. Todo empieza a girar, mi cabeza nublada por el agotamiento y el miedo. El sonido de su respiración se mezcla con el mío, y de repente, el mundo entero se oscurece, dejándome caer en un vacío que solo él puede llenar… o destruir.
Capítulo 7
CORALINE
Despierto en mi cama, el sonido familiar de mi alarma llenando el aire. Todo parece… normal. Demasiado normal. Parpadeo varias veces, intentando despejar la niebla en mi mente, pero las imágenes de la noche anterior se arremolinan en mi cabeza como un mal sueño. ¿Roco? ¿El almacén? ¿El taxi?
Miro a mi alrededor, mi apartamento inmaculado, mi Lucy durmiendo pacíficamente a mi lado. Todo está en su lugar, como si nada hubiera ocurrido. ¿Lo soñé? No puede ser. La sensación de sus manos sobre mi piel, su voz grave llamándome mi sol, es tan vívida que me resulta imposible creer que solo fuera una pesadilla.
Me levanto lentamente, mis piernas aún sienten el eco de la adrenalina que me recorrió la noche anterior. Camino hacia el baño, me lavo la cara y me observo en el espejo. No hay ninguna señal de lo que pasó. Ni un solo rastro. Espera. Veo mis nudillos, estan rojos, solamente un poco, como si me hubieran colocado hielo o alguna crema anticeptica. Porque a pesar de como se ven, no duelen tanto. Me repito a mí misma que fue una ilusión, un producto de mi mente agotada, pero algo en mi interior me dice que no. Que él estuvo frente a mí, conmigo, que todo fue real.
Sacudo la cabeza, tratando de alejar esos pensamientos. Tengo un caso importante que resolver. No puedo permitirme perder el control ahora.
Imaginación o no, estoy aquí, sola sin rastros de Roco Barone
…
En la oficina, el aire está tenso como siempre. El Departamento de Investigación Especial nunca ha sido un lugar relajado, pero nadie de aquí o pocos, conocen lo que es el ejercito como yo. Mi compañero y otro amigo, Marshall, me mira desde su escritorio mientras yo reviso los informes preliminares de nuestro nuevo caso.
—¿Todo bien? —pregunta, levantando una ceja.
—Sí, solo... una mala noche —respondo rápidamente, forzando una sonrisa.
Él no parece convencido, pero deja el tema. Tenemos trabajo que hacer. El caso que nos ocupa es espeluznante: un hombre que secuestra mujeres, las mantiene cautivas durante días, y luego las deja en lugares públicos sin recordar nada. Es metódico, cuidadoso, pero también un cazador. Y hoy tenemos la primera pista sólida.
Este criminal no solo trafica mujeres, sabemos que las que ha liberado es para dar un mensaje.
Nos dirigimos al lugar donde supuestamente estuvo con su última víctima. Es un edificio abandonado en las afueras de la ciudad. Entramos con las linternas en mano, el eco de nuestros pasos resonando en las paredes vacías. Buscamos cualquier rastro de él, cualquier pista que nos acerque a atraparlo. Mis pensamientos vuelven a Roco. ¿Sabía que estaba buscandolo? ¿Por qué apareció de esa forma tan desquiciada? Secuestrandome. No me arrepiento del disparo en la pierna del taxista, solito se lo busco. Esa bala iba para Roco. Intento enfocarme, pero es como si una sombra me siguiera, como si él estuviera allí, observándome, incluso mientras hago mi trabajo.
Marshall y yo encontramos una pequeña evidencia, algo que podría darnos una pista: una fibra de tela que no parece coincidir con la ropa de la víctima. Es un avance, aunque pequeño. Es una pista.
…