San José - Amador Pedro Barrajón - E-Book

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Amador Pedro Barrajón

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Beschreibung


San José es “el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta— un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad”. Él nos recuerda que “todos los que están aparentemente ocultos o en “segunda línea” tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación” (Papa Francisco).
Estas meditaciones profundizan en la figura extraordinaria del padre legal de Jesús. No fue su padre biológico, pero asumió el papel de la paternidad formativa y espiritual del Niño Jesús. El esposo de María propone al mundo de hoy el significado y valor de la paternidad.
En una cultura desestructurada en las relaciones afectivas, la figura del padre emerge con fuerza de imperiosa necesidad.
Necesitamos figuras de padres, que asuman la tarea educativa de los hijos, que los conduzcan de la mano hasta llevarlos su plenitud humana y espiritual según el plan de Dios.
Necesitamos hoy figuras como San José que representen a los hombres y mujeres de nuestro tiempo el amor del Corazón del Padre.

Amador Pedro Barrajón Muñoz (1957) es licenciado en filosofía y doctor en teología por la Pontificia Universidad Gregoriana. Catedrático de teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, del que ha sido Rector y Director del Instituto Sacerdos para la formación permanente de sacerdotes, actualmente es Rector de la Universidad Europea de Roma. Es autor de diversos libros y artículos de teología, espiritualidad, cultura y pastoral.
 

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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Amador Pedro Barrajón, lc

San José

Un corazón paterno

IF PRESS

Copyright © 2022 by IF Press srl

Prima edizione: febbraio 2022

IF Press srl - Roma, Italy

[email protected] - www.if-press.com

ISBN 978-88-6788-270-0

INTRODUCCIÓN

El Papa Francisco ha querido dedicar un año a San José “para perpetuar la dedicación de toda la Iglesia al poderoso patrocinio del Custodio de Jesús, el Papa Francisco ha establecido que, desde hoy, el aniversario del decreto de proclamación así como el día consagrado a la Virgen Inmaculada y esposa del casto José, hasta el 8 de diciembre de 2021, se celebre un Año especial de San José, en el que cada fiel, siguiendo su ejemplo, pueda fortalecer diariamente su vida de fe en el pleno cumplimiento de la voluntad de Dios” (Decreto de la Penitenciaría Apostólica, 8 diciembre 2020). Con este motivo, el Papa quiso dedicar una Carta Apostólica “Patris Corde” para expresar los motivos espirituales de fondo de la proclamación de este año josefino.

San José es “el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta— un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad” (Patris Corde, introducción). Él nos recuerda que “todos los que están aparentemente ocultos o en “segunda línea” tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación” (Ibid.).

Estas reflexiones han sido realizadas durante todo este año y compartidas a un grupo de personas que querían profundizar en la figura extraordinaria del padre legal de Jesús. En efecto, como es bien sabido, San José asumió la paternidad legal de Jesús. No fue su padre biológico, pero asumió el papel de la paternidad formativa y espiritual del Niño Jesús. San José propone al mundo de hoy el significado y valor de la paternidad espiritual. En una cultura desestructurada en las relaciones afectivas, la figura del padre emerge con fuerza de imperiosa necesidad. Necesitamos figuras de padres, queasuman la tarea educativa de los hijos, que los conduzcan de la mano hasta llevarlos su plenitud, a su estatura completa.

San José ofreció al Señor el sacrificio, dejando de lado otras vocaciones de plenitud que también se le presentaban en el camino, y eligió esa paternidad espiritual que se extiende a toda la Iglesia. Esa paternidad espiritual, que José representó frente a Jesús, se necesita hoy más que nunca. Los hombres y mujeres contemporáneos nuestros quieren anclar sus vidas en sanas relaciones familiares, y la figura del padre adquiere una relevancia especial. Sin embargo hoy con frecuencia nos encontramos en sociedades “sin padres”, en hogares donde la figura paterna falta o no es asumida con la debida responsabilidad. La devoción a San José ayuda a asumir esa difícil y bella misión de la paternidad, a afrontar situaciones de crisis personales, familiares o institucionales, e las que su presencia discreta hará de guía.

Otro gran padre de la Biblia es Abrahán que “se convirtió en el padre de todos los creyentes incircuncisos” (Rom 4, 11). Él salió de su tierra camino de la tierra prometida, caminando a la luz de la fe. Abrahán, “esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones” (Rom 4, 18). Del mismo modo San José, creyendo en el mensaje del ángel, asumió su vocación a la paternidad, aceptó su misión de paternidad hacia toda la Iglesia. Pidámosle a él que nos haga ver la belleza y el esplendor de la paternidad. Todos anhelamos la revelación del rostro del Padre y de su amor, que se nos concede a través de Jesús, el hijo de José, “nacido de mujer, nacido bajo la ley para rescatar a los que estaban bajo la ley, y para que recibiéramos todos la filiación adoptiva” (Gal 4, 4-6).

San José nos puede enseñar a ser hijos, e interceder para que vivamos en plenitud nuestra relación con el Padre con espíritu filial, no con temor. “Porque no hemos recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!” (Rom 8, 15). El enemigo de nuestras almas nos impulsa al temor. El Espíritu nos conduce por las vías del amor: “¡No temas de acoger a María!”, le dice en sueños el ángel a José (Cf. Mt 1, 20). Él, que supero la parálisis que comporta el temor, nos ayude a nosotros también a superar los miedos que nos paralizan y nos invitan al desánimo. La confianza es la virtud base de la relación paterno-filial. Dios quiere que confiemos en Él. El demonio nos conduce al temor. Que San José nos ayude a vivir confiadamente nuestra relación con Dios, como “un niño en brazos de su madre” (Sal 131, 2).

La figura de San José nos abre el panorama del mundo de los seminaristas y sus formadores para que San José, su patrono, pueda formar en sus corazones las virtudes del Pastor que están llamados a vivir en la Iglesia. María Santísima, esposa de José, y Madre de Jesús, nos conceda a todos fuerza en mantener los combates por mantenernos fieles discípulos de su Hijo y apóstoles de su Reino y, junto con San José, proteja, defienda y bendiga a Iglesia, nuestras comunidades y hogares. Amén.

Numerosos santos, a lo largo de la historia, han sido devotos de San José. Entre ellos destaca Santa Teresa de Jesús, la gran reformadora del Carmelo y la primera mujer proclamada Doctora de la Iglesia, junto a Santa Catalina de Siena.

En su juventud, cuando contaba apenas 27 años, siendo ya religiosa en el monasterio de la Encarnación de Ávila, comenzó a sufrir las consecuencias de una extraña enfermedad que le causaba parálisis y grandes dolores. Tuvo permiso de salir del convento para curarse. Su familia puso a disposición de ella los diversos remedios de la época para que se pudiera curar. Ella misma describe con gran precisión de detalles lo que le pasaba: “la lengua hecha pedazos de mordida; la garganta, de no haber pasado nada y de la gran flaqueza que me ahogaba, que aún con el agua no podía pasar, toda me parecía que estaba descoyuntada, sin poderme menear ni pie ni mano ni cabeza, más que si estuviese muerta, si no me meneaban; sólo un dedo me parece podía menear de la mano derecha” (Libro de la Vida, VI,1). Vuelve al monasterio sin todavía poderse mover, y va mejorando lentamente. Ella ve en todo esto una prueba permitida por Dios para purificarla y llenarla de nuevas gracias. Una de ellas fue la de la devoción a San José. Con gracejo dice que, habiendo fallado con ella los médicos de la tierra, acude a los del cielo. Así que “tomé por abogado y señor al glorioso san José y me encomendé mucho a él. Vi claro así de esta necesidad, como de otras mayores de honra y pérdida de alma, este padre y señor mío, me sacó con más bien que yo no lo sabía pedir. No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer” (Libro de la Vida, VI, 7).

La última frase de la santa es particularmente significativa, pues nos habla de la capacidad de intercesión de San José para aquellos que, como la santa del Carmelo, lo invocan con fe. Esta frase de Santa Teresa nos invita a todos a pedir con confianza gracias especiales a San José. Tenemos a veces miedo de “abusar” en nuestras peticiones y creo que este temor es más que legítimo, pero al mismo tiempo no debemos temer ser demasiado prudentes en aquello que queremos presentar al Señor como peticiones. La intercesión de santos, como San José, siendo tan poderosa, es un medio que Dios nos otorga para poder obtener gracias de todo tipo, incluidas aquellas que, como el caso de Santa Teresa, son gracias de curación y, podríamos añadir, de sanación.

La santa añade: “Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, de los peligros que me ha librado, así como de cuerpo como de alma, que, a otros santos parece le dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas” (Libro de la Vida, VI, 6). Santa Teresa se muestra agradecida con tan gran protector y dedica a él el primer monasterio de las carmelitas reformadas, San José de Ávila. Su experiencia de haber experimentado el valor de la intercesión de los santos, es que estos compañeros nuestros en la experiencia de la vida e intercesores nuestros desde el cielo, nos pueden obtener gracias especiales para nuestras peculiares necesidades, siempre que recurramos a ellos con confianza. A todos ellos los invocamos en circunstancias diversas, según nuestras necesidades. A San José, según la experiencia de la Santa de Ávila, se le puede invocar en toda ocasión, pues en todas ellas acude como nuestro protector.

Ella misma da una cierta explicación al porqué de la poderosa capacidad intercesora de San José: “Quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra, -que como tenía nombre de padre siendo su ayo, le podía mandar, - así en el cielo hace cuanto le pide” (Libro de la Vida, VI, 6). Habiéndose acostumbrado Jesús a obedecer a san José durante su vida terrena, Jesús quiere seguir obedeciéndole también después de su resurrección, y por eso escucha siempre las peticiones que le presenta. “Hace en el cielo cuanto le pide”, dice Santa Teresa. Una frase también de gran significado, pues todo lo que San José le pide a su Hijo, Él lo escucha.

Por eso pidamos con confianza y sin temor a San José aquellas gracias que necesitemos para sí mismos o para otros. Hagámoslo con humildad, con confianza, con fe, con amor. Así también podremos nosotros repetir los elogios que le hace Santa Teresa, no ya porque nos fiamos de las palabras de la santa, sino basados en nuestra propia experiencia.

El libro está dividido en tres partes. La primera nos presenta la figura de San José que vive dentro del misterio de Dios, al servicio de lo que Dios le pide, sobre todo como colaborador en el misterio de la redención. La segunda parte habla de las virtudes que podríamos llamar humanas de San José, que caracterizaron su vida como hombre cabal. La tercera parte está dedicada a presentar algunas de la virtudes cristianas y dones del Espíritu que sobresalieron en su vida y que nos puede, con su intercesión, ayudar a obtener también para nosotros.

I. SAN JOSÉ, UNA VIDA IMBUIDA DEL MISTERIO DE DIOS

1. DEPOSITARIO DEL MISTERIO DE DIOS

San José “se convirtió en el depositario singular del misterio «escondido desde siglos en Dios» (cf. Ef 3, 9), lo mismo que se convirtió María en aquel momento decisivo que el Apóstol llama la plenitud de los tiempos” (San Juan Pablo II, Redemptoris Custos). De este misterio de Cristo, de que habla San Pablo en la carta a los Efesios, escondido y revelado en la plenitud de los tiempos, San José fue escogido para ser testigo privilegiado. Él pudo estar a su lado, durante muchos años de su vida junto a Jesús, compartiendo con Él el mismo hogar, siendo para Jesús su autoridad paterna, introduciéndolo en la vida social y religiosa. San José vivió al lado de ese misterio de amor hacia la humanidad que se revela en Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios encarnado “por nosotros los hombres y por nuestra salvación”.

Por ello mismo, San José tuvo un acceso privilegiado al misterio de Dios, a la comprensión de Dios. La cercanía cotidiana a Jesús, llena también de momentos incomprensibles, como cuando Jesús se queda en Jerusalén escuchando y dialogando con los doctores de la Ley, ofrecía al corazón de José la oportunidad de una continua apertura al misterio de Dios, no tanto a través de la inteligencia racional, sino a través de esa otra penetración del corazón, que vibraba en sintonía con los de Jesús y de María. San José fue un digno depositario y custodio de este tesoro y, como María, también él “meditaba todas esas cosas conservándolas en su corazón” (Lc 2, 51).

También nosotros, en la medida del don concedido, somos depositarios de gracias especiales, que el Señor ha querido concedernos. Como José, hemos también de custodiar celosamente esas gracias dadas por Él, para poder santificarnos y comunicarlas a los demás. A nosotros se nos ha confiado un tesoro para custodiar: el tesoro de la fe, el tesoro de la gracia, el tesoro de nuestra vocación cristiana o nuestra vocación específica al servicio de la Iglesia. Somos conscientes de que ese tesoro lo llevamos, como decía San Pablo, en vasos de arcilla, que se pueden romper (Cf. 2 Cor 4, 7). Pero, aun así, somos portadores del misterio de Cristo, habiendo sido llamados de las tinieblas para irradiar en el mundo “el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo” (2 Cor 4, 6).

San José vivió esta vocación suya de ser depositario del misterio de Cristo con fe, humildad, responsabilidad, alegría, en el trabajo silencioso de la vida cotidiana. Nosotros podemos imitarlo en estas virtudes. Y así como San José aceptó la parte que el Señor le había confiado en la realización del misterio de su amor y en el misterio de la redención, cada uno de nosotros puede aceptar con amor y fe, la propia parte, grande o pequeña, vistosa u oculta, que se nos ha confiado, sabiendo que nuestra colaboración, como la de San José, aunque muchas veces invisible a los demás, no por eso es menos importante a los ojos de Dios y para el plan de salvación para la humanidad.

Mucha gente espera hoy que alguien pueda acercarse a sus vidas para encontrarse con el misterio de Dios Amor. Si vivimos, como San José, la misión de ser depositarios y custodios de tal misterio, en la medida en que nos corresponda, podremos ser instrumentos para que otras personas también puedan acceder a la revelación del amor de Dios en sus vidas. Muchas veces no sabremos quiénes serán esas personas a las que llegue la irradiación del amor divino a través nuestro, quizás nunca las conozcamos en esta vida, pero nuestra fidelidad, como la de José, a la propia vocación, podrá ser ocasión, en los providenciales caminos de Dios, para que a esas otras personas les llegue el sublime conocimiento de Jesucristo, que conduce al misterio de amor misericordioso del Padre para toda la humanidad.

2. INSTRUMENTO DE LA PROVIDENCIA DIVINA

La Providencia es uno de los conceptos más importantes y relevantes de la visión cristiana del mundo. “Llamamos divina Providencia a las disposiciones por medio de las cuales Dios conduce la creación hacia esta perfección”, nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 302). Dios es solícito por el bien de lo que ha creado. Él no crea para luego abandonar a su creatura. De modo especial los seres humanos gozan de un cuidado privilegiado por parte de Dios. Jesús dijo a sus discípulos en el sermón de la montaña: “Buscad el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6, 33). Él los invita a abandonarse con confianza a este cuidado, añadiendo: “No os afanéis por el mañana, porque el mañana tendrá sus inquietudes. A cada día le es suficiente su afán” (Mt 6, 34).

Cuando designamos a San José como hombre de la Providencia, lo podemos hacer en dos sentidos. El primero es considerar a San José como instrumento de la Providencia divina para cuidar de modo especial de María y del Niño Jesús. En segundo lugar, San José fue un hombre que vivió siempre absolutamente confiado en el cuidado paternal de Dios sobre vida y sobre la Sagrada Familia.

Hay, y siempre ha habido hombres y mujeres a quienes consideramos “hombres providenciales”, porque por medio de ellos una nación, un pueblo, una sociedad, una familia, han recibido especiales dones en momentos particularmente cruciales de la historia. Ellos han sabido ser, consciente o inconscientemente, personas de las que la Providencia divina se valió para sus propios planes. San José fue también un hombre de la Providencia en este sentido pues él ofreció su disponibilidad a Dios para ser el mediador del cuidado que la Providencia había planeado para María y Jesús. Dios hacía llegar a la Sagrada Familia los cuidados de su bondad a través de la solicitud de San José. Él fue el administrador fiel a quien el dueño confió el cuidado de Jesús y de María.

En este sentido también nosotros somos llamados a ser, como San José, hombres de la Providencia. Dios también, en sus planes misteriosos, seguramente que también nos ha elegido para ser instrumento de su Providencia para otros hermanos nuestros. Son instrumentos de la Providencia divina los padres en relación con sus hijos; los responsables de autoridad en relación con quien dirigen, si es que ejercen con espíritu desinteresado y de servicio esta misión. No está mal preguntarse de vez en cuando si somos conscientes de que también nosotros somos instrumento de la Providencia en relación con algunos hermanos nuestros y si estamos cumpliendo bien esta misión. Al mismo tiempo ayuda también reflexionar para descubrir las personas de las que hemos recibido, por voluntad divina, muchos bienes providenciales, y hacia las cuales hemos de estar agradecidos.

San José, además de ser un instrumento eficaz de la Providencia divina, fue un hombre capaz de discernir los signos de esta Providencia y de seguirlos, abandonándose en momentos decisivos de su vida a este cuidado amoroso de Dios. Pensemos sobre todo en todo lo que tuvo relación con el nacimiento de Jesús en una tierra que, aunque era la de su familia de origen, de hecho, le era extraña. José desconocía los detalles de cómo ese gran evento se realizaría y se sentía responsable de que todo pasara lo mejor posible. No hubo para ellos lugar en la posada, no encontró para Jesús una casa donde nacer, sino solo una gruta y un pesebre. Hubiera querido darle algo mejor, pero sabía que todo esto, en los planes de Dios, poseía un sentido oculto. Algo parecido ocurrió cuando el ángel le pide que, después del nacimiento de Jesús, no vaya a Nazaret, sino que se dirija a Egipto. De nuevo tuvo que improvisar un plan al último minuto, seguramente encontrando muchos obstáculos, que los Evangelios no nos narran, pero que son fácilmente deducibles en las circunstancias de aquellos tiempos. En todo ello pudo ver la mano providente de Dios sobre este Niño, cuyo cuidado le había sido confiado.

El Señor también nos invita a nosotros a vivir el sentido de la Providencia divina, el abandono en la fe a sus planes, que no siempre entendemos. Vivir confiando en el cuidado continuo del Padre celeste es todo un programa de vida para el cristiano. Esto, que podría parecer a primera vista algo sencillo, es sin embargo todo un reto. Nosotros, espontáneamente queremos controlar todo, queremos dominar sobre todo el futuro, quisiéramos tener un plan de ruta previo de nuestra vida y de nuestra historia. Sin embargo, nos tenemos que reconocer humildes caminantes que van hacia la meta, paso a paso. Incluso a veces la meta parece que se aleja, que es demasiado laberíntica, llena de curvas que parecen no tener sentido. En esos entresijos grises o incluso oscuros de la historia se encuentra la mano providente de Dios. San José supo reconocer esa mano divina en los signos que diariamente el Padre le enviaba para que condujese según sus planes divinos a la Sagrada Familia. Pidámosle a Él, a San José, que nos conceda la gracia de ser hombres que se ponen al servicio de la Providencia divina y que la saben reconocer en su propia historia. Hombres que no temen el abandono confiado y gozoso en los brazos del Padre celeste, sino que son capaces de caminar día tras día discerniendo los signos que le llegan del cielo.

3. ABIERTO SIEMPRE A LOS NUEVOS ESPACIOS DIVINOS

El Papa Francisco dice en el número 7 de la carta apostólica Patris Corde: “La paternidad que rehúsa la tentación de vivir la vida de los hijos está siempre abierta a nuevos espacios. Cada niño lleva siempre consigo un misterio, algo inédito que sólo puede ser revelado con la ayuda de un padre que respete su libertad”. Quien asume, como San José, su misión de padre acepta vivir la aventura del misterio de la vida del hijo. El padre debe educar al hijo, no dominarlo ni reprimirlo. La paternidad y maternidad abren a nuevos espacios del misterio de la vida del hijo y acepta el misterio de la existencia humana como algo que no se puede prefabricar, que no se puede programar, sino que está siempre abierto a la novedad de las sorpresas del otro ser, el hijo, ofrecido como don y misterio.

A San José se le había confiado la educación del Niño Jesús, que encerraba no sólo el misterio de la vida de un hombre, sino de Dios mismo. Esto implicaba la continua aceptación del carácter misterioso del ser humano. Él no comprendió la respuesta de Jesús cuando lo encontraron en el templo después de tres días de haberse separado de los padres: “¿No sabíais que debía ocuparme de las cosas de mi Padre? (Lc 2, 49). Él tuvo que abrirse a los “nuevos espacios” que implicaba la relación de Jesús con su Padre celestial. Del mismo modo, todo educador debe comprender que tiene confiado a su cuidado seres personales, no meros objetos, cada uno portador de un misterio enorme, de una vocación a lo infinito. El hombre de fe, como San José, tiene en cuenta esa apertura continua a los espacios de Dios y sabe que las sorpresas de Dios son continuas, no dan tregua.

Aunque con frecuencia se presenta la vida de Jesús en Nazaret, antes de que saliese a la vida pública, como una vida de serenidad y de tranquilidad, el corazón de San José, como el de María, vivirían en la atenta vigilancia de los nuevos espacios que les ofrecía o les podría ofrecer la vida singular de su Hijo. Es verdad que Jesús “crecía en sabiduría, verdad y gracia, delante de Dios y de los hombres” (Lc 2, 52), pero también es verdad que su vida estaba llena de notas totalmente particulares que iban más allá de lo que podría ser una normal existencia humana. Como verdadero hombre, Jesús poseía los rasgos normales de un niño y joven de su tiempo, pero por su naturaleza divina, oculta bajo el velo de la encarnación, no podría no ser especial en muchos aspectos. San José tuvo que aceptar las diversas situaciones de la vida de su Hijo con la sabiduría propia de la fe, en un confiado abandono en las manos de Dios. Esa misma actitud de fe, la necesitamos nosotros para estar siempre abiertos a esos espacios nuevos de Dios que nos sacan un poco de los caminos trillados y nos conducen por sendas desconocidas, que nos inquietan porque carecemos de los medios humanos para podernos orientar. El caminar así, caminar en la fe, constituye una de las características principales de la vida de San José, y esa misma actitud debería caracterizar en todo momento la vida del cristiano.

“Cada niño lleva siempre consigo un misterio, algo inédito”, dice el Papa. Si esto es verdad en la vida de todo hombre, lo era todavía mucho más en la vida de Jesús. Cada niño abriga en si un misterio, algo que no podemos entender perfectamente, que no lo podemos colocar en las cuadrículas de nuestra mente. Cada ser humano es “algo inédito”, porque todo ser humano es un unicum que no se repetirá y que no ha existido antes. Si cada ser humano es un unicum, lo es particularmente este ser humano que es Jesús en su condición de Hijo de Dios encarnado. San José aceptó el misterio de la vida, de la vida de Jesús, de la vida de María, de su propia vida. Sabía que no podía comprender todo, que era tarea imposible para un ser limitado aferrar la realidad de modo absoluto. Pero al mismo tiempo quería penetrar, en la medida que le permitía su razón iluminada por la fe, el misterio divino que lo rodeaba.

Esa misma fe abría su corazón a esos “nuevos espacios de misterio”, que son los demás. Cada persona que encontramos en la vida es portadora de un misterio de amor y solamente cuando situamos nuestras relaciones desde este misterio divino podemos lograr armonía, paz y felicidad en nuestra relación con el prójimo. En última instancia es sólo desde Dios que logramos conocernos y conocer a los demás. Y es desde esta perspectiva que San José se relacionaba con María y con el Niño Jesús. Su ejemplo nos ilumina para comprender que nuestra vida también está envuelta en ese halo divino que nos abre siempre nuevos espacios. Quien vive desde Dios es capaz de abrirse a horizontes infinitos. Quien prescinde de Él, acorta esos espacios y vive la insatisfacción de lo relativo y efímero. Hemos sido creados para respirar el aire de los espacios de Dios y todo lo demás nos ahoga. Pidámosle a San José nos ayude a vivir en esta dimensión de lo divino, que nos abre, para nosotros y los demás, las puertas de una felicidad completa y sin fin.