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¿HASTA DÓNDE SERÍAS CAPAZ DE LLEGAR PARA TENER LA VIDA QUE SIEMPRE DESEASTE? Florence Darrow es una empleada de una editorial que cree estar destinada a ser una célebre escritora. Cuando le llueve un puesto como ayudante de la brillante y enigmática novelista Maud Dixon, cuya verdadera identidad es secreta, parece que los hados por fin le sonríen. El arreglo es perfecto. Maud Dixon, en realidad Helen Wilcox, puede ser quisquillosa, pero rebosa una mordaz sabiduría, no solo literaria, sino también existencial. Florence cae de inmediato bajo su hechizo y la acompaña entusiasmada a Marruecos, donde tiene lugar la nueva novela de la autora. Perdida en las pintorescas calles de Marrakech y en las ventosas playas cercanas, su vida es al fin lo bastante interesante como para inspirarle una obra propia. Pero, cuando Florence despierta en un hospital después de un terrible accidente de tráfico, sin recuerdo alguno de la noche anterior ni rastro de Helen, se ve tentada de tomar un atajo. En vez de vivir a la sombra de la autora, ¿por qué no adoptar su vida... y su popular pseudónimo literario? ¿Quién es Maud Dixon?, tenso, retorcido y entretenidísimo, es un refinado thriller psicológico sobre las maldades de que uno es capaz por llevar la vida que siempre quiso.
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Seitenzahl: 420
Veröffentlichungsjahr: 2021
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A Chris
Embrutecido acaba el corazón
Si nuestras fantasías lo alimentan.
W. B. YEATS
El nido del estornino junto a mi ventana
Semat, Marruecos
—¿Madame Weelcock…? —Abrió de golpe el ojo izquierdo y una cálida luz amarilla le inundó la visión, presidida por una figura borrosa de blanco. Volvió a cerrarlo—. ¿Madame Weelcock…? —Se oía un pitido agudo. Esa vez se obligó a abrir ambos ojos. Estaba tumbada en una cama incómoda flanqueada por sendas cortinas sucias—. ¿Madame Weelcock…? —Giró la cabeza con rigidez. Sentado en una silla junto a la cama, inclinado hacia delante sobre sus muslos, la observaba con fijeza un hombre que vestía una suerte de uniforme militar. Su rostro era mofletudo, como el de un bebé de juguete. No sonreía—. Madame Weelcock… —dijo por cuarta vez.
—¿Helen…? —preguntó ella con la voz seca.
—Helen —contestó él, asintiendo con la cabeza—. ¿Sabe dónde está?
Ella miró alrededor.
—¿Hospital?
—Eso es. Se le fue la mano anoche.
—¿Se me fue?
—Se le fue muchísimo.
Ella soltó una risita involuntaria. El hombre frunció el ceño, visiblemente molesto. Entonces la cortina de su izquierda se abrió con un siseo. Se volvieron los dos. Se acercó una mujer con hiyab y chaqueta blancas. ¿Una enfermera? Se inclinó sobre la cama y sonrió cariñosa. Dijo algo en otro idioma y le alisó la fina manta; luego se dirigió en un tono más brusco al hombre sentado a su lado. El tipo se levantó, alzando las manos como para calmarla. Sonrió fríamente y retiró la cortina. Se fue.
La joven de la cama se volvió hacia la enfermera, que también se iba.
—Espere… —la llamó con voz ronca, pero no la oyó, o no quiso oírla.
Se quedó sola.
Clavó la mirada en el techo, salpicado de humedades. Intentó incorporarse, pero se lo impidió la escayola que llevaba en la muñeca izquierda. Fue entonces cuando notó que le dolía. Todo.
Se volvió de nuevo hacia la silla en la que se había sentado el hombre. La había llamado madame Weelcock. El dato parecía relevante, pero no era capaz de ubicarlo en un contexto lógico. Cerró los ojos otra vez.
Al poco (o, quizá, varias horas después), se abrió de nuevo la cortina. La enfermera había vuelto con un hombre distinto.
—Madame Wilcox —dijo—, me alegra encontrarla despierta. —Hablaba su idioma mejor que la mayoría de los nativos, separando perfectamente unas sílabas de otras—. Soy el doctor Tazi. Estaba de guardia cuando la ingresaron anoche con dos costillas fracturadas, una muñeca rota y hematomas en la cara y el torso. Me dijeron que había sufrido un accidente de tráfico. Vemos muchas lesiones de este tipo causadas por airbags. Tiene suerte de que no sean peores.
La enfermera, que parecía haber estado esperando su momento, le ofreció un vasito de plástico y una pastilla blanca del tamaño de una muela.
—Hidrocodona, para el dolor —dijo el médico—. Pasaré a visitarla esta tarde, pero no veo motivo para retenerla aquí más allá de mañana. Hasta entonces, debe descansar, madame Wilcox.
Salió de la habitación y la enfermera le fue detrás como un velo.
«Madame Wilcox —se dijo ella por lo bajo—. Helen.»
Después se retiró la luz y vino el sueño.
Dos mujeres jóvenes subían unas escaleras estrechas hacia el lugar del que procedían las risas y la música. Florence Darrow, que iba delante, arrastraba la mano por la pared de color rojo sangre.
—¡Qué absurdo, hacer una fiesta editorial aquí! —dijo.
Ambas eran asistentes editoriales en Forrester Books y esa noche era la fiesta navideña de la empresa, celebrada todos los años en la segunda planta de un tugurio llamado The Library y cuyo tema era el relumbrón literario.
—Es como si montaran una cumbre de la ONU en el Epcot de Disney World.
—Ya te digo —coincidió con voz queda Lucy Gund, que llevaba la falda del vestido enroscada a medio muslo porque le había ido trepando por los pantis en la subida.
Llegaron al final de la escalera y pasaron a echar un vistazo. La fiesta había empezado hacía solo media hora, pero de la multitud emanaba ya un alboroto que quedaba suspendido sobre ella como una boina de esmog. Casi un centenar de personas (algunas trabajaban con ellas; muchas otras no) se apelotonaban en grupos bien prietos. Aunque Florence no había querido llegar demasiado pronto, se arrepintió de no haber ido antes para poder apalancarse en un rinconcito. Exploraron la estancia en busca de caras conocidas y accesibles. No encontraron ninguna.
—¿Una copa primero? —propuso Florence y Lucy asintió con la cabeza.
Habían entrado en Forrester a la vez, hacía casi dos años, y Lucy le había otorgado de inmediato su lealtad incondicional.
En teoría, era justo la clase de amiga que Florence había esperado hacer en Nueva York. Se había criado en Amherst, en cuya universidad daban clases de Lengua Inglesa sus progenitores. Su padre había escrito la biografía definitiva de Nathaniel Hawthorne. Nada más mudarse a la ciudad, Florence había pasado su primer Día de Acción de Gracias con ellos y le había encantado descubrir que aquel caserón repleto de libros se encontraba a un paso del de Emily Dickinson. Era uno de esos paraísos intelectuales en los que ella habría querido crecer, muy distinto del cuchitril de su madre en Port Orange.
En la práctica, en cambio, Lucy carecía de la sólida sofisticación que, a juicio de Florence, debía derivarse de una infancia así. Era tan increíblemente tímida que a veces sospechaba que su madre debía de haberle dicho que con que hiciera una buena amiga en Nueva York era más que suficiente. Florence había sido la primera persona a la que Lucy había conocido en Forrester.
No habían llegado a integrarse en la vida social de la compañía, más que nada porque Lucy no lo había intentado siquiera y Florence no lo había conseguido. Como, además, Florence había dejado de relacionarse con sus amistades de Florida (entendía su pasado como una extremidad gangrenada que había que amputar por un bien mayor), Lucy era, a todos los efectos, su única amiga.
Culebreando entre la multitud, dejaron atrás una mesa alargada sembrada de uvas y quesos y se dirigieron a la imponente barra de caoba del fondo. Un barman con chaleco de satén negro sonrió por encima de sus cabezas. Por lo visto, no reunían los requisitos necesarios para ser objeto de su atención. Lucy estaba acostumbrada a que la ignoraran (de hecho, parecía preferirlo), pero Florence había tenido ya el éxito suficiente con los hombres como para lamentar que sus encantos pasaran inadvertidos.
No le faltaba atractivo, pero lo que más resaltaba de ella, sin excepción, era su palidez. Parecía haberse criado en un búnker, más que en la soleada Florida. Prueba de que había nacido en el lugar equivocado, solía decirse satisfecha. Su piel clara se sonrojaba con facilidad: ya fuera por rubor o por fervor, nunca le faltaba colorido, como si su creador se hubiera debatido entre la pureza y la perversión. A algunos hombres les fascinaba aquel efecto, pero a muchos otros les producía rechazo. Además, tenía unos ojos oscuros, casi negros, y unos rizos de rubio ceniza que le brotaban de la cabeza como a Medusa y que Florence no había logrado domar, a pesar de los cientos de dólares que su madre se había gastado en geles, aerosoles y gominas a lo largo de los años.
—¿Qué va a ser, señoritas? —preguntó el barman en un tono ensayado. La luz producía destellos en su pelo de punta y Florence se imaginó aplastándoselo con los dedos como si fuera un césped cubierto de escarcha.
—Creo que voy a probar el «Sistema decimal de Dewar’s» —contestó Lucy, señalando el cartel donde se anunciaban los cócteles de la casa.
Florence pidió un vino tinto.
—Tengo cabernet o pinot.
—Cualquiera de los dos —contestó ella, con fingida despreocupación. No sabía nada de vinos.
Bebieron un sorbo cada una y fueron en busca de un grupo con fronteras franqueables. Vieron a otros asistentes arrimados a la mesa de la comida y se situaron en sus inmediaciones. Amanda Lincoln, una editora júnior, discutía aparatosamente con un joven alto y desgarbado de veintitantos que vestía un traje de pana marrón claro.
—¡Ni de coña, puto misógino! —espetó Amanda.
Gretchen, una asistente vivaracha que se sentaba en frente de Florence en la oficina, se volvió a explicarles:
—Fritz asegura que sabe de buena tinta que Maud Dixon es un hombre.
—No —susurró Lucy, tapándose la boca con la mano.
Maud Dixon era el seudónimo de un autor cuyo debut literario, Foxtrot de Misisipi, había sido un bombazo hacía un par de años. Contaba la historia de dos adolescentes, Maud y Ruby, desesperadas por escapar de su minúscula población natal, Collyer Springs, en Misisipi, y cuyos planes se ven desbaratados cada dos por tres como consecuencia de su edad, su sexo, su pobreza y la absoluta indiferencia de sus familias. La cosa se complica cuando Maud asesina a un contratista que cruza el pueblo camino de un trabajo en Memphis y que comete el error de encapricharse de su amiga de dieciséis años, Ruby, y ponerse pesado. Al final el homicidio las libra de las garras de su pueblo: una acaba en la cárcel y la otra consigue una beca para la Ole Miss, la Universidad de Misisipi.
La crítica ya había comentado su prosa afilada y cruda, y la frescura de su perspectiva, que había llamado la atención del mundo literario, pero la novela no había despegado de verdad hasta que una famosa actriz de Hollywood la había elegido para su club de lectura. Ya fuera por clarividencia o por casualidad, Foxtrot de Misisipi había aparecido en el momento álgido del movimiento #MeToo y capturaba a la perfección la rabia brutal y justificada que tensaba el ambiente. Fuera lo que fuese lo ocurrido la noche en que la joven Maud Dixon había apuñalado a Frank Dillard, un tipejo innegablemente lascivo y amenazador, en la parte trasera del Driftwood Tavern, no se le podía reprochar.
Solo en Estados Unidos se habían vendido más de tres millones de ejemplares de la obra y se estaba rodando una miniserie. Paradójicamente, su autor, Maud Dixon, era un enigma. No concedía entrevistas ni hacía giras promocionales ni publicidad de ningún tipo. Ni siquiera había agradecimientos en la novela.
La editorial, una de las competidoras de Forrester, reconocía que Maud Dixon era un seudónimo y que el autor prefería permanecer en el anonimato. Como es lógico, aquello había desatado de inmediato una especulación desenfrenada sobre su identidad. «¿Quién es Maud Dixon?» era la pregunta que se hacía en multitud de artículos de revistas, foros de internet y almuerzos editoriales por toda la ciudad.
Se había localizado y descartado debidamente a las dos únicas personas que se llamaban así en todo el país: una vivía en una residencia de ancianos de Chicago y no recordaba ni el nombre de sus propios hijos; la otra era higienista dental, se había criado en un pueblo de clase media de Long Island y desde luego jamás había mostrado talento alguno para la escritura ni proclividad hacia ella.
Muchos daban por sentado que el relato era autobiográfico, por la coincidencia del nombre del autor y el del narrador. Unos cuantos detectives aficionados habían encontrado delitos que coincidían en parte con el de la novela, pero ninguno de ellos lo suficiente para considerarse una prueba irrefutable. Además, en el estado de Misisipi, los expedientes de los delincuentes juveniles se archivaban cuando cumplían la mayoría de edad. La localidad de Collyer Springs ni siquiera existía. La investigación se encallaba ahí.
Florence solía menospreciar las novelas que debían su éxito a giros dramáticos de la trama (el asesinato le parecía una ordinariez), pero Foxtrot de Misisipi la había dejado estupefacta: el asesinato no era una argucia técnica para darle morbo a la novela, sino su razón de ser. El lector percibía la premura del autor, el imperativo absoluto del asesino, incluso la satisfacción de hundir el cuchillo en su víctima. Aún recordaba de memoria el pasaje:
El cuchillo se clavó fácilmente, intruso afilado entre los pliegues cálidos y femeninos de las entrañas de Frank. Ella lo sacó y volvió a hincarlo. Esa vez topó con una costilla y se estremeció con violencia. Le resbaló la mano de la empuñadura y dio una palmada en la carne pálida y blanda. Su víctima tenía ya el vientre cubierto de sangre, que impregnaba el vello recio y oscuro como si fuera la cabeza de un recién nacido.
La voz de aquel narrador no se parecía a nada que Florence hubiera leído antes: era punzante y feroz, casi despiadada. En el fondo, le daba igual que Maud Dixon fuera hombre o mujer. Sabía que fuera quien fuera era un incomprendido, como ella.
—¿Por qué te pones así? —preguntó Fritz a Amanda—. No estoy diciendo que las mujeres no sepan escribir, joder, solo que ESTE AUTOR EN CONCRETO no es mujer.
Amanda se apretó el puente de la nariz e inspiró hondo.
—¿Que por qué me pongo así? Porque ESTE AUTOR EN CONCRETO ha sido el novelista más vendido del año Y está nominado al National Book Award. Pero, claro, solo puede ser un libro «importante» si lo ha escrito un hombre; si lo hubiera escrito una mujer, no sería más que una novelucha. No podéis comeros todas las puñeteras galletas y venir también a por nuestras miguitas, joder.
—En realidad —terció Florence—, aunque Foxtrot de Misisipi haya sido la novela más vendida del año, el autor más vendido ha sido James Patterson. —Se volvieron todos a mirarla—. Me parece —añadió, aun estando segura, y se odió instantáneamente por hacerlo.
—Gracias, Florence, ahí va otra miguita.
—Esto no tiene nada que ver con ese absurdo recuento personal que tú llevas, Amanda —dijo Fritz—. Tengo un contacto en Frost/Bollen, que casualmente es mujer, por cierto, y me ha jurado que Maud Dixon es hombre. PODRÍA ser mujer, por supuesto, pero da la casualidad de que no —añadió, encogiéndose de hombros a modo de disculpa. Frost/Bollen era la agencia literaria de Maud Dixon.
—Entonces, ¿quién es? —quiso saber Amanda—. ¿Cómo se llama?
Fritz vaciló.
—No lo sé. Mi amiga solo ha oído que hablaban de «él».
—¡Menuda chorrada! —exclamó Amanda, indignada—. No existe, literalmente, un hombre capaz de escribir una novela así. No hay un solo hombre sobre la faz de la tierra que pueda retratar a las mujeres de forma tan convincente, por mucho que se convenza A SÍ MISMO.
—¿Henry James? —terció Florence como si quisiera castigarse por su cobardía de antes—. ¿E. M. Forster? ¿William Thackeray? —Siempre había sentido una afinidad especial con Becky Sharp.
Amanda se volvió a mirarla.
—¿En serio, Florence? ¿De verdad crees que Foxtrot de Misisipi lo ha podido escribir un hombre?
Florence se encogió de hombros.
—A lo mejor. No veo qué importancia tiene.
Amanda miró al techo y replicó sorprendida:
—No ve qué importancia tiene. —Se volvió hacia ella y le preguntó—: ¿Tú eres escritora, Florence?
—No —contestó la otra con un hilo de voz.
En realidad, nada le habría gustado más. ¿No era eso lo que querían todos? Seguro que todos y cada uno de ellos tenían alguna novela inacabada en un cajón. Pero uno no va por ahí llamándose escritor hasta que su obra sale del cajón.
—Entonces, igual te cuesta entender lo importante que es para una escritora tener referentes femeninos, predecesoras que se han negado antes que ellas a que sea un hombre quien narre sus interioridades. No necesito que ningún HOMBRE más me diga cómo SOMOS las mujeres, ¿vale? ¿Lo entiendes? —Florence medio encogió los hombros, medio asintió con la cabeza—. Pobre de la tierra que necesite héroes —añadió Amanda. Florence no dijo nada—. ¿Brecht? —la pinchó Amanda, enarcando las cejas.
Florence notó que se le encendía la cara e, instintivamente, dio la espalda al grupo para disimularlo. Apuró la bebida de un trago y volvió a la barra, donde, con una sonrisa forzada, le mostró al barman la copa vacía. Se inclinó sobre la madera y se descalzó por turnos los pies destrozados por los zapatos de tacón. Nunca le habían gustado las chicas tan desenvueltas como Amanda. Era como las que en el instituto la acogían bajo su protección una semana y la paseaban como a un perro adoptado para terminar ignorándola después. Sabía que para ellas no era más que atrezo de sus actuaciones y que dejaba de serles útil en cuanto abandonaba el papel de protegida agradecida. Además, era una rutina muy absurda, y eso era lo que más la aburría. Amanda, que se había criado en el Upper West Side, lucía su feminismo como seguramente había lucido en su día su uniforme de colegio pijo: con naturalidad, sin darle la mayor importancia, pero con convicción.
Florence jamás había sido capaz de alcanzar el nivel de indignación que exigían los tiempos y su inmunidad al descontento general a menudo la excluía de…, bueno, de todo. Aquella indignación parecía ser el pegamento que mantenía unidos a todos los demás: parejas, amigos, el público objetivo de la mayoría de los conglomerados mediáticos… Hasta los jóvenes activistas ignoraban a Florence, como si intuyeran su solipsismo. No era mansa, claro que no, pero se reservaba su rabia para cuestiones más personales, aunque no supiera exactamente cuáles. Sus arranques de ira la sorprendían tanto como a cualquiera. Eran experiencias inusuales y perturbadoras que la debilitaban y la confundían, casi la atolondraban, como si su cuerpo hubiera salido disparado sin ella y acabara de darle alcance.
Una vez, en un curso universitario de escritura creativa, el profesor le destrozó uno de sus relatos delante de todos, tildándolo de insulso y poco original. Después de clase, ella le montó una defensa cada vez más exaltada de su trabajo y terminó atacándolo personalmente, acusándolo de ser un autor de segunda que no había publicado más que una colección insignificante de cuentos cortos. Al serenarse, descubrió que el profesor la miraba espantado. Apenas recordaba lo que había dicho.
Cuando por fin había conseguido que el barman viera su copa vacía, una voz la sobresaltó a su espalda:
—Estoy contigo.
Se giró. Era Simon Reed, director editorial de Forrester, un hombre alto y delgado de pelo lacio, rasgos delicados y tez algo pecosa. Se le consideraba guapo en aquel ambiente, pero Florence imaginaba lo que habrían dicho de él en Port Orange, donde los rasgos delicados no se juzgaban precisamente atractivos en un hombre.
Florence se dio la vuelta.
—¿En qué sentido?
—En el sentido de que a quién cojones le importa quién es Maud Dixon. —Le babearon las palabras de la boca como una sopa. Estaba bebido, observó—. Eso no va a cambiar lo que ha escrito —prosiguió él—. O mejor dicho, igual sí para algunas personas, aunque no debería. Ezra Pound era fascista, pero aun así escribió algunas frases bonitas de la hostia.
—«La hormiga es centauro en su mundo de dragones» —espetó Florence.
—«Apead vuestra vanidad, os lo ruego» —terció Simon, asintiendo con la cabeza. Intercambiaron una sonrisa de complicidad. Florence vio que Amanda los miraba, pero disimuló al saberse descubierta. El barman plantó la nueva copa de vino en la barra. Cuando Florence la cogió, Simon brindó con ella y, acercándose aún más, añadió en voz baja—: ¡Por el anonimato!
Durante el resto de la velada, Florence notó que Simon no dejaba de observarla. No era la primera vez que un hombre mayor se fijaba en ella, pero en su pueblo las miradas lascivas de aquellos hombres le habían parecido repulsivas, como si la hicieran cómplice de algo de lo que no quería formar parte. Esa noche, en cambio, disfrutó del escrutinio de Simon. No era como los hombres a los que había conocido en su adolescencia: en vez de ballestas y bronceados de obrero, le ofrecía primeras ediciones y un exquisito sentido del humor. Además, tampoco era un secreto que estaba casado con Ingrid Thorne, la actriz. Haber llamado la atención de un hombre así la hacía sentirse digna de saltar a un plano existencial superior, como si su interés hubiera despertado en ella, con fuerza magnética, algo que ignoraba poseer.
Dos horas después, la multitud empezó a menguar y Lucy le preguntó a Florence si quería irse ya. Ambas vivían en Astoria y solían coger el tren juntas.
—Vete si quieres; yo me voy a tomar una copa más —le dijo Florence.
—Tranquila, te espero.
—No, de verdad, márchate.
—Vale —accedió la otra, poco convencida—. ¿Seguro?
—Seguro —contestó Florence con rotundidad.
A veces su amistad con Lucy le resultaba sofocante, aunque, en el fondo, su desproporcionada devoción le generaba una tranquilidad de espíritu que compensaba con creces la claustrofobia, quizá porque su madre la había entrenado desde muy niña para identificar solo las formas más extremas de emoción. Cualquier cosa atemperada le parecía fría y falsa.
Lucy se despidió sin entusiasmo con la mano. Florence se pidió otro vino y bebió despacio, sondeando la sala. Quedaba poco más de una veintena de personas y no conocía a nadie lo suficiente para abordarlo. Simon estaba en un rincón, enfrascado en una conversación con el director de publicidad, y no parecía que fuera a terminar.
Se sintió imbécil. ¿Qué había creído que iba a pasar?
Dejó la copa en la barra con más fuerza de la pretendida y fue a rescatar su abrigo de la maraña de prendas que había junto a la puerta. Lo sacó de un tirón y se fue.
Fuera, el viento le azotó las piernas desnudas. Tomó rumbo norte y empezó a caminar rápidamente hacia el metro. Iba a volver la esquina de la Octava cuando oyó que la llamaban. Se volvió. Simon corría detrás de ella, con el abrigo azul marino cuidadosamente doblado y colgado del brazo.
—¿Nos tomamos otra? —le preguntó con la naturalidad de un hombre que no acaba de salir corriendo detrás de una mujer.
Fueron al Tom & Jerry’s, en Elizabeth Street, donde Simon insistió en que pidieran unas Guinness.
—Cuando estaba en Oxford, debí de beberme «piscinas» de esto —dijo él—; por eso ahora me hace sentir joven.
Hablaba con la cadencia de un inglés, pero sin llegar a tener su acento. De pronto entendió por qué.
Encontraron un sitio al fondo y se sentaron uno frente al otro en una mesa pegajosa. Florence le dio un sorbo a su cerveza y puso cara de asco. Simon rio.
—Hay que acostumbrarse al sabor.
—Uno no debería EMPEÑARSE en que le guste algo —se defendió Florence—. Es como esa gente que se obliga a terminar un libro que no disfruta. ¡Déjalo! ¡Busca otro!
—Lamento ser yo quien te diga esto, pero igual te has equivocado de profesión. ¿Tú sabes cuántos libros que no me gustan tengo que leer a la semana? Nuestro trabajo consiste en separar lo bueno de lo malo.
—Ah, a mí no me interesa ser editora —replicó ella con un manotazo al aire.
—Aclárame una cosa —le propuso Simon, sonriendo desconcertado—: eres consciente de que soy el jefe de tu jefa, ¿verdad? Convendría que fingieses un mínimo entusiasmo por el trabajo por el que te pagamos.
Florence le devolvió la sonrisa.
—Me da que no le vas a comentar a nadie este encuentro, y menos aún a Agatha.
—Dios, se me había olvidado que trabajas para Agatha Hale. No, no le haría mucha gracia este «encuentro». La brújula moral de esa mujer necesita con urgencia un poco de 3-EN-UNO. —Una carcajada culpable le brotó a Florence de la comisura de los labios. Le producía vértigo oír a alguien burlarse de una mujer más poderosa que ella en todos los sentidos, tanto en el ámbito personal como en el profesional—. Vale, decidido —dijo Simon, dando una palmada suave en la mesa—: ya que insistes, lo de esta noche queda entre nosotros.
—¡Por el anonimato! —propuso Florence, alzando su vaso.
Simon respondió plantándole la mano en el muslo por debajo de la mesa. Ella no reaccionó y él empezó a deslizar los dedos sumamente despacio. Se miraron a los ojos, sin decir nada, mientras él la acariciaba con el pulgar. Nadie se dio cuenta. Casi todos los presentes estaban apiñados en torno a un televisor montado en la pared, viendo el fútbol.
—Vámonos a otro sitio —sugirió Simon con voz ronca. Florence asintió con la cabeza. Se dejaron las cervezas aún enteras en la mesa y él la sacó del bar cogida de la mano. Una vez fuera, el azote del aire frío le arrancó un gritito. Él se quitó la bufanda, se la enroscó al cuello, le dio dos vueltas y se la anudó—. ¿Mejor? —le preguntó.
Florence cabeceó afirmativamente.
Avanzaron unas manzanas, caminando a ratos, corriendo otros, con la cabeza gacha por el viento, rumbo norte, en dirección al Bowery Hotel, cuyo portero, con un bolsón de plástico en la mano, esparcía sal por la acera. Un indigente, recostado en la fachada del edificio, hacía traquetear las monedas recogidas en un vaso. Sonaba como la tos de un niño. Florence intentó descifrar lo que mascullaba: «Dicen que los hombres no lloran; los hombres lloran, claro que lloran».
En el interior del hotel, el recepcionista pasó con desenfado la tarjeta de Simon como si fueran las dos de la tarde. «De modo que así es como va esto…», se dijo Florence. Siempre había pensado que ocupar una habitación de hotel solo unas horas conllevaba gafas oscuras, nombres falsos y una cama que vibraba cuando le echabas monedas, pero, por lo visto, cuatrocientos dólares la noche bastaban para eludir tamaña sordidez.
Tomaron el ascensor en compañía de otro huésped, un hombre de mediana edad que se tambaleaba un poco. Simon le dedicó a Florence una mirada cómplice e intentó meterle mano; ella le devolvió la sonrisa y negó con la cabeza.
La habitación estaba a oscuras, apenas iluminada por un par de apliques de latón a ambos lados de la cama. Florence cruzó la estancia y miró por una de las grandes ventanas que dominaban dos de las paredes.
—Ventanas abatibles —dijo, paseando por ella cuatro dedos que dejaron cuatro estelas húmedas en la condensación de la superficie.
—Ven aquí —le pidió Simon, y ella obedeció.
A la mañana siguiente, Florence despertó henchida de emoción, como si tuviera toda la noche por delante en vez de haberla dejado atrás. Estaba sola. Simon se había marchado a las cuatro de la madrugada. Desde la cama, lo había visto recoger sus cosas por toda la habitación: el traje gris marengo, que había colgado en el armario; la cartera, el móvil y las llaves, que había dejado en un montoncito ordenado en la mesilla… Mientras se abotonaba la camisa, se había llevado de pronto una mano al cuello y había dicho: «¡Mierda, he perdido una ballena!». Ella le había preguntado a qué se refería y él, ladeando la cabeza con perplejidad casi paternal pero sin explicarle nada, había replicado: «Eres adorable».
Había temido que hubiera una tensión incómoda entre los dos, pero no había sido así: Simon había charlado tranquilamente con ella mientras se vestía y luego, después de darle un besito en la frente, había vuelto a casa con su mujer. Florence no se creía capaz de acostarse con un hombre casado y pensaba que se sentiría culpable, pero, curiosamente, tampoco fue así.
Se estiró todo lo que pudo en la enorme cama. Era sábado, había que dejar la habitación a mediodía y no tenía adonde ir. Inundaba la estancia una luz amarilla, intensa, una luz de otra estación o de otra ciudad. Roma, quizá.
Se levantó y fue al baño. Se le había corrido el rímel, y los rizos le brotaban de la cabeza como electrificados. Después de ducharse, secó los botecitos de champú y acondicionador para llevárselos a casa.
Simon le había dicho que pidiera el desayuno, pero cuando llamó a recepción le dijeron que la cuenta de la habitación ya se había cerrado y que tendría que pagar con tarjeta de crédito.
—Déjelo —contestó ella y colgó bruscamente.
Se vistió y se sentó en la cama. No tenía nada que hacer. Ni siquiera llevaba encima un libro. Se acercó a la puerta y, cuando estaba a punto de abrirla, volvió al baño y se guardó en el bolsillo el estuche de costura.
De vuelta en Astoria, Florence cerró la puerta del apartamento y, sin moverse, aguzó el oído para saber si sus compañeras de piso estaban en casa. Confiaba en que hubieran salido. Había encontrado a Brianna y a Sarah en una web de anuncios por palabras hacía unos meses y tampoco las conocía mejor que cuando se había ido a vivir con ellas.
Abrió la nevera y sacó un yogur desnatado en el que ponía «¡¡BRIANNA!!» con rotulador indeleble de punta fina. Ya en su cuarto, se instaló en la cama y se acercó el portátil. Buscó «ballena» en Google: «Las ballenas son tiras rígidas y planas de metal, carey, nácar, barba de ballena o plástico que se insertan en un bolsillito especialmente diseñado para tal efecto en la cara interna del cuello de una camisa con el fin de evitar que se doble o se deforme».
Florence pensó en bolsillitos en la cara interna del cuello de las camisas. Pensó en hombres como Simon a los que preocupaba que se les deformara o doblara el cuello de la camisa. Los hombres con los que solía acostarse (camareros y administrativos de poca monta a los que conocía por Tinder) tampoco eran de Nueva York y parecían tan perdidos como ella. El único tío con el que había salido más de dos veces desde que había llegado a la ciudad le había pedido prestados cincuenta dólares en su tercera y última cita. Dudaba mucho que supiera lo que era una ballena.
Sabía que más allá de su mundo había otro que desconocía por completo. De vez en cuando, alguien lo agarraba con las manos, lo sacudía y hacía saltar alguna piececita, que caía a sus pies con un suave golpeteo metálico. Ella iba reuniendo esos fragmentos como un entomólogo recoge insectos raros para pincharlos en un tablón. Eran pistas que algún día formarían un conjunto sólido, aunque aún no supiera cuál. Un disfraz, una respuesta, una vida.
A continuación, buscó información sobre la mujer de Simon. Ingrid Thorne protagonizaba sobre todo películas independientes, con alguna que otra incursión en Broadway. No era de esas actrices que aparecen retratadas en People o In Touch (cuyos lectores probablemente no sabrían quién era), pero había sido portada de la revista Paper, según descubrió Florence. «La gran dama del cine de vanguardia», la había llamado el entrevistador.
Con sus antecedentes, difícilmente habría podido ser vanguardia de nada. Hija de un célebre abogado y de un ama de casa, se había criado en un pueblecito rico de Connecticut, o «Connecticult», como lo llamaba ella en la entrevista de Paper: «Adoraban a los dioses de la ginebra y la cretona». Simon y ella vivían actualmente en el Upper East Side y llevaban a sus hijos a un prestigioso colegio privado, pero ella se las arreglaba para que aquellas decisiones parecieran innovadoras.
Ingrid ya no era joven y la suya tampoco era una belleza clásica, pero sus rasgos poseían una complejidad fascinante. Tenía uno de esos rostros que no te cansas de mirar, que era precisamente lo que estaba haciendo Florence cuando le vibró el móvil. Miró de reojo la pantalla y la vio iluminarse sobre el edredón un instante antes de contestar la llamada.
—Hola, mamá.
—Escucha —inició la conversación su madre con aire de confidencialidad—: Keith me dijo anoche que lo que interesan son los FONDOS DE COBERTURA.
Keith era el camarero del P.F. Chang’s en el que trabajaba su madre y al que, por razones que Florence no alcanzaba a comprender, todo el personal del restaurante consideraba dotado de una inteligencia casi sobrenatural.
—Lo cierto es que no estoy cualificada para eso —contestó Florence.
—¡Te graduaste summa cum laude! Sé que me consideras una pueblerina simplona, pero también sé que summa significa «la mejor». ¿Qué otra cualificación podrías necesitar?
—Mamá, yo no te considero pueblerina, pero…
—Ah, vale, solo soy simplona.
—No, no he dicho eso. Pero no se me dan bien los números, ya lo sabes.
—Eso NO lo sé, Florence. Ni mucho menos. De hecho, ahora que lo mencionas, recuerdo que eras bastante buena en matemáticas. MUY buena.
Su madre hablaba con la cadencia caricaturesca de un predicador o un locutor, afectación consecuencia, quizá, de la cantidad de horas que pasaba escuchándolos todas las semanas.
Florence guardó silencio un instante.
—Supongo que no QUIERO trabajar en finanzas. Me gusta lo que hago.
No era del todo cierto, pero había aprendido que era preferible comunicarse con su madre en términos muy claros porque los matices le proporcionaban asideros.
—¿Te gusta estar siempre a entera disposición de alguien? Yo he estado a entera disposición de alguien durante los últimos veintiséis años por una sola razón: para que mi única hija pudiera mandar al cuerno a quien quisiera tenerla a su entera disposición.
Florence suspiró.
—Lo siento, mamá.
—No te disculpes conmigo, cielo. Es Dios quien te ha dado tus dones y tampoco a Él le gusta ver cómo los desperdicias.
—Vale: lo siento, Dios.
—Ah, no, con Él no te hagas la listilla, Florence. Con Él no. —Florence no dijo nada. Al poco, su madre preguntó—: ¿Quién te quiere a ti?
—Tú.
—¿Quién es la mejor niña del mundo entero?
Florence echó un vistazo a la puerta para asegurarse de que no la oía nadie.
—Yo —dijo deprisa.
—Eso es. —Sabía que su madre estaba asintiendo rotundamente al otro lado de la línea—. No eres ninguna mindundi, nena; no te comportes como si lo fueras. Eso sería una falta de respeto hacia mí, y hacia tu Creador.
—Vale.
—Te quiero, nena.
—Y yo a ti.
Florence colgó y cerró los ojos. Los elogios excesivos y tremendamente imprecisos de su madre, sin quererlo, la hacían sentirse del todo insignificante. Durante toda su adolescencia, su madre había mantenido la ficción de que Florence era la chica más guapa y popular de su clase, cuando, en realidad, era un alma en pena que se aferraba a un grupito de amigas sostenido por la mutua desesperación, más que por ninguna afinidad en concreto. Lo único que había tenido en común con su mejor amiga, Whitney, era una media académica de sobresaliente. «¿ES QUE NO ME VES?», le daban ganas de gritarle a su madre.
A veces anhelaba que su madre fuera abiertamente cruel; de ese modo, Florence podría desvincularse de ella sin sentirse culpable. En cambio, estaban atrapadas en aquella farsa infinita: su progenitora le dedicaba halagos minados por la decepción y ella le pagaba con un afecto y una contrición que no sentía.
Vera Darrow se había quedado embarazada a los veintidós años, no lo bastante joven para despertar suspicacias, pero tampoco lo bastante mayor para saber dónde se metía, como le había dicho a Florence muchas veces. El responsable, un huésped habitual del hotel en el que trabajaba entonces, no había querido saber nada del bebé, pero Vera había seguido adelante de todas formas. Había sido, como solía decirle a todo el que quisiera escuchar, la mejor decisión de su vida, que había empezado realmente con la de su pequeña. Aunque también había descubierto a Dios estando embarazada, con lo que tal vez parte del mérito fuera de Él.
Una compañera de trabajo le había hablado de una parroquia que había ayudado a su prima, también madre soltera, y Vera había acudido con la idea peregrina de que saldría de allí con un paquete de pañales de regalo. En cambio, salió con un grupo parroquial bajo el brazo.
Desde niña, a Vera le habían dicho que estuviera calladita, tranquila, relajada. Allí, su entusiasmo había encontrado un propósito. Eso le había dicho el reverendo Doug, que además le había asegurado que el bebé que llevaba en su vientre no era un pecado, sino un preciado regalo de Dios.
Florence sabía que algunos de los feligreses pensaban que su madre no era tan devota como quería hacerles creer: Vera no ocultaba el hecho de que algunas partes de la Biblia le resultaban discutibles (como que los dóciles fueran a heredar nada) y al final siempre terminaba sembrando la discordia en cualquier comité en el que entraba. Pero a sus detractores les habría sorprendido descubrir lo sólida que era su fe en realidad, aunque los detalles le dieran un poco igual. Por encima de todo, Vera tenía la ferviente creencia de que Dios le reservaba algo especial a su criatura.
A lo largo de su infancia, a Florence le habían relatado aquel plan divino con la regularidad de un cuento para dormir. Lo había aceptado como solía aceptar todo lo de su madre: con pasividad y sin rechistar. El escepticismo es terreno cenagoso para los hijos de padres solteros.
Florence había dejado de creer en Dios en el instituto, pero seguía dando por sentado que estaba destinada a la grandeza. Se lo habían estado inculcando demasiado tiempo. Renunciar a ello a esas alturas habría sido como pedirle que dejara de ser rubia o de odiar la mostaza.
Lo malo era que Florence y Vera tenían ideas diametralmente opuestas sobre el significado de «grandeza». Para Vera, no era sino la mejor versión de una vida que ella conocía, con lo que sus expectativas se veían constreñidas por su propia imaginación: Dios le concedería a Florence un buen trabajo y un buen marido. Y puede que, a su vez, su hija le otorgara a ella un piso. Pero la palabra «grandeza» evocaba en Florence algo mucho más disparatado y ajeno, algo fuera del alcance de Vera. Sus horizontes, como se vería después, podían expandirse en direcciones desconocidas para su madre.
Gracias a la lectura, empezó a entender que los límites del mundo de su madre la irritaban. Siempre había sido una lectora voraz y de pronto cayó en la cuenta de que un trabajo administrativo en Tampa o Jacksonville no era, en realidad, el alfa y el omega; había vida más allá.
Florence había empezado a frecuentar obsesivamente la biblioteca, buscando con desesperación destellos de vidas distintas de la suya. Tenía predilección por las historias de mujeres glamurosas y malditas, como Anna Karenina e Isabel Archer. Sin embargo, su fascinación pronto pasó de las protagonistas de las novelas a las mujeres que las escribían. Devoró los diarios de Sylvia Plath y Virginia Woolf, mucho más glamurosas y malditas que cualquiera de sus personajes. Pero, sin duda, la biblia de Florence era Slouching Towards Bethlehem. Lo cierto es que pasaba más tiempo viendo fotos de Joan Didion con sus gafas de sol y su Corvette Stingray que leyéndola, pero la moraleja estaba clara: bastaba con que se hiciera escritora y su aislamiento se convertiría, como por arte de magia, en prueba de brillantez, más que en motivo de vergüenza.
Cuando pensaba en el futuro, se veía sentada a un bonito escritorio junto a una ventana, tecleando su próxima gran novela. Nunca veía el texto en la pantalla, pero sabía que era extraordinario y que demostraría de una vez por todas que, en efecto, ella era especial. Todo el mundo conocería a Florence Darrow.
¿Y quién iba a cambiar ESO por un piso?
Forrester Books ocupaba dos plantas de un edificio de oficinas de Hudson Street, en el centro de Manhattan. No era una de las editoriales más grandes de Nueva York, pero tenía cierto caché que enorgullecía a sus empleados. Cuando habían entrevistado a Florence, un editor le había dicho: «No hacemos ficción “comercial”», como si fuera un eufemismo de pornografía infantil. (Corría el rumor de que ese mismo editor había rechazado Foxtrot de Misisipi cuando se había recibido el manuscrito, pero aún era un rumor sin confirmar.)
El lunes siguiente a la fiesta navideña de la empresa, Florence cruzó el vestíbulo en estado de alerta máxima. Su rutina de siempre, pasar la tarjeta por el lector y saludar con la cabeza al guardia de seguridad, adquirió visos teatrales. Buscó a Simon entre la multitud que esperaba los ascensores, pero no lo vio.
Su mesa estaba en la planta trece, encerrada en un cubículo entre impresoras, archivadores y compañeros. Los despachos de los editores bordeaban el perímetro de la planta, impidiendo el paso de la luz solar. Mientras aguardaba a que se reactivara su ordenador, por fin lo entendió: nadie la miraba; su vida seguiría adelante como si lo del viernes no hubiera ocurrido jamás.
A las once, Agatha entró corriendo y quitándose el abrigo de cualquier manera. Era una mujer bajita y prieta de cuarenta y pocos con pelo prematuramente canoso y una energía inagotable. Además, estaba embarazada de seis meses. Florence se levantó a ayudar.
—¡Dios, detesto a mi doctora, de verdad! —sentenció Agatha—. Si no fuera demasiado tarde, cambiaría —añadió, tirando al suelo su enorme bolso en el que llevaba una chapa en la que ponía «SÉ BUENA PERSONA».
—Vaya, ¿qué te ha hecho esta vez?
Florence no había tardado en aprender que lo que Agatha buscaba sobre todo en una asistente era alguien que se compadeciera de sus desdichas y validara sus opiniones. De hecho, curiosamente, le fascinaba Agatha, que encajaba perfectamente en la descripción de lo que en su pueblo sospechaban que podía ser un liberal neoyorquino. Vivía con su marido, abogado especializado en inmigración, en Park Slope. Iba a manifestaciones. Se apuntaba a la resistencia. Llamaba «pelis» a las películas.
—¡No consigo hacerle entender que no quiero epidural!
Agatha entró furiosa en su diminuto despacho y Florence la siguió, haciendo rodar su silla hasta la puerta.
—¿No quieres epidural? ¿Por qué?
Agatha se instaló en su mesa y miró muy seria a su asistente. A menudo se autoproclamaba mentora de Florence, pero rara vez se comportaba como tal.
—Florence, el dolor ha sido condición sine que non de la maternidad durante milenios. Es un rito de iniciación, como, no sé, esos niños de las tribus africanas que tienen que hacerse una cicatriz para que los consideren hombres.
—¿Qué tribus?
—No sé, TODAS, básicamente.
—Ya —contestó Florence con escasa convicción.
—Al evitarnos ese DOLOR SACROSANTO, el complejo médico-industrial está erosionando de forma visible la relación madre-hijo. Ese dolor te acerca a tu criatura. Ser madre es un honor y un privilegio que hay que ganarse.
—Tiene su lógica, supongo —dijo Florence—. Leí en internet que los piojos de mar se abren paso a mordiscos desde el seno materno cuando están listos para nacer. Mordisquean el útero, las vísceras y demás de la madre y le salen por la boca. La destrozan. La matan.
Agatha asintió en señal de aprobación.
—Eso mismo, Florence. Eso mismo.
Florence volvió corriendo a su sitio y decidió marcar aquella conversación como un triunfo.
Poco después de las cuatro, fue a tomarse un café en el Dunkin’ Donuts de la esquina. Al salir del ascensor, por fin vio a Simon. Entraba en el edificio hablando por teléfono. Cuando la detectó, sonrió y levantó un dedo para pedirle que esperara.
—Ajá. Claro. Completamente de acuerdo —dijo al teléfono; luego miró a Florence con los ojos en blanco—. Muy bien, Tim, tengo que colgar. Hablamos pronto. —Se guardó el móvil en el bolsillo interior de la chaqueta y sonrió como disculpándose—. Perdona. —Miró alrededor—. Ven a la vuelta de la esquina un momento —añadió, y se la llevó afuera, hasta la mitad de una perpendicular—. Bueeeno… ¡Menuda nochecita! —le dijo con cara de circunstancias—. Escucha, solo quería asegurarme de que va todo bien, de que estás cómoda con lo ocurrido. No suelo comportarme así, claro está, pero no sé… —Suspiró hondo, meneando la cabeza—. Tienes un no sé qué, Florence… Me he saltado todas mis normas. —Florence abrió la boca para responder, pero Simon se lanzó al ataque—. Dicho eso… —Se interrumpió y cambió de tono—. Dicho ESO, lo nuestro ha sido un error. Culpa mía. Al cien por cien. Asumo toda la responsabilidad. Pero no puede repetirse. Te respeto demasiado para ponerte en esa tesitura.
—Simon —dijo al fin Florence—, no te voy a hacer un #MeToo.
Simon soltó una carcajada histérica.
—Ja, ja. Gracias, ja, ja, te lo agradezco. No, no creo yo que esto sea de #MeToo. —Vio a un conocido a la espalda de Florence, lo saludó con la cabeza y sonrió—. Bueno… —dijo, retomando la conversación con ella—. Vale. Genial. Gracias. —Florence no contestó—. Entonces, ¿estamos bien?
—Estupendamente, Simon.
—Bien, bien —contestó él, dándole una palmada en el hombro—. ¿Y por arriba todo bien? ¿Te gusta trabajar para Agatha? —Florence respondió que sí—. Bien, bien —repitió él.
Se separaron en la esquina. Él volvió a entrar en el edificio y ella se fue a la cafetería. Mientras hacía cola, reprodujo mentalmente la conversación. Le había dicho la verdad: ESTABA bien. Ya sabía que Simon era un hombre casado cuando se había acostado con él. Y que lo suyo probablemente sería un polvo de una noche. El sexo ni siquiera había sido genial. La había acariciado con ternura, complaciente, de una forma que le había resultado algo repulsiva. («¡Qué pena —se había dicho— que, aun cuando era infiel, follara como un hombre casado!») Aunque, en el fondo, lo lamentaba un poco. No es que le apeteciera su compañía precisamente, pero le había gustado la sensación de estar en su órbita, aunque solo fuera unas horas: el Bowery Hotel, las ballenas del cuello de su camisa, interesar al marido de Ingrid Thorne.
Florence no fue a casa por Navidad. Le dijo a su madre que los vuelos eran demasiado caros, aunque JetBlue los tuviera a setenta y nueve dólares.
El día de Navidad, cogió el metro al Bowery Hotel. El vestíbulo, un gran espacio diáfano que se extendía hasta una terraza acristalada, hacía también las veces de bar, pero casi todas las mesas estaban vacías. Se sentó en un sillón tapizado de desgastado terciopelo amarillo y acarició el tejido con las manos. Cuando llegó la camarera, pidió una copa de Glenlivet de catorce dólares.
Dejó su libro (Lancha rápida, de Renata Adler) y su cuaderno encima de la mesa que tenía delante, pero no abrió ninguno de los dos. En su lugar, estudió el entorno. El hotel tenía el aire de un puesto de avanzada británico abandonado en alguna colonia exótica: cuadros ennegrecidos, suelos de terracota, alfombras antiguas… Todo decorado de adornos navideños.
Sus ojos se posaron en un hombre mayor que vestía un traje gris de tres piezas con un pañuelo púrpura asomándole por el bolsillo de la pechera. La estaba observando. Cuando sus miradas se cruzaron, él se levantó con dificultad y se acercó arrastrando los pies. Se inclinó sobre ella. Olía a alcohol y a colonia.
—¿Judía o misántropa? —le preguntó con voz grave y quebradiza. Ella lo miró asqueada, pero no contestó. Se sostuvieron la mirada en silencio. Él cedió primero—. Ay, no seas así, cielo. No pretendía ofenderte. Yo soy las dos cosas, ¿sabes? El doble de divertido —añadió, y soltó una carcajada seca que terminó en tos. Sacó el pañuelo y se lo llevó a la boca. Algo semisólido se instaló en sus pliegues.
La camarera de Florence se aproximó y poniéndole una mano en la zona lumbar le dijo:
—Bueno, vamos a dejar a esta agradable señorita disfrutar de su copa en paz, ¿le parece?
Lo devolvió con delicadeza a su sitio junto a la chimenea mientras el anciano mascullaba:
—De señorita nada. Esa no.
Florence apuró el whisky y fue al lavabo. Se miró al espejo. Había dos grifos: uno de agua fría y otro de agua caliente. Metió la mano bajo el chorro de agua caliente hasta que no pudo aguantarlo más. En la universidad, había descubierto que ese ritual en particular era el mejor remedio para la rabia y la desesperación. Luego volvió a su mesa, dejó un billete de veinte y emprendió el regreso al metro.
Vera pasó las Navidades con su mejor amiga, Gloria, y los dos hijos de esta. Se lo contó a Florence esa noche:
—Seguro que no les ha hecho mucha gracia que yo anduviera por allí todo el día, pero Gloria, claro, no me iba a dejar pasar el festivo sola. No te reprocho que no hayas venido a casa, ¿eh?, pero ya sabes que a Gloria no le gusta ver sufrir a nadie. ¡Y Grace, la mayor de sus hijas! ¡Increíble! Es la directora de la oficina entera de Gold Coast Realty en Tampa. ¡Que es una empresa de ámbito nacional! Y ENCIMA tiene cuatro hijos.
—Dudo mucho que Gold Coast Realty sea una empresa de ámbito nacional —replicó Florence—. Si se llama «Gold Coast»…
Vera exhaló con fuerza.
—Vale, ya veo que no te impresiona lo suficiente. Cuatro niños y un sueldo de seis cifras. Y aún ha sacado tiempo para comprarme un regalo de Navidad.
—Yo te he comprado un regalo de Navidad —la interrumpió Florence, a la defensiva.
Le había mandado a su madre la colección de relatos de Lydia Davis. Sabía que no se los leería, pero ansiaba que Vera cambiase. No le gustaba avergonzarse de ella.
—Claro, cielo, pero es que tú eres de la familia. De todas formas, ni te imaginas lo que me ha regalado.
—¿Qué?
—¡Un zoodler!
—No sé lo que es eso —dijo Florence sin entusiasmo.
—Claro que lo sabes. Para hacer zoodles, espaguetis de calabacín.
—Te prometo que ignoraba esas palabras.
Vera suspiró de nuevo.
—Bueno, cielo, te dejo volver a tu fabulosa vida neoyorquina.
Florence se frotó la cara con fuerza. No quería portarse así con su madre, pero le costaba controlarse.
—Perdóname, mamá. Seguro que es un regalo estupendo.
Su madre se apaciguó. No hizo falta mucho.
—Sí lo es, sí. La próxima vez que vengas a casa, te haré espaguetis de verduras. Saben como la pasta de verdad. Es increíble.
—Genial.
—¡Ah!, ¿y sabes a quién me encontré el otro día? A Trevor. ¡Qué majo es! Se acercó enseguida a saludarme en el centro comercial.
La contrición de Florence se esfumó.
—Pero, mamá, si tú lo detestabas.
