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Siglo I d. C. Roma es la dueña del mundo, pero está podrida por dentro. Gobierna Nerón, un emperador ególatra, artista frustrado y cruel, rodeado de una corte de hombres cínicos. Entre ellos está Marco Vinicio, un joven oficial romano que, enamorado de Ligia, una rehén bárbara y cristiana, hará lo posible por hacerse con ella. El éxito de Quo Vadis? no fue solo literario, sino un fenómeno cultural que convirtió a Henryk Sienkiewicz en el autor más famoso de su época. Publicada por entregas entre 1895 y 1896, la novela se tradujo a más de 50 idiomas.
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Seitenzahl: 318
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Quo Vadis?
Henryk Sienkiewicz
EDICIONES RIALP
MADRID
© 2026 de la adaptación realizada por A. Cunillera y Miguel Martín
by EDICIONES RIALP, S. A.,
Manuel Uribe 13-15 - 28033 Madrid
www.rialp.com
© Ilustraciones de Guillermo Altarriba
Preimpresión: produccioneditorial.com
ISBN (edición impresa): 978-84-321-7332-5
ISBN (edición digital): 978-84-321-7333-2
ISBN (edición bajo demanda): 978-84-321-7334-9
ISNI: 0000 0001 0725 313X
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I. El árbitro de la elegancia
II. Yo creo en un solo dios
III. En el palacio de Nerón
IV. En casa de Petronio. Un banquete en la Roma de Nerón
V. No matarás… La cólera de Vinicio
VI. Buscando a Licia
VII. Quilón Quilónides
VIII. Las intrigas de un filósofo
IX. En el Ostriano
X. Devolver bien por mal. Pedro y Pablo
XI. El hastío de un patricio. La bendición de Pedro
XII. Epistolario de un patricio. Los versos del César
XIII. El incendio de Roma en el nombre del padre…
XIV. Quilón acusa a los cristianos en la prisión mamertina
XV. Empieza el espectáculo los mártires
XVI. Las antorchas humanas ¡Paz a los mártires!
XVII. El hombre y la fiera
XVIII.
Quo Vadis, domine?
XIX. Epistolario. El último banquete
Epílogo
Cubierta
Portada
Créditos
Índice
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Notas
Petronio se despertó aquellamañanamuy fatigado. Había pasado la noche anterior con Nerón y varios amigos, entre ellos Séneca y Lucano. La salud del noble patricio se hallaba muy quebrantada, pero él no hacía mucho caso y seguía con excesos gastronómicos, como aquellos banquetes que eran tan del agrado del emperador. Petronio procuraba reponer sus agotadas fuerzas con baños y masajes que hacían circular la sangre en sus venas.
Después del ejercicio se sentía otro hombre, y ni el mismo Otón hubiese podido competir en público con Petronio, a quien todos llamaban «árbitro de la elegancia». Tomaba los baños en casa, pues era poco amigo de frecuentar las termas públicas.
En aquel momento asomó por entre las cortinas la cabeza de un esclavo que anunciaba la visita de su sobrino Marco Vinicio, hijo de su hermana mayor, casada con Marco Vinicio, cónsul en tiempo de Tiberio.
El joven regresaba a Roma después de haber servido en las legiones romanas en la guerra contra los partos, bajo el mando de Corbulón.
—¡Salve, Petronio! —exclamó el joven guerrero, penetrando en el depilarium1 con paso desenvuelto—. ¡Que los dioses prodiguen sus gracias sobre ti; ¡especialmente Venus y Esculapio!
—¡Salve, Vinicio, y que te sea dulce el reposo después de la guerra! —respondió Petronio, y sacó una mano de entre los pliegues de los delicados lienzos que le envolvían—. ¿Qué ocurre por Armenia? ¿Pudisteis, por fin, visitar Bitinia?
—Estuve en Heraclea, aunque por casualidad —respondió Vinicio—; Corbulón me envió allí en busca de refuerzos.
—¡Ah, Heraclea! Allí conocí a cierta muchacha, natural de Cólquida, bella e inteligente, muy distinta de las romanas que conocemos; pero para qué hablar de ello. Cuéntame algo de los partos.
—La guerra no marcha bien. A no ser por Corbulón, habría terminado en un verdadero desastre.
Vinicio comenzó a narrar episodios de la guerra. Pero vio que Petronio entornaba los ojos. Entonces se fijó en su rostro demacrado, gastado y pálido.
—¿Cómo te encuentras ahora, Petronio?
—¡Bah! No te preocupes. Sí, ya sé que te interesas por mí. Bueno…, no es que me encuentre bien del todo. Claro que siempre hay alguien que está peor que yo, lo cual no deja de ser un consuelo. Por ejemplo, ahí tienes al mancebo Sisena, que cuando le llevan al baño pregunta si está sentado o de pie.
—No has cambiado en nada, Petronio.
—¡Ah! En cuanto a Ciprea ya es otra cosa. No dudo de que es una diosa excelente a la que tú no tardarás en sacrificar blancas palomas.
—No andas muy lejos de la verdad, Petronio. En efecto: las flechas del amor me han herido a poca distancia de las puertas de Roma.
—¡Por las tres Gracias! Esto sí que es interesante. Cuenta, Vinicio.
—He venido precisamente a pedirte consejo. En aquel momento entraron los esclavos que cuidaban del baño y el diálogo quedó interrumpido por breves momentos.
Marco Vinicio aceptó la invitación del dueño de la casa y se metió en una pila de agua templada.
—Me parece inútil —dijo el poeta sonriendo— preguntarte si tu amor es correspondido.
Vinicio sonrió y no hizo ningún comentario. Después de salir del baño, mientras Vinicio se secaba con la toalla, entró el esclavo lector con un canastillo de bronce lleno de volúmenes o rollos de pergamino.
—¿Te interesa la lectura? —preguntó Petronio.
—Si son versos tuyos, sí. Soy tu más rendido admirador, ya lo sabes.
—No son míos, pero sí de un colega y rival al que aprecio mucho, aunque me ha atacado en varias ocasiones. Posee una inteligencia asombrosa: su nombre es Fabricio Vejenio, y ha sido desterrado por ese necio de César, un bufón danzarín.
—¿Y de ti no habla Vejenio?
—Sí, pero no acierta a retratarme tal como soy.
Pasaron al frigidarium2 para tomar aire fresco. En el centro del patio había un surtidor de agua de color rosa, que esparcía el frescor de sus aguas perfumadas con violeta. Sentados en los asientos estuvieron un momento en silencio, hasta que Vinicio exclamó:
—¿No crees que el amor tiene mucha importancia?
—No lo sé. Cada uno tiene su opinión. Pero yo creo que a ti te gusta más la guerra. En cambio, a Enobarbo3 le agrada más el canto, sobre todo el suyo; y el viejo Escauro también está enamorado únicamente de su propio canto. Ya ves, pues, que el amor tiene muchos sujetos de su devoción. Y, dime, ¿no escribes versos?
—Nunca he sabido lo que es un hexámetro.
—¿Ni bailas? ¿Ni llevas carros en el hipódromo?
—Una vez, en Antioquía, intenté conducir, pero fracasé.
—Me tranquilizas. ¿Y de qué partido del hipódromo eres?
—De los verdes.
—Entonces puedes vivir tranquilo, tanto más que tus riquezas, aunque son muchas, no son tan envidiables como las de Palas o Séneca, que, a pesar de su virtud, podría enterrarme bajo una montaña de oro. El mejor día será sacrificado y su palacio desaparecerá misteriosamente. Pero lo más peligroso de todo es querer cultivar aquí alguna de las artes que cultiva el César. Ese pelirrojo es un envidioso repugnante. ¿Sabes que el estúpido Otón se ha ido a España, por donde pasea su soledad? Está tan cambiado que descuida la elegancia y solo pasa las horas peinándose.
Y el árbitro de la elegancia prorrumpió en una carcajada. Vinicio no pudo menos que sugerir:
—Comprendo a Otón; solo que, en su lugar, yo obraría de otra manera.
—¿Qué harías?
—Crearía, fiel a mi persona, una poderosa legión de íberos, que son admirables soldados y…
—¡Vinicio, Vinicio! Ganas siento de decirte que no serías capaz de hacerlo, porque esas cosas no se dicen: se hacen.
Entraron en la sala de los perfumes y de los untes y Vinicio se distrajo con la presencia de los esclavos que allí esperaban a su señor. Dos de ellos, africanos fuertes como estatuas de ébano, se acercaron a Petronio y a su huésped, dispuestos a ungir su cuerpo con delicados perfumes de Arabia; otros, frigios hábiles en el arte de peinar, tenían en sus manos, largas y flexibles, peines y brillantes espejos de acero; y dos griegos esperaban su turno para vestir a sus señores las amplias togas, cuyos pliegues complicados debían tener la majestad del mármol y la graciosa ondulación de los cuerpos.
—¡Por Júpiter! —exclamó entusiasmado Vinicio—. ¡Nunca he visto semejante colección de esclavos!
—Prefiero la calidad a la cantidad —respondió Petronio—. Mi familia no cuenta más que cuatrocientas cabezas, y opino que solo los advenedizos necesitan más numerosa servidumbre.
—Tantos esclavos no los tiene ni el mismo Nerón.
A lo que respondió Petronio:
—Eres mi pariente y no soy tan egoísta como Barso ni tan austero como Aulo Plaucio.
El joven, al oír este último nombre, se olvidó de los esclavos, y, levantando vivamente la cabeza, preguntó:
—¿Por qué has recordado a Aulo Plaucio? ¿Sabes, acaso, que he estado algunos días en su casa, cuando me rompí la mano en los alrededores de Roma? Plaucio pasó por casualidad junto a mí en el momento del percance y, al ver que sufría horriblemente, me llevó a su casa, donde me curó su esclavo Merieno. Precisamente de eso quería hablar contigo.
—¿A qué te refieres? No irás a decirme que te has enamorado…
—Pues sí. De eso se trata.
—¿Y de quién? ¿Puede saberse?
—¡Si yo lo supiera! Pero imagínate que ni aún el nombre de ella me es conocido. ¿Licia o Catalina? La llaman Licia, porque es nacida de padres licios; su nombre bárbaro es Catalina. ¡Qué extraña casa esa de Aulo Plaucio! Se alberga en ella mucha gente, y hay paz y silencio como en los bosques de Subiaco. Durante muchos días no supe que vivía allí una diosa, hasta que cierta mañana, al amanecer, la vi lavándose en la fuente del jardín, y te juro, por la blanca espuma de donde salió Afrodita, que a través de su cuerpo pasaban los rayos del sol naciente como a través de transparente ánfora de nácar. Toda ella era luz y por un momento temí que, cuando el sol avanzara, se diluiría en él, convirtiéndose en rayo fugitivo.
—Si es una esclava puedes comprarla. Nadie te lo impide.
—No es una esclava.
—¿No? ¿Qué es entonces?
—¡No sé, no sé! Creo que es hija de reyes bárbaros, o algo así.
—Creo que empieza a interesarme tu historia.
—Puedo colmar en parte tu curiosidad, Petronio, y la historia no es larga. Tal vez conociste a Vannio, rey de los suevos, el cual, arrojado de su país, pasó largo tiempo en Roma, y aquí se hizo notar por lo bien que jugaba a los dados y por su habilidad como auriga. César Druso le reintegró a su país y su trono. Vannio era un hombre de valer, gobernó al principio con equidad y fortuna; pero sus triunfos en la guerra cambiaron su manera de ser, y cundió el descontento, no solo entre los países fronterizos, sino entre sus súbditos. Entonces Vangio y Sido, dos sobrinos suyos, decidieron que saliera otra vez de su reino y volviera a probar fortuna en Roma… jugando a los dados.
—Si mal no recuerdo, todo esto ocurrió en tiempo del emperador Claudio.
—Sí. Estalló la guerra. Vannio llamó en su apoyo a sus amados parientes los licios, que acudieron con sus legiones, alarmando con ello al mismo Claudio, pues preveía complicaciones en la frontera; y no queriendo mezclarse en una guerra de bárbaros, escribió a su general Atelio que cuidara de que aquellos no pasaran nuestra frontera. Los licios se obligaron a ello, y dejaron en rehenes algunas de sus gentes, entre las cuales se encontraba la mujer y la hija del jefe; pues ya sabes que los bárbaros las llevan consigo a la guerra. Mi Licia es la hija de aquel guerrero bárbaro.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Aulo Plaucio. Los licios atravesaron las fronteras; pero los bárbaros van y vuelven como la marea. No obstante, los licios desaparecieron: derrotaron a los suevos y a Vannio. Su rey murió en poder de Atelio y quedaron las mujeres y niños dados en rehén. Poco después murió la madre de Licia y entonces Atelio Istero envió a Licia al gobernador de Gesnania, Pomponio. Licia era un rehén y no podía ser considerada una prisionera. Por ello, el gobernador se desembarazó de la muchacha y se la entregó a su hermana Pomponia Grecina, esposa de Aulo Plaucio. ¿Empiezas a comprender, Petronio?
—Creo que sí.
—En la casa de Plaucio todos son virtuosos, desde el dueño hasta el último gallo. Por ello la niña creció virtuosa y discreta.
—Muy interesante. ¡Cuenta!
—Te repito que desde el instante en que vi que a través de su cuerpo pasaba embellecida la claridad matutina estoy enamorado de Licia.
—¿De modo que es transparente como un pececillo o como una sardina recién nacida?
—No te burles, Petronio, y escucha. Al volver de Asia pasé una noche en el templo de Morfeo. Deseaba con todas mis fuerzas tener un sueño revelador de mi porvenir; y figúrate que el mismo dios vino a decirme que en mi vida habría un cambio radical.
—He oído decir a Plinio que no cree en los dioses, pero sí en los sueños. ¡Hay una divinidad ante la que mis bromas se callan: ¡la eterna y omnipotente Venus Genitrix! Ella es la que reúne las almas, la que acerca los seres y las cosas. El amor ha hecho surgir el mundo del caos. ¿Ha hecho bien? Nadie lo sabe, pero su poder es innegable. Se puede no adorarlo, pero hay que reconocer su existencia.
—¡Ah, Petronio! Veo que eres un gran filósofo, pero no sé si buen consejero…
—Dime claramente lo que deseas. ¡Vamos, sobrino!
—¡Quiero a Licia! ¡Quiero hacerla mi esposa si es posible!
—Si no es esclava de Plaucio, pero forma parte de su familia, puede ser considerada como alumna y casarse contigo, si Plaucio consiente, claro está.
—Hablas como si no conocieras a Pomponia, que jamás lo consentiría. Además, ella y su marido quieren a Licia como a su propia hija.
—Conozco a Pomponia, que me recuerda a un ciprés melancólico. Si no fuera la mujer de Plaucio, podría trabajar llorando en funerales. Desde la muerte de Julia no usa más que vestidos negros y parece una sombra de mujer. A propósito: ¿no has oído decir que en el Alto Egipto ha renacido un fénix, cosa que ocurre una vez cada quinientos años?
—¡Petronio! No me hables ahora del fénix. Tengo otras cosas más importantes de que hablar.
—¿Qué quieres que te diga, Vinicio? Conozco a Plaucio, el cual, aunque censura mi género de vida, tiene simpatía por mí, y hasta creo que me aprecia, porque sabe que no soy ningún delator.
—Seguro estoy de que puedes hacer algo por mí. Tú ejerces influencia sobre Aulo Plaucio, y, además, tu inteligencia te sugerirá el mejor medio para empezar la campaña. Si hablaras claramente con Plaucio…
—Confías demasiado en la inteligencia y prestigio de Petronio; pero ya que lo quieres hablaré con Plaucio en cuanto regrese a la ciudad.
—Él y todos los suyos han vuelto ya hace dos días.
—En ese caso vámonos al triclinio, donde nos espera el desayuno, y cuando estemos con la barriga llena, haremos que nos lleven a su casa. Petronio cogió del brazo al joven y le condujo al triclinio.
Después de comer, Petronio propuso un breve descanso, pues para hacer visitas era todavía muy temprano.
A Vinicio le pareció que su tío tenía razón; empezaron a pasear y hablaron de lo que ocurría en el Palatino y las novedades de Roma. Luego Petronio se retiró para descansar una media hora.
Más tarde, de nuevo ante Vinicio, pidió que le llevaran ramitos de verbena, con los que se frotó las sienes y las manos, aspirando su delicado perfume.
—No puedes imaginarte —dijo— cómo reanima este olor. Estoy dispuesto a complacerte en tus deseos… ¡Vamos a ver a Plaucio!
Se acomodaron en una litera1 que ya los esperaba en la puerta, y dieron las señas de Aulo Plaucio, que habitaba en Vicus Patricius2.
Corpulentos africanos levantaron la litera y se pusieron en marcha, precedidos por los esclavos llamados pedisequi3.
Petronio aspiraba de vez en cuando el perfume de la rama de verbena que había quedado en sus manos, y parecía pensativo. Cuando habían andado un buen rato, murmuró:
—Si tu ídolo, es decir Licia, no es esclava de Plaucio puede dejar la casa cuando le parezca y trasladarse a la tuya.
Vinicio negó con la cabeza.
—¿No te parece factible? —preguntó Petronio—. Si la cosa resulta difícil, Nerón podría intervenir y entonces te aseguro que, con mi influencia, Enobarbo se inclinaría a tu favor.
—No conoces bien a Licia —repuso Marco Vinicio.
—Y tú, ¿la conoces? ¿Crees que es suficiente haberla visto? ¿Has hablado con ella acaso?
—La vi el primer día junto a la fuente y luego he vuelto a verla unas dos veces más. Durante mi estancia en la casa yo habitaba un pabellón aislado, el preparado para los huéspedes. Cuando me encontré restablecido del todo, la noche antes de partir, cené con todos y vi de nuevo a Licia, pero no pude hablar con ella. Tenía que escuchar a Plaucio que narraba sus victorias en Bretaña. La segunda vez que encontré a Licia junto al estanque del jardín me fue imposible pronunciar una palabra.
Petronio contemplaba a Marco Vinicio con cierto asombro.
Tras una pausa preguntó con curiosidad:
—¿No hablaste tampoco con ella?
—Estuve un buen rato silencioso, como ya te he dicho. Luego, cuando me tranquilicé un poco, le conté que había vuelto de Asia, lo mal que lo había pasado y lo mucho que me había dolido todo. Le dije que prefería estar mal en esa casa que estar bien en otro sitio. Ella me escuchaba nerviosa y con la cabeza baja, y en la arena trazaba varias líneas, con la ramita húmeda. Luego levantó los ojos hacia mí y me miró como si quisiera preguntarme algo. De pronto se alejó como si alguien la persiguiera.
—Debe de tener unos ojos muy hermosos. ¿Verdad?
—Son como el mar, y en ellos me he fundido como en un océano sin fondo. En cuanto ella se marchó, llegó el pequeño Plaucio, y empezó a hacer unas preguntas que yo no entendí.
—Llevas una venda en los ojos, Vinicio, y en vez de conducirte a casa de Plaucio debiera llevarte a la de Gelonio, que es una buena escuela para los que tienen poca experiencia como tú.
—¿Por qué me hablas así? ¿Es que crees que soy un inmaduro?
—¿Qué fue lo que dibujó Licia en la arena?
—Soy menos inexperto de lo que tú crees, Petronio; hace tiempo que visto la toga viril. Sé, como tú, que en Grecia y en Roma las jóvenes dibujan en la arena algo que revela lo que no quieren que pase por sus labios; pero Licia no hizo nada de eso. Adivina lo que dibujó.
—Si no es nada de lo que te he dicho, no puedo adivinarlo. ¿Qué fue?
—¡Un pez!
—¿Un pez? ¿Cómo y por qué?
—Te lo repito: un pez. Te ruego, Petronio, que descifres este misterio.
—Tendrás que dirigirte a Plinio. Él podrá decirte algo sobre este particular, porque comió más peces en su vida que los que contiene el golfo napolitano.
Al llegar a este punto se interrumpió la conversación, ahogada por el bullicio de las calles en que se internaban; momentos después se detenían ante la casa de Plaucio.
Un joven corpulento abrió la puerta, y al penetrar los huéspedes en el ostium (segundo vestíbulo), una cotorra encerrada en una jaula chilló desentonando: «¡Salve!».
Ya en el atrio, dijo Vinicio:
—¿Has observado que los guardianes de la puerta no llevan cadenas?
—Sí, y lo encuentro muy raro —respondió Petronio en voz baja—. No sé si sabes que Pomponia Grecina es famosa por ser una gran seguidora de esa religión rara de Oriente, dicen que adora a un tal Cristo.
—Tienes razón al encontrar rarezas en esta casa. También yo puedo contarte algo. Luego te lo diré.
En el atrio el esclavo llamado atriense4hizo que el nomenclator5 anunciará a los huéspedes. Petronio, que no conocía la casa, quedó maravillado y desilusionado al mismo tiempo. En aquel recinto se aspiraba tanta alegría como tristeza. Un foco de rayos luminosos se extendía desde la abertura hasta el surtidor, que saltaba sobre la fuente cuadrangular llamada impluvium6, destinada a recoger el agua de la lluvia, y rodeada de anémonas y lirios.
El lirio era, al parecer, la flor predilecta de aquella casa porque había abundancia de ella. Entre los tiestos de flores se veían pequeñas estatuas de bronce representando niños y pájaros acuáticos.
Un esclavo entreabrió la cortina que ocultaba la sala de estar, y apareció Plaucio, que se acercó a los visitantes.
Aulo Plaucio era un hombre de mediana edad, pero fuerte y ágil. De cabeza calva, rostro ancho, nariz aguileña y aspecto noble y severo. Mostró cierta sorpresa al advertir la presencia de aquel amigo y compañero del emperador. Petronio se apresuró a notificarle el objeto de su visita, que no era otro que agradecerle la hospitalidad otorgada a su sobrino, motivo que le serviría para reanudar sus relaciones.
Aulo Plaucio, por su parte, le dio la bienvenida a su hogar, y añadió que era él quien debía de estar agradecido. Petronio no comprendió de momento cuál era la causa de aquella gratitud porque no recordaba haber prestado el más pequeño servicio a Plaucio.
—Aprecio mucho a Vespasiano —murmuró Plaucio—. Recuerda que tú le salvaste la vida cuando tuvo la desgracia de dormirse oyendo recitar a Nerón.
—¡Ah, sí, tuvo la fortuna de dormirse! —exclamó Petronio sonriendo—. Es verdad que pudo costarle la vida, porque Enobarbo quiso enviarle un centurión con el consejo amistoso de que se abriese las venas por su propia mano.
—Y tú, Petronio, te atreviste a censurar la decisión del César.
—Lo que yo hice fue hacerle comprender que, si Orfeo con su canto podía adormecer las bestias feroces, no era menor el triunfo del César por haber conseguido que se durmiera Vespasiano. Todo puede conseguirse de Enobarbo mientras las súplicas vayan envueltas en el perfume de la adulación.
—Desgraciadamente, así ocurre en esta época. ¡Ah! ¡Mis tiempos de Britania!
Petronio, temeroso de que el antiguo guerrero empezase a charlar de sus campañas, cambió de conversación, diciendo que habían ocurrido por aquellos días dos hechos muy curiosos que se prestaban a la profecía. Cerca de Preneste se había encontrado muerta una loba con dos cabezas, y la última tempestad había arrancado un trozo del templo de la Luna, lo cual hizo creer a los sacerdotes que se aproximaba la decadencia de la ciudad, o, por lo menos, la ruina de alguna casa poderosa, y que solo podrían evitarse tales cosas haciendo sacrificios extraordinarios a los dioses.
Aulo expresó la opinión de que semejantes indicios no debían nunca ignorarse y que, con toda seguridad, los dioses estarían airados por el exceso de impiedad. No había nada extraordinario en esto y en todo caso hubieran sido muy oportunos sacrificios propiciatorios.
—Tu casa, Plaucio, aunque alberga a un gran hombre, es pequeña y la mía también lo es. Si el rayo caído en el templo de la Luna anuncia que la ciudad va a desplomarse, ¿crees tú que merece la pena hacer sacrificios para detener lo inevitable?
Plaucio no respondió, y este silencio molestó a Petronio, que, a pesar de su moral elástica, nunca había sido delator. Sonrió con desdén y como cambiando de conversación empezó a alabar la casa y el buen gusto que en ella reinaba.
—Es una casa que ya tiene años y la he dejado tal como la heredé de mis antepasados —dijo Plaucio.
Dicho esto, el dueño de la casa descorrió la cortina que separaba el atrio del salón de estar y dejó a la vista de los huéspedes la alegre residencia, con su peristilo7y la sala inmediata, llamada aecus8, en cuyo fondo se destacaba el hermoso jardín, desde donde llegaban hasta ellos alegres risas infantiles.
—¡Ah, Plaucio! —exclamó Petronio—. Déjanos escuchar de cerca esas inocentes risas, tan poco frecuentes hoy.
—Con mucho gusto —contestó Plaucio levantándose—. Son mi pequeño Aulo y Licia, que están jugando a la pelota. En cuanto a la risa, tú, Petronio, bien sabes lo que es.
—La vida es ridícula y por eso me río; no obstante, en mi risa no hay esos tonos de felicidad. Hay más bien sarcasmo y hasta tristeza.
—Petronio pasa muchos días sin sonreír siquiera; pero después se desquita riendo noches enteras —interrumpió Vinicio.
Así conversando, atravesaron la casa y llegaron al jardín, donde Licia y el pequeño Aulo jugaban con balones, que eran recogidos y devueltos por esclavos. Petronio echó una rápida ojeada sobre la joven, mientras el niño corría al encuentro de Vinicio. El joven tribuno sonrió al niño y luego saludó con una profunda reverencia a la muchacha. En el triclinio del jardín, sombreado por la hiedra, las parras y las madreselvas, se hallaba sentada Pomponia Grecina, que se levantó en el acto para recibir a los visitantes. Petronio, aunque no frecuentaba aquella casa, conocía a la dueña por haberla visto en casa de Séneca y en algunas otras casas.
Cambiados los primeros saludos y frases de cortesía, Petronio lamentó no verla con más frecuencia, a lo que ella, poniendo la mano sobre el hombro de su marido, respondió tranquilamente:
—Hemos llegado a viejos los dos y nos hemos aficionado a la quietud de nuestra casa. En ninguna parte estamos mejor que aquí.
Petronio añadió, mirándola con tristeza:
—La verdad es que las gentes envejecen pronto por regla general; pero hay rostros en los que Saturno ha olvidado marcar el paso de los años.
Petronio pronunció estas palabras con sinceridad, pues, aunque Pomponia estaba en la madurez de su vida, conservaba fresca su cara, de facciones correctas y menudas, y a veces, a pesar de vestir con mucha sencillez, daba la impresión de una mujer en plena juventud.
Entró el pequeño Aulo en el triclinio e invitó a Vinicio para que jugara con ellos. Detrás del niño entró Licia. Petronio pudo contemplarla a su sabor y le pareció más hermosa que al primer golpe de vista. Dio un paso hacia ella, inclinó la cabeza y, en vez de saludarla en términos usuales, le recitó los versos con que Ulises saluda a Nausica:
«Ignoro si eres diosa o mortal criatura; pero si habitas acaso los valles terrenos, que tu padre y tu madre juntos sean benditos y benditos sean también tus hermanos».
A Pomponia no le molestó en lo más mínimo aquella exquisita cortesía del poeta mundano. Licia le oyó algo turbada al principio, pero luego sonrió y, mirando de pronto a Petronio, respondió de prisa, con palabras también de Nausica:
«Extranjero, no pareces hombre de bajo linaje ni necio».
Y echó a correr como un pajarillo asustado.
Petronio miró a Pomponia con aire interrogatorio, muy sorprendido de que Licia hubiera respondido con versos de Homero. Por su parte, Plaucio estaba muy satisfecho de la confusión de Petronio, que acaso les juzgaba algo incultos, y exclamó sonriendo:
—Tenemos un pedagogo para la enseñanza de nuestro hijo, y la muchacha asiste también a las lecciones. Es viva, graciosa y simpática; nos hemos acostumbrado tanto a ella… Es como si fuera hija nuestra…
Petronio miraba a través de las hiedras y madreselvas del jardín, donde jugaban, con el niño, Licia y Vinicio. Este se había despojado de la toga y tiraba a Licia la pelota, que esta se esforzaba en alcanzar en el aire. Petronio, al ver por primera vez a la joven, le pareció demasiado delgada para ser bella, pero ahora, en la claridad del jardín, le parecía la viva imagen de la Aurora. Dirigió los ojos hacia Pomponia, después de contemplar el juvenil grupo, y le dijo:
—Ahora comprendo, señora, que teniendo junto a ti a Licia y Aulo prefieras el retiro de la casa a las fieras del Palatino y del circo.
Y entonces el viejo Plaucio aprovechó la ocasión para contar la historia de Licia y lo que sabía del país donde nació, medio escondido entre las sombras del lejano Norte.
Al terminar de jugar, los jóvenes y el niño pasearon un buen rato por el jardín, entre mirtos y cipreses, en medio de los cuales se destacaban ellos como blancas estatuas. Se sentaron junto a la piscina que había en el centro del jardín, y Aulo se entretuvo con los peces, que nadaban en las claras y limpias aguas. Vinicio, al verse solo con Licia, dijo así:
—Apenas dejé la pretexta9me enviaron a las legiones asiáticas. Conozco muy poco Roma y lo que es la vida. Sé de memoria algo de Anacreonte y de Horacio, pero no poseo el don de Petronio de citar versos. De joven estudié con Musón, el cual me enseñó que para ser feliz hay que acatar la voluntad de los dioses. Yo creo que esto no es suficiente para alcanzar la felicidad. Necesito, Licia, un verdadero cariño y busco a la persona que pueda proporcionarme este afecto sincero…
Vinicio no se atrevió a seguir. En aquellos instantes no se oía más que el murmullo del agua en la piscina, a cuyo fondo Aulo echaba piedrecitas, asustando a los pobres peces. Pasados unos momentos, Vinicio prosiguió con voz más tierna y reprimida:
—Sin duda conoces a Tito, hijo de Vespasiano. Pues él se enamoró de Berenice y de tal manera, que poco le faltó para perder la vida. También yo sabría amar así. ¡Oh, Licia! El hombre rico siempre encuentra alguien que es más rico que él; la gloria de un héroe la puede ocultar otra gloria mayor; el poderoso ha de ceder el paso a otro más poderoso todavía; pero ni César ni aún un dios conocerá mayor alegría que la de un simple mortal que ama y es amado.
Licia escuchaba estas palabras como si oyese el armónico sonido de una flauta griega o el poético canto de una cítara.
—¿No adivinas, Licia, por qué te hablo así?
—¡No! —exclamó ella, y su voz era tan débil que apenas si la oyó el joven patricio.
En aquel instante, Plaucio apareció en la alameda contigua y dijo:
—El sol se pone, y hay que preservarse de la humedad de la noche.
—¡Ah! Estoy sin toga; pero no siento frío.
—Sin embargo, no se ve más que medio disco del sol, por encima del monte Janículo —replicó el viejo guerrero—. ¡Oh, qué hermoso es el clima de Sicilia, donde el pueblo se reúne por las tardes para despedir con cantos a Febo, que se acuesta!
Mientras caminaban en dirección a la casa, Plaucio siguió elogiando con entusiasmo a Sicilia, donde tenía una espléndida granja agrícola, en la cual pensaba acabar el resto de sus días en compañía de su querida esposa.
—¿Quieres marcharte de Roma? —inquirió Vinicio con cierto temor.
—Hace tiempo que lo deseo; allí hay más tranquilidad y se está más seguro —afirmó Plaucio. Y mientras él hablaba de sus rebaños, su casa y sus inmensas colmenas, Vinicio, sin escuchar aquella descripción, pensaba que de este modo perdería a Licia, y miraba a Petronio en demanda de auxilio.
Petronio, mientras tanto, sentado al lado de Pomponia, se extasiaba en la vista del hermoso jardín. De pronto, volviéndose a ella, le dijo:
—Veo claramente cuán distintas son vuestra vida y vuestras costumbres del mundo en que reina Nerón.
Ella levantó los ojos y contestó con sencillez:
—En el mundo no hay Nerón, sino Dios.
Se acercaba Plaucio con los jóvenes y Petronio preguntó, sin que pudieran aún oírle:
—¿Así, tú crees en los dioses, Pomponia?
—Yo creo en un solo Dios omnipotente y justo —respondió con entereza la mujer de Aulo Plaucio.
* * *
—Pomponia cree en «un solo Dios, justo y omnipotente» —repitió Petronio al hallarse de nuevo en la litera con Vinicio—. Si su Dios es omnipotente, dispone de la vida y de la muerte, y si es justo, envía la muerte con justicia; ¿por qué entonces Pomponia lleva luto por su hija? Si llora a Julia protesta contra su Dios. Tengo que exponer este razonamiento a nuestro amigo Enobarbo para que vea que en dialéctica estoy tan fuerte como Sócrates. En cuanto a las mujeres, sabido es que cada una tiene tres o cuatro almas, y ninguna de ellas, sentido común. Que Pomponia, con Séneca y Cornuto, definan y busquen a su gran Dios, o evoquen las sombras de Xenófanes, de Parménides, Zenón o Platón, que de seguro se aburren en los Campos Elíseos como gorriones enjaulados, nada tiene de particular; pero que yo no haya hablado a Pomponia de lo que quería es curioso, ¿verdad? Por Isis, te aseguro que, si le hubiéramos contado nuestros planes a Aulo y a su esposa, ¡seguro que hubiéramos topado con su virtud! Y no me atreví; no me atreví con ellos. ¡Los pavos reales son hermosas aves, pero su grito es tan estridente! Me ha dado miedo su reacción, lo confieso. Pero debo felicitarte por tu elección: es tan hermosa como una aurora rosada y transparente.
Vinicio permaneció silencioso unos momentos, sin levantar la cabeza, y luego, con vehemencia, exclamó:
—Mucho la quería antes, pero ahora la quiero doble… ¡No sé!… ¡No dormiré esta noche! Voy a mandar que azoten a un esclavo y escucharé sus lamentos para no escuchar los míos.
—¡Calma, calma! —dijo Petronio—. ¡Estás hablando como un carpintero de la Suburra!
—¡Qué me importa! He acudido a ti en busca de consejo; si tú no puedes dármelo, ya encontraré yo solo el camino.
—Cálmate, ¡oh descendiente de los cónsules! No traemos a los bárbaros atados detrás de nuestro carro de triunfo para luego casarnos con sus hijas. Evita los medios extremos, y déjame tiempo para idear un plan. Cálmate y reflexiona, que, si Licia quiere dejar a los Plaucio por amor a ti, ellos no tienen derecho a retenerla; he pensado demasiado hoy y estoy cansado. Pero te prometo que mañana encontraré alguna solución.
Petronio mantuvo su palabra. A decir verdad, durmió todo el día, mas por la noche celebró una entrevista secreta con Nerón en el Palatino. La consecuencia de ello fue que al día siguiente diez pretorianos, al mando de un centurión, se presentaron en casa de Aulo.
Roma atravesaba entonces un período de terror en el cual mensajeros de aquella índole eran, por lo común, mensajeros de la muerte. Así que, cuando el centurión golpeó en la puerta de la casa de Plaucio, un extraño temor invadió a todos los de la casa, que se agruparon alrededor del viejo militar. Pomponia, abrazada al cuello de su marido, murmuraba palabras incoherentes. Licia besaba la mano de Plaucio, y el niño se agarraba con desesperación a la toga de su padre. Los esclavos y las mujeres de la casa gritaban y lloraban llevándose las manos a la cara y cubriéndose la cabeza con los pañuelos.
Uno solo entre todos conservaba la calma. Era el antiguo soldado, el dueño, Aulo Plaucio, que no tenía miedo a la muerte.
—Déjame, Pomponia; si llegó mi último instante, tiempo tendremos de despedirnos. —Y la apartó con suavidad.
Aulo Plaucio se dirigió al atrio, donde le esperaba el centurión Cayo Hasta, que bajo su mando había servido en Britania.
—¡Jefe, salve! —dijo el mensajero—. Te traigo, de parte de César, una orden y un saludo. He aquí las tablillas y el sello que prueban que vengo en su nombre.
—Agradezco al César su saludo y ejecutaré la orden. ¡Salve, Hasta! ¿Cuál es tu mensaje?
—Aulo Plaucio, César se ha enterado de que en tu casa vive una hija del rey de los licios, dada en rehén en tiempo del divino Claudio, como prenda de que respetarían siempre las fronteras romanas. El divino Nerón te agradece, ¡oh jefe!, la hospitalidad que le has otorgado tan largo tiempo; pero, creyendo que esa joven debe estar bajo la protección inmediata del César y del senado, te ordena que me la entregues al instante.
Aulo era militar, ante todo. Conocía la disciplina y no intentó protestar de la orden imperial. Sin embargo, una arruga colérica se marcó en su ceño.
Aulo se sentía inerme ante la orden del César, y, tras breves momentos, dijo con voz firme y tranquila:
—Espera un momento. Te será entregado el rehén. Se dirigió hacia el otro extremo de la casa, donde Pomponia, Licia y el pequeño Aulo le esperaban, nerviosos y atemorizados.
—Nadie está amenazado de muerte ni de destierro en islas lejanas; y, sin embargo, ese mensaje trae infelicidad. Se trata de Licia… Sí —y volviéndose hacia la joven le dijo—: Licia, has sido educada en nuestra casa como una hija nuestra; y así te queremos Pomponia y yo; pero ya sabes que no eres nuestra hija. Fuiste entregada en prenda por tu pueblo a los romanos, y a César corresponde cuidar de ti. Él te reclama ahora.
Plaucio hablaba tranquilamente, pero con voz temblorosa. Licia le escuchaba como si no entendiera lo que decía. Pomponia se volvió lívida y de nuevo se agolparon en los corredores y las puertas de la casa los aterrados esclavos.
—No tenemos otro remedio que acatar la voluntad del César.
—¡Aulo! —exclamó Pomponia estrechando entre sus brazos a la joven—. ¡Mejor sería para ella la muerte!
Licia sollozó:
—¡Madre! ¡Madre!
Se ensombreció de nuevo la cara de Plaucio, que murmuró:
—Si fuera solo por mí, no te entregaría viva; pero no tengo derecho a llevar al martirio a mi mujer y a mi hijo, quizá las cosas mejoren en el futuro. Iré a ver hoy mismo a César y le rogaré que dé contraorden; no sé si me oirá siquiera. Hasta entonces, adiós, Licia, ¡y no te olvides de que Pomponia y yo bendecimos el día en que llegaste a nuestra casa!
Al decir esto, Plaucio se dirigió al atrio, queriendo dominar aquella emoción que hacía subir lágrimas a sus ojos, pues las lágrimas eran debilidad para un romano.
Mientras tanto, Pomponia acompañó a Licia al salón, dándole palabras de consuelo y esperanza que sonaban extrañas en aquellos lugares cercanos a la capilla, en cuyo altar Plaucio hacía sus ofrendas según el rito de sus antepasados.
