Reflexiones de vida - Francelina Robin - E-Book

Reflexiones de vida E-Book

Francelina Robin

0,0

Beschreibung

Antes de todo me gustaría que supiesen que soy bailarina, adoro hacer todas las cosas por placer. Bailo con amor y alegría, pero no sin dolor, cuando me aplauden se me olvida el dolor. Soy pequeñita en altura y grande en sabiduría, poco aprendí en la escuela porque mis padres no tenían dinero para que estudiase, pero aprendí a bailar. Fui a mi terraza a tomar la brisa del mar, las gaviotas volaban y los barcos de pesca llegaban. Miré las olas del mar y me entraron ganas de bailar, pero no era la hora y no tenía con quien bailar. Entonces miré mi jardín y me dije para mí: «dos flores voy a coger y, con estas, dos palabras voy a escribir». En estas páginas les invito a leer pensamientos y reflexiones que quiero compartir con ustedes, desde la perspectiva de una mujer que ha luchado mucho y está a punto de llegar al final de sus días.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 266

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Francelina Robin

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1181-393-8

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

PensamientosUn pensamiento en cada línea

acertadísimo título para este último libro, Reflexiones de una vida, de nuestra amiga y compañera Francelina Robin. Mujer polifacética donde las haya. Flor portuguesa que, nacida en un sencillo rincón de Portugal, en el seno de una familia humilde, supo hacer florecer sus ocultos talentos de muchacha plena de ilusiones. Y con apenas veinte años, buscando nuevos horizontes, emigró a Francia, sin hablar el idioma ni haber visto más mundo que su pequeña aldea.

Y al pisar suelo francés, sola, sin más ayuda que el deseo de ser algo en la vida, después de muchas vicisitudes, aquella crisálida se convirtió en mariposa de mil colores y facetas: esteticista, jardinera, gran chef, con manos de hada para realizar mil primores, bailarina… y en su etapa otoñal, escritora y poeta ganadora de importantes premios y siendo reconocidos sus méritos gracias a su voluntad y tesón.

Sí, así es, la autora de Reflexiones de una vida, un libro reflejo de su ser, de sus vivencias, un abrir de par en par su corazón dejando entrar en él a todo el que lea esos profundos pensamientos que derrama a través de sus páginas como flores regadas con sus lágrimas. Esas lágrimas que a lo largo de su vida, que no fue siempre amable con ella, ha ido derramando porque los hados del destino, ayudados por algunas personas, no le han sido favorables, incluyendo su delicada salud.

El presente libro es una especie de testamento literario, abierto, sincero, lastimero: «Soy como un libro abierto que cualquiera puede hojear y entender lo que siento y pienso». Una queja de su corazón que tanto amor ha dado a cuantas personas se han cruzado en su camino y que, la mayoría de las veces, no han sabido corresponder a esa entrega, abnegación y cariño. «He creído que las buenas personas aún existen, pero en realidad no son más que fachadas y mundos encerrados en sí mismos que nunca me han entendido ni me han aceptado por lo que soy».

Bondadosa, su empatía hacia los demás perdura, pese a los avatares sufridos, y así expresa sus deseos, sin excluir a nadie: «Quisiera transformar mi palabra en flor para que cada pétalo pudiera darte y con él lo que es bueno del amor».

Siempre buscadora de felicidad, cuan esperanza que quedó en la caja de Pandora, se aferra a ella y sigue su camino en busca de aquella dicha que se desvió por otro sendero: «Aunque la felicidad se desvió de nuestro camino, estamos a tiempo de seguir siendo buscadores de felicidad».

Respecto al amor, dice: «Si amas a alguien, tienes que decirlo, enseguida, en voz alta. De lo contrario, el momento se pasa».

Y su corazón, que tanto amó, aún siente deseos de latir y acoge, como buen samaritano, a cuantos se acercan a él: «Mi corazón tiene también grandes cualidades, ama a todos y siempre hay espacio para uno más. Y por muy fuerte que sea el dolor, el corazón nunca deja de latir».

Sensible y soñadora, su etapa actual ha transformado sus sueños: «Mis sueños antes eran hermosos, pero ahora no son más que fragmentos rotos por mí».

Y llegada la hora de su despedida, de su camino hacia otra dimensión, lo hace con estas hermosas palabras dirigidas a modo de perdón y comprensión hacia esa persona que no supo en vida valorarla ni apreciarla: «Cuando muera, no llores, porque no podré oírte. No pidas perdón, no podré perdonarte. Cuando me muera, no me traigas flores, no voy a oler su perfume. Recuerda los momentos felices, seré poesía y estaré en paz con Dios».

Y dejo para el final esta hermosa despedida: «Tengo que irme, pero me llevaré pedazos de ti, dejaré pedazos míos contigo, y cuando me quieras encontrar, mira al cielo. Búscame a mí entre Dios. No me verás. Pero yo te veré».

Y añade: «Solo dejaré de tener amor cuando el velo de la muerte cubra mi rostro, así nacerá en mí una rosa en cuyos pétalos, de sangre, estará escrito: “Te amo”».

Hermoso testamento literario, Reflexiones de una vida, compendio de una vida plena de amor y deseos de compartirlo con los demás.

Amiga Francelina, sigue adelante. Sigue siendo esa muchacha llena de ilusiones que un día se convirtió en alegre mariposa que voló en alas de su fantasía en busca de un mundo mejor, de una esperanza en su vida.

¡Vuela, Francelina! No pierdas tus alas. Extiéndelas, aún te quedan sueños por alcanzar.

Carmen Carrasco, delegada nacional de poesía Granada Costa.

Cuando muera seré poesía

Quiero morir, pero no quiero matarme, porque hay alguien a quien no quiero ver llorar. Y cuando muera veré quiénes son mis amigos. El día de mi sepultura no quiero tristezas, ni llantos, ni dolor. El día que muera, no será muerte, ¡será libertad! Mi corazón se ha parado, ya no siento nada. Mis sueños, metas, objetivos y anhelos acabaron. Ya no siento frío ni calor, ya no siento ese viejo vacío, ya no siento pasión ni amor. El sentimiento que una vez me destruyó ahora se ha vuelto indoloro. La felicidad, bueno, ¿qué felicidad?, si ya no existía en mi mentalidad ese término; ¿decepción?, ¿qué decepción?, todo se fue de mi viejo corazón; lo tuve todo.

Supongo que siempre esperé el final, lo desconocido siempre me pareció mejor que la realidad, un escape de mis problemas, pero cuando muera no quiero que les importe, no quiero que vean valor en mi enorme insignificancia. Al final, quiero dejar claro que no tuve vida, tuve una carga, me di cuenta de que no viví, solo existí... Por favor, cuando muera, no me abandonen, porque en este mundo hay muchas mentiras. No quiero que me muestren lo valiosa que soy tras mi muerte. Cuando muera, no quiero llorar con lágrimas ni quiero flores. Y, aunque sufra de nostalgia, no quiero sentirme sola. Mantendré mis momentos felices, pero volveré a borrar los tristes; no tengo miedo a la otra vida porque no sé nada de ella, siendo consciente de la muerte sufro menos. No lloraré porque iré a buscarte, incluso tras la muerte no te olvidaré, mi vida. Si muero, no llores por mí. Lloraré, tal vez, por lo que hice o dejé de hacer en la vida, y por las cosas que hice y no me agradecieron, solo el dinero contaba, nada más, solo falsas suposiciones cuando dejé de escribir, nada más podía hacer.

La muerte es menos importante que la vida, porque es solo un paso más. Si puedes, no llores por la humana que fui. Cuando muera no llores porque no podré oírte. Cuando muera no pidas perdón, no podré perdonarte. Cuando me muera, no me traigas flores, no voy a oler tu perfume. Cuando me muera, recuerda los momentos felices, seré poesía y estaré en paz con Dios. Cuando nací, todos reían y yo lloraba. ¡Cuando muera, no será diferente! Cuando muera, por favor, no llores por mí; descansaré. Cuando me mires en el ataúd, recuerda la sonrisa y sonríe conmigo, cada llanto se convirtió en alegría cuando estabas conmigo. Quizás el futuro no sea el más justo, pero todo este desorden ciertamente tiene un sentido… El desorden de la mente, del corazón, ¿cuántas veces lloramos juntos sin dejar siquiera que una lágrima nos tocara el rostro? Queríamos más de lo que podíamos y cuando no podíamos volvíamos como niños y, en la cama, que parecía nuestro refugio, nos dormíamos…

La muerte llegaba todos los días, cuando no era correspondida, cuando me menospreciaban; ahora tengo paz. Así que no llores por mí, llora por las palabras que me oías decir pero no escuchabas, llora por cada vez que no me entendiste; solo quería tu felicidad. En fin, llora por todo, solo, por favor, no llores por mi muerte. Puedes llorar, pero no te arrepientas, no hagas como si la vida se te acabara a ti también. De hecho, eres mi continuación mientras mis ideales se mantengan vivos, mientras mis buenas costumbres y mis buenos ejemplos se mantengan vivos. Cuenta historias sobre mí y sobre cómo quería cambiar el mundo, pero también sé el protagonista de tu propia historia, pilota tu propio coche en el hermoso camino de la vida y, de vez en cuando, recuerda mirar por el retrovisor para ver hasta dónde has llegado, pero recuerda seguir avanzando, porque aún puedes llegar más lejos.

Me he ido, no te arrepientas. Puedes llorar, pero no desperdicies demasiadas lágrimas. Guarda nuestras sonrisas. Guarda nuestros abrazos. Los momentos que parecían eternos. Trata de recordar algunas peleas que nunca se deshicieron por falta de palabras, pero solo de aquellas en las que nos reconciliamos. Recuerda la confianza y olvida el «te odio» dicho sin pensar. Sonríe a las bromas que hice y olvídate de las tonterías que te dije. Vuelve a desear mi cariño, pero olvida las heridas que abrí en mí; recuerda las sonrisas espontáneas, pero olvida los días en que me pillaste de mal humor. Recuerda que era humana. Amé humanamente tanto como pude. Viví humanamente tanto como pude. Y cometí más errores. Aun así, este momento es doloroso para mí. Y tengo que irme. Realmente tengo que irme, pero me llevaré pedazos de ti, dejaré pedazos míos contigo y, cuando me quieras encontrar, mira al cielo. Busca a Dios entre las nubes. Búscame a mí entre Dios. No me verás, pero yo te veré. El simple hecho de que lo busques hará que mi alma sea más feliz. Y si en algún momento llega una fina lluvia a bañar tu rostro, que sepas que será Dios respondiendo a un pedido mío, derramando en ti todo el amor de mi corazón, para susurrarte discretamente: «Siempre estaré contigo».

Si me muero, ¡no llores!, Dios me hizo mujer y madre. Tuve mis aciertos y mis errores. Si muero, no llores, porque lágrimas serían tuyas en mi ausencia. Tu presencia era mía, si muero, no llores; si muero antes que tú, hazme un favor: llora cuanto quieras, pero no luches con Dios porque me llevó. No quiero llanto ni lamento, solo quiero los recuerdos de todos los momentos de atención. Cuando de esta vida me vaya, los gusanos estarán festejando para devorar mi carne, pero se ahogarán en el líquido.

Las flores de plástico no mueren, las muñecas de porcelana no lloran, los corazones de piedra no aman. Que la fuerza del miedo que tengo no me impida ver lo que anhelo. Que la muerte de todo lo que creo no me tape los oídos y la boca, porque la mitad de mí es lo que grito, pero la otra mitad es silencio. Que la música que escucho a lo lejos sea hermosa, aunque sea triste. Que aquellos que fueron sinceros conmigo y que amo sean amados por siempre; aunque sea distante, porque la mitad de mí está rota, pero la otra mitad anhela. Solo quiero que se respete lo único que queda, a una mujer inundada de sentimientos, porque la mitad de mí es lo que escucho, pero la otra mitad es lo que callo. Que este deseo mío de partir se convierta en la calma y la paz que merezco, y que esta tensión que me corroe por dentro sea recompensada algún día, porque la mitad de mí es lo que pienso, pero la otra mitad es un volcán. Que el miedo de la soledad se aleje y que vivir conmigo mismo se haga por lo menos soportable. Que el espejo refleje en mi rostro una dulce sonrisa que recuerdo haber regalado en la infancia, porque la mitad de mí es el recuerdo de lo que fui, la otra mitad no lo sé. Que no haga falta más que una simple alegría para hacerme aquietar mi espíritu y que tu silencio me hable cada vez más, porque la mitad de mí es refugio, pero la otra mitad es cansancio. Que el arte nos señale una respuesta, aunque esta no la sepa y que nadie lo intente complicar, porque se necesita sencillez para que florezca, porque una mitad de mí es público y la otra la mitad es canción. Y que mi locura sea perdonada, porque la mitad de mí es amor y la otra mitad también. En la mañana oscurezco, de día tardo, de tarde anochezco, de noche ardo. Al oeste, la muerte, contra quien vivo del sur cautiva, el este es mi norte, otros que cuenten cada paso, pues muero ayer y nazco mañana.

Camino donde hay espacio, mi tiempo es cuándo. Dos amantes felices no tienen fin ni muerte, nacen y mueren tantas veces mientras viven, son eternos como lo es la naturaleza. Si la muerte predomina en la valentía del bronce, ¿piedra, tierra e inmenso mar podrán sobrevivir a la hermosura teniendo la flor la fuerza para devastar? ¿Cómo puede el olor del verano detener el fuerte asedio de estos días, si las puertas de acero y las duras rocas no pueden vencer la tiranía del tiempo? ¿Dónde ocultar el oro que el tiempo quiere en su arca? ¿Qué mano puede detener su pie veloz, o qué belleza no marca el tiempo? ¡Ninguna! A menos que este amor mío en negra tinta mantenga su resplandor. Morir es nada, pasado, pero la vida incluye vivir. Cuando me vaya uno de estos días, polvo u hoja soplada en el viento del amanecer, seré un poco de nada, invisible y delicioso, que hace que tu aire parezca más una mirada, suave misterio del amor.

Ciudad, desde este ya tan largo camino y, tal vez, desde mi descanso, en la misma piedra se encuentran, como la gente dice: cuando naces, una estrella; cuando mueres, una cruz, pero cuántos que descansan aquí nos enmendarán así: Ponme la cruz al principio y la luz de las estrellas al final. Recordar que estaré muerta pronto es la herramienta más importante que he encontrado para ayudarme a tomar grandes decisiones, porque casi todo, las expectativas externas, el orgullo, el miedo a la vergüenza o al fracaso, cae ante la muerte, dejando solo lo importante. No hay ninguna razón para no seguir tu corazón. Recordar que vas a morir es la mejor forma que conozco de evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder. No hay razón para no seguir a tu corazón. La vida necesita ser renovada. La muerte es el cambio que instaura la renovación. Cuando alguien se va, muchas cosas cambian en la estructura de los que se quedan y, siendo una ley natural, siempre es un bien, aunque la gente no quiera aceptarlo. Nada es más inútil y duele más que la rebelión. Recuerda que no tenemos poder sobre la vida o la muerte. Ella es irredimible. El inconformismo, el lamento, la reiterada evocación de los que se han ido, la tristeza y el dolor pueden llegar al alma de los que se fueron y dificultarles la adaptación a su nueva vida. También siente la sensación de pérdida, la necesidad de seguir adelante, pero no puede por los pensamientos de los que quedan atrás, su tristeza y su dolor. Si no puedes superar este difícil momento, regresa al hogar que dejaste y quédate allí, mezclando tus lágrimas, sin fuerzas para seguir adelante, en una simbiosis que aumenta la infelicidad de todos. Piensa en eso. Por mucho que estés pasando por una ruptura, si alguien a quien amas se ha ido, libéralo ya. Retírate a un lugar tranquilo, visualiza a esta persona frente a ti, abrázala, dile todo lo que siente tu corazón. Habla sobre cuánto la amas y cuánto la deseas. Despídete de ella con alegría y, cuando la recuerdes, mírala feliz y completa. La muerte no es el final. La separación es temporal. Déjalo ir y permítete vivir en paz, la muerte es solo un cambio de estado. Después de ella, vivimos en otra dimensión.

Lo siento terriblemente por mi esposo que verá este cuerpo blanco y duro, lo sacudirá una vez, luego quién sabe: «Ella no contesta…». No es mi muerte lo que me preocupa, es mi marido abandonado con este montón de nada. Quiero que sepa, sin embargo, que todas las noches durmiendo a su lado, que hasta las discusiones inútiles siempre fueron espléndidas y que las palabras difíciles que siempre temía decir ahora se pueden decir: «Te amo».

La muerte no es nada. Acabo de pasar al otro lado del camino, yo soy yo, tú eres tú, lo que fui para ti lo seguiré siendo. Dame el nombre que siempre me diste, háblame como siempre lo has hecho, tú sigues viviendo en el mundo de las criaturas, yo estoy viviendo en el mundo del creador. No uses un tono solemne o triste, sigue riendo. Lo que nos hizo reír juntos, orar, sonreír, pensar en mí, orar por mí. Que mi nombre se pronuncie como siempre se ha hecho, sin énfasis de ningún tipo, sin rastro de sombra o tristeza. La vida significa todo lo que alguna vez significó. El hilo no ha sido cortado, ¿por qué estaría harta de tus pensamientos ahora que estoy fuera de tu vista? No estoy lejos, solo estoy del otro lado del camino. Tú que te quedaste ahí, sigue adelante, la vida sigue, hermoso como siempre, eres cielo y tierra, que eres vida y muerte. ¡El sol eres tú, la luna eres tú y el viento eres tú! Vosotros sois nuestros cuerpos y nuestras almas, y nuestro amor sois vosotros también. Dame ojos para verte siempre en el cielo y en la tierra, oídos para oírte en el viento y en el mar, y manos para trabajar en tu nombre; hazme pura como el agua y alta como el cielo. Que no haya lodo en los caminos de mis pensamientos ni hojas muertas en los estanques de mis propósitos. Déjame saber amar a los demás como hermanos y servirte como una madre. Mi vida es digna de tu presencia. Mi cuerpo es digno de la tierra, de tu lecho. Mi alma puede aparecer ante ti como un niño que regresa a casa. Hazme grande como el sol, para que te adore en mí; hazme pura como la luna, para que pueda rogarte en mí misma; y hazme clara como el día, para que siempre pueda verte en mí, y orar y adorarte. Señor, protégeme y apóyame. Hazme sentir como tuya. Señor, líbrame de mí. Esta es la gran ventaja de la muerte que si no deja boca para reír, tampoco deja ojos para llorar. Solo dejaré de tener amor cuando el velo de la muerte cubra mi rostro, así nacerá en mi tumba una rosa en cuyos pétalos, de sangre, estará escrito: «Te amo».

No todas las flores son tan afortunadas, algunas adornan la vida y otras adornan la muerte. Cosechar el día como si fuera un fruto maduro que mañana estará podrido. La vida no se puede guardar para mañana. Sucede siempre en el presente, por muy independiente que sea una persona, siempre necesitará aire para vivir. Sueña con la vida, pero no pierdas la vida por un sueño. Extraño a mi madre. Su muerte hace unos años me hizo luchar por primera vez con la naturaleza de las cosas: qué desperdicio, qué descuido, qué estupidez de Dios. No porque ella perdiese la vida, sino de la vida por perderla a ella. La miro a ella y a su retrato. Ese día Dios cedió un poco el camino y el vicio fue débil, un cielo que poco a poco se fue oscureciendo, ni sabíamos que era el final. Morir en cuerpo y alma. Completamente. Morir sin dejar el triste despojo de la carne, la máscara de cera sin sangre, rodeada de flores. Morir sin dejar tal vez un alma errante. De camino al cielo, pero ¿qué cielo puede satisfacer tu sueño? Morir sin dejar un surco, un rasguño, una sombra, el recuerdo de una sombra. En ningún corazón, en ningún pensamiento. Morir tan completamente que un día cuando lean tu nombre en un papel te pregunten: «¿Quién fue?…», para morir aún más completamente. Sin siquiera dejar ese nombre.

Cuando la muerte llamó a mi puerta, antes de abrirla, pasé unos buenos minutos observándola por la mirilla. Necesitaba estar segura de que la aceptaría, aunque sabía que, independientemente de mi voluntad, ella llegaría. Y mientras esos largos minutos de observación no pasaban, ¡lo recordaba todo! Desde el primer día de clases y la profesora que nos miraba por encima de las gafas. Recordé el día que me caí y me rompí el brazo izquierdo y, durante varios días, en mi escayola se escribieron los nombres de mis compañeros y algunas declaraciones de amor. ¡Qué cosas tan tontas! Pero allí, por la mirilla, frente a la muerte, lo recordé. Daría hasta un dedo meñique por volver a vivir esos momentos. Y me acordé del día que murió mi tío y fue el primer muerto que vi. De hecho, debe estar en las escaleras ahora, esperando mi turno para subir. Seguro que lo hará. Pero, a medida que pasaban los minutos y la muerte parecía esperar pacientemente, también recordé el momento más hermoso de mi vida. Y por revivir ese día, no daría un dedo meñique, sino una mano entera. ¡Era un domingo caluroso, de esos con cielo despejado y sol abrasador que dejan marchitos a los sinvergüenzas en el jardín! Corrimos al hospital y unas horas después ella vendría al mundo. ¡Fue el sentimiento más hermoso que alguien puede sentir en la vida! Cuando ese ser pequeño que gritaba, un poco morado, llenó la sala de partos, estaba segura de que la única misión que tenía en la vida era cuidarla. Y lo hice. La cuidé hasta hace unos días, incluso viéndola acercarse a los treinta años. Enseñé los nombres de los colores básicos, enseñé a montar en bicicleta. Tuve que sufrir en silencio cuando la vi llorar por su primer amor, y no cabía en mí la felicidad, cuando la vi el día de su boda hice el papel de madre y la llevé al altar. Y, hasta el día de hoy, sigo pensando que no ha perdido esa forma de niña traviesa. Realmente daría una parte de mí para revivir cada uno de estos días, pero ahora no hay más tiempo. ¡Y sin remordimientos! Y cuando miro hacia atrás, extraño los hermosos lugares que visité, una maldita alegría por cada momento que pasé con mi familia y amigos, y una enorme gratitud, porque todo fue importante y esencial. ¡Todo me hizo mejor! Y ahí estaba, la muerte, esperándome al otro lado de la puerta, para hacerme comprender el simple significado de ser feliz.

Certeza de lo incierto…

Tal vez no exista un ápice de esperanza en mí, de forma que nadie escuche ni quiera escuchar, porque me alejo, desconecto, me aíslo de todo, de todos… quién sabe si hasta de mí. Está en mis dudas la certeza de lo incierto, de lo que tengo lejos y no quiero que esté cerca, de la dualidad de tener y no querer tener, del ser que quiero dejar de ser, de la existencia que bien puede ser inexistente, porque, en el fondo, todo es tan volátil, tan superfluo que ni siquiera importa si no tiene valor… Tengo en mi mente la idea persistente de que ya no debo pensar, ya no debo sentir, ya no debo permitirme ni siquiera ser, vivir. Porque no soy nada, no soy nadie, no soy un recuerdo, no soy un recuerdo para alguien.

En mis sentimientos hay desesperación, miedo, añoranza y tristeza sin fin que se han apoderado de mi ser, y no me dejan volver a ser lo que una vez fui, lo que una vez existió en mí… En mí existe el vacío, el abandono, la inquietud de quien no quiso pensar así ni ser así, y que en el fondo no quiere, simplemente, desaparecer. ¿Qué hacer? ¿Por qué hacer? ¿Cómo? ¿Cuándo? Son más que preguntas, pero para mí son muros, barreras que me impongo, que levanto a mi ser, a mi forma de pensar y que, sin darme cuenta, no dejan de ser laberintos de mi existencia en esta mente que se atormenta y me destruye mientras corroe cada instante de mi vida, si puedo llamarla así. ¿Será para mí? ¿Será para los demás? ¿Será por algo? No sé, no entiendo, solo sé que tiene que ser, de lo contrario, a mis ojos, no existe. Aunque al hacerlo no haga más que tratar de ser quien no soy, no para mí, sino para los demás… No me doy cuenta de que me mata, aunque sea poco a poco, que la vida que fluye en mis días debe ser la mía, pero termino olvidándome de mí y por culpa de los demás hago esto. Existe un silencio en mí más profundo que un abismo, más oscuro que la noche, más frío que el hielo, que me dilapida, me retiene y me ata en sus entrañas que están arraigadas y corroídas en mí, en mi ser, en mis pensamientos y que nunca me dejarán ser libre. Hay una inquietud en mí que me revuelve por dentro, me transforma en la impaciencia, me consume como si me estuviera destruyendo lentamente, en una constante asfixia de la mente que no me deja pensar y no para de atormentarme, que podría haber sido y nunca logré. Existe en mí la asfixia de un llanto contenido y silencioso que se alimenta de lo que no digo, que por miedo o por vergüenza se esconde en mí, en una denigración de mi existencia, en la que las dudas y las incertidumbres se torturan y luchan por saber cuál me matará primero, por dentro, poco a poco, en una muerte lenta, no del ser, sino del pensar. Hay tanto en mí que no sé ni entender, solo sé que me impide, y mucho, vivir. Hay en mí lo que ya no soy, lo que puedo ser, lo que no quiero ser, en esta triste forma de vivir que no es ni siquiera sobrevivir, sino poco a poco perecer. Pero hay un grito en el silencio mudo de las palabras que no se dicen y que se esconde en lo más profundo del ser, derrochando cada gota de vida que aún podría fluir en este cuerpo que desea no vivir más un día en ese tormento que se convirtió en todo tu pensamiento. Hay, en este grito, las alas de los sueños rotos, de las ilusiones traicionadas, de las voluntades que se han ido disolviendo entre pesadillas de noches interminables, que atormentan y torturan cada momento de cada minuto gastado en horas que parecen no tener fin. Hay en todo este sufrimiento, en esta pena, en esta supervivencia que la vida ya no da, el desánimo, la desesperanza de que un día pudo ser sencillo, como la sonrisa de un niño, pero que con la dureza de los años fue convirtiéndose en frialdad, cruel incertidumbre de que nada es más cierto que la certeza de no ser nada más que un ser perdido y triste.

Soy un corte a lo largo de una vena que drena en sangre, como el dolor que existe en mí drena y eviscera todo mi cuerpo, quemando por dentro, devorando mis miedos, revolviéndolos y soltándolos en mí, como si no hubiera escapatoria para mí, y las lágrimas que no lloré, acumuladas en silencios interminables, capaces de callar en mí todo lo que pude haber dicho, pero callé, acumulándome en montañas de miedo, en kilos de dudas, sumergida en incertidumbres que nunca quise o que no pude poner a prueba, eligiendo aislarme, distanciándome de todo, de todos, y ahora hasta de mí misma. Soy la desesperación que se ha apoderado de mi pensamiento, de mi mente descarriada que ahora siente y se resiente de todo lo que se ha ido acumulando en mis pensamientos, en largos y dolorosos momentos que ahora no son más que un espejismo de esa capacidad que me falta, pero la debilidad es más fuerte que yo y por eso me rindo, me desespero, grito en ecos mudos dentro de mí para que nadie se dé cuenta de que el final solo puede ser esto.

No llores por mí, no me recuerdes, no me salves, no te preocupes, no me olvides para olvidarme... de la nada que fui, de esta nada que ahora acaba aquí, por fin libre del mundo... ¡libre de mí! Amor que no llegó a ser, una pareja que casi no existió, porque fue poco más que noches locas de pasión carnal que no llegaron a ser un sentimiento de amor, de verdadera entrega de sentimientos, ni siquiera de promesas. Posiblemente resultaron en lo que nunca debieron dar lugar. A un ser, fruto del azar, del momento, cuando se perdieron los límites, se rompieron las barreras y se perdieron las marcas, pero quedaron en un cuerpo cubierto de caricias sin sentimiento, sin afecto ni cariño, pero ¿qué importa si el resultado de tal pasión ha venido al mundo, nada deseado, menos pretendido, pero no abortado ni interrumpido? Desprendimiento de toda conexión con quienes dieron origen a tal persona, que antes de ser tal persona no era más que una niña desprotegida, insegura, inestable, desconfiada, pero ¿qué daño hacía, si muchos son así? Pero no todos son producto de un error, de un disparate que sirvió tanto de arrepentimiento, de odio, de acusación contra tal ser, que poco a poco se fue sintiendo culpable de su existencia, que no había pedido, y casi llegó a no hacerlo. Viendo, muchas veces, como solución, solo el fin de todo, de su ser, de su existencia, porque creía, y sigue creyendo, ciegamente, que no es de aquí, de este mundo, de esta gente entre la que pasa en la multitud que puedo cruzar por las calles. Odio interior hacia sí mismo, hacia aquellos que lo dejaron abandonado en esta supuesta humanidad sin que le explicaran el sentido de las cosas, y hacia aquellos que no sienten ni la más mínima nostalgia. Tal vez sea miedo, o tal vez tristeza que en la incertidumbre guardo en un profundo secreto que se esconde en lo más profundo de mi ser, y que posiblemente conserve, quién sabe, hasta que me muera, como un afán o una desesperación que de soportar. Parece que no quiero más, pero no puedo liberar todo esto, y me temo que sí me puede volver loca.

Tal vez sea algo para decir, para enfatizar lo que ni yo misma sé entender en mi forma de expresarme, dejando tanto por entender, que me expreso en el sentido que quiero darle a lo que yo pretendía explicar y tal vez, pero solo tal vez, nadie pueda aceptar el estado al que me dejo llegar, pero nadie se pregunta si es donde quiero estar para siempre. Tal vez es solo un sueño, una fantasía o una ilusión y, un día, cuando me despierto, no todo se va, quizás, de la mera imaginación que se instaló en mí y así, temporalmente, me alteró. Tal vez sea yo huyendo de mí misma, o de otros. Tal vez sea solo mi verdadera forma de ser. Tal vez, sin darme cuenta, me gusta vivir así. Tal vez son suposiciones, o fruto de amarguras, miedos o decepciones. Hay, a cada momento, en el fondo de la mente, un pensamiento que rumia y vuelve a rumiar a medida que se repite, que no deja que las ideas fluyan, bloqueando cualquier sentimiento, toda actuación, toda naturalidad, toda cordura que aún pudiera existir en el ser. Tal pensamiento destructivo, morboso, sórdido, oscuro hace de cada nuevo día algo doloroso, del que el ser no puede librarse, por mucho que lo intente, pues ya se han hecho tantos intentos, pero que llevan a un nuevo callejón sin salida, donde, como en un laberinto, el ser se pierde, sin rumbo, sin sentido. Y el sentido se encuentra perdido, se da por vencido, abandona la voluntad de querer, de tener, de vivir, de existir, de saber sentir lo que sea, porque en él ya nada se desea, solo lo que podrá liberarlo de todo sufrimiento, pero para el cual ni siquiera puede tener el coraje, por lo que le duele saber que tendrá que dejar, poco a poco, lenta y dolorosamente, para finalmente morir.