Platero y yo - Juan Ramón Jiménez - E-Book

Platero y yo E-Book

Juan Ramón Jiménez

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Beschreibung

Una de las obras más representativas de Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura. Edición con notas explicativas y de vocabulario, introducción, apéndice y actividades. Platero, un burro de color plata, es el pretexto que le sirve al autor para expresar sus emociones más íntimas. Una obra de prosa poética impregnada de la melancolía que caracteriza la primera etapa de Juan Ramón Jiménez.

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Seitenzahl: 245

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Índice

Introducción

Época

Literatura

Autor

Criterio de esta edición

Bibliografía

Platero y yo

Advertencia a los hombres que lean este libro para niños

I. Platero

II. Mariposas blancas

III. Juegos del anochecer

IV. El eclipse

V. Escalofrío

VI. La miga

VII. El loco

VIII. Judas

IX. Las brevas

X. ¡Ángelus!

XI. El moridero

XII. La púa

XIII. Golondrinas

XIV. La cuadra

XV. El potro castrado

XVI. La casa de enfrente

XVII. El niño tonto

XVIII. La fantasma

XIX. Paisaje grana

XX. El loro

XXI. La azotea

XXII. Retorno

XXIII. La verja cerrada

XXIV. Don José, el cura

XXV. La primavera

XXVI. El aljibe

XXVII. El perro sarnoso

XXVIII. Remanso

XXIX. Idilio de abril

XXX. El canario vuela

XXXI. El Demonio

XXXII. Libertad

XXXIII. Los húngaros

XXXIV. La novia

XXXV. La sanguijuela

XXXVI. Las tres viejas

XXXVII. La carretilla

XXXVIII. El pan

XXXIX. Aglae

XL. El pino de la corona

XLI. Darbón

XLII. El niño y el agua

XLIII. Amistad

XLIV. La arrulladora

XLV. El árbol del corral

XLVI. La tísica

XLVII. El rocío

XLVIII. Ronsard

XLIX. El tío de las vistas

L. La flor del camino

LI. Lord

LII. El pozo

LIII. Albérchigos

LIV. La coz

LV. Asnografía

LVI. Corpus

LVII. Paseo

LVIII. Los gallos

LIX. Anochecer

LX. El sello

LXI. La perra parida

LXII. Ella y nosotros

LXIII. Gorriones

LXIV. Frasco Vélez

LXV. El verano

LXVI. Fuego en los montes

LXVII. El arroyo

LXVIII. Domingo

LXIX. El canto del grillo

LXX. Los toros

LXXI. Tormenta

LXXII. Vendimia

LXXIII. Nocturno

LXXIV. Sarito

LXXV. Última siesta

LXXVI. Los fuegos

LXXVII. El vergel

LXXVIII. La luna

LXXIX. Alegría

LXXX. Pasan los patos

LXXXI. La niña chica

LXXXII. El pastor

LXXXIII. El canario se muere

LXXXIV. La colina

LXXXV. El otoño

LXXXVI. El perro atado

LXXXVII. La tortuga griega

LXXXVIII. Tarde de octubre

LXXXIX. Antonia

XC. El racimo olvidado

XCI. Almirante

XCII. Viñeta

XCIII. La escama

XCIV. Pinito

XCV. El río

XCVI. La granada

XCVII. El cementerio viejo

XCVIII. Lipiani

XCIX. El castillo

C. La plaza vieja de toros

CI. El eco

CII. Susto

CIII. La fuente vieja

CIV. Camino

CV. Piñones

CVI. El toro huido

CVII. Idilio de noviembre

CVIII. La yegua blanca

CIX. Cencerrada

CX. Los gitanos

CXI. La llama

CXII. Convalecencia

CXIII. El burro viejo

CXIV. El alba

CXV. Florecillas

CXVI. Navidad

CXVII. La calle de la Ribera

CXVIII. El invierno

CXIX. Leche de burra

CXX. Noche pura

CXXI. La corona de perejil

CXXII. Los reyes magos

CXXIII. «Mons-Urium»

CXXIV. El vino

CXXV. La fábula

CXXVI. Carnaval

CXXVII. León

CXXVIII. El molino de viento

CXXIX. La torre

CXXX. Los burros del arenero

CXXXI. Madrigal

CXXXII. La muerte

CXXXIII. Nostalgia

CXXXIV. El borriquete

CXXXV. Melancolía

CXXXVI. A Platero en el cielo de Moguer

CXXXVII. Platero de cartón

CXXXVIII. A Platero, en su tierra

Análisis de la obra

Historia de Platero y yo

Realidad de Platero

Influencia en la obra: la naturaleza. La institución libre de enseñanza

Poema en prosa. Antecedentes

Estructura de platero

El tema y los temas de platero

La naturaleza y la sociedad. Símbolos atenuadores

Recuperación del moguer perdido

Ideología del autor y presencias culturales

Las formas narrativas y el estilo

Actividades

Créditos

INTRODUCCIÓN

ÉPOCA

España en el novecientos: situación política

Para entender las complejas reacciones políticas de esta época hay que partir de finales del siglo XIX y de la Revolución de 1868, la «Gloriosa», que terminó con el destronamiento de Isabel II y comenzó un nuevo período liberal que trataba de dar fin a las continuas disensiones internas, protagonistas de todo el siglo XIX. El general Prim, jefe de la Revolución de Septiembre, se mostró partidario de una dinastía democrática y buscó para la Corona española un monarca ajeno a los conflictos franco-prusianos (1870-71). La elección recayó en Amadeo I de Saboya, cuyo breve reinado (1870-73) no pudo ser más desdichado: la continua insurrección carlista, las tensiones entre los partidos y el asesinato de Prim le hicieron abdicar, ante la imposibilidad de gobernar. Se proclamó la República, presidida por Figueras, y este nuevo Gobierno tuvo que enfrentarse, como el anterior, a los graves problemas internos, que precipitaron la abdicación de Amadeo I, y a los de las colonias americanas. Además, los partidarios de Alfonso XII, hijo de Isabel II, en lugar de esperar a proclamarle mediante una elección, precipitaron su designación por un pronunciamiento militar. Martínez Campos, en 1874, proclamó rey de España al sucesor de Isabel II, siendo favorablemente acogido por los ejércitos del norte, con lo que se restauró sin violencia la monarquía.

En 1876, Alfonso XII hizo su entrada en Madrid entre grandes manifestaciones de cariño, aumentadas considerablemente tras el matrimonio (no por razones políticas, sino sentimentales) con su prima María Mercedes, que enseguida moriría. Tres años después, se casó con María Cristina de Habsburgo, que se convirtió en regente hasta su muerte, en 1885. El corto reinado de Alfonso XII fue, sin embargo, muy fructífero en la solución de problemas. Acercó a los militares a la Corona, terminó con la insurrección cubana, firmó la Constitución del 76, que sustituía a la del 68, y terminó con las disensiones de los partidos, bajo el predominio del liberalismo conservador.

La regencia de María Cristina, hasta la mayoría de edad de Alfonso XIII, fue uno de los períodos más negativos de nuestra historia. En política exterior se manifestaron dos grandes problemas, Marruecos y Cuba, que no encontraron solución más que con dos grandes desastres: el definitivo de Annual, en 1921, que demostró la incapacidad del ejército para cumplir su misión, y el de 1898, que dejó patente la gran inferioridad de nuestra escuadra. Aunque se esperaba la pérdida de estos territorios, el problema social y psicológico tuvo una enorme repercusión negativa entre los españoles.

El reinado de Alfonso XIII también se caracterizó por los grandes conflictos y la inestabilidad política. Durante los primeros momentos de su gobierno, el sistema de la restauración contó con políticos renovadores como Silvela, Maura y Canalejas que, con espíritu crítico procedente de la postura regeneracionista del 98, se enfrentaron directamente con los problemas. A partir de 1914, por el efecto de la naturaleza española en el conflicto mundial, España vivió un excesivo desarrollo económico, que fomentó los desequilibrios sociales, complicados aún más por el elevado crecimiento de las dos grandes sindicales obreras, UGT y CNT. A causa de esta situación inestable, en 1923 el general Primo de Rivera dio un golpe de Estado y estableció el primer Gobierno dictatorial con la aprobación de Alfonso XIII.

En 1930, el general, abandonado por su propio partido, se vio obligado a dimitir. El poder fue entonces asumido por el general Berenguer, quien, en medio de los graves problemas económicos y sociales, mantuvo su gabinete hasta dar paso a otro, presidido por el almirante Aznar, más incapaz aún de terminar con los conflictos interiores.

En 1931 se convocaron elecciones municipales como último intento de conseguir la estabilidad política y, tras la proclamación de la República, el rey se exilió a Francia. El nuevo Gobierno se constituyó bajo la presidencia de Alcalá-Zamora. Cataluña, por su parte, designó un Gobierno autónomo presidido por F. Maciá que, tras diferentes intentos separatistas, unidos a los levantamientos de obreros en Asturias, terminaron con la estabilidad política. En las nuevas elecciones de 1936, la República fue otra vez el sistema elegido por el pueblo, pero el levantamiento de los militares a las órdenes de Franco puso fin a este Gobierno, iniciándose así la Guerra Civil, que termina en el año 1939. A partir de esta fecha hay que hablar de españoles en el exilio (caso de Juan Ramón Jiménez) y de españoles en España; es decir, del problema de las dos Españas.

Conflictividad social: la pluralidad española

En primer lugar, hay que señalar un problema común a toda Europa que también repercute en España, como es el de la industrialización y sus consecuencias: hacinamiento de las gentes en las grandes ciudades, abandono del ambiente rural, desarraigo, incomunicación y sentimiento de soledad.

Los dos grandes problemas que se habían iniciado en el XVII —el crecimiento de la población y el desarrollo de los núcleos urbanos, en detrimento de los rurales— se intensifican a finales del siglo XIX. En los primeros treinta años del siglo XX se produce un considerable aumento de la población. Se pasa de dieciocho a veinticuatro millones de habitantes y, ante esta superpoblación, un gran número de personas se ve obligado a emigrar. América fue el continente que acogió a más españoles en estos años; pero, a partir de la Primera Guerra Mundial, se cerró esta posibilidad y los emigrantes tuvieron que agruparse en las grandes ciudades. Estas, por un lado, ensanchaban sus grandes avenidas, transformando las antiguas murallas, y, por otro, se extendían en barrios miserables. Los suburbios contrastaban así con las lujosas construcciones, que iban desarrollándose en los centros urbanos.

La vida rural llegó a ser extremadamente dura y el tema de la reforma agraria nunca tuvo una solución práctica.

A causa de la desigualdad social y económica, surgieron dos grandes bloques: patronos y obreros, que se agruparon en defensa de sus intereses respectivos. Además de estas diferencias sociales, las regiones estaban, asimismo, divididas. Los regionalismos acentuaban cada vez más las diferencias, que fueron desviándose, en el caso del País Vasco y Cataluña, hacia posiciones nacionalistas.

La Iglesia tuvo un papel fundamental en devolver a las clases obreras, atentas sobre todo a los principios revolucionarios, la confianza en los valores tradicionales cristianos. De ahí, la importancia de la encíclica Rerum Novarum (1891) y de los diferentes grupos católicos, formados en su gran mayoría por seglares, que buscaban una nueva espiritualidad. Estas tendencias religiosas, en algunos casos, llegaron a un verdadero fanatismo que se enfrentó con el signo contrario, el anticlericalismo, provocando actos vandálicos de una y otra ideología.

También entre los estamentos sociales se produjo una gran división. La aristocracia perdió todo su prestigio y fue sustituida por la nueva clase social surgida de la Restauración, la de los empresarios y financieros, que tuvo una trascendental importancia en la política, gracias a la concentración de su capital en la banca y al dirigismo de las ciudades. Al lado de esta burguesía adinerada, que construía a su gusto las ciudades y contaba para ello con los grandes artistas de la época (Gaudí, Fuster, Doménech), la clase popular iba reduciendo sus límites.

Edad de Plata de la cultura española: 1900-1936

La conflictividad social e ideológica, que se inicia con la Restauración y termina con la Guerra Civil, no es óbice para que la cultura española alcance un nivel tan extraordinario que la crítica ha denominado a este período «Edad de Plata» o «Segunda Edad de Oro».

Una de las razones de este avance cultural se debe a la progresiva evolución ideológica que se produce entre finales del siglo XIX y 1936. Las diferentes generaciones que aparecen en este panorama no anulan o contradicen a la anterior, sino que la integran y a su vez la superan con nuevos planteamientos, razones o conceptos. Hacia 1936, esta trayectoria está en su total plenitud. Plenitud que la guerra civil descompone, dejándola en un estado de postración total, ya que la mayoría de los intelectuales elige el camino del exilio.

En este desarrollo cultural hay que partir también de la Revolución del 68. El pensamiento liberal, que preside la «Gloriosa», se manifiesta en la creación de la Institución Libre de Enseñanza, fundada como universidad libre por los catedráticos que fueron cesados en 1875. Se pretendía que fuese una nueva concepción de la universidad, con una metodología basada más en la razón y en la crítica que en las verdades tradicionales. Quienes la fundaron tenían la intención de formar minorías capaces de modernizar España. Pero, fracasada como universidad, se dedicó a la enseñanza primaria, a la que se aplicó la nueva metodología, muy diferente a la oficial. El contacto del alumno con la naturaleza, la relación con los profesores, la importancia del arte y de la técnica en los estudios y el interés por el folclore, así como la exclusión de toda actitud religiosa confesional y de la memorización, fueron sus bases fundamentales.

La Institución pasó a ser en España, más que una escuela, un nuevo estilo de vivir caracterizado por una apertura a las corrientes intelectuales de Europa y, así, el propósito para el que fue creada no fracasó. Los hombres educados en esta institución, o vinculados a ella (los hermanos Machado, Juan Ramón Jiménez, Cossío, Azcárate), realizaron la transformación que España necesitaba para su modernización.

Al mismo tiempo que la Institución intentaba rehacer España a partir de la educación de las nuevas generaciones, los intelectuales en general, desde sus respectivos campos, pedían la regeneración de España, es decir, su reforma para acabar con los males nacionales. Esa tendencia, denominada «regeneracionismo», llegó a ser una obsesión entre los españoles de fines de siglo. Obsesión que se agudizó con el Desastre del 98, tras el que se pedía un análisis de las causas de la decadencia española. Esta ideología fue muy positiva para el acercamiento de los intelectuales al pueblo, pero no tuvo, sin embargo, una representación literaria auténtica, aunque sí influyó en los escritores de todo el siglo.

LITERATURA

Renovación ideológica y estética

La primera generación que surge a la vida pública hacia finales del siglo XIX, y se agrupa en torno a un hecho histórico como el Desastre del 98, se caracteriza por su sentido crítico, por el análisis de la realidad, social y subjetiva, y por fijarse en el pasado esplendoroso español (Siglo de Oro) como elemento de comparación con la realidad presente. Asimismo, es una generación innovadora. Trata de conocer todo lo que sucede en Europa sin olvidar la propia tradición; en palabras de Unamuno, «europeizar España y españolizar Europa». Esta apertura de España tiene una extraordinaria importancia, porque de ella va a derivar la penetración del modernismo en España, cuya influencia, con sucesivos cambios y evoluciones, va a marcar todas las manifestaciones literarias del siglo XX.

El modernismo (cuyo nombre deriva de un término peyorativo para designar el fanatismo por doctrinas modernas) es un amplio movimiento ideológico y estético que surge en Europa y arraiga con fuerza en Hispanoamérica (José Martí y Rubén Darío) y España, como manifestación de la crisis universal del pensamiento, en general, y de la estética, en particular.

Juan Ramón Jiménez, nuestro mejor representante modernista en sus primeras obras y uno de sus mejores críticos, definió así este movimiento en su libro El modernismo (1953):

El modernismo no fue solamente una tendencia literaria (...), fue una tendencia general. Alcanzó a todo. Creo que el nombre venía de Alemania, donde se producía un movimiento reformador por los curas llamados modernistas. Y aquí, en España, la gente nos puso ese nombre de modernistas por nuestra actitud. Porque lo que se llama modernismo no es cosa de escuela ni de forma, sino de actitud. Era el encuentro de nuevo con la belleza sepultada durante el siglo XIX por un tono general de poesía burguesa. Eso es el modernismo: un gran movimiento de entusiasmo y libertad hacia la belleza.

Así, la ideología reformadora que nace de los propios conflictos interiores de la Península se une a la gran corriente innovadora en la estética y da como resultado un amplio cambio literario con posturas muy diferentes, pero con un mismo propósito común: mostrar la indisolubilidad de arte y pensamiento. Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Martínez Ruiz, Antonio y Manuel Machado, Francisco Villaespesa, Unamuno, Valle-Inclán y Manuel Reina, cada uno a su modo, realizaron la transformación de las letras españolas en ese momento crítico, que sirvió de base para las posteriores concepciones.

La segunda generación, la propiamente «novecentista», que irrumpe en la vida nacional alrededor de 1910, se caracteriza por la sistematización de la cultura y por el mayor acercamiento de los intelectuales al pueblo. Nuevos hombres, como Ortega y Gasset, Eugenio D’Ors, R. Pérez de Ayala y Gabriel Miró inician activamente la reforma de la sociedad, en la que también participan los jóvenes de la primera generación, que alcanza ahora su madurez intelectual.

La tercera generación, la del 27 (Lorca, Gerardo Diego, D. Alonso, Cernuda, etc.), que se da a conocer en torno a la dictadura de Primo de Rivera, recoge los planteamientos de sus predecesores y trata de penetrar más profundamente en el pueblo, recogiendo de él su tradición y reelaborándola para ofrecer una imagen totalizadora del arte. Así, en torno a 1920, conviven armónicamente tres concepciones culturales diferentes e integradoras que van superando elementos anteriores. Cada generación va, a su vez, variando sus presupuestos iniciales de acuerdo con los cambios experimentados en la sociedad, por lo que unos mismos autores tienen características distintas según la etapa cronológica en que realicen su obra.

AUTOR

Biografía

Juan Ramón Jiménez nació en Moguer (Huelva) en 1881. Estudió el bachillerato en el colegio que los jesuitas tenían en el Puerto de Santa María (Cádiz). Gracias al interés que se prestaba a la literatura en ese colegio, Juan Ramón, en fecha temprana, a los catorce años, había leído a Bécquer y a Rosalía y se iniciaba en la lectura de los clásicos españoles y franceses. Desde su infancia mostró un gran entusiasmo por las artes y una notable predilección por la pintura, sobre todo por la luz, el color y el dibujo, que ensayaba en sus primeros libros de texto. En 1896 fue a Sevilla a estudiar pintura bajo la dirección de Salvador Clemente, pintor de la luz muy admirado por Juan Ramón, y a cursar leyes en la universidad. Sin embargo, muy pronto se reveló su vocación de poeta, postergando las demás.

Sus primeras colaboraciones en revistas, como Vida Nueva, fueron muy bien acogidas por Rubén Darío y Villaespesa, autores modernistas consagrados, que le invitaron a venir a la capital a «luchar por el modernismo». En 1900 llegó a Madrid y en seguida contó con las amistades más prestigiosas en el mundo de las letras. Sin embargo, la publicación de Ninfeas y Almas de Violeta, títulos sugeridos por Valle-Inclán y Rubén, fue recibida desfavorablemente por la crítica y él mismo dejó de incluirlos en sus primeras antologías.

Volvió a su tierra, y al fracaso como escritor se añadió la tragedia de la muerte de su padre. Esta desgracia le afectó de tal manera que necesitó una temporada de descanso para reponerse. Su familia le envió al sur de Francia y allí escribió, bajo la influencia de lecturas simbolistas (Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Mallarmé), su libro Rimas (1902), en el que es evidente la influencia de Bécquer y donde recogió las tendencias intimistas del modernismo. A su vuelta a Madrid, coincidió con otros jóvenes escritores, entusiastas también de la poesía y, junto a ellos, fundó la revista Helios en 1903 (la más importante del modernismo, que en esta fecha realizó una encuesta acerca de la poesía de Góngora, adelantándose así a la revalorización que más tarde harían los poetas del 27), en la que colaboró literaria y artísticamente con dibujos propios.

En 1903 escribió Arias tristes, considerado el libro iniciador de la poesía contemporánea, en donde ya aparecen motivos que serán recurrentes en su poesía posterior: la muerte, la concepción amorosa de carácter romántico, la melancolía y el paisaje agreste. El mismo doctor Simarro, que le trató durante su estancia en el Sanatorio del Rosario y fue uno de sus mejores amigos, le relacionó con la Institución Libre de Enseñanza, con la que coincidió en sus principios.

De nuevo, en 1905 volvió a Moguer, en donde permaneció hasta 1912. Allí, entre sus múltiples lecturas destacó la de los clásicos españoles. A esta etapa corresponden sus libros Olvidanzas, Las hojas verdes y Baladas de primavera. Como si de cuadros se tratase, en estas páginas predomina el sentido de la luz, el colorido y la descripción intimista del paisaje, expresado en formas populares.

Hacia 1908 se produce un cambio en su poesía, reflejado en el barroquismo de Elegías, La soledad sonora, Poemas mágicos y dolientes, Laberinto y Melancolía. A los recursos populares de los libros anteriores se opone aquí la utilización del arte mayor (con los elaborados versos alejandrinos) y, en lugar de descripciones sencillas, aparecen complicadas sinestesias y elementos de relación basados en el aspecto irracional de las imágenes.

Además de este cambio, hay que señalar en estos años (1907) la iniciación de su obra Platero y yo, que, además de introducir el poema en prosa en España, significa un acercamiento del autor a su realidad circundante y una expresión lírica de sus afectos a través de Platero.

El Diario: cambio vital y estético

Después de seis años de estancia en Moguer, Gómez de la Serna y otros amigos logran convencerle para que vuelva a Madrid. Y así lo hace a finales de 1912. Se aloja en la Residencia de Estudiantes y allí conoce a Zenobia Camprubí Aymar, con la que, en 1916, en Nueva York, contraerá matrimonio. A partir de esta fecha, y con la publicación de Diario de un poeta recién casado, se inicia un nuevo cambio fundamental en su obra.

En este libro, que también se editó con el título de Diario de poeta y mar, el autor unió poemas en verso y prosa, y en él reflejó el descubrimiento del mar, eje sobre el que se desarrolla este diario lírico. Según señaló Juan Ramón, este fue su mejor libro y el que iniciaba la renovación vital y estética.

Con el Diario empieza el simbolismo moderno en la poesía española. Tiene una metafísica que participa de estética, como en Goethe. Y tiene también una ideología manifiesta en la pugna entre el cielo, el amor y el mar.

La división en seis partes, de acuerdo con la trayectoria de ida y vuelta, responde al ciclo espiritual de su viaje, en el que no está ausente la crítica (una veces satírica y otras caricaturesca) ante la contemplación de Nueva York.

La utilización conjunta de verso y prosa responde a la necesidad de comunicar lo elevado del sentimiento, junto a la impresión de los objetos captada por los sentidos, para corroborar el carácter de diario. La novedad de la poesía respecto a los anteriores radica en la utilización del verso libre, que relaciona con el mar y con los elementos naturales.

A su regreso a España, la preocupación por depurar su estilo aumenta día a día y, a la vez que elimina lo accesorio para quedarse con lo esencial, excluye de su obra todos los elementos prosaicos y vulgares. Funda la revista Índice, en la que colaboran Moreno Villa, Ortega, Azorín, los Machado y los jóvenes poetas, integrantes de la generación del 27, que le reconocen como maestro.

La poesía de esa época (Eternidades, Piedra y cielo, Sonetos espirituales) muestra el cambio fundamental del simbolismo y romanticismo inicial hacia un intelectualismo creador, que supone una nueva interpretación de su sensibilidad. Su famoso poema expresa la búsqueda de lo esencial, precisamente para ofrecer la realidad en toda su inocencia primera y, por tanto, con todo su valor:

¡Inteligencia, dame

el nombre exacto de las cosas!

—Que mi palabra sea

la cosa misma

creada por mi alma nuevamente.

En 1917 publicó Poesías escogidas y, en 1922, la Segunda antología poética, selecciones realizadas por Juan Ramón de su obra poética anterior, que siempre consideró como transitoria, en continuo cambio y nunca definitiva. En su precioso libro Estética y ética estética, escribió:

En mi poesía, que he acariciado tanto siempre, he depurado siempre por sorpresa (pág. 203).

Descontento con su escritura sucesiva, sometía continuamente a revisiones y cambios su obra, con un fino espíritu crítico. Escribió en La corriente infinita:

Yo intento una poesía como creador, y una crítica de mi propia creación, primero, y luego y por otro lado, una crítica poética jeneral, como yo si no fuese un creador (pág. 190).

Esta tendencia crítica le llevó a escribir, a lo largo de su vida, importantes libros en prosa como Españoles de tres mundos, preciosas caricaturas líricas; La colina de los chopos, título inspirado en el paisaje que rodeaba la Residencia de Estudiantes; Por el cristal amarillo, evocación de sus recuerdos infantiles, en el que se incluye el cuento El zaratán, especie de monólogo interior ante lo incomprensible para los niños de una enfermedad como el cáncer; La corriente infinita, El trabajo gustoso, Estética y ética estética y El modernismo, recogen las conferencias y ensayos en los que desarrolla una labor crítica, fundamental para el estudio de su obra y la literatura de su época.

Juan Ramón Jiménez. La poesía pura y lo popular

Por su carácter extremadamente sensible y su elevado sentido de la libertad, Juan Ramón Jiménez nunca fue partidario de actos públicos ni de ostentar cargos oficiales. En El trabajo escribió:

No he pertenecido nunca a ninguna secta política, social ni relijiosa: un uniforme es lo que más detesto en la vida (pág. 211).

Pero la Guerra Civil le hizo tomar una postura decidida a favor del pueblo y de sus valores esenciales («lo que no se puede cambiar»). En 1936 marchó, en compañía de su mujer, a América y, tras una fugaz visita a Washington y Puerto Rico, viajan a Cuba, donde trabajan algunos años. De allí pasan a Florida y a Washington nuevamente, hasta que en 1951 fijan definitivamente su residencia en Puerto Rico.

En 1956 le fue concedido el Premio Nobel de Literatura, que recibió tres días antes de morir Zenobia, a la que solo sobrevivió dos años. El 29 de mayo de 1958 falleció en Puerto Rico.

Aunque él dedicó su obra «a la inmensa minoría», en este rótulo se incluye el concepto de pueblo tal como él lo entendía (una aristocracia espiritual capaz de comprender la poesía), en quien, en último término, han de redundar todas las mejoras espirituales. No debe olvidarse que siempre aspiró a «aumentar cada día la calidad general humana, sobre todo en la sensibilidad» (op. cit., pág. 213).

A partir del Diario, su poesía, que se manifiesta como una búsqueda de la eternidad por la belleza, se hizo cada vez más esencial, más intensa en sus contenidos, Poesía, Belleza, La estación total..., Animal de fondo, Dios deseado y deseante, ejemplos de su mejor «poesía pura», expresan todo el valor de la esencia poética en Juan Ramón, que trasciende los límites meramente lingüísticos o artísticos. Para él poesía es todo, y no concibe la existencia sin ella, puesto que entiende la poética como actitud en la vida, en la que se incluyen moral, religión, política y arte.

En la poesía juanramoniana se han señalado tres etapas fundamentales, según indicó él mismo en la Síntesis ideal o resumen de su poética. Estas tres etapas, correspondientes a distintos períodos cronológicos, son:

1.Primera o «sensitiva», hasta 1916-17, coincidente con el triunfo del modernismo.

2.Segunda o «intelectual», a partir del Diario y Eternidades, coincidente con el novecentismo.

3.Tercera o «suficiente», a partir de 1936, coincidente con una visión trascendente del arte.

Estas etapas no hay que entenderlas como rupturas o cortes en su producción, sino como la evolución de una «obra en marcha, en sucesión», caracterizada siempre por la búsqueda de la «poesía pura» o de la totalidad. Esto explica la constante corrección de su abra anterior, siempre abierta, y la natural dificultad que se deriva de esta concepción de la poesía, que él concibe como «unidad».

Ideas de Juan Ramón Jiménez: la libertad e independencia

En El trabajo gustoso dejó Juan Ramón una breve nota autobiográfica de incalculable valor para conocer su independencia de pensamiento (ya señalada en otras obras) y sus intereses poéticos, siempre atentos a perseguir un bien social: el aumento de la sensibilidad entre los hombres. En 1942, desde América, separado de España, que permanece presente siempre en su recuerdo, escribió:

Juan Ramón Jiménez. Hace 61 años que me llamo así, y 46 que este nombre circula como preludio permanente de una vida poética que deseo siempre mayor y mejor.

Soy español. Desde 1939 vivo en Estados Unidos, donde todavía se respeta la libertad moral y física. Me gusta vivir en el país de la Libertad, porque yo he sido, soy y quiero ser hasta mi final, un hombre libre.

Durante toda esta vida mía de libertad constante, he intentado comprender la verdad y la belleza, la belleza verdadera, esa belleza que está en todo, en lo llamado bello y lo llamado feo. He escrito mucho, he publicado mucho menos de lo que he escrito y, sobre todo, mucho más de lo que hubiera hoy deseado publicar. Mi entusiasmo por el trabajo —crear, salvar y desechar— es siempre el mismo; y cuando me levanto al amanecer, hace ya dos horas que estoy pensando en mi trabajo soñado, como un niño en su juego.

No he pertenecido nunca a ninguna secta política, social ni relijiosa: un uniforme es lo que más detesto en la vida; nunca he cobrado un céntimo de ningún partido político, monarquía, república o anarquía. Mi libertad consiste en tomar de la vida lo que me parece mejor para mí, para todos, con la idea fija de aumentar cada día la calidad jeneral humana, sobre todo en la sensibilidad.

CRITERIO DE ESTA EDICIÓN

Esta edición de Platero y yo tiene como punto de partida la aparecida en la colección «Biblioteca Didáctica Anaya» en 1985, con la introducción, apéndice y notas de Ana Suárez Miramón.

Reproducimos las precisiones que los editores incluyeron en su momento:

Esta edición sigue la primera completa que apareció publicada en 1917 en la editorial Calleja. A diferencia de la llamada «edición menor», de 1914, en la que los editores escogieron 64 capítulos de los 136 que ya tenía escritos Juan Ramón, la de Calleja es la primera que refleja en su estructura la verdadera intención artística del autor, con sus 136 capítulos originales más los dos últimos posteriores, «Platero de cartón» y «A Platero en su tierra», fechados, respectivamente, en Madrid, 1915, y Moguer, 1916.

En esta obra, Juan Ramón empleó la ortografía normal, a diferencia de las posteriores, y así, cuando citamos textos del autor, utilizamos su peculiar grafía.

También hemos apuntado en nota alguna de las adiciones a Platero realizadas por el autor en su proyecto de dar a la obra «nueva forma» y que fueron recogidas ampliamente por Ricardo Gullón.

Las actividades para el alumno son de nueva creación.

BIBLIOGRAFÍA

ALBERES, R. M.: Panorama de las literaturas europeas,Madrid: Alborak, 1972.

ALBORNOZ, A. de: Nueva Antología de J. R. Jiménez. Estudio preliminar. Barcelona: Península, 1973.

CAMPOAMOR GONZÁLEZ, A.: Vida y poesía de Juan Ramón Jiménez, Madrid: Sedmay, 1976.

CASTILLO, H.: Estudios críticos sobre el modernismo. Madrid: Gredos, 1974.

DÍAZ-PLAJA, G.: Estructura y sentido del novecentismo español. Madrid: Alianza Universidad, 1975.

—Juan Ramón Jiménez en su poesía. Madrid: Aguilar, 1958.

GARFIAS, F.: Juan Ramón Jiménez.Madrid: Taurus, 1958.

GULLÓN, R.: Conversaciones con Juan Ramón Jiménez. Madrid: Taurus, 1958.

—«Platero, revivido», en PSA, XVI (1960), págs. 9-40; 127-156 y 246-290.

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