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Tres partes componen este libro: la primera está conformada por la revisión de los textos en los que Foucault reflexiona sobre la cuestión de la crítica escritos entre 1978 y 1984; a partir de esta, en la segunda parte se analiza la relación entre crítica y comunidad, bajo la pregunta de cómo entender que la crítica sea un arte de desobediencia colectiva, al mismo tiempo que una manera de leer el «nosotros» que nos constituye; para finalmente problematizar con una mirada actual la ciencia del juicio, caracterizada como cultura de la cancelación, y oponerla al arte de la crítica entendido como una forma de leer el presente sin juicio. De este modo, este libro es una reflexión sobre la noción de crítica en la obra de Michel Foucault, al mismo tiempo que se constituye como una lectura del presente que invita a abandonar la certeza de las sentencias.
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Seitenzahl: 173
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Registro de la Propiedad Intelectual Nº 2022-A-4658
ISBN: 978-956-6048-90-9
ISBN digital: 978-956-6048-91-6
Imagen de portada: Diego Bianchi, Framing Time (2019), instalación. Cortesía del artista y de la Colección Solari del Sol.
Diseño de portada: Paula Lobiano Barría
Corrección y diagramación: Antonio Leiva
© ediciones / metales pesados, 2022
©️ International Institute for Philosophy and Social Studies
© Nicolás Ried
Colección: Constelaciones Críticas del International Institute for Philosophy and Social Studies.
E mail: [email protected]
www.iipss.com
E mail: [email protected]
www.metalespesados.cl
Madrid 1998 - Santiago Centro
Teléfono: (56-2) 26328926
Santiago de Chile, junio de 2022
Impreso por Andros Impresores
Diagramación digital: Paula Lobiano Barría
Proyecto financiado por el Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura, Convocatoria 2022.
Contenido
No puedo dejar de pensar en una crítica que no buscara juzgar, sino hacer existir una obra, un libro, una frase, una idea. Una crítica así encendería los fuegos, contemplaría crecer la hierba, escucharía el viento y tomaría la espuma al vuelo para esparcirla. Multiplicaría no los juicios, sino los signos de existencia; los llamaría, los sacaría de su sueño.
¿Los inventaría en ocasiones? Tanto mejor, mucho mejor.
La crítica por sentencias me adormece. Me gustaría una crítica por centelleos imaginativos, no sería soberana ni vestida de rojo. Llevaría el relámpago de las tormentas posibles.
El Filósofo Enmascarado
IntroducciónLa pregunta por la crítica
Nuestro presente se caracteriza por la incertidumbre. Más bien, ha puesto de relieve que la incertidumbre, es decir la sensación de falta de control sobre los efectos de nuestros actos, gobierna nuestras vidas. Esto siempre ha sido así, el no tener control sobre nuestro destino, pero la latente amenaza de extinción de la humanidad nos produce ansiedad por no poder hacer algo al respecto y nos lleva a imaginar que ya no somos los protagonistas de la historia. En tiempos de incertidumbre las preguntas y los cuestionamientos no son bienvenidas, ya que se esperan certezas y verdades que nos permitan sellar las filtraciones que nos inundan con inseguridad. Sin embargo, muchas veces las verdades y las certezas vienen envueltas en preguntas que nos interpelan, en reflexiones extensas sobre algo inútil que nos descoloca o en esperas que nos mantienen en un estado de duda respecto a nosotros mismos. Para desentrañar esas verdades se nos exige cultivar la paciencia y la curiosidad.
Hace varias décadas, con una serenidad que para muchos fue irritante, Michel Foucault anunciaba algo que no debía ser sorprendente en un periodo de miedo a la autodestrucción nuclear. En Las palabras y las cosas (1966) escribió:
Reconforta y tranquiliza el pensar que la humanidad es solo una invención reciente, una figura que no tiene ni dos siglos, un simple pliegue en nuestro saber y que desaparecerá en cuanto este encuentre una nueva forma1.
Esta frase, que se inserta en su crítica de las ciencias humanas como expresiones de un poder que divide y categoriza el orden de las cosas en el mundo, fue interpretada como una declaración de principios antihumanista, acusándose a Foucault de ser un relativista moral y un conservador político, puesto que poner en interrogación el futuro de lo humano era una manera de quitarle valor a aquello que nos une y nos iguala como especie: preguntarse qué es lo humano puede llevarnos a concluir que no es algo que valga tanto la pena defender o que haya algunos que no pertenecen del todo a esa categoría. Pero a lo que hacía referencia Foucault era a otro problema: esta manera de llamarnos a nosotros mismos responde a una serie de construcciones teóricas y decisiones políticas que, en algún momento más temprano que tarde, será reemplazada por otra. Dicho de otro modo, Foucault estaba advirtiendo sobre el peligro de sentirnos tan seguros con la certeza de sabernos humanos, y en un segundo plano advirtiendo también sobre los peligros que ese tipo de certezas representan para vivir vidas libres.
La frase de Foucault incomodó, sin la necesidad de usar un lenguaje monumental ni anunciar un apocalipsis catastrófico. Incomodó por ser una verdad dicha de manera sencilla y serena, por ser algo que nos recuerda nuestras imposibilidades y nuestra pequeñez. Incomodó por mostrarnos que dejar de ser lo que somos no es algo tan grave. Foucault supo leer su presente y oponerle una idea tan simple como compleja a quienes gozan de la triste seguridad de los que carecen de dudas. Este modo de interrogar el mundo, que por una parte no se conforma con las certezas que otorgan las sentencias sobre el presente, y que por otra parte exige un grado de valentía que permita desobedecer las formas de pensamiento hegemónicas, es el objeto principal de este libro. Esa forma de interrogar, que también es un modo de vivir, recibe el nombre de crítica.
Esa actitud que conjuga la curiosidad y el coraje es lo que Foucault pensó al interrogarse por la forma de la crítica. En especial, como será expuesto en este libro, Foucault dedicó los últimos años de su vida a interrogar la crítica, entendida ya no como un concepto filosófico que requiere de una definición determinada y específica, sino como una práctica de lectura y producción del presente. Entre la curiosidad y el coraje, la crítica se convirtió en una virtud que a Foucault le permitió dar cuenta de su propio trabajo, diferenciándolo del trabajo de los grandes jueces del pensamiento: mientras a algunos les interesaba divulgar verdades filosóficas como dogmas religiosos, a Foucault le interesaba poner en evidencia que aquello que llamamos «verdad» no es mucho más que una producción humana, que lo verdadero lo es en un contexto histórico determinado, que son nuestras prácticas políticas las que dan o quitan valor a lo que consideramos verdadero o no. Esto no significa que las verdades que articulan nuestro mundo sean falsas por el mero hecho de ser construcciones políticas colectivas e históricas, sino todo lo contrario: que las verdades sean históricas significa que no solo describen de manera correcta el presente que les da lugar, sino, de manera más profunda, que son constitutivas de ese presente. Las verdades históricas son verdaderas para el presente, pero lo que se encuentra en el fondo de la reflexión foucaultiana es que es posible reconstruir las genealogías del presente que nos llevan a comprender que lo que somos pudo ser de otro modo. El orden de las cosas es el orden vigente, pero no es el único orden posible. En base a esto, Foucault reconstruye una noción de crítica que tiene como tarea mostrar cuáles son las otras formas que el presente puede adoptar, aun cargando con el peso del régimen de verdad que lo constituye, porque una cosa son las normas que constituyen nuestro presente, pero otra son las múltiples configuraciones a que esas normas pueden dar lugar en el mundo. La crítica, esa actitud que permite dar forma a una ontología de lo que somos, nos muestra en sus gestos las posibilidades de nuestra existencia en el mundo.
La noción de crítica que articula Foucault se remonta a ejemplares actos de desobediencia que producen no simples negaciones de la regla que mandaba obedecer, sino contraproducciones de poder entendidas como resistencia. La resistencia, tal como se expresa en su obra, no es un simple acto de negativa ante las formas de poder y obediencia, sino una manifestación compleja y productiva de expresión de la vida: aunque los mecanismos de poder gobiernen casi toda nuestra vida, nunca podrán gobernarla por completo, y la resistencia es una muestra de ello. Si el poder no da lugar a una resistencia, no es poder sino opresión; si la resistencia no responde a una forma de poder, no es resistencia sino impostura. No resiste el que le dice que «no» al rey, sino aquel que es enviado en exilio al desierto y con la arena se construye un pequeño castillo para descansar. La crítica, en tanto forma de resistencia, será un arte de la inservidumbre voluntaria, una práctica de insubordinación colectiva y una fuente de herramientas que nos permiten ver las múltiples fisuras de una realidad que parece uniforme.
La historia de la actitud crítica que Foucault esboza se emparenta con actos de rebeldía e insubordinación, antes que con la configuración liberal de la crítica entendida como la ciencia más alta de la libertad de expresión figurada en la pluma. Mientras la ciencia de la crítica es entendida como la facultad protegida que cualquier ciudadano tiene, en tanto ciudadano, de decirle a otro que está equivocado en base a principios de razón compartidos y no a jerarquías de poder, el arte de la crítica que Foucault defiende está más relacionado con la manera en que encarnamos como virtudes los múltiples modos de vida colectivos que aparecen como prohibidos en nuestro presente. Más que un derecho de libertad de expresión, lo que la crítica configura es una forma de leer la comunidad de la que formamos parte, siendo esa una diferencia fundamental con la comprensión liberal de la crítica: mientras esta piensa la ciencia de la crítica como un ejercicio individual, el arte de la crítica para Foucault es colectivo. La crítica es la manera en la que damos forma a la comunidad, en que producimos un «nosotros» que da lugar a un presente, un estilo que caracteriza nuestro vivir, lo que los griegos llamaban un ethos. Esto último es de particular importancia, ya que permite comprender la dimensión política de la crítica: no es política porque dé lugar a la actividad política institucional, sino porque encarna la posibilidad de vivir vidas libres de juicio que se manifiestan en los múltiples signos de existencia que aparecen en las grietas de nuestro presente.
Esta idea con tintes nietzscheanos, según la cual nuestra vida expresa los valores de un mundo posible, no refiere a un arte de la uniformidad de la vida ni a cómo todos vivimos la misma «vida libre», sino por el contrario: nuestras vidas particulares tienen sentido cuando las leemos como la expresión colectiva de un tiempo común, de un presente que da lugar a un «nosotros». Lo importante de esta idea consiste en que eso exige de nosotros una manera de leer el mundo como algo que no está dado de antemano y que se manifiesta solo en la medida en que vivimos. Por eso a Foucault, junto con su reflexión sobre la crítica, le interesó la cuestión de la biopolítica, entendida como la forma histórica del poder en que la vida misma es capturada por los dispositivos, tecnologías y racionalidades de producción y reproducción del mundo. La noción de biopolítica ha terminado por convertirse en sinónimo de control del cuerpo humano, pero en su origen es una reflexión emparentada con la cuestión de la crítica: ¿cómo vivir vidas libres? ¿Cómo dar cuenta de una forma de la resistencia ante el biopoder? Ante estas preguntas, la crítica no puede convertirse en un manual de cómo vivir vidas libres, precisamente porque cada problema requiere de su propio método, como cada tesoro exige su propio mapa: el arte de la crítica es retrospectivo, en la medida en que no se trata de una técnica aplicable a cualquier caso, sino de una práctica excepcional que aparece en la medida en que sepamos leer los límites del presente. Pero que el arte de la crítica sea retrospectivo no significa simplemente que lo único que nos resta es decidir si algo fue o no crítico, sino que es retrospectivo porque el presente a que damos lugar con nuestra vida está basado en el modo en que producimos memoria. Por esta razón es que la crítica se diferencia en un sentido radical de la ciencia del juicio: la crítica no dictamina sentencias, sino que ofrece lecturas. Por eso es que Foucault también caracteriza la crítica como el arte del leer el presente, al mismo tiempo que la caracteriza como una forma de producción de un «nosotros». Es peculiar la manera en que Foucault relaciona los verbos «leer» y «producir», ya que exige una comprensión de la crítica que conjugue las operaciones de la percepción y la acción en un mismo movimiento.
Foucault opone a la crítica la práctica de dictar sentencias, muy difundida en la sociedad que analizó, como también ampliamente expandida en nuestra cultura: esa actitud que, en favor de la simplificación, desplaza el complejo arte de entender lo que se resiste a la comprensión. La ciencia del juicio puede ser caracterizada como el uso de las facultades de la razón para aplicar una regla a un caso, siendo ejemplo paradigmático de ello la labor de los jueces en sentido estrictamente jurídico: la labor de un juez consiste, primero, en aplicar una regla a un caso, pero aún más importante que eso consiste en discriminar de entre los casos cuál es aquel que cabe bajo la regla. La ciencia del juicio es una forma de otorgar certeza, de fortalecer la denominada seguridad jurídica, en favor de controlar los efectos posibles de nuestros actos. Esta forma, no solo de pensar, sino también de vivir, se expande en sociedades que buscan certezas, como mencionaba al comenzar este libro: los juicios nos permiten determinar y dar forma a aquellos fenómenos que resultan ajenos a nuestro cotidiano; los juicios simplifican aquello que merece ser entendido en su complejidad. Sin embargo, hay algo que se pierde cuando comprendemos el juicio como una práctica aislada: el juicio, que termina con la emisión de una sentencia, es la última manifestación de un sistema de derecho que busca ordenar el mundo en función de reglas y casos que caben bajo la regla; en un sentido más profundo, el juicio jurídico no es más que una manifestación concreta de la forma de vida de una comunidad. Cuando la crítica toma la forma de sentencias se subordina la multiplicación de las vidas posibles a división de las vidas que pueden ser leídas por el ojo estrecho del juicio. Dicho de otro modo, la crítica en su forma de juicio no es más que una expresión del biopoder, es decir un dispositivo que regula, ordena y jerarquiza el fenómeno infinito de la experiencia vital para convertirlo en algo simplificado e inteligible. Contra la ciencia del juicio, el arte de la crítica no se posiciona como una simple oposición negativa, sino, de manera mucho más compleja, como una forma de vivir que en su propio despliegue en el mundo demuestra y pone en evidencia lo limitada que es la crítica por sentencias al momento de interpretar nuestra experiencia. La crítica lee el presente a la vez que encarna una forma distinta de vivir: el arte de la crítica coincide, en este punto, con el arte de vivir y de preguntarnos cómo vivir.
Este libro muestra las maneras en que puede ser comprendida la noción de crítica que Foucault articula en los textos que escribió entre 1978 y 1984, al mismo tiempo que es un intento de lectura de nuestro presente. Tras regresar de un comentado viaje a Japón, Foucault dedicó algunos textos clave que definen de manera progresiva los límites de lo que caracterizó como actitud crítica. En estos textos, Foucault muestra algunos elementos que serán centrales no solo para elaborar una noción de crítica, sino que también sirven para iluminar gran parte de su trabajo, como a la vez las relaciones entre su obra y la de otros pensadores tan importantes para su proceso de reflexión como lo fue el de su amigo Gilles Deleuze. De caracterizar la crítica como un arte de la inservidumbre voluntaria, pasando por una operación colectiva de producción de un «nosotros», Foucault termina presentándola como una estética del presente: todo este proceso de reflexión, que va desde el concepto de crítica hasta la experiencia crítica en sí misma, engloba un tránsito que de por sí es crítico. Ante el problema de la crítica, Foucault sabía que debía dar cuenta no solo de una definición o de una técnica, sino por sobre todo de una forma de hacer: sus trabajos debían encarnar la crítica, a la vez que mostrarla y caracterizarla. Por esto, los elementos con los que va dando forma a su noción de crítica van siendo puestos en la escena de su pensamiento en la medida en que se va topando con cuestiones que se lo exigen: la ortodoxia del marxismo le hizo caracterizar la crítica como un arte contrario a los textos sagrados; la Revolución iraní de 1979, le llevó a comprender la dimensión colectiva de la crítica; las críticas de la Modernidad como proyecto filosófico y su aparente fracaso en los albores del neoliberalismo, le llevaron a posicionar la crítica como una estética, como una manera en que las ideas toman un lugar en la discusión pública. Las experiencias que a Foucault le acompañaron en su proceso de reflexión sobre la crítica se manifiestan como chispas del presente, como gestos en el escenario de un teatro filosófico que le hicieron soñar con un arte de la vida que multiplique las formas de existir.
Tres partes componen este libro: la primera está conformada por la revisión detallada de los textos en los que Foucault reflexiona sobre la cuestión de la crítica, los cuales serán denominados textos de la crítica; la segunda parte consiste en una reflexión política sobre la relación entre crítica y comunidad, bajo la pregunta sobre cómo entender que la crítica sea un arte de desobediencia colectiva, al mismo tiempo que una manera de leer el «nosotros» que nos constituye; la última parte está dedicada a problematizar una forma contemporánea de la ciencia del juicio, caracterizada como cultura de la cancelación, y oponerla al arte de la crítica entendido como una forma de leer el presente sin juicio. De este modo, este libro conforma una reflexión sobre la noción de crítica en la obra de Michel Foucault, al mismo tiempo que se constituye como una lectura del presente que invita a abandonar la certeza de las sentencias que caracterizaba a la Reina de Corazones, para abrazar la inagotable curiosidad contenida en las preguntas de Alicia.
Los textos de la crítica (1978-1984)
Los textos de la crítica podrían ser fechados de manera precisa unos días después de que Michel Foucault regresara de un viaje a Japón: el día 27 de mayo de 1978, fecha en la que presenta una comunicación titulada ¿Qué es la crítica? frente a la Société Française de Philosophie. Sin embargo, hay otra fecha aún más significativa en relación con las tensiones que atraviesan los textos de la crítica, y que se expresa en otra comunicación dada por Foucault frente a la misma sociedad de filosofía casi una década antes.
El 22 de febrero de 1969, Foucault fue invitado por la Société Française de Philosophie a impartir una lección, teniendo en consideración el debate público que había provocado su recién publicado libro Las palabras y las cosas. En esta sesión, a la que asistieron Jean Wahl y Jacques Lacan, entre otros pensadores relevantes de la época, Foucault se dispuso a pensar uno de los problemas que su libro suscitó, que a la vez era un problema que le permitía dar cuenta de las críticas que el libro recibió, principalmente entre los marxistas comprometidos con el humanismo, cuyo campeón fue Jean-Paul Sartre. ¿Qué es un autor? es el título de la presentación que ofreció Foucault, en la que se hizo cargo de tres asuntos: el «mal uso» de la obra de ciertos autores; la relación entre un nombre propio y un nombre autoral; y, finalmente, los autores cuyas obras son fundadoras de un discurso2. A propósito del primero de estos asuntos, Foucault anticipará lo que será su intervención casi diez años después: en Las palabras y las cosas había convocado algunos autores, entre los que destaca Karl Marx, con el fin de presentarlos como articuladores de un modo de pensar el humanismo. En su análisis, Foucault dejaba de lado la precisión técnica referente a los debates internos que el marxismo había configurado en tanto discurso filosófico3. Desde el punto de vista del marxismo ortodoxo, Foucault había hecho un «mal uso» de Marx, lo que le valió una serie de críticas que apuntaban a que el trabajo realizado en Las palabras y las cosas consistía en dar a luz «familias monstruosas», en términos teóricos. Foucault respondió a este asunto en su conferencia:
