Princesa de incognito - Christine Flynn - E-Book
SONDERANGEBOT

Princesa de incognito E-Book

Christine Flynn

0,0
1,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 1,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Aquel hombre era tan duro y salvaje como el propio Oeste. El aislado rancho de Montana parecía el lugar perfecto para que la princesa Sophie Saxe pudiera refugiarse del acoso de los paparazzi. Ella creía que había encontrado la paz allí, hasta que descubrió que se estaba enamorando de un hombre distinto a cualquiera de los que ella había conocido en su mundo de lujo y apariencias. Pero el hogar de Carter McLeod estaba bajo aquel enorme cielo azul, junto a la adorable niña a la que estaba criando él solo, mientras que el de Sophie estaba en la corte real de Europa. Ella sabía que un futuro con Carter era imposible. Sin embargo, iba a comprobar que aquel cowboy tan sexy y testarudo siempre conseguía a la mujer que deseaba.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 232

Veröffentlichungsjahr: 2019

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



 

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2009 Christine Flynn

© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Princesa de incognito, n.º 1816- septiembre 2019

Título original: The Rancher & the Reluctant Princess

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1328-403-3

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

SOPHIE Saxe-Savoyard había metido la pata. Realmente.

Cierto, le había aburrido pronunciar el discurso de siempre: Por la gloria de la reina y de la patria, en una más de las numerosas ceremonias de inauguración que le tocaba presidir. Pero eso no excusaba lo que había hecho.

Con el recuerdo atormentándola, escuchó el cambio en los motores del jet privado conforme aterrizaba. Ella sabía que debería haberse mordido la lengua, sonreído y respondido algo que la Casa Real aprobara. Pero había bajado la guardia, y la frustración que normalmente reprimía por tener que guardarse sus opiniones para sí misma había aflorado ante la pregunta del único periodista: qué le parecía que se plantara un nuevo jardín en aquella glorieta. Sophie había respondido con sinceridad, diciendo que no entendía por qué se usaban unas flores importadas cuando las de Valdovia eran mucho más bonitas, sin imaginarse que eso le supondría una llamada al orden. Y nada menos que por parte de su abuela, la reina de Valdovia.

Su Majestad se había apresurado a informarle de que las flores habían sido un regalo de Luzandria el año pasado, que el comentario de Sophie había supuesto un insulto para su embajador y que casi había destruido las delicadísimas y lucrativas relaciones comerciales entre Valdovia y la otra pequeña nación europea.

A Sophie nadie le había informado de antemano de que las flores habían sido un regalo. Ni siquiera sabía que los dos países se hallaban en plenas negociaciones. Al contrario que su madre, la princesa heredera, y que su hermano mayor, que algún día sería príncipe heredero, ella se encontraba muy lejos en la línea de sucesión, tras sus cuatro hermanos y sus correspondientes hijos; así que ella no tenía conocimiento de los asuntos de importancia nacional, ni de sus detalles. Su trabajo consistía en figurar en los eventos que no se consideraban suficientemente importantes como para que acudieran quienes la precedían en importancia Real.

Tras su poco afortunado comentario, su asistencia a esos eventos había sido cancelada. Sobre todo, la inauguración de un centro hípico y su sesión semanal de lectura en la Real Biblioteca Infantil. La reina había aceptado las sinceras disculpas de Sophie, pero había dispuesto que se alejara de la vida pública. Al enterarse del enfado del embajador, más de una docena de medios de comunicación europeos habían solicitado a la Casa Real una entrevista con Sophie, por lo cual se había decidido que evitara los micrófonos durante un tiempo. Especialmente, dado que la prensa había buceado en sus errores del pasado y estaba recordando de nuevo su desafortunado gusto en cuanto a pretendientes. Los consejeros de su abuela habían convenido que lo mejor era que Sophie se marchara a un lugar donde ningún periodista la sometiera al riesgo de una nueva situación comprometida, para ella o para la economía de la nación. Todos habían coincidido en que un lugar en otro continente sería mejor. Y por eso ella acababa de aterrizar en una polvorienta pista en mitad de ninguna parte, Montana, Estados Unidos.

El piloto de su tío estadounidense salió de la cabina. El copiloto reunió el equipaje de Sophie. Los dos eran hombres de confianza, con muchos años al servicio de su tío.

—Aquélla es la casa del señor Mabry —le explicó el piloto sobre las vistas de la ventanilla—. En aquella elevación.

El cielo plomizo amenazaba lluvia. Bajo él, verdes praderas se extendían hasta escarpadas montañas nevadas. La única estructura visible, una construcción espectacular de vidrio y madera, pertenecía a los tíos de Sophie, Brianna y Matthew Mabry. Tía Bree, la hermana pequeña de la madre de Sophie, también había provocado cierto revuelo al romper su compromiso con un duque para casarse con aquel actor estadounidense, rico y ya jubilado, convertido en filántropo. Su tía le había advertido de que aquella residencia de verano estaba alejada de todo, y que las comodidades y el personal que poseía no se podía comparar con lo que ella acostumbraba en el palacio real de Valdovia.

Con lo encerrada y controlada que se había sentido Sophie en los últimos tiempos, le había asegurado a su tía que no le importaba desaparecer en los vastos paisajes de Montana. Lo que no le había confesado era el alivio que suponía alejarse durante un tiempo de la opresiva formalidad del palacio. A veces la enervaba el hecho de tener tanta gente alrededor desviviéndose por hacer cosas que fácilmente podía llevar a cabo ella misma.

Estaba pensando vagamente que no le importaría escapar de su vida cuando divisó una camioneta plateada acercándose a la pista privada de aterrizaje.

—Aquél debe de ser su transporte —comentó el piloto, alabando la puntualidad del conductor.

Sophie volvió a sentir ganas de escapar tras agradecer la ayuda a los dos hombres e insistir educadamente en que podía llevar su equipaje ella misma. Sin embargo, para cuando descendió las escalerillas del avión con una maleta en cada mano y su enorme bolso a la espalda, su idea de liberación permanente se había esfumado.

Ella era consciente de que su insatisfacción provenía de mortificarse por haber avergonzado a su abuela, su madre y su país. Sin contar con aquel tiempo de aislamiento, no le cabía duda de que en el futuro volvería a vivir bajo los mismos rígidos parámetros que en el pasado.

Al pisar tierra, se dirigió hacia la camioneta que la estaba esperando. Una ráfaga de viento helado lanzó las puntas de su cola de caballo contra su mejilla. Ella, resignada a cada paso, dejó que el viento las retirara de nuevo. Cuando la requirieran, regresaría a su casa, se ceñiría a las respuestas «correctas» siempre que estuviera en público, y tal vez también en privado, por si acaso; y pasado el tiempo formaría parte de un matrimonio tan sujeto a sus deberes como el que habían conformado sus padres durante cuarenta años. Ella no tenía reparos en casarse. El problema era que quería un hombre que la amara a ella, no a su título ni a su sangre Real. Al menos, al casarse con un duque o príncipe de los recomendados por la Casa Real, sabían que ninguno de los dos trataba de aprovecharse del otro.

Daría lo que fuera por experimentar, aunque fuera sólo una vez, lo que suponía vivir como una mujer normal de casi veintinueve años cuya sangre sólo importaba en caso de transfusión.

Acababa de pensar eso cuando elevó la cabeza y casi se desmayó.

Tía Bree le había informado de que iría a recogerla el guarda de su parcela, un hombre ya maduro de altura normal y pelo canoso llamado Dave Bauer. Pero el metro noventa de músculos y testosterona en ropa vaquera y chubasquero que estaba bajándose de la camioneta no podía ser aquel hombre. No tenía nada de «normal», con sus anchos hombros, sus rasgos marcados bajo el ala de su sombrero y su paso enérgico hasta llegar junto a ella.

Bloqueándole la vista con su imponente torso, el hombre se tocó el sombrero vaquero.

—Buenos días, señorita.

Ante el sonido grave y rico de aquella voz, Sophie elevó la vista. Advirtió cierta sombra de barba a pesar del reciente afeitado. Y una pequeña cicatriz que adornaba la esquina de aquella boca decididamente sensual.

Los impenetrables ojos grises de él se apartaron de los de ella para admirar su cuerpo. Sophie contuvo el aliento y, terminado el examen, sintió que él había descartado cualquier interés por ella cuando alargó su mano grande y endurecida por el trabajo manual.

Años de entrenamiento enmascararon las dudas de Sophie al extender su mano, con la palma hacia abajo, esperando el saludo y la reverencia acostumbrados.

—¿Éste es todo su equipaje? —preguntó él agarrando las maletas que ella acababa de soltar.

Él quería su equipaje.

Desconcertada porque él no había cumplido la formalidad del saludo, y sintiéndose extrañamente incómoda, Sophie cerró la mano.

—Sí, es todo.

—Vayámonos entonces.

Sophie no se movió. A los ricos y los de sangre Real, incluso los de poca importancia como ella, se los educaba de manera que fueran conscientes de su seguridad personal. Cuando lo convenido cambiaba sin ningún aviso, saltaban las alertas.

—Pero usted no es el señor Bauer.

—Me llamo Carter McLeod.

—Yo esperaba al señor Bauer.

—Lo sé, señorita, pero Dave no ha podido venir —respondió él con aparente prisa—. Su esposa me ha pedido que viniera a buscarla yo.

Carter miró hacia el jet privado sobre la pista de aterrizaje que él compartía con los Mabry y saludó con una inclinación de cabeza al piloto al que había ayudado el año anterior a reparar un problema mecánico del avión. El piloto, reconociéndole como un amigo de su patrón, lo saludó con la mano y recogió las escalerillas del avión.

Carter se centró de nuevo en la pasajera. No sabría decir si lo que había percibido en la voz de ella era una acusación o más bien intranquilidad. Lo que había notado sin duda era su acento algo diferente a la hora de hablar.

Con demasiada prisa como para detenerse a reflexionar sobre aquello, Carter miró de la mujer con estrechos pantalones negros y chaqueta de tweed gris a la furgoneta aparcada junto a la pista de aterrizaje.

—Si esto es todo lo que tiene, metámonos en el coche —dijo él, y señaló el cielo con la barbilla—. Esas nubes están a punto de descargar.

Carter comenzó a caminar con el equipaje de diseño, esperando que ella lo siguiera. A él le parecía una tontería anunciar las marcas de otras personas. Para él, una marca servía para identificar las pertenencias de una persona: ganado, equipamiento… Pero, según parecía, confiar en las iniciales de otra persona para que lo representaran a uno impresionaba a cierta gente. Él no lo comprendía, pero su ex mujer desde luego que sí.

Frunció el ceño al recordar su pasado no tan lejano, mientras cargaba el equipaje en la furgoneta. La puerta trasera al cerrarse sonó como un disparo.

La mujer no se había movido. Seguía parada donde él la había dejado, con las manos entrelazadas delante de ella. Él pensó en azuzarla, pero no quería ser maleducado.

La cola de caballo larga y brillante de la mujer se balanceó conforme ella se giró para comprobar que el avión no se había movido.

Jenny Bauer le había llamado con urgencia, recordó Carter. No le había dicho quién era aquella mujer, aparte de una invitada del matrimonio. Tan preocupada y alterada como estaba, Jenny se había ahorrado muchos detalles.

Él no tenía tiempo para aquello. De veras.

Suspirando para sí, desanduvo el camino que acababa de cubrir. Aquella invitada de los Mabry no se parecía a los famosos del ilustre círculo íntimo de Matthew. Tampoco Carter conocía a los componentes de ese círculo, sólo había visto a alguno que se había equivocado de camino y había terminado en su rancho Mother Lode. En realidad, él sólo conocía a Matt. Y sólo porque era un hombre al que respetaba por lo que había hecho para evitar que la fiebre urbanizadora invadiera el terreno de ciento treinta mil hectáreas de Carter. Al contrario que algunos de sus trabajadores, él no tenía ningún interés en las privilegiadas vidas de los ricos y famosos, y prestaba poca atención al revuelo que se generaba en el pueblo cada vez que los Mabry o sus invitados lo visitaban. Todo lo que él sabía, por lo que había oído, era que la mayoría de las invitadas solían ser mujeres bellas, sofisticadas y estilosas, siempre acompañadas por personal a su servicio.

Aquella mujer era estilosa, aunque más bien sobria. Y tenía cierto atractivo, aunque a él le parecía más bonita que bella, y como si ella no fuera muy consciente de eso. Dado que había llegado sola, Carter supuso que sería parte del personal de los Mabry o de algún invitado suyo. Tal vez era una asistente personal de avanzadilla para asegurarse de que todo estaba en orden. Aquella mujer tenía un decidido aire de profesionalidad. O quizás se debía a la educación que había recibido. Quienquiera que fuera, estaba claro que no sabía mucho del campo. Si lo hiciera, se habría metido ya en el coche, antes de que la lluvia estropeara su carísima chaqueta.

O eso es lo que él estaba pensando cuando se detuvo frente a ella.

—¿Trabaja usted para los Mabry? —preguntó ella con expresión cauta.

—Soy vecino suyo —respondió él aplacando sus prisas.

Debía solucionar su propia emergencia, que se había producido justo antes de que accediera a ayudar a los Bauer. Su único interés en aquel momento era conseguir que aquella mujer se subiera en la furgoneta para poder él regresar a su rancho cuanto antes, se dijo deteniendo la mirada en la boca carnosa y sin maquillaje de ella.

Carter sintió sus hormonas en funcionamiento.

Ignorando la inesperada sensación, dio un paso hacia la mujer.

—Soy el dueño del rancho vecino a su propiedad. Dave está en el hospital. Tuvo un ataque al corazón anoche —informó él, más bruscamente de lo que le hubiera gustado, si ella le hubiera permitido darle la noticia.

La tomó del codo y la condujo hacia el asiento del copiloto.

—Jenny me telefoneó al acordarse de que hoy llegaba su invitada y me pidió que viniera a recogerla —añadió, intentando ignorar la sensación del fino brazo de ella bajo aquella lana suave—. Y ahora, si no le importa, realmente tenemos que ponernos en marcha.

Ella, que marchaba casi corriendo a su lado, lo miró.

—¿Se pondrá bien?

Carter abrió la puerta del copiloto y la miró. Incluso con aquellas botas de quince centímetros de tacón, ella apenas le alcanzaba a él a la altura de los hombros. Sus ojos castaños tenían vetas doradas, advirtió él al ver cómo la preocupación en aquellas hermosas profundidades le hacía fruncir levemente el ceño.

—Es demasiado pronto para saberlo —contestó él.

—¿Cuándo lo sabrá?

Suave. Aquella boca al natural resultaba increíblemente suave, pensó él, antes de obligarse a apartar la vista.

—Jenny me ha dicho que me llamaría después —respondió con cierta tensión en la voz.

—¿El hospital está cerca?

—¿Podemos tener esta conversación dentro del coche?

Él ya se sentía suficientemente frustrado, lo último que necesitaba era que le recordaran el tiempo que hacía que no saboreaba la boca de una mujer, o que sentía su cuerpo moverse junto a él. Él era un hombre normal y viril, con las necesidades de todo hombre normal y viril. No quería tener en cuenta el hecho de que en los dos últimos años esas necesidades habían estado muy desatendidas. Sobre todo, porque no había tenido intención de atenderlas. Y menos lo haría con aquella urbanita tan diferente al tipo de mujer que solía atraerle, en el caso de que estuviera buscando una mujer.

¿Por qué estaba perdiendo el tiempo con esos pensamientos?, se preguntó frustrado, e hizo ademán de ayudarla a subir.

Antes de que pudiera hacerlo, ella murmuró un «por supuesto» como si fuera lo más evidente del mundo y se subió a la furgoneta mucho más hábilmente de lo que él había esperado, teniendo en cuenta la altura del coche y los tacones de ella.

Sólo tenía que llevarla a su destino, se recordó Carter antes de quitarse su querido Stetson para que no se abollara con el techo y sentarse en el asiento del conductor. Colocó el sombrero entre ellos dos y encendió el motor.

—Lo han evacuado por aire a Missoula —anunció él, retomando la conversación—. Desde allí me ha llamado Jenny.

Ella parecía fascinada por el sombrero.

—¿Está lejos? —preguntó, observando la marca del sombrero en el cabello de él.

—A unos cuatrocientos kilómetros.

Carter no mencionó lo preocupado que estaba por el hombre, ni por su necesidad de encontrar qué hacer con su propia hija. Jenny había cuidado de su pequeña y tímida Hanna desde que su empleada de hogar se había marchado hacía dos semanas. En aquel momento, Hanna estaba con Kate Swenson, esposa del capataz de su rancho y cocinera a tiempo parcial, además de madraza, de la docena de hombres que se necesitaban en el rancho en aquella época del año. Ese día, Kate debía llevar la comida a sus hombres al campo antes de tener que marcharse a su empleo de por la tarde en el supermercado. Era la época de marcar a las reses, y todos los trabajadores estaban repartidos fuera para reunir a los terneros y a sus madres. El clima en mayo solía ser desastroso. La lluvia que había amainado por la mañana podía regresar como aguanieve por la tarde.

La mujer a su lado cambió de postura y entrelazó las manos educadamente en su regazo. Su aroma llegó hasta él: fresco, ligero y, al igual que aquella mujer, inesperadamente excitante.

Con la determinación de un hombre acostumbrado a negarse distracciones, Carter mantuvo la atención en la carretera.

Sophie, sintiéndose totalmente fuera de su elemento, observó a aquel hombre apretar la mandíbula y apartó la mirada rápidamente de sus marcados rasgos.

No estaba segura de qué pensar de aquel acompañante tan atractivo. Él era más… agreste y menos comunicativo que los hombres refinados con los que ella había tratado la mayor parte de su vida. Ella conocía a hombres poderosos. Algunos habían nacido para ello. Otros se lo habían ganado ascendiendo en el gobierno, los negocios o el ejército. Pero ninguno de ellos poseía la cruda masculinidad que irradiaba aquel hombre. Hasta su voz, grave y seductora, la hacía estremecerse.

La tensión irradiaba de aquel enorme cuerpo como si fuera calor. Decidida a ignorar la extraña manera en que su propio cuerpo parecía absorber esa tensión, Sophie se concentró en exhalar la ansiedad que había sentido al verlo por primera vez.

La Casa Real había decidido que el guardia real que la había acompañado desde Valdovia regresara en cuanto ella hubiera llegado a la casa de sus tíos al norte de San Francisco. Dado que ella no era especialmente glamurosa ni tampoco escandalosa en su vida pública, nunca había despertado el interés de los medios de comunicación estadounidenses ni de su público. Sólo los Bauer, que contaban con la confianza plena de sus tíos, los Mabry, sabían que ella era una princesa. Por eso se había decidido que no era necesario que la acompañara un guardaespaldas en aquel lugar tan remoto y poco poblado. Según había advertido su tía, un guardián sólo llamaría la atención sobre ella. Y ya que ella tendría que permanecer en la finca, los Bauer le proveerían de todo lo que necesitara.

Cada vez más convencida de que no estaba siendo secuestrada para obtener un rescate o una reivindicación política, lo cual siempre era una posibilidad, trasladó su preocupación al hombre cuya salud estaba en juego.

—¿Se pondrá bien el señor Bauer?

A juzgar por la inmediatez de la respuesta, su acompañante debía de estar pensando también en el hombre.

—Jenny dice que las cosas podrían resultar en cualquiera de los dos sentidos.

—¿Tienen hijos?

—Un par de hijas ya mayores.

—¿Viven aquí?

Él tenía la mirada fija en la carretera de dos carriles que se extendía sin una sola curva hasta lo que parecía el infinito. El sonido del motor se fundía con el de la calefacción.

—En el norte.

Eso podía significar Canadá, pensó Sophie. Esperó, con el corazón acelerado, a que él ofreciera algún comentario más sobre la pareja que su tía había descrito como «la sal de la tierra».

Pero él no dijo nada más.

—Es evidente que he llegado en un momento ajetreado —comentó ella, sin ir más allá para no entrometerse, pero sin poder ignorar el asunto—. ¿Hay algo que pueda hacer para ayudar?

La inesperada oferta logró que por fin Carter se girara hacia ella. Se le ocurrían multitud de cosas que un par de manos extra podían hacer, pero las de ella eran demasiado suaves y cuidadas como para serle útiles a él. Además, por lo que había notado al llevarla del brazo, ella apenas tendía fuerza para recoger heno, mucho menos para mover balas. Su sutil aire refinado también parecía indicar que cualquier habilidad culinaria que tuviera no se acercaba a preparar litros de café y ollas de guisos para vaqueros hambrientos. Tal vez tenía cierto potencial para ser niñera, pero descontando que ella le parecía más formal de lo que él querría en una niñera, tampoco iba a dejar a su pequeña al cuidado de una extraña.

Ni siquiera aunque su mirada cauta no ocultara su naturaleza innegablemente amable, y pareciera verdaderamente preocupada.

Además, ella tampoco se había ofrecido a ayudarlo a él, se dijo Carter, sino a los Bauer.

—No sé si tendrán algo para usted… a menos que quiera limpiar establos y alimentar a sus caballos —comentó, aunque dudaba de que ella poseyera las habilidades ni el interés para ninguna de las dos cosas.

—Jenny me ha pedido que la lleve al hotel que su hermana regenta en Eagle Prairie. Está a unos treinta kilómetros de aquí.

La cafetería y el bar del pueblo no encajarían con los lugares elegantes a los que ella debía de estar acostumbrada, pensó Carter. Algunas tiendas de ropa y restaurantes habían surgido para atender a los ricos que estaban urbanizando todo por allí, pero él nunca había puesto el pie en ninguna. Los únicos lugares que visitaba con regularidad eran el supermercado, la oficina postal y la barbería. Lugar al que tenía que ir dentro de poco, por cierto.

—La llevaré allí después de parar un momento en el rancho. Tengo un problema con un ternero —anunció él.

El antibiótico que había recogido de la clínica veterinaria no iba a ayudar al animal si seguía en su envase.

—Cuanto antes reciba la medicación, antes se curará —añadió.

Al oírle mencionar los caballos de su tío, Sophie había querido decirle que, ciertamente, podía ayudar con ellos. Si había algo de lo que ella supiera, era de caballos. O de cómo montarlos al menos. Nunca había limpiado un box. Pero el cambio de conversación le hizo olvidarse de su oferta.

Sophie le deseó que el ternero se recuperara. Intentó no sonar tan alarmada por el cambio como realmente se sentía.

—¿Por qué va a llevarme a ese hotel en lugar de a la casa de los Mabry?

—Porque en la casa no hay nadie.

—Pero eso no es lo que estaba previsto. Debe de haber alguien en la propiedad. ¿Quién se ocupa del cuidado de los caballos?

—Lo hacía Dave. Jenny dice que el corazón se le detuvo cuando estaba repartiéndoles la avena. Mandaré allí a uno de mis hombres para comprobar que tienen agua y comida —murmuró él más para sí que para Sophie—. O los alojaré en mi rancho.

Aparte de por poder escapar al escrutinio de su vida como miembro de la realeza, los caballos eran una de las razones por las cuales Sophie había deseado aquel exilio. Le encantaba estar con aquellos animales. Le encantaba montar.

—¿Quién ha decidido que yo debería ir a ese hotel? —preguntó, viendo cómo esas posibilidades comenzaban a esfumarse.

La gravedad que endurecía los rasgos de Carter se coló en su voz.

—Jenny. Le pareció que los Mabry no querrían que usted estuviera allí sola. Es una casa muy grande.

Por la defensa que aquel hombre estaba haciendo de su vecina, era evidente que creía que ella agradecería la consideración de la mujer. Sophie sí que le estaba agradecida. La señora Bauer tenía asuntos mucho más importantes que atender que el estar pendiente de ella. Lo que ocurría era que no quería tener que enseñar su documentación al registrarse en el hotel. El único documento de identidad que llevaba encima era su pasaporte y el carné de conducir valdoviano. En cuanto lo enseñara, desvelaría que ella no era ciudadana estadounidense. Tendría entonces que enseñar su pasaporte… con los sellos que la identificaban como miembro de la Familia Real y le conferían inmunidad diplomática en caso de que la necesitara.

Su deber era no llamar la atención de ninguna manera. Estaba allí para ocultarse durante un tiempo. En un pueblo no podría ocultarse, especialmente en uno tan pequeño, a juzgar por lo que su tía contaba, que cualquier nuevo habitante sería reconocido y comentado al instante.

Lo último que ella quería era que su nombre se filtrara y algún intrépido reportero escribiera que había sido desterrada. La versión oficial era que estaba de vacaciones en un lugar de los Alpes, esquiando. Seguramente en aquel momento los paparazzi y periodistas recorrían congelados desde Alta Badia a Zermatt intentando captar su fallo más reciente.

Necesitaba más información, así que iba a preguntar cómo podía contactar con la señora Bauer para saber qué había dispuesto exactamente, cuando una radio bajo el salpicadero pitó.

Antes de que ella pudiera decir nada, el hombre a su lado contestó a través del micrófono con un sucinto «Carter. Cambio». Aparentemente aliviado por la interrupción, él desvió su atención de ella a la llamada. Lo cual permitió a Sophie pelearse con la limitación de no poder explicarle su situación a aquel hombre cautivador que, por otro lado, no parecía interesado en escucharla.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

AÑOS de práctica permitían a Sophie mostrarse calmada en apariencia aunque por dentro estuviera totalmente descolocada. Ella nunca alcanzaría la serenidad de Su Majestad, ni de su madre o sus hermanas mayores. Siempre había sido demasiado inquieta para eso. Sin embargo, sí que había aprendido a enmascarar su ansiedad tras una estudiada compostura. O era lo que intentaba. Después de todo, tal y como se lo recordaban a todas horas, lo que ella decía, hacía y cómo lo hacía se reflejaba directamente en la Corona.

Sintiendo esa presión en aquellos momentos, entrelazó más fuertemente las manos en su regazo. El cambio sobre el plan previsto podía dar origen a un problema, pero hasta que Carter McLeod la dejara en el hotel, ella tenía tiempo para encontrar una alternativa.