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Considerado como el más elocuente orador de España, Emilio Castelar y Ripoll ha sido también uno de los grandes prosistas del siglo XIX.
Tras el pronunciamiento de Martínez Campos y la Restauración de la Monarquía, Castelar se marcha de España, reside en París y viaja por otros países europeos. Publica con asiduidad varias novelas (entre las que se encuentra "Ricardo") así como numerosos ensayos y discursos. Influido por el Romanticismo, del que también hay huellas en su oratoria, se recuerdan entre sus mejores obras "Ricardo", publicada en 1877.
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Veröffentlichungsjahr: 2024
RICARDO
Capítulo 1 - Los vapores del vino y los vapores de la idea
Capítulo 2 - En las tempestades sociales
Capítulo 3 - En el hogar
Capítulo 4 - La desesperación
Capítulo 5 - La velada de San Juan
Capítulo 6 - Diálogos filosóficos
Capítulo 7 - Una corrida de toros
Capítulo 8 - Un baile
Capítulo 9 - La felicidad
Capítulo 10 - Un consejo de familia
Capítulo 11 - Un aniversario
Capítulo 12 - Proyectos de color de rosa
Capítulo 13 - Otro rendido amador
Capítulo 14 - Revelaciones
Capítulo 15 - El regreso de Antonio
Capítulo 16 - El encuentro
Capítulo 17 - Esperanza y desesperación
Capítulo 18 - Las contrariedades
Capítulo 19 - El golpe de gracia
Capítulo 20 - Desenlaces necesarios
Capítulo 21 - Adiós para siempre
Capítulo 22 - Finis
Nuestro Madrid es pueblo esencialmente sobrio, y para persuadirse de que nuestro Madrid es pueblo esencialmente sobrio, no hay como pasearse por sus calles, y ver cuán desprovistas se hallan de aquellas fondas, de aquellas galerías, de aquellas tiendas por París esparcidas en abundancia, y que ofrecen al paladar toda suerte de licores y manjares. En el año de 1866 todavía era menor el número de establecimientos consagrados a lo que pudiéramos llamar comida pública. Exceptuando las tabernas, con sus fríos pedazos de bacalao frito, y sus tortillas pertenecientes a la edad de piedra; los figones, donde los mozos de cuerda restauraban sus fuerzas, con aquella olla tan provista de tocino como desprovista de carne; las fondas de rúbrica, en su mayor parte inhabitables, Madrid no tenía más comedores oficiales que cierto salon de los entresuelos del Café Suizo, completamente abandonado del público; la casa de Lhardy, que de uvas a peras mostraba en su escaparate algunas cabezas de jabalí, como disponía en sus cocinas algunas comidas de encargo; y el llamado, a la francesa, restaurant de Farrugia, sito a la entrada de la Carrera de San Jerónimo, casi en la desembocadura de la Puerta del Sol, donde un aficionado al bien comer se arruinaba, por dar platos buenos a bajo precio, y por fiar demasiado en las pagaderas, más estrechas ciertamente que las tragaderas, de sus comensales y parroquianos. Entonces, aunque el Café Español existía ya, y daba de comer en los cuartitos del callejón de Gitanos, todavía no se levantaban los salones de Fornos, que luego pasaron a socorrido asunto de arengas tribunicias y tema favorito de oposiciones políticas. Madrid mostraba su sobriedad histórica, que tanto disgusta a los extranjeros, y tanto cuadra a nuestro histórico carácter.
Mas la noche del 21 de Junio de 1866 varios jóvenes se habían reunido a cenar en el entresuelo de Farrugia, y habían prolongado la cena hasta la madrugada siguiente. No conozco pueblo alguno en Europa donde se duerma menos que en Madrid. a las doce de la noche, a la una, y aun las dos de la madrugada, están las calles céntricas concurridísimas, y concurridos los cafés, esas colmenas de murmuración, donde acuden las gentes en tropel, para aguzar sin duda los aguijones de la calumnia. El Casino prolonga sus veladas hasta el alba, y el Ateneo mismo, que de severo y austerísimo se precia, hasta mucho despues de entrada la media noche. Comienzan las tertulias cuando en otras partes comienza el sueño; y concluyen los teatros cuando les da la gana a nuestros empresarios, los cuales emplean más tiempo en levantar un telón, que emplearían en levantar una montaña. Esta sobra de desvelos, esta falta de sueño, da a nuestro Madrid achaques quizá irremediables. La noche cuelga sus cobertores de sombras, para que bajo ellos nos entreguemos al reposo. Hasta las combinaciones químicas de nuestra atmósfera, hasta el ministerio que desempeña la luz en la elaboración de los gases vitales, convidan a unir las tinieblas interiores de nuestro sueño con las tinieblas que envuelven al hemisferio. El insomnio agita los nervios, y los nervios desvelan así la fantasía como la sensibilidad, exacerbándolas; y la exacerbación de la fantasía y de la sensibilidad concluyen por llevarnos, tanto en la vida pública como en la vida privada, a exaltaciones y a delirios, muy contrarios a aquella armonía entre todas las facultades, y a aquel equilibrio entre todos los humores, verdadero secreto de la robustez de nuestras fuerzas y de la salud de nuestra vida.
Pero vaya usted con homilías, ni siquiera con ejemplos, a corregir las costumbres. Varios jóvenes velaban, pues, allá por la madrugada del veintidós de Junio, en el entresuelo de la fonda de Farrugia, prolongando excesivamente opípara cena, comenzada en la noche del veintiuno. Componíase aquella sociedad de pisaverdes madrileños, de algunos calaveras hastiados, de muchos estudiantes que habían concluido su licenciatura, de dos o tres literatos, los cuales movían las lenguas, mientras la generalidad movía y apuraba las copas. Aunque el aspecto del entresuelo, tan bajo de techo como todos los entresuelos madrileños, nada tenía, a la verdad, de espléndido, la mesa era esplendidísima: candelabros de bronce dorado, despidiendo mares de luz; guarnición de plata fina; vajilla de Sevres; cristalería de Venecia y de Bohemia; cubiertos de oro a los postres. Los trajes que vestía aquella juventud eran bien diversos y varios. Llevaban los unos el frac negro con que acababan de investirse en la Universidad para su profesión y su carrera; llevaban los otros sus relucientes trajes de paseo, que brillaban con esa profusión de cadenas, botones, anillos a la corbata y a los dedos, que tanto en extrañas tierras nos critican; y sólo dos o tres ostentaban las prendas raídas, propias de aquellos que comienzan la vida en lucha con la miseria. Como sucede en todas las reuniones, dos o tres parlaban, y los demás se avenían a las opiniones de los parlantes, o las desechaban y combatían por lo bajo con rumores y protestas. Los tres más decidores eran: Arturo Díaz, optimista decidido, a quien le parecía el mundo un edén verdadero; Federico Trives, desdichado pesimista, a quien le daba por filosofar a roso y belloso acerca de nuestros males irremediables, y de nuestros desengaños continuos; y finalmente, Jaime García, dado por completo a la política, con esa febril exaltación propia de sus veinticinco años. Los tres llevaban la conversación, y los demás, o reían, o aprobaban, o disentían por lo bajo, o lanzaban interjecciones a diestro y siniestro, echándoselas de hábiles interruptores. Ninguno de ellos frisaba en los treinta años; ninguno, pues, tenía motivo para mostrarse muy amargado de la vida, muy herido del desengaño, muy experimentado en nuestros dolores y tristezas, que se acrecientan, y se enconan, y se exacerban con el curso y el movimiento de esta nuestra desdichada y trabajosa existencia. Allá, a eso de las tres de la mañana, cuando comenzaban a despuntar los albores del día, la conversación tomaba entre los tres amigos un tono verdaderamente elevado, y un aspecto verdaderamente filosófico.
-Despues de todo, decía Arturo, cuando se examina el mundo, hasta en sus cosas más nimias se echa de ver…
-Que no puede ser peor, le interrumpió Federico.
-Que necesita una reforma, dijo Jaime.
-Una reforma radical, radicalísima, gritaron todos.
-No, mil veces no, replicó Arturo.
-¿Ya vuelves a tus halagüeñas fantasías, a tu embriaguez de felicidad? preguntó el descontentadizo al contento.
-Dejadme acabar, y veréis cómo os satisfago a todos. Cuando yo era muchacho tenía por único libro cierta obra, que se llamaba Almacén de los niños, obra preciosa.
-¡Preciosa! A este Arturo todo le parece bien. Si sale a la calle, y le echan sobre la cabeza el agua de las macetas, y lo manchan, dice: «perfectamente; después de haber bebido tanto, necesitaba refrescarme». Si le dan con una teja en mitad del cráneo, y lo descalabran, repite: «perfectamente también: necesitaba, después de comer tanto, esta sangría». ¡Obra preciosa! Madama Genlis, su autora, fue una cotorrona fastidiosa, hija de cierto noble arruinado, favorita de Felipe Igualdad, enemiga implacable de la pobre reina María Antonieta, quizá por odio a su belleza; escritora más pesada que un predicador cuaresmero, y sólo propia a disgustar a los niños de la lectura, y meterles en la cabeza mil rancias e insustanciales historietas.
-Pues mira, Federico, no te libras de la que voy a referir.
-Venga, venga, gritaron todos.
-Andaba un día cierto viandante por los campos, cuando vio las calabazas, fruta tan gorda, por los suelos, y las bellotas, fruta tan menuda, por las encinas. ¡Qué mal hecho está el mundo! exclamó enseguida. Esos hermosos frutos tan colosales, confundidos con la tierra, y esos otros, pequeñillos y ruines, al aire. ¡Cuánto más valía lo contrario; las calabazas arriba, y las bellotas abajo! Al poco tiempo, como hiciera mucho calor, entráronle ganas de sestear un rato, y se tendió a la sombra de la encina. Durmióse, y aún roncó largamente. Y, cuando más metido estaba en el sueño, le despertó una bellota, que, desprendida del árbol, fue a darle en la punta de la nariz. ¡Oh! Bien hecho está, sin duda alguna, el mundo, exclamó. Si las calabazas hubieran estado arriba, y me caen sobre la faz, como me han caído las bellotas, ¡ay! me aplastan y desnarigan. Bien está el mundo, tal como es. No pretendamos en manera alguna arreglarlo.
-¿Veis que insustancial historia? - ¿No tenía yo razón? ¡Te parece el mundo muy hermoso! La vida, que nadie explica y que nadie comprende, es un dolor eterno. Estamos sujetos a llevar la cadena perpetua de nuestro organismo como el condenado perpetuamente a presidio. Todo placer acaba en pena: el amor en hastío, el beber en borrachera, la comida en hartazgo o indigestión, el goce de las artes en cansancio, la juventud en alteradas pasiones, la pasión más pura en amargos desengaños. De cada satisfacción cumplida nace una necesidad nueva; y de cada necesidad nueva una aspiración incontrastable; y de cada aspiración incontrastable un nuevo dolor acerbísimo. Desde el mineral frío e inerte hasta el hombre, a medida que crece el sentimiento, a medida que crece la inteligencia, crecen también las tristes aspiraciones sin satisfacción posible en la tierra. No queráis ser grandes hombres, no lo queráis, jóvenes que veis ahora el dintel hermoso de la vida al través de las primeras ilusiones y de los primeros amores del alma; si llegáis a poetas, a filósofos, a oradores inmortales, ¡ah! las penas de todos los seres creados se prenderán a vuestro corazón; las lágrimas que desde el principio al fin de los tiempos vertieran o viertan todas las generaciones, se condensarán en vuestros ojos; las espinas sembradas en todos los planetas se pegarán a vuestros corazones; y concluiréis por renegar de vosotros mismos y por maldecir al Ser que os ha creado. Cada animal tiene satisfechas sus necesidades. En el círculo donde vive, el radio de su deseo no va más allá del cumplimiento y satisfacción de sus instintos. Pero nosotros debemos desear siempre algo que jamás pueda cumplirse. No tenemos alas, y quisiéramos volar; volaríamos, pues desearíamos salir de nuestra atmósfera; salíamos, pues necesitábamos ir a otro sistema planetario; íbamos, pues querríamos abrazar y contener en nosotros mismos el Universo; lo conteníamos y lo abrazábamos, pues ya no podíamos satisfacernos sino en Dios; llegábamos hasta Dios, pues habíamos de estar inquietos por algo más allá; que nadie ha visto aún donde se encuentran trazados los límites de nuestras constantes aspiraciones y de nuestros inagotables deseos. Así nadie tampoco ha sondeado el dolor ni ha adivinado su pavoroso fondo. Vivir es batallar. El arte mismo que se ha inventado para consolarnos, jamás nos habla sino de penas, de pasiones desgraciadas, de tragedias horribles o de ridiculeces cómicas, provocadoras de una risa cien veces más amarga que todos los dolores juntos. Mirad por todas partes. Para comer, una carnicería, donde se degüella a seres inocentes que ningún mal os han hecho. Para vestiros, el despojo de millares de animales sensibles o el deshile de millares de sensibles plantas. Aquí un esbirro, allá un cuerpo de guardias, acullá un hospital, más lejos una casa de socorro, al fin de tal calle la cárcel, un poco más léjos el presidio, en este extremo el manicomio; en aquel otro el garrote y los jueces mezclados en su ministerio con los sayones y con los verdugos…
-Chico, chico, dijo Arturo riéndose, tienes la borrachera muy triste, Federico.
-Olvidas, añadió Jaime, que a todos esos males opone la ciencia moderna profundísimas reformas.
-¿Reformas dices,- preguntó Federico,- reformas?
-Sí, reformas, gritaron todos.
-¡Reformas! ¿Para qué estudias tú, Ramiro? preguntó, dirigiéndose a uno de los que llevaban su flamante frac de ceremonia.
-Estudio para abogado.
-Y tú, Luis, ¿para qué estudias? Le preguntó a otro vestido también de etiqueta.
-Estudio para médico.
-¿Y qué quieres decir con esas preguntas? Le dijo Arturo.
-¿Y qué quieres indicar con esas reticencias? Le volvió a decir Jaime.
-¿No lo comprendéis?
-Nó. Respondieron ambos a una.
-Pues tenéis bien pocas entendederas. Les pregunto eso para demostraros que siempre el mundo será lo mismo. Hay médicos, como en tiempo de los Faraones; hay abogados, como en tiempos de Sila o de Mario. Es decir, las mismas enfermedades que había hace cuarenta siglos. Nuestro cuerpo está hoy, después de la redención universal, tan sujeto a constiparse como antes de que apareciera ningún Redentor. Nuestra voluntad está sujeta también a los antiguos achaques, puesto que hay abogados. Se codicia la mujer del prójimo, se captan las herencias, se me niega lo mío, se roba lo tuyo, se calumnia, se mata como en el primer momento en que aparecimos sobre la faz del planeta. No me habléis de progreso, mientras haya médicos y abogados en el mundo.
-Vamos, misantropía, pura misantropía, gritó Jaime.
-Romanticismo trasnochado, añadió Arturo.
-Misterios del alma, aseveró Ramiro, por aseverar algo.
-En nuestra edad, dijo Luis, se ven las cosas de esa suerte cuando nos ha faltado la mujer que amábamos, o nos ha vendido el amigo con quien compartíamos toda nuestra vida.
-¿Y sabéis a qué se reducen esos abandonos de la mujer amada, y esos desengaños del amigo preferido? Preguntó solemnemente Arturo.
-¿A qué?
-A que el amigo no ha contestado en la cátedra a la lista por vosotros, o que la mujer amada no ha salido a misa en la hora conveniente, por dolerle las muelas o los callos a su bendita mamá, la aborrecible futura suegra.
-Justo, dijo Jaime, y en cuanto sucede esto, el cielo parece de papel ahumado, las estrellas como la ceniza del cigarro frío, el Universo entero como una casa de dormir a dos reales.
-Para mí las acciones más desagradables tienen los orígenes y los móviles mejores, dijo Arturo. Yo nunca echo las cosas a mala parte. Todo me parece bien, y estoy contento hasta cuando tengo dolor de muelas; porque bien pudiera tener otra cosa peor. Tú, ¿quieres saber otro cuento?
-Por Dios, Arturo, que no sea tan desustanciado como el cuento de las bellotas y las calabazas.
-Lo peor es, dijo Ramiro, que al hablar de calabazas nos ha entristecido este optimista, pues nos ha recordado nuestras angustias antes de los exámenes, y nuestra incertidumbre el día que escribimos la primer carta a la novia.
-Vamos, gritaron los demás, refiere tu cuento.
-Cierto día entraba un musulmán muy piadoso en mezquita consagrada por la devocion de su gente. Llevaba el propósito de quejarse porque no tenía babuchas, cuando se encontró con un desgraciado que no tenía piernas. Desde entonces ya no volvió a quejarse.
-Insulseces tuyas.
-Id a saber en qué consiste la felicidad. Para el pobre, en tener dinero; para el rico, en tener salud; para el hambriento, en el hartazgo; para el harto, en el hambre. Y vaya de cuento…
-Arturo, Arturo, exclamó Federico, basta, basta.
-No; cuenta, cuenta. Ya sabes que a Federico todo lo parece mal, así tus cuentos como tu silencio, dijo Luis.
-Véngate, gritó Ramón.
-El que no haya estado en Londres, y no haya conocido aquella sociedad, jamás podrá medir la distancia existente entre un Lord de los palacios aristocráticos y un pordiosero de las sucias calles. Cierto ricacho inglés padecía la enfermedad corporal de su raza, la desgana, como el hastío es la enfermedad íntima y espiritual. Acababa de asistir a un gran banquete; y habiéndole pasado bajo las narices toda suerte de platos apetitosos y de olorosísimos vinos y licores, ni unos ni otros le provocaron el menor deseo. Si quería llevarse un bocado a la boca le venían náuseas; si una copa al labio, invencibles manos. Por fin se fue, desesperado de su suerte y dolorido de su enfermedad, cuando al llegar a la calle, tropieza con un pobre, haraposo, descalzo, macilento, demacrado, con todas las señales de la miseria, el cual le, dice: «Una limosna, señor, que tengo hambre». El lord le miró de arriba abajo, y le echó al rostro esta exclamación: «Tienes hambre, ¡y te quejas!»
-No negarás, Arturo, que este cuento tiene gracia, dijo Ramón.
-No negarás que tiene filosofía, añadió Luis.
-Dejadme en paz con vuestra gracia y vuestra filosofía. Lo que no tiene maldita gracia es la vida; lo que no tiene ninguna razón suficiente que lo justifique es nuestro picarísimo mundo.
-Pues mira, Federico, mis tesis optimistas se hallan completamente justificadas.
-¿Cómo?
-De esta suerte: Un hambriento puede ser más feliz que un harto.
-Si tu lógica no fuese tan arbitraria, deducirías otra consecuencia más legitima, Arturo.
-¿Cuál?
-Que hambrientos y hartos en este pícaro mundo son por igual desdichados.
-No lo creas. Voy a referirte otro cuento.
-Mira, tus cuentos son tan inoportunos como los refranes de Sancho.
-Y tan sabios.
-Alábate, que no tienes abuela.
-No me alabo en verdad.
-No haces otra cosa.
-Si los cuentos fueran de mi invención, me alabaría alabándolos. Pero como son de ajena invención, si alguna vanidad tengo, proviene del arte de saberlos aplicar oportunamente.
-Tus oportunos cuentos resultan importunidades continuas.
-Veámoslo. Cierta vez se encontraba enfermo un rey de la India, en tal grado, que languidecía a la vista, y casi, casi, llegaba diariamente a trance de muerte. Sus padres, sus hermanos, sus ministros, sus próceres, sus cortesanos clamaban a todos los médicos del reino y de los reinos circunvecinos, sin hallar jamás quien acertase con aquella extrañísima enfermedad de languidez y desmayo, no obstante las continuas consultas y las sapientísimas disertaciones. Al fin supieron que lejos, muy lejos se encontraba un médico sabio, muy sabio. Mandaron por él a toda prisa, y lo trajeron al cabo con todo cuidado. El médico miró la lengua del enfermo, le tomó el pulso, le palpó el cuerpo, observó todos los fenómenos de su vida y todas las funciones de su organismo, llegando, por último, a decir, que para aquella extraña enfermedad sólo existía un remedio posible, a saber: que el rey se pusiera por la noche la camisa de un hombre feliz. oír esto y buscar por todas partes el precioso remedio, fue cosa de un abrir y cerrar de ojos. Soldados, ciudadanos, embajadores, pregoneros, comisarios de todas clases y categorías corrieron desalados en busca del hombre feliz que a toda costa necesitaban. Anuncios por aquí, pregones por allá, reclamos de este lado, ofertas del otro, y no aparecía un hombre feliz por ninguna parte. Ya las esperanzas se agotaban y el pobre enfermo se moría. Desesperando de encontrar dechado tan raro en las ciudades, decidieron correr por los campos donde habita toda tranquilidad y donde se allega fácilmente ese reposo tan fácil de confundir con la ventura. Nada, nada, nada. Cierta noche, corría por las orillas del Ganges uno de los comisarios gozándose en el seno de aquella hermosísima y exuberante naturaleza, extrañado de que por allí no reinase la felicidad. El río repetía las infinitas bellezas del cielo; exhalaban los bosques embriagadoras esencias; y lucían en tanto número las luciérnagas aladas, que semejaban un diluvio de estrellas. Y tanta vida, tan exuberante, tan prodigiosa, no producía ninguna felicidad, ninguna en e1 mundo, ni siquiera una apariencia engañosa. Dirigíase ya hacia la ciudad el emisario, caballero en su jaco, maldiciendo de su mala estrella, llorando la suerte de su patria, destinada a verse tan pronto destituida de aquel rey sin rival en la tierra, y oye una voz que decía: «Cuán feliz soy». Al momento de oír esto, se exalta de alegría, gira a todas partes como arrebatado por una tromba, se orienta con cuidado, se endereza al sitio de donde partía la voz, y da con una cabaña bajo cuyos juncos se encontraba de rodillas un penitente perdido en sus místicas contemplaciones y en sus éxtasis religiosos. ¿Es V. feliz, le preguntó, para cerciorarse de tanta ventura? Completamente feliz. ¿Lo es V.? volvió a preguntar. Le digo a V. que lo soy, que me siento feliz, feliz, feliz en absoluto. Entonces, pronto, pronto, déme V. su camisa. ¡Ay! El hombre feliz no tenía camisa.
-Vamos, Arturo, todos tus tiros te salen por la culata.
-No te parece perfectamente demostrado…
-Que los reyes se mueren sin remedio; que los humildes no tienen camisa; que el mundo es suplicio continuo, y la vida continua muerte.
-No bromeemos, dijo Jaime. No digamos cosas impropias del tono con que departimos desde el principio de esta conversación.
-Si querrás que lloremos.
Le observó Ramón.
-Tanto como llorar, no; pero digamos gravemente cosas graves.
-Pues oigámoslas de tus labios, Jaime, ya que tan ligeros te parecen mis cuentos, replicó Arturo picado.
-Y tan siniestros mis pensamientos, dijo Federico.
-Nosotros tenemos una fuerza tan grande como las fuerzas del Universo.
-Oigamos.
-Nosotros podemos, a nuestro arbitrio, ser los motores de la sociedad como Dios el motor de los cuerpos celestes.
-¡Ilusiones, murmuró el pesimista!
-¿Dónde está esa fuerza? ¿Cómo se llama?
-Está en nosotros, y se llama voluntad.
-¡Ah! ¡Ah! Gritaron algunos como desencantados.
-Todo depende de todo. La voluntad no depende absolutamente de nada ni de nadie.
-De los motivos que la determinan, gritó Federico.
-Y que puede contrariar a su arbitrio, replicó Jaime.
-¡Bravo! ¡Bravo! Gritaron los licenciados.
-La voluntad resulta de la fuerza universal. Es el Cosmos amor u odio. Podríamos vivir sin pensar y no podríamos vivir sin querer. Todos los seres se mueven al impulso del deseo. Todos los seres, hasta los más ínfimos, aman o aborrecen; el infusorio y el león. Digan lo que quieran los humanos, la máquina de vapor que conduce la vida es el corazón. La voluntad; hé ahí 1a causa de las causas. Agucémosla, impulsémosla, dirijámosla; y habremos conquistado el mundo.
Una salva de aplausos respondió a estas palabras de Jaime, y el eco de esos aplausos le entusiasmó en términos, que le obligó a encarecer sus ideas, a reiterar sus sentimientos, a insistir sobre el tema capital de sus disertaciones.
-¿Podéis negarlo, vosotros que tenéis por amigo el héroe de la voluntad? ¿Quién no le admira? El que no le conozca. Nacido en la opulencia se levanta como el trabajador, al mismo tiempo que se levanta la aurora. Corriendo a hacer el bien de los demás, se recata y se oculta como si fuera a perpetrar una mala acción, a cumplir una mala obra. Le hemos visto pasarse días enteros cuidando como una mujer al niño de una lavandera ausente; recluírse como un médico en hospital infestado con los enfermos y contagiosos; gastar como una hermana de la caridad sus rentas en socorrer esta desgracia, acudir a aquella necesidad, devolver la paz a una familia desgraciada. ¡Cuántas veces ha recogido el suspiro último de un colérico abandonado por todos los suyos, y lo ha amortajado y lo ha conducido al cementerio sin separarse de él hasta haberle arrojado la última paletada de tierra mezclada con oraciones y con lágrimas! ¡Cuántos matrimonios le deben la paz que disfrutan, porque él, de sus ahorros, ha fabricado su nido, dando al novio pobre útiles para el trabajo y a la novia dote y ajuar! ¡Cuántos jóvenes, pervertidos por la vagancia en estas grandes capitales, han salido de la cárcel merced a sus predicaciones, con el ánimo fortalecido para emprender el camino de la virtud y recabar un nombre sin mancha en una vida sin ninguna sombra! ¡Qué vocación la suya! Muchas tardes hemos ido de paseo al Prado y a Atocha. En el montecillo que divide este último lugar de los altos del Retiro, toman el sol gran muchedumbre de vagos, y al par juegan a las cartas. No había medio de detenerlo. Su empeño constante es luchar constantemente con el vicio. Se insinuaba entre ellos como un mero curioso; les dirigía algunas preguntas sobre las combinaciones de sus cartas; les hablaba de sus familias y de sus obligaciones; y concluía por apoderarse de ellos en tales términos y persuadirlos con elocuencia tan persuasiva que dejaban el juego y seguían todos sus consejos. Acabado esto, les repartía algunos pescozones y algunas pesetas, y les amenazaba con una inquisición continua de sus actos, y les decía que iba a probar en lo porvenir su arrepentimiento y su enmienda. Cuántas veces me ha dicho que no comprende cómo las misiones allá entre los indios pueden tener más mérito que las misiones aquí entro los cultos y civilizados europeos; mayores peligros que entre los salvajes y en los bosques se corren aquí, en el descenso a los infiernos de este mundo europeo, en el contacto con sus llagas interiores, en el contagio con sus terribles pestes morales capaces de apagar hasta la luz de la conciencia y corromper hasta el fuego más puro de la vida. Yo nunca olvidaré el pasado cólera, el día en que Madrid, angustiado, parecía próximo a desaparecer todo entero, en aquella enfermedad recogida de la atmósfera, del seno mismo de la vida. Han trascurrido seis meses y no se ha olvidado el terror. Las calles desiertas o llenas de luto y duelo, los ataúdes cruzándose por todas partes, los médicos rendidos a la enfermedad o al cansancio, las familias dispersas, los moribundos sin auxilios materiales ni religiosos, los enterradores sin fuerzas para dar sepultura a tantos montones de cadáveres; la capital. agonizando bajo aquella pesada losa de su atmósfera irrespirable en que se ahogaban hasta las aves del cielo; y entre tanta angustia, él, de pie constantemente, como si el sueño y el hambre no dominaran su naturaleza, despojando su casa de la última sábana y del último colchón, corriendo a pedir limosna cuando tenía agotados todos sus recursos; verdadero genio de caridad a la cabecera del moribundo, verdadero ángel de la muerte al pie de los cadáveres.
-Hélo ahí, gritaron todos.
Y, en efecto, apareció Ricardo.
-Vamos, sois incorregibles, gritó Ricardo entrando azorado en aquel comedor donde se mezclaban los vapores del vino y la combustión de las bujías y el humo de los cigarros, componiendo una atmósfera verdaderamente irrespirable.
-Ricardo, gritó Jaime, llegas en el momento mismo en que recitaba, sacando del calor de tu amistad calor para mi elocuencia, la apología del alma más grande que he conocido en este mundo.
-Pero, ¿cómo tenéis esa seriedad tan estoica en presencia de sucesos tan graves, preguntó Ricardo.
-Ya veréis, dijo Federico, ya veréis como una desgracia nueva sobreviene a probar la verdad inagotable de Dios y la paz y la ventura de que gozan ¡ay! en esta vida todos los humanos.
-El mal es un accidente, exclamó Arturo, porfiado en sostener sus polémicas con Federico; el bien supremo está siempre en el conjunto de todas las cosas.
-Pero con vuestro eterno disputar, esta es la hora en que no sabemos las noticias traídas por Ricardo.
-¡Pobre España! exclamó éste. No he nacido en su seno; pero pertenezco por mi sangre a su raza, y la amo como si fuera mi patria. Y en este momento la guerra civil estalla en sus calles; y la revolución vuelve de nuevo a sacudirla violentamente y desgarrarla con dolores intensos.
-La revolución, gritó Jaime fuera de sí, la revolución tan anhelada. Han concluido los poderes protervos. El nuevo día que asoma por el Oriente, trae una nueva edad al género humano. Las ideas perseguidas van a estallar en volcanes que iluminen y fecunden la tierra.
-¡Viva la libertad! gritaron a una todos los jóvenes allí reunidos.
-No me toca, dijo Ricardo, mezclarme en vuestras competencias. Aunque siento por la libertad el mismo culto que sentís vosotros, no puedo tomar las armas por ninguno de los combatientes. Mi ciudadanía está en otra parte y allí está mi derecho. Pareceríame un asesinato verter la sangre de mis semejantes cuando no tengo razón alguna ni motivo para combatir aquí; pero el día será terrible luchando como luchan entre sí estos leones de España, cuyo valor tiene toda la virtud y toda la intensidad de los antiguos tiempos. No seré combatiente; pero seré enfermero, médico, cirujano, todo lo necesario al alivio y al consuelo de nuestros semejantes. Que vayan unos a morir y otros a matar. Vamos nosotros a combatir desarmados por el bien de todos.
-Permíteme, Ricardo, una observación muy oportuna, dijo el misántropo Federico.
-Despáchate, porque urge el tiempo y se oyen las primeras descargas.
-No hay cosa peor que entrar desarmado en una contienda armada. Eres el blanco de los tiros que disparan ambos contendientes. Eres la víctima de todas las cóleras que estallan en los aires, y el cebo de todos los odios que pelean con tanta furia. No te interpongas, no, entro esos combatientes que, ciegos de ira, consumirán a quien crea calmarlos.
-Ya sabes, Federico, que no tiene mérito en mí correr peligros. Una fuerza superior a mi voluntad me arrastra contra mi propio deseo. Sería imposible para mí, completamente imposible oír las descargas, ver los combatientes, presenciar el sacrificio de éste, la herida de aquél, las agonías del moribundo, la soledad del cadáver insepulto, y no correr a derramar todo el bien que atesoro. Cuando hacemos aquello que no es dado evitar, ni tenemos mérito ni demérito. No me ruegues que evite peligros a los cuales me llama mi conciencia y me arrastra con sus ímpetus la incontrastable Naturaleza. Tomaré todas las precauciones que el instinto de conservación aconseja; pero arrostraré todos los peligros, que la necesidad imprescindible de hacer bien me imponga.
-Ricardo, exclamó Jaime entusiasmado, no trates de permanecer indiferente en esta pelea a cuyo éxito se libran más que intereses de nuestra patria, intereses de toda la humanidad. Tú, por el corazón que en ese pecho late; por la inteligencia que te ilumina; por la enérgica voluntad que te dirige, perteneces a la legión de los profetas, cuyos ojos descubren las cimas de lo ideal desde las tristes playas de la realidad; a la legión de los combatientes cuyos nombres en la cruzada del pueblo están por siempre escritos; a la legión de los mártires que fecundan con su sangre el pensamiento de este siglo; eres nuestro, y el clamor que hiende los aires y que encrespa las pasiones, te llama y conjura como a todos, a pelear y a morir por la emancipación de las conciencias opresas, por la realización de los desconocidos y vulnerados derechos.
-No estáis en lo justo. Así como a Federico le perturba su afecto hacia mi en el consejo que me da de abstenerme te perturba a ti el amor a tu idea en el consejo que me das de intervenir. Déjame escuchar mi vocación y cumplir en la vida mi especial ministerio. Hartos elementos de guerra hay hacinados en el suelo, hartos gérmenes de odio sembrados en los corazones, hartos hábitos de muerte esparcidos en los aires, hartos abismos de perdición abiertos a nuestras plantas para devorarnos, como insondables sepulcros: déjame que en este mar de hiel vierta yo una lágrima; que en este bramido de iras, levante yo una palabra de consuelo; que en este choque de dos combatientes feroces interponga yo lo único que tengo, mi pobre corazón, para ver si puedo amortiguar el golpe. Hablamos demasiado cuando ha venido el momento de la acción. Nada hay en estos conflictos supremos tan criminal como la indiferencia. Aquel que crea necesaria a su patria la revolución, que vaya a las barricadas; aquel que crea necesaria a su patria la autoridad, que vaya con el Gobierno; en cuanto a mí, no hay más que hablar; en esta lucha, veré combatientes que caen y los curaré y los consolaré; vencidos que huyen y los protegeré; semejantes míos que padecen y los socorreré. ¡Nadie podrá separarme de este camino que he trazado en medio del océano de pasiones procelosas tan tumultuariamente levantado en esta hora suprema. Cada cual a su puesto. Yo tengo ya escogido el mío.
El 22 de Junio de 1866 fue un día terrible que jamás podrá borrarse de nuestra memoria. Al concluir el otoño anterior y entrar el invierno, sufrimos el cólera; al concluir la primavera y entrar el verano, sufrimos la revolución. No pueden calcularse de antemano con seguridad las explosiones de una sociedad agitada como no pueden calcularse los estallidos de un volcán hirviente. Las escorias están frías; las cenizas heladas; en la cima del monte reinan el silencio y la muerte; en la falda brotan la vegetación y la vida; si algo se descubre es ligera nube de humo, blanquecina y abrillantada como el ala de un ave misteriosa que se pierde en el azul de cielos esplendentes; si algo se oye es la respiración natural de una fragua que trabaja con orden y regularidad incontrastables; pero súbitamente, tras largos períodos de reposo, el suelo se estremece y tiembla; bocas incandescentes y humeantes se abren; vapores rojizos, en cuyos senos retumba tempestad gigantesca se elevan; lluvia de piedras encendidas, semejantes a misteriosos aerolitos cae; ríos de lava roja como hierro candente corren; átomos de minerales parecidos a los copos de la nieve en lo finos y al rescoldo en lo ardientes, llenan la atmósfera y dificultan la respiración; hedor de gases sulfurosos trastornan los sentidos; cataratas de agua hirviente que, mezclándose con las cenizas forman sedimento destructor, se precipitan por todas partes; y allá en las alturas, una columna gigantesca de rayos y centellas colosales, brilla con fulgores indecibles mientras aquí en la tierra las piedras chocan con las piedras y las raíces del monte misterioso se agitan como si hubiera perdido sus bases el planeta y comenzado la ruina de todo el universo.
Algo semejante sucede en la sociedad. No sabéis dónde ha ido a posarse la idea que despedís de vuestra pluma, como no sabéis donde ha ido el ácido carbónico que lanzáis por vuestra respiración o el fluido electromagnético que recogéis y despedís por el conducto de vuestros agitados nervios. Pero lo cierto es que la idea vaporosa, la idea etérea, la idea vaga estalla en revoluciones misteriosas donde un nuevo espíritu se elabora y produce. Quizás los poderosos de la tierra no atendieron a la tragedia que en Madrid se representaba el 22 de Junio. Diríales el telégrafo, sublevación en los cuarteles, revolución en las calles, centenares de muertos, millares de heridos, triunfo del Gobierno, orden restablecido, la paz reina en Madrid. Y se darían por satisfechos en sus tronos. Pero aquella erupción había conmovido a París sin que París lo advirtiese; trastornado a Roma sin que lo supiera Roma. El trono de los emperadores y el trono de los papas de Occidente sufrieron, al estremecerse nuestras piedras, un estremecimiento de muerte. La batalla de Sadowah se daba en los campos de Bohemia, y la batalla de Madrid en las llanuras de Castilla. Coincidieron por aquellos días los dos sucesos y coincidieron más los resultados. En Sadowah, se elevaba la revolución dirigida por el Poder; en Madrid la revolución dirigida por el pueblo; en ambas partes la revolución. Aquello y esto trajeron al cabo el nuevo día de un génesis social. La esclava Hungría se emancipó; la muerta Venecia resucitó en sus lagunas; unióse bajo la tutela de un pueblo protestante la Alemania imperial antes desmembrada, y el cesarismo de París y la teocracia de Roma cayeron bajo este doble golpe en los senos del abismo. No sabía el soldado alemán lo que realizaba en aquel momento angustioso; no lo sabía tampoco el revolucionario español, que, después de haber pasado largo insomnio, se lanzaba a las calles con el descuido y la alegría con que ligero cazador se lanza a las montañas; uno y otro estaban muy lejos de adivinar que eran verdaderos instrumentos de idea tan superior a ellos como necesaria a la constante renovación y al progreso constante de nuestra humanidad en la tierra.
El día 22 de Junio fue un día calurosísimo. A las dos de la mañana, algunas nubes manchaban el cielo y algunas gotas caían de estas nubes tempestuosas. Por los bordes del horizonte se encendían lejanos y débiles relámpagos; en los giros de los aires iban como en los senos de las almas torrentes de electricidad. El sol surgió espléndido y disipó todos los vapores. Lucía, pues, nuestro cielo con ese azul que no tiene rival en Europa, y brillaba el sol en toda su lumbre y con todos sus arreboles. ¡Ay la escena a que el cielo indiferente sonreía y que el sol espléndidísimo iluminaba, era una escena de exterminio a cuya tristeza hubieran cuadrado mejor espesísimas tinieblas y torrentes de lágrimas. Si algún observador hubiera podido abarcar Madrid antes de amanecer, como lo abarcaba desde la cima de los campanarios don Cleofás en El Diablo cojuelo, viera vagar por todas partes hombres del pueblo que discurrían de aquí para allá con sigilo y que se daban al oído misteriosas consignas. A pesar del tiempo y de la estación, iban los más envueltos en largas capas y ocultaban bajo estas capas fusiles, retacos, toda suerte de armas. Las habitaciones de los principales responsables de la pública tranquilidad, estaban, al parecer, habitadas por tranquilo sueño y envueltas en tranquilas sombras. Ni una luz se veía en la Presidencia del Consejo; ni una luz en el palacio habitado por la aristocrática persona que gobernaba a Madrid; ni una luz en la capitanía general y en el gobierno militar de la plaza. Solamente en el ministerio de la Gobernación había velada a causa de despachar el ministro negocios urgentes tras una comida en casa del Nuncio, que se prolongó hasta las altas horas de la noche. Pero nadie presentía la terrible, la horrorosa, la trágica jornada que en aquellos momentos avanzaba sobre la capital, próxima a verse bien pronto envuelta en las ráfagas de una increíble tormenta.
Italia es la tierra de las conjuraciones; Francia la tierra de las revoluciones; España mezcla siempre la conjuración a la revolución. No esperéis aquí aquellos sigilosos complots que tan admirablemente urden nuestros hermanos de allende los Alpes y en que brillan su incomparable astucia; pero no esperéis aquí tampoco una de esas revoluciones de espontaneidad tan natural como las dos destructoras de Luis Felipe y Napoleón III allende los Pirineos; nosotros mezclamos, por una antigua tradición propia del carácter español, a las revoluciones con más apariencia de naturales y espontáneas una sombra necesaria de conjuración italiana. Y esta mezcla tenía el 22 de Junio. El pueblo, que estaba impaciente por sublevarse, había de ser apoyado en su gran maniobra por dos fuerzas perfectamente organizadas y perfectamente advertidas; por los artilleros así del cuartel de San Gil como de la subida al Retiro, y por el regimiento de infantería que se hallaba en la Montaña. No pude saber por qué especie de inadvertencia ni por qué especie de precipitación los artilleros del Retiro no tuvieron las fuerzas que aguardaban en el Prado para que apoyasen su salida, ni los artilleros de San Gil la espera suficiente para que el orden reinara y la disciplina se estableciese en sus filas desbandadas. Aquellas fuerzas faltaron; unas, como la artillería del Retiro salieron contra la revolución: otras, como la infantería de la Montaña, ya sublevada, cejaron al súbito influjo de un valerosísimo general; y otras, como las reunidas en San Gil, se desparramaron en tropel confuso por las calles sin dirección y sin guía, después de haber manchado aquel día extraordinario y de haber oscurecido aquella revolución general con inútiles y cruentas inmolaciones de sus mejores jefes.
Lo cierto es que la revolución se generalizó por todo Madrid y la batalla se empeñó en todas las calles; batalla al cabo entre el ejército y el pueblo. El jefe militar que los revolucionarios designaran, y que vino después desde Soria a Madrid disfrazado de pasiego, y anduvo aquella noche por nuestras calles disfrazado de cura, hombre valerosísimo, resbaló con su caballo por la plaza de Santo Domingo y cayó en la acera como herido de muerte, siendo necesario recogerlo, recluirlo en el primer escondite a mano, y preservarlo a las primeras persecuciones de la policía y a las primeras violencias de la batalla y de la victoria. Así el pueblo quedó huérfano de toda dirección regular y entregado a la furia de sus instintos y al ímpetu de su coraje. Pocas veces se habrá dado en las calles de una ciudad batalla más cruenta. El fuego se generalizó por todas partes y en todas direcciones. Las barricadas se levantaron por ensalmo como si una fuerza interior las erigiese y las tornase en volcanes de grandes erupciones. Al ver los artilleros esparcidos por doquier, algunos de ellos con cañones que arrastraban a brazo, creía el vecindario tener de su lado la parte mejor de la guarnición y se animaba hasta el punto de salir las damas con menosprecio de las balas y riesgo de la vida a presenciar desde los balcones la fácil y esperada victoria. Pero bien pronto los ánimos más optimistas se convencieron de que comenzaba uno de esos días cruentos, por la historia registrados con dolor, y que las generaciones trasmiten a las generaciones como parte de la pasión eterna desde el principio de los tiempos sufrida por la humanidad, días señalados entre las amarguras de su vida y entre las espinas de su corona.
A las nueve de la mañana todo el mundo se convenció de que no quedaba a los revolucionarios sino sus fuerzas, y todo el mundo se preparó a cumplir fielmente con sus más estrictos deberes. La universalidad de los generales corrió a inscribirse en las legiones de la resistencia, con tal presteza y en tanto número, que por las calles hormigueaban uniformes bordados, bandas y plumas como en día de parada o en día de besamanos. Contrastaba aquel lujo oficial con las caras pálidas, los ojos inyectados en sangre, las manos crispadas, los trajes descuidados, la estoica serenidad de los hijos del pueblo que salían por las esquinas y las bocacalles, armados de sus desiguales armas, a comenzar la batalla y a sostener la erección de las barricadas. No sé cuál orador ha dicho que no debía vestir la toga viril quien no hubiese asistido a una de nuestras grandiosas revoluciones. La idea se sube a la cabeza de las gentes, que parecen transfiguradas; la pasión estalla con tal empuje, que inspira el menosprecio de la vida; la actividad y la fuerza se centuplican como en todas la crisis; un entusiasmo contagioso os posee; una impaciencia de pelear os arrastra; y llegáis a la abnegación mayor y al sacrificio de cuanto os liga al mundo por esa especie de magnetismo que unos combatientes envían a los otros, en cuya virtud todos se sostienen erguidos en el humo de la guerra, y todas esperan o bien a la muerte o bien a la victoria.
-¡Qué siniestros ruidos! Las piquetas arrancan las piedras; los trabajadores levantan las barricadas entre canciones políticas y gritos de entusiasmo; las campanas tocan a rebato como anunciando el incendio de las almas; las voces de combate resuenan con su estridor terrible; los pasos de las patrullas y de los regimientos agobian el suelo según retiembla; el tambor redobla sus toques siniestros de ataque, y la corneta su paso de carga; el nutrido fuego de fusilería como un trueno que precediera a granizada de plomo fundido, acompaña las descargas de artillería a cuyos estampidos las casas se bambolean cual si zozobraran en aquella tormenta; y a todo este estruendo imposible de idear ni de fingir no habiéndolo oido, se unen las injurias, los votos, las imprecaciones, los mutuos insultos con que los combatientes se persiguen, como si después de haber sembrado en el suelo tantos cuerpos o heridos o exánimes, quisieran ciegos de furia destruir también y aniquilar las almas.
Jamás los que en semejante día vivieron podrán olvidarlo. En el cuartel de San Gil, en el parque de artillería contiguo, la batalla se empeña cuerpo a cuerpo al arma blanca cuando no bastan los tiros y en las escaleras y en los corredores y en los salones, pareciéndose los combatientes a fieras rabiosísimas encerradas en la misma jaula. Da horror ver cómo los de dentro cazan desde las ventanas a los de fuera, y cómo los de fuera cuando penetran ciegos de terror y de ira tras el espectáculo de sus compañeros muertos, tras el peligro de sus propias vidas, en la embriaguez de la cólera, en el delirio de la venganza inmolan, sin darse punto de reposo, a cuantos encuentran al paso. No queráis verlos, sí no los habéis visto, a estos combatientes de las calles cubiertos con el polvo y el humo y la sangre, desgarrados los trajes, amoratados los rostros, saltándoles de las órbitas los ojos, negras las manos, cargados con sus fusiles que arden y con sus sables que gotean sangre, abalanzándose sobre sus presas y despidiendo al mismo tiempo entre resuellos de ira injurias de muerte. El combate creció tanto, que se oía en los dos extremos de Madrid con la misma violencia que en el centro. Fuego en la plaza de San Gil; fuego en la plaza de Santo Domingo; fuego nutrido por los alrededores de San Ildefonso; fuego nutridísimo en las calles del Desengaño y Fuencarral; fuego por Antón Martín y Atocha; fuego en el mercado de la Cebada; fuego en las aceras de la Magdalena; combates parciales y aislados; escaramuzas continuas y pertinaces; encuentros sangrientos cuyo total resulta mucho más desolador que cualquier gigantesca batalla. No olvidarán jamás los que pelearon aquel día, cómo se desplomaban las barricadas; cómo caían los cuerpos acribillados por las balas; cómo resollaban los heridos al desangrarse y retorcerse en el suelo; cómo la metralla arrastraba en nubes de humo y polvo piedras y hierro candente; cómo los pies se resbalaban en la sangre de que aparecían empapadas las piedras; cómo se tropezaba a cada paso con un cadáver; cómo había necesidad de tenderse sobre aquel suelo humedecido para libertarse de los tiros lanzados de uno y otro lado que sembraban en rededor vuestro la ruina, la desolación, la muerte. Cuando vino la noc he, nada más terrible que el silencio después del estruendo. El pueblo acaba de ser vencido. A las órdenes imperiosas de los vencedores, las casas se iluminaban con los farolillos destinados a las fiestas, y en aquella soledad, estos aparecidos de los días de Júbilo semejaban las antorchas en los cementerios. Por todas partes se oían los gritos de los heridos o se deslizaban como sombras los cuerpos de los fugitivos esquivándose a la persecución y a las delaciones. Algunas barricadas se mantenían de pie y luchaban sus defensores con mayor desesperación, y, por consiguiente con mayor coraje a medida que llegaban peores noticias, cual si buscasen, decididos a dar la muerte o recibir la muerte, una venganza para los desmanes de los suyos y un consuelo a la propia y decisiva derrota. Entrada la noche, algunos luchaban todavía desde las casas; pero en los estertores de la última rabia. Era de ver, apagados los reverberos por la interrupción de las cañerías del gas, encendidos los mustios faroles en las altas ventanas, a los siniestros resplandores de aquella luz, las barricadas en ruinas, los despojos en confusión, la sangre coagulándose entre las piedras, los vencidos huyendo, los centinelas atisbando recelosos, los cadáveres todavía insepultos con la cabeza en la acera y el cuerpo en el arroyo, los caballos sin jinete de aquí para allá corriendo espantados, desbocados, como si hubieran visto condensarse en los aires todo el odio de esta cruenta guerra de las calles, verdadera guerra de exterminio.
