Pila Himmler - Javier García - E-Book

Pila Himmler E-Book

Javier Garcia

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Beschreibung

Novela de ficción ambientada en un periodo histórico de infausto recuerdo: la Segunda Guerra Mundial con sus diversos campos de concentración. Su protagonista, Pilar, es española por parte de madre y alemana por parte de padre, un militar destinado a la escolta del cónsul germano en Sevilla. Por razones de seguridad, cuando estalla la guerra civil española, la familia decide trasladarse a Alemania. Si Pilar ya apuntaba maneras despóticas y dictatoriales en su niñez, su llegada a Berlín y su ingreso en las juventudes hitlerianas acaban convirtiéndola en un monstruo sin sentimientos. Cuando es destinada al campo de concentración de Auschwitz, será el mayor temor de los prisioneros, ganándose el apodo de "la ametralladora de Birkenau". Todos los personajes que aparecen en esta novela son ficticios, así como los hechos que se narran, excepto, lógicamente, los personajes históricos como Himmler y Hitler. Todos los datos aportados en cuanto a lugares, armamento, vehículos, máquinas fotográficas, etc., han sido contrastados minuciosamente y corresponden a la realidad.

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Seitenzahl: 201

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico Dirección editorial: Ángel Jiménez

Edición eBook, noviembre, 2023

Pilar Himmler (Sin límite de mal)

© Javier García y Miguel Vigil

© Éride ediciones, 2021

Éride ediciones Espronceda, 5 28003 Madrid

ISBN: 978-84-10051-06-5

Diseño y preimpresión: Éride, Diseño Gráfico

eBook producido por Vintalis

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Miguel Vigil

Miguel Vigil, músico, cómico, actor, escritor... él mismo no sabe si es polifacético o disperso. Miembro fundador del grupo cómico-musical Académica Palanca, fue acusado de hacer humor inteligente saliendo absuelto por falta de pruebas.

Web: www.miguelvigil.es

Correo: [email protected]

Titulos publicados en Éride: Relax (Teatro)

Poemas breves (Poesía)

Relatos polisémicos (Relatos)

El hombre perfecto, o casi (Novela)

Juan Javier García García ‘Javier García’

Escritor. Miembro del CEC nº 35 -Círculo de Escritores Cinematográficos. Crítico de Cine. Fotógrafo de Prensa.

Director General de la Revista de Internet: Las Estrellas, Mis amigos (www.estrellas5.blogspot.com.es). Redactor y Ayudante de: Edición y Maquetación del periódico Decano de la Sierra del Noroeste de Madrid: Sierra Madrileña; así como: ‘Sierra Deportes’, y la Revista Perfil de la Sierra. En abril 2018 publica su primer libro: ‘Las Estrellas, Mis amigos’; y en julio 2021 ‘LAS ESTRELLAS, Mis amigos 2’ de Éride ediciones.

Nota de los autores

«QUE NO SUCEDA ¡JAMÁS!»

La documentación que hemos manejado los autores para esta novela de ficción sobre algunos hechos reales que sucedieron en los campos de exterminio de la Alemania nazi, ha sido muy variada y contrastada, además de contar con las grandes obras literarias y cinematográficas sobre ese periodo histórico.

El lector encontrará relatos de personas con horribles vivencias, muchas de ellas causadas, directa o indirectamente, por Pilar Himmler. Hay anécdotas curiosas y sucesos terribles, ya que, la protagonista fue, a la vez, ejecutora y testigo directo de la barbarie nazi en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau.

Disfruten ustedes de la lectura de un libro físico, que puede tocarse y olerse. El placer de poder pasar sus páginas y de tenerlo entre las manos es realmente indescriptible.

Javier García

Capítulo 1

Pilar soplaba la vela imaginaria de una tarta ficticia. Ficticia, sí, ni siquiera virtual. Se veía a sí misma, rodeada de los hijos y nietos que hubiera querido tener, en una casa de campo no excesivamente lujosa pero sí lo suficiente para hacer ostensible su estatus social: viuda de un alto cargo militar alemán fallecido en combate. A diario revivía, con el pensamiento y la imaginación, la vida que le hubiera gustado vivir y los recuerdos que tendría, y que había incrustado en su memoria con los cimientos de los sueños, como si todo hubiera ocurrido de verdad. Como si los recuerdos imaginarios tuvieran el poder de cambiar el pasado. Ese pasado que se empeñaba en no asumir su condición de pretérito perfecto, y seguía manteniéndose impertérrito como presente de indicativo en la cabeza de Pilar.

—Lo de pretérito puedo asumirlo, lo de perfecto… desde luego que no, si acaso… indefinido, porque he sufrido mucho, —mascullaba en su soledad.

—Feliz cumpleaños, doña Pilar —le soltó de forma un tanto marcial el señor Brown, su carcelero de guardia, mientras entraba en la celda y colocaba la bandeja de la cena sobre la mesita multiusos—. Como hoy, además de su cumpleaños, es Nochebuena, el menú es especial: cóctel de gambas, lenguado meuniere y arroz con leche.

—Gracias, señor Brown —contestó la reclusa un tanto displicente.

El carcelero no dijo más, salió y cerró de nuevo la puerta con llave. Pilar miró con desgana la comida, pero, despacio y ausente, se terminó la cena. Hacía ya tiempo que estaba exenta de comer con las demás reclusas, debido a que para acceder al comedor debía subir cuarenta peldaños, demasiados para una anciana. Las autoridades británicas habían sido condescendientes con ella, y el funcionario de turno le llevaba el menú a su celda. La prisión de Northville estaba situada a unas cincuenta millas al suroeste de Newcastle y más o menos a la misma distancia al noroeste de Durham. Era una prisión de mínima seguridad, a la que trasladaban a las presas de edad avanzada con largas condenas, cuyo riesgo de fuga era casi tan nulo como la esperanza de que salieran vivas de allí.

Pilar se encontraba a gusto, dentro de lo que cabe, en Northville, un hotel comparado con las cárceles anteriores: Vladivostok, Stalingrado, Gdansk… Solo recordaba el frío de todas ellas y el hambre, pero no los abusos. Hacía tantos años que habían dejado de abusar de ella que había conseguido desterrar esa brutal experiencia al último rincón de la psique; y había tejido sobre esos malos recuerdos (estos sí que eran verdaderos) una capa impermeable a base de olvido y de lo que mejor sabía hacer Pilar, mezclar fantasía y realidad, de tal manera que la realidad de una violación se transformaba en la fantasía de un encuentro amoroso, consentido y deseado.

Pilar cumplía ese día 90 años y llevaba encerrada desde el 27 de enero de 1945, cuando las tropas soviéticas liberaron el campo de concentración de Auschwitz. Tenía apenas veinticuatro años, pero no se dejen engañar. Pilar, a pesar de su juventud, era responsable de la muerte de decenas de miles de personas, en su mayoría judíos, naturalmente. Claro que ella había tergiversado sus propios recuerdos, los había endulzado, seguramente porque no podía vivir con ese cargo de conciencia, y se había hecho a la idea de que no era verdugo, sino víctima, que todo el daño que hizo fue indispensable para su propia supervivencia, que no tuvo más remedio, que era: «o tú o yo». Y pensaba, como es habitual en estos casos, que el mundo entero estaba equivocado con ella. Se indignaba cuando su nombre aparecía en la prensa con el apodo de «La ametralladora de Birkenau» (uno de los tres campos principales de Auschwitz, donde se retenía a las mujeres, y del que ella acabó asumiendo el mando). Al principio aparecía con mucha frecuencia en los diarios, con el tiempo su caso se fue diluyendo entre otras noticias de más actualidad.

Solo volvía a estar en el candelero cuando el juzgado admitía a trámite alguno de los muchísimos recursos que escribía continuamente. Gracias a uno de ellos consiguió que le conmutaran la pena de muerte por cadena perpetua; gracias a otro consiguió que la trasladaran a una cárcel británica; y ahora estaba empeñada en que le concedieran el indulto. Entre los recursos y escribir sus memorias, Pilar pasaba el tiempo y el tiempo pasaba por ella.

Mil veces había empezado a escribir sus memorias, y mil veces lo había dejado. Al principio solo alteraba a su favor la visión de la realidad, al final se la inventaba directamente, como si Auschwitz hubiera sido Neverland, y Michael Jackson te recibiera en la puerta cantando Thriller; como si el holocausto judío hubiera sido el libreto original de La vida de Brian; como si ella misma, cuando el fin estaba cerca, cuando muchos soldados alemanes desertaron, cuando los mandos desaparecieron, cuando los prisioneros exhaustos y famélicos intentaron, con más hambre que fuerza, asaltar los barracones donde se guardaban toneladas de comida, como si ella misma, repito, no hubiera cogido una ametralladora y hubiera descargado peines y peines de balas para impedírselo, matando a centenares y centenares de prisioneros. De ahí su apodo de «La ametralladora de Birkenau».

No, eso no lo recordaba Pilar, o al menos no lo recordaba como sucedió. Sus memorias parecían la vida rosa de una jovencita de la alta sociedad, cuyo único interés en la vida era casarse, tener hijos, y sembrar de bondad el mundo entero. No consiguió hacer realidad ninguna de esas tres cosas.

Memorias de Pilar Himmler García

Me llamo Pilar Himmler García, tengo 90 años, y he pasado más de dos tercios de mi vida en prisión. Fui juzgada hace tiempo por crímenes contra la humanidad. En un principio me condenaron a la pena máxima, pero más tarde conmutaron la pena de muerte por cadena perpetua sin posibilidad de remisión.

Moriré pronto, y creo que tengo derecho a disfrutar en libertad lo poco que me queda. Sé que hice cosas malas, es cierto, pero he pagado con creces mis pequeños errores de juventud, y esos crímenes horribles por los que fui condenada, no fueron tan horribles como dicen, y, además, fueron en defensa propia, era mi vida o la suya. Por eso quiero contar mi versión de los hechos, cómo llegué a esta lamentable situación.

Peter Himmler y Rocío García, mis padres, se conocieron en España, en la ciudad de Huelva. En las marismas se enamoraron y, poco después, se casaron. Lo recuerdo perfectamente porque mi madre me lo contó muchas veces…

—Mamá, cuéntame cómo os conocisteis papá y tú…

—¿Otra vez? Pero si ya te lo he contado cientos de veces…

—Anda, mamá, por favor, que me gusta mucho cómo lo cuentas…

—Está bien… Yo iba andando con tu tía Macarena por el paseo marítimo, junto a la playa del Espigón. Era un atardecer de otoño precioso; parecía que el Sol estuviera descolgándose por el horizonte para refrescarse en el mar. Tu tía me estaba contando no sé qué tontería y yo me reía mucho. Entonces, vimos que se acercaban dos jóvenes con uniforme del ejército alemán.

—Papá y el tío Klaus.

—Exacto, fue un flechazo cuádruple. Desde lejos, ellos ya estaban marcando la pieza elegida, y nosotras, con nuestra coquetería femenina, también desde lejos, equilibramos la balanza para provocar que su elección coincidiera con la nuestra.

—¿Y qué fue lo primero que te dijo, papá?

—Yo seguía riéndome de las cosas de mi hermana, y él me dijo: «Me encanta tu risa, me pasaría horas escuchándola, de hecho, te voy a pedir que te cases conmigo y si me dices que sí, me pasaré el resto de mi vida escuchándola y seré el hombre más feliz del mundo».

—¿Y tú qué le dijiste?

—Nada, al principio nada, me dejó sin palabras con sus enormes ojos azules y su labia de conquistador. Di unos cuantos pasos para alejarme, pero luego me volví y le contesté: «Mañana al atardecer, y aquí mismo, te daré una respuesta». Seguí andando un poco más, me volví de nuevo y le grité: «Me llamo Rocío». Y él me contestó: «Yo soy Peter, pero tus hijos me llamarán papá».

—¿Y la tía Macarena y el tío Klaus, qué hicieron?

—No lo sé, yo estaba tan obnubilada que no me enteraba de nada de lo que pasaba a mi alrededor, pero al poco tiempo ella también le dijo que sí, que se casaría con él.

Efectivamente, los cuatro se casaron, y no he conocido nunca a dos parejas tan felices. Resultó que mi tío Klaus era mi tío por partida doble, porque se casó con mi tía Macarena y porque, además, era hermano de mi padre. Los dos hermanos y las dos hermanas se llevaban tan bien, que incluso decidieron hacer una boda doble para compartir gastos y para tener un recuerdo por duplicado que nunca podrían olvidar.

Siempre estaban juntos, vivían en casas contiguas, y, aunque podían disfrutar de intimidad cuando quisieran, la verdad es que solo se separaban a la hora de dormir.

Mi madre me contó con todo detalle cómo fue su boda.

—Tu padre y tu tío iban iguales, con el uniforme de gala del ejército alemán. Además, como eran de la misma estatura y de similar complexión, casi parecían gemelos.

—¿Quién estaba más guapo, papá o el tío Klaus?

—Los dos estaban guapísimos, porque lo son, pero yo solo tenía ojos para tu padre. No podía dejar de mirarle, tan alto, tan elegante, tan feliz…

—¿Y tú, mamá, qué vestido llevabas?

—Un vestido blanco precioso, de media manga, escote de pico, ceñido en la cintura y falda de vuelo hasta los tobillos, con dos metros de cola. El mismo vestido con el que se casó tu abuela y con el que te casarás tú.

—¿Y la tía Macarena? ¿No le gustaba ese vestido?

—Claro que sí, pero no podíamos casarnos las dos el mismo día, con el mismo vestido, a la misma hora y en la misma iglesia.

—¿Y lo echasteis a suertes?

—No —me dijo mi madre riéndose—. Tu abuela, antes de morir, nos pidió que lo usáramos las dos, que nos daría buena suerte. Lo que no suponía es que nos fuéramos a casar el mismo día.

—¿Y qué solución buscasteis?

—Tu tía Macarena, que es una santa, dijo que me lo pusiera yo, que soy la mayor, y que luego se lo quedaría la primera que tuviera una hija. Así que, como tu tía solo ha tenido varones y tú eres la única niña de la familia, el vestido será para ti.

Recuerdo muchas de las conversaciones que tuve con mi madre, pero vayamos por partes. Yo nací el día de Nochebuena, el 24 de diciembre de 1920. Según mi madre fui una niña preciosa, muy guapa, con los ojos azules de mi padre y el pelo negro y rizado de mi madre. Mi niñez fue muy feliz, tenía muchas amigas y todas me querían mucho, porque era una niña muy divertida y, además, siempre me inventaba juegos nuevos cuando nos cansábamos de jugar a las gomas, al corro de la patata, o a las casitas… ¡Qué buenos recuerdos tengo de mi infancia!

Mis padres me adoraban y, al ser hija única, me dieron todo tipo de caprichos. Mi primera bicicleta era roja, sin ruedines; mi padre agarraba el sillín con una mano para que no me cayera, y yo pedaleaba descuidada y feliz, pensando que ya sabía montar en bici. Y las clases de piano que me daba mi padre, no era un excelente pianista, pero era un maestro espectacular, me enseñó a leer partituras, y practiqué con las piezas más sencillas de los compositores alemanes, Bach, Beethoven, Strauss, etc. Mi padre decía que la música la inventaron los alemanes y que el resto del mundo tendría que admirarles por ello.

A partir de los trece o catorce años me salieron muchos pretendientes que quisieron encandilarme lanzándome piropos, algunos muy ingeniosos y divertidos:

— ¡Ay, morena!, me voy a hacer buscador de tesoros, para encontrar el oro que guardan tus hoyuelos.

—Pisa con alegría, que una morena como tú es lo que hace falta para que se asiente el pavimento’. —Esto me lo dijo un albañil cuando vino a casa, a arreglar el suelo de los baños*.

— Si fueras una mijita más guapa, habría que inventar otra palabra que hiciera honor a tu belleza.

Pero yo no hacía caso a ninguno, recordaba las primeras palabras que le dijo mi padre a mi madre, y me parecían insuperables, ninguno le llegaba a la suela de los zapatos. Yo quería un novio que fuera como mi padre.

Siempre intenté hacer el bien. Compartir lo que tenía con los demás era mi gran satisfacción. Mis amigas y yo organizábamos rifas para sacar dinero y dárselo a los pobres. Todas teníamos un gran corazón.

Recuerdo a aquella ancianita, consumida por los años, debía de tener unos noventa, como yo ahora, y no tenía nada que llevarse a la boca. Sentada en la puerta de la iglesia pidiendo limosna. Yo siempre le daba lo que llevaba en los bolsillos.

La realidad que no recordaba Pilar es que fue siempre una niña consentida y maleducada. Sus amigas hacíanlo que ella quería porque tenía la costumbre de tirarles del pelo hasta que se rendían. Poco a poco se quedó sinamigas, como es lógico. Y su supuesta generosidad se limitaba a dar unos pocos céntimos a los pobres a la salidade la misa dominical, pero más que nada por quedar bien delante de sus padres, que vivían engañados creyendoque su hija era un modelo de bondad. Pero Pilar, como siempre, había forjado en su mente el pasado que leconvenía recordar.

Mi padre y mi tío estaban destinados en España y formaban parte del servicio de seguridad del cónsul alemán, Luther Müller que, aunque tenía su residencia oficial en Sevilla, pasaba mucho más tiempo en Huelva por dos razones: tenía una amante (por aquel entonces se utilizaba más el término «querida», o

«mantenida») y le volvía loco la gamba roja de Huelva. Su mujer se llamaba Gretel, y había nacido en Siegen (Westfalia), como el maestro Rubens; y realmente parecía una de Las Tres Gracias, porque era bastante oronda. El caso es que Gretel se acabó enterando del lío de faldas de su marido y le dijo con la característica frialdad alemana:

—Luther, tenemos dos cosas que mantener, tu querida y mi reputación. Y podremos mantener a las dos, siempre que estén lejos una de otra.

Así que el diplomático le montó un pisito en Huelva a su «mantenida», y allí pasaba más tiempo que en el consulado de Sevilla. Cuando preguntaban por él durante sus numerosas ausencias, Gretel decía con ironía: «Estará en Huelva comiéndose una gamba, ya sabes que le vuelven loco esas porquerías españolas».

Y la alta sociedad sevillana reía su ocurrencia porque todos sabían que la querida del cónsul era muy delgadita.

Aquellos fueron, sin duda, los años más felices de mi vida, pasaba las horas muertas jugando con mis dos primos, Edgar y Christopher, que eran, respectivamente, dos y tres años más pequeños que yo.

Recuerdo con muchísima nostalgia el lazo tan fuerte que nos unía a los siete, mis padres, mis tíos, mis primos y yo. Pero todo cambió de forma inesperada.

En enero de 1933, Adolf Hitler fue nombrado canciller imperial y ordenó retornar a Berlín a todo el personal del ejército alemán que fuera licenciado en Física y Química. Esa era precisamente la especialidad del tío Klaus, y no tuvieron más remedio, él y su familia, que marchar precipitadamente para la capital alemana. A pesar de su influencia, nada pudo hacer Luther Müller por impedirlo, era una orden directa del Führer y nadie se atrevía a cuestionarla. El cónsul apreciaba mucho a los hermanos Himmler, pero tuvo que renunciar a uno de ellos.

Los echábamos muchísimo de menos, pero, poco a poco, nos fuimos adaptando. Mis padres les escribían unas cartas larguísimas a las que yo añadía varios párrafos, y luego, esperábamos ansiosos la respuesta. Fueron años de ausencias.

En 1936, cuando empezó la Guerra Civil en España, mi padre, temeroso por el peligro que corríamos mi madre y yo, solicitó un cambio de destino, con la esperanza de que le asignaran algún puesto en Berlín, donde vivían mis abuelos y mis tíos, sabiendo que tanto unos como otros nos acogerían de buen grado.

Gracias a la influencia del cónsul consiguió el ansiado traslado.

El viaje en coche desde Huelva hasta Berlín fue agotador, terrible, y trágico. Casi 3.000 kilómetros por las carreteras de entonces. Tan solo la indudable comodidad del Mercedes-Benz 260D recién estrenado, que conducía mi padre, hacía más llevadero el camino. Íbamos esquivando las zonas controladas por el ejército republicano. Parábamos lo menos posible, ya que mi padre quería salir de España cuanto antes. Ya casi lo habíamos conseguido, estábamos en Irún, divisábamos, a lo lejos, el río Bidasoa que es la frontera natural con Francia. Una pareja de milicianos había cortado la carretera y establecido un control. De muy malos modos nos hicieron bajar del coche, mientras nos apuntaban con sendas escopetas, no les intimidó la matrícula del cuerpo diplomático del Mercedes, al contrario, al ver que mi padre era alemán, uno de ellos se encaró con él, mientras el otro decía groserías a mi madre e intentaba manosearla, echándole en cara que una española se acostara con un nazi. Mi padre forcejeó con uno intentando quitarle la escopeta, mi madre con el otro intentando quitárselo de encima. Sonó un disparo y mi madre cayó al suelo. Luego sonaron dos más, y los dos milicianos cayeron también. Mi padre consiguió eliminarlos, pero no consiguió salvar a su esposa. Mi madre murió en sus brazos. Tuvimos que dejarla allí mismo, ni siquiera pudimos enterrarla, porque se acercaba rápidamente una patrulla del ejército republicano que nos habría matado sin titubear. A toda velocidad y llorando desesperadamente llegamos a la frontera francesa. Los guardias, al ver la matrícula del cuerpo diplomático, abrieron la barrera sin más traba. Ya estábamos en Francia, ya estábamos salvados, pero la pérdida de mi madre nos transformaría de forma radical a mi padre y a mí.

A partir de este suceso trágico, Pilar rompía lo escrito y empezaba de nuevo desde cero. Volvía a escribirotra vez lo mismo, sin cambiar prácticamente nada. Llegaba de nuevo al mismo punto y volvía a romperlo todoy vuelta a empezar. Parecía como si quisiera que su vida hubiera acabado en ese preciso momento. Como si todolo que vivió después no tuviera la más mínima importancia. O quizá, simplemente, no quería asumir lasbarbaridades que llegó a cometer, no quería dejar constancia de la deshumanización que había experimentado yde todas las salvajadas que había hecho sufrir a multitud de personas.

Se encontraron algunos apuntes breves de Pilar sobre hechos aislados, sin corregir, sin pasar a limpio. Y

sobre esos apuntes, y sobre la documentación consultada se ha basado este relato. Por eso, esta historia es mitadreal, mitad ficticia. No hay suficientes pruebas de que todo sea verdad, pero sí hay muchísimas evidencias de queno todo es invención; es más, antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial, ocurrieron hechos muchomás salvajes de los que se cuentan aquí.

Capítulo 2

El resto del viaje lo hicieron prácticamente en silencio, un silencio denso que se podía agarrar con la mano, como quien tantea el peso de una pieza de fruta. Había mucha rabia, mucha indignación, mucho deseo de venganza dentro de ese silencio.

Peter Himmler, tenía cierto parentesco (primo segundo) con Heinrich Himmler, el jefe de las SS y el responsable directo de la construcción y el mantenimiento de los campos de exterminio, así como también el máximo responsable del holocausto. Peter siempre había sido un buen hombre, amable y familiar, conservador sí, pero demócrata, sin ideas políticas radicales, lejos de los extremismos, tanto de izquierdas como de derechas. Además, la política le interesaba solo lo estrictamente necesario. Pero desde el asesinato de su esposa empezó a escuchar con agrado los discursos de Hitler, y cada vez veía más enemigos en todas partes. Cualquiera que no tuviera pureza de sangre era sospechoso de intentar hundir la economía alemana, y centró todo su odio en dos colectivos: los judíos, por un resentimiento económico inculcado por los discursos populistas y demagógicos del Führer; y los comunistas, ya que los culpaba de la muerte de Rocío, pero no solo a los dos implicados, sino a todos los comunistas, a los de todos los países, a los vivos, a los muertos, y a los de las generaciones futuras. Su odio se había convertido en un sinsentido desbordado; y el ambiente en toda Alemania era un caldo de cultivo para desarrollar el mayor horror del siglo XX.

Peter quería quedarse en Berlín, pero fue destinado al campo de concentración de Dachau, construido en 1933, cerca de Munich, pero lejos de Berlín, casi 600 km. Le dieron ese destino por su condición de Ingeniero de Caminos, y decidió ir él solo hasta establecerse y que Pilar permaneciera en casa de sus abuelos, aunque bajo la supervisión de sus tíos. Una vez acomodado allí, mandaría a buscar a su hija.

Por su parte, Pilar, siempre siguiendo los pasos de su padre, al que adoraba e imitaba, se alistó en la Liga de las Muchachas Alemanas (BDM), la rama femenina de las Juventudes Hitlerianas. Aunque uno de los requisitos era ser ciudadano alemán, consiguió afiliarse al ser hija de militar alemán con el grado de mayor. También influyó que Pilar dominaba a la perfección el idioma germano, pero sobre todo, lo decisivo para ser admitida, es que Peter había retomado la relación con su primo segundo, Heinrich Himmler.

A pesar de la compañía constante de sus primos, sus tíos y sus abuelos, Pilar se sentía muy sola, con su madre fallecida y su padre tan lejos, y se volcó en servir a su nueva patria. Llevaba poco tiempo en Alemania, pero, quizá por influencia del ambiente familiar que la rodeaba, sentía que esa era su verdadera patria.

Las mujeres voluntarias de la BDM, ayudaban a las tropas en todo tipo de cosas. Se ocupaban del abastecimiento de víveres, servicios de cocina y limpieza, confeccionaban los uniformes y, alentadas por los mandos, también coqueteaban con los soldados para infundirles ánimo.

Además, recibían algunas clases teóricas en las que, mediante interpretaciones parciales de la historia, inculcaban en las jóvenes un ensalzamiento patriótico y antisemita, haciendo descender al pueblo alemán directamente de Gautr, el antepasado mítico de las casas reales, por lo que todo lo germano era superior al resto del mundo. También imprimían a las alumnas un victimismo demagógico, transformando los hechos históricos veraces en la ficción más folletinesca, por lo que, desde su fundación como nación, en 1871, el mundo entero había conspirado contra Alemania, unos por envidia, y otros, los judíos, por codicia, haciendo especial hincapié en la humillación sufrida por el Tratado de Versalles en 1919, tras la Gran Guerra.