Regresiones - Vicente Muñoz Álvarez - E-Book

Regresiones E-Book

Vicente Muñoz Álvarez

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Beschreibung

Regresiones es para los que están y para los que no están. Incluso para los que ni estuvieron. Es un álbum temporal de fotos de otro mundo que no va a volver. Porque, lo bueno, que hubo mucho, son tatuajes en la piel. Unos son besos. Otros, cicatrices. Nunca se quitarán. Pero ahora aparecen en forma de páginas imperdibles y palabras de un francotirador que, lo dice, no quiere disparar a matar. Regresiones es un retrato urbano. Aquí no hay ni una sílaba dedicada a la manida seducción folclórica. Regresiones es una colección de impactos de alcance del día a día. De cuando los mandamientos se resumían en dos, porque nada era relativo: «Vivid en la calle, no paréis en casa», o «La sangre aún me hierve cuando pienso en mi mala suerte». Por ejemplo. Y hay ajuste y expiación en esto que también es un «gracias a la vida». Pacho Rodríguez

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Seitenzahl: 196

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Regresiones

Vicente Muñoz Álvarez

 

 

 

Edición ampliada y revisada 2022

© Vicente Muñoz Álvarez 2015

© de esta edición para:

Literaturas Com Libros 2022

Erres Proyectos Digitales, S.L.U.

Avenida de Menéndez Pelayo 85

28007 Madrid

© Fotografía de Portada Demian Ortiz

www.demianortiz.com

Diseño de la colección: Benjamín Escalonilla

ISBN: 978-84-125660-6-2

 

Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos

en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos,

la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier

medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico,

el tratamiento informático, el alquiler de la obra o cualquier

otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y

por escrito de los titulares del copyright.

 

Índice

Copyright

Prólogo

Regresiones

 

PRÓLOGO

 

Los lectores de Vicente Muñoz Álvarez estamos de enhorabuena. Especialmente porque Regresiones puede que sea una de las obras definitivas de su autor. A la altura de su introspección más profunda, El merodeador (Baile del sol, 2007), o de su poemario más imperecedero, Animales perdidos (Baile del sol, 2013). Un punto y aparte en una forma única de entender la creación literaria en nuestro país. Sin concesiones ni estridencias, plagado de coherencia e intensidad, y por supuesto unido a una pasión y a una eficaz inercia muscular del que asume que la literatura no soluciona nada, pero lo cambia todo. Sumado a su ya consabida y siempre rebelde apuesta suicida por la literatura y la vida, entremezcladas en un permanente autobiografismo que persigue cambiar las reglas del juego y nuestra forma de mirar y mirarnos. Un desafío, literario y personal.

Regresiones se convierte pues en una especie de memorias precoces de un tiempo casi mágico. De su infancia en un León gris hecho color gracias a los cómics, las viejas arquitecturas (su relación con la Casa Botines nos recuerda que la realidad puede ser mejor que cualquier ficción), los cromos y las teleseries, a una adolescencia y primera toma de contacto con la música popular (de ese Todo empezó con Los Cardiacos a formar parte de Veredicto Final), el cine (un recorrido por las películas eróticas y el terror), el sexo (Dedo es deslumbrante por su sencilla efectividad), la amistad (por estas páginas deambula prácticamente cualquiera que llegara a hacer algo creativo en el León de los 80), el alcohol y la noche, o la propia intuición de la muerte (He estado a punto de morir luego otras veces, supongo que algunas sin saberlo). En un continuo despojarse de elementos innecesarios, tan solo emociones sin coartada, entre la narrativa sobria y el lirismo directo, con el pasado como patio de recreo en el que zambullirse y hallar las respuestas a un presente que confunde o genera desgaste, y en el que autoafirmarse es casi un acto de supervivencia (Ahora disfruto del estigma y la lacra, me singulariza entre el rebaño y me hace plenamente consciente de mi condición).

 

Mirar atrás y recrearse en los detalles. Con una mirada lúcida y tierna, donde no hay que demostrar absolutamente nada a nadie. Vive tu memoria y asómbrate, afirmación rotunda de Jack Kerouac que Vicente Muñoz Álvarez hace suya aquí como dogma de fe, empeñado, ya desde sus primeras obras, en desenredar la propia vida como una gran maraña de lana, dejándonos presenciar la faena con curiosidad voyeur. Un atractivo tira y afloja con la memoria selectiva, los afectos personales y las distintas instantáneas de una vida que, aunque lejos, parece la de cualquiera de nosotros.

Y por supuesto, Regresiones es un positivo ajuste de cuentas con los héroes y mitos personales de su autor. Una larga lista que recorre con naturalidad lo popular y la alta cultura. Todo un particular muestrario, una guía esencial de esas influencias y pasiones más desatadas. Donde Hulk convive con Malcolm Lowry en igualdad de condiciones, lo que habla a las claras de la apertura mental de una obra y un autor que no cree en los encasillamientos o los lugares comunes. Quizá tan solo disfrutar del recuerdo, paraíso perdido que resulta fascinante desde un presente fabricado de crisis económica y desencanto. Leit motiv último de este viejo refugio atómico desde el que observar el brillo de la bomba. Y al que ha invitado a unos cuantos, convirtiendo el cierre, un epílogo colectivo, en el sincero hermanamiento de una generación que mira lejos.

Un canto a un tiempo que ya no volverá. De ahí su increíble magnetismo, su magia.

Julio César Álvarez

 

Para Elisa

(Madre & Hermana)

 

Con qué ansiedad ha de perseguir la juventud sus leyendas, cuánta avidez en sus ojos.

Jack Kerouac

 

 

Ay, lee despacio unos instantes y soporta con paciencia mi verbosidad. Dos cosas me he propuesto contar aquí: una es marginal y aparecerá en segundo plano, la primera es esencial para la comprensión de esta historia, así que habré de darte alguna de mis escenas retrospectivas a lo Hollywood. Prescindiré de la mayor parte del asunto y seré lo más breve posible y lo más conciso, aunque, por la naturaleza del asunto, resultará difícil...

Neal Cassady

 

 

VISTA DE PÁJARO

 

León

a vista de pájaro

desde

Las Lomas

una pequeña mancha

de caminos cruzados

en el confín

48 años

sobrevolándola

sin motor

toda una vida

 

 

LA DICTADURA

(Estigma)

 

Piensa por ti mismo y cuestiona a la autoridad.

Timothy Leary

 

 

MORIR

(El Diablo)

 

Es, quizás, uno de mis más tempranos recuerdos, cómo tomé por primera vez contacto con la muerte, a los cuatro o cinco años, de manera fortuita, y la tremenda impresión que ello me produjo... Recuerdo estar en la cocina de la casa de San Pedro donde vivíamos... Recuerdo que era una tarde-noche de invierno... Y recuerdo, como si los estuviera viendo ahora, aquellos muñecos de guiñol que alguien me había regalado: una bruja, un payaso, Caperucita y el lobo, y el Diablo... Un diablo de piel roja y cuernos blancos y pelo negro rizado que mi padre manejaba con una mano dentro de su pequeño cuerpo, agitando aparatosamente su cabeza y sus brazos... No sé muy bien cómo (a tanto mi memoria no llega), de qué manera sucedió, pero sí que, en un punto concreto del juego, pregunté quién era ese muñeco... Y no sé tampoco cómo, de qué manera me lo explicaron, pero sí que me dijeron que era el Diablo, el guardián del infierno, y que mi curiosidad infantil me hizo preguntar a continuación qué era el infierno y mis padres me dijeron que era el lugar donde, al morir, iban los malos... Y que acto seguido pregunté qué era morir y me dijeron que la gente mayor se moría, que su corazón dejaba de latir y que, en función de cómo se hubieran portado en la Tierra, iban al infierno o al cielo... Y que entonces, eso sí que no lo olvido, me invadió un tremendo vacío, un vértigo atroz, una sensación terrible de desconsuelo y de náusea, y que a continuación me puse a llorar y mis padres me dijeron que no me preocupara, que eso, el morir, no le sucedía a los niños, que le pasaba solo a la gente mayor, muy mayor, y que a mí me quedaba aún mucho tiempo... Desde entonces odio los muñecos de guiñol, obviamente un trauma infantil, y ahora que soy ya mayor sigo sintiendo el mismo vacío y vértigo y la misma sensación de desconsuelo y de náusea cada vez que pienso en la muerte y en que todos vamos a morir, tarde o temprano, aquí o allá, todos vamos a morir y, tal vez, según nos hayamos portado, a encontrarnos con aquel terrible diablo...

 

 

 

MANZANAS DE CARAMELO

(El corazón hibernado)

 

Manzanas de caramelo en el León de los años 70, aquellas manzanas rojas y brillantes que mi padre me compraba los domingos por la mañana en los soportales de la Plaza Mayor después de husmear en los puestos del Rastro, aquellas manzanas resplandecientes, un tesoro en las manos de un niño, el sol iluminando la tierra en lo alto y reflejándose sobre ellas caleidoscópicamente bajo el cielo azul, su palito endeble de madera, su textura crujiente y lo difícil que era, por su forma y tamaño, dar (sin pringarte la cara) el primer bocado... Y bajo el caramelo, rojo como la sangre, como un corazón hibernado, la manzana jugosa y ácida y los vítores triunfantes de la saliva... El niño inocente que hace siglos fui bajando por la Calle Ancha con ella en la mano, la Casa Botines y mi abuela saludándonos desde su Torre de Plata, el palomar y las palomas de la Plaza de San Marcelo, el reloj y el quiosco de Santo Domingo donde mi padre compraba la prensa (el Diario de León, el Hola y el Semana para mi madre, y tebeos para mi hermana y para mí), el vetusto Café Victoria, su leche merengada y los limpiabotas (sobre todo el de la pata de palo), el olor aceitoso de las churrerías al amanecer, Ordoño II y la Calle del Carmen 12, donde nos esperaba mi madre al mediodía, Guzmán el Bueno, Papalaguinda y el aperitivo en el Oasis (antes, mucho antes de que me dejara en él pulmones e hígado y piel) y la comida en casa de mis otros abuelos, en la Glorieta de Pinilla, siempre paella y pollo... Y aquellas manzanas de caramelo, aquellas manzanas, como una promesa en el corazón... Aún conservo en el paladar su dulzor...

 

 

PLATILLO VOLADOR

(Piloto solitario)

 

De entre todos los juguetes que tuve de niño, hubo uno que recuerdo con un cariño especial: el platillo volador... Lo vendían mis padres en la tienda (de la que, por supuesto, hablaré también otro día), un aparato sencillo y rudimentario con el que me teletransportaba como por arte de magia a otras realidades paralelas... Un platillo volador con una pequeña cabina y dentro un melancólico y solitario astronauta a los mandos, que se enroscaba con un muelle a una especie de manguito disparador y salía propulsado como una centella hacia el cielo, para después, cobrada cierta (considerable) altura, descender en sinuosos y elegantes movimientos espirales hacia el suelo... Cuántas veces lo lancé de niño al vacío y seguí en el aire su trayectoria, a cuántos universos desconocidos me trasladó (porque parte del juego consistía en imaginar que yo era aquel piloto solitario que se dirigía muy serio hacia las estrellas) y cuántas veces lo observé ensimismado descender de nuevo... Ni Quimiciefa ni Monopoli ni Mecano ni Magia Borrás: aquellos primitivos platillos voladores que surcaban a mi antojo el cielo, tercer ojo en mi frente de niño, puerta onírica a otra dimensión paralela... Allí sentado, en la cabina del platillo, estaba yo cada vez que lo propulsaba, concentrado totalmente en el vuelo, recorriendo tierras inhóspitas y galaxias lejanas, tomando nota de todo lo que veía (tal vez para escribir ahora esto), contemplando adusto el universo en misiones cósmicas indescifrables y desarrollando mi tendencia cada vez más acusada a la ensoñación... Oh, aquellos increíbles platillos voladores que ahora se han convertido en palabras y letras y con los que sigo a mi manera (¿de adulto?) evadiéndome de la realidad... Todo está en la infancia, me digo: recupérala...

 

 

LOS CROMOS

(Arrebato)

 

Al pie de la Casa Botines, justo debajo del ático de mi abuela, intercambiábamos cromos... Niños, sobre todo, pero también gente mayor, coleccionistas que buscaban las ansiadas estampas que les faltaban aún en su álbum... El mar, fuente de vida, Hechos y soldados del siglo XX, Hombres, razas y costumbres o Batallas históricas son algunas de las colecciones que aún conservo de aquellos días, llaves de plata de acceso a mi infancia... Era allí (además de en el colegio), los domingos, donde intercambiábamos los cromos repetidos: sí, sí, sí, sí... íbamos cantando mecánicamente frente al mazo (a veces enorme) de otros coleccionistas, hasta dar con alguno de los que nos faltaban... Y entonces fijábamos con nuestro interlocutor su precio: uno o varios o incluso docenas de cromos, según su rareza, a cambio del suyo, o hasta dinero en metálico cuando era el último que nos quedaba para completar la colección... Aquella felicidad pueril, el conseguir al fin el último cromo, cuánto nos satisfacía y llenaba y con qué meticuloso ritual lo pegábamos al llegar a casa en el álbum... Aquella plaza provinciana y tranquila y el quiosco donde comprábamos los paquetitos de 3 o 5 o 10 unidades, bajo la casona tenebrosa de mi abuela, a la sombra de la Iglesia de San Marcelo... Aquellos domingos de invierno gélidos y soleados, los churros por la mañana, el paseo con mis padres por Papalaguinda, la Mirinda y las aceitunas y patatas fritas en el Oasis, y las comidas y largas sobremesas en Pinilla con mis otros abuelos... Aquellos inocentes álbumes de cromos en los estertores de la dictadura, aquellos lejanos días, la ilusión y la magia, el misterio y la perla, la ignorancia y la fe... Pienso en ellos ahora (tengo varios a mi lado), en aquellos álbumes primitivos y arrugados, pero fascinantes y llenos de encanto y recuerdos, cada cromo una visión, una regresión, un torrente de sentimientos... Y pienso también, asociando imágenes, en la maravillosa secuencia de Arrebato, la gran película de Iván Zulueta, donde un Will More en estado de gracia (o puesto hasta el cuello) le enseña a Eusebio Poncela el álbum de cromos de Las minas del Rey Salomón y le pregunta: ¿Cuánto tiempo te podías pasar mirando este cromo? ¿Y este, te acuerdas? ¿Y este otro?Años... siglos... toda una mañana... imposible saberlo... estabas en plena fuga... en éxtasis... colgado en plena pausa... arrebatado... Así son hoy, cuarenta años después, mis recuerdos...

 

 

CASA CON JARDÍN

(Sortilegio de Infancia)

 

Qué recuerdos tan entrañables y maravillosos conservo de aquella casa, la de mis abuelos maternos, Manolo y Consuelo... No sé muy bien qué edad tendría cuando la vendieron, calculo que seis o siete años a lo sumo, quizás por eso tenga una imagen de ella distorsionada, pero a mí me parecía entonces un cortijo encantado, aquella casa unifamiliar en la carretera de Caboalles, con su extenso huerto y jardín, el pilón de agua helada donde mis primos y yo nos chapuzábamos en verano, y justo al lado el enorme ciruelo por cuyas ramas trepábamos (y recolectábamos una especie de resina amarillenta de su corteza, que utilizábamos como pegamento en nuestros juegos), las hileras de hortalizas en la huerta (recuerdo perfectamente el primer día que extraje fascinado de la tierra una zanahoria, su intenso color naranja resplandeciendo bajo el sol), los árboles frutales, manzanos, perales y cerezos, los parterres de flores, los aperos de labranza, azadones, picos, palas y tijeras de podar, y mi abuelo Manolo, con su boina negra y su pierna chirriante de madera (se la habían llenado de metralla y cortado por la rodilla en la guerra) excavando sudoroso aquellos surcos... La casa, en cambio, según me recuerda mi madre cuando hablo con nostalgia de ella, era incómoda y fría, desapacible y poco acogedora, así que cuando a mis abuelos les salió la oportunidad de venderla, no dudaron un instante en hacerlo, comprando a cambio, por el mismo o semejante precio, un piso nuevo muy cerca, en la contigua Glorieta de Pinilla, que fue donde en lo sucesivo y ya para siempre, hasta su muerte años después, les visitaría... De entonces, pienso, debe venir mi pasión por la tierra, plantar en ella esquejes, verlos pacientemente crecer, regarlos y podarlos y aporcarlos y cosecharlos... De entonces, de aquella quimérica quinta de mi niñez, aquellas visiones, los frutos destellando como piedras preciosas en mis manos bajo el sol o endulzando mi boca con sus jugos tibios de verano, y el deseo de vivir algún día en una casa campo...

 

 

 

CANGREJOS DE RÍO

(Embeleso)

 

Fascinación, desde niño, por la flora y la fauna del río: las esponjas y medusas de agua dulce, la hidra verde, los nerítidos y los ditiscos, los ancílidos y los esféridos, los girínidos y los bétidos, el tubifex y los pirálidos, el esparto y el acónito y la digitalis, las truchas y barbos y bogas y culebras y tortugas y ranas y renacuajos y sapos y tritones y salamandras y algas y nenúfares... Y sobre todo, los cangrejos de río... Mi padre despertándome de madrugada para ir a pescarlos, la cesta de mimbre (su olor intenso a humedad) y el cebo podrido (cuanto más apestoso mejor), el trayecto en coche dormido (o ensoñando: jugando, por ejemplo, a talar árboles y montañas con un enorme cuchillo imaginario, apéndice cronenbergiano de mi propio brazo), el rocío y el frescor de la orilla del río, el termo con café caliente y la fogata crepitante y la colocación estratégica de los reteles en las pozas, para luego, a los pocos minutos, sacarlos cuidadosamente del agua con un palo en forma de horqueta llenos de cangrejos... Cómo me embelesaba entonces aquello, sus antenas y ojos fieros, sus impresionantes pinzas y corazas, ver cómo, poco a poco, batida a batida, se iba llenando la cesta, y cómo amanecía y se disipaba lentamente la bruma sobre el agua y asomaba al amanecer el sol tras las choperas... Y luego, al llegar a casa a mediodía, mi madre limpiándolos y cocinándolos (cangrejo autóctono leonés, hoy prácticamente desaparecido, de color marrón oscuro y sabor intenso, nada que ver con el americano que llegó luego)... Cuántas madrugadas memorables con mi padre en la orilla del río, a los seis o siete años, al calor de aquellas improvisadas hogueras, jugando atemorizado con sus pinzas y antenas... Tiempos maravillosos que no volverán...

 

 

LA DESCARGA

(Lenguas de fuego)

 

El día de la descarga yo tendría unos seis años... Me asomé a la ventana de aquel hotel junto a la playa y agarré la farola que iluminaba la terraza... Mis manos empezaron entonces a temblar, no podía soltarlas, veía desde la terraza a mis padres en la arena pero no podía gritar, la descarga me llenaba el cuerpo y el mar brillaba a lo lejos salpicado de extraños tonos sepia bajo el sol... Hasta que de pronto mis manos se libraron solas del metal y eché a correr escaleras abajo con aquel tembleque dentro y un sabor acre en la boca, buscando los brazos protectores de mi madre... He estado a punto de morir luego otras veces, supongo que algunas sin saberlo, pero no recuerdo algo tan terrible como aquella descarga eléctrica en mis manos y los tristes y ominosos tonos sepia sobre el mar, lenguas de fuego, la sensación de estar asomado al precipicio, inmóvil, llegando inexorablemente al fin de algo...

 

 

CASA BOTINES

(Y la Torre de Plata)

 

Mi querida Casa Usher, mi Exin Castillos particular, aquel caserón neogótico y por aquel entonces, antes de la reforma, siniestro y sombrío, su interior sobre todo, aquellas lúgubres escaleras por las que mi padre aseguraba que correteaban gigantescas ratas, cinco pisos a oscuras sin ascensor hasta el ático de mi abuela, la madera crujiendo bajo las suelas de nuestros zapatos, la macilenta e intermitente luz, las ventanas modernistas y sus torres cilíndricas... Allí fueron a vivir de alquiler mis abuelos (al contrario de lo que pueda parecer, no eran viviendas de ricos, sino de pequeños comerciantes que se habían ido estableciendo en las inmediaciones del edificio en los años 20 y 30 del pasado siglo), a aquel palacio místico y tenebroso, como de ensueño de opio o desvarío simbolista, que Gaudí había construido tiempo atrás... La Casa Botines, con su foso y su reja de forja y su implacable San Jorge matando al Dragón y sus torreones y agujas y almenas... En ella nació y se crió mi padre y sus cuatro hermanas, y en ella vivía todavía mi abuela, rodeada de reliquias de tiempos remotos, canarios enjaulados, muñecas de porcelana y montañas de libros, cuando yo comenzaba a dar mis primeros pasos y a practicar tímidamente el arte de la ensoñación... Ah, qué recuerdos aquellos, cinco, seis, siete años, todo misterio y revelación, descubrimiento y promesas, aquel León provinciano, la tienda de mis abuelos en Ordoño II, los tebeos del Jabato y el Capitán Trueno y el Guerrero del antifaz, el vetusto Café Victoria, la catedral y la Calle Ancha, el destartalado Barrio Húmedo, los PP. Agustinos al lado (mi colegio: aquella fortaleza inmensa de ladrillo rojo de la que pronto hablaré), la recoleta y umbrosa Iglesia de San Marcelo y, muy en especial, el torreón del ático de mis abuelos, desde el que oteaba a vista de pájaro la somnolienta ciudad... Allí me recuerdo a menudo ensimismado mientras mi familia charlaba en el comedor, viendo pasar a los transeúntes, dónde irían, de dónde vendrían, cómo se llamarían, si serían felices o no, evocando una y mil veces la terrible pelea entre mercheros y gitanos que mi padre había contemplado de niño desde ese mismo torreón y de la que tantas veces me había hablado, navajazo viene y va, cuerpos tendidos en la plaza, tripas en las aceras, gritos de auxilio y gente corriendo... Mi padre, cuántas historias truculentas y fantasías me metió en la cabeza de niño... A él (y a mi madre, por supuesto, voraz lectora) le debo esta afición por las letras, siempre hablándome de mazmorras y pasadizos y tesoros y fortines y maquis y prodigios y monstruos... Frente a ella, la Casa Botines, paso todavía a menudo, ya reformada y reconvertida desde hace tiempo en museo, y hacia la torre de mi abuela instintiva e invariablemente miro, buscando su fantasma con una llave de plata en la mano, regresión tras regresión volviendo a mi infancia, a aquellos días primeros, a aquellas lecciones tempranas, a aquel quimérico despertar...

 

 

PARCHE

(Estigma)

 

Me acordé de él el otro día, revisando esa joya del cine de culto titulada Thriller: A cruel picture (en la que se basó Tarantino para crear Kill Bill), al ver a Christina Lindberg, la protagonista, con un parche negro en el ojo... Recordé entonces al niño que a comienzos de los años 70 fui y el parche que tuve que llevar durante algún tiempo debido a un estrabismo infantil galopante, aquel parche en mi ojo izquierdo (el derecho, verde y nublado de tristeza) que me estigmatizaba y obligaba a dar a todo el mundo explicaciones, en el colegio sobre todo, y a soportar las mofas y burlas de mis compañeros de clase, desde entonces oveja negra del redil... Aquel parche redondo y negro como el fin de la noche, que con todo el cariño del mundo mi madre me hizo, parche de pirata, de lacra, de disidente, parche de paria... No tengo fotos con él, por desgracia, pero nunca lo olvido... En realidad, pienso, llevo todavía aquel parche en mi subconsciente, siempre ha estado ahí, solo que ahora me gusta llevarlo, ahora disfruto del estigma y la lacra, me singulariza entre el rebaño y me hace plenamente consciente de mi condición... Pero no entonces, a comienzos de los 70, con apenas cinco años, en aquella sociedad clasista e hipócrita, entre todas aquellas pirañas que buscaban con lupa cualquier debilidad o imperfección para lanzarse ávidamente a devorar a sus presas... Luego, tiempo después, no sé cómo ni dónde, mis padres consiguieron unas gafas de pasta con uno de los dos cristales ahumado, el izquierdo, que mejoraron un poco, solo un poco (seguían siendo de friki total, la verdad sea dicha) la situación y me ayudaron a corregir progresivamente y con paciencia aquel defecto en la vista... Hasta que con el paso de los años no tuve ya necesidad de llevar gafas, mi ojo estrábico pasó a ser solo vago, mi carácter se hizo fuerte y mi corazón rebelde, comencé a sacar partido de la diferencia y a creer cada vez más en mí, a enfrentarme a la vida y al mundo con la cabeza bien alta y a estar orgulloso de no ser como el resto... Quizás, pienso, fuera aquel parche en gran medida el causante de ser como soy, de no haber comulgado nunca con la mayoría y de ir siempre a tientas por la línea de sombra, buscando infatigable mi propio destino...

 

 

LA TIENDA

(De color canela)