Santa Rosa de Lima - José Antonio del Busto - E-Book

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José Antonio del Busto

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Beschreibung

Santa Rosa de Lima es una biografía sobre la santa limeña que abarca además distintos aspectos de la vida de la ciudad entre 1586 y 1617, año del fallecimiento de Isabel Flores de Oliva. Incluye todas las etapas espirituales de la primera santa de América: su formación primera, su evolución intelectual y su concepción teológica, su problemática vocacional, la proyección de su conducta y la realidad de su psicología. Hija de una familia numerosa y pobre, cuyo jefe era un viejo arcabucero de la guardia virreinal, la historia de Isabel descubre la vida familiar limeña a fines del siglo XVI e inicios del XVII. Para reconstruir el cotidiano de Santa Rosa se ha tomado en cuenta solo los testimonios del proceso ordinario para su canonización (1617- 1618). En ellos encontramos a sus padres, hermanos, sirvientes, amigos y testigos de primera mano que conocieron a la santa en sus facetas personales.

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Veröffentlichungsjahr: 2020

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José Antonio del Busto Duthurburu (1932-2006) fue doctor en Historia y Geografía por la Pontificia Universidad Católica del Perú y su profesor emérito desde 1995. Fue miembro de número de la Academia Nacional de la Historia y de la Academia Peruana de Historia Eclesiástica, director del Instituto Nacional de Cultura (1983-1984) y director del Instituto Riva-Agüero, Escuela de Altos Estudios de la PUCP (1998-2004). Publicó más de cincuenta libros y dedicó medio siglo de su vida a la docencia universitaria.

José Antonio del Busto Duthurburu

Santa Rosa de Lima

Segunda edición

Santa Rosa de Lima

José Antonio del Busto Duthurburu, 2006

© José Antonio del Busto Duthurburu

De esta edición:

© Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 2019

Av. Universitaria 1801, Lima 32, Perú

[email protected]

www.fondoeditorial.pucp.edu.pe

Diseño, diagramación, corrección de estilo y cuidado de la edición: Fondo Editorial PUCP

Primera edición digital: agosto de 2019

Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores.

ISBN: 978-612-317-517-7

A la Pontificia Universidad Católica del Perú,cuya patrona es santa Rosa de Lima.

A la Pontificia Universidad Católica del Perú,cuya patrona es santa Rosa de Lima.

Introducción

Escribir sobre Rosa de Santa María no ha sido fácil. Se debe atender al pensamiento de la época y discernir entre los testimonios que suelen magnificarse. Rosa, además, no tuvo una mentalidad común. Acaso la tuvo sencilla, pero el gran silencio que guardó toda su vida hace difícil acercarse a ella. Lo que dijo es poco, lo que escribió fue menos, y lo que la gente opinó fue bastante más. Rosa no era una persona común. Era ascética con incursiones teológicas o casi teóloga entregada a las vivencias místicas. Era atípica.

Su vida la desarrolló en dos casas: la del arcabucero Gaspar Flores, su padre, donde estuvo 27 años, y la del contador Gonzalo de la Maza, donde moró los cuatro últimos de su existencia. Durante la mayor parte de estos años, su presencia fue un acto de fe, esperanza y caridad, fervor y penitencia, lealtad inquebrantable a la Iglesia tridentina y un inconmensurable amor a Dios. Su amor a Dios era infinito. Si para gloriar a Dios nació, Rosa no desperdició un momento de su vida y murió impregnada del amor divino. Su camino fue secreto, silente y eficaz, ajeno a toda vanagloria y lucimiento, honesto, sufriente y tenaz. A Rosa no le importaba la opinión de los hombres; solo le importaba la opinión de Dios. Por eso, acaso sin saberlo, siguió el camino de la santidad.

Para conocer y dar a conocer su vida hemos tomado una triple decisión: prescindir de todas las biografías antiguas y modernas sobre la santa limeña por ser tardías; hacer poco caso del proceso apostólico, por considerarlo tardío también (1630-1632); y, finalmente, citar muy contadas veces a los autores actuales. En otras palabras, nos hemos ceñido al proceso ordinario (1 de octubre de 1617 a 7 de abril de 1618), iniciado el mismo año de la muerte de Rosa, por ser el testimonio más directo, inmediato y antiguo, del que preferimos los testigos que «vieron» a los que solo «oyeron», sin dejar de someter a criba, aun así, la subjetividad y la credulidad, la dubitación y la fantasía. Hemos desechado falsas profecías, milagros apócrifos y sensiblerías estériles para un mejor acercamiento a lo cierto. Bien intencionados pero no ajenos a la crítica, ojalá hayamos alcanzado nuestro propósito.

Si en nuestro libro San Martín de Porras (Martín de Porras Velásquez) —Lima, 1992— apreciamos al hombre, al hombre de fuerte virtud y al hombre santo, en Santa Rosade Lima (Isabel Flores de Oliva), percibimos a la mujer, a la mujer ascética y a la mujer santa. Son tres categorías que nos sirven para descubrir al personaje, conocerlo y darlo a conocer. Hoy hemos terminado esta biografía de Rosa de Lima y nos sentimos satisfechos. Es la historia de su vida, la historia de su alma, la historia de su santidad.

Tenemos presente que la Iglesia de Roma reverencia a sus santos de un modo especial. Los recoge, los venera y perenniza, los reconoce propios, les agradece y los ofrece a los católicos del mundo. La comunión de los Santos es irrenunciable y rige a perpetuidad.

Sin embargo, tampoco hemos olvidado el orgullo criollo y el prejuicio hispánico, la posibilidad de un mestizaje y los intereses creados en torno a todo esto. Rosa sigue igual. Muerta ella, el fervor por su persona crece en Lima y en el Perú, en las Indias occidentales y en las islas Filipinas. Por eso, su causa resultó muy rápida. Esto no significa que fue más santa o menos santa que otros santos, pero sí habla de un fervor peruano, fervor muy especial. Blancos, indios, negros y hombres de todas las castas mixtas la proclamaron modelo de santidad. La reconocieron patrona del mundo colonial hispanohablante. Y esto, indiscutiblemente, no fue una evolución sino una revolución. Desde un ángulo nuevo, desconocido, se unificó el Perú. Fue la primera gran unidad que hemos tenido. El orgullo criollo y mestizo, así como el de los indios y de los negros, fue el factor preponderante de todo ello. España lo reconoció y Roma hizo el resto. Rosa de Lima, si no fue mestiza de raza —lo que no es un imposible—, fue mestiza por aclamación.

No queremos concluir estas líneas sin recordar y agradecer a las personas que posibilitaron la realización de este libro.

En primer lugar al doctor Salomón Lerner Febres, quien cuando ocupaba el rectorado de la Pontificia Universidad Católica del Perú nos encomendó escribir la vida de Santa Rosa de Lima, patrona de dicha casa de estudios; y al ingeniero Luis Guzmán Barrón Sobrevilla, actual rector, a quien se debe la publicación de este libro.

A Ramón Mujica Pinilla, autor de Rosa limensis y miembro del Instituto Riva-Agüero, por su constante amistad e intercambio de ideas, así como por la gran ayuda que nos representó su obra; y a Rosa Carrasco Ligarda, también miembro del Instituto Riva-Agüero y catedrática de Literatura en la Universidad Femenina del Sagrado Corazón, quien con generoso desprendimiento nos proporcionó su estudio inédito sobre los escritos de Rosa de Santa María para que lo pudiéramos utilizar parcialmente.

Asimismo, nuestra gratitud es grande para con los doctores Raúl León Barúa, gastroenterólogo, presidente de la Academia Nacional de Medicina; Luis Deza Bringas, neurólogo, jefe del Servicio de Neurología del Hospital Guillermo Almenara; Rogelio Sueiro Cabredo, neurocirujano, jefe del Servicio de Salud de la Pontificia Universidad Católica del Perú, por habernos asesorado en todo lo concerniente a los males físicos, ciertos y posibles, de Rosa de Santa María; y la doctora Norma Reátegui Collareta, decana de la facultad de Psicología de la Universidad Cayetano Heredia, por haber cumplido el importante asesoramiento en lo que atañe al psiquismo de nuestra biografiada.

Recordamos y agradecemos, también, a Laura Gutiérrez Arbulú, directora del Archivo Arzobispal de Lima, quien puso a nuestra disposición los documentos del proceso apostólico y los viejos libros bautismales de la parroquia de San Sebastián.

Finalmente, nuestro agradecimiento a Martha Solano Ccancce, quien tuvo a su cargo la transcripción de nuestros originales mecanografiados a su versión digital.

A todos ellos, nuestra gratitud más sincera.

José Antonio del Busto

Lima, 30 de agosto de 2005

Capítulo preliminarLima religiosa

La Lima de santa Rosa

Santa Rosa de Lima, en el mundo terrenal Isabel Flores de Oliva y en el mundo dominico Rosa de Santa María, vivió en la jurisdicción limeña entre 1586, año de su nacimiento, y 1617, año de su defunción.

La Ciudad de los Reyes, por nombre indígena Lima, fue su urbe natal. Era ciudad importante. Tenía medio siglo de fundada y rasgos de gran ciudad. Se erigió en un campo raso, a dos leguas del mar, y poseía todas las bondades para ser urbe promisora: buen viento, buena agua, buena hierba, buenos bosques, buenas tierras, buen puerto y buenos indios a su alrededor. Un río atravesaba el valle de levante a poniente. Se trataba del Rímac, que traía mucha agua en enero, febrero y marzo. Una descripción del cronista Pedro Cieza de León, hacia 1550, nos aproxima bastante a la Lima en la que Rosa vino al mundo. Dice así:

Esta ciudad, después del Cuzco, es la mayor de todo el reino del Perú y la más principal, y en ella hay muy buenas casas, y algunas muy galanas con sus torres y terrados, y la plaza es grande y las calles anchas, y por todas las más casas pasan acequias, que es no poco contento; del agua dellas se sirven y riegan sus huertos y jardines, que son muchos, frescos y deleitosos. Está en este tiempo asentada en esta ciudad la corte [del virrey] y chancillería real [la Audiencia], por lo cual y porque la contratación de todo el reino de Tierra Firme está en ella, hay siempre mucha gente y grandes y ricas tiendas de mercaderes. Y en el año que yo salí deste reino había muchos vecinos de los que tenían encomiendas de indios, tan ricos y prósperos que valían sus haciendas a ciento y cincuenta mil ducados, y a ochenta, y a sesenta, y a cincuenta, y algunos más y otros menos […] y muchas veces salen navíos del puerto desta ciudad que llevan a ochocientos mil ducados cada uno, y algunos más de un millón […]. Por encima de la ciudad, a la parte de [nor]oriente, está un grande y muy alto cerro, donde está puesta una cruz. Fuera de la ciudad, a una parte y a otra, hay muchas estancias y heredamientos, donde los españoles tienen sus ganados y palomares, y muchas viñas y huertas muy frescas y deleitosas, llenas de las frutas naturales de la tierra, y de higuerales, platanales, granados, cañas dulces, melones, naranjos, limas, cidras, toronjas y las legumbres que se han traído de España; todo tan bueno y gustoso que no tiene falta […]. Y cierto para pasar la vida humana, cesando los escándalos y alborotos es una de las buenas tierras del mundo, pues vemos que en ella no hay hambre, ni pestilencia, ni llueve, ni caen rayos ni relámpagos, ni se oyen truenos, antes siempre está el cielo sereno y muy hermoso1.

Siete lustros después de escribirse esta descripción, nació santa Rosa de Lima. Su época es fácil de precisar. Fueron 31 años en los que ocurrió o tuvo vigencia todo lo que a continuación sigue.

Su existencia trascurrió durante los gobiernos de seis virreyes: Fernando de Torres y Portugal, conde de Villar don Pardo (1586-1589); García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete (1589-1596); Luis de Velasco, marqués de Salinas (1596-1604); Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey (1604-1606); Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaros (1607-1615); y Francisco de Borja y Aragón, príncipe de Esquilache (1615-1621)2.

Durante su vida la arquidiócesis limeña estuvo regida por dos arzobispos: santo Toribio Alfonso de Mogrovejo, natural de Villaquejida, en León, muerto en Saña mientras visitaba su arzobispado, el 23 de marzo de 1606; y Bartolomé de Lobo Guerrero, natural de Ronda, en Andalucía, inquisidor en la Nueva España y arzobispo de Santa Fe de Bogotá, quien tomó posesión de la silla limense el 4 de octubre de 16093.

Cuando floreció en santidad Rosa de Lima, la Ciudad de los Reyes, capital del virreinato, tenía medio siglo de fundada y era cabeza de arzobispado. Su iglesia mayor, construida en 1535, ascendió a catedral con fray Jerónimo de Loaysa, dominico, quien fue su primer obispo (1543) y arzobispo (1546). Surgieron alrededor de la iglesia catedralicia siete parroquias: el Sagrario (1535), San Sebastián (1554), Santa Ana (1570), Santiago del Cercado (1571), San Lázaro (¿1573?), San Marcelo (1584) y Nuestra Señora de Atocha (1614), que después se llamó de los Huérfanos4.

Rosa también llegó a ver cinco conventos de frailes y una casa de jesuitas: Nuestra Señora de la Merced (¿1536?), de mercedarios; Nuestra Señora del Rosario (¿1537?), de dominicos; Santísimo Nombre de Jesús (1546), de franciscanos; de San Agustín (1552), de agustinos; y Nuestra Señora de Monserrate (1600), fundación de benitos que no prosperó. Los jesuitas o ignacianos llegaron en 1568 y, ese mismo año, se instalaron junto a la iglesia de San Pablo, por otro nombre la Compañía de Jesús5.

Siguieron las recoletas o recolecciones: Nuestra Señora de Belén (1606), de los mercedarios; Santa María Magdalena (1611), de los dominicos; y, precediendo a ambas, Santa María de los Ángeles (1596), de los franciscanos. Los agustinos y jesuitas no tuvieron recolección, aunque los primeros poseyeron, poco después, la de Nuestra Señora de Guía (1620), que Rosa no llegó a conocer6.

Un institución que acaso tuvo que ver con Rosa fue el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, instalado en 15707.

En aquella época, la Iglesia predominaba en todos los ámbitos, desde la Universidad de San Marcos (1551) hasta los colegios mayores como los de San Felipe y San Marcos (1575), San Martín (1582) y el Colegio Seminario (1594). A estos se añadieron el Colegio Máximo de San Pablo (1570), de los jesuitas; el Colegio Mayor de San Ildefonso (1612), de los agustinos; y el de Nuestra Señora de Guadalupe (1614), de los franciscanos. Rosa no llegó a ver los colegios mayores de San Pedro Nolasco (1626), de los mercedarios, ni el Colegio Máximo de Santo Tomás (1645), de los dominicos8.

También la Iglesia, en virtud del regio patronato, tenía injerencia sobre los hospitales capitalinos: el de San Andrés (1550), para españoles; el de Santa Ana (1550), para indios; el de San Cosme y San Damián —que también se llamó de la Caridad—, para españolas y criollas (1559); el del Espíritu Santo (1573), para mareantes; el de San Lázaro (1563), para llagados y leprosos; el de San Diego (1594), para clérigos; y el de Nuestra Señora de Atocha (¿1600?), para niños expósitos9.En 1614, la capital tenía 25 454 habitantes, de los cuales la décima parte eran sacerdotes o religiosas. Los limeños vivían orgullosos de su ciudad y la proclamaban Roma por sus iglesias, Florencia por su hermosura, Milán por sus visitantes, Bolonia por su abundancia, Venecia por su riqueza, Génova por sus hijos y Salamanca por su universidad10. Al año se decían 300 000 misas, y se celebraban 150 fiestas públicas, entre religiosas y profanas. Era una urbe que surgía a la luz de las luminarias del cielo que la habían tomado astrológicamente bajo su protección: Saturno, Mercurio y Piscis11. Fray Juan Meléndez la reconoce «Emporio y Metrópoli de los dilatados y poderosos Reinos del Perú»12; todos se esmeraban en llamarla familiarmente Lima y, oficialmente, la Ciudad de los Reyes.

Una última característica signó la capital del virreinato peruano: su piedad. Esta piedad convirtió a la Ciudad de los Reyes en la Ciudad de los Santos. La vida en los hogares limeños era de una acentuación cristiana muy marcada. Los vecinos seguían viviendo, en mucho, el clima de la Reconquista. La piedad ciudadana y familiar eran acentuadísimas. Por eso escribió el cronista:

Indicio no pequeño de esta piedad es también la reverencia y respeto con que se tratan las cosas sagradas; la riqueza, ornato y majestad con que se sirve el culto divino; la reverencia a los sacerdotes, el gusto y aprecio con que se oye la divina palabra y la afición a todo género de virtud, en que siempre se hallan personas muy aprovechadas, no solo del estado eclesiástico, sino también muchos seglares, hombres y mujeres tan dados a oración, mortificación y a todo ejercicio propio de gente devota, que pueden ser maestros de vida espiritual y perfecta13.

Una de estas personas fue Rosa de Santa María.

Los monasterios

Durante la existencia de Rosa de Santa María, Lima cobijó varios monasterios. Unos se fundaron antes de nacer la santa, otros a lo largo de su vida. De ellos, Rosa tuvo que ver con el de la Encarnación, con el de Santa Clara y con el de las Descalzas de San José. Para terminar la semblanza de Lima en tiempos de Rosa, conozcamos un breve historial de ellos, pues Rosa quería ser monja.

El monasterio de la Encarnación tuvo por origen el beaterio de San Agustín, que fundaran doña Leonor de Portocarrero, viuda del tesorero real Alonso de Almaraz, y su hija doña Mencía de Sosa, viuda del caudillo rebelde Francisco Hernández Girón, ejecutado en 1554 y cuyo cráneo fue exhibido en una jaula en la plaza mayor de Lima junto con los de Gonzalo Pizarro y Francisco de Carbajal. El beaterio se fundó en 1557, durante el patronato de la Virgen de los Remedios, y estuvo en el barrio de San Sebastián. Pero en 1561 se hizo la fundación y reconocimiento de las beatas como monjas canónigas regulares de San Agustín, y se cambió el nombre de su advocación por el de Nuestra Señora de la Encarnación. Fue priora doña Leonor de Portocarrero y subpriora su hija doña Mencía. La primera gobernó 28 años hasta su muerte, el 27 de junio de 1590, y la segunda otros 28 años, esta vez como abadesa, hasta su fin, el 24 de mayo de 1618. El traslado del cráneo de Francisco Hernández se hizo en 1562, después de ser recuperado por doña Mencía. Se le dio sepultura en una caja que puso doña Mencía entre la que iría a ser su tumba y la de su madre14. Su drama dio pie a que cantaran los arrieros tucumanos:

Abadesa, la abadesa,de la Santa Encarnación,ruega a Cristo por el almade Francisco de Girón15.

Fue el de la Encarnación el precursor de todos los monasterios monjiles del Perú; de él salieron las primeras religiosas para fundar los de la Concepción, Santísima Trinidad y Santa Clara. Dice el padre Cobo:

En grandeza de sitio hace ventaja este monasterio a todos los otros de monjas de esta ciudad, porque coge una isla de dos cuadras y media en largo, dentro de la cual es tanta la cantidad de edificios que hay, que parece un pueblo […] de […] setecientas almas: las trescientas son monjas con las novicias, hermanas y donadas; y las cuatrocientas criadas y esclavas y las doncellas seglares que se crían dentro hasta tomar estado. La iglesia es bien capaz y proporcionada, cubierta de madera a cinco paños, con la capilla mayor y crucero de bóveda16.

El segundo monasterio fue el de Nuestra Señora de la Concepción. Lo fundaron Inés de Muñoz y de Rivera, y su nuera viuda María de Chaves. Inés de Muñoz había casado primero con Francisco Martín de Alcántara, el hermano materno de Francisco Pizarro, y después con don Antonio de Ribera, hombre rico y principal. Pero a la muerte de este último y del hijo de ambos, que se llamó Antonio de Ribera, el Mozo, decidieron suegra y nuera fundar el cenobio concepcionista según la regla de San Francisco. El monasterio se fundó el 23 de setiembre de 1573 y se edificó sobre el solar del conquistador Lorenzo de Estupiñán. Doña Inés murió de 110 años de edad el 3 de junio de 159417; dejó ella fama de haber traído el primer trigo de Lima, y su segundo marido de haber traído el primer olivo al Perú. Así mismo se debe también a ambos el primer obraje de lanas en el pueblo de Sapallanga, al sur de Jauja. Dice el citado Cobo:

Hase aumentado mucho este monasterio en número de monjas, edificio, lustre y ornato del culto divino. Tiene siete cuadras y media, distante de la plaza [mayor] tres cuadras; hay en él más de doscientas cincuenta monjas, y otras tantas criadas y esclavas. Tiene una muy agradable y capaz iglesia, con la capilla mayor y crucero de bóveda y el cuerpo de ella cubierto de lazos y casetones [mudéjares] dorados, curiosos altares y retablos magníficos, uno de ellos traído entero de España, con todas sus figuras de talla de muy perfecta mano, y un bulto de crucifijo de mucha devoción, que costó dos mil pesos18.

El monasterio de la Santísima Trinidad fue el tercero que tuvo Lima. Se fundó en 1548 (?) junto a la iglesia de San Marcelo, donde estuvo hasta que en 1605 se mudó a un solar del conquistador Pedro de Alconchel, el trompeta de Pizarro, y a partir de entonces creció notoriamente, tanto en número de religiosas como en expansión de local. «Aquí —dice Cobo— han labrado una muy fuerte y suntuosa iglesia que se dedicó a la octava de la Natividad de Nuestra Señora el año de mil seiscientos catorce […] tiene al presente [1635] ciento cuarenta religiosas»19. Fueron los fundadores de este monasterio Juan de Rivas y su esposa Lucrecia de Sansoles, que fue la primera abadesa hasta 1612, año en que falleció20.

El cuarto fue el monasterio de Santa Clara. Lo fundó en 1604 el portugués Francisco de Saldaña con la anuencia y favor del arzobispo Mogrovejo. Saldaña donó para la obra toda su hacienda —unos 13 000 pesos— y, además, se dio él por servidor sin salario, pensando hacerse clérigo y ser capellán del cenobio. Las nuevas monjas eligieron la Orden de San Francisco, cuya primera abadesa fue Justina de Guevara. Con ella entraron 12 doncellas hijas de conquistadores21.

Siguió el monasterio de las Descalzas de San José (¿1615?). Fue su fundadora doña Inés de Sosa, hija del regidor Francisco de Talavera y esposa del conquistador Francisco de Cárdenas pero, luego de dejar 14 000 pesos para la obra, falleció sin poder verla iniciada. Fue su primera abadesa Inés de Rivera, de Medellín de Extremadura, monja de ejemplar vida durante 28 años en el monasterio de la Concepción. Cambió su nombre por el de Leonor de la Santísima Trinidad y se desempeñó como abadesa hasta que murió en 1624. Dice el cronista:

Está este convento en la plaza de Santa Ana; tiene bastante sitio, y una iglesia capaz y de buena fábrica, con la capilla mayor cubierta de rica y curiosa lacería [mudéjar], y un clérigo capellán que celebra cada día. Tiene al presente [1635] ochenta monjas, las cuales hacen vida muy austera y dan a esta república muy gran edificación con su grande observancia22.

Rosa tuvo ante todos estos monasterios limeños una actitud especial. Por su cuna humilde y falta de dote, no era fácil ingresar a los monasterios de la Encarnación, de la Concepción y de la Santísima Trinidad. Asimismo, estuvo por entrar al monasterio de Santa Clara y no aceptó el de las Descalzas de San José. En el fondo de su corazón, lo que Rosa quería era ser monja dominica y fundar el monasterio de Santa Catalina de Siena de la capital, pero por entonces en Lima todavía no existían las religiosas dominicas23.

Los santos

Fue la de Rosa una época especial, pues vivieron junto a ella, en el virreinato del Perú, santo Toribio de Mogrovejo (1538-1606), san Francisco Solano (1549-1610), san Martín de Porras (1579-1639) y acaso san Juan Masías (1585-1645). Con Rosa fueron cinco los santos que produjo la capital virreinal peruana, todos muertos en Lima, salvo santo Toribio que finó en Saña24. También fue de este lapso la beata sor Ana de los Ángeles Monteagudo (1602-1686), que floreció en Arequipa25.

Igualmente, vivieron en el Perú al mismo tiempo que Rosa los siervos de Dios Luis López de Solís (1535-1606), agustino; fray Gonzalo Dias de Amarante (1540-1618), mercedario; Diego Martínez (1542-1626), jesuita; Juan Sebastián de la Parra (1546-1622), jesuita; fray Pedro Urraca (1583-1657), mercedario; Juan de Alloza (1597-1666), jesuita; Francisco del Castillo (1615-1673), jesuita; y Francisco Camacho (1629-1698), juandediano26.

Asimismo, fueron coetáneos de Rosa en el virreino peruano los aspirantes a siervos de Dios María de Jesús (1525-1617), agustina; María de Esquivel (ca. 1530-1609), laica; fray Andrés Corzo (1535-1620), franciscano; Juan de la Concepción (1537-1640), franciscano; Isabel de Porras Marmolejo (ca. 1550-1631), terciaria franciscana; Juan del Castillo (ca. 1555-1636), laico; fray Juan Gómez (ca. 1560-1631), franciscano; Antonio de San Pedro (1561-1622), mercedario; Francisco Verdugo (1561-1636), presbítero y obispo; Estefanía de San Francisco (1561-1645), terciaria franciscana; Miguel de Santo Domingo (ca. 1561-ca. 1648), donado dominico; Jerónima de San Francisco (1575-1643), concepcionista; Antonio Ruiz de Montoya (1585-1652), jesuita; Lucía Guerra de la Daga (ca. 1587-1649); Francisco de San Antonio (1593-1678), lego dominico; Feliciana de Jesús (ca. 1600-ca. 1664); Isabel de Jesús (ca. 1600-1670), monja no precisada; Miguel de Ribera (ca. 1600-1680), clérigo presbítero; Gonzalo Baes (1604-1662), hermano jesuita; y Úrsula de Cristo (1604-1666), donada clarisa27.

En otras palabras, santa Rosa de Lima vivió cronológicamente entre las figuras de los siervos de Dios fray Diego Ruiz Ortiz (1532-1571), el protomártir del Perú, y del virtuoso indio chiclayano Nicolás de Ayllón (1632-1677), sastre de oficio28.

No fue, pues, casualidad, que hubiera en el Perú, en la época que vivió Rosa (1586-1617), cuatro santos, una beata, ocho siervos de Dios y veinte bienaventurados. Eran los frutos de la Reforma católica tridentina y de la piedad reinante. Por eso, también correspondió al virreinato del Perú ofrecer las dos primeras santas del continente indiano: Isabel Flores de Oliva (1586-1617), la Rosa de Lima, y Mariana de Jesús Paredes (1618-1645), la Azucena de Quito29.

1Cieza de León, Pedro. La crónica del Perú. Buenos Aires: Compañía General Fabril Financiera, 1955, cap. lxxi, pp. 201-202.

2Busto Duthurburu, José Antonio del. «Los virreyes: vida y obra». En Historia general del Perú. Lima: Brasa, 1944, t. v, pp. 144-153.

3Mendiburu, Manuel de. Diccionario histórico biográfico del Perú. Lima, 1878, t. v, pp. 55-62. Sánchez Concha Barrios, Rafael. Santos y santidad en el Perú virreinal. Lima, 2004, pp. 83-96.

4Sánchez Concha Barrios, Rafael. Op. cit., pp. 30-51. Cobo, Bernabé. La fundación de Lima. En Obras del Padre Bernabé Cobo. Madrid, 1956, t. i, lib. ii, caps. vi-xiv, pp. 69-395, y caps. xv-xvii, pp. 395-399.

5Cobo, Bernabé. Op. cit., lib. iii, caps. ii-vii, pp. 417-426.

6Ibid., lib. iii, caps. x-xiv, pp. 426-428.

7Ibid., lib. ii, cap. xviii, pp. 399-401.

8Ibid., lib. ii, caps. xx-xxii, pp. 402-414; y lib. iii, caps. xxii-xxiv, pp. 436-441. Busto Duthurburu, José Antonio del. San Martín de Porras (Martín de Porras Velásquez). Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, 1992, cap. i, p. 22.

9Busto Duthurburu, José Antonio del. Op. cit., loc. cit.

Cobo, Bernabé. Op. cit., lib. iii, caps. xxv-xxxii, pp. 441-453.

10Salinas y Córdova, Buenaventura de. Memorial de las historias del Nuevo Mundo. Pirú. Lima, 1957, discurso i, cap. viii, p. 91.

11Calancha, Antonio de la. Crónica moralizada de la Orden de San Agustín en el Perú. Lima, 1975, t. ii, lib. i, cap. xxxviii, pp. 544-550.

12Meléndez, Juan. Tesoros verdaderos de las Yndias en la historia de la gran provincia de San Juan Bautista del Perú. Roma, 1681, t. ii, lib. ii, cap. vi, p. 177.

13Cobo, Bernabé. Op. cit., lib. ii, cap. i, p. 359.

14Mendiburu, Manuel de. Op. cit., t. vi, pp. 536-538.

15López Martínez, Héctor. «Francisco Hernández Girón, el último de los caudillos». Tesis universitaria para optar el grado de bachiller en Humanidades (inédita). Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, 1962, epílogo, p. 146. Lugones, Manuel. «Pedro del Castillo, fundador de Mendoza». Revista de la Junta de Estudios Históricos, n.os 35-36, Mendoza, 1949, p. 44.

16Cobo, Bernabé. Op. cit., lib. iii, cap. xv, p. 429.

17Mendiburu, Manuel de. Op. cit., t. v, pp. 389-391.

18Cobo, Bernabé. Op. cit., lib. iii, cap. xvi, p. 431. Se trata del retablo de la Degollación del Bautista, obra de Juan Martínez Montañés, que hoy se exhibe en la catedral de Lima.

19Ibid., lib. iii, cap. xvii, p. 432.

20Ibid., lib. iii, cap. xvii, pp. 431-432.

21Ibid., lib. iii, cap. xviii, p. 432.

22Ibid., loc. cit.

23Zegarra López, Dante. Monasterio de Santa Catalina de Sena de Arequipa y doña Ana de Monteagudo, priora. S. l., 1985, p. 59. El monasterio de Santa Catalina de Siena de Arequipa fue fundado el 10 de setiembre de 1579 por doña María de Guzmán, quien tomó el hábito dominico el día 13 de setiembre del referido año, es decir, fue 45 años mayor que el monasterio de Santa Catalina de Siena de Lima.

24 Todos están sepultados en templos de Lima: santo Toribio, en la Catedral; san Francisco Solano, en San Francisco; y san Martín de Porras, san Juan Masías y santa Rosa, en Santo Domingo, en la capilla de San Jerónimo, de los Aliaga.

25 Sor Ana de los Ángeles Monteagudo está sepultada en Arequipa, en el monasterio de Santa Catalina de Siena.

26Sánchez Concha Barrios, Rafael. Op. cit., cap. x, pp. 157-198.

27Ibid., cap. xi, pp. 199-243. En cuanto a sus naturalezas tenemos que añadir: María de Esquivel, «María, la Pobre», fue sevillana; fray Andrés Corzo, de la isla de Córcega; Juan de la Concepción, montañés del valle de Toranzo; Isabel de Porras, sevillana; Juan del Castillo, toledano de Salarrubias; fray Juan Gómez, sevillano de Puebla de Guzmán; Francisco Verdugo, sevillano de Carmona; Estefanía de San Francisco, mulata cusqueña; Miguel de Santo Domingo, mulato posiblemente limeño; Jerónima de San Francisco, sevillana; Antonio Ruiz de Montoya, limeño; Lucía Guerra de la Daga, limeña; Francisco de San Antonio, indio de Huailas; Feliciana de Jesús, de Trujillo del Perú; Isabel de Jesús, limeña; Miguel de Ribera, trujillano del Perú; Gonzalo Baes, portugués; y Úrsula de Cristo, mulata limeña. El único de cuna desconocida es Antonio de San Pedro, de la orden de la Merced.

28Ibid., cap. x, pp. 162-165 y 194-198.

29Ibid., cap. ii, pp. 49-55, nota 21.

Parte primeraLa casa del arcabucero

Capítulo ILA familia

El padre

El arcabucero Gaspar Flores fue natural de San Juan de Puerto Rico30. Vino al mundo, según lo que se calcula a partir de las confesiones que realizó a lo largo de su vida, entre 1521 y 152831. Fue hijo matrimonial de Hernando de la Puente y María Flores, españoles de mediano estatus social, probablemente «cristianos viexos»32. Los usos saltuarios propios de la época le permitieron anteponer su apellido materno al paterno y figurar así durante toda su existencia33.

Pasó a Tierrafirme en 1545 y llegó a Panamá cuando era allí gobernador el sevillano Pedro de Casaus. En Panamá presenció la rendición de la armada gonzalista de Pedro Alonso de Hinojosa, sentó plaza de soldado en el ejército del Rey y pasó al Perú con el presidente de la Audiencia limeña Pedro de la Gasca, con quien concurrió a la batalla de Jaquijahuana, en la pampa de Anta, el 9 de abril de 1548, punto final de la rebelión de Gonzalo Pizarro34.

Estando en Lima, en 1552, se vincula con el capitán Pedro Luis de Cabrera35 y con el hidalgo Juan Ramírez Zegarra; y se desempeñó como criado o escudero del primero, con quien llegó a Potosí. Al regresar a Lima, presenció la llegada de los vencidos en la rota de Chuquinga. Por estar postrado en la cama, enfermo, no participó en la captura de Toribio Galíndez (soldado que pensaba alzarse con la armada y entregarla a los rebeldes gironistas, acaudillados por Francisco Hernández Girón), pero recuperado de su mal y vuelto al campamento de Ate, sale con el general Pablo de Meneses, asiste al desbarate de Villacurí en el desierto iqueño (31 de marzo de 1554) y combate posteriormente con el ejército de la Audiencia en la batalla de Pucará (21 de mayo de 1554), acción en la región puneña que significó el fin de las guerras civiles de los conquistadores36.

Sirvió luego con el capitán Antonio de Oznayo en la entrada de los Bracamoros, al norte de Cajamarca; la lucha fue dura y penosa, pues se combatió contra los indios flecheros y, por poco, contra el capitán Juan de Salinas y Loyola, quien salió de Yaguarzongo, al oriente de Cuenca, hoy Ecuador, alegando que estaban penetrando tierras suyas. No llegaron a las armas porque se presentó Juan Ramírez Zegarra, el amigo de Gaspar Flores, con pliegos del virrey marqués de Cañete dirimiendo la contienda. Cumplida la misión de Juan Ramírez Zegarra, Oznayo encargó a Gaspar Flores y a otros soldados que lo escoltaran hasta ponerlo fuera del alcance de los indios flecheros37.

Al retornar a Lima se pagaron sus servicios con una plaza de arcabucero en la escolta virreinal. Se autotituló en esos días «residente en esta ciudad e gentilhombre de los arcabuceros de la guardia deste rreyno»38. La merced se le otorgó el 28 de febrero de 1557, pero él comenzó a servir el 9 de marzo39. Sin embargo, cuatro años después no figura como arcabucero en la lista de los lanzas y arcabuces del virrey conde de Nieva40. Ello se debe a que en 1560 hizo compañía con Tomás Bendicho para explotar unas minas de oro y plata en Chuquicoto, corregimiento de Huánuco, aunque no sacó ningún provecho de esta actividad, pues en 1564 aparece nombrado en un acta notarial de Lima como maestro de esgrima y profesor de danza, habilidades que no le conocíamos. Eran los últimos días frívolos del virrey conde de Nieva41.

Lo cierto es que se reintegró a su plaza soldadesca y fue uno de los arcabuceros escogidos para la famosa visita de la sierra peruana que realizó el virrey Francisco de Toledo. Integrándola participó en la guerra de Vilcabamba contra el inca Túpac Amaru, en la que intervino en la toma del puente de Chuquichaca y de la fortaleza de Huaina Pucara. Antes de volver al Cusco, asistió a la fundación de San Francisco de Vilcabamba42. Siempre formando parte de la escolta virreinal, estuvo en La Plata y Potosí; igualmente en la campaña contra los indios chiriguanos, que se frustró cuando el gobernante decidió regresar en el río Pilaya. Viaja entonces a Arequipa y llega por mar al Callao, para entrar finalmente a Lima el 20 de noviembre de 1575, víspera de la Presentación de Nuestra Señora43.

Tiempo después, el 1 de mayo de 1577, contrajo matrimonio en la parroquia catedralicia del Sagrario con la limeña María de Oliva, hija de Francisco de Oliva y de Isabel de Herrera. Fueron testigos de la ceremonia Cristóbal de León, Antonio Lobato, Francisco Castilla y el capitán Juan Maldonado de Buendía, veterano de la guerra contra los gironistas44. La suegra del arcabucero, que al parecer era viuda, dotó a la contrayente con una barra de plata, bien que los desposados emplearon nueve años más tarde en comprar la definitiva casa hogareña, a espaldas del Hospital del Espíritu Santo, que era el de los mareantes45.

En 1585, Gaspar Flores volvió a las actividades mineras, pero su suerte no mejoró, por lo que, tres años después, el virrey conde de Villar lo acogió nuevamente en la compañía de arcabuceros, con 250 pesos anuales de salario, para atender a la artillería de la sala de armas del palacio virreinal46.

Gaspar Flores seguía pobre y con muchos hijos, pero se codeaba con familias conocidas de la capital, como eran las de Juan Vasco, alférez de Melchor Verdugo cuando se levantó en Trujillo47; la del contador Juan de Cáceres, asesinado por Girón en la ciudad del Cusco48, y la de su antiguo amigo y compañero de armas Juan Ramírez Zegarra, cuyo padre era Pedro de Casaus, que fue gobernador de Panamá cuando Gaspar Flores era un mancebo sin oficio en Tierrafirme. Juan Ramírez Zegarra había sido corregidor de Arequipa y estaba casado con la hija del factor Bernardino de Romaní49. Gaspar Flores, pues, había ascendido socialmente.

Arcabucero de los virreyes Fernando de Torres y García Hurtado de Mendoza, aún proseguía en el oficio con Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey. Su fortuna de soldado no debía de ser mayor, pero debe de haber mejorado durante el tiempo en que fue administrador de un obraje en Quives, sierra de Canta, hacia 1597. No era poca cosa mantener 13 hijos, aunque algunos, es verdad, fallecieron cuando niños. Para ayudarse actuó como intérprete de los indios ante la Real Audiencia en 1602, hecho que nos hace ver que el soldado sabía la lengua quechua50. Ese mismo año solicitó una información de sus servicios pretendiendo una merced de la Corona51.

Sus ascensos sociales siguieron progresando. En 1608 depuso como testigo en la probanza de Nicolás de Mendoza Carvajal, que pretendía un hábito militar en la Orden de Santiago; en 1618 hizo lo mismo a favor de Jorge Manrique de Lara y Cepeda, aspirante igualmente a la Orden del Apóstol y futuro presidente de la Audiencia de Charcas52.

Estaba viejo, muy viejo, pero él se confesaba más viejo todavía. Seguía de residente en la Ciudad de los Reyes, vale decir, morador, con casa de morada en ella. No era vecino encomendero, tampoco estante ni pasante. Firmaba, sabía leer y escribir, incluso había llevado puntualmente un cuaderno con apuntes de familia en el que anotaba el día y la hora en que había nacido cada uno de sus 13 hijos, precaución útil para un padre prolífico53.

En los interrogatorios sobre las virtudes de su hija Rosa, efectuados en Lima el 22 de febrero de 1618, se muestra impaciente, prefiere las respuestas fáciles, cortas, nada coloridas. Al anciano, de más de noventa años, se le aprecia parco, con fatiga senil, enemigo de pormenores. Incluso es mal observador. No entra en apreciaciones de la vida femenil: «porque este testigo era hombre [y] no cuidaba de saberlo»54. Cuando conoce el tema, es directo en su respuesta pero, si no era así, evitaba repeticiones y el escribano se veía obligado a escribir: «dijo que dice lo que tiene dicho en la pregunta antes de esta»55, «dijo que no la sabe»56, «dijo que no sabe nada de lo que dice la pregunta»57. Se preocupaba poco de su casa, no estaba al tanto de todo, el peso del hogar lo llevaba su esposa. Por eso no tuvo mucho conocimiento sobre la vida de su hija. Él se acostaba temprano. Se lo veía enfermo y en cama. Estaba viejo58.

El 20 de abril de 1618 —ocho meses después de fallecida su hija Rosa— elevó un escrito al Rey solicitándole mercedes dada su precaria situación económica. Expuso haber servido a la Corona durante 78 años, ser el último sobreviviente de la compañía original de arcabuceros del virreinato, y añade los méritos de su difunta hija Rosa, «por los muchos milagros que hizo en vida y muerte»59 y haber sido «la primera flor con cuyas virtudes y santidad ha querido Nuestro Señor engrandecer al Pirú»60. De hecho, Gaspar Flores es el último de los conquistadores que nombra al Perú, Pirú.

El arcabucero testó en Lima el 20 de julio de 1620. Estaba «enfermo del cuerpo y sano de la voluntad»61. Pidió ser enterrado en la iglesia de Santo Domingo. El testamento muestra que su situación no era tan precaria como la había hecho ver dos años atrás. Tenía una casa, tres esclavos, una mula ensillada, una escopeta y otros enseres. Murió después de febrero de 1622, es decir, según sus cálculos y confesiones, alcanzó los «cien años antes más que menos»62.

A Angélico Medoro —que sin duda conoció a Gaspar Flores— se le atribuye un lienzo que, a decir verdad, solo el artista podía pintar entonces en Lima. Ya no vivía Mateo Pérez de Alessio, el Bitti nunca había sido retratista. El cuadro se titula La muerte de santa Rosa y allí aparece de pie el padre de la santa, delgado, barbinegro, de raza blanca, trigueño. Su vestido es el de la gente llana y no compite, en nada, con los de un par de caballeros que, así mismo, figuran en el lienzo. Usa jubón plomizo de mangas largas y lleva un pañuelo atado a la cabeza, como lo usaban los hombres del común, incluso los marineros. Resulta casi inútil reparar en las facciones, pero la nariz es aquilina y los ojos de color oscuro. El arcabucero tenía entonces, hacia 1618, más de noventa años y estaba próximo a cumplir los cien. Sin embargo, el pintor, por concesión especial, pareciera haberle quitado medio siglo de encima, pues el personaje aparenta solo 50 otoños. Como el retrato no es de confiar, se debe recurrir a lo poco que pudo tener de auténtico y que suele no variar con la edad: el color de la piel, los ojos oscuros, la nariz aguileña y la delgadez corpórea. Pero ¿alguna de las características nombradas perteneció al arcabucero o el representado es un personaje totalmente de ficción? No existe respuesta alguna a esta pregunta.

La madre

Se llamó María de Oliva y Herrera, era «criolla» de Lima63, y fue hija de Francisco de Oliva y de Isabel de Herrera64; había nacido hacia 156065. Firmaba «Ma. De Oliva»66 o «M. de Oliva»67, y sabía leer y escribir68.

Era bastante menor que su marido. Tenía personalidad definida. No era de malos sentimientos, pero sí de genio fuerte. Se le descubre activa, hacendosa, preocupada, religiosa, irascible, tenaz, dominante, curiosa, efusiva y temerosa de oscuridades69.

Su religiosidad no era nada excepcional, era la común a una criolla limeña de su época —misas, novenas, rosarios, procesiones—, tampoco más. Se autodefinía como «cristiana temerosa de Dios y de su conciencia»70. Su moral era fuerte sin llegar a rígida; socialmente, le importaba la opinión de los demás.

Desde 1577 estaba casada con Gaspar Flores, «gentilhombre de la compañía de arcabuces de la guardia de este reino»71, a quien llegó a darle 13 hijos, de los cuales varios fallecieron niños72. Al final, por el testamento de su marido en 1620, quedó instituida tutora de sus vástagos, por ser «persona de mucha fidelidad y confianza y muy buena christiana»73.

María de Oliva, en una remota posibilidad y si se cruzan algunos datos que veremos adelante, quizá puede ser calificada de mestiza, es decir, traer sangre india. El citado cuadro La muerte de santa Rosa, atribuido a Angélico Medoro, pintor que la conoció, la representa de tez más oscura que la de su marido y las de otras personas españolas del lienzo. Figura arrodillada y con la cara cubierta parcialmente por un pañuelo albo con el que enjuga sus lágrimas. También luce rejuvenecida, pues por entonces era sexagenaria o poco menos si no mayor. Su cabello es negro, liso, sin canas y está atado en la nuca, que oculta una mantellina blanca. Está hincada al pie de su cónyuge. Marido y mujer lucen prendas burdas. A ninguno se le aprecia el calzado. Los zapatos se esconden mañosamente, acaso por ser borceguíes o chapines humildes, parientes cercanos de las alpargatas. El cuadro no tiene que ser realista y de hecho no lo es respecto de las edades de los personajes. Sin embargo, interesa subrayar los vestidos corrientes que exhibe María de Oliva: falda roja, blusa negra, manto verde y mantellina blanca. Es el atuendo de una mujer criolla o española común, sin adornos ni joyas, bordados ni lentejuelas. Sus ropas son las propias de una fémina que forma parte del penúltimo o antepenúltimo estrato social de la república de españoles. Ella y su marido eran gente honesta, laboriosa, pero en ningún caso gente hidalga o de fortuna74. Lo de la estrechez era cierto. El jesuita Antonio de Vega Loaysa, confesor de Gaspar y María, afirmó que ambos eran «buenos padres»75 y «personas de reconocida piedad y cristiandad, aunque pobres y necesitados»76.

Los hermanos

Los hijos de Gaspar Flores y María de Oliva fueron 13, todos nacidos en Lima y algunos desaparecidos muy pequeños. Siguiendo los usos saltuarios de la época se apellidaron Flores de Oliva o Flores de Herrera. La lista de estos vástagos, en orden cronológico, la reconstruimos así:

1) Gaspar Flores de Oliva, el primogénito, bautizado en la parroquia de San Sebastián —como todos los hermanos que le siguen— el 1 de junio de 1579, por el cura Antonio Polanco. Fueron sus padrinos el licenciado Francisco Falcón e Isabel Mexía, su mujer77. Desde 1603 servía en la guerra de Chile contra los indios araucanos. Alcanzó el grado de capitán. Su hijo Gaspar fue casado con Isabel Argabe, matrimonio del que nació Laura Rosa Flores de Oliva, que en 1709 ingresó de monja dominica al limeño monasterio de Santa Catalina78.

2) Bernardina Flores de Oliva, bautizada como «Bernaldina» el martes 13 de junio de 1581 por el cura Polanco. Sus padrinos fueron Diego de Aguilar e Isabel de Castro, su mujer79. Murió en Quives hacia 1597 y fue enterrada en la pequeña iglesia de ese lugar. Finó de 15 o 16 años de edad, pero se le recordaba como fallecida a los 1480.

3) Hernando Flores de Herrera, bautizado por el cura Polanco el 24 de mayo de 1584. Lo apadrinaron Blasco Hernández e Inés de Cabañas81. Sabía leer y escribir.82. Se dedicó a la agricultura en una chacra que aportó su esposa. Vivía en el barrio de Santa Ana, donde falleció el 13 de diciembre de 1627 luego de otorgar testamento ese mismo año. En su esposa Josefa de Torres dejó una hija: Sulpicia Flores de Torres83.

4) Isabel Flores de Oliva (1586-1617), hoy santa Rosa de Lima, motivo del presente estudio.

5) Francisco Flores de Oliva, bautizado por el bachiller Hernando Martínez el 6 de junio de 1590. Sus padrinos fueron Gonzalo García y Leonor de Melo84. Murió tempranamente85.

6) Juana Flores de Oliva, bautizada el 11 de setiembre de 1592 por el bachiller Laurencio Delgado de León, cura de San Sebastián. El padrino fue Diego Rodríguez86. En la procesión efectuada en la plaza mayor de Lima en honor a Rosa de Santa María, el 26 de agosto de 1669, salió en hábito de clérigo y entre dos diputados de la ciudad, un nieto suyo87.

7) Antonio Flores de Herrera, bautizado el 8 de julio de 1594 por el doctor Gaspar Centurión de Spínola, cura de San Sebastián. Fueron sus padrinos Hernando Remón de Oviedo y Juana de Toledo88. Vivía en 1688 y se creía que estaba en Condoroma, sierra sur del Cusco. El virrey conde de Lemos, en carta de ese año, lo recomendó a la Reina gobernadora89.

8) Andrés Flores de Herrera, bautizado el sábado 21 de diciembre de 1596 por el párroco Laurencio Delgado de León. Su padrino fue Pedro de Bilbao90. Vivía en 162091.

9) Francisco Matías de Oliva, llamado así en memoria de su fallecido hermano Francisco Flores de Oliva92. Vivía en 162093. Debió de nacer en Quives94.

10) Jacinta Flores de Oliva, inscrita el sábado 25 de abril de 1603 por el doctor Laureano Delgado de León, cura beneficiado de San Sebastián, a la que dijeron haberle echado el agua bautismal, en estado de necesidad, el licenciado Luis de Betanzos, presbítero. Fue su padrino Alonso de Carrión. La niña tenía dos meses de edad95.

A los dichos deben agregarse tres niños o niñas que debieron de nacer sin vida o morir párvulos, dado que ninguno llegó a bautizarse96. La mortandad infantil —como consta en los libros parroquiales de la época— era algo bastante común.

La familia Flores de Oliva no alcanzó notoriedad por medio de sus vástagos. Su descendencia, que la hubo, se perdió en la muchedumbre o se extinguió muy a prisa, hasta el punto de que un siglo después del deceso de Rosa de Santa María, la familia Flores de Oliva se había apagado totalmente en Lima, salvo unos pocos casos clericales y monjiles sometidos al celibato eclesial97.

30 Pérez Cánepa, Rosa. «El primer libro de matrimonios de la parroquia del Sagrario de Lima (continuación)». Revista del Instituto Peruano de Investigaciones Genealógicas, n.º viii, Lima, 1995, p. 290. Lohmann Villena, Guillermo. «De Santa Rosa, su padre y su hermano». Diario El Comercio, sección A, Lima, 18 de enero de 1995, p. 2. Meléndez, Juan. Tesoros verdaderos de las Yndias en la historia de la gran provincia de San Juan Bautista del Perú. Roma, 1681, t. ii, lib. ii, cap. vi, p. 177. Dice este autor que Gaspar Flores nació «en la Ciudad de Puerto Rico, Isla de Barlovento, sujeta a la Ysla Española».

31 Archivo General de Indias de Sevilla (AGI). Patronato 129-N 1-R 3; 129-N 1-R 4; 137-N 2-R 3. Lohmann Villena, Guillermo. Op. cit., loc. cit.

32 Pérez Cánepa, Rosa. Op. cit., loc. cit. Según el dominico fray Ramón Hernández Martín, el abuelo paterno de Santa Rosa se llamó Luis Flores y era hidalgo de la villa de Baños de Montemayor, en Cáceres, Extremadura, donde testó en 1584 y dejó nueve hijos, uno de los cuales se llamaba Gaspar y estaba en Indias. Por otro lado, entre 1668 y 1676, fray Bartolomé Martín Flores, dominico, confesor del obispo de Sigüenza, se reconocía bisnieto del citado Luis Flores y primo segundo de Santa Rosa (Mujica Pinilla, 2001, pp. 327-328, nota 26). El parentesco alegado sufre de opacidad e incluso de error. Nuestra opinión es que el Gaspar Flores de Baños de Montemayor es un homónimo del arcabucero. Los motivos son cuatro: el arcabucero dijo —en su partida matrimonial y en su testamento— ser natural de Puerto Rico, su apellido Flores le venía por el lado materno, su padre se llamó Hernando de la Puente y, por último, jamás confesó ni pretendió ser hidalgo.

33 Flores es apellido castellano, remotamente asturiano y distinto del apellido Flórez (que viene del nombre Fruela por medio del apellido Frólaz). Los apellidos en el siglo XVI y antes se podían tomar de un antepasado reciente, para evitar su extinción, perpetuar un parentesco importante o condicionar una herencia por vía de mayorazgo.

34 AGI. Patronato 129-N 1-R 3 y 137-N 2-R 3.

35 Pedro Luis de Cabrera fue hermano de Jerónimo Luis de Cabrera, fundador de la villa de Valverde, hoy Ica, en 1563, y de Córdoba del Tucumán, en 1573. Ambos eran descendientes de san Luis, rey de Francia (motivo por el que se llamaban Luis), por línea de su hija Blanca de Francia, mujer del infante Alfonso de la Cerda. Pedro Luis y Jerónimo Luis de Cabrera venían a ser sextos nietos del santo rey de los franceses (véase Busto Duthurburu, José Antonio del. Fundadores de ciudades en el Perú (siglo xvi). Lima, 1955, p. 197).

36 AGI. Patronato 129-N 1-R 3 y 137-N 2-R 3.

37 AGI. Patronato 129-N 1-R 3.

38Ibid., loc. cit. Véase, además, el testimonio del arcabucero Gaspar Flores. En Primer proceso ordinario para la canonización de Santa Rosa de Lima (PPOCSRL). Transcripción, introducción y notas del R. P. Hernán Jiménez Salas O. P. Lima, 2002, p. 397. En este documento, Gaspar Flores se vuelve a llamar «natural de San Juan de Puerto Rico» y «gentil hombre de la compañía de los arcabuces de la guardia de este reino».

39 Lohmann Villena, Guillermo. Op. cit., loc. cit. PPOCSRL. Testimonio del contador Gonzalo de la Maza, p. 44.

40 En la Relación de las personas que componían las compañías de lanzas, arcabuces y alabardas del 6 de abril de 1562, no figura Gaspar Flores, y los únicos que aparecen con el mismo nombre de pila, detalle que en algunos casos suele llevar a una posterior identificación, Gaspar Verdugo y Gaspar de Losada, descartan esta posibilidad por ser escuadras, graduación que nunca tuvo nuestro arcabucero.

41 Lohmann Villena, Guillermo. Op. cit., loc. cit.

42 AGI. Patronato 137-N 2-R 3.

43Ibid., loc. cit.

44 Pérez Cánepa, Rosa. Op. cit., loc. cit.

45 Lohmann Villena, Guillermo. Op. cit., loc. cit.

46Ibid., loc. cit.

47 AGI. Patronato 137-N 2-R 3.

48 AGI. Patronato 129-N 1- R 4.

49 AGI. Patronato 129-N 1-R 3. Busto Duthurburu, José Antonio del. «La casa de Peralta en el Perú (rama primogénita)». Tesis para optar el grado de bachiller en Huma­nidades (inédita). Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, 1953, p. 192.

50 Lohmann Villena, Guillermo. Op. cit., loc. cit.

51Ibid., loc. cit.

52Ibid., loc. cit.

53 PPOCSRL. Testimonio del padre Antonio de Vega Loaysa S. J., p. 276; testimonio del contador Gonzalo de la Maza, p. 47; y testimonio de Hernando Flores de Herrera, p. 515.

54 PPOCSRL. Testimonio del arcabucero Gaspar Flores, p. 399.

55Ibid., p. 400.