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El bautismo es la fuente del ministerio presbiteral: de ser bautizado se origina el "servicio" a la comunidad, no el "poder" sobre ella. Este es el asunto del que trata este libro: el sacerdote no es el "jefe" al que los bautizados se sientan subordinados, sino que debe sentirse destinado al sacramento del orden para servir a los bautizados, porque, antes que nada, él también lo es.Los repetidos escándalos en la Iglesia, que últimamente han salido a la luz, han puesto en el punto de mira el ministerio ordenado y han minado la fe tanto del "pueblo de los creyentes" como del "pueblo de los alejados". Lo más inquietante es darse cuenta de que para algunos clérigos es más fundamental e importante su identidad "sacerdotal" que su radical identidad bautismal. Parece que, a fuerza de gestionar el "bautismo de los otros", a veces el presbítero corre el riesgo de olvidarse del propio.Desde el comienzo de su pontificado, Francisco ha puesto nuevamente en el centro el bautismo como base ineludible de cualquier otro llamamiento en la vida de los discípulos. Este regreso a la centralidad del fundamento bautismal representa el lugar fontal de la vida de discipulado y de servicio en la Iglesia.
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Seitenzahl: 136
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Si hay algún tema
que la Iglesia católica deba afrontar
con absoluta sinceridad,
sin tapujos de ninguna clase
y sin la más mínima constricción interna o externa,
es precisamente la situación de sus clérigos.
(E. D
En un tiempo se decía que es inútil llevar «vasos a Samos o lechuzas a Atenas», pues Samos era famosa por los vasos que allí se fabricaban, y la lechuza era precisamente el símbolo de Atenas. En igual medida resulta inútil presentar un escrito del Hno. Michael Davide, el monje benedictino ya conocidísimo por sus escritos, sobre todo por los de carácter litúrgico, según la inspiración específica de su Orden.
Se me ha pedido que escriba el prefacio para su última obra, y he aceptado no solamente por la estima y gratitud que siento por él, sino también para introducir el tema, que puede parecer paradójico, como si uno pudiese ser ordenado sacerdote sin haber recibido antes el bautismo.
Al presentar una novela no hay que revelar enseguida su conclusión, a fin de dejar al lector la incertidumbre sobre el curso que seguirá el argumento. Pero, en nuestro caso, digo de inmediato que el tema de este escrito es el de hacer presente que la ordenación presbiteral no puede ser algo que predomine, sino que debe estar al servicio del bautismo, es decir, del ser cristiano: el bautismo nos une al sacerdocio de Cristo, que es un sacerdocio de elección (según el rito de Melquisedec) y no una transmisión por genealogía o por casta (como el de Leví o el de Aarón). Ya desde el título, esta declaración quiere ser «una provocación, no un juicio», como confirma el autor en las últimas páginas, después de haber subrayado su respeto a los pastores de la Iglesia y su sincera fraternidad hacia los presbíteros de la Iglesia, «con los cuales –declara– siento que comparto la alegría y el esfuerzo de una fidelidad en la que estamos llamados a comenzar cada día de nuevo y en la que, en muchos aspectos, seguimos siendo principiantes».
En el fondo hay una «revolución copernicana». Igual que el científico polaco había demostrado que no es el Sol el que gira en torno a la Tierra, sino esta en torno al Sol, así el Concilio Vaticano II, después de haber demostrado prácticamente que no es el mundo el que está al servicio de la Iglesia, afirma que ella está al servicio de la humanidad («sacramento –dice desde el comienzo la Constitución Lumen gentium– o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano») y que en la Iglesia no son los fieles los que están en subordinación respecto a la jerarquía, sino esta última al servicio del pueblo de Dios: el presbítero no debe sentirse en primer lugar el jefe al que los bautizados han de sentirse subordinados: antes bien, debe sentirse destinado por el sacramento del orden –que es extensión del sacramento del bautismo– a ponerse al servicio de los bautizados; y como también él es fundamentalmente un bautizado, y «la gracia presupone la naturaleza» –como recordaba santo Tomás de Aquino–, deberá cuidar de su crecimiento humano: por ejemplo, deberá darse cuenta de la realidad del erotismo, de la dimensión afectiva de la humanidad y, por tanto, del valor de la sexualidad, y de que su celibato, antes de estar en función del servicio, debe llegar a estar al nivel de una intimidad espiritual y disponibilidad para una compasión extrema para con todos. La misma homosexualidad no debe ser considerada en la Iglesia –ni siquiera expresamente– como pecado y enfermedad y, por tanto, como una disposición que hay que excluir preventivamente del sacerdocio, sino como exigencia de relaciones humanas, como condición concreta con la cual medirse.
El autor cita la exhortación del papa Francisco a los presbíteros en el contexto de su visita a los lugares de actuación de Don Milani a ser «clérigos, no clericales», como lo hace asimismo con otras afirmaciones del papa Francisco, pero también de Benedicto XVI. Como es obvio, cita la Biblia y el Concilio, pero hace también lo propio con otros varios autores, por ejemplo Rupnik y Theobald, pero también Panikkar y el mismo Drewermann, que, más allá de ciertas expresiones que le han acarreado la desconfianza de la jerarquía, tiene un profundo conocimiento de la psicología humana y, por tanto, hace útiles observaciones que es preciso tener en cuenta.
Así pues, este escrito de Michael Davide es interesante y valioso, alimento de aquella esperanza a la que exhorta en el último párrafo Cipriano de Cartago, o sea, un obispo docto, santo y mártir.
+ LUIGI BETTAZZI,
obispo emérito de Ivrea
1
1. Inevitable
Hace años ya que la Iglesia católica se está viendo sacudida por toda una serie de escándalos vinculados con la vida afectiva de los presbíteros. En realidad, y para utilizar una imagen bíblica –tal vez inapropiada y hasta un tanto irreverente–, «nada nuevo hay bajo el sol» (Ecle 1,9). Para afrontar esta situación, a veces inmanejable, es necesario recurrir a la sabiduría del escriba evangélico del que habla Jesús, diciendo que es capaz de extraer del tesoro del corazón «lo nuevo y lo antiguo» (Mt 13,52). En realidad, el esfuerzo de los presbíteros en la fidelidad a la promesa de celibato y de los religiosos para gestionar durante toda una vida el voto de castidad es conocido desde siempre. Por cierto, el hecho de que varios concilios y sínodos se hayan ocupado de ello –Elvira (305), Letrán IV (1215) y también Trento (1563)– no carece de significado. Aunque pueda parecer políticamente incorrecto, podría decirse incluso que en el pasado hubo tiempos más inquietantes que el nuestro respecto al comportamiento de los clérigos, tanto en la sexualidad como en la gestión de los bienes materiales. En efecto, hay que reconocer que solo en nuestros días estamos comenzando a descorrer el velo de silencio que ha cubierto durante siglos todo aquello que, de manera un tanto acrítica, estaba circundado por un halo de respeto reverencial. Y lo mismo ha sucedido siempre, por razones de sacralidad y de reconocida autoridad, ya mucho antes de la historia de la Iglesia, frente a aquellos hombres que desarrollaban un papel particular en el funcionamiento de los mecanismos de lo sagrado.
Las páginas de los diarios, los portales de Internet, las imágenes de las televisiones, como también algunos textos documentados y películas de gran éxito 1, siguen interrogando a la opinión pública sobre temas dolorosos y difíciles de gestionar en el seno de la comunidad eclesial, que se halla despojada de su respetabilidad frente al mundo. Hasta la renuncia de Benedicto XVI ha sido atribuida, por lo menos en parte, al gran esfuerzo de gestionar como papa lo que había comenzado a afrontar valientemente como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Entre las decisiones importantes tomadas por el papa Francisco están, sin duda, las relativas a los problemas de la pederastia en el seno de la Iglesia. Se han creado organismos y se han establecido procedimientos para hacer más eficaz el cuidado y la prevención de toda una serie de escándalos. Estos escándalos siguen resultando costosos para la Iglesia no solamente en términos económicos, sino, sobre todo, en términos de credibilidad y de fiabilidad.
Hay que reconocer que, en estos últimos años, tanto desde abajo, desde la vida cotidiana de la gente sencilla, como desde arriba, desde las instituciones, ha habido una verdadera revolución en la actitud. Tal revolución es también el fruto de la desestabilización debida a la denuncia cada vez más masiva de comportamientos inadecuados por parte de sacerdotes, sobre todo con menores. A pesar de algunas ambigüedades, esta nueva manera de encarar las cosas ha hecho finalmente posible cerrar la época del encubrimiento y de la protección de la casta clerical. Por el contrario, cada vez se da más espacio a la necesaria y urgente indignación por toda una serie de situaciones que, en otros tiempos, habrían gozado de la omertà, la ley del silencio encubridor. No obstante, en el punto al que hemos llegado, aunque en modo alguno es posible aflojar la presión de la indignación, tampoco podemos detenernos en ello. Es necesario pasar de la indignación a la conversión. En efecto, no basta con indignarse: es necesario dejarse interrogar profundamente por los escándalos y por los abusos. El desafío es el de entrar en un intenso proceso de conversión del corazón y de la mente. Este es el primer paso para iniciar y llevar a cabo los cambios necesarios, tanto a nivel personal como institucional. La indignación, para ser auténtica, debe abrirse de par en par a la conversión, que no puede contentarse nunca con declaraciones de principio o de reparación de los daños causados, sobre todo a inocentes y menores. La indignación debe abrir –y de par en par– las puertas a nuevos estilos y nuevas prioridades también a nivel espiritual y, naturalmente, en la disciplina eclesiástica.
La palabra del Señor Jesús puede alentarnos en una disposición de serena urgencia frente a toda una serie de realidades negativas que deben mencionarse, corregirse y cambiarse. «Es imposible que no haya escándalos; pero ¡ay de quien los provoca! Al que escandalice a uno de estos pequeños más le valdría que le ataran al cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar. Tened cuidado» (Lc 17,1-3).
La fuerza rigurosa de la segunda parte de este dicho del Señor parece ser directamente proporcional al reconocimiento de algo «imposible» de evitar. Sin embargo, lo que es inevitable no es en modo alguno aceptable, y no es nunca justificable. Para permanecer en el aliento evangélico podemos decir que en el seno de la comunidad de discípulos es preciso ser conscientes de que, constitutivamente, somos pecadores perdonados. Lo que debe poner en marcha procesos de renovación no es el escándalo desenmascarado y deplorado desde el exterior, que pone al descubierto la fragilidad, sino el deseo renovado de permanecer en un estado de constante conversión que, en ciertos casos, se hace particularmente urgente. Aunque sea paradójico, bienvenido sea el desenmascaramiento de las hipocresías eclesiásticas con tal de que pueda asumirse realmente la responsabilidad de un camino de conversión elegido y no sufrido. La conversión no puede ser simplemente la reacción a las denuncias que vienen de fuera, sino el fruto de un estremecimiento de auténtico deseo de fidelidad al Evangelio y a sus exigencias dentro de la Iglesia, en el corazón de cada discípulo y en lo íntimo de cada ministro ordenado.
Lo «inevitable» que evoca el Señor Jesús debería hacer que los hombres de Iglesia estén menos heridos por el sueño roto de superioridad moral que durante demasiado tiempo ha amenazado con servir de autorización para despreciar y juzgar continuamente a los demás (cf. Lc 18,9). Lo inevitable con lo que la Iglesia debe finalmente confrontarse con parresía evangélica puede transformarse en una ocasión preciosa para volverse más sensibles a las posibilidades de conversión. Esta conversión no tiene que ver solamente con la moral a nivel personal, sino que afecta necesariamente a la estructura institucional. Un camino de conversión real implica inevitablemente un replanteamiento dogmático-ritual. Pensándolo bien, lo que hay de «nuevo» no son los «escándalos» en cuanto tales, sino la reacción de profunda y creciente indignación frente a ellos. Esta indignación es síntoma de un innegable incremento de sensibilidad evangélica en el seno de la comunidad de los discípulos. En cuanto discípulos, estamos llamados a dejarnos interrogar y hasta baquetear por todos aquellos que, desde fuera, miden, por decirlo así, la compatibilidad y fiabilidad evangélicas de nuestras decisiones y de nuestros comportamientos. Nunca como en nuestro tiempo, y hasta con la ayuda de la intransigencia de cuantos se presentan como «adversarios» de la Iglesia y de sus instituciones ya no «sagradas», como la realidad clerical, estamos obligados a un aumento de fidelidad al Evangelio y no a nosotros mismos y a nuestras veneradas –aunque no siempre venerables– instituciones. Décadas han pasado desde que el poeta vasco-francés Francis Jammes, en su novela El señor cura de Ozerón, describió al sacerdote como símbolo, representante y hasta garante espiritual de un mundo que –a pesar de toda la debilidad y de toda la culpa de los hombres– ha seguido estando siempre contenido en las manos de Dios. La figura del sacerdote debía hacer visible la realidad invisible y divina de modo tal que las personas pudiesen captarla. Donde había un sacerdote, Dios debía convertirse en el pan de los seres humanos, despojándose de su grandeza y majestad para venir como alimento cotidiano en medio de la humanidad. Y, viceversa, el sacerdote, mediante su oración de bendición, debía santificar el pan humano y elevarlo a la condición de lugar de aparición de lo divino.
A partir de esta cita podemos decir que, hasta hace poco tiempo, la simple presencia de un sacerdote era suficiente para mantener unida y viva a una comunidad de hombres y mujeres que se encontraban esperando a la sombra de un campanario; la simple presencia de un sacerdote sonaba como una promesa de orientaciones posibles, mucho más que en el caso del guardián de un faro. Si eso funcionaba o comenzaba a no funcionar ya en el tiempo al que se refiere Jammes, no dependía ni depende principalmente de una creciente neurastenia de los nuevos sacerdotes. Es la consecuencia del simple hecho de que ya ha llegado a su fin la época en que «el señor cura» constituía un centro espiritual, cultural, social y político. Sobre la base de este papel se le consideraba el tutor, si no oficial, al menos fiable, del orden público y, en cierto sentido, el garante de una manera de estar en el mundo que ya no existe. Después de la Revolución francesa y del subsiguiente proceso de sana secularización se ha producido un cambio radical. Ya no se da más crédito a las versiones oficiales de los funcionarios en cuanto tales, sino a las personas consideradas dignas de confianza. Por más agradable o desagradable que pueda ser, esto vale también para los presbíteros.
Lo que ha cambiado profunda e ineluctablemente no es solo el modo de relacionarse con la autoridad, sino también lo que se percibe como fundamental para reconocer a la autoridad en cuanto tal. Simplificando, puede decirse que la investidura –pensemos en la ordenación presbiteral, por lo que aquí nos concierne– no es ya suficiente para un reconocimiento de autoridad fiable. En efecto, todos los procesos relacionales están sometidos ahora a la prueba de la credibilidad, que pasa por la relación entre personas y que, aun no estando siempre en pie de igualdad, nunca se supone ni, menos aún, se impone. El «papel» o «rol» ya no es suficiente para asegurar la inmunidad que pone al reparo de la confrontación y de la crítica más o menos constructiva. Esto implica el hecho, por lo demás muy positivo, de que nadie está al resguardo del deber de mirar de frente y de asumir la propia fragilidad, compartiendo con todos los demás hombres y mujeres el desafío de nuestra condición de «vasijas de barro» (2Cor 4,7).
2. El desafío de la fragilidad
La Iglesia, en todos los lugares donde vive y, en particular, en la realidad clerical, está llamada a medirse de una manera radicalmente nueva con el desafío de su fragilidad. La consciencia de la comunidad creyente ha tenido siempre claro que es casta et meretrix. El conocimiento de los textos de la tradición, sea de mayor o de menor antigüedad, nos da testimonio de una continua reprobación de algunos comportamientos del clero. De la reprobación han nacido muchos movimientos de reforma o, simplemente, de apoyo a la vida del clero, caído demasiado a menudo en situaciones ambiguas. Al decir esto se puede tomar nuevamente conciencia de que el problema no es nuevo y de que, a pesar de la justa reacción de descontento y desaprobación, no es más grave que en tiempos pasados. Sin embargo, en la sensibilidad actual, tanto dentro como fuera de la Iglesia, se hace cada vez más urgente reaccionar contra toda una serie de comportamientos con los cuales se ha convivido desde hace tiempo de forma más superficial que serena.
