Serás mi boca - Susana Pottecher Gámir - E-Book

Serás mi boca E-Book

Susana Pottecher Gámir

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Beschreibung

En los años decisivos del declive del imperio asirio y de despunte del babilonio, un joven Jeremías comienza a predecir la destrucción próxima de Jerusalén. Tal denuncia acarrea su encarcelamiento y el desprecio de las gentes, el ser arrojado a una fétida cisterna en desuso, e incluso el estar a punto de ser linchado por derrotista, por vendido a los caldeos. Pero la poesía de sus oráculos y confesiones no cesa de martillear los oídos de reyes, ministros, profetas, sacerdotes y del pueblo de Yahvé, y hasta de increpar al mismo Dios que le había obligado a ser su boca.

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Veröffentlichungsjahr: 2011

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Susana Pottecher

Serás mi boca

Ventura y azote del profeta Jeremías

Incurable es mi herida  

cuando Tú estás siendo para mí  

arroyo engañoso

de agua inconstante.  

Entonces me respondió el Señor:

si vuelves, y Yo te vuelvo a tomar,  

permanecerás en mi presencia;

1

La casa de Yahvé y del padre del Profeta

E

l altar de los holocaustos del templo de Anatot donde oficiaba el sacerdote Jilquías humeaba con los restos del último sacrificio de alabanza ofrecido a Yahvé. Su hijo, Yirmeyahú, removía en él las cenizas con diligencia. La grasa que algún día rodeó los riñones, el hígado y la cola de una cabra perfecta, toda la parte del Señor, ya había terminado de consumirse sobre sus tablas de acacia chapadas en bronce.

Previamente, el joven aprendiz de sacerdote había estado meciendo delante de Yahvé la carne debida al levita: el pecho y el muslo derecho de la víctima; tras hacer una libación de sangre y otra de vino había comenzado el sacrificio que ahora concluía, una vez que el oferente tomó consigo las partes que le correspondían de pan leudo y carne para consumirlo junto a los suyos, dejando, no sólo las reservadas para el Señor Yahvé, sino también las de quienes vivían de sus altares, según la Ley. 

Otro vecino del pequeño pueblo de Anatot quería ofrecer el holocausto de un toro por el pecado inadvertido del pueblo, una ofrenda de incienso y otra de flor de harina empapada en aceite. No hacía ni cuatro semanas que había donado al Señor el sacrificio expiatorio de un cabrito por las culpas propias, y aunque su ganado era tan exiguo como el resto de sus propiedades, con lo que hubiese podido sustituir esa víctima costosa por dos aves sin tacha, no quería hacerlo. Los ancianos de su tribu y los de sus casas aliadas ya iban ocupando el atrio sagrado. 

–¿Dónde está tu padre? –apremió al hijo del sacerdote. 

–En seguida viene –replicó Yirmeyahú, mientras tomaba con su pala carbones del altar metálico, con el fin de depositarlos sobre el altar de madera de cedro y esparcir allí el incienso en polvo para que ardiese dentro de la casa de Yahvé y pudiese Él disfrutar de sus fragancias. El cuerpo ágil de ojos melancólicos del muchacho se escurrió con rapidez, eludiendo la mirada sagaz del paisano. 

Al cabo reapareció trayendo consigo a su padre, el esperado sacerdote, junto a sus tres ayudantes. Mientras Yirmeyahú reavivaba el fuego perpetuo y prendía la ofrenda de harina amasada con aceite, los levitas arrastraban el novillo atado con cuerdas. Tras una imposición de manos dificultada por lo bravío de la res, la degollaron. Luego, el oferente fue frotando con su sangre los cuatro cuernos del altar exterior del templo, en la convicción de que con ello se restablecía su alianza con el Señor. 

–Yahvé es mi bandera –dijo con solemnidad. 

A continuación la comitiva se introdujo atropelladamente dentro del pequeño santuario, para presenciar también cómo tocaba los otros cuatro cuernos del altar donde se consumiría el incienso, creyendo así participar de su suerte. A partir de esos contactos de la sangre con las astas, vehículos para llegar hasta el Señor, el sacerdote tomó la iniciativa, salieron fuera de nuevo y fue derramando en torno al altar metálico el espeso y oscuro fluido vital del animal, al tiempo que proclamaba: 

–La vida de toda carne está en su sangre y la sangre pertenece sólo a Dios. Es la sangre la que expía por la vida que hay en ella. 

Esta vez, puesto que se trataba de un sacrificio por el pecado de la comunidad y ni siquiera el oficiante podía comer de la víctima, los cuatro cuartos despedazados de su cuerpo y las vísceras, una vez lavadas, se quemaron en el fuego perpetuo. Nada más proferir Jilquías: «El olor apaciguante de tu víctima es agradable a Yahvé, quien en consideración a esta ofrenda borra tu pecado», el suplicante y su parentela salieron apresuradamente del templo. Tanto, que uno de los levitas murmuró a sus compañeros, burlón: «¡Aún les falta sacrificar a la Reina del Cielo!». 

Recordaba de tal modo que aquel paisano haría lo que estuviese a su alcance por uno de sus hijos, gravemente enfermo desde hacía unos meses, así como por saldar cuanto antes una deuda de sangre contraída entre los suyos. Mas, a juicio de muchos de sus hermanos de religión, ese «verse en las astas del toro», propiamente, no le eximía de la culpa de idolatría. Pues, si bien el código de la Alianza ordenaba: «Constrúyeme un altar de tierra para ofrecer sobre él tus holocaustos y tus sacrificios de comunión, tus ovejas y tus bueyes; en cualquier lugar donde se conmemore mi nombre, vendré a ti y te bendeciré», la primera prohibición del Decálogo dictaminaba: 

«No tendrás otros dioses fuera de mí». 

Recogiendo los enseres santos, Yirmeyahú anheló que pronto pudieran hacer uso de la «sangre de la alianza» aquellos clanes en guerra que, por la Ley de la Confederación de tribus que los regía, no sabían perdonar sino derramando sangre humana de venganza. Luego rezó por el chico enfermo, fortaleciendo su propio inconsciente. Después, mientras llevaba las cenizas al depósito de las cenizas junto a los demás levitas, se puso a soñar con ese futuro día de reconciliación y quedó un rato fantaseándolo. Aunque ya sabía el aprendiz de sacerdote que la resolución de los problemas personales de su vecino no iba a restaurar la confianza en un Dios único de esos clanes que habían roto la paz, por lo que no dejarían de rendir culto a la diosa Asera en su bosquecillo sagrado, o a la fenicia Astarté en los altozanos, e, incluso, al cruento Moloc sobre las brasas de niños pasados al fuego.

2

La casa del Profeta y sus mujeres

C

omían en silencio sobre esteras las mujeres de la casa del sacerdote Jilquías después de haberlo hecho los hombres. La luz de la estancia apenas iluminaba sus rostros, compitiendo con el crepúsculo todavía visible por el hueco de la puerta, mientras sus esclavas ya iban recogiendo la vajilla parsimoniosamente. Al tiempo que se distendían los músculos de los habitantes de la pequeña población levítica de Anatot, sus sonidos habituales iban apagándose. Sin embargo, Yerusá, una de las jóvenes sirvientas nubias, aún se mostraba especialmente solícita en sus movimientos y, siendo de natural rezagada, consiguió levantar las sospechas de su dueña, que la espiaba con el rabillo del ojo.

El corazón de Abigail, la hija mayor de la familia, estaba temblando como lo hacía la llama del candil de aceite que manejaba su madre; su respiración era irregular. Al ir Yerusá hacia el patio con parte de la vajilla sucia, por no pisar un escarabajo pelotero, dos platos se le deslizaron, y uno de ellos se rompió en dos. 

–¿Es que tienes en mayor consideración a esos viles animales que a los enseres de esta casa? –le cuestionó su ama. 

–Perdón, mi señora, perdón. Vive Yahvé que no lo quise –respondió la nubia. 

–Él también tiene derecho a la vida, madre –intervino Abigail, corriendo a ayudarla. 

–Ya sabemos que Yerusá gusta de dar culto a los seres irracionales –dijo la madre espetándose–, pero, aunque sea medio egipcia, en su pecado irá la penitencia. 

La mujer del sacerdote Jilquías comenzaba a temer la influencia de esa esclava sobre su hija. Bien sabía que Yerusá, por el uso de su propia madre, adoraba al cocodrilo, a la serpiente, al lagarto y a la rana, tanto como a las diosas cananeas Asera, Anat y Sapas, y que su hija Abigail se hallaba demasiado expuesta a su influencia desde que no concebía de su recién estrenado marido. Ya la había visto fumigando su cuarto con salvado y escondiendo mandrágoras, como hacen las prostitutas sagradas con fines mágicos y afrodisíacos. 

«Todo está infectado por los pueblos paganos –pensaba colérica y necesitada de afianzarse en sus creencias–. Pero las cosas tienen que cambiar. Los dioses que esos entronizan en sus templos son como los cacharros de cocina: inservibles en cuanto se rompen y, como dice mi señor Jilquías, nuestra gente ya da muestras del hartazgo del yugo extranjero.» Desde que el rey Manasés había subido al trono con doce años, hasta que murió cincuenta y cinco años más tarde, los judaítas habían vivido bajo la ocupación asiria. Al comienzo del reinado de su hijo Amón se había esperado un cambio; un cambio que no se produjo, pese a que los asirios se obstinaban en una impía crueldad desollando vivos a los jefes rebeldes, exponiendo en las murallas las pieles de los así escarmentados hasta que eran devoradas por los buitres o se las llevaba el viento, y levantando pirámides de cabezas de empalados a las puertas de las poblaciones que no obedecían sus estrictas consignas. 

«Ya no vamos a seguir prestándoles servidumbre ni a pagar tributo a los dioses de Assur», continuaba farfullando la esposa del sacerdote principal del pueblo de Anatot. «Cincuenta y cinco años de sometimiento han sido demasiados... Sobre todo ahora, con el pusilánime de su hijo Amón pretendiendo seguir esta dinámica, como si el país no pudiese más de cargas y de ofen...». 

–Madre –la interrumpió Abigail–, si lo permite, me retiro. 

–Buenas noches, hija. Aunque ya pertenezcas a tu esposo, no olvides tus oraciones. Y vosotras podéis iros también –dio orden a las sirvientas viendo que concluían su tarea junto al pozo. No se fue ella a dormir todavía y se sentó a cardar lana. 

«Como si el país pudiera con tantos agravios e impuestos», prosiguió murmurando. «Con esos ídolos de madera decorados de oro y plata que veneran sacándolos en procesión como muñeconas; mudos espantapájaros de melonar que hay que transportar porque no andan.» Estaba muy inquieta por Abigail. No alcanzaba a comprender cómo sus hijos, Abigail y Yirmeyahú, no sentían como ella el orgullo de pertenecer a la estirpe de Leví; el único clan que había sido capaz de hacer florecer una vara de almendro en una sola noche. Pues, de las otras once ramas que se ofrecieron en representación de las tribus de Israel en aquel día señalado de la historia hebrea, ninguna pudo dar muestra de aquella milagrosa metamorfosis nocturna de flores y hermosos frutos como hizo la de Leví. 

«Claro que en estos tiempos ya nadie considera la exclusiva selección que el Señor Dios hizo de nuestros antepasados mediante la inspiración de la Naturaleza, porque Yahvé hace mucho que no aparece ni ofrece ningún signo ni prodigio y por eso nuestros hijos andan confusos. Y, ante cualquier opción que ponga en duda las prerrogativas de nuestra casa, ninguna palabra promulga que aclare las cosas. Así ya no hay fe clara ni juicios rotundos como los había antes; claro que antes los descreídos de los rubenitas insistieron en que estamos todos por igual consagrados al Señor, y en que su presencia santifica sin distinción. Pero a mí me gustaría que ahora Yahvé, Dios de Israel, nos ordenase otra vez a los de la tribu de Leví lo mismo que ordenó en aquel día glorioso a nuestros ancestros: ‘¡Apartaos de ese otro grupo, que los voy a consumir al instante!’, y que fulminase de nuevo a todos los que no se dan cuenta del estatuto privilegiado de los levitas, como hizo con los soberbios de los rubenitas.» Pese a su excitación interna, a la mujer se le fueron cerrando los párpados. Casi vencida por el sueño, dejó la labor y sopló la llama del candil retirándose a tientas, sin sospechar que su hija Abigail y su esclava Yerusá aguardaban impacientemente ese momento. 

Salieron las dos muchachas con el mayor sigilo que pudieron y caminaron hacia las afueras del poblado. Los rasgos exóticos de la una abrían paso a la otra como una antorcha que detrás arrastrase a un miedoso. La luna en cuarto creciente fundía el campo seco con una luminosidad metálica. Ascendieron una pendiente escarpada hacia el sudeste en dirección a Jerusalén y alcanzaron una casa de adobe escondida entre tamarindos y olivos; durante el trayecto se les habían ido sumando otros grupos de mujeres y algún hombre solitario. 

Penetraron en la umbrosa estancia, levantándose las túnicas en un silencio veteado de telas y pasos, y subieron en fila hacia el terrado. Allí un ídolo de la diosa Anat recibía las tortas de trigo modeladas con su imagen que le llevaban a modo de ofrenda. La esclava del sacerdote de Yahvé sacó de debajo de sus faldas la suya, la cual había configurado con un trozo de la masa familiar sin que nadie lo advirtiese. Otros donaban vino a la divinidad femenina para hacer libaciones a la tierra en su nombre, o sustancias aromáticas para perfumar el cielo con los incensarios sagrados de la diosa del amor y de la guerra. Varias sacerdotisas preparaban las parrillas paganas para la ceremonia. Una de ellas se arrodilló sobre un estanque sostenido entre cantos rodados y comenzó a mover el agua con las manos; su larga cabellera suelta iba rozando con las puntas la superficie plateada por el reflejo de la luna. Bajo el cielo estrellado se colocaron en actitud de oración los presentes. 

Vestida de lana carmesí y con un collar de flores blancas, otra de las sacerdotisas comenzó a subir ceremoniosamente la escalera de un pequeño torreón, tras el que quedaba oculto un grupo de percusionistas. El llanto de un crío ascendía del piso de abajo con insistencia, mas no retardó ella el culto, iniciándolo al invocar con voz dulce y enérgica al dios Baal, hermano y esposo de la diosa allí celebrada:

Una novilla he visto, un morlaco parió a Baal,  

un toro salvaje, sí, al Auriga de las nubes.

Al canto se postraron los asistentes y cesó el sollozo infantil. Se refería al Baal de la Tierra, o al Señor Hadad de los asirios como fuerza fecundante, quien, junto a la diosa de la guerra y del amor, Anat, la también llamada «Gran Virgen», «Madre» y «Reina del Cielo», engendra en las novillas y en las muchachas en flor. Prendieron las parrillas, y el humo gratificante a los dioses fue ascendiendo; cuando ya les parecía que tocaba los cielos, la muchacha volvió a irrumpir con voz de saeta:

¿Está Baal en su casa, el dios Hadad en su palacio? 

No, no está Baal en casa, el dios Hadad en su palacio.  

Su arco tomó en su mano; flechas en su diestra  

y hacia las riberas de Samak dirigió el rostro,  

llenas de toros salvajes. 

Ahuecó el ala la Virgen Anat, ahuecó el ala  

y escapó volando hacia las riberas de Samak,  

llenas de toros salvajes.

El cuerpo de Abigail comenzó a sudar copiosamente. Con furor y determinación pensaba: «De los matrimonios sagrados entre los fuertes nacen los más fuertes. Aunque padre lo niegue, en la antigüedad nuestro Señor Yahvé era el Dios El, el padre de Baal, y Baal es el amante predilecto de Anat, la diosa de nuestro pueblo. De su unión nació Samgar, el héroe que con una aguijada mató a los filisteos y salvó a Israel. Así es que yo, aunque hija de yahvista, he de tener contacto con el amor como Anat –mi Reina del Cielo que todo promueves–, que es lo mismo que saber de la guerra». 

Tenía ella conocimiento de que Yahvé era una hipóstasis del dios cananeo El de las tribus israelitas más antiguas, y de que, aunque su gente lo hubiese adoptado dotándolo de la exigencia de ser el único frente a los demás dioses de los clanes, su origen estaba en El. Los setenta hijos que éste había tenido con la diosa Asera constituían el núcleo generador del panteón divino cananeo y Canaan era la tierra que ellos, los siervos de Yahvé, habían usurpado antaño por el poder de las armas; tierras de Baal, dios del cielo, de Yam, dios del mar, y de Mot, dios del infierno, entre otras divinidades menores. 

Reflexionaba la joven Abigail sobre el antagonismo y la competencia que existía entre todos ellos por quién sería el rey de los dioses y el rey de los hombres; le parecía que era como si por ella hubiesen de luchar varios machos para definir la verdadera posesión de su cuerpo y de su alma, al igual que le ocurría a su promiscua esclava egipcia de hábitos cananeos. Sin embargo, la prioridad de Baal sobre sus hermanos en ese ritual era tan evidente como para ella lo era la de su marido sobre sí. Pues, en tanto que dios de las lluvias y de las tormentas era Baal el dios supremo, al igual que su amado y tierno esposo lo era de su corazón y de sus húmedas entrañas de mujer, a las que consideraba epicentro de su vida, siendo la sede de su goce presente y de todo bien futuro, si conseguía quedarse en cinta con sus caricias. 

–¡Dotada seas de vida hermana, y larga vida! –profirió un joven agraciado entrando en escena y reclinándose frente a la talla de la diosa Anat–. Tus vigorosos cuernos Virgen Anat, la más graciosa entre mis hermanas, tus vigorosos cuernos ungiré con el poder del vuelo. Atravesaremos así a mis enemigos en la tierra y, en el polvo, a los adversarios de tu hermano. 

Estaba representando al mensajero del dios El, que anunciaba su buena nueva a Anat. Después abrazó por la espalda a la cantante, y entre el fragor de los tambores, como poseído por el ser más violento de aquel dios tribal, dios de las tormentas, exclamó de modo imperativo: 

–¡Oh, doncella, Señora del firmamento, darás a luz! Hiere un día, traspasa durante dos, durante tres asesina. Ve, mata durante cuatro: corta manos que chorreen sangre, a tu cintura ata cabezas. Vuelen tus guerreros y ve a descansar a tu monte Inbub, al podio de las estrellas.

En el silencio teñido de rojo que dejaron tras sí estas palabras, resaltó el dulce sonido procedente del estanque como una incongruencia. Por el rostro turbado de Abigail resbalaron las lágrimas al replicar la cantante: 

–Ansiosa se puso Anat, la novilla de Baal, ansiosa por dar a luz, cuyas entrañas no habían concebido, cuyos senos no habían amamantado infantes. 

Proseguía el epinicio, mientras se iba perdiendo la hija del sacerdote Jilquías en el pensamiento de lo necesario de aquellas palabras. Creía que a la vida había que invocarla tanto como rememorar a los muertos; auspiciar la fertilidad tanto como dar culto a los antepasados. Pues, ¿cómo podía ella dejarlo todo en manos del dios Yahvé?, todo, incluso la memoria de sus seres queridos fallecidos quieta para siempre en el Seol, ese lugar que pintaban sus hermanos espeso, gris, turbio, morada común de buenos y malos. Por el contrario los cananeos lo concebían como la estadía pasajera de transmutación del ser, donde aguardaban los muertos a que sus dioses los renaciesen, o no, en función de la vida tenida. 

De pronto, a Abigail le produjo repugnancia el cante alusivo a la actividad guerrera merecedora de la fecundidad. Intuía ya que se estaba alejando demasiado de lo que le habían inculcado desde la infancia, cuando escuchó de la boca mórbida del cantante los versos definitivos que la separaban de Yerusá y de tantas otras de sus amigas: 

–Lo que oyes, ¡oh, novilla!, entiéndelo; compréndelo, ¡oh, Pretendida de los Pueblos! Penetre mi voz en tus oídos. Por haberte ligado a la perversión, revistiéndote así de luz, príncipes regios celestes fueron enviados a decir: «Con rocío fortificaré a vuestro hijo, como a primogénito de príncipe os bendeciré».

El orgulloso e implacable semblante de la diosa de madera policromada allí presente, enteramente ataviada de joyas, de armas, con los pechos desnudos y un león en la mano, llenó de ira a Abigail, y un precipicio de turbia incertidumbre se le abrió en el pecho. Al mismo tiempo que sentía el deseo de ir también a venerar a la Luna, o al Sol, al planeta Saturno, a las Constelaciones, o a todo el Ejército de los Cielos, por obtener un hijo, se acordaba de que fue Yahvé quien había sacado a los suyos del horno de hierro egipcio para convertirlos en el pueblo de su propiedad, dejando a todo el cielo tan sólo como almacén de la lluvia, y lo consideraba un acierto; la señal de un progreso del espíritu. Y ella –no pudo por menos preguntarse–, ¿no estaría ella siéndole infiel por no ir a perder el amor de su marido? ¿No era el miedo el motivo de su culto ilícito? 

Al son de adufes, timbales y triángulos continuaba la ceremonia a la que ya no podía prestar la mínima atención, en el momento en que un estruendo inusitado en la calle la interrumpió de golpe y todos se acercaron a la baranda para mirar hacia abajo asustados. Un grupo numeroso y desconcertante corría en dirección a la plaza de Anatot. 

–¿Qué hay? –les gritaron. Entonces un hombre, izando la cara hacia la azotea, les dio la noticia que iba a cambiar al reino de Judá: 

–¡Hay revolución en la casa del rey!, ¡el pueblo del país se ha levantado en armas contra Amón! 

A lo que todos los huéspedes de la diosa Anat salieron despavoridos hacia sus casas, trompicando por la escalera. La ciudad davídica pronto podría divisarse a lo lejos entre el resplandor de las llamas.

3

La coronación del rey Josías

Y

irmeyahú creía firmemente que se hallaba en el mundo para vivir lo que indicaba su propio nombre: «Yahú levanta», o «abre». Una noche se había despertado de un sueño en que su cuerpo volaba, en el preciso momento en que escuchó una voz grave y misteriosa que parecía provenir de un tiempo indescifrable, llamándole: «Ieremias, Ieremias», y luego como un batear de alas de algún ave grande levantando el vuelo.

La primera vez que el hijo del sacerdote de Anatot pudo oírlo todavía era un crío. Sucedió inmediatamente después de la revuelta del pueblo de Judá contra su rey Amón, al poco de heredar éste el trono, la misma noche en que su familia tuvo conocimiento de que su hermana Abigail se escapaba con las esclavas a dar culto a los ídolos; la segunda, un año más tarde, en otra arcana noche en que pudo observar y escuchar en su propia casa a un grupo convocado en secreto por su padre. 

La voz aquella le había llamado en ambas ocasiones por un nombre que le sonaba a la lengua de Yaván[1], que no le parecía el suyo, y era como si se empeñase en turbar su inocente descanso, justo antes de que ocurrieran los sucesos más cruciales para él y para su pueblo –centinela de un peligro inminente–, o de lo que no debería ignorar Yirmeyahú al ser el sedimento de su futuro inmediato. Sin consideración alguna hacia su edad, la misteriosa voz se introdujo en su vida desde la infancia haciéndole intuir el pavor más absoluto, o el precipitarse de su hermana al abismo y de su pueblo a la violencia. Pues Abigail fue repudiada por su marido y las temidas cohortes del rey Asurbanipal castigaron duramente a Judá por el asesinato del rey Amón. 

Los culpables del regicidio habían sido sus propios cortesanos, quienes inmediatamente fueron muertos a espada por el «pueblo del país». Luego enterraron a Amón en su sepultura del jardín de Uzá, proclamando sucesor a su hijo Yosiyyah, o Josías, todavía un infante de tan sólo ocho años, con la esperanza de hallar un gobierno recto que permitiese volver a definir con exactitud y honor lo que era ser un judaíta, que es lo mismo que decir qué era lo que constituía al pueblo del Dios Yahvé frente a cuanto lo rodeaba. 

Ese justo tono esperanzado pudo percibirlo Yirmeyahú durante aquella segunda noche premonitora, después de que irrumpieran la voz y el aleteo en su sueño, despertándole para que pudiese oír el cuchicheo proveniente de la habitación en donde su progenitor se hallaba reunido con aquellos desconocidos. Lo que entonces escuchó le hizo pensar que nunca había imaginado que el poder de su padre fuese tan grande. Hablaban de continuo del «rey niño», de su excelente educación y temperamento fuerte, pareciendo cifrar en él sus más elevadas esperanzas. 

Pasado el tiempo, las víctimas de la violencia e injusticia de los asirios pudieron, efectivamente, soñar en superar su humillación mediante aquel muchacho, cuyo nombre Yirmeyahú había oído pronunciar escondido tras la puerta, con el corazón en un puño y la oreja pegada a la rendija. Excitado sobremanera, no tanto por lo inaudito del asunto ni por el modo en que hablaban los aliados antiasirios aparentemente amigos de su padre, sino por la extrañeza que arrastraba ante aquel incomprensible llamamiento reiterado. 

A partir de aquella segunda experiencia extática, vivió más alerta y se decía el apelativo considerándolo su otro nombre: «Ieremias, Ieremias», manteniéndolo en el fondo de todos sus míes, permitiéndose repetirlo de cuando en cuando y esperar con fervor que sucediese otra vez. Una interpretación cuasimística le rondaba la mente. A su reclamo en la conciencia le superpuso el nominativo del rey, añadiéndolo él mismo como si tuviesen que aparecer ambos concatenados por necesidad: «Ieremias, Ieremias», recordaba la voz, y luego el aleteo que se iba desvaneciendo; «Yosiyyah, Yosiyyah», murmuraba él como un juego, un juego peligroso, profundo y secreto. Pero, al no repetirse nunca más, acabó considerándolo un disparate y procuró olvidarlo. 

El día de la proclamación en Jerusalén del rey Josías, Yirmeyahú supo identificar las caras con las voces que había escuchado conspirar en su casa y, por los lugares principales que ocuparon en el templo, confirmar que su padre era importante en esa historia. Sin embargo, únicamente los sacerdotes de la familia de Sadoc podían entrar en el debir, el «santo de los santos», el Ombligo del Mundo, el cual contenía tras el velo el arca con las tablas sagradas; así es que, durante aquella ceremonia, el aprendiz de sacerdote pudo constatar también que él no pertenecía a los que ostentaban el poder oficialmente. 

La algarabía de la peregrinación previa, de una jornada de camino desde Anatot, fue desembocando en la ciudad engalanada para la mayor fiesta. Profundamente impresionadas al arribar, excitadas y expectantes, las gentes habían ido tomando posiciones en la explanada del templo de Yahvé, mientras todas las autoridades de Judá, sacerdotes y levitas, ministros y cortesanos, se iban introduciendo en sus atrios, en riguroso orden jerárquico. 

Refulgían como el sol los altares, el bronce del de los holocaustos y el oro del de los inciensos; las guirnaldas, las dos firmes columnas exentas de la entrada, el gran depósito redondo destinado a las abluciones de los sacerdotes, los aguamaniles, los candelabros, las mesas con los panes presentados, los aspersorios. El broncíneo atrio mayor de los sacerdotes, lleno de cálices, lámparas y tenazas de oro parecía un carro brillante amenazando con ascender por el cielo; y hasta los quicios de las puertas del camarín sagrado resplandecían. Trescientos levitas cantores vestidos de lino fino, con platillos, arpas y cítaras, se hallaban de pie al este del altar y, acompañados de ciento veinte sacerdotes que tocaban las trompetas, entonaban al unísono himnos de acción de gracias al Señor. 

La culminación del ritual tuvo lugar cuando el Príncipe de sacerdotes tomó el cuerno de aceite sagrado para ungir al nuevo rey y, al derramarlo sobre la cabecita de Josías, después de besarle y proclamar: «El Señor Yahvé te unge como jefe de su heredad», una brillante voz de tenor rasgó el aire cantando:

Yo he consagrado a mi rey en Sión, mi monte santo. 

El decreto comunicado haré público,  

pues el Señor me transmitió: 

«Tú eres mi hijo, hoy te he engendrado.  

Pídeme y te daré las naciones por herencia,  

los confines de la tierra en propiedad. 

Los machacarás con cetro de hierro,  

como vasija de alfarero los desmenuzarás».

Lloraba la muchedumbre entusiasmada, tocando con las palmas las paredes del templo los que podían arrimarse a él y levantándolas al aire los que no. Mas la emoción de los privilegiados que podían acceder a verlo desde su interior era de otro rango, pues podían percibir cómo se le iba escurriendo por la frente la corona al monarca niño durante todo el salmo, llegando a taparle casi los ojos, antes de que pudiera sujetarla por detrás un distraído, e incompetente, sacerdote segundo; como si fuese aquel percance la premonición de un fracaso, de un no ir a saber sujetar nada, de un escurrírsele a uno todos los recursos inexorablemente como albercas cuyas aguas escapan. 

–Tú también serás pronto un hijo del óleo –susurró al oído de Yirmeyahú uno de los amigos conspiradores de su padre, para su sorpresa. 

De vuelta en casa, cuando el joven pidió explicaciones a su madre sobre aquel episodio, supo que se refería al rito que habría de convertirle a él en kohen[2], el cual iría acompañado de una venida del espíritu de Dios, que se posesionaría de él volviéndolo persona consagrada e inviolable –dijo–, como el rey. 

Sin embargo, más adelante, Yirmeyahú tuvo conocimiento de la maldición del profeta Natán a la estirpe davídica; maldición anunciada después de que el rey David raptase a la bella Betsabé para el adulterio y consumase cínicamente su maldad ordenando la muerte de su esposo Urías, el hitita, para unirse a ella sin trabas. Natán entonces auguró al rey, de parte de Yahvé: 

«Yo te ungí rey de Israel, te libré de Saúl, te di la hija de tu señor, puse en tus brazos sus mujeres, te di la casa de Israel y Judá y, por si fuera poco, te añadiré otros favores. ¿Por qué te has burlado de mí haciendo lo que repruebo? Has asesinado a Urías para casarte con su mujer. Pues bien, no se apartará jamás la espada de tu casa, por haberte burlado de mí casándote con la mujer de Urías y matándolo a él con la espada amonita. Así dice el Señor: Yo haré que de tu propia casa nazca la desgracia; te arrebataré tus mujeres y ante tus ojos se las daré a otros, que se acostarán con ellas a la luz del sol que nos alumbra. Tú lo hiciste a escondidas, Yo lo haré ante todo Israel, a pleno sol».

Este conocimiento constituyó la sustancia de la rebeldía de Yirmeyahú llegada su adolescencia, dado el carácter pasional que se le fue desarrollando y la identificación que sentía con su rey. Poco a poco se revolvió el hijo de Jilquías contra ser tan dócil y político como cuantos observaba vestidos de lino y pertrechados del efod[3], teniendo que instruir sobre la Torah entre un oficio litúrgico y otro, como en apariencia sólo hacía su padre. Así alcanzó la juventud, cuando se puso a soñar despierto con ser un peripatético nabí por los reinos de Judá, mejor que un sacerdote de algún templo en concreto. 

En numerosas ocasiones había tenido ocasión de observar a estos nabís deambulando por los campos, cubiertos de manto de pieles, con las frentes marcadas, sólo en búsqueda de hallar lo propicio para que el espíritu de Dios descendiese sobre ellos, entrar en trance y conocer sus santos designios. Algunas tardes los veía bajar de los cerros en danza frenética, detrás de una banda de arpas y cítaras, panderos y flautas, para lograr que el espíritu del Señor les invadiese; cuando esto ocurría se entremezclaban en las danzas. Sin embargo, otras veces parecían presos de una desolación inmensa, como la que comenzaba a sentir él mismo en demasiadas ocasiones, hasta que de súbito irrumpían con una confianza roqueña, proclamándose ante cualquiera osadamente esperanzados. 

Simples locos para los yahvistas estrictos; dementes sin Señor ni tierra que insistían en perder el control, tatuarse la piel, e infringirse heridas hasta que chorrease sangre por ellas, para Yirmeyahú, por el contrario, eran los nabís admirables luchadores por el continuo seguimiento del Señor; con lo que su tenacidad les permitía pasar milagrosamente de la duda a la certeza, de la atormentadora inseguridad a la seguridad absoluta, de la vacilación al contagioso coraje de vivir. 

Se inclinaba él naturalmente a la vida cenobítica que practicaban esos hombres diferentes, sometidos únicamente a la autoridad del Señor de los cielos, y sostenía que ésa era una forma de vivir que sabía santificar todas las tierras, y no sólo algunas. No obstante, también era capaz de ver la dificultad de discernir entre los que hablaban con verdad en nombre del Señor y los que mentían como hechicero en falso trance. Pero, por encima de todo, Yirmeyahú anhelaba una espiritualidad así de activa y exigente, una vivencia constante en la que ardiesen los afectos y se afirmase la voluntad de vivir. Mas se esperaba de él que se ordenase en todos los sentidos: por dentro y por fuera, con lo que no sabía cómo iba a poder ser tan libre. «Oficio de Leví es instruir en la Ley; don para los sacerdotes, porque fueron entregados por el Señor para el servicio de la Tienda del Encuentro». «Sí, la Ley, la Ley: había que aplicarse en la Ley», murmuraba el muchacho para sí. 

Si bien parecía ser cierto que el incienso de Sabá y la exótica caña aromada, holocaustos y sacrificios importaban a Yahvé, el muchacho consideraba que también podrían no ser fundamentales, porque sabía que sólo tienen valor expiatorio cuando el Señor los acepta. En cualquier caso se cuestionaba a menudo cómo iba él a justificar no seguir las huellas de sus ancestros. No acababa de encontrar en su persona el más mínimo deseo de subir al altar, ni de exigir a sus convecinos el pago de los diezmos, o de echarles las suertes, o de dictaminar si una cosa o alguien se hallaba contaminado; tampoco de instruir a nadie ni, tan siquiera, de conspirar en secreto contra poder mundano alguno, por grande que fuese. Aquella noche, acuciado por las dudas, llegó a su casa destemplado. 

Durante la cena su padre le anunció su próximo matrimonio con una virgen; todo sacerdote se hallaba sometido a normas de estricta pureza y ésa era una de ellas. Gomar, se trataba de Gomar, la elegida, hija de una prima segunda de su madre. Yirmeyahú sabía bien quién era y no le desagradaba, pero sintió un vértigo indescriptible impidiéndole probar bocado, por ella y porque sabía que habría de comenzar a oficiar una vez casado. Su madre, complacida, sonreía, aunque su hermana Abigail supo interpretar su aturdimiento y acudió luego a su alcoba. 

–Yirmeyahú, déjame hablarte. Vais a ser felices, ¿me oyes? No tengas miedo. 

–No es eso –dijo él–. Es que aún no ha llegado mi hora. La hermana se sentó en una silla sujetándose el pelo con las manos y, solícita, intentó transmitirle su modo de comprender las cosas: 

–De los matrimonios sagrados entre los fuertes nacen los más fuertes. Aunque padre lo oculte, todo sabemos que nuestro Señor Yahvé antes era el dios El, o Elohim. Este dios cananeo era el padre de Baal, el esposo de la diosa Anat, la Reina del Cielo, la patrona de nuestro pueblo; de su unión nació Samgar, el héroe que con una aguijada mató a los filisteos y salvó a Israel. Y tú, como futuro sacerdote de Yahvé en Anatot, tienes que tener contacto con el amor como El, que es lo mismo que saber de la guerra. 

Con ojos turbios y mirada irónica, perdida en la huella de sus antiguos amores, movía uno tras otro los dedos de los pies en las sandalias, en espera de no estar sugiriendo explicaciones imposibles. El joven tuvo un acceso de cólera y le gritó, alzando los brazos: 

–¡Abigail!, ¿cómo mencionas a esa sanguinaria diosa del amor para inducirme al matrimonio?, ¿es que somos cananeos antes que pueblo de Israel? ¿Por qué me hablas de la valentía guerrera de quien gusta chapotear en la sangre de sus vencidos? 

–Tranquilo, hermano, tú no entiendes aún –dijo levantándose ella también–. Siempre has pensado con las palabras de padre. Ahora que vas a ser un hombre, habrás de pensar con las tuyas propias. 

–No en vano Yahvé es Yahvé asher Yihyeh[4]–repuso Yirmeyahú. 

–Y los toros sagrados son la peana donde posa la divinidad sus pies –hubo de admitir ella conciliadora, como buena yahvista. 

–Nada tengo contra Gomar, es contra mí mismo en donde estoy. Abigail, yo no soy de tu mundo, pero tampoco del de padre –intentó explicarse el muchacho. 

Ya iba ella compasiva a intentarlo de nuevo, cuando Yirmeyahú se giró bruscamente hacia la puerta, dejándola absorta en lo que creía eran sus excesos. Y, saliendo de su cuarto y de su casa, dio zancadas por las callejuelas sin rumbo para perderse en la noche. 

Embebido en sus pensamientos fue dirigiéndose sin darse cuenta hacia el antiguo santuario de Nob, en las afueras del poblado. Patria de los descendientes del profeta Elí y de sus propios ascendientes, el lugar le atrajo como un imán que prometiese calmar su inquietud y proporcionarle alguna claridad sobre su propio destino. Al llegar a los restos del célebre santuario, tomó asiento sobre una piedra y se puso a meditar sobre su estirpe. 

Yahvé también la había maldecido, como a la del rey Josías. Ocurrió cuando los hijos de Elí, sacerdotes ambos del templo de Nob, ofendieron al Señor y, siendo Elí negligente con sus vástagos, Jofní y Finees, a pesar de ver cómo enviaban a sus ayudantes para exigir sus partes crudas de los sacrificios, antes, incluso, de que se quemara la grasa para Yahvé, o que se acostaban repetidamente con las mujeres que servían a la entrada del templo, Yahvé le advirtió: «¿Por qué tienes más respeto a tus hijos que a mí, cebándolos con las primicias de mi pueblo, Israel, ante mis ojos?». 

Pero Elí era ya viejo y pusilánime, y dejó con descuido que la dinámica perniciosa de la vida de sus hijos prosiguiese, hasta que un día el Señor le maldijo, diciendo: 

«Aunque yo te prometí que tu familia y la familia de tu padre estaría siempre en mi presencia, ahora –oráculo del Señor– no será así. Porque Yo honro a los que me honran y serán humillados los que me desprecian. Un día arrancaré tus brotes y los de la familia de tu padre y nadie llegará a anciano en tu familia. Y, si dejo a alguno de los tuyos que sirva a mi altar, sus ojos se irán consumiendo. Será una señal para ti lo que va a ocurrirles a tus dos hijos. Después Yo me nombraré un sacerdote fiel, que hará lo que Yo quiero y deseo; le daré una familia estable y vivirá siempre en presencia de mi ungido».

Y Jofní y Finees murieron el mismo día, y otros brotes de Elí siguieron sirviendo en aquel arcano altar de Yahvé del templo de Nob mientras sus ojos iban consumiéndose.

1Yaván: la Hélade, o lo que hoy es Grecia

2kohen: sacerdote.

3Efod: vestimenta cultual primitiva consistente en un taparrabo de lino. Según la Biblia, lo llevaba Samuel en Siló, los sacerdotes de Nob y el rey David cuando bailó delante del arca sagrada. Más adelante pasó a ser una larga bandera en representación de una divinidad, que consultaban los sacerdotes y levitas deduciendo sus respuestas del movimiento producido por la brisa o el viento.º

4Yahvé asher Yihweh: «Yahvé, el que hace ser lo que es».

4

La historia de Abiatar, sacerdote de David, y primer mensaje de Yahvé al profeta Yirmeyahú

U

na noche, Abiatar, miembro de la estirpe del profeta Elí, hijo de Ajumélec, hijo de Ajutob, sacerdote del templo de Nob, había visto una luz cegadora gracias a la cual fue librado de una matanza anunciada y huyó al desierto, llevándose consigo el efod de su padre. Durante aquella visión el salvado dijo haber oído la advertencia del peligro inminente, junto a la orden de partir de inmediato a servir a David, el antiguo arpista del rey Saúl, convertido en héroe desde que había matado a Goliat, el filisteo.

El padre de Abiatar, Ajumélec, ya había prestado ayuda al joven David en una noche en la que éste huía de la furia asesina de Saúl, quien se celaba de la popularidad adquirida por su sirviente. Al aparecer David en Nob hambriento y sin escolta, y haberle dado de comer Ajumélec los panes de la oblación –por carecer en aquel momento de pan común–, y la espada de Goliat el filisteo –con la que el mismo David había cortado la cabeza del gigante–, el rey Saúl interpretó que en Nob se había santificado y armado a su enemigo para que se levantara en su contra y acusó de conspiración a su sacerdote en jefe, ordenando su muerte; orden que ninguno de sus súbditos hebreos se había atrevido a obedecer por temor a Yahvé. 

A la mañana siguiente de que Abiatar tuviese esa visión, cuando ya estaba lejos de su casa, Doeg el Edomita, principal de los siervos del rey, se encaminó hacia Nob con el objeto de acatar la orden dada por su señor. El joven Abiatar fue así el único superviviente de entre sus hermanos, que fueron todos degollados a filo de espada, pues no sólo mató el Edomita a ochenta y cinco varones de Yahvé que vestían lino y efod, sino que también degolló al resto de hombres, mujeres, niños y hasta animales de la ciudad de los sacerdotes. 

De David se rumoreaba que, de noche en la soledad de su tienda, seguía gustando de entregarse en los brazos de la poesía y de la música, en vez de adornarse con los honores propios del triunfador militar que ya era. Cuando Abiatar lo encontró en el desierto, le hizo entrega del efod traído desde Nob y le puso al corriente de la desgracia ocurrida. «Yo he ocasionado la muerte de todas las personas de la casa de tu padre. Quédate conmigo, no temas; quien buscare mi vida, buscará también la tuya; pues conmigo estás a salvo», repuso David. Desde entonces tomó a su servicio al hijo del sacerdote que le había ayudado, dejándole al cargo de la custodia de las mismísimas tablas de la Ley de Moisés, de campamento en campamento, mientras buscaban un lugar fijo y seguro para guardarlas. 

Suponía una gran responsabilidad custodiar el arca de la tienda de la Reunión, también llamada tienda del Encuentro, pues bajo aquellas pieles de carneros teñidas de rojo el pueblo pedía a Dios sus oráculos. Y este asunto de suma importancia para el destino de aquel primer pueblo davídico se hacía a través del efod de quien tenía el arca bajo su custodia. Con lo que, si el Señor Yahvé iba modelando la Historia de sus hijos y había elegido a David como su rey, en las manos de la vestimenta oracular de Abiatar había puesto el anticiparla. 

Antes de que se iniciase la marcha del arca por los caminos de la región, el grupo de elegidos que la transportaba sin poderla tocar voceaba: «¡Levántate, Yahvé, y sean dispersados tus enemigos!»; y, antes de posarla de nuevo en tierra, volvía a pedir al Señor: «¡Vuélvete, Yahvé, hacia las multitudes de los millares de Israel!». 

Tras la conquista de Jerusalén, David decidió instalar el arca en el santuario real de esta ciudad, con el fin de convertirla en centro del reino israelita, y Abiatar tuvo que compartir sus funciones sacerdotales con el hombre consagrado al dios del lugar recién tomado por la fuerza, para que en ese acto astuto su rey se ganase la aceptación de los jebuseos. 

Sadoc, el sacerdote del antiguo santuario elegido, no estaba dispuesto a compartir privilegios con nadie y menos con un ungido de los conquistadores de su tierra, pero no tuvo más remedio que aceptar; a cambio Jerusalén iba a ser el nuevo centro de la Federación de tribus israelita. Así es que, en el mismo templo donde anteriormente se había venerado al dios El-Elyón –«el que es Elyón», o «Altísimo»– se adoraría ahora una divinidad distinta llamada Yahvé, cuyos títulos asimilaba. 

Sadoc, sin embargo, nunca pudo soportar la competencia en funciones con Abiatar y, durante todo el glorioso reinado de David, las dos familias sacerdotales sostuvieron pugnas irresolubles. Hasta que, al morir David, los sadoquitas tomaron partido en favor de su hijo Salomón, mientras que el clan de Abiatar lo hacía en favor de su hijo Adonías. Al ganar Sadoc, éste obligó a quien había ayudado a obtener la realeza a desterrar a su compañero de altar, cosa que el nuevo monarca le concedió de inmediato; de hecho fue la primera medida que tomó Salomón en su gobierno; la segunda, construir sobre el antiguo santuario de Melquisedec un gran templo en honor y gloria de Yahvé, que borrase definitivamente las huellas de El-Elyón en Jerusalén. 

Mientras Sadoc se convertía en cabeza de linaje de las grandes familias sacerdotales de Yahvé en Sión, quedando al cargo del arca del Testamento en exclusiva y eligiendo a su sucesor entre sus miembros, al Príncipe de los sacerdotes, Abiatar y los suyos cayeron en desgracia y fueron desterrados a Anatot. Desde entonces el sacerdocio de la pequeña población levítica, situada a un día de camino desde Jerusalén, había sido ejercido por los ascendientes de Yirmeyahú, quien pronto heredaría el cargo de la mano de su padre. 

«No entraré en la tienda de mi casa, al lecho de mi descanso / no subiré ni daré sueño a mis ojos; ningún relajo a mis párpados hasta encontrar un lugar para el Señor / una morada para el Toro de Jacob», tarareaba Yirmeyahú aquella noche en que acudió angustiado a Nob, en busca de respuesta a su propio destino; se trataba de uno de los cantos de peregrinación que habría entonado su insigne ascendiente por los caminos de Israel, seguido del arca de la Alianza. 

Meditaba el muchacho en su condición bajo la luz de las estrellas. No creía poder sustraerse a las fuerzas que la habían configurado; irremediablemente formaba parte de una familia de sacerdotes de provincia. Un cometa cruzó el cielo y a Yirmeyahú le pareció muy importante el que a su saga al principio se le hubiese permitido custodiar al principio lo más santo, cuando se transportaba de lugar en lugar, y después se le arrancase el privilegio de atender esa sede tradicionalmente vital del pacto de Dios con los hombres. Era como si la maldición que diera Yahvé a su clan se hubiese actualizado. «Los padres comen agraces, los hijos tienen dentera», concluyó para sí. 

Tenía tendencia a interpretar la Historia como algo abierto sobre lo que realizar pesquisas, para poder llegar a comprender su significado auténtico; el sentido o los sentidos, porque sabía que Dios sólo da respuestas a quienes se hacen preguntas. Se había criado creyendo que las casualidades no existen y que a cada derecho le estaba asignado un deber, a cada señal una experiencia. Ahora, a la luz de su historia familiar, los sucesos importantes de su corta vida le parecían estar cifrados en su otro nombre, como si aquella chiquillada del «Ieremias, Ieremias» y el batir de las alas pudiese ahora interpretarla de otra manera. 

No era que no se conformase con servir a Dios desde un pequeño templo aldeano, sino que aquel misterio de su infancia, o el hecho mismo de haber sido arrastrado hasta Nob en aquellos momentos, parecían acontecimientos que le hablaban sobre su propio deseo de superar la maldición de su estirpe, sin dejar de contagiar la palabra del Señor por el mundo. Entonces resolvió no atar su destino, sino abrazar una vida nómada, que es la que consideraba verdaderamente pura, tal que un nabí, un recabita, o el mismo Abiatar en sus comienzos, peregrinando de tierra en tierra. A cada segundo se sentía más resuelto, y se decía: «No voy yo a necesitar la santa caja de madera de acacia; las barras y anillas que la preservan intocable no van a ser necesarias, porque su contenido lo voy a acarrear yo en mi cuerpo, y a mí sí que se me va a poder tocar. Tampoco voy a requerir el propiciatorio chapado en oro con los ángeles perfilados en sus extremos, porque no necesito proteger piedra santa alguna. Pues en las tablas mismas de mi corazón tengo escrito las «Diez Palabras» y no voy a pararme nunca en la lucha contra nigromantes, hartumim[5] y adivinos. Tengo a Señor Yahvé de mi parte, e iré con las manos vacías y la Ley cincelada en mi interior». 

Sentía con su decisión un arrebato que le acaloraba el rostro y las manos, como si tuviese un fuego poderoso nacido de un gran presentimiento. De pronto le pareció oír otra vez el potente y recóndito batir de alas izando el vuelo, y, petrificado, sostenido en una excitación inmensa, se quedó atendiendo a la noche sumida en un silencio mágico envolvente; su respiración parecía ir a cortarse. Entonces pudo escuchar por tercera vez en su vida aquella voz extraordinaria proveniente de un tiempo inextinguible dirigiéndose a él para anunciarle: 

–Antes de que te formase en el vientre de tu madre te conocí y antes de que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones.

Yirmeyahú, sabiendo de inmediato quién le hablaba, gritó despavorido poniéndose en pie: 

–¡Ah!, ¡ah!, Señor Yahvé, yo no sé hablar, que todavía soy un muchacho. 

Pero la presencia invisible no le dejó continuar, e, imperativa, le reconvino: 

–No digas «soy un muchacho». Porque a todo lo que Yo te envíe irás y dirás cuanto te mande.

Enmudecido, intimidado, se debatió entre el pánico, la sorpresa, la creencia y la incredulidad de ser elegido a dedo, como si fuese un rey o un profeta. Entonces volvió a escucharla más cerca aún de su oído, con un timbre cariñoso susurrarle despacio: 

–No temas delante de ellos, porque estoy contigo para librarte.

Luego una mano invisible le rozó los labios, al tiempo que volvía a escuchar a Yahvé designándole: 

–He aquí, he puesto mis palabras en tu boca.

Inundado de aquel milagro inaudito, se le abrieron la mente y el corazón. Saboreaba al espíritu divino que le revestía de aquel dulce modo, cuando supo que ya todo le debía y fue expandiéndose confiado en hondas gozosas, sintiéndose seducido y colmado por completo. Mas, una vez que se hubo entregado al placer receptivo tanto como parecía capaz un ser humano, abierto del todo como una mujer, volvió a recibir la voz de su Dios atronándolo para anunciarle con acritud: 

–¡Mira que te he puesto en este día sobre naciones y reinos para arrancar y destruir!; ¡mira que te he puesto para arruinar y desolar, para plantar y edificar!

Entonces el muchacho perdió el sentido, yendo a caer entre las viejas piedras de Nob, quedando allí desmayado, con la túnica desplazada y sus piernas al descubierto, mucho antes de que izase el vuelo aquel ser que le penetraba de palabra, como si fuese una ruina más de los implacables designios de la Historia y de su Dios.