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Andrexa se muda junto con su familia a la ciudad de Córdoba con un propósito, formar una iglesia. Lejos de todo lo que ella consideraba hogar comienza su último año de bachillerato. Esta nueva etapa le daba miedo y se sentía sola aunque la razón por la cual estaba allí le daba fuerzas para transitarla. En su salón conoce a Tomás quien se convertiría en su mejor amigo y consejero. También, conoce a Tyler, un joven atractivo pero con la personalidad más dura que haya visto jamás. Sus actitudes esconden un pasado que lo perturba y la culpa se transformó en el motor de sus decisiones. Se convirtió en su propio enemigo. Conocerse no era una casualidad sino que Dios tenía un plan con sus vidas y lo van a descubrir con el tiempo. La perseverancia, la fe y la amistad van a ser la clave que los va a acercar al verdadero camino donde se van a enamorar de Dios y van a entender sus planes. ¿Cuál será ese plan? Descubrámoslo… Eclesiastés 3: 11 Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin.
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Seitenzahl: 454
Veröffentlichungsjahr: 2019
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Centurion, Estefanía del Valle
Sálvame de mí / Estefanía del Valle Centurion. - 1a ed . - Córdoba : Tinta Libre, 2019.
394 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-451-1
1. Amor. 2. Juventud. 3. Literatura Cristiana. I. Título.
CDD 808.803823
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2019. Centurion, Estafenía del Valle
© 2019. Tinta Libre Ediciones
Sálvame de mi
Estefanía Centurión
· 1 ·
—¿Lista para esta nueva etapa? —dijo Carla mientras ordenaba sus cosas en el maletín—. Siento que Dios nos tiene preparadas grandes cosas para este tiempo.
—Me habría gustado quedarme en Buenos Aires, pero es por obediencia que estamos aquí —contestó Andrexa mientras tomaba de a largos sorbos su café—. Estamos donde Dios quiere y con eso es suficiente para estar feliz.
Carla, su esposo y Andrexa, su sobrina, fueron llamados a abrir una iglesia en una ciudad de Córdoba. Empezar de nuevo no iba a ser fácil.
Andrexa comenzaría el último año de bachillerato en una escuela donde no conocía a nadie, lejos de sus amigas y de su iglesia a la que sentía como su segundo hogar. Sus tíos consiguieron trabajo y alquilaron una casa donde vivirían a partir de ahora.
—Bien. ¿Cómo haremos esto? —comentó Roberto mientras dejaba el diario sobre la mesa de desayuno—. Tenemos que organizarnos para evangelizar a las personas. Tenemos que abrir una pequeña reunión en casa.
—Yo sugiero que nos tomemos unos días para conocer y presentarnos en nuestro barrio, trabajos y escuela —dijo la mujer haciendo énfasis en lo último, ya que se refería al lugar en el que Andrexa debía hacer su parte.
—Lo entendí.
—Yo sé que sí —respondió su tía en un tono burlón.
La familia McGregor comenzaba su misión. Pero sabían que en su propio parecer no iban a llegar lejos. Esto era plan de Dios y ellos deberían ser guiados por Él, incluso si ese camino no lo entendían. Estaban allí para servir.
· 2 ·
Primer día de clases en todas las escuelas de la ciudad y los colectivos eran un enjambre de personas andando por las calles. Andrexa, que aún no conocía Córdoba, caminaba usando el GPS en su celular para encontrar la escuela a la que iba a concurrir a partir de ese momento.
La institución era un edificio antiguo, muy alto. Ella caminaba por los pasillos buscando el aula que le habían asignado. No demoró en encontrarla. Su vida escolar comenzaba en el salón 1B.
Aún se podía percibir el aroma de la pintura en las paredes blancas que daban más luz al aula.
Andrexa tomó un lugar vacío junto a la ventana y contempló con un poco de nostalgia a los pequeños grupos de chicos que, a risotadas y abrazos, se reencontraban después de varios meses de vacaciones.
—Hola, ¿este lugar está ocupado? —preguntó un joven interrumpiendo sus pensamientos.
—No, todo tuyo.
—Mi nombre es Tomás —dijo, mientras se sentaba a su lado—. Eres nueva, ¿verdad?
—No, ya tengo 18 años —se burló ella—. Con gran pesar debo decir que sí. Soy nueva en la ciudad. Me llamo Andrexa.
—Entiendo, no debe ser fácil, pero te aseguro que te vas a acostumbrar. Córdoba es una ciudad muy bonita, lo notarás cuando la conozcas más.
—Eso espero —contestó Andrexa mirando a la calle—. Dejar mi ciudad y mis amigos fue un golpe bajo, pero era necesario.
—Necesitas un amigo y un guía para este tiempo —dio un salto alegre por la idea que había tenido.
Andrexa no pudo evitar sonreír. Este cambio brusco no era tan malo después de todo.
—Tú no estás bien.
—Tú tampoco, por eso me ofrezco a ser tu primer amigo y tu guía en esta asombrosa ciudad.
Estaba a punto de contestar cuando entró la profesora. Esta era una señora de aproximadamente 50 años. Se notaba en sus ojos azules y rosadas mejillas la emoción por dar la clase. Enseñar era una pasión y no solo un trabajo.
El salón estaba inquieto. Todos hablaban sin notar la presencia de la profesora que esperaba frente al pizarrón a que todos guardaran silencio.
—Hola alumnos. Buenos días, mi nombre es Rita Gómez. Yo voy a ser la tutora de este curso y su profesora de inglés. Esta materia es una de las más importantes de este año debido a que la especialización que eligieron, “Turismo”, requiere aprender idiomas. Mi manera de evaluar no solo es a través de exámenes, sino también voy a valorar los aportes en clase y los trabajos grupales.
Aunque medio curso solo le prestaba atención, ella prosiguió.
—Voy a tomar lista.
La profesora fue nombrando uno a uno los nombres hasta que llegó al de ella.
—¿Andrexa McGregor?
—Presente —respondió la joven levantando su mano para que pudiera verla.
—Tú eres la nueva estudiante. ¿De dónde eres?
—Soy de Buenos Aires. Me mude aquí hace unas semanas.
Andrexa era una joven alta, de pelo color castaño oscuro con ondas que le llegaban a la cintura. Sus ojos eran de color avellana y su mirada, tierna y transparente.
Rita mostró el programa y los libros de actividades que iban a usar durante el año y comenzó a explicar los tiempos verbales.
Al cabo de un rato, un timbre sonó en todo el edificio dando fin a la clase. Todos salieron y se dirigieron a la cafetería.
Andrexa salió cabeza gacha, sin saber exactamente qué hacer, todo esto le parecía nuevo y la aturdía. Caminaba inmersa en sus pensamientos cuando un impacto le hizo caer los libros que llevaba en la mano.
—¿Acaso no ves por dónde caminas? —gruñó un chico alto que la miraba con unos ojos que pasaban de verdes a rojos de la furia.
—Perdón, no fue mi intención —se disculpó avergonzada porque todo el mundo había puesto su atención en ella.
Tyler, era el típico chico malo, popular, deportista y atractivo por el que todas las chicas se volvían locas y todos los chicos querían estar en su círculo de amigos.
Él solo la miró de arriba abajo y se abrió paso entre todas las personas con aire de ganador. Por detrás iban dos de sus amigos que más que amigos parecían escoltas, o peor aún, bufones de un rey sin gracia.
Cuando ella creyó que nada podía ser más humillante, se pone a recoger sus libros.
—Creo que vas a tener que empezar a manejarte mejor en esta ciudad si no quieres vivir examinando baldosas de cerca todo el día —dijo una de sus compañeras.
Laura era el clon de Tyler en mujer. Era alta y delgada. Su pelo rubio y sus ojos celestes resaltaban en su piel rosada. Era una bella joven, pero engreída, siempre buscaba resaltar en todo.
—No entiendo tu sarcasmo —contestó Andrexa—. ¿Podrías explicarte mejor?
—Que, al parecer, de donde vienes es un lugar alborotado y aquí no. Aquí estamos civilizados. Solo es un consejo.
La joven la miró con una sonrisa sobradora y se fue junto a una amiga que la miraba igual, aunque no dijo nada.
Respiró unos segundos tratando de no reaccionar. Ella estaba ahí para estudiar y por un propósito divino. Empezar con el pie izquierdo no era buen plan.
La cafetería estaba llena de estudiantes. Muchos sentados y otros muchos haciendo cola, sirviéndose el menú del día: ravioles.
Tomás estaba en la cola cuando visualizó que en la entrada estaba Andrexa. Agitó su mano para llamar su atención.
Ella tomó una bandeja y se puso junto a él, esperando su turno para servirse. Luego se sentaron en una mesa que estaba desocupada.
Aún le daba vueltas en su cabeza la escena que tuvo que vivir minutos atrás. No entendía cómo pudo haber pasado algo así. Se preguntaba una y otra vez si ella despertaba ese maltrato en sus compañeros o si así eran todo tiempo. Aunque ninguna de las dos opciones le parecía buena se limitó a enfocar su atención en lo que en ese momento era más importante. Estaba hambrienta y los ravioles se veían deliciosos.
· 3 ·
El silencio era abrumador en la sala de espera. Las paredes eran de un marrón claro y apagado. Solo un ventanal abría paso a la luz de la tarde para iluminar el salón.
Tyler estaba sentado en uno de los sillones. Su mirada era intensa, estaba enojado y no sabía por qué ni cómo controlarse. No había razón, pero sentía que le sudaban las manos y que su ansiedad hacía que se las frotara en sus jeans con un movimiento frenético.
—Sánchez Tyler.
Se paró y estiró sus piernas, estuvo sentado una hora esperando. Siempre se retrasaban estas cuestiones. Entró inhalando un nuevo aire. Esa sala era distinta. Sus paredes eran de un rojo vivo y había una gran biblioteca, pinturas abstractas y un ventanal que daban calidez y un toque hogareño a la habitación.
Tyler se sentó en un sillón a tono con las paredes.
—Hola, Ty —dijo la Dra. Lewish, mientras buscaba su historial en la laptop.
Tyler todos los viernes tenía una cita con la psicóloga. Siempre fue una persona reservada, pero no tan ingenua como para no darse cuenta que necesitaba ayuda. Necesitaba arrancar de adentro, de lo más profundo de su corazón, lo que pensaba, lo que sentía y algo le había dicho hace ya seis meses que su secreto estaría a salvo en manos de un profesional. En todo este tiempo él había volcado en esa oficina todo lo que lo atormentaba y la Dra. siempre fue de gran ayuda, ya que además de escucharlo le daba alternativas para aliviar ese dolor. Sabía que era un proceso largo pero que algún día iba a poder superar ese trauma, aunque había momentos en que sus propias decisiones lo llevaban a retroceder. Era evidente que el alta estaba lejos, pero dentro de sí no quería que eso pasara.
—Hola —dijo Tyler mirando al suelo.
Ella notó su inquietud. Tyler podía engañar con sus actitudes a los demás, pero no a ella. En cada sesión iba conociendo al verdadero chico que había detrás de esa máscara de chico rudo.
—Creo que la sesión de hoy va a ser a calzón quitado.
Él no pudo evitar sorprenderse. Era la primera vez que escuchaba una expresión tan informal de su boca.
—¿Perdón? —preguntó apretando los labios para no reír. Realmente, aunque fue raro oírlo, le causó mucha gracia. —No entiendo lo que quiere decir.
Al ver la cara que puso el chico y que pudo captar su atención, rompió a reír a carcajadas, lo cual hizo que el joven también se riera con la misma fuerza.
—¿Te sientes mejor? —Interrogó la psicóloga acercándose al sillón que estaba justo frente al joven.
—Sí, estoy bien —contestó secándose una lágrima que brotaba de sus ojos con el pulgar—. Como siempre dice usted, riendo todo es mejor.
—Exacto. Pero por lo que he visto hace un momento atrás,no lo pones en práctica todo el tiempo. ¿Qué te pasó?
Su mandíbula se tensó y su respiración se entrecortaba. Quería decirle, pero siempre le costaba largar las palabras. Se pasó la mano sudorosa por el pelo despeinándolo, como dándose aliento para comenzar a hablar.
—Lo mismo de siempre —su voz era ronca, pero fue casi un susurro. La tensión iba en aumento.
—¿Y eso sería…?
Tyler arqueó una ceja mientras miraba a la Dra. fijamente a los ojos. ¿Qué le pasaba? Ella sabía que era “lo mismo” ¿Por qué rayos le hacía responder nuevamente la pregunta?
—Hay una chica nueva en la escuela.
—Bien, y ella se te acercó o…
No la dejó terminar de hablar. Siempre que podía escupir las primeras palabras la ansiedad se apoderaba de él y tenía que decir todo lo que tenía atragantado.
—Creo que no sabía que yo existía hasta que chocó conmigo. No me acuerdo cómo se llama, pero al salir no me vio y yo tampoco a ella; la empuje y cayó al suelo —dijo pasándose las dos manos por la cabeza y jalando sus cabellos—. Yo la traté muy mal. Y ella, a cambio, me pidió perdón.
Guardó silencio, parecía un idiota por verse afectado por algo tan insignificante, pero lo estaba y la estaba pasando muy mal.
En cambio, la Dra. se estaba divirtiendo con el relato y estaba frunciendo los labios para no reírse. Se lo veía tan vulnerable.
Ella se sentó a su lado y corrió con delicadeza un mechón de pelo que caía sobre su frente.
—¿Por qué lo hiciste entonces? —preguntó—. Si ella no se te acercó, no veo una razón justa por la que lo hayas hecho.
Tyler era apuesto, alto y lucía una esbelta sonrisa. Se notaba de lejos que se entrenaba en algún gimnasio. Parecía un príncipe cuando se vestía elegante, con camisa y zapatos, o unos de esos chicos malos que solo aparecen en las películas cuando lucía informal, con musculosas ajustadas al cuerpo. No importaba qué se pusiera, todo le hacía juego con sus ojos verdes de mirada penetrante y sus cabellos que caían en una cascada de mechones castaños sobres sus hombros. Era el típico chico que volvía locas a las chicas de cualquier ámbito. Pero él tenía dos personalidades. Una que mostraba a la sociedad y la otra que ella sabía que escondía detrás de la primera. Y estaba dispuesta a sacarla a la luz. Era su trabajo.
—Es lo que siempre hago con las chicas —soltó Tyler poniéndose a la defensiva.
—Pero los dos sabemos que no es algo que hagas porque realmente quieras hacerlo.
—Sí, no quiero, pero es algo que tengo que hacer, me guste o no.
—Ty, es algo que tú solito decidiste. No es justo que te castigues así —la voz de la Dra. era suave, buscando tranquilizarlo.
Tyler parecía que se quedaba sin aire, su mandíbula se tensaba al apretar sus dientes para no gritar de la furia. Sentía el deseo de romper todo, por lo que apretó los puños al lado de su cuerpo. Le dolía mucho, esa era la razón. Ya no podía con todo eso.
—No es justo lo que yo hice —espetó, mientras por sus mejillas rodaban lágrimas de impotencia—. Esto que yo hoy hago debería haberlo hecho antes. Estas decisiones las debería haber tomado antes. Es tarde, pero tengo que hacerlo porque es lo que merezco.
—Ser quien no eres, no es algo que merezcas —intentó calmarlo, pero fue en vano. Tyler se había derrumbado moralmente de nuevo—. Tranquilo, sé que con el tiempo encontrarás la manera de aliviar lo que sientes sin tener que reprimirte de esa manera, que lo único que hace es causarte más dolor.
Tyler se levantó y empezó a caminar por la sala. Estaba aturdido.
—Lo sé, pero no puedo —dijo con su voz ahogada, mientras contemplaba la calle desde la ventana.
—Tyler, debes buscar tu eje, volver a empezar de cero, encontrar alternativas en esta realidad en la que te encuentras. Hoy he dejado que hables cuando bien me di cuenta de que no querías decir ni una sola palabra…
Él buscó su mirada desde donde estaba parado para prestar atención a sus palabras. Al final de cada hora que pasaba con ella le daba una valoración de lo que había visto y le daba ítems que podían ayudarlo. Aunque a veces la pasaba mal, sabía que encontraría una respuesta antes de salir de ese edificio. La Dra. continuó su veredicto…
—Nunca más te calles. Por más tonto que sea no lo dejes crecer dentro tuyo porque luego será difícil para ti hablarlo, incluso entenderlo —se acercó a él y rozo su mano sobre su mejilla con mucha ternura—. El chico que quieres esconder es el que vale la pena. Estoy segura de que él quisiera que sigas siendo el mismo.
Apenas pudo contener el aliento. Se sentía un imbécil tomando decisiones que dañaban a los demás para dañarse a sí mismo. No sabía cómo cambiar, y cuando lo intentaba siempre lo arruinaba con las estúpidas reglas que se había puesto entre ceja y ceja hace ya un año. Aun así, no podía sentir la paz que ese día le fue quitada.
Tyler tomó su mochila y antes de salir saludó a la Dra. Lewish.
—Hasta el próximo viernes.
—Espera, Ty —se apresuró a decir ella—. Me olvidé de decirte que a partir del lunes voy a entrar en licencia.
La psicóloga estaba cursando el sexto mes de embarazo y debía tomarse una licencia para descansar lo suficiente y disfrutar de los últimos y más importantes meses de embarazo y compartir los primeros con su bebe, antes de volver a sus actividades.
Tyler la miraba incrédulo. No estaba entendiendo nada.
—¿Voy a estar seis meses sin venir? —preguntó con pesar—. No me parece buena idea. No sé cómo voy a hacer todo este tiempo guardando todo lo que siento.
—A mí menos me parece buena idea —exclamó—.Tú no vas a quedarte sin terapia. Al contrario, una colega tomará mi lugar todo ese tiempo. Por lo cual el próximo viernes deberás venir como lo has hecho hoy.
—No confío en nadie más que en usted. No voy a contarle mi vida a otra persona que no conozco.
—Tranquilo —dijo casi susurrando—, mi colega va a tener la información justa y exacta para poder ayudarte desde el punto que hemos dejado hoy. Será lo mismo, solo que otra persona ocupará mi sillón.
Fue tal el tono burlón que usó para decirlo que Tyler siguió su juego haciendo pucheros.
—No va a ser lo mismo sin ti.
—Vas a estar bien. Te lo prometo.
Al salir del edificio caminó por las calles de Nueva Córdoba. El barrio estaba lleno de edificios altos y calles que suben y bajan. Es uno de los barrios más caros, pero es hermoso.
Ya estaba atardeciendo, y era difícil ver una puesta de sol rodeado de gigantes estructuras que parecían acorralarte sin darte salida.
Así se sentía él, encerrado entre el dolor del pasado y sus propios prejuicios y no sabía cómo salir. No importaba cuántos psicólogos viera y todos les dijeran que estaba mal lo que él hacía, que era injusto.
Sus padres siempre lo criaron con valores. Ser una persona digna y vivir en integridad era algo que ellos le recalcaron toda su vida. Pero él había roto esa regla.
¿Cómo iba a hacer ahora? Le costó tanto contarle su secreto a la Dra. Lewish que creyó que iba a ser la única en el mundo en saberlo. Ahora, otra persona lo iba a saber y no por él, sino por ella, sin tener la posibilidad de conocerla antes. Una extraña iba a saber su secreto y eso no le agradaba. Caminaba cabeza gacha contemplando las baldosas inmerso en sus pensamientos, hasta que llegó a la esquina y levantó su mirada a la calle.Sus ojos se abrieron como platos. Al otro lado, estaba por cruzar Andrexa.
Era la primera vez que la veía sin el uniforme. Vestía un short con una musculosa y sus cabellos caían con ondas hasta su cintura.
Cruzaron la calle ambos al mismo tiempo. Ella lo reconoció y él se perdió en sus ojos color avellanas.
—Hola —dijo Andrexa en el momento que se rozaron.
Él agachó la cabeza, siguió caminando negándole el saludo. Reglas.
· 4 ·
«Genial», pensó Andrexa mientras corroboraba que estaba siguiendo fielmente el mapa trazado por su GPS. Aún no podía ubicarse, ni manejarse sola por las calles de la ciudad.
El centro rebozaba de gente caminando por la peatonal. Si bien estaba acostumbrada al flujo de gente en Buenos Aires, era todo un espectáculo contemplar cómo se iban abriendo paso entre ellos. Algunos estaban apurados, otros miraban vidrieras.
Todo estaba iluminado, no parecía que el sol se estuviera poniendo tras ellos. Ella solo caminó encantada de su paseo sin perder de vista las calles marcadas en las señales y su mapa para encontrar el cine donde su nuevo amigo la estaba esperando.
—Dos boletos, por favor —pidió Tomás a la mujer de la boletería y se sentó a esperar a su amiga.
Hace muy poco que se conocían, pero surgió una amistad sincera entre ellos desde el primer día.
«Espero que le gusten los Superhéroes» pensó mientras sus labios dibujaban una pequeña sonrisa al ver que Andrexa entraba al lugar.
—¿Llego tarde? —preguntó ella mientras subían las escaleras que llevaban a las salas donde se proyectaban las películas.
—No, faltan diez minutos y ya tengo las entradas en mano.
—Bueno tenemos tiempo para comprar algo para comer. Y yo pago —se apresuró a decir Andrexa.
Ambos se acercaron al sector donde un hombre canoso con lentes de mirada risueña acomodaba golosinas en un mostrador.
La joven pidió un balde de pochoclos y dos gaseosas. No sabía cuánto duraba la película, pero tenía hambre y era lo más apropiado para compartir con Tomás.
—¿Qué película van a ver? —interrogó el hombre.
—Realmente no lo sé. Él la eligió —dijo ella con un tono burlón.
Tomás la invito al cine, pero nunca le dijo qué película verían y al llegar ya tenía las entradas compradas, pero igual confiaba en que se iban a divertir mucho.
—Te dije que era una sorpresa —puso los ojos en blanco mientras tomaba el balde de pochoclos del mostrador.
—Estoy seguro de que eligió una romántica por vos —intervino el señor guiñándole un ojo con picardía a Tomás —. Porque te quiere.
Andrexa reprimió una carcajada cuando vio que el chico se ponía rojo como un tomate y lo tomó de la mano, saludaron al señor y se dirigieron a la sala 2.
—Vamos a ver cuánto me quieres y cuán romántica es la película que elegiste amor mío —no pudo evitar usar el sarcasmo, obviamente en broma.
—Es una película de amor con capa —dijo con elegancia mientras pasaban por las barreras de acceso.
—Me lo imaginé. «Venom».
—¿Cómo lo sabes? Seguro viste los boletos cuando los entregué —se defendió Tomás.
—No, solo leí las carteleras —dijo entre risas la joven.
—Mmm… Interesante —se masajeó la barbilla con cara pensativa.
No hacía una semana que compartían cosas juntos, pero Andrexa podía notar que en muchas oportunidades su amigo sobreactuaba lo que hacía solo por gracia. Y lo conseguía. Los dos se echaron a reír, pero luego tuvieron que contenerse mientras cruzaban por el pasillo sin luz, buscando un asiento para ver la película. Había muchos lugares para elegir. Ya no era un estreno.
2 horas más tarde…
Aplausos daban fin a la película. Estuvo muy buena, emocionante en partes.
Cuando Andrexa iba al cine de niña y pasaba eso, siempre esperaba que de la pantalla salieran los personajes y tomaran sus manos haciendo una reverencia y se bajara un telón con una ovación de aplausos y gritos eufóricos de fondo. Nunca pasó, ni antes ni ahora.
Es muy tedioso buscar en cada cosa una razón, pero para ella en todo la había. No se puede pensar en nada o hacer nada porque mires por donde mires siempre piensas o haces algo. Mirar esa película que fue una bomba hizo que recordara nuevamente lo que pasó en el colegio el lunes y hace unas horas en la calle con ese chico.
Él era como ese extraterrestre que se quiere comer el mundo y se mete en la vida de las personas queriendo controlarlas con su fuerza y el miedo que genera, pero al fin y al cabo tiene sentimientos.
La curiosidad la carcomía por dentro. Es su compañero y ni siquiera sabe su nombre. En una semana de clases solo se acuerda el de algunos profesores y el de Tomás, que estaba a su lado jugando con el balde vacío haciéndolo girar como un ula ula en su mano. Pero, ¿quién era él y porque le negó el saludo? No le hizo nada malo para que actuara así. Fue una semana dura pero ahí estaba saliendo del cine con el que llegaría a ser su mejor amigo.
—Son las diez de la noche, ¿te llevo a tu casa ahora o antes comemos algo? —preguntó Tomás—. Yo tengo hambre.
—Tengo un hambre voraz —dice ella con voz de monstruo, pero al ver cómo la miró su amigo, tomó una actitud más seria. —Si me invitas, podemos comer unas hamburguesas.
Tomás la miró y agachó la cabeza reprimiendo una carcajada. Esa chica era terrible y le gustaba pasar ese tiempo con ella. Nunca tuvo una amiga tan cercana y creo que para ser la primera había elegido muy bien.
—Por suerte tienes un hambre y no dos o tres, porque de ser así lamentaría decirte que vas a tener que cenar dos veces, porque no me daría el presupuesto —se burló y la empujó con el hombro mientras se abrían paso nuevamente por la calle.
· 5 ·
Edificio “Las Moras”, piso 7, departamento “D”. Tyler toca el timbre del departamento y Juan baja a abrirle.
Juan era su mejor amigo. Se conocían desde que iban a la primaria. Ahora eran compañeros de aula en el secundario y tenían pensado hacer la misma carrera, periodismo.
—Hola brother, estaba por llamarte. ¿Dónde te habías metido?
—Vine caminando. Estaba en el centro —dijo el joven.
—Ok. Vamos subiendo así me ayudas a acomodar todo. Ya casi es la hora. —suspiró mirando el celular.
Mientras estaban en el ascensor, Juan le contaba a Tyler lo emocionado que estaba con la idea. Él siempre fue un gran compañero. Le gustaba la unidad.
Ese iba a ser el último año en la escuela y después cada uno se dividiría en busca de sus sueños y no bastaba con recordar la graduación. Quería que todos fueran un grupo más unido y la manera más conveniente era hacer de ellos no solo “los compas del cole”, sino que fueran un grupo de amigos reales, un club que tuviera un nombre que el día de mañana lo pudieran recordar.
Juan había hablado con todo el curso tres días atrás sobre esto y todos estuvieron de acuerdo, y ahí estaban por tener su primer viernes de “promo” en su departamento.
Este era amplio y luminoso. Sus paredes eran de color verde manzana que hacía juego con los muebles negros. Para vivir solo era un poco grande, aunque solo contaba con una habitación.
Tyler empezó a poner los sándwiches y las picadas sobre la mesa de comedor para que todos pudiesen servirse. Eligieron comer algo simple ya que iban a ser más que seis para sentarse a la mesa. Entonces, así cada uno comería donde estuviera cómodo. Mientras tanto, Juanjo ponía música con videos que se proyectaban desde su Smart.
—Cuando estemos todos, pido las pizzas —comentó Juan mientras se dirigía al baño.
Tyler se quedó en el balcón contemplando los edificios a su alrededor y sus pensamientos vagaron hasta posarse en lo que estaba a punto de ocurrir. Todo el curso iba a estar ahí. ¿La chica nueva estaría también? La cruzó hace un rato y no fue capaz de devolverle el saludo, aunque por dentro quería hasta pedirle disculpas por lo que había pasado el lunes, pero no podía, eso iba en contra de sus reglas. No podía retractarse de nada, porque eso solo lo volvería más débil.
El timbre sonó volviéndolo en sí y no se había dado cuenta de que el cigarrillo que tenía prendido se le había consumido por completo sin darle una calada.
Juanjo bajó a abrir y luego entraron con él: Laura, Anahí, Julián, Lautaro y Sofía.
Estos saludaron a Ty y se pusieron a charlar sobre lo que habían hecho estos días y lo bien que se sentía estar todos juntos fuera de la escuela.
A los veinte minutos, vuelven a tocar el timbre. Esta vez eran Mateo, Virginia, Raúl, Sabrina y Lorena.
Los chicos siguieron conversando mientras Juanjo sacaba unas cervezas frías de la heladera.
Tyler, por su parte, puso música y se fue al balcón con Julián, su otro mejor amigo, a fumar.
—¿Cómo va todo? —preguntó Julián.
—De diez, hombre. —respondió mirando a la calle. La noche estaba hermosa—. ¿Por dónde anduviste hoy?
—Descansé un poco después de la escuela. Me quedé en casa y después fui al gym. Creí que te vería allá como cada día. No sueles faltar. ¿Y tú?
—Yo también descansé, pero a la tarde mi mamá me pidió que pagara unas cuentas, así que vine al centro y me demoré —mintió él.
Julián es su amigo, pero no quería contarle a él ni a Juan que los viernes veía a una psicóloga, porque aún no puede superar el trauma que le quedó desde el día de la tragedia que cambió su vida para siempre, porque se preocuparían. Tyler podía ser el chico que se lleva el mundo por delante, testarudo y terco, pero es el tipo más querido por sus amigos.
Entraron al departamento y se unieron a los demás que ya estaban debatiendo el tipo de pizza que iban a pedir.
Mateo les dio una lata de cerveza a Julián y Tyler y se pusieron a charlar sin perder de vista el debate.
—A mí me da igual —dice Mateo encogiéndose de hombros.
—Todas son ricas —se saboreó Julián.
—Y tú pareces un cerdo —Tyler se le tiró encima dándole un coscorrón.
Los tres se desplomaron en el sillón. No podían ser parte de una conversación en la que solo iban a escuchar.
—Falta Tomás y la chica nueva. ¿Van a venir? —dijo Lorena, advirtiendo que no estaban todos.
—Espero que no —le murmuró Laura a Anahí cruzando los brazos.
Juanjo que tenía el número de Tomás se alejó y lo llamó. A los minutos salió de la habitación.
—Acabo de llamar a Tomás y me dijo que no van a venir porque tenían otros planes.
—¿Otros planes? ¿Tenían? —preguntó curiosa una de las chicas.
El chico entrecerró los ojos y se masajeó la barbilla generando la intriga de todos. A él también le surgieron esas dudas cuando estaba hablando, pero como es cara dura le preguntó. Así que tenía la respuesta para su amiga.
—Sí, tenían. Tomás pasó la tarde con Andrexa y aún están juntos —puso su mejor cara de asombro y se llevó la mano a la boca—. ¡Recórcholis! Esos dos tienen algo.
Todos se empezaron a reír por el sarcasmo de Juan. Como estaban todos, pidieron las pizzas.
Tyler estaba tomando un sorbo de su cerveza y casi se ahogó al escuchar la aclaración de su amigo. Se levantó y se fue al balcón nuevamente a fumar. Por un instante temió que todos se dieran cuenta de que esa reacción fue por lo que dijeron sobre Tomás y la chica nueva.
«Andrexa, es tu nombre» pensó mientras le daba una calada a su cigarrillo. ¿Por qué se sentía así? No la conocía, no eran amigos y no entendía por qué se molestó. Pero era inevitable. No conocía esas actitudes en él. Hasta ahora.
Intentó cambiar de pensamiento, pero se le venía su nombre una y otra vez a la cabeza. Como un acto reflejo sacó su celular del bolsillo y abrió Instagram. Sintió la terrible necesidad de conocer más de ella. Contempló el buscador en su teléfono unos segundos, pero se reprendió a sí mismo.
—«Basta, Tyler. Tú no eres así. Ni tampoco puedes» Sonó muy absurdo, pero fue lo que llevó a guardar su teléfono de nuevo. En fin, qué tanta importancia tenía que darle. Ella no significa nada, solo era una compañera de colegio y seguro estaba saliendo con Tomás.
Le dio la última calada a su cigarrillo y lo tiró, pero antes que pudiera entrar alguien tapó sus ojos con las manos y se tambaleó por un momento. Cuando recobró el equilibrio no pudo evitar sonreír. Gran susto que se pegó.
—Adivina, ¿quién soy?
La sonrisa que dibujaban sus labios se borró. Conocía esa voz perfectamente.
—Laura.
—¡Sí! Soy yo. Qué inteligente eres, bello —dijo ella destapándole los ojos y volteándolo para que su mirada se encuentre con la de ella.
Tyler puso los ojos en blanco. La conocía lo suficiente como para saber que lo iba a retener un buen rato con un único objetivo, que a él ya no le apetecía más.
—Estaba por entrar.
—¿Tan rápido? —hizo pucheros y se cruzó de brazos como una nena caprichosa. —No se vale.
—¿Son las reglas de un juego? —arqueó una ceja y la miró divertido—.No estaba enterado de que era un participante.
Laura era una joven hermosa, pero caprichosamente hermosa. Desde que se conocieron se deseaban locamente, aunque nunca entraron en ningún compromiso. Quizás a ella le hubiese encantado tenerlo de novio. ¿A quién no le gustaría tener una relación con él? Tyler era el sueño de toda chica.
—En este juego solo hay dos participantes. Tú y yo —le susurró la joven acercándose tanto que él podía sentir su respiración como suya. —Podemos empezar ahora.
La chica se abalanzó sobre él y buscó su boca con la suya, pero Tyler corrió la cara y el beso impactó en la comisura de sus labios.
Laura lo miró incrédula. Siempre se deseaban y se correspondían el uno al otro.
—Discúlpame, pero no da —dice Tyler al ver que Laura lo miraba como en shock.
—Dame una razón para entender por qué “no da” —dijo haciendo comillas con los dedos—. No es la primera vez que lo haces. Siempre pones una excusa. ¿Cuál es la de ahora?
El joven mirando al piso, se sentó en una silla de plástico que había en el balcón y entrelazó sus dedos sobres las rodillas pensando qué decir. La verdad era evidente que no la iba a decir. Laura tenía razón, eran excusas. No es que no quisiera, es hombre y tiene deseos, pero simplemente son sus reglas. Aunque esta vez era algo más lo que hizo que rechazara de esa manera a Laura, pero no era ese el momento adecuado para pensar en sus razones.
La chica estaba impaciente golpeando el suelo repetidamente con la punta de sus zapatos mirándolo fijamente, esperando una respuesta.
—¿Estás con otra?
—No —se exaltó ante la pregunta, pero no podía negar que estuvo increíble que lo hiciera. Porque a partir de la respuesta podía hilvanar una razón creíble—. Laura, no estoy con nadie, ni quiero estarlo por el momento. Quiero ser amigo tuyo como de todo el curso. No quiero rollos con nadie. Al menos por ahora.
—Si lo dices por algo serio, tú sabes que yo tampoco lo quiero—esta vez ella estaba seria, pero aun así se acercó e intentó acariciarle la cara.
Tyler se puso tenso, pero antes de que los dedos de ella lo tocaran disimuladamente se dio vuelta mirando a la calle.
—Lo sé. Pero prefiero que seamos amigos normales. Que disfrutemos de este año a lo grande, sin nada extra.
—¿Ya no me quieres?
—Sí, te quiero como quiero a todos. Somos amigos y eso no cambia.
Tyler contó hasta cien buscando la calma que había perdido en esos minutos. No quería tratarla mal como siempre reaccionaba ante tal tensión. Se contuvo y la escuchó por unos minutos más.
Ella le explicaba que lo que pasaba entre ellos eran juegos de amigos, solo que íntimos, que no había sentimientos y que de eso no había necesidad de cambiarlo. No quería.
Si no buscaba una manera de ser firme y salir de ahí sin pelear ni hacer un escándalo frente a todo el curso iba a pasar justo lo que no quería que pasara.
—Laura, basta. No estoy para estos juegos. Sos una chica hermosa, te quiero y no quiero que cambie la forma en que nos llevamos. Simplemente no quiero que sigamos viéndonos a solas—soltó todo el aire que estuvo conteniendo en un gran suspiro y la taladró con la mirada más firme que pudo expresar—. ¿Puedes entenderlo?
La chica asintió con la mirada y no se esforzó por decir nada, mientras él entraba riéndose con todos como si nada hubiese pasado.
Era mejor callar por el momento. Al menos sabía que no estaba con otra chica, lo cual la afectaría. Tampoco podía recriminarle nada, solo eran amigos con algunos arranques que terminaban en sexo. Si se volvía un fastidio con ese tema, podría terminar perdiéndolo. Pero, ¿terminar qué? ¿Quién puede terminar algo que nunca empezó?
Vuelve a sonar el timbre. Y todos festejaron como si hubiese llegado una celebridad. Eran las pizzas que esperaban con ansias y mucha hambre.
Comieron, bebieron, rieron y hablaron de todo un poco. Cualquier complejo que pudiesen tener se evaporó en ese momento, porque todos estaban juntos.
Los chicos se amontonaron todos en el sillón, prendieron la PlayStation y jugaron al FIFA. Las chicas, por otro lado, ocuparon la mesa del comedor y mientras tomaban unas cervezas, jugaban a las cartas y se ponían de acuerdo en los colores del vestido para la fiesta de graduación. No querían llegar a la fiesta y estar vestidas parecidas.
· 6 ·
El living estaba a oscuras cuando Andrexa llegó a casa. Entró sin hacer ruido, creyendo que sus tíos estaban durmiendo, pero escuchó voces que venían del comedor. Ellos estaban orando como cada noche. Sin molestarlos subió las escaleras y se metió en su cuarto. Se sentó en la punta de la cama y se sacó las zapatillas. Le dolían los pies por la larga caminata.
Tomás la llevó caminando unas treinta cuadras recorriendo hermosos lugares. Solo descansaron diez minutos para disfrutar la vista que daba “El paseo del Buen Pastor”. Fuentes largaban sus chorros de agua, danzando al compás de la música, decoradas por muchas luces led de colores. Luego, siguieron camino hasta un Burger King donde pidieron dos hamburguesas con papas y dos vasos de gaseosa. Pasaron una hora riendo y conociéndose un poco más. Andrexa sintió que aún no era el momento de comentarle del grupo que querían armar en su casa para hablar de Jesús, así que se limitó a disfrutar de la noche.
Ella, desde que pisó las calles de Córdoba, creyó que todo iba a ser difícil. Ser social no era su fuerte, siempre fue muy tímida, pero gracias a Dios allí estaba Tomy, que desde el primer momento le volvió todo más fácil.
Su nueva habitación le encantaba. No se podía comparar con la que tenía en Buenos Aires. No era grande, pero sí lo suficiente para que entrara su cama, su armario y un escritorio enorme, porque lo envolvía una biblioteca llena de sus libros favoritos. Pero si había algo que le fascinaba más, era que no tenía que esperar por el baño, porque su habitación tenía uno propio.
Sacó su pijama de uno de los cajones del guardarropa y se metió al baño.
El agua golpeaba su cuerpo en una llovizna placentera. Andrexa se quedó un rato bajo el agua que relajaba cada uno de sus músculos.
Antes de salir de la ducha se envolvió en una toalla y se recogió el pelo en un rodete. Luego se puso el pijama y se sentó en la silla del escritorio pensando qué hacer.
Aún no tenía sueño y al otro día no tenía clases así que tomó un libro de la biblioteca y se tiró sobre la cama dispuesta a leer. Ella leía desde niña. Hasta le parecía mejor leer que mirar una película. Siempre les decía a sus amigas que no es lo mismo ver algo que otra persona imaginó a imaginarlo uno mismo. Pero hoy no era como esos días donde ella se perdía entre las hojas y recorría lugares y sentía cosas que en la realidad no estaban. Hoy no se podía concentrar. Su cabeza daba vueltas en su compañero de clases que, sin motivo, unas horas atrás había pasado por su lado, había clavado su mirada en ella y de un momento a otro hizo de cuenta que no la conocía cuando le dijo «hola».
¿Por qué lo hacía? ¿Acaso había dado una mala impresión? Por más preguntas que se hiciera, a todas se les dificultaba dar una respuesta. Ni siquiera se tomó el trabajo de conocerla y ya le cayó mal. No es lindo saber que le caes mal a una persona que incluso la vas a ver cinco horas de lunes a viernes, compartiendo momentos dentro de cuatro paredes.
Cerró el libro, de todas maneras, ya se le habían esfumado las ganas de leer y se sentó frente a la computadora. Al abrir Instagram, se encontró con una notificación: «Tomy González te ha etiquetado en una publicación». Presionó la notificación y se abrió una foto donde están los dos frente a las aguas danzantes.
Algo le llamó la atención y fue el comentario que estaba con la foto. Tenía la cita de una canción de Kike Pavón “Me gusta”:
«He visto que has querido ser mi amiga y yo lo estaba deseando…»
¿Tomás también era cristiano o solo le gustaba esa canción? Pronto lo sabría. Antes de salir de la publicación respondió su comentario.
«Por más momentos así. Gracias»
Y lo llenó de emoticones de hamburguesas, papas y caritas riendo.
Tomás era un chico muy divertido. No le importaba hacer el ridículo si su objetivo era robarte una sonrisa. No tenía ni una pizca de agrandado ni engreído. Andrexa miró muchas fotos en su cuenta. En algunas, estando en grupo, era el que se encargaba de ponerle el picante a la toma, haciendo caras que le hacían soltar carcajadas, que enseguida reprimía porque hacía un instante había sentido el golpe de la puerta contigua al cerrarse.
Siguió pasando fotos hasta que se topó con una que la dejó paralizada. Eran los chicos de su curso a fin del año anterior y todos estaban etiquetados. En ese momento, un escalofrío corrió por su cuerpo haciendo que su mano se aferrara más al mouse. No sabía qué hacer: si cambiar de foto o confiarse en su ansiedad de buscar entre los etiquetados al chico que tan intrigada la tenía por su actitud.
No soportó y entró una por una a las cuentas de los varones etiquetados. Por más que leía los nombres de algunos, no se acordaba, y él no era una excepción. Esto de ser pésima recordando los nombres no le simpatizaba para nada. Muchas veces le había traído problemas a la hora de hacer algún trámite o comunicarse con alguien.
«Tyler Sánchez».
Lo encontró. Pero su cuenta era privada. No podía ver nada más que una pequeña foto de perfil. En la imagen se podía ver a un chico con el torso desnudo, con sus abdominales bien marcados y sus brazos hinchados con las venas sobresalientes y una expresión dura en su rostrolevantando una mancuerna en cada mano.
Andrexa saltó como un resorte de la silla cuando su teléfono recibió un mensaje. Se había quedado mirando la foto como una boba. No podía negar que Tyler era atractivo, pero nunca creyó que tanto. Se frotó la sien con los dedos. ¿Qué clase de pensamientos eran esos?
Ella se rehusaba a mirar a alguien de esa manera y menos si esa persona la hacía sentir inferior como lo hizo él toda la semana.
Tomó el teléfono de la mesita de luz y leyó el mensaje que recibió. Era su amiga Amber de Buenos aires.
Amber:¿Qué tal terminaste la semana? Desde que te fuiste que no me has contado nada.
Andrexa:¡Amiga! ¿Cómo estás? La verdad que aún me estoy adaptando. Te extraño.
¿Y la escuela? ¿Hiciste amigos?
Recién estoy conociendo al grupo, pero hice un amigo. Se llama Tomás. Es un chico encantador.
Me alegro muchísimo. Yo también te extraño amiga. Tranquila, para ser la primera semana en un lugar distinto ha sido todo para bien.
Sí, así es. Te dejo amiga. Estoy cansada. Dios te bendiga.
Dios te bendiga igual. Te quiero.
Andrexa cerró la ventana. El aire estaba fresco. Desde ahí se podía ver el cielo lleno de estrellas. Posó su mirada en el cielo un instante, en la paz que la noche le regalaba.
—«Señor, tú lo entiendes y con eso basta» —pensó y se dirigió a la cama.
· 7 ·
Los primeros rayos de sol que penetraron la ventana hicieron que Andrexa se despertara antes de que sonara la alarma. Comenzaba la semana y con ella la rutina.
Se sentó sacándose el edredón de encima y se refregó los ojos con las manos. Luego se puso de pie y se estiró hasta que sintió que cada musculo se tensaba por completo.
Sacó el uniforme del armario y entró en el baño. En 15 minutos ya estaba lista y bajaba las escaleras para ir a la cocina.
Al parecer sus tíos habían salido a desayunar fuera porque la casa estaba totalmente vacía. Se preparó un café y untó unas tostadas con mermelada y mientras desayunaba se puso a leer la Biblia como le gustaba hacer cada mañana.
Un rato más tarde, miró la hora en la pantalla de su celular y se atragantó con el ultimo sorbo de café. Ya habían pasado quince minutos de las ocho y la entrada era a las ocho en punto. Se había perdido en la lectura y olvidó por completo que tenía que ir a la escuela. Tomó su mochila y sin limpiar lo que había estado utilizando salió disparada como un rayo de la casa. Caminando rápido en pasos largos llegó 15 minutos después. Ya eran las ocho y media cuando Andrexa entró al colegio y se dirigió hacia su salón.
Antes de entrar, soltó varios suspiros preparándose para ser el espectáculo de todos sus compañeros. En ese instante se arrepintió de haber elegido el banco que estaba al otro extremo de la puerta.
—Llegas media hora tarde —dice la profesora apenas ve que la joven entra.
—Disculpe. Se me hizo tarde —se pasó un mechón de pelo tras las orejas y levantó la mirada—. No volverá a pasar.
—Sí, sé que lo tendrás en cuenta, pero ahora debes esperar afuera hasta que sea la próxima hora. No te puedes quedar —tomó su libro y se volvió al pizarrón donde siguió copiando las actividades.
Ella se moría de vergüenza y visualizó a Tomás que negaba con la cabeza la actitud de la profe, seguido de una mueca que le decía que no era de gran importancia. Sí que lo era. Nunca le había pasado tal cosa. Que la echen de clase fue un suceso espantoso.
Otro lunes, otra humillación. Creo que los lunes estaban destinados a eso.
Andrexa, sin muchas opciones, se dirigió a la biblioteca. Traía con ella una novela, así que le pareció un buen plan leer para pasar la hora.
La biblioteca estaba en otro edificio que quedaba atrás de las instalaciones del colegio, cruzando la cafetería y el patio que se lucía lleno de árboles a los costados del camino que te dirigían allí.
No se apresuró a llegar. Era hermoso el paisaje que se presentaba delante de ella. Había árboles enormes y canteros con flores por doquier. También había mesas de cemento y bancos. Parecía un parque más que un patio de escuela. Su mirada se detenía en cada detalle. Hacía calor, pero la brisa que corría era agradable. Inhaló el aroma de ese pequeño parque, pero se percató de uno que no era para nada averde. Era olor a tabaco. Alguien estaba fumando cerca. Empezó a buscar con la mirada hasta que, al costado de la biblioteca, se podía ver a un chico apoyado contra la pared. Casi sin darse cuenta, ella se dirigió sigilosamente hacia allí producto de la curiosidad. Un poco más cerca se frenó de golpe como si hubiese visto a un fantasma.
El que estaba fumando escondido era Tyler.
Andrexa se quedó dura como piedra. No sabía si correr hasta la biblioteca o volverse, pero si no decidía rápido él podía darse cuenta de que lo estaba espiando.
Se dio vuelta dispuesta a marcharse, pero al segundo paso que dio escuchó que él le estaba chistando. Fingiendo que había salido de la biblioteca buscó ese sonido hasta que lo visualizó. No lo podía creer, hace unos días parecía que su presencia le afectaba y ahora la estaba llamando.
—¡Eh! —dice ella levantando una mano con intención de seguir caminando
—¿No deberías estar en clase, señorita? —le preguntó arqueando una ceja divertido.
—¿Tú no deberías estarlo también? —le devolvió la pregunta con las manos en la cintura.
Era extraño estar hablando de forma divertida con el chico que parecía querer fulminarla el primer día, aunque no le desagradaba.
Puso los ojos en blanco y le dio otra calada a su cigarrillo y con un movimiento de cabeza le pidió que se acercara. Ella lo dudo un instante, pero caminó hacia él.
—Llegué quince minutos tarde y no entré —contestó la pregunta de ella apenas se paró a su lado.
—Yo llegué media hora tarde, pero pasé por el dramatismo de ser echada de la clase —dijo algo avergonzada.
— ¡Qué bajón, chica! —no pudo evitar reírse, pero enseguida se puso serio cuando ella lo fulminó con la mirada—. No eres la única. Todos pasamos por eso una vez. Ahora ya sabes que tienes que hacer si llegas tarde.
Se sentaron contra la pared, aún faltaban treinta minutos y ninguno de los dos querían entrar. La brisa era suave y el ambiente cálido. Era un hermoso lugar. Los dos estaban mirando unos pajaritos que revoloteaban en uno de los árboles.
—¿Te gusta la ciudad?
La pregunta tomó de sorpresa a la chica que estaba concentrada mirando el cielo.
—Sí, me gusta. No conozco tanto todavía, pero lo que he visto me encanta —le respondió ella.
Córdoba resultó ser encantadora. Las calles llenas de gente, mucho tráfico, los edificios, los lugares históricos. Todo en general era especial y si bien hacía poco que ella vivía allí, ya lo sentía su hogar.
Por unos segundos los dos se quedaron en silencio, pero era un silencio cómodo. Como hablar sin palabras.
—¿Puedo preguntarte algo?
Él asintió con la mirada.
—¿Por qué me trataste mal el primer día? ¿Y por qué no me saludaste el viernes cuando pasé por tu lado?
Tyler se sobresaltó por las preguntas. Sacó de su bolsillo otro cigarrillo y lo prendió. Por dentro intentaba buscar las palabras más convincentes para no herirla ni romper sus normas. No las halló.
—¿Qué dices?
—Lo que escuchaste Tyler. Necesito saber si te he hecho algo para que me hayas tratado así esa vez —suspiró confundida—. Porque me parece raro estar hablando contigo, ahora, como si nada hubiese pasado.
Sus labios dibujaban una línea recta y sentía cómo le hervía la sangre. No era con ella, era con él mismo. Se paró, tiró el cigarrillo y salió caminando directo a la escuela dejándola ahí, sin respuestas. Ella hizo lo mismo y salió tras él. Por impulso, lo tomó del brazo y lo giró hacia ella.
—¿Por qué te vas?
—Porque quiero irme.
—Pero, ¡te hice una pregunta! —le dijo ella taladrándolo con la mirada.
—Mira Andrexa, no tengo por qué darte explicaciones de cosas que pasaron días atrás. Hoy te vi, te llamé porque estaba aburrido y creí que vos también podrías estarlo. Pero no tengo ninguna obligación de hablar contigo ni de ser tu amigo.
Le dolió cada palabra que salió de su boca, pero tenía que salir de allí. Cuando se sentía cómodo con alguien era peligroso. Y con ella aún más, porque no había podido sacarse su mirada de la cabeza en todo el fin de semana y se remordía por no haberla saludado. Pero él no podía dar explicaciones. No podía pedir perdón, porque lo veía como debilidad y no quería estar en esa situación.
Pero ella enfureció con lo que escuchó, y como nunca antes fue hiriente con otra persona.
—¿Crees que yo quiero ser tu amiga? —espetó, poniéndole un dedo en el pecho con mucha confianza—. Somos compañeros y, como dijiste, el que me llamó fuiste tú, no yo. Yo aproveché el momento y te pregunté, porque realmente no soy una chica que le gusta ir haciendo sentir mal a la gente como lo haces tú. Si hice algo, quería saberlo para poder disculparme.
Luego de decirle eso, pasó por su lado intentando no rozarlo con el hombro y se metió en la escuela sin esperarlo.
Tyler pensó en las palabras que le dijo ella. En todas tenía razón. Y volvió a sentirse mal. ¿Por qué tenía que arruinar todo siempre? Fueron gratos los minutos que pasaron sentados, aunque permanecieron la mayor parte callados. Hasta sintió como si volviera a ser el mismo de antes. Se sentía en paz, pero como pasaba siempre, le tocaba volver a la realidad en donde esa paz no la merecía y tenía que hacerla a un lado. La culpa que él sentía no lo dejaba ser él mismo.
Entró a la escuela y se dirigió al salón. Apenas vio a Andrexa que lo miraba enojada agachó la cabeza y se fue a su lugar en el fondo. Desde allí solo pudo murmurar entre dientes lo que no se animaba a decirle en la cara
«Perdón»
—¿Por dónde anduvo la expulsada? —se burló Tomás, sentándose a su lado.
—Jaja. ¡Qué gracioso eres! —murmuró Andrexa—. No me causa gracia. Me estaban mirando todos.
—Todos lo pasamos una o dos veces. No te avergüences —le dio un suave empujón para sacarle una sonrisa.
El timbre indicó el inicio de una nueva clase y comenzaron a entrar los chicos que faltaban. Entre ellos, la profesora. Fue un alivio para ella saber que esta vez llegó antes.
A la salida, Andrexa se juntó con Tomás como cada día y recorrían un trayecto juntos hasta la parada de colectivos. Ya habían pasado las dos de la tarde y estaba caluroso.
Él caminaba con las manos en los bolsillos de sus vaqueros con aire despreocupado. Era un día normal. En cambio, ella caminaba tensa y cada dos por tres miraba a su amigo que caminaba en silencio. Ordenó en su cabeza las palabras para preguntar de una manera tranquila «¿Por qué Tyler actúa de una manera bipolar?», pero de su boca salió disparado:
—¿Conoces a Tyler?
Si existía una forma más tonta para hacer una pregunta tan obvia, ella la había encontrado. Tomás la miró divertido. Sabía de quién hablaba, pero le encantaba tomarle el pelo, porque se frustraba enseguida.
—Depende de qué Tyler. Conozco a varios.
Andrexa puso los ojos en blanco. Sabía que la estaba jodiendo.
—El único que hay en la escuela.
—Pues está Tyler Sánchez que es compañero nuestro. También esta Tyler Luzuriaga de cuarto y también, si no me equivoco, Tyler Suarez que arrancó primer año —la miró arqueando una ceja y una sonrisa pícara dibujó sus labios—. Así que no es el único en la escuela.
Andrexa se llevó una mano a la cara y casi se tropieza con una baldosa levantada.
—Eres imposible, nene —dijo entre risas— ¡Qué fastidio!
Él asintió con la cabeza y se mordió el labio inferior ahogando una carcajada. Casi llegaban a la parada, así que decidió tomar en serio la conversación.
—Ya sé que hablas de Ty Sánchez —la miró por el rabillo del ojo y sonrió—. Solo te estaba jodiendo la paciencia.
—Y lo logras —lo codeó jugando.
—Sí, lo conozco. Cursamos juntos desde el primer año —continuó él—. ¿Por qué?
—Por nada. Curiosidad.
—¿Segura? —entrecerró los ojos con sospecha—. ¿Por qué me preguntas por él? —sus labios dibujaron una sonrisa burlona a la vez que hacía una mueca de asombro—. No me digas que te gusta.
—¡No! —gritó abriendo los ojos enormes como platos—. ¿Estás loco?
—No sería algo loco pensar eso. Tyler levanta suspiros por donde pasa.
—A mí no me hizo suspirar nunca —mintió acordándose de como se había quedado haciendo foco a su foto de perfil.
—Entonces dame una razón creíble para que yo entienda por qué me preguntas por él si no es porque te gusta.
No le quedó otro remedio que contarle a Tomás el comportamiento que tuvo Ty con ella en varias oportunidades para que dejara de pensar que su interés iba por el lado que, según él, van muchas chicas. Y no es para dudarlo.
—Viste, como te decía, es un idiota con gracia.
Andrexa sonrió ante el comentario, en eso estaba de acuerdo, aunque no lo iba a admitir en voz alta.
—Tyler es un… bueno, —empezó a decir Tomás— siempre fue un chico rebelde, que se saltó todas las normas y todo lo hizo a su manera. Él nunca está equivocado. Tiene a todas las chicas a sus pies. Pero más allá de eso, siempre se ganó el cariño de todos. Amigos, familia, profesores.
Andrexa lo escuchaba atenta, pero no podía coordinar lo que él contaba con lo que ella vio en él, pero antes que pudiera cuestionar algo, Tomas prosiguió:
—Su hermano falleció hace un año o un poco menos. Desde ese día ya no es el mismo. Incluso con las chicas. No había día que no lo vieras en el patio traspasando saliva con chicas de primero a sexto. Ahora, simplemente las aleja cuando se acercan demasiado.
