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Tanto el psicoanálisis como la espiritualidad se adentran en un espacio sagrado: el interior del ser humano. Ambas son una forma de contemplación. En estas páginas, Roberto Longhi comparte su experiencia psicoanalítica y señala sugerentes afinidades entre las sesiones de psicoanálisis y la meditación, y va integrando diversas polaridades: dos sujetos (yo y no-yo), dos mediaciones (palabra y silencio), dos estados (plenitud y vacío). Todo ello no lo hace de una forma sistemática, sino que va apareciendo, como las flores silvestres que uno va encontrando a medida que recorre un paisaje lleno de sutiles ondulaciones. Sin embargo, lo que al principio es una simultaneidad, poco a poco se convierte en una progresión. Si bien al comienzo psicoanálisis y meditación están en una relación de complementariedad y simultaneidad, acaba produciéndose una traslación: del psicoanálisis a lo espiritual. Una lectura indispensable para comprender e implicarse con sus saberes, de manera activa y solidaria, en la coyuntura sociohistórica que estamos atravesando.
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Seitenzahl: 195
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Roberto Longhi Tartaglia
Psicoanálisis y espiritualidad
Del diván a la meditación
Herder
Diseño de la cubierta: Gabriel Nunes
Edición digital: Martín Molinero
© 2021, Roberto Longhi Tartaglia
© 2022, Herder Editorial, S. L., Barcelona
ISBN digital: 978-84-254-4747-1
1.ª ed. digital, 2022
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Herder
www.herdereditorial.com
A mis padres, Tito e Hilda, Hilda y Tito.
Porque me criaron con Amor.
Al hijo, Joaquín.
Porque trajo nuevas preguntas y respuestas.
A Lola. Mi compañera de viaje. Luz de donde el sol la toma.
De quien aprendí, no solo el Amor a los animales, sino a diferenciar Amor de enamoramiento. Gracias.
A mis hermanos elegidos, mis amigos, esa música imprescindible.
Agradecimientos
Prólogo. Integrando psyche y pneuma (por Javier Melloni)
Introducción
1. Zonas de silencio. Llegar a la música
2. Entre Pedro y Jesús. Entre Edipo y Tiresias. Entre lo inmanente y lo trascendente
3. Nacemos tres veces
4. Buscando la fuente
5. Y entonces respiro
6. Travesía por el purgatorio
7. Deseo y no-deseo
8. Pensamiento y ebanistería
9. Llegar a la compasión
10. Otra sed
11. Elogio de la quietud
Epílogo. Un terapeuta nos invita a visitar su taller, su oficio, sus emociones y cosmovisiones (por Héctor Fiorini)
Bibliografía
Notas
Información adicional
Nos dice Josep María Esquirol en su libro Humano, más humano:
La hipertrofia del nombre propio refleja egolatría, afán de dominio, engreimiento y una visión del mundo bajo el prisma del poder. Entonces, sí, como reacción, conviene no solo la alabanza de la humildad, sino la autoría del nosotros, de la obra colectiva y, aún más, del anonimato.
Así, reivindico este libro como una creación de un nosotros muy amplio, como una obra coral, colectiva, como toda creación simbólica.
Las citas se reproducen de manera informal, las fuentes pueden encontrarse en las referencias bibliográficas al final del libro. He intentado facilitar al lector —dado que este no es un libro académico— que transite el sendero de la lectura sin sobresaltos.
Agradezco muy especialmente al grupo del seminario con el que durante más de cinco años nos reunimos en ACIPPIA1 para entrecruzar el cuerpo de las teorías psicoanalíticas con el espíritu de los textos de las principales tradiciones espirituales, y donde nació gran parte de este libro. Pilar Moraleda, que con Amor transcribió la mayoría de las sesiones de trabajo, por ese Amor, gracias; y por las transcripciones, también, Ana Abello, sin la cual no puedo pensar; Antía Revenga, la alegría espiritual del grupo; Rosa García, por sus preguntas que eran puertas que se abrían, como líneas de fuga creativas hacia lo incierto; Silvia Stretti, el silencio que siente y curiosea; Carmen Bambalere, el perfume poético del grupo; María Calvente, el corazón, la transparencia; Margarita Sastre, el pensamiento hecho belleza. Como se puede ver, bendito era entre todas las mujeres y bendito el vientre que hizo nacer estos relatos.
Mi agradecimiento a Joaquín, el hijo, sin el cual estos textos no hubieran sido posibles, sin sus aportaciones a la edición, el estilo, o el ordenamiento de ciertas ideas, por haber separado con acertado criterio la paja del trigo, y haberme ayudado a seleccionar estas espigas para que sigan germinando en los posibles lectores.
Mi agradecimiento a Lola, mi compañera, amiga, compinche vital, mi más lúcido silencio, por estar aquí, siempre cerca en mi vida. Encontrarte en mi noche fue fundamental en mi camino a la Luz.
Gracias a Tuni, Nube, Grisito y Dalí, nuestros gatos, que ya no están, compañeros de viaje y sabiduría, gracias a Whisky, Gala, Trufa —la maña—, Gandhi, que siguen junto a nosotros. Gracias a nuestros perros apadrinados de ANAA, a nuestros ahijados primates de Rainfer —centro de recuperación de primates—, a nuestros caballos de Winston y a todos nuestros ahijados del santuario Vegan, así como a nuestras palomas del santuario La Voz Animal, gracias a todos esos animales y, sobre todo, a sus cuidadores-rescatadores de sus almas rotas, que me hicieron sentir en lo más íntimo qué es Amar cuando uno vislumbra la no-dualidad del mundo.
Muy especialmente, mi agradecimiento al Dr. Héctor Fiorini por su hermoso epílogo y porque muy tempranamente me hizo comprender qué es el Alma, y por lo tanto comprender qué significaba la práctica del psicoanálisis.
A Pablo D’Ors, que me hizo comprender el sentido de la sed, esa que nos hace encontrar la fuente en la noche, y por ayudarme a vislumbrarla.
Al maestro Javier Melloni, Amigo del desierto, qué puedo decir de él después de ese prólogo que me regaló, lleno de saber, generosidad y Amor, porque él es saber, generosidad y Amor.
Gracias a todos, por todo, y como suele decir Pablo D’Ors: «¡Viva la madre que nos parió!».
Integrando psyche y pneuma
por Javier Melloni
Estamos ante un libro no solo oportuno, sino necesario. Una obra así no aparece cuando su autor quiere, sino que se da a luz en el momento adecuado, después de haber sido gestado lentamente, no solo en el interior de esa persona, sino de toda una época, de manera que es un fruto propicio no solo para el autor, sino también para quienes lo van a leer. En estas páginas se halla reflejado el recorrido de toda una generación, más aún si su origen lo situamos en Argentina. Pero no solo allí, porque cada vez más todos los países están en los demás países y se está produciendo el mismo cambio de paradigma en todo el planeta. Además, el autor ya hace años que reside en España y durante este tiempo ha seguido madurando su comprensión. En verdad, lo que produce las verdaderas transformaciones no depende de estar en un sitio u otro, sino de estar consigo mismo, abierto a la escucha y al aprendizaje continuo.
Estas páginas no surgen, pues, de la voluntad, sino de la atención a un proceso integral que es tanto interior como exterior, ya que recoge el desarrollo epocal actual. Está escrito con gran fluidez y lucidez, con el arte de la palabra argentina de raíces italianas y con el rigor propio de un psicoanalista que conoce bien su campo y los múltiples modos de cultivarlo, integrando retazos de su propia vida y ejemplos concretos de su experiencia psicoanalítica. El autor comparte con mucha honestidad el fruto de un largo camino en este terreno, tanto por haber sido primero paciente como por haber ejercido después de terapeuta durante más de treinta años. No en vano puede decir bellamente: «Ser psicoanalista es ser poeta y es ser artista porque alejamos la muerte de la vida».
La gran aportación de este libro consiste en mostrar la integración de dos campos (psyche y pneuma) que hasta hace pocas décadas habían estado en oposición, y que siguen estándolo en algunos sectores. La traslación vivida por el autor le permite comprender no solo la complementariedad, sino la semejanza entre ambos accesos a la profundidad del ser humano. Así mismo, es tiempo de conjuntar la sabiduría de Occidente con la de Oriente: la asunción y el conocimiento del yo hasta sus raíces inconscientes, para luego ir más allá de él. El yo no puede ser trascendido si antes no ha sido asumido, porque entonces es rehuirlo. El no-yo que va más allá del yo tiene que pasar previamente por el pleno abrazo al primer yo. Se trata de la indeclinable tarea de reconocer la individuación que nos ha sido confiada y reconciliarnos con ella. Nadie puede ser nosotros en nuestro lugar, a la vez que estamos llamados a desprendernos de ese yo que hemos asumido.
A lo largo de toda la obra, Roberto Longhi señala sugerentes afinidades entre las sesiones psicoanalíticas y la meditación, y va integrando diversas polaridades: dos sujetos (yo y no-yo), dos mediaciones (palabra y silencio), dos estados (plenitud y vacío). Todo ello no lo hace de una forma sistemática, sino que va apareciendo como las flores silvestres que uno va encontrando a medida que recorre un paisaje lleno de sutiles ondulaciones.
Me permito presentar aquí los rasgos que más me han llamado la atención tras la lectura atenta que he hecho para preparar este prólogo.
El primero de ellos consiste en caer en la cuenta de que tanto el psicoanálisis como la espiritualidad se adentran en un espacio sagrado: el interior del ser humano. Ambas son una forma de contemplación. De ahí se desprende una de las luminosas frases que aparecen en este libro: en ambos acercamientos, «nada de lo que diga será juzgado, porque juzgar nos separa». Esta simple y concisa afirmación es la condición de posibilidad para todo lo que venga después.
La experiencia del soltar para poder trascender es también común a las dos disciplinas. Ambos caminos son maestros del desprendimiento y del despojo.
En ambas aproximaciones es indispensable el acompañamiento, descubriendo y sanando la herida por medio del ejercicio de la escucha sagrada. Para ello es indispensable el silencio. Tanto en el diván como en el zafu (el cojín que se utiliza en la meditación zen), el silencio está presente y es fundamental. El terapeuta y el paciente participan de él «y los dos, como viajeros, [se adentran] en los dominios de una gran profundidad, los del inconsciente».
El autor señala también un elemento común al psicoanálisis y la espiritualidad: ambos están sometidos a los tabúes de sus respectivas tribus, a las rigideces de cada escuela y de sus doctrinas.
Pero lo que me parece más importante y significativo del libro es que identifica con claridad y firmeza que hay todavía otro silencio que va más allá de la profundidad del subconsciente: la vacuidad oceánica.
El hallazgo y la apuesta de Roberto Longhi son que ambas disciplinas están vinculadas a través de una doble relación: de simultaneidad y complementariedad, por un lado, y de sucesión y secuenciación, por otro, de modo que ambas quedan sustancialmente afectadas. El diván marca la posición horizontal, el contacto con el sustrato del inconsciente que subyace a nuestra identidad consciente, mientras que el zafu expresa la posición sedente del yo que se trasciende a sí mismo en un acto de consciencia ulterior en el que se supera la identificación yoica.
En la articulación de ambos planos, el autor plantea un importante dilema: ¿hay que sanar primeramente el conflicto intrapísquico o es previo el despertar espiritual? Si bien es verdad que, con frecuencia, se dan de forma simultánea y que ambas sabidurías se complementan y se requieren, Roberto Longhi, fruto de su propia experiencia personal, se inclina por creer que es necesario «pasar primero por romper el primer muro del silencio mediante la palabra y así poder jugar en el dominio del inconsciente para dejar que los silencios fluyan, y de esa manera comprobar si espontáneamente surge el silencio espiritual».
Es decir, lo que al principio es una simultaneidad poco a poco se convierte en una progresión: «No buscamos hacer consciente lo inconsciente, sino la Conciencia en sí misma». En otras palabras, si bien al comienzo psicoanálisis y meditación están en una relación de complementariedad y simultaneidad, acaba produciéndose una traslación: del diván al zafu. De este modo, el autor descubre que en nuestra vida tenemos la oportunidad de que se den tres nacimientos: el biológico, por el cual nos separamos del cuerpo de nuestra madre para asumir nuestro propio cuerpo; el psicológico, por el cual asumimos nuestro propio yo a través del trabajo analítico; y, en tercer lugar, el nacimiento de nuestro ser esencial, «cuando descubrimos quiénes somos en el centro de nuestro templo interior. Aquí, ya sin nombre, inexpresables e inefables, pero intensamente verdaderos». De este modo, pasamos del ello (el yo indiferenciado) al yo consciente, para luego trascenderlo hacia el no-yo.
El diván está al comienzo del camino (la asunción del yo), mientras que la meditación acompaña para el resto de la vida (el desprendimiento de ese yo asumido). En el paradigma del No-yo, el mismo acompañamiento psicoanalítico queda afectado: ya no consiste en la mera empatía porque «no se trata de ponerme en el lugar del otro o de sentir con el otro, sino simplemente de descubrir que el otro y yo somos una misma unidad». De aquí también esta bella formulación:No es solo que el árbol ya no impide ver el bosque, «sino que [se] descubre que el árbol, el bosque y uno mismo somos una sola y misma cosa».
El autor todavía comparte otro entrelazamiento de su propia biografía: el trascendimiento del yo que se produce por la práctica de la meditación zen —y que se expresa como vacío— se complementa con la contemplación cristiana, que se expresa en términos de plenitud. Esta plenitud no atañe al yo psíquico que ha quedado atrás, sino al yo transpersonal que se vacía en el proceso de cristificación. Lo que en Oriente se expresa como experiencia oceánica, en el cristianismo se identifica como saber que uno forma parte del Cristo Cósmico. Cada tradición tiene sus propias palabras para nombrar lo Innombrable y para ponerse en camino.
Todavía una última consideración: el diván —con su posición horizontal— y el zafu —con su posición sedente— se completan en la posición de pie, en la que el ser humano se pone íntegra e integralmente en camino hacia el mundo y para el mundo. Lo personal y lo colectivo dejan de ser duales. Cuanto más lúcidos somos respecto de nosotros mismos, más limpia y libre es la mirada sobre la realidad y más completa y comprometida puede ser nuestra entrega. Así es dicho explícitamente por el autor: «Psicoanálisis y espiritualidad también tienen una obligación común: la necesidad de comprometerse e implicarse con sus saberes, con su luz, con la comunidad, de manera activa y solidaria, especialmente en esta coyuntura sociohistórica que estamos atravesando».
Tal es el tiempo y esta es nuestra oportunidad. Emprender este camino conduce a dejar de vivir desde la conquista y aprender a venerarlo todo. Cuando caminamos así, los distintos bloqueos que nos asedian se van disolviendo en el gesto de inclinación ante lo Real.
Este gesto es el que dirijo ante estas páginas que vienen a continuación, porque, sin duda, ayudarán a esclarecer el camino de muchos, tal como su autor ha sido esclarecido al vivirlas y al escribirlas.
Solo se trata de caminar,
vas caminando, no hay nada más,
vas ensayando la música,
vas escribiendo tu libro.
FITO PÁEZ
Dios lee un libro sobre las leyes de la física general y se mata de risa.
QUINO
«He estado explicando zen toda mi vida —confesó una vez Basho— y sin embargo nunca he podido comprenderlo». «Pero —dijo su discípulo— ¿cómo puedes explicar algo que tú mismo no entiendes?». «¡Oh! —exclamó Basho— ¿También tengo que explicarte eso?».
Todo escritor es una persona que encadena citas quitando las comillas.
ROLAND BARTHES
Tengo en el escritorio de mi ordenador un archivo que denominé El libro que nunca comienza. Hoy, en un día de verano del año 2020, voy a abordarlo por fin. 2020, Odisea en el espacio, será para mí en este caso una Odisea en el tiempo, ese laberinto que todos llevamos dentro y del que no podemos escapar. O tal vez sí, por arriba, vamos a intentarlo.
Un roquero argentino nos instaba hace años a «sacarlo todo afuera, como la primavera, para que dentro nada muera». Con este libro, yo saco todo hacia adentro y hacia afuera a la vez, porque, como dijera el Dr. Fiorini, alma de estos textos, «aquel sistema tercero del psiquismo que liga lo que no se ligaría, genera una complementación paradójica que despierta un conjunto de posibilidades diferentes».
En este día de verano planto las semillas del psicoanálisis y la espiritualidad para que germinen en ese posible y todavía desconocido lector. Espero contar con la humildad suficiente —humildad, al fin y al cabo, deriva de humus— para que la tierra sea fértil y haga crecer sus raíces.
¿Por qué escribir? Hace tiempo que me ocupo de esta cuestión y tal vez en parte haya sido la falta de una respuesta clara lo que ha mantenido estas reflexiones aparcadas entre carpetas virtuales durante tanto tiempo.
Hay tantos libros, tan ricos, tan completos, que me siento obligado a justificar por qué habría uno de dejar de leer y creer que tiene algo que decir. Esta pregunta se la hicieron muchos otros que terminaron escribiendo, para placer de todos. Ángel González, José Ángel Valente, María Zambrano, Gabriel García Márquez, Chantal Maillard, Samuel Beckett y muchos otros. ¿Se justifica en mi caso romper el silencio?
Chantal Maillard le dedica todo un libro al porqué de la escritura. Un esclarecedor poema con el que concluye que escribe para que el agua envenenada pueda beberse, impactante razón. García Márquez reconoció hacerlo para que lo quisieran, y, por su parte, Samuel Beckett, para llegar al silencio, al invierno de la escritura.
Yo muchas veces pienso que escribo porque tengo sed. Hace no mucho escuché y canté una canción que aprendí de Pablo D’Ors, otro de los inspiradores de estos textos, que dice: «De noche vamos, de noche / para encontrar la Fuente, solo la sed nos alumbra / solo la sed nos alumbra». Es esa misma sed que lleva al Principito al Desierto, donde encuentra un pozo que tiene esa agua, un agua diferente. Tal vez precisamente esa sed haya sido la motivación de todo lo que hasta ahora he hecho en la vida, incluidos los errores cometidos, materia prima indispensable para seguir en el camino.
Pues qué es la creatividad sino «construir placer con los escombros del Dolor», como tan certeramente lo describiera la poeta Pilar González España. Qué mejor definición del concepto de resiliencia que el acto de escribir. Como un acto sanador y creativo que se sirve de las palabras y elige, de entre todos, el material que siempre rechazamos, los escombros, el dolor, el Duhkha de los budistas, para religarlo con una argamasa de afecto y lograr simbolizarlo. Evita con esto que permanezca tanatizado y devenga tanatizante, desligado o diabolizado, ya que mediante la construcción de un texto genera una vida, un camino con el que llegar a nuestro propio libro. Movernos hacia la misma esencia que él para convertirnos en escritura, en eternidad.
En un seminario con el Dr. Víctor Korman, un grupo de psicoanalistas, yo entre ellos, nos preguntábamos si alguna vez se había parado a considerar cuál era el origen de su vocación. Es obvio que esta representa para los que la desempeñamos algo más que una profesión, algo tal vez más cercano a un apostolado; sin duda, una pasión. Como invocado por estas reflexiones, volvió a mi memoria un recuerdo de infancia en La Plata, mi ciudad natal en la Argentina.
Tendría solamente 7 u 8 años y, en verano, salía a jugar con un balón de plástico que botaba a toda velocidad. Mi juego consistía en patearlo contra el muro de mi casa, una y otra vez, cada vez más rápido. Me sentía el campeón del mundo de «pelota contra la pared». Cada tarde, mientras me hallaba inmerso en mi ritual deportivo, aparecía por allí un anciano vecino, un «invierno» en pleno verano, otra vez la complementariedad paradójica. Dicho anciano tenía, él también, su propio ritual: siempre a la misma hora, salía a la vereda de su casa, con una reposera plegable de playa hecha de madera y una lona a rayas muy desgastada. Era un viejo inmigrante que apenas hablaba castellano, vestido como si hubiera llegado la noche anterior quién sabe de qué lugar del sur de Italia.
Vestía un ancho pantalón que le llegaba al ombligo, camisa blanca con cuello Mao, chaleco y unos enormes zapatos negros. Y cada día, cuando empezaba a sentarse, muy lentamente, como si tomara asiento para el espectáculo más extraordinario del mundo, yo detenía todo movimiento y quedaba fascinado. No podía dejar de mirarlo, era como una puesta en escena, la mejor que yo hubiera presenciado jamás. Una vez instalado —a mí se me hacía una eternidad el tiempo transcurrido entre la tarea de armar la reposera y sentarse: tan fuera del tiempo me sentía en esos momentos—, sacaba muy despacio un reloj de uno de los pequeños bolsillos de su chaleco y le daba cuerda con igual lentitud. Solo entonces, me dirigía la mirada y la palabra —antes yo no existía para él—, y me decía: «¡Ciao, Roby!». Siempre lo mismo. «¡Ciao, Roby!» y nada más. En ese momento nuestras miradas se cruzaban por un brevísimo instante. Él se recostaba en la reposera y se perdía en sus recuerdos, muy probablemente relativos a su lejana tierra. Y yo, ese niño solitario, sin saber muy bien por qué, me repetía mentalmente como un mantra: «Cuando sea grande quiero tener la mirada de este viejo. Cuando sea grande quiero tener la mirada de este viejo…».
Hoy hace ya más de treinta años que soy psicoanalista. Tengo un sillón reclinable, que no deja de ser, al fin y al cabo, una suerte de reposera, desde donde escucho y miro a mis interlocutores llamados pacientes y, apoyado sobre mi escritorio, un reloj de bolsillo ruso que me regaló mi padre en una de sus visitas y al que doy cuerda cada mañana al llegar al consultorio. No pasa un día sin que piense en aquel viejo de la Calle 6 de la ciudad de La Plata, allá lejos en el verano de mi infancia. Creo que escribo este libro como continuación de esa mirada, de esa lentitud y de ese silencio.
Una vez, en un retiro en el Monasterio de San Honorato en Mallorca, Javier Melloni nos contó una parábola rabínica. Un joven discípulo de un famoso y sabio rabino le comentó a su amigo: «Voy a ir a ver al maestro que está en la sinagoga», a lo que su amigo le contestó: «No sé para qué, si ya ha terminado su enseñanza de hoy». El primero le dijo: «Para ver cómo se ata sus sandalias».
Me pareció un equivalente perfecto de mi experiencia infantil. Todo lo que puede transmitir un maestro es siempre algo irradiado. Un maestro puede encontrarse en una sinagoga, en el Monasterio de San Honorato, en la persona de Melloni y, también, en una reposera abierta al sol de verano en una ciudad del Río de la Plata.
No sé si esa escena de la infancia me llevó al psicoanálisis. Así como tampoco sé cómo, después de tantos años de análisis personal, supervisiones, seminarios, lecturas acerca de distintas corrientes y disciplinas psicoterapéuticas y pensamiento oriental, tras leer a los místicos de la mayor parte de las tradiciones espirituales y haberme sentado a meditar en numerosos retiros, me hallo ahora entrecruzando el diván del psicoanalista con el zafu del buscador espiritual. Lo haré mediante este texto, que irá de uno a otro, discurriendo por los múltiples caminos que los conectan. Porque, de un tiempo a esta parte, he sentido la necesidad de escribir sobre ese hilvanarse de dimensiones o zonas aparentemente desligadas: lo psíquico, lo espiritual del psiquismo, lo espiritual. He sentido la llamada de un texto que ahonde en cómo ligar lo que parece desligado y compruebe si su cruce puede dar lugar a un nuevo campo de posibilidades.
