Pretérito perfecto - Mercedes Navarro Puerto - E-Book

Pretérito perfecto E-Book

Mercedes Navarro Puerto

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Beschreibung

Este es un libro extraño. No es una biografía, pero la autora habla de sí misma. No es una novela, pero podría serlo. No es un ensayo, pero es reflexivo. No es teología, aunque contiene mucha. Una valiente «confesión» de Mercedes Navarro.

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Seitenzahl: 184

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Pretérito perfecto

Setenta años cumplidos y medio siglo de vida religiosa

Mercedes Navarro Puerto

A mis queridas compañeras de camino: las que están, y las que se fueron

Introducción

Comienzo estas páginas en el año 2021, segundo de la pandemia de COVID-19, y año en que cumplo setenta de nacimiento y cincuenta de profesión religiosa. Este libro constituye mi particular celebración de ambas efemérides y se ha ido gestando en el curso de muchos meses de reflexión, de revisión y de discernimiento. La perspectiva de esos referentes temporales ha generado, como de un modo natural, un proceso intenso y rico de encuentro con mi historia, sobre todo con la de los últimos veinticinco años.

Es un ejercicio de retrospectiva. El pasado tiene un peso muy grande, es obvio, pero el proceso es presente y sé que, inevitablemente, se impulsa hacia el futuro. Es verdad que en este momento los tiempos no resuenan igual que hace veinticinco años. También lo es que pasado, presente y futuro están ahora ahítos de hondura.

Es un proceso básicamente solitario. Pero, en otro sentido, una vez que adopto este punto de vista retrospectivo y comienzo el proceso, todo y todas las personas se convierten en acompañantes indirectos y en puntos de referencia, en una comunidad con su núcleo íntimo y sus espirales, de dentro afuera, que dibujan un conjunto que se expande hasta el infinito. Lo que no es evidente ni apreciable a primera vista es la multitud que habita dentro de mí. En este sentido, soy como un pueblo, con sus lugares, su gente, sus alianzas, sus inquinas, sus reuniones periódicas para tratar lo común y sus cotilleos, en los que se gestiona lo cotidiano, a veces hasta el punto de salirse de madre, con sus campos, sus labores, sus fiestas y sus silencios. Siendo una, soy múltiple. Como todo el mundo.

En lo hondo de mí, en el centro de mi ser, irradiando y saliendo a la periferia de mi alma y de mi cuerpo, está la divina Rûaj o Espíritu de D*s. Pero, a la par, se halla en el punto más alejado y atractivo de mi horizonte, marcándome el camino en la distancia borrosa. Junto a la Rûaj santa, pero sin confundirse con ella, está mi Sabia1 interior, que tiene nombre propio. Es una maravilla tenerla. Y en esa misma profundidad se encuentra mi inconsciente que, en sí mismo, es todo un mundo: el inconsciente personal, individual e intransferible, y el inconsciente colectivo, que es un mundo de mundos, un universo, como una galaxia cósmica. Siempre están activos y, cuando les dejo sitio y les abro cauces, tanto el uno como el otro se convierten en parlanchines o ecos evocadores. Al individual, tengo que decirle de vez en cuando que pare, que me dé una tregua y me deje respirar. Y se da por enterado casi siempre. Últimamente se ha mostrado especialmente activo porque lo he estimulado mucho y no lo he urgido, pues, como todo el mundo sabe, el inconsciente no entiende de tiempo ni de plazos. Funciona a otro aire y a su propia velocidad. La mayor parte de las veces, a mí me parece muy lento, pero con el trato de los años he aprendido a respetar su ritmo.

Mi imaginación es una compañera constante, para bien y para mal, desde que era muy niña. A veces se impone, aparece sin que la llame, pero otras veces la convoco, le pido ayuda, la nutro y la utilizo. Y para qué hablar de mis pensamientos, los que permanecen en constante diálogo con muchos de los aspectos de mi persona, esos que recuperan emociones que no siempre deseo recuperar, o que las conforman silenciosamente. Esos pensamientos que siendo míos son también de otra gente, con nombre o anónima; a veces, además, tan arcaicos, tan antiguos y presentes que desconciertan.

Por supuesto, me acompañan por dentro y por fuera las palabras de los libros, con sus autoras y autores de todos los tiempos. No me extiendo sobre ello, porque sería interminable y, sobre todo, aburrido. En los márgenes de muchos libros tengo escritos algunos de mis diálogos, reacciones, subrayados, reflexiones… Y, con ellos, mis cuadernos. Qué afortunada soy de tener su compañía, la compañía de las palabras, las de otras y otros y las mías, sobre todo las escritas. Qué fortuna haber sido alfabetizada, qué maravilla poder leer y poder escribir…

En todo este tiempo, pese a haber estado bastante sola y, durante la pandemia, aislada (cuarentena, confinamiento…), no puedo decir que haya sido una persona solitaria. Me han acompañado los seres que acabo de mencionar y me ha acompañado mucho, muchísimo, el silencio, un amigo sin el que no puedo vivir.

Hace veinticinco años celebré ese aniversario de profesión religiosa escribiendo un libro, el título de cuyos capítulos eran gerundios2. Siete gerundios en los que latía el dinamismo saltarín de un tiempo de plenitud, en el que ya había mucho pasado, pero podía haber mucho futuro, en el que muchas cosas estaban en gestación, dispuestas para atravesar las sucesivas etapas. Ahora, me siguen gustando los gerundios, pero es el momento de otro tiempo verbal, el pretérito perfecto, que habla de lo comenzado tiempo atrás y mantenido, al menos, hasta el presente. Es un tiempo verbal abierto, temporalmente dilatado en las dos direcciones. En él hay una parte cumplida, pero no necesariamente terminada. Es el tiempo verbal que me corresponde en esta etapa de mi vida, en que entro en la vejez. Curiosamente, cuando leo en el otro libro las razones por las que elegí el gerundio, descubro que se parecen mucho a las que acabo de exponer sobre el pretérito perfecto… Pero hay matices muy diferentes y sé que se irán poniendo de relieve a medida que se vayan desplegando los verbos. Aunque llamamos «perfecto» a este pretérito, lo que me importa es, en realidad, que se trata de un tiempo «pleno». No soy amiga del concepto de perfección, quizás porque he comprendido sus peligros y consecuencias en la historia y en mi vida. Se parece a unas esposas que se cierran en las muñecas o a una esfera que se mira a sí misma de modo narcisista. Prefiero el concepto de plenitud, que se enrosca en la espiral de una evolución infinita. Pero como en español no existe el «pretérito pleno» como tiempo verbal, lo dejaremos en pretérito perfecto para entendernos.

Cuando comencé a revisar y a reflexionar sobre mi vida, principalmente los últimos veinticinco años, pensé más en mi necesidad concreta y mis notas eran solo para mí. Poco a poco, me fui planteando la posibilidad de compartirlo hasta que un día decidí que muchas cosas podría plasmarlas en un libro. La razón inmediata fue mostrarme como testigo de una época histórica de la que he sido parte activa. Una época que me ha afectado explícitamente. Pero, enseguida, pensé en muchas personas que, como yo, han sido testigos y se han sentido parte de los avatares de este tiempo de nuestra historia. Y, aun cuando tanto el testimonio como la reflexión son obviamente personales, y en ese sentido intransferibles, estoy segura de que pueden encontrar eco en personas concretas que tenía delante al escribir, y otras muchas desconocidas que, tal vez, podrían sentirse identificadas.

He vivido la mayor parte de mi vida en un entorno femenino y, por consiguiente, lo que sigue ha de entenderse como una experiencia predominantemente de mujeres y vivida entre mujeres. Con sus luces y sus sombras, sus ventajas e inconvenientes, ha sido y sigue siendo mi mundo, mi hábitat concreto.

Agradezco a mi amiga y doctora en filología, María José Ferrer Echávarri, que haya aceptado leer a fondo este libro y realizar la corrección de estilo, y, sobre todo, le agradezco sus interesantes y estimulantes observaciones, sugerencias y preguntas.

1 Llamo así a esa voz interna, a veces proveniente del inconsciente y a veces del mismo mundo mental consciente. Es esa voz con la que dialogo y a la que invoco en momentos especiales. Esa voz que no siempre es una voz, porque se manifiesta como una intuición, un fogonazo de lucidez, o de otras formas. Mi «Sabia interior» es la sabiduría de la vida que «sabe» más sobre mí misma que mi yo consciente. Es siempre constructiva y la escucho agradecida.

2Las siete palabras de Mercedes Navarro (Madrid: PPC, 1996).

He soñado

Tengo la suerte de haber soñado mucho. Tengo la fortuna de tener dentro y fuera de mí una divina Rûaj, un Espíritu Santo que se alía permanentemente con mi imaginación y con el don de la imaginación. Se convierte en una potente energía creativa. Tanta, que a veces ha rebosado y he necesitado contenerla como se hace con el torrente que produce el deshielo. Soñar ha sido y es para mí un acicate para superar barreras de todo tipo, barreras que a menudo se denominan realismo. No puedo evitar transgredir con mis sueños. He soñado, por ejemplo, con una vida religiosa (en adelante VR) distinta, y ese ejercicio de soñar e imaginar me ha ido transformando sin que yo me diera cuenta, sin percatarme de ello hasta quedar frente a las consecuencias de la transformación. He tardado tiempo en conectar esas consecuencias con mis sueños, lo confieso. Yo he soñado y sueño una VR de mujeres adultas, conscientes, críticas, empoderadas. Y he soñado con que las comunidades religiosas en las que sus miembros cuidan unas de otras –algo que solemos hacer– se convierten en alternativa profética, denunciadora y anunciadora, creativa, a la manera en que hoy deseamos colectivamente gestionar la vejez.

A la vez, mientras esos sueños iban tomando cuerpo, estaba siendo excluida de muchos ámbitos oficiales eclesiásticos. Osé poner por escrito algunos de esos sueños. Formularlos en palabras les dio consistencia, y esa consistencia les otorgó estatuto de verosimilitud e incluso de probabilidad. También tardé mucho tiempo en darme cuenta de que lo que se percibía como amenazante no eran mis críticas, sino mis propuestas alternativas. O sea, mis sueños. Lo más hermoso, pese a todo, ha sido tomar conciencia del peso real que tienen los sueños. De los sueños a «las visiones» a las que se refiere el profeta Joel (Jl 2,28) como capital universal, no hay mucha distancia.

He soñado con una sociedad diferente, con un mundo nuevo, unas relaciones humanas constructivas, una política con y para el pueblo, una sanidad y una educación igualitarias, que alcancen a todo el planeta, y con una tierra respetada y amada por la humanidad. Estos sueños son compartidos. Somos muchas y muchos los que soñamos algo parecido en una misma dirección. Es un alivio. Todos estos ámbitos de mis sueños están coloreados por el violeta y casi púrpura de mi feminismo, hoy por hoy el color más completo y democrático desde el que mirar la vida y el mundo.

La capacidad de soñar, que va de la mano de la imaginación, es profundamente humana y, repito, muy poderosa. Lo atestigua la historia de la humanidad desde sus comienzos conocidos. La imaginación y el sueño, que van más allá de lo útil y necesario, dan origen al arte y desarrollan buena parte de la cultura, la ciencia y, en definitiva, la civilización. Es verdad que también son potencialmente peligrosos, como demuestra la historia de las formas de la violencia, pero en comparación con el desarrollo histórico de la imaginación humanizadora, la violencia imaginada no deja de ser repetitiva en su crueldad. Sucede algo parecido con el poder: sus estrategias de dominación son siempre los mismos perros con distintos collares.

He podido constatar el poco lugar que se deja a los sueños en la religión, incluso en la cristiana, en la que leer los evangelios es como pasear entre un infinito mundo de sueños. Esta coacción a la imaginación en la religión o, mejor, en las religiones nunca deja de sorprenderme. Lo religioso, que es el ámbito del Misterio y, por ello, de lo poco definido y lo que solo puede tantearse, debería ser un área humana y humanizadora de florecimiento imaginativo, pero lo que observo, en cambio, es su repetición, a veces hasta el aburrimiento, reclamada por quienes buscan, sobre todo, seguridad. Es bien sabido que la seguridad y los sueños, la repetición y la imaginación suelen ser incompatibles. Recuerdo el brinco imaginativo que dio mi generación en los ritos litúrgicos después del Concilio Vaticano II. De pronto se abrieron las compuertas a la imaginación retenida, recortada y pobre (a excepción de algunos elementos como la música). Se abrieron las compuertas a los expertos y al pueblo, que reactivó los colores de sus sueños participando, con su diversidad, en los ritos. Al poco tiempo, sin embargo, esas compuertas se volvieron a cerrar llenándose de ojos vigilantes para una vuelta a la rígida ortodoxia. No se dio lugar a vivir el proceso comenzado. Solo quedaron restos estereotipados de lo que prometía ser un desarrollo rico de algo sobre lo que ya no sabremos nada. A mí me ha gustado especialmente preparar liturgias, componer cantos sencillos, desentrañar los símbolos de siempre impregnados de una inmensa y renovada capacidad de transformación. Después de casi dos décadas, todo aquello recrudeció la pobreza de antaño, recubierta ahora de una pátina de supuesta modernidad. Y más adelante volvieron las nostalgias de un pasado idealizado y las devociones se instalaron de nuevo, hasta el día de hoy. Los sueños volvieron a su estado latente y apenas si tenemos noticias de la imaginación. Valga el rito (elemento esencial de una religión) como ejemplo de lo que fue sucediendo en la Iglesia pos-posconciliar.

Los sueños también pueden volverse contra los seres humanos. Ese es su riesgo y esa es también su libertad. Así lo he experimentado a lo largo de mi vida y así lo reconozco en los últimos veinticinco años. Los sueños pueden dejar su lugar e invadir inadecuadamente la realidad, sobre todo cuando esta resulta insoportable. En tal caso los sueños se convierten en refugios peligrosos para la vida, para el desarrollo de las personas, de los proyectos, de los grupos… El exceso puede conducir a la locura, y el defecto, al sinsentido. Los sueños son necesarios y lo es también el desarrollo de la imaginación. En una ocasión, la revista 21RS me pidió una breve sección mensual titulada «Imaginar» y, ya que tenía la posibilidad, decidí imaginar poéticamente a lo grande. Pasados algunos meses, descubrí que soñar a lo grande y de forma poética no encuentra eco, sobre todo si se trata de sueños humanistas y no científicos ni tecnológicos. Me he dado cuenta de que la imaginación llevada a los relatos de corte científico resulta creíble, por más disparatados que estos relatos parezcan. Y, ciertamente, el hecho de dar forma a la imaginación activa la capacidad humana de crear. Sucede algo parecido con la tecnología, hasta el punto de que en la mentalidad actual se ha instalado la creencia cuasi mágica de que cualquier cosa es posible. Sin embargo, no ocurre lo mismo en otras áreas de la vida, por ejemplo, en el ámbito de las humanidades. Escribí en 21RS imaginando un pueblo que no fuera masa ni tuviera miedo al poder. Imaginé un universo sin guerras, capaz de transformar los instrumentos de la violencia en instrumentos para la vida, la paz, el bienestar, la cultura, al hilo de la profecía de Isaías («de las espadas se forjarán arados, y de las lanzas, podaderas», Is 2,4). Imaginé la conciencia infinita, un organismo para la conciencia de propiedad universal del arte y la belleza, un Fondo de Alegría Internacional o FAI, un código común de comunicación… Realicé un buen ejercicio de imaginación en once artículos, un intento con el que disfruté mucho, aunque interesó más bien poco. Y descubrí que existen muchos relatos realistas y pocos relatos poético-soñadores. Un día di con la novela de Gioconda Belli El país de las mujeres, un relato divertido y de gran despliegue imaginativo en el que la autora da forma a una sociedad con la que apenas si nos atrevemos a soñar. Su lectura me devolvió la energía soñadora cuando notaba que al mejor futuro le iban ganando la partida el derrotismo y la ley de Murphy.

He tenido la fortuna de ser conducida y hasta curada por mis sueños. La capacidad de los sueños para acompañar y guiar los caminos de los seres humanos es conocida desde la Antigüedad. Los clásicos hablan de ellos, pero también algunas historias de la Biblia. Los sueños están ahí, en el fondo de lo humano inaccesible, para guiarnos, advertirnos, consolarnos, compensarnos, para echarnos una mano, en definitiva. No me refiero a los sueños premonitorios, menos frecuentes, sino a los sueños que tenemos de vez en cuando y que, si les prestamos atención, son una maravillosa compañía en la aventura de vivir. Es cierto que necesitamos descifrar su código, pero eso se puede aprender. Yo he tenido la suerte de aprenderlo para mí misma y, a la par, de enseñar a otras personas a descifrar los suyos. Es una experiencia apasionante. Mis sueños me han guiado en incontables ocasiones. Otras veces me han informado de mi situación y me han dado pistas para seguir. Nunca han suplantado la función del yo, que es quien tiene que decidir si atenderlos y buscar la forma de entenderlos y fiarse de ellos. Los sueños han de hacer un importante y esforzado recorrido hasta llegar a la superficie y hacerse accesibles al yo consciente, y reconozco que no siempre me he sentido dispuesta ni con ganas de hacer el esfuerzo, pero siempre que los he atendido lo he agradecido. Como los protagonistas bíblicos, yo también he interpretado la voz de los sueños como voz divina, voz de la divina Rûaj, de mi Sabia interior.

Esos sueños me han guiado a veces a través de verdades dolorosas que no era capaz de confesarme a mí misma y, con frecuencia, me han curado. Han sido mis sueños terapéuticos, beneficiosos. En ocasiones, han sido sueños liberadores. En otras, sueños con pistas sanadoras que el yo ha recogido agradecido para avanzar en el proceso de sanación.

He tenido en mi haber sueños hechos realidad que, a su vez, han dado lugar a otros, en un efecto dominó, y tengo un buen puñado de sueños rotos, partidos, acabados, fracasados.

He tenido sueños personales, propios, la mayor parte de ellos ligados al tiempo. Unas veces, ligados al pasado, cuando he colaborado a traerlos visiblemente al presente, y otras, apoyada en los primeros, referidos al futuro. En una y en otra dirección se han ido dibujando los proyectos. Cuando pienso y digo y escribo la palabra proyecto, a menudo me viene a la mente el Proyecto de Jesús, llamado en los evangelios Reino o Reinado de D*s. Se debe a que lo tengo grabado a fuego como un sueño potente y verosímil, a la par que un sonado fracaso. Este Proyecto es ambas cosas a la vez: éxito y fracaso. Los evangelios cuentan, cada uno a su modo, el período exultante y esperanzador del Proyecto a lo largo de la primera parte de las respectivas narraciones, una etapa en la que se iba realizando con éxito en el pueblo, con la gente, en la experiencia de los grupos que estaban con Jesús. Y esos mismos evangelios cuentan en su segunda parte el camino de caída hasta el fracaso total, cuando Jesús, su iniciador, fue abandonado por sus discípulos (excepto las mujeres), arrestado, torturado, interrogado, condenado y ejecutado. Y, como resistencia pertinaz del sueño, la puerta abierta de los nuevos comienzos, la Resurrección, donde vuelve a empezar todo con un Jesús en un modo de vida distinto al narrativo e histórico. Y es que, como es sabido, los fracasos nunca pudieron del todo con los sueños. Las mujeres y los hombres del grupo de Jesús, al recuperarlo a él, recuperaron su sueño y su Proyecto, y esta contemporaneidad de éxito y fracaso del gran sueño del Evangelio se ha ido repitiendo a lo largo de los siglos.

Al mirar mi historia y la historia de la humanidad, me digo que es verdad, que se cumple ese sueño, pero no pierdo de vista que el fracaso es fracaso como la pérdida es pérdida, y que lo que se recupera en la Pascua es otra cosa. A Jesús lo mataron de verdad. Lo que él comenzó en su tiempo y lugar fracasó. Y en lo que a mí respecta, mis fracasos y pérdidas son irreversibles. Por ejemplo, no he vuelto a enseñar en una universidad de la Iglesia católica ni he sido requerida por muchas de sus instituciones, y los años de sospecha y de condena han pesado lo suyo y han hecho de mí una parte de lo que soy. Lo que vino después fue muy bueno y no ceso de agradecerlo, pero es otra cosa y originó otros sueños. Los de entonces se perdieron, fracasaron. Es lo que la física llama la flecha del tiempo, la irreversibilidad. Y eso también sucede a diario en la vida de muchas personas, en los proyectos familiares y sociales, en la política. Son las oportunidades irremediablemente perdidas. Miro a mi institución religiosa y me doy cuenta de todo lo que se ha perdido irremisiblemente. De algunas cosas, ya hice duelo en su momento, pero otras son pertinaces y buscan reaparecer, pese a que sé que no es posible, aunque vengan otras cosas que potencialmente sean, incluso, mejores.

Escucho a mujeres y hombres hablar, por ejemplo, de aquellos proyectos existenciales que concretaron sus sueños iniciales: ese matrimonio o pareja que comenzaba con el amor y la pasión recién estrenados, con una familia creciente y unos trabajos llenos de promesas. Y escucho, luego, sus fracasos de pareja, la separación o el divorcio, la lucha por la custodia de las hijas e hijos, la pérdida del trabajo… y la tremenda sensación de fracaso. Con el paso del tiempo, en el mejor de los casos, cada cual rehace su vida, reorganiza la familia, da estabilidad a los hijos, cambia de trabajo, adquiere madurez y sabiduría y experimenta una nueva plenitud. Es un reinicio, pero el fracaso del proyecto primero no tiene vuelta atrás. Es tan irreversible como una muerte. En otros casos, los fracasos se engarzan entre sí en una cadena que acaba con las posibilidades de vivir dignamente. Y así tantos otros ejemplos en tantas esferas de la vida. Lo escucho en los encuentros con mis amigas, muchas en la década de los cincuenta y sesenta años.