Rosa entre espinas - Diane Gaston - E-Book
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Rosa entre espinas E-Book

Diane Gaston

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Beschreibung

Un hombre decidido y una joven inocente… Jameson Flynn era un hombre con una misión. Nada podía distraerlo. Hasta que una noche de verano vio, en los jardines de Vauxhall, a una mujer cantando que le traía recuerdos de un mundo que había dejado atrás. La maravillosa y cristalina voz de Rose O'Keefe y su sensualidad la habían hecho popular entre los juerguistas que frecuentaban la noche londinense. En compañía de gente tan poco recomendable, ¿durante cuánto tiempo podría seguir protegiendo su inocencia? Sobre todo cuando había gente tan influyente que quería convertirla en su amante.

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Seitenzahl: 344

Veröffentlichungsjahr: 2014

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2007 Diane Perkins

© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.

Rosa entre espinas, n.º 13 - marzo 2014

Título original: Innocence and Impropriety

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Publicada en español en 2010

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-4089-8

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

Capítulo Uno

Londres, julio de 1817

De haber podido elegir, Jameson Flynn habría preferido no pasar la velada en los jardines de Vauxhall. Pero su jefe, el marqués de Tannerton, le había pedido que estuviera allí.

Para Flynn, Vauxhall no era más que una fachada. No había más que estructuras de madera propias del decorado de un teatro y casetas con apariencia de templo griego o chino. Y los que frecuentaban aquel lugar también le parecían falsos. Llevaban máscaras que ocultaban su verdadera identidad. Tras ellas, podían esconderse caballeros con títulos, ricos y respetables, delincuentes de poca monta o mujeres de mala fama.

—Tomad algo más de jamón —le sugirió Tannerton.

El marqués comía con tanto entusiasmo como si estuviera cenando en el Carlton en vez de encontrarse en un cuchitril de Vauxhall.

Flynn declinó la oferta del marqués y se limitó a beber la mezcla de ron y otras bebidas que era lo único bueno de esa zona de Londres. No era raro que el marqués solicitara su presencia en situaciones como aquélla para tener algo de compañía, pero ya no se hacía ilusiones al respecto. Sabía que era simplemente el secretario de Tannerton, no su amigo.

Sabía que, viéndolos juntos, nadie podría distinguir cuál era el marqués y cuál el secretario. Flynn estaba orgulloso de su cuidada apariencia. Siempre llevaba su pelo castaño oscuro bien peinado y la misma dedicación mostraba por sus ropas. Tannerton era algo mayor que él y más pálido. No cuidaba tanto su aspecto y tenía a menudo la apariencia de alguien que acababa de desmontar de su caballo.

—Me habéis traído aquí para algo, señor —le dijo entonces Flynn mientras dejaba la copa de licor en la mesa—. ¿Cuándo me vais a decir de qué se trata?

Tannerton sonrió y metió la mano dentro de su casaca, sacando después un papel.

—Mirad esto, si no os importa —contestó el marqués entregándoselo.

Era el programa de Vauxhall. Anunciaba el concierto instrumental y vocal que iba a tener lugar esa noche del mes de julio. Era la presentación de una tal Rose O’Keefe, a la que anunciaban como la nueva flor de esos jardines.

Lo entendió todo en ese instante. Tal y como debía haberse imaginado, se trataba de una mujer. Por eso estaban allí.

Desde que regresaran de Bruselas, Tannerton había vuelto a las andadas y se dedicaba únicamente a disfrutar de la vida y de todos los placeres que ésta le ofrecía. Y esos placeres eran casi siempre de índole femenina. Eran muchas las mujeres dispuestas. Tannerton tenía fama de ser generoso con sus amantes. Siempre las agasajaba con regalos e incluso casas. Y, cuando ya no estaba interesado en ellas, les pasaba una pensión. Era bien conocida su generosidad y eso hacía que pudiera elegir entre las más bellas actrices, bailarinas y cantantes.

—Sigo sin entender. Me imagino que os interesa la tal Rose O’Keefe. Pero, ¿qué queréis de mí? —le preguntó entonces.

Él solía ser el encargado de negociar las asignaciones económicas con sus amantes o de romper con ellas cuando llegaba el caso. A Tannerton no le gustaba tener que dar malas noticias ni enfrentarse al llanto ni a los ataques de histeria.

—Necesito que me ayudéis a conquistar a la joven —repuso Tannerton con entusiasmo.

Sus palabras estuvieron a punto de hacer que se atragantara con el licor.

—¿Yo? ¿Desde cuándo necesitáis mi ayuda en esas cuestiones?

—Esta mujer es excepcional, Flynn —le dijo el marqués mientras se inclinaba hacia él—. Nadie había oído hablar de ella hasta este verano. Una noche, apareció sin más frente a la orquesta y comenzó a cantar. Dicen que también fue ella la que cantó en el baile de máscaras de Cyprian, pero no se sabe a ciencia cierta. De un modo u otro, el caso es que no es fácil conquistarla.

Miró al marqués con incredulidad.

—Pomroy y yo vinimos a escucharla la otra noche. No habéis oído nada parecido en vuestra vida, Flynn, creedme. Después de aquello, quise conocerla —le explicó Tannerton con el ceño fruncido—. Pero parece que la joven cuenta con la protección de su padre, que actúa como un perro guardián. No conseguí siquiera que aceptara mi tarjeta de visita. Había demasiados tipos intentando hablar con él...

No podía imaginarse a su jefe intentando abrirse paso entre los tipos que solían frecuentar el lugar para intentar acercarse a las artistas.

—¿Cómo puedo yo ayudaros?

El marqués se le acercó aún más.

—Se me ha ocurrido que podríais encontrar la manera de acercaros a ese hombre y negociar con él de mi parte —le dijo—. Tenéis el don de la diplomacia, algo de lo que yo carezco.

Sospechaba que no iba a tener que negociar mucho y que bastaría con limitarse a nombrar una cantidad económica para que la joven y su padre accedieran a conocer al marqués, pero prefirió no comentárselo. Haría lo que el marqués quisiera, no era la primera vez que lo tenía que hacer, pero en las ocasiones anteriores, Tannerton ya había conocido a la dama en cuestión e iniciado su conquista. Se había acostumbrado a ese tipo de tarea. Pensaba en ello como en la negociación de cualquier otro contrato. Era parte de su tarea como secretario. Igual que hacía con otras cuestiones, negociaba los términos, los límites y la duración de esos contratos.

La orquesta, que había estado tocando a cierta distancia de donde cenaban ellos, se detuvo de repente. Tannerton sacó su reloj del bolsillo del chaleco.

—Creo que ha llegado la hora de su actuación. Daos prisa —le dijo el marqués.

Flynn siguió a Tannerton hasta la zona de los jardines donde estaba instalado el templete de la orquesta. El marqués se abrió paso para acercarse lo más posible y gozar así de mejores vistas. Parecía muy nervioso y excitado, como un niño en el circo.

Comenzó la música. Era una melodía que le resultaba familiar y, entre aplausos de la concurrencia, salió a escena la señorita O’Keefe. Comenzó entonces a cantar.

—Cuando, como el día que amanece, Eileen Aroon, el amor envía su temprano rayo...

Su voz cristalina llenó la cálida noche y todos los juerguistas que frecuentaban los jardines se callaron de repente. La miró entonces y se quedó sin respiración. Sólo ella llenaba sus ojos. El resto, las lámparas del templete, la orquesta, los árboles, parecían borrosos y lejanos. La joven llevaba un vestido de un rojo intenso que se agitaba con la leve brisa.

Su pelo era negro como la noche y hacía que su piel blanca y cremosa pareciera aún más pálida. Sus labios, abiertos mientras cantaba, eran del color de las rosas en verano.

No podía creer que aquélla fuera de verdad Rose O’Keefe, la nueva cantante de los jardines de Vauxhall. A él le pareció la encarnación de un sueño. No podía dejar de mirarla. La joven extendió los brazos hacia su público, como si quisiera abrazarlos a todos. Era una mujer sensual sin dejar de ser elegante y al mismo tiempo muy real.

—Si fuera fiel, Eileen Aroon, ¿qué haría su amante... —prosiguió cantando la joven.

Tragó saliva para librarse del nudo que se le había hecho en la garganta. Era una conocida canción irlandesa. La joven tenía un poco de acento de su tierra y Flynn sintió una emoción que hacía mucho tiempo que no sentía. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Los cerró un momento y pudo imaginarse a su madre tocando el piano con su padre al lado y todos los hermanos rodeándola. Casi podía oír la profunda voz de su padre y la melodiosa de su hermana Kathleen mientras entonaban esa canción. Esos sonidos le recordaron el olor de su tierra, el frescor del aire y las verdes praderas que había dejado atrás.

No había vuelto a cruzar el mar de Irlanda desde que lo atravesara diez años antes para ir a Oxford. Había sido entonces un joven lleno de ambiciones. Esa bella y tentadora joven no sólo despertaba su deseo masculino, sino que también le hizo sentir una gran melancolía. Echaba mucho de menos a su familia.

—¿No es acaso como os dije que era? —le preguntó entonces Tannerton sin poder dejar de sonreír.

Flynn la miró de nuevo.

—Es excepcional.

—No volver nunca a amar, Eileen Aroon... —cantaba Rose O’Keefe.

Tannerton la miraba sin importarle que se reflejara en su rostro todo lo que por ella sentía. Flynn esperaba no estar siendo tan evidente y parecer algo más serio, aunque lo cierto era que la fuerza de su deseo iba aumentando con cada deliciosa nota.

Esa joven parecía representar todo lo que había dejado atrás. Su país, su familia, la alegría de vivir, el placer... Se arrepintió entonces de no haber respondido a las cartas que su madre le enviaba cada mes. Solía limitarse a mandarle dos o tres al año. Tenía ganas de abrazarla a ella y también a su padre. Hacía mucho que no peleaba con sus hermanos ni se burlaba de sus hermanas. Echaba de menos las risas de su casa. No recordaba cuánto tiempo había pasado desde que riera por última vez, ni cuándo había abrazado a una mujer o cantado la melodía que escuchaba en esos instantes.

La ambición lo había llevado por otro camino durante los últimos años y cada vez estaba más lejos de su pasado. Llevaba seis años trabajando como secretario del marqués, pero para él ese puesto no era más que un paso necesario para llegar aún más alto, quizás alcanzar alguna posición de poder en el gobierno o llegar a trabajar para algún miembro de la realeza, ése era de verdad su sueño.

Tannerton lo apoyaba en sus ambiciones y solía llevarlo de acompañante en sus viajes. El marqués había asistido al congreso de Viena e iba de vez en cuando a Bruselas. Había conseguido conocer a hombres muy poderosos durante esos viajes. El marqués le aseguraba que no tardaría mucho en encontrar un trabajo que lograra saciar su ambición.

Por eso le sorprendía tanto haber reaccionado como lo estaba haciendo al ver a Rose O’Keefe. Esa joven estaba haciendo que volviera al pasado cuando él sólo quería avanzar.

Su voz cristalina y conmovedora había conseguido despertar como nadie sus instintos más masculinos. Y no sólo esos deseos carnales, también la añoranza de su hogar, sentimientos contradictorios que hicieron que se sintiera muy incómodo. Pero no sabía qué podía hacer para evitarlos y se limitó a dejar que ella siguiera hipnotizándolo con su voz.

Decidió que se daría una tregua y después plantaría firmemente los pies en la tierra, donde siempre los tenía. Después de todo, esa mujer que había despertado su deseo y también su melancolía era la que tenía que conseguir para su jefe.

Rose miró a la gente que la observaba. Era increíble ver a todos tan callados, disfrutando de su voz. Cada vez iban más personas a verla actuar e incluso habían escrito una crítica en el Diario Matutino que alababa sus dotes para la canción. Le encantaba oír su propia voz elevándose por encima de los sonidos de la orquesta y llenando la deliciosa noche de verano.

Ese lugar, los jardines de Vauxhall, era muy especial, casi mágico. Y le encantaba cantar melodías tradicionales irlandesas en un ambiente tan sofisticado y elegante como aquél.

El propio señor Hook, el anciano director de la orquesta, la observaba desde un lado del escenario y no dejaba de sonreír. Ella le devolvió la sonrisa y después volvió a concentrarse en su público. Le alegraba mucho que la señorita Hart, que era la nueva señora Sloane, hubiera tenido la oportunidad de verla cantar antes de irse a Italia de luna de miel. Durante el poco tiempo que había pasado viviendo con la señorita Hart había aprendido lecciones muy importantes, pero pensaba que la principal había sido darse cuenta de que tenía que sentirse orgullosa de quién era.

Y esa noche, cantando en los jardines, se sentía muy orgullosa de todo lo que había conseguido y pensaba que todos sus sueños podrían llegar a cumplirse. Quería convertirse en la mejor cantante de todo Londres, soñaba con actuar en el Covent Garden, en Drury Lane o incluso en el Teatro del Rey.

Observó de nuevo los rostros de su público. Eran hombres casi todos los que la observaban con admiración. Era algo que le pasaba desde los diez años, pero ya no dejaba que eso la afectara. Había aprendido a caminar con la cabeza muy alta y a no temer las atrevidas miradas. Había aprendido también cómo dirigirse a los caballeros, cómo aumentar el interés que parecían tener en ella y, lo que era más importante aún, como desalentarlos.

Atrajeron especialmente su atención dos caballeros que la miraban desde la primera fila. Estaban tan cerca del templete que las lámparas del escenario los iluminaban. Uno era muy alto, tanto como el señor Sloane, pero fue el otro el que más le llamó la atención. Estaba muy quieto y no dejaba de mirarla. Su extasiada expresión hizo que se quedara sin aliento un segundo.

Le costó terminar la última estrofa de la canción.

—La verdad es una estrella inamovible, Eileen Aroon...

El público aplaudió mientras sonaban los últimos acordes. Aprovechó la ocasión para volver a fijarse en ese hombre. Seguía mirándola fijamente y no pudo evitar sonrojarse.

Hizo una reverencia y le tiró un beso al público mientras miraba a ese caballero de reojo. Después continuó con la siguiente canción. No dejó de mirar a su público durante todo el concierto, pero sus ojos siempre volvían a ese hombre.

El tiempo pasó deprisa y la orquesta comenzó a tocar los acordes de la última pieza. Era una canción que hablaba de Cupido y de cómo actuaba sobre los enamorados.

Cantaba con todo su corazón, acompañando su voz con expresiones y gestos. La pieza comenzaba lentamente y poco a poco iba ganando intensidad. Le costó no mirar sólo al caballero que había conseguido atraer tanto su atención. No podía distinguir bien sus facciones desde donde estaba ni el color de sus ojos, pero le gustaba ver que no podía dejar de mirarla, igual que le estaba pasando a ella.

Flynn intentó quitarle importancia a lo que Rose O’Keefe había despertado en su interior, intentó convencerse de que no era más que otra joven con la que Tannerton se había encaprichado. Pero, por mucho que lo intentara, no podía dejar de mirarla. Sabía que si su abuelo hubiera estado aún vivo y a su lado, le habría dicho que lo que había pasado esa noche parecía ser cosa de hadas.

Él no creía en las hadas ni en nada sobrenatural, así que decidió que se lo había imaginado todo. No podía ser que Rose O’Keefe estuviera cantándole a él.

Tenía que ser todo fruto de su imaginación. Estaba convencido de que nada podía haber entre esa joven a la que no había conocido aún y él. Lo que había experimentado mientras la escuchaba no era más que una ilusión, algo tan fantasioso como sería creer en hadas. Tenía muy claro quién era y cuál era su papel. Debía acercarse para hablar con el padre de la señorita O’Keefe y conseguir convencerlo para poder hablar con su hija. Sabía que Tannerton no iba a descansar hasta que pudiera hablar con ella. Quizá tuviera también que entregarle algún regalo o acompañarla hasta el lugar que Tannerton decidiera para sus encuentros. Eran tareas que ya había llevado a cabo en el pasado sin pensárselo dos veces.

Creía que era una lástima ver cómo su capacidad para pensar de manera racional se había visto afectada por la dulzura de su voz. La señorita O’Keefe había cantado sobre Cupido y él entendió en ese instante por qué la mitología lo representaba con una flecha. Él mismo sentía que había sido atravesado por una saeta. El dolor era el mismo y las emociones igual de fuertes.

Rose O’Keefe terminó su canción e hizo una reverencia mientras su público aplaudía con entusiasmo. Tuvo que hacer un esfuerzo descomunal para salir de su estado de trance y regresar a la realidad.

—¡Bravo! —estaba gritando Tannerton con una potencia que amenazaba con dañar permanentemente sus oídos—. ¡Bravo!

La señorita O’Keefe se desvaneció rápidamente, dejándolo con la sensación de que todo había sido un sueño. Tannerton aplaudió y aplaudió hasta que salió el cantante principal de esa velada, Charles Dignum.

Se quedó mirando a Tannerton con el ceño fruncido, imaginando que su jefe era el propio Cromwell que había llegado para arrebatarle las tierras y a esa mujer. Ni él mismo se explicaba qué le estaba pasando. Su propia madre era inglesa, aunque había pasado la mayor parte de su vida en Irlanda. Aunque se sintiera irlandés, no lo era del todo, sino una mezcla de ambas nacionalidades a partes iguales. Y nunca había tenido problemas con ello. Después de todo, en Inglaterra era donde estaba su vida y donde había concentrado sus ambiciones de futuro.

Todo aquello le parecía un sinsentido. Esa joven había conseguido recordarle su hogar con sus canciones y le había afectado más de lo que hubiera pensado.

Masajeó con los dedos la zona de las sienes. Tenía que sobreponerse pronto y atender los requerimientos del marqués. Estaba orgulloso de su meticulosidad y de su frialdad en el trabajo, no podía dejar que nada más le afectara.

Pero, mientras Tannerton tomaba su brazo para volver a la mesa donde habían estado cenando, sintió que no podía quitarse de la cabeza la dulce voz de Rose O’Keefe.

Capítulo Dos

Rose se asomó entre las cortinas para ver al grupo de hombres que esperaba a que bajara del templete. Algunos llevaban flores, otros cartas, y casi todos la llamaban por su nombre. Había tantos que no podía verlos a todos. Si él estaba allí, el hombre que había estado observándola en un estado de absoluto trance mientras cantaba, no podía verlo desde donde se encontraba.

Se volvió para mirar a su padre.

—Esta noche hay más.

—¿De verdad? —repuso su padre mientras guardaba el oboe en su maletín.

La mujer que tenía al lado, una criatura robusta con un generoso escote y que compartía la cama de su padre, también tenía algo que decir.

—Parece que podemos elegir...

—No deseo elegir a nadie, Letty —repuso Rose—. Me conformo con cantar, no quiero nada más.

No había sabido de la existencia de Letty Dawes hasta que decidió ir a ver a su padre hacía ya cuatro meses. En las cartas que él le había estado enviando a su colegio de Killyleagh no le había mencionado que viviera con una mujer, pero la verdad era que las cartas habían sido siempre breves y poco informativas.

A su padre le había sorprendido mucho que Rose apareciera en Londres con la ilusión de cantar. Siempre le había dicho que debía quedarse en Irlanda y en el colegio al que la había enviado después de que muriera su madre. Terminados sus estudios, había continuado viviendo allí y trabajando como profesora de música. Pero no le gustaba la enseñanza, lo único que le apasionaba de verdad era cantar y poder hacerlo delante de un público.

Como su madre...

Tenía bellos recuerdos de ella. Recordaba estar sentada en su cama y escuchar historias sobre los escenarios londinenses, la música, las luces, los aplausos... Su madre había llegado a lo más alto e incluso había actuado en el Teatro del Rey. Los siete años que había pasado estudiando y otros cuatro dando clases no habían conseguido apagar su deseo de seguir los pasos de su madre. Había ahorrado con mucho esfuerzo para poder pagarse el viaje hasta Londres.

Pero su ilusión de tener un bello reencuentro con su padre se había visto truncado en cuanto llegó a su casa. La había recibido con abrazos y besos, pero pocos minutos después vio aparecer a Letty Dawes detrás de su padre. La mujer no tardó en hacerle saber los sacrificios que iban a tener que hacer para poder alimentarla y tenerla en su casa. Y también se había burlado de ella al saber que quería dedicarse a la canción. Le había dicho claramente que ningún teatro querría contratar a una pueblerina irlandesa para cantar.

Pensó que su padre se había casado de nuevo, pero pronto le explicó que los artistas no vivían siguiendo las mismas normas sociales y morales que ella había aprendido en el colegio. Le dijo que Letty y él no necesitaban estar casados para compartir cama y se ofreció a pagarle el pasaje de vuelta a Irlanda, algo que había provocado un estallido de cólera por parte de su amante.

Incómoda al ver que comenzaban a reñir y pensando que todo era culpa suya, Rose decidió irse de la casa. No se arrepentía de haberlo hecho. De otro modo, nunca habría llegado a conocer a la señorita Hart.

Fue la señorita Hart la que la había llevado hasta los jardines de Vauxhall por primera vez. Recordaba bien esa noche. Había tenido otro emocionante encuentro con su padre en aquel lugar y allí mismo le había presentado al señor Hook. Éste dejó que cantara una canción y, como ella aún no había cumplido los veintiún años, tuvo que pedirle a su padre permiso para contratarla.

Cuando llegó el momento de salir de la casa de la señorita Hart, Rose pudo por fin irse a vivir con su padre y Letty. Ya no era una molestia para la amante de su padre, todo lo contrario, su trabajo en los jardines de Vauxhall les proporcionaba un interesante ingreso económico. Y, aunque a ella le costaba tener que vivir en esas condiciones, estaba dispuesta a todo con tal de seguir cantando en aquel lugar.

Se dio cuenta enseguida de que Letty no sería su única incomodidad, sino que tenía que sufrir además el desmesurado interés por parte del público masculino. Eran muchos los caballeros que trataban de convencer cada noche a su padre para poder conocerla. Éste le había dicho que era algo común en su profesión.

—Puede que haya algún caballero con título entre todos estos —comentó entonces su padre mientras miraba por la ventana—. Es a ese tipo de hombre a quien debes acercarte si quieres prosperar, hija.

—Sí, así es —añadió Letty mientras rodeaba los hombros de Rose con su brazo—. Un caballero con título sería perfecto. No sabes cuánto puedes llegar a conseguir. Algunos hombres llegan incluso a comprarles casas a sus...

Rose se apartó de ella. Desde que llegara a Londres, había aprendido deprisa lo que los hombres esperaban de mujeres que, como ellas, trabajaban en los teatros. Ninguno hablaba de amor. Soñaba con tener algún día lo que la señorita Hart había encontrado en el señor Sloane. Eso es lo que ella quería.

—Lo que esos hombres esperan conseguir de mí a cambio de esas casas es algo que no estoy dispuesta a entregarles —repuso ella con firmeza.

Letty se echó a reír como una loca.

—¿Entregarles? Si no lo entregas, los hombres se limitarán a arrebatártelo. Así que lo mejor que puedes hacer es sacar provecho.

Su padre se le acercó y tomó con delicadeza su barbilla.

—No tengas miedo, Rose —le dijo con amabilidad—. Tu padre se asegurará de que te traten como la dama que eres. No dejaría que mi hija acabara con algún juerguista sin dinero.

Rose se llevó la mano a la garganta. Su padre ya le había dicho que aquello era parte de su profesión.

—Denme sus tarjetas, caballeros —dijo su padre en voz alta mientras salía a hablar con los que la esperaban.

Letty la miró con seriedad.

—Será mejor que le hagas caso a tu padre. Sólo piensa en tu bien.

Rose se volvió y miró de nuevo entre las cortinas, no quería tener que hablar con Letty. Eran muchos los hombres que rodeaban a su padre para darles sus tarjetas de visita. En la penumbra de la noche, parecían figuras fantasmagóricas, como una manada de murciélagos a la luz de la luna. No pudo evitar estremecerse.

Le encantaba cantar y ver que comenzaba a tener éxito. Estaba segura de que podría encontrar trabajo en algún otro sitio cuando terminara la temporada en los jardines de Vauxhall. Iba a poder valerse por sí misma y podría permitirse el lujo de esperar a que el amor apareciese en su vida, no iba a necesitar a ningún hombre.

Agarró la cortina del escenario con decisión. Hasta que lograra encontrar el amor verdadero que había podido presenciar en la casa de la señorita Hart, se limitaría a cantar y eludir el resto de planes que su padre y Letty tenían para ella.

Observó a los caballeros preguntándose si estaría entre ellos el hombre que tanto la había atraído mientras cantaba esa noche. Se preguntó si sería ese hombre el amor de su vida. Pero no le pareció que estuviera entre esos caballeros.

Letty se le acercó por detrás y abrió un poco más el telón.

—Tu padre ha sido muy listo al mantenerlos a raya y lejos de ti. Ofrecerán mucho más si ven que tienen que esperar para conseguirte —comentó la mujer pensativa—. Pero no conviene que esperen demasiado o acabarían perdiendo interés.

Los brazos de su padre estaban llenos de regalos para ella. Había pequeños paquetes y ramos de flores. En una mano llevaba las tarjetas de visita y vio que estaba a punto de girarse para volver con ellas cuando se le acercó otro caballero más. No podía verlo bien desde donde estaba, pero llevaba un abrigo negro y parecía de altura y tamaño similares al hombre en el que se había fijado ella.

Sintió algo especial al verlo, como cuando contemplaba a la señorita Hart con el señor Sloane.

Su padre y el misterioso caballero intercambiaron unas palabras. Después, el hombre se despidió y se alejó de allí. Su padre volvió enseguida con ellas y dejó los paquetes y las flores en una mesa cercana.

—Mary Rose, mira esta última tarjeta que llevo en mi mano —le dijo.

Hizo lo que su padre le decía y la leyó.

—¿El marqués de Tannerton?

Su padre dejó el resto de las tarjetas en la mesa.

—Le he dicho que puede ir a verte mañana a las cuatro.

A Letty se le iluminaron los ojos.

—¿Ése era el marqués?

—No estoy seguro —repuso su padre algo avergonzado—. Estaba tan atónito que no entendí bien sus palabras, pero sé que oí algo de un «marqués». Así que le dije que podía ir —añadió—. Tienes que recibirlo, es un marqués, Mary Rose.

Sabía que debía estar contenta al ver que el hombre que había atraído su atención mientras cantaba era nada menos que un marqués, pero no se alegró. Sabía que entre un hombre de su rango y una cantante no podía haber nada romántico.

Suspiró entristecida, pensó que iba a tener que rechazarlo. Creía que había aprendido lo suficiente sobre los hombres para saber cómo evitar sus atenciones cuando no las deseaba. En esos instantes no tenía nada más en mente que no fuera su carrera artística y terminar bien la temporada de conciertos en los jardines de Vauxhall. Esperaba que el señor Hook pudiera recomendarla después y conseguir así más contratos en otros escenarios. Lo que más deseaba era poder seguir cantando y soñaba con poder hacerlo en un teatro de verdad. Quería hacerse un hueco entre los grandes cantantes del momento e incluso ver su nombre publicado en los periódicos. Ya imaginaba su rostro en los carteles y a los directores de los principales teatros intentando convencerla para que fuera a cantar en sus establecimientos.

Mientras tanto, necesitaba poder seguir ganando lo suficiente para que Letty no se quejara y su padre le permitiera quedarse con ellos en Londres. Estaba decidida a seguir luchando hasta que pudiera encontrar su verdadero lugar en el mundo o a su alma gemela. No pensaba conformarse con menos.

No quería entregar su corazón a un marqués que sólo la deseaba como mero entretenimiento. Aunque el caballero en cuestión fuera muy opuesto, aunque sintiera que su sangre hervía cada vez que la miraba.

Pero no quería que su padre supiera lo que estaba pensando.

—De acuerdo, padre, veré al marqués —le dijo ella.

Flynn salió de su coche de caballos y caminó por la calle Langley hasta dar con la casa que O’Keefe le había indicado. Era un edificio poco lujoso. Suspiró y asintió con la cabeza.

Estaba convencido de que la fascinación que esa cantante le había producido la noche anterior había sido consecuencia directa del licor que había tomado con la cena. No había nada como tener la cabeza bien despejada para pensar con claridad.

Estaba convencido de que Rose O’Keefe, como el resto de las conquistas de Tannerton, sería una mujer de negocios, lo bastante lista como para saber que no había nada como ponerle a los hombres las cosas un poco difíciles para valorarse más. Era su trabajo conseguir que el marqués no tuviera que pagar más de lo que esa mujer valía y no estaba dispuesto a tener que ofrecer más de lo que había ofrecido a sus anteriores acompañantes.

Miró la puerta del edificio con concentración y se arregló los puños de su camisa y su levita. Sabía que las apariencias eran siempre importantes a la hora de negociar. Carraspeó para aclararse la garganta y abrió la puerta.

El vestíbulo estaba muy oscuro. Esperó a que sus ojos se acostumbraran a la escasa luz antes de subir por la escalera de madera. Al llegar al primer piso, golpeó con los nudillos la primera puerta a su derecha. Al ver que el picaporte giraba y la puerta comenzaba a abrirse, sintió que se quedaba sin aliento, como si hubiera ido corriendo desde Mayfair hasta el Covent Garden.

Pero la sensación se esfumó al ver que era el señor O’Keefe el que le había abierto la puerta y lo invitaba a pasar. La sala de estar tenía pocos muebles bastante viejos, pero lo adornaban maravillosos ramos de flores que llenaban cada superficie.

Se alegró entonces de no haber aparecido él también con flores. Era mucho mejor lo que llevaba en el bolsillo interior de su levita, la oferta de Tannerton.

—Buenos días, señor —le dijo el señor O’Keefe con una reverencia—. Es un placer que venga a visitarnos.

—¿Cómo estáis, señor? —preguntó entonces una mujer vestida de forma colores chillones.

El padre de Rose recogió su sombrero y sus guantes y le hizo un gesto a la mujer.

—Os presento a la señorita Dawes, amiga de la familia —le informó el hombre.

La mujer hizo otra reverencia. Le pareció exagerado el recibimiento y pensó que quizá creyeran que él era Tannerton.

—Me temo que no me presenté anoche. Soy el señor Flynn, el secretario del marqués de Tannerton...

El señor O’Keefe se relajó de inmediato.

—Sí, sí —repuso entonces con más tranquilidad mientras le ofrecía la mano—. Gracias por venir.

—Gracias por recibirme —repuso Flynn.

O’Keefe le hizo un gesto para que se sentara en el sofá y él respondió con el mismo gesto. No pensaba sentarse hasta que lo hiciera su anfitrión.

Al final, Flynn se acomodó en el sofá y el padre de Rose O’Keefe en una silla cercana.

—Vengo en representación del marqués —comenzó entonces—. Ha tenido el gusto de escuchar la exquisita voz de vuestra hija y está deseando poder conocerla en persona.

El señor O’Keefe asintió con la cabeza, parecía estar escuchándolo con suma atención.

—Me gustaría poder informarle a la señorita O’Keefe en persona, si es posible, de hasta qué punto la aprecia el marqués —continuó Flynn.

—Iré a buscarla —intervino la señorita Dawes con entusiasmo—. No sé por qué no ha aparecido aún...

—Os lo agradecería mucho —repuso Flynn mientras la mujer salía deprisa de la sala de estar.

—¡Rose!

Frunció el ceño al oír con qué poca consideración la llamaba.

—Vendrá enseguida —le aseguró su padre.

No quería tener que negociar con el señor O’Keefe. La experiencia le había enseñado que era preferible tratar directamente con la mujer en cuestión.

—Aquí está —murmuró la señorita Dawes desde la puerta.

Rose O’Keefe entró entonces en la sala de estar. Y lo hizo con tanta elegancia que parecía estar deslizándose por el suelo. De cerca y con la luz que entraba por la ventana, su belleza era aún más perfecta. Se quedó sin aliento al verla. Su pálido y delicado rostro estaba enmarcado por mechones de pelo negro como la noche. Pero fueron sus ojos los que consiguieron hipnotizarlo y despertar de nuevo su deseo. Eran tan verdes como los de las colinas del condado de Down, su tierra irlandesa.

Se puso inmediatamente en pie.

—¿Y vos sois...? —preguntó Rose antes de que pudiera hablar.

El señor O’Keefe también se levantó y fue hasta donde estaba su hija.

—Mary Rose, el señor Flynn es el secretario del marqués de Tannerton.

Sus maravillosos ojos verdes se agrandaron aún más al escucharlo.

—Señorita O’Keefe —lo saludó él con una reverencia.

Si estaba sorprendida, consiguió recuperarse muy pronto.

—¿Deseabais hablar conmigo, señor?

Le encantó escuchar un leve acento irlandés en su voz. Ella no parecía haberse esforzado por erradicarlo, como había hecho él.

—Vengo en representación del marqués de Tannerton...

—Entiendo —lo interrumpió ella—. Y, ¿qué es lo que quiere el marqués que no puede pedírmelo directamente?

Se quedó estupefacto al oír sus palabras.

—¡Mary Rose! —exclamó su padre—. Cuida tus palabras.

—¡Obedece a tu padre! —agregó la señorita Dawes.

Rose O’Keefe miró a la otra mujer con ojos desafiantes. Las cosas no iban como lo había previsto. Le dio la impresión de que el señor O’Keefe y la señorita Dawes habían conseguido convencerla para que lo recibiera. Tannerton no quería que ninguna mujer se viera obligada a compartir con él su cama. Se dio cuenta de que necesitaba hablar con ella a solas y asegurarse de que querría ver al marqués por voluntad propia.

Le bastaba con mirar a la señorita O’Keefe para darse cuenta de que no era el caso.

—Desearía hablar a solas con la señorita, por favor —murmuró él con amabilidad.

El señor O’Keefe parecía algo confuso.

—Habla con él, Rose —le aconsejó la señorita Dawes—. Sé buena... —agregó mientras le hacía un gesto al señor O’Keefe para que saliera también de la habitación.

Se giró entonces para mirar a la señorita Rose. Sus ojos verdes parecían cansados.

—No deseo molestaros, señorita —comenzó él.

—No es ninguna molestia —repuso ella.

Pensó en cómo explicarle qué hacía allí, pero ella se adelantó de nuevo.

—Habéis venido por algo, ¿no es así, señor Flynn? —le preguntó con algo de impaciencia.

Frunció el ceño al ver que nada estaba saliendo según lo previsto. No parecía demasiado interesada en saber qué podía ofrecerle.

—Así es. Se trata de lord Tannerton.

—¿Por qué no os sentáis, señor? —le sugirió ella con educación.

Asintió con la cabeza y esperó a que la señorita O’Keefe se sentara para hacer lo propio.

—¿Qué me estabais diciendo, señor Flynn?

—Quería deciros que el señor marqués os ha oído cantar y...

—¿Y vos, señor Flynn? ¿Me habéis oído cantar? —preguntó ella entonces.

—Sí, señorita O’Keefe, he tenido el placer de oíros.

Rose O’Keefe le dedicó entonces una maravillosa sonrisa.

—¿Y os gustó, señor? —le preguntó Rose mientras bajaba con timidez la vista.

Se dio cuenta entonces de que sus pestañas eran largas y espesas.

—Mucho —repuso él.

—Flynn... —murmuró la joven—. Es un nombre irlandés. ¿De dónde sois, señor Flynn?

No solía perder el control de una conversación con tanta facilidad. Todo aquello estaba consiguiendo inquietarlo, no entendía qué estaba pasando ni por qué le afectaba tanto su presencia. Todo lo que sabía era que sus ojos conseguían hipnotizarlo por completo.

—¿Que de dónde soy? —repitió.

—Sí, ¿de qué parte de Irlanda sois?

Hacía mucho tiempo que nadie le preguntaba algo así.

—Del condado de Down, cerca de Ballynahinch.

Sus maravillosos ojos brillaron aún más al oírlo.

—Yo fui al colegio de Killyleagh.

—Vaya... Mi hermana también —replicó él sin pensar en lo que decía.

Rose se quedó un segundo muy pensativa.

—No será Siobhan Flynn, ¿verdad? Había una Siobhan Flynn que iba dos cursos por delante de mí.

El nombre de Siobhan lo devolvió como por arte de magia a su hogar y a su pasado en Ballynahinch. La pequeña Siobhan... Tenía sólo once años cuando la vio por última vez. Se imaginó que ya habría cumplido los veintiuno. Y, si Rose iba dos años por detrás en la escuela, debía de tener unos diecinueve.

No le extrañó que su padre se mostrara tan protector con ella.

—Puede que fuera mi hermana —le concedió él.

La señorita O’Keefe parecía muy contenta con todo aquello.

—¿Cómo se encuentra? No he vuelto a saber casi nada de mis compañeras desde que me fui de allí.

Se dio cuenta de que apenas había prestado atención a los comentarios que sobre su hermana le hacía su madre en las cartas que le enviaba con regularidad.

—Está casada y tiene dos hijos varones.

La señorita O’Keefe suspiró al escucharlo.

—¡Cuánto me alegro por ella!

Decidió que debía reconducir la conversación.

—En cuanto al marqués...

—¡Sí, claro, el marqués! —lo interrumpió Rose con frialdad—. Por eso estáis aquí, no para hablar conmigo de vuestra familia ni de vuestro hogar...

Sus últimas palabras se le quedaron grabadas en la mente. Esa joven había conseguido devolverle al pasado desde que la viera por vez primera la noche anterior.

—El marqués está deseando conoceros, señorita O’Keefe. Desea ser vuestro amigo.

—¿Mi amigo? —repitió ella mientras apartaba la mirada—. ¿Le ha bastado con oírme cantar para saber que quiere ser mi amigo?

Abrió la boca para dedicarle algunos halagos, pero ella se le adelantó de nuevo.

—¿Vos hacéis amistades con la misma facilidad, señor Flynn?

—¿Cómo? —preguntó él con confusión.

Esa mujer no dejaba de distraerlo y hacer que olvidara sus objetivos. Su pregunta le hizo pensar en amigos que no había vuelto a ver, en niños con los que había jugado entre las ruinas de viejos castillos y pescado en aguas cristalinas.

Respiró profundamente y la miró a los ojos.

—Os aseguro, señorita O’Keefe, que el marqués elige con mucho cuidado a sus amistades y nadie se ha quejado aún.

—Y, ¿sois vos normalmente el que ha de informar a sus nuevos amigos de la suerte que tienen al ser los elegidos? —le preguntó ella sin dudar un segundo.

Frunció el ceño. No parecía agradarle haber despertado el interés del marqués y no sabía por qué. Estaba claro que su padre y la otra mujer parecían encantados.

Tenía que convencerla de lo bien que le iría siendo la protegida de Tannerton. Estaba seguro de que al menos gozaría de más libertad de la que parecía tener en la casa de su padre, donde la chirriante señorita Dawes no se cansaba de intimidarla.

Pero no podía imaginarla en compañía de Tannerton, sino en pie sobre una verde colina, con el viento agitado su melena y su falda.

Tenía que recobrar el sentido común y hacerlo rápidamente. Logró mirarla a los ojos de nuevo.

—El marqués me pide que intervenga si piensa que eso haría las cosas más fáciles y cómodas a la dama en cuestión —le dijo él mientras sacaba algo del bolsillo—. Para mostraros sus buenas intenciones, el marqués desea ofreceros este pequeño obsequio.

Era una cajita de terciopelo. Rose O’Keefe miró alarmada hacia la puerta por la que habían salido su padre y la señorita Dawes. Se imaginó que estarían escuchando la conversación desde allí.

—Nada de regalos —susurró ella mientras sujetaba su mano—. Por favor... —añadió mientras miraba de nuevo hacia la puerta.

Se quedó inmóvil. La mano de esa mujer parecía haber conseguido paralizarlo. Sin decir nada más, asintió con la cabeza y volvió a guardar la cajita.

—Me encantaría recibir un regalo suyo —comentó entonces Rose en voz alta.

—Entonces me encargaré de que reciba uno muy pronto —repuso él.

Rose dejó de nuevo su mano sobre el regazo. Le costaba respirar con normalidad y podía sentir un cosquilleo en la mano que lo había tocado. En presencia de ese caballero, sentía que se deshacía por dentro.

El señor Flynn había estado de acuerdo en hacerle creer a su padre y a Letty que no le había llevado ningún regalo. De no haberlo hecho, la amante de su padre se habría pasado días molestándola para hacerse con el presente del marqués. Su progenitor, como ya había hecho en otras ocasiones, la convencería para que accediera. El resto de los regalos que sus admiradores le habían hecho llegar habían acabado también en las manos de Letty.

Intentó hacerle ver al señor Flynn cuánto agradecía su gesto, pero le costaba mirarlo a sus intensos ojos azules.

Cuando Letty había ido a avisarla de que el secretario del marqués la estaba esperando, se había sentido aliviada al ver que no iba a tener que hablar en persona con el marqués para rechazar cualquier oferta que quisiera hacerle. Pero el hombre que la había cautivado al verlo entre el público no era el propio marqués, sino su secretario, que además era irlandés y encantador.