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"Historias que le han dado la vuelta al mundo, con la fuerza del mundialmente conocido Manny Pacquiao y aun, con el puño anónimo de nuestros héroes del ensogado cordobés, son reconstruidas por el periodista Estewil Quesada. Más que un compendio de doce detalladas crónicas publicadas por el autor a lo largo de una prolífica carrera de 42 años en los principales medios colombianos, como El Heraldo y EL TIEMPO –casa que actualmente se deleita de su puño…y letra–, Relatos más allá del ring es un panorama de las ambivalentes realidades que viven los protagonistas del llamado 'deporte natural' de San José de Canalete (municipio del departamento de Córdoba, cuna de boxeadores) en donde las nuevas generaciones se debaten entre el esplendor del microfútbol y la crudeza de los entrenamientos entre cocoteros y llantas que hacen las veces de costal para golpear. Con prólogo del reconocido periodista argentino Marcelo González y una docena de narraciones exquisitamente investigadas desde el ring side y en la arena en donde se han formado nuestras glorias olvidadas, este libro les rendirá homenaje a los atletas que algún día elevaron sus brazos dentro del cuadrilátero y, al mismo tiempo, motivará en los futuros atletas la inquietud por forjar una carrera 'a puño limpio' y (ojalá) con mejores condiciones."
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Seitenzahl: 91
Veröffentlichungsjahr: 2022
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A mi tío Agustín.
Relatos más allá del ring
© 2022, Estewil Quesada Fernández
© 2022, Intermedio Editores S.A.S.
Primera edición, febrero de 2022
Edición
Pilar Bolívar Carreño
Equipo editorial Intermedio Editores
Concepto gráfico, diseño y diagramación
Alexánder Cuéllar Burgos
Equipo editorial Intermedio Editores
Fotografía de portada
Carlos Capella
Intermedio Editores S.A.S.
Avenida Calle 26 No. 68B-70
www.eltiempo.com/intermedio
Bogotá, Colombia
Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor.
ISBN:
978-958-504-034-2
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Prólogo
‘Esa pelea la ganó mi negra bella’
‘No recuerdo casi nada’
‘¡Párate, Bernardo!’
La medalla olímpica ganada con dinero de particulares
La gestión de José Vargas
De molestoso a héroe
El olvido del Gallo de Oro
La advertencia del yerno
La presencia del campeón
Un excampeón contra las cuerdas por el agua
La angustia de la partida
‘Kid Gavilán’: ¡yo soy el bolo-punch!
La ‘Pelea del Siglo’: Valdés vs. Monzón I
Despojo y ‘guerra verbal’
Caída decisiva
Pelea de verdad
El pueblo está de pelea
Deporte ‘natural’
El reino de Manny Pacquiao
Hombre popular
Todo permitido
Cuando Colombia lloró a Robinson Pitalúa
Así lo conocí
Secretos e ilusión
Valdés, el reposo del guerrero
La pelea
El ‘Rocky’ de hoy
Soplaviento pelea contra la miseria
El deporte del pueblo
Realidad estremecedora
Ultiminio, el vencedor al que le da miedo dormir solo
Conocí a Estewil Quesada en el lejano (pero cercano en el recuerdo) 1988 en ocasión de escenificarse en Las Vegas, Estados Unidos, diez días de puro boxeo con tres mega carteleras (Chávez vs. Ramírez, Hearns vs. Kinchen y Leonard vs. Lalonde).
Veinteañeros y entusiastas, amantes del boxeo y el periodismo deportivo, Quesada colombiano y yo, argentino, sentimos inmediata empatía al comenzar a intercambiar conocimientos y, por entonces, nuestra escasa experiencia en coberturas internacionales.
Así, Estewil me contaba con pelos y señales detalles de Miguel ‘Happy’ Lora, Sugar Baby Rojas y el prometedor Rafael Pineda, los colombianos protagonistas de esos diez días espectaculares en Nevada; y yo aportaba lo que sabía de mi compatriota, el potente pegador de peso medio Juan Domingo ‘Martillo’ Roldán, ‘factótum’ de mi primer viaje a la meca del boxeo.
Como sucede con las conversaciones que apasionan, una cosa fue llevando a la otra y, con asombro y admiración, dejé que Estewil me sorprendiera con datos precisos y una memoria prodigiosa sobre historia y presente del pugilismo. Como a la revista The Ring, rebauticé a Quesada como ‘La Biblia del Boxeo’.
El tiempo y la distancia nos alejaron físicamente pero el respeto fue creciendo, como así también la admiración, al leer varios de sus artículos escritos en el prestigioso diario EL TIEMPO, y ya no solo de boxeo, sino de otros deportes, los que abordaba con el mismo rigor e información que me demostró en nuestro primer encuentro en Las Vegas.
Menuda sorpresa me he llevado cuando me enteré, ya varios años después de aquel 1988, que mi viejo amigo me seguía la carrera a través del canal Space, para el que yo trabajé por 26 años y que también llegaba a Colombia. Las redes sociales intensificaron la unión y demostraron que el respeto permanece inalterable.
El pedido de Estewil para que prologue estas páginas me ha llenado de orgullo; no solo por la confianza que me dispensa el autor, sino porque estas palabras anteceden una obra maravillosa, que llega a ustedes escrita por la pluma de uno de los especialistas más renombrados del mundo en la materia boxeo.
Quesada tuvo además la deferencia de mandarme los capítulos de esta obra, que humildemente catalogo, yo, de imperdible para los amantes del deporte ‘de las narices chatas’.
Tienen por delante una fantástica recopilación de las experiencias de Estewil con varios protagonistas, no solo del boxeo colombiano, sino del mundo entero. Me resisto a llamarlas ‘notas’ o ‘crónicas’, ya que son, como dije líneas arriba, experiencias, de esas que nutren más al lector por haberse vivido en primera persona.
Y así podremos, casi, palpar cómo sienten los filipinos su idolatría por Manny Pacquiao, o emocionarnos con las pocas palabras que el célebre brasileño Eder Jofre –uno de los pesos gallos más grandes de la historia– cruzó con el autor, quien en otro episodio narra, de maravillas, cómo se gestó el bronce olímpico de Eliécer Julio, en Seúl.
Les aseguro que sentirán la piel de pollo al leer sobre ‘la negra bella’ de Bernardo Caraballo, el primer colombiano en disputar un título del mundo, y volverán a emocionarse con la hazaña de Rodrigo Valdés ante Bennie Briscoe al obtener su primer campeonato mundial mediano, además de aquella ‘Pelea del Siglo’ de ‘Rocky’ ante mi compatriota Carlos Monzón.
Cuando conocí a Quesada, trabajaba yo, en la revista argentina Cuadrilátero, en la cual, además de firmar con mi nombre, escribía algunas notas con el seudónimo de ‘Gavilán’, apelativo que me puso el periodista chileno Raúl Hernán Leppé, asociando mi apellido con el del cubano ‘Kid Gavilán’, cuyo nombre verdadero era Gerardo González.
Me permití este párrafo para subrayar el recuerdo que Estewil plasma en estas páginas sobre el sensacional peleador de Camagüey, campeón mundial wélter en los 50 e impulsor popular del golpe patentado por el filipino Ceferino García, llamado ‘bolo punch’. Una joya, realmente.
Las evocaciones de Robinson Pitalúa y José Sanjuanelo son un gancho; no al hígado, sino al corazón y cuentan, además, la historia de muchos.
Amigos, no los aburro más con el introito ya que, cuanto más tiempo pierdan en estas líneas, más tardarán en empezar a recorrer gran parte de la historia del boxeo en el sendero que les abre esta magnífica recopilación del enorme Estewil Quesada. Que empiecen las emociones, pues…
MARCELO GONZÁLEZ
Zunilda Contreras, esposa de Bernardo
Caraballo –el primer ídolo del boxeo colombiano– revela cuando este se coronó campeón suramericano de peso gallo, peleando borracho.
“¡Ay Dios Santo! ¿Pa’ dónde habrá cogido ese hombre?”.
Con esas desesperadas palabras, Zunilda Contreras, una hermosa joven de Chambacú, el barrio de los negros en Cartagena, confirmó lo que tres años antes pensó: que a su esposo no lo podía dejar solo un instante en este mundo.
Nada más fue espabilar, y él desapareció del hotel Victoria, en el Centro de Barranquilla, donde permanecían alojados la tarde de ese sábado 13 de agosto de 1966.
Como una demente, lo buscó por todos los rincones del hotel, en locales aledaños y varias calles a la redonda. No había rastros de él.
Hasta que, luego de tres horas de angustias, alguien le dijo que a su esposo se lo había llevado ‘Chepe’, un amigo barranquillero.
Cogió la ropa de trabajo de su esposo y, en la oscuridad de la noche, paró un taxi, en compañía de Socrátes Cruz. Después de varias vueltas por diferentes calles, encontró la casa de ‘Chepe’.
Y allí, en medio de una fiesta, justo levantando el codo para tomarse un trago de ron, estaba su esposo, Bernardo Caraballo, que esa noche disputaba el título suramericano de boxeo profesional del peso gallo, en poder del brasileño Waldemiro Pinto.
No le dijo nada al verlo borracho. Le pidió a Cruz, el entrenador cubano, que guardara el secreto y, en el mismo vehículo, se lo llevó al coliseo Humberto Perea.
Pidió que nadie ingresara al camerino, mandó a comprar una soda y un Alka Seltzer y se lo dio a tomar a su esposo. Enseguida lo metió a la ducha y, luego, lo acostó en una cama para que durmiera. Así lo vistió de boxeador, y lo despertó cuando lo llamaron a pelear.
“La verdad es que a mí se me olvidó que peleaba esa noche y me fui a la fiesta del cumpleaños de ‘Chepe’ (no sabe el nombre). No recuerdo casi nada del combate (...)
“La esquina de Pinto –entonces invicto en 55 combates y tercer retador mundial– me felicitó por el triunfo. Respondí que gané por puntos porque estaba borracho, o si no lo mato”, dice Caraballo, sentado en la sala de su casa, la número 13-103 de la calle La Paz, del barrio Torices, en Cartagena.
Zunilda sonríe, sentada, al escuchar a su esposo.
No ha permanecido quieta, yendo constantemente a la cocina para empacar en cualquier tarro o plato desechable los dulces de ñame, mango y ciruela que ella misma preparó este día, Viernes Santo, para sus cinco hijos, veinte nietos y dos bisnietos, además de los vecinos y los visitantes de la casa.
“Es la tradición”, asegura.
Les resumo lo publicado por el diario El Heraldo, dos días más tarde de la pelea:
Que Caraballo (quinto retador) dominó hasta el octavo asalto, que estuvo ineficaz con los golpes, que lució agotado en los dos últimos, que abusó de agarrar y que el combate fue tan malo que la Comisión Municipal de Boxeo multó a los púgiles con dos mil pesos.
“Demasiado hizo borracho”, atina en afirmar Zunilda y deja escapar una carcajada.
“Esa pelea la ganó mi negra bella”, reconoce Caraballo, hoy pensionado del Terminal de Cartagena, primer ídolo del boxeo colombiano y a quien llamaban ‘el Venao’ por la velocidad de piernas.
Zunilda lo conoció antes de que Bernardo se convirtiera en estrella del deporte colombiano. Eran vecinos de Chambacú, por allá en 1958. Él llegó allí, de ocho años, tras haber nacido el primero de enero de 1942 en el corregimiento de Bocachica.
Ella era la única mujer invitada a todos lados por el grupo de boxeadores y emboladores de zapatos, conformado, entre otros, por Caraballo, Orlando Pineda, Rodrigo Valdés, Pedro Vanegas, ‘Baba’ Jiménez y ‘Kid Pambelé’.
Al poco tiempo eran novios y luego se fueron a vivir a la casa de Santos Rodríguez, la madre de él y famosa después porque el boxeador le dedicaba sus peleas.
Se casaron el 30 de abril de 1961, en la iglesia San José de Torices, a las seis de la mañana. Zunilda le enseñó a leer, a escribir y a defenderse en la vida.
Zunilda ha sido la entrenadora de su vida.
Fotografía: Yomaira Grandett / EL TIEMPO.
“Casado, era mujeriego y tan despierto como en el ring, pero de la vida tenía que aprender más. Cuando regresó de la primera pelea en Bogotá (ganó la faja nacional mosca a Jaime Caro, el primero de septiembre del 62), vino maravillado por la ciudad y los ascensores del hotel”, sostiene Zunilda.
“Ese día dije que lo acompañaría a todas sus peleas porque no podía dejarlo solo por el mundo. Y así fue. Por eso me lamenté cuando desapareció ese día de la pelea con Pinto, en Barranquilla”, agrega.
De tanto andar de joven con los boxeadores, Zunilda comprendió los secretos del pugilismo. Por eso, cuando el cubano Cruz viajaba fuera de Cartagena, ella conducía la práctica en el patio de la casa de Torices, donde él construyó un gimnasio.
“Me dediqué a analizar los rivales y, antes de comenzar cada asalto, bien ubicada en el ring side
