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Disfruté leyendo. Tiene la fuerza de sumergir al lector en el paisaje .."el verde de los eucaliptos se descompone..." y llega a la imaginación el "el azul nocturno profundo"... Se comprende claramente la problemática social y el perfil del campesino sin futuro "las casas semejaban muecas de semblantes "... Nunca José pudo descifrar el significado de las palabras "proletariado" y "dictadura" .Logras que el lector profundice en esa realidad entre la ignorancia y el dominio de los grupos subversivos. Al leer esta parte recordé la expresión de un guerrillero colombiano de la región del Tolima que en los años 60 al ser interrogado por las autoridades respondió: "soy marxista ,leninista y conservador católico.!! En fin fue un gusto leerlo y Felicitaciones ! Patricia Pinilla, Bogota
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Seitenzahl: 168
Veröffentlichungsjahr: 2016
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Dedico este libro a mis hijos
Ute y Jörg
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
—Ha icho q´onchata, Juliana —oyó susurrar a su padre.
Con sumo cuidado José tiró de sus dos frazadas de lana de alpaca hasta taparse los oídos, evitando así que se escapara ni un ápice del agradable calor que lo envolvía. Al otro extremo de la cama dormía Mauro, su hermano menor. No podía exponerlo al frío intenso que llegaba todas las noches hasta los lugares más recónditos de la casa. Como de costumbre lo había despertado ese aire helado, y como de costumbre escuchaba desde la habitación adyacente el ruido tan conocido que hacía su madre al quebrar las ramas secas que necesitaba para prender el fuego bajo el fogón, tal como se lo acababa de pedir su esposo. A su retorno del trabajo en las chacras los padres recolectaban diariamente las ramas y los palos que la madre se disponía a utilizar ahora.
No era una cocina propiamente dicha. Se trataba de un pequeñísimo cuartucho en el que apenas cabía una persona. En el suelo se encontraban desperdigadas unas ollas de lata tiznadas y en un estante colgado de la pared se acumulaban los trastos que necesitaba la familia: plato sopero, jarro, y cuchara para cada uno; cuchillos y tenedores no eran necesarios. La carne, que sólo se comía alguna vez al mes, se consumía a mordiscos sujetándola con la mano.
A través del techo de paja de la cocina salía un humo fino y ondulado, que se dispersaba por el patio y penetraba por la puerta y el techo de la vivienda hasta alcanzar la cama de José, anunciándole la llegada de un nuevo día al pequeño pueblo de Toro situado en los Andes peruanos. Con seguridad, sería uno más de tantos días uniformes que José había pasado y pasaría allí.
La madre de José entró a la vivienda cargando una olla de sopa caliente y la depositó sobre la mesa. Una sopa de verduras acompañada de maíz tostado era el plato de base diario, no sólo para la familia Quispe sino también para los demás habitantes del pueblo. Al fin y al cabo todos eran campesinos y aquí en la sierra cualquier trabajo era mucho más arduo y duro que en la región costera. Los campos de cultivo se encontraban situados a una altura de hasta tres mil quinientos metros y para llegar a ellos desde Toro había que someterse a largas caminatas, subiendo pesadas pendientes y siguiendo senderos dificultosos. Por lo tanto había que levantarse temprano para poder empezar la faena antes de que saliera el sol.
Raúl Quispe, el padre de José, tenía que someterse a ese trajín. Se levantaba sin despertar a Jesús, con quien compartía la cama. Tal como se había acostado, vestido con pantalón, camisa y chompa, se iría al trabajo y volvería a acostarse en la noche. Así como la sopa de verduras para el desayuno, su atuendo pertenecía a la vida campesina en los Andes.
Sentados y en silencio los padres tomaban la sopa a grandes sorbos. Junto con un té caliente servía para reconfortarse en la vivienda helada. José los observaba levantando cuidadosamente un borde de su frazada.
—¿Cuándo volverán?
—Recién al anochecer. Hoy tendremos que arreglar un canal de riego en las alturas. Está perdiendo mucha agua. Eso no conviene ya que casi no llueve.
—¿Terminarán hoy ese trabajo? —siguió preguntando José.
—No, seguro que no, por lo menos nos tomará dos semanas, a pesar de la mano de obra de dos hombres que cada fundo pone a disposición para este trabajo —le explicó su padre.
Mientras tanto la madre había empezado a amarrar dos atados. En una manta envolvió la comida para todo el día más una botella de plástico llena de chicha y un pequeño bolso conteniendo hojas de coca, las cuales no podían faltar durante el trabajo. Las hojas secas de coca se masticaban mezclándolas con unas gotas de cal líquida contenidas en una pequeña botella, que para todo hombre tenía la misma importancia que la pala y el pico. Lentamente se desprendía de esta mezcla de coca y cal una droga que atenuaba la sensación de hambre y cansancio durante la ardua jornada de trabajo. Ya en la época inca los hombres recibían su ración de coca cuando trabajaban la tierra mancomunadamente. Ese atado lo entregó a su esposo; ella por su parte se amarró a la espalda a la pequeña Elda.
—¡Acuérdate José, que tienen que ir a la escuela! Además hoy hornean pan en el pueblo; compra veinte panes. A la hora del almuerzo cada una puede comerse uno. ¡Cuida bien a tus hermanos!
Abandonaron la casa. Se escuchaba cómo afuera el padre sacaba las llamas del corral y cargaba a los burros con herramientas y material de construcción.
La familia Quispe no pertenecía a las más pobres del pueblo. A pesar de todo poseían dos burros y siete llamas, y con siete topos de tierra llevaban una vida cómoda. Su fundo quedaba en la calle principal Túpac Amaru, cuyo nombre provenía de un valiente antepasado inca.
Más de doscientos años atrás, Túpac Amaru había convocado a los campesinos para rebelarse contra los conquistadores españoles. A pesar de haberse enfrentado al combate con cien mil campesinos, fue derrotado y sentenciado a muerte en el Cusco. Cuenta la leyenda que los conquistadores españoles ataron sus extremidades a cuatro caballos para descuartizarlo. Al ver que Túpac Amaru resistió esta tortura se sintieron humillados y lo decapitaron. Hasta hoy Túpac Amaru representa al símbolo de la lucha de los indígenas por la libertad. En el Perú no existe pueblo o ciudad que no tenga una calle que lleve el nombre de este ilustre personaje.
Por la calle Túpac Amaru, que más parecía un sendero, se salía de Toro para llegar a la sierra. A Toro sólo se podía llegar en mula o a caballo, montando por horas, o también a pie utilizando dichos senderos.
Al fundo de Raúl Quispe se entraba por la calle Túpac Amaru. Como toda edificación en esta región, la vivienda estaba construida de adobe; así se llaman los ladrillos hechos de barro y secados al aire libre. La casa estaba situada al lado derecho del terreno y hacia la calle solamente se veía una pared sin ventanas. La luz del día entraba a la habitación principal, que de noche también servía de dormitorio, a través de dos pequeñas ventanas y dos puertas. El galpón que hacía las veces de almacén para la cosecha y otras provisiones formaba un ángulo recto con la casa y limitaba por detrás con el terreno del vecino. El cuartito de cocinar conectaba la casa con el galpón. Una pared de dos metros de altura cercaba todo el terreno cuadrado, tanto por el lado trasero, como por la calle Grau. En vez del techo de paja tan común en la región, los Quispe ya habían podido ponerse un techo de calamina. Pero aparte de este pequeño, lujo la casa de Don Raúl Quispe no se diferenciaba en nada de las otras viviendas.
Los habitantes de Toro podían estar orgullosos de poseer una cañería de agua. En todos los fundos había un caño de agua, mientras que en otros lugares las mujeres tenían que recogerla de los canales de regadío y transportarla en baldes a sus casas.
En Toro este arduo trabajo ya pertenecía al pasado. José se enorgullecía mucho de su padre por haber sido el promotor del plan de agua potable, que presentó al gobernador, obteniendo el dinero necesario para implementarlo. Hacía cuatro años que Raúl Quispe era el alcalde de Toro y uno desde su reelección. Su sueño, por el momento irrealizable, era traer luz eléctrica al pueblo. José sabía muy bien que vivía en un país muy pobre. Ni siquiera en las grandes ciudades había luz eléctrica y agua potable en todas las casas. ¿Por qué habría entonces de cambiar tan positivamente la vida en Toro, un pueblo serrano alejado de la costa, en tan pocos años?
José aún no tenía que levantarse. La escuela empezaba a las ocho. Alcanzaría de sobra levantarse media hora después de la salida del sol.
—¡Burro, asnu,corre,asnu!”
Oía a su padre arrear a los burros en el patio. Y luego ya no siguió escuchando el golpeteo de los cascos sobre el empedrado; tapándose hasta las orejas con su frazada se había vuelto a quedar dormido.
Un día en Toro tenía una duración de doce horas, igualmente la noche. En época de lluvia entre diciembre y marzo, oscurecía media hora más tarde ya que en el hemisferio sur era verano. Ahora en julio era invierno, tiempo de sequía. En los Andes las madrugadas y las noches eran heladas. Por lo tanto cada mañana se ansiaba ver los primeros rayos solares tocar las cimas de los cerros que emergían al sur de Toro. Ansiosamente se observaba también cómo el pueblo situado al otro lado del valle ya disfrutaba antes que Toro del calor y de la luz solar. Gracias a este sol que iluminaba el patio, se sentía una sensación reconfortante que atenuaba hasta la llegada de la noche la vida tan ardua de los Andes. El primero en disfrutar de los rayos solares matutinos era Renzo, un perro mestizo y lanoso. Se revolcaba en el polvo produciendo una nube blanca que emergía contra la luz del nuevo día. En el interior de la vivienda ya se percibían señales de vida. José estaba consciente de su rol de jefe de familia.
—¡A levantarse, levántense todos! —gritaba por la casa, corriendo de cama en cama, despertando así a sus cuatro hermanos. Ellos no se habían dado cuenta de la partida de los padres en la madrugada con la pequeña Elda.
No era necesario dar más instrucciones. Cada quien conocía sus deberes. Las niñas vestían al pequeño Jesús de cuatro años. José preparaba el desayuno; tiraba ramas a la brasa y se calentaba sobándose las manos sobre las llamas. Luego calentaba la sopa y el té. Alrededor del caño de agua en el patio se formaba un ajetreo. Había que estar presentable para ir al colegio. Cada uno se mojaba el cabello, se peinaba y así finalizaban su aseo matutino.
En realidad Toro no era un pueblo sin importancia. Poseía un kindergarten, una escuela primaria y secundaria. Desde los pueblos más dispersos y lejanos los niños tenían que recorrer caminos largos y agotadores para poder llegar a la escuela de Toro.
Con excepción de Jesús que aún iba al kindergarten, todos ya se habían puesto sus uniformes escolares. Para el colegio las dos niñas y Mauro no necesitaban más que un lápiz y dos cuadernos, uno para escribir y otro para matemáticas. Nadie podía correr con el costo de comprar libro alguno. El profesor solía hablar continuamente escribiendo lo más importante en la pizarra. Los alumnos se limitaban a copiarlo y aprenderlo de memoria. Esa era la manera de dictar clases. José poseía cuatro cuadernos ya que ya no iba a la primaria. Estaba en primero de secundaria con un horario tan extenso que necesitaba dos cuadernos más.
Juntos salieron del fundo. De la calle Túpac Amaru voltearon a la calle Grau que iba un poco en bajada. A esta hora sólo se encontraban alumnos por las calles. Todos los padres de familia ya estaban trabajando en sus chacras. Después de una cuadra llegaron a la calle Bolognesi.
Con un breve “chau” y un ademán de despido José siguió de frente, mientras que sus hermanos menores siguieron por la calle Bolognesi hacia el kínder y la escuela primaria, ambos locales situados en las afueras del pueblo. Ahí Mauro, Teresa, y Naty iban al segundo, tercer y cuarto grado.
Para José y sus hermanos realmente iba a ser un día normal y corriente. Los alumnos desfilarían con sus clases por el patio de la escuela, entonarían el himno nacional y luego se apiñarían de a tres y a cuatro en unas de las pocas carpetas de las aulas. Por la tarde harían algunas tareas y las dos niñas tendrían que ocuparse de Jesús. José y Mauro jugarían futbol con sus amigos en el polvoriento campo de fulbito de la escuela o tirarían a las palomas con sus hondas de piedras.
Al atardecer la madre prepararía la sopa de costumbre y el padre se reuniría con el consejo en la municipalidad. A más tardar a las siete y media empezaría a entrar la noche y con ella el frío. Todos buscarían el calor apacible de sus frazadas de alpaca y de los cuerpos con los que compartían sus lechos: Teresa con Naty, Jesús con su padre, la pequeña Elda con su madre y Mauro con José. En Toro entonces habría finalizado un día más, tal como los otros trescientos sesenta y cuatro del año.
Golpearon pesadamente al portón.
—¿Quién es? —preguntó José.
—¡El cartero! Una carta del gobernador de Cotahuasi. ¿Está el alcalde?
—¡Si, un ratito, ya viene! —respondió José.
¡Incluso el cartero llegaba hasta Toro! Aunque fueran solamente dos veces al mes. El padre de José abrió el portón y recibió la carta. Mientras que regresaba a la casa le echó un vistazo al mensaje que había llegado desde la capital de la provincia de La Unión. Mientras más leía, más serio se ponía su semblante. Parecía tratarse de algo muy importante. De la expresión preocupada de su padre, José dedujo que evidentemente algo relacionado con la carta lo confundía.
—¿Ha sucedido algo? —preguntó José cautelosamente.
—Tu mirada está rara, bien diferente.
¿No había escuchado su padre la pregunta? ¿O no quería escucharla? El Sr. Quispe entró a la casa y se dirigió a su esposa.
—La próxima semana tendré que ir a Cotahuasi. Hay un llamado a todos los alcaldes de la región; se trata de Sendero Luminoso.
José se asustó al ver que al escuchar ese nombre su madre se estremeció llevándose el mandil a la boca con ambas manos, como para acallar un grito. Él ya había escuchado hablar de los senderistas. Así se llamaban los terroristas peruanos de Sendero Luminoso. ¿Pero no ejercían sus fechorías estos terrucos sólo en Lima o en los Andes del norte, lejos de Toro? José no entendió del todo la reacción de su madre. ¿Por qué le habría dado tanto miedo? Todo lo que hasta ahora había escuchado referente a los terroristas no le había parecido más que un cuento de aventuras.
—¿Raúl, cuánto tiempo estarás ausente? —preguntó la Sra. Quispe a su esposo.
—No lo sé, uno o dos días, sin embargo espero estar de regreso ésta noche. —Contestó levantando los hombros.
—¡Papa¡ —interrumpió José—. ¿Me llevas contigo a Cotahuasi?
José no se pudo explicar cómo había tenido ésta idea tan repentina. De pronto se le había ocurrido, y la expuso al toque. Aproximadamente hacía siete años había estado en Cotahuasi. No se acordaba de nada. Sentía curiosidad; quería conocer el trajín de la vida en una ciudad.
—¡Por favor¡ —le pidió a su padre. —Me muero de ganas de acompañarte, ya estaré de vacaciones. El 19 de diciembre es la clausura, pero para el sábado ya habremos regresado, ¿no?
José no paraba de hablar, parecía muy entusiasmado con la idea de poder participar del viaje. Nunca antes le había dirigido tantas palabras a la vez a su padre.
—Bueno, si se te antoja tanto me puedes acompañar —decidió Don Raúl asombrado por el afán de su hijo.
Tanta era la alegría de José, que casi no podía esperar la llegada del día lunes. El domingo por la tarde lo pasó empacando sus cosas para el viaje. No eran muchas: una frazada, un plástico contra la lluvia, un pedazo duro de queso de oveja y cancha, el maíz tostado con el que se acompañaba al queso.
Padre e hijo iniciaron su viaje en la madrugada, cada uno con su atado a la espalda y jalando un burro con una soga. Para esta época del año, corría un aire helado. En dos semanas ya empezaría el verano. Los campesinos esperaban las lluvias en el altiplano, y en las cimas de los volcanes nevadas y hielo. Durante la época de sequía éste se derretiría y los canales de riego se llenarían de agua cristalina. Por el momento, sin embargo, las lluvias aún no se habían iniciado. La noche había estado clara y estrellada. Ahora que en la madrugada el paisaje recobraba sus formas y colores, la cruz del sur empezaba a palidecer.
Caminaban en silencio, uno detrás del otro porque el angosto sendero no les permitía andar juntos. Inmediatamente detrás de las últimas casas del pueblo empezaba el descenso hacia el valle por un sendero zigzagueante. Era un camino natural formado en el transcurso de los años por el trajín de miles de pies y cascos. Siguiéndolo José y su padre a veces tenían que cruzar escombros o escalar peldaños de piedra. Pasaban por bosques de cactus, bordeaban terrazas de cultivo y zanjas de riego. Bajando se ensanchaba el camino y culebreando rozaba por fundos solitarios, zigzagueaba a través de bosques de eucaliptos, a veces seguía por ranuras rocosas. Hombres y animales avanzaban tranquilamente, con pasos seguros, sin resbalarse ni doblarse los tobillos.
Ya habían caminado durante una hora. Abajo se veía correr el agua verdosa del río Ocoña. Desde las alturas se percibía su ruido monótono y distante. El aire era cálido, mucho más cálido que en Toro. José se quitó el saco y lo envolvió en su manta. A partir de ahora el camino los conducía por el borde del río. Se dirigían río arriba. Cierto que algunas nubes grises colgaban sobre el valle y se enganchaban por corto tiempo en las cimas de los cerros, pero luego se disolvían rápidamente hasta que volvían a aparecer nuevas. Parecía que habían traído sus plásticos en vano. Se podía observar el juego de luz y sombra en la falda del cerro al otro lado del valle, y cuando los rayos solares lograban abrirse paso por entre las nubes, las casas blanqueadas del pequeño pueblo de Charcana resplandecían como puntos luminosos.
—¡José, fíjate en las chacras ahí atrás!
Fueron las primeras palabras pronunciadas desde que habían iniciado el viaje tres horas atrás. Señalando hacia abajo, Don Raúl se refería al valle, que ahora se abría y se convertía en un oasis verde y frondoso.
—Ahí empieza Cotahuasi.
—¿Cuánto falta para llegar, papá?
—Una hora más o menos; tenemos tiempo de sobra, no necesitamos apurarnos para nada. Muchos de los otros alcaldes vienen desde más lejos. Todavía podemos hacer compras en la ciudad. Necesito cemento para los canales de riego.
Otra vez volvieron a quedarse en silencio. Mientras más se acercaban a Cotahuasi, el asombro de José iba en aumento al ver tantos campos de cultivo en forma de terrazas en las pendientes de los cerros. Así se podía aprovechar cada metro cuadrado. La tierra aquí era muy valiosa. El sol había disuelto las nubes matutinas y el valle se calentaba con sus rayos. La luz plateada se reflejaba en los techos de calamina. Qué valle tan fértil, pensó José. Se cultivaba cebada y maíz, trigo y cebollas. En los huertos florecían los árboles de durazno de color rosa, más atrás se extendían campos verdes de alfalfa y los capullos de los árboles de papaya difundían su perfume aromático. Aparecieron las primeras casas de Cotahuasi. No se diferenciaban mucho de las de Toro. Algo más grandes quizás. Recién al doblar hacia la plaza cambió el cuadro. A ambos lados de la calle se encontraban sencillas tiendas. Tocando la bocina los carros circulaban por las calles llenas de baches, pero asfaltadas. A lo largo de las veredas se encontraban pequeños restaurantes descubiertos atendidos por mujeres serranas. El olor a kerosene mezclado con el de frituras de carne y pescado se difundía por toda la plaza.
A José se le hacía agua la boca. Al darse cuenta de esto su padre dijo—: Vamos rápido a la municipalidad, tengo que averiguar a qué hora exactamente empezará la reunión. ¡Luego nos comeremos una buena trucha con papas fritas! —A José se le notaban las ganas de zamparse tremendo banquete.
