Contenido
LA DEVOCIÓN
Nota de autor
El Fantasma:
Prólogo
Una bala…
Capítulo 1
Escapar no significa ser libre
Capítulo 2
Un legado.
Capítulo 3
La libertad…creo.
Capítulo 4
Algo peligroso.
Capítulo 5
Limpiando las calles…por ella.
Capítulo 6
Mi lugar
Capítulo 7
Un salvador
Capítulo 8
Cazador en la Oscuridad
EL FANTASMA
Capítulo 9
Mía…
Capítulo 10
Capítulo 11
Algo me observa…y me gusta.
Capítulo 12
Salva una vida, quita otra…
Capítulo 13
Lo recuerdo…
Capítulo 14
Es lo que soy…
Capítulo 15
Las pesadillas no se van.
Capítulo 16
El miedo a comenzar…
Capítulo 17
Ella es la nota perfecta
Capítulo 18
Imán para los problemas.
Capítulo 19
Sabor a pecado
Capítulo 20
Soy un monstruo…
Capítulo 21
Atrapada entre ellos…
Capítulo 22
Y vuelo…
Capítulo 23
Estoy rota por ellos…
Capítulo 24
Me ha roto…
CAPÍTULO 25
Capítulo 26
No tengo miedo…
Capítulo 27
Canto para él…
Capítulo 28
El doctor…salvador.
Capítulo 29
Ella es mía, joder…
Capítulo 30
Una cuota más…
Capítulo 31
Mi Lirio de tigre…
Capítulo 32
¿Por qué no me mata?
Capítulo 33
¿Su paga?
Capítulo 34
Un enemigo más…
Capítulo 35
Todo se detiene
Capítulo 36
Real
Capítulo 37
De nuevo… perdida.
Capítulo 38
Mi vida entera está aquí…
Capítulo 39
Mi nostalgia
Capítulo 40
Lo amo
Capítulo 41
Arde la Z
Capítulo 42
PARTE 1
—Sí. Confío en ti.
El filo del bisturí roza mi clavícula, y el frío me quema la piel.
—Eres tan frágil… —susurra junto a mi oído, su voz grave, entretenida, como si esto fuera un simple
—¿Sabes lo fácil que sería cortarte? —su voz es baja, casi tierna—. Un ligero movimiento en la direc
El nudo en mi garganta es tan grande que no puedo responder.
—Déjame comprobar algo… —su voz es solo un murmullo mientras la presión del bisturí aumenta justo do
—Si te mueves… te cortaré.
Él deja escapar un sonido de satisfacción.
Capítulo 43
Parte 2
Capítulo 44
Los malos no mueren rápido
Capítulo 45
Capítulo 46
Más mentiras…
Capítulo 47
Me follaría hasta perdonarlo…
Capítulo 48
Mi amante nocturno
Capítulo 49
Tiene que ser un sueño
Capítulo 50
De rodillas
Capítulo 51
Familia…
Capítulo 52
Arderá todo…
Capítulo 53
Un plan…no me gustan los planes…
Capítulo 54
Vuelve a mí…
Capítulo 55
Todo es sangre…
Capítulo 56
Traición…
Capítulo 56
Todo arderá…desde los cimientos
Capítulo 57
Iré por ella…
Capítulo 58
Part 1
Capítulo 59
Sin cabeza…
Capítulo 60
Mírame de verdad
EPÍLOGO
DIEZ AÑOS ATRÁS
EL FANTASMA
JOSEPHINE
EPÍLOGO EXTRA
HABRÁ LIBRO DE HUNTER Y VIPER.
CÓDIGO NEGRO
LIBRO 1: VIPER
¿Quieres un adelanto de la historia de Hunter y Viper?
HUNTER
EL BESO
Nota de autor
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Ripley
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
HABITACIÓN 28 – HOTEL RUS, 2:43 A.M.
Mañana siguiente
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Epílogo
Bear
Anton
Kostya
Ripley
Agradecimientos
SOBRE LA AUTORA
Copyright © 2026 Kris Buendia.
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida o transmitida de cualquier forma o por cualquier medio, electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación, o por cualquier sistema de almacenamiento y recuperación, sin permiso escrito del propietario del copyright.
Esta es una obra de ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Todos los personajes, nombres, hechos, organizaciones y diálogos en esta novela son o bien producto de la imaginación del autor o han sido utilizados en esta obra de manera ficticia.
1ra Edición
ENERO 2026
Pétalos 4 (Libro 7 y 8)
Serie Pétalos de sangre.
Diseño y Portada: Kaos Studio 28.
Maquetación y Corrección: Kaos Studio 28.
ISBN DIGITAL: 979-8-90243-586-0
LA DEVOCIÓN
DE MI FANTASMA
LIBRO 7
SERIE PÉTALOS DE SANGRE
KRIS BUENDIA
Nota de autor
Querido lector, No sé si sabes, pero escribo libros que son bastante oscuros y algunos temas pueden ser muy sensibles para ti. Sabes que intento que te la pases bien leyendo mis historias, pero quiero que sepas que esta no es una novela común de romance oscuro. En ella encontrarás temas fuertes como: Hombre enmascarado, acecho, Torturas muy explícitas, asesinatos a sangre fría, escenas eróticas muy detalladas, secuestro y cautiverio, recuerdos de abuso, estrés post traumático, entre otros.
Por favor, si este no es tu libro, no lo leas.
La historia de Theron Sterling. Sé que quieres conocerlo, y a diferencia de su amigos de la Cosa Nostra, él tiene toda una ciudad que gobernar, Londres. Se mueve como un fantasta, pero alguien que no quiere lo notará, lo hará y no podrá negarse ante el encanto de su nuevo pajarito. Sigue leyendo y enamórate de MI SOMBRA.
Este es el séptimo libro de la serie PÉTALOS DE SANGRE. El cual se puede leer de forma independiente, pero para disfrutar la serie mejor, te aconsejo leas en orden sugerido.
Palabras que pueden encontrar y que quizás no sepas su significado.
Lirio de tigre – Flor de color naranja intenso.
Viper – “Víbora” Serpiente venenosa.
Pakhan – Líder de la mafia rusa.
Don – Jefe de mafia italiana.
PLAY LIST
GHOST – TEFLON SEGA
SINNER – SHAYA ZAMORA
COLLAPSED – NATALIE TAYLOR
ALL I NEED – WHITIN TEMPTATION
BAD GUY – FALLEN IN REVERSE
THE REASON – HOOBASTANK
FRZZN – OZZIE
BEAUTY IN YOU – PSYOSIA
ZOMBIE – BAD WOLVES
LET THE WORLD BURN – CHRIS GREY
BROKE UP WITH A DEMON – TEFLON SEGA
FEEL NOTHING – THE PLOT IN YOU
V.A.N. – BAD OMENS, POPPY
ROMANCE – VARIALS
SOMETHING TO REMEMBER – MATT HANSEN
PREQUEL – FALLIN IN REVERSE
ALIVE – GABRIELLE APLIN
WITH YOU – DEAN LEWIS
JOSEPHINE – RITUAL
ILL BE GOOD – JAYMES YOUNG
DOWN BY THE WATER – THE DRUMS
CREEP – RADIOHEAD
ALL YOUR LIES – DEAN LEWIS
HIGH – STEPHEN SANCHEZ
KEEP ON LOVING YOU – REO SPEEDWAGON
KILLING STRANGERS – MARILYN MANSON
HUNTER – DIDO
WINGS – BIRDY
NUMB – LIM YEON
Nuestra tierra está en el corazón.
Our land is in the heart.
Notre terre est dans le cœur.
La nostra terra è nel cuore.
Unser Land ist im Herzen.
Nossa terra está no coração.
La nostra terra és al cor.
Gure lurraldea bihotzean dago.
A nosa terra está no corazón.
우리 땅은 마음속에 있습니다
私たちの土地は心の中にあります
我们的土地在心中
Наша земля в сердце
أرضنا في القلب
Con amor, Kristy.
El Fantasma:
No soy un hombre, no soy un ser que puedas comprender. Soy la oscuridad que te rodea, la presencia que te observa cuando crees estar sola. Soy la obsesión que te consume, el deseo que te quema desde las sombras. Me ves, pero no me entiendes. Lo que sientes por mí es miedo, pero también es algo más profundo, algo que te atrae, algo que te empuja a la oscuridad en la que yo vivo. Te quiero, pajarito, y aunque no lo aceptes, sé que me necesitas. La diferencia entre él y yo es que yo te veo en tu totalidad: tu luz, pero también tu oscuridad. Y en esa oscuridad, es donde te pertenezco.
Josephine:
Mi vida se terminó hace mucho. Lo perdí todo… y ahora vivo en una barcaza vieja, lejos de todo lo que conocí, huyendo de los recuerdos que me queman. Pero en las noches, siento algo. Alguien. Una presencia que no puedo ver, pero que está allí, cuidándome, observándome desde las sombras. A veces, creo que estoy perdiendo la cordura, pero luego aparece él. Theron. El médico amable que me mira como si todo estuviera bien, como si no hubiera sombras en su alma. Él es la luz que me hace dudar, la paz que me hace pensar que tal vez, solo tal vez, puedo salvarme. Pero entre él y la sombra que me sigue, no sé cuál es el verdadero monstruo. ¿Lo sabré alguna vez?
Theron:
Soy un neurocirujano respetado por el día, el hombre que salva vidas con manos firmes y una mente calculadora. Pero cuando cae la noche, me convierto en el rey oscuro de Londres, el jefe de la mafia que todos temen y pocos entienden. Estoy listo para dejarlo todo atrás, preparado para morir. Hasta que te escucho, Josephine. Tu voz me quema, me consume, y me hace detenerme. Te he observado en la distancia, he sentido el fuego en tu alma, y nada en este maldito mundo me hará detenerme. Ahora, voy por ti, Lirio de Tigre. Te quiero más de lo que imaginas, y no hay nada que me impida reclamarte.
Prólogo
Una bala…
THERON
El motor del Aston Martin DBS Superleggera ruge en la penumbra de Londres, su reflejo brillando en el asfalto húmedo. Mis nudillos están blancos contra el volante, y la música retumba en el interior como un eco de mi propia condena.
"I'm not a perfect person..."
La voz de Hoobastank resuena en los altavoces, las mismas palabras que debí haberle dicho a todos los que he destruido. Los que he matado. Los que salvé.
No importa.
Nada de eso es suficiente.
Aparco el coche de golpe junto a la acera, el cuero de mis guantes crujiendo cuando los aprieto en un puño. El pulso me late en la garganta, una jauría de lobos rabiosos mordiéndome desde adentro.
No puedo respirar.
El aire pesa, sofoca, me hunde.
Saco el arma, el frío metal contra mi sien es casi un alivio. Un respiro. Mis dedos se tensan en el gatillo. Estoy listo. Estoy listo.
Hasta que la escucho.
Una voz.
Una melodía.
Cierro los ojos, tratando de ignorarlo, pero es imposible. Es... perfecta. Cruelmente perfecta. Como un ángel susurrando a un condenado. Bajo el arma, inhalo con fuerza, mi corazón bombeando un veneno distinto ahora. Abro la puerta y salgo del coche, el aire nocturno mordiendo mi piel. La busco.
Y ahí está.
En el borde de la acera, sentada con una guitarra vieja, su cabello negro con las puntas teñidas de naranja como llamas danzando en la oscuridad. Y sus ojos, sus rasgos asiaticos es el mejor complemento en su rostro.
No me ha visto. Canta con los ojos cerrados, las palabras deslizándose de su boca como una súplica silenciosa.
"And the reason is you..."
A sus pies, un cráneo abierto —animal, supongo y espero— descansa sobre el concreto con un puñado de dinero en su interior. Macabro. Real.
Ella siente la canción. Cada palabra. Cada herida.
Y entonces me pregunto... ¿También quiere rendición?
No, no puede. Ella es hermosa. Hermosa de una manera peligrosa, de esa clase de belleza que envenena, que consume.
Me acerco, mi sombra alargándose sobre ella. Y justo en ese momento, abre los ojos.
El sonido de los billetes rozando el cráneo es casi imperceptible, pero yo soy más rápido que ella. Apenas los dejo caer, pero enseguida los vuelve a cerrar. Sigue cantando. Como si nada hubiera pasado.
Como si el mundo a su alrededor no existiera.
La gente empieza a acercarse, atrapada por su voz. No los culpo. Suena como si estuviera hecha de algo divino, algo que yo, de todas las personas, jamás debería tocar.
Me quedo lejos, observándola.
Y siento algo jodidamente primitivo crecer dentro de mí. Protegerla.
No debería estar aquí. No debería quedarme. Pero no puedo irme.
Treinta minutos. Luego, un repertorio más. Diez minutos después, sigue cantando. Tiene buen gusto. Y cuando finalmente guarda sus cosas, cuando veo cómo toma el cráneo con la misma delicadeza con la que recoge el dinero y lo guarda en su bolso, cuando se cuelga el micrófono y el pequeño parlante al hombro y empieza a caminar… la sigo.
Como el maldito raro que soy.
Ella no se da cuenta. Camina por calles estrechas hasta llegar al lago. No hay casas aquí, solo un par de barcazas, casas flotantes.Y entra a la más pequeña.
¿Ella vive ahí?
—No dejas de sorprenderme, pajarito.
Me quedo en la oscuridad, observando. Hasta que la luz del interior se apaga. Solo entonces me permito irme.
Al día siguiente, regreso.
No planeé hacerlo, pero aquí estoy. Buscándola.
Y cuando la veo, maldición. Es aún más hermosa a la luz del día.
Está de pie esta vez, preparando su equipo. Su cabello negro con puntas naranjas brilla bajo el sol, como llamas ardiendo en la brisa. Lleva una chaqueta de mezclilla, pero con un hombro descubierto, pantalones cortos a juego y una blusa de tirantes negra que deja ver más piel de la que esperaba. Su piel.
Porcelana. Suave. Perfecta.
No es como las mujeres que suelo llevar a casa. No es artificial. Se nota que disfruta una buena comida, y su cuerpo lo demuestra de la mejor manera. Curvas que incitan al pecado.
Y su sonrisa… joder.
No debería mirarla tanto. No debería querer verla más de lo necesario. Pero estoy teniendo problemas para mantenerme tranquilo.
—Jefe.
La voz de Ronnie, uno de mis hombres de confianza, me arrastra de vuelta a la realidad y tengo que dejar de verla. Me tenso antes de girarme lentamente hacia él.
—El Don Barone lo necesita.
Mi mandíbula se endurece.
"Don Barone puede irse a la mierda."
Pero no lo digo en voz alta. Solo me humedezco los labios, y regreso la mirada hacia ella. Cantará en cualquier momento. Y yo no me iré hasta escucharla.
—Dile que hoy no. Estoy ocupado.
Él parpadea, sorprendido.
Pero no discute.
—Se lo diré.
Y se aleja.
Yo me quedo. Porque ya no hay marcha atrás.
Me quedo en mi lugar, observándola. Y entonces, su voz vuelve a llenar el aire.
No debería estar aquí. No debería mirarla como lo hago. No debería querer algo que no puedo tocar sin destruirlo.
Pero aquí estoy.
Y cuando la veo cerrar los ojos, perdiéndose en la canción como si el mundo no existiera, mi mente es un caos de pensamientos demasiado oscuros para alguien como ella.
Sonrío, apenas, y susurro para mí mismo:
—No sé si quiero protegerte... o corromperte.
Y lo peor es que aún no decido qué sería peor para ti.
—¿Qué es, Lirio de tigre?[1]
Capítulo 1
Escapar no significa ser libre
JOSEPHINE, 16 AÑOS.
Diez años atrás
Sparkbrook - Birmingham, Inglaterra.
El camión se sacude con cada bache de la carretera. El aire dentro está cargado de sudor, miedo y desesperanza. Un llanto ahogado se filtra entre los cuerpos temblorosos de las chicas que me rodean, y aunque intento ignorarlo, cada sonido me clava una espina en el pecho.
Las puertas metálicas vibran con el movimiento del vehículo, y cada golpe me recuerda que estamos atrapadas, enjauladas como animales.
A mi lado, Astrid se encoge sobre sí misma, su cabello rubio enredado cayéndole sobre el rostro pálido. Sus labios están secos, partidos, y sus manos tiemblan sobre su regazo.
—Tengo miedo —susurra, su voz apenas un suspiro entrecortado.
No le respondo. No sé qué decirle. No hay palabras que puedan calmar el vacío que nos traga a todas.
Entonces el camión se detiene.
Los cuerpos a mi alrededor se tensan. Nadie habla, nadie respira. Solo observamos, esperando, aterrorizadas de lo que pueda suceder a continuación.
Las voces de los hombres llegan desde afuera, sus tonos ásperos y despreocupados. Discutiendo.
—Nos están siguiendo, idiota. Hay que moverlas ya.
—Tranquilo. Nadie nos sigue. No hemos visto patrullas en kilómetros.
—No me jodas, nos dijeron que cambiáramos la casa de seguridad.
—¿Y qué? Me fumaré un cigarro antes.
Un cigarro.
Aprieto los puños. Mi pulso se acelera.
No sé cuánto tiempo tenemos antes de que terminen su maldito descanso y vuelvan a sacarnos de aquí. Pero entonces lo veo. La puerta está mal cerrada.
Mi corazón golpea contra mis costillas.
El candado cuelga flojo, la cadena apenas asegurada. Un descuido, un error. Una oportunidad. Una sola. No habrá más y la he esperado por doce largos meses desde que me llevaron con ellos.
Y todo lo que me han hecho…no, no puedo soportarlo una vez más, prefiero morir, y si me matan intentando escapar, que así sea.
Miro a Astrid. Sus ojos azules están llenos de pánico cuando capta mi expresión.
—No lo hagas, Josephine…
—Escaparemos —susurro, con los dientes apretados.
Las otras chicas me miran, algunas con esperanza, otras con miedo. No todas podrán correr. Pero si no hago algo, nos van a llevar a un lugar del que jamás saldremos.
Trago saliva, ignorando el temblor de mis propias manos. Con un movimiento lento y controlado, deslizo la cadena del gancho.
El metal suena suave. Contengo el aliento. Nadie afuera parece notarlo.
Mis piernas tiemblan cuando empujo la puerta con cuidado. Se abre lo suficiente para dejar pasar una brisa fría de la noche. Afuera, la carretera es un vacío oscuro, iluminado solo por farolas distantes.
Es ahora o nunca. Tomo la mano de Astrid con fuerza y salto. El golpe contra el asfalto es brutal. El pavimento me raspa las rodillas y las palmas de las manos, pero no hay tiempo para sentir dolor. Astrid cae detrás de mí, tropezando, pero la sujeto y la obligo a correr.
Corremos.
—¡Mierda! ¡Las chicas!
Los gritos explotan a nuestras espaldas.
Las puertas del camión se abren de golpe. Voces furiosas. Pasos pesados.
Disparos.
Uno.
Dos.
Tres.
El cuarto golpea a Astrid.
Su cuerpo se sacude con un espasmo violento, como si algo invisible la hubiera jalado hacia atrás.
Un sonido ahogado escapa de su garganta.
—¡No! —grito, pero es demasiado tarde.
—No… había otra… manera, Josephine.
Ella… ¿Ella se dejó disparar a propósito?
Me hala con ella cuando cae. Su peso me arrastra al suelo y el impacto me saca el aire de los pulmones.
Su sangre.
—Hazte… la muerta—me susurra apenas.
Caliente. Pegajosa. Empapando mi brazo, mi ropa, mi piel.
No respiro. No me muevo.
El dolor de mis heridas desaparece. Todo desaparece. Solo existe su cuerpo frágil, tendido sobre el asfalto, su mano fría aún aferrada a la mía.
Mi visión se nubla con lágrimas.
Escucho los pasos acercándose. Voces, maldiciones.
—Le diste.
—No está respirando.
—Olvídalas. Las sirenas se acercan.
El rugido de los motores retumba en el suelo. Las luces rojas y azules empiezan a teñir la carretera. La policía.
Pero no llegaron a tiempo. Nunca llegan a tiempo. La puerta del camión se cierra de golpe. Gritos. Llantos. Las chicas que dejamos atrás son arrastradas de vuelta a la oscuridad.
Y yo no puedo hacer nada.
Me quedo inmóvil hasta que el camión desaparece.
Hasta que todo lo que queda es el frío de la noche y el cuerpo sin vida de Astrid.
Mis labios tiemblan cuando me acerco a ella. Me arrastro hasta su lado, temblando, sollozando en silencio.
Beso su frente.
—Lo siento. Es mi culpa, lo siento. Debí escucharte.
Lo repito una y otra vez, aunque sé que ya no puede escucharme.
Pero no puedo quedarme aquí. No puedo morir aquí. Tengo que vivir por ella, tengo que luchar por ella. Me obligo a ponerme de pie. Mis piernas son débiles, mi cuerpo tiembla, pero corro.
Corro sin mirar atrás. El asfalto me quema los pies descalzos, pero sigo corriendo. La sangre de Astrid se enfría en mi piel, pegajosa, como si intentara aferrarse a mí, como si fuera un recordatorio de lo que he dejado atrás. No sé cuánto tiempo pasa. No sé cuántas veces mis piernas flaquean, cuántas veces estoy a punto de caer. No puedo parar.
Los pulmones me arden. El frío de la noche me corta la piel, pero sigo adelante, tambaleándome como un animal herido. La carretera se extiende ante mí, vacía. Las luces de los faroles parpadean, proyectando sombras largas y distorsionadas. En la distancia, escucho el eco de sirenas, pero no sé si están más cerca o más lejos.
Entonces veo luces. Un auto.
Me lanzo hacia el arcén, el pánico clavándose en mi pecho. ¿Son ellos?
La imagen de los hombres, con sus rostros torcidos por la rabia, con sus manos ásperas y crueles, me paraliza.
No puedo volver.
No puedo.
Me escondo detrás de un arbusto seco al costado de la carretera, hundiéndome en la tierra húmeda. La maleza araña mis brazos, pero no me importa. Me quedo quieta, esperando, rezando sin palabras.
El auto pasa de largo.
Exhalo un sollozo entrecortado y sigo moviéndome, esta vez más despacio, con pasos torpes, tropezando con mi propio cansancio. Tengo que encontrar ayuda.
Pero… ¿a quién?
¿Quién me va a creer?
El miedo me atenaza el pecho con fuerza. Nadie nos busca a nosotras. Nadie denuncia cuando una chica desaparece en la noche. Porque muchas veces, cuando lo hacen, la policía no mueve un dedo.
El mundo sigue girando, indiferente. Camino hasta que las luces de la carretera desaparecen detrás de mí. Los árboles se alzan a los lados, oscuros y retorcidos. La ciudad no está lejos, pero la distancia parece interminable. Sigo avanzando, sintiendo cada latido de mi corazón como una cuenta regresiva. Tengo que hacer algo. No sé a dónde voy. No sé si alguien me ayudará.
Pero tengo que seguir adelante.
Mataron a mi familia y me llevaron, mi hermano. Mi pobre hermano mayor, él luchó por mí con todo lo que tenía. Vi cómo se enfrentaba a ellos, cómo trataba de detenerlos, de protegerme. Me acuerdo de su rostro, lleno de determinación, mientras los hombres se acercaban. Un disparo, y luego otro. El primero lo golpeó en el brazo, el segundo en el pecho. Vi cómo sus ojos se apagaban mientras caía al suelo, y en ese instante, todo lo que había quedado de mi vida se desmoronó. Estaba perdida, vacía, sola. Él ya no estaba. Nadie vendría a buscarme. Nadie sabía que existía, ni siquiera mi propio dolor era suficiente para ser escuchado.
El aire a mi alrededor se volvió denso, como si el mundo entero me hubiera dado la espalda. Ellos me arrastraron, me sacaron de la casa en la que crecí, de las habitaciones que compartí con mi hermano, y de todo lo que alguna vez tuvo sentido. Nada importaba ya. Mi familia, mi vida... todo desapareció en un segundo. Y cuando lo único que quedaba de mi esperanza era el sonido de sus voces burlándose de mi miedo, supe que era el fin.El olvido comenzó a instalarse en mí. Cada minuto que pasaba dentro del camión, en las manos de aquellos monstruos, me convertía en algo menos humano. Como si el dolor fuera lo único que quedaba, y todo lo demás se desvaneciera en una niebla de desesperación. ¿Cómo podría alguien buscarme si ni yo misma podía recordar lo que sentía ser una persona completa? El vacío era todo lo que conocía.
El vacío y los traumas de los meses, lo que me hicieron. Las veces que me violaron y golpearon. Nada ni nadie hará que me olvide de sus caras, de sus voces, de la forma en que olian, la forma de reirse, la forma de atarme.
Me repito a mí misma, una y otra vez, mientras me acurruco en la oscuridad detrás de un arbusto, con el cuerpo tembloroso de frío y hambre. Tengo que vivir por mí. Es la única forma de seguir, la única forma de que mi alma no se apague por completo. Mis ojos se cierran lentamente, a pesar de las lágrimas que se deslizan por mis mejillas. No sé cuánto tiempo pasa, pero el frío me envuelve, como si la misma noche estuviera tratando de devorarme. La sangre aún se seca en mi piel, su recuerdo es un peso en mis huesos. Pero tengo que seguir. Mañana será diferente. Mañana no seré esta chica rota, este pedazo de carne rota que dejaron atrás. Mañana conseguiré dinero, robaré algo de ropa, y tomaré un tren. Iré lo más lejos posible. No sé a dónde, no me importa.
Lejos de ellos, lejos de la oscuridad que me persigue, lejos del dolor que me consume cada vez que cierro los ojos. Solo necesito escapar. Necesito sentir que aún soy algo, que no he perdido mi humanidad por completo. Que el eco de la risa cruel de aquellos hombres, el sonido del disparo que mató a mi hermano, no pueden marcar el final de mi historia. No puedo quedarme aquí. No puedo dejar que lo que me hicieron me defina.
Así que me repito, una y otra vez, como un mantra: tengo que vivir por mí. Y con esas palabras, me entrego al sueño, o tal vez sea solo una pequeña muerte, el descanso momentáneo que me permite seguir respirando.
…
Me detengo frente al pequeño café, observando la figura borrosa de la mujer que sirve café tras las ventanas empañadas. Dentro, un par de personas están sentadas, absortas en sus conversaciones, ajenas a mí. Al otro lado de la calle, veo una cartera olvidada sobre el alféizar de una ventana abierta. Mi pulso se acelera, la necesidad de escapar, de conseguir algo para sobrevivir, se apodera de mí. La gente no presta atención a las pequeñas cosas, y es en esos momentos cuando debo aprovecharme.
Me acerco rápidamente, sin hacer ruido, con la esperanza de que nadie me vea. Tiendo la mano y, con un movimiento rápido, tomo la cartera. No la abro, no tengo tiempo. Sólo siento el peso de lo que hay dentro: algo de efectivo, algunas monedas, unas tarjetas que no me importan. Lo único que necesito es el dinero. Con el botín en las manos, me siento un paso más cerca de la libertad.
—Vete de aquí, vagabunda— un hombre me grita, pero su mirada no deja de ser lasciva cuando me ve de pies a cabeza—aunque pensándolo bien. ¿Tienes hambre? Tengo una polla que podría alimentarte.
—No, señor.
No llego lejos cuando me toma la muñeca y casi grito, pero alguien se le pone detrás.
Noto una presencia. Un escalofrío recorre mi espalda, y al levantar la vista, lo veo. Él está parado frente a mí, a unos metros de distancia, observándome. Un chico, alto, con cabello rubio y una mirada fría y decidida. Su piel es clara, y sus ojos, de un azul profundo, me atraviesan. Un chico. Un chico inglés para ser exacta, guapo, que se ve como si tuviera todo bajo control. Y de familia importante. Siempre lucen así.
—Ella está conmigo.
El hombre maldice y se aleja. Me quedo congelada en mi lugar.
Nadie me vio tomar la cartera, pero cuando el chico sigue ahí, solo escucho cuando me dice:
— Esa ropa también la robaste. — su voz es baja, pero clara, y está llena de acusación.
Me quedo inmóvil, los latidos de mi corazón retumbando en mis oídos. Algo en su mirada me hace sentir expuesta, vulnerable. Mi mente corre en círculos, tratando de encontrar una salida, una excusa, algo para no quedar atrapada en su mirada.
— ¿Qué? — logro decir, mi voz tiembla apenas, pero la palabra me sale como un susurro.
— Es lo único que no está sucio de ti. — Él da un paso más cerca, observando lo que llevo puesto — ¿De dónde escapaste?
Es imposible mantener la calma frente a sus ojos tan penetrantes. La sensación de ser descubierta es horrible, y por un segundo, me dan ganas de echar a correr, pero no puedo.
— Nunca he robado nada, lo juro. — la frase sale a trompicones, entrecortada por el miedo.
Él no me cree. Lo sé porque su rostro se endurece y una sonrisa sarcástica se dibuja en sus labios.
Nunca tuve la necesidad de robar o alguna necesidad que, incluyera dinero. Por eso estoy en el maldito lugar, por unas estupidas vacaciones. Volé con mi familia desde Korea del sur hasta Reino Unido por mi decimo quinto cumpleaños. Mi madre era coreana y mi padre inglés. Unas cortas vacaciones y todo se fue al carajo. De nada me servía ser mitad británica, yo nunca encajaba en este lugar, no por rasgos, no por como lucía, solo se necesita analizar la forma en como este inglés me ve.
Tengo dieciséis ahora, pero eso no importa.
— No te creo. — su tono se vuelve más firme, y da un paso hacia mí. Sus ojos parecen buscar más respuestas, como si pudiera ver más allá de lo que le estoy diciendo.
Es un chico algo mayor que yo, tal vez unos dieciocho o diecinueve años, y aunque su actitud es un tanto arrogante, no puedo evitar notar lo atractivo que es. Sin embargo, eso no me hace sentir mejor. En lugar de eso, me siento más incómoda. Como si cada palabra que saliera de mi boca fuera un engaño.
De repente, da un paso más, y su mano se extiende hacia mí, como si quisiera tocarme la cara. Instintivamente, retrocedo. Un profundo sentimiento de desconfianza me sacude. Mi cuerpo se pone tenso, y mi corazón late con fuerza. Me da miedo. Un miedo profundo que me paraliza.
— No voy a hacerte daño. — su tono se suaviza, pero no me tranquiliza.
— Eso dijeron todos. — murmuro, casi sin darme cuenta. Mis palabras salen con una frialdad que ni yo misma esperaba.
— ¿Qué dijiste? — Él se detiene, sorprendido. La pregunta no es agresiva, pero su voz es tensa.
— Nada. — la mentira me sale rápido. Me siento atrapada en mis propias palabras.
Él me mira en silencio, como si tratara de leerme, como si quisiera entender si lo que acabo de decir es verdad o no. Y sé que lo ha notado. Sabe que hay algo que no encaja, que algo no está bien, pero sigue sin saber qué.
— Te escuché. — su tono cambia, se vuelve más grave, como si hubiera entendido algo en mi respuesta. — ¿Alguien te hizo daño?
Esas palabras, tan simples, tan directas, me golpean con una fuerza inesperada. Quiero decirle la verdad. Quiero contarle todo. Pero no puedo. No tengo fuerzas para abrir esa puerta. En cambio, mis labios se sellan, y mi cabeza se inclina ligeramente hacia abajo.
— No te importa, no me conoces. — la frase sale con amargura, como si yo misma me estuviera convenciendo de algo que no quiero aceptar.
Él no responde de inmediato. En lugar de eso, me observa por un largo momento, como si estuviera decidiendo qué hacer conmigo.
— Sé que robaste esa cartera. — Insiste, y por alguna razón, su tono sigue siendo desafiante, como si todo lo que hago fuera una mentira. — Así que dime, ¿de quién huyes? Y te dejaré ir. Quizás te incluya un sándwich en eso.
Un sándwich. Esa palabra, tan sencilla, se clava en mi mente. Mi estómago ruge, y de repente, me doy cuenta de cuánto tiempo ha pasado desde que comí algo de verdad. Todo lo que he vivido, el hambre, la desesperación, me hace sentir como si mi cuerpo fuera a quebrarse.
— Me secuestraron... mataron a mi familia... — mi voz se rompe, pero tengo que decirlo, aunque sea en susurros. — Necesito irme lejos.
Él me observa, su mirada ahora suave, pero hay algo en su rostro que me dice que no cree completamente en mis palabras. A pesar de lo que le acabo de decir, sabe que hay algo más, algo que no le he contado.
De repente, con un movimiento rápido, me quita la cartera de las manos. El dinero. Todo lo que tenía, ya no está. Mi cuerpo reacciona instintivamente, pero él ya ha tomado lo que quería. Mi corazón se acelera. Me siento vacía.
— ¡No! — grito, pero mi voz suena lejana, como si la desesperación me hubiera dejado sin fuerza.
Él no responde. Estoy perdida. Va a llamar a la policia y estaré perdida. Mis secuestradores sabrán que no morí y me llevaran de nuevo con ellos. A ser vendida día y noche. No. No puede terminar todo acá. Pero antes de que pueda hacer nada, lanza algo hacia mí. Una bolsa, con el logo de un restaurante en la parte frontal. Me detengo, mi mente tarda en procesarlo.
— ¿Qué es esto? — Pregunto, desconcertada, mirando la bolsa.
El chico se acerca un poco más, solo un paso, para no asustarme, y susurra en voz baja, pero lo suficientemente claro para que lo escuche. Siento su colonia, su respiración, su aura. Y la seguridad que no sentía desde hace un año con su sola presencia.
— Vuela alto.
Mis manos tiemblan mientras miro la bolsa. La emoción se mezcla con la confusión. No sé si debo confiar en él, si realmente me está ayudando o si esto es solo otra trampa. Pero por un momento, con sus palabras flotando en el aire, siento algo que no sentía desde hace tiempo: esperanza.
Tomo la bolsa entre mis manos, casi sin creer lo que acaba de pasar. No entiendo por qué alguien como él, tan ajeno a mi dolor, tan ajeno a todo lo que he vivido, decide ayudarme, aunque sea de esta forma tan extraña. Pero no tengo tiempo para cuestionarlo. El chico se ha ido, y yo sigo aquí, con la bolsa en mis manos y el peso del dinero robado ya fuera de mi alcance.
El frío me muerde la piel, y el viento sopla fuerte mientras me doy la vuelta y comienzo a caminar de nuevo. No tengo idea de qué me deparará el futuro, pero por lo menos, este pequeño gesto, este sacrificio, me da un resquicio de esperanza.
No me detengo. Mis pasos se vuelven rápidos, casi automáticos. El tren. Tengo que tomar el tren.
…
En la estación, la multitud me parece infinita, pero al mismo tiempo, casi inalcanzable. Nadie me observa, nadie me pregunta nada. Soy solo una sombra más en este mar de rostros indiferentes.
Me acerco a las puertas del tren, que ya están abiertas, y la visión del vagón vacío me da algo de calma. La multitud que se agolpa en las plataformas no se fija en mí, como si mi presencia no fuera más que un susurro en el viento. Pero el miedo sigue apretándome el estómago. Aunque en Londres nadie me buscará, aunque todos crean que estoy muerta, la sensación de estar siendo perseguida no me abandona.
El tren comienza a moverse lentamente, y el sonido de las vías me llega como una melodía distante. Un sonido que me hace pensar que, al fin, estoy dejando atrás lo que me atormentó. Me siento débil, pero decidida.
Me siento en un asiento vacío, al fondo del vagón, y miro por la ventana. La ciudad de Londres se extiende ante mí, inmensa y llena de vida. Una ciudad que no conoce mi historia, una ciudad que nunca sabrá lo que he pasado.
Mi mirada se pierde en las calles que van pasando, mientras el tren avanza con firmeza, llevándome cada vez más lejos. Lejos de todo lo que me hizo daño. Lejos de las sombras que me persiguen. Lejos de ellos.
El vagón va vaciándose lentamente, y con cada estación que dejamos atrás, siento que el peso que llevaba sobre mis hombros se aligera un poco más. No sé cuánto tiempo estará lejos de mí la angustia, pero por primera vez en mucho tiempo, me siento como si pudiera respirar. Como si la libertad fuera algo más tangible, algo que pudiera alcanzar.
El tren da un último giro, y al mirar fuera, veo un atisbo de sol entre las nubes grises. Londres está a mis pies, una ciudad enorme y fría, pero llena de posibilidades. Nadie me encontrará aquí. Nadie sabe que existo. Y eso es lo único que necesito: seguir adelante.
Sin mirar atrás, sin pensar en lo que dejé, me aprieto la bolsa con fuerza contra mi pecho, como si fuera mi último pedazo de esperanza.
Voy a empezar de nuevo.
Por mi hermano.
Por Astrid.
Por ese chico que sin conocerme… es mi salvador.
Y canto, en mi cabeza al menos, por primera vez desde que toda la pesadilla comenzó, mi sueño de ser cantante profesional puede irse al carajo, pero vuelvo a tener voz.
Capítulo 2
Un legado.
THERON, 21 AÑOS.
Londres
La sala es gris, iluminada solo por la luz que se filtra a través de las persianas cerradas. El aire está denso, y no es por el cigarro que mi padre, Jaymes Sterling, sostiene entre los dedos. Lo que más pesa en este cuarto es la verdad que se está formando en el aire, flotando como una nube que no puedo ignorar. Ronnie, su segundo al mando está sentado junto a él, mirando de forma calculadora, su expresión casi indiferente, como si nada de lo que ocurriera realmente lo sorprendiera. Yo, por otro lado, siento cómo cada palabra de mi padre perfora mi pecho.
Pero es la realidad y estoy listo.
—¿Ya dejaste de jugar al chico normal y estudiante admirable?
No es una burla. Al menos no para mí. Ha dejado de importarme lo que piense sobre lo que hago. Estoy en mi cuarto año de medicina, una vida normal, pero mi realidad es otra, y mis secretos cada día crecen como la espuma.
—Tengo cáncer, Theron. No viviré para siempre. —la voz de mi padre es firme, como siempre, pero hay una suavidad en sus palabras que no reconozco.
Me quedo quieto, el aire se me va, pero me niego a mostrar ninguna señal de debilidad. Respiro hondo. No. No puede ser. No es real.
—Lo harás, me convertiré en el mejor neurocirujano y te curaré. —mi voz suena más segura de lo que me siento, como si repetirlo pudiera cambiar algo. Mi mirada no se desvía de la suya, fija, pero con una ligera sacudida interior que solo yo puedo sentir.
Sus ojos azules como los míos, pero ahora apagados.
Él suelta una pequeña carcajada, no la típica risa de jefe de mafia, sino algo más sombrío, como si la risa le doliera. Deja el cigarro apagado en un cenicero y me observa, sus ojos oscuros y cansados.
—Admiro tu fe, hijo, pero en este mundo... nuestro mundo, también necesitamos las balas. —la frase me atraviesa con una precisión mortal. Y aunque lo sabe, su mirada sigue firme, calculadora, porque lo que dice está sellado con más que palabras. —No me pudriré en una cama como tu madre, no los haré pasar por eso de nuevo. Te he dado el tiempo suficiente.
Mis dedos se tensan involuntariamente, mis uñas clavándose en la palma de mi mano. Mi madre... No. No voy a pensar en eso ahora. No tengo tiempo para eso.
—Pondré una bala en mi cabeza, cuando quiera, bajo mis términos, tienes que estar preparado… —su voz se suaviza y me lanza una mirada penetrante, como si evaluara cada pulso de mi cuerpo.
¿Cómo te preparas para quedarte huérfano?
Esas palabras me golpean como un martillo. Siento una sacudida interna, una caída en la que mis tripas se retuercen. Mi cabeza da vueltas, pero me mantengo quieto, por fuera, solo una pared fría e inquebrantable. Si me derrumbara ahora, si me dejara caer, sería mi fin. Y no puedo permitírmelo. No cuando mi hermana aún es joven, tiene trece y aún cree que el mundo está lleno de rosas, de una vida que no es como la mía. No cuando tengo algo que demostrar.
—Lo sé, señor. —las palabras me salen con calma, aunque por dentro me siento como si estuviera a punto de estallar. —Estoy preparado.
Ronnie, que no ha dicho nada durante toda la conversación, finalmente habla. Su voz es baja, como si estuviera probando el aire antes de decidir si da el siguiente paso.
—Es hora de que tomes las riendas, Theron. —dice con su tono calculador, que no me sorprende en lo más mínimo. —El negocio tiene que ser tuyo algún día. Tienes que empezar a entrar a las reuniones más a menudo, empezar a mostrar quién manda, porque si tu padre no está, hay que estar listo para lo que venga.
He matado.
He torturado.
Fuera y dentro de la organización, no que ellos sepan, claro. Pero estoy más que listo para tomar el liderazgo que jamás pedí, pero es el legado de mi padre, y alguien tiene que hacerlo.
Sé lo que mi padre ha hecho y lo que odia. Lo que odiamos todos como organización. No es esa la orden. Quiere que tome el mando, quiere saber si estoy preparado.
—Lo haré. —es todo lo que puedo responder, mi voz saliendo más firme que nunca. No lo digo por él, no lo digo por Ronnie. Lo digo por mí. Por lo que necesito ser. —Sé lo que tengo que hacer.
La habitación se vuelve un poco más densa mientras las palabras se asientan, pero no hay tiempo para dudar. Mi mente trabaja a toda velocidad, observando cada rincón, cada posibilidad. En algún lugar de todo esto, he perdido la parte de mí que soñaba con ser solo un médico. En algún lugar entre las noches de sangre y balas, he entendido que el destino que quiero no se encuentra en un quirófano, no mientras mi hermana y yo estamos atados a este legado de muerte.
Mi padre me mira de nuevo, su rostro no se suaviza, pero hay algo en sus ojos que se siente… orgulloso, tal vez. Aunque nunca lo diría en voz alta.
—Hazlo por ella. Hazlo por la familia. —La voz de mi padre ahora suena más baja, más seria. Mi hermana. La imagen de ella aparece en mi mente como una visión en blanco y rosa, ajena a todo lo que me espera.
—Lo haré. —Respondo de nuevo, ahora sabiendo lo que se espera de mí. El jefe de la mafia de Londres... El líder. El hombre que controlará todo, y que no se detendrá ante nada.
Pero soy Theron Sterling. Y no soy como mi padre. Haré lo que sea necesario para protegerla, incluso si eso significa tomar su lugar en este maldito mundo. Seré más que él. Más que todo esto.
La puerta se abre ligeramente, y un mensajero entra con una carpeta en las manos. La interrumpe, pero no importa. Todo lo que necesito está aquí, en esta habitación. Todo lo que soy, lo que seré, depende de lo que decida en este momento.
Mi padre me da una última mirada. La última oportunidad de mostrar que, en este mundo, los Sterling no somos simples peones. Somos los que controlamos las piezas.
Y en un susurro que solo yo escucho, lo entiendo.
—Estoy listo.
Capítulo 3
La libertad…creo.
JOSEPHINE, 25.
Presente
Londres.
El frío de la noche se me mete en los huesos, a pesar de la chaqueta raída que llevo puesta. Londres nunca duerme, pero a estas horas, las calles parecen más ajenas que nunca. Las luces parpadean sobre las aceras húmedas, reflejándose en los charcos como espejos rotos. Me siento en el mismo rincón de siempre, justo en la esquina de un café que cierra tarde, donde los clientes rara vez se detienen a mirarme.
Saco la guitarra de su funda con manos que todavía tiemblan a veces sin razón. La he tenido por los últimos años, fue un regalo, mi objeto más preciado, cuando aún no sabía si tenía fuerzas para seguir. Es lo único que tengo que realmente me pertenece, lo único que no me fue quitado. Mi voz.
El primer acorde vibra en mis dedos, y la melodía sale de mi garganta con la facilidad de un secreto bien guardado. No sé si lo hago por necesidad o por costumbre, pero aquí estoy otra vez, cantando para un público que apenas me nota. Un hombre con abrigo largo y bufanda me lanza una moneda sin mirarme. Dos adolescentes con chaquetas de cuero se ríen en la distancia, pero no se detienen. Un niño pequeño tira de la mano de su madre y señala en mi dirección, pero ella lo aparta rápidamente, murmurando algo sobre la noche y los extraños.
Cierro los ojos y sigo cantando. Es la única forma en la que todavía me siento real. Cada nota me ata a este instante, me arraiga a este suelo que durante mucho tiempo no sentí mío. Diez años han pasado, y aún hay noches en las que el pasado regresa como un espectro hambriento. Aún hay momentos en los que el recuerdo se filtra por las grietas de mi mente y me deja sin aire.
Josephine Noel Lee. Así me llamo ahora. Noel por mi hermano, Lee por mi madre. Pero nunca puedo recordar mi verdadero apellido, el que tenía antes de que mi vida se quebrara. Es como si el universo se hubiera asegurado de castigarme de la manera más cruel: permitiéndome recordar el dolor, pero no el amor. Recuerdo mi nombre porque lo repetía una y otra vez, aferrándome a él como a un salvavidas en un océano oscuro. Recuerdo los gritos de Astrid, su voz rompiéndose mientras me llamaba en la oscuridad. Pero todo lo demás… mi hogar, la risa de mi madre, el sonido de la voz de mi padre… esos se han desvanecido.
Sigo cantando, aunque mi garganta queme, aunque mis dedos duelan. Cantar, no me he olvidado de eso. Era lo único que me mantenía viva, mi cuerpo flotaba mientras los hombres cambiaban su lugar, yo estaba en algun lugar en mi cabeza cantando mientras ellos hacían lo suyo. No sé cómo rendirme, no sé cómo detenerme. Esta calle es mi escenario, mi refugio, mi prisión. Pero al menos aquí, en medio de la multitud indiferente, soy algo más que un fantasma del pasado. Soy Noel, la chica con la guitarra, la que canta en la calle porque es lo único que aún le queda.
Un hombre se detiene frente a mí. No es mayor, quizá tenga treinta y pocos, con un abrigo negro que parece valer más que todo lo que poseo junto. Sus botas repiquetean en el suelo mojado cuando cambia el peso de un pie a otro. Me observa con una intensidad que me pone tensa, aunque finjo no notarlo.
No deja dinero en el cráneo. No sigue su camino como los demás. Solo se queda allí, expectante.
Mi voz tiembla un poco en la siguiente nota. Es una reacción estúpida, lo sé. He lidiado con todo tipo de personas en estos años: desde aquellos que me ignoran hasta los que intentan sobrepasarse, pensando que una chica cantando en la calle es sinónimo de vulnerabilidad. Pero este hombre no se mueve, no dice nada. Su presencia pesa como una tormenta acercándose.
Termino la canción y dejo que el silencio se asiente entre nosotros. Si está esperando que lo mire, que le pregunte qué quiere, puede esperar toda la noche.
—Eres buena —dice al fin, su voz profunda, cortante.
No respondo. Solo bajo la vista a mis dedos, fingiendo afinar una cuerda que no necesita ser ajustada.
—Tocas aquí todas las noches.
No es una pregunta. Es una afirmación. Me estudió lo suficiente como para saberlo. Eso es lo que me inquieta.
Finalmente, levanto la mirada, obligándome a mantenerme firme.
—La gente pasa, oye una canción y sigue con su vida —digo con frialdad—. No es gran cosa.
Su boca se curva en una media sonrisa, pero no hay calidez en ella.
—Tú no eres gran cosa, ¿eso crees?
No sé por qué su tono hace que mi piel se erice. No sé por qué siento que, en algún lugar de mi memoria borrosa, algo intenta gritarme que corra.
El hombre sigue ahí, expectante, como si esperara que yo dijera algo más. Pero no lo haré. Ya he aprendido que el silencio es mi mejor escudo.
Guardo la guitarra en su funda con movimientos lentos y controlados. Si esto se convierte en un problema, necesito estar lista para irme.
—No tienes que tenerme miedo —dice de repente, como si pudiera leer mi mente. —Soy Claus. Pasaba por acá, un amigo me dijo que alguien cantaba como los angeles y no le creí.
Mis dedos se tensan sobre la cremallera de la funda. Me obligo a no reaccionar, a no demostrar nada. Aprendí a ocultar mis emociones hace mucho tiempo.
—No tengo miedo —miento. —Tu amigo debe tener problemas de audición.
Él inclina ligeramente la cabeza y se ríe, como si analizara cada una de mis palabras, cada uno de mis movimientos. Sus ojos recorren mi rostro, pero no de la manera en la que otros hombres lo hacen. No con lujuria. No con lástima. Su mirada es afilada, calculadora, como si intentara encajarme en algún lugar de su memoria.
Un mal presentimiento se instala en mi pecho. Como si pudiera ver a traves de mí. Eso no me gusta.
—Tienes la mirada de alguien que ha sobrevivido a algo —dice con calma, como si estuviéramos teniendo una conversación casual y no una en la que mis latidos se aceleran con cada palabra suya—. Alguien que sabe lo que es perder.
Mi cuerpo entero se congela.
Hay una parte de mí que quiere levantarse y marcharse sin mirar atrás, pero otra parte… una más aterradora… quiere saber qué más va a decir.
—No sé de qué hablas —musito.
—No lo sabes o no quieres saberlo.
Mi respiración se vuelve superficial. Ya no tengo frío. Todo mi cuerpo está tenso, como si esperara un golpe que no llega.
Finalmente, el hombre da un paso atrás, pero sigue observándome.
—Noel Lee —pronuncia mi nombre con demasiada familiaridad, y eso hace que la alarma en mi cabeza estalle con fuerza.
No debería saberlo. Nadie debería saberlo.
Se gira lentamente y se aleja por la calle, su abrigo negro ondeando detrás de él. No mira atrás.
Pero yo sí. Luego veo la funda de mi guitarra, el nombre de mi hermano y mi madre está escrito ahí con rotulador y decorado con pegatinas de tela. Joder, tengo que dejar de ser paranoica. Y mañana, mañana todo se repite.
Capítulo 4
Algo peligroso.
JOSEPHINE
El agua golpea suavemente los costados de la barcaza, creando un murmullo constante que llena la noche. A veces, me ayuda a dormir. Otras veces, como hoy, solo lo hace peor. Estoy sentada en el colchón con las piernas dobladas contra el pecho, la manta cubriéndome hasta la barbilla, aunque no hace tanto frío. No quiero dormir. No todavía.
Porque lo siento.
Es la misma sensación de siempre, como un par de ojos invisibles clavándose en mi espalda, siguiéndome desde que bajo del muelle hasta que cierro la puerta. Podría intentar engañarme, decirme que es paranoia, que después de todo lo que pasé es normal sentirme así. Pero no es paranoia si es real.
Y lo más extraño es que no tengo miedo.
Hace meses que esta presencia me acompaña, desde que el legítimo dueño de esta barcaza murió y me la dejó en su lecho de muerte. Yury, un viejo solitario que me miró durmiendo la calle, al principio me dejaba comida, luego una manta. Hasta que nos hicimos amigos, me costaba confiar y él lo entendía. No me invitó a dormir en su barcaza hasta que cumplimos un año de amistad, yo tenía dieciocho y murió cuando tenía ventiuno. Yury siempre hizo las preguntas correctas, era un ingles solitario y muy enfermo. Conocía gente que me ayudó a conseguirme mi nueva identidad hasta que enfermó más y de nuevo volví a estar sola. Sola, hasta que sentí esa presencia hace unos meses.
Y aunque debería aterrarme, lo único que siento es… seguridad.
Tal vez es una locura. Pero esta vigilancia nocturna se ha convertido en una parte de mi vida. Como si alguien, en la oscuridad, se asegurara de que llego a casa a salvo.
Hasta que una noche lo vi.
Fue un error. Un cambio en mi rutina que nunca debería haber ocurrido.
Esa noche me sentí extraña. No era exactamente enfermedad, sino algo más denso, más inquietante, como si mi propio cuerpo intentara advertirme de algo. Así que decidí terminar temprano, recoger mis cosas y volver a casa antes de lo habitual. No quería estar en la calle. No quería estar expuesta.
No esperaba encontrarlo ahí.
Al girar por el último callejón que da al muelle, lo vi alejándose de mi barcaza. Su silueta alta y delgada se movía con sigilo, como si flotara en la oscuridad. Había dejado algo en la entrada. Una bolsa.
La curiosidad fue más fuerte que el miedo, al menos por un momento. Me acerqué y, al abrirla, encontré comida. Medicinas. Cosas que necesitaba.
Pero no fue eso lo que me aterrorizó.
Fue él.
Porque, incluso en la penumbra, pude verlo claramente. La máscara, una especie de pasamontaña que cubría su rostro era más negra que la noche misma, con un diseño de calavera cubriendo la mitad inferior. Un diseño grotesco que convertía su presencia en algo espectral. Algo que no debía existir fuera de mis pesadillas.
Al principio, pensé que era alguien esperando el momento adecuado para hacerme daño. Un hombre acechando en las sombras, jugando un juego enfermizo conmigo, dejando rastros de su existencia solo para hacerme dudar de mi propia cordura.
Pero nunca ha cruzado la línea. Nunca se ha acercado demasiado.
Solo está ahí. Mirándome.
Algunas noches, cuando el viento sopla sobre la laguna, creo ver siluetas moviéndose entre los arbustos, figuras fugaces que desaparecen cuando intento enfocarlas. Otras veces, el agua refleja algo que no debería estar ahí. Y a veces, solo a veces, creo escuchar mi nombre. No se ha dejado ver desde entonces. Se suponia que no tenía que verlo. Pero al menos sabía que era alguien real. Muy real y muy grande y fuerte. Y jamás olvidaré la forma en como mi cuerpo se sintió cuando hicimos contacto visual.
Respiro hondo y cierro los ojos. Me quedo quieta, escuchando.
Silencio.
El tipo de la máscara está ahí, lo sé. Como siempre.
Y con ese pensamiento, finalmente me dejo arrastrar por el sueño.
…
Al día siguiente, El muelle está húmedo cuando camino sobre él con mi guitarra colgada al hombro. La mañana en Londres es fría y el cielo está cubierto de un gris perpetuo, pero ya me acostumbré. Llego a mi lugar habitual, una esquina concurrida donde la gente pasa sin prestar atención, hasta que lo hace. Me instalo, tomo la guitarra y comienzo a tocar. Mis dedos se mueven sobre las cuerdas con facilidad. Es la única certeza que tengo en esta vida.
Pasan los minutos. Un niño se detiene a mirar, pero su madre lo jala del brazo y se lo lleva.
Entonces, llegan ellos.
Los reconozco antes de que hablen.
Cuatro tipos, los mismos de siempre. Uno alto y delgado son los que lideran, con una chaqueta de cuero que ha visto mejores días. El otro más bajo, con la nariz rota de tantas peleas perdidas. Se paran frente a mí con la confianza de quienes creen que ya ganaron.
—Es la hora, Josephine —dice el más alto, con esa sonrisa que no es realmente una sonrisa.
Aprieto la mandíbula.
—Les pagaré.
El otro suelta una risa seca.
—Eso dijiste la semana pasada.
Mi estómago se revuelve.
—Lo siento —murmuro, tratando de mantener la calma—. A veces la gente no deja suficiente propina y mi barco se dañó. Tuve que pagar una multa.
—No hay ‘lo siento’ suficiente —dice el más alto, acercándose un poco más—. Sabes las reglas. Si no hay dinero, das otra cosa.
Siento un escalofrío recorriéndome la espalda.
—¿Otra cosa? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.
La sonrisa del tipo se ensancha.
—Sí. Lo que tienes en medio de tus piernas.
Mi piel se eriza y la sangre abandona mi rostro. Uno de ellos me agarra del brazo con brusquedad, forzándome a levantarme.
Y en ese instante, todo cambia.
Un golpe seco.
El tipo que me sujetaba suelta un gruñido de dolor antes de caer al suelo con un impacto brutal. Su amigo da un paso atrás, con los ojos muy abiertos. Alguien me tira de la muñeca, pero esta vez el toque es diferente. No es brusco, no es agresivo. Es firme, seguro.
Y cuando levanto la vista, lo veo.
Un hombre.
No el del abrigo negro del otro día. No el que me observa por las noches.
Este es diferente. Lleva un traje oscuro, impecable, como si no perteneciera a este lugar. Su cabello rubio se ve dorado bajo la luz tenue del día, peinado hacia atrás sin esfuerzo. Pero lo que me deja sin aliento son sus ojos. Un azul helado, intenso, como un océano en plena tormenta. Su puño aún está cerrado, los nudillos ligeramente rojos. Su expresión no muestra enojo, ni furia. Solo determinación.
Los otros dos hombres parecen dudar, pero finalmente recogen a su amigo del suelo y se alejan a toda prisa.
Y entonces, quedamos solos.
El hombre me suelta con suavidad, como si se asegurara de que estoy bien antes de dejarme ir por completo.
Mi respiración aún está acelerada.
—¿Estás bien? —su voz es profunda, rasposa.
Asiento, aunque no estoy segura de que sea cierto.
Él me observa por un momento, su mirada recorriendo mi rostro como si estuviera buscando algo.
—Tienes un problema. —afirma.
Trago saliva.
—Lo sé.
Sus labios se curvan apenas, sin llegar a ser una sonrisa.
—Si te vuelven a tocar, los mataré.
Un escalofrío me recorre la espalda. No lo dice como una amenaza vacía. Lo dice como un hecho. Como si lo estuviera prometiendo.
Mi garganta se siente seca.
—No sé quién eres.
—No. No lo sabes.
Su mirada se queda en la mía un segundo más. Y luego, simplemente se da la vuelta y se marcha. Me quedo ahí, con el corazón latiendo desbocado, viendo su silueta desaparecer entre la multitud.
Mi cuerpo sigue en tensión. El eco de su voz aún vibra en mi pecho, y su mirada—Dios, su mirada—se aferra a mi piel incluso cuando ya no está frente a mí.
Quiero moverme. Quiero recoger mi guitarra y fingir que nada ha pasado. Pero mis manos están temblando, y el aire alrededor de mí se siente diferente. Como si algo hubiera cambiado. Como si una línea invisible hubiera sido cruzada, y yo no tuviera control sobre lo que viene después.
Mis ojos siguen la silueta de mi desconocido salvador mientras desaparece entre la multitud. El traje oscuro lo hace resaltar en este mundo gris y descuidado al que pertenezco. Él no debería estar aquí. No encaja. Y sin embargo, estuvo.
Por mí.
No entiendo por qué.
No entiendo por qué me defendió, por qué se preocupó, por qué sus palabras me hicieron sentir algo más que simple gratitud.
Porque no fue solo eso.
Fue la forma en que me miró.
Como si me conociera.
Como si supiera más de mí de lo que yo misma sé.
Y lo peor es que… no quiero que sea la última vez que lo vea.
Siento una punzada de miedo en el pecho, porque esa idea es peligrosa. Porque desear su presencia es tan absurdo como inevitable.
Porque por primera vez en años, hay alguien que me ha visto realmente.
Y eso lo hace más aterrador que cualquier sombra en la noche.
Capítulo 5
Limpiando las calles…por ella.
EL FANTASMA
La he estado observando durante tanto tiempo que he aprendido a leer sus movimientos. Sé cuándo su estómago ruge de hambre porque sus manos tiemblan un poco más de lo normal al sostener las cuerdas. Sé cuándo el miedo se apodera de ella.
Y hoy la vi temblar.
No por el frío. No por la lluvia que amenazaba con caer sobre las calles sucias de esta ciudad.
Sino por él.
Él.
El hombre de traje que apareció de la nada y la salvó.
Mis dientes rechinan cuando la imagen vuelve a mi cabeza. La forma en que la miró, la forma en que ella lo miró. Algo en ella cambió cuando sus ojos se encontraron, como si hubiese visto algo que no esperaba. Algo que le gustó.
Eso me enferma.
Porque yo soy su sombra.