Quique Hache. El mall embrujado - Sergio Gómez - E-Book

Quique Hache. El mall embrujado E-Book

Sergio Gómez

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Beschreibung

Cuatro nuevos casos son los que enfrenta el joven detective Quique Hache, quien hará uso de su inteligencia para resolver todos los enigmas en compañía de su nana Gertru y su amigo León.

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Seitenzahl: 175

Veröffentlichungsjahr: 2020

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1

Mi papá nos fue a dejar a la estación de trenes. El tren salía a las nueve y media de la noche con destino a Temuco. Hacía dos meses que habíamos planificado el viaje con Gertrudis Astudillo, mi nana; por fin conocería su ciudad natal y a su familia, aunque era como si ya los conociera por todo lo que ella hablaba del lugar y de la parentela.

Me gusta viajar. Si existiera alguna profesión como la de viajero, esa sería la mía. Hace algunos siglos existía la profesión de explorador, pero ahora las cosas son distintas y nadie estudia algo así porque quedan muy pocos lugares por explorar. Por eso, por ejemplo, conservo mi colección de Tintín; no se la presto a nadie, ni siquiera a León, que es mi amigo pero que tiene la mala costumbre de doblar las esquinas de las páginas de los libros para marcar donde queda cuando deja de leer. Tintín y Milú viajan al Congo, al Tíbet, al oeste americano, a China, incluso a la Luna.

Y ahí iba yo, viajando a la ciudad de Temuco, 600 kilómetros al sur de Santiago, a un lugar al que le gusta autodenominarse como la región de La Frontera. Si yo fuera extranjero, por ejemplo, de Madagascar o de Alemania, tendría un enorme interés en un lugar que se llama a sí mismo La Frontera. El nombre alterna con otro: Región de la Araucanía. Todos esos nombres se debían a una razón: hasta hacía poco más de 100 años el país llegaba hasta ahí; es decir, allí estaba la frontera, del otro lado vivía el pueblo de los mapuches, los que le daban la pelea a los conquistadores desde hacía muchos años, desde que habían llegado de España. Los mapuches eran un pueblo difícil de vencer hasta esa fecha, reclamaban sus tierras y no se conformaban. Un día decidieron, después de 400 años, que no daban más la pelea. Entonces se sentaron a conversar y a tratar de solucionar las cosas por las buenas. Eso significó un tratado que se llamó Pacificación de la Araucanía. Pero lo que no sabían los mapuches era que los españoles —en ese momento convertidos en chilenos— eran expertos en conversar y convencer, y en poco tiempo los tenían rodeados de ciudades, carreteras, malls, hoteles, Internet y televisión por cable, es decir, estaban perdidos; ahora sí que los habían vencido sin que se dieran cuenta.

Esa era la historia resumida de los mapuches; la leí en un libro de historia antes de emprender el viaje. También leí que a fines del siglo XIX surgió la ciudad de Temuco, en plena Araucanía, creció y se llenó de gente y de automóviles. Allí vivió Pablo Neruda cuando era niño. Y allí nació Gertrudis Astudillo, mi nana, quien estudió en el Liceo de Niñas, en el mismo en que trabajara otra poeta, Gabriela Mistral, pero muchos años antes. Después de cuarto medio, Gertrudis decidió que lo suyo también era viajar y un día llegó a Santiago, la capital, donde la recibió mi mamá. Desde ese día estaba en mi casa, y yo recién cumplía un año de vida.

Las primeras horas fueron agradables en el vagón y, como en los aviones, en los trenes no se ve para adelante, solo para el lado, entonces parece que no se avanzara a ninguna parte. Antes de apagar las luces nos recostamos en los asientos. Nadie más ocupaba los cercanos, así que teníamos suficiente espacio. Entonces vi a Gertru masajeándose la cara con crema, lo que la hacía parecer un fantasma o un mimo callejero.

—¿Tienes que echarte la crema justo ahora, frente a los demás pasajeros? —le pregunté un poco avergonzado.

Ella ni siquiera me miró para contestar, siguió sobándose el cuello y respondió:

—Dulces sueños, Quique.

Por la ventana vimos pasar pequeños pueblos con muy pocas luces y a un señor muy viejo que esperaba a alguien en el andén o simplemente paseaba por ahí mirando al tren. Me imaginé viviendo en esos lugares: no era muy interesante porque eran pueblos que parecían aburridos y lentos, donde no existían salas de cine. Pero por otra parte la vida era ordenada y tranquila; por ejemplo, si uno salía en bicicleta no era necesario llevar candados para amarrarla a un poste de la luz, porque nadie estaba pensando en robarla. Por las tardes, después del almuerzo, se dormía una siesta de media hora. Mi hermana decía que vivir en un pueblo chico era como enterrarse, claro que el único pueblo chico que ella conocía era Pucón, que no es el ejemplo de un típico pueblo.

Y así, poco a poco, con la cadencia del tren, me fui quedando dormido hasta que no supe nada más, como sucede cuando uno se duerme, simplemente todo se borra y viene la oscuridad hasta el otro día.

2

Llegamos temprano y el frío de la ciudad me hizo tiritar, mientras un inspector de ferrocarriles con uniforme nos ayudaba con las maletas. Es decir, con mi única maleta y que es también el bolso que ocupo para la clase de educación física en el liceo. Las toneladas de equipaje eran de Gertru, no podía viajar, y menos a su ciudad, sin lo necesario: ropas, cremas y muchas carteras.

—Qué raro que mi papá no viniera a buscarnos —dijo Gertru—. Se suponía que tenía que venir a la estación.

Hicimos parar a un taxi. El viaje era corto, como todos los que haría en la ciudad. Las distancias no eran las enormes que hay que recorrer en Santiago; tampoco en Temuco existía el metro, pero no se necesita, aunque sí existía congestión por la cantidad de automóviles en las calles.

Llegamos hasta la población Pueblo Nuevo. Las casas eran pequeñitas, pero con grandes patios llenos de árboles, como cerezos o duraznos. Bajamos frente a la casa de Gertrudis. En la vereda nos estaban esperando dos viejecitas que sonreían como las hadas madrinas de La bella durmiente. Eran, lo supe más tarde, Nenita y Gladis, las tías de Gertru, dos solteronas que vivían felices. Nos abrazaron, sobre todo a mí; según ellas, me conocían tanto porque Gertru hablaba de mí, y por mis fotos que tenían desde que era una guagua. Me dio un poco de vergüenza porque me apretaban y me estiraban la cara como si la tuviera de hule, pero así es la gente en el sur, cariñosa, entonces no hay nada que hacer más que aguantar que a uno le jalonen la cara y se la dejen adolorida.

Nenita fue la encargada de contarnos cuando Gertru preguntó preocupada por su papá:

—No pudimos avisarte, Gertru, no nos dio tiempo y tampoco queríamos preocuparte demasiado.

—¿Qué pasó con mi papá? —preguntó ella, al borde de las lágrimas.

—Está internado en el hospital de Temuco: sufrió un preinfarto.

Entonces habló Gladis, que era un poco más seria que su hermana, más alta y huesuda:

—Tuvo un problema en el trabajo. Desde hace dos años está de cuidador del Mall Temuco, allí le vino el infarto, mientras hacía una ronda nocturna.

Desde hacía algunos años existía un mall en Temuco que llevaba ese nombre. Fue el primero de la ciudad. En los pocos años de funcionamiento había tenido muchos problemas y estaba a punto de cerrar. Solo quedaban algunas tiendas y un supermercado. Estaba ubicado en la entrada de Temuco, muy cerca del barrio donde estábamos.

—Nosotros no queríamos —dijo la tía Nenita— que trabajara de noche, se decían muchas cosas de ese lugar, tú lo sabes muy bien.

Se miraron entre ellas.

—Tengo que ir a ver a mi papá —dijo Gertru.

Estuvimos todos de acuerdo en que iríamos apenas desayunáramos.

Cuando dijimos que teníamos hambre, tía Nenita y tía Gladis pusieron cara de felicidad, como si esperaran ese momento. Pasamos a la cocina, donde estaba preparada la mesa repleta de comida. Eso era lo que me esperaba en los próximos diez días que permanecería allí: comida. Me habían advertido que en el sur se comía bien; por eso, lo más importante, lo que nadie puede hacer es rechazar la comida, eso es una ofensa grave. Al menos para esas dos tías, rechazar un queque de miel, una empanada de pera, un pedazo de brazo de reina, un sándwich de palta con huevo, equivalía a un insulto.

En medio del desayuno me acordé y, para darle tregua a mi estómago, pregunté:

—¿Qué cosas se decían de ese lugar, del mall?

Me miraron con cara de televisión apagada. Gertru movió la cabeza como esos perros de plástico en la parte de atrás de los autos, y dijo:

—Habladurías de la gente.

—¿Pero qué habladurías? —insistí.

—Cuando recién abrió el mall se corrió la voz de que el lugar estaba embrujado, que era peligroso, sobre todo por las noches.

—¿Embrujado? —Temuco me comenzó a parecer interesante: su primer mall acusado de diabólico.

—Mira, Quique —dijo Gertru, moviendo los dedos como si martillara una pared—. Sabía que esas cosas te iban a interesar, pero nada de investigaciones de detective aquí en Temuco, por favor. Tu papá me dejó a cargo tuyo y vamos a hacer lo que yo diga, ¿entendido?

Era tarde, había dicho la palabra clave: embrujado. Cuántos lugares así se conocen; pocos en la vida.

Nos dimos una ducha rápida y nos vestimos con parka y bufanda porque en Temuco siempre parece que comenzará a llover, y cuando lo hace, dicen, no para en semanas.

Cuando llegamos al hospital, antes de entrar a la pieza del papá de Gertru, esta me detuvo y me advirtió:

—Te recuerdo, nada de investigaciones, en esta ciudad no se necesitan investigadores privados.

3

El papá de Gertru estaba en una cama; a su lado, en otra, un hombre al que habían atropellado con un carro de supermercado, quebrándole una pierna. Cada vez que contaba lo ocurrido no podía dejar de reírse. Según él, estaba comprando un yogur de frutilla cuando otro que andaba por ahí, al parecer muy apurado, lo pasó a llevar. Cuando se recuperara completamente demandaría al conductor del carro y al supermercado.

El papá de Gertru estaba viejo, pero tenía buena cara, algo pálido y aburrido de permanecer allí, en un hospital público. Cuando nos vio se alegró enseguida.

Lo que nos contó el papá de Gertru nos dejó helados.

Estaba en el hospital porque tuvo una fuerte impresión, eso le causó el infarto. Hacía su ronda nocturna por el Mall Temuco, un edificio de un solo y largo piso. El mall tenía dos guardias permanentes durante la noche. A cada hora se hacía una ronda, tanto por el papá como por su ayudante, un hombre joven. Cerca de las tres de la madrugada, el papá de Gertru escuchó ruidos justo en el centro del mall. Llevaba una linterna y un bastón para defenderse. Los pasillos estaban iluminados con poca luz, la poca que existía en ese momento comenzó a apagarse. Por delante, desde debajo de una escalera, apareció una figura transparente y fluorescente, podía ser un hombre o una mujer, no estaba seguro. Sí estaba seguro de que era igual a un fantasma, al menos a los de las películas. No alcanzó a reaccionar, se quedó allí petrificado. El fantasma dio una vuelta y subió por una escalera a un patio de comida. El papá de Gertru corrió entonces despavorido por el pasillo, pero antes de llegar al puesto de los guardias le faltó el aire, no pudo más y cayó al suelo. Un día después despertó en el hospital lleno de tubos y alambres. Se sentía débil y enfermo.

—Un fantasma, uno de verdad —dije casi con un preinfarto yo también.

—Y eso que no creo en ellos —dijo el papá—, pero de que vi uno, lo vi esa noche en mi ronda. Y te voy a decir algo más, Quique, pero no lo comentes: cuando lo vi sentí miedo, pero miedo de verdad.

—No me asuste al niño —dijo Gertru.

—No me asustó —dije yo asustado.

El nombre del papá de Gertru es Armando. Según él, cuando se enteraban de su nombre siempre le hacían la misma broma: «¿Armando qué? Armando silla o armando mesa». El mal chiste había tenido que escucharlo los últimos 30 años, así que mejor no se me ocurriera a mí repetirlo. En realidad yo estaba más interesado en el asunto del fantasma.

Lo peor era que corrían rumores de que el mall se cerraría finalmente, el negocio no funcionaba, la gente no se trasladaba hasta la entrada de la ciudad para comprar. Entonces don Armando perdería su trabajo y, como era viejo, le costaría encontrar un nuevo empleo.

Le pregunté todos los detalles de la aparición. Gertrudis movió la cabeza y miró al cielo.

—Lo único que me faltaba —enseguida le dijo a su papá—. Y usted, papá, no le meta esas tonteras en la cabeza a Quique, que no sabe cómo es de ideas fijas.

Don Armando se sentó en la cama. Debajo de la bata de hospital, su cuello era un pedazo de carne que se movía como los de algunos pájaros. Entonces dijo con cara asustada:

—Eso no es todo. A mí no es al primero al que se le aparece. Hace unos años, el fantasma del mall llevó al hospital a otro guardia.

Gertrudis se echó aire en los pulmones y exclamó:

—Lo único que faltaba.

4

Almorzamos pantrucas, arrollado, lentejas con arroz y longanizas; de postre comimos flan casero y sémola con caramelo. Nunca había comido tanto en mi vida. Tía Nena y tía Gladis estaban muy felices de verme satisfecho y con una enorme panza. Después, Gertrudis se fue a buscar a su padre al hospital, y yo, para bajar la comida, dije que iría a dar una vuelta al barrio. Me subí a una micro pequeñita que llaman liebre. En pocos minutos me bajé en el mall de la entrada de la ciudad. Era un edificio alargado, como serpiente, con un amplio estacionamiento. En el único lugar que se veía gente era en el supermercado de la entrada. Por los pasillos del mall muy pocos paseaban, muchas de las tiendas estaban cerradas y las vitrinas cubiertas con papel de envolver o diarios. En el centro del lugar existía un segundo piso con un pequeño patio de comidas. No era como los grandes centros comerciales de Santiago, pero lejanamente se parecía. Me imaginé que en aquel lugar, en el centro del pasillo, se había aparecido un fantasma y un escalofrío me recorrió el cuerpo.

Caminé hasta la playa de estacionamiento, donde encontré papeles en el suelo que decían: «Prefiera el comercio establecido del centro».

Cuando decidí regresar a la casa encontré en la entrada a cinco niños en bicicleta que me rodearon. Uno de ellos me preguntó de dónde era porque nunca antes me habían visto. Entonces cometí mi primer error en la ciudad, les dije la verdad, es decir, que venía de Santiago, y esto era el equivalente a declararles la guerra. Bajaron de las bicicletas y no me dejaron seguir. No les gustaban los santiaguinos. Yo vivía en Ñuñoa, que era como Temuco, en la calle Juan Moya, que se parecía a cualquier calle de Temuco. Comencé a preocuparme, así que les inventé otra historia: había nacido en Temuco hacía 13 años, pero me habían raptado unos tipos de un circo que me llevaron hasta el norte, hasta Antofagasta; de allí me rescataron los carabineros. Como nadie sabía de mis padres, uno de esos carabineros me adoptó, con él vivía en Ñuñoa, por eso ahora buscaba a mis verdaderos padres en Temuco. Agregué, como último argumento, que desde siempre me gustó Club de Deportes Temuco, el equipo de fútbol de la ciudad, aunque fuera un equipo muy malo y que siempre jugaba en la segunda división, pero lo seguía y celebraba sus escasos triunfos. Los niños de las bicicletas me miraron con caras de mansión del horror. No sabían si creerme o apalearme allí mismo. Pero entonces apareció otro niño, alto y delgado, fumando un cigarrillo:

—A volar, a volar —les dijo, y los de las bicicletas huyeron espantados.

Le di las gracias.

—Soy Julio Painemal —estiró la mano—. Trabajo en el supermercado, en empaques.

—Soy Quique Hache, de Santiago —dije enseguida para dejar las cosas claras.

—Lo sé. Vivo en Pueblo Nuevo, cerca de la casa de don Armando. Supe que venía su hija con un santiaguino, que debes ser tú.

Me ofreció un cigarrillo, pero yo no fumo.

—Supe lo de don Armando aquí en el mall.

—Dice que vio un fantasma la otra noche.

A Julio no le extrañó demasiado.

—Desde que se construyó este lugar han existido problemas. La gente dice que suceden cosas raras. ¿Ves esos panfletos en el suelo? Los han mandado a tirar aquí para que la gente no compre en el mall y vuelva al comercio del centro de la ciudad.

—Pero eso del fantasma... —pregunté.

—Por la noche lo han visto allá adentro.

—¿Y qué crees tú?

—Debajo de este lugar, antiguamente, existía un cementerio de mis antepasados, los mapuches, los primeros que vivieron aquí.

—¿Los mapuches?

—Sí. Justo aquí abajo hay un cementerio, por eso se aparece un espíritu, porque los antepasados no están conformes.

Tragué saliva y no pude evitar mirar el piso de asfalto del estacionamiento.

5

Al día siguiente nos fuimos con Gertrudis a recorrer la ciudad. Subimos el cerro Ñielol. De arriba vimos los techos de las casas y los edificios del centro. Gertru suspiró con nostalgia, la ciudad cambiaba aceleradamente, crecía y se extendía con nuevos barrios.

Luego, llegamos al centro. Alrededor de la plaza existían las mismas tiendas que en Santiago. Y, en medio, un monumento de piedra y metal recordaba a los fundadores. Estaban juntos un guerrero mapuche y un español con armadura. Gertru me dijo que la plaza de Armas le recordaba muchas cosas, así que nos fuimos al frente, a una cafetería, a tomar un helado. Ella se veía radiante y feliz, decía que cada rincón de la ciudad le recordaba momentos vividos. Yo no sé si alguna vez podré decir lo mismo de Ñuñoa, pero supongo que ocurrirá, pero después de que me embarque en un carguero y me vaya a recorrer el mundo, pase por el canal de Panamá y llegue al mar del Norte. Después de que me crezca la barba como a todos los marinos y consiga fumar, pero no cigarrillos, sino una pipa. Entonces, de pronto, me acordaré de Chile, de mis papás, mi nana, de León, incluso de mi hermana Sofía; bueno, de ella no me voy a acordar mucho porque a esa altura estará casada y viviendo en una ciudad enorme como Nueva York. Entonces decidiré regresar a mi patria, es decir a Ñuñoa. Mi papá no me va a reconocer cuando vuelva. Tendrá que escuchar una semana completa todas las aventuras que le contaré. Solo entonces tal vez sentiré nostalgia por mi barrio, por el parque Juan XXIII, que era el lugar donde jugamos o donde he pasado tardes de verano leyendo una novela de Jack London sobre un perro lobo, o del Estadio Nacional cuando mi papá me llevaba, antes de que las galerías se transformaran en campos de batalla. Entonces, viejo y cansado, me acordaré de que Gertru sentía lo mismo por su ciudad.

Gertru me contó que estaba muy emocionada con el regreso, pero de todas las emociones la mayor era volver a encontrarse con el innombrable, es decir con Víctor, que desde ese momento había dejado de llamarse el innombrable, por eso lo había llamado por su nombre: Víctor. Él era uno de sus pololos, uno de cientos, pero uno que nunca olvidó, porque era muy caballero con ella, porque le escribió lindas cartas y porque no lo volvió a ver desde que se fue de la ciudad. Ahora sería distinto, antes de llegar a Temuco se habían escrito y esperaban encontrarse, por eso ella estaba emocionadísima.

Volvimos a la casa, donde nos esperaban las dos tías con aspecto de científicos locos antes de un experimento trascendental. Detrás de ellas apareció una mesa llena de comida. Sentí que mi estómago me pedía clemencia, pero a las tías no se les podía decir que no.

Antes de sentarme a la mesa seguí hasta el dormitorio para saludar a don Armando. Luego, escuché una discusión en la cocina. Gertru hablaba con tía Gladis.

—¿Qué pasa? —pregunté cuando llegué hasta allá.

—El papá, eso es lo que pasa —dijo enojada Gertru.

En la mano llevaba un ejemplar de El Diario Austral que le acababa de entregar tía Gladis.

—Mi papá apareció en el diario. Le hicieron una entrevista en el hospital y contó que había visto un fantasma, justo lo que los periodistas querían que dijera.

La tía Gladis agregó:

—Ahora, la gerencia del mall lo va a despedir por mala publicidad para la empresa.

—No tenía para qué ir a contar algo así —insistió Gertru.

En ese momento apareció tía Nenita, que dijo:

—Quique, te buscan allá afuera.