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Antonio Suárez, jesuita antiguo cura guerrillero en Centroamérica, se oculta, de su pasado, en el Vaticano. Buscando testigos para la causa de santificación de Pío XII, encuentra una monjita centenaria que lo pone sobre la pista de la trama del atentado contra Palmiro Togliatti, secretario general del Partido Comunista Italiano (PCI), que en 1948 tuvo, a Italia, al borde de la guerra civil. La historia nos traslada a Roma en la posguerra, donde Belisario Ortúñez de Quesada, señorito sevillano convertido en una especie de James Bond vaticano, recibe de su jefe monseñor Montini (futuro papa Pablo VI) el encargo de establecer contacto con el PCI. A través de su amigo Luchino Visconti entabla una cordial relación con Palmiro Togliatti, y así se inicia el proceso llamado «Compromiso histórico», la alianza política entre la Democracia Cristiana (el partido político creado por la Iglesia) y el Partido Comunista Italiano. Pero frente al sector aperturista, en el Vaticano existe otro reaccionario, partidario de la lucha a muerte contra el comunismo. Al frente de este bando está sor Pascalina Lehnert, ama de llaves de Pío XII con extraordinaria influencia sobre el papa, que planea el asesinato de Palmiro Togliatti.
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Seitenzahl: 241
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico
Edición eBook: marzo, 2025
Piononos de Santa Fe
© Luis Reyes Blanc
© Del prólogo: Autor
© Éride ediciones, 2024
Éride edicionesEspronceda, 528003 Madrid
ISBN: 979-13-87643-07-2
Diseño y preimpresión: Éride, Diseño Gráfico
eBook producido por Vintalis
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares,salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algúnfragmento de esta obra.
(Albacete, 1945) es licenciado en Derecho, escritor y periodista. Durante su larga trayectoria en larevistaTiempoy los diariosEl País, InformacionesyMadridha sido corresponsal de guerra en ocho conflictos yenviado especial en más de cincuenta países, especialmente de Oriente Medio y África. Ha servido con la ONU y laUnión Europea en procesos de paz en América Central, Palestina y los Balcanes.
Entre otras obras ha publicadoMovimientos de liberación de Africa(1973),IRA, 60 años de guerrilla(1976),Liborioo la mala vida de Efraín Domínguez(Premio Albacete de Novela Negra 1998),Viaje a Palestina(Premio GrandesViajeros 1999),Historias del África perdida(2001),Cartas de Orán(2002),El Camino Español(2006),El Cardenal-infante, biografía en siete retratos(2012),Retrato de Familia(2018),La tumba del Papa(2022).
Crónica reconstruida del atentado
contra Palmiro Togliatti,
Secretario General del Partido Comunista Italiano,
el 14 de julio de 1948
A Paloma y Joaquín,
generosos mecenas.
La mayoría de los caracteres de esta novela son personas reales, con protagonismo en la política y la cultura de la Iglesia o de Italia. Se distinguen en esta lista por el guion (—) que les antecede. Los pocos personajes ficticios llevan en cambio un asterisco (*) delante.
LA IGLESIA
* BELISARIO ORTÚÑEZ DE QUESADA, diplomático vaticano, protagonista de esta historia, conocido por Beli.
* ANTONIO SUÁREZ SJ, historiador jesuita, narrador de esta historia.
—MONSEÑOR DOMENICO TARDINI, protosecretario de Estado encargado de Asuntos Extraordinarios (ministro de Exteriores del Vaticano), apodado el Gordo por Beli.
—MONSEÑOR GIOVANNI BATTISTA MONTINI, substituto del Secretario de Estado encargado de Asuntos Ordinarios (ministro del Interior del Vaticano), apodado el Flaco por Beli. Futuro papa Pablo VI.
* POSNIC Y WIELECKY, albañiles polacos, hombres de confianza de Monseñor Montini, enriquecidos en EE.UU.
—PÍO XII, papa.
—SOR PASCALINA LEHNERT, asistente de Pío XII, poder en la sombra durante su pontificado
* SOR ROSWITA, ayudante de sor Pascalina.
—CARDENAL SPELLMAN, arzobispo de Nueva York.
—JUAN P ABLO II, papa.
—MONSEÑOR DZIWIS, secretario personal de Juan Pablo II.
—MONSEÑOR HUGH O’FLAHERTY, sacerdotes irlandés que salvó miles de judíos durante la ocupación alemana de Roama.
* PADRE CAHILL, sacerdote irlandés, asistente de Monseñor O’Flaherty.
CINECITTÀ
—LUCHINO VISCONTI, cineasta, aristócrata, miembro del Partido Comunista Italiano
* MIMÍ, criado de Visconti, que le rendiría homenaje en El Gatopardo.
—ROBERTO ROSSELLINI, cineasta, creador del neorrealismo con Roma città aperta.
—VITTORIO MUSSOLINI, cineasta, hijo del Duce, protegió y lanzó la carrera de Rossellini.
—FEDERICO FELLINI, cineasta que participó en la gestación del neorrealismo, aunque con larga carrera posterior.
—CONDESA CHIARA POLITTI, mecenas de Rossellini en Roma città aperta.
—GIUSEPPE DE SANTIS, cineasta, militante del Partido Comunista Italiano, director de Arroz amargo.
—SILVANA MANGANO, actriz que debutó con arrasador éxito en Arroz amargo.
—ANITA EKBERG, exuberante actriz sueca, que cobró fama por su baño en la Fontana de Trevi en La dolcevita de Fellini.
—ISABELLA ROSSELLINI, actriz de cine, hija de Roberto Rossellini e Ingrid Bergmann.
—ISOTTA INGRID ROSSELLINI, hermana gemela de la anterior, profesora en Princeton.
—LYDIA SIMONESCHI, «reina del doblaje» de Cinecittà.
MUNDO POLÍTICO ITALIANO
—PALMIRO TOGLIATTI, secretario general del Partido Comunista Italiano en la posguerra.
—NILDE IOTTI, militante del PCI, amante de Togliatti.
—RITA MONTAGNANA, militante histórica del PCI, esposa de Togliatti.
—ANTONIO PALLANTE, el asesino frustrado de Togliatti.
* PATERNOSTER TOLEDO, Chaqueta de cuero, guardaespaldas de Togliatti.
—PIETRO SECCHIA, vicesecretario general del PCI
—DOCTOR VALDONI, médico cirujano que atendió a Togliatti.
—ALCIDE DE GASPERI, jefe de la Democracia Cristiana en la posguerra.
—GIULIO ANDREOTTI, el Diablo, protagonista de la política italiana durante más de medio siglo, siete veces presidente del gobierno.
—GINO BARTALI, ciclista italiano, dos veces campeón del Tour de Francia
—LOUISON BOBET, ciclista francés, tres veces ganador del Tour de Francia
—DON LETO CASINI, sacerdote implicado en la salvación de judíos.
—GIULIO CARLO ARGAN, historiador del arte, uno de los mayores intelectuales del siglo XX.
—LIONELLO VENTURI, historiador del arte, se enfrentó al fascismo.
—ANTONIO PERENZE, oficial de Carabinieri, famoso por haber acabado con Salvatore Giuliano.
GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
* JOSELITO EL FÍGARO, pobre diablo, ayudante de Beli en sus misiones de rescate.
* PADRE FROILÁN MONTES, ecónomo del Obispado de Málaga salvado por Beli.
* DOCTOR GAVILÁN, médico socialista, da asilo al Padre Montes.
—SIR PETER CHALMERS, cónsul británico en Málaga durante la Guerra Civil. Protegió a gente de los dos bandos.
* PÁTER REMIGIO, capellán de la Legión, salvado por Beli.
* LORENZO LÓPEZ, el Lolo, matón del puerto y comunista.
—EDGAR NEVILLE, cineasta, diplomático de la República durante la Guerra Civil.
—ENRIQUE JARDIEL PONCELA, el autor teatral español más ingenioso del siglo XX, del círculo de Edgar Neville.
—TONO, Antonio Lara, humorista y guionista de cine, del círculo de Edgar Neville.
Me llamo Antonio Suárez SJ, soy historiador y actualmente trabajo en la Congregación para la Causa de los Santos, y más concretamente en la causa de santificación del papa Pío XII. Llevo años siendo un ratón de biblioteca en el Vaticano, pero eso es en realidad un escondite, porque anteriormente tuve una vida muy distinta. En los años 70, tras una vocación tardía que me hizo abandonar el periodismo e ingresar en la Compañía de Jesús, fui destinado a Centroamérica, donde formé parte del pequeño grupo de jesuitas españoles que, ¿cómo lo diría?, organizamos la revolución. O sea que he sido un cura guerrillero y estuve a punto de morir con Ellacuría y los otros jesuitas asesinados en El Salvador en 1989. Por eso la Compañía me hizo desaparecer enterrándome en las oficinas del Vaticano. Ahora he pasado los últimos meses en Sevilla, donde encontré a un personaje fascinante, don Belisario Ortúñez de Quesada, Beli le llama todo el mundo, que fue una especie de 007 del Vaticano en la época de Pío XII. Teóricamente he pasado tanto tiempo en Sevilla porque Beli debía darme un testimonio decisivo para la beatificación y canonización de Pío XII. En realidad no lo ha hecho, pero me ha contado historias asombrosas. Al final, apiadado de mí — nos hemos hecho buenos amigos— me ha dirigido hacia una monjita centenaria que estuvo en el círculo íntimo del papa Pacelli, y que podría darme lo que la causa de santificación necesita. Por eso me he venido a Rorschach, a orillas del lago Constanza, donde la anciana religiosa vive en un asilo para monjas.
Rorschach 2001
Estuve en Roma solo el tiempo necesario para resolver las cuestiones más urgentes que se han acumulado estos meses y enseguida partí hacia Rorschach. Forzando mis influencias podría haber conseguido alojarme en la Casa de Retiro Stella Maris, pero no quise vivir bajo el mismo techo que la persona que debía ser mi testigo. Aunque a veces empatice más de lo ortodoxo con las fuentes de información, como me había pasado en Sevilla, procuraba respetar ciertos protocolos de distanciamiento.
La zona está llena de hoteles, y elegí uno sencillo y tranquilo, con buenas vistas porque allí es imposible encontrarlas malas. Solo tenía dos estrellas, pero dos estrellas en Suiza es como cuatro en Italia, o mejor. De todas maneras no me recreé en los aspectos turísticos porque estaba impaciente por ver a sor Roswita. Pedí un taxi que conocía perfectamente la Casa de las Hermanas de la Santa Cruz. Sobre las rodillas llevaba una caja de dulces que había comprado en el aeropuerto de Sevilla, siguiendo el consejo de don Belisario:
—Cuando vaya a ver a la monjita llévele piononos de Santa Fe, verá que hacen milagros.
La rectora me recibió con la reverencia que usan las monjas con los jesuitas, sobre todo si vienen del Vaticano. Por supuesto me había puesto sotana.
—Sor Roswita está en el jardín, se pasa las mañanas tomando el sol, ¡qué contenta se va a poner con su visita!
Era increíblemente pequeña, como una niña de ocho años con la carita arrugada. Al principio nos miró un poco desconcertada, habíamos interrumpido una cabezada, pero cuando la rectora me presentó dijo:
—Usted es el que llamó por teléfono —y con cierto tono de admiración añadió—: Ha venido…
—Naturalmente, tenía mucho interés en conocerla y que me contara cosas de antes. Por cierto, un conocido suyo me dijo que le trajese estos dulces.
Todo el torpor de sus primeras reacciones desapareció en ese momento. Colocó la caja sobre una mesita que tenía al lado, con un vaso de agua y un despertador, y sus manos se movieron ágilmente para desenvolverla, pese a que estaba muy bien embalada para viaje. Cuando abrió la tapa exclamó:
—¡Piononos de Santa Fe! ¡Beli!
Le tembló la voz, pero no de senectud sino de placer, y en un visto y no visto se había zampado uno. Caray con la centenaria, qué agilidad mental, cómo ha sabido que esto venía de Beli, me dije a mí mismo.
—Huy perdonen, qué maleducada, ¿ustedes gustan?
La rectora, que ya se retiraba, declinó la oferta, pero yo cedí, no a la gula, sino a la curiosidad, a ver qué eran aquellos dulces que hacían milagros según don Belisario. Ella me acompañó tomándose el segundo y nos encontramos en una comunión no sé si espiritual o sensual. ¡Era el mejor dulce que había probado en mi vida!
Fue entonces sor Roswita quien tomó la iniciativa de la conversación:
—¿Sabe usted la historia de los piononos? A mí me la contó Beli cuando nos conocimos —en ese momento sonó el despertador—. ¡Vaya por Dios! Ayúdeme a levantarme. Este martirio me lo ha puesto la médica, me hace que cada hora dé un paseo todo alrededor del jardín. Dice que es para mantener a raya el azúcar, qué tontería, yo no he tenido nunca diabetes porque como peso tan poquito mi páncreas no ha tenido que esforzarse en la vida, pero es que es una chica muy joven… Y tengo que hacerle caso para que no me ponga a régimen. Mejor pasear, porque yo lo aprovecho para ofrecerlo como sacrificio por las misiones. Algún chinito recibirá el bautismo y salvará su alma gracias a mí…
Yo estaba un punto más que asombrado, casi anonadado ante la vitalidad de aquella anciana que no levantaba dos palmos del suelo. Y desde luego no era de las que se le van las ideas, porque enlazó con el asunto interrumpido por el despertador:
—Pues los piononos los inventó la bisabuela de Beli, doña Conchita de Granada Venegas. Doña Conchita era muy devota de la Inmaculada Concepción, no porque ese fuera su nombre, sino porque era una Granada Venegas… —Hizo una pausa, esperando que yo hiciera algún comentario, pero yo no tenía idea de que me estaba hablando, y le tocó seguir a ella—. Ya sabe, los Granada Venegas eran la familia real nazarí, los últimos reyes moros de España, los que no se quisieron ir cuando los Reyes Católicos tomaron Granada, se bautizaron y se hicieron buenos cristianos. Pues bien, fue en el entorno de la Casa de los Tiros, el palacio de don Alfonso Granada Venegas donde tenían academia las mejores cabezas del momento, donde surgió el movimiento por la Inmaculada Concepción, sí señor. Me lo contó Beli.
Beli, naturalmente, me dije. En verdad, mientras la monja hablaba, me parecía estar oyendo una de aquellas historias con las que don Belisario me hacía olvidar la canonización de Pío XII y alargar mi estancia en Sevilla más de lo justificable.
—Pues como le digo, cuando el santo papa Pío Nono proclamó dogma de fe la Inmaculada Concepción de la Virgen, doña Conchita llamó a su pastelero y le dijo: Ceferino, tienes que hacer un dulce que cuando se lo coma una sienta el gozo de la devoción a la Inmaculada, algo que nos lleve al cielo. Y Ceferino se encomendó a la Purísima, y por inspiración de Nuestra Señora hizo esos pastelitos divinos, que doña Conchita bautizó piononos en homenaje al papa.
Mientras hablaba le habíamos dado la vuelta al jardín y volvimos a sentarnos. Sor Roswita bebió un buen sorbo de agua y atacó a los piononos. Yo no quise comer más porque me daba más placer verla disfrutar a ella. Se tomó dos o tres, poniendo los ojos en blanco, y una vez repuesta volvió al torrente de la conversación, mejor dicho, monólogo:
—Yo es que de joven era un poco tonta, creía que una monja debía estar siempre sacrificada, pensar solo en Dios y no disfrutar de la vida. Pero Dios me había hecho muy golosa y muy débil, de modo que caía en la tentación una y otra vez. Cuando iba a confesarme el padre Von Schira me recibía diciendo: ¿Cuántos caramelitos esta vez? Porque mis confesiones eran: Me he comido doce magdalenas, me he comido una caja de bombones. Él ni me escuchaba y al final decía: Tres avemarías. Y yo: ¿Tan poca penitencia?, y él: Es que si no se me gastan las penitencias gordas cuando llegan los pecados de verdad. El padre Von Schira era de Viena, por eso era guasón, los vieneses no son como los otros alemanes. ¿Seguro que no quiere otro pionono?
Volvió a despacharse. Yo había decidido dejarla hablar, no era solamente técnica de interrogador, la verdad es que me divertía oírla, y desde luego se había establecido un lazo cordial que me sería muy útil.
—Y un día apareció Beli con los piononos, no sé cómo se habría enterado de mis escrúpulos, y me cambió la vida, porque no era pecado comerlos.
—¿Pero ya se conocían?
—No, bueno, yo sabía quién era porque todas las hermanas de Roma hablaban de él, que había salvado a muchas monjas en la Guerra de España, pero nunca habíamos cruzado palabra, es que… Verá usted, estábamos en bandos distintos.
—¿Bandos distintos?
—Claro, yo era la asistenta de la madre Pascalina y Beli estaba en la Secretaría de Estado con monseñor Tardini ¡y con Montini! No sabe usted la guerra que había entre ellos, especialmente entre la madre y monseñor Montini. ¡Un día llegaron a las manos! La madre Pascalina era muy peleona, era una bruta, cuando los comunistas asaltaron la Nunciatura en Múnich ella se enfrentó a golpes con varios hombres para defender al nuncio Pacelli, que luego fue Pío XII, por eso la apreciaba tanto… Pues bueno, un día en la antecámara monseñor Montini quería entrar a ver al papa inmediatamente, y la madre Pascalina que no, que ahora no, y terminó dándole un empujón que por poco lo tira al suelo. ¡Un empujón al futuro Pablo VI! A ver qué otra monja ha hecho algo así…
—Usted apreciaba mucho a la madre Pascalina —dije aceptando el tratamiento de madre, aunque según creo solamente era sor.
—Yo la quería muchísimo, era una santa, y ella a mí también, y me tenía mucha confianza y me lo contaba todo. Pero Beli me dijo: es mejor que no se enteren ni la madre Pascalina ni monseñor Montini de que nos vemos, porque con la rabia que se tienen seguro que se llevan un disgusto. Este será nuestro secreto.
—¿Y así lo hicieron?
—Sí, porque nosotros no hacíamos nada malo, más bien eran nuestros jefes quienes pecaban con sus rencillas. Beli venía a verme una vez a la semana, cuando le traían los piononos de España en valija diplomática, y nos encontrábamos en la Gruta de Lourdes, el último rincón del Vaticano. Yo estaba deseandito que llegara el día, no solo por los piononos, sino porque Beli era tan buen conversador, contaba tan bien las historias… Nos pasábamos una hora charlando.
Viendo la facundia de la anciana me figuré quién contaría más cosas. Sentí admiración por Beli, era un as del espionaje. Había conseguido una fuente próxima al peor enemigo que la Secretaría de Estado tenía dentro del Vaticano, aquella monjita inocentona le contaría de pe a pa los planes de la madre Pascalina sin darse cuenta, y todo con una caja de dulces y la historia fantástica de su bisabuela… que lo mismo era verdad.
Apareció la rectora con otra hermana y le dijo a sor Roswita:
—Hora de comer.
—Ay, ¿se va a ir ya el padre?
—Sí, pero mañana volverá, ¿verdad, padre?
—Por supuesto.
La otra monja levantó a sor Roswita y se la llevó hacia adentro mientras le decía:
—Hoy hay Tafelspitz.
—¡Qué rico!
—Es un alma de Dios sor Roswita —dije muy en mi papel de cura.
—Desde luego, una santa. Padre, no le invito a comer porque eso la distraería y no comería bien. Y no le digo que venga esta tarde porque a la tarde es otra cosa. ¿Ve usted toda la vivacidad que tiene ahora? Pues desaparece después de comer. Se pasa las tardes delante de un televisor, con un rosario en la mano y dormitando, ni reza ni ve la tele. A las seis dice que quiere acostarse sin cenar, pero a la mañana siguiente se levanta a las seis como una rosa, desayuna fuerte, oye misa de siete y a las ocho ya está en el jardín, hablando con todo el que cruza por aquí. Puede usted venir cuando quiera a partir de esa hora.
Al día siguiente fui yo quien llevó la voz cantante, estaba determinado a dirigir la espontaneidad de sor Roswita a los asuntos que me interesaban, de modo que en cuanto estuve a su lado le pregunté si Pío XII tenía visiones celestiales.
—¡Claro, el papa era un santo y hablaba con Dios! Dios le había dicho que iba a morir de repente, pero él le pidió al Señor que le avisara con un día, para arreglar sus cosas. Veinticuatro horas antes de fallecer, Dios le dio el aviso y Su Santidad se lo contó a la madre Pascalina. Este es mi día, le dijo, y efectivamente al pasar esa jornada le dio el ataque al corazón que se llevó su alma al Cielo.
Muchos santos, e incluso personas que no lo son, han tenido revelaciones semejantes, yo iba calculando, mientras la monja hablaba, hasta qué punto su testimonio sería útil para la causa de santificación de Pío XII. Y entonces sor Roswita le dio al relato un giro desconcertante.
—Pero Su Santidad no solo hablaba con Dios, también con el demonio… Aunque viva otros cien años nunca olvidaré aquel día, el 10 de mayo de 1945. Yo estaba trajinando en la cocina cuando entró la madre y más que sentarse se derrumbó en una silla. Hazme una tila, me pidió con un hilito de voz, y eso ya me puso en guardia porque ella siempre hablaba dando órdenes, fuerte y con voz firme. Entonces me fijé en su cara y vi que estaba atemorizada, miraba con miedo a su alrededor, nunca la había visto así porque era más valiente que cualquier hombre. Entonces dije una tontería porque yo soy bastante tonta:
—Pascalina, parece que has visto al demonio.
—Yo no, él… Él lo ha visto, los ha visto.
Y entonces me contó lo que le había contado Su Santidad, y ya no era temor en los ojos, era un rictus de espanto mientras hablaba:
—El papa estaba arrodillado en su oratorio, rezando en acción de gracias porque Alemania había firmado la rendición, había terminado la guerra, y entonces vio a un demonio negro, alicaído y amedrentado, pero con una mirada de intenso odio que le dijo: el que viene detrás es peor que yo… Y apareció otro demonio que no era negro, sino rojo, con el brillo del fuego y sus alas de murciélago bien abiertas, que parecía que lo iban a abarcar todo, que se reía y se reía.
—¡Dios nos libre, hermana! —dije yo a punto de morirme de miedo—. ¿Qué era eso?
—¿No lo entiendes, ignorante? El Demonio Negro del nazismo se ha ido, pero ha llegado el Demonio Rojo, el comunismo. ¡Y es peor!
»Yo no dormí esa noche, pero la madre lo llevaba aún peor, se quedó demacrada, la oía hacer penitencia cuando se encerraba en su dormitorio, y según pasaba el tiempo estaba cada vez más preocupada:
—Los comunistas se han apoderado de Polonia —me decía, y otro día—: Los comunistas se han apoderado de Hungría —y al cabo de un tiempo—: Los comunistas se van a apoderar de Italia.
»Y no hacía más que decir que había que exorcizar al Demonio Rojo, que había que aplastar al maligno como hace el pie de la Virgen con la serpiente, que había que clavarle la lanza como hace San Miguel…
—¿Hablaba en sentido figurado? —me atreví a interrumpir porque de pronto me vi venir un asunto que me asustaba.
—No, la madre era de las de armas tomar, tenía tanta decisión como dudas atormentaban al santo varón de Pío XII… Ella sabía lo que había que hacer y lo hacía. Y entonces Dios nos mandó a su Ángel, aquel muchacho tan guapo, con ojos tan bonitos pero tan tristes, casi un niño… —Se detuvo un momento y dijo con un poco de rabia—: ¡Vaya, se me ha ido el nombre! La doctora dice que son lapsus de memoria y que es normal por la edad, es que tengo ciento seis años, o sea que me aguante, ¡será tonta! Porque yo sé que esto son mortificaciones que inventa el demonio, que no sabe cómo fastidiarme, y entonces rezo un Ave María y me viene el recuerdo. Acompáñeme, padre.
Rezamos juntos el Ave María y efectivamente surtió efecto, a no ser que fuese todo comedia, con las monjas nunca puedes estar seguro ni bajo secreto de confesión.
—¡Antonio! Se llamaba Antonio, ¿ha visto que bien funciona el Ave María? Fastídiate Satanás —dijo mientras se zampaba otro pionono—. Antonio Pallante.
Quedé en una especie de estado de choque emocional. Para un marxista —cristiano marxista, pero marxista al fin y al cabo— aquel era el nombre de la ignominia, el terrorista que había disparado cuatro veces sobre Palmiro Togliatti, jefe y alma del comunismo italiano. Pero el historiador que también hay en mí vislumbraba una veta de oro, las raíces nunca declaradas del atentado que casi provocó la guerra civil en Italia.
No había recuperado la palabra cuando apareció una monja muy apresurada:
—Padre Suárez, teléfono del Vaticano —dijo con voz entrecortada por la carrera.
El padre Gumpel siempre tan inoportuno, pensé, y le contesté casi con malas maneras:
—Diga usted que ya le llamaré yo.
Un gesto de horror se dibujó en la cara de la monja.
—¡Padre Suárez, quiere hablar con usted su santidad el papa!
Roma, 2001
Una voz anónima me dijo que me pasaba con monseñor Dziwis, el secretario del Polaco, su perro fiel desde hacía 40 años. Se decía que incluso dormía en una recámara junto al dormitorio del papa, quizá atravesado delante de su puerta como los antiguos lacayos. Pensé que sería él quien me transmitiese lo que me tenía que decir el papa, pero simplemente se aseguró de que era el padre Suárez, habló algo en polaco y me dijo: le paso al santo padre.
—Padre Suárez, tengo que darle una mala noticia —comenzó sin prolegómenos el papa—. Su amigo don Belisario Ortúñez de Quesada ha entregado su alma a Dios. Debió ser una muerte pacífica, lo encontraron ayer a mediodía como dormido en su sillón, con una expresión de serenidad. Yo voy a oficiar la misa de réquiem mañana, y como sé que habían trabado buena amistad me gustaría que usted la concelebrara. ¿Le dará tiempo a llegar?
—Sí, santo padre.
Cuando el papa te llama, un jesuita acude aunque tenga que atravesar el mar Rojo andando, como Moisés. No exime de esta ley natural que el jesuita sea un cura guerrillero, de modo que me despedí a la carrera de sor Roswita, llamé un taxi, recogí mi equipaje en el hotel y le dije que me llevase al aeropuerto de Zúrich, a 70 kilómetros. Me miró como a un loco, porque para un suizo semejante despilfarro es inconcebible, pero como era extranjero admitió la extravagancia. En Zúrich conseguí un vuelo a Roma que salía a última hora de la tarde. Y mientras esperaba en la sala de embarque tuve tiempo y tranquilidad para pensar en las cosas extraordinarias que me habían sucedido entre las ocho y las nueve de la mañana.
Lo último y más reciente en la memoria, la conversación o más bien monólogo del Polaco. «Su amigo don Belisario» había dicho, y luego «sé que habían trabado buena amistad»… Era evidente que tenía un buen servicio de información, que me habían controlado durante mi temporada en Sevilla. Sé que da la sensación de que yo hablo despectivamente del Polaco, pero no menosprecio sus capacidades. Alguien que ha tenido por enemigos a los nazis y los comunistas y ha salido no indemne, porque tiene cicatrices, pero sí victorioso, merece consideración. Y que me invitase a concelebrar la misa funeral era una deferencia por la que iba a tener que estarle agradecido.
Luego estaba el otro asunto, la revelación de que sor Pascalina estaba en contacto con Pallante, el asesino frustrado de Togliatti, el terrorista de extrema derecha que estuvo a punto de provocar una guerra civil. He vivido el horror de dos guerras civiles en Centroamérica, y sé cómo se las gasta el terrorismo de extrema derecha porque me ha perseguido, ha masacrado a mis amigos y me ha vencido, pues me hizo huir del Salvador y esconderme en el Vaticano, me hizo abandonar la lucha. Era un tema sensible para mí.
El funeral por don Belisario fue una de esas ceremonias que explican por qué la Iglesia Católica se mantiene como la mayor fuerza espiritual de la historia desde hace dos mil años. La misa se celebró en el escenario más fascinante del mundo, bajo el Baldaquino de Bernini, en el Altar Papal donde solo puede oficiar el sumo pontífice. El catafalco que simbolizaba la presencia del difunto se colocó ante la Confesión, muy apropiado por el papel que tuvo Beli en el hallazgo de la Tumba de San Pedro. Sobre el catafalco habían puesto un almohadón de terciopelo rojo con un collar de la Suprema Orden de Cristo, la condecoración papal que Beli compartía con reyes y jefes de estado.
Aparte del insignificante sacerdote que subscribe, concelebraban cuatro cardenales, entre ellos Sodano, el secretario de Estado, y Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la antigua Inquisición Romana, los primeros espadas de la curia. Nos habíamos vestido con las casullas del color rojo vivo que representa la fuerza del Espíritu Santo y la sangre de los mártires que reciben ese don del Paráclito, un simbolismo adecuado a Beli y su heroísmo durante la Guerra Civil Española. Pero también es el color de luto pontificio usado en las exequias de papas y cardenales, lo que suponía un trato de excepcional predilección por el fallecido.
La rotonda, en el lado del evangelio, estaba ocupada por los cardenales en hábito de coro, un mar de mucetas rojas. En el lado de la epístola, como no había familiares, ocupaban los puestos de honor los dos embajadores de España, ante la Santa Sede y ante el Quirinale, uno representando a Sus Majestades y el otro al gobierno, ambos con bicornio, espada y casaca con entorchado de oro. Junto a ellos estaba la crema de la nobleza romana, las grandes familias papalinas; Della Rovere, Colonna, Orsini, Aldobrandini, Chigi y compañía. También vi a los embajadores de Polonia e Israel, estados que no olvidaban la ejecución del perverso nazi que había llevado a cabo Beli, y a Su Alteza Eminentísima el Gran Maestre de la Soberana Orden de Malta, que sostenía del brazo a una señora muy compungida, de luto riguroso. Me llamó la atención su estatura y su melena rubia y me di cuenta de que era Anita Ekberg en papel de viuda desconsolada. Reconozco que no estaba muy concentrado en la liturgia, porque en una misa concelebrada hay poco que hacer, de modo que seguí escudriñando entre el público de la rotonda. Había más gente del cine, de hecho era como una galería de viejas glorias de Cinecittà. Entre las todavía en activo, Isabella Rosellini, la hija del que había sido compañero de juergas de Beli, lloraba como una Magdalena. Parecía la huérfana.
Pero lo más extraordinario era la cantidad de monjas que asistían a la misa de réquiem, eran millares ocupando totalmente los asientos de la nave central, de modo que cuando cantaban sus voces se imponían sobre la Cappella Musicale Sistina, alcanzado la basílica una sonoridad que no había oído nunca. Allí estaban representadas todas las congregaciones femeninas de Roma, porque a Beli las monjas lo tenían en un altar. —En muchos casos literalmente, habían puesto fotografías del salvador de monjitas en sus oratorios.
¿Qué habría dicho Beli si hubiera estado presente?
Roma, 1945
En la Secretaría de Estado se descorcharon varias botellas de prosecco para celebrar el final de la guerra, ahora sí que era definitivo, Japón se había rendido. Cuando terminaron los parabienes Monseñor Tardini le dijo a Beli:
—Venga a mi despacho, tenemos que tratar un asunto.
Monseñor Montini los acompañó y cerró cuidadosamente la puerta. No parecía tan contento como el resto del personal y explicó su desazón:
—No sé si está bien que brindemos y bebamos alegremente por el final de la guerra, porque ha sido terrible. Lo de Hiroshima y Nagasaki es el Armagedón.
—No sé, Gianbattista. He hablado con el general de la Compañía de Jesús, y me ha dicho que no hay ninguna víctima en el Noviciado de Nagatsuka, que está en Hiroshima, y eso que son más de 40 jesuitas, entre profesores y novicios —dijo Tardini buscando como siempre el lado positivo de las cosas.
