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En solo cien días de 1994, extremistas hutus masacraron a más de un millón de tutsis en Ruanda. Ante una matanza tan atroz, un joven adventista tutsi se negó a quebrantar los mandamientos de la Biblia. Como con Daniel y sus tres amigos, Dios intervino vez tras vez, no solo para salvarle la vida, sino también para darle la oportunidad de testificar en el proceso.
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Seitenzahl: 265
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Una historia de fe, en el genocidio de Ruanda
Phodidas Ndamyumugabe
Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Predicando desde la tumba
Una historia de fe, en el genocidio de Ruanda
Phodidas Ndamyumugabe
Título del original: Preaching From the Grave. Pacific Press Publishing Association, Boise, ID, E.U.A., 2018.
Dirección: Natalia Jonas
Traducción: Natalia Jonas
Diseño del interior: Carlos Schefer
Diseño de tapa: Mauro Perasso
Ilustración de tapa: Shutterstock (Banco de imágenes)
Libro de edición argentina
IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina
Primera edición, e - Book
MMXXI
Es propiedad. © 2018 Pacific Press Publishing Association.
© 2021 ACES.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-400-2
Ndamyumugabe, Phodidas
Predicando desde la tumba : Una historia de fe, en el genocidio de Ruanda / Phodidas Ndamyumugabe / Dirigido por Natalia Jonas. - 1ª ed. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo digital: Online
Traducción de: Natalia Jonas.
ISBN 978-987-798-400-2
1. Relatos personales. I. Jonas, Natalia, dir. II. Título.
CDD 204.46
Publicado el 26 de marzo de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)
E-mail: [email protected]
Website: editorialaces.com
Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.
Este libro está dedicado a mi esposa, Jacqueline Basime; a mis hijos: Paulin, Pedro y Pagiel; y a todos los que aman a Dios y quieren llevar una vida fiel hasta el regreso de nuestro Señor Jesucristo.
Este libro cuenta la experiencia personal del Dr. Phodidas Ndamyumugabe durante y con relación al genocidio de 1994 contra los tutsis en Ruanda. Fragmentos de la historia han sido publicados y distribuidos en diferentes documentos. Parte de su historia recorrió el mundo entero por medio de las historias de Misión adventista que se distribuyen trimestralmente para toda la Iglesia Adventista; como también en un libro de su coautoría: Rwanda, Beyond Wildest Imagination.
Predicando desde la tumba es una versión más completa de su historia. Relata cómo Dios intervino milagrosamente en su vida y respondió a sus oraciones en múltiples ocasiones. El Dr. Ndamyumugabe escribió la historia con la intención de ayudar a los lectores a saber que el Dios de Daniel, Sadrac, Mesac y Abed-nego todavía se preocupa por sus hijos hoy de la misma manera en que lo hizo con aquellos hombres fieles hace tanto tiempo.
Es el deseo y la esperanza del autor que los lectores comprendan que cuando alguien permanece “fiel hasta la muerte” (Apoc. 2:10), Dios sigue obrando milagros, así como lo hizo para su pueblo en el pasado... ¡aun si uno tiene más que un pie en la tumba!
Varios amigos me motivaron a escribir esta historia porque sentían que animaría y fortalecería la fe de los creyentes por todo el mundo. Muchas personas han contribuido de diferentes formas para que este libro sea una realidad. Me gustaría agradecer al Dr. Zvandasara Nkoziyabo, quien me motivó a escribir y aceptó ser coautor de la primera versión de mi testimonio. Un agradecimiento especial al Dr. Verlyn Bendon y a Anita Benson por su ánimo y apoyo, que realmente necesité para producir esta historia.
También quiero agradecer a Donald Macintosh, mi pastor en la Iglesia Adventista de Weimar, por su apoyo moral y las diversas formas en que me ayudó. Quisiera expresar mi gratitud a otros amigos del Instituto Weimar y de otras partes, que contribuyeron también. Me han brindado apoyo moral, han leído y presentado el libro, y hay colaborado en la edición y el diseño del libro. De forma especial, agradezco a Trina Feliciano, quien incansablemente dedicó tiempo de calidad y en cantidad para editar el manuscrito.
Quisiera agradecer además a los ruandeses que dieron testimonio de su certeza de que todos los seres humanos merecen amor, porque Dios los creó a su imagen. Esto incluye a soldados del FPR y a algunos hutus que sacrificaron todo intentando salvar vidas. Ellos llegaron a ser instrumentos en las manos de Dios, trabajando para rescatar víctimas de las garras de los asesinos, y para restaurar la paz y la unidad entre los ruandeses.
No puedo olvidarme de agradecer a los líderes en Ruanda que, durante las últimas dos décadas, han trabajado con mucho esfuerzo para restaurar y mantener la paz. Han alentado la unidad, la reconciliación y el amor entre la gente de Ruanda. Los líderes gubernamentales y religiosos han realizado la casi imposible tarea de unir a todos los ruandeses como un solo pueblo, a pesar de lo ocurrido en el país.
Finalmente, digo: ¡A Dios sea la gloria por todo lo que ha hecho! Si el Señor no hubiera estado ahí cuando los hombres buscaban terminar con mi vida, estaría descansando en una tumba. Pero alabado sea el nombre del Señor, quien me permitió salir de mi tumba, vivir más años y escribir esta historia sobre sus promesas eternas. Mi ayuda está en el nombre del Señor, creador del cielo y de la Tierra (ver Sal. 124).
Este libro es una lectura obligada sobre cómo Dios protegió a los suyos durante una de las masacres más extendidas de todos los tiempos. En medio de un genocidio iniciado por las peores pasiones malignas y extendida por engaños, temores mal fundados y fuerza bruta, un hombre se negó a engañar a otros para salvar su vida, y permaneció transparente en su adoración al Dios verdadero. Lo honró guardando todos sus Mandamientos en medio de las circunstancias más extremas. Esta historia no es menos cautivadora que la historia de Sadrac, Mesac y Abed-nego. Ninguna mente objetiva puede terminar ninguna de estas dos historias creyendo que no existe Dios. La diferencia en esta historia es que los milagros del estilo “horno de fuego” se repiten hora tras hora y día tras día. El mal había armado muchas trampas mortales, y trampas de refuerzo adicionales para asegurarse de lograr su intención. Pero aun los planes mejor planeados del enemigo fallarán cuando Dios interviene para proteger a quienes verdaderamente son suyos. La vida del Dr. Phodidas es un ejemplo para todos nosotros, y especialmente para los jóvenes. Al leer esta historia, aprenderás cómo puedes mantener la calma emocional bajo los más severos ataques físicos, mentales, emocionales, sociales y espirituales. Estoy tan orgulloso de que hoy el Dr. Phodidas esté en el Instituto Weimar, entrenando a un ejército de jóvenes para estar firmes por Dios con verdad y amor.
Neil Nedley, médico, presidente del Instituto Weimar
En 2016, mi esposa y yo aceptamos trabajar en Ruanda, África. Durante los meses y años que siguieron, frecuentemente nos recordaron las atrocidades que ocurrieron durante el genocidio ruandés. Durante nuestro primer año de trabajo allí, 675 alumnos terminaron sus estudios. Las finanzas estaban ajustadas, y fue necesario aumentar la cuota; y además, encontrar al menos 675 nuevos alumnos para que tomaran el lugar de los que se habían graduado. El Dr. Phodidas, nuestro profesor de Teología, vino a mi oficina y se ofreció para ayudar a reclutar alumnos. Ese verano, trajo a casi mil nuevos alumnos a la universidad. Al mismo tiempo, el Dr. Phodidas se volvió mi confiado intérprete para reuniones campestres, discursos o, simplemente, para sermones o meditaciones. Poco a poco conocí más sobre su vida personal. Entre los capítulos de este libro hay una historia increíble de supervivencia durante numerosas cacerías despiadadas. Esta es una historia apasionante del cuidado y la intervención de Dios, ¡que no olvidarás!
Dr. Verlyn R. Benson, vicerrector académico del Instituto Weimar
Las historias y el mensaje de este libro cambiaron mi vida. No es un libro teórico, ya que fue escrito por quien experimentó problemas literales. Cada historia se construye sobre la anterior de una forma que revelará no solo la cautivante historia, sino también la condición de tu propio corazón. Mientras leía y podía escuchar el testimonio del Dr. Phodidas, me di cuenta de que su historia revela lo que es necesario para permanecer fiel ante las dificultades. Que Dios transforme tu corazón mientras lees, y que cada uno de nosotros esté preparado para enfrentar los conflictos de esta vida con el valor y el carácter que solo Cristo puede dar.
Don Mackintosh, pastor y director del departamento de Teología del Instituto Weimar
“Escuchen, hijos, la corrección de un padre;
dispónganse a adquirir inteligencia.
Yo les brindo buenas enseñanzas,
así que no abandonen mi instrucción.
Cuando yo era pequeño y vivía con mi padre,
cuando era el niño consentido de mi madre,
mi padre me instruyó de esta manera:
‘Aférrate de corazón a mis palabras;
obedece mis mandamientos, y vivirás.
Adquiere sabiduría, adquiere inteligencia;
no olvides mis palabras ni te apartes de ellas.
No abandones nunca a la sabiduría,
y ella te protegerá; ámala, y ella te cuidará’ ”
(Proverbios 4:1-6).
Nací el 3 de octubre de 1970 en Kibuye,1 una provincia a unos 130 kilómetros al oeste de Kigali, la capital de Ruanda. Fui la última adición a una familia con ocho hijos. Uno de mis recuerdos más lindos de cuando era niño es cuánto me mimaban; una experiencia que muchos hijos menores comparten. Yo era el centro del amor de mis padres, y mis hermanos me ponían apodos cariñosos para describir su amor por mí o los valores que querían que yo desarrollara. Crecí sintiéndome amado, pero también desafiado a cumplir las expectativas de mi familia.
En la parte del país donde vivíamos, la vida era dura. Aprendimos a trabajar desde niños. Para cuando tenía nueve años, estaba a cargo de cuidar de los animales de la familia. No disfrutaba estar a cargo de las vacas, especialmente cuando el clima estaba frío. Cortar árboles para leña era otra de mis tareas.
Para mí, uno de los momentos más desafiantes era despertarme cada mañana, lloviera o brillara el sol, para llevar a los animales a la pastura donde se alimentarían por el día. Mis padres nos entrenaron para trabajar duro en toda circunstancia, sin importar cómo nos sintiéramos. No se permitía la pereza. Incluso a la hora de comer, mi sobrina y yo debíamos hacer alguna tarea hogareña antes de regresar a clases.
La disciplina con que me enseñaron a esta edad temprana no tenía nada que ver con nuestro estatus financiero. Nadie tenía demasiado dinero en esta zona rural, pero nosotros teníamos el mínimo necesario para nuestro bienestar. Aunque teníamos ayudantes en la casa que podrían haber realizado casi todo el trabajo sin mi ayuda, mis padres esperaban que colaborara con las tareas diarias. El trabajo era el principio de la vida, y todos tenían que estar involucrados si esperaban vivir de manera independiente en el futuro.
A pesar de las dificultades de vivir en una zona rural del oeste de Ruanda, nuestra vida montañosa tenía muchas ventajas que sobrepasaban por lejos la vida más lujosa en las ciudades. Algunos de esos beneficios recién los puedo comprender ahora que soy suficientemente mayor como para extrañarlos; pero otros los comprendí y aprecié aun de niño.
Mi familia vivía en un lugar donde apenas podías ver 100 metros a la distancia sin encontrar una colina. Las colinas son una característica de Ruanda, que se conoce comúnmente como “El país de las mil colinas”. Pero Kibuye es único porque también hay montañas, y algunas de ellas son las más altas del país. Esas montañas hacen que el clima siempre sea agradable: ni demasiado caluroso, ni demasiado frío.
El distintivo más pintoresco de esta parte del mundo, probablemente, es el lago Kivu. Es un hermoso cuerpo de agua salpicado de pequeñas islas de forma cónica, de las cuales uno puede saltar a las transparentes aguas. Estas islas llamaron mi atención de niño. Disfrutaba ver sus sombras reflejadas en el agua, creando diversos colores y belleza al amanecer y al atardecer.
Mientras crecía, no necesitábamos piscinas de natación porque el agua transparente del lago, contenida por roca volcánica blanca sólida, era ideal. El aislante volcánico mantenía el agua a una temperatura constante de unos 24 ºC. Esto hacía que el lago fuera una buena fuente de recreación y refresco, cualquiera fuera el clima. Cuando estaba fresco afuera, el lago se sentía cálido; y cuando afuera el clima se volvía cálido, el agua permanecía fresca.
Este hermoso lago es una parte central de los recuerdos de mi niñez. Recuerdo dejar los animales cerca del lago y zambullirme con amigos para perseguir peces en la profundidad de sus aguas. También correr con el torso descubierto hacia las aguas frescas, para refrescarme durante el intenso calor del mediodía.
Pero aun por sobre el aprecio que sentía por la geografía de mi poblado, yo sabía que mi vida familiar era mi mayor bendición. Como fui el último hijo en una gran familia con ocho hijos, muchos de mis sobrinas y sobrinos tenían mi edad o eran un poquito mayores. Esto me dio la oportunidad de tener muchos amigos que también eran familiares.
En cada una de mis vacaciones visitaba los hogares de mis hermanos simplemente para disfrutar de la compañía de mis sobrinos y sobrinas. En esta tierna edad, la vida era dulce. Cada vacación era una celebración. Hice un hábito de pasar tiempo con mis hermanos luego de terminar las tareas que mi madre me asignaba: a veces en la casa de ellos, y a veces en la mía. Cada vez que nos visitábamos nos quedábamos afuera de la casa por la noche, disfrutando de la luna llena o del cielo tachonado de estrellas.
A menudo intercambiábamos historias africanas que nuestros padres nos habían contado para enseñarnos valores culturales y bíblicos. Nos gustaba competir en el arte de contar historias, turnándonos. La vida era feliz, y el amor era un tema innegable en nuestro hogar.
Sin embargo, mientras crecía, aunque estaba muy contento con el amor familiar, podía notar una necesidad de mejora en nuestro ambiente. Mi familia estaba relativamente cómoda en cuanto a posesiones materiales. Mis padres podían suplir las necesidades de la familia, y no nos faltaban alimentos ni ropa. Pero los estándares de vida en Kibuye eran tan bajos que para las personas comunes era difícil comprar siquiera una bicicleta. Nosotros estábamos satisfechos con nuestra humilde forma de vida, pero al crecer y visitar ciudades vecinas vi una forma de vida diferente. Pronto sentí la necesidad de llevar a mi familia a un nivel más elevado.
En este espíritu, y por amor a mi familia, decidí estudiar diligentemente y trabajar duro para un día poder realizar un cambio en la vida de mis familiares. Como la mayoría de los niños, recuerdo hablar a menudo sobre mis sueños y prometerle a mi madre que un día proveería para las necesidades de nuestra familia y les daría una vida más feliz.
Mi madre era de naturaleza bondadosa, pero también fue muy estricta conmigo. Era tan estricta que durante mi niñez muchas veces pensé que sus reglas eran demasiado pesadas. Sin embargo, de grande entendí que fue la mejor madre que podría haber querido en mi vida.
Cuando venían invitados a visitarnos, o mis hermanas volvían, lo que ocurría a menudo, ella hablaba de cuánto me amaba y cuán bueno era. Yo sabía que siempre tenía algo positivo que decir sobre mí, y eso me hacía sentir genial.
Sin embargo, su expresión facial inspiraba temor cuando yo sabía que había hecho algo desagradable o contrario a las reglas familiares. Mirando a sus ojos en esos momentos aprendí la diferencia entre el bien y el mal, la virtud y el vicio. Las consecuencias de no hacer lo correcto me dieron una vislumbre de cuánto odia Dios el pecado. De la misma manera, su gozo y sus cumplidos públicos cuando hacía las cosas bien me enseñaron cómo Dios piensa en nosotros cuando nos estamos comportando acorde a su voluntad.
Como otras madres, ella nos educó en el hogar. Mi madre anhelaba ver mi futuro, y a menudo lo decía. Anhelaba verme terminar mis estudios y llegar a ser el hombre que había imaginado que sería; a quien había animado y aconsejado en todas las áreas de la vida. Desafortunadamente, como a veces ocurre en esta vida, no vivió lo suficiente para ver los frutos de su labor. Ella falleció antes de que yo terminara el colegio secundario por una enfermedad estomacal no tratada, que probablemente fuera cáncer no diagnosticado.
Las lecciones que aprendí de mi familia me ayudaron a, desde niño, sentir un profundo amor por Dios y a reconocer la importancia de la obediencia. Recuerdo haberle entregado mi vida a Jesús cuando estaba en tercer grado, a los nueve años. Nuestra iglesia estaba cerca de casa, y eso me permitía asistir a cada servicio de adoración. Siempre me sentaba en el primer banco, y cada vez que se hacía un llamado respondía con entusiasmo a la invitación del pastor de realizar un compromiso con Dios.
La iglesia marcó una diferencia significativa en mi vida. Disfrutaba de cada servicio de adoración, y en esos primeros años cada sermón dejaba un impacto tremendo en mi mente. Todavía recuerdo pastores específicos y los sermones y las ilustraciones que utilizaron.
Algunos de los momentos más conmovedores en mi vida espiritual durante mi niñez fueron los momentos de oración. Nuestra iglesia tenía tambores, que en esos días se usaban para recordarles a los miembros de iglesia que era la hora de la oración. Había miembros de iglesia que sabían fabricar tambores, y cada iglesia generalmente tenía cinco o seis tambores listos para utilizarse. El ritmo de los tambores haciendo eco en las montañas precedía cada servicio de adoración, invitándonos a congregarnos para adorar.
Las semanas de oración eran uno de los momentos más importantes que teníamos. Como yo vivía cerca de la iglesia, a menudo me levantaba más temprano que todos, y comenzaba a tocar el tambor varias horas antes del amanecer. Hacía esto para despertar a todos en el poblado para que vinieran a la iglesia, que era el centro de la vida espiritual y social de los adventistas del séptimo día. A veces tocábamos los tambores por horas. Esas interpretaciones no tenían nada que ver con bailes, pero la combinación de ritmos era hermosa y atraía a jóvenes y adultos a adorar.
Todo estaba a punto de cambiar, pero algo permanecería para marcar mi herencia pasada y determinar mi futura vida espiritual. Entre mis siete hermanos, tenía una hermana que parecía amar a Dios más que los demás. Ella había leído la Biblia de tapa a tapa en su juventud y había subrayado todos sus versículos preferidos. Cuando se casó, distribuyó regalos a todos los miembros de la familia. Todos recibieron regalos, y como yo percibía que me amaba a mí más que a todos, pensé que ciertamente merecía un regalo. Cuando pareció que había repartido todo, me pregunté qué me daría a mí. Me sentí un poco enojado con ella, porque parecía que me había olvidado.
Pensé que no había más cosas materiales que ella pudiera darme; pero en realidad había guardado una sorpresa. Una mañana se acercó a mí y me dijo que el regalo que había apartado para mí era una Biblia. No era una Biblia nueva; era su antigua Biblia, llena de versículos y promesas subrayados. Como yo no tenía una Biblia propia, la acepté con un poco de resentimiento. ¡No era lo que yo había esperado! Ciertamente fue una sorpresa. No fue hasta tiempo después que me di cuenta de que fue uno de los mejores regalos que podría haber recibido.
Desde ese momento, cuando no estaba en clases, estaba leyendo mi Biblia. Hasta varios años después, no supe qué haría esto en mí. En ese momento de mi vida, lo leía como si fuera una tarea.
Al avanzar en la lectura de esa Biblia, la parte que más me atrajo fue el libro de Proverbios. Recuerdo haber leído en este libro de qué se trata la sabiduría. Cada vez que leía pasajes e historias de la Biblia sentía que me estaban hablando directamente a mí. La historia de la fidelidad de Elías me conmovió muchísimo. A menudo oraba pidiéndole a Dios que me ayudara a ser tan sabio como él quería que yo fuese, y que pudiera permanecer fiel como Elías en el monte Carmelo.
1 Hoy, el nombre Kibuye como provincia ha cambiado, y se conoce como Karongi.
“El Señor recorre con su mirada toda la tierra, y está listo para ayudar a quienes le son fieles”
(2 Crónicas 16:9).
Cuando algo terrible está por suceder, Dios alerta a su pueblo. Los ayuda a conocer qué puede ocurrirles y los guía en la preparación necesaria, que les permite permanecer firmes en días difíciles. Esta preparación no siempre ocurre de forma positiva, o al menos no en la manera que lo podríamos desear. A veces Dios nos lleva por circunstancias difíciles para prepararnos para otras más desafiantes. Cuando llega el momento, logras permanecer firme ante una crisis terrible, como un soldado entrenado, por haberse acostumbrado a caminar con Dios.
Luego de terminar el colegio primario, no podía continuar mis estudios en Ruanda. El Gobierno usaba un sistema de cupos para determinar quién podía continuar con su educación. Los grupos regionales y étnicos a los que pertenecieras también afectaban las posibilidades de entrar. Muchos jóvenes calificados tuvieron que renunciar a una educación superior por esta razón.
Yo sabía que no me sería fácil acceder al colegio secundario. El Gobierno dirigía la mayoría de las escuelas; y la discriminación social y étnica era una práctica común. Mi hermana, quien me había dado su Biblia antes de casarse, estaba viviendo en Goma, en la República Democrática del Congo (llamada anteriormente Zaire). Fui a visitarla con la esperanza de poder continuar con mis estudios allí.
Como ella sabía que me sería difícil continuar mi educación en Ruanda, me invitó a matricularme en un colegio en Goma apenas llegué. Yo acepté su ofrecimiento con mucha felicidad, y pronto estaba estudiando en el Colegio Secundario Mikeno. Sin embargo, pronto me di cuenta de que la vida allí sería demasiado difícil. Todo era totalmente diferente de como era en mi hogar. La comida no era como la comida que solía comer. Las personas también eran diferentes. Desde las autoridades gubernamentales hasta los vagabundos en la calle, parecía que la mayoría de ellos carecía de ética. Muchos ni siquiera intentaban esconder sus prácticas corruptas.
Poco después de que comencé mis estudios, mis compañeros me eligieron para ser el capitán de la clase. Tuve mi primera decepción cuando el profesor me pidió que recaudara dinero de mis compañeros. Él esperaba que le pagaran por las notas. Según él, uno tenía que pagar cierta cantidad de dinero para obtener ciertas calificaciones. No había por qué escribir y responder correctamente los exámenes. Lo que importaba era tener el dinero necesario para la calificación que quisieras en cada examen. Por mis creencias cristianas, decidí no contaminarme con esta práctica malvada. Esto enfureció a mi profesor, y me notificó que no aprobaría.
No tardé mucho en sentir los efectos de mi determinada decisión. Había tenido las mejores calificaciones en las pruebas diarias y en las tareas, y estaba confiado en que tendría la mejor calificación en el final. Sin embargo, el profesor me calificó como el tercero de la clase, con un 60 %, lo que apenas me permitía aprobar. Para mi asombro, el mejor alumno probablemente debería haber estado entre los peores promedios de los cuarenta que éramos en esa clase.
Y me di cuenta de que los alumnos eran tan corruptos como los profesores. Como capitán de la clase, yo era quien tomaba asistencia; era mi deber indicar quién estaba presente o ausente. Algunos alumnos esperaban que escribiera que estaban presentes cuando no estaban en clase.
Como sus negociaciones no funcionaban conmigo, pronto se convirtieron en mis enemigos. No me pagaban por ser capitán de la clase, así que, pensé que sería fácil renunciar a ello y ceder esa responsabilidad, para así evitar conflictos y las represalias de mis disgustados profesores y compañeros. Pero no había ninguna posibilidad de que esto ocurriera; la administración no me lo permitió y demandó que continuara en mi rol de capitán de la clase.
Parecía no haber salida. Los profesores eran corruptos, y los alumnos también querían que yo fuera corrupto. Me di cuenta de que ahora estaba solo; no tenía nadie con quien compartir mi aprieto. Decidí orar y pedir a Dios que me ayudara. Esta era la primera vez que sentía la necesidad de pedir a Dios que me ayudara en una situación complicada. Varias veces me enfrenté a bravucones que querían que les cambiara su inasistencia. Como yo no estaba dispuesto a cooperar, me insultaban en clase y amenazaban que sus pandillas me golpearían.
Decidí que no deshonraría a Dios sin importar lo que ocurriera; y elegí intensificar mis oraciones, pidiendo a Dios que me ayudara a sobrellevar el año académico. Cada vez que había un problema, yo abría la puerta del aula, entraba y hacía una oración. También oré antes de cada examen y le pedí a Dios que estuviera al control.
Como resultado de mis oraciones, mis compañeros y los profesores finalmente se dieron cuenta de que yo no cedería, y me dejaron en paz. Luego de esto, disfruté del resto del año académico sin problemas. Además, el Señor alimentó mi celo por él. El día en que anunciaron los resultados anuales, no solo tenía el mejor promedio en mi clase, sino también el de todo el colegio, con cientos de alumnos.
El director del colegio me llamó al frente y me hizo estar ante todo el colegio. Luego de anunciar mi promedio, desafió a todos a trabajar durante el siguiente año como yo lo había hecho. Al final del siguiente año, yo nuevamente tenía el mejor promedio. Me di cuenta de que Dios siempre está del lado del oprimido, especialmente cuando es para su honor.
Terminé los siguientes dos años de mis estudios secundarios, aunque con desafíos. Estos desafíos no tuvieron nada que ver con los problemas externos que había tenido al comienzo, sino con las veces que cedí. Por mi desempeño académico excepcional, me admitieron en un colegio de élite, y el nuevo ambiente me cegó. Estaba en el que algunos llamaban el mejor colegio secundario de la región; era privilegiado de estar entre los pocos jóvenes que podían asistir allí. La mayoría de mis profesores eran europeos. Estaba entusiasmado por el nuevo conocimiento que obtendría y por la posibilidad de un futuro mejor.
De alguna forma, esto me hizo olvidar mis principios en cuanto a la observancia del Día de Reposo. Yo era adventista, y sabía que debía descansar el sábado. El colegio al que asistía ahora era una institución católica. Había clases cada día de la semana, excepto el domingo.
No mantener mis estándares por un tiempo hizo que me diera cuenta de los peligros de un nuevo ambiente. Los nuevos amigos que hacemos, un nuevo trabajo o un nuevo colegio pueden desafiar nuestros principios espirituales. Pueden demostrar ser beneficiosos o, si no somos cuidadosos, a veces pueden frustrar nuestros objetivos y propósitos en la vida. A menudo subestimamos su potencial para cegar nuestra mente y alejarnos de nuestro camino espiritual.
Pronto, mi entusiasmo por asistir a este nuevo colegio se convirtió en confusión y duda. Ahora me preguntaba si debía estudiar o no en sábado. Desafortunadamente, me llevó cierto tiempo tomar mi decisión final. Mientras trataba de convencerme de que no tenía otra opción más que olvidar el sábado para avanzar en mis estudios, Dios me dio un mensaje que no me dejó duda alguna de lo que estaba sucediendo. Esto me ayudó a convencerme de que, si iba a ser fiel a Dios, tenía que dejar de asistir a clases los sábados, aun si por eso me echaban del colegio.
Durante el tiempo que fui a clases los sábados, asistí a cada programa de sábado de tarde en la Iglesia Adventista de Goma. Un anciano de iglesia, el Sr. Kabwe, estaba enseñando del libro del Apocalipsis. Asistí a cada reunión y decidí no perderme ninguno de los mensajes. Mientras avanzaba en el estudio, comprendí mejor lo que está sucediendo en este mundo. Cada estudio me convencía más de que Jesús está al control de todo lo que sucede en esta vida.
Algo que realmente me llamó la atención fue la imagen de Jesús sosteniendo las siete estrellas y caminando entre los siete candelabros (Apoc. 1:9-20). Además, temas como las siete iglesias (Apoc. 2; 3) y los siete sellos (Apoc. 6: 8:1) me interesaron mucho, especialmente al descubrir que estas profecías se trataban de la revelación de Jesús a su pueblo (Apoc. 1:1-3) y que no eran solo misterios inalcanzables para los humanos.
Estudiamos las profecías semana tras semana. Cuanto más estudiaba, más me convencía de que los detalles en las siete iglesias y en los siete sellos del Apocalipsis describen la situación de la iglesia a lo largo de las épocas. Llegué a creer que estas imágenes dicen lo mismo de diferentes maneras, y que todas fueron diseñadas para demostrar a la iglesia que Jesús está al control y que sabe lo que va a ocurrir hasta el fin. A mi entender, estas profecías, en su orden respectivo, servían como un mapa para la iglesia hasta la segunda venida de Jesús.
Me convencí de que estamos viviendo en los últimos momentos de la historia de la humanidad, y que lo que Dios requiere es fidelidad de sus seguidores: guardar sus Mandamientos y tener la fe de Jesús (Apoc. 12:17; 14:12). Tomé la decisión de que debía hacer lo que Dios quería que hiciese, a cualquier costo. Mi amor por él se estaba intensificando de una manera que solo puede entender alguien que aprende de la Biblia con diligencia y oración.
La decisión que tomé no fue tan fácil como pensé que sería. Este era un colegio que yo pensaba que me permitiría tener éxito en la vida y volver a mi poblado como alguien que podría proveer para las necesidades de mi familia. Dejar mis estudios significaría fracaso. Me sentía dividido en mi interior. Un viernes de tarde luchaba con la decisión de si ir a clases o a la iglesia a la mañana siguiente.
Recuerdo haber orado y haber pedido a Dios que hiciera un milagro para que yo supiera qué decisión tomar. Le dije que si era un pecado ir a clases en sábado, necesitaba que hiciera que cuando me despertara a la mañana siguiente no pudiera moverme. En mi mente, esto me convencería de cuál era la voluntad de Dios para mí en cuanto a la observancia del sábado. Ahora sé que esta no era una oración adecuada. Dios me había enseñado qué era lo correcto, y yo tenía que seguir su voluntad revelada sin cuestionarla. Cuando me desperté a la mañana siguiente, podía moverme. Creí que tenía la aprobación de Dios para continuar con mis estudios en sábado, así que volví a clase.
Sin embargo, el sábado siguiente decidí obedecer a Dios, sin importar las consecuencias. Sabía que el director, un sacerdote católico, no comprendería mi motivo para no estudiar los sábados. Las políticas del colegio eran muy estrictas y rígidas. Además, incluso si el director no me echaba del colegio, parecía no haber forma de que aprobara todas las materias si no estudiaba cada día.
