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Secretos de Última Línea narra, desde la perspectiva del autor como actor y testigo, acontecimientos desconocidos para el gran público y los estudiosos, del período que va desde mediados de los sesenta hasta el pre-estallido social. Durante el periodo de la Unidad Popular, Hernán es electo como alto dirigente del PS. Las características de su historia anterior, deciden a la Comisión Política encargarlo de ayudar en dilucidar el magnicidio de Pérez Zújovic, terminando por identificar y detener a los agentes estadounidenses que, infiltrados en la Vanguardia Organizada del Pueblo, VOP, realizaron el plan del magnicidio. El jefe de la Brigada de Homicidios se los arrebata, desapareciendo para siempre la responsabilidad de la CIA en dicho asesinato.
La narrativa se inicia con el intercambio epistolar entre dos grandes amigos, Gonzalo y Hernán, separados por el azar de la Guerra Fría. Gonzalo, como emigrante a USA que termina como soldado en VietNam; Hernán, incorporado a las luchas sociales y políticas que van desde la pre-Unidad Popular hasta la Resistencia a la Dictadura.
La muerte trágica de Gonzalo en México, coincide simbólicamente con el cambio de época, con el derrumbe del llamado socialismo real.
La integración del autor a la nueva realidad social, cultural y política chilena, lo lleva a reconectarse con el mundo ignorado por las estadísticas de la pobreza, que diera origen a su compromiso social.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
Secretos de Última Línea narra, desde la perspectiva del autor como actor y testigo, acontecimientos desconocidos para el gran público y los estudiosos, del período que va desde mediados de los sesenta hasta el pre-estallido social. Durante el periodo de la Unidad Popular, Hernán es electo como alto dirigente del PS. Las características de su historia anterior, deciden a la Comisión Política encargarlo de ayudar en dilucidar el magnicidio de Pérez Zújovic, terminando por identificar y detener a los agentes estadounidenses que, infiltrados en la Vanguardia Organizada del Pueblo, VOP, realizaron el plan del magnicidio. El jefe de la Brigada de Homicidios se los arrebata, desapareciendo para siempre la responsabilidad de la CIA en dicho asesinato.
La narrativa se inicia con el intercambio epistolar entre dos grandes amigos, Gonzalo y Hernán, separados por el azar de la Guerra Fría. Gonzalo, como emigrante a USA que termina como soldado en VietNam; Hernán, incorporado a las luchas sociales y políticas que van desde la pre-Unidad Popular hasta la Resistencia a la Dictadura.
La muerte trágica de Gonzalo en México, coincide simbólicamente con el cambio de época, con el derrumbe del llamado socialismo real.
La integración del autor a la nueva realidad social, cultural y política chilena, lo lleva a reconectarse con el mundo ignorado por las estadísticas de la pobreza, que diera origen a su compromiso social.
SECRETOS DE ÚLTIMA LÍNEA
Hernán Coloma
© Hernán Coloma A.
Edición digital: Virtual Ediciones
ISBN digital: 978-956-416-584-4
Edición impresa: Grillo M
ISBN: 978-956-416-080-1
Fotomontaje portada: Eleonora Casaula
(Fotos de Hernán Coloma, Gonzalo Orrego y funeral de Edmundo Perez Zujovic)
Fotografía del autor: Carolina Rossetti
Santiago Chile, Noviembre 2023
A Gonzalo Orrego
A los Olivares de Villa Independencia o Cruces de La Peña
A Miguel Villalón, Alfredo Guerra y los 101, de San Esteban
A Pedro Cornejo y Juan Ávila
A Moncho Silva y Quico Barraza
A Alejandro Montero y Svieta
A los y las que me hicieron comprender el mundo en su diversidad
Los relatos de estas memorias corresponden a vivencias del autor como protagonista, o testigo, desde mediados de los años sesenta hasta nuestros días, como militante y dirigente del Partido Socialista chileno. La motivación de hacerlo se generó por la extrañeza que me surgía cada vez que se describían distintas versiones, de acciones políticas en las que participé, sus causas, efectos y lecciones.
La historia oficial, sobre la cual se analiza la realidad de nuestro pasado mediato, es recuperada de acuerdo a los intereses del presente, congelada en verdades intervenidas, despojándolas del contenido de humanidad que tiene todo proceso que conmueve a cualquier sociedad, en una tensión constante que enfrenta la necesidad de torcer o definir los destinos colectivos. Es clásica la tendencia del poder constituido a ignorar la memoria social que rescata caminos que trascienden generaciones.
Las experiencias vividas, preexistentes en el recuerdo de miles de individuos, estructuran, como en un rompecabezas, las piezas de una realidad que, de modo misterioso, estalla con una causa aparente como el alza del transporte. Rápidamente, la maquinaria del poder reacciona, sacando del congelador aquellas “verdades”, construidas por siglos, para doblegar otro posible destino de la sociedad.
Mi historia individual es prácticamente la historia de lucha de muchos de mi generación que aplicamos un modo de percibir el mundo, que guió nuestras acciones y que permiten comprender mejor lo que nos motivaba a actuar como lo hicimos. Cuento cómo ocurrieron los procesos que hoy se sintetizan en versiones elaboradas, desde la experiencia cotidiana de un testigo o actor, reproduciendo no sólo el hecho sino el impacto en nuestras emociones.
Rescato algunos acontecimientos que impactaron la opinión pública en su momento, que permanecen ocultos y pudieran ser relevantes para comprender la historia de estos decenios. También hechos actuales, de la vida diaria de nuestra sociedad desconocidos para el gran público, dolorosos, pero que pertenecen a la vida cotidiana de una importante parte de la población. Se aprende más por la experiencia que por los libros, aunque estos colaboren eficazmente en ordenarla.
Como la memoria es cambiante, subjetiva, confirmé la veracidad de lo que narro, con la ayuda de terceros, compañeros de ruta, y consultas de documentos, de otras narraciones testimoniales, de otras memorias y de mis propias notas que apunté por años, ratificando que correspondieran al hilo del tiempo en que transcurrieron.
Mi relato no es siempre “políticamente correcto”, porque describo situaciones que serían aberrantes para el estado de conciencia actual. El relato, que en parte denuncia algunos hechos dramáticos, que ocurrieron en el curso de mi participación en luchas políticas o sociales, no pretende agotarse en la denuncia, sino advertir la fragilidad humana en el ejercicio de cualquier forma de poder.
Hernán Coloma. Diciembre de 2021
Santiago, 28 de marzo de 1966
Querido Gonzalo:
Te envío un artículo que escribí sobre hechos que debes desconocer sobre una represión cruel en el mineral El Salvador. Corresponde a una investigación periodística que realicé sobre la matanza que hubo en dicho mineral, interrogando a testigos del hecho e informaciones publicadas en los medios para mis cursos de periodismo.
El 11 de marzo de 1966, Leopoldina Chaparro calculó todo mal, porque horas después no tuvo posibilidad de recordarlo.
Esa mañana, se despertó más tarde que de costumbre. Al abrir los ojos, su marido ya no estaba. Se había levantado temprano, procurando no despertarla, dejándola descansar por su avanzado embarazo. Aunque somnolienta, pronto advirtió lo avanzado de la hora. Se levantó rápido, desayunó un café con una tostada de marraqueta, se aseó, vistió y salió a conversar con el tendero para que le fiara los productos para el almuerzo en la olla común del local. Al salir de casa constató que el viento del desierto, donde se instalaba el campamento, se había aplacado. Ese día de verano en marzo, parecía primaveral, ni fresco ni caluroso.
Al llegar, observó que la calle estaba vacía. Entró al almacén. Había poco movimiento porque el jefe de zona del departamento de El Loa, prohibió el ingreso al campamento minero, primero de los comerciantes ambulantes, luego de cualquier visitante. Por último, ordenó a los comerciantes establecidos no vender a crédito a los mineros en huelga, so pena de cerrarles su comercio y despedirlos del campamento.
El almacenero la esperaba. Extrajo una bolsa de debajo del mesón, se la pasó informándole en voz baja, que ya había anotado en la libreta el precio del fiado. Leopoldina le agradeció, tranquilizándolo, diciéndole que no había de qué preocuparse. Las inmediaciones del almacén estaban desiertas, aún no era hora del cine de mediodía. Debido a la paralización de faenas, los profesionales salían más tarde, mientras los obreros en el local sindical jugaban cartas, dominó, o conversaban en corrillos respecto del destino de la huelga.
A pesar que las medidas anti huelga no eran las acostumbradas, Leopoldina pensaba que las cosas ocurrirían como siempre, en que luego de tiras y aflojas con las compañías y el gobierno, se terminaría llegando a un alza intermedia de salarios, porque para las mineras extranjeras era más pérdida no producir que subirles el sueldo. Además, el presidente electo, el demócrata cristiano Eduardo Frei Montalva, había prometido una Revolución en Libertad, en un ambicioso plan de reformas para corregir las desigualdades sociales.
Estaba habituada a las tensiones que producían las negociaciones, donde cada actor jugaba su papel, como en una comedia, donde primero se muestran los dientes, para luego dialogar, llegando a acuerdo.
Esa tarde llegarían el senador socialista Salvador Allende con las diputadas María Maluenda y Mireya Baltra ambas del partido comunista. Venían a intermediar, para restablecer el equilibrio, solicitando recontratar a los 300 mineros expulsados, liberando al mismo tiempo a los detenidos. La visita al campamento se proponía impedir que endurecieran más las medidas de la administración militar designada por el gobierno de Frei Montalva, generando las condiciones para un diálogo entre las partes.
Las relaciones se habían deteriorado desde la huelga de octubre anterior, cuando el gobierno nombrara gobernador subrogante al coronel Roberto Viaux. Éste había ordenado detener a los principales dirigentes de la Confederación del Cobre, iniciando juicios por ley de Seguridad Interior del Estado. En tratativas con el gobierno, los parlamentarios de oposición habían llegado al acuerdo para levantar los cargos permitiendo que los obreros reiniciaran faenas.
Los trabajadores volvieron al trabajo, pero el gobierno no suspendió los juicios. Los mineros acumularon bronca dos meses. Al confirmar que el ejecutivo los había engañado, volvieron a la carga el día de año nuevo.
El primero en reiniciar la huelga fue el mineral de El Teniente. En acción solidaria, pronto se sumaron Potrerillos, el puerto de Barquito y El Salvador, donde trabajaba el marido de Leopoldina. Los dirigentes de este mineral, ampliaron el pliego más allá de la petición del alza de salarios. Para disgusto de la administración, exigieron la participación de los trabajadores en las negociaciones con la Kennecott y la Braden Copper Mining por la chilenización del cobre, una de las reformas del programa presidencial durante la campaña. Los otros minerales incorporaron la propuesta a sus propios pliegos de peticiones.
Se trataba de una de las reformas estrellas del gobierno, la chilenización del cobre, que suponía una participación importante del Estado en la administración de las minas, mediante la compra de grandes paquetes de acciones. Históricamente, la confederación de trabajadores del cobre, consideraba como un punto esencial de su programa, la nacionalización de la industria minera. Sin embargo, no miraban mal la propuesta del gobierno como un paso intermedio para alcanzar la propiedad total del recurso.
Pero integrar a las negociaciones a los trabajadores es algo que el gabinete no podía aceptar. Las relaciones con las compañías son estrechas, existe gratitud con el gobierno estadounidense por su apoyo sustancial a la campaña presidencial de Frei, relación que no puede exponerse al conocimiento y participación de dirigentes mineros, de sospechada filiación marxista. Aún menos los detalles de la negociación que podrían alargar innecesariamente términos previamente acordados.
La huelga fue declarada ilegal. En los departamentos de El Loa, Chañaral, Tocopilla y Rancagua se declaró zona de emergencia. Como jefe de zona de los tres departamentos nortinos, se designó al coronel Manuel Pinochet, con instrucciones precisas de Juan de Dios Carmona, ministro de defensa del gobierno demócrata cristiano, de restablecer el orden a cualquier costo.
Las medidas del coronel no se hicieron esperar. En El Salvador, el mineral mayor, allanó las casas de trabajadores, expulsó a 300 obreros, detuvo al presidente del sindicato obrero, Carlos Gómez y al Vicepresidente, Jaime Sotelo, aislando el mineral de cualquier visitante, exceptuados los parlamentarios. En Potrerillos, detuvo al dirigente Arancibia; en Barquito a Gutiérrez y Carroza. A todos los envió a la cárcel de La Serena. Nunca sospecharon que les hacía un favor con mantenerlos prisioneros.
Esa mañana, Marta Egurola se inscribió para el turno de la tarde en el local sindical. Daban por enésima vez Picnic, una cinta de amor con el buenmozo William Holden, y la despampanante pelirroja Kim Novak. No se la quería perder. Adoraba la escena en que Kim bajaba por la escala siguiendo el ritmo de la música con las palmas hasta la plataforma sobre el lago. Él, comprendiendo el mensaje de seducción evidente, abandonaba la muchacha con que bailaba por divertirse, iniciando una escena de intensa pasión pública y prohibida, abrazándola al ritmo de la música. La vería mil veces.
Eran dos horas en que la explosión del amor en ese ambiente lacustre de prados arbolados y flores, la transportaban lejos del paisaje desértico, del ulular del viento del desierto, arrastrando polvo. Esa pasión, que ella, dueña de casa ocupada en criar tres hijos, ahora embarazada del cuarto, no viviría. Dejó a los niños jugando en el local sindical, al cuidado de las mamás inscritas en el turno del almuerzo. Total, eran un par de horas, el cine estaba a metros del local, igual que todos los edificios institucionales, el cuartel, la parroquia, la escuela, el estadio, comunicado con la parte posterior del sindicato.
Dos días atrás los militares se habían instalado en la escuela al mando de un capitán de apellido Alvarado, exigiendo la reanudación de faenas. Los obreros se negaron, oponiéndose a aceptar que se tratara de una huelga ilegal. En Santiago, los asesores jurídicos de la Confederación, los abogados Carlos Altamirano y Long Alessandri, habían representado en la justicia los argumentos que respaldaban que la huelga era legal.
Ocurrió luego del almuerzo, cuando estaban lavando las vajillas. Algunos dormían, otros jugaban cartas o dominó. Conocían ya que una pretendida intervención de fuerzas militares en Potrerillos había abortado cuando las mujeres de los mineros, envueltas en banderas chilenas, habían rodeado una ametralladora que apuntaba al local sindical.
Se observó por los ventanales del local, un movimiento envolvente de tropas. Tres camiones militares se habían estacionado a metros de la entrada. Soldados, carabineros, y policía civil se desplegaron enfrente del sindicato. De una camioneta militar descendió el teniente de carabineros, Hald. Atentos a lo que ocurría, lo observaron conversar con el capitán a cargo, un tal Alvarado, y luego dirigirse al local. Hald era vecino de Leopoldina, superior del cuartel de carabineros, capitán del equipo de fútbol, que acordaba con el marido de Leopoldina el juego con el equipo minero de los fines de semana.
Junto a otras mujeres extendieron una bandera chilena, instalándose en la puerta para dialogar con Hald. No hubo tal diálogo. Sorpresivamente, el teniente arrojó un par de granadas lacrimógenas al interior del local, quebrando los vidrios de las ventanas. Otros policías lanzaron más bombas por las ventanas restantes. La concentración del gas se hizo insoportable en el interior del local. Los niños gritaban, la mayoría huyó en distintas direcciones, unos pocos reaccionaron, cargando palos o sillas para oponerse a la brutalidad de la tropa. Un grupo escapó por la puerta posterior hacia el Estadio.
Entonces sonó la primera descarga apuntando al grupo que huía en esa dirección. Leopoldina corrió hacia el contingente militar, enarbolando la bandera y gritando “Paren de disparar…no disparen”. Alcanzó a correr pocos metros, cuando una ráfaga de balas cruzó tanto la bandera como a Leopoldina, a la altura de su vientre, matándola a ella y a la criatura que albergaba.
Al escuchar los disparos, los espectadores del cine salieron en estampida. Al presenciar el espectáculo de muertos y heridos, se apresuraron a auxiliarlos. Marta Egurola, corrió horrorizada hacia los fusileros, gritando “No los maten, no los maten”.
Una segunda ráfaga, dirigida a los que se aglomeraban procurando impedir la matanza, la cruzó de lado a lado por el vientre hinchado por el embarazo. La metralla la partió en dos. El cadáver quedó asentado en las rodillas con el tronco sujeto por la cabeza enterrada.
No le bastó al capitán Alvarado con el espectáculo horrendo de los cuerpos ensangrentados esparcidos por aquí y allá. En un exceso de torpeza militar, tropezó en un desnivel del suelo y se le disparó el fusil, hiriéndose a sí mismo. El hecho despertó la histeria de la soldadesca, que disparó una tercera ráfaga contra quién estuviera a tiro. Completando la tarea, mataron a seis más, e hirieron a treinta y siete, según declaró el médico de la posta. Entre ellos, uno de los niños, hijo de un minero, que esa mañana jugaba en el local. En la contabilidad de los muertos no consideraron los cuerpos de los fetos de Leopoldina y Marta.
El cura se puso a tiro, dando la extremaunción a los muertos. El médico de la posta corrió a socorrer a los heridos, horrorizado, gritando que pararan la balacera. Era el médico asistente de Leopoldina y Marta en su proceso de gravidez. Abismado ante el espectáculo de cadáveres empapados en sangre y desmadejados en el suelo, se interpuso entre la soldadesca y los trabajadores. Recién éstos detuvieron la cretina matanza.
Al caos de gritos y sollozos de los que recorrían incrédulos el siniestro espectáculo, acudieron los parlamentarios. El coronel Manuel Pinochet, sin comprender el tamaño de la aberración desatada por su orden, declaró a la prensa que había iniciado el desalojo porque necesitaba el local para albergar mejor a su tropa, cumpliendo órdenes estrictas del ministro de defensa, Juan de Dios Carmona.
El capitán Alvarado agregó que, al recibir la orden del coronel, le advirtió que el desalojo podía transformarse en una carnicería. Pinochet insistió en el desalojo a cualquier costo. Asesinar mineros era la solución a la huelga.
El gobierno emitió un comunicado público, firmado por el ministro de defensa, con el subsecretario de interior, Juan Hamilton, declarando que las tropas y la fuerza pública, actuaron en defensa propia, repeliendo el ataque de una muchedumbre armada que amenazaba sus vidas. El presidente Frei, en concentración en Rancagua, respaldó la versión gubernamental, pese a que ya la verdad se había revelado por los medios de comunicación, los parlamentarios, y los horrorizados testigos que denunciaron lo ocurrido. Los militares tampoco lo ocultaron, refiriendo la verdad de los hechos, respaldándose en que cumplieron órdenes superiores.
Para la tarde la noticia había traspasado las barreras oficiales. Apareció en las cadenas de medios de comunicación, nacionales e internacionales, provocando sorpresa e incredulidad; era lo último que se esperaba de un demócrata. La indignación se apoderó de la oposición. “Les negaremos la sal y el agua”, prometió el líder socialista, Aniceto Rodríguez.
Fidel Castro, en sus acostumbrados discursos multitudinarios, comentó ácidamente que en Chile el Presidente Frei, siguiendo la línea de la Alianza para el Progreso que postulara el gobierno de Kennedy, había prometido una “Revolución en Libertad” , entregando a cambio sangre sin revolución.
Por intermediación de los parlamentarios, los militares aceptaron que el sepelio se realizara en el local sindical, retirando las tropas. Al abandonar el lugar, dejaron banderas chilenas en el punto más alto del campamento. La población las rasgó, botando los mástiles.
El gobierno demócrata cristiano, aún le debe un cristiano pedido de perdón, a los mineros de el Salvador, Atacama y al país.
Santiago, 18 de marzo de 1966
Gonzalo:
Me imagino que ya recibiste la crónica que hice sobre la matanza de El Salvador, que me conmovió profundamente y me movió a tomar otras decisiones.
Chile, donde supuestamente no pasa nada, cercado por “ese mar que tranquilo te baña”, aquella estrofa fantasiosa del himno nacional que cantábamos en las ceremonias escolares. Ambos sabemos que el Pacífico no nos baña tranquilo, que sus aguas acarrean mar de fondo. Como el país. Los católicos van a misa los domingos, los canutos predican en las esquinas de los barrios, los hinchas del fútbol van a al Estadio el fin de semana o se enteran los lunes por los diarios de las idas y venidas del campeonato local, los campesinos trabajan de sol a sol, las familias celebran las fiestas patrias, el 19 de septiembre acuden al desfile en honor de las glorias del Ejército. El mundo pareciera moverse en la paz de los barrios al ritmo armónico de las cuatro estaciones.
Pero, de un modo impalpable, se acrecienta silenciosa, una caldera social que aún no hierve, pero amenaza con explotar, si el sistema político no reacciona. Chile necesita medidas para sacar de la marginalidad social a la creciente emigración campesina a las ciudades, y a la clase obrera de la extrema pobreza. La miseria crece hacia los extramuros de la ciudad, permaneciendo invisible para los demás ciudadanos, instalados en una calidad de vida sobria, a veces precaria, pero que se alimenta, paga sus compromisos, los estudios de sus hijos y tiene esperanza de progreso.
En la última campaña electoral, los problemas sociales acumulados salieron a la luz, por el discurso insistente de la campaña del candidato de izquierda, que obligó a generar una respuesta. El gobierno reciente, prometió dar solución a esas necesidades en un marco de democracia con paz social, dirigido por un líder carismático, apoyado por la iglesia, y por el gobierno estadounidense que financió su campaña.
Por esto, la respuesta asesina a los mineros en Atacama, nos espantó a muchos que lo apoyamos. Esperábamos de este gobierno, al menos diálogo, en vez de represión a los conflictos sociales. La crueldad innecesaria, me recordó la serie de matanzas a lo largo de nuestra historia.
En lo personal, la barbarie ejercida, sumada a la hipocresía de la explicación gubernamental, cambió la visión que hasta entonces tuviera, convenciéndome que la oferta de necesarios cambios sociales en libertad, más bien parece una nueva argucia, astuta, para mantener el vértice del poder, instaurada desde la Colonia.
Lo que más me sorprendió fueron las explicaciones de los dos oficiales responsables de la matanza. En el caso del coronel Pinochet, la banalidad y cinismo de su explicación. El capitán Alvarado, confesó, que advirtió a su superior, que cumplir sus órdenes daría lugar a una carnicería.
Me uní a los estudiantes y obreros que rodeamos en furiosa protesta, al vocero mediático de estos brutos conservadores, el diario El Mercurio, y al Parlamento, que funcionan en edificios colindantes, con carteles que acusaban al Presidente de asesino, y a los parlamentarios de gobierno de ocultar una masacre.
Desde que emigraste, la vida que conllevamos tuvo cambios inesperados. El grupo de amigos y amigas con que compartíamos fiestas, alegrías o a veces, sinsabores, se diluyó. Ese atardecer en que finalmente te rendiste, despidiéndote desde la puerta del avión militar que te llevaba de vuelta a Estados Unidos y a la guerra, quebró algo en nosotros que ya no recuperamos, aunque nos encontremos de vez en cuando. Tal vez para algunos, aunque fuera doloroso, debías ir a la guerra. Yo me oponía.Cuando nos reunimos, pesas como un fantasma que no se menciona, se producen silencios incómodos. Todos saben por qué, pero nadie lo pone en palabras.
Inicié la práctica de karate, con un compañero japonés de universidad, Eiixi Ogino, que tiene un grado de Dan en judo y karate, mayor que yo algunos años. Practicamos en un lugar cercano a tu casa de familia. A veces, salgo adelantado de la práctica, para pasar a saludar a tu vieja y hermanas. A mí también la vida me ha cambiado, conectándome con el adolescente que se sorprendió con la pobreza en que vivían miles de chilenos, sin agua potable, en medio del barro, los ratones y la promiscuidad en cubículos de tres por tres metros cuadrados, donde tendían sus jergones en el piso de tierra. .
Joss Van der Rest, un cura jesuita belga, me hizo patente esa realidad. Me convenció de entregar mi tiempo libre, desde los 14 a los 19 años, para colaborar en la construcción de casas en poblaciones marginales. Te habré contado esta experiencia varias veces que cambió profundamente mi vida adolescente, al punto en que se me hizo insoportable mi doble vida. Experimentaba dos ambientes tan diferentes, generándome actitudes violentas de rechazo al medio social al que me habían integrado mis padres.
La experiencia vivida de esa realidad social, en vez de acercarme a la religión, me alejó de ella. Había pocos como el cura belga. La mayoría de los curas eran facilitadores de las diferencias sociales. El mundo intelectual e ideológico en que me muevo, desde que entré al Instituto Pedagógico, hace suya la crítica social que generó mi experiencia. Tomé una decisión. Tú sabes que odio someterme a disciplinas colectivas porque sé que el ser humano es contradictorio y puedes encontrar gente innoble defendiendo causas nobles. Pero, teniendo en cuenta esa realidad, no veo otra forma que agruparse detrás de un proyecto de cambio social , conociendo en qué lío me meto.
Fui pololeado por socialistas y comunistas. Me incliné por los socialistas, por su vocación latinoamericanista, con la convicción que los proyectos políticos se construyen con participación popular y no desde las decisiones de un grupo de élite, por sabio que sea, aunque tenga una composición social que representa ese mundo..
Creció el entusiasmo mundial, entre los jóvenes, por apoyar la revolución cubana, las luchas por los derechos civiles en USA, y la resistencia alucinante de los vietnamitas. De la empatía con esas luchas, surge cada vez más el rechazo a la intervención permanente de USA, hasta desde su interior.
Claro que, al ingresar al PS, puse dos condiciones que exigía respetar: seré disciplinado al máximo, en cuanto no se metan con mis amigos o mi marrueco. Bueno, ya te he hablado mucho de mí. Espero tus noticias.
Vivo solo ahora. En el departamento que ocupo hay una habitación con la que puedes contar cuando vengas, una vez resuelto tu problema.
Un abrazo, Hernán
Fort Polk, 15 de abril de 1966
Querido amigo:
Recibí tu carta. Comparto tu decisión. Conozco el costo que trae someterse a sistemas disciplinarios creados por otros, en que no tienes arte ni parte. En mi caso, soy un número, con una placa que todos los soldados llevan, para identificarnos, si rescatan nuestros cadáveres.
Nosotros que amábamos, por encima de todo, nuestra libertad, sea por la circunstancia que sea, nos vemos confrontados a fuerzas o poderes, que malogran nuestros destinos en direcciones hasta contrarias a nuestros valores.
Tal vez, si hubiera estado allá, estaría compartiendo contigo las misiones que asumes. No deja de darme envidia lo que vives, construyéndote, sin que tu único objetivo existencial sea sobrevivir en un combate diario sin sentido.
Me comentas el quiebre que se produjo en nuestro grupo fraterno, a partir de mi ida. Parece un poco inevitable. Por encima de las alegrías que compartíamos en el período de la vida loca, unos y otros evitábamos confrontar nuestras visiones de sociedad, que tarde o temprano se transparentarían.
Conoces que todo anduvo mal para mí, desde el momento que huí de un destino que rechazaba. Recuerdo esos momentos como en un mal sueño. Los oficiales nos permitieron descender del avión para hacer últimas llamadas a nuestros familiares y vagar por el aeropuerto a modo de despedida del país. Nadie imaginaba que alguno de nosotros podría huir. Éramos un rebaño disciplinado, domesticado en largos meses, condicionado a obedecer.
Recuerdo la sorpresa que le causé a un soldado afro amigo, cuando le pedí un préstamo. Con razón no imaginaba para qué pedía dólares, si el Ejército se haría cargo de nuestras necesidades, siendo puntuales para pagar la mensualidad. Pero, igual me los pasó, sospechando de mi intención, por mi nerviosismo evidente.
―Ten cuidado, brother ―me advirtió―. Con estos señores de la guerra no se juega.
Robé ropa, oculté mi uniforme militar, que tiré en un basurero en el baño, y compré un pasaje a Nueva York. No olvidaré la angustia en ese viaje. Traté de dormir, encogiéndome en el asiento como si quisiera desaparecer, evadiendo la realidad de ese acto y sus consecuencias. Viajaba contra el tiempo. No sabía cuánto tardarían en enterarse de mi deserción.
Trataba de calmarme imaginando un futuro en Chile. Ingresar a alguna Universidad, estudiar una profesión, asumir y gozar de mi familia. Con el tiempo, a lo mejor, superaría el problema de la deserción en Estados Unidos, pudiendo viajar libremente. Los pensamientos iban y venían, de modo agotador. Al final me dormí, reventado por la angustia.
En Nueva York, saqué algo de plata que aún tenía en el Banco. Compré un pasaje Nueva York―Bermudas―Bermudas―Lima―Lima―Santiago de Chile. En Bermudas salí a la ciudad. Me atacó un aguacero, de esos tropicales que juntan agua en segundos, que derraman un lago en una cuadra. La ropa mojada me acompañó hasta Santiago. Recuerdo tu comentario cuando llegaste a buscarme con Gustavo: “pareces un cachorro recién parido”. Ya en casa, comprendí, que nada sería fácil. Mi mamá y hermanas, Francisca y Alicia, alternaban entre la alegría de verme vivo, y la angustia que ocultaban por el futuro.
Conoces las dificultades que encontré para reiniciar una nueva vida. El liceo donde terminara la secundaria se había quemado y con el incendio, la constancia que tenía licencia secundaria. Luego el desgraciado incidente con el gigantón que intentó agredirme, que casi maté al defenderme, como había aprendido en el ejército. Menos mal, tuve testigos que declararon que actué en defensa propia. Pero el incidente me provocó una depresión. Sentí que ya no tenía lugar en un mundo de paz. Me sentí como una especie de Doctor Jekill y míster Hyde. Además, casi nadie quería que permaneciera en el país. Mi deserción involucraba a los míos, los perjudicaba.
Creo que hice bien en entregarme, sobre todo por mis mujeres, madre y hermanas. Para ser sincero, Chile no me trató bien. Se me cerraron todas las oportunidades. Me fue imposible traspasar barreras burocráticas. Ya termino el período de condena en el batallón de castigo, que es una especie de destinación a trabajos forzados, en condiciones, que ni te digo. Hace poco salí del hospital. Me pusieron de ayudante de un cocinero cubano. Éste empezó a abusar dejándome toda la carga a mí. Cuando reclamé, peló cuchillo, atacándome. Peleamos en un piso lleno de lavazas, muy resbaladizo. La única manera de mantenerse en pie, era abrazando al otro. Terminamos los dos heridos y en el hospital. Al salir de ahí, dieron por finalizado mi periodo de castigo.
Ahora me tienen entrenando perros. Los ocupan en Alemania y Panamá, así que a lo mejor me salvo de ir a Vietnam. Mantenme al tanto de tu vida y de lo que ocurre allá. Gonzalo
Con Gonzalo recorrimos juntos el paso de la infancia a la pubertad. Empezamos a experimentar el cambio físico, una manera intensa de sentir el cuerpo.
Cada día nuestras conversas más frecuentes se referían a dilucidar un misterio que nos agobiaba y no nos dejaba dormir: no sabíamos cuál era el lugar exacto en que se encontraba la vagina en las mujeres. El tema era dónde se encontraba exactamente ese orificio, lo cual indicaría que con el ano conformarían dos.
Pese a que desde pequeño había visto aparearse vacunos, caballos, gallinas, perros, gatos, y corderos, mi cabeza de chorlito no había hecho la síntesis. Estaba lleno de imágenes religiosas de la Virgen, de los angelitos que la rodeaban, sin advertir con suficiente atención las actividades sospechosas de los querubines. Nunca habría imaginado que mi madre tuvo sexo con mi padre para traernos a la vida. La mujer era algo distinto, especial, sacrosanto. Al menos, las de mi casa.
Gonzalo era más inquieto. No estaba ni ahí con las imágenes celestiales de santos, vírgenes, apóstoles o mártires, pues sus padres eran ateos. No tenía formación cristiana. Sin embargo, pese a su laicismo innato, tampoco conocía dónde se encontraba la vagina.
La oportunidad de resolverlo llegó en forma inesperada. Cuando nos trasladamos de Melipilla, el pueblo rural en que vivía, a Santiago, mi padre me matriculó en un colegio jesuita, el San Ignacio. Los alumnos éramos atendidos por un cura, guía espiritual,
El mío era un cura pío, completamente calvo, lampiño, blanco, tímido, de manos suaves, dedos delgados, manos nunca trabajadas más que en la oración y en dar hostias. Pesaba más el copón de oro tallado con las imágenes de la Trinidad, relleno del santo vino dulce que se transformaba en la sangre de Cristo y que él bebía con doble sentimiento: el del gusto exquisito del vino y el de saber que en ese momento exacto vivía cada día el milagro de la transformación del hombre en Dios.
El máximo ejercicio físico que practicaba el sacerdote era el de arrodillarse para rezar al Santo Dios, cosa que se notaba en su andar lento y parsimonioso. Él, el cura purísimo, era el encargado de revelarnos los secretos del sexo. ¿Qué era exactamente lo que ocurría allí, qué diferencias había entre el hombre y la mujer; por qué no podía dejar de mirarlas con asombrada y secreta extrañeza?; ¿por qué me emocionaba su proximidad y me avergonzaba reconocerlo? El cura, de apellido Contardo, me anunció un día con extrema delicadeza, qué era hora que conociera uno de los misterios de la vida humana. En la próxima sesión iniciaría la educación sexual. Ese día, corrí al encuentro de Gonzalo. “Compadre”, le dije, asorochado aún con la carrera, y los ojos brillantes, “en dos días más vamos a saber dónde se encuentra el asunto”. “Por fin”, respondió.
El día señalado, fue Gonzalo el que corrió agitado a esperarme a la salida del Colegio. Salí entre los últimos, con el rostro mustio: “Me habló puras guevás que no entendí, de abejitas y de flores, le informé. No tengo idea de dónde se encuentra”. A la semana siguiente, Gonzalo me dijo: Te cuento que ya sé dónde está. La Eugenia me lo enseñó.
En el periodo que cursaba la educación media, Gonzalo desapareció. Sus padres se separaron y dividieron la familia: las dos hermanas con la madre y Gonzalo con su viejo. El padre obtuvo un cargo en España. Para allá partió con él, y su nueva relación.
La separación obligada con su madre, y sus hermanas, le hirió el alma. Nunca simpatizó con su madrastra. A ella tampoco le simpatizaba ese adolescente larguirucho y despierto, que mantenía un silencio de piedra en las comidas familiares. Luego de unos meses instalados en España, una noche en que Gonzalo dormía, lo despertó el sonido de voces que gritaban, eran de su padre y su madrastra. Ella se quejaba de la indiferencia insolente del adolescente que no le hacía caso, la ignoraba, lo que le parecía insoportable. El padre le rogaba un poco más de paciencia.
No toleraba más la situación, terminando por encarar al padre con una solución definitiva: “O se va él o me voy yo. No espero más”.
Gonzalo tenía el oculto deseo de viajar por Europa, pero era un proyecto algo utópico que soñaba con realizar con algo más de años. Esa noche, luego de escuchar la discusión, pensó que para el padre sería una solución, porque en definitiva se le hacía ingrata la convivencia obligada con alguien que no quería, que le era profundamente antipática. Al día siguiente le comentó su intención de viajar para conocer Europa: “ No voy a tener otra oportunidad de viajar por Europa cuando volvamos a Chile”, le explicó.
El padre puso algunos reparos pero terminó apoyando la idea. Contribuyó con las primeras remesas para el largo periplo por el Viejo Continente, que terminaría tres años después, cuando Gonzalo tuvo un accidente casi mortal en la construcción que trabajaba en Berlín.
Nadie supo de Gonzalo por años. Europa era un lugar lejano que solo conocían los millonarios, los poetas, los aventureros y los marineros. Su madre daba las noticias de Gonzalo. Se sabía que había abandonado la casa paterna, partiendo a recorrer mundo, al parecer, trabajando. La madre sufría porque no tenían noticias de Gonzalito. Cuando preguntábamos a sus hermanas solo decían que nadie sabía dónde paraba actualmente, pero que de vez en cuando llegaba una postal de distintos lugares, ora de Escandinavia, ora de Marruecos, ora de Senegal, que indicaban una vida errante. También que continuaba vivo. Entretanto, yo terminaba la educación media.
Saliendo a vacaciones acostumbrábamos juntarnos tardes enteras en casa de un amigo común de Gonzalo y mío, mi primo Gustavo. Allí estirábamos las horas de ocio como chicles, a la espera de que surgiera algo que compusiera la tarde. Ocupábamos el tiempo en escuchar música que nos hacía volar en fantasías, quebrando ese espacio rutinario, único modo de alterar la calma sin sobresaltos del tiempo que, por su uniformidad, empezaba a parecernos eterno, siendo la eternidad un martirio para nuestras almas adolescentes.
Al final de su periplo a Gonzalo lo cercó la desgracia. Pero, como dicen, no hay mal que por bien no venga. En su último trabajo de obrero de la construcción en Hamburgo, cayó a plomo desde un décimo piso, dando tumbos entre los salientes de la construcción, llegando al suelo como una vasija de cristal trizada, a punto de romperse.
Con suerte de gato montés, salvó la vida. En su inconsciencia habló en español. En el Hospital llamaron un traductor que diagnosticó: “Es chileno”. El cónsul chileno lo visitó, enterándose de su verdadera identidad, comprobando que era menor de edad, lo que aterró a los dueños de la inmobiliaria alemana que lo contratara, por el doble pecado, grave en Alemania, de no respetar normas de seguridad y contratar a un menor de edad de identidad falsa. Como el Ave Fénix, renació de entre las cenizas, rearmado con yesos y fierros aceptando disciplinadamente todas las terapias necesarias.
La empresa alemana pagó caro por eludir el hecho que Gonzalo era menor de edad. El grave problema tenía una sola solución: dinero. Buen dinero. Para el Hospital, para alguna autoridad, para la víctima. Para pagar meses de clínica privada, avión en ejecutiva, maleta nueva, ropas de calidad, ahorros para un buen tiempo, cubriendo la angustia de sentir la muerte próxima que pronto, gracias a la juventud y fortaleza de ese adolescente larguirucho, pasó al olvido.
Gonzalo se armó de un terno oscuro, una camisa blanca, una corbata delgada como un hilo de cuero negro, echó los jeans a la maleta, se compró un pasaje para el fin del mundo. Una tarde apareció, escondiéndose detrás de su hermana, de ojos gatunos y cuerpo de cervatillo con hinchazón tropical, en la casa de Gustavo. Yo, mi primo y su hermana Angélica, intentábamos infructuosamente despertar la lánguida tarde sin destino.
Tenía algo de increíble ver un aparecido que surge mágicamente de un espacio en la memoria de revueltas aguas oscuras, porque el desconocimiento de una vida tan cercana que así como aparecía, desaparecía a retazos de tiempo, generaba la fantasía nunca expresada de un destino trágico.
Al estallido de alegría por recuperar al amigo desaparecido también surgía la mirada curiosa de reconocerse en el cambio de púberes a jóvenes, brotando las interrogantes amasadas en infinidad de conversaciones en que su desconocida suerte alteraba el ritmo de nuestras vidas ordinarias, cubriéndolas de alguna importancia por un destino que compartiéramos, en que podía rondar la desgracia.
Esa tarde, salimos a celebrar el encuentro. Encontramos un local de baile abierto, frecuentado por trabajadores, empleadas de tiendas o de servicio doméstico, con mucha cerveza, boleros mexicanos o cubanos, guarachas, samba. Al pasar por enfrente, nos atrajo la voz de Olga Guillot cantando “te vas porque yo quiero que te vayas” desde un wurlitzer. Decidimos que era el lugar ideal. Rápidamente nos integramos a un grupo, bailando hasta la madrugada.
Gonzalo ponía una y otra vez la canción de Olga Guillot. Intuía en la canción un futuro al que parecía predestinado…” y me iré con el sol cuando llegue la tarde…” Cuando el sol dibujó una línea en el horizonte, nos alejamos del lugar. Como símbolo de la poderosa juventud que empezábamos a vivir, al toparnos repentinamente con el monumento de los Leones, lo escalamos, meando desde allí, en círculos, los litros de cerveza y piscolas consumidos en la larga noche, estableciendo desde ese momento nuestro dominio sobre la ciudad.
Carabineros, alertados por algún vecino escandalizado con la insolencia, nos persiguió sin lograr alcanzarnos hasta que nos perdimos en las calles arrancando entre carcajadas.
Santiago, 5 de junio de 1966
En tu última carta, me cuentas que finalmente el entrenamiento de perros tenía una relación directa con la guerra de Vietnam. Después de todos tus esfuerzos por evitarlo, terminaste por ingresar como combatiente a esa guerra desgraciada.
Espero que me mantengas al tanto. Confío que logres sobrevivir a la guerra como salvaste el pellejo otras veces. Pero, como me comentas que enterarte de lo que ocurre acá te ayuda a hacer un paréntesis, te cuento lo que percibo de nuestra realidad.
Acá las cosas se arrumbaron nuevamente en la paz aparente que caracteriza la vida del chileno medio. Yo me asimilo a esa realidad como uno más, aunque pienso que hay espacios ciegos a lo largo del país o en nuestra propia ciudad que no vemos y que existen, donde la lucha por la vida se hace agobiante para demasiados chilenos.
Luego del episodio que te contara en la mina de El Salvador, el hecho fue prontamente olvidado. Un manto de impunidad cubrió el asesinato de esos trabajadores como de sus familias. El mineral se sitúa demasiado lejos de la capital y la opinión pública tiene memoria corta. La cobertura de los medios la somete a nuevas emociones distrayéndolos con hechos que ocurren de preferencia en el centro del país.
La situación general ayuda a olvidar el dolor de seres lejanos. El nuevo gobierno pasa por un momento de bonanza económica. El trabajo está mejor pagado, a lo que se agrega una política de subsidios que era prácticamente inexistente, beneficiando a los sectores marginados de la sociedad, organizándolos e iniciando programas que acallan cualquier malestar.
Mi militancia nueva en la política pasa por reuniones rutinarias, aunque de vez en cuando, en las noches salimos a los barrios industriales a rayar consignas de protesta en apoyo a algún conflicto entre patrones y obreros o a la protesta que empieza a ganar espacio por la intervención norteamericana en Vietnam. Tiene sus riesgos menores, porque los rondines de las fábricas, si nos descubren, nos disparan con escopetas de perdigones obligándonos a salir huyendo con tarros y brochas hasta algún escondite seguro. Pero, estamos organizados para hacerlo. Hasta ahora no hemos tenido bajas.
En el intertanto me concentro en los estudios. Tiempo libre que tengo, lo ocupo en la Biblioteca. Al finalizar el año pasado, el profesor de filosofía, un andaluz llamado Paco Soler, me invitó a seguir un seminario sobre Heidegger.Los textos del filósofo, muy complejos, llenos de alusiones a términos griegos o alemanes, me dificultaban entender la esencia de su pensamiento. Pero, de tanto leerlos y releerlos antes del examen, me convencieron que la doble dimensión del ser que describe tiene una similitud con el pensamiento teológico, una explicación sobre la existencia que rechacé desde la educación secundaria. Al responder las preguntas del examen final, formulé mis reparos críticos al pensamiento del filósofo.
El profesor, al llamarme para darme a conocer el resultado del examen, me preguntó por qué no le había dicho que yo era marxista. Le dije que no lo era, que nunca había leído a Marx. Me respondió: “Léelo, porque lo eres”.
Así que me preocupé de averiguarlo. En las reuniones militantes, hemos leído el manifiesto comunista, que me hace bastante sentido; en mis lecturas en la biblioteca, entre los libros exigidos por la carrera, de vez en cuando, me asomo a los textos de Marx, aunque El Capital, por su densidad, tiende a aburrirme. Lo que sí me merece duda es sí los movimientos insurreccionales son el motor de la historia.
Pareciera más bien que el motor de la historia reside en poderes ocultos que terminan por sobreponerse a las insurrecciones, dejando siempre un legado subrepticio. En todo caso, parecen tener una capacidad de sobrevivencia mayor que la persistencia de los insurrectos que hacen lo que hacen porque al final de su movimiento, aspiran a vivir en paz, con mayor justicia.
Te cuento esto porque me lo pides, porque de repente me siento avergonzado de vivir en paz, sabiendo que tu vida corre constante peligro.Tenme al tanto de lo que te ocurre. Ojalá este tiempo de reclutamiento obligatorio pase pronto.
Hernán
Las cartas de Gonzalo posteriores a esa, cambiaron de tono y sello. Llegaban en sobres rectangulares, con los bordes estampados con trazos de la bandera, y en cada uno, un timbre de agua reproducía la torva águila en el centro, rodeada del US Army. Antes, los temas se referían a la brutalidad del entrenamiento militar. Esta vez, las noticias hablaban de los peligros del combate por la fiereza del enemigo que enfrentaban dotado de una cultura de combate aprendida de generación en generación por siglos.
Entre combate y combate, me escribía, como a Gustavo, a sus hermanas, a su vieja. Cada carta tenía una información dispar. A la madre y hermanas, que todo iba bien, que a los dos años se licenciaría y ya se había acortado el plazo; agregaba que hacía parte de un batallón de infantería, que componían cerca de mil hombres, acompañados de helicópteros artillados, con cañones y obuses que martillaban al enemigo, antes que la tropa de infantería actuara.
Cuando ellos entraban al combate, la tropa enemiga estaba muy debilitada por lo que actuaban con gran seguridad, insistiendo en que su actividad no era tan riesgosa como aparecía en los noticieros de televisión.
Gustavo arrendaba una cabaña pequeña en el fondo del amplio terreno donde vivía la madre de Gonzalo. Acostumbraban a comer juntos. Gustavo pasaba a ser uno más de la familia. Gonzalo no ampliaba mayormente la información que enviaba a su amigo, para que en la conversación íntima no se deslizara aquello que podía preocuparlas.
A mí me confiaba lo que realmente vivía, en la certeza que nada escaparía a su grupo familiar. La estructura militar que le describía a sus hermanas era real. Sólo que ocultaba lo que era una Brigada independiente cuya misión era actuar con velocidad y flexibilidad de movimiento, cubriendo las necesidades de combate, cuando las tropas regulares se demostraban incapaces de vencer los embates del Vietcong o del ejército vietnamita del norte, especialistas en el ataque por sorpresa y el camuflaje de sus tropas.
Al desembarcar en Vietnam, lo incorporaron de inmediato a la 173ª Brigada Aerotransportada, destinada a la región de las Tierras Altas Centrales, grupo militar independiente que enfrentaba habitualmente las situaciones de mayor peligro.
En el último período en Fort Polk, lo entrenaron como rastreador, soldados especializados en dirigir perros para la detección de tropas, emboscadas, trampas explosivas o las celadas que preparaban los guerrilleros aprovechando su conocimiento del terreno de la naturaleza selvática para vencer al enemigo, herencia de la tradición militar vietnamita en siglos de invasiones. Los “charlies” era el apodo irónicamente cariñoso asignado a los guerrilleros vietnamitas. El mando, al estilo John Wayne, inducía a nombrar afectivamente el peligro, como si este artilugio disminuyera su amenaza.
Aunque en el terreno, los soldados mutilados en esa selva inhóspita para el extraño, preparada metódicamente para herirlos y aterrarlos, confirmaban que “Charlie”, tras su apariencia apacible, su formalidad gentil, era más peligroso que una cobra.
Su especialidad era esencial para la seguridad de las tropas en el combate, por lo cual inició su bautizo de fuego al llegar, prácticamente sin descanso de una escaramuza a otra. Cada día tenía un destino distinto, lo transportaban en helicópteros junto al perro, para acompañar a las escuadras o pelotones que se adentraban en la densa selva o en las aldeas que daban cobertura al Vietcong, detectando los “tatoo”, escondites conectados a túneles, donde además de utilizarse en la protección de los guerrilleros, servían como almacén de armas, explosivos o alimentos, útiles como carreteras de salida a la selva y de preparación de emboscadas.
El Vietcong cuadriculaba la selva, designando zonas a guerrilleros que conocían cada espacio de su cuadrícula, preparando trampas que mutilaban al enemigo, buscando siempre herir más que matar, porque un herido era un soldado inútil, lo que obligaba a ocupar tropa en cuidarlos, organizando operativos de traslado, distrayendo mucha fuerza del combate. Además, facilitaba nuevas emboscadas.
En el entrenamiento brutal con que preparaban a las tropas y más tarde en el proceso de trabajos forzados en el batallón de castigo, luego de que lo capturaran por su deserción, Gonzalo había cambiado su natural alegre, amable, por una actitud de ensimismamiento, de una hosquedad agresiva, de desconfianza en los que lo rodeaban.
No quería estar en esa guerra loca, incomprensible para él, que le había destrozado todos los logros que había obtenido en el periodo posterior a su emigración, llegando de surtir bencina a conserje y de allí a una empresa de publicidad donde ganó el primer premio de la Feria Mundial de Nueva York. Había ingresado a estudiar a Columbia, cuando llegó la fatal noticia: lo reclutaban para ir a Vietnam Fue la brutal interrupción del sueño americano. Sólo guardaba cariño por la familia y los amigos que dejara en su patria. En el último periodo, “Buck” su perro fiel era su único compañero. La guerra lo iba transformando en un individuo solitario, introvertido y huraño.
La carta habitual de Gonzalo llegó el mismo día que los pacos le reventaron el ojo a Pinto. En una protesta contra la agresión yanqui a Vietnam, hubo enfrentamiento con agua, gases, balines, carreras y piedras. El Grupo Móvil consiguió aislar a Pinto del grupo, arrastrándolo al bus cárcel. Fue inútil que fuéramos acompañados de un abogado a la Primera Comisaría donde negaron su arresto. Tardamos en encontrarlo. Estaba botado en calle Merced, casi inconsciente y paralizado por el dolor, con doble cara por la hinchazón enorme que tapaba todo el costado derecho, alrededor del globo ocular colgante.
Lo dejamos en la Posta, ya sedado y dormido. Volví a casa tragando una sopa amarga de rabia y tristeza. Pinto quedó tuerto para siempre. El médico de la Posta dijo que no había otra que extirpar el ojo.
Al arribar a casa, encontré el sobre. Como cada quincena, con regular precisión, Gonzalo enviaba noticias en una carta con el sello del águila imperial. Cambiaba sólo el lugar de dónde las remitía. Esta vez, provenían de Da Nang, Vietnam, Sudeste Asiático. Otras veces, la dirección señalaba Saigón, Comando Central US Army. Yo guardaba religiosamente las cartas en mi velador, como un secreto celosamente oculto.
No hacía mucho, había caminado con Pinto, junto a multitudes de jóvenes, desde Valparaíso a Santiago, pidiendo el cese de la agresión yanqui en el sudeste asiático. Era primera vez que la guerra se veía en vivo y en directo en la televisión; el mundo se espantaba con las imágenes de las selvas vietnamitas incendiadas con napalm o fósforo blanco, las de familias de las aldeas rurales huyendo por las carreteras de la quemazón de las bombas que reventaban sus vidas, sus viviendas, sus fuentes de trabajo, su paz.
La imagen del país más poderoso del mundo, despedazando a sangre y fuego a ese país verde y azul, lejano y rural, conocido más bien por las postales como un lugar exótico de paz, con campesinos cosechando arrozales detrás de sus búfalos corcovados, viviendo en un ambiente de armonía con una naturaleza de singular belleza, movilizaba multitudes en protesta a lo largo y ancho del planeta. En la opinión pública, se repetía la imagen bíblica de la brutalidad de la fuerza del gigante Goliath contra la astucia, convicción y valor de David.
Corrían historias hasta entonces desconocidas sobre ese país distante que repentinamente apareció en la órbita visual de seres que antes ni sospechaban su existencia. Algún estudioso contaba que en la lejana Edad Media dos mujeres, las Damas Truong, habían formado un ejército imbatible en la defensa de sus fronteras, dejando una herencia secular de cabezas duras que no se dejaban vencer por nadie, por fuerte que fuera el enemigo; ese pequeño país había rechazado por siglos las invasiones de sus vecinos chinos y japoneses. Desde los comienzos del siglo, sucesivamente derrotó a franceses, japoneses, nuevamente franceses, pese al apoyo inglés y norteamericano, terminando por vencer definitivamente a los franceses, dejando el espacio al ingreso de la agresión norteamericana.
Ante la frecuencia de las protestas contra la agresiva presencia americana en Vietnam, cada vez más numerosas, el gobierno las reprimía a través del Grupo Móvil de Carabineros, formados especialmente para contener las movilizaciones ciudadanas. Últimamente, la táctica para disolver las manifestaciones adoptaba una formación en cuña, que penetraba la primera línea de manifestantes, dividiéndonos, facilitando así la acción represiva de la tropa.
Pero, en cuanto aprendía la policía, también aprendíamos los jóvenes. Analizando los últimos enfrentamientos, decidimos aplicar una táctica copiada de las artes marciales, modificando el impulso policial en nuestra contra, rompiéndoles la cuña para dividirnos.
A mí me encargaron la tarea. Formé un grupo pequeño, bastante aguerrido, con el propósito de desbaratar el esquema del grupo especial, dejándolos en inferioridad de condiciones. No era primera vez que lo hacíamos; el mando nos tenía entre ceja y ceja, porque le habíamos desarmado la táctica.
Aún estremecido de pena por la noticia de la desgracia sin esperanza de Pinto, al llegar a casa, me esperaba la carta. Esta vez informaba que lo habían ascendido al grado de sargento.
“Sólo tú y Gustavo conocen lo que luché para no participar en esta guerra y necesito que no lo olviden”. Contaba que por su frecuencia de participación en combate y su ascenso, lo premiaban con un pasaje a cualquier parte del mundo. “Quiero ir a Chile, para estar con mi madre y hermanas y solo con ustedes, que son mi familia, porque conozco el rechazo que genera ser parte del ejército invasor y tengo vergüenza de presentarme como combatiente en Vietnam”.
Agregaba que estaba agotado de soledad y necesitaba compartir con quienes lo querían desde siempre, borrando junto a ellos ese pedazo de la historia de su vida. La carta me turbó profundamente. Las imágenes de Pinto y de Gonzalo se sobreponían. No me dejaban dormir. A las cuatro de la mañana tomé papel y lápiz y garrapateé: “Ven. Te espero. Esta es tu casa”, lo metí en un sobre y escribí cuidadosamente la dirección.
Tierras Altas Centrales, Vietnam, diciembre 1966
Esta vez vi a la muerte de cerca. Perdí al mejor y casi único compañero que he tenido en esta guerra, mi perro fiel, Buck. Ya te había hablado de él. Me acompaña desde cachorro, desde Fort Polk, donde empecé a criarlo cuando me lo entregaron a los dos meses. El entrenamiento de adiestrar perros de combate, exige criarlos desde cachorros, asignarles nombre, convivir con ellos casi el día entero, constituyendo una individualidad combativa.
Algo semejante a lo que ocurriera en tiempos de la conquista de nuestro territorio, en que los españoles montados a caballo, parecían uno en la imaginación mapuche, antes de descubrir que eran dos, convirtiéndose ellos mismos en esa especie de centauro. Con Buck nos asimilamos tanto que ya no necesito darle órdenes para que actuemos como una unidad.
Todo ocurrió por un trágico error táctico. De amanecida me sacaron de la carpa, destinado por el mando a acompañar a una patrulla. Teníamos que abrir un sendero en la espesura selvática que desembocaba en un llano abierto, quemado por el bombardeo aéreo de napalm y fósforo blanco.
Durante horas avanzamos trabajosamente, hasta aproximarnos al lugar. Los restos oscuros de árboles destrozados eran testigos mudos de la destrucción de un refugio del vietcong. Más allá del intervalo de selva previamente incendiado, la espesura descansaba en un claro natural que cruzaba un río. En su orilla poniente, el terreno escalaba dándole continuidad a la selva. La tarea era asegurar ese terreno para dominar el trecho de jungla que continuaba luego de la ribera poniente, achicando el espacio de acción de la guerrilla.
No esperábamos actividad enemiga en aquel trayecto abatido por fuego aéreo y artillería, porque según la inteligencia, la ofensiva fue exitosa liberando esa zona de la presencia guerrillera, obligándola a correr sus líneas a territorios alejados de ese perímetro.
En previsión de cualquier sorpresa, el mando envió exploradores avanzados por los flancos del grupo, peinando el lugar en profundidad hasta más allá del río, adentrándose en la selva próxima. Como último recurso de seguridad para el avance de la patrulla, yo iba en vanguardia, arrastrado por la presión de Buck.
La exploración informó que podíamos continuar el avance porque habían peinado la zona sin detectar actividad guerrillera.
La experiencia ganada en combate, me convierte en un permanente desconfiado. El informe de los exploradores no me tranquilizó. Sé, por experiencia, que el vietcong embosca en sitios inesperados para la lógica militar. Se enmascaran en cualquier terreno manteniendo una inmovilidad perfecta, esperando pacientemente, encubiertos en cualquier accidente del terreno, incluso en un espacio abierto.
Ingresé al área con Buck, avanzando a intervalos cortos y deteniéndonos, atentos a cualquier señal, hundiéndonos sobre los desechos del suelo incendiado que crujían al aplastarlos, cadáveres de sapos, insectos, víboras o pájaros calcinados; inmóviles y silenciosos, buscando siempre una referencia que permitiera protegernos, con máxima concentración, atentos a cualquier signo de los sentidos que revelara presencia humana.
Recuerdo el silencio que cubría el lugar, sólo interrumpido por el zumbido de insectos que se alimentaban de los desechos que dejara la ofensiva aérea. Nada indicaba que hubiera tropa enemiga. Levanté el fusil en señal que el lugar estaba despejado y podían avanzar. La patrulla ingresó. Cuando el último hombre abandonó el área, se inició el tableteo sordo de los kalashnikov del Vietcong. La patrulla se recogió en círculo, para defenderse por todos los flancos. Al desplazarse para formar el círculo, cayeron los primeros hombres. Advertimos que estábamos rodeados, porque los disparos enemigos surgían de todas las direcciones y nos superaban en número. El oficial a cargo, pidió fuego aéreo. El vietcong acortó posiciones. Pronto llegaron helicópteros artillados. Desde el aire, comunicaron que no tenían precisión de tiro, porque las tropas se encontraban demasiado próximas. El oficial pidió que ajustaran el tiro, pero que dispararan. No había otra solución. El ataque del vietcong dispersaba sus hombres; prefería arriesgar que sucumbir por la superioridad numérica del fuego enemigo. El fuego amigo diezmó tropa enemiga, pero también tropa amiga.
Buck saltó en el aire, cubriéndome. Intuyó en décimas de segundo el disparo que iba para mí, recibiendo el impacto. La bala lo hirió mortalmente. Me abracé al perro, desesperado, para atenderlo, pero ya no había salvación posible. Lo sentía como un hermano.
El hecho todavía me hiere hondo. No tenía otro compañero en esa selva sucia, oscura, de árboles arrancados de raíz por el castigo incesante de los obuses, cubierta de ramas y hojas quemadas. Miré alrededor comprobando que era el único vivo. El fuego amigo de la artillería despaturró a parte de la escuadra. El vietcong, terminó con el resto.
Sólo yo sobreviví. Los demás cayeron presa del asalto que los había rodeado y aislado. Además, los guerrilleros derribaron dos helicópteros que venían al rescate. Un tercero, alcanzado por fuego enemigo se retiró hacia la base.
Cuando aparecieron los vietcong a confirmar si había sobrevivientes, me mezclé entre los cadáveres. La sangre del perro más el barro que me cubría, ayudaron a salvarme. Permanecí inmóvil, con el hocico enterrado en ese barro inmundo. Comprobaron que estábamos todos muertos, levantaron el cadáver de Buck, de seguro para cocinarlo. Hace parte de sus tácticas matar al soldado, para luego cazar al perro y comérselo. Todo sirve para ellos. Esta vez, en la apariencia, estábamos los dos muertos y el cadáver del perro estaba fresco.
Llegada la noche, inicié el camino de regreso, escondiéndome en la selva a las horas de mayor sol. Al final del atardecer, reiniciaba la marcha, rodeando las aldeas, evitando ser detectado. Al abandonar el lugar, había buscado en las mochilas de mis compañeros, las píldoras con vitaminas y nutrientes que reemplazan una ración de alimentos, calmando la sed en los arroyos o vertientes de la zona y cogiendo alguna fruta cuando encontraba árboles frutales.
Una semana caminé por el borde entre la selva, evadiendo el Vietcong, hasta encontrar una ruta por donde transitaba un convoy que me condujo de regreso al campamento. Allí me daban por muerto. Aparecí flaco y sucio.
Un sargento del pelotón, todavía sorprendido de verme vivo, me dio tiempo para ducharme, vestir un uniforme limpio y comer, antes de pasar por un largo y engorroso interrogatorio, dando cuenta de lo que había ocurrido, respondiendo cómo había logrado escapar de la emboscada tendida por un número superior de fuerzas de combate enemigas. Mi testimonio tenía valor esencial para ajustar las tácticas. También para comprobar mi responsabilidad como rastreador en vanguardia.
Luego, volví a la tienda donde estaban mis compañeros. Buena parte de ellos son administrativos de la inmensa burocracia que mueve esta máquina de guerra. Aquí combate uno y nueve hacen funcionar la maquinaria.
Estaban tendidos en sus literas, escuchando a todo volumen, Peter, Paul and Mary, entonando “Leaving on a Jet Plane”, que cantaban algo que en ese momento me pareció irónico, casi ridículo, recordando lo que acababa de vivir. “Sonríe y dime que me esperas, que nunca me dejarás ir”, decía la canción
Me encabroné y pateé el radio, iniciando una riña con los soldados que intentaron contenerme. Finalmente, cedí al esfuerzo del sargento por calmarme. Tenía tres semanas de permiso por el tiempo pasado en combate. Acepté finalmente el consejo del sargento, encaminándome a la ciudad.
Me rodea mucha muerte y muchos muertos. No sé si tendré la fuerza de quitármelos de encima, si es que logro salir de esta desgracia.
Un abrazo, Gonzalo
Santiago, 6 de junio de 1967
Junio trajo noticias. Me emparejé. A finales de abril hubo fiesta en el Pedagógico. El ambiente estaba que ardía. Los prados estaban iluminados de sol, grupos de música acompañaban a improvisados cantantes que hacían volar canciones, en el Teatro se programaban sesiones culturales durante todo el día. Corría la cerveza y el fuerte. El ambiente me mareó y me incorporé con entusiasmo a la jarana. Estaba recién pagado, busqué comparsas, bebimos litros de cerveza y alcohol, aparecieron guitarras, improvisamos bailes. Por un día, en la casa de estudios sólo dominaba la fiesta. Le di salida al que conociste, cuando juntos iniciábamos jaranas que sólo terminaban cuando nos dominaba la fatiga.
Al atardecer, un amigo me convenció, de entrar al teatro del Instituto a ver un programa cultural. Lo acepté a regañadientes porque se presentaba un grupo de baile creado por Víctor Jara. Decían que él mismo actuaría. Como sabes, a mí el folklore me da lata. Lo identifico con la cueca de salón, en que “chinas” disfrazadas de cordobesas bailan con unos huasos relamidos. Asistí más por no frustrar a mi amigo, que me aseguraba que iba a conocer algo distinto.
El teatro estaba lleno. No había donde sentarse. Pero, animado por el trago, arrastré a mi amigo hasta el borde del escenario, sentándonos en el suelo.
Repentinamente, el teatro amortiguó sus luces hasta quedar a oscuras, el rumor de las conversaciones se fue apagando, en el escenario surgió una luz débil acompañado de un ritmo de tambores, ingresó una bailarina, morena ella, de trenza larga, ojos grandes oscuros, sonrisa ancha, taconeando alrededor del escenario con unos zapatos estilo andaluz y un vestido acinturado de alegres colores.
Mientras daba vuelta al escenario, la luz y el ritmo aumentaban su intensidad. Cuando hubo recorrido en círculo el espacio completo, se sumó el grupo de bailarines, reproduciendo una fiesta de carnaval nortino con la alegría que despierta. Un aplauso cerrado del alumnado celebró el éxito del primer baile de la noche.
En eso, apareció Víctor Jara. En breves palabras explicó que el propósito del grupo era dar a conocer toda la riqueza de la creación musical popular de las variadas regiones del país.
